Geneviève de Nanterre
Béatrice me dijo que había dejado de llenar el corpiño de mis vestidos.
—O coméis más, madame, o tendremos que llamar al sastre.
—Manda a por el sastre.
No era la respuesta que quería, y se me quedó mirando con sus grandes ojos perrunos de color castaño hasta que me volví y me puse a juguetear con el rosario. Mi madre hizo lo mismo —aunque sus ojos sean más sagaces que los de Béatrice— cuando fui a verla a Nanterre con las niñas. Le dije que Claude no venía a causa de un dolor de estómago que también me molestaba a mí. No me creyó, como tampoco yo había creído a Claude cuando me dio aquella excusa. Quizá sea siempre así: las hijas mienten a las madres y las madres se lo permiten.
Más bien me alegré de que Claude no viniera con nosotras, aunque sus hermanas insistieron mucho. Mi hija mayor y yo somos como dos gatos enfrentados, la piel siempre erizada. Está enfadada conmigo, y las miradas que me lanza de reojo son siempre críticas. Sé que se compara conmigo y que llega a la conclusión de que no quiere ser como yo.
Tampoco yo quiero que lo sea.
Fui a ver al padre Hugo cuando volví de Nanterre. Al sentarme en un banco a su lado, dijo:
—Vraiment, mon enfant, no puedes haber pecado tanto en tres días como para tener que confesarte otra vez —aunque sus palabras fueran amables, el tono era agrio. A decir verdad, se desespera conmigo como yo me desespero conmigo misma.
Repetí las palabras que había utilizado días antes, sin dejar de mirar al banco, lleno de arañazos, que teníamos delante.
—Mi único deseo es retirarme al convento de Chelles —dije—. Mon seul désir. Mi abuela profesó antes de morir, y mi madre, sin duda alguna, lo hará también.
—No estás al borde de la muerte, mon enfant. Ni tampoco tu marido. Tu abuela se había quedado viuda cuando tomó el velo.
—¿Creéis que mi fe no es lo bastante fuerte? ¿Tendré que probároslo?
—No es de la fortaleza de tu fe de lo que hablamos aquí, sino de tu deseo de librarte de la vida que ahora llevas. Eso es lo que me preocupa. Estoy convencido de tu fe, pero necesitas querer entregarte a Jesús…
—Pero ¡si es eso lo que quiero!
—… entregarte a Jesús sin pensar en ti misma ni en tu vida en el mundo. La vida religiosa no debe ser una manera de escapar a una existencia que tanto te desagrada…
—¡Una vida que detesto! —me mordí la lengua.
El padre Hugo esperó un momento y luego dijo:
—Con frecuencia las mejores monjas son aquellas que han sido felices fuera del convento y siguen siéndolo dentro.
Callé, la cabeza inclinada. Sabía ya que había sido una equivocación hablar así. Tendría que haberme mostrado más paciente: esperar meses, un año, dos, para plantar la simiente en el padre Hugo, suavizarlo, lograr que le pareciese bien. Lo que había hecho, en cambio, era hablarle de manera brusca y con desesperación. Por supuesto, el padre Hugo no decidía quién entraba en Chelles: sólo la abadesa Catherine de Lignières tiene ese poder. Pero necesitaría el consentimiento de mi esposo para hacerme monja, y tendría que conseguir el apoyo de hombres poderosos que argumentaran en mi favor. El padre Hugo era uno de ellos.
Quedaba una cosa más que podía cambiar la actitud de mi confesor. Me alisé la falda y me aclaré la garganta.
—Mi dote fue muy importante —dije en voz baja—. Estoy segura de que si llegara a ser esposa de Jesucristo podría ceder una parte a Saint–Germain–des–Prés, como reconocimiento por la ayuda que se me ha prestado. Si quisierais hablar con mi esposo… —dejé que mi voz se apagara.
Ahora fue el padre Hugo quien guardó silencio. Mientras esperaba pasé el dedo por uno de los arañazos del banco. Cuando por fin habló había verdadero pesar en sus palabras, pero no quedó claro si era por lo que decía o por el dinero que se le escapaba.
—Geneviève, sabes que Jean le Viste nunca dará su consentimiento para que entres en un convento. Quiere una esposa, no una monja.
—Podríais hablar con él, decirle cuán conveniente sería para mí abrazar la vida del claustro.
—¿Le has hablado tú, como te sugerí el otro día?
—No, porque no me escucha. Pero a vos sí os escucharía. Estoy segura. Lo que pensáis tiene importancia para él.
El padre Hugo resopló.
—Tienes la conciencia tranquila en este momento, mon enfant. No digas mentiras.
—¡Sí que le importa la Iglesia!
—La Iglesia nunca ha tenido sobre Jean le Viste la influencia que tú y yo hubiésemos querido —dijo el padre Hugo, midiendo mucho las palabras. Guardé silencio, desalentada por la indiferencia de mi marido. ¿Ardería Jean por ello en el infierno?
—Vuelve a casa, Geneviève —dijo a continuación el padre Hugo, y había amabilidad en sus palabras—. Tienes tres hijas encantadoras, una casa espléndida y un marido que está muy cerca del Rey. Son bendiciones con las que muchas mujeres se darían por satisfechas. Sé esposa y madre, reza tus oraciones y ojalá Nuestra Señora te sonría desde el cielo.
—Y mi cama vacía…, ¿también la mirará sonriente?
—Ve en paz, mon enfant —el padre Hugo se levantaba ya.
Yo no lo hice de inmediato. No quería volver a la rue du Four, a los ojos acusadores de Claude ni a los de Jean, que rehuían los míos. Mejor seguir en la casa de Dios, que se había convertido en mi refugio.
Saint–Germain–des–Prés es la iglesia más antigua de París y me alegré mucho cuando vinimos a vivir tan cerca. Sus claustros son hermosos y tranquilos, y la vista desde la iglesia es maravillosa; si uno se sitúa fuera, a la orilla del río, se ve directamente el Louvre. Antes de mudarnos a la rue du Four vivíamos cerca de Notre Dame, pero es una iglesia demasiado grande para mí: me marea mirar hacia lo alto. Por supuesto a Jean le gustaba, como le gusta cualquier otro edificio espléndido donde es probable que acuda el Rey. Ahora, sin embargo, vivimos tan cerca de Saint–Germain–des–Prés que ni siquiera necesito la compañía de un lacayo.
El sitio que más me gusta en su interior es la capilla de Sainte–Geneviève, patrona de París, aunque procedente de Nanterre, y cuyo nombre llevo. Se abre en el ábside y hacia allí me dirigí después de mi conversación con el padre Hugo. Al arrodillarme les dije a mis damas que me dejaran sola. Se sentaron en el escalón más bajo de la entrada a la capilla, a cierta distancia, y no dejaron de hablar en susurros hasta que me volví y les dije:
—Haríais bien si recordarais que estáis en la casa de Dios y no cotilleando en una esquina. Rezad o marchaos.
Todas bajaron la cabeza, aunque Béatrice se me quedó mirando un instante con esos ojos suyos. Le devolví la mirada con fijeza hasta que también ella inclinó la cabeza y cerró los ojos. Cuando vi que por fin movía los labios para decir una oración, me volví hacia el interior de la capilla.
Por mi parte no recé, sino que contemplé las dos ventanas con vidrieras que representan escenas de la vida de la Virgen. Ya no veo tan bien como en otros tiempos y no distinguía las figuras, sólo los colores, los azules y los rojos, los verdes y los marrones. Me descubrí contando las flores amarillas que cubrían el borde de los cristales y me pregunté qué serían.
Jean no ha venido a mi cama desde hace meses. Siempre se ha mostrado ceremonioso conmigo en presencia de otras personas, como corresponde a nuestra categoría. Pero en otro tiempo era cariñoso en la cama. Después del nacimiento de Geneviève empezó a visitarme con más frecuencia incluso, con el deseo de engendrar por fin un heredero varón. Quedé encinta varias veces, pero siempre se malograba todo en los primeros meses. En estos dos últimos años no ha habido señal alguna de embarazo. De hecho perdí la regla, aunque a él no se lo dije. De algún modo lo descubrió, sin embargo, por Marie–Céleste o por una de mis damas: puede, incluso, que haya sido Béatrice. Nadie sabe lo que es la lealtad en esta casa. Jean vino a verme una noche después de conocer la noticia, dijo que le había fallado en el deber más importante de una esposa y que no volvería a tocarme.
Tenía razón. Le había fallado. Lo veía en los rostros de los demás: en el de Béatrice y en los de mis otras damas, en el de mi madre, en los de nuestros invitados, incluso en el de Claude, que es parte del fallo. Recuerdo que cuando tenía siete años vino a mi dormitorio después de que diera a luz a Geneviève. Miró a la criatura envuelta en pañales que tenía en brazos y, cuando supo que no era varón, hizo un gesto desdeñoso y dio media vuelta. Por supuesto ahora quiere a Geneviève, pero preferiría tener un hermano y a un padre satisfecho.
Me siento como un pájaro que, herido por una flecha, ya no puede volar.
Sería una muestra de clemencia que se me dejara entrar en religión. Pero Jean no es un hombre compasivo. Y todavía me necesita. Aunque me desprecie, sigue queriéndome a su lado cuando cena en casa y cuando tenemos invitados o vamos a palacio para estar con el Rey. No parecería bien que el asiento al lado del suyo quedara vacío. Además se reirían de él en la Corte: el noble cuya esposa se escapa a un convento. No; sabía que el padre Hugo tenía razón; Jean puede no quererme, pero le parece necesario que esté a su lado. La mayoría de los hombres haría lo mismo; las mujeres de edad que ingresan en la vida conventual son de ordinario viudas, no esposas. Muy pocos maridos las dejan marcharse, por graves que hayan sido sus pecados.
A veces, cuando voy caminando hasta el Sena para contemplar el Louvre en la otra orilla, pienso en arrojarme al agua. Por eso mis damas están siempre tan cerca. Lo saben. Acabo de oír a una de ellas ahora mismo, resoplando, aburrida, a mi espalda. Por un momento me compadezco de ellas, condenadas a aguantarme.
Por otra parte, gracias a estar conmigo tienen ropa y comida de calidad, y un buen fuego por las tardes. A sus bollos se les pone azúcar abundante y el cocinero es generoso con las especias —canela, nuez moscada, macis y jengibre— porque guisa para nobles.
Dejé que el rosario se me cayera al suelo.
—Béatrice —llamé—, recógemelo.
Dos de mis damas me ayudaron a ponerme en pie y Béatrice se arrodilló para recuperar el rosario.
—Querría hablar un momento con vos, madame —me dijo en voz baja mientras me lo devolvía—. A solas.
Era probablemente algo sobre Claude. Ya no necesitaba una nodriza que la cuidase, como sucede con Jeanne y Geneviève, sino una dama de honor. Le he estado cediendo a Béatrice para ver qué tal se llevan. Y podría prescindir de ella; mis necesidades son muy pocas ya. Una mujer que comienza a vivir precisa más que yo de una buena dama. Béatrice todavía me cuenta todo sobre Claude, ayudándome así a prepararla para la vida adulta y evitar que cometa errores. Pero un día Béatrice se quedará con su nueva señora y ya no volverá.
Esperé a que saliéramos y pasásemos la gran puerta del monasterio. Al abandonar el recinto y llegar a la calle, dije:
—Me apetece dar un paseo hasta el río. Béatrice, ven conmigo; las demás volved a casa. Si veis a mis hijas decidles que vayan después a mi cuarto. Quiero hablar con ellas.
Antes de que pudieran responder nada, cogí a Béatrice del brazo y torcí hacia la izquierda, por el camino que lleva al río. Las otras damas tenían que torcer a la derecha para volver a casa. Aunque hicieron ruidos de desaprobación, sin duda me obedecieron, porque no oí que nos siguieran.
Los viandantes de la rue de Seine se sorprendieron al ver a una dama de la nobleza sin séquito. Para mí era un descanso no tener a mis damas aleteando a mi alrededor como una bandada de urracas. A veces pueden ser ruidosas y pesadas, sobre todo cuando busco un poco de paz. No durarían ni un día en un convento. Nunca las llevo conmigo cuando visito Chelles, excepto a Béatrice, por supuesto.
Un caballero que pasaba por el otro lado de la calle con su escribiente me hizo una reverencia tan profunda que la copa de su sombrero me impidió descubrir quién era. Sólo al enderezarse lo reconocí como Michel d’Orléans, que trata a Jean en la Corte y ha cenado con nosotros.
—Dame Geneviève, estoy a vuestra disposición —dijo acto seguido—. Decidme dónde debo acompañaros. Nunca me perdonaría haber permitido que pasearais sola por las calles de París. ¿Qué pensaría de mi Jean le Viste si hiciera semejante cosa? —me miró directamente a los ojos todo el tiempo que su audacia le permitió. En una ocasión me había hecho saber con toda claridad que podíamos ser amantes si yo así lo deseaba. Yo no lo deseaba, pero en las pocas ocasiones en las que nos encontrábamos, sus ojos seguían haciéndome la misma pregunta.
Nunca he tenido un amante, aunque muchas mujeres cedan a la tentación. No quiero dar a Jean motivos para maltratarme. Si cometiera adulterio, mi esposo tendría libertad para casarse en segundas nupcias e intentar engendrar un hijo varón. No estoy tan ansiosa de tener compañía en la cama como para arrojar mi título por la borda.
—Gracias, monsieur —dije, sonriendo amablemente—, pero no estoy sola; tengo aquí a una de mis damas para que me acompañe hasta el río. Nos gusta ver los barcos.
—En ese caso, os acompañaré.
—No, no; sois demasiado amable. De la presencia de vuestro escribiente deduzco que vais de camino para atender algún asunto importante. No quisiera deteneros.
—Dame Geneviève, nada es más importante que estar a vuestro lado.
Sonreí una vez más, aunque con más firmeza y menos amablemente.
—Monsieur, si mi esposo descubriera que descuidáis vuestro trabajo para el Rey y la Corte sin otra razón que acompañarme, se disgustaría mucho conmigo. Estoy segura de que no querréis que se enoje con esta pobre servidora vuestra.
Ante aquella posibilidad, Michel d’Orléans dio un paso atrás, cariacontecido. Cuando se hubo disculpado varias veces y se puso de nuevo en camino, Béatrice y yo nos echamos a reír. No nos habíamos reído así desde hacía bastante tiempo, y aquello me recordó cómo nos reíamos todo el tiempo cuando éramos más jóvenes. Iba a echarla de menos cuando se conviniera en dama de honor de Claude. Se quedaría con ella a no ser que mi hija le permitiera casarse y abandonar el puesto.
Por el río la navegación era intensa en ambas direcciones. En la orilla opuesta, unos ganapanes descargaban sacos de harina destinados a las muchas cocinas del Louvre. Los contemplamos durante algún tiempo. Siempre me ha gustado ver el Sena, que encierra la promesa de una escapatoria.
—Tengo algo que contaros sobre Claude —dijo entonces Béatrice—. Se ha portado muy estúpidamente.
Suspiré. No quería saberlo, pero era su madre y me correspondía.
—¿Qué ha hecho?
—¿Os acordáis de aquel artista, Nicolas des Innocents, encargado de dibujar los tapices para la Grande Salle?
Mantuve los ojos en una manchita de luz sobre el agua.
—Lo recuerdo.
—Mientras estabais fuera la encontré a solas con él, bajo una mesa.
—¡Bajo una mesa! ¿Dónde?
Vaciló, el temor reflejado en sus grandes ojos. Béatrice viste bien, como todas mis damas. Pero ni siquiera la mejor seda tejida con hilo dorado y salpicada de joyas consigue que su rostro pase de insignificante. Quizá sus ojos sean alegres, pero tiene las mejillas chupadas, la nariz chata y una piel que enrojece ante la menor contrariedad. Ahora se había puesto colorada.
—¿En su cuarto? —apunté.
—No.
—¿En la Grande Salle?
—No —mis sugerencias la molestaban, de la misma manera que a mí sus vacilaciones. Me volví y contemplé de nuevo el río, reprimiendo mi deseo de gritarle. Siempre es mejor ser paciente con Béatrice.
Dos individuos pescaban en una barca no lejos de donde nos encontrábamos. Sus sedales estaban flojos, pero no parecía molestarles: charlaban y reían con animación. No nos habían visto y me alegré, porque nos hubieran hecho reverencias y se habrían apartado al advertir nuestra presencia. Hay algo alentador en el espectáculo de una persona ordinaria que es feliz.
—Fue en la cámara de vuestro esposo —dijo Béatrice en un susurro, aunque nadie podía oírla excepto yo.
—Sainte Vierge! —me santigüé—. ¿Cuánto tiempo estuvo a solas con él?
—No lo sé. Nada más que unos minutos, creo. Pero estaban… —Béatrice se detuvo.
Sentí verdaderos deseos de zarandearla.
—¿Estaban?
—No del todo…
—¿Qué hacías tú mientras tanto, por el amor de Dios? ¡Se suponía que no ibas a perderla de vista! —había dejado a Béatrice con Claude precisamente para evitar una cosa así.
—¡Claro que estaba allí! Consiguió zafarse de mí, la muy desvergonzada. Me pidió que fuese a comprarle… —Béatrice agitó el rosario—, ¡da lo mismo! Pero no perdió la virginidad, madame.
—¿Estás segura?
—Sí. Nicolas no…, no se había quitado la ropa.
—Pero ¿mi hija sí?
—Sólo a medias.
Furiosa como estaba, una parte de mí quería reírse de la desfachatez de Claude. Si Jean los hubiera sorprendido… No me atreví a pensar en ello.
—¿Qué hiciste?
—¡Lo despedí con cajas destempladas! Eso fue lo que hice.
No lo había hecho; lo vi en su cara. Probablemente Nicolas des Innocents se le habría reído en las narices y se habría tomado su tiempo antes de marcharse.
—¿Qué vais a hacer, madame? —me preguntó Béatrice.
—¿Qué hiciste cuando se marchó el artista? ¿Qué le dijiste a Claude?
—Le dije que podía estar segura de que os contaría lo sucedido.
—¿Te pidió que no me lo contaras?
Béatrice frunció el ceño.
—No. Se rió de mí y se marchó corriendo.
Apreté los dientes. Claude sabe demasiado bien el valor que su virginidad tiene para los Le Viste: ha de estar intacta para que un hombre honorable se case con ella. Aunque no el apellido, su marido heredará un día la riqueza de le Viste. La casa de la rue du Four, el château d’Arcy, los muebles, las joyas, incluso los tapices que Jean ha mandado hacer: todo irá al marido de Claude. Jean lo habrá elegido cuidadosamente y, a su vez, el esposo esperará que Claude sea piadosa, respetuosa, que se la admire y que sea virgen, por supuesto. Si su padre la hubiera sorprendido… Me estremecí.
—Hablaré con ella —dije, pasado ya mi enojo con Béatrice, pero furiosa con Claude por haber arriesgado tanto por tan poco—. Hablaré con ella ahora.
Las damas de honor habían reunido a mis hijas en mi estancia cuando Béatrice y yo regresamos. Geneviève y Jeanne corrieron a saludarme cuando entré, pero Claude siguió sentada en el hueco de la ventana, jugando con un perrito que tenía en el regazo, pero sin mirarme. Había olvidado qué motivo tenía para reunir a mis otras hijas. Pero las dos, sobre todo Geneviève, estaban tan deseosas de verme que tuve que inventar algo deprisa.
—Niñas, ya sabéis que los caminos quedarán pronto libres de barro y podremos trasladarnos al château d’Arcy para pasar allí el verano.
Jeanne aplaudió. De las tres, es la que más disfruta en el castillo año tras año. Corre entusiasmada con los niños de las granjas vecinas y apenas se pone los zapatos en todo el verano.
Claude suspiró muy hondo mientras rodeaba con las manos la cabeza del perrillo faldero.
—Quiero quedarme en París —murmuró.
—He decidido que celebremos una fiesta el Primero de Mayo antes de irnos —continué—. Podréis poneros vuestros vestidos nuevos —siempre hago ropa nueva para mis hijas y damas de honor con motivo de la Pascua de Resurrección.
Mis damas empezaron a cuchichear al instante, a excepción de Béatrice.
—Vamos, Claude, ven conmigo; quiero revisar tu vestido. No estoy segura de que me guste el escote —fui hasta la puerta y me volví para esperarla—. Sólo nosotras dos —añadí al ver que mis damas empezaban a moverse—. No tardaremos mucho.
Claude apretó los labios, sin moverse, y siguió jugando con su perro, moviéndole las orejas atrás y adelante.
—O vienes conmigo o rasgaré el vestido de arriba abajo con mis propias manos —dije con dureza.
Mis damas murmuraron. Béatrice me miró fijamente.
—¡Mamá! —gritó Jeanne.
Claude abrió mucho los ojos y una expresión de furia contenida cruzó su rostro. Se puso en pie y se desprendió con tanta brusquedad del perro que el animal dejó escapar un aullido. Pasó a mi lado y atravesó la puerta sin mirarme. Seguí su espalda erguida a través de las habitaciones que separaban la suya de la mía.
Su cámara es más pequeña, con menos muebles. Por supuesto, no la acompañan la mayor parte del día cinco damas que necesitan sillas y una mesa, además de almohadones, escabeles, fuegos, tapices en las paredes y jarras de vino. El cuarto de Claude no tiene más que una cama adornada con seda roja y amarilla, una mesa pequeña con una silla y un arcón para la ropa. Su ventana da al patio y no a la iglesia como la mía.
Claude fue directamente a su arcón, sacó el vestido nuevo y lo arrojó sobre la cama. Por un momento las dos lo miramos. Era una preciosidad, de seda negra y amarilla en un diseño como de granada, cubierto de tela de color amarillo pálido. Mi vestido nuevo utilizaba el mismo diseño, aunque recubierto de seda de color rojo intenso. Juntas, llamaríamos mucho la atención en la fiesta, aunque ahora que pensaba en ello, lamenté que no lleváramos vestidos completamente distintos, de manera que no se prestaran a las comparaciones.
—No hay ningún problema con el escote —dije—. No quiero hablar de eso contigo.
—¿De qué, entonces? —Claude fue a colocarse junto a la ventana.
—Si sigues siendo descortés te mandaré a vivir con tu abuela —dije—. No tardará en enseñarte de nuevo a respetar a tu madre —mi madre no vacilaría en utilizar el látigo con Claude, sin importarle que fuese la heredera de Jean le Viste.
Al cabo de un momento murmuró:
—Pardon, mamá.
—Mírame, Claude.
Lo hizo al fin, sus ojos verdes más turbados que furiosos.
—Béatrice me ha contado lo que sucedió con el artista.
Claude puso los ojos en blanco.
—Béatrice es desleal.
—Au contraire, ha hecho exactamente lo que debía. Sigue a mi servicio y es a mi a quien debe lealtad. Pero olvídate de ella. ¿En qué estabas pensando? ¿Y en la cámara de tu padre?
—Lo quiero, mamá —el rostro de Claude se iluminó como si, después de una tempestad, el viento hubiera barrido de pronto las nubes.
Resoplé.
—No seas absurda. Por supuesto que no. Ni siquiera sabes lo que eso significa.
La tormenta reapareció.
—¿Qué sabéis de mí?
—Sé que no se te ha perdido nada con los que son como él. ¡Un artista es muy poco más que un campesino!
—¡Eso no es cierto!
—Sabes perfectamente que te casarás con el hombre que tu padre elija. Una boda aristocrática para la hija de un noble. No vas a echarlo todo a perder ni por un artista ni por nadie.
Los ojos de Claude lanzaron llamaradas, su rostro se llenó de rencor.
—¡Que mi padre y vos no compartáis la cama no quiere decir que yo tenga que secarme y endurecerme como una pera arrugada!
Por un momento pensé en abofetear aquella carnosa boca roja para que sangrara. Respiré hondo.
—Ma fille, está claro que eres tú quien no sabe nada de mi —abrí la puerta—. ¡Béatrice! —grité con tanta fuerza que mi voz se oyó por toda la casa. El mayordomo tuvo que oírla en sus almacenes, el cocinero en su cocina, los mozos de cuadra en los establos, las doncellas en las escaleras. Si Jean estaba en casa, sin duda la oyó en su cámara.
Hubo un breve silencio, como la pausa entre el relámpago y el trueno. Luego la puerta que daba a la habitación vecina se abrió de golpe y Béatrice entró corriendo, las otras damas detrás. Enseguida aflojó el paso al verme en el umbral del cuarto de Claude. Las demás se detuvieron a intervalos, como perlas en una sarta. Jeanne y Geneviève se quedaron en la puerta de mi habitación, mirando.
Tomé a Claude del brazo y la arrastré sin contemplaciones hasta la puerta, de manera que estuviera frente a Béatrice.
—Béatrice, ya eres la dama de compañía de mi hija. Permanecerás con ella todas las horas del día y de la noche. Irás con ella a misa, al mercado, a las visitas, al sastre, a sus lecciones de baile. Comerás con ella, cabalgarás con ella y dormirás con ella, no en un gabinete cercano sino en su misma cama. Nunca te apartarás de su lado. Tampoco cuando utilice el orinal —una de mis damas dejó escapar un grito ahogado—. Si estornuda, lo sabrás. Si eructa o ventosea, lo olerás —Claude lloraba ya—. Sabrás cuándo sus cabellos necesitan el peine, cuándo le llega la regla, cuándo llora.
»En la fiesta del Primero de Mayo será misión tuya, Béatrice, y de todas mis damas, cuidar de que Claude no se acerque a ningún varón, ni para hablar con él, ni para bailar, ni tan siquiera para estar a su lado, porque no es posible fiarse de ella. Que pase una velada bien desagradable.
»Pero primero, la lección más importante que ha de aprender mi hija es el respeto a sus padres. Con ese fin la llevarás de inmediato a Nanterre con mi madre durante una semana; y enviaré un mensajero para decir a su abuela que utilice el látigo si es necesario.
—Mamá —susurró Claude—, por favor…
—¡Silencio! —miré con dureza a Béatrice—. Entra y hazle el equipaje.
Béatrice se mordió los labios.
—Sí, madame —dijo, bajando los ojos—. Bien sûr —se deslizó entre Claude y yo hasta situarse junto al arcón lleno de vestidos.
Salí de la habitación de Claude y me dirigí hacia la mía. Al pasar junto a cada una de mis damas, procedieron a colocarse en fila india detrás de mí, hasta que fui como una pata delante de sus cuatro patitos. Cuando llegué a mi puerta, mis otras dos hijas estaban allí juntas, la cabeza baja. También me siguieron cuando entré. Una de mis damas cerró la puerta. Entonces me volví.
—Recemos para que el alma de Claude pueda salvarse aún —dije mientras contemplaba la expresión solemne de todas ellas. A continuación nos arrodillamos.