Christine du Sablon
No podía apartar los ojos de la ropa. La dama que toca el órgano lleva una espléndida túnica con un dibujo amarillo y granate. Toda la orla está adornada de perlas y piedras preciosas que hacen juego con las que lleva en torno al cuello. La túnica interior es azul, de mangas que se ensanchan y caen con gracia. Georges será capaz de lucirse con esas mangas, al pasar del azul oscuro al claro.
Hasta la criada que mueve el fuelle del órgano lleva una ropa preciosa: más elegante que todo lo que poseemos Aliénor o yo. Imagino que es así como visten las damas de honor parisienses. Por supuesto, su ropa es más sencilla que la de su señora, pero no deja de ser un muaré azul marino con ribete rojo —otra ocasión para que Georges se luzca— y largas mangas amarillas, redondas más que en pico. Si yo me pusiera un vestido así, esas mangas se me meterían en la sopa y se engancharían con los hilos de la urdimbre.
La dama de honor lleva además dos collares con colgantes de flores. No son tan lujosos como el de su señora, pero las cadenas son de oro. Y se adorna el tocado con joyas. Me gustaría tener alguna parecida. Aunque es cierto que poseo un collar de rubíes engastados en esmaltes: Georges me lo regaló cuando el taller pasó a ser suyo. Lo llevo en los banquetes del Gremio, y me paseo por la Grand–Place como una reina.
A veces pienso en lo acomodado de nuestra posición, aunque no lo aparentemos, y me pregunto qué diría Georges si decidiera ser una dama como las de los tapices. Qué pasaría si vistiera ropa elegante, comiera peladillas y tuviera damas de honor pendientes de mí, que me peinaran, me llevaran el devocionario, las cestas y los pañuelos, que ordenaran mis cosas y me calentaran la habitación. Se supone que la primera tarea diaria de Madeleine es encender el fuego, pero la mitad de las veces está todavía dormida cuando me levanto, y soy yo quien se ocupa de hacerlo.
No me parezco en nada a las damas de esas pinturas. Ni sé tocar el órgano, ni tengo tiempo para dar de comer a las aves, ni para trenzar claveles ni para mirarme en espejos. La única dama a la que entiendo un poco más es la que sujeta al unicornio. Eso es lo que yo haría: asegurarme de que lo tengo bien agarrado.
Disponemos de dinero, pero Georges no lo gasta en cosas de calidad. Nuestro hogar es más grande que la mayoría, eso es cierto: hemos unido dos casas para disponer así de una cámara muy grande destinada a taller, y contamos con camas para el aprendiz y otras personas que nos ayudan. En cuanto a mí, tengo el collar y una buena cama de madera de nogal. La tela para nuestros vestidos, aunque sencilla, es de buena calidad y está bien cortada. Y tanto Aliénor como yo tenemos tres vestidos, mientras que otras sólo tienen dos, o uno. Las mangas no nos entorpecen el trabajo.
Georges, en lugar de alardear de nuestra riqueza, la utiliza para comprar diseños de tapices: posee más que la mayoría de los lissiers de esta ciudad. Y disponemos de dos buenos telares horizontales, mientras que otros talleres parecidos al nuestro no suelen tener más que uno. Mi marido paga generosamente para que se digan misas por nuestra familia y contribuye a los gastos para construir Notre Dame du Sablon.
Sólo de cuando en cuando he deseado que mi vestido fuera azul en lugar de marrón, y con un poco de seda en lugar de sólo lana. Me gustaría tener pieles para calentarme, tiempo que dedicar a peinarme y una dama de honor que lo hiciera como debe hacerse. Madeleine lo intentó una vez, pero parecía un nido de pájaros. Me gustaría que mis manos fuesen tan suaves como los pétalos de rosas en los que esas damas de los tapices ponen las suyas en remojo. Aliénor me ha hecho un ungüento con pétalos, pero manejo demasiada lana áspera para que se noten los resultados.
Me gustaría tener siempre un fuego junto al que sentarme, y más comida de la que necesito.
Pero sólo algunas veces pienso en esas cosas.
Había estado tan ocupada enhebrando lizos en el taller con los demás, que me resultó muy agradable quedarme en el huerto un rato viendo lo que han pintado Nicolas des Innocents y Philippe. Hasta el momento el único cartón que habían ampliado era El Oído, y estaba clavado en la pared del huerto, donde los dos trabajan. Philippe ha hecho todos los dibujos, dado que Nicolas no entendía que tejemos de atrás adelante y necesitamos cartones que sean imágenes especulares de los tapices finales. Requiere un talento especial partir de un dibujo pequeño y ampliarlo y luego tejerlo de izquierda a derecha en lugar de derecha a izquierda. Todos nos hemos reído de la expresión en la cara de Nicolas al ver El Oído dibujado al revés. Pero ha llegado a acostumbrarse y ha conseguido pintarlo bien. Aunque presumido, es un artista excelente y aprende deprisa.
Aliénor y Nicolas estaban en el huerto cuando salí: él pintaba, ella, subida a una escalera, podaba los cerezos. Philippe había ido a casa de su padre a por más pinturas. Aunque se hallaban en extremos opuestos del huerto y pendientes de su trabajo, no me gustó verlos solos. No era mucho lo que podía hacer de todos modos: estoy demasiado ocupada para dedicarme a vigilar a mi hija. Es una chica sensata, aunque me he dado cuenta de que cambia cuando Nicolas entra en la habitación.
Nicolas trabajaba ya en el cartón siguiente y pintaba en un gran trozo de tela donde ya existía un esbozo a carboncillo. Se trataba de El Olfato, en el que la dama confecciona una corona nupcial con claveles, la flor de los esponsales. Esta dama debe de estar segura de que capturará al unicornio puesto que prepara ya su corona. Nicolas le pintaba el rostro, pero no había empezado aún con el vestido, que era lo que yo tenía más ganas de ver.
Al advertir mi presencia dejó de pintar y vino a colocarse a mi lado, delante de El Oído.
—¿Qué os parece, madame? No habéis dicho nada. Muy bonito, n’est–ce pas?
—Nunca esperáis a que os hagan un cumplido, ¿verdad que no? Disfrutáis igual si os los hacéis vos.
—¿Os gusta su vestido?
Me encogí de hombros.
—El vestido está bien, pero todavía me parecen mejor las millefleurs. Philippe ha hecho ahí un trabajo espléndido y también con los animales entre la hierba.
—El unicornio y el león los he hecho yo. ¿Qué os parecen?
—El unicornio está demasiado gordo, y no es tan vigoroso como esperaba.
Nicolas frunció el ceño.
—Ya no hay tiempo para cambiarlo —añadí—. Servirá. El león, por lo menos, tiene mucha personalidad. ¿Sabéis? Con esos ojos redondos y esa boca tan ancha tiene cierto parecido con Philippe.
Aliénor dejó escapar una risita desde lo alto del cerezo.
Me coloqué delante de El Olfato.
—¿Cómo será el vestido de la dama en este tapiz? ¿Y el de la criada?
Nicolas sonrió.
—Lleva el brocado granate bajo un vestido azul, con la túnica exterior levantada y sujeta a la cintura, lo que permite ver el forro rojo. El vestido de la criada es un reflejo del de su señora: túnica exterior azul, interior roja, pero la tela es un muaré más sencillo.
Resultaba tan pagado de sí mismo mientras hablaba que tuve que poner una objeción:
—Una criada no debería llevar dos collares —dije—. Uno bastaría, y con una cadena más sencilla.
Me hizo una reverencia.
—¿Algo más, madame?
—No seáis impertinente —bajé la voz—. Y manteneos lejos de mi hija.
Aliénor dejó de agitar rítmicamente las ramas del cerezo.
—¡Mamá! —gritó.
Siempre me sorprende que tenga un oído tan fino.
Antes de que nadie pudiera decir nada más, Georges nos llamó a todos al taller para colocar la urdimbre en el telar. Ya habíamos empezado a prepararlo para tejer, con los hilos de la urdimbre en un guiahilos y sujetos al plegador en un extremo del telar. Ahora llegaba el momento de enrollar la urdimbre en el plegador trasero antes de sujetarla al delantero para disponer de una superficie en la que tejer.
Los hilos de la urdimbre son más gruesos que la trama y están hechos además de una lana más áspera. Para mí son como esposas. Su trabajo no es llamativo: todo lo que se ve es la protuberancia que hacen bajo los hilos de la trama, llenos de color. Pero si no estuvieran allí, no habría tapiz. Georges se deshilacharía sin mí.
Disponer un telar para un encargo de este tamaño exige al menos cuatro personas que sostengan madejas de hilos de urdimbre y tiren de ellas mientras otras dos giran el rodillo para recoger la urdimbre en el plegador trasero. Otra persona comprueba la tensión de los hilos mientras pasan. Ha de ser la correcta desde el principio, de lo contrario surgen problemas más adelante. Aliénor es quien se encarga siempre de eso: sus manos tienen tanta sensibilidad que resultan perfectas para esa tarea.
Georges padre e hijo estaban ya a ambos lados del rodillo cuando entramos. Aliénor fue a reunirse con su padre mientras yo le mostraba a Nicolas las madejas de hilos de urdimbre preparadas para nosotros. Luc sostenía ya varias en un extremo.
Nos faltaba una persona.
—¿Dónde está Philippe? —preguntó Georges.
—Todavía en casa de su padre —dijo Nicolas.
—Madeleine, ¡aparta un poco las lentejas del fuego y ven aquí! —llamé.
Madeleine llegó de la cocina, tiznada y calurosa. La coloqué entre Luc y yo para que no estuviera junto a Nicolas: no me apetecía que se hicieran ojitos cuando tenían que estar trabajando. Con una madeja en cada mano nos colocamos a cierta distancia del telar. Expliqué a Nicolas y a Madeleine cómo mantener los hilos tensos e iguales y tirar con decisión. No es fácil hacerlo de manera que se consiga la uniformidad. Sostuvimos nuestras madejas y fuimos arrastrados lentamente hacia el telar a medida que Georges padre e hijo giraban las manivelas a ambos lados del rodillo. Cuando se detuvieron unos instantes, Aliénor se acercó a la urdimbre que descansaba sobre el rodillo y caminó a todo lo largo, rozando los hilos con la mano. Todo el mundo guardó silencio. Su rostro estaba iluminado y lleno de concentración, la misma expresión que veo en la cara de Georges cuando teje. Por un momento casi pensé que veía. Cuando llegó al final se dio la vuelta y caminó en dirección contraria, deteniendo la mano en hilos que sostenía Nicolas.
—Demasiado flojos —dijo—. Aquí y aquí —extendió de nuevo la mano y tocó hilos de Madeleine—. Tirad más con la izquierda —les ordenó a ambos—. Es vuestra mano más débil; con ésa hay que tirar siempre más fuerte.
Cuando los hilos estuvieron igualados, Georges padre e hijo giraron de nuevo las manivelas, enrollando lentamente la urdimbre en torno al plegador mientras nosotros cuatro la manteníamos tirante. Después de recorrer todo el camino hasta el telar, soltamos la urdimbre y empezamos de nuevo, retomando los hilos desde más lejos. Aliénor volvió a comprobar la tensión. Esta vez la mano derecha de Nicolas estaba demasiado floja, y también parte de la izquierda de Luc. A continuación Madeleine y otra vez Nicolas. Aliénor y yo les dijimos cuánto tenían que tirar.
Nicolas se quejó.
—Esto puede llevar horas. Me duelen los brazos.
—Si prestáis atención iremos más deprisa —le dije secamente.
Mientras Georges padre e hijo giraban las manivelas, me llegó el olor de algo que se quemaba.
—¡Las lentejas!
Madeleine dio un salto.
—¡No sueltes los hilos! —grité—. Aliénor, ve y aparta las lentejas del fuego.
Una expresión temerosa cruzó el rostro de Aliénor, que perdió su alegría. Sé que no le gusta el fuego, pero no quedaba otra solución: nadie más tenía las manos libres.
—Madeleine, ¿retiraste las lentejas como te dije? —pregunté mientras Aliénor abandonaba el taller a la carrera.
La sirvienta miró enfadada los hilos que manejaba. Tenía los dedos rojos y blancos a causa de la presión.
—¡Qué chica tan tonta!
Nicolas rió entre dientes.
—Es como Marie–Céleste.
Madeleine alzó la cabeza.
—¿Quién es ésa?
—Una muchacha que trabaja en casa de los Le Viste. Igual de descarada.
Madeleine le hizo una mueca a Nicolas. Georges le Jeune los miró a los dos con desaprobación.
Aliénor regresó.
—He dejado la olla en el suelo —dijo.
Volvimos a la preparación de la urdimbre: nosotros tirábamos, los dos Georges giraban la manivela y Aliénor hacía pruebas. Ya no resultaba tan divertido. También a mí me dolían los brazos, aunque nunca lo habría admitido. Me preocupaba además la cena y qué ofrecer a los comensales. Tendría que buscar a toda prisa a la mujer del panadero para comprarle una empanada: las vende en casa mientras su marido despacha en la panadería. Madeleine resoplaba, suspiraba y se enfurruñaba a mi lado y Nicolas empezaba a poner los ojos en blanco de aburrimiento.
—¿Qué se hace cuando se termina esta tarea tan tediosa? —preguntó.
—Enhebramos los lizos para hacer la calada —dije.
Nicolas puso cara de no entender.
—Los lizos sirven para separar los hilos de manera que se pueda pasar la trama por ellos —le expliqué—. Se aprieta un pedal y la urdimbre se separa en dos. El espacio entre esos dos grupos de hilos es la calada.
—¿Dónde se pone el tapiz mientras se está tejiendo?
—Se enrolla en ese plegador delante de nosotros.
Nicolas pensó durante un momento.
—Pero en ese caso no lo veis.
—No. Sólo la tira en la que se está trabajando, que, a continuación, se enrolla. No vemos el tapiz entero hasta que terminamos.
—Eso es imposible. ¡Sería como pintar a ciegas! —hizo un gesto de contrariedad mientras lo decía y miró a Aliénor, que siguió comprobando la tensión de los hilos como si no le hubiera oído.
Pero Nicolas siguió haciendo preguntas.
—¿Dónde se pone el cartón?
—Sobre una mesa que colocamos debajo de la urdimbre, de manera que podamos mirarlo mientras tejemos. Philippe trazará además el dibujo en los hilos de la urdimbre.
—¿Para qué sirve eso? —señaló la devanadera situada en un rincón.
—Señor, ¿no parará nunca de hablar? —Georges le Jeune expresó lo que todos pensábamos. Nuestro taller es un sitio tranquilo, aunque es cierto que hay otros en los que se habla alto y hay más bullicio. Cuando Georges trae a otros tejedores para que ayuden (como sucederá con estos tapices) siempre elige a los más callados. En una ocasión contrató a uno que hablaba todo el día, y hubo que despedirlo. Nicolas tampoco para: cotilleos de París, en su mayor parte, tonterías todo ello. Hace tantas preguntas que me dan ganas de abofetearlo. Menos mal que casi siempre trabaja en el jardín, de lo contrario Georges acabaría gritando. Es un hombre afable, pero no soporta las conversaciones insustanciales.
Nicolas abrió la boca para hacer otra pregunta, pero Aliénor tiró en aquel momento de algunos hilos y tuvo que tensar la mano izquierda.
—Menos hablar y más pensar en tu trabajo —dijo Georges—. De lo contrario estaremos aquí hasta que anochezca.
No tardamos tanto, de todos modos. Concluimos y pude ocuparme de la cena.
—Viens, Aliénor —dije—. Ayúdame a elegir la empanada que mejor huela.
A mi hija le encanta ir a casa de la panadera.
—Por favor, madame, iré a buscársela si me da un trozo —dijo Madeleine.
—Tendrás que cenar lentejas agarradas, hija mía. Trae a los hombres de beber cuando acabes aquí y luego dedícate a frotar la olla.
Madeleine suspiró, pese al guiño que le hizo Nicolas. Georges le Jeune volvió a fruncir el ceño. Cuando Nicolas dio un paso atrás y alzó las manos como para mostrar que no la había tocado, tuve de pronto dudas sobre mi hijo y Madeleine. Quizá Nicolas habla visto algo que a mí se me había escapado.
Revisé el aspecto de Aliénor mientras salíamos. Lo cuida, pero a veces tiene hollín en la mejilla y no se da cuenta, o, como sucedía ahora, ramitas de cerezo en el pelo. Es bastante guapa, con largos cabellos dorados como los míos, nariz recta y cara redonda. Son sus grandes ojos vacíos y la manera de torcer la boca cuando sonríe lo que hace que la gente la mire con pena.
Cuando echamos a andar por la rue Haute, Aliénor me agarró por la manga, un poco más arriba del codo. Camina con brío y quienes no la conocen no se imaginan lo que le pasa, como le ha sucedido a Nicolas. Conoce tan bien el camino que, en realidad, no me necesita para guiarla, si no fuera por las boñigas que podría pisar, el contenido de algún orinal que le podría caer encima, o los caballos que a veces se desbocan. Aparte de eso va por las calles como guiada por los ángeles. Si ya ha estado antes en un sitio, es capaz de encontrarlo. Aunque ha tratado de explicarme cómo lo hace —el eco de sus pisadas, el número de pasos, la sensación de las paredes a su alrededor, los olores que le dicen dónde está—, la seguridad con que camina sigue siendo un milagro para mí. De todos modos prefiere ir acompañada; se siente mejor cogida de mi brazo.
Una vez, un día de mercado en otoño, cuando era niña, la dejé sola en la place de la Chapelle, que estaba llena de personas y mercancías: manzanas y peras, zanahorias y calabazas, pan, empanadas y miel, pollos, conejos, gansos, cuero, guadañas, telas, cestos. Me encontré con una buena amiga que había guardado cama muchas semanas por culpa de unas fiebres, y empezamos a pasear y a cotillear para ponernos al día. Sólo me di cuenta de que Aliénor había desaparecido cuando aquella amiga me preguntó por ella, y entonces comprobé que no sentía sus dedos en la manga. Buscamos por todas partes y por fin la encontramos en medio del bullicio, llenos de lágrimas los ojos muertos, entre gemidos y retorcimiento de manos. Se había parado a acariciar una piel de cordero y se soltó de mi manga. Es raro que, como en aquel caso, la ceguera pueda más que ella.
Ya empezaban a olerse las empanadas de la panadera. Les añade bayas de enebro y adorna la corteza con el rostro risueño de un bufón. Eso siempre me hace sonreír.
Aliénor no sonreía, en cambio: arrugaba la nariz, el rostro deformado por el sufrimiento y la repulsión.
—¿Qué te pasa? —exclamé.
—Por favor, mamá, ¿podemos ir a la iglesia de Sablon, sólo un momento?
Sin esperar respuesta, me empujó hacia la rue des Chandeliers. Incluso angustiada, había contado los pasos y sabía dónde estaba.
Me detuve.
—La panadera dejará pronto de vender; no queremos llegar tarde.
—Por favor, mamá —Aliénor siguió tirándome del brazo.
Olí entonces lo que mi hija ya había advertido a pesar de la carne y el enebro. Jacques le Boeuf. De repente aquel hedor repugnante estaba en todas partes.
—Ven —ahora era yo la que tiraba de ella. Llegamos a la rue des Samaritaines y nos disponíamos a entrar por ella cuando oí el grito de Jacques:
—¡Christine!
—Corre —susurré, mientras le rodeaba los hombros con el brazo. Tropezamos con los adoquines desiguales, y nos golpeamos con paredes y transeúntes—. Por aquí —la empujé hacia la izquierda—. La iglesia de Sablon está demasiado lejos: entremos mejor en la Chapelle. No creo que se le ocurra mirar.
La hice atravesar rápidamente la plaza, donde los dueños de los puestos recogían ya para volverse a casa. Llegamos a la iglesia y entramos. Llevé a Aliénor a la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, no lejos de la puerta, e hice que se arrodillara detrás de una columna que la ocultaría a los ojos de Jacques le Boeuf si es que aparecía. Me arrodillé, recité una plegaria y luego me senté sobre los talones. No dijimos nada durante un rato y nos limitamos a recobrar el aliento. Si no hubiera sido porque era de Jacques de quien escapábamos, podría haberme reído entonces, porque las dos debíamos de tener un aspecto muy cómico. Pero no lo hice: el rostro de Aliénor reflejaba una intensa angustia.
Miré a mi alrededor. La iglesia estaba vacía. Terminado el rezo de sexta, los fieles se habían marchado. Me gusta bastante la Chapelle —es grande y luminosa gracias a sus muchas ventanas y la tenemos muy cerca—, pero prefiero la iglesia de Sablon. Crecí a un tiro de piedra de sus muros, y ha prestado muchos servicios a los tejedores de esta zona. Es pequeña y está construida con más cuidado, con mejores vidrieras, con animales de piedra y personas que miran hacia abajo desde los muros exteriores. Esas cosas no significan nada para Aliénor, como es lógico; los mejores detalles de una iglesia carecen de sentido para ella.
—Mamá —susurró—, por favor, no hagáis que me case con él. Preferiría entrar en un convento a vivir con ese olor.
El olor —de los orines de oveja fermentados con los que se empapa el glasto para fijar el color— es lo que ha obligado a esos tintoreros a casarse con sus primas durante muchas generaciones. En Aliénor, Jacques le Boeuf debe de ver sangre nueva además de una dote y un vínculo con el taller de un buen lissier.
—¿Cómo podría vivir con ese hedor sólo para producir un color que ni siquiera veo? —añadió.
—Trabajas en tapices que tampoco ves.
—Sí, pero no huelen mal. Y los toco. Siento su historia entera con los dedos.
Suspiré.
—Todos los hombres tienen defectos, pero eso no es nada comparado con lo que recibes de ellos: comida y ropa, una casa, un medio de vida, una cama. Jacques le Boeuf te dará todas esas cosas y deberías agradecer a Dios tenerlas —había más convicción en mi voz que en mis sentimientos.
—Y las agradezco, pero ¿por qué no podría casarme con un hombre más de mi agrado, como otras mujeres? Nadie quiere a ese animal maloliente. ¿Por qué he de aceptarlo yo? Aliénor se estremeció, su cuerpo atravesado por la repugnancia que sentía. Iba a ser desgraciada en la cama con Jacques le Boeuf, no era difícil preverlo. Y me costaba trabajo imaginar las manos teñidas de azul del tintorero en el cuerpo de mi hija sin estremecerme también yo.
—Es una boda de conveniencia —dije—. Si te casas con Jacques ayudarás a su negocio de glasto y al taller de tu padre. Tu marido tendrá siempre encargos de Georges y tu padre conseguirá el azul más barato. ¿Sabes? Tu padre y yo nos casamos para que los talleres de nuestros padres pudieran unirse. Mi padre no tenla hijo varón, y eligió a Georges como heredero haciendo que se casara conmigo. Eso no ha impedido que nuestro matrimonio funcione bien.
—La mía no es una boda de conveniencia —dijo Aliénor—. Sabes que no, mamá. Podríais haberme casado con cualquier otro comerciante: uno de los mercaderes de la lana, o de la seda, u otro tejedor, o incluso un artista. Me queréis emparejar, sin embargo, con un hombre que tiene tantas faltas como para pasar por alto las mías.
—Eso no es verdad —dije, aunque sí lo era—. Cualquiera puede ver lo útil que nos resultas; cómo la ceguera no te impide llevar una casa y ayudar en el taller y cultivar tu huerto.
—Me he esforzado muchísimo —murmuró Aliénor—. He trabajado sin descanso para complaceros, pero al final no ha servido de nada. ¿Quién escogerá a una ciega si puede evitarlo? Hay muchas chicas en Bruselas a las que se elegirá antes que a mí, de la misma manera que se aceptará a la mayoría de los hombres antes que a Jacques le Boeuf. Él y yo somos lo que queda cuando se vacía el barril. Ésa es la razón de que estemos destinados el uno al otro.
No dije nada: Aliénor había argumentado como lo podía haber hecho yo, aunque no parecía convencida. La frente se le había llenado de arrugas y se retorcía un trozo de falda. Le puse una mano encima de la suya para que dejara de hacerlo.
—No hay nada decidido —comenté, apartándole las manos y alisando la tela arrugada—. Hablaré con tu padre. De todos modos te necesitamos para los nuevos tapices; no podemos prescindir de ti en estos momentos. Tiens, Jacques debe de haberse ido ya. Vayamos a casa del panadero antes de que se coman nuestra empanada.
El panadero ya estaba en casa y la familia se disponía a cenar. Sólo conseguí que su mujer nos vendiera una empanada después de prometerle un cesto de guisantes del huerto de Aliénor. No había empanadas con carne de vacuno, sólo de capón. A Georges no le gustan tanto.
Al acercarnos a nuestra casa, Aliénor se asustó como un caballo y se agarró a mi brazo. El hedor a orines de oveja nos había precedido: Jacques le Boeuf debía de ir camino de nuestra casa cuando nos descubrió en la rue Haute. Para su visita había elegido, por supuesto, la hora de la cena, de manera que tuviéramos que invitarlo.
—Quédate con los vecinos —le dije a mi hija—. Vendré a recogerte cuando se haya ido.
La dejé en la puerta del tejedor de paño, a dos casas de distancia de la nuestra, y Aliénor se deslizó en su interior.
Jacques bebía cerveza con Georges en el huerto. A no ser que haga mucho frío siempre lo llevamos allí cuando nos visita. Imagino que debe de estar acostumbrado a que se le trate así. El Oído y El Olfato, las pinturas de Nicolas, colgaban todavía de la pared, pero el artista había desaparecido. Jacques le Boeuf consigue ese efecto dondequiera que va.
—Hola, Jacques —dije, entrando en el huerto para saludarlo y esforzándome para no sentir náuseas.
—Acabáis de escapar de mí hace un momento —se lamentó con voz atronadora—. ¿Por qué habéis escapado la muchacha y vos?
—No sé lo que quieres decir. Aliénor y yo íbamos a la Chapelle a rezar antes de pasar por la casa del panadero. Teníamos que darnos prisa para llegar antes de que cerrase, de manera que íbamos corriendo, pero no para evitarte. Te quedarás a cenar, bien sûr, tenemos empanada —insoportable o no, pedirle que se quedara era lo correcto, sobre todo si iba a acabar siendo nuestro yerno.
—Habéis escapado de mí —repitió Jacques—. No deberíais haberlo hecho. Vamos a ver, ¿dónde está la chica?
—Ha ido a hacer una visita.
—Bien.
—Jacques quiere hablar con nosotros sobre Aliénor —le interrumpió Georges.
—No; quiero hablar con vos de vuestro ridículo encargo de azul para los nuevos tapices —Jacques le Boeuf hizo un gesto en dirección a El Oído—. Mirad eso: apenas hay azul, en especial con tantísimas flores. El gusto por las millefleurs acabará conmigo, todo rojos y amarillos. Y todavía menos azul en este otro, por lo que parece —contempló El Olfato, esbozado ya, aunque sólo estaban pintados el rostro y los hombros de la dama—. Me dijisteis que habría mucho más azul en esos tapices; que la mitad del suelo sería azul por la hierba. Ahora sólo son islas de azul, y hay mucho más rojo.
—Hemos añadido árboles a los dibujos —replicó Georges—. El azul que les corresponda compensará en gran parte la ausencia de hierba.
—No lo suficiente: la mitad de las hojas son amarillas Jacques le Boeuf fulminó con la mirada a Georges.
Era cierto que habíamos cambiado la cantidad de azul que nos disponíamos a encargarle. Una vez que tuvimos uno de los dibujos a escala, Georges y yo calculamos la noche anterior cuánto íbamos a necesitar para todos los tapices. Y por la mañana mi marido había mandado a nuestro hijo a casa de Jacques le Boeuf para contárselo.
—Los dibujos han cambiado desde la primera vez que hablamos —dijo Georges tranquilamente—. Eso sucede con frecuencia. Nunca te prometí una cantidad concreta de azul.
—Me habéis engañado y tendréis que compensarme —insistió Jacques.
—¿Comerás aquí la empanada? —intervine—. Es agradable comer fuera algunas veces. Madeleine, trae la empanada —llamé hacia el interior de la casa.
—Jacques, sabes que no puedo garantizar cantidades —dijo Georges—. No es así como se trabaja en este negocio. Las cosas cambian a medida que avanzamos.
—No os proporcionaré el azul hasta que hayáis accedido a lo que pido.
—Entregarás la lana mañana, como prometiste —Georges hablaba lentamente, como si le explicase algo a un niño.
—No lo haré hasta que me prometáis acceder a lo que pido.
—¿Acceder a qué?
—A vuestra hija.
Georges me miró.
—No lo hemos hablado aún con Aliénor.
—¿Qué es lo que hay que hablar? Me dais su dote y será mi mujer. Es todo lo que hay que decirle.
—Todavía necesitamos a Aliénor —les interrumpí—. Esos tapices son el encargo más importante que hemos aceptado, y hará falta que trabaje todo el mundo. Prescindir incluso de Aliénor podría significar que no los terminásemos a tiempo y eso querría decir que no te encargaríamos azul para ninguno de ellos.
Jacques le Boeuf hizo caso omiso de lo que le decía.
—Dadme a vuestra hija como esposa y os aprovisionaré de lana azul —dijo mientras Madeleine aparecía con la empanada y un cuchillo. Contenía la respiración para que no le entrara el olor de Jacques en la nariz, pero se le vaciaron los pulmones en un resoplido de sorpresa cuando oyó lo que decía el tintorero. Fruncí el entrecejo y negué con la cabeza, mirándola, mientras ella dejaba precipitadamente la empanada sobre la mesa y se apresuraba a volver a la casa.
—Christine y yo tenemos que hablarlo —dijo Georges—. Te daré mañana mi contestación.
—Bien —dijo Jacques. Se apoderó del cuchillo y se cortó una generosa porción—. Me dais a la chica y conseguiréis vuestro azul. Y no tratéis de acudir a otros tintoreros de glasto: me conocen a mí mejor de lo que os conocen a vos —por supuesto que sí: son todos primos.
Georges había estado a punto de cortarse un trozo de empanada, pero se detuvo con el cuchillo suspendido en el aire. Cerré los ojos para no ver la cólera en su rostro. Cuando los abrí de nuevo había hundido la punta del cuchillo en la empanada, dejándolo clavado completamente recto.
—Tengo trabajo pendiente —dijo, levantándose—. Te veré mañana.
Jacques le Boeuf dio un enorme bocado a su trozo de empanada; no pareció ofenderle que Georges se marchara mientras él comía.
Me retiré también y fui en busca de Madeleine. La encontré inclinada sobre la olla de las lentejas, el rostro encendido por el calor.
—No le digas una palabra a Aliénor —le susurré—. No necesita enterarse de esto ahora mismo. Además, nada está decidido.
Madeleine alzó los ojos para mirarme, se colocó un mechón de cabellos detrás de la oreja y empezó de nuevo a frotar el fondo de la olla.
Jacques se comió la mitad de la empanada antes de marcharse. Yo no la probé: había perdido el apetito.
Aliénor no dijo nada cuando fui a buscarla a casa de los vecinos: entró directamente en el huerto y empezó a recoger la cesta de guisantes para el panadero. Me alegré de que no hiciera preguntas, porque no habría sabido responderle.
Más tarde se ofreció a llevar los guisantes a la mujer del panadero. Cuando se hubo marchado llevé a Georges hasta el extremo más distante del huerto, junto al emparrado cubierto de rosas, para que nadie pudiera oírnos. Nicolas y Philippe trabajaban codo con codo en El Olfato: Nicolas pintaba los brazos de la dama y Philippe empezaba con el león.
—Qué vamos a hacer con Jacques le Boeuf, entonces? —pregunté.
Georges contempló las rosas silvestres como si estuviera escuchándolas a ellas en lugar de a mí.
—Alors?
Georges suspiró.
—Tendremos que dársela.
—El otro día bromeabas diciendo que el olor la mataría.
—No sabía aún que íbamos a reducir el azul de los tapices. Si no conseguimos pronto ese azul nos retrasaremos y Léon nos multará. Jacques está informado. Me tiene en sus manos.
Me acordé de los escalofríos de Aliénor en la Chapelle.
—Lo detesta.
—Christine, sabes que a tu hija no le harán otra propuesta mejor. Es una suerte que cuente con ésa. Jacques la cuidará. No es mala persona, aparte del olor, y Aliénor acabará por acostumbrarse. Algunas personas se quejan del olor de la lana en nuestra casa, pero nosotros no lo notamos, ¿verdad que no?
—La nariz de Aliénor es más delicada que las nuestras.
Georges se encogió de hombros.
—Jacques le pegará —dije.
—No si le obedece.
Resoplé.
—Vamos, Christine, eres una mujer práctica. Más que yo, la mayor parte del tiempo.
Pensé en Jacques le Boeuf devorando la mitad de nuestra empanada, y en su amenaza de arruinar el negocio de Georges. ¿Cómo podía aceptar mi marido que un hombre así se llevara a nuestra hija? Pero incluso mientras lo pensaba, ya sabía que era muy poco lo que me estaba permitido decir. Conocía a mi marido y su decisión era firme.
—Ahora no podemos prescindir de ella —dije—. La necesitamos para coser esos tapices. Además no le he preparado el ajuar.
—No se irá aún, pero podrá marcharse cuando los tapices estén casi acabados. Tú podrías terminar de coser los dos últimos. A finales del año que viene, pongamos. Sin duda podría estar en casa de Jacques para Navidad.
Nos quedamos callados y contemplamos las rosas silvestres que crecían en el emparrado. Una abeja que recogía polen hizo que el cáliz se balanceara arriba y abajo.
—Aliénor no debe saber nada de esto por el momento —dije por fin—. Haz que a Jacques le quede bien claro que no puede ir por ahí presumiendo de su prometida. Si dice una palabra se rompe el compromiso.
Georges asintió con la cabeza.
Quizá era una crueldad por mi parte. Quizá había que decírselo ya a Aliénor. Pero no soportaba la idea de vivir con su rostro entristecido durante año y medio mientras esperaba lo que más temía. Mejor para todos que sólo lo supiera cuando llegase el momento.
Regresamos atravesando el huerto de Aliénor, que resplandecía con flores, guisantales, cuidadas hileras de lechugas, plantas bien recortadas de tomillo, romero y espliego, menta y melisa. ¿Quién cuidará de esto cuando se haya ido?, pensé.
—Philippe, deja de pintar ahora: te necesito para dibujar en la urdimbre una vez que hayamos colocado el cartón debajo —dijo Georges, adelantándome. Se acercó a El Oído—. Tiens, ayúdame a llevar esto dentro, si está seco. ¡Georges, Luc! —llamó. Parecía severo y enérgico: su manera de poner punto final a nuestra conversación.
Philippe dejó caer el pincel en un recipiente con agua. Los otros muchachos se apresuraron a salir del taller. Georges le Jeune se subió a una escalera para retirar el cartón de la pared. Luego, una persona en cada esquina, lo llevaron hasta el telar.
Al desaparecer el cartón, el huerto pareció repentinamente vacío. Me quedé a solas con Nicolas, que pintaba las manos de la dama, que sostenían un clavel. También él tenía uno en la mano. En lugar de volverse, siguió dándome la espalda, algo impropio de Nicolas: de ordinario no pierde ocasión de hablar a solas con una mujer, aunque sea madura y esté casada.
Mantenía muy erguidas y tiesas espalda y cabeza y, al cabo de un momento, comprendí que estaba indignado. Me fijé en el clavel blanco que sostenía. Aliénor los cultivaba cerca de las rosas. Nicolas debía de haberse acercado a cortarlo mientras Georges y yo hablábamos en el rincón más alejado del huerto.
—No penséis mal de nosotros —le dije en voz baja a su espalda—. Será lo mejor para ella.
En lugar de responder de inmediato, llevó el pincel a la tela. Pero no pintó, sino que mantuvo la mano suspendida en el aire.
—Bruselas está empezando a aburrirme —dijo—. Sus costumbres son demasiado zafias para mí. Me alegraré de marcharme. Cuanto antes, mejor —miró el clavel, lo tiró al suelo y lo aplastó con el talón.
Aquel día pintó hasta muy tarde. En las noches de verano la luz se prolonga casi hasta completas.