1. Entre estos acontecimientos, cuya enumeración sería demasiado larga, se encuentra la tentación que sufrió Abrahán sobre la inmolación de su queridísimo hijo Isaac, para ser probada su religiosa obediencia, destinada a llegar al conocimiento de los siglos, no al de Dios. Porque no debe ser reprobada toda tentación; antes hay que felicitarse por la que sirve de prueba. Aparte de que las más de las veces no puede el espíritu humano conocerse a sí mismo de otra manera más que empeñando sus fuerzas, no de palabra, sino de obra en la tentación, que en cierto modo es un interrogante. En cuya prueba, si reconoce el don de Dios, se muestra religioso y se afianza con la firmeza de la gracia, nunca se engríe con la vanidad de la jactancia.
Ciertamente no podía creer Abrahán que Dios se deleitara con víctimas humanas; pero al dejarse oír el precepto divino, es preciso obedecer, no disputar. Sin embargo, merece Abrahán la alabanza de haber creído que su hijo, una vez sacrificado, resucitaría inmediatamente. Porque al no querer cumplir la voluntad de su esposa de arrojar afuera a la esclava y a su hijo, Dios le había dicho: Es Isaac quien continuará tu descendencia. Aunque también le dice allí a continuación: Aunque también del hijo de la criada sacaré un gran pueblo, por ser descendiente tuyo83. ¿Cómo se dijo: Es Isaac quien continuará tu descendencia, si también a Ismael lo llama Dios descendencia suya? Exponiendo el Apóstol el significado de Es Isaac quien continuará tu descendencia, dice: Es decir, que no es la generación natural la que hace hijos de Dios, es lo engendrado en virtud de la promesa lo que cuenta como descendencia84. Y por esto, para constituir la descendencia de Abrahán, los hijos de la promesa son llamados en Isaac, esto es, son congregados en Cristo por el llamamiento de la gracia.
Manteniendo fielmente este piadoso padre la promesa, que se había de cumplir precisamente en aquel que mandaba Dios inmolar, no abrigó duda de que se le podía devolver después de inmolado quien había sido dado contra toda esperanza. Así se interpreta y expone en la carta a los Hebreos cuando dice: Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac, y era su único hijo lo que ofrecía el depositario de la promesa, después que le habían dicho: Isaac continuará tu descendencia, estimando que Dios tiene poder incluso para levantar de la muerte. Y por ello añadió: Por eso lo recibió también en figura de otro85. ¿A qué figura se refiere sino a la de quien dice el mismo Apóstol: Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros?86 De hecho, Isaac, lo mismo que el Señor, llevó su propia cruz, llevó al lugar del sacrificio la leña sobre la que había de ser colocado. Finalmente, como era preciso que Isaac no muriera, cuando el padre recibió la orden de no sacrificarlo, ¿qué carnero era aquel con cuya inmolación se consumó el sacrificio con sangre simbólica? Cuando lo vio Abrahán, estaba retenido por los cuernos en un arbusto. ¿A quién representaba sino a Jesús, coronado de espinas por los judíos antes de ser inmolado?
2. Pero será mejor escuchar las palabras a través del ángel. Dice la Escritura:Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo, pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: ¡Abrahán! ¡Abrahán! El contestó: Aquí estoy. Dios le ordenó: No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ya he comprobado que respetas a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu único hijo. Se dice Ya he comprobado por «Ya he hecho saber», puesto que Dios no ignoraba esto.
Después de inmolar aquel carnero en lugar de su hijo Isaac, se dice: Abrahán llamó a aquel sitio «El Señor provee». Hoy se dice todavía: el monte donde el Señor provee. Como se dijo Ya he comprobado en lugar de «ahora he hecho saber», así se dice aquí El Señor provee en lugar de «El Señor apareció», es decir, «se hizo ver».
Desde el cielo el ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán: Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber obrado así, por no haberte reservado tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las ciudades de tus enemigos. Todos los pueblos te bendecirán nombrando a tu descendencia, porque me has obedecido87. Tales la promesa, confirmada hasta con el juramento de Dios, sobre la vocación de los pueblos en la descendencia de Abrahán, después del holocausto que significaba a Cristo. Siempre había prometido, pero nunca había jurado. Y ¿qué es el juramento de un Dios verdadero y veraz, sino la confirmación de la promesa y como un reproche a los incrédulos?
3. Después, a los ciento veintisiete años de edad y a los ciento treinta y siete de la de su esposo, murió Sara88. Abrahán tenía, en efecto, diez años más que Sara, como lo dice él mismo cuando se le hace la promesa del hijo que de ella le nacería: ¿Un centenario va a tener un hijo, y Sara va a dar a luz a los noventa?89 Entonces compró Abrahán un campo y en él sepultó a su esposa. Y fue entonces cuando, según la narración de Esteban, se estableció en aquella tierra, porque comenzó a ser propietario allí90; cabalmente después de la muerte de su padre, que se calcula había muerto dos años antes.
CAPÍTULO XXXIII
Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac, tomó por esposa
Después Isaac tomó por esposa a Rebeca, nieta de su tío Nacor, a los cuarenta años de edad, es decir, el año ciento cuarenta de la vida de su padre, a los tres años de morir su madre. Para buscársela, su padre envió un criado a Mesopotamia, y le dijo: Pon tu mano bajo mi muslo y júrame por el señor Dios del cielo y de la tierra que cuando busques mujer a mi hijo no la escogerás entre los cananeos91. ¿Qué se quiere dar a entender con ello, sino que el Señor del cielo y de la tierra había de venir en la carne procedente de aquel muslo? ¿Son acaso pequeños estos indicios de la verdad cuyo cumplimiento vemos en Cristo?
CAPÍTULO XXXIV
¿Qué se ha de pensar del casamiento de Abrahán con Cetura después de la muerte de Sara?
¿Qué significa el haber tomado Abrahán por esposa a Cetura tras la muerte de Sara? Por supuesto, no podemos achacarlo a incontinencia, sobre todo en edad tan avanzada y con una tal santidad de fe. ¿Buscaba acaso tener todavía hijos si, por la promesa de Dios, estaba tan seguro de que sus hijos por medio de Isaac se multiplicarían como las estrellas del cielo y como las arenas de la tierra? En efecto, si Agar e Ismael, como enseña el Apóstol, significaron a los carnales del Antiguo Testamento92, ¿por qué Cetura y sus hijos no habían de significar a los carnales que se juzgan pertenecer al Nuevo? Pues ambas son llamadas esposas y concubinas de Abrahán. En cambio, Sara nunca fue llamada concubina. Cuando se le dio Agar a Abrahán, se dice: A los diez años de habitar Abrahán en Canaán, Sara, la mujer de Abrahán, tomó a Agar, la esclava egipcia, y se la dio a Abrahán, su marido, como esposa93. Y de Cetura, que tomó después de la muerte de Sara, se lee: Abrahán tomó otra mujer, llamada Cetura.He ahí por qué ambas son llamadas esposas. Pero vemos también que ambas fueron concubinas, al decir luego la Escritura: Abrahán hizo a Isaac heredero universal, mientras que a los hijos de las concubinas les dio legados, y todavía en vida los despachó hacia el país de levante, lejos de su hijo94.
Tienen algunos derechos los hijos de las concubinas, pero no llegan al reino prometido; ni los herejes ni los judíos carnales, porque fuera de Isaac no hay herederos: No es la generación natural la que hace hijos de Dios, es lo engendrado en virtud de la promesa lo que cuenta como descendencia95, de la cual se dijo: Es Isaac quien continúa tu descendencia96. En realidad no comprendo por qué Cetura, tomada después de la muerte de la esposa, ha sido llamada concubina sino a causa de este misterio.
De todos modos, quien no quiera admitir estas interpretaciones no debe calumniar a Abrahán. Pues ¿no podría ser una providencia contra los futuros herejes adversarios de las segundas nupcias, tratar de demostrar en el mismo padre de muchos pueblos que no es pecado casarse de nuevo después de la muerte del cónyuge? Abrahán murió a la edad de ciento setenta y cinco años97. Dejó, pues, a su hijo Isaac de setenta y cinco años, ya que le había engendrado a sus cien años.
CAPÍTULO XXXV
Respuesta divina sobre el significado de los dos mellizos todavía en el seno de su madre Rebeca
Es hora ya de ver cómo avanzan los tiempos de la ciudad de Dios a través de los descendientes de Abrahán. Desde el primer año de la vida de Isaac hasta el sexagésimo, en que le nacieron los hijos, tiene lugar algo extraño: rogando él a Dios que tuviera hijos su esposa, que era estéril, y habiéndole concedido el Señor lo que pedía, concibió ella y se agitaban en su vientre los mellizos. Atormentada por esta molestia, preguntó al Señor, y éste le respondió: Dos naciones hay en tu vientre; dos pueblos se separan en tus entrañas. Un pueblo vencerá al otro; el mayor servirá al menor98. En esto quiere ver el apóstol Pablo un notable testimonio de la gracia: sin haber nacido todavía, sin haber hecho algo bueno o malo, sin ningún mérito bueno es elegido el menor, siendo reprobado el mayor99. Sin duda alguna que, en cuanto al pecado original, los dos eran iguales, y en cuanto a los pecados personales, ninguno de ellos los tenía. Pero el plan de esta obra no me permite extenderme más en este tema. Ya he hablado bastante en otros escritos.
Sobre el inciso el mayor servirá al menor, casi todos los nuestros lo han interpretado en el sentido de que el pueblo mayor judío servirá al pueblo menor cristiano. Pudiera, ciertamente, verse cumplido en el pueblo de los idumeos, que nació del mayor, y tenía dos nombres (se llamaba efectivamente Esaú y Edom; de ahí el llamarse idumeos); pueblo que fue vencido por el otro pueblo nacido del menor, esto es, el israelita, y le había de estar sometido. Sin embargo, se cree más oportuno que está encaminada a más altos fines la profecía un pueblo vencerá al otro, el mayor servirá al menor.¿Qué quiere decir esto sino lo que se ve evidentemente cumplido en los judíos y los cristianos?
CAPÍTULO XXXVI
Oráculo y bendición que, lo mismo que su padre, recibió Isaac amado de Dios por ser hijo de Abrahán
Recibió también Isaac el mismo oráculo que había recibido su padre algunas veces. He aquí el oráculo: Hubo un hambre en el país (distinta de la que hubo en tiempos de Abrahán), e Isaac fue a Guerar, donde Abimelec era rey de los filisteos. El Señor se le apareció y le dijo: No bajes a Egipto, quédate en la tierra que te diré; reside en este país; estaré contigo y te bendeciré, pues a ti y a tus descendientes os daré estas tierras, cumpliéndoos el juramento que hice a Abrahán, tu padre. Haré crecer tu descendencia como las estrellas del cielo y daré a tus descendientes todas estas tierras, y en tu nombre se bendecirán todos los pueblos de la Tierra. Porque Abrahán me obedeció y guardó mis preceptos, mandatos, normas y leyes100.
Este patriarca no tuvo otra esposa ni concubina alguna, sino que se dio por satisfecho con la posteridad de los dos mellizos nacidos de un solo acto. Temió también por la hermosura de su esposa habitando entre los extranjeros, y como su padre, la llamó hermana, callando que era esposa: en realidad era pariente suya por línea paterna y materna. También ella fue respetada por los extranjeros, aun conociendo que era su esposa. No debemos, sin embargo, anteponerlo a su padre por el hecho de no haber tenido otra mujer que su esposa. Eran, sin duda, más excelentes los méritos de la fe y obediencia paternas, y por éste dice el Señor que le otorga los bienes que le otorga. Serán bendecidos en tu nombre todos los pueblos de la tierra, porque Abrahán me obedeció y guardó mis preceptos, mandatos, normas y leyes. Y también en otro oráculo dice: Yo soy el Dios de Abrahán, tu padre; no temas, que estoy contigo; te bendeciré y haré crecer tu descendencia en atención a Abrahán, mi siervo101. Por este pasaje podemos entender con qué castidad procedió Abrahán en aquello precisamente que los impúdicos, buscando una excusa para su maldad en las Escrituras santas, le achacan como fruto de su pasión. Así como también hemos de aprender a no comparar a los hombres entre sí por sus acciones en particular, sino que hemos de considerar en cada uno el conjunto. Puede ocurrir, en efecto, que uno aventaje a otro en alguna cualidad de su conducta, y esa cualidad sea mucho más excelente que otra en la que le supera este segundo. Y así, aunque bien consideradas las cosas, la continencia se prefiere al matrimonio, es mejor un cristiano casado que un infiel continente. Y no sólo no merece alabanza el hombre infiel, sino que es sumamente reprobable. Supongamos dos igualmente buenos; por supuesto que, aun así, es más digno el casado fidelísimo y obedientísimo a Dios que el continente, pero con menos fe y menos obediencia. Ahora bien, si en lo demás son iguales, ¿quién dudará en anteponer el continente al casado?
CAPÍTULO XXXVII
Figuras místicas de Esaú y Jacob
Los dos hijos de Isaac, Esaú y Jacob, van creciendo paralelamente. La primacía del mayor pasa al menor por el convenio pactado entre ellos a consecuencia del plato de lentejas que fue preparado por el menor y solicitado inmoderadamente por el mayor. A cambio le vendió a su hermano, con la garantía del juramento, el derecho de primogenitura. Este episodio nos enseña que no es censurable en la comida la calidad del alimento, sino el ansia destemplada.
Envejece Isaac, y sus ojos, por la vejez, pierden la vista. Quiere bendecir a su hijo mayor, y sin darse cuenta, en lugar del mayor, que era velloso, con la imposición de las manos paternas bendice al menor, que se había acomodado unas pieles de cabrito, como portador de los pecados ajenos. Para alejar de Jacob la intención de un dolo fraudulento y tratar de buscar más bien un misterio en su conducta, había dicho ya antes la Escritura: Era Esaú un joven diestro en la caza y montaraz; Jacob, en cambio, era un joven sencillo y que habitaba en casa102.
Algunos de los nuestros han interpretado esto «sin dolo». Pero ya se entienda como «sin dolo», o «sencillo», o más bien «sin ficción», que es el griegoἄπλαστος , ¿qué es, en la consecución de esta bendición, el dolo de un hombre sin dolo?; ¿qué es el dolo de un hombre sencillo, qué la ficción de uno que no miente, sino un profundo misterio de la verdad?
¿En qué consiste esa misma bendición? Dice: Aroma de un campo que bendice el Señor es el aroma de mi hijo: que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y de vino. Que te sirvan los pueblos y se postren ante ti las naciones. Sé señor de los hijos de tu padre, que ellos se postren ante ti. Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga. Por lo tanto, la bendición de Jacob es la predicación de Cristo en todos los pueblos. Esto se está realizando, esto se lleva a cabo: Isaac es la Ley y los Profetas. Incluso por boca de los judíos esa ley bendice a Cristo como sin conocerlo, pues ella misma es desconocida. El mundo, como un campo, se llena del aroma del nombre de Cristo: suya es la bendición que procede del rocío del cielo, esto es, de la lluvia de la palabra divina, y la que procede de la fertilidad de la tierra, es decir, de la reunión de los pueblos; suya es la abundancia de trigo y de vino, o sea, la multitud que reúne el trigo y el vino en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. A él le sirven los pueblos, a él lo adoran los príncipes. Él es señor de su hermano porque su pueblo señorea sobre los judíos. A Cristo adoran los hijos de su padre, esto es, los hijos de Abrahán según la fe, ya que es hijo de Abrahán según la carne. Quien lo maldiga a él será maldito, y quien lo bendiga será bendito. Este nuestro Cristo -digo- es bendecido también, es decir, predicado en realidad por boca de los judíos, que, aunque equivocados, lo proclaman en la Ley y los Profetas: piensan que proclaman a otro, objeto de su errada esperanza.
Pero he aquí que, al reclamar el mayor la bendición prometida, se estremece Isaac y queda sorprendido al conocer que ha bendecido a uno por otro, preguntando quién es el otro. Y, sin embargo, no se queja de haber sido engañado; antes bien, conocido súbitamente por revelación en su interior el gran misterio, evita la indignación y confirma la bendición. Dice así: Entonces, ¿quién es el que ha venido y me ha traído la caza? Yo la he comido antes de que tú llegaras, lo he bendecido y quedará bendito103. ¿Quién no esperaría aquí la maldición del hombre airado si esto no hubiera tenido lugar por inspiración divina y no a estilo humano? ¡Oh maravillas cumplidas, pero cumplidas proféticamente; realizadas en la tierra, pero por inspiración divina; llevadas a cabo por los hombres, pero de un modo divino! Si se fueran a escudriñar cada una de estas maravillas repletas de misterios ocuparían muchos volúmenes. Pero la necesidad de poner los límites que reclama esta obra nos fuerza a pasar con prisa a examinar otros puntos.
CAPÍTULO XXXVIII
El envío de Jacob a Mesopotamia para buscar esposa. Visión que tuvo en el camino. Sus cuatro esposas, aunque él no había solicitado sino una
1. Es enviado Jacob a Mesopotamia por sus padres para que tome allí esposa. Al enviarlo, le dijo su padre: No tomes por mujer a una cananea; vete a Padán Aram, a casa de Betuel, tu abuelo materno, y toma allí por mujer a una de las hijas de Labán, tu tío materno. Dios todopoderoso te bendiga, te haga crecer y multiplicarte, hasta ser un grupo de tribus. Él te conceda la bendición de Abrahán, a ti y a tu descendencia, para que poseáis la tierra donde resides, que Dios ha entregado a Abrahán104. Vemos aquí la descendencia de Jacob separada de la otra de Isaac, cuyo tronco es Esaú. En efecto, cuando se dijo: En Isaac será llamada tu descendencia105, descendencia que pertenece indudablemente a la ciudad de Dios, quedó ya separada la otra descendencia de Abrahán, constituida primero en el hijo de la esclava y luego en los hijos de Cetura. Pero quedaba todavía aún la duda acerca de los dos mellizos de Isaac, si la bendición aquélla recaería sobre uno y otro o sobre uno de ellos; y si sólo había de recaer sobre uno, cuál de ellos sería. Esto quedó declarado al presente al bendecir proféticamente el padre a Jacob y decirle: Llegarás a ser grupo de tribus. Él te conceda la bendición de tu padre Abrahán.
2. Caminando Jacob hacia Mesopotamia, recibió en sueños un oráculo en estos términos: Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Acertó a llegar a un lugar. Y como ya se había puesto el sol, se quedó allí a pasar la noche. Cogió allí mismo una piedra, se la puso a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: Una rampa que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la cima. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie en lo alto y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra donde estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra y ocuparás el Oriente y el Occidente, el Norte y el Sur, y todas las naciones del mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo, yo te guardaré adondequiera que vayas; te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido. Al despertar dijo Jacob: Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y añadió sobrecogido: Qué terrible es este lugar: es nada menos que la morada de Dios y la puerta del cielo. Jacob se levantó de madrugada, cogió la piedra que le había servido de almohada, la puso de pie a modo de estela y derramó aceite por encima. Y llamó aquel lugar «morada de Dios»106.
Este pasaje contiene una profecía. No derramó Jacob aceite sobre la piedra a modo de idolatría, como haciéndola un dios; ni tampoco adoró la misma piedra, o le ofreció sacrificio. Pero como el nombre de Cristo procede de crisma, que significa unción,sin duda estuvo aquí figurado algo que dice relación a un gran misterio. Sobre esa rampa ya se ve cómo el mismo Salvador nos la trae a la memoria en el Evangelio: habiendo dicho de Natanael: Ahí tenéis a un israelita de veras, a un hombre sin falsedad, porque había visto esa visión Israel, que es el mismo Jacob, añadió: Sí, os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por este hombre107.
3. Marchó Jacob a Mesopotamia para tomar esposa de allí. La misma Escritura nos declara cómo llegó a tener cuatro mujeres, de las cuales engendró doce hijos y una hija, sin caer en la concupiscencia ilícita de ninguna de ellas. Había venido, en verdad, para tomar una; pero como le sustituyeron una por otra, y, sin saberlo él, tuvo contacto con ella por la noche, no la despidió para no dar la impresión de haberla escarnecido. Entonces, cuando no había ley que prohibiera tener muchas esposas con vistas a la multiplicación de la posteridad, tomó por esposa también a la única a quien había dado palabra de matrimonio. Pero como ésta era estéril, le dio al marido una esclava para que tuviera descendencia de ella. Esto mismo, imitándola, hizo su hermana mayor, aunque no era estéril, deseando multiplicar su prole. De una sólo se dice que solicitó Jacob por esposa, y que no usó de más sino para engendrar hijos, conservando el derecho conyugal de no hacer esto si no lo hubieran solicitado sus esposas, que tenían el legítimo poder del cuerpo de su varón. Engendró, pues, doce hijos y una hija de las cuatro mujeres. Después entró en Egipto por medio de su hijo José, que, vendido por sus hermanos, fue llevado allí y alcanzó los más altos honores.
CAPÍTULO XXXIX
Razón de llamar a Jacob también Israel
Jacob, como dije poco ha, recibió también el nombre de Israel; nombre que se reservó más bien para el pueblo que de él se originó. Este nombre se lo impuso el ángel que había luchado con él en el camino volviendo de Mesopotamia, figura bien clara de Cristo. La victoria de Jacob sobre el ángel, que la aceptó de buen grado para representar el misterio, significa la Pasión de Cristo, en que parece prevalecieron sobre Él los hombres. Consiguió, sin embargo, la bendición del ángel por él vencido; bendición que consistió en la imposición de ese nombre. El significado de Israel es «el que ve a Dios», que será al final de los siglos la recompensa de todos los santos.
También el ángel le tocó como a vencedor la parte ancha del muslo, dejándolo cojo. Quedaba así el mismo y único Jacob bendecido y cojo108: bendecido en los que del mismo pueblo creyeron en Cristo, y cojo en los que no creyeron. Pues la anchura del muslo indica la multitud de los de su linaje, entre los cuales hay muchos de quienes se profetizó: Anduvieron cojeando fuera de sus sendas109.
CAPÍTULO XL
Cómo se dice que Jacob entró en Egipto con setenta y cinco personas, cuando en realidad la mayor parte de los que se citan fueron engendrados posteriormente
Se dice que los que entraron en Egipto con Jacob fueron setenta y cinco personas110, contándose el mismo Jacob con sus hijos. En cuyo número sólo se citan dos mujeres, una hija y una nieta. Pero bien considerado esto, no quiere decir que hubiera en la descendencia de Jacob un número tan grande el día o el año que entró en Egipto, ya que se recuerdan también entre ellos los biznietos de José, que en modo alguno pudieron existir ya entonces. Jacob tenía, a la sazón, ciento treinta años, y su hijo José treinta y nueve; y constando que se casó a los treinta años o más, ¿cómo pudo tener biznietos de los hijos que había tenido de esa misma esposa? No teniendo hijos Efraín y Manasés, hijos de José, a quienes conoció Jacob de nueve años cuando entró en Egipto, ¿cómo no sólo sus hijos, sino también sus nietos; se cuentan entre aquellos setenta y cinco que entraron entonces en Egipto con Jacob? Allí se citan, en efecto, Maquir, hijo de Manasés, y el mismo hijo de Maquir, esto es, Galaad, nieto de Manasés, biznieto de José. Se cuenta también un hijo de Efraín, nieto de José, esto es, Utalaán; lo mismo que Edem, hijo de Utalaán, nieto de Efraín, biznieto de José111. Evidentemente no podían existir éstos cuando Jacob fue a Egipto y encontró a los hijos de José -nietos suyos y abuelos de éstos- todavía menores de nueve años.
Sin duda que la entrada de Jacob en Egipto, cuando lo cita la Escritura entre las setenta y cinco personas, no se refiere a un día ni a un año, sino a todo el tiempo que vivió José, quien fue la causa de que entrasen allí. Pues del mismo José dice la Escritura: José vivió en Egipto con la familia de su padre y cumplió ciento diez años; llegó a conocer a los hijos de Efraín hasta la tercera generación. Éste es su biznieto, el tercero a partir de Efraín; lo llama tercera generación contando el hijo, nieto y biznieto. Luego sigue: También a los hijos de Maquir, hijo de Manasés, y se los puso en el regazo112. Éste es aquel nieto de Manasés, biznieto de José. Y se habla en plural, según la costumbre de la Escritura; que también llamó hijas a la hija única de Jacob. Como es uso de la lengua latina hablar de hijos en plural, aunque no haya más que uno.
Cuando se proclama, pues, la felicidad de José porque pudo ver a sus biznietos, no se puede pensar en modo alguno que existieron ya en el año treinta y nueve de su bisabuelo José cuando vino a él en Egipto su padre Jacob. Lo que induce a error al considerar esto con poca diligencia es lo que está escrito: Nombre de los hijos de Israel que entraron en Egipto con su padre Jacob113. Se dijo esto en el sentido de que, contándolo él, suman setenta y cinco, no porque existían ya todos cuando él entró en Egipto, sino, como he dicho, porque se nos da todo el tiempo de su entrada, que es el de la vida de José, a quien se debe tal entrada, según parece.
CAPÍTULO XLI
La bendición que Jacob prometió a su hijo Judá
Si atendemos al pueblo cristiano, en el que vive como forastera en la tierra la ciudad de Dios, y buscamos el nacimiento de Cristo según la carne en la descendencia de Abrahán (dando de mano a los hijos de las concubinas), nos encontramos con Isaac; si lo buscamos en Isaac, dejando a Esaú, llamado también Edom, tenemos a Jacob, por otro nombre Israel; y si lo buscamos en la descendencia del mismo Israel, pasando por alto a los demás, nos encontramos con Judá, puesto que de la tribu de Judá nació Cristo. Por esta razón escuchemos cómo Israel, a punto ya de morir en Egipto, dijo proféticamente a Judá, al bendecir a sus hijos: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu madre. Judá es un león agazapado: has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas hasta que le traigan tributo y le rindan homenaje los pueblos. Ata su burro a una viña, las crías a un majuelo; lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Sus ojos son más oscuros que vino, y sus dientes más blancos que leche114.
He expuesto este pasaje en mi tratado Contra Fausto el maniqueo115; y creo haber dicho lo bastante sobre la verdad tan patente de esta profecía. En ella se anuncia la muerte de Cristo al decir se tumba, y por el nombre de león se expresa el poder sobre la muerte, no la sujeción a la misma. Tal poder nos lo proclama Cristo mismo en el Evangelio: Está en mi mano desprenderme de la vida, y está en mi mano recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente, para recobrarla de nuevo. Así rugió el león, así cumplió lo que dijo. Pues a ese poder pertenece lo que se añadió sobre la resurrección116: ¿Quién lo despertará? Es decir, que no habrá hombre alguno, si no es Él, quien dijo también de su cuerpo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré117.
También su género de muerte, es decir, la sublimidad de la cruz se simboliza en la sola palabra te levantaste (o has vuelto a hacer presa).Lo que sigue se agacha y se tumba lo expone el evangelista al decir: Y reclinando la cabeza, entregó el espíritu118. Aunque también puede referirse a su sepultura, en la cual se recostó muerto, y de donde ningún hombre pudo hacerlo resucitar, como lo hicieron los profetas con algunos, e incluso Él mismo con otros, sino que fue Él quien se levantó como de un sueño.
También su ropa, que lava en el vino, esto es, que limpia de los pecados en su sangre, ¿qué significa sino la Iglesia? Los bautizados conocen el misterio de esa sangre; y por eso añade: Y su túnica en sangre de uvas. Sus ojos son más oscuros que vino; esto se refiere a los espirituales, embriagados de su bebida, de la cual canta el salmo: ¡Cuán excelente es tu cáliz embriagador!119 Las palabras sus dientes más blancos que la leche significan las palabras nutritivas que beben en el Apóstol los párvulos, no aptos aún para el alimento sólido120.
En él, por consiguiente, estaban puestas las promesas de Judá, hasta cuyo cumplimiento nunca faltaron príncipes, esto es, reyes de Israel, en esa estirpe. Y Él es la esperanza de los pueblos; sobre todo esto, es más claro lo que estamos viendo que lo que se puede exponer.
CAPÍTULO XLII
Los hijos de José, bendecidos por Jacob, cambian proféticamente sus manos
Los hijos de Isaac, Esaú y Jacob, fueron el símbolo de dos pueblos en los judíos y cristianos (aunque por lo que se refiere a la propagación carnal, ni los judíos proceden de Esaú, sino los idumeos, ni los pueblos cristianos proceden de Jacob, sino más bien los judíos; lo importante aquí es la figura contenida en el mayor servirá al menor)121. Así también sucedió en los dos hijos de José: el mayor representó a los judíos y el menor a los cristianos. Al bendecirlos a ellos Jacob, puso la mano derecha, sobre el menor, que tenía a la izquierda, y la izquierda sobre el mayor, que tenía a su derecha. Le pareció esto molesto a su padre y trató de corregir el error, avisando a Jacoby mostrándole cuál de ellos era el primogénito. No quiso él cambiar las manos, y dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé; también él se hará un pueblo, y crecerá, pero su hermano será más grande que él, y su descendencia será una multitud de naciones122.
CAPÍTULO XLIII
Época de Moisés, de Jesús Nave y de los jueces. Época de los reyes el primero de los cuales es Sául, aunque David está considerado como el principal, tanto por su significado como por su mérito
1. Muerto Jacob, y luego también José, creció de modo increíble aquel pueblo durante los ciento cuarenta y cuatro años restantes hasta salir de la tierra de Egipto. Fue tan maltratado con persecuciones que en una cierta época eran exterminados sus hijos varones al comprobar estupefactos los egipcios el excesivo crecimiento de aquel pueblo. Entonces Moisés, sustraído furtivamente a los asesinos de los niños, llegó hasta el palacio real. Allí, alimentado y adoptado por la hija del faraón (nombre común a todos los reyes de Egipto), alcanzó tal categoría que arrancó al pueblo, tan maravillosamente multiplicado, del más duro y pesado yugo de la esclavitud que allí arrastraba; mejor sería decir que por su medio lo hizo Dios, ya que lo había prometido a Abrahán.
En efecto, comenzó por huir de allí porque, al defender a un israelita, había dado muerte a un egipcio y se sintió presa del terror. Luego, enviado por orden divina, superó por el poder del Espíritu de Dios a los obstinados magos del faraón. Después, por su medio, fueron castigados los egipcios al negarse a dejar salir al pueblo de Dios con las diez famosas plagas: el agua convertida en sangre, las ranas y mosquitos, las moscas, la muerte de los ganados, las llagas, el granizo, la langosta, las tinieblas, la muerte de los primogénitos. Ya, por último, habiendo dejado salir a los israelitas, después de afligirlos con tantas y tan grandes calamidades, los persiguieron los egipcios en el mar Rojo, y fueron sepultados en él. Efectivamente, cuando aquéllos marchaban, se abrió el mar y les dejó paso; y al perseguirlos los egipcios, tornaron las aguas a juntarse y los sumergieron.
Después, durante cuarenta años, bajo la guía de Moisés, el pueblo de Dios fue conducido a través del desierto, y entonces se instituyó el tabernáculo del testimonio, en que se daba culto a Dios con los sacrificios que eran figura de los venideros. Ya se había dado la ley en el monte con aparatoso terror, manifestándose con toda claridad la divinidad mediante signos y voces admirables. Tuvo lugar esto luego de la salida de Egipto y de comenzar la estancia del pueblo en el desierto a los cincuenta días de celebrar la Pascua con la inmolación del cordero. Es éste figura de Cristo, de quien anuncia que ha de pasar mediante su Pasión de este mundo al Padre (ya que pascua, en hebreo, tiene sentido de tránsito)123; y en tal manera lo anuncia que cuando se revela el Nuevo Testamento, después de ser inmolado Cristo, nuestra Pascua, a los cincuenta días viene el Espíritu Santo del cielo. Recibió en el Evangelio el nombre de «dedo de Dios»124, para traer a nuestra memoria el recuerdo del primer hecho figurado, ya que incluso aquellas tablas de la ley se dice fueron escritas por el dedo de Dios125.
2. Muerto Moisés, gobernó al pueblo Jesús Nave, lo introdujo en la tierra de la promesa, y se la distribuyó al pueblo. Guerras llenas de éxitos asombrosos llevaron a cabo estos dos admirables jefes, dando Dios testimonio de que esas victorias, más que a los méritos del pueblo hebreo, eran debidas a los pecados de las naciones vencidas.
A estos caudillos los sucedieron los jueces, asentado ya el pueblo en la tierra de promisión. Con ello comenzaba a cumplírsele a Abrahán la primera promesa de un solo pueblo, es decir, el hebreo, y de la tierra de Canaán. No, por cierto, la promesa de todos los pueblos y de toda la Tierra: esto sólo lo cumpliría la venida de Cristo en la carne, y no por la observancia de la ley antigua, sino por la fe del Evangelio. De lo cual es un símbolo que no introdujo al pueblo en la tierra de promisión Moisés precisamente, que había recibido la ley para el pueblo en el monte Sinaí, sino Jesús, quien hasta se le había dado ese nombre por mandato de Dios. Ya en tiempo de los jueces, según prevalecían los pecados del pueblo o la misericordia de Dios, así alternaban las victorias y las derrotas en las guerras.
3. Y llegamos así a los tiempos de los reyes, el primero de los cuales fue Saúl. Reprobado éste y muerto en desastrosa batalla, y rechazada su descendencia para que de ella no hubiera más reyes, lo sucedió en el reino David. De él fue, sobre todo, de quien Cristo se llamó hijo.
En David tuvo lugar una transición y, como si dijéramos, el comienzo de la juventud del pueblo de Dios, cuya adolescencia, en cierto modo, se extendía desde el mismo Abrahán hasta este David. No en vano el evangelista Mateo mencionó las generaciones poniendo de relieve este intervalo en catorce generaciones, desde Abrahán hasta David126. En efecto, desde la adolescencia comienza la capacidad generativa del hombre; por eso comienzan las generaciones desde Abrahán, que precisamente fue constituido padre de los pueblos cuando se le cambió el nombre.
Antes de él podríamos decir tuvo lugar la niñez de este pueblo de Dios, desde Noé hasta el mismo Abrahán. Y por eso se halla en posesión de la primera lengua, la hebrea; pues a partir de la niñez comienza a hablar el hombre, pasada la infancia, así llamada porque en ella no es capaz de la palabra. Esta primera edad queda sepultada en el olvido, como la primera época del linaje humano fue barrida por el diluvio. ¿Quién hay, en efecto, que se acuerde de su infancia?
Así, en este desarrollo de la ciudad de Dios, como el libro anterior contiene sólo la primera edad, así éste abarca la segunda y la tercera. En esta tercera, en la novilla, la cabra y el carnero, todos de tres años127, se impuso el yugo de la ley, y apareció la abundancia de los pecados y tuvo principio el reino terreno, en el cual no faltaron, por cierto, espirituales, figurados místicamente en la tórtola y la paloma128.
LA CIUDAD DE DIOS
CONTRA PAGANOS
Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA
LIBRO XVII
[De los profetas a Cristo]
CAPÍTULO I
Los tiempos de los profetas
¿Cómo llegan a su cumplimiento las promesas de Dios a Abrahán? A su descendencia sabemos que pertenece, por la misma promesa de Dios, el pueblo israelita según la carne y todos los demás pueblos según la fe. La respuesta nos la irá dando, según la sucesión de los tiempos, el desarrollo de la ciudad de Dios. Y puesto que el libro anterior llegó hasta el reinado de David, al presente vamos a tratar los acontecimientos que siguen a partir de este reinado con la extensión conveniente a la obra que hemos emprendido.
Llamamos «tiempo de los profetas» a todo el transcurrido desde que Samuel comenzó a profetizar, continuando luego hasta la cautividad de Israel en Babilonia, y, según la profecía del santo Jeremías¹, desde esa época hasta la reconstrucción de la casa del Señor, setenta años después de vueltos los israelitas. Aunque también podríamos llamar justamente profetas al mismo patriarca Noé, en cuyos días destruyó el diluvio toda la Tierra, y a otros anteriores y posteriores hasta el comienzo de los reyes en el pueblo de Dios; y eso en virtud de haberse significado o anunciado por su medio de alguna manera ciertos acontecimientos relativos a la ciudad de Dios y al reino de los cielos; sobre todo teniendo en cuenta que algunos, como Abrahán² y Moisés³, fueron así llamados expresamente. No obstante, se llaman clara y principalmente «días de los profetas» los que transcurren desde que comenzó a profetizar Samuel. Éste, por mandato de Dios, ungió como rey primero a Saúl y, tras la reprobación de éste, a David, de cuya estirpe nacerían los demás hasta cuando fuera oportuno.
Por consiguiente, aunque tratara solamente de mencionar cuanto anunciaron de Cristo los profetas, mientras la ciudad de Dios avanza a través de estos tiempos, muriendo en los que pasan y renovándose en los que les suceden; si tratara -digo- de mencionar todo esto, acometería una obra gigantesca. En primer lugar, porque la misma Escritura, exponiendo ordenadamente la historia de los reyes, sus gestas y sus hechos, aparenta estar ocupada en narrar con histórica diligencia las empresas realizadas; en cambio, si con la ayuda de Dios se la considera atentamente, se descubrirá que está más atenta, o ciertamente no menos, al anuncio de las cosas futuras que a la exposición de las pasadas. Y ¿quién, por poco que reflexione, ignorará el esfuerzo, espacio y volúmenes necesarios para indagar esto con un estudio a fondo y tratar de llevar a cabo su exposición? Además, entre las mismas cosas que no dicen relación con la profecía hay tantas sobre Cristo y el reino de los cielos, o sea, la ciudad de Dios, que para descubrirlo se precisaría una investigación más amplia de la que exige el plan de esta obra. Y así, en cuanto me sea posible, procuraré poner freno a mi pluma, a fin de que en la realización de esta obra según el plan de Dios no exprese nada superfluo ni omita lo necesario.
CAPÍTULO II
Cuándo se cumplió la promesa de Dios sobre la tierra de Canaán, que recibió también su posesión el Israel carnal
Hemos dicho en el libro precedente que desde el principio le fueron prometidas por Dios a Abrahán dos cosas: la una, que su descendencia había de poseer la tierra de Canaán. Lo que expresan estas palabras: Vete a la tierra que te mostraré, y haré de ti un gran pueblo. La otra, mucho más excelente, no se refiere a la descendencia carnal, sino a la espiritual. En virtud de ella es padre no de sólo el pueblo de Israel, sino de todos los pueblos que siguen la huella de su fe; promesa que se comenzó por estas palabras: Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo4. Y después hemos demostrado en muchísimos testimonios que se renovaron estas promesas.
Por lo tanto, estaba ya en la tierra de la promesa la descendencia de Abrahán, esto es, el pueblo de Israel según la carne; y había ya empezado a dominar allí no sólo con el dominio y posesión de las ciudades de los adversarios, sino también con la institución de los reyes. Y se habían cumplido ya en gran parte las promesas de Dios sobre el mismo pueblo: no sólo las que habían sido hechas a los tres primeros patriarcas: Abrahán, Isaac y Jacob, y las que tuvieron lugar en sus épocas, sino también las que se hicieron por el mismo Moisés mediante el cual fue librado el pueblo de la servidumbre de Egipto y reveladas en su tiempo todas las cosas pasadas mientras conducía al pueblo por el desierto.
Pero la promesa de Dios sobre la tierra de Canaán, desde cierto río de Egipto hasta el gran río Éufrates5, no se llevó a término por medio del gran caudillo Jesús Nave. Por su medio fue introducido aquel pueblo en la tierra de promisión, y después de someter a los pueblos la dividió antes de morir entre las doce tribus, según lo había mandado Dios; pero tampoco se llevó a término después de él, en tiempo de los jueces. Sin embargo, ya no se profetizaba la cuestión como futura, sino que se esperaba su cumplimiento. Éste tuvo lugar por medio de David y de su hijo Salomón, cuyo reino alcanzó toda la extensión prometida. En efecto, sometieron a todos aquellos pueblos y los hicieron tributarios.
Por consiguiente, bajo el mando de estos reyes se había establecido la descendencia de Abrahán según la carne en la tierra de promisión, que es la tierra de Canaán; y de tal modo que sólo quedaba una cosa en el cumplimiento de la promesa de Dios: que el pueblo hebreo, obedeciendo las leyes del Señor, su Dios, permaneciera en la misma tierra, en lo referente a su prosperidad temporal, en situación estable a través de su posteridad hasta el término de este siglo mortal.
Pero como sabía el Señor que ese pueblo no había de cumplir las leyes, se sirvió también de penas temporales para probar a los pocos fieles que en él tenía, y amonestar a los que lo serían luego en todos los pueblos. Era conveniente fueran amonestados aquellos en quienes, mediante la encarnación de Cristo, había de cumplir la otra promesa, una vez revelado el Nuevo Testamento.
CAPÍTULO III
Tres sentidos de las profecías que se refieren ya a la Jerusalén terrena, ya a la celestial, ya a una y otra
1. Así, pues, como los oráculos divinos dirigidos a Abrahán, Isaac y Jacob, lo mismo que los otros signos o expresiones proféticos se realizaron en las sagradas letras precedentes, así también las restantes profecías, desde este tiempo, de los reyes pertenecen, en parte, a la descendencia carnal de Abrahán, y en parte a aquella otra descendencia en la que son bendecidos todos los coherederos de Cristo por el Nuevo Testamento con vistas a la posesión de la vida eterna y del reino de los cielos. Una parte, pues, pertenece a la esclava que engendra en la servidumbre: la Jerusalén terrena, que sirve con sus hijos; otra parte, a la ciudad libre de Dios: la Jerusalén verdadera y eterna de los cielos, cuyos hijos, los hombres, vivirán según Dios y que está como forastera en la tierra. Pero hay también en esas profecías algo que se refiere a ambas: a la esclava literalmente, y a la libre en figura.
2. Hay, pues, tres clases de profecías: unas relativas a la Jerusalén terrena; otras, a la celestial, y algunas, a una y otra. Habrá que probar esto con ejemplos. Fue enviado el profeta Natán para corregir al rey David de su grave pecado y anunciarle los males que se le seguirían6. ¿Quién duda que pertenecen a la ciudad terrena éstas y semejantes profecías, ya sean públicas, es decir, para la salud o utilidad del pueblo, ya privadas, por ejemplo, si alguno en beneficio propio se hace acreedor a las palabras divinas que le den a conocer algo futuro en el ejercicio de la vida temporal?
Por otra parte, el siguiente pasaje se refiere, sin duda, a la Jerusalén celeste, cuya recompensa es el mismo Dios, y cuyo supremo y completo bien es tenerle a Él y pertenecer al mismo: Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré una alianza nueva con Israel y con Judá: no será como la alianza que hice con sus padres cuando los agarré de la mano para sacarlos de Egipto; la alianza que ellos quebrantaron y yo mantuve -oráculo del Señor-; así será la alianza que haré con Israel en aquel tiempo futuro -oráculo del Señor-: meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo7.
En cambio, a una y otra se refiere el ser llamada Jerusalén ciudad de Dios y el profetizarse en ella la futura casa de Dios, cuya profecía parece tener su cumplimiento en la edificación de aquel templo tan célebre por parte de Salomón. Porque estas cosas tuvieron lugar, según la Historia, en la Jerusalén terrena, y fueron figuras de la Jerusalén celestial.
Este género de profecía está como formado y mezclado con los otros dos; se halla en los antiguos libros canónicos, que contienen la narración de diversas obras llevadas a cabo; ha tenido una gran importancia y ha intrigado mucho y sigue intrigando los ingenios de los investigadores escrituristas para descubrir cómo los hechos históricos anunciados y completados en la descendencia de Abrahán según la carne pueden tener un significado alegórico que se ha de realizar en la descendencia del mismo Abrahán según la fe. Y esto hasta tal punto que, en opinión de muchos, no existe nada en esos libros anunciado y luego realizado, o simplemente realizado sin anuncio previo, que no insinúe, en sentido figurado, algo relativo a la ciudad celeste de Dios y a sus hijos peregrinos en esta vida.
Si esto es así, ya serán dos y no tres las clases de oráculos de los profetas, o mejor de todas las Escrituras contenidas en el término «Antiguo Testamento». No habrá en él nada que pertenezca únicamente a la ciudad terrenal si cuanto de ella, o por su causa, se dice o realiza en tales libros significa algo referente también -de forma alegórica- a la Jerusalén celestial; habrá solamente dos clases de oráculos o palabras: una que se refiere a la Jerusalén libre, y la otra, a las dos conjuntamente.
Pero tengo para mí que yerran de plano quienes piensan que ninguno de los hechos referidos en estos escritos significan otra cosa que lo que cuentan. Pero tengo también por muy osados a quienes pretenden que todo lo contenido allí está envuelto en figuras alegóricas. Por eso dije que tenían tres sentidos, no dos. Así pienso yo, sin culpar, por supuesto, a los que pueden encontrar allí en cualquier acontecimiento un sentido espiritual con tal de salvar, ante todo, la verdad histórica. Por lo demás, si se hacen afirmaciones que no pueden acomodarse a los hechos realizados o realizables divina o humanamente, ¿qué fiel puede dudar de que no han sido dichas en vano?; ¿quién no les atribuirá un sentido espiritual, si puede, o admitirá que se lo busque quien sea capaz?
CAPÍTULO IV
El cambio figurado del reino y del sacerdocio de Israel, y las profecías de Ana, madre de Samuel, figura de la Iglesia
1. Por lo tanto, el desarrollo de la ciudad de Dios durante los reyes cuando David, por la reprobación de Saúl, fue el primero en reinar, y de tal manera que sus sucesores reinaran después en prolongada sucesión sobre la Jerusalén terrena, nos presenta un símbolo al significar y anunciar con sus hechos, cosa que no se debe pasar en silencio, un cambio del futuro que pertenece a los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo: la transformación del sacerdocio y el reino por el que es, a la vez, sacerdote y rey nuevo y sempiterno, Cristo Jesús. Pues, rechazado el sacerdocio de Helí, lo sustituyó en el ministerio de Dios Samuel, sacerdote a la vez y juez, como también fue establecido en el reino David tras la reprobación de Saúl. Y esos dos fueron figuras de lo que estoy diciendo.
La misma Ana, madre de Samuel, que primero había sido estéril, y luego se alegró con la fecundidad, no parece profetizar otra cosa al dar gracias llena de gozo al Señor cuando le consagró el niño, terminada la lactancia, con la misma religiosidad con que se lo había pedido. He aquí sus palabras: Mi corazón se regocija en el Señor, mi poder se exalta por Dios, mi boca se ríe de mis enemigos porque celebro su salvación. No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios. No multipliquéis discursos altivos, no echéis por la boca arrogancias, porque el Señor es un Dios que sabe, Él es quien pesa las acciones. Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, el Señor humilla y enaltece. Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se sienta entre príncipes y que herede un trono glorioso, pues del Señor son los pilares de la tierra y sobre ellos afianzó el orbe. Él guarda los pasos de sus amigos mientras los malvados perecen en las tinieblas -porque el hombre no triunfa por su fuerza-: el Señor desbarata a sus contrarios, el Altísimo truena desde el cielo, el Señor juzga hasta el confín de la tierra. Él da la fuerza a su rey, exalta el poder de su Ungido.
2. ¿Se pensará, acaso, que éstas son palabras de una mujercilla que se felicita por el nacimiento de un hijo?; ¿tan apartada está de la luz la mente de los hombres que no comprende que esas expresiones superan la capacidad de una mujer? Y quien se siente justamente conmovido por los mismos; sucesos cuyo cumplimiento ha comenzado ya también en esta peregrinación terrena, ¿no comprende, no ve, no reconoce, que por esta mujer -cuyo nombre, Ana, significa gracia- ha hablado de esta manera, con espíritu profético, la misma religión cristiana, la ciudad misma de Dios, cuyo rey y fundador es Cristo; finalmente, la misma gracia de Dios, de la que se alejan los soberbios para caer y se llenan los humildes para levantarse, sentimientos que, sobre todo, pone de relieve este himno? A no ser que alguno quiera decir que no fue profecía alguna lo que dijo esta mujer, sino que lo único que hizo fue alabar a Dios con un canto de regocijo por el niño que con sus oraciones había logrado. Entonces, ¿qué significan aquellas palabras: Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía?; ¿acaso había ella tenido siete, a pesar de su esterilidad? Cuando decía esto tenía uno sólo; y ni aun después tuvo siete, o seis, siendo Samuel el séptimo, sino solamente tres varones y dos hembras8. Además, si aún no existía el reino de aquel pueblo, ¿por qué, si no era profetizando, dice al final: Él da fuerza a su rey, exalta el poder de su Ungido?
3. Diga, pues, la Iglesia de Cristo, la ciudad del gran Rey, llena de gracia y madre fecunda, diga lo que fue profetizado de sí tanto tiempo antes por boca de la religiosa mujer: Mi corazón se ha afianzado en el Señor, mi poder se ha exaltado en mi Dios. En verdad su corazón está afianzado y su poder exaltado; porque no lo ha puesto en sí, sino en el Señor, su Dios. Mi boca se ríe de mis enemigos, porque la palabra de Dios no está atada en las angustias de las persecuciones ni en los predicadores apresados; porque celebro tu salvación. Cristo es este Jesús a quien el anciano Simeón, como nos cuenta el Evangelio, abrazándolo niño y reconociéndolo grande, exclama: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes despedir a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador9.
Diga, pues, la Iglesia: Celebro tu salvación. No hay santo como el Señor, no hay justo como nuestro Dios, como santo que santifica, como justo que justifica. No hay santo fuera de Ti, porque nadie puede llegar a serlo sino por Ti. Continúa finalmente: No multipliquéis discursos altivos, no echéis por la boca arrogancias, porque el Señor es un Dios que sabe. Él os conoce hasta donde nadie conoce; porque, si alguno se figura ser algo cuando no es nada, él mismo se engaña10. Esto va encaminado a los enemigos de la ciudad de Dios, que pertenecen a Babilonia, que presumen de sus fuerzas, que se glorían en sí y no en el Señor. De este número son también los israelitas carnales, ciudadanos terrenos de la terrena Jerusalén, que, como dice el Apóstol, desconocen la justicia de Dios, esto es, la que recibe el hombre de Dios, que es el único justo y que justifica, y quieren establecer la suya¹¹ como si fuera producto suyo y no dada por Él. Y así no se sometieron a la justicia de Dios precisamente porque son soberbios y piensan poder agradar a Dios fiados en sí mismos, no en Él, que es el Dios de las ciencias y, por consiguiente, árbitro de las conciencias, donde ve los pensamientos de los hombres, que son insustanciales si son de los hombres y no proceden de Él.
Dice también: Él prepara sus propios designios¹². ¿A qué designios pensamos se refiere sino al derrocamiento de los soberbios y a la exaltación de los humildes? Y vemos cómo va realizando estos designios: Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor. Se rompen los arcos, es decir, la intención de los que se juzgan tan poderosos que pueden cumplir los divinos mandatos con solas las fuerzas humanas sin la gracia de Dios y su ayuda. Y, en cambio, son revestidos de poder los que claman en su interior: Misericordia, Señor, que desfallezco¹³.
4. Dice luego: Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan. ¿Quiénes deben entenderse por hartos sino esos mismos que se creen poderosos, a saber: los israelitas, a quienes se confiaron los oráculos de Dios?14 Pero en ese mismo pueblo los hijos de la esclava se contrataron por el pan. Expresión quizá poco latina, pero que expresa bien que de mayores se hicieron menores, precisamente porque en esos mismos panes, es decir, los oráculos divinos, que de entre todos los pueblos recibieron únicamente los israelitas, han saboreado sólo las cosas terrenas. Sin embargo, los gentiles, que no habían recibido esa ley, llevados por el Nuevo Testamento a esos oráculos acuciados por el hambre, trascendieron la tierra, porque no se pararon en el sabor terreno de aquéllos, sino que buscaron el celestial.
Y, como si se buscara el motivo de esto, dice: La mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. Aquí brilló con todo esplendor la profecía para los que reconocen el número septenario en que queda figurada la perfección de la Iglesia universal. De ahí que el apóstol Juan dirige sus cartas a las siete Iglesias, pensando que de este modo escribía a la plenitud de la única Iglesia15. Y ya en los Proverbios de Salomón simbolizaba esto la sabiduría al decir: Se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas16. Pues la ciudad de Dios era estéril en todos los pueblos antes del nacimiento de este germen que vemos. Vemos también cómo se ha debilitado ahora la ciudad terrena que tantos hijos tenía. En efecto, su poder consistía en los hijos de la libre que estaban en ella; pero como al presente sólo hay en ella letra y no espíritu, perdido ese poder, se ha debilitado.
5. El Señor da la muerte y la vida: dio la muerte a la que tenía muchos hijos, y la vida a la estéril, que dio a luz a siete. Aunque quizá tenga mejor sentido decir que da vida a los que ha dado muerte, puesto que añade como repitiendo lo mismo: Hunde en el abismo y levanta. Pues al decir el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, se dirige a los que han recibido del Señor una muerte saludable, y para ellos añade también: Gustad las cosas del cielo, no las de la tierra; de suerte que son ellos mismos los que por su hambre han trascendido la tierra. Pues -añade- habéis muerto: he aquí cómo da el Señor una muerte saludable. Y continúa: Y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios17. He aquí, a su vez, cómo da Dios vida a los mismos.
Pero ¿son los mismos que llevó a los infiernos y que trajo de allí? Sin vacilación alguna de los fieles vemos claramente cumplidos ambos extremos precisamente en nuestra Cabeza, con quien dice el Apóstol que está escondida nuestra vida en Dios. Pues como no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros18, ésta fue la manera ciertamente de darle la muerte. Y al resucitarlo de entre los muertos, le dio de nuevo la vida. Y como es reconocida su voz en la profecía: No abandonarás mi alma en el infierno19, es el mismo a quien llevó a los infiernos y de allí lo sacó.
Con su pobreza hemos sido enriquecidos, pues que el Señor da la pobreza y la riqueza. Para conocer bien esto escuchemos lo que sigue: Él humilla y enaltece: humilla a los soberbios y enaltece a los humildes. Y lo que se lee en otra parte: Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes20, se encierra en las palabras de ésta, cuyo nombre significa gracia de Dios.
6. Lo que se dice a continuación: Él levanta del polvo al desvalido, a nadie puede referirlo mejor que a aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para -como dije poco antes- enriquecernos con su pobreza²¹. Y lo levantó de la tierra tan pronto que su carne no pudiera ver la corrupción. Como hay que aplicarle lo que se añadió: Alza de la basura al pobre; ya que pobre es lo mismo que indigente; y por el estiércol de donde fue levantado se pueden entender perfectamente los perseguidores judíos, entre cuyo número dice el Apóstol que persiguió a la Iglesia, añadiendo luego: Todo eso que para mí era ganancia lo tuve por pérdida comparado con Cristo; más aún: lo consideré no sólo como pérdida, sino también como estiércol por ganar a Cristo²².
Por consiguiente, el pobre fue levantado de la tierra sobre todos los ricos, y el indigente fue sacado de aquel estiércol por encima de todos los opulentos para hacer que se siente entre los príncipes, a los cuales dice: Os sentaréis en doce tronos. Y les da en herencia un trono de gloria. Pues esos poderosos habían dicho: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido²³: verdadero alarde de poder el hacer semejante promesa.
7. Pero ¿de dónde les ha venido a ellos esto sino de quien a continuación se dice: Él otorga el objeto del voto al que lo hace? Si no fuera así, serían éstos del número de aquellos cuyo arco fue debilitado. Él otorga el objeto del voto al que lo hace.No podría ofrecer algo conveniente al Señor sino quien recibiere de él lo que ofrece. Y así continúa: Él bendijo los años del justo24; para que viva sin término con aquel a quien se dijo: Tus años no se acabarán. Los años suyos, en efecto, están firmes allí, y aquí pasan, mejor aún, perecen; pues no existen antes de venir, y cuando han venido, ya no son, porque vienen con su término.
De las dos cosas: Él otorga el objeto del voto al que lo hace y él bendice los años del justo; la primera es lo que hacemos nosotros; la segunda, lo que recibimos. Pero esto último no se recibe de la liberalidad de Dios si no se ha practicado lo primero con su ayuda: Porque el hombre no triunfa con su fuerza. El Señor desbarata a su adversario, es decir, al envidioso de quien hace un voto y trata de impedirle cumplir lo que prometió. De la ambigüedad del texto griego también se puede entender al adversario suyo; porque desde el momento en que Dios empieza a poseernos, quien había sido adversario nuestro se hace también adversario suyo, y es vencido por nosotros, aunque no con nuestras propias fuerzas: porque el hombre no es poderoso por su propia fuerza. Por consiguiente, el Señor desbaratará a su adversario, el Señor santo, para que lo puedan vencer los santos, a los que ha hecho tales el Señor, el Santo de los santos.
8. De suerte que: No se gloríe el sabio de su saber, no se gloríe el soldado de su valor, no se gloríe el rico de su riqueza; quien quiera gloriarse, que se gloríe de esto: de conocer y comprender al Señor y de practicar el derecho y la justicia en medio de la tierra25. No es poco lo que conoce y entiende del Señor quien conoce y entiende que hasta esto le viene del Señor, el conocerlo y comprenderlo. Ya lo dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si, de hecho, lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Como si hubiera en ti algo de qué gloriarte.
Practica el derecho y la justicia el que vive rectamente. Y vive rectamente el que obedece a Dios que manda. Pero el fin del precepto, esto es, a lo que se encamina el precepto, es el amor que brota del corazón limpio, de la conciencia honrada y de la fe sentida26. Pero este amor, como testifica el apóstol San Juan, viene de Dios27. Por lo tanto, practicar el Derecho y la justicia viene de Dios. Y ¿qué quiere decir en medio de la tierra? ¿Acaso no deben practicar el Derecho y la justicia los que moran en los lugares más lejanos de la tierra? ¿Quién se atrevería a decir esto? ¿Por qué, pues, se añadió en medio de la tierra? Si no se hubiera añadido esto, y se dijera solamente practicar el Derecho y la justicia, este precepto parecería referirse más bien a las dos clases de hombres: los del interior y los de las costas.
Pero para que nadie pensara que, después de la vida que se pasa en este cuerpo, quedaba todavía tiempo de practicar el Derecho y la justicia, que no practicó mientras estuvo en la carne, y así podría eludir el juicio divino, en medio de la tierra me parece se refiere al tiempo que uno vive en el cuerpo. En esta vida, en efecto, cada uno está envuelto por su propia tierra, tierra que, al morir, es recibida por la tierra común para devolvérsela cuando resucite. Así, en medio de la tierra, es decir, mientras nuestra alma está encerrada en este cuerpo terreno, es cuando se debe practicar el Derecho y la justicia; lo que no será de provecho en el futuro, cuando cada uno reciba lo suyo, bueno o malo, según se haya portado mientras tenía este cuerpo28.
Con las palabras mientras tenía este cuerpo señala el Apóstol el tiempo que vivió en el cuerpo. Pues si alguien con corazón perverso y mente impía blasfema, aunque no realice esto con algún miembro corporal, no deja de ser reo porque no lo haya hecho con movimientos del cuerpo; lo que cuenta es haberlo realizado durante el tiempo que vivió en el cuerpo. De este modo puede entenderse convenientemente también lo que se dice en el salmo: Pero Tú, Dios mío, eres rey desde siempre, Tú ganaste la victoria en medio de la tierra29; de suerte que el Señor Jesús sea tenido como nuestro Dios, que es antes de los siglos, ya que por él han sido creados los siglos; Él es el autor de la victoria en medio de la tierra cuando el Verbo se hizo carne y vivió en cuerpo terreno30.
9. Luego, tras las palabras de Ana en que se profetizó cómo debe gloriarse el que se gloría, no en sí, por supuesto, sino en el Señor, expone como motivo la recompensa que tendrá lugar en el día del juicio: El Altísimo truena desde el cielo. El Señor juzga hasta el confín de la tierra, porque es justo. Siguió exactamente el orden de la profesión de fe de los fieles. Pues Cristo el Señor subió al cielo, y de allí ha de venir para juzgar a vivos y muertos. Porque, como dice el Apóstol, ¿quién ascendió sino el que descendió a los lugares más ínfimos de la tierra? El que descendió, ése mismo es el que ascendió sobre todos los cielos para llenarlo todo³¹. Así es que tronó en medio de sus nubes, las cuales llenó el Espíritu Santo cuando subió. A estas nubes se refiere cuando amenaza por el profeta Isaías a la esclava de Jerusalén, esto es, a la viña ingrata, que no mandará sobre ella la lluvia³².
Dice también: El Señor juzga hasta el confín de la tierra, como si dijera «incluso los extremos de la tierra». Pues no dejará de juzgar las otras partes quien ha de juzgar a todos los hombres. Pero mejor que los extremos de la tierra debe entenderse los extremos del hombre; ya que no se juzgarán las acciones que cambian a mejor o a peor en el tiempo intermedio, sino las circunstancias en que se encuentre al final el que ha de ser juzgado. Por eso se ha dicho: Quien resista hasta el final se salvará³³. De suerte que quien practica con perseverancia el Derecho y la justicia en medio de la tierra no será condenado cuando se juzguen los extremos de la tierra.
Dice también: Él da fuerza a nuestros reyes para no tener que condenarlos en el juicio. Les da fuerza para que con ella gobiernen su carne como reyes y venzan al mundo en aquel que derramó su sangre por ellos. Exalta el poder de su Ungido. ¿Cómo puede Cristo exaltar el poder de su Ungido? Porque Aquel de quien se dijo: El Señor subió a los cielos, es decir, Cristo el Señor, es el mismo de quien se dice aquí: Exalta el poder de su Ungido. ¿Quién es, pues, el Cristo de su Cristo? ¿Exaltará quizá el poder de cada uno de sus fieles, como dice ésta misma en el comienzo de su himno: Mi poder ha sido exaltado por mi Dios? Podemos llamar, en efecto, justamente cristos a todos los ungidos con su crisma, porque este cuerpo entero con su cabeza es el Cristo único.
Ésta es la profecía de Ana, la madre de Samuel, el varón santo tan alabado. En él se figuró entonces el cambio del antiguo sacerdocio, y se cumple al presente, al quedar debilitada la que tenía muchos hijos, a fin de que tuviera la estéril, que dio a luz a siete, un nuevo sacerdocio en Cristo.
CAPÍTULO V
Las palabras que con espíritu profético dijo el hombre de Dios al sacerdote Helí, manifestando que se le había de quitar el sacerdocio instituido según Aarón
1. Este nuevo sacerdocio se lo manifestó con más claridad al mismo sacerdote Helí un varón de Dios, cuyo nombre, por cierto, se calla, pero se le reconoce, sin duda alguna, como profeta por su oficio y su ministerio. Así está escrito: Un hombre de Dios se presentó a Helí y le dijo: Así dice el Señor: Yo me revelé a la familia de tu padre cuando eran todavía esclavos del faraón de Egipto. Entre todas las tribus de Israel me lo elegí para que fuera sacerdote, subiera a mi altar, quemara mi incienso y llevara el efod en mi presencia, y concedí a la familia de tu padre participar en las oblaciones de los israelitas. ¿Por qué habéis tratado con desprecio mi altar y las ofrendas que mandé hacer en mi templo? ¿Por qué tienes más respeto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo, Israel, ante mis mismos ojos? Por eso -oráculo del Señor, Dios de Israel-, aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre estarían siempre en mi presencia, ahora -oráculo del Señor- no será así. Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian. Mira, llegará un día en que arrancaré tus brotes y los de la familia de tu padre, y nadie llegará a viejo en tu familia. Mirarás con envidia todo el bien que voy a hacer; nadie llegará a viejo en tu familia. Y si dejo a alguno de los tuyos que sirva a mi altar, se le consumirán los ojos y se irá acabando; pero la mayor parte de tu familia morirá a espada de hombres. Será una señal para ti lo que les va a pasar a tus dos hijos Jofní y Fineés: los dos morirán el mismo día. Yo me nombraré un sacerdote fiel que hará lo que yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi Ungido. Y los que sobrevivan de tu familia vendrán a prosternarse ante él para mendigar algún dinero y una hogaza de pan, rogándole: Por favor, dame un empleo cualquiera como sacerdote para poder comer un pedazo de pan34.
2. No se puede decir que esta profecía, en que tan claramente se anuncia el cambio del antiguo sacerdocio, se cumplió en Samuel. Aunque Samuel no era de otra tribu que la destinada por Dios para servicio del altar, sin embargo, no era de los hijos de Aarón, cuya descendencia había sido designada para perpetuar el sacerdocio. Y por ello en este acontecimiento está representado este mismo cambio que había de tener lugar por medio de Jesucristo; y la misma profecía de la realidad, no de la palabra, pertenecía propiamente al Antiguo Testamento, figuradamente al Nuevo; significando ciertamente en un hecho lo que se había dicho de palabra al sacerdote Helí por el profeta.
En realidad, hubo después sacerdotes de la descendencia de Aarón, como Sadoc y Abiatar en el reinado de David35, y más tarde otros antes de llegar el tiempo en que fue preciso se realizaran por Cristo las cosas que habían sido anunciadas tanto tiempo antes sobre el cambio del sacerdocio. Y ¿quién, mirando ahora estas cosas con los ojos de la fe, no ve que han tenido su cumplimiento? Ciertamente no les quedó ni tabernáculo, ni templo, ni altar, ni sacrificio, y, por ende, tampoco sacerdote alguno a los judíos, a quienes se había mandado en la ley de Dios que fueran elegidos de la posteridad de Aarón. Lo que se ha mencionado aquí al decir aquel profeta: Oráculo del Señor Dios de Israel: aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre estarían siempre en mi presencia, ahora -oráculo del Señor- no será así. Porque yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian.
Al mencionar la casa de su padre, no habla de su padre inmediato, sino de aquel Aarón, primer sacerdote instituido, de cuya descendencia habían de seguir los demás, como lo demuestran los detalles precedentes: Yo me revelé a la familia de tu padre cuando eran todavía esclavos del faraón de Egipto. Entre todas las tribus de Israel me lo elegí para que fuera sacerdote. ¿De qué padre se trata aquí sino de Aarón en aquella esclavitud de Egipto, después de la cual fue elegido para sacerdote pasada la liberación? De la estirpe, pues de éste se dijo en dicho lugar que no habría en adelante sacerdotes. Esto ya lo vemos cumplido.
Esté atenta la fe, las cosas están claras, se ven, se tocan y entran por los ojos de los que no quieren ver. Dice: Mira, llegará un día en que arranque tus brotes y los de la familia de tu padre, y nadie llegará a viejo en tu familia, y exterminaré para ti de mi altar a todo hombre, de suerte que se consuman sus ojos y se vaya acabando. Ya han llegado los días que fueron anunciados. No hay sacerdote según el orden de Aarón, y cualquiera de los de su linaje, al ver brillar el sacrificio de los cristianos en todo el mundo y que se les ha arrebatado a ellos semejante honor, se consumen sus ojos y desfallece su alma consumida por la tristeza.
3. Mas a la casa de este Helí, a quien se decían estas cosas, le pertenece propiamente lo que sigue: Cuantos quedaren de tu casa morirán a espada de hombre. Será una señal para ti lo que les va a pasar a tus dos hijos Jofní y Fineés: los dos morirán el mismo día. La misma señal que marcó el cambio del sacerdocio de la casa de éste señaló también el cambio del mismo de la casa de Aarón. La muerte, efectivamente, de los dos hijos de aquél significó no la muerte de los hombres, sino la del sacerdocio de los hijos de Aarón.
Lo que sigue ya pertenece a aquel sacerdote cuya figura representó Samuel sucediendo a Helí; por lo tanto, se refiere a Cristo Jesús, verdadero sacerdote del Nuevo Testamento:Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que yo quiero y deseo; le daré una familia estable; ésa es la eterna y celestial Jerusalén. Sigue: Y vivirá siempre en presencia de mi Ungido. Vivirá siempre-dijo-,esto es, estará ante él; como había dicho antes de la casa de Aarón:Yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre estarían siempre en mi presencia. Al decir vivirá en presencia de mi Ungido debe entenderse de la misma casa, no aquel sacerdote, que es Cristo, Mediador y Salvador. Su casa, pues, vivirá en su presencia. También vivirá puede entenderse: pasará de la muerte a la vida todos los días en que se realiza esta mortalidad hasta el fin de este siglo.
Cuando dice Dios: Él hará todo lo que yo quiero y deseo, es decir, lo hará todo según mi corazón y mi alma, no vamos a pensar que Dios tiene alma cuando es creador del alma; sino que esto se dice de Dios metafórica, no propiamente, como se habla de las manos, los pies y los demás miembros del cuerpo. No se vaya a creer que el hombre ha sido hecho en la forma de esta carne a imagen de Dios; para ello le añaden las alas, que ciertamente no tiene el hombre, y así se dice de Dios Protégeme bajo la sombra de tus alas36. Así entenderán los hombres que tal afirmación se hace de su naturaleza inefable con términos figurados, no propios.
4. Se añade luego:Y los que vivan de tu familia vendrán a prosternarse ante él.No se habla aquí de la casa de este Helí, sino de la de aquel Aarón, de la cual han sobrevivido hombres hasta la venida de Jesucristo, y no faltan todavía hoy. De la casa de este Helí ya se dijo arriba: Cuantos quedaren de tu casa morirán a espada de hombres. No pudo realmente decir aquí: Y los que vivan de tu familia vendrán a prosternarse ante él, si es verdad que nadie escaparía a la espada vengadora; sino que quiso se interpretara por aquellos que pertenecen a la descendencia del sacerdocio total según, el orden de Aarón.
Por consiguiente, si éste pertenece a los restantes predestinados de quienes dijo otro profeta: Las reliquias se salvarán37, y así el Apóstol dice: Lo mismo ahora, en nuestros días, ha quedado un residuo, escogido por puro favor38, como se ve claramente que se trata de tales residuos al decir: Cuantos quedaren de tu casa, ciertamente éste cree en Cristo, como creyeron muchísimos de esa estirpe en tiempos de los apóstoles. Y como no faltan ahora, aunque sean muy pocos, quienes creen se cumple así en ellos lo que este hombre de Dios añade a continuación: Vendrá a adorarlo con un óbolo de plata. ¿A quién vendrá a adorar sino a aquel supremo sacerdote, que es Dios? Pues ni en aquel sacerdocio según el orden de Aarón acudían los hombres al templo o al altar de Dios a adorar al sacerdote. Y ¿a qué se refiere con un óbolo de plata sino a la brevedad de la palabra de la fe, sobre la cual menciona el Apóstol el pasaje: El Señor producirá sobre la tierra una palabra breve y reducida?39 El uso de esta plata por la palabra nos lo atestigua el salmo cuando canta: Las palabras del Señor son palabras auténticas, como plata limpia de ganga40.
5. ¿Qué dice, pues, este que viene a adorar al sacerdote de Dios y al sacerdote Dios? Dame un empleo cualquiera como sacerdote para poder comer un pedazo de pan. No pretendo ser colocado en el honor de mis padres, que no existe ya. Dame una parte de tu sacerdocio, ya que he escogido ser el ínfimo en la casa de Dios41; deseo ser un miembro cualquiera de tu sacerdocio. Por sacerdocio designa aquí al mismo pueblo, cuyo sacerdote es el Mediador de Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. A este pueblo llama el apóstol San Pedro pueblo santo, sacerdocio real42.
Algunos han interpretado de tu sacrificio, no de tu sacerdocio; pero ello significa igualmente al pueblo cristiano. De ahí las palabras del apóstol San Pablo: Como hay un solo pan, aun siendo muchos, formamos un solo cuerpo43. Y cuando añade: para poder comer un pedazo de pan, expresa también con elegancia el mismo género de sacrificio, de que dice el mismo sacerdote: El pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva44. He aquí el sacrificio, no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec: que lo entienda el que lo lee.
De suerte que es breve, pero saludablemente humilde, la confesión contenida en estas palabras: Dame un empleo cualquiera como sacerdote para poder comer un pedazo de pan; aquí tenemos el óbolo de plata, porque es breve y es la palabra de Dios que habita en el corazón del creyente. Arriba había dicho que Él había dado a la casa de Aarón alimentos de las víctimas del Antiguo Testamento en aquellas palabras: Concedí a la familia de tu padre participar en las oblaciones de los israelitas; y éstos habían sido los sacrificios de los judíos. Por eso dice aquí comer un pedazo de pan, que en el Nuevo Testamento es el sacrificio de los cristianos.
CAPÍTULO VI
Sacerdocio y reino de los judíos, que aunque en su fundación se proclamaban eternos, no permanecen, a fin de que se entendieran otros, cuya eternidad se promete
1. A pesar de haberse anunciado estas realidades con tal profundidad entonces y de brillar ahora con tal claridad, puede alguno con razón extrañarse y preguntar: ¿cómo podemos confiar nosotros en la realización futura de las predicciones de estos libros si no ha podido llevarse a efecto lo que anunció el oráculo divino: Tu familia y la familia de tu padre estarán siempre en mi presencia? Hemos visto, efectivamente, el cambio de aquel sacerdocio, y que no hay esperanza de que llegue alguna vez a cumplimiento lo que se prometió a aquella casa, puesto que se proclama más bien eterno el que le sucedió a éste cuando fue reprobado y cambiado.
Quien tal arguye no entiende, o no recuerda, que el mismo sacerdocio, según el orden de Aarón, fue establecido como figura del futuro sacerdocio eterno; y así, cuando se le prometió la eternidad, no se prometió a la misma sombra y figura, sino a quien estaba representado y figurado por ella. Y para que no se pensara que esa sombra había de permanecer, debió también anunciarse su cambio.
2. De este modo el reino de Saúl; que ciertamente fue reprobado y rechazado, era sombra del reino futuro destinado a durar eternamente. En efecto, el óleo con que fue ungido, y de cuya unción recibió el título de Cristo, debe ser entendido místicamente y considerado como un profundo misterio. Por eso lo honró tanto David en él, que sintió presa de pavor su corazón cuando, oculto en la oscura cueva adonde Saúl había también entrado urgido por una necesidad de la naturaleza, le cortó ocultamente por detrás un poco de su vestido para poder demostrar cómo lo había perdonado pudiendo matarlo, y quitar así de su ánimo la sospecha en que tenía al santo David por enemigo y lo perseguía con saña.
Tuvo gran miedo de hacerse reo de la profanación de tan profundo misterio en Saúl por haberse atrevido a tocar solamente su vestido. Se dice, en efecto: Le remordió la conciencia por haberle cortado a Saúl el borde del manto. Y también respondió a los que estaban con él y trataban de persuadirlo a que diera muerte a Saúl, caído en sus manos: Dios me libre de hacer eso a mi señor, el ungido del Señor, extender la mano contra él; es el Ungido del Señor45. Tal veneración se tributaba a esta sombra del futuro, no por ella misma, sino por lo que prefiguraba. Tenemos también lo que dijo Samuel a Saúl: Si hubieras cumplido la orden del Señor, tu Dios, Él consolidaría tu reino sobre Israel para siempre. En cambio, ahora tu reino no durará. El Señor se ha buscado un hombre a su gusto y lo ha nombrado jefe de su pueblo, porque tú no has sabido cumplir la orden del Señor46. No han de tomarse estas palabras como si Dios hubiera preparado un reino eterno al mismo Saúl, y, por su pecado, hubiera rehusado conservárselo, pues no ignoraba que pecaría; había preparado su reino como figura del reino eterno. Y por eso añadió: En cambio, ahora tu reino no durará. Duró, sí, y durará lo que se significó en él; pero no dudará para él, porque ni él había de reinar para siempre, ni su descendencia, para que ni siquiera sucediéndose unos a otros sus descendientes, pareciera cumplirse el oráculo para siempre.
Dice también: El Señor se ha buscado un hombre: ya designe a David, ya al mismo mediador del Nuevo Testamento, figurado en el óleo con que fue ungido David y sus descendientes. Y no busca el Señor un hombre como si no supiera dónde está, sino que habla por un hombre a usanza de los hombres, pues que nos busca hablando así.
No sólo el Dios Padre, sino también su Unigénito, que vino a buscar lo que se había perdido47, nos conocía tan cabalmente, que en él mismo habíamos sido elegidos antes de la creación del mundo48. Al decir, pues, se ha buscado, quiere decir que lo tendrá. Por ello en la lengua latina este verbo lleva preposición, y se dice adquirit (adquiere), cuyo significado es bien conocido. Aunque también, sin preposición, quærere (buscar) puede significar «adquirir»; de ahí que los lucros se llaman también «adquisiciones».
CAPÍTULO VII
Sobre la división del reino de Israel, que es figura de la división perpetua entre el Israel espiritual y el Israel carnal
1. De nuevo pecó Saúl por desobediencia, y de nuevo Samuel le dijo en nombre del Señor: Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza hoy como rey. Y una vez más le dijo por el mismo pecado, al reconocerlo Saúl y pedir perdón, rogando a Samuel que volviera con él para aplacar al Señor: No volveré contigo. Por haber rechazado la palabra del Señor, el Señor te rechaza como rey de Israel. Samuel dio media vuelta para marcharse. Saúl le agarró la orla del manto, que se rasgó, y Samuel le dijo: El Señor te arranca hoy el reino de Israel, y se lo entrega a otro más digno que tú. Israel quedará dividido en dos partes. Él no se arrepentirá ni se volverá atrás, porque no es un hombre para arrepentirse; el hombre amenaza y no persevera49.
Este a quien se dice:El Señor te rechaza como rey de Israel, y El Señor te arranca hoy el reino de Israel, reinó durante cuarenta años sobre Israel, tanto tiempo como el mismo David, y oyó esto al principio de su reinado. Con ello se nos quiere manifestar que nadie de su estirpe había de reinar; y que volvamos la mirada a la estirpe de David, de la cual nació según la carne el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.
2. No se lee en la Escritura lo que está en la mayor parte de los códices latinos: Arrancará el Señor el reino de Israel de tu mano, sino lo que hemos puesto nosotros tomado de los griegos: El Señor arrancará de Israel y de tu mano el reino, queriendo significar que de tu mano es igual que de Israel. Representaba, pues, este hombre figuradamente al pueblo de Israel, pueblo que había de ser el reino cuando entrara en posesión del reino, no carnal, sino espiritualmente, Cristo Jesús, Señor nuestro, por el Nuevo Testamento.
Cuando dice de él: Y lo daré a un allegado tuyo, se refiere al parentesco carnal, pues Cristo procede de Israel según la carne, lo mismo que Saúl. Pero al añadir: más digno que tú, se puede entender mejor que tú,ya que así lo han interpretado algunos; aunque el sentido de más digno que tú es más aceptable, equivaliendo a «como él es bueno, por eso está sobre ti», según aquella otra profecía: Mientras yo pongo a tus enemigos bajo tus pies50. Entre los cuales está Israel, a quien, como a perseguidor suyo, arrebató el reino Cristo. Aunque también estaba allí el otro Israel, en quien no había engaño51, especie de trigo entre paja. Porque de él procedían también los apóstoles, de él tantos mártires, el primero de los cuales fue Esteban; de él tantas iglesias que menciona el apóstol Pablo dando gloria a Dios por su conversión52.
3. Estoy bien seguro que a esto hay que aplicar las palabras que siguen: Israel quedará dividido en dos partes, es decir, el Israel enemigo de Cristo y el Israel que se une a Cristo; el Israel que pertenece a la esclava, y el Israel que pertenece a la libre. Pues estos dos linajes coexistían al principio, como si Abrahán estuviera unido aún a la esclava, hasta que la libre fecundada por la gracia de Cristo clamó: Expulsa a esa criada y a su hijo53.
A causa del pecado de Salomón, en el reinado de su hijo Roboán, sabemos que Israel fue dividido en dos y que persevero así, teniendo cada parte sus reyes, hasta que el pueblo entero, en un gran desastre, fue destruido y llevado por los caldeos. Pero ¿qué tiene que ver esto con Saúl, ya que tal amenaza debía hacerse más bien al mismo David, cuyo hijo era Salomón? En fin, ahora el pueblo hebreo no está dividido entre sí, sino dispersado indistintamente por todo el mundo y de acuerdo en un mismo error. Y aquella división con que Dios amenazó al mismo reino y al pueblo en la persona de Saúl, que los representaba, se consideró como eterna e inmutable a tenor de las palabras que siguen: Él no se arrepentirá ni volverá atrás, porque no es un hombre para arrepentirse; éste amenaza y no persevera. Es decir, el hombre amenaza y no persevera, pero no Dios, que no se arrepiente como el hombre. Aun cuando dice que se arrepiente, se quiere significar el cambio de las cosas, permaneciendo inmutable la presciencia divina. Cuando se dice que no se arrepiente, se debe entender que no cambia.
4. Por estas palabras vemos que Dios ha pronunciado una sentencia irrevocable y perpetua sobre esta división del pueblo de Israel. Cuantos han pasado, pasan o pasarán de ese pueblo a Cristo no eran de allí según la presciencia divina, aunque sí según la unidad e identidad de la naturaleza del género humano. Los israelitas que, uniéndose a Cristo, perseveran en Él, jamás estarán con los israelitas que perseveran siendo enemigos suyos hasta el fin de esta vida, sino que permanecerán en la división que se ha anunciado aquí. El Antiguo Testamento, que procede del monte Sinaí y que engendra hijos para la esclavitud54, no tiene utilidad alguna sino la de dar testimonio del Nuevo Testamento. Por lo demás, mientras se lee a Moisés, se echa un velo sobre el corazón; y al pasar a Cristo, se quita ese velo55. Lo que cambia es la intención de los que pasan del viejo al nuevo, no buscando ya la felicidad de la carne, sino la del espíritu.
Es así que el gran profeta Samuel, antes de ungir rey a Saúl, clamó al Señor por Israel y fue escuchado; y estando ofreciendo los holocaustos, al acercarse los enemigos en plan de batalla contra el pueblo de Dios, tronó el Señor sobre ellos, fueron confundidos, chocaron contra Israel y fueron vencidos. Entonces tomó Samuel una piedra, la colocó entre la nueva y la antigua Masefat y la llamó Abennézer, que quiere decir piedra de la ayuda, diciendo: Hasta aquí nos ayudó el Señor56. Masefat significa intención. La piedra del auxiliador es la mediación del Salvador, por quien hay que pasar de la Masefat antigua a la nueva, esto es, de la intención con que se esperaba en el reino de la carne la falsa felicidad carnal, a la intención con que se esperaba por el Nuevo Testamento, en el reino de los cielos, la auténtica felicidad espiritual. Y como no hay nada mejor, hasta a alcanzarla nos ayuda Dios.
CAPÍTULO VIII
Las promesas hechas a David en su hijo: en modo alguno se cumplieron en Salomón, sino plenamente en Cristo
1. Me parece ya tiempo de poner en claro qué le prometió Dios a David, sucesor de Saúl en el reino, en cuyo cambio fue figura de aquel otro cambio final con el que se relaciona todo lo dicho y escrito por Dios y que pertenece al tema que nos ocupa. Habiéndole sucedido prósperamente muchas empresas al rey David, pensó levantar un templo a Dios, el templo tan excelente y famoso que fue construido más tarde por su hijo Salomón. Estando él en este pensamiento, dirigió el Señor la palabra al profeta Natán para que la transmitiera al rey. Le dijo que no sería David el que edificaría la casa, y que no había Él mandado en tan largo tiempo a nadie de su pueblo que le edificara una casa de cedro. Después le dijo: Di esto a mi siervo David: Así dice el Señor de los ejércitos: Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para ser jefe de mi pueblo, Israel. Yo he estado contigo en todas las empresas; he aniquilado a todos tus enemigos; te haré famoso como a los más famosos de la tierra; daré un lugar a mi pueblo, Israel; lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, sin que vuelvan a humillarlo los malvados como antaño, cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel; te daré paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo; si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes, como suelen los hombres; pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre57.
2. Quien piense que esta gran promesa tuvo su cumplimiento en Salomón se encuentra en un grave error; se fija en las palabras Él edificará un templo en mi honor, porque Salomón construyó aquel noble templo; pero no se fija en las otras: Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia. Atienda, pues, y mire la casa de Salomón llena de mujeres extranjeras adorando falsos dioses, y al mismo rey, sabio en otro tiempo, seducido y arrastrado a la misma idolatría. A buen seguro que no osará pensar que Dios ha prometido esto con mentira, o que no pudo conocer cómo se había de portar Salomón y su casa. Ni aun así deberíamos dudar nosotros, aunque no viéramos el cumplimiento de estas profecías en Cristo nuestro Señor, que procede de la descendencia de David según la carne58, para no vernos forzados a buscar vana e inútilmente a otro mesías, como lo hacen los carnales judíos. Pues ellos mismos reconocen claramente que no es Salomón el hijo que leen se prometió a David en este lugar; y, sin embargo, a pesar de estar revelado con tal claridad el prometido, afirman con notable ceguera que todavía esperan a otro.
Es verdad que se verificó en Salomón, en cierto modo, una imagen de lo que vendría, precisamente en la construcción del templo, en el mantenimiento de la paz a tono con su nombre (Salomón quiere decir pacífico) y en la admirable alabanza que mereció al comienzo de su reinado. Pero en su misma persona, como sombra del futuro, anunciaba, no mostraba, a Cristo Señor nuestro. Por ello se escribieron de él algunas cosas, como si fueran predicciones sobre él mismo, cuando la Escritura santa, que mezcla la profecía con los hechos realizados, nos dibuja en él, en cierto modo, la figura de cosas futuras. Pues, aparte de los libros históricos, donde se cuenta su reinado, tenemos inscrito a nombre suyo el salmo setenta y uno. En él se dicen muchas cosas que de ningún modo pueden convenirle, y, en cambio, le convienen a Cristo el Señor con clara transparencia: aparece evidentemente que en aquél se dibujó cierta figura y en éste se presentó la misma realidad. Son bien conocidas, de hecho, las fronteras del reino de Israel; y, no obstante, en este salmo se lee, entre otras cosas:Dominará de un mar a otro, y desde el río a los confines de la tierra59. Esto lo vemos cumplido en Cristo. Comenzó su dominio desde el río, donde, bautizado por Juan y mostrado por él, comenzó a ser conocido por sus discípulos, que lo llamaron no sólo Maestro, sino también Señor.
3. Salomón comenzó a reinar todavía en vida de su padre, lo que no sucedió con ninguno de aquellos reyes; para manifestar claramente con esto que no es él a quien figura esta profecía, que se dirige a su padre diciendo: Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino.¿Cómo en lo que sigue: Él edificará un templo en mi honor, se ha de juzgar que está profetizado Salomón, y, en cambio, en lo que antecede: Cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, no se ha de entender que ha sido prometido el otro pacífico, que ha de levantarse, según el anuncio, no antes, como aquél, sino después de la muerte de David? Pues por mucho tiempo después que viniera Cristo, sin duda era después de la muerte del rey David, a quien se prometió que era preciso viniera él a edificar la casa del Señor, no de madera y piedra, sino de hombres, como nos regocijamos de que la está edificando. A esta casa, esto es, a los fieles de Cristo, dice el Apóstol: El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros60.
CAPÍTULO IX
Cuán semejante es la profecía sobre Cristo en el salmo 88 a las promesas que se hacen en los libros de los Reyes por boca del profeta Natán
Por esto también, en el salmo 88, titulado «Instrucción a Etán israelita», se hace mención de las promesas hechas por Dios al rey David, y se dicen algunas cosas semejantes a las que se encuentran en el libro de los Reyes; tales son: He jurado a David, mi siervo: Te fundaré un linaje perpetuo. Y también aquello: Un día hablaste en visión a tus amigos: He ceñido la corona a un héroe, he levantado un soldado contra el pueblo. Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso no lo engañará el enemigo ni los malvados lo humillarán; ante él desharé a sus adversarios y heriré a los que me odian. Mi fidelidad y misericordia lo acompañará, por mi nombre crecerá su poder; extenderé su izquierda hasta el mar, y su derecha hasta el gran río. Él me invocará: Tú eres mi padre, mi Dios, mi roca salvadora. Y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre reyes de la tierra. Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable; le daré una posteridad perpetua y un trono duradero como el cielo61.
Todas estas palabras, si se las entiende bien, se refieren al Señor Jesús bajo el nombre de David, a causa de la forma de siervo que el mismo Mediador tomó del linaje de David en el seno de una virgen. A continuación se dice también de los pecados de sus hijos algo semejante a lo que se dice en el libro de los Reyes, y que con facilidad se le aplicaría a Salomón. Pues dice allí, en el libro de los Reyes: Si se tuerce, lo corregiré con varas y golpes, como suelen los hombres; pero no le retiraré mi lealtad62. Por los golpes se significan las heridas de la corrección, de donde el aviso: No toquéis a mis ungidos63. ¿Qué quiere decir sino que no los «molestéis»?
Y en el salmo se dice, como tratando de David, algo semejante: Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandatos, castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas; pero no le retiraré mi favor64. No dijo «les» hablando de sus hijos, sino que dijo «le»; bien entendido, tiene el mismo sentido. Porque no se pueden encontrar en el mismo Cristo, cabeza de la Iglesia, los pecados que necesitan del castigo divino con correctivos humanos, salvada siempre la misericordia, pero sí se encuentran en su cuerpo y sus miembros, que forman su pueblo. Por eso en el libro de los Reyes se habla de la iniquidad de él, y en el salmo, en cambio, de la de sus hijos; para darnos a entender que en cierto modo se dice de él mismo lo que se dice de su pueblo. Razón por la cual él mismo le dice, desde el cielo a Saulo cuando perseguía a su cuerpo, que son sus fieles: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?65 Y en el salmo a continuación dice: No faltaré jamás a la verdad, ni violaré mi alianza, ni cambiaré mis promesas. Una vez juré por mi santidad no faltar a mi palabra con David. Es decir, que jamás mentiré a David; locución habitual en la Escritura. Y qué es que no miente, lo dice a continuación: Su linaje será perpetuo, y su trono, como el sol en mi presencia, como la luna, que siempre permanece y es testimonio fiel en el cielo66.
CAPÍTULO X
Cuán grandes diferencias entre lo que sucedió en el reino de la terrena Jerusalén y las promesas que había hecho Dios para dar a entender que la verdad de la promesa pertenecía a la gloria de otro rey y otro reino
Después de las eficacísimas garantías de tan importante promesa, a fin de que no se tuvieran por cumplidas en Salomón, como si esperara y no se cumpliera esto, dice:Pero Tú, Señor, lo has rechazado y desechado. Esto sucedió con el reino de Salomón en sus descendientes, hasta la ruina de la misma Jerusalén terrena, que fue la sede de su Imperio, y, sobre todo, hasta la destrucción del mismo templo que había sido edificado por Salomón. Pero para que no se pensase por esto que el Señor había obrado contra sus promesas, añadió en seguida: Has dado largas a tu Cristo67. Si se han dado largas al Cristo del Señor, no lo es ni a Salomón ni al mismo David. Todos los reyes consagrados con aquel crisma místico eran llamados cristos del Señor, no sólo desde el rey David en adelante, sino también desde Saúl, que fue ungido primer rey de este pueblo68; el mismo David, en efecto, lo llama cristo del Señor. Pero había un solo Cristo verdadero, cuya figura representaban aquéllos por la unción profética; y éste, según el sentir de los hombres, que pensaban había de ser visto en David o en Salomón, era diferido para muy largo tiempo; pero, según la disposición de Dios, era preparado para venir en su tiempo.
Y mientras éste llegaba, ¿qué sucedió con el reino de la Jerusalén terrena, donde se esperaba que reinaría él? Lo añade el salmo a la seguida: Has roto la alianza con tu siervo y has profanado hasta el suelo su corona; has derribado sus murallas y derrocado sus fortalezas; todo viandante lo saquea, y es la burla de sus vecinos; has sostenido la diestra de sus enemigos y has dado el triunfo a sus adversarios; pero a él le has embotado la espada y no lo has confortado en la pelea; has quebrado su cetro glorioso y has derribado su trono; has acortado los días de su juventud y lo has cubierto de ignominia69. Todas estas desgracias cayeron sobre la esclava Jerusalén en que reinaron también algunos hijos de la libre, poseyendo aquel reino en administración temporal, pero teniendo en la verdadera fe el reino de la Jerusalén celestial, de quien eran hijos, y esperando en el verdadero Cristo. Cómo tuvo lugar esto en ese reino nos lo demuestra la lectura de la historia que narra los acontecimientos.
CAPÍTULO XI
La naturaleza del pueblo de Dios realizada por la encarnación de Cristo, único que tuvo el poder de arrancar su alma de los infiernos
Tras estos vaticinios, el profeta se vuelve para rogar a Dios; aunque esa misma oración es ya una profecía: ¿Hasta cuándo, Señor, apartas para siempre?70 Se sobreentiende tu rostro, como se dice en otra parte: ¿Hasta cuándo apartarás de mí tu rostro?71 Ciertos códices no dicen apartas, sino «apartarás»; bien que se puede entender: «Apartas tu misericordia, que prometiste a David». Y la palabra in finem, ¿qué significa sino «hasta el fin»? Y este fin debe interpretarse como el último tiempo, en que creerá en Cristo Jesús incluso esa nación; pero antes de tal fin se habrán de realizar las calamidades lloradas más arriba por el profeta.
Por ello continúa aquí: Arderá como un fuego tu cólera. Recuerda de qué estoy hecho. Nada se entiende mejor aquí que el mismo Jesús como parte de ese pueblo, del cual procede su naturaleza carnal. Pues -dice- no en vano has creado todos los hijos de los hombres72. Si no fuera el único Hijo de hombre parte de Israel, por quien se librarán muchos hijos de los hombres, en vano habrían sido creados todos los hijos de los hombres. Ahora bien, toda la naturaleza humana cayó por el pecado del primer hombre de la verdad a la miseria, y así dice otro salmo: El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa73. Aunque no en vano creó Dios a todos los hijos de los hombres, ya que libra a muchos de la desventura por el mediador Jesús; y respecto a los que supo que no se habían de librar, no los creó en vano en el magnífico y ordenado concierto de la creación racional entera; los creó para utilidad de los que se habían de librar y para comparación por contraste de las dos ciudades entre sí.
Luego sigue: ¿Quién vivirá sin ver la muerte? ¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?74 ¿Quién puede ser éste sino la parte de Israel procedente de la estirpe de David, Cristo Jesús? De él dice el Apóstol que, resucitado de la muerte, no muere ya más, que la muerte no tiene dominio sobre él75. Así vivirá, en efecto, y no verá la muerte, aunque en realidad haya muerto; pero arrancó su alma del poder del abismo, adonde había bajado para romper las ligaduras infernales de algunos. Y arrancó su alma en virtud de aquel poder de que habla el Evangelio: Está en mi mano desprenderme de mi vida y está en mi mano recobrarla76.
CAPÍTULO XII
A qué persona pertenece la insistente súplica de las promesas de que se habla en el salmo: «¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia?», etc.
El resto de este salmo dice: ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia, que por tu fidelidad juraste a David? Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos: lo que tengo que aguantar de las naciones, de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.Con razón puede cuestionarse si esto se dice de los israelitas que deseaban se les devolviera a ellos la promesa hecha a David, o más bien de los cristianos, que son israelitas, no según la carne, sino según el espíritu. Porque estas cosas fueron dichas o escritas en el tiempo de Etán, de quien recibió el título este salmo; tiempo también del reino de David. Y así, no se diría: ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia que por fidelidad juraste a David?A no ser que el profeta transfigurara en sí la persona de aquellos que habían de vivir en un futuro lejano, para quienes sería antiguo este tiempo, en que se formularon al rey David estas promesas.
Aunque puede entenderse que muchas naciones, cuando perseguían a los cristianos, les echaban en cara la Pasión de Cristo, llamada mutación por la Escritura, ya que muriendo se hizo inmortal. Puede también entenderse la mutación de Cristo como echada en rostro a los israelitas, pues esperando que vendría para ellos, se pasó a los gentiles. Esto mismo les reprochan ahora muchas naciones que han creído en Él por el Nuevo Testamento, mientras ellos permanecen en sus antiguallas. Y entonces las palabras: Acuérdate, Señor, de las afrentas de tu siervo, no vienen a que el Señor se olvide de ellos, sino a que tiene compasión, y después de este reproche también ellos han de creer.
Pero me parece más apropiado el sentido que propuse, ya que esta expresión: Acuérdate, Señor, de las afrentas de tu siervo, no se adapta bien a los enemigos de Cristo, a quienes se echa en cara que Cristo les haya dejado a ellos pasándose a las naciones; en efecto, no deben llamarse siervos de Dios tales judíos. En cambio, corresponden estas palabras a quienes, soportando graves humillaciones de persecuciones por el nombre de Cristo, pudieron recordar que había sido prometido a la descendencia de David un reino excelso, y, llevados del deseo del mismo, es decir, no desesperando, sino pidiendo, buscando, llamando: ¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia, que por tu fidelidad juraste a David? Acuérdate, Señor, de la afrenta de tu siervo: lo que tengo que aguantar de las naciones; esto es, lo que soporté con paciencia en mi interior; de cómo afrentan, Señor, tus enemigos, de cómo afrentan las huellas de tu Ungido; no juzgándolas, en cambio, sino como anonadamiento. Y ¿qué quiere decir Acuérdate, Señor, sino compadécete, y por mi humillación soportada con tal paciencia, devuélveme la altura que prometiste a David con juramento en tu fidelidad?
Si atribuimos estas palabras a los judíos, sólo pudieron decir tales cosas aquellos siervos de Dios que, después de tomada la Jerusalén terrena, antes de venir Jesucristo en su humanidad, fueron conducidos a la cautividad, comprendiendo el cambio de Cristo, es decir, que no se había de esperar por él la felicidad terrena y carnal, como se manifestó en los breves años del rey Salomón, sino que se había de esperar con fidelidad la celestial y espiritual. E ignorando esta felicidad la infidelidad de las naciones, cuando se regocijaba e insultaba al pueblo de Dios por su cautividad, ¿qué otra cosa sino el cambio de Cristo les reprochaba, aunque sin darse cuenta, a los que lo sabían?
Por esto lo que sigue, la conclusión del salmo: Bendito el Señor por siempre. ¡Amén! ¡Amén!77, se apropia convenientemente a todo el pueblo de Dios que pertenece a la Jerusalén celestial, ya en los que estaban ocultos en el Antiguo Testamento, antes de revelarse el Nuevo, ya en los que, después de revelarse el Nuevo, se ve claramente que pertenecen a Cristo. Porque la bendición del Señor en la descendencia de David no apareció para sólo algún tiempo, como en los días de Salomón, sino que debe esperarse para siempre; y en esa esperanza certísima se dice: ¡Amén! ¡Amén!La repetición de esta palabra señala la confirmación de la esperanza.
Así, David, dándose cuenta de esto, dice en el segundo libro de los Reyes, del cual hemos pasado a este salmo: Has hecho a la casa de tu siervo una promesa para el futuro;añadiendo por eso poco después: Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo para que esté siempre en tu presencia78; y lo que sigue. Porque entonces había de engendrar un hijo cuya descendencia se prolongaría hasta Cristo, mediante el cual su casa había de ser eterna y a la vez casa de Dios. Casa de David por el linaje de David; y la casa misma, casa de Dios, por el templo de Dios: templo hecho de hombres, no de piedras, donde habite para siempre el pueblo con su Dios y en su Dios, y Dios con su pueblo y en medio de su pueblo; de tal suerte que Dios llene a su pueblo, y el pueblo esté lleno de Dios, cuando Dios sea todo para todos79: el premio en la paz, el mismo que es la fuerza en la guerra.
Así, a las palabras de Natán: Te anunciará el Señor que le edificarás una casa, corresponden las de David: Tú, Señor de los ejércitos, Dios de Israel, has hecho a tu siervo esta revelación: Te edificaré una casa80. Casa que también nosotros edificamos viviendo bien, y ayudándonos Dios para vivir bien; porque si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles81. Cuando tenga lugar la última edificación de esta casa, entonces se cumplirá lo que dijo Dios aquí por el profeta Natán: Daré un puesto a mi pueblo, Israel; lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, sin que vuelvan a humillarlo los malvados como antaño, cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel82.
CAPÍTULO XIII
¿Se puede asignar a los tiempos que corrieron bajo Salomón el cumplimiento de la paz prometida?
Quien espera bien tan grande en este siglo y en esta tierra está calificado de insensato. ¿Puede pensar alguno que fue cumplido en la paz del reino de Salomón? Cierto, la Escritura encomia con excelente elogio aquella paz como sombra del futuro. Pero ella misma se apresura a salir al paso de esa opinión cuando, después de decir: Sin que vuelvan a humillarlo los esclavos, sigue diciendo: como antaño, cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel. Pues antes que comenzasen a existir allí los reyes, ya los jueces habían sido establecidos sobre aquel pueblo, desde que recibió la tierra de promisión. Y ciertamente lo humilló el hijo de la iniquidad, esto es, el enemigo extranjero, durante los períodos en que leemos alternaban la paz y las guerras. Se encuentran, no obstante, períodos de paz más prolongados que los que hubo en tiempos de Salomón, que reinó durante cuarenta años. Pues bajo el juez llamado Aod hubo un período de paz de ochenta años83.
Desechamos, pues, la idea de que son los tiempos de Salomón los anunciados en esta promesa, y mucho menos los de cualquier otro rey. Ninguno de ellos reinó en una paz tan grande como la suya; ni jamás aquel pueblo tuvo tal dominio del reino que no estuviera preocupado por la sumisión a los enemigos, ya que, en la volubilidad de las cosas humanas, ningún pueblo tuvo nunca tal seguridad que se viera libre de ataques funestos a su vida. Por consiguiente, el lugar prometido de mansión tan pacífica y segura es eterno y se debe a los moradores eternos de la madre libre Jerusalén, donde estará el verdadero pueblo de Israel; porque este nombre significa «el que ve a Dios». Por el deseo de este pueblo es preciso llevar una vida santa por la fe en este peregrinar lleno de miserias.
CAPÍTULO XIV
Empeño de David en la disposición y misterio de los salmos
Desarrollándose así a través de los tiempos la ciudad de Dios, reinó David primeramente en la Jerusalén terrena, sombra del futuro. Era David hombre erudito en el arte del canto, y amaba la armonía musical, no por un deleite vulgar, sino por sentimiento religioso, sirviendo en ella a su Dios, el verdadero Dios, en transporte místico de una gran realidad. Porque el concierto apropiado y moderado de los diversos sonidos manifiesta con su armoniosa variedad la unidad compacta de una ciudad bien ordenada. Casi todas sus profecías se encuentran en los salmos, que en número de ciento cincuenta tenemos en un libro llamado «Salterio».
Piensan algunos que de esos salmos sólo son de David los que llevan su nombre. Otros creen que no han sido compuestos por él sino los que llevan la inscripción Del mismo David, y, en cambio, los que tienen en el título al mismo David, compuestos por otros, habrían sido colocados bajo su nombre. Esta opinión queda refutada por boca del mismo Salvador cuando dice que el mismo David anunció en el espíritu que Cristo es su Dios84, y esto es precisamente el comienzo del salmo ciento nueve: Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies85. Y este salmo no tiene precisamente el título Del mismo David, sino, como muchísimos, Al mismo David.
A mí me parece más aceptable la opinión de los que atribuyen a su obra todos esos ciento cincuenta salmos, y que intituló algunos con el nombre de otros personajes que representaban alguna figura que hacía al caso, y los demás tuvo a bien dejarlos sin nombre alguno, y que todo ello fue una inspiración del Señor, oscura, desde luego, pero no sin motivo. No es objeción válida contra esto el que se encuentren inscritos en algunos de estos salmos los nombres de ciertos profetas que vivieron mucho después del tiempo del rey David, y que lo que se dice allí parece dicho por ellos. Bien pudo el espíritu profético revelar al rey profeta David estos nombres de los futuros profetas para que cantara proféticamente algo acomodado a la persona de éstos. Como el rey Josías, que había de nacer y reinar más de trescientos años después, le fue revelado con su nombre a cierto profeta que predijo también sus hechos futuros86.
CAPÍTULO XV
¿Deben aducirse para el contexto de esta obra todas las profecías de los salmos sobre Cristo y la Iglesia?
Me parece que ya se espera de mí explique en este lugar qué es lo que profetizó David en los salmos sobre Cristo nuestro Señor y su Iglesia. Para llevar a cabo esta empresa, como parece exigirlo esa espera (aunque ya lo he hecho con un salmo), me es más bien un obstáculo la abundancia que la escasez. En efecto, no puedo citarlo todo en gracia de la brevedad; temo, por otra parte, que al elegir algunos textos pase por alto otros que a muchos, conocedores de los mismos, parezcan más necesarios. Además, como el testimonio que se aduce del contexto de todo el salmo debe tener la garantía de que nada existe que se le oponga, si no apoya todo el contenido, temo también pueda parecer que, a usanza de los centones, andamos desgajando versículos para nuestro intento, como de un gran poema que no trata de ese asunto, sino de otro muy diverso. Pero para demostrar esto en cada uno de los salmos se hace preciso exponerlo todo entero; y cuál sea la envergadura de obra semejante lo declaran suficientemente mis tratados y los que han llevado a cabo otros. Léalos, pues, quien lo desee y tenga tiempo; allí encontrará las muchas y grandes profecías que David, rey y profeta, hizo sobre Cristo y su Iglesia, es decir, sobre el Rey y la ciudad que fundó.
CAPÍTULO XVI
Cosas que en realidad o en figura se dicen en el salmo 44 referentes a Cristo y a la Iglesia
1. Aunque sobre cualquier cuestión hay palabras proféticas propias y manifiestas, necesariamente van entreveradas con otras metafóricas. Y éstas, sobre todo por los de inteligencia más corta, exigen de los entendidos un duro esfuerzo de exposición y comentario. Cierto que algunos pasajes, con sólo su lectura, nos muestran a Cristo y a la Iglesia; bien que; teniendo espacio, siempre hay que explicar ciertas cosas que no se entienden tan claramente; tal es el siguiente pasaje del libro de los Salmos:Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente. Cíñete al flanco la espada, valiente: es tu gala y tu orgullo; cabalga victorioso por la verdad y la justicia, tu diestra te enseñe a realizar proezas. Tus flechas son agudas, los pueblos se rinden, se acobardan los enemigos del rey. Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real; has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos, desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas. Hijas de reyes salen a tu encuentro87.
¿Quién, por tardo que sea de entendimiento, oyendo hablar a Dios, cuyo trono es eterno, no reconoce aquí a Cristo, a quien predicamos y en quien creemos, y este mismo Cristo ungido por Dios a la manera que Él unge, no con crisma visible, sino con espiritual e inteligible? ¿Quién hay tan ignorante en esta religión, o tan sordo frente a su fama tan difundida, que desconozca que ha sido llamado Cristo por el crisma, esto es, por la unción? Pero una vez reconocido Cristo como rey, el que se ha sometido al que es rey de verdad, de mansedumbre y de justicia, que investigue según sus disponibilidades todo lo que aquí se dice metafóricamente: cómo es el más bello de los hombres, con una hermosura tanto más amable y admirable, cuanto menos corporal; cuál es su espada, cuáles son sus flechas, y todo lo demás que se ha expuesto no propia, sino metafóricamente.
2. A continuación mire a su Iglesia, unida a esposo tan ilustre en matrimonio espiritual y amor divino. De ella se habla a continuación: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir. Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza; póstrate ante él, que él es tu señor. La ciudad de Tiro viene con regalos, los pueblos más ricos buscan tu favor. Ya entra la princesa bellísima, vestida de perlas y brocado; la llevan ante el rey con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras: las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real. A cambio de tus padres tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra. Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos88.
No creo haya nadie tan insipiente que pueda pensar se celebra y se describe aquí a cualquier mujerzuela, sino que es la esposa de aquel a quien se dice: Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre cetro de rectitud es tu cetro real; has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. Se trata aquí de Cristo, a los ojos de los cristianos. Éstos son sus compañeros, de cuya unidad y concordia en todos los pueblos surge esta reina, de la que se dice en otro salmo: Ciudad del gran rey89. Ella es la Sión espiritual, cuyo nombre significa «contemplación»; porque ella contempla el gran bien del siglo futuro, ya que allí se dirige su intención. Ella es también de igual modo la Jerusalén espiritual, de la que ya hemos hablado mucho.
Su enemiga es la ciudad del diablo, Babilonia, que significa «confusión». De esta Babilonia, sin embargo, se libra esta reina por la regeneración en todos los pueblos, y pasa así del peor al mejor de los reyes, esto es, del diablo pasa a Cristo. Por eso se le dice: Olvida tu pueblo y la casa paterna. De esa ciudad impía son una parcela los israelitas por sola la carne, no por la fe; enemigos también ellos de este gran rey y de esta reina. Pues habiendo venido a ellos Cristo y siendo muerto por ellos, se pasó a otros que no había visto en la carne. De ahí que en la profecía de cierto salmo dice ese rey nuestro: Me libraste de las contiendas de mi pueblo, me hiciste cabeza de naciones, un pueblo extraño fue mi vasallo; me escuchaban y me obedecían90. Éste es el pueblo de los gentiles, a quien no conoció Cristo con presencia corporal, y que creyó en Cristo cuando le fue anunciado, de suerte que justamente se dice de él: Me escuchaban y me obedecían91; porque la fe viene del oído. Este pueblo -digo-, agregado a los verdaderos israelitas, según la carne y la fe, es el que forma la ciudad de Dios, que dio a luz también a Cristo cuando existía sólo en aquellos israelitas. De los cuales procedía la Virgen María, en cuyo seno tomó carne Cristo para hacerse hombre.
De esta ciudad canta otro salmo: Se dirá de Sión: Uno por uno, todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado92. ¿Quién es este Altísimo, sino Dios? Y por eso Cristo Dios, antes de hacerse hombre por medio de María en aquella ciudad, la fundó él mismo en los patriarcas y profetas. A esta reina, pues, ciudad de Dios, se dijo tanto tiempo antes por la profecía lo que ya vemos cumplido: A cambio de tus padres tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la Tierra.De sus hijos, en efecto, hay jefes y padres a través de toda la Tierra, ya que la aclaman los pueblos acudiendo a ella con una confesión de eterna alabanza por los siglos de los siglos. Por consiguiente, cuanto se diga aquí veladamente en expresiones figuradas, de cualquier modo que se entienda, debe estar de acuerdo con estas cosas tan manifiestas.
CAPÍTULO XII
Lo que en el salmo 109 se refiere al sacerdocio de Cristo y en el 21 a su pasión
Lo mismo ocurre en el salmo en que se habla clarísimamente del sacerdocio de Cristo, como en el otro de su reinado: Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies. Que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre es una verdad que creemos, no lo vemos; que sus enemigos estén puestos bajo sus pies, aún no aparece; se está llevando a cabo, aparecerá al fin; también esto se cree ahora, se verá después. Pero lo que sigue: Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro; somete en la batalla a tus enemigos, es tan manifiesto, que el negarlo sería no sólo infidelidad e infelicidad, sino también desfachatez.
Confiesan los mismos enemigos que desde Sión fue promulgada la ley de Cristo, que nosotros llamamos Evangelio, y reconocemos como cetro de su poder. Que Él reina en medio de sus enemigos lo atestiguan los mismos entre quienes reina, rechinando los dientes y deshaciéndose, pero sin poder nada contra Él.
Algo después dice: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente. Con estas palabras significa que será eterno lo que añade: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec93. Porque no existirá ya el sacerdocio y el sacrificio según el rito de Aarón, y se ofrecerá por doquier por el sacerdote Cristo el que ofreció Melquisedec cuando bendijo a Abrahán94. ¿Quién se atreverá a dudar de quién dijo esto? Y a estas cosas claras hay que referir otras, expresadas algo más oscuramente en el mismo salmo, si se han de entender rectamente. Lo cual ya hemos hecho nosotros en nuestros sermones al pueblo.
Así, en aquel salmo donde Cristo expresa por la profecía la humillación de su Pasión diciendo: Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes. Con estas palabras se significó el cuerpo extendido en la cruz, con pies y manos sujetas y traspasadas con los clavos, y ofreciéndose de este modo en espectáculo a los que lo contemplaban y observaban. Y añade también: Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica95. La historia evangélica nos cuenta cómo se cumplió esta profecía96.
Así se entienden rectamente otros detalles que se citan allí con menor claridad si están de acuerdo con las cosas que brillan con tal claridad; sobre todo, porque los hechos que no creemos como pasados, sino que vemos presentes, al igual que se leen anunciados tanto tiempo antes, se ven ya manifiestos ahora en el mundo entero. En efecto, se dice un poco después: Lo recordarán y volverán al Señor hasta los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Porque del Señor es el reino, Él gobierna a los pueblos97.
CAPÍTULO XVIII
Profecías sobre la muerte y resurrección del Señor en los salmos 3, 40, 15 Y 67
1. Tampoco los oráculos de los salmos pasaron en silencio su resurrección. ¿Qué significa si no lo que en nombre suyo se canta en el salmo tercero: Yo me dormí y me entregué a un profundo sueño, y me levanté porque el Señor me tomó bajo su amparo?98 ¿Puede alguien errar tanto hasta pensar que el profeta quiso indicarnos algo grande por lo de dormir y levantarse, si este sueño no fuese la muerte, y el despertar la resurrección, que fue preciso profetizar en tales términos de Cristo? Esto se pone mucho más de manifiesto en el salmo 40, donde, según la costumbre, se narran en la persona del mismo Mediador como pasadas las cosas que se profetizan como futuras, porque las que habían de venir se tomaban ya en la predestinación y presciencia de Dios como realizadas, por ser seguras. Dice: Mis enemigos me desean lo peor: A ver si se muere y se acaba su apellido. El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención; y cuando sale afuera la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: ¿Acaso el que duerme ha de volver a levantarse? Cierto, estas palabras no tienen otro sentido que: ¿acaso el que muere ha de resucitar? Pues lo que antecede demuestra que sus enemigos habían pensado y preparado su muerte, y que esto había sido llevado a cabo por el que entraba a ver y salía a traicionar. ¿A quién no se le ocurre pensar que éste es Judas, hecho de discípulo, traidor? Y como habían de hacer lo que maquinaban, es decir, le habían de dar muerte, demostrándoles la ineficacia de su malicia al tratar de dar muerte en vano al que había de resucitar, añadió ese verso como diciendo: «¿Qué hacéis, necios? Vuestro crimen será mi sueño». ¿Acaso el que duerme ha de volver a levantarse?
Sin embargo, el gran crimen que iban a cometer no había de quedar impune, como lo indican los versos siguientes: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme; es decir, me ha pisoteado. Pero Tú, Señor, apiádate de mí, haz que pueda levantarme para que yo les dé su merecido99. ¿Quién puede negar esto viendo a los judíos tras la muerte y la resurrección de Cristo arrancados de raíz de sus moradas con los estragos y destrucción de la guerra? Pues el que había sido muerto por ellos resucitó infligiéndoles un correctivo corporal, a más del que reserva para los incorregibles, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos. El mismo Señor Jesús, descubriendo a los apóstoles el traidor al alargarle el pan100, mencionó el verso de este salmo diciendo que se cumplía en sí mismo: El que compartía mi pan es el primero en traicionarme. Aquello de quien yo me fiaba no conviene a la cabeza, sino al cuerpo, pues el Salvador conocía a aquel de quien ya había dicho antes: Uno de vosotros es un diablo101. Pero acostumbra a referir a sí la persona de sus miembros y atribuirse lo que es de ellos, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo. Y por eso aquello del Evangelio: Tuve hambre y me disteis de comer, que explica diciendo: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de ésos más humildes, lo hicisteis conmigo102. Así dijo que había esperado lo que habían esperado de Judas sus discípulos cuando fue agregado a los apóstoles.
2. Pero los judíos piensan que el Cristo que esperan no ha de morir. Por eso no creen que el nuestro es el anunciado por la Ley y los Profetas, sino no sé qué otro suyo, que se figuran ajeno a la prueba de la muerte. Y así sostienen con sorprendente ingenuidad y ceguera que las palabras citadas no significan la muerte y la resurrección, sino el sueño y el despertar. Pero bien claro les grita el salmo decimoquinto: Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa en la esperanza. Porque no abandonarás mi alma en el abismo ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción103. ¿Quién sino el que resucitó al tercer día podía decir que su carne había descansado con la esperanza de no ser abandonada por su alma en el Infierno, sino de ser vivificada al tornar ésta a fin de que no se corrompiese como se corrompen los cadáveres? Ciertamente no pueden aplicar esto al profeta y rey David.
También les grita el salmo 67: Nuestro Dios es un Dios que salva, y el Señor saldrá de la muerte104. ¿Se puede decir cosa más clara? El Dios que salva es el Señor Jesús, que quiere decir Salvador o salud. La explicación de este nombre se dio cuando se dijo antes de nacer de una virgen: Dará a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados105. Para remisión de esos pecados fue derramada su sangre y fue preciso que no tuviera otra salida de esta vida que la muerte. Por eso cuando se dijo: Nuestro Dios es un Dios que salva, se añadió a continuación: El Señor saldrá de la muerte; para dar a entender que nos había de salvar con la muerte. Y se pronunció con admiración Y el Señor, como si dijera: «Es tal esta vida de los mortales, que ni el mismo Señor puede salir de ella sino por la muerte».
CAPÍTULO XIX
El salmo 68 declara la obstinada infidelidad de los judíos
Al resistir tenazmente los judíos a los testimonios tan claros de esta profecía, aun después de su cumplimiento tan evidente y cierto, bien se cumple en ellos lo que está escrito en el salmo que sigue a éste. Refiriéndose allí proféticamente a la persona de Cristo, las cosas que pertenecen a su Pasión, se menciona lo que está claro en el Evangelio: En mi comida echaron hiel; para mi sed me dieron vinagre106. Y como tras el ofrecimiento de tal banquete y de semejantes viandas añade a continuación: Que su mesa les sirva de trampa; sus manjares, de lazo; que sus ojos se nublen y no vean, que su espalda siempre flaquee107, etc. Palabras que no expresan un deseo, sino una profecía bajo la apariencia de un deseo. ¿Qué es, pues, de maravillar no vean cosas tan patentes quienes tienen los ojos oscurecidos para no ver? ¿Qué es de maravillar no miren las cosas de arriba quienes tienen la espalda siempre encorvada, forzados a inclinarse a las cosas terrenas? Por estas comparaciones con el cuerpo se significan los vicios del alma.
Para no excederme basta con lo dicho acerca de los salmos, es decir, sobre la profecía del rey David. Y tengan la bondad de disculparme al leer estas cosas los entendidos, y no se lamenten si comprenden o piensan que he pasado por alto otras quizá más importantes.
CAPÍTULO XX
El reino y los méritos de David y de su hijo Salomón, y la profecía que se refiere a Cristo y que se encuentra en los libros suyos o en los que se los han unido
1. Reinó David, hijo de la Jerusalén celestial, en la Jerusalén terrena, grandemente encomiado por el testimonio divino; sus delitos, en efecto, fueron compensados por saludable y humilde penitencia, con piedad tan grande que se encuentra, sin duda, entre los que él celebró al decir: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado108.
Después de él gobernó a todo su pueblo su hijo Salomón, que, como se dijo antes, comenzó a reinar aún en vida de su padre. Éste tuvo buenos principios, pero mala terminación. Pues la prosperidad, que agobia el ánimo de los sabios, le produjo más perjuicios que los beneficios de la misma sabiduría, tan memorable ahora y siempre, y ya entonces celebrada por doquier. También él profetizó en sus libros, tres de los cuales han sido reconocidos como canónicos: Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Otros dos, la Sabiduría y el Eclesiástico, se los ha atribuido la costumbre a Salomón por cierta semejanza de estilo, aunque los más entendidos no dudan en descartarlo. Sin embargo, la Iglesia, sobre todo la occidental, los reconoció desde antiguo como canónicos.
En uno de ellos, en el de la Sabiduría, de Salomón, está profetizada con toda claridad la Pasión de Cristo. Se menciona allí a sus impíos asesinos, que dicen: Acechemos al justo, que nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara las faltas contra la ley, nos reprende las faltas contra la educación que nos dieron; declara que conoce a Dios, que Él es hijo del Señor; se ha vuelto acusador de nuestras convicciones; sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y va por un camino aparte; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si contaminasen; proclama dichoso el destino del justo y se gloría de tener por padre a Dios. Vamos a ver si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte; si el justo ése es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo arrancará de las manos de sus enemigos. Lo someteremos a tormentos despiadados para apreciar su paciencia y comprobar su temple; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien mira por Él. Así discurren y se engañan, porque los ciega su maldad109.
En el libro del Eclesiástico se anuncia con estas palabras la fe futura de los gentiles: Sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones; amenaza con tu mano al pueblo extranjero para que sienta tu poder. Como les mostraste tu santidad al castigarnos, muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos, para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de Ti110. En Cristo vemos cumplida esta profecía bajo forma de deseo y de plegaria. Cierto, no tiene tanta fuerza frente a los contradictores por no estar en el canon de los judíos.
2. En cambio, en los otros tres -que consta son de Salomón y que tienen por canónicos también los judíos-, se hace preciso un debate laborioso para demostrar que pertenecen a Cristo y a la Iglesia las cosas que sobre esto se dicen allí; y esto nos haría extendernos más de lo conveniente si nos entretenemos en ello. Sin embargo, lo que dicen los impíos, que nos trae el libro de los Proverbios, no es tan oscuro que no se entienda fácilmente, sin una trabajosa exposición de Cristo y de la Iglesia, que es posesión suya; dice así: Escondamos injustamente en la tierra al varón justo; nos lo tragaremos vivo, como el abismo. Borremos su memoria de la tierra; obtendremos magníficas riquezas111. Algo semejante nos muestra el mismo Señor Jesús en la parábola evangélica que dijeron los malos colonos: Éste es el heredero: venga, lo matamos y nos quedamos con su herencia112.
También en el mismo libro, aquel pasaje que hemos resumido antes al tratar de la estéril que dio a luz a siete, fue entendido, tan pronto como se pronunció, de Cristo y de la Iglesia por los que conocen a Cristo como Sabiduría de Dios: La sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas, ha preparado un banquete, mezclado el vino y puesta la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: Los inexpertos, que vengan aquí; quiero hablar a los faltos de juicio: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado113. Reconocemos aquí ciertamente a la Sabiduría de Dios, esto es, el Verbo coeterno con el Padre, que se preparó un cuerpo humano en el seno virginal, y que unió a éste a su Iglesia como los miembros a su cabeza, que preparó la mesa con el vino y el pan, donde aparece también el sacerdocio según el rito de Melquisedec, y que convocó a los ignorantes y pobres de espíritu. Ya dijo el Apóstol que eligió a los débiles de este mundo para convertir a los fuertes114.
No obstante, a estos débiles les dice lo que sigue: Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia115. Hacerse partícipes de esta mesa es comenzar a tener vida. Pues en lo que dice en otro libro, el del Eclesiastés: El único bien del hombre es comer y beber116, ¿se puede creer -dijo- algo más digno de crédito que lo que pertenece a la participación de esta mesa, que el mismo Mediador del Nuevo Testamento nos presenta, según el rito de Melquisedec, abastecida de su cuerpo y de su sangre? Porque este sacrificio sucedió a todos aquellos sacrificios del Antiguo Testamento, que se inmolaban como sombra del futuro. Por lo cual reconocemos también en el salmo 39 la voz del mismo Mediador que habla por boca del profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has dado un cuerpo perfecto117. En efecto, en lugar de todos aquellos sacrificios y ofrendas, se ofrece su cuerpo y se administra a los que comulgan.
Este Eclesiastés, en su teoría del comer y beber, que repite frecuentemente y recomienda mucho, muestra bien claramente que no se refiere al placer de los banquetes carnales, según aquello: Más vale visitar la casa en duelo que la casa en fiestas; y aún poco después: El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta118.
Pero en este libro tengo por más digno de mención lo que se refiere a las dos ciudades, la del diablo y la de Cristo, y a los reyes de las mismas, el diablo y Cristo: ¡Ay del país donde reina un muchacho y sus príncipes madrugan para sus comilonas! Dichoso el país donde reina un noble y los príncipes comen a su tiempo en fortaleza y no en confusión119. Llama muchacho al diablo por su necedad, soberbia, temeridad, petulancia y demás vicios que suelen abundar en esa edad; en cambio, a Cristo lo llama hijo de nobles, es decir, de los santos: patriarcas, que pertenecen a la ciudad libre, de los cuales fue engendrado según la carne.
Los príncipes de aquella ciudad comen muy de mañana, es decir, antes de la hora conveniente, porque no esperan la verdadera felicidad oportuna, que está en el siglo futuro, y desean regodearse a toda prisa con los placeres de este mundo; en cambio, los príncipes de la ciudad de Cristo esperan pacientemente el tiempo de la felicidad no engañosa. Por eso dice en fortaleza y no en confusión;porque no les falla la esperanza de que dice el Apóstol: La esperanza no defrauda120. Y también el salmo: Pues los que esperan en ti no quedan defraudados121.
Por lo que se refiere al Cantar de los Cantares, es una especie de placer de almas santas en las bodas de aquel rey y aquella reina de la ciudad, es decir, Cristo y la Iglesia. Pero este placer está envuelto en velos alegóricos con el fin de que sea deseado con más ardor y manifestado con mayor satisfacción, y aparezca el esposo, a quien se dice en el mismo cántico: Los justos te aman122; y la esposa que oye: La caridad en tus delicias123.
Pasamos muchas cosas en silencio por la premura en acabar esta tarea.
CAPÍTULO XXI
Reyes sucesores de Salomón, tanto en Judá como en Israel
Los príncipes de aquella ciudad comen muy de mañana, en Judá como en Israel, apenas encontramos hayan pronunciado alguna palabra o realizado alguna acción simbólica que proféticamente pueda referirse a Cristo y a la Iglesia. Judá e Israel son los nombres de las partes en que, como castigo de Dios, fue dividido aquel pueblo, por el pecado de Salomón, en tiempo de su hijo Roboán, que sucedió a su padre en el reino. En efecto, las diez tribus que recibió Jeroboán, servidor de Salomón, constituido rey de ellas en Samaria, fueron llamadas propiamente Israel, aunque éste era el nombre de todo aquel pueblo. En cambio, las otras dos tribus, es decir, de Judá y Benjamín, por miramiento a David, para que no quedase totalmente arrancado el reino de su estirpe, recibieron el nombre de Judá, por ser ésta la tribu de que procedía David. Y la tribu de Benjamín, perteneciente, como dije, al mismo reino, era de donde procedía Saúl, rey anterior a David. Estas dos tribus, como se ha dicho, se llamaban Judá, y con ese nombre se distinguían de Israel, nombre propiamente de las otras diez tribus con su rey.
La tribu de Leví, como fue sacerdotal, dedicada al servicio de Dios, no al de los reyes, hacía el número trece. Porque José, uno de los doce hijos de Israel, no formó una sola tribu, como los demás, sino dos, Efraín y Manasés. Sin embargo, la tribu de Leví pertenecía más bien al reino de Jerusalén, donde estaba el templo de Dios, al cual ella servía.
Tras la división del pueblo, el primero que reinó en Jerusalén fue Roboán, rey de Judá, hijo de Salomón; y en Samaria, Jeroboán, rey de Israel, servidor de Salomón. Habiendo querido Roboán debelar esa especie de tiranía de la parte dividida, se prohibió al pueblo luchar con sus hermanos, diciendo Dios por el profeta que era Él quien había hecho esto124. Por donde apareció que no había pecado alguno en esto ni por parte del rey de Israel ni de su pueblo, sino que se cumplía el castigo impuesto por la voluntad de Dios. Y así, conocida ésta, ambas partes quedaron tranquilas entre sí; no se había hecho la división de la religión, sino del reino.
CAPÍTULO XXII
Jeroboán llevó a su pueblo a la impiedad idolátrica, aunque no por eso dejó Dios de inspirar a los profetas y de guardar a muchos del crimen de idolatría
El rey de Israel, Jeroboán, no confió, por su perversidad, en Dios, cuya veracidad había probado al prometerle y darle a él el reino. Temió, en efecto, que yendo al templo de Dios, que estaba en Jerusalén, adonde tenía que acudir todo aquel pueblo, según la ley, para sacrificar, fuera seducido éste y sometido a la estirpe de David como descendencia real. Estableció la idolatría en su reino y, con nefasta impiedad, arrastró consigo al pueblo de Dios ligándolo con el culto de los simulacros. No cesó Dios, sin embargo, de argüir por medio de los profetas no sólo a aquel rey, sino también a sus sucesores e imitadores de su impiedad, lo mismo que al pueblo. Allí surgieron aquellos grandes e insignes profetas Elías y su discípulo Eliseo, que realizaron también muchas maravillas. Allí también, al decir Elías: Señor, han asesinado a tus profetas, han derruido tus altares; sólo quedo yo, y me buscan para matarme125, se le respondió que había allí siete mil varones que no habían doblado la rodilla ante Baal.
CAPÍTULO XXIII
Vicisitudes de los dos reinos de los hebreos, hasta que ambos fueron llevados en distinta fecha a la cautividad; vuelta después Judá a su reino, pasó últimamente al poder de los romanos
Tampoco faltaron profetas en Judá, que pertenecía a Jerusalén, en la sucesión de sus reyes, según le plugo al Señor enviarlos, ya para anunciar lo que fuese necesario, ya para corregir los pecados y recomendar la justicia. También allí, aunque mucho menos que en Israel, hubo reyes que ofendieron gravemente a Dios con sus pecados, y fueron castigados más benignamente con el pueblo que los imitaba. Cierto que también hubo reyes piadosos, cuyos grandes méritos son alabados. En cambio, entre los reyes de Israel, unos más, otros menos, los encontramos a todos reprobables.
Una parte y la otra, según ordenaba o permitía la divina Providencia, ya se veían levantadas con la prosperidad, ya abatidas por la desgracia. Y a tal punto llegaba la angustia, no sólo con guerras exteriores, sino también civiles, que se ponía de manifiesto la misericordia o la cólera de Dios a tenor de las causas que provocaban una u otra; hasta que creciendo su indignación, todo aquel pueblo no sólo fue derrocado en sus tierras por los caldeos, sino también trasladado en su mayor parte a las tierras de los asirios, donde durante setenta años vivió en la cautividad: fue primero llevada la parte llamada Israel, integrada por diez tribus, y luego también Judá, tras la destrucción de Jerusalén y su nobilísimo templo.
Liberada después de esos años, reconstruyó el templo que había sido destruido. Y aunque muchísimos vivían en tierra extranjera, no tuvo luego dos reinos ni dos reyes diversos en cada una de las partes. Antes había uno principal en Jerusalén, y en determinados tiempos acudían todos desde donde estuviesen y pudiesen al templo de Dios que allí se alzaba. No les faltaron, sin embargo, enemigos y conquistadores de otras naciones. Al venir Cristo, los encontró tributarios de Roma.
CAPÍTULO XXIV
Últimos profetas que hubo entre los judíos y los que la historia evangélica nos señala hacia el nacimiento de Cristo
En todo aquel tiempo desde la vuelta de Babilonia, después de Malaquías, Ageo y Zacarías, que profetizaron entonces, y de Esdras, no tuvieron profetas hasta la llegada del Salvador, si no es el otro Zacarías, padre de Juan, e Isabel, su esposa, inminente ya el nacimiento de Cristo. Y después del nacimiento encontramos al anciano Simeón y a la viuda Ana, de edad ya muy avanzada, y como último al mismo Juan. Éste, siendo joven, no anunció como futuro a Cristo, también joven, sino que, con un conocimiento profético, lo mostró cuando aún no era conocido. Por eso dijo el mismo Señor: La Ley y los Profetas hasta Juan126.
El Evangelio nos da a conocer las profecías de estos cinco; y en él también la misma Virgen, madre del Señor, se encuentra profetizando antes de Juan127. Pero los judíos réprobos no reciben la profecía de éstos; aunque sí la recibieron los innumerables que de entre ellos creyeron en el Evangelio. Porque entonces de verdad Israel se dividió en dos bandos, según la división anunciada como irrevocable al rey Saúl por el profeta Samuel.
En cambio, incluso los judíos réprobos han recibido en su canon como últimos a Malaquías, Ageo, Zacarías y Esdras. Pues hay escritos suyos que, como los de otros que en tan reducido número de tan gran multitud de profetas escribieron sus profecías, merecieron la autoridad del canon. De sus predicciones, en relación con Cristo y con la Iglesia, considero necesario exponer algunas en esta obra. Pero será más cómodo hacerlo en el libro siguiente para no recargar éste demasiado.
LA CIUDAD DE DIOS
CONTRA PAGANOS
Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA
LIBRO XVIII
[Paralelismo entre las dos ciudades]
CAPÍTULO I
Cuestiones que hasta la venida del Salvador han tratado< en los diecisiete libros precedentes
He prometido que iba a escribir sobre el origen, desarrollo y destinos de las dos ciudades, la de Dios y la de este mundo; en ésta se encuentra al presente la primera como peregrina en cuanto se relaciona con el género humano. Antes, es cierto, tenía que refutar, con la ayuda de la gracia, a los enemigos de la ciudad de Dios, que anteponen sus dioses al fundador de aquélla, Cristo, y recomidos de odio feroz miran con terrible envidia a los cristianos; esto lo he llevado a cabo en los diez primeros libros.
Sobre las tres cuestiones de esa mi promesa que acabo de mencionar, se ha expuesto el origen de las dos ciudades en los cuatro libros que siguen al X; luego, en otro, el XV de esta obra, se trató de su desarrollo desde el primer hombre hasta el diluvio; y desde entonces hasta Abrahán ambas ciudades, como en el tiempo, marcharon de nuevo juntas también en mis escritos. Pero a partir de Abrahán hasta el tiempo de los reyes israelitas, donde concluimos el libro XVI, y desde entonces hasta la venida del mismo Salvador en la carne, hasta donde se extiende el libro XVII, ya parece que en mi obra sigue sola la ciudad de Dios. Aunque en realidad no ha seguido sola, sino que ambas, como fueron idénticas al principio, así han ido variando juntas su desarrollo en el tiempo.
He procedido de esta manera a fin de que, desde que comenzaron a ser más claras las promesas de Dios hasta su nacimiento de la Virgen, en que habían de tener su cumplimiento las primeras promesas, apareciera con trazos más claros la de Dios, sin que pudiera deslucirla por contraste algún obstáculo de la otra ciudad. Aunque ciertamente hasta la revelación del Nuevo Testamento ha caminado en la sombra, no en claridad.
Ahora, pues, tengo que terminar lo que había interrumpido, para examinar, cuanto sea suficiente, cómo se ha desarrollado ella desde los tiempos de Abrahán, a fin de que pueda el buen criterio del lector compararlas entre sí.
CAPÍTULO II
Reyes y tiempos de la ciudad terrena a que corresponden los tiempos de los santos a partir de Abrahán
1. La sociedad de los mortales se extiende por toda la Tierra y en la mayor diversidad de lugares, pero está unida por la comunión de la misma naturaleza. Al buscar cada uno la satisfacción de sus deseos, no tiene posibilidad de satisfacer el apetito de nadie, o al menos no el de todos, ya que no es de tal naturaleza que pueda satisfacerlos. Esa sociedad -decimos- se divide con harta frecuencia contra sí misma y subyuga la parte prepotente a la otra parte. Y así sucumbe la vencida ante la vencedora, prefiriendo al dominio y aun a la libertad cualquier suerte de paz y de salvación; han causado profunda admiración los que se sometieron a la muerte antes que a la esclavitud. Ha prevalecido, en efecto, casi entre todos los pueblos, como un grito de la naturaleza, la elección de someterse al vencedor que le haya tocado en suerte a cada uno, antes de ser destruidos por devastación bélica universal.
Por ello, no sin especial providencia de Dios, en cuyo poder reside la victoria o la derrota en la guerra, unos han llegado a la posesión de los reinos y otros les han quedado sometidos. Entre tantísimos imperios terrenos, en que se encuentra dividida la sociedad del interés de este mundo y de la pasión (la denominamos con vocablo universal la ciudad de este mundo), vemos destacarse muy por encima de los demás a dos pueblos, el asirio, primero, y luego el romano, tan diversamente organizados entre sí en la geografía y en el tiempo. En efecto, aquél floreció antes que el otro; también aquél estuvo situado en Oriente y éste en Occidente; además, al final del primero siguió inmediatamente el segundo. De los otros imperios y de los otros reyes, yo diría que son como un apéndice de éstos.
2. Era ya Nino el segundo rey de los asirios al suceder a su padre Belo, primer rey de aquel reino, cuando nació Abrahán en tierra de los caldeos. Existía también entonces el reino de los sicionios, aunque diminuto; por él empezó, como para darle antigüedad, el doctísimo Marco Varrón su Historia del pueblo romano. Partiendo de estos reyes sicionios llegó a los atenienses, de los cuales pasó a los latinos, y de éstos a los romanos; aunque en verdad son insignificantes estos detalles antes de la fundación de Roma si se comparan con el Imperio de los asirios. Si bien es verdad que el historiador romano Salustio confiesa que se destacaron muchísimo los atenienses en Grecia, hay que reconocer que tuvo más parte la fama que la realidad. Dice así: «Las gestas de los atenienses, en mi opinión, fueron grandes y magníficas; pero no tan excelentes como las propala su fama. Con todo, como florecieron allí escritores de gran talento, por toda la Tierra pasan los hechos de los atenienses como los más célebres. Y así se pondera tanto la calidad de los que los realizaron, cuanto la pudieron ensalzar con sus palabras sus ilustres ingenios». Se le añade, además, a esta nación la excelsa gloria derivada de la literatura y la filosofía, que tan alto nivel alcanzaron.
Por lo que se refiere al Imperio, no hubo en los primeros tiempos ninguno que alcanzara la extensión y el poderío de los asirios. Se dice, de hecho, que el rey Nino sometió hasta los límites de Libia toda Asia, que se cita como la tercera parte del mundo y como la mitad de todo él por su extensión. Sólo le quedaron por dominar en Oriente los indos, a los cuales, después de su muerte, hizo la guerra su esposa Semíramis. Así que cuantos pueblos y reyes había en aquellas tierras hubieron de someterse al regio dominio de los asirios y estar sujetos a sus mandatos.
Nació, pues, Abrahán en este reino en medio de caldeos en tiempo de Nino. Pero la historia griega nos es mucho más conocida que la de los asirios, y quienes trataron de investigar la raza del pueblo romano en sus primitivos orígenes fueron siguiendo la serie de los tiempos a través de los griegos hasta los latinos y luego hasta los romanos, que son también latinos. Por ello tendremos que citar, cuando sea preciso, a los reyes asirios, a fin de que aparezca cómo Babilonia, como un anticipo de Roma, va caminando con la ciudad de Dios peregrina en este mundo. Ahora bien, los hechos o alusiones que sea preciso insertar en esta obra para comparar las dos ciudades, la terrena y la celestial, será bueno tomarlos de los griegos y latinos, en los cuales aparece Roma como una segunda Babilonia.
3. Así, cuando nació Abrahán, era ya Nino segundo rey entre los asirios, y Europs el segundo entre los sicionios; pues los primeros habían sido: Belo, de aquéllos, y Egialeo, de éstos. En cambio, a la salida de Abrahán de Babilonia, cuando le prometió Dios que le había de nacer un gran pueblo y que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones, los asirios tenían ya su cuarto rey y los sicionios, el quinto. Entre aquéllos reinaba el hijo de Nino después de su madre, Semíramis, que se dice fue muerta por el mismo hijo por haber pretendido una unión incestuosa con él. Piensan algunos que ella fue la que fundó Babilonia, que pudo más bien haber instaurado. Sobre el tiempo y el modo de la fundación hablamos ya en el libro XVI. Al hijo de Nino y de Semíramis, que sucedió a su madre en el reino, algunos lo denominan con el mismo nombre de Nino; otros lo han designado con el de Ninias, vocablo derivado del padre. Entre los sicionios reinaba entonces Telxión, en cuyo reinado hubo días tan bonancibles y felices, que al morir le honraron como dios, ofreciéndole sacrificios y celebrando juegos en su honor, que se dice fueron instituidos precisamente entonces por vez primera.
CAPÍTULO III
Qué reyes había entre los asirios y sicionios cuando le nació a Abrahán Isaac, según la promesa, y cuando le nacieron al mismo Isaac, ya sexagenario, de Rebeca los gemelos Esaú y Jacob
En tiempo del rey Ninias y de Telxión, según la promesa de Dios, le nació Isaac a su padre Abrahán, ya centenario, de Sara, su esposa, que por su esterilidad y ancianidad había perdido la esperanza de tener descendencia. Los asirios tenían entonces como quinto rey a Arrio. Isaac, ya sexagenario, tuvo a los dos hijos gemelos, Esaú y Jacob, a quienes dio a luz Rebeca, su esposa, viviendo aún el abuelo Abrahán con ciento sesenta años de edad. Éste murió cumplidos los ciento setenta y cinco, bajo el reinado de Jerjes el antiguo entre los asirios, que era designado también con el nombre de Baleo. Entre los sicionios reinaba Turiaco, a quien también llaman con el nombre de Turímaco, ocupando ambos el séptimo lugar en sus respectivos reinos. El reino de los argivos tuvo su origen en tiempo de los nietos de Abrahán, siendo su primer rey Inaco.
No se puede pasar en silencio lo que nos refiere Varrón: que los sicionios solían celebrar sacrificios en el sepulcro de su séptimo rey, Turiaco. A su vez, reinando los reyes octavos, Armamitres de los asirios y Leucipo de los sicionios, y el primero de los argivos, Inaco, fue cuando habló Dios a Isaac, ratificándole las dos promesas que había hecho a su padre: dar la tierra de Canaán a su descendencia y bendecir en ella a todas las naciones. Promesas que se hicieron también a su hijo, nieto de Abrahán, que primero se llamó Jacob y después Israel, reinando ya Beloco, noveno rey de Asiria, y Foroneo, segundo rey de Argos, hijo de Inaco, y continuando todavía en el reino de los sicionios Leucipo.
Por esta época, bajo el reinado de Foroneo de Argos, Grecia se dio a conocer por sus instituciones jurídicas y legales». A la muerte de Fegoo, hermano menor de Foroneo, se levantó un templo en su sepulcro, donde se le honró como dios y se inmolaron toros en su honor. Pienso que le juzgaron digno de tal honor porque, en la parte que le cupo en suerte del reino de su padre (que había distribuido sus tierras entre los dos, reinando cada cual en las suyas en vida aún del padre), había establecido templos para honrar a los dioses y había enseñado a llevar cuenta de los tiempos a través de los meses y los años para su correspondiente numeración. Por la admiración que suscitaron estas novedades entre aquellos hombres aún rudos, a su muerte juzgaron o quisieron que fuera convertido en dios. Lo mismo se dice de Ío, hija de Inaco, que luego fue llamada Isis, a quien se dio culto como la gran diosa en Egipto, bien que otros dicen que vino, siendo reina de Etiopía, a Egipto; y a quien por su dilatado y justo imperio, y por la cultura y bienestar que proporcionó a sus súbditos, le tributaron este culto divino después de su muerte y la tuvieron en tan gran honor que juzgaron reo de crimen capital a quien dijera de ella que había sido una simple mortal.
CAPÍTULO IV
Época de Jacob y de su hijo José
Bajo el reinado del décimo rey de Asiria, Baleo, y del noveno de los sicionios, Mesapo, llamado por algunos Cefiso (si es que se trata de un solo hombre el designado con los dos vocablos, y pudo, en efecto, ser tomado por otro distinto a juicio de los que esto escribieron al designarlo con distinto nombre), y siendo tercer rey de los argivos Apis, murió Isaac a la edad de ciento ochenta años, dejando dos gemelos de ciento veinte años.
El menor de ellos, Jacob, perteneciente a la ciudad de Dios, de la que estamos escribiendo, tras haber sido reprobado el mayor, tenía doce hijos. Uno de ellos, llamado José, fue vendido por sus hermanos a unos mercaderes que pasaban a Egipto, en vida todavía de su abuelo Isaac. Cuando se presentó José ante el faraón -ensalzado de la humillación soportada-, tenía treinta años de edad. Interpretando por el Espíritu divino los sueños del faraón, anunció que vendrían siete años de fertilidad, cuya enorme abundancia habían de devorar otros siete años de esterilidad que les habían de seguir. Por esto le había puesto el faraón al frente de Egipto, después de liberarlo de la cárcel en que le había aherrojado la integridad de su castidad. Había conservado ésta luchando fuertemente contra su señora, perdida de amor por él, y que luego había de calumniarle ante su crédulo esposo, llegando a dejar en la huida su vestido en manos de la seductora antes de consentir en el adulterio.
En el segundo año de la escasez vino Jacob a Egipto con todos los suyos, a la edad de ciento treinta años, según la respuesta que dio él mismo a la pregunta del rey¹. Tenía entonces José treinta y nueve, según el cálculo de los treinta que tenía cuando fue honrado por el rey y los siete de abundancia y los dos de escasez que habían pasado.
CAPÍTULO V
Apis, rey de los argivos, a quien los egipcios honraron como dios bajo el nombre de Serapis
En esta época, Apis, rey de los argivos, marchó por mar a Egipto, murió allí y fue convertido en Serapis, el dios más grande de todos los de Egipto. Sobre el cambio de nombre, es decir, por qué no fue llamado Apis después de su muerte, sino Serapis, nos dio Varrón una explicación bien sencilla. El arca en que se coloca al difunto, y que ya todos llaman sarcófago, se llama en griegoσορός. Habían comenzado a venerarlo allí antes de construir su templo. De Sorós y Apis se llamó primero Sorapis, y luego cambiando una letra, como suele hacerse, lo llamaron Serapis. Se estableció también la pena capital para quien osara llamarlo hombre. Como en casi todos los templos donde se daba culto a Isis y Serapis había una estatua que con el dedo sobre los labios parecía amonestar a guardar silencio, piensa Varrón que esto quería indicar que no se hablase de ellos como de hombres.
En cambio, al buey que los egipcios, engañados en su extraña ilusión, alimentaban con abundosos y exquisitos manjares en honor del dios; a ese buey, como lo veneraban sin sepulcro, lo llamaron Apis, no Serapis. Muerto este buey, al buscar y encontrar un novillo del mismo color, es decir, salpicado de un modo semejante con manchas blancas, lo tenían por un don maravilloso y divino. No era difícil a los demonios, para engañarlos a ellos, mostrar a la vaca ya preñada y en gestación, la imagen de toro semejante, sin ver otra cosa alguna, y con la cual el ansia maternal hiciera aparecer en su feto esa imagen corporal; lo mismo, ni más ni menos, que Jacob con las varas multicolores hizo nacer ovejas y cabras variopintas². En efecto, lo que los hombres pueden conseguir con verdaderos colores y cuerpos, con toda facilidad pueden los demonios presentarlo con imágenes fingidas al concebir los animales.
CAPÍTULO VI
Quién era el rey de Argos y quién el de Asiria a la muerte de Jacob en Egipto
Apis, rey de los argivos, no de los egipcios, murió en Egipto. Le sucedió en el reino su hijo Argos, de cuyo nombre viene Argos, y de aquí el de los argivos, pues con los reyes anteriores ni el lugar ni el pueblo tenían ese nombre. Reinando éste entre los argivos, y entre los sicionios Erato, mientras continuaba todavía Baleo entre los asirios, murió Jacob en Egipto a los ciento cuarenta y siete años de edad. Había bendecido, antes de morir, a sus hijos y a sus nietos de parte de José, y había profetizado clarísimamente a Cristo al decir en la bendición a Judá: No faltará príncipe de Judá y de su descendencia el caudillo hasta que se cumpla lo que se le ha prometido. Él será la esperanza de las naciones³.
En el reinado de Argos comenzó Grecia a disfrutar de los frutos del campo y a producir mieses en el cultivo del mismo con las semillas importadas de otros lugares. Después de su muerte también Argos fue tenido por dios y honrado con templo y sacrificios. Este honor antes que a él se le tributó ya durante su reinado a un hombre particular, muerto por un rayo, de nombre Homogiro, por haber sido el primero que unció los bueyes al arado.
CAPÍTULO VII
Reyes contemporáneos de la muerte de José en Egipto
Murió José en Egipto a la edad de ciento diez años4. Era duodécimo rey de los asirios Mamito, undécimo de los sicionios Plemneo, y permanecía todavía Argos en Argos. Después de su muerte, el pueblo de Dios creció de modo maravilloso y permaneció en Egipto ciento cuarenta y cinco años. Al principio vivió tranquilo, hasta la muerte de los que habían conocido a José; luego, siendo mal visto y haciéndose sospechoso por su crecimiento, se vio sometido, hasta su liberación, a persecuciones (en las cuales, sin embargo, seguía creciendo con fecundidad divinamente multiplicada) y trabajos de intolerable esclavitud. Mientras, en Asiria y Grecia continuaban los mismos soberanos.
CAPÍTULO VIII