¿Pretenderán decirnos acaso que no suele hablar así la divina Escritura? Al contrario, también ella nos da testimonio, ya que estando las dos partes formando el hombre vivo, sin embargo, designa a cada una de ellas con el término hombre, llamando alma al hombre interior, y cuerpo al hombre exterior, como si fueran dos hombres, cuando en realidad los dos juntos son un solo hombre.

Pero debemos aclarar en qué sentido se dice que «el hombre está hecho a imagen de Dios», y que «el hombre es tierra y a la tierra ha de volver». Lo primero se refiere al alma racional, dada al hombre -entiéndase al cuerpo del hombre- por el soplo de Dios o, si se prefiere expresión más apropiada47, por la inspiración de Dios; lo segundo se refiere al cuerpo, tal cual fue formado por Dios del polvo, al que se dio el alma para hacer un cuerpo animado, es decir, un hombre con alma viva.

3. De suerte que en la acción de soplar el Señor, cuando dijo: Recibid el Espíritu Santo, quiso dar a entender que el Espíritu Santo no es sólo el Espíritu del Padre, sino también el Espíritu de su Unigénito. Pues el mismo Espíritu es Espíritu del Padre y del Hijo, con el cual se forma la Trinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que no es una criatura, sino Creador. En efecto, aquel soplo corpóreo procedente de la boca de la carne no era la sustancia ni la naturaleza del Espíritu Santo, sino más bien la significación, para que por ella entendiéramos, como dije, que el Espíritu Santo es común al Padre y al Hijo, ya que no tiene cada uno el suyo peculiar, sino que los dos tienen el mismo. Y este Espíritu de la Sagrada Escritura siempre se designa con el vocablo griego deπνεὖμα , como lo llamó en este lugar el Señor cuando se lo dio a sus discípulos, señalando con el soplo de su boca corporal. Yo no lo he visto nombrado de otra manera en todos los lugares de los escritos divinos.

Pero aquí, cuando se lee: Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, y le sopló, o inspiró, en su nariz aliento de vida, no dice el griego (como suele llamarse el Espíritu Santo) πνεὖμα, sino πνοή, nombre que se aplica con más frecuencia a la criatura que al Creador. De aquí que algunos latinos, a causa de esta diferencia, prefirieron el nombre de espíritu al de soplo. También se encuentra esta palabra en aquel lugar del profeta Isaías donde dice Dios: El aliento que yo he dado48, significando, sin duda, toda alma. Así, la palabra griega πνοή la han traducido los nuestros unas veces por soplo, otras por espíritu, otras por inspiración o aspiración, aun cuando se trata de Dios; en cambio, πνεὖμα nunca la han traducido sino por espíritu: ya se trate del hombre, del cual dice el Apóstol: ¿Quién conoce a fondo la manera de ser del hombre, si no es el espíritu del hombre que está dentro de él?49; ya se refiera a este espíritu corporal llamado también viento50, pues éste es su nombre cuando se canta en el salmo: Rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado51; ya, finalmente, no a una criatura, sino al Creador, cual es el que dice el Señor en el Evangelio: Recibid el Espíritu Santo, al significarlo por el aliento de su boca corporal; asimismo donde dice: Id y bautizad a todos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo52. En estas palabras se resalta con toda claridad y evidencia la misma Santísima Trinidad, lo mismo que en aquel otro lugar: Dios es espíritu53. También se encuentra en otros muchos lugares de las sagradas letras.

En efecto, en todos estos testimonios de las Escrituras no vemos escrito en griego πνοή, sino πνεὖμα, ni entre los latinos soplo, sino espíritu. Por lo cual, al decir inspiró, o, si se ha de hablar con más propiedad, sopló en su nariz aliento de vida, si el griego no hubiera puesto allí πνοή, como se lee, sino πνεὖμα, ni aun así nos veríamos obligados a entender el Espíritu creador, que en la Trinidad se dice propiamente Espíritu Santo; ya que la palabraπνεὖμα, como se ha dicho, es manifiesto que se suele aplicar no sólo al Creador, sino también a la criatura.

4. Pero al decir espíritu -replican- no añadirían de vida si no quisiera dar a entender al Espíritu Santo; y al decir el hombre se convirtió en alma, no añadiría viva, si no significara la vida del alma, que se le da divinamente por el don del Espíritu de Dios. Si el alma vive -dicen- con una vida propia, ¿qué necesidad había de añadir viva, sino para dar a entender aquella vida que se le da por el Espíritu Santo?

¿Qué otra cosa es esto sino tratar de defender con excesiva solicitud conjeturas humanas y prestar tan escasa atención a las Escrituras Santas? Pues ¿qué costaba no ir tan lejos, sino leer un poco antes en el mismo libro: Produzca la tierra vivientes según sus especies54, cuando fueron creados todos los animales terrestres? Y luego, pasados algunos capítulos, ¿costaba gran trabajo atender lo que está escrito: Todo lo que respira por la nariz con aliento de vida, todo lo que había en la tierra firme murió55, al hacer alusión a que habían muerto en el diluvio todos los seres que vivían en la tierra? Por consiguiente, si encontramos alma viva y espíritu de vida aun entre los animales, como acostumbra a decir la divina Escritura, y si también en este lugar, al decir: Todo cuanto tiene espíritu de vida, el griego no dice πνεὖμα, sino πνοή, ¿por qué no hemos de decir: qué necesidad había de añadir viva, ya que el alma no puede existir sin vida, o qué necesidad había de añadir de vida, al decir espíritu? Pero comprendemos que la Escritura hablaba según su costumbre de espíritu de vida y alma viva cuando quería dar a entender los animales, esto es, los cuerpos animados, dotados a través del alma de un tan noble sentido incluso corporal.

En cambio, en la creación del hombre nos olvidamos de que la Escritura sigue cabalmente el estilo que suele emplear. De esta manera insinúa que el hombre, aun habiendo recibido un alma racional, no producida por las aguas y la tierra como la del resto de los seres carnales, sino creada por el soplo de Dios, el hombre -digo- ha sido hecho para vivir en un cuerpo animal -gracias al alma que vive dentro de él-, a semejanza de aquellos animales de los que dijo: Produzca la tierra vivientes según sus especies; de ellos se dice en el mismo pasaje que tuvieron espíritu de vida. Tampoco dice aquí el griego πνεὖμα, sino πνοή, señalando con tal nombre no el Espíritu Santo, sino el alma de los mismos.

5. Pero el soplo de Dios -dicen- se entiende que ha salido de la boca de Dios, y si lo tomamos por alma tendremos que confesar que es de la misma sustancia y parte de aquella sabiduría que dice: Yo salí de la boca del Altísimo56. Ciertamente la sabiduría no dijo que es un soplo de la boca de Dios, sino que salió de su boca. Así como nosotros podemos, cuando soplamos, emitir un soplo, no formándolo de nuestra naturaleza de hombres, sino tomando por la aspiración y expulsando por la respiración el aire que nos circunda, de la misma manera Dios Todopoderoso pudo formar el soplo no de su naturaleza ni de una criatura existente, sino también de la nada. Y se puede afirmar con toda propiedad que al introducir ese soplo en el cuerpo del hombre, el Incorpóreo sopló o inspiró algo incorpóreo, pero a la vez el Inmutable algo mudable, porque el no creado infundió lo creado. Sin embargo, a fin de que los que quieren hablar de las Escrituras sin advertir las expresiones de las mismas sepan que no sólo se dice «salir de la boca de Dios» lo que es de igual o de su misma naturaleza. Escuchen y lean la palabra de Dios: Como estás tibio y no eres ni frío ni caliente, voy a arrojarte de mi boca57.

6. No hay, pues, motivo alguno para resistir al Apóstol, que tan claramente habla, cuando dice al discernir el cuerpo espiritual del cuerpo animal, es decir, este en que estamos ahora de aquel en que hemos de estar: Se siembra un cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual. Si hay cuerpo animal, lo hay también espiritual; así está escrito: «El primer hombre -Adán- fue un ser animado»; el último Adán es un espíritu de vida. No, no es primero lo espiritual, sino lo animal; lo espiritual viene después. El primer hombre salió del polvo de la tierra; el segundo procede del cielo. El hombre de la tierra fue el modelo de los hombres terrenos, y lo mismo que hemos llevado en nuestro ser la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celeste58.

De todas estas palabras del Apóstol hemos hablado más arriba. El cuerpo, pues, animal en que dice el Apóstol fue hecho el primer hombre, fue creado en tal estado que no se vería absolutamente exento de la muerte, pero que no moriría si no hubiera pecado. Porque aquello que ha de ser espiritual e inmortal por un espíritu de vida no puede morir en absoluto. Así, es inmortal el alma creada; y aunque muerta por el pecado, se nos presenta privada de cierta vida suya, esto es, del Espíritu de Dios, con el cual podía vivir también sabia y felizmente; sin embargo, no deja de vivir con cierta vida suya propia, aunque miserable, ya que fue creada inmortal. De igual modo, los ángeles desertores, aunque en cierto modo murieron pecando por haber dejado la fuente de vida que es Dios, con cuya bebida habrían podido vivir sabia y felizmente; sin embargo, no pudieron morir hasta el punto de dejar totalmente de vivir y de sentir, ya que fueron creados inmortales; y así serán precipitados en la segunda muerte después del juicio, de modo que ni siquiera allí carezcan de vida, puesto que tampoco carecerán de sentido cuando se encuentren en los tormentos.

En cambio, los hombres que pertenecen a la gracia de Dios, conciudadanos de los ángeles santos, viviendo una vida feliz, de tal modo serán revestidos de cuerpos espirituales que no pecarán ya más ni morirán; y serán revestidos de tal inmortalidad que, como la de los ángeles, no les podrá ser arrebatada por el pecado: permanecerá, sí, la naturaleza de la carne, pero no quedará en absoluto corruptibilidad o torpeza alguna.

7. Queda todavía una cuestión que necesariamente hemos de tratar y resolver con la ayuda del Señor, el Dios de la verdad. Las bajas pasiones de los miembros desobedientes nacieron del pecado de desobediencia en los primeros hombres: fueron abandonados de la gracia divina, y se les abrieron los ojos sobre su desnudez, esto es, la advirtieron al mirar con más curiosidad y cubrieron sus vergüenzas. El albedrío de la voluntad no fue capaz de resistir al impulso vergonzoso. Si esto es así, ¿cómo habrían de propagar los hijos, en el supuesto de permanecer sin la prevaricación, en el mismo estado que fueron creados?

Pero como ya debemos dar fin a este libro, y no podemos restringir cuestión tan importante a una extensión limitada, será más oportuno diferir su estudio para el libro siguiente.

LA CIUDAD DE DIOS

CONTRA PAGANOS

Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA

LIBRO XIV

[El pecado y las pasiones]

CAPÍTULO I

Por la desobediencia del primer hombre, si la gracia de Dios no librara a muchos, llegarían todos a la perpetuidad de la segunda muerte

Dijimos ya en los libros anteriores cómo Dios quiso formar a la Humanidad a partir de un solo hombre. Pretendió no sólo unir a los hombres por la semejanza de la naturaleza, sino también estrecharlos con el vínculo de la paz en unanimidad concorde por vínculos de consanguinidad. También tenía determinado que ese linaje no moriría en cada uno de sus miembros si los dos primeros, creados el uno de la nada y el otro del primero, no se hubiesen hecho acreedores a la muerte por la desobediencia. Tan grave fue el pecado cometido, que la naturaleza humana quedó deteriorada y transmitió a la vez a sus sucesores la esclavitud del pecado y la necesidad de la muerte.

Tal fue el señorío que el reino de la muerte alcanzó sobre todos los hombres, que la pena debida los precipitaba a todos también en la segunda muerte, una muerte sin fin si la gracia de Dios no librara a algunos. He aquí a lo que ha dado lugar este hecho: habiendo tantas y tan poderosas naciones esparcidas por el orbe de la Tierra con diversos ritos y que se distinguen por la múltiple variedad de lenguas, no existen más que dos clases de sociedades humanas que podemos llamar justamente, según nuestras Escrituras, las dos ciudades. Una, la de los hombres que quieren vivir según la carne, y otra, la de los que pretenden seguir al espíritu, logrando cada una vivir en su paz propia cuando han conseguido lo que pretenden.

CAPÍTULO II

La vida carnal procede no sólo de los vicios del cuerpo, sino también de los del alma

1. Ante todo, ha de esclarecerse qué significa vivir según la carne y qué según el espíritu. Quien mira superficialmente lo que acabamos de decir, o sin recordar el lenguaje de las santas Escrituras, o prestándole menos atención, puede pensar que los filósofos epicúreos viven según la carne al poner el supremo bien del hombre en el placer del cuerpo; y lo mismo los demás filósofos que hayan tenido de algún modo el bien del cuerpo como el bien supremo del hombre; igualmente toda la turbamulta de los que sin creencia alguna siguen esa filosofía, y siendo proclives a la pasión carnal, no conocen otro placer que el percibido por los sentidos corporales. En cambio, ése mismo pensará que viven según el espíritu los estoicos, que colocan el supremo bien del hombre en el espíritu, ya que no es otra cosa el alma del hombre sino espíritu.

Pero, según habla la Escritura, todos ellos manifiestamente viven según la carne. Llama carne no sólo al cuerpo del ser vivo terreno y mortal, como cuando dice: Todas las carnes no son lo mismo; una cosa es la carne del hombre, otra la del ganado, otra la de las aves y otra la de los peces1. Usa también de esta palabra en otros muchos sentidos, entre los cuales llama carne con frecuencia al mismo hombre; esto es, la naturaleza del hombre, tomando la parte por el todo, como cuando dice: Ninguna carne será justificada por las obras de la ley2. ¿Qué quiso se entendiera, sino todo hombre? Lo dice luego un poco más claro: Por la ley nadie se rehabilita ante Dios3. Y en la misma Carta a los Gálatas: Sabiendo que ningún hombre es rehabilitado por observar la ley4. Así se entiende también: El Verbo se hizo carne5; esto es, hombre. Lo cual interpretaron mal algunos y pensaron que a Cristo le faltó el alma humana. Como también se toma el todo por la parte cuando en el Evangelio se leen las palabras de María Magdalena al decir: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto6; donde en realidad habla de sola la carne de Cristo, que pensaba habían llevado del monumento, donde fue sepultada. Así, el todo es tomado por la parte, y al nombrar la carne se entiende el hombre, como lo atestiguan los pasajes citados.

2. Por consiguiente, ya que la divina Escritura nombra la carne de muchas maneras, que es difícil escudriñar y reunir, para poder investigar qué es vivir según la carne (lo que ciertamente es malo, sin ser mala la carne por naturaleza) tratemos de penetrar con diligencia el pasaje de la carta de San Pablo a los Gálatas, donde dice: Las acciones que proceden de la carne son conocidas: lujuria, inmoralidad, libertinaje, idolatría, magia, enemistades, discordia, rivalidad, arrebatos de ira, egoísmos, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que se dan a eso no heredarán el reino de Dios7.

Todo este pasaje de la carta apostólica, considerado en lo que se refiere a la cuestión presente, podrá resolvernos qué se entiende por vivir según la carne. Pues entre las obras de la carne, que dijo eran manifiestas y mencionó condenándolas, no encontramos solamente las que pertenecen al placer de la carne, como las fornicaciones, inmundicias, lujuria, borracheras, comilonas, sino también aquellas otras que denuncian los vicios del alma ajenos al placer de la carne. ¿Quién no ve que se aplica más bien al espíritu que a la carne el culto de los ídolos, las disensiones, herejías, envidias? Puede uno, en realidad, abstenerse de los placeres de la carne por la idolatría o algún error herético; y aún entonces el hombre, aunque al parecer domina y reprime los placeres de la carne, queda convicto por la autoridad apostólica de vivir según la carne; y en ese mismo abstenerse de sus placeres, queda también convicto de llevar a cabo las obras condenables de la carne. ¿Quién no tiene enemistades en su espíritu? O ¿quién hablando a un enemigo real o supuesto le dice: «Tienes mala carne contra mí», y no mejor: «Tienes mal ánimo contra mí»? Finalmente, lo mismo que si alguien oye hablar, por así decirlo, de carnalidades, no duda en atribuírselas a la carne; así tampoco duda nadie en atribuir las animosidades al espíritu. ¿Por qué entonces el Doctor de los gentiles, guiado por la fe y por la verdad, llama obras de la carne a todas éstas y a otras semejantes, sino porque en ese estilo, en que el todo queda significado por la parte, quiere significar al mismo hombre con el nombre de carne?

CAPÍTULO III

La causa del pecado procede del alma, no de la carne, y la corrupción contraída por el pecado no es pecado, sino pena

1. Si dice alguien que la carne es la causa de todos los vicios del mal vivir, ya que el alma, influida por la carne, vive viciosamente, bien claro demuestra que no presta diligente atención a toda la naturaleza del hombre. Cierto que el cuerpo mortal es lastre del alma8. Y por eso también el Apóstol, tratando de este cuerpo corruptible, del cual poco antes había dicho: Aunque nuestro exterior va decayendo9, dice: Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edificio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo, no construido por hombres; y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que, al quitarnos ésta, no quedamos desnudos del todo. Sí, los que vivimos en tienda suspiramos abrumados porque no querríamos quitarnos lo que tenemos puesto, sino vestirnos encima, de modo que lo mortal quede absorbido por la vida10. Así que somos abrumados por el cuerpo corruptible, y conociendo que la causa de este peso no es la naturaleza y la sustancia del cuerpo, sino su corrupción, no queremos despojarnos del cuerpo, sino vestirnos de su inmortalidad. Aún existirá entonces el cuerpo, pero no será ya corruptible, ya no abrumará. El cuerpo mortal, pues, es ahora lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente pensativa11. No obstante, están en error quienes piensan que todos los males del alma proceden del cuerpo.

2. Es verdad que Virgilio parece expresar en elegantes versos la opinión de Platón al decir: «Esas emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y su celeste origen mientras no están cautivadas en toscos cuerpos y no las embotan terrenas ligaduras y miembros destinados a morir». Incluso añade, queriendo dar a entender que todas esas perturbaciones tan conocidas del ánimo, el deseo y el temor, la alegría y la tristeza, como fuentes de todos los vicios y pecados, proceden del cuerpo: «Por eso temen y desean, padecen y gozan; por eso no ven la luz del cielo, encerradas en las tinieblas de oscura cárcel».

Pero nuestra fe es muy diferente. La corrupción del cuerpo, que agrava el alma, no es la causa del primer pecado, sino su castigo; la carne corruptible no hizo pecadora al alma, sino que el alma pecadora es la que hizo a la carne corruptible. Y aunque existen, procedentes de la carne, ciertos incentivos de los vicios, y aun los deseos viciosos, no deben atribuirse, sin embargo, a la carne todos los vicios de una vida inicua, no sea que vayamos a eximir de todos ellos al diablo, que no tiene carne. Cierto que no se puede atribuir al diablo la fornicación ni la embriaguez, ni cualquier otro mal que tenga relación con los placeres de la carne, aunque sea fomentador e instigador oculto de tales pecados; pero sí tiene en grado sumo la soberbia y la envidia. Y de tal modo se enseñoreó de él esa perversidad, que por ella fue destinado al suplicio eterno en las mazmorras de este aire caliginoso.

Los vicios que tienen la primacía en el diablo los atribuye el Apóstol a la carne12, de la que ciertamente carece el diablo. Dice que las enemistades, los pleitos, las rivalidades, las animosidades, las envidias son obras de la carne, y la cabeza y origen de todos estos males es la soberbia, que sin carne reina en el diablo. Y ¿quién hay más enemigo que él de los santos?; ¿quién más porfiado, más animoso y más hostil contra ellos? Y teniendo todo esto sin carne, ¿cómo son esos vicios obra de la carne, sino porque son obras del hombre, a quien, como dije, denomina con el nombre de carne? Porque el hombre se ha hecho semejante al diablo no por tener carne, que no tiene el diablo, sino viviendo según él mismo, esto es, según el hombre. También aquél quiso vivir según él mismo, cuando no permaneció en la verdad, de suerte que al mentir, no habló de parte de Dios, sino de su propia cosecha, ya que no es sólo mentiroso, sino también padre de la mentira13. Él fue el primero en mentir, y siendo el primero en pecar, fue también el autor de la mentira.

CAPÍTULO IV

Qué es vivir según el hombre y qué es vivir según Dios

1. Cuando el hombre vive según el hombre, y no según Dios, es semejante al diablo. Ni siquiera el ángel debió vivir según el ángel, sino según Dios, para mantenerse en la verdad y hablar la verdad que procede de Dios, no la mentira, que nace de su propia cosecha. Del hombre dice el mismo Apóstol en otro lugar: Si es que se manifestó la verdad de Dios en mi mentira14. Llamó a lo mío mentira, y verdad a lo de Dios. Y así, cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo, sino según Dios, pues es Dios quien dijo: Yo soy la verdad15. Pero cuando vive según él mismo, según el hombre, no según Dios, vive según la mentira. No se trata de que el hombre mismo sea la mentira, puesto que tiene por autor y creador a Dios, quien no es autor ni creador de la mentira. La realidad es que el hombre ha sido creado recto no para vivir según él mismo, sino según el que lo creó. Es decir, para hacer la voluntad de aquél con preferencia a la suya. Y el no vivir como lo exigía su creación constituye la mentira.

Quiere ser feliz sin vivir de la manera que podía serlo. ¿Hay algo más mentiroso que esta voluntad? No en vano puede afirmarse que todo pecado es una mentira. No se comete un pecado sino queriendo que nos vaya bien o rehuyendo que nos vaya mal. Tiene, pues, lugar la mentira cuando, intentando buscar algún bien, eso mismo nos resulta mal, o cuando procurando buscar algo mejor, nos resulta, en cambio, peor. ¿De dónde procede esto? De que el bien le viene al hombre de Dios, a quien abandona por el pecado. No le viene de sí mismo, pues si vive según él mismo, peca.

2. Hemos dicho que de ahí procedía la existencia de dos ciudades diversas y contrarias entre sí: unos viven según la carne, y otros según el espíritu. Esto equivale a decir que viven unos según el hombre y otros según Dios. Lo dice con toda claridad San Pablo a los corintios: Mientras haya entre vosotros rivalidad y discordia, ¿no está claro que sois carnales y procedéis según el hombre?16 Proceder según el hombre es ser carnal, ya que por la carne, es decir, por una parte del hombre se entiende el hombre. Llamó, en efecto, más arriba animales a los que después llama carnales diciendo: ¿Quién conoce a fondo la manera de ser del hombre, si no es el espíritu del hombre que está dentro de él? Pues lo mismo: la manera de ser de Dios nadie la conoce si no es el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios; así conocemos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Eso precisamente exponemos no con el lenguaje que enseña el saber humano, sino con el que enseña el Espíritu, explicando temas espirituales a hombres de espíritu. Pero el hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu de Dios, le parecen una locura17. Y a éstos, es decir, a esos hombres animales dice poco después: Y así es, hermanos, que yo no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a carnales18.

También aquí, según ese estilo figurado, se entiende el todo por la parte. Tanto por el alma como por la carne, que son partes del hombre, puede significarse el todo, que es el hombre. Al igual que no se significa otra cosa que hombres cuando se lee: Ninguna carne será justificada por las obras de la ley19; o cuando está escrito: Bajaron con Jacob a Egipto setenta y cinco almas20. En el primer caso, por toda la carne se entiende el hombre, y en el segundo, setenta y cinco hombres por las setenta y cinco almas. También donde se dijo: No con el lenguaje que enseña el saber humano, podía haber dicho: «No con el lenguaje que enseña el saber carnal»; lo mismo que cuando dice: Procedéis según el hombre, podía hacer dicho: «según la carne». Pero esto se evidencia mejor en lo que añadió: Porque diciendo uno: Yo soy de Pablo, y el otro: Yo de Apolo, ¿no os quedáis en ser hombres?21 Las expresiones de antes: Sois animales y sois carnales las expresó con más exactitud: Sois hombres; que quiere decir: vivís según el hombre, no según Dios; si vivierais según Dios, seríais dioses.

CAPÍTULO V

Sobre la naturaleza del cuerpo y del alma, es más tolerable la teoría de los platónicos que la de los maniqueos; aunque también haya que reprobarla, porque achacan las causas de los vicios a la naturaleza de la carne

No se puede achacar, con injuria del Creador, nuestros pecados y nuestros vicios a la naturaleza carnal, ya que en su género y en su orden es buena. Lo que no es bueno es dejar al Creador bueno y vivir según el bien creado, ya elija uno vivir según la carne, según el alma o según el hombre total, formado de alma y carne (y por ello se le puede designar sólo con el nombre de alma o sólo con el nombre de carne). Pues quienes alaban la naturaleza del alma como bien supremo, y acusan a la naturaleza de la carne como un mal, apetecen carnalmente el alma y huyen carnalmente de la carne, siguiendo en esto la vanidad humana, no la verdad divina.

Realmente los platónicos no son tan insensatos como los maniqueos, detestando los cuerpos terrenos como malos por naturaleza; afirman que todos los elementos de que está formado este mundo visible y tangible, y todas sus cualidades, tienen a Dios por artífice. A pesar de ello, piensan que las almas están tan afectadas por los órganos y los miembros destinados a la muerte, que de ahí les vienen las enfermedades de las apetencias y de los temores, de la alegría y de la tristeza. Que son las cuatro perturbaciones que llama Cicerón, o las cuatro pasiones, como las llaman otros tomándolo del griego, en que se contiene todo el desorden de las costumbres humanas.

Si ello fuera así, ¿por qué Eneas -dice Virgilio-, habiendo oído a su padre en los infiernos que las almas han de tornar a sus cuerpos, se admira de esta opinión y exclama: «¡Oh padre!, es creíble que algunas almas se remonten de aquí a la tierra y vuelvan por segunda vez a encerrarse en cuerpos materiales? ¿Cómo tienen esos desgraciados tan vehemente anhelo de la luz?». ¿Es posible que, influido por los órganos terrenos y miembros destinados a la muerte, se encuentre ese tan vehemente anhelo en almas cuya pureza se proclama tan alto? ¿No dice que están purificadas de todas sus manchas corpóreas cuando comienzan a querer retornar a sus cuerpos? Consecuencia: aunque fuera verdad extremo tan sin sentido de la purificación y contaminación de las almas que van y vuelven en alternativa incesante, no podría afirmarse verosímilmente que todos los movimientos culpables y viciosos de las almas les vienen de los cuerpos terrenos, ya que según ellos mismos, al decir del ilustre poeta, el vehemente deseo está tan lejos de proceder del cuerpo que, aun estando el alma purificada de toda mancha corpórea y establecida fuera del cuerpo, la apremia a estar de nuevo en el cuerpo. De esta suerte, según su propia confesión, no es sólo la carne la que apremia al alma en las apetencias y el miedo, en la alegría y la tristeza; de ella misma puede proceder la agitación de esos movimientos.

CAPÍTULO VI

Condición de la voluntad humana, de la cual dependen los afectos malos o buenos del alma

Nos interesa conocer cómo es la voluntad del hombre: si es perversa, tendrá esos movimientos perversos, y si es recta, esos mismos movimientos no sólo no serán culpables, sino hasta laudables. En efecto, en todos esos movimientos está la voluntad; mejor aún, todos ellos no son otra cosa que voluntad. ¿Qué es el deseo y la alegría, sino la voluntad encaminada a estar de acuerdo con lo que queremos? Y ¿qué es el miedo y la tristeza, sino el alejamiento de lo que no queremos? Pero recibe el nombre de apetencias cuando en el apetito estamos de acuerdo con lo que queremos; y se llama alegría cuando estamos en el disfrute de esas mismas cosas. Así también, la voluntad se llama miedo cuando rehusamos aquello que no queremos nos suceda; y se llama tristeza cuando rehusamos lo que tenemos presente sin quererlo. En toda la gama de cosas que se apetecen o se rehúyen, a medida que el alma se siente atraída o rechazada, varía o se vuelve a unos u otros afectos.

Por lo cual el hombre que vive según Dios, no según el hombre, necesariamente ama el bien y, como consecuencia, odiará el mal. Y como nadie es malo por naturaleza, sino que el malo lo es por vicio, quien vive según Dios tiene un perfecto odio a los malos; es decir, no odia al hombre por el vicio ni ama el vicio por el hombre, sino que odia al vicio y ama al hombre22. Si se cura el vicio, permanecerá todo lo que debe amar, y nada de lo que debe odiar.

CAPÍTULO VII

Amor y dilección se encuentran en las sagradas letras en el buen sentido y en el malo

1. Quien tiene el propósito de amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo, no según el hombre, sino según Dios, se dice de él, por su amor, que tiene buena voluntad. Ésta, con más frecuencia, se llama caridad en las sagradas letras, aunque también en ellas recibe el nombre de amor. Pues dice el Apóstol que debe ser amante del bien quien sea elegido para gobernar al pueblo23. Y el mismo Señor, preguntando al apóstol Pedro, le dice: ¿Me quieres más que éstos? A lo que Pedro contesta: Señor, Tú sabes que te amo. Le pregunta de nuevo el Señor no si lo amaba, sino si lo quería más, a lo que vuelve a responder Pedro: Señor, Tú sabes que te amo. La tercera vez ya no le preguntó el Señor: «¿Me quieres?», sino: «¿Me amas?». Y entonces continúa el evangelista: A Pedro le dolió que le preguntara tres veces ¿me amas? Y, en realidad, el Señor no había dicho tres veces, sino una sola: ¿Me amas? Las otras dos veces había dicho: ¿Me quieres? Por donde comprendemos que, aun cuando decía el Señor: ¿Me quieres?, no decía otra cosa que: ¿Me amas? En cambio, Pedro no cambió la palabra del mismo significado, sino dijo por tercera vez: Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo24.

2. He juzgado oportuno mencionar esto porque piensan algunos que una cosa es querer o tener caridad, y otra diferente amar. Dicen, en efecto, que querer debe usarse en el buen sentido, y amar en el malo. Pero es absolutamente cierto que ni los autores profanos han hablado en este sentido. Vean, pues, los filósofos si pueden, y con qué fundamento, hacer estas distinciones. Sus mismos libros dan un claro testimonio de que ellos hacen un gran aprecio del amor en las cosas buenas, incluso con respecto al mismo Dios. De todos modos, fue necesario manifestar que las Escrituras de nuestra religión, cuya autoridad anteponemos a cualesquiera otros escritos, no establecen diferencia alguna entre amar, querer y la caridad.

Ya hemos demostrado que el amor también se usa en el buen sentido. Pero para que nadie pueda pensar que amar puede usarse en el buen o mal sentido, y querer sólo en el bueno, preste atención a lo que se dice en el salmo: El que quiere la iniquidad odia su alma25; y también a lo del apóstol Juan: Si alguno quiere al mundo, el Padre no lo quiere a él26. He aquí en un solo lugar el querer en el buen y el mal sentido. Y para que nadie eche de menos el amor en el mal sentido (en el bueno ya lo hemos visto), lea aquel pasaje: Se alzarán hombres amantes de sí mismos, amadores del dinero27.

Por consiguiente, la voluntad recta es el amor bueno, y la voluntad perversa, el amor malo. El amor que codicia tener lo que se ama es la apetencia; en cambio, cuando lo tiene ya y disfruta de ello, tenemos la alegría; si huye de lo que le es adverso, es el temor; y si lo experimenta presente ya, es la tristeza. Así, pues, estas cosas son malas si el amor es malo, y buenas si el amor es bueno.

Demostremos esto por las Escrituras. Desea el Apóstol morir y estar con Cristo28, y se dice también: Arde mi alma en apetencia, deseando tus mandamientos29; o con expresión más propia: La pasión por la sabiduría conduce al reino30. En cambio, el uso del lenguaje ha conseguido que las palabras apetencia o pasión, si no se especifica algo, se entiendan en mal sentido.

La alegría se entiende en el buen sentido; así: Alegraos, justos, y regocijaos en el Señor31. Tú has infundido la alegría en mi corazón32. Me colmarás de alegría con tu presencia33. También el temor lo usa en buen sentido el Apóstol en varios pasajes: Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación34. No te engrías, antes bien vive con temor35. Me temo que igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo36. Ya la tristeza, que Cicerón llama más bien pesadumbre, y Virgilio dolor, al decir: «Tienen dolor y se alegran», surge acerca de ellas una cuestión delicada: si se la puede usar en el buen sentido (yo he preferido usar la palabra «tristeza», porque la pesadumbre y el dolor se encuentran más bien en los cuerpos).

CAPÍTULO VIII

Las tres perturbaciones que dicen los estoicos existen en el ánimo del sabio, excluyendo el dolor o la tristeza, que no debe tenerse por virtud del ánimo

1. Lo que han llamado los griegos εὐπάθεια (disfrute, buena vida) y Cicerón en latín constantiæ (permanencias) las reducen los estoicos a tres, en lugar de las tres perturbaciones del ánimo del sabio, poniendo la voluntad en lugar del deseo, el gozo por la alegría y la cautela por el temor. En cuanto a la pesadumbre o dolor, que nosotros, para evitar la ambigüedad, hemos preferido llamar tristeza, niegan que pueda existir en el ánimo del sabio. Dicen, en efecto, que la voluntad apetece el bien, practicado por el sabio; el gozo tiene por objeto el bien conseguido, que obtiene el sabio en todas partes; la cautela evita el mal, que debe evitar el sabio. En cambio, la tristeza, cuyo objeto es el mal que ya sucedió, y piensan que ningún mal puede ocurrir al sabio, opinan que nada de esto puede haber en el ánimo del sabio.

Éste es su pensamiento: sólo el sabio quiere, goza, tiene cautela; sólo el necio puede apetecer, alegrarse, temer y entristecerse. Aquellos tres afectos son las permanencias; estos cuatro, las perturbaciones, según Cicerón, y pasiones según otros muchos. Aquellas tres en griego, como ya dije, reciben el nombre de εὐπάθειαι, y las otras cuatro el de πάθη.

Con los recursos a mi alcance he investigado con diligencia si esta manera de hablar halla eco en las Escrituras santas, y encuentro en primer lugar el dicho del profeta: No hay gozo para los malvados, dice el Señor37; dando a entender que los impíos pueden más bien alegrarse que gozar de los bienes, ya que el gozo es propiamente de los buenos y de los hombres religiosos. Luego está lo del Evangelio: Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos38. Con lo cual parece indicar que nadie puede querer algo mal o torpemente, sino apetecerlo. Y aun por la frecuencia del pasaje algunos intérpretes añadieron «bienes», y así lo escriben: Todo el bien que querríais que hicieran los demás por vosotros. Así lo creyeron para prevenir que alguien pretenda ser obsequiado con cosas deshonestas, como para no hablar de otras más torpes banquetes lujuriosos, en los cuales él, al corresponderles con cosas semejantes, puede pensar que cumple con este precepto. Pero en el Evangelio griego, de donde se trasladó al latín, no se lee «bienes», sino: Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos. Yo pienso que en la palabra querríais ha intentado decir «bienes», ya que no usa la palabra «apetecéis».

2. Sin embargo, no se debe exigir siempre esa propiedad a nuestro lenguaje, aunque a veces haya que hacer uso de ella. Y cuando leemos los autores a cuya autoridad no hay posibilidad de

oponerse, respetemos esa propiedad donde el sentido recto no encuentre otra salida. Así son estos

pasajes que como muestra hemos mencionado, unos de los profetas y otros del Evangelio.

¿Quién ignora, en efecto, que los impíos se sienten transportados de alegría? Y, sin embargo, no hay gozo para los impíos, dice el Señor. ¿Por qué, sino porque la palabra «gozo» tiene otro sentido cuando se toma en el propio y estricto? Y por la misma razón, ¿quién puede negar que no es justo el mandato, dado a los hombres, de que hagan ellos a los demás lo que quieren que éstos les hagan, a fin de que no se deleiten mutuamente con la torpeza del placer ilícito? Y, con todo, así reza el saludable y verdadero precepto: Todo lo que querríais hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos. Y ¿por qué esto, sino porque en este lugar se ha puesto de una manera propia la voluntad, que no puede usarse en el mal sentido?

En un lenguaje más corriente, que es muy frecuente en la conversación habitual, no se diría: No queráis proferir mentira alguna39, si no pudiera existir la voluntad mala, de cuya maldad se distingue aquella que proclamaron los ángeles: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad40. Sin duda se añadió, por redundancia, «buena», si es que no puede existir sino la buena. ¿Qué excelencia habría cantado el Apóstol sobre la caridad al decir que no se goza de la iniquidad, si no hubiera también precisamente gozo de la maldad?41

No menos entre los autores profanos se estila tal indiferenciación en el uso de estas palabras. Dice el brillante orador Cicerón: «Deseo, senadores, mostrarme clemente». Aunque usa esta palabra «deseo» en el buen sentido, ¿hay alguno tan ignorante que no afirme que debió decir «quiero» y no «deseo»? También en Terencio un adolescente vicioso, ardiendo en desenfrenada lujuria, dice: «No quiero otra cosa que a Filomena». Que esa voluntad era libidinosa nos lo pone de manifiesto la respuesta de un esclavo suyo más anciano; le dice así: «Cuánto mejor sería que intentaras apartar de tu ánimo este amor que excitar inútilmente tu pasión con estas palabras». Y que estos autores usaron también el gozo en el mal sentido nos lo testifica el verso virgiliano que tan concisamente resume estas cuatro perturbaciones: «Por eso temen y desean, se lamentan y se gozan». También cita el mismo autor «los gozos perversos del espíritu».

3. Por tanto, la voluntad, la precaución, el gozo son comunes a los buenos y a los malos; o, para decir lo mismo con otras palabras, les son comunes el deseo, el temor y la alegría; pero unos las practican bien y otros mal, según sea recta o perversa la voluntad de los hombres. La misma tristeza, en sustitución de la cual no admiten nada los estoicos en el ánimo del sabio, es cierto que se encuentra usada en el buen sentido, sobre todo en nuestros autores. Alaba, en efecto, el Apóstol a los corintios porque se entristecieron según Dios. Claro que alguno puede decir que el Apóstol los felicitó porque se entristecieron arrepintiéndose; tristeza que sólo pueden tener los que han pecado. Dice así: Veo que aquella carta os dolió, aunque fue por poco tiempo; pero ahora me alegro no de que sintierais pesar, sino de que ese pesar produjese enmienda. Vuestro pesar fue realmente como Dios quiere, de modo que no salisteis perdiendo nada por causa mía. Porque un pesar como Dios quiere produce una enmienda saludable y sin vuelta atrás; en cambio, el pesar de este mundo procura la muerte. Mirad cómo el hecho de haber sentido pesar como Dios quiere produjo gran empeño en vosotros42.

Con esto pueden los estoicos responder en defensa suya que la tristeza parece útil para arrepentirse de haber pecado. Esto no puede ocurrir en el ánimo del sabio, ya que en él no cabe pecado en cuyo arrepentimiento se entristezca ni otro mal alguno que le cause tristeza al sentirlo o sufrirlo. También se cuenta de Alcibíades (si no me falla la memoria sobre el personaje) que, viéndose feliz, lloró al oír disputar a Sócrates y convencerlo de que era miserable por ser necio. Para éste la necedad fue causa de útil y apetecible tristeza, por la cual el hombre se lamenta de ser lo que no debe. Pero los estoicos no dicen que es el necio, sino el sabio en quien no cabe la tristeza.

CAPÍTULO IX

Las perturbaciones del ánimo, cuyos movimientos rectos se encuentran en la vida de los justos

1. Por lo que toca a estos filósofos, en lo referente a la cuestión de las perturbaciones del ánimo, ya les hemos respondido en el libro IX de esta obra, demostrándoles que están más ávidos de discusiones que de verdad; se fijan no en la realidad, sino en las palabras. Pero entre nosotros, según las santas Escrituras y la sana doctrina, los ciudadanos de la santa ciudad de Dios, que viven según Dios en la peregrinación de esta vida, temen y desean, se duelen y gozan. Y como su amor es recto, son también rectos estos afectos en ellos. Temen la pena eterna, desean la vida eterna; se duelen al presente, porque aún gimen en sí mismos, esperando la adopción divina y la redención de su cuerpo43; gozan en la esperanza, porque se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida por la victoria44. De igual manera temen pecar, desean perseverar; se duelen de los pecados, gozan en las obras buenas. Temen pecar, porque oyen: Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría45. Desean perseverar al oír lo que está escrito: Quien persista hasta el final se salvará46. Se duelen en los pecados al oír: Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y, además, no llevamos dentro la verdad47. Gozan en las obras buenas cuando oyen: Dios ama al que da con alegría48.

De la misma manera, a tenor de su debilidad o su fortaleza, temen ser tentados o desean ser tentados; se duelen en las tentaciones, gozan en las mismas. Temen ser tentados al oír: Si a un individuo se le sorprendiera en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú49. Y desean ser tentados oyendo a aquel varón fuerte de la ciudad de Dios, que dice: Escrútame, Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón50. Se duelen en las tentaciones al ver llorar a Pedro51; y gozan en las pruebas oyendo decir a Santiago: Teneos por muy dichosos, hermanos míos, cuando os veáis asediados por pruebas de este género52.

2. Claro, no se conmueven por estos afectos mirando sólo a sí mismos, sino también atendiendo a aquellos que desean ver liberados, y temen que perezcan y se duelen si perecen, y gozan si los ven liberados. En efecto, ponen los ojos de su fe con sumo agrado en aquel excelente y fortísimo varón que se gloría en sus debilidades53, por citar, sobre todo nosotros, que hemos pasado de la gentilidad a la Iglesia de Cristo, al Doctor de los gentiles en la fe y en la verdad, que trabajó más que todos sus compañeros de apostolado54 e instruyó con sus numerosas cartas a los pueblos de Dios, no sólo a los que tenía presentes, sino a los que se preveían futuros; miran, digo, a aquel varón, atleta de Cristo, enseñado por Él, ungido de Él55, crucificado con Él56, glorioso en Él, luchando lealmente el gran combate en el teatro de este mundo, hecho espectáculo para los ángeles y para los hombres57, lanzándose a la meta a recoger la palma de la vocación celeste58.

Miran a Pablo, que goza con los que se gozan, llora con los que lloran59 con luchas por fuera y temores por dentro60; que desea deshacerse y estar con Cristo61; que desea ver a los romanos para conseguir algún fruto entre ellos, como entre los demás gentiles62; que siente celo de los corintios, y teme a impulsos de ese celo que sus mentes se aparten del deseo casto de Cristo63; que tiene una gran tristeza y dolor de corazón por los israelitas64, ya que, desconociendo la justicia de Dios, no se someten a ella tratando de suplantarla por la suya65; que manifiesta no sólo su aflicción, sino también su llanto, a algunos que antes habían pecado y no hicieron penitencia de su inmundicia y sus fornicaciones66.

3. Si estos movimientos, si estos afectos buenos, que proceden del amor y de la caridad santa, han de ser llamados vicios, tendremos que admitir que los verdaderos vicios reciben el nombre de virtudes. Pero si esos afectos siguen la recta razón, cuando están puestos en su fin, ¿quién osará llamarlos entonces enfermedades o pasiones viciosas? Por ello, aun el mismo Señor, que se dignó llevar vida humana en forma de siervo, pero sin tener pecado alguno, usó de ellas cuando lo juzgó oportuno. Porque no era falso el afecto humano de quien tenía verdadero cuerpo y verdadero espíritu de hombre. No es, pues, falso lo que se cuenta de Él en el Evangelio: que sintió tristeza e ira por la dureza de corazón de los judíos67, y añadió: Me alegro por vosotros, para que tengáis fe68. Y lo mismo que lloró cuando iba a resucitar a Lázaro69, que deseó comer la Pascua con sus discípulos70, que sintió tristeza en su alma al acercarse la Pasión71. Él, por gracia y designio suyo, aceptó cuando quiso estos movimientos en su espíritu humano, como cuando quiso, se hizo hombre.

4. Tenemos, por consiguiente, que admitir que nuestros afectos, aun siendo rectos y, según Dios quiere, son propios de esta vida, no de la futura que esperamos, y a ellos contra nuestra voluntad cedemos todavía con frecuencia. Así, a las veces, aun sin querer, lloramos, aunque no movidos por culpable apetencia, sino por laudable caridad. Los tenemos por la debilidad de la condición humana; no así el Señor Jesús, dueño hasta de su debilidad. Mientras somos portadores de la debilidad de esta vida, si no tenemos ninguno de ellos, bien se puede decir que no vivimos rectamente. Pues censuraba el Apóstol y detestaba a algunos que dijo estaban sin afecto72. También se lo echó en cara el salmista a aquellos de quienes dice: Espero compasión, y no la hay73. Carecer en absoluto de dolor mientras vivimos en este lugar de miseria, como pensó y expresó alguno de los literatos de este siglo, no sucede sino a costa de un gran precio: la inhumanidad en el espíritu y la insensibilidad en el cuerpo.

En consecuencia, lo que los griegos llaman ἀπάθεια, que podría traducirse por «insensibilidad», debe ser tenida por buena y por excelente si se la entiende (tomándola aquí como propia del ánimo, no del cuerpo) como privación de los afectos que van contra la razón y perturban la mente; pero incluso ésa no es propia de esta vida. No es vocablo propio de hombres cualesquiera, sino de los muy piadosos, muy justos y muy santos: Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y, además, no llevamos dentro la verdad74. Así que la ἀπάθεια sólo existirá cuando no haya en el hombre pecado alguno. Pero al presente ya es vivir bien si se está sin delito, y quien piense estar sin pecado, lo que consigue no es vivir sin pecado, sino sin perdón.

Por otra parte, si se ha de llamar ἀπάθεια al estar el ánimo sin afecto alguno, ¿quién no tendrá a esta insensibilidad por el peor de todos los vicios? Puede, pues, decirse con toda razón que la felicidad perfecta ha de estar libre del aguijón del temor y de la tristeza; pero ¿quién puede sostener, sino el que esté apartado totalmente de la verdad, que no ha de haber allí amor y gozo? En cambio, si la ἀπάθεια tiene lugar cuando no cause espanto ni miedo alguno ni angustie ningún temor, hay que excluirla de esta vida si queremos vivir rectamente, esto es, según Dios; habrá que esperarla, por supuesto, en la otra feliz, que se promete para siempre.

5. El temor de que habla el apóstol San Juan: En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor75; ese temor -digo- no es de la condición de aquel que hacía temer al apóstol Pablo que los corintios se dejaran seducir por la astucia de la serpiente76; este temor es propio de la caridad; es más, sólo lo tiene la caridad. En cambio, aquel temor es de tal calidad que no existe en la caridad, y de él dice el Apóstol: No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor77; aquel otro temor casto que permanece por todos los siglos78, si permanece incluso en el siglo futuro (¿cómo, si no, puede entenderse «permanecer por todos los siglos»?), no es un temor que aparte del mal que puede sucedernos, sino que nos mantiene en el bien que no puede perderse. Pues cuando el amor del bien logrado es inmutable, el temor de precaver el mal, si se puede hablar así, está libre de inquietud.

En efecto, con el nombre de temor casto se alude a aquella voluntad de que tenemos necesidad para no querer pecar y evitar el pecado, no por la inquietud que da la debilidad ante el miedo al pecado, sino por la tranquilidad que produce la caridad. Si no puede haber temor alguno en aquella seguridad certísima de los gozos perpetuos y felices, el pasaje el temor casto, que permanece por todos los siglos, viene a ser como este otro: No quedará frustrada para siempre la paciencia de los pobres79, porque no será eterna la paciencia, que no es necesaria donde no hay nada que sufrir, sino que será eterno el fruto de la paciencia. De esta manera quizá se dijo que el temor casto permanece por todos los siglos, porque ha de permanecer aquello adonde nos lleva el mismo temor.

6. Siendo esto así, como hay que emprender una vida recta para llegar a la vida feliz, todos estos afectos son rectos en una vida recta, y perversos en una vida perversa. Y la vida feliz y a la vez eterna tendrá un amor y un gozo no sólo recto, sino también seguro, sin temor ni dolor alguno. Así ya aparece cómo deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la ciudad de Dios, viviendo según el espíritu, no según la carne, es decir, según Dios, no según el hombre, y cómo han de ser también en aquella inmortalidad a la que caminan.

A su vez, la ciudad, la sociedad de los impíos que viven no según Dios, sino según el hombre, y que siguen las doctrinas de los hombres o de los demonios en el mismo culto de la divinidad falsa o en el menosprecio de la verdadera, esa ciudad siente las sacudidas de estos malos afectos, como otros tantos latigazos de enfermedades y perturbaciones. Y si algunos de sus ciudadanos parece que moderan esos movimientos y, en cierto modo, los suavizan, llegan en su impiedad a tal soberbia y arrogancia que por eso mismo se sienten tanto más hinchados cuanto disminuyen sus dolores. Y si otros, con tanto más desaforada cuanto extraña vanidad, llegan a amar en sí mismos el no sentirse levantados o excitados, doblegados o inclinados por ningún afecto, en ese caso llegan más bien a despojarse de su humanidad que a conseguir verdadera tranquilidad. La dureza no es rectitud ni es salud la insensibilidad.

CAPÍTULO X

¿Se debe pensar que los primeros puestos en el Paraíso no estaban afectados por ninguna perturbación antes de pecar?

Justamente se pregunta si el primer hombre o los primeros hombres (ya que el matrimonio era de dos) tenían en el cuerpo animal antes del pecado los sentimientos que no tendremos nosotros en nuestro cuerpo espiritual una vez acabado y purificado el pecado. Si los tenían, ¿cómo eran felices en aquel memorable lugar de felicidad, esto es, en el Paraíso? ¿Quién puede ser tenido por totalmente feliz si le amarga algún temor o dolor? ¿Y qué podían temer o lamentar aquellos hombres en semejante abundancia de bienes tan grandes, en que ni se temía la muerte ni enfermedad alguna del cuerpo, en que no faltaba cosa alguna que pudiera conseguir la buena voluntad, ni había nada que lastimase la carne o el ánimo del hombre que vivía felizmente? Reinaba allí un amor sereno a Dios y de los cónyuges entre sí, viviendo en una leal y sincera compañía. De este amor procedía un inmenso gozo, sin decaer el objeto del amor y causa del gozo. Se evitaba con tranquilidad el pecado, y al evitarlo, no surgía de otra parte mal alguno que pudiera contristarlos. ¿Deseaban acaso tocar al árbol prohibido para comer, pero temían el morir, y por eso el temor y el miedo los perturbaba ya en aquel lugar? Lejos de nosotros el pensar esto cuando no había aún pecado alguno. Pues no deja de haber pecado en desear lo que prohíbe la ley de Dios, absteniéndose de ello por el temor de la pena, no por amor a la justicia. Lejos -repito- de nosotros el pensar que antes de todo pecado ya hubo tal pecado, el admitir acerca del árbol lo que dijo el Señor sobre la mujer: Si alguien mirare a una mujer con mal deseo, ya adulteró en su corazón80.

Por tanto, como eran felices los primeros hombres, sin sentirse agitados por las perturbaciones del ánimo ni lastimados por las molestias de los cuerpos, lo hubiera sido también toda la sociedad humana si ellos no hubieran cometido el mal que transmitieron a sus descendientes, u otro alguno de su linaje hubiera cometido la iniquidad que mereciera condenación, y permaneciendo esa felicidad hasta que por la bendición -Creced y multiplicaos81- se completara el número de los santos predestinados, se les daría otra felicidad más grande, la que se les dio a los felicísimos ángeles. Allí habría ya una cierta seguridad de que nadie había de pecar ni de morir; y la vida de los santos, sin haber experimentado trabajo, dolor ni muerte alguna, había de ser tal cual lo será después de todo esto en la incorrupción de los cuerpos, cuando sea otorgada la resurrección a los muertos.

CAPÍTULO XI

Caída del primer hombre, en quien la naturaleza, creada buena, fue corrompida, y no puede ser reparada sino por su autor

1. Como Dios lo sabe todo de antemano, y no pudo ignorar que el hombre había de pecar, hemos de concebir la ciudad santa según lo que dispuso Él en ese conocimiento, no según lo que no alcanza el nuestro, porque no fue ésa la disposición de Dios. Ciertamente, el hombre, con su pecado, no pudo perturbar el plan divino, obligándolo, en cierto modo, a cambiar lo que había establecido. Dios, con su presciencia, había previsto uno y otro extremo: lo malo, que había de ser el hombre, creado por Él bueno, y el bien que Él había de sacar de ese mal. Pues aunque se dice que Dios cambia lo establecido (y así en las santas Escrituras se lee metafóricamente que Dios se arrepiente)82, se afirma eso según lo que había esperado el hombre, o según se desarrolla el orden de las causas naturales, no según lo que el Omnipotente sabía de antemano que había de hacer.

Creó Dios al hombre recto, como está escrito, y por ello con una voluntad buena83. Así, la voluntad buena es obra de Dios, el hombre fue creado por ella. En cambio, la primera voluntad mala, puesto que precedió a todas las obras malas del hombre, ha sido, mejor que una obra, una deserción de la obra de Dios hacia las suyas propias. Por eso son malas las obras, porque son según el hombre, no según Dios; de suerte que es la voluntad, o quizá mejor el hombre, por su mala voluntad, como el árbol malo de esas obras, de esos frutos malos. A su vez, la mala voluntad, aunque no sea por naturaleza, sino contra la naturaleza, ya que es un vicio, es, sin embargo, de la misma naturaleza que el vicio, que no puede existir sino en una naturaleza; pero ha de ser en la naturaleza que creó de la nada, no en la que engendró de sí mismo el Creador, como engendró la Palabra por medio de la cual fueron hechas todas las cosas. Cierto que al hombre lo formó Dios del polvo de la tierra; pero la misma tierra, y toda la materia terrena, fue creada de la nada, y al ser hecho el hombre, dotó al cuerpo de un alma creada de la nada.

Hasta tal punto los males son superados por los bienes que, aunque se tolere su existencia para demostrar cómo puede servirse de ellos para el bien la justicia providentísima del Creador, pueden, pese a ella, existir los bienes sin los males, como existe el mismo y verdadero supremo Dios, como toda creatura celeste, visible e invisible, sobre este aire caliginoso. En cambio, no pueden existir los males sin los bienes, porque las naturalezas en que se encuentran, ya en cuanto naturalezas, son un bien. Se suprime, pues, el mal, no quitando alguna naturaleza sobreañadida o alguna de sus partes, sino sanando y reparando la que había sido viciada, corrompida. De suerte que el albedrío de la voluntad es libre cuando no se somete a los vicios y a los pecados. Así fue dado por Dios; y si se pierde por vicio propio no puede ser devuelto sino por quien pudo ser dado. Por eso dice la Verdad: Sólo si el Hijo os da la libertad seréis realmente libres84. Que es lo mismo que si dijera: «Si el Hijo os salva, estaréis verdaderamente salvados». Es el libertador, porque es el salvador.

2. Así vivía el hombre, según Dios, en el Paraíso, tanto corporal como espiritual. Porque no había paraíso corporal por los bienes del cuerpo, sin serlo espiritual por los del alma; como no había paraíso espiritual para gozo de los sentidos interiores sin paraíso corporal para gozo de los exteriores. Existían uno y otro para un doble gozo.

Fue arrojado del Paraíso aquel ángel soberbio -y envidioso por ello- apartado de Dios por su soberbia y vuelto a sí, eligió regodearse con cierta altanería tiránica con súbditos antes que ser él súbdito. De su caída y de la de sus compañeros, quienes de ángeles de Dios se hicieron ángeles suyos, he tratado cuanto me fue posible en los libros undécimo y duodécimo de esta obra. Después se propuso con mal aconsejada astucia insinuarse en los sentidos del hombre, a quien envidiaba por verlo en pie habiendo caído él. Eligió para ello, en el paraíso corporal donde vivían el primer hombre y la primera mujer con los restantes seres animados de la tierra que les estaban sujetos sin causarles daño, eligió -digo- para hablar con ellos a la serpiente, animal escurridizo y de tortuosos movimientos, tan propio para su intento. Y sometiéndola con malicia espiritual, valiéndose de la presencia angélica y de la superioridad de su naturaleza, abusó de ella como de un instrumento y conversó falazmente con la mujer. Como es lógico, comenzó por la parte inferior de la primera pareja a fin de llegar por sus pasos al todo; pensaba que el hombre no creería fácilmente ni podría ser engañado por el error sino cediendo al error ajeno.

Lo mismo que le sucedió a Aarón, que no se dejó seducir por el pueblo para fabricar el ídolo, sino que lo hizo obligado85; como tampoco es creíble que Salomón prestara servicio a los ídolos arrastrado por el error, sino forzado a semejantes sacrilegios por las caricias femeninas. De este modo se ha de pensar que aquel varón cedió ante su mujer, uno a una, el hombre al hombre, el cónyuge a la cónyuge, para transgredir la ley de Dios, no como si creyera por la seducción a la que hablaba, sino por la relación familiar que los unía. No dijo sin razón el Apóstol: A Adán no lo engañaron, fue la mujer quien se dejó engañar86, queriendo dar a entender que aquélla aceptó como verdad lo que le dijo la serpiente, y él, en cambio, no quiso separarse de su mujer ni aun en la complicidad del pecado. Y no fue por esto menos culpable, ya que pecó a ciencia y conciencia. Por eso no dijo el Apóstol: «No pecó», sino: No lo engañaron. Lo confirma donde dice: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y luego más claramente: Cometiendo un delito como el de Adán87. Tiene él por seducidos a los que hacen lo que no piensan ser pecado; pero Adán lo sabía. ¿Cómo, si no, sería verdad: a Adán no lo engañaron? Cierto, quizá desconocedor de la severidad divina, pudo equivocarse teniendo por venial el pecado cometido. Y según esto no fue seducido como lo fue la mujer, sino que fue engañado, como hay que interpretar lo que diría luego: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto y comí88. ¿Para qué más? Aunque no fueron ambos engañados creyendo, fueron ambos apresados y envueltos en los brazos del diablo.

CAPÍTULO XII

Gravedad del primer pecado cometido por el hombre

Puede preocuparle a alguien por qué no sufre un cambio la naturaleza humana por otros pecados, como se cambió por la prevaricación de los dos primeros hombres, hasta quedar sometida a la corrupción que vemos y sentimos, incluso a la muerte, y verse perturbada y fluctuante entre tantas y tan grandes tendencias contrarias entre sí, como no lo había sido en el Paraíso antes del pecado, aunque estaba en cuerpo animal. Si a alguien le preocupa esto -repito-, no debe tener por tan leve y pequeña la falta cometida, porque consistió en un alimento, no malo ni nocivo de por sí, sino por estar prohibido. Ni Dios iba a crear o poner algún mal en un lugar de felicidad tan grande. Lo que se recomendó en el precepto fue la obediencia, virtud que en la criatura racional es como la madre y tutora de todas las virtudes, ya que esa criatura fue creada en tal condición que le es ventajoso estar sometida, y perjudicial el hacer su propia voluntad en lugar de la de su creador. Así, este precepto de no comer de un árbol donde había tal abundancia de los demás, tan fácil de cumplir, tan breve para ser retenido en la memoria, sobre todo cuando la concupiscencia aún no resistía a la voluntad, lo que sucedió luego como pena de la transgresión; este precepto -digo- fue violado con tanta mayor injusticia cuanto más fácilmente pudo ser observado.

CAPÍTULO XIII

En la prevaricación de Adán precedió la mala voluntad a la acción mala

1. Comenzaron a ser malos en el interior para caer luego en abierta desobediencia, pues no se llegaría a una obra mala si no hubiera precedido una mala voluntad. Y, a su vez, ¿cuál pudo ser el principio de la mala voluntad sino la soberbia? El principio de todo pecado es la soberbia89. Y ¿qué es la soberbia sino el apetito de un perverso encumbramiento? El encumbramiento perverso no es otra cosa que dejar el principio al que el espíritu debe estar unido y hacerse y ser, en cierto modo, principio para sí mismo. Tiene esto lugar cuando se complace uno demasiado en sí mismo. Y se complace así cuando se aparta de aquel bien inmutable que debió agradarle más que él a sí mismo. Cierto que este defecto es espontáneo, porque si la voluntad permaneciera estable en el amor del bien superior inmutable, que la ilustraba para ver y la encendía para amar, no se apartaría para agradarse a sí misma, ni por su causa se entenebrecería y languidecería; así ni ella hubiera creído que la serpiente decía la verdad, ni él hubiera antepuesto la voluntad de su esposa al mandato de Dios, ni pensaría que traspasaba venialmente el precepto acompañando a su compañera hasta el pecado.

Por consiguiente, no tuvo lugar el mal, la transgresión en el comer del manjar prohibido, sino en el comerlo quienes eran ya malos. Pues no llegaría a ser malo aquel fruto si no procedía de un árbol malo90. Pero el llegar a ser malo el árbol tuvo lugar en contra de la naturaleza, ya que no se hubiera hecho malo sino por el vicio de la voluntad, que es contra la naturaleza. Y no hay naturaleza que pueda ser pervertida por el vicio sino la que ha sido hecha de la nada. El ser naturaleza le viene de Dios, que la hizo; pero el apartarse de lo que es le viene de haber sido hecha de la nada. No se apartó el hombre hasta dejar de existir, sino que, inclinándose hacia sí, quedó reducido a menos de lo que era cuando estaba unido al que es en grado sumo. Al dejar a Dios y quedarse en sí mismo, esto es, complacerse a sí mismo, no equivale a ser nada, pero sí a acercarse a la nada. De ahí que los soberbios se llaman en las santas Escrituras con otro nombre, los que se complacen en sí mismos91.

Ciertamente es bueno tener el corazón hacia arriba, pero no hacia sí mismo -lo que es propio de la soberbia-, sino hacia Dios, lo cual es propio de la obediencia, que no puede ser sino de los humildes. Levanta así la humildad de un modo maravilloso el corazón, y la soberbia lo abate. Puede parecer un contrasentido que la elevación rebaje y la humildad ensalce. No, la humildad religiosa somete a uno al superior, y nada hay más alto que Dios; por eso enaltece la humildad, porque nos hace súbditos de Dios. En cambio, la elevación es un vicio precisamente por rehusar la sumisión, alejándose del que ya no tiene algo superior, y por eso se abaja más, cumpliéndose lo que está escrito: Los derribaste cuando más se elevaban92. No dice «cuando se habían levantado», como si primero se levantaran y luego fueran derribados, sino que cuando se elevaban, fueron derribados. Precisamente porque el mismo levantarse es ya ser derribados.

De ahí viene el que ahora, en este mundo de peregrinación, se recomiende, sobre todo a la ciudad de Dios, la humildad y se proclame de un modo especial en su rey, Cristo. En las sagradas letras se nos enseña que el vicio de la soberbia, contrario a esa virtud, domina, sobre todo, en su adversario, el diablo. Sin duda, ésta es la gran diferencia entre las dos ciudades de que hablamos: la una, sociedad de los hombres que viven la religión; la otra, de los impíos; cada una con los ángeles propios, en los que prevaleció el amor de Dios o el amor de sí mismos.

2. No hubiera, pues, el diablo sorprendido al hombre en el pecado claro y manifiesto de hacer lo que Dios había prohibido si él mismo no hubiera ya comenzado a complacerse a sí mismo. De ahí que le halagara aquel seréis como dioses93. Y hubieran podido ser mejores uniéndose por la obediencia al supremo y soberano principio, no constituyéndose a sí mismos en principio por soberbia. Los dioses creados no son dioses por su verdad, son dioses por la participación del verdadero Dios. Apeteciendo ser más, se es menos, y al querer bastarse uno a sí mismo, se aparta de Aquel que verdaderamente le basta. De suerte que aquel mal que, al complacerse el hombre a sí mismo, como si él fuera luz, lo aparta de la luz que, al agradarle, lo hace a sí mismo luz; aquel mal -digo- precedió allá en lo escondido, de suerte que siguió este mal que se cometió abiertamente. Pues es verdad lo que está escrito: Antes de la caída, el corazón se exalta, y antes de la gloria, se humilla94. La caída que tiene lugar en lo escondido precede a la que tiene lugar abiertamente, aunque no se la tenga por caída a la primera. ¿Quién tiene por caída la exaltación? Y ya hay allí una caída en el hecho de abandonar al Excelso. Y ¿quién no ve la caída en la transgresión evidente e indudable del mandato? Dios prohibió lo que una vez cometido no podía encontrar pretexto alguno que lo excusase. Y aún me atrevo a decir que les es útil a los soberbios caer en algún pecado claro y manifiesto a fin de que experimenten displicencia, disgusto de sí mismos; ellos, que habían caído precisamente por complacerse a sí mismos. Sin duda que Pedro sintió un disgusto más saludable cuando lloró, que la complacencia que tuvo con su presunción95. Esto dice también el salmo sagrado: Cúbreles el rostro de ignominia para que busquen tu nombre, Señor96, es decir, para que se complazcan en buscar tu nombre los que se habían complacido buscando el suyo.

CAPÍTULO XIV

Soberbia de la transgresión, que fue más grave que la transgresión misma

Más grave todavía y condenable es la soberbia, que incluso en los pecados manifiestos busca la excusa del subterfugio, como la buscaron aquellos primeros. Así, dijo la mujer: La serpiente me engañó y comí; y el hombre: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto y comí97. No se oye aquí la petición de perdón ni la solicitud por la medicina. Aunque no nieguen, como Caín, lo que cometieron98, todavía la soberbia trata de cargar sobre el otro el mal que hizo: la soberbia de la mujer sobre la serpiente; la soberbia del hombre sobre la mujer. Pero cuando hay transgresión clara del mandamiento divino, la excusa es más bien una acusación. No dejaron de cometer esa transgresión porque la cometiera la mujer aconsejada por la serpiente, y el hombre por dárselo la mujer; como si se pudiera anteponer algo a Dios, a quien se debe creer y obedecer.

CAPÍTULO XV

Justicia de la sanción que recibieron los primeros hombres por su desobediencia

1. Despreció el hombre el mandato de Dios, que lo había creado, lo había hecho a su imagen y le había encomendado los restantes animales; le había colocado en el Paraíso y suministrado abundancia de todas las cosas y de salud; le había impuesto también preceptos, no muchos, ni grandes, ni difíciles, añadiendo uno brevísimo y ligerísimo con que garantizar una saludable obediencia: por él recordaba a la criatura -a quien tan bien cuadraba una libre servidumbre- que él era el Señor. Siguió a esto una justa condenación. De tal calidad que el hombre que, cumpliendo el mandato, había de ser espiritual incluso en la carne, quedaba convertido en carnal incluso en el espíritu; y como se había complacido en sí mismo con su soberbia, fuera entregado a sí mismo por la justicia de Dios. No precisamente para ser dueño de sí mismo, sino para que, en desacuerdo consigo mismo, arrastrara subyugado a aquel con quien estuvo de acuerdo al pecar, una esclavitud dura y miserable en lugar de la libertad que había apetecido; muerto voluntariamente en el espíritu, condenado a morir involuntariamente en el cuerpo; desertor de la vida eterna, condenado también con la muerte eterna si no había gracia que lo librara.

Si alguien piensa que esta condenación es excesiva o injusta, muestra bien claro que no sabe apreciar la enormidad de la maldad al pecar cuando tal era la facilidad de evitar el pecado. Así como merecidamente se pregona la gran obediencia de Abrahán99, pues se le había mandado una cosa tan difícil como lo es dar muerte a su hijo; de la misma manera, tanto mayor fue la desobediencia en el Paraíso cuanto no había dificultad alguna en lo que se mandaba. Y como la obediencia del segundo fue más digna de ser celebrada, porque fue obediente hasta la muerte100, así la desobediencia del primero fue tanto más detestable cuanto que se hizo desobediente hasta la muerte. Cuando se intima un gran castigo a la desobediencia y lo mandado por el Creador es fácil, ¿quién puede describir cumplidamente la gravedad de la desobediencia en cosa tan fácil mandada por potestad tan soberana y que amenaza con castigo tan grande?

2. En fin, para decirlo en pocas palabras, ¿cuál fue la pena de este pecado sino la desobediencia a la desobediencia? ¿Qué otra es la miseria del hombre sino la desobediencia de él contra sí mismo, de suerte que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede? En el Paraíso, aunque no lo podía todo antes del pecado, tampoco se le antojaba lo que no podía. Así estaba en su poder todo lo que quería. En cambio, ahora, como lo conocemos en su linaje, y lo atestigua la divina Escritura, el hombre es igual que un soplo101. ¿Quién podrá contar cuántas cosas quiere que no puede, al no obedecerse él a sí mismo, a su voluntad, a su misma alma, incluso a su carne, que le es inferior? Contra su misma voluntad se le turba tantas veces el ánimo, le duele la carne, envejece y muere, y sufrimos tantas cosas que no sufriríamos a la fuerza si nuestra naturaleza obedeciera a nuestra voluntad de todas las formas y en todas sus partes. La carne padece también algo que no la deja obedecer. ¿Qué interesa el por qué mientras nuestra carne, que había estado sujeta por la justicia del Dios dominador, a quien no quisimos servir sumisos, nos es enojosa al no sernos obediente? Nosotros, desobedeciendo a Dios, podremos ser molestos a nosotros mismos, no a Él. No necesita Él ciertamente de nuestro servicio como necesitamos nosotros del servicio del cuerpo; por eso es castigo nuestro lo que recibimos, no castigo suyo lo que hicimos.

Además, los que llamamos dolores de la carne son dolores del alma, que siente en la carne y proceden de la carne. ¿Acaso puede la carne dolerse de algo o desear algo sin el alma? Lo que se dice desear o dolerse la carne, o es el mismo hombre, como lo dejamos ya tratado, o alguna parte del alma, que se siente afectada por una pasión, ya áspera, que le causa dolor, ya agradable, que le causa placer. Pero el dolor de la carne no es sino un choque del alma procedente de la carne y cierto desacuerdo con esa pasión; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desacuerdo con las cosas que nos suceden sin querer. En cambio, la tristeza está precedida, generalmente, del miedo, que, a su vez, está en el alma, no en la carne. Por lo que toca al dolor de la carne, no está precedido de miedo alguno de la carne, que se pueda sentir en la carne antes del dolor.

Pero el placer está precedido de cierta apetencia sentida en la carne como pasión suya, como pueden ser el hambre y la sed, y la llamada concupiscencia, nombre aplicado comúnmente a la de los órganos genitales, aunque es vocablo general de toda apetencia. En efecto, de la misma ira dijeron los antiguos que no es otra cosa que el deseo de venganza. Aunque a veces el hombre, aun sin sentido alguno de venganza, se encoleriza con las mismas cosas inanimadas: por ejemplo, raspa airado el punzón que escribe mal o rompe la pluma; bien que esto mismo, aunque parezca irracional, es una especie de deseo de venganza y cierta, digamos, sombra de justicia: el que hace el mal, que lo pague. Por consiguiente, hay un deseo de venganza que recibe el nombre de ira; otro deseo de tener dinero, que se llama avaricia; otro de vencer a toda costa, que se llama pertinacia, y otro de gloriarse, llamado jactancia. Hay variados y múltiples deseos, algunos con sus vocablos propios y otros sin ellos. ¿Quién puede decir fácilmente cómo se llama el ansia de dominar, de cuyo inmenso poder en los ánimos de los tiranos dan testimonio las guerras civiles?

LA CIUDAD DE DIOS

CONTRA PAGANOS

Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA

LIBRO XIV

[El pecado y las pasiones]

CAPÍTULO I

Por la desobediencia del primer hombre, si la gracia de Dios no librara a muchos, llegarían todos a la perpetuidad de la segunda muerte

Dijimos ya en los libros anteriores cómo Dios quiso formar a la Humanidad a partir de un solo hombre. Pretendió no sólo unir a los hombres por la semejanza de la naturaleza, sino también estrecharlos con el vínculo de la paz en unanimidad concorde por vínculos de consanguinidad. También tenía determinado que ese linaje no moriría en cada uno de sus miembros si los dos primeros, creados el uno de la nada y el otro del primero, no se hubiesen hecho acreedores a la muerte por la desobediencia. Tan grave fue el pecado cometido, que la naturaleza humana quedó deteriorada y transmitió a la vez a sus sucesores la esclavitud del pecado y la necesidad de la muerte.

Tal fue el señorío que el reino de la muerte alcanzó sobre todos los hombres, que la pena debida los precipitaba a todos también en la segunda muerte, una muerte sin fin si la gracia de Dios no librara a algunos. He aquí a lo que ha dado lugar este hecho: habiendo tantas y tan poderosas naciones esparcidas por el orbe de la Tierra con diversos ritos y que se distinguen por la múltiple variedad de lenguas, no existen más que dos clases de sociedades humanas que podemos llamar justamente, según nuestras Escrituras, las dos ciudades. Una, la de los hombres que quieren vivir según la carne, y otra, la de los que pretenden seguir al espíritu, logrando cada una vivir en su paz propia cuando han conseguido lo que pretenden.

CAPÍTULO II

La vida carnal procede no sólo de los vicios

del cuerpo, sino también de los del alma

1. Ante todo, ha de esclarecerse qué significa vivir según la carne y qué según el espíritu. Quien mira superficialmente lo que acabamos de decir, o sin recordar el lenguaje de las santas Escrituras, o prestándole menos atención, puede pensar que los filósofos epicúreos viven según la carne al poner el supremo bien del hombre en el placer del cuerpo; y lo mismo los demás filósofos que hayan tenido de algún modo el bien del cuerpo como el bien supremo del hombre; igualmente toda la turbamulta de los que sin creencia alguna siguen esa filosofía, y siendo proclives a la pasión carnal, no conocen otro placer que el percibido por los sentidos corporales. En cambio, ése mismo pensará que viven según el espíritu los estoicos, que colocan el supremo bien del hombre en el espíritu, ya que no es otra cosa el alma del hombre sino espíritu.

Pero, según habla la Escritura, todos ellos manifiestamente viven según la carne. Llama carne no sólo al cuerpo del ser vivo terreno y mortal, como cuando dice: Todas las carnes no son lo mismo; una cosa es la carne del hombre, otra la del ganado, otra la de las aves y otra la de los peces1. Usa también de esta palabra en otros muchos sentidos, entre los cuales llama carne con frecuencia al mismo hombre; esto es, la naturaleza del hombre, tomando la parte por el todo, como cuando dice: Ninguna carne será justificada por las obras de la ley2. ¿Qué quiso se entendiera, sino todo hombre? Lo dice luego un poco más claro: Por la ley nadie se rehabilita ante Dios3. Y en la misma Carta a los Gálatas: Sabiendo que ningún hombre es rehabilitado por observar la ley4. Así se entiende también: El Verbo se hizo carne5; esto es, hombre. Lo cual interpretaron mal algunos y pensaron que a Cristo le faltó el alma humana. Como también se toma el todo por la parte cuando en el Evangelio se leen las palabras de María Magdalena al decir: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto6; donde en realidad habla de sola la carne de Cristo, que pensaba habían llevado del monumento, donde fue sepultada. Así, el todo es tomado por la parte, y al nombrar la carne se entiende el hombre, como lo atestiguan los pasajes citados.

2. Por consiguiente, ya que la divina Escritura nombra la carne de muchas maneras, que es difícil escudriñar y reunir, para poder investigar qué es vivir según la carne (lo que ciertamente es malo, sin ser mala la carne por naturaleza) tratemos de penetrar con diligencia el pasaje de la carta de San Pablo a los Gálatas, donde dice: Las acciones que proceden de la carne son conocidas: lujuria, inmoralidad, libertinaje, idolatría, magia, enemistades, discordia, rivalidad, arrebatos de ira, egoísmos, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que se dan a eso no heredarán el reino de Dios7.

Todo este pasaje de la carta apostólica, considerado en lo que se refiere a la cuestión presente, podrá resolvernos qué se entiende por vivir según la carne. Pues entre las obras de la carne, que dijo eran manifiestas y mencionó condenándolas, no encontramos solamente las que pertenecen al placer de la carne, como las fornicaciones, inmundicias, lujuria, borracheras, comilonas, sino también aquellas otras que denuncian los vicios del alma ajenos al placer de la carne. ¿Quién no ve que se aplica más bien al espíritu que a la carne el culto de los ídolos, las disensiones, herejías, envidias? Puede uno, en realidad, abstenerse de los placeres de la carne por la idolatría o algún error herético; y aún entonces el hombre, aunque al parecer domina y reprime los placeres de la carne, queda convicto por la autoridad apostólica de vivir según la carne; y en ese mismo abstenerse de sus placeres, queda también convicto de llevar a cabo las obras condenables de la carne. ¿Quién no tiene enemistades en su espíritu? O ¿quién hablando a un enemigo real o supuesto le dice: «Tienes mala carne contra mí», y no mejor: «Tienes mal ánimo contra mí»? Finalmente, lo mismo que si alguien oye hablar, por así decirlo, de carnalidades, no duda en atribuírselas a la carne; así tampoco duda nadie en atribuir las animosidades al espíritu. ¿Por qué entonces el Doctor de los gentiles, guiado por la fe y por la verdad, llama obras de la carne a todas éstas y a otras semejantes, sino porque en ese estilo, en que el todo queda significado por la parte, quiere significar al mismo hombre con el nombre de carne?

CAPÍTULO III

La causa del pecado procede del alma, no de la carne,

y la corrupción contraída por el pecado no es pecado, sino pena

1. Si dice alguien que la carne es la causa de todos los vicios del mal vivir, ya que el alma, influida por la carne, vive viciosamente, bien claro demuestra que no presta diligente atención a toda la naturaleza del hombre. Cierto que el cuerpo mortal es lastre del alma8. Y por eso también el Apóstol, tratando de este cuerpo corruptible, del cual poco antes había dicho: Aunque nuestro exterior va decayendo9, dice: Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edificio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo, no construido por hombres; y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que, al quitarnos ésta, no quedamos desnudos del todo. Sí, los que vivimos en tienda suspiramos abrumados porque no querríamos quitarnos lo que tenemos puesto, sino vestirnos encima, de modo que lo mortal quede absorbido por la vida10. Así que somos abrumados por el cuerpo corruptible, y conociendo que la causa de este peso no es la naturaleza y la sustancia del cuerpo, sino su corrupción, no queremos despojarnos del cuerpo, sino vestirnos de su inmortalidad. Aún existirá entonces el cuerpo, pero no será ya corruptible, ya no abrumará. El cuerpo mortal, pues, es ahora lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente pensativa11. No obstante, están en error quienes piensan que todos los males del alma proceden del cuerpo.

2. Es verdad que Virgilio parece expresar en elegantes versos la opinión de Platón al decir: «Esas emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y su celeste origen mientras no están cautivadas en toscos cuerpos y no las embotan terrenas ligaduras y miembros destinados a morir». Incluso añade, queriendo dar a entender que todas esas perturbaciones tan conocidas del ánimo, el deseo y el temor, la alegría y la tristeza, como fuentes de todos los vicios y pecados, proceden del cuerpo: «Por eso temen y desean, padecen y gozan; por eso no ven la luz del cielo, encerradas en las tinieblas de oscura cárcel».

Pero nuestra fe es muy diferente. La corrupción del cuerpo, que agrava el alma, no es la causa del primer pecado, sino su castigo; la carne corruptible no hizo pecadora al alma, sino que el alma pecadora es la que hizo a la carne corruptible. Y aunque existen, procedentes de la carne, ciertos incentivos de los vicios, y aun los deseos viciosos, no deben atribuirse, sin embargo, a la carne todos los vicios de una vida inicua, no sea que vayamos a eximir de todos ellos al diablo, que no tiene carne. Cierto que no se puede atribuir al diablo la fornicación ni la embriaguez, ni cualquier otro mal que tenga relación con los placeres de la carne, aunque sea fomentador e instigador oculto de tales pecados; pero sí tiene en grado sumo la soberbia y la envidia. Y de tal modo se enseñoreó de él esa perversidad, que por ella fue destinado al suplicio eterno en las mazmorras de este aire caliginoso.

Los vicios que tienen la primacía en el diablo los atribuye el Apóstol a la carne12, de la que ciertamente carece el diablo. Dice que las enemistades, los pleitos, las rivalidades, las animosidades, las envidias son obras de la carne, y la cabeza y origen de todos estos males es la soberbia, que sin carne reina en el diablo. Y ¿quién hay más enemigo que él de los santos?; ¿quién más porfiado, más animoso y más hostil contra ellos? Y teniendo todo esto sin carne, ¿cómo son esos vicios obra de la carne, sino porque son obras del hombre, a quien, como dije, denomina con el nombre de carne? Porque el hombre se ha hecho semejante al diablo no por tener carne, que no tiene el diablo, sino viviendo según él mismo, esto es, según el hombre. También aquél quiso vivir según él mismo, cuando no permaneció en la verdad, de suerte que al mentir, no habló de parte de Dios, sino de su propia cosecha, ya que no es sólo mentiroso, sino también padre de la mentira13. Él fue el primero en mentir, y siendo el primero en pecar, fue también el autor de la mentira.

CAPÍTULO IV

Qué es vivir según el hombre y qué es vivir según Dios

1. Cuando el hombre vive según el hombre, y no según Dios, es semejante al diablo. Ni siquiera el ángel debió vivir según el ángel, sino según Dios, para mantenerse en la verdad y hablar la verdad que procede de Dios, no la mentira, que nace de su propia cosecha. Del hombre dice el mismo Apóstol en otro lugar: Si es que se manifestó la verdad de Dios en mi mentira14. Llamó a lo mío mentira, y verdad a lo de Dios. Y así, cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo, sino según Dios, pues es Dios quien dijo: Yo soy la verdad15. Pero cuando vive según él mismo, según el hombre, no según Dios, vive según la mentira. No se trata de que el hombre mismo sea la mentira, puesto que tiene por autor y creador a Dios, quien no es autor ni creador de la mentira. La realidad es que el hombre ha sido creado recto no para vivir según él mismo, sino según el que lo creó. Es decir, para hacer la voluntad de aquél con preferencia a la suya. Y el no vivir como lo exigía su creación constituye la mentira.

Quiere ser feliz sin vivir de la manera que podía serlo. ¿Hay algo más mentiroso que esta voluntad? No en vano puede afirmarse que todo pecado es una mentira. No se comete un pecado sino queriendo que nos vaya bien o rehuyendo que nos vaya mal. Tiene, pues, lugar la mentira cuando, intentando buscar algún bien, eso mismo nos resulta mal, o cuando procurando buscar algo mejor, nos resulta, en cambio, peor. ¿De dónde procede esto? De que el bien le viene al hombre de Dios, a quien abandona por el pecado. No le viene de sí mismo, pues si vive según él mismo, peca.

2. Hemos dicho que de ahí procedía la existencia de dos ciudades diversas y contrarias entre sí: unos viven según la carne, y otros según el espíritu. Esto equivale a decir que viven unos según el hombre y otros según Dios. Lo dice con toda claridad San Pablo a los corintios: Mientras haya entre vosotros rivalidad y discordia, ¿no está claro que sois carnales y procedéis según el hombre?16 Proceder según el hombre es ser carnal, ya que por la carne, es decir, por una parte del hombre se entiende el hombre. Llamó, en efecto, más arriba animales a los que después llama carnales diciendo: ¿Quién conoce a fondo la manera de ser del hombre, si no es el espíritu del hombre que está dentro de él? Pues lo mismo: la manera de ser de Dios nadie la conoce si no es el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios; así conocemos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Eso precisamente exponemos no con el lenguaje que enseña el saber humano, sino con el que enseña el Espíritu, explicando temas espirituales a hombres de espíritu. Pero el hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu de Dios, le parecen una locura17. Y a éstos, es decir, a esos hombres animales dice poco después: Y así es, hermanos, que yo no he podido hablaros como a hombres espirituales, sino como a carnales18.

También aquí, según ese estilo figurado, se entiende el todo por la parte. Tanto por el alma como por la carne, que son partes del hombre, puede significarse el todo, que es el hombre. Al igual que no se significa otra cosa que hombres cuando se lee: Ninguna carne será justificada por las obras de la ley19; o cuando está escrito: Bajaron con Jacob a Egipto setenta y cinco almas20. En el primer caso, por toda la carne se entiende el hombre, y en el segundo, setenta y cinco hombres por las setenta y cinco almas. También donde se dijo: No con el lenguaje que enseña el saber humano, podía haber dicho: «No con el lenguaje que enseña el saber carnal»; lo mismo que cuando dice: Procedéis según el hombre, podía hacer dicho: «según la carne». Pero esto se evidencia mejor en lo que añadió: Porque diciendo uno: Yo soy de Pablo, y el otro: Yo de Apolo, ¿no os quedáis en ser hombres?21 Las expresiones de antes: Sois animales y sois carnales las expresó con más exactitud: Sois hombres; que quiere decir: vivís según el hombre, no según Dios; si vivierais según Dios, seríais dioses.

CAPÍTULO V

Sobre la naturaleza del cuerpo y del alma, es más tolerable la teoría de los

platónicos que la de los maniqueos; aunque también haya que reprobarla,

porque achacan las causas de los vicios a la naturaleza de la carne

No se puede achacar, con injuria del Creador, nuestros pecados y nuestros vicios a la naturaleza carnal, ya que en su género y en su orden es buena. Lo que no es bueno es dejar al Creador bueno y vivir según el bien creado, ya elija uno vivir según la carne, según el alma o según el hombre total, formado de alma y carne (y por ello se le puede designar sólo con el nombre de alma o sólo con el nombre de carne). Pues quienes alaban la naturaleza del alma como bien supremo, y acusan a la naturaleza de la carne como un mal, apetecen carnalmente el alma y huyen carnalmente de la carne, siguiendo en esto la vanidad humana, no la verdad divina.

Realmente los platónicos no son tan insensatos como los maniqueos, detestando los cuerpos terrenos como malos por naturaleza; afirman que todos los elementos de que está formado este mundo visible y tangible, y todas sus cualidades, tienen a Dios por artífice. A pesar de ello, piensan que las almas están tan afectadas por los órganos y los miembros destinados a la muerte, que de ahí les vienen las enfermedades de las apetencias y de los temores, de la alegría y de la tristeza. Que son las cuatro perturbaciones que llama Cicerón, o las cuatro pasiones, como las llaman otros tomándolo del griego, en que se contiene todo el desorden de las costumbres humanas.

Si ello fuera así, ¿por qué Eneas -dice Virgilio-, habiendo oído a su padre en los infiernos que las almas han de tornar a sus cuerpos, se admira de esta opinión y exclama: «¡Oh padre!, es creíble que algunas almas se remonten de aquí a la tierra y vuelvan por segunda vez a encerrarse en cuerpos materiales? ¿Cómo tienen esos desgraciados tan vehemente anhelo de la luz?». ¿Es posible que, influido por los órganos terrenos y miembros destinados a la muerte, se encuentre ese tan vehemente anhelo en almas cuya pureza se proclama tan alto? ¿No dice que están purificadas de todas sus manchas corpóreas cuando comienzan a querer retornar a sus cuerpos? Consecuencia: aunque fuera verdad extremo tan sin sentido de la purificación y contaminación de las almas que van y vuelven en alternativa incesante, no podría afirmarse verosímilmente que todos los movimientos culpables y viciosos de las almas les vienen de los cuerpos terrenos, ya que según ellos mismos, al decir del ilustre poeta, el vehemente deseo está tan lejos de proceder del cuerpo que, aun estando el alma purificada de toda mancha corpórea y establecida fuera del cuerpo, la apremia a estar de nuevo en el cuerpo. De esta suerte, según su propia confesión, no es sólo la carne la que apremia al alma en las apetencias y el miedo, en la alegría y la tristeza; de ella misma puede proceder la agitación de esos movimientos.

CAPÍTULO VI

Condición de la voluntad humana, de la cual dependen

los afectos malos o buenos del alma

Nos interesa conocer cómo es la voluntad del hombre: si es perversa, tendrá esos movimientos perversos, y si es recta, esos mismos movimientos no sólo no serán culpables, sino hasta laudables. En efecto, en todos esos movimientos está la voluntad; mejor aún, todos ellos no son otra cosa que voluntad. ¿Qué es el deseo y la alegría, sino la voluntad encaminada a estar de acuerdo con lo que queremos? Y ¿qué es el miedo y la tristeza, sino el alejamiento de lo que no queremos? Pero recibe el nombre de apetencias cuando en el apetito estamos de acuerdo con lo que queremos; y se llama alegría cuando estamos en el disfrute de esas mismas cosas. Así también, la voluntad se llama miedo cuando rehusamos aquello que no queremos nos suceda; y se llama tristeza cuando rehusamos lo que tenemos presente sin quererlo. En toda la gama de cosas que se apetecen o se rehúyen, a medida que el alma se siente atraída o rechazada, varía o se vuelve a unos u otros afectos.

Por lo cual el hombre que vive según Dios, no según el hombre, necesariamente ama el bien y, como consecuencia, odiará el mal. Y como nadie es malo por naturaleza, sino que el malo lo es por vicio, quien vive según Dios tiene un perfecto odio a los malos; es decir, no odia al hombre por el vicio ni ama el vicio por el hombre, sino que odia al vicio y ama al hombre22. Si se cura el vicio, permanecerá todo lo que debe amar, y nada de lo que debe odiar.

CAPÍTULO VII

Amor y dilección se encuentran en las sagradas letras en el buen sentido y en el malo

1. Quien tiene el propósito de amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo, no según el hombre, sino según Dios, se dice de él, por su amor, que tiene buena voluntad. Ésta, con más frecuencia, se llama caridad en las sagradas letras, aunque también en ellas recibe el nombre de amor. Pues dice el Apóstol que debe ser amante del bien quien sea elegido para gobernar al pueblo23. Y el mismo Señor, preguntando al apóstol Pedro, le dice: ¿Me quieres más que éstos? A lo que Pedro contesta: Señor, Tú sabes que te amo. Le pregunta de nuevo el Señor no si lo amaba, sino si lo quería más, a lo que vuelve a responder Pedro: Señor, Tú sabes que te amo. La tercera vez ya no le preguntó el Señor: «¿Me quieres?», sino: «¿Me amas?». Y entonces continúa el evangelista: A Pedro le dolió que le preguntara tres veces ¿me amas? Y, en realidad, el Señor no había dicho tres veces, sino una sola: ¿Me amas? Las otras dos veces había dicho: ¿Me quieres? Por donde comprendemos que, aun cuando decía el Señor: ¿Me quieres?, no decía otra cosa que: ¿Me amas? En cambio, Pedro no cambió la palabra del mismo significado, sino dijo por tercera vez: Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo24.

2. He juzgado oportuno mencionar esto porque piensan algunos que una cosa es querer o tener caridad, y otra diferente amar. Dicen, en efecto, que querer debe usarse en el buen sentido, y amar en el malo. Pero es absolutamente cierto que ni los autores profanos han hablado en este sentido. Vean, pues, los filósofos si pueden, y con qué fundamento, hacer estas distinciones. Sus mismos libros dan un claro testimonio de que ellos hacen un gran aprecio del amor en las cosas buenas, incluso con respecto al mismo Dios. De todos modos, fue necesario manifestar que las Escrituras de nuestra religión, cuya autoridad anteponemos a cualesquiera otros escritos, no establecen diferencia alguna entre amar, querer y la caridad.

Ya hemos demostrado que el amor también se usa en el buen sentido. Pero para que nadie pueda pensar que amar puede usarse en el buen o mal sentido, y querer sólo en el bueno, preste atención a lo que se dice en el salmo: El que quiere la iniquidad odia su alma25; y también a lo del apóstol Juan: Si alguno quiere al mundo, el Padre no lo quiere a él26. He aquí en un solo lugar el querer en el buen y el mal sentido. Y para que nadie eche de menos el amor en el mal sentido (en el bueno ya lo hemos visto), lea aquel pasaje: Se alzarán hombres amantes de sí mismos, amadores del dinero27.

Por consiguiente, la voluntad recta es el amor bueno, y la voluntad perversa, el amor malo. El amor que codicia tener lo que se ama es la apetencia; en cambio, cuando lo tiene ya y disfruta de ello, tenemos la alegría; si huye de lo que le es adverso, es el temor; y si lo experimenta presente ya, es la tristeza. Así, pues, estas cosas son malas si el amor es malo, y buenas si el amor es bueno.

Demostremos esto por las Escrituras. Desea el Apóstol morir y estar con Cristo28, y se dice también: Arde mi alma en apetencia, deseando tus mandamientos29; o con expresión más propia: La pasión por la sabiduría conduce al reino30. En cambio, el uso del lenguaje ha conseguido que las palabras apetencia o pasión, si no se especifica algo, se entiendan en mal sentido.

La alegría se entiende en el buen sentido; así: Alegraos, justos, y regocijaos en el Señor31. Tú has infundido la alegría en mi corazón32. Me colmarás de alegría con tu presencia33. También el temor lo usa en buen sentido el Apóstol en varios pasajes: Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación34. No te engrías, antes bien vive con temor35. Me temo que igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo36. Ya la tristeza, que Cicerón llama más bien pesadumbre, y Virgilio dolor, al decir: «Tienen dolor y se alegran», surge acerca de ellas una cuestión delicada: si se la puede usar en el buen sentido (yo he preferido usar la palabra «tristeza», porque la pesadumbre y el dolor se encuentran más bien en los cuerpos).

CAPÍTULO VIII

Las tres perturbaciones que dicen los estoicos existen en el ánimo del sabio,

excluyendo el dolor o la tristeza, que no debe tenerse por virtud del ánimo

1. Lo que han llamado los griegos εὐπάθεια (disfrute, buena vida) y Cicerón en latín constantiæ (permanencias) las reducen los estoicos a tres, en lugar de las tres perturbaciones del ánimo del sabio, poniendo la voluntad en lugar del deseo, el gozo por la alegría y la cautela por el temor. En cuanto a la pesadumbre o dolor, que nosotros, para evitar la ambigüedad, hemos preferido llamar tristeza, niegan que pueda existir en el ánimo del sabio. Dicen, en efecto, que la voluntad apetece el bien, practicado por el sabio; el gozo tiene por objeto el bien conseguido, que obtiene el sabio en todas partes; la cautela evita el mal, que debe evitar el sabio. En cambio, la tristeza, cuyo objeto es el mal que ya sucedió, y piensan que ningún mal puede ocurrir al sabio, opinan que nada de esto puede haber en el ánimo del sabio.

Éste es su pensamiento: sólo el sabio quiere, goza, tiene cautela; sólo el necio puede apetecer, alegrarse, temer y entristecerse. Aquellos tres afectos son las permanencias; estos cuatro, las perturbaciones, según Cicerón, y pasiones según otros muchos. Aquellas tres en griego, como ya dije, reciben el nombre de εὐπάθειαι, y las otras cuatro el de πάθη.

Con los recursos a mi alcance he investigado con diligencia si esta manera de hablar halla eco en las Escrituras santas, y encuentro en primer lugar el dicho del profeta: No hay gozo para los malvados, dice el Señor37; dando a entender que los impíos pueden más bien alegrarse que gozar de los bienes, ya que el gozo es propiamente de los buenos y de los hombres religiosos. Luego está lo del Evangelio: Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos38. Con lo cual parece indicar que nadie puede querer algo mal o torpemente, sino apetecerlo. Y aun por la frecuencia del pasaje algunos intérpretes añadieron «bienes», y así lo escriben: Todo el bien que querríais que hicieran los demás por vosotros. Así lo creyeron para prevenir que alguien pretenda ser obsequiado con cosas deshonestas, como para no hablar de otras más torpes banquetes lujuriosos, en los cuales él, al corresponderles con cosas semejantes, puede pensar que cumple con este precepto. Pero en el Evangelio griego, de donde se trasladó al latín, no se lee «bienes», sino: Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos. Yo pienso que en la palabra querríais ha intentado decir «bienes», ya que no usa la palabra «apetecéis».

2. Sin embargo, no se debe exigir siempre esa propiedad a nuestro lenguaje, aunque a veces haya que hacer uso de ella. Y cuando leemos los autores a cuya autoridad no hay posibilidad de

oponerse, respetemos esa propiedad donde el sentido recto no encuentre otra salida. Así son estos

pasajes que como muestra hemos mencionado, unos de los profetas y otros del Evangelio.

¿Quién ignora, en efecto, que los impíos se sienten transportados de alegría? Y, sin embargo, no hay gozo para los impíos, dice el Señor. ¿Por qué, sino porque la palabra «gozo» tiene otro sentido cuando se toma en el propio y estricto? Y por la misma razón, ¿quién puede negar que no es justo el mandato, dado a los hombres, de que hagan ellos a los demás lo que quieren que éstos les hagan, a fin de que no se deleiten mutuamente con la torpeza del placer ilícito? Y, con todo, así reza el saludable y verdadero precepto: Todo lo que querríais hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos. Y ¿por qué esto, sino porque en este lugar se ha puesto de una manera propia la voluntad, que no puede usarse en el mal sentido?

En un lenguaje más corriente, que es muy frecuente en la conversación habitual, no se diría: No queráis proferir mentira alguna39, si no pudiera existir la voluntad mala, de cuya maldad se distingue aquella que proclamaron los ángeles: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad40. Sin duda se añadió, por redundancia, «buena», si es que no puede existir sino la buena. ¿Qué excelencia habría cantado el Apóstol sobre la caridad al decir que no se goza de la iniquidad, si no hubiera también precisamente gozo de la maldad?41

No menos entre los autores profanos se estila tal indiferenciación en el uso de estas palabras. Dice el brillante orador Cicerón: «Deseo, senadores, mostrarme clemente». Aunque usa esta palabra «deseo» en el buen sentido, ¿hay alguno tan ignorante que no afirme que debió decir «quiero» y no «deseo»? También en Terencio un adolescente vicioso, ardiendo en desenfrenada lujuria, dice: «No quiero otra cosa que a Filomena». Que esa voluntad era libidinosa nos lo pone de manifiesto la respuesta de un esclavo suyo más anciano; le dice así: «Cuánto mejor sería que intentaras apartar de tu ánimo este amor que excitar inútilmente tu pasión con estas palabras». Y que estos autores usaron también el gozo en el mal sentido nos lo testifica el verso virgiliano que tan concisamente resume estas cuatro perturbaciones: «Por eso temen y desean, se lamentan y se gozan». También cita el mismo autor «los gozos perversos del espíritu».

3. Por tanto, la voluntad, la precaución, el gozo son comunes a los buenos y a los malos; o, para decir lo mismo con otras palabras, les son comunes el deseo, el temor y la alegría; pero unos las practican bien y otros mal, según sea recta o perversa la voluntad de los hombres. La misma tristeza, en sustitución de la cual no admiten nada los estoicos en el ánimo del sabio, es cierto que se encuentra usada en el buen sentido, sobre todo en nuestros autores. Alaba, en efecto, el Apóstol a los corintios porque se entristecieron según Dios. Claro que alguno puede decir que el Apóstol los felicitó porque se entristecieron arrepintiéndose; tristeza que sólo pueden tener los que han pecado. Dice así: Veo que aquella carta os dolió, aunque fue por poco tiempo; pero ahora me alegro no de que sintierais pesar, sino de que ese pesar produjese enmienda. Vuestro pesar fue realmente como Dios quiere, de modo que no salisteis perdiendo nada por causa mía. Porque un pesar como Dios quiere produce una enmienda saludable y sin vuelta atrás; en cambio, el pesar de este mundo procura la muerte. Mirad cómo el hecho de haber sentido pesar como Dios quiere produjo gran empeño en vosotros42.

Con esto pueden los estoicos responder en defensa suya que la tristeza parece útil para arrepentirse de haber pecado. Esto no puede ocurrir en el ánimo del sabio, ya que en él no cabe pecado en cuyo arrepentimiento se entristezca ni otro mal alguno que le cause tristeza al sentirlo o sufrirlo. También se cuenta de Alcibíades (si no me falla la memoria sobre el personaje) que, viéndose feliz, lloró al oír disputar a Sócrates y convencerlo de que era miserable por ser necio. Para éste la necedad fue causa de útil y apetecible tristeza, por la cual el hombre se lamenta de ser lo que no debe. Pero los estoicos no dicen que es el necio, sino el sabio en quien no cabe la tristeza.

CAPÍTULO IX

Las perturbaciones del ánimo, cuyos movimientos rectos

se encuentran en la vida de los justos

1. Por lo que toca a estos filósofos, en lo referente a la cuestión de las perturbaciones del ánimo, ya les hemos respondido en el libro IX de esta obra, demostrándoles que están más ávidos de discusiones que de verdad; se fijan no en la realidad, sino en las palabras. Pero entre nosotros, según las santas Escrituras y la sana doctrina, los ciudadanos de la santa ciudad de Dios, que viven según Dios en la peregrinación de esta vida, temen y desean, se duelen y gozan. Y como su amor es recto, son también rectos estos afectos en ellos. Temen la pena eterna, desean la vida eterna; se duelen al presente, porque aún gimen en sí mismos, esperando la adopción divina y la redención de su cuerpo43; gozan en la esperanza, porque se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida por la victoria44. De igual manera temen pecar, desean perseverar; se duelen de los pecados, gozan en las obras buenas. Temen pecar, porque oyen: Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría45. Desean perseverar al oír lo que está escrito: Quien persista hasta el final se salvará46. Se duelen en los pecados al oír: Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y, además, no llevamos dentro la verdad47. Gozan en las obras buenas cuando oyen: Dios ama al que da con alegría48.

De la misma manera, a tenor de su debilidad o su fortaleza, temen ser tentados o desean ser tentados; se duelen en las tentaciones, gozan en las mismas. Temen ser tentados al oír: Si a un individuo se le sorprendiera en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú49. Y desean ser tentados oyendo a aquel varón fuerte de la ciudad de Dios, que dice: Escrútame, Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón50. Se duelen en las tentaciones al ver llorar a Pedro51; y gozan en las pruebas oyendo decir a Santiago: Teneos por muy dichosos, hermanos míos, cuando os veáis asediados por pruebas de este género52.

2. Claro, no se conmueven por estos afectos mirando sólo a sí mismos, sino también atendiendo a aquellos que desean ver liberados, y temen que perezcan y se duelen si perecen, y gozan si los ven liberados. En efecto, ponen los ojos de su fe con sumo agrado en aquel excelente y fortísimo varón que se gloría en sus debilidades53, por citar, sobre todo nosotros, que hemos pasado de la gentilidad a la Iglesia de Cristo, al Doctor de los gentiles en la fe y en la verdad, que trabajó más que todos sus compañeros de apostolado54 e instruyó con sus numerosas cartas a los pueblos de Dios, no sólo a los que tenía presentes, sino a los que se preveían futuros; miran, digo, a aquel varón, atleta de Cristo, enseñado por Él, ungido de Él55, crucificado con Él56, glorioso en Él, luchando lealmente el gran combate en el teatro de este mundo, hecho espectáculo para los ángeles y para los hombres57, lanzándose a la meta a recoger la palma de la vocación celeste58.

Miran a Pablo, que goza con los que se gozan, llora con los que lloran59 con luchas por fuera y temores por dentro60; que desea deshacerse y estar con Cristo61; que desea ver a los romanos para conseguir algún fruto entre ellos, como entre los demás gentiles62; que siente celo de los corintios, y teme a impulsos de ese celo que sus mentes se aparten del deseo casto de Cristo63; que tiene una gran tristeza y dolor de corazón por los israelitas64, ya que, desconociendo la justicia de Dios, no se someten a ella tratando de suplantarla por la suya65; que manifiesta no sólo su aflicción, sino también su llanto, a algunos que antes habían pecado y no hicieron penitencia de su inmundicia y sus fornicaciones66.

3. Si estos movimientos, si estos afectos buenos, que proceden del amor y de la caridad santa, han de ser llamados vicios, tendremos que admitir que los verdaderos vicios reciben el nombre de virtudes. Pero si esos afectos siguen la recta razón, cuando están puestos en su fin, ¿quién osará llamarlos entonces enfermedades o pasiones viciosas? Por ello, aun el mismo Señor, que se dignó llevar vida humana en forma de siervo, pero sin tener pecado alguno, usó de ellas cuando lo juzgó oportuno. Porque no era falso el afecto humano de quien tenía verdadero cuerpo y verdadero espíritu de hombre. No es, pues, falso lo que se cuenta de Él en el Evangelio: que sintió tristeza e ira por la dureza de corazón de los judíos67, y añadió: Me alegro por vosotros, para que tengáis fe68. Y lo mismo que lloró cuando iba a resucitar a Lázaro69, que deseó comer la Pascua con sus discípulos70, que sintió tristeza en su alma al acercarse la Pasión71. Él, por gracia y designio suyo, aceptó cuando quiso estos movimientos en su espíritu humano, como cuando quiso, se hizo hombre.

4. Tenemos, por consiguiente, que admitir que nuestros afectos, aun siendo rectos y, según Dios quiere, son propios de esta vida, no de la futura que esperamos, y a ellos contra nuestra voluntad cedemos todavía con frecuencia. Así, a las veces, aun sin querer, lloramos, aunque no movidos por culpable apetencia, sino por laudable caridad. Los tenemos por la debilidad de la condición humana; no así el Señor Jesús, dueño hasta de su debilidad. Mientras somos portadores de la debilidad de esta vida, si no tenemos ninguno de ellos, bien se puede decir que no vivimos rectamente. Pues censuraba el Apóstol y detestaba a algunos que dijo estaban sin afecto72. También se lo echó en cara el salmista a aquellos de quienes dice: Espero compasión, y no la hay73. Carecer en absoluto de dolor mientras vivimos en este lugar de miseria, como pensó y expresó alguno de los literatos de este siglo, no sucede sino a costa de un gran precio: la inhumanidad en el espíritu y la insensibilidad en el cuerpo.

En consecuencia, lo que los griegos llaman ἀπάθεια, que podría traducirse por «insensibilidad», debe ser tenida por buena y por excelente si se la entiende (tomándola aquí como propia del ánimo, no del cuerpo) como privación de los afectos que van contra la razón y perturban la mente; pero incluso ésa no es propia de esta vida. No es vocablo propio de hombres cualesquiera, sino de los muy piadosos, muy justos y muy santos: Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y, además, no llevamos dentro la verdad74. Así que la ἀπάθεια sólo existirá cuando no haya en el hombre pecado alguno. Pero al presente ya es vivir bien si se está sin delito, y quien piense estar sin pecado, lo que consigue no es vivir sin pecado, sino sin perdón.

Por otra parte, si se ha de llamar ἀπάθεια al estar el ánimo sin afecto alguno, ¿quién no tendrá a esta insensibilidad por el peor de todos los vicios? Puede, pues, decirse con toda razón que la felicidad perfecta ha de estar libre del aguijón del temor y de la tristeza; pero ¿quién puede sostener, sino el que esté apartado totalmente de la verdad, que no ha de haber allí amor y gozo? En cambio, si la ἀπάθεια tiene lugar cuando no cause espanto ni miedo alguno ni angustie ningún temor, hay que excluirla de esta vida si queremos vivir rectamente, esto es, según Dios; habrá que esperarla, por supuesto, en la otra feliz, que se promete para siempre.

5. El temor de que habla el apóstol San Juan: En el amor no existe temor; al contrario, el amor acabado echa fuera el temor, porque el temor anticipa el castigo; en consecuencia, quien siente temor aún no está realizado en el amor75; ese temor -digo- no es de la condición de aquel que hacía temer al apóstol Pablo que los corintios se dejaran seducir por la astucia de la serpiente76; este temor es propio de la caridad; es más, sólo lo tiene la caridad. En cambio, aquel temor es de tal calidad que no existe en la caridad, y de él dice el Apóstol: No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor77; aquel otro temor casto que permanece por todos los siglos78, si permanece incluso en el siglo futuro (¿cómo, si no, puede entenderse «permanecer por todos los siglos»?), no es un temor que aparte del mal que puede sucedernos, sino que nos mantiene en el bien que no puede perderse. Pues cuando el amor del bien logrado es inmutable, el temor de precaver el mal, si se puede hablar así, está libre de inquietud.

En efecto, con el nombre de temor casto se alude a aquella voluntad de que tenemos necesidad para no querer pecar y evitar el pecado, no por la inquietud que da la debilidad ante el miedo al pecado, sino por la tranquilidad que produce la caridad. Si no puede haber temor alguno en aquella seguridad certísima de los gozos perpetuos y felices, el pasaje el temor casto, que permanece por todos los siglos, viene a ser como este otro: No quedará frustrada para siempre la paciencia de los pobres79, porque no será eterna la paciencia, que no es necesaria donde no hay nada que sufrir, sino que será eterno el fruto de la paciencia. De esta manera quizá se dijo que el temor casto permanece por todos los siglos, porque ha de permanecer aquello adonde nos lleva el mismo temor.

6. Siendo esto así, como hay que emprender una vida recta para llegar a la vida feliz, todos estos afectos son rectos en una vida recta, y perversos en una vida perversa. Y la vida feliz y a la vez eterna tendrá un amor y un gozo no sólo recto, sino también seguro, sin temor ni dolor alguno. Así ya aparece cómo deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la ciudad de Dios, viviendo según el espíritu, no según la carne, es decir, según Dios, no según el hombre, y cómo han de ser también en aquella inmortalidad a la que caminan.

A su vez, la ciudad, la sociedad de los impíos que viven no según Dios, sino según el hombre, y que siguen las doctrinas de los hombres o de los demonios en el mismo culto de la divinidad falsa o en el menosprecio de la verdadera, esa ciudad siente las sacudidas de estos malos afectos, como otros tantos latigazos de enfermedades y perturbaciones. Y si algunos de sus ciudadanos parece que moderan esos movimientos y, en cierto modo, los suavizan, llegan en su impiedad a tal soberbia y arrogancia que por eso mismo se sienten tanto más hinchados cuanto disminuyen sus dolores. Y si otros, con tanto más desaforada cuanto extraña vanidad, llegan a amar en sí mismos el no sentirse levantados o excitados, doblegados o inclinados por ningún afecto, en ese caso llegan más bien a despojarse de su humanidad que a conseguir verdadera tranquilidad. La dureza no es rectitud ni es salud la insensibilidad.

CAPÍTULO X

¿Se debe pensar que los primeros puestos en el Paraíso no estaban afectados

por ninguna perturbación antes de pecar?

Justamente se pregunta si el primer hombre o los primeros hombres (ya que el matrimonio era de dos) tenían en el cuerpo animal antes del pecado los sentimientos que no tendremos nosotros en nuestro cuerpo espiritual una vez acabado y purificado el pecado. Si los tenían, ¿cómo eran felices en aquel memorable lugar de felicidad, esto es, en el Paraíso? ¿Quién puede ser tenido por totalmente feliz si le amarga algún temor o dolor? ¿Y qué podían temer o lamentar aquellos hombres en semejante abundancia de bienes tan grandes, en que ni se temía la muerte ni enfermedad alguna del cuerpo, en que no faltaba cosa alguna que pudiera conseguir la buena voluntad, ni había nada que lastimase la carne o el ánimo del hombre que vivía felizmente? Reinaba allí un amor sereno a Dios y de los cónyuges entre sí, viviendo en una leal y sincera compañía. De este amor procedía un inmenso gozo, sin decaer el objeto del amor y causa del gozo. Se evitaba con tranquilidad el pecado, y al evitarlo, no surgía de otra parte mal alguno que pudiera contristarlos. ¿Deseaban acaso tocar al árbol prohibido para comer, pero temían el morir, y por eso el temor y el miedo los perturbaba ya en aquel lugar? Lejos de nosotros el pensar esto cuando no había aún pecado alguno. Pues no deja de haber pecado en desear lo que prohíbe la ley de Dios, absteniéndose de ello por el temor de la pena, no por amor a la justicia. Lejos -repito- de nosotros el pensar que antes de todo pecado ya hubo tal pecado, el admitir acerca del árbol lo que dijo el Señor sobre la mujer: Si alguien mirare a una mujer con mal deseo, ya adulteró en su corazón80.

Por tanto, como eran felices los primeros hombres, sin sentirse agitados por las perturbaciones del ánimo ni lastimados por las molestias de los cuerpos, lo hubiera sido también toda la sociedad humana si ellos no hubieran cometido el mal que transmitieron a sus descendientes, u otro alguno de su linaje hubiera cometido la iniquidad que mereciera condenación, y permaneciendo esa felicidad hasta que por la bendición -Creced y multiplicaos81- se completara el número de los santos predestinados, se les daría otra felicidad más grande, la que se les dio a los felicísimos ángeles. Allí habría ya una cierta seguridad de que nadie había de pecar ni de morir; y la vida de los santos, sin haber experimentado trabajo, dolor ni muerte alguna, había de ser tal cual lo será después de todo esto en la incorrupción de los cuerpos, cuando sea otorgada la resurrección a los muertos.

CAPÍTULO XI

Caída del primer hombre, en quien la naturaleza, creada buena,

fue corrompida, y no puede ser reparada sino por su autor

1. Como Dios lo sabe todo de antemano, y no pudo ignorar que el hombre había de pecar, hemos de concebir la ciudad santa según lo que dispuso Él en ese conocimiento, no según lo que no alcanza el nuestro, porque no fue ésa la disposición de Dios. Ciertamente, el hombre, con su pecado, no pudo perturbar el plan divino, obligándolo, en cierto modo, a cambiar lo que había establecido. Dios, con su presciencia, había previsto uno y otro extremo: lo malo, que había de ser el hombre, creado por Él bueno, y el bien que Él había de sacar de ese mal. Pues aunque se dice que Dios cambia lo establecido (y así en las santas Escrituras se lee metafóricamente que Dios se arrepiente)82, se afirma eso según lo que había esperado el hombre, o según se desarrolla el orden de las causas naturales, no según lo que el Omnipotente sabía de antemano que había de hacer.

Creó Dios al hombre recto, como está escrito, y por ello con una voluntad buena83. Así, la voluntad buena es obra de Dios, el hombre fue creado por ella. En cambio, la primera voluntad mala, puesto que precedió a todas las obras malas del hombre, ha sido, mejor que una obra, una deserción de la obra de Dios hacia las suyas propias. Por eso son malas las obras, porque son según el hombre, no según Dios; de suerte que es la voluntad, o quizá mejor el hombre, por su mala voluntad, como el árbol malo de esas obras, de esos frutos malos. A su vez, la mala voluntad, aunque no sea por naturaleza, sino contra la naturaleza, ya que es un vicio, es, sin embargo, de la misma naturaleza que el vicio, que no puede existir sino en una naturaleza; pero ha de ser en la naturaleza que creó de la nada, no en la que engendró de sí mismo el Creador, como engendró la Palabra por medio de la cual fueron hechas todas las cosas. Cierto que al hombre lo formó Dios del polvo de la tierra; pero la misma tierra, y toda la materia terrena, fue creada de la nada, y al ser hecho el hombre, dotó al cuerpo de un alma creada de la nada.

Hasta tal punto los males son superados por los bienes que, aunque se tolere su existencia para demostrar cómo puede servirse de ellos para el bien la justicia providentísima del Creador, pueden, pese a ella, existir los bienes sin los males, como existe el mismo y verdadero supremo Dios, como toda creatura celeste, visible e invisible, sobre este aire caliginoso. En cambio, no pueden existir los males sin los bienes, porque las naturalezas en que se encuentran, ya en cuanto naturalezas, son un bien. Se suprime, pues, el mal, no quitando alguna naturaleza sobreañadida o alguna de sus partes, sino sanando y reparando la que había sido viciada, corrompida. De suerte que el albedrío de la voluntad es libre cuando no se somete a los vicios y a los pecados. Así fue dado por Dios; y si se pierde por vicio propio no puede ser devuelto sino por quien pudo ser dado. Por eso dice la Verdad: Sólo si el Hijo os da la libertad seréis realmente libres84. Que es lo mismo que si dijera: «Si el Hijo os salva, estaréis verdaderamente salvados». Es el libertador, porque es el salvador.

2. Así vivía el hombre, según Dios, en el Paraíso, tanto corporal como espiritual. Porque no había paraíso corporal por los bienes del cuerpo, sin serlo espiritual por los del alma; como no había paraíso espiritual para gozo de los sentidos interiores sin paraíso corporal para gozo de los exteriores. Existían uno y otro para un doble gozo.

Fue arrojado del Paraíso aquel ángel soberbio -y envidioso por ello- apartado de Dios por su soberbia y vuelto a sí, eligió regodearse con cierta altanería tiránica con súbditos antes que ser él súbdito. De su caída y de la de sus compañeros, quienes de ángeles de Dios se hicieron ángeles suyos, he tratado cuanto me fue posible en los libros undécimo y duodécimo de esta obra. Después se propuso con mal aconsejada astucia insinuarse en los sentidos del hombre, a quien envidiaba por verlo en pie habiendo caído él. Eligió para ello, en el paraíso corporal donde vivían el primer hombre y la primera mujer con los restantes seres animados de la tierra que les estaban sujetos sin causarles daño, eligió -digo- para hablar con ellos a la serpiente, animal escurridizo y de tortuosos movimientos, tan propio para su intento. Y sometiéndola con malicia espiritual, valiéndose de la presencia angélica y de la superioridad de su naturaleza, abusó de ella como de un instrumento y conversó falazmente con la mujer. Como es lógico, comenzó por la parte inferior de la primera pareja a fin de llegar por sus pasos al todo; pensaba que el hombre no creería fácilmente ni podría ser engañado por el error sino cediendo al error ajeno.

Lo mismo que le sucedió a Aarón, que no se dejó seducir por el pueblo para fabricar el ídolo, sino que lo hizo obligado85; como tampoco es creíble que Salomón prestara servicio a los ídolos arrastrado por el error, sino forzado a semejantes sacrilegios por las caricias femeninas. De este modo se ha de pensar que aquel varón cedió ante su mujer, uno a una, el hombre al hombre, el cónyuge a la cónyuge, para transgredir la ley de Dios, no como si creyera por la seducción a la que hablaba, sino por la relación familiar que los unía. No dijo sin razón el Apóstol: A Adán no lo engañaron, fue la mujer quien se dejó engañar86, queriendo dar a entender que aquélla aceptó como verdad lo que le dijo la serpiente, y él, en cambio, no quiso separarse de su mujer ni aun en la complicidad del pecado. Y no fue por esto menos culpable, ya que pecó a ciencia y conciencia. Por eso no dijo el Apóstol: «No pecó», sino: No lo engañaron. Lo confirma donde dice: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y luego más claramente: Cometiendo un delito como el de Adán87. Tiene él por seducidos a los que hacen lo que no piensan ser pecado; pero Adán lo sabía. ¿Cómo, si no, sería verdad: a Adán no lo engañaron? Cierto, quizá desconocedor de la severidad divina, pudo equivocarse teniendo por venial el pecado cometido. Y según esto no fue seducido como lo fue la mujer, sino que fue engañado, como hay que interpretar lo que diría luego: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto y comí88. ¿Para qué más? Aunque no fueron ambos engañados creyendo, fueron ambos apresados y envueltos en los brazos del diablo.

CAPÍTULO XII

Gravedad del primer pecado cometido por el hombre

Puede preocuparle a alguien por qué no sufre un cambio la naturaleza humana por otros pecados, como se cambió por la prevaricación de los dos primeros hombres, hasta quedar sometida a la corrupción que vemos y sentimos, incluso a la muerte, y verse perturbada y fluctuante entre tantas y tan grandes tendencias contrarias entre sí, como no lo había sido en el Paraíso antes del pecado, aunque estaba en cuerpo animal. Si a alguien le preocupa esto -repito-, no debe tener por tan leve y pequeña la falta cometida, porque consistió en un alimento, no malo ni nocivo de por sí, sino por estar prohibido. Ni Dios iba a crear o poner algún mal en un lugar de felicidad tan grande. Lo que se recomendó en el precepto fue la obediencia, virtud que en la criatura racional es como la madre y tutora de todas las virtudes, ya que esa criatura fue creada en tal condición que le es ventajoso estar sometida, y perjudicial el hacer su propia voluntad en lugar de la de su creador. Así, este precepto de no comer de un árbol donde había tal abundancia de los demás, tan fácil de cumplir, tan breve para ser retenido en la memoria, sobre todo cuando la concupiscencia aún no resistía a la voluntad, lo que sucedió luego como pena de la transgresión; este precepto -digo- fue violado con tanta mayor injusticia cuanto más fácilmente pudo ser observado.

CAPÍTULO XIII

En la prevaricación de Adán precedió la mala voluntad a la acción mala

1. Comenzaron a ser malos en el interior para caer luego en abierta desobediencia, pues no se llegaría a una obra mala si no hubiera precedido una mala voluntad. Y, a su vez, ¿cuál pudo ser el principio de la mala voluntad sino la soberbia? El principio de todo pecado es la soberbia89. Y ¿qué es la soberbia sino el apetito de un perverso encumbramiento? El encumbramiento perverso no es otra cosa que dejar el principio al que el espíritu debe estar unido y hacerse y ser, en cierto modo, principio para sí mismo. Tiene esto lugar cuando se complace uno demasiado en sí mismo. Y se complace así cuando se aparta de aquel bien inmutable que debió agradarle más que él a sí mismo. Cierto que este defecto es espontáneo, porque si la voluntad permaneciera estable en el amor del bien superior inmutable, que la ilustraba para ver y la encendía para amar, no se apartaría para agradarse a sí misma, ni por su causa se entenebrecería y languidecería; así ni ella hubiera creído que la serpiente decía la verdad, ni él hubiera antepuesto la voluntad de su esposa al mandato de Dios, ni pensaría que traspasaba venialmente el precepto acompañando a su compañera hasta el pecado.

Por consiguiente, no tuvo lugar el mal, la transgresión en el comer del manjar prohibido, sino en el comerlo quienes eran ya malos. Pues no llegaría a ser malo aquel fruto si no procedía de un árbol malo90. Pero el llegar a ser malo el árbol tuvo lugar en contra de la naturaleza, ya que no se hubiera hecho malo sino por el vicio de la voluntad, que es contra la naturaleza. Y no hay naturaleza que pueda ser pervertida por el vicio sino la que ha sido hecha de la nada. El ser naturaleza le viene de Dios, que la hizo; pero el apartarse de lo que es le viene de haber sido hecha de la nada. No se apartó el hombre hasta dejar de existir, sino que, inclinándose hacia sí, quedó reducido a menos de lo que era cuando estaba unido al que es en grado sumo. Al dejar a Dios y quedarse en sí mismo, esto es, complacerse a sí mismo, no equivale a ser nada, pero sí a acercarse a la nada. De ahí que los soberbios se llaman en las santas Escrituras con otro nombre, los que se complacen en sí mismos91.

Ciertamente es bueno tener el corazón hacia arriba, pero no hacia sí mismo -lo que es propio de la soberbia-, sino hacia Dios, lo cual es propio de la obediencia, que no puede ser sino de los humildes. Levanta así la humildad de un modo maravilloso el corazón, y la soberbia lo abate. Puede parecer un contrasentido que la elevación rebaje y la humildad ensalce. No, la humildad religiosa somete a uno al superior, y nada hay más alto que Dios; por eso enaltece la humildad, porque nos hace súbditos de Dios. En cambio, la elevación es un vicio precisamente por rehusar la sumisión, alejándose del que ya no tiene algo superior, y por eso se abaja más, cumpliéndose lo que está escrito: Los derribaste cuando más se elevaban92. No dice «cuando se habían levantado», como si primero se levantaran y luego fueran derribados, sino que cuando se elevaban, fueron derribados. Precisamente porque el mismo levantarse es ya ser derribados.

De ahí viene el que ahora, en este mundo de peregrinación, se recomiende, sobre todo a la ciudad de Dios, la humildad y se proclame de un modo especial en su rey, Cristo. En las sagradas letras se nos enseña que el vicio de la soberbia, contrario a esa virtud, domina, sobre todo, en su adversario, el diablo. Sin duda, ésta es la gran diferencia entre las dos ciudades de que hablamos: la una, sociedad de los hombres que viven la religión; la otra, de los impíos; cada una con los ángeles propios, en los que prevaleció el amor de Dios o el amor de sí mismos.

2. No hubiera, pues, el diablo sorprendido al hombre en el pecado claro y manifiesto de hacer lo que Dios había prohibido si él mismo no hubiera ya comenzado a complacerse a sí mismo. De ahí que le halagara aquel seréis como dioses93. Y hubieran podido ser mejores uniéndose por la obediencia al supremo y soberano principio, no constituyéndose a sí mismos en principio por soberbia. Los dioses creados no son dioses por su verdad, son dioses por la participación del verdadero Dios. Apeteciendo ser más, se es menos, y al querer bastarse uno a sí mismo, se aparta de Aquel que verdaderamente le basta. De suerte que aquel mal que, al complacerse el hombre a sí mismo, como si él fuera luz, lo aparta de la luz que, al agradarle, lo hace a sí mismo luz; aquel mal -digo- precedió allá en lo escondido, de suerte que siguió este mal que se cometió abiertamente. Pues es verdad lo que está escrito: Antes de la caída, el corazón se exalta, y antes de la gloria, se humilla94. La caída que tiene lugar en lo escondido precede a la que tiene lugar abiertamente, aunque no se la tenga por caída a la primera. ¿Quién tiene por caída la exaltación? Y ya hay allí una caída en el hecho de abandonar al Excelso. Y ¿quién no ve la caída en la transgresión evidente e indudable del mandato? Dios prohibió lo que una vez cometido no podía encontrar pretexto alguno que lo excusase. Y aún me atrevo a decir que les es útil a los soberbios caer en algún pecado claro y manifiesto a fin de que experimenten displicencia, disgusto de sí mismos; ellos, que habían caído precisamente por complacerse a sí mismos. Sin duda que Pedro sintió un disgusto más saludable cuando lloró, que la complacencia que tuvo con su presunción95. Esto dice también el salmo sagrado: Cúbreles el rostro de ignominia para que busquen tu nombre, Señor96, es decir, para que se complazcan en buscar tu nombre los que se habían complacido buscando el suyo.

CAPÍTULO XIV

Soberbia de la transgresión, que fue más grave que la transgresión misma

Más grave todavía y condenable es la soberbia, que incluso en los pecados manifiestos busca la excusa del subterfugio, como la buscaron aquellos primeros. Así, dijo la mujer: La serpiente me engañó y comí; y el hombre: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto y comí97. No se oye aquí la petición de perdón ni la solicitud por la medicina. Aunque no nieguen, como Caín, lo que cometieron98, todavía la soberbia trata de cargar sobre el otro el mal que hizo: la soberbia de la mujer sobre la serpiente; la soberbia del hombre sobre la mujer. Pero cuando hay transgresión clara del mandamiento divino, la excusa es más bien una acusación. No dejaron de cometer esa transgresión porque la cometiera la mujer aconsejada por la serpiente, y el hombre por dárselo la mujer; como si se pudiera anteponer algo a Dios, a quien se debe creer y obedecer.

CAPÍTULO XV

Justicia de la sanción que recibieron los primeros hombres por su desobediencia

1. Despreció el hombre el mandato de Dios, que lo había creado, lo había hecho a su imagen y le había encomendado los restantes animales; le había colocado en el Paraíso y suministrado abundancia de todas las cosas y de salud; le había impuesto también preceptos, no muchos, ni grandes, ni difíciles, añadiendo uno brevísimo y ligerísimo con que garantizar una saludable obediencia: por él recordaba a la criatura -a quien tan bien cuadraba una libre servidumbre- que él era el Señor. Siguió a esto una justa condenación. De tal calidad que el hombre que, cumpliendo el mandato, había de ser espiritual incluso en la carne, quedaba convertido en carnal incluso en el espíritu; y como se había complacido en sí mismo con su soberbia, fuera entregado a sí mismo por la justicia de Dios. No precisamente para ser dueño de sí mismo, sino para que, en desacuerdo consigo mismo, arrastrara subyugado a aquel con quien estuvo de acuerdo al pecar, una esclavitud dura y miserable en lugar de la libertad que había apetecido; muerto voluntariamente en el espíritu, condenado a morir involuntariamente en el cuerpo; desertor de la vida eterna, condenado también con la muerte eterna si no había gracia que lo librara.

Si alguien piensa que esta condenación es excesiva o injusta, muestra bien claro que no sabe apreciar la enormidad de la maldad al pecar cuando tal era la facilidad de evitar el pecado. Así como merecidamente se pregona la gran obediencia de Abrahán99, pues se le había mandado una cosa tan difícil como lo es dar muerte a su hijo; de la misma manera, tanto mayor fue la desobediencia en el Paraíso cuanto no había dificultad alguna en lo que se mandaba. Y como la obediencia del segundo fue más digna de ser celebrada, porque fue obediente hasta la muerte100, así la desobediencia del primero fue tanto más detestable cuanto que se hizo desobediente hasta la muerte. Cuando se intima un gran castigo a la desobediencia y lo mandado por el Creador es fácil, ¿quién puede describir cumplidamente la gravedad de la desobediencia en cosa tan fácil mandada por potestad tan soberana y que amenaza con castigo tan grande?

2. En fin, para decirlo en pocas palabras, ¿cuál fue la pena de este pecado sino la desobediencia a la desobediencia? ¿Qué otra es la miseria del hombre sino la desobediencia de él contra sí mismo, de suerte que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede? En el Paraíso, aunque no lo podía todo antes del pecado, tampoco se le antojaba lo que no podía. Así estaba en su poder todo lo que quería. En cambio, ahora, como lo conocemos en su linaje, y lo atestigua la divina Escritura, el hombre es igual que un soplo101. ¿Quién podrá contar cuántas cosas quiere que no puede, al no obedecerse él a sí mismo, a su voluntad, a su misma alma, incluso a su carne, que le es inferior? Contra su misma voluntad se le turba tantas veces el ánimo, le duele la carne, envejece y muere, y sufrimos tantas cosas que no sufriríamos a la fuerza si nuestra naturaleza obedeciera a nuestra voluntad de todas las formas y en todas sus partes. La carne padece también algo que no la deja obedecer. ¿Qué interesa el por qué mientras nuestra carne, que había estado sujeta por la justicia del Dios dominador, a quien no quisimos servir sumisos, nos es enojosa al no sernos obediente? Nosotros, desobedeciendo a Dios, podremos ser molestos a nosotros mismos, no a Él. No necesita Él ciertamente de nuestro servicio como necesitamos nosotros del servicio del cuerpo; por eso es castigo nuestro lo que recibimos, no castigo suyo lo que hicimos.

Además, los que llamamos dolores de la carne son dolores del alma, que siente en la carne y proceden de la carne. ¿Acaso puede la carne dolerse de algo o desear algo sin el alma? Lo que se dice desear o dolerse la carne, o es el mismo hombre, como lo dejamos ya tratado, o alguna parte del alma, que se siente afectada por una pasión, ya áspera, que le causa dolor, ya agradable, que le causa placer. Pero el dolor de la carne no es sino un choque del alma procedente de la carne y cierto desacuerdo con esa pasión; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desacuerdo con las cosas que nos suceden sin querer. En cambio, la tristeza está precedida, generalmente, del miedo, que, a su vez, está en el alma, no en la carne. Por lo que toca al dolor de la carne, no está precedido de miedo alguno de la carne, que se pueda sentir en la carne antes del dolor.

Pero el placer está precedido de cierta apetencia sentida en la carne como pasión suya, como pueden ser el hambre y la sed, y la llamada concupiscencia, nombre aplicado comúnmente a la de los órganos genitales, aunque es vocablo general de toda apetencia. En efecto, de la misma ira dijeron los antiguos que no es otra cosa que el deseo de venganza. Aunque a veces el hombre, aun sin sentido alguno de venganza, se encoleriza con las mismas cosas inanimadas: por ejemplo, raspa airado el punzón que escribe mal o rompe la pluma; bien que esto mismo, aunque parezca irracional, es una especie de deseo de venganza y cierta, digamos, sombra de justicia: el que hace el mal, que lo pague. Por consiguiente, hay un deseo de venganza que recibe el nombre de ira; otro deseo de tener dinero, que se llama avaricia; otro de vencer a toda costa, que se llama pertinacia, y otro de gloriarse, llamado jactancia. Hay variados y múltiples deseos, algunos con sus vocablos propios y otros sin ellos. ¿Quién puede decir fácilmente cómo se llama el ansia de dominar, de cuyo inmenso poder en los ánimos de los tiranos dan testimonio las guerras civiles?

CAPÍTULO XVI

Del mal de la libido, cuyo nombre, aunque conviene a muchos vicios,

se atribuye propiamente a los movimientos obscenos del cuerpo

Aunque haya pasión o libido de muchas cosas, cuando se habla de libido sin especificar el objeto, suele hacerse referencia casi siempre a la excitación de las partes obscenas del cuerpo. Esta pasión no sólo sacude al cuerpo entero, tanto exterior como interiormente, sino que excita a todo el hombre, uniendo, y mezclando con el apetito de la carne el afecto del ánimo para conseguir aquel placer, el mayor entre los placeres del cuerpo; y esto hasta tal punto que en el momento de llegar a su plenitud desaparece casi la agudeza mental y hasta su consciencia. ¿Hay algún amante de la sabiduría y de los gozos santos que, practicando la vida conyugal, aunque, como amonestó el Apóstol, sabiendo cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar de la pasión, como los paganos que no conocen a Dios102, hay alguno, digo, que no prefiriese, si fuese posible, engendrar los hijos sin esta pasión, de suerte que aun en el momento de la procreación estuvieran sometidos a la mente los órganos creados para esta función, como están los demás miembros en sus respectivas funciones, movidos por inspiración de la voluntad, no excitados por el ardor pasional?

Pero, además, incluso los insaciables de este placer no se conmueven cuando quieren, sea en la unión conyugal, sea en las inmundicias de la impureza; antes ese movimiento importuno tiene lugar a veces sin que nadie lo solicite, otras veces abandona al que por el placer se alampa, e hirviendo la concupiscencia en el ánimo se queda frío el cuerpo. Y así, de manera extraña; no se presta la pasión ni a la recta voluntad de la generación ni al ansia de la lujuria. Y aunque la mayor parte de las veces se opone a la mente, que trata de refrenarla, a veces también se revuelve contra sí misma y, excitado el ánimo, se niega a excitar el cuerpo.

CAPÍTULO XVII

Desnudez de los primeros padres, la cual vieron torpe y vergonzosa

después del pecado

Con razón se siente vergüenza de esta pasión carnal, y con razón también se llaman vergonzosos los mismos miembros, que esa pasión excita o no excita a su antojo, sin estar precisamente a nuestra disposición. No fueron, por cierto, vergonzosos esos miembros antes del pecado del hombre, según está escrito: Los dos estaban desnudos, pero no sentían vergüenza103. No porque su desnudez les fuera desconocida, sino porque todavía no era vergonzosa; la pasión carnal no conmovía los cuerpos independientemente del albedrío; no daba testimonio, en cierto modo, la carne con su desobediencia para replicar la desobediencia del hombre. No vayamos a pensar, como cree el vulgo ignorante, que habían sido creados ciegos, ya que él vio los animales, a los que impuso el nombre104; y de ella se lee: Vio que el árbol era bueno para comer y agradable a la vista105. Es claro que sus ojos estaban abiertos, pero no para esto, es decir, no prestaban atención para conocer lo que les encubría el vestido de la gracia, ya que aún ignoraban la resistencia de los miembros a su voluntad. Perdida esta gracia, para castigar con desobediencia su desobediencia surgió cierta impudente novedad en los movimientos del cuerpo que hizo indecente su desnudez, y los hizo conscientes y llenó de confusión.

De ahí procedió que, después que violaron con abierta transgresión el mandato de Dios, se escribiera de ellos: Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron106. Dice que se les abrieron los ojos a los dos, no precisamente para ver (pues antes también veían), sino para distinguir entre el bien que habían perdido y el mal en que cayeron. Por eso el mismo árbol, destinado a comunicarles este discernimiento si fuera tocado contra la prohibición, tomó de ahí su nombre, y se llamó árbol de la ciencia del bien y del mal. Porque con la experiencia dolorosa de la enfermedad se vuelve más palpable la satisfacción de la salud.

Descubrieron que estaban desnudos; es decir, desnudos de la gracia que los protegía contra el rubor de la desnudez de su cuerpo, no habiendo en ellos ley de pecado que se opusiera a su espíritu. Así llegaron al conocimiento de lo que hubieran ignorado con mayor facilidad si hubieran creído y obedecido a Dios no cometiendo lo que los obligaba a conocer por experiencia: el mal de la infidelidad y de la desobediencia. Por eso, confundidos al ver la desobediencia de su carne, como testigo del castigo de su desobediencia, entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron, cubriéndose las partes genitales. Algunos intérpretes usaron la palabra succinctoria (ceñidores), pero campestria es la palabra propia latina, cuyo origen procede de los jóvenes que cubrían sus vergüenzas cuando se ejercitaban desnudos en el campo de Marte, y por eso la gente llamaba campestrati (con taparrabos) a los que se cubrían de ese modo. Así, pues, lo que excitaba desobediente la pasión contra la voluntad condenada por la culpa de la desobediencia lo encubría por pudor la vergüenza. De donde nace que todos los pueblos, al traer su origen de ese linaje, tienen tan arraigada la tendencia a cubrir sus vergüenzas que algunos bárbaros ni en los baños siquiera tengan desnudas esas partes de sus cuerpos, lavándose con algún vestido. En las apartadas soledades de las Indias, cuando algunos filosofan desnudos, llamados por eso gimnosofistas, usan, sin embargo, para sus genitales una cubierta, de la cual carecen los demás miembros.

CAPÍTULO XVIII

Del pudor de la unión, tanto general como conyugal, en ambos sexos

En el acto mismo de la lujuria, no sólo en ciertas deshonestidades que intentan ocultarse en las tinieblas para escapar a la justicia humana, sino también en los prostíbulos, torpeza que ha autorizado la ciudad terrena, aunque se realicen acciones que no castiga ley alguna civil; aun en esos casos procura esta pasión tolerada e impune evitar la luz pública, y por vergüenza natural tienen esos lupanares provisto un lugar secreto, y le fue más fácil a la impureza librarse de la prohibición de la ley que al impudor cerrar el paso al pudor. Aún más: los mismos libertinos llaman torpeza a esto, y aunque son sus amadores, no tienen el descoco de mostrarse tales.

¿Pues qué? Hasta la unión conyugal, que se realiza según las prescripciones de la ley del matrimonio en la procreación de los hijos, ¿no busca, aunque lícita y honesta, un lugar retirado y sin testigos? ¿No despide, antes de comenzar las caricias de los cónyuges, a todos los familiares, incluso a los mismos paraninfos, y a cuantos había autorizado a estar presentes cualquier parentesco?

Cierto, al decir del más «ilustre orador romano», como alguien lo llamó, todas las acciones dignas desean salir a la luz, es decir, apetecen ser conocidas. Pero este acto tan recto, si apetece en algo ser conocido, no tiene menor vergüenza de ser visto. ¿Quién ignora, en efecto, lo que hacen entre sí los esposos en la procreación de los hijos? Precisamente para eso se celebran las bodas con solemnidad tan sonada. Sin embargo, cuando se trata de engendrar los hijos, no se les permite ser testigos ni a los mismos hijos que ya existen. De tal modo, pues, desea este acto recto llegar a conocimiento de los ánimos, que se aleja de la vista de los ojos. ¿De dónde procede esto sino de que lo que se realiza decentemente, según la naturaleza, lleva como acompañante la vergüenza que procede del castigo?

CAPÍTULO XIX

Las partes en que dominan la ira y la libido son tan viciosas en sus movimientos que

exigen el freno de la sabiduría. No existían en la integridad de antes del pecado

De ahí que incluso los filósofos que estuvieron más cerca de la verdad reconocieron a la ira y a la libido como las partes viciosas del alma, ya que se lanzan en agitado desorden aun a lo que permite la sabiduría, y por eso dicen han de ser dirigidas por la mente y la razón. Enseñan que ésta, como tercera capa del espíritu, está colocada como en una torre para moderarlas; de suerte que, mandando ella y obedeciendo aquéllas, se pueda conservar íntegramente la justicia en el hombre. No eran viciosas en el Paraíso antes del pecado estas partes que confiesan ellos son viciosas aun en el hombre sabio y moderado; de tal manera que tenga que frenarlas la mente con correcciones y represiones y apartarlas de las cosas a que se lanzan injustamente y dejarles campo para las cosas que conceda la ley de la sabiduría: como a la ira, para realizar un justo dominio, y a la pasión carnal para la propagación de la prole.

Antes del pecado, en efecto, no se movían a nada contra la recta voluntad, por lo que fuera preciso dominarlas con el freno de la razón. Si al presente se mueven de esta manera; si con represiones y con frenos son dominadas más o menos fácilmente por los que viven con templanza y justicia, ello no es salud que proceda de la naturaleza, sino enfermedad que procede de la culpa. Y si la vergüenza no trata de ocultar las obras de la ira y otras pasiones en algunos dichos y hechos, como procura ocultar los efectos de la pasión que tienen lugar en los miembros genitales, ¿cuál es el motivo sino que en los demás impulsos no son los mismos impulsos los que mueven los miembros del cuerpo, sino la voluntad cuando los consiente, ya que ella tiene pleno dominio en el uso de los mismos? En efecto, si alguien pronuncia una palabra airado, o maltrata a otro, no podría hacerlo si no se moviera la lengua o la mano al influjo de la voluntad, que en cierto modo manda; y esos miembros, aun sin haber ira alguna, son movidos por la misma voluntad. No sucede esto con las partes genitales del cuerpo, que la pasión corporal ha sometido a su derecho, por así decir, de tal manera que no pueden moverse sino bajo su influjo espontáneo o promovido desde fuera. Esto es lo que causa vergüenza; esto es lo que, por rubor ante los ojos que miran, procura evitar. Y soporta mejor el hombre una multitud de espectadores en un arrebato injusto contra otro hombre, que la presencia de uno sólo cuando se une legítimamente con su esposa.

CAPÍTULO XX

Sobre la torpeza absurda de los cínicos

¿No comprendieron esto los famosos filósofos «caninos», o sea cínicos, al lanzar contra el pudor humano su doctrina realmente cínica, esto es, inmunda y desvergonzada? Dijeron que no debe causar vergüenza hacer en público lo que se puede hacer legítimamente con la esposa; y no hay por qué evitar el acto conyugal en cualquier calle o plaza. Se impuso, sin embargo, el pudor natural a esta opinión errónea, pues aunque se dice que Diógenes realizó esto alguna vez en plan jactancioso, creyendo hacer así más famosa su secta al grabar en la memoria de los hombres su gran desvergüenza; después cesaron los cínicos de proceder de esta manera, y prevaleció el pudor de avergonzarse los hombres ante los hombres sobre el error de aparentar los hombres semejantes a los canes. Pienso incluso que hasta ese, o esos que se dice lo practicaron, más bien ofrecieron los movimientos del acto carnal a la vista de hombres que no sabían lo que pasaba bajo el manto, pero no fueron capaces de llevar a cabo esa inmundicia bajo la impresión de la mirada de los hombres. Pues no se avergonzaban los filósofos de aparentar el deseo del acto carnal allí precisamente donde la misma pasión carnal se avergonzaba de aparecer.

Todavía hoy vemos que sigue habiendo filósofos cínicos; se cubren con el manto y llevan la clava; sin embargo, ninguno tiene la osadía de practicar algo semejante. Si alguno se atreviera, sentiría sobre sí no digo un aluvión de pedradas, pero sí de salivazos de los espectadores. Indudablemente se avergüenza la naturaleza humana de esta pasión y se avergüenza con razón. Pues en la desobediencia que sometió los órganos genitales del cuerpo a solos sus movimientos, sustrayéndolos al poder de la voluntad, queda bien manifiesto cuál es la contrapartida de la desobediencia primera del hombre. Y esto hubo de manifestarse sobre todo en la parte que engendra a la naturaleza misma, que se volvió peor por aquel primero y gran pecado; de su vinculación nadie se ve libre si la gracia de Dios no expía en cada uno de nosotros lo que, contenidos todos en un solo hombre, se cometió para perdición común y ha vengado la justicia divina.

CAPÍTULO XXI

Bendición de la multiplicación fecunda humana antes del pecado, que no fue suprimida

por la prevaricación; se le añadió la enfermedad de la pasión carnal

Lejos de nosotros pensar que los cónyuges puestos en el Paraíso habían de realizar mediante esta pasión, por vergüenza de la cual cubrieron sus mismos miembros, la bendición que Dios les prometió: Creced, multiplicaos, llenad la tierra107. Ésta nació después del pecado. Perdido entonces el poder al que el cuerpo servía en todo, la naturaleza ruborosa se dio cuenta de ello, prestó atención, sintió rubor, se cubrió. La bendición, en cambio, dada al matrimonio para que creciera el número de casados, se multiplicaran y llenaran la tierra, permaneció en los delincuentes; sin embargo, fue dada antes de pecar a fin de que se reconociese que la procreación de los hijos pertenecía a la gloria del matrimonio, no a la pena del pecado. Pero al presente, los hombres, ignorantes, sin duda, de la felicidad que hubo en el Paraíso, piensan que sólo pudieron engendrarse los hijos por lo que ahora conocen, es decir, por la concupiscencia, sobre la cual siente rubor la misma honestidad nupcial; al hablar así, unos lo hacen rechazando o mofándose con irreverencia de las divinas Escrituras, donde se dice que después del pecado se avergonzaron de su desnudez; otros, aunque aceptándolas y respetándolas, dicen que no debe entenderse de la fecundidad carnal aquel pasaje: Creced y multiplicaos, porque también del alma se lee algo semejante: Acreciste el valor de mi alma108. Y así -dicen- en lo que sigue en el Génesis: Llenad la tierra y sometedla, debe entenderse por tierra la carne, a la que llena el alma con su presencia y tiene supremo dominio sobre ella cuando va creciendo en virtud. En cambio, afirman que la prole no pudo nacer, como tampoco ahora puede, sin la libido, que nació después del pecado, se puso en evidencia, se sintió confundida y se ocultó. Dicen también que no pudo existir esa prole en el Paraíso, sino fuera, como en efecto sucedió, ya que fue después de ser arrojados de allí cuando se unieron para tener hijos y los engendraron.

CAPÍTULO XXII

Sobre la unión conyugal, instituida y bendecida desde el orden por Dios

Nosotros estamos plenamente seguros de que el crecer, multiplicarse y llenar la tierra según la bendición de Dios es un don del matrimonio que Dios constituyó desde el principio, antes del pecado del hombre, con la creación del hombre y la mujer, diferencia sexual que se funda, evidentemente, en la carne. En efecto, habiendo dicho la Escritura: Varón y hembra los creó, agregó a continuación: Y los bendijo Dios y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla109, etc. Cierto que todo esto podría referirse sin inconveniente a un sentido intelectual; pero lo de «varón y hembra» no puede entenderse como cosa semejante en un solo hombre, como si en él una fuera la parte que manda y otra la que es mandada. Antes, como aparece con toda claridad en los cuerpos de diverso sexo, es un gran desatino rechazar que el varón y la hembra han sido creados para crecer engendrando hijos, multiplicarse y llenar la tierra.

Tampoco puede entenderse del espíritu que manda y de la carne que obedece; ni del alma racional que gobierna y del deseo irracional que es gobernado; ni de la virtud contemplativa que domina y de la activa que le sirve; ni de la inteligencia espiritual y el sentido corporal, sino claramente del vínculo conyugal, que enlaza a uno y otro sexo mutuamente. Preguntado el Señor si era lícito despedir a la esposa por una causa cualquiera, ya que por la dureza del corazón de los israelitas Moisés permitió dar el libelo de repudio, respondió diciendo: ¿No habéis leído aquello? Ya al principio el Creador los hizo varón y hembra, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. De modo que ya no son dos, sino un solo ser; luego lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre110.

Es seguro, pues, que el varón y la hembra fueron constituidos desde el origen, como conocemos y vemos ahora a los hombres, en dos diversos sexos; pero cuando se dice que son una sola cosa, se dice por causa de la unión o por causa del origen de la mujer, que fue formada del costado del varón. Así, el Apóstol, por este primer ejemplo que tuvo lugar en la institución de Dios, exhorta a cada uno en particular a que los varones amen a sus esposas111.

CAPÍTULO XXIII

¿Hubiera habido generación en el Paraíso si nadie hubiera pecado?

¿Hubiera luchado la rectitud de la castidad contra el ardor de la pasión?

1. Quien afirma que no se habían de unir ni engendrar si no hubieran pecado, ¿no está proclamando que el pecado del hombre fue necesario para aumentar el número de los santos? Si al no pecar hubieran permanecido solos -por pensar que, sin pecado, no podían engendrar-, si esto mantienen, digo, fue necesario indudablemente el pecado para no reducirse a dos hombres solos, sino a muchos. Si esto es un absurdo, debe creerse más bien que, aunque nadie hubiese pecado, existiría tan gran número de santos para llenar esta bienaventurada ciudad cuantos al presente, por la gracia de Dios, resultan de la multitud de pecadores mientras engendran y son engendrados los hijos de este mundo112.

2. Por ello, las nupcias dignas de la felicidad del Paraíso, si no hubiera habido pecado, engendrarían una prole digna de amor y no tendrían vergonzosa libido. Cómo podría suceder esto no es posible demostrarlo ahora con un ejemplo. Aunque no por eso ha de parecer increíble que también aquel miembro hubiera podido servir sin esta pasión a la voluntad, a la que sirven ahora tantos miembros. De hecho movemos a voluntad las manos y los pies para lo que se ha de realizar con estos miembros, y lo hacemos sin resistencia alguna, con gran facilidad; lo vemos en nosotros y en los demás, sobre todo en los artistas de cualesquiera obras corporales, en quienes un arte más ágil coopera a perfeccionar la debilidad torpe de la naturaleza. ¿Y no hemos de creer que en la generación, si no hubiera habido libido -ella fue como el salario del pecado de desobediencia-, hubieran podido estar tales miembros, como los demás, obedientes a las órdenes de la voluntad? ¿No dijo Cicerón en su obra La República, al tratar de la diferencia de gobiernos, y tomando como modelo la naturaleza del hombre, que a los miembros del cuerpo se les mandaba como hijos por la facilidad en obedecer? En cambio, se reprimía con mano más dura, como a siervos, las partes viciosas del espíritu. Y esto teniendo en cuenta que en el orden natural se antepone el espíritu al cuerpo y, sin embargo, el espíritu tiene más dominio sobre el cuerpo que sobre sí mismo.

No obstante, esta pasión de que ahora tratamos lleva consigo una vergüenza tanto mayor cuanto el espíritu ni se domina a sí mismo eficazmente en ella para no deleitarse en absoluto, ni tiene pleno dominio sobre el cuerpo para que sea precisamente la voluntad y no la pasión la que excita los miembros vergonzosos; claro que, si fuera así, ya no serían vergonzosos. Lo que ahora es vergonzoso para el espíritu es la resistencia que le opone el cuerpo, que por su naturaleza inferior le está sujeto. Pues en los otros impulsos, al resistirse a sí mismo, le da menos vergüenza, ya que, siendo vencido por sí mismo, él mismo se vence a sí; cierto que desordenada y viciosamente, ya que viene la victoria de las partes que deben estar sometidas a la razón; pero al fin son partes suyas, y por eso, como se dijo, es vencido por sí mismo. Cuando el espíritu se vence ordenadamente, sometiéndose los movimientos irracionales a la mente y a la razón (si ella, a su vez, está sometida a Dios), muestra su virtud y es digno de alabanza. Sin embargo, si por sus partes viciosas no se somete a sí mismo, es menos vergonzoso que si el cuerpo, diferente de él, inferior a él y cuya naturaleza no vive sin el, no cede a su voluntad y a su mandato.

3. Pero cuando la voluntad, con su imperio, retiene a los otros miembros, sin los cuales no pueden alcanzar lo que desean los que son excitados por la libido contra la voluntad, queda a salvo la castidad, sin que se haya perdido, sino suspendido, el deleite del pecado. Esta resistencia, esta repugnancia, esta lucha entre la voluntad y la libido, o al menos la deficiencia de la libido frente a la suficiencia de la voluntad, sin el castigo de la desobediencia culpable con la desobediencia penal, indudablemente no hubieran tenido lugar en las bodas del Paraíso; antes bien, aquellos miembros estarían al servicio de la voluntad como todos los demás. Así, el órgano creado para esto sembraría el campo de la generación como la mano del hombre siembra la tierra. Tampoco habría motivo alguna entonces para callar lo que, al querer tratar nosotros ahora con diligencia en esta cuestión, nos obstaculiza el pudor, forzándonos a pedir excusa dignamente a los oídos castos. Entonces podría libremente realizarse sin temor alguno de obscenidad la exposición de todo lo relacionado con estos miembros; y no habría siquiera palabras llamadas obscenas: todo lo que se hablara sería tan honesto como lo que hablamos al tratar de las demás partes del cuerpo.

Si alguien se asoma a estas páginas con espíritu impuro, procure alejarse de la culpa, no de la naturaleza; condene la indecencia de sus obras, no las palabras que tengo que usar, en las que el lector o el oyente casto y piadoso me perdona con suma facilidad cuando refuto la infidelidad, no basando la argumentación sobre cosas oídas, sino sobre la misma experiencia. Leerá esto sin escandalizarse quien no se asusta del Apóstol cuando reprende los abominables crímenes de las mujeres, que cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales113; cuanto más que al presente nosotros ni mencionamos ni condenamos, como él, una obscenidad culpable, sino que en la explicación de los efectos de la generación humana evitamos en lo posible, como él, las palabras obscenas.

CAPÍTULO XXIV

Si los hombres hubieran permanecido inocentes y con el mérito de la obediencia

en el Paraíso, usarían de los miembros genitales para la generación

de la prole como de los demás al arbitrio de la voluntad

1. De esta suerte, el varón depositaría el semen y lo recibiría la mujer, siendo movidos los órganos de la generación cuando y como fuera necesario, bajo el mando de la voluntad, no por la excitación de la libido. Pues movemos a nuestro antojo no sólo los miembros que están articulados por huesos rígidos, como los pies, las manos y los dedos, sino también los que son flojos por la contextura de los nervios; y los movemos cuando queremos agitándolos; los alargamos estirándolos; los doblamos torciéndolos; los endurecemos contrayéndolos; tales son los que mueve la voluntad cuanto puede, por ejemplo, en la boca y en el rostro. Finalmente, los pulmones, los más muelles de todas las vísceras, si se exceptúan las médulas, y protegidos por esto en la cavidad torácica, en la respiración, emisión y modificación de la voz, obedecen, como los fuelles de las fraguas o de los órganos, a la voluntad del que sopla, respira, habla, grita o canta.

Paso por alto la propiedad natural que tienen algunos animales de mover la piel que cubre su cuerpo sólo en el lugar en que sienten deben rechazar algo; y con sólo el movimiento de la piel sacuden las moscas que se les posan encima, y hasta las flechas que se les han clavado. ¿Acaso por no llegar el hombre a esto no pudo dárselo el Creador a los animales que juzgó conveniente? De la misma manera pudo el hombre seguir con la obediencia de sus miembros inferiores, que perdió por la desobediencia. Y no, fue difícil a Dios crearlo en tal condición, que no se moviera sino por su voluntad en la carne lo que al presente sólo se mueve por la libido.

2. Conocemos también hombres de constitución muy diferente de los demás, admirables por su singularidad, que hacen con su cuerpo a su antojo cosas que no pueden los otros en modo alguno, e incluso con dificultad las llegan a creer. Hay, en efecto, quien es capaz de mover una sola oreja o las dos a la vez. Otros, sin mover la cabeza, llevan toda su cabellera hasta la frente y la echan atrás cuando quieren. Otros, habiendo deglutido cantidad y variedad increíble de cosas, con ligera contracción del estómago las van arrojando íntegras como de una bolsa, según les place. Algunos imitan y reproducen las voces de las aves, animales y de otros hombres con tal perfección que no se les distinguiría si no se los viera. Otros, sin fetidez alguna, emiten por la parte inferior sonidos tan acompasados que dan la impresión de cantar por esa parte. Yo mismo he comprobado cómo un hombre sudaba cuando quería. Es bien sabido que algunos lloran cuando quieren, vertiendo abundantes lágrimas. Y mucho más increíble es aún lo que han podido palpar recientemente muchos hermanos. Hubo un presbítero, de nombre Restituto, en una parroquia de la iglesia de Cálama, que cuando quería (y le rogaban hiciera esto los que querían contemplar esa maravilla), ante los lamentos simulados de cualquier hombre, perdía de tal modo el sentido y quedaba tan semejante a un muerto, que no sentía si le pellizcaban o punzaban, ni a veces el dolor producido por el fuego que le quemase, sino después en la herida; su cuerpo quedaba inmóvil, no por la resistencia que opusiera, sino por la insensibilidad, como se demostraba al quedarse sin respiración alguna como un muerto; en cambio, contaba después que, si se le hablaba con claridad, oía las voces humanas como de lejos.

En fin, que si aún ahora, llevando una vida tan colmada de miserias en carne corruptible, tan maravillosamente y fuera de lo común les obedece el cuerpo a algunos en muchos movimientos e impulsos, ¿qué motivo hay para no creer que antes del pecado de desobediencia, y el castigo de la corrupción, podían los miembros humanos estar sumisos a la voluntad humana para, sin libido alguna, propagar la descendencia? Fue el hombre abandonado a sí mismo porque abandonó él a Dios por complacerse a sí; y por no obedecer a Dios no pudo ni obedecerse a sí mismo. De ahí la miseria más clara por la que el hombre no vive como quiere. Pues si viviera como quiere, se juzgaría feliz; pero ni siquiera así lo sería con una vida torpe.

CAPÍTULO XXV

La verdadera felicidad, no lograda en la vida temporal

Si prestamos más atención, nadie sino el feliz vive como quiere; y nadie es feliz sino el justo. Bien que el mismo justo no vive como quiere mientras no llegue a donde no es posible morir, ser engañado o molestado en absoluto, y que esté, además, seguro de que siempre ha de ser así. Esto es lo que desea la naturaleza, y no será plena y perfectamente feliz mientras no logre lo que desea. Ahora bien, ¿qué hombre puede vivir como quiere si el mismo vivir no está en su poder? En verdad quiere vivir, pero se ve forzado a morir. ¿Cómo, pues, puede vivir como quiere quien no vive hasta cuando quiere? Y si quiere morir, ¿cómo puede vivir según quiere quien no quiere vivir? Aunque quisiera morir, no por no querer vivir, sino por una vida mejor después de la muerte, claro está que no vive aún como quiere, sino cuando llegue por la muerte a lo que quiere.

Pero concedamos que vive como quiere, porque se ha esforzado e impuesto a sí mismo no querer lo que no puede y querer lo que puede, como dice Terencio: «Ya que no puede suceder lo que quieres, procura querer lo que puedes». ¿Es acaso feliz por llevar la miseria con paciencia? En efecto, no se puede llevar vida feliz si no se la ama. Ahora bien, si se la ama y la tiene, debe ser amada muy por encima de todas las otras cosas, ya que por ella debe ser amado cuanto se ama. A su vez, si se la ama tanto cuanto merece ser amada (pues no es feliz quien no ama la vida feliz como se merece), es imposible que quien así la ama no la desee eterna. Por consiguiente, la vida será feliz cuando sea eterna.

CAPÍTULO XXVI

La felicidad de los que vivían en el Paraíso hubiera podido

cumplir su misión de la generación sin un apetito vergonzoso

Vivía el hombre en el Paraíso como quería, mientras quería lo que Dios había mandado. Vivía gozando de Dios, con cuyo bien era él bueno; vivía sin privación alguna, estando en su poder el vivir así siempre. Había alimento para que no tuviera hambre; había bebida para que no tuviera sed, y el árbol de la vida para que no lo consumiera la vejez. Ninguna corrupción en el cuerpo ni procedente del cuerpo, producía molestia alguna a sus sentidos. No había enfermedad interna ni accidente externo que temer. Era completa la salud en su carne y total la tranquilidad en el alma. Como en el Paraíso no había ardor ni frío, así sus moradores estaban libres de cualquier molestia que causara a su buena voluntad el deseo o el temor. No había tristeza alguna ni alegría vana. Se le garantizaba el verdadero gozo en la perennidad de Dios, hacia el cual tendía su caridad, que brota del corazón limpio, de la conciencia honrada y de la fe sentida114. Y existía también una sociedad sincera entre los esposos garantizada por el amor honesto; la mente y el cuerpo llevaban una vida de mutua concordia, y el mandato se observaba sin esfuerzo. El hastío no llegaba a molestar al ocioso ni causaba incomodidad la pesadez del sueño.

Lejos de nosotros pensar que en tal abundancia de cosas y en tal felicidad de los hombres no hubiera podido engendrarse la prole sin la morbosa libido; antes bien, esos miembros se moverían al arbitrio de la voluntad como los demás, y el marido se estrecharía al regazo de su esposa sin el aguijón arrebatador de la pasión, con tranquilidad de ánimo y de cuerpo, sin la menor corrupción de la integridad.

Aunque no se pueda demostrar esto por la experiencia, no por eso se va a poner en duda, ya que entonces no se gobernaban esas partes del cuerpo por un ardor turbulento, sino que estaban dominadas por un poder espontáneo según la necesidad; y podría entonces penetrar el semen viril en el útero de la esposa, quedando a salvo la integridad del órgano femenino; lo mismo que al presente puede salir del útero de una virgen el flujo menstrual sin detrimento de su integridad. Podría, en efecto, introducirse el semen por el mismo camino por donde es expulsado el flujo. Pues como para dar a luz no sería el gemido del dolor, sino el impulso de la madurez el que relajara las entrañas femeninas, de la misma manera para fecundar y concebir no sería el apetito pasional, sino la voluntad la que uniría las dos naturalezas.

Estamos hablando de cosas que dan rubor; por eso, aunque tratamos de conjeturar en lo posible cómo hubieran sido antes de causar vergüenza, se hace preciso que nuestra exposición sea frenada por el pudor que nos retrae, más bien que ayudada por nuestra escasa elocuencia: en efecto, si ni los mismos que pudieron experimentarlo experimentaron lo que estoy diciendo (porque, habiendo precedido el pecado, se hicieron reos del destierro del Paraíso antes de unirse con sereno albedrío en la obra de la propagación), ¿cómo, al mencionar estas cosas, se nos presentan a los sentidos humanos sino con la experiencia de una pasión turbulenta, más bien que con la conjetura de una voluntad serena? De ahí procede que quien habla se ve impedido por el pudor, aunque no le falte argumento a la razón.

No ocurrió así con el Dios omnipotente, creador supremo y soberanamente bueno de todas las naturalezas, que ayuda y remunera las buenas voluntades, como también abandona y condena las malas, y pone en orden a unas y a otras. No le faltó a Él plan para completar, sacándolos del género humano condenado de su ciudad, el número de ciudadanos que tenía predestinados en su sabiduría. Así como también los separó precisamente por gracia, no por sus méritos, ya que toda la masa entera fue condenada como en su raíz viciada: mostraba a los liberados no sólo en sí mismos, sino también por la situación de los no liberados, qué gracias les dispensaba. Bien sabe cada uno que no es por su propia bondad, sino por pura gratuidad, como es arrancado de los males cuando queda inmune de la semejanza de los hombres, con quienes tenía en justicia una pena común. ¿Por qué, pues, no iba a crear Dios a los que sabía de antemano habían de pecar, pudiendo demostrar en ellos y por ellos qué es lo que merecía su culpa y qué les daría su gracia, y que bajo tal creador y organizador el perverso desorden de los delincuentes no había de trastornar la recta ordenación de las cosas?

CAPÍTULO XXVII

Los ángeles y hombres pecadores, cuya perversidad

no puede perturbar la providencia de Dios

Así, pues, los pecadores, tanto ángeles como hombres, nada pueden hacer que impida las grandes obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman115. Porque quien distribuye con su providencia todopoderosa lo que le conviene a cada uno, sabe aprovecharse no sólo de las cosas buenas, sino incluso de las malas. Y por eso, condenado y endurecido por su primera mala voluntad el ángel malo, de tal suerte que no tuviera ya en adelante voluntad buena, ¿por qué, sirviéndose de eso para el bien, no podía permitir que fuera tentado por él el primer hombre, que había sido creado recto, es decir, con buena voluntad? Había sido creado en tal condición que, fiándose el hombre bueno de la ayuda de Dios, vencería al ángel malo, y sería vencido si, por complacerse a sí mismo, abandonaba por soberbia a Dios, su creador y auxiliador, haciéndose acreedor de una gran recompensa en la voluntad recta socorrida por Dios, y un gran castigo en la voluntad perversa al abandonarlo a Él. A más de que la misma confianza en la ayuda de Dios no podría darse sin esa misma ayuda; aunque no por eso perdía la facultad de apartarse de los beneficios de la gracia divina complaciéndose a sí mismo. El vivir en esta carne sin el recurso de los alimentos no está en nuestro poder, y sí lo está el no vivir en ella, como lo vemos en los suicidas; así no había capacidad de vivir en el Paraíso sin la ayuda de Dios, y sí, en cambio, se podía vivir mal, pero perdiendo la felicidad e incurriendo en el castigo justísimo.

Si Dios, pues, no desconocía esta caída futura del hombre, ¿qué razón había para impedir que fuera tentado por la malicia del ángel? En modo alguno porque estuviera incierto de que sería vencido, pero no menos conocedor de que el mismo diablo había de ser vencido con su gracia por la descendencia del hombre, y con mayor gloria de los santos. Así sucedió: nada futuro está oculto al Señor ni con su presciencia fuerza a nadie a pecar, demostrando por la experiencia posterior a la criatura racional angélica y humana qué diferencia había entre la presunción propia de cada uno y su protección. ¿Quién se atreve a pensar o a afirmar que no estuvo en la mano de Dios evitar la caída del ángel y del hombre? Prefirió, no obstante, no quitarles esa facultad y demostrar así el gran mal de que era capaz la soberbia y el gran bien que había en la gracia de Dios.

CAPÍTULO XXVIII

Propiedades de las dos ciudades, la terrena y la celeste

Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: Gloria mía, Tú mantienes alta mi cabeza116. La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza117.

Por eso, los sabios de aquélla, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu o los de ambos; y pudiendo conocer a Dios, no lo honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles (pues llevaron a los pueblos a adorar a semejantes simulacros, o se fueron tras ellos), venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre118.

En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, que Dios sea todo en todas las cosas119.

LA CIUDAD DE DIOS

CONTRA PAGANOS

Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA

LIBRO XV

[Las dos ciudades en la tierra]

CAPÍTULO I

Dos grupos de la Humanidad que se encaminan a diversos fines desde su principio

1. Sobre la felicidad del Paraíso, sobre el Paraíso mismo, la vida de sus primeros moradores, su pecado y su castigo, son muchos los que han emitido diversidad de opiniones y las han consignado por escrito. También nosotros, ateniéndonos a las santas Escrituras, tratando sobre estas materias en los libros precedentes, hemos expuesto lo que en ellas hemos leído o hemos podido entender siguiendo su autoridad.

Si se solicita una exposición más detallada de esto, se originarían muchas y variadas discusiones capaces de llenar más volúmenes de los que exigen esta obra y el tiempo, y no disponemos de tanto como para poder demorarnos en lo que pueden solicitar los ociosos y meticulosos, más dispuestos a preguntar que capacitados para comprender.

Pienso, sin embargo, que ya hemos resuelto importantes y difíciles cuestiones acerca del principio del mundo, del alma y del mismo género humano. A éste lo hemos dividido en dos clases: los que viven según el hombre y los que viven según Dios. Y lo hemos designado figuradamente con el nombre de las dos ciudades, esto es, dos sociedades humanas: la una predestinada a vivir siempre con Dios; la otra, a sufrir castigo eterno con el diablo.

Ése es el fin de cada una, del cual se hablará después. Al presente, como ya se ha dicho bastante sobre su origen, tanto en los ángeles, cuyo número ignoramos, como en los dos primeros hombres, me parece ya oportuno tratar de exponer su desarrollo desde que aquella pareja comenzó a engendrar hasta que dejen de propagarse los hombres. En efecto, todo este tiempo o este siglo, en el que desaparecen los que mueren y los suceden los que nacen, constituye el desarrollo de estas dos ciudades de que hablamos.

2. El primer hijo nacido de los dos primeros padres del género humano fue Caín, que pertenece a la ciudad de los hombres, y el segundo Abel, de la ciudad de Dios.

Podemos comprobar en cada hombre lo que nos dijo el Apóstol, que no es primero lo espiritual, sino lo animal; lo espiritual viene después¹. Por eso cada uno, por nacer de estirpe condenada, pertenece primero, como malo y carnal, a Adán, pasando luego a ser bueno y espiritual si continúa su perfección en el renacer hacia Cristo. Lo mismo sucede en el linaje humano: tan pronto como comenzaron estas ciudades a dilatarse por los nacidos y los muertos, nació primero el ciudadano de este mundo, y después el peregrino en el mundo, perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado por la gracia y por la gracia elegido, peregrino con la gracia aquí abajo, y ciudadano por la gracia allá arriba.

Por lo que a éste se refiere, nace de la misma muchedumbre, toda condenada a causa del pecado de origen. Pero como alfarero (no descarada, sino prudentemente, trae a colación el Apóstol este símil) hizo Dios de la misma arcilla una vasija de honor y otra de ignominia². Pero fue primero la vasija de ignominia y luego la de honor, para indicarnos, como he dicho, que en ese mismo hombre está primero lo reprobable, de donde hemos de partir y donde no podemos permanecer; luego viene lo bueno, adonde llegamos en nuestro progreso y donde permaneceremos después de llegar.

Por tanto, no todo hombre malo llegará a ser bueno, pero nadie llegará a ser bueno si no era malo. Y cuanto con mayor celeridad se haga uno mejor, con tanta mayor rapidez se destaca lo que ha tomado y sustituye el calificativo anterior por el posterior.

Se dijo de Caín que había fundado una ciudad³, y, en cambio, Abel, como peregrino, no la fundó. La ciudad de los santos es, en efecto, la celeste, aunque aquí da a luz a sus ciudadanos, en los cuales es peregrina, hasta que llegue el tiempo de su reino. Entonces los reunirá a todos, resucitados en sus cuerpos, dándoles el reino prometido. En él reinarán sin límites ya de tiempo, con su soberano, el Rey de los siglos.

CAPÍTULO II

Hijos de la carne e hijos de la promesa

Una sombra, una imagen poética de esta ciudad, más como signo que como representación, vivió como esclava en la tierra en el tiempo que era preciso manifestarse así; y también se la llamó a ella ciudad santa por la propiedad de ser imagen significativa, no por ser expresión verdadera de la futura. De esta imagen esclava y de la ciudad libre que significa habla el Apóstol a los gálatas en estos términos: Vamos a ver: si queréis someteros a la ley, ¿por qué no escucháis lo que dice la ley? Porque en la Escritura se cuenta que Abrahán tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la mujer libre; pero el de la esclava nació de modo natural, mientras que el de la libre fue por una promesa de Dios. Esto significa algo más: las mujeres representan dos alianzas: una, la del monte Sinaí, engendra hijos de la esclavitud, ésa es Agar (el nombre de Agar significa el monte Sinaí, de Arabia), y corresponde a la Jerusalén de hoy, esclava ella y sus hijos. En cambio, la Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre, pues dice la Escritura: Alégrate, la estéril, que no das a luz, rompe a gritar, tú que no conocías los dolores, porque la abandonada tiene muchos hijos, más que la que vive con el marido. Pues vosotros, hermanos, sois hijos de la promesa, como Isaac. Ahora bien, si entonces el que nació de modo natural perseguía al que nació por el Espíritu, lo mismo ocurre ahora. Pero ¿qué añade la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no compartirá la herencia con el hijo de la libre. Por lo tanto, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Para que seamos libres nos liberó Cristo4. Esta interpretación, procedente de la autoridad apostólica, nos pone en camino para entender debidamente las Escrituras de los dos Testamentos, el Viejo y el Nuevo.

Una parte, en efecto, de la ciudad terrena ha resultado imagen de la ciudad celeste, no significándose a sí misma, sino a la otra, y, por ello, haciendo de esclava. Pues no fue ella la razón de su fundación, sino el significar a la otra, aunque también la misma ciudad que prefigura fue prefigurada por una imagen anterior. Agar, en efecto, la esclava de Sara, y su hijo fueron como una imagen de la otra imagen. Y como habían de pasar las sombras con la llegada de la luz, por eso dijo la libre Sara, imagen de la ciudad libre, a la que también significaba de otro modo aquella sombra: Expulsa a esa esclava y a su hijo, porque el hijo de esa criada no va a repartirse la herencia con mi hijo Isaac, o con el hijo de la libre, que dice el Apóstol.

Nos encontramos, pues, en la ciudad terrena con dos formas: una que nos muestra su propia presencia; otra prestando su servicio de esclava para significar con su presencia la ciudad celeste. Engendra la naturaleza, viciada por el pecado, ciudadanos de la ciudad terrena; la gracia, liberando a la naturaleza del pecado, engendra ciudadanos de la ciudad celeste. Por eso a aquellos se les llama objetos de ira, y a éstos, de misericordia5. Quedó también esto significado en los dos hijos de Abrahán: el uno, Ismael, nació según la carne de la esclava llamada Agar; el otro, Isaac, según la promesa, de la libre Sara. Uno y otro, ciertamente, descienden de Abrahán, pero aquél fue engendrado según el curso habitual de la naturaleza; éste, en cambio, fue fruto de la promesa que significa la gracia. Allí se muestra la manera humana, aquí se pone de relieve el beneficio divino.

CAPÍTULO III

Esterilidad de Sara, fecundada por la gracia de Dios

Sara era estéril, y desesperaba ya de tener hijos; pero deseando tener, aunque fuera de su esclava, lo que veía imposible en sí misma, se la entregó a su esposo, de quien ella había querido engendrar sin lograrlo. Exigió así el débito conyugal, usando de su derecho, en el útero ajeno. Nació, pues, Ismael como nacen los hombres, de la unión de los dos sexos, según la ley ordinaria de la naturaleza. Por eso se dijo: según la carne. Y no es que éstos no sean beneficio de Dios, o no sea Dios el que los realiza, cuya sabiduría es activa, como está escrito: alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto6; sino que, para significar que era un don de Dios, gratuito sin deuda alguna, fue preciso conceder un hijo fuera del curso ordinario natural.

La naturaleza, en efecto, niega hijos a la unión del hombre y la mujer que podían tener Abrahán y Sara en una edad como la suya, aparte de la esterilidad de la mujer, que no pudo engendrar ni cuando estuvo en edad fecunda. El no debérsele a la naturaleza en tales circunstancias el fruto de la posteridad simboliza a la naturaleza humana viciada por el pecado, justamente condenada por esto y sin merecimiento de felicidad alguna para el futuro. Así, Isaac, nacido de la promesa, significa a los hijos de la gracia, ciudadanos de la ciudad libre, socios de la paz eterna, donde no debe existir el amor de la voluntad propia y en cierto modo privada, sino el amor que se goza del bien común y a la vez inmutable, y que hace un solo corazón de muchos, esto es, la perfecta y concorde obediencia de caridad.

CAPÍTULO IV

Contienda y paz de la ciudad terrena

La ciudad terrena, que no será eterna (después de su condenación al último suplicio ya no será ni ciudad), tiene aquí abajo un cierto bien, tomando parte en la alegría que pueden proporcionar estas cosas. Y como no hay bien alguno exento de penurias para sus amadores, esta ciudad se halla dividida entre sí la mayor parte del tiempo, con litigios, guerras, luchas, en busca de victorias mortíferas o ciertamente mortales. Porque cualquier parte de ella que se levanta en son de guerra contra otra parte busca la victoria sobre los pueblos, quedando ella cautiva de los vicios. Y si al vencer se enorgullece con soberbia, su victoria lleva consigo la muerte; pero si, reflexionando sobre su condición y los accidentes comunes, se siente más atormentada por la adversidad que puede sobrevenirle, que engallada por la prosperidad, esa victoria es meramente mortal, pues no puede tener sometidos siempre a los que ha subyugado con tal victoria.

No se puede decir justamente que no son verdaderos bienes los que ambiciona esta ciudad, siendo ella en ese su género humano mejor. Busca cierta paz terrena en lugar de estas cosas ínfimas, y desea alcanzarla incluso con la guerra; y si vence y no hay ya quien resista, habrá llegado la paz que no podían tener las partes adversarias entre sí, mientras luchaban con infeliz miseria por las cosas que no podían poseer ambas a la vez. Esta es la paz que solicitan las penosas guerras, ésta es la que consigue la victoria tenida por gloriosa. Y cuando triunfan los que luchaban por causa más justa, ¿quién puede dudar en dar el parabién por la victoria y haber llegado a la paz deseable? Bienes son éstos y dones, sin duda, de Dios. Pero si se menosprecian los otros mejores, que pertenecen a la ciudad celeste, morada de la victoria segura, en eterna y suprema paz, y se buscan estos bienes con tal ardor que se los considera únicos o se los prefiere a los tenidos por mejores, la consecuencia necesaria es la desgracia, aumentando la que ya existía.

CAPÍTULO V

Primer autor de la ciudad terrena y fratricida. Eco que tuvo en la impiedad del fundador de Roma al matar a su hermano

El primer fundador de la ciudad terrena fue un fratricida. Dominado por la envidia, dio muerte a su hermano, ciudadano de la ciudad eterna y peregrino en esta tierra. No nos debe extrañar si después de tanto tiempo este primer ejemplo, o, como dicen los griegos,ἀρχέτυπον , encontró un eco en la fundación de la célebre ciudad que había de ser cabeza de esta ciudad terrena y había de dominar a muchos pueblos. También allí, según el crimen que nos cuenta uno de sus poetas, «los primeros muros se humedecieron con la sangre fraterna». La fundación de Roma tuvo lugar cuando nos dice la historia romana que Rómulo mató a su hermano Remo, con la diferencia de que aquí los dos eran ciudadanos de la ciudad terrena.

Ambos buscaban la gloria de ser los fundadores del Estado romano. Pero no la podían tener los dos tan grande como uno solo; quien quisiera esa gloria de dominio la tendría más reducida si su poder quedaba disminuido por la participación del hermano vivo. Para tener, pues, uno el dominio entero fue preciso liquidar al otro; creció con el crimen en malicia lo que con la inocencia hubiera sido un bien mejor, aunque más pequeño.

Los hermanos Caín y Abel no tenían entre sí tal apetencia de cosas terrenas; ni el fratricida tuvo envidia de su hermano porque su dominio se fuera a reducir si llegaban a dominar ambos (Abel no buscaba dominar en la ciudad que fundaba su hermano); estaba más bien dominado por la envidia diabólica con que envidian los malos a los buenos, sin otra causa que el ser buenos unos y malos los otros. En verdad que jamás llega a ser menor la posesión de la bondad porque llegue o haya llegado ya otro copartícipe; antes la bondad es una posesión que se dilata tanto más cuanto con más concordia domina el amor individual de los que la poseen. Es más, no será capaz de esta posesión el que no quisiera tenerla en común; y la verá tanto más acrecentada cuanto más ame en ella al que la condivide.

Lo que sucedió entre Rómulo y Remo manifiesta cómo está dividida entre sí la ciudad terrena; lo que tuvo lugar entre Caín y Abel puso de manifiesto las enemistades entre las dos ciudades, la de Dios y la de los hombres. Luchan entre sí los malos, y lo mismo hacen buenos y malos. En cambio, los buenos, si son perfectos, no pueden luchar entre sí; pueden hacerlo los que progresan sin ser perfectos, pero de tal modo que el bueno lucha contra otro en la misma parte que contra sí mismo; como en todo hombre, la carne lucha con sus apetencias contra el espíritu y el espíritu contra la carne7. Por consiguiente, el deseo espiritual puede entablar combate contra las apetencias carnales de otro, o las carnales de uno contra las espirituales de otro, como pueden entablarlo entre sí buenos y malos; incluso los mismos apetitos carnales entre sí de dos buenos, no perfectos todavía, como luchan entre sí los malos, hasta que la salud de los que están en recuperación llegue a la victoria definitiva.

CAPÍTULO VI

Enfermedades que soportan en la peregrinación de esta vida, como pena del pecado, incluso los miembros de la ciudad de Dios, y de las cuales son curados por la medicina del mismo

Esta enfermedad, es decir, la desobediencia de que hemos hablado en el libro decimocuarto8, es el castigo de la primera desobediencia. No es, por lo tanto, una naturaleza, sino un vicio de la misma. Por ello se dice a los buenos que van progresando y viven de la fe en esta peregrinación: Llevad unos las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo9. Y también se les dice en otro lugar: Por favor, hermanos, llamad la atención a los ociosos, animad a los apocados, sostened a los débiles, sed pacientes con todos. Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal10. Y también: Si a un individuo se le cogiere en algún desliz, vosotros, los hombres de espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú¹¹. En otro lugar: Que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo¹². Y en el Evangelio: Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos¹³. Hablando de los pecados en los que se puede seguir el escándalo de muchos, dice también el Apóstol: A los que pequen repréndelos públicamente para que los demás escarmienten14.

Por eso también, con relación al perdón mutuo, existen muchas prescripciones y se exige cuidado especial a fin de mantener la paz, sin la cual no se puede ver a Dios15, cuyo ejemplo es el terror de exigir al siervo los diez mil talentos que se le habían perdonado por no haber condonado él a un consiervo suyo la deuda de cien denarios. Después de propuesta esta parábola, añadió Jesús: Pues lo mismo os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano16. De esta guisa son curados los ciudadanos de la ciudad de Dios que peregrinan en la tierra y suspiran por la paz de la patria celeste. Pero el Espíritu Santo obra en lo íntimo a fin de que surta algún efecto la medicina que se emplea exteriormente.

Por lo demás, aunque el mismo Dios, valiéndose de la criatura sometida a sí mismo, se dirija bajo una apariencia humana a los sentidos humanos, y a los del cuerpo, y a los semejantes que tenemos en los sueños, si no dirige la mente y obra sobre ella con su gracia interior, ningún fruto sacará el hombre de la predicación de la verdad. Pero esto lo hace el Señor separando a los que son objeto de ira de los que lo son de misericordia; se sirve así de una distribución oculta, pero justa, que Él bien conoce.

Presta Dios su ayuda con admirables y ocultos modos cuando el pecado que habita en nuestros miembros -pena más bien del pecado- no reina, como nos amonesta el Apóstol, en nuestro cuerpo mortal para satisfacer sus antojos ni nosotros le presentamos nuestros cuerpos como arma de iniquidad17, y entonces el hombre se vuelve, bajo la guía de Dios, a su sana razón, que cesa ya de complacerse en el mal, la mantendrá ahora en el sereno dominio de sí misma y reinará después sin pecado alguno en la paz eterna, habiendo conseguido salud e inmortalidad acabadas.

CAPÍTULO VII

Motivo y obstinación de Caín en su crimen; la palabra de Dios no logró apartarlo de su criminal intención

1. ¿Qué le aprovechó a Caín lo que hemos expuesto, según nuestros alcances, cuando le habló Dios por una criatura sometida a sus mandatos, como solía hablar a los primeros padres, usando como buen amigo de una forma apropiada? ¿No llevó a cabo, aun después de haberlo amonestado la palabra divina, el crimen concebido de asesinar a su hermano? Había Dios hecho distinción entre los sacrificios de ambos, mirando con agrado los del uno y con displicencia los del otro, cosa que con toda seguridad se conoció por algún signo sensible que lo atestiguaba. Hizo Dios esto porque eran malas las obras de Caín y buenas las de Abel. De lo cual se entristeció mucho Caín y quedó abatido su rostro. Así está escrito: El Señor dijo a Caín: ¿Por qué estás triste y ha empalidecido tu rostro? ¿No es verdad que si ofreces bien y no divides bien, pecas? Cálmate, él se convertirá a ti y tú le dominarás18. En esta amonestación de Dios a Caín: ¿No es verdad que si ofreces bien y no divides bien, pecas?, no está claro el sentido, y por eso ha dado lugar a muchos sentidos su oscuridad, cuando intenta cada intérprete de las divinas Escrituras exponerlo en armonía con la regla de fe.

Bien se ofrece el sacrificio cuando se ofrece al único Dios verdadero, a quien solamente se deben sacrificios. Pero no se divide justamente si no se tienen bien en cuenta los lugares, los tiempos, las cosas que se ofrecen, el que lo ofrece, a quién se ofrece, a quiénes se distribuye para alimento lo que se ha ofrecido. Por división hemos de entender aquí el discernimiento: si se ofrece donde no conviene, o lo que no conviene aquí, sino en otra parte; si se ofrece cuando no conviene, o lo que no conviene entonces, sino en otro tiempo; si se ofrece lo que nunca, ni en parte alguna debió ofrecerse; o también cuando el hombre se reserva cosas mejores que las que ofrece a Dios, o cuando se hace partícipe del sacrificio a un profano o a quien no está bien hacerlo. En cuál de estos extremos desagradó Caín a Dios, no puede descubrirse fácilmente. Pero nos dan pie para interpretarlo las palabras del apóstol San Juan hablando de estos hermanos: No como Caín, que estaba de la parte del malo y asesinó a su hermano. Y ¿por qué lo asesinó? Porque sus propias acciones eran malas, y las de su hermano, justas19. En lo cual se nos da a entender que no se agradó a Dios en sus obsequios porque dividía mal, dando algo suyo a Dios, pero reservándose a sí mismo para sí.

Esto hacen todos los que, siguiendo no la voluntad de Dios, sino la suya, es decir, viviendo no con un corazón puro, sino perverso, ofrecen, sin embargo, a Dios sus presentes, con los que piensan hacérsele propicio, para que ayude no a curar sus depravados deseos, sino a saciarlos. Esto es peculiar de la ciudad terrena: rendir culto a Dios o a los dioses, para con su ayuda salir airosos en las victorias y la paz terrena, no por amor del bien, sino por el ansia de dominar. Los buenos, ciertamente, usan de este mundo para gozar de Dios; los malos, al contrario, quieren usar de Dios para gozar del mundo. Todos ellos creen al menos en su existencia, incluso en su cuidado de las cosas humanas. Porque hay otros peores, que no creen ni en eso.

Conocido por Caín que Dios había mirado con agrado el sacrificio de su hermano y no el suyo, debió, como es lógico, arrepentirse e imitar a su buen hermano, en vez de emularlo con soberbia. Pero se entristeció y su rostro se abatió. Éste es el pecado que sobre todo repudia Dios, entristecerse por el bien de otro, sobre todo del hermano. Esto es lo que le reprocha al preguntarle: ¿Por qué estás triste y ha empalidecido tu rostro? Dios veía la envidia hacia su hermano y se lo reprochaba. Para los hombres, a quienes se oculta el corazón del otro, puede ser ambiguo y totalmente incierto si aquella tristeza era fruto de la malicia con que conscientemente había desagradado a Dios, o de la bondad de su hermano, en que se complació Dios al mirar su sacrificio. Pero al explicar Dios el motivo de no haber aceptado su sacrificio, le pone de manifiesto que debía estar descontento justamente contra sí, más que injustamente contra su hermano, ya que era injusto por una división injusta, es decir, por no vivir rectamente, e indigno de la aprobación de su ofrenda, y más injusto aún al odiar sin motivo a su hermano.

2. Cierto, no lo despacha sin una recomendación santa, justa y buena; le dice: Cálmate, hacia ti su vuelta, y tú lo dominarás. ¿Se refiere a su hermano? En modo alguno. ¿A quién se refiere, pues, sino al pecado? Pues había dicho: Pecaste, y a continuación añadió: Cálmate, hacia ti su vuelta, y tú lo dominarás.Puede entenderse que la conversión del pecado debe ser la conversión hacia el hombre, de suerte que se dé cuenta que no debe cargar sobre nadie, sino sobre sí mismo, el pecado. Pues ésta es una medicina de saludable penitencia y una oportuna petición de perdón, de suerte que donde dice: Hacia ti su vuelta, no se entienda «será», sino «sea», a guisa de mandato, no de predicción. Entonces, en efecto, domina uno su pecado cuando no se lo pone ante sí defendiéndolo, sino que lo somete a sí haciendo penitencia; de otra manera será él esclavo de su dominio si le presta cierta protección cuando se comete.

Por pecado puede entenderse también la concupiscencia carnal, de la que dice el Apóstol: Las apetencias de la carne son contrarias a las del espíritu20. Entre los frutos de la carne enumera la envidia, que aguijaba a Caín y lo excitaba a la muerte de su hermano; por eso se sobrentiende «será», esto es, hacia ti su vuelta será, y tú lo dominarás. Pues cuando se siente conmovida la misma parte carnal, que llama pecado el Apóstol al decir: No soy yo el que realiza eso, es el pecado que habita en mí²¹ (aun los filósofos llaman vicios a esta parte del espíritu que no debe arrastrar a la mente, sino ser dominada por ella y apartada por la razón de las obras ilícitas), cuando se siente estimulada a obrar depravadamente, si se calma y obedece al Apóstol que dice: No abandonéis vuestros miembros al pecado para servir de instrumento a la iniquidad²², se torna, domeñada y vencida, al espíritu, de suerte que queda sometida a la razón.

Esto es lo que le ordenó Dios a quien se abrasaba en las llamas de la envidia contra su hermano y, en vez de imitarlo, deseaba hacerlo desaparecer. Cálmate,le dice; aparta tu mano del crimen; no reine el pecado en tu cuerpo mortal obedeciendo a sus deseos ni abandones tus miembros al pecado como instrumento de iniquidad. Hacia ti su vuelta será si, en vez de dar rienda suelta al pecado, lo refrenas con calma. Y tú lo dominarás; es decir, cuando no se le permita obrar exteriormente, bajo el poder del espíritu que va dirigiéndolo con benevolencia, se acostumbra a no agitarse ni interiormente.

Algo semejante se dijo también en el mismo libro sobre la mujer cuando, después del pecado, preguntando y juzgando Dios, recibieron la sentencia de condenación: el diablo en figura de serpiente, y la mujer y el marido en sí mismos. Habiéndole dicho a ella: Multiplicaré tus trabajos y tus gemidos, y parirás los hijos con dolor, añade a continuación: Te convertirás a tu marido y él te dominará²³. Lo que se dijo a Caín sobre el pecado, o sobre la concupiscencia viciosa de la carne, se dice en este lugar sobre la mujer que pecó: donde se debe entender que el varón para regir a la mujer debe asemejarse a la mente que rige la carne. Por eso dice el Apóstol: Amar a su mujer es amarse a sí mismo, y nadie ha odiado nunca a su propio cuerpo24.

Debemos sanar estos males como nuestros, no condenarlos como si fueran ajenos. Empero Caín recibió aquel mandato del Señor como prevaricador; y, creciendo la envidia, tendió asechanzas a su hermano y lo mató. Tal era el fundador de la ciudad terrena. ¿Cómo significó a los judíos, que dieron muerte a Cristo, pastor de la grey humana, a quien prefiguraba Abel, pastor de rebaños? Todo ello es una alegoría profética, de que me abstengo de hablar ahora; además recuerdo haberlo tratado ya en la obra Contra Fausto el maniqueo.

CAPÍTULO VIII

¿Por qué Caín, en los comienzos del género humano, fundó una ciudad?

1. Al presente, me parece necesario tratar de defender la historia, no se vaya a tener por increíble la Escritura al decir que un solo hombre edificó la ciudad precisamente cuando, después de matar el hermano a su hermano, parece no había en la tierra más que cuatro o tres hombres: el primero, padre de todos, el mismo Caín, y su hijo Henoc, de quien recibió nombre la ciudad. Los que así piensan prestan poca atención a que el autor de la historia sagrada no tenía necesidad de nombrar a todos los hombres entonces existentes, sino solamente a los que exigía el plan de su obra. La intención del escritor, por quien obraba el Espíritu Santo, fue llegar a través de ciertas generaciones propagadas de un solo hombre hasta Abrahán, y luego, por su descendencia, hasta el pueblo de Dios. En éste, segregado de los demás pueblos, estarían prefiguradas y anunciadas de antemano todas las cosas que, previstas por el Espíritu, tendrían lugar en relación con la ciudad cuyo reino sería eterno, y con su rey y fundador Cristo. Tampoco se pasaría en silencio la otra sociedad de hombres que llamamos ciudad terrena, en cuanto fuera preciso recordarla, para poner más de relieve la ciudad de Dios con la comparación de su rival.

Es lo que sucede cuando la Escritura divina, al recordar el número de años que vivieron aquellos hombres, concluye afirmando sobre quien viene hablando: Engendró hijos e hijas, y fueron todos los días de aquél25, o tantos los años que vivió, y murió. ¿Acaso, aunque no nombra a los mismos hijos e hijas, no hemos de entender que, a través de tantos años como vivían en aquella primera etapa de este siglo, pudieron nacer muchísimos hombres, que, reunidos, fundarían innumerables ciudades? Pero pertenecía a Dios, inspirador de estos escritos, dividir y distinguir originariamente estas dos sociedades por sus diversas generaciones; de tal manera, que se tejieran por separado las generaciones de los hombres, esto es, de los que viven según el hombre, y las de los hijos de Dios, es decir, de los hombres que viven según Dios, prolongándose esto hasta el diluvio, donde se cuenta la separación y cohesión de ambas ciudades: la separación, en cuanto se mencionan por separado las generaciones de ambas: una, la del fratricida Caín, y otra, la del llamado Set, nacido también de Adán en lugar del que mató el hermano; y la cohesión, porque, inclinándose los buenos a lo peor, llegaron todos a merecer ser destruidos por el diluvio, a excepción de un justo, de nombre Noé, su esposa, sus tres hijos y otras tantas nueras; los ocho que fueron dignos de escapar en el arca al exterminio de todos los mortales.

2. Del pasaje de la Escritura: Caín conoció a su mujer, que concibió y dio a luz a su hijo Henoc. Caín edificó una ciudad y le puso el nombre de su hijo Henoc, de este pasaje, digo, no se sigue que haya de creerse que Henoc fue su primer hijo. Como tampoco se debe pensar, porque se diga que se unió a su mujer, que fue entonces la primera vez que lo hizo. Del mismo Adán, padre de todos, no sólo se dijo esto cuando fue concebido Caín, que parece ser su primogénito; también más adelante dice la misma Escritura: Adán se unió a su mujer, que concibió y dio a luz un hijo, y lo llamó Set26. Vemos aquí que éste es el modo de hablar de la Escritura, aunque no siempre cuando se lee en ella que ha tenido lugar la concepción humana, pero tampoco solamente cuando se unen los sexos por vez primera. Y no es argumento convincente para tener a Henoc como primogénito de su padre el que la ciudad haya recibido su nombre. No está fuera de lugar que el padre, por alguna causa especial, aun teniendo otros, lo amara a él más que a los restantes. Como tampoco fue el primogénito Judá, de quien recibió el nombre Judea y los judíos.

Claro que, aunque éste sea el primer hijo del fundador de aquella ciudad, no se sigue que el padre le puso su nombre a la ciudad fundada cuando nació el hijo: no podía uno solo formar una ciudad, que no es otra cosa que una multitud de hombres unidos entre sí por algún vínculo social. Más bien, cuando la familia de aquel hombre se hizo tan numerosa que tuvo ya las características de un pueblo, fue el momento propicio para fundar una ciudad y darle el nombre de su primogénito. En efecto, la vida de aquellos hombres se prolongó tanto, que de cuantos nos citan con sus años, el que menos vivió antes del diluvio llegó a los setecientos cincuenta y tres. Y aun hubo muchos que sobrepasaron los novecientos, aunque nadie llegó a los mil.

¿Quién puede así dudar que durante la vida de un solo hombre pudo multiplicarse tanto el género humano, que fundase una, incluso muchas ciudades? Bien fácil es de conjeturar si se tiene en cuenta que durante poco más de cuatrocientos años la descendencia hebrea de sólo Abrahán se multiplicó de tal modo, que a la salida de ese pueblo de Egipto se cuenta existían seiscientos mil hombres jóvenes en pie de guerra27. Y no entra ahí la raza delos idumeos, que no pertenecía al pueblo de los hebreos, pero que descendía de Esaú, nieto de Abrahán; ni tampoco otros pueblos del mismo linaje de Abrahán, pero no de su esposa Sara.

CAPÍTULO IX

Sobre la longevidad de los hombres antes del diluvio y sobre la estatura superior de los cuerpos humanos

Por todo lo dicho no cabe dudar prudentemente que Caín pudo muy bien fundar no una cualquiera, sino una gran ciudad, ya que tanto se prolongaba la vida de los mortales. Claro, puede surgir algún incrédulo que, precisamente por tal cantidad de años, nos suscite el problema de los años que dicen nuestros autores vivieron los hombres y niegue su credibilidad.

Como tampoco creen que las dimensiones de los cuerpos fueran entonces mucho mayores que las que tienen los actuales. Y, sin embargo, su más ilustre poeta, Virgilio, nos habla de una enorme piedra que, clavada como mojón entre dos campos, fue arrebatada por un fuerte guerrero de aquellos tiempos, corrió con ella, la blandió y la lanzó: «Doce hombres de los más forzudos que hoy produce la tierra difícilmente hubieran podido sustentarla sobre sus cuellos». Aquí nos manifiesta que la tierra producía entonces cuerpos más grandes. ¿Cuánto más lo serían en los tiempos más próximos al comienzo, antes del famoso y conocido diluvio?

Con relación a la estatura de los cuerpos, con frecuencia se ven convencidos por los sepulcros puestos al descubierto por la vetustez o por la fuerza de los ríos u otros accidentes, en donde aparecieron o de donde cayeron huesos de muertos de tamaño increíble. Yo mismo vi, y no sólo yo, sino algunos conmigo en la playa de Útica, el diente molar de un hombre tan grande que, si se cortara en trozos a la medida de los nuestros, se podrían hacer cien dientes. Aunque yo diría más bien que era de algún gigante. Pues, aunque los cuerpos en general eran entonces mucho más grandes que los nuestros, todavía los gigantes aventajaban con mucho a los demás. Como después en otros, y también en nuestros tiempos, aunque raros, casi nunca han faltado cuerpos que superan con mucho las proporciones corrientes.

Según Plinio Secundo, varón tan sabio, con el decurso de los tiempos la naturaleza va produciendo cuerpos más pequeños. De lo cual también recuerda que se lamentó muchas veces Homero en sus versos, no riéndose de esto como si fuera una ficción poética, sino aceptándolo como narrador de maravillas naturales para confirmación histórica. Pero, como dije, muchas veces los huesos descubiertos, como tienen tan larga duración, muestran a los siglos muy posteriores el grandor de los cuerpos antiguos.

En cambio, no se puede demostrar ahora con documentos semejantes la longevidad de los hombres que vivieron en aquellos tiempos. Aunque no por ello se ha de negar esta historia; veríamos tan insensata esa negación cuanto vemos la exactitud en el cumplimiento de las predicciones. Bien que hasta el mismo Plinio dice que existe todavía una nación donde se llega a la edad de doscientos años. Si, pues, incluso hoy existen lugares desconocidos para nosotros en que alcanzan tal duración las vidas humanas, que no hemos conocidos nosotros, ¿por qué no se ha de creer que existieron también esos tiempos? ¿Puede aceptarse que existe en alguna parte lo que no existe aquí, y es increíble que existiera alguna vez lo que no existe ahora?

CAPÍTULO X

Sobre la diferencia en el número de años entre los textos hebreos y los muertos

Entre el texto hebreo y el nuestro se observa alguna diferencia respecto a los años, cuya razón o motivo no se me alcanza; no es tanta, sin embargo, que estén en desacuerdo sobre la longevidad de aquellos hombres. El mismo primer hombre, Adán, antes de engendrar al que se llamó Set, según nuestros códices, vivió doscientos treinta años, y, en cambio, según los hebreos, sólo ciento treinta28. Pero después que nació, en nuestros códices consta que vivió setecientos años, y en los suyos ochocientos29. Y así, concuerda la suma total en unos y otros. Luego, en las generaciones siguientes, antes de nacer el que se recuerda, se dice en los códices hebreos que el padre vivió cien años menos; y después del nacimiento de aquél, en los nuestros faltan esos cien años. Así más o menos va concordando la totalidad del número.

En la sexta generación nunca discrepan los códices. En cambio, en la séptima, cuando se dice que Henoc no murió, sino que le plugo a Dios llevarlo, se repite la misma diferencia de cien años que en los cinco anteriores, antes de engendrar al hijo que se recuerda; pero existe una concordancia semejante en la totalidad; vivió, en efecto, según ambos textos, antes de ser trasladado, trescientos sesenta y cinco años30.

La octava generación tiene, ciertamente, alguna diversidad, pero menor y diferente de las otras. Matusalén, en efecto, a quien engendró Henoc, antes de engendrar al que sigue en el orden, vivió, según los hebreos, no cien años menos, sino veinte más. Éstos se encuentran añadidos en nuestros libros después que lo engendró, y en ambos se verifica la misma suma total³¹. Sólo en la nona generación, es decir, en los años de Lamec, hijo de Matusalén y padre de Noé, hay una discrepancia entre la suma total, pero no es muy grande. Se dice en el texto hebreo que vivió veinticuatro años más de lo que dice el nuestro³²; pues antes de engendrar a su hijo Noé, en el hebreo, tiene seis menos que en el nuestro, y después de engendrarlo, se cuentan treinta años más en el de ellos. Por donde, si quitamos aquellos seis, nos quedan los veinticuatro que dijimos.

CAPÍTULO XI

Edad de Matusalén, que parece sobrevivió catorce años al diluvio

Esta discrepancia entre los códices hebreos y los nuestros ha dado origen a la cuestión tan debatida de que Matusalén vivió catorce años después del diluvio, mientras que la Escritura recuerda que de todos los que había habido en la tierra, sólo ocho hombres se libraron de la destrucción del diluvio³³, y no estuvo Matusalén entre ellos. A tenor de nuestros códices, Matusalén, antes de engendrar a quien llamó Lamec, vivió ciento sesenta y siete años. Lamec después, antes de nacer su hijo Noé, vivió ciento ochenta y ocho años, que con los anteriores dan trescientos cincuenta y cinco. Añádanse a éstos los seiscientos de Noé, cuando tuvo lugar el diluvio34; y así tenemos novecientos cincuenta y cinco desde que nació Matusalén hasta el año del diluvio.

Pero en total el recuento de los años de Matusalén da novecientos sesenta y nueve; pues había vivido ciento sesenta y siete años cuando engendró al hijo llamado Lamec, y después de nacer éste, vivió ochocientos dos; todos ellos, como dijimos, nos dan novecientos sesenta y nueve35. Si restamos los novecientos cincuenta y cinco que van desde el nacimiento de Matusalén hasta el diluvio, nos quedan los catorce que se cree vivió después del diluvio.

Por eso algunos piensan que vivió esos años, pero no en la tierra, donde consta que fue destruida toda carne que por naturaleza no puede vivir en las aguas, sino que pasó algún tiempo con su padre, que había sido trasladado, y estuvo allí hasta que pasó el diluvio. Y lo interpretan así porque quieren mantener su fe en los códices que ha tenido la Iglesia por más auténticos. Piensan que los códices judíos son los que no contienen la verdad, en lugar de los otros. No admiten que se hayan equivocado aquí los intérpretes, sino que el error está más bien en la lengua, ya que fue a través de la griega como se tradujo la Escritura a la nuestra. No es creíble -afirman- que los Setenta, que dieron la versión en el mismo tiempo y con el mismo sentido, hayan podido equivocarse, o hayan querido mentir en lo que nada les iba; más bien han sido los judíos, por la envidia de que la Ley y los Profetas hayan pasado a nosotros en la interpretación, los que han cambiado algunas cosas en sus códices, para que quedara desvirtuada la autoridad de los nuestros.

Sobre esta opinión hipotética piense cada uno lo que le parezca; lo cierto es que Matusalén no vivió después del diluvio, sino que murió en el mismo año, si es verdad lo que nos cuentan los códices hebreos con relación al número de años. Mi opinión sobre los Setenta intérpretes la trataré con más atención en su lugar, cuando lleguemos con la ayuda de Dios a mencionar esos tiempos, según lo exija el plan de la obra. Por lo que se refiere a la cuestión presente, es suficiente que, según ambas familias de códices, hayan vivido tanto los hombres de aquella edad, que durante su vida sólo el mayor de los dos primeros padres haya podido multiplicar el linaje humano para fundar una ciudad.

CAPÍTULO XII

Opinión de los que no creen en los hombres de los primeros tiempos, tan longevos como se dice

1. No podemos en modo alguno dar oídos a los que piensan que los años en aquellos tiempos se contaban de otra manera, es decir, eran tan breves, que un año nuestro podría equivaler a diez de aquéllos. Así, dicen, cuando se oye o se lee que alguien vivió novecientos años, debe entenderse noventa, ya que un año nuestro es igual a diez de aquéllos, y diez años nuestros equivalen a cien. Por eso, piensa, Adán tenía veintitrés años cuando engendró a Set, y el mismo Set, cuando le nació Enós, tenía veinte años y seis meses, que computa la Escritura como doscientos cinco años. Piensan los que así opinan que un año nuestro lo dividían ellos en diez partes, y a estas partes las llamaban años. Cada una de estas partes tiene un senario cuadrado, porque Dios creó sus obras en seis días, para descansar el séptimo. De esto ya traté cuanto me fue posible en el libro undécimo.

Ahora bien, seis veces seis, número que constituye el cuadrado de seis, nos da treinta y seis días; y multiplicados éstos diez veces, llegan a trescientos sesenta, los doce meses lunares. Como quedaban cinco días con que se completa el año solar, y una cuarta parte del día, por la cual cada cuatro años se añadía un día dando origen al bisiesto, añadían los antiguos más tarde, para redondear el número de años, los llamados por los romanos días intercalares. Por lo tanto, también Enós, hijo de Set, tenía diecinueve años cuando nació de él su hijo Cainán, número que toma la Escritura como ciento noventa años36.

Luego, a través de las generaciones en que se refieren los años de los hombres antes del diluvio, de ninguno se narra en nuestros códices que haya engendrado hijos a los cien años o menos, ni a los ciento veinte o no mucho más. Antes, la mínima edad de tener hijos se dice fueron ciento sesenta años o algo más. Nadie, en efecto, dicen puede tener hijos a los diez años, que eran los que aquéllos llamaban cien. En cambio, a los dieciséis años ya llega la pubertad a su madurez y a la aptitud para tener descendencia; edad que aquellos tiempos denominaban ciento sesenta años.

Para confirmar la credibilidad de la diferente computación, añaden que en muchos historiadores se encuentra que los egipcios tenían el año de cuatro meses; los acarnianos, de seis meses; los lavinios, de trece meses. El mismo Plinio Secundo achacó a la ignorancia de los tiempos la anécdota de que uno había vivido ciento cincuenta y dos años, y otro diez años más; que otros habían vivido doscientos años; otros, trescientos, algunos hasta quinientos, habiendo llegado a los seiscientos, e incluso algunos a los ochocientos. Dice así: «Algunos limitan un año por la primavera y otro por el invierno; otros, por las cuatro estaciones, como los arcadios, cuyos años fueron de tres meses». También añadió que alguna vez los egipcios, cuyos años eran de cuatro meses, como dijimos antes, terminaban el año con el fin de la luna. «Así, dice, se encuentra entre ellos quien ha vivido mil años».

2. Con estos argumentos en apariencia probables, algunos, tratando no de destruir la fe de la historia sagrada, sino de confirmarla, a fin de que pareciera posible que hubieran vivido tantos años los antiguos, se persuadieron a sí mismos -y piensan que no es vana su persuasión- de que era tan pequeño el espacio de tiempo que tenían por un año, que diez son para ellos como uno para nosotros, y diez nuestros equivalen a cien de los suyos.

La falsedad de esta opinión queda demostrada por un documento bien evidente. Pero antes de mostrarlo, no me parece oportuno pasar en silencio una conjetura que puede parecer más aceptable. Podíamos con toda seguridad refutar y rechazar esa aserción por los códices mismos de los hebreos, donde encontramos que Adán tenía, no doscientos treinta, sino ciento treinta años cuando engendró a su tercer hijo37. Si esos años equivalen a los trece nuestros, sin duda que engendró al primero a los once años o no mucho más. ¿Quién puede engendrar a esta edad según la ley ordinaria y tan conocida de la naturaleza?

Pero pasemos por alto a Adán, que quizá pudo hacerlo cuando fue creado, ya que no es probable fuera creado tan pequeño como uno de nuestros bebés. Pero su hijo no tenía doscientos cinco, como leemos nosotros, sino ciento cinco años cuando engendró a Henoc38; según éstos, aún no tenía once años de edad. ¿Y qué diré de Cainán su hijo, que al engendrar a Malalehel tenía, según nosotros, ciento setenta años, y, según los hebreos, setenta?39 ¿Qué hombre de siete años puede engendrar, si los setenta años de entonces equivalían a siete?

CAPÍTULO XIII

¿Debe seguirse en el cómputo de los años la autoridad de los hebreos más bien que la de los Setenta intérpretes?

1. Al decir esto, se me contestará en seguida que aquello es una mentira de los judíos, como ya dije arriba, pues los Setenta intérpretes, de tan laudable renombre, no han podido mentir. Cabría preguntar: ¿qué es más verosímil: que los judíos, diseminados a lo largo y a lo ancho, hayan podido ponerse de acuerdo para consignar esta mentira, y por celos de la autoridad rival, se privaran ellos de la verdad; o que los Setenta varones, también judíos, reunidos en un solo lugar por el rey de Egipto Ptolomeo, que los había elegido para esta obra, hayan sentido envidia de comunicar a los gentiles extranjeros la misma verdad, y hayan obrado así de común acuerdo? ¿Quién no ve a qué parte se inclina la balanza de la credibilidad? La prudencia nos exige huir de ambos extremos: ni los judíos pudieron llegar a tal grado de perversidad y malicia en textos tan numerosos y tan difundidos por doquier ni aquellos Setenta varones, dignos de memoria, pudieron convenir en el plan de privar de la verdad a los pueblos.

Así, resulta más aceptable que, desde que comenzaron a copiarse estas cosas de la biblioteca de Ptolomeo, pudo haber un error en un códice primitivo, del cual se difundió ampliamente; también pudo tener su parte un error del copista. Y no parece absurdo sospechar esto en la cuestión de la vida de Matusalén; y lo mismo en aquel otro caso en que no concuerda la suma por la diferencia de veinticuatro años.

En cambio, en los otros casos, la apariencia de engaño es una cosa continuada: antes de nacer un hijo, que se inserta en su orden, en una parte sobran cien años y en la otra faltan; pero después de nacer, donde faltaban, sobran, y donde sobraban, faltan, de suerte que la suma está de acuerdo; lo cual ocurre en la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y séptima generación. Parece como si el error siguiera una constante, lo cual, más que casualidad, parece respirar una premeditación.

2. Por consiguiente, esta diversidad de números entre los códices griegos y latinos, por una parte, y los hebreos, por otra, donde se mantiene esa igualdad de quitar primero y añadir después cien años a través de tantas generaciones, no debe atribuirse a la malicia de los judíos ni a la prudencia calculada de los Setenta intérpretes, sino a un error del primer copista que recibió el códice de la biblioteca de dicho rey para copiarlo. Nos ocurre hoy también: cuando los números no reclaman una atención especial hacia algo fácilmente inteligible o de útil aprendizaje, se copian con negligencia y se corrigen con mayor ligereza. ¿Quién puede, en efecto, juzgarse obligado a aprender los miles de hombres que pudo tener cada tribu de Israel en particular? Uno piensa que no interesa nada; ¿cuántos hay capaces de ver gran utilidad en ello?

En cambio, cuando a través del entramado de tantas generaciones hay cien años en una parte y faltan en otra, y después del nacimiento del hijo de que se trata, faltan donde estuvieron y están donde faltaron, de suerte que la suma esté concorde, el que escribió esto parece quiere persuadirnos que los antiguos vivieron tantos años porque los tenían por muy cortos. Y trata de probar esto por la madurez de la pubertad, capaz ya de engendrar hijos. Y en aquellos ciento diez años pensó insinuar a los incrédulos nuestros años, por temor de que no aceptaran que los hombres habían vivido tanto tiempo: añadió ciento cuando no encontró edad hábil para la generación; y para que concordase la suma, los quitó después del nacimiento de los hijos. De esta manera, en efecto, quiso hacer creíbles las conveniencias de las edades aptas para la generación de la prole, pero de tal suerte que en el número no falsificase la edad total de cada uno de los que existían.

El no haber hecho esto en la sexta generación nos inclina fuertemente a pensar que precisamente lo hizo cuando existía el motivo que hemos dicho, como no lo hizo cuando no lo exigía. Vemos que encontró en la misma generación, según los hebreos, que vivió Jared, antes de engendrar a Henoc, ciento sesenta y dos años40, que según el cómputo de los años cortos se reducen a dieciséis y algo menos de dos meses. Esta edad ya era apta para la generación; y por eso no fue necesario añadir cien años cortos para que llegaran a nuestros veintiséis ni quitar tampoco después de nacido Henoc los que no había añadido antes de nacer. Por eso no hay aquí diferencia alguna entre los dos textos.

3. Pero surge de nuevo la cuestión: ¿por qué en la octava generación, antes de nacer Lamec de Matusalén, mientras en los hebreos se leen ciento ochenta y dos años, se encuentran veintidós menos en nuestros códices, donde más bien suelen añadirse cien, y después de nacido Lamec se restituyen para completar la suma, que no discrepa en ambas familias de códices? Si a causa de la madurez de la pubertad quería tomar los ciento setenta años por los diecisiete, como no tenía necesidad de añadir nada, tampoco debía quitarlo; había encontrado una edad capaz de engendrar hijos, por lo cual añadía en los otros, donde no la encontraba apta, aquellos cien años. Justamente se pudiera pensar en esto de los veinte años que hubo algún error accidental si, como los había quitado antes, no los hubiera restituido después, para que coincidiera la suma total. ¿Hemos de pensar acaso que esto se hizo con malicia, para ocultar el artificio acostumbrado de añadir cien años primero y quitarlos después, cuando se hacía algo semejante donde no había sido necesario, no ciertamente con cien años, sino con cualquier número restado primero y añadido después?

Tómese esto como se tome, créase o no se crea que ha sucedido así, sea finalmente de esta manera o no lo sea, por mi parte, cuando se encuentra algo diverso en los dos textos y no pueden compaginarse con la verdad de los hechos uno y otro, no dudo en absoluto que se proceda rectamente si se da la preferencia a la lengua cuya versión a otra ha sido llevada por traductores. Pues incluso en tres códices griegos, en uno latino y en otro sirio, concordes entre sí, se encuentra que Matusalén murió seis años antes del diluvio.

CAPÍTULO XIV

Igualdad de los años, que tuvieron en los primeros siglos la misma duración que al presente

1. Veamos ya cómo se puede demostrar con toda evidencia que los años calculados en la vida tan prolongada de aquellos hombres no eran tan cortos que diez de ellos equivalieran a uno nuestro, sino que eran de la misma duración que los actuales (acomodados al curso del sol). Está escrito que el diluvio tuvo lugar en el año seiscientos de la vida de Noé. ¿Por qué se lee allí: Y el agua del diluvio vino sobre la tierra en el año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, el día veintisiete del mes41, si aquel año tan pequeño, que se necesitan diez para hacer uno nuestro, tenía treinta y seis días? Un año tan pequeño, si tuvo este nombre al uso antiguo, o no tiene meses, o el mes no puede tener más de tres días para poder tener doce meses. ¿Cómo se dice aquí en el año seiscientos, el mes segundo, el día veintisiete del mes, sino porque aquellos meses eran como los de ahora? Si no fuera así, ¿cómo podía decirse que el diluvio comenzó el día veintisiete del segundo mes?

También a continuación se lee al cesar el diluvio: A los ciento cincuenta días, el día diecisiete del mes séptimo, el arca encalló en los montes de Ararat. El agua fue disminuyendo hasta el mes undécimo, y el día primero de ese mes asomaron los picos de las montañas42. Si tales eran los meses, sin duda que los años eran también como los tenemos ahora. Aquellos meses de tres días no podían tener veintisiete. A no ser que se llamara día a una tercera parte del mismo, para disminuirlo todo proporcionalmente; y entonces aquel diluvio tan grande, que se dice duró cuarenta días y cuarenta noches, habría tenido cuatro días escasos de duración. ¿Quién puede admitir absurdo tan infundado?

Así, pues, lejos de nosotros semejante error que, basado en falsa conjetura, trata de afirmar la fe de nuestras Escrituras destruyéndola por otra parte. Ni más ni menos el día era entonces tan grande como ahora, formado por el curso nocturno y diurno de veinticuatro horas; el mes era también un mes como el de ahora, determinado por el comienzo y fin de la luna; y el año era como el actual, conformado por doce meses lunares, con el apéndice de cinco días y un cuarto a causa del curso solar. De la misma duración era el año seiscientos de la vida de Noé, y el segundo mes y el día veintisiete del mes en que comenzó el diluvio; diluvio que se prolongó por cuarenta días de lluvia torrencial, días no de dos horas o poco más, sino de veinticuatro contando noche y día43.

En consecuencia, aquellos antiguos vivieron hasta más de novecientos años de la misma duración que los ciento setenta y cinco que vivió Abrahán44; o los ciento ochenta que después de él vivió su hijo Isaac45; y los casi ciento cincuenta de su hijo Jacob46; los ciento veinte, pasada cierta época, de Moisés47; y los setenta u ochenta o poco más que viven ahora los hombres, y de los cuales se dijo: Y lo que pasa de esto, fatiga y dolor48.

2. Ciertamente esa diferencia de números que se encuentran entre el texto hebreo y el nuestro no se contradice sobre esta longevidad de los antiguos; y, si tiene algo tan diverso que no puedan conciliarse ambas afirmaciones, debe darse más crédito a la lengua de la que procede nuestra traducción. Estando esto a disposición de cuantos quieran, no deja de ser extraño que nadie se haya atrevido a corregir según los códices hebreos a los Setenta en tantas cosas en que parecen diferir. No se ha tenido por engañosa esa diversidad; ni yo tampoco la tengo por tal. Si no hay error del copista, hay que pensar, cuando el sentido se conforme con la verdad y la proclame, que ellos, guiados por el divino Espíritu, han intentado decir algo diverso, no guiados por el uso de los traductores, sino por la libertad de profetas.

Por ello, justamente, la autoridad apostólica, cuando acude a los testimonios de la Escritura, se sirve no sólo del texto hebreo, sino también del texto de los Setenta. Pero sobre esta cuestión he prometido hablar más cumplidamente, con la ayuda de Dios, en lugar más oportuno; ahora voy a terminar lo que urge. No hay motivo para dudar que quien nació del primer hombre, en época de vida tan prolongada, pudo fundar una ciudad, ciertamente la terrena, no la llamada ciudad de Dios. Para escribir sobre ésta he tomado entre manos empresa de tal envergadura.

CAPÍTULO XV

¿Es posible que los hombres de los primeros tiempos se abstuvieran del coito hasta aquella época en que se dice que tuvieron hijos?

1. Preguntará alguien: ¿es posible que un hombre capaz de engendrar y sin propósito de continencia se haya abstenido del trato con la mujer ciento y más años, o no mucho menos según el texto hebreo, esto es, ochenta, setenta o sesenta, o que no pudo engendrar si no se abstuvo? Dos soluciones para esta cuestión: o la pubertad llegó proporcionalmente tanto más tarde cuanto era mayor la duración de la vida o, lo que parece más admisible, no se mencionan aquí los primogénitos, sino los que reclamaba el orden de sucesión hasta llegar a Noé, desde quien vemos que se llegó hasta Abrahán, y después hasta un tiempo determinado, según era preciso designar, por las generaciones citadas, el curso de la gloriosísima ciudad exiliada en este mundo y peregrina hacia la patria celeste.

Lo que no puede negarse es que Caín fue el primero que nació de la unión del hombre y la mujer; si no hubiera sido al nacer el primero en ser asociado a aquellos dos, no hubiera dicho Adán lo que dijo: He adquirido un hombre por gracia de Dios.A ése siguió Abel, a quien mató el hermano mayor; bajo cierta figura de la extranjera ciudad de Dios, fue el primero en demostrar que ella había de soportar injustas persecuciones por parte de los impíos y, en cierto modo, terrenos, esto es, que aman su origen terreno y se deleitan en la felicidad terrena de la terrena ciudad.

Es verdad que no aparece cuántos años tenía Adán cuando los engendró. Síguense entonces unas genealogías de Caín y otras del que tuvo Adán como sucesor del muerto por su hermano, a quien llamó Set, diciendo aquellas palabras de la Escritura: Dios me ha dado otro descendiente a cambio de Abel, asesinado por Caín49. Estas dos series de genealogías, una de Set y otra de Caín, nos insinúan en distinto orden estas dos ciudades de que tratamos: una, la celeste, que peregrina en la tierra; la otra, la terrena, ansiosa y apegada a los goces terrenos, como si no hubiera otros. Sin embargo, al enumerar la descendencia de Caín, habiendo contado a Adán hasta la octava generación, no se cita a ninguno con los años que tenía cuando engendró al que le sigue en la enumeración. Se ve que no quiso el Espíritu de Dios señalar los tiempos antes del diluvio en las genealogías de la ciudad terrena y, en cambio, lo quiso en las de la ciudad celeste, como si fueran más dignos de memoria.

A su vez, cuando nació Set, no se pasaron por alto los años de su padre, pero ya había engendrado a otros: ¿quién se atrevería a afirmar que fueron solos Caín y Abel? En efecto, si se ha citado sólo a éstos por causa de las genealogías que era preciso recordar, no se puede llegar a la consecuencia de que sólo ellos fueron los hijos de Adán. Porque, habiéndose encubierto en el silencio los nombres de todos los demás, al leerse en la Escritura que engendró hijos e hijas, ¿quién osaría, asegurar, sin ser tachado de temerario, cuál haya sido esa prole suya? Pudo muy bien decir Adán inspirado por Dios, después de nacer Set: Dios me ha dado otro descendiente a cambio de Abel, porque había de ser tal que completase la santidad de aquél, no porque fuera el primero en nacer en el orden del tiempo después de él.

En el pasaje siguiente: Y vivió Set doscientos cinco años, o, como dice el texto hebreo, ciento cinco años, y engendró a Enós, ¿se puede asegurar inconsideradamente que éste fue su primogénito? Con toda razón preguntaríamos admirados cómo durante tantos años se habría abstenido del uso del matrimonio sin propósito alguno de continencia, o cómo no habría engendrado estando casado, ya que del mismo se lee: Engendró hijos e hijas, y a la edad de novecientos doce años murió50.

Sucede así después con aquellos cuyos años se citan: no se pasa en silencio que engendraron hijos e hijas. Por ello no aparece claro que sea el primogénito el que se cita como engendrado; antes bien, como no es creíble que aquellos padres de edad tan larga o fueran impúberes o no tuvieran mujeres e hijos, se presenta más admisible que aquellos que se citan no fueron sus primeros hijos. Pero como el autor de la historia sagrada pretendía llegar al nacimiento y vida de Noé, en cuyo tiempo tuvo lugar el diluvio, señalados los tiempos por la sucesión de las genealogías, es lógico que recordara no las primeras que tuvieron sus padres, sino las que convenían al orden de la propagación.

2. Como ejemplo, para poner más claro esto, voy a intercalar un detalle, a fin de que nadie ande dudando que pudo haber sucedido lo que digo. El evangelista San Mateo, queriendo transmitir a la posteridad la genealogía carnal del Señor a través de sus padres, comenzando por el padre Abrahán, y tratando de llegar primeramente a David, dice: Abrahán engendró a Isaac. ¿Por qué no dijo a Ismael, a quien había engendrado antes? También dice: Isaac engendró a Jacob. ¿Por qué no dice a Esaú, que fue su primogénito? Sencillamente, porque a través de ellos no hubiera podido llegar a David. Sigue después: Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. ¿Fue acaso Judá el primogénito? Judá engendró a Fares y a Zarán51, dice luego. Y ninguno de estos dos gemelos fue el primogénito, ya que antes había tenido tres.

Así puso en el orden de las generaciones a los que convenía para llegar a David, y desde él, al fin que pretendía. Por lo cual puede llegarse a la conclusión de que antes del diluvio no se citó a los primogénitos, sino a los que habían de conducir por sucesivas generaciones al patriarca Noé, para que no nos sintamos abrumados por la cuestión oscura y superflua de su tardía pubertad.

CAPÍTULO XVI

El derecho conyugal fue diferente en los primeros matrimonios que en los posteriores

1. El género humano, tras la unión del varón, hecho de barro, y de su esposa, formada de su costado, tenía necesidad de la unión de varones y hembras para multiplicarse por la generación; pero como no había más hombres que los nacidos de aquellos dos, los varones tuvieron que tomar por esposas a sus hermanas. Este sistema, cuanto más necesario en la antigüedad por la necesidad que lo exigía, tanto llegó a ser más condenable por impedimento de la religión. En ello se consideró como motivo importantísimo la caridad, ya que los hombres, para quienes es provechosa y buena la concordia, es justo estén unidos por vínculos de diversos parentescos; y que no acumule uno en sí mismo muchos, antes bien se distribuyan entre los demás, y así, repartiéndose entre muchos, contribuyan más y más a fomentar la vida social.

Así, padre y suegro son los nombres de dos parentescos. Si cada uno tiene un padre y un suegro, el amor se extiende entre más personas. En cambio, Adán se vio forzado a acumular los dos en sí con sus hijos y sus hijas, cuando se unían en matrimonio los hermanos y las hermanas. Lo mismo Eva, su esposa, fue madre y suegra para sus hijos de ambos sexos. Si hubiera habido dos mujeres, suegra una y madre la otra, el amor social hubiera acrecido sus relaciones. Finalmente, también la misma hermana, por ser a la vez esposa, cumulaba en sí dos parentescos, que, distribuidos entre dos, es decir, siendo una hermana y otra esposa, se aumentaría en número de individuos la parentela social.

Pero no había posibilidad de realizar esto cuando no había sino hermanos y hermanas procedentes de aquella primera pareja. Fue un deber, pues, cuando ello fue posible por la abundancia, tomar por esposas a las que no eran hermanas; y no habiendo necesidad de esa práctica, se consideraba algo nefasto el conservarla. Si los nietos de los primeros hombres, que podían ya casarse con sus primas, se casaran con sus hermanas, ya no habría en un solo hombre dos, sino tres parentescos, que en pro del fomento del amor en parentela más numerosa debieron distribuirse entre otros. Así, un solo hombre sería para dos de sus hijos, hermano y hermana unidos en matrimonio, padre, suegro y tío; como su esposa sería para los mismos madre, suegra y tía; y sus hijos entre sí no sólo serían hermanos y cónyuges, sino también primos, por ser hijos de hermanos. Todos estos parentescos, que unían tres hombres a uno solo, podían unir a nueve distribuidos uno por uno, de suerte que un solo hombre tuviera a una como hermana, a otra como prima, a otro como padre, a otro como tío, a otro como suegro, a otra como madre, a otra como tía y a otra como suegra; y así no se vería encerrado en un pequeño número, sino más y más difundido el vínculo social por los numerosos parentescos.