He expuesto, según mis posibilidades, no con más elegancia, pero sí, pienso yo, con más brevedad y llaneza que Aulo Gelio lo que dice él que leyó en el libro de Epicteto, y que éste lo había dicho y pensado según los principios de los estoicos.
3. Si esto es así, en nada o casi nada se diferencia la opinión de los estoicos de la de los otros filósofos sobre las pasiones y perturbaciones del espíritu; unos y otros defienden la mente y la razón del sabio del dominio de aquéllas. Quizá los estoicos dicen que no afectan al sabio porque no pueden ofuscar con error alguno o manchar la sabiduría que lo hace sabio.
Eso sí, salvo la serenidad de la sabiduría, pueden afectar al alma del sabio, por lo que llamamos comodidad o incomodidad, aunque no quieran llamar a éstas bienes o males. Porque si aquel filósofo tuviera en nada las cosas que veía iba a perder en el naufragio, como esta vida y la salud del cuerpo, no hubiera temido el peligro hasta el punto de manifestarlo con su palidez. Podría, sin embargo, aun sufriendo esa conmoción, mantener convencido la opinión de que aquella vida y la salud del cuerpo, cuya pérdida se sentía amenazada por desaforada tempestad, no son bienes de tal categoría, que, como la justicia, hacen buenos a los que los poseen.
Por lo que se refiere a no hablar de bienes, sino de comodidades, se relega a contienda de palabras, no a cuestión de realidad. ¿Qué importa llamarlos bienes o comodidades si ante su pérdida se estremece y palidece no menos el estoico que el peripatético, sin llamarlos por el mismo nombre, pero estimándolos igualmente? Cierto, si con peligro de estos bienes o comodidades fueran incitados a cometer alguna torpeza o algún crimen, de tal suerte que no pudieran conservarlos de otra manera, uno y otro afirman que antes de violar la justicia cometiendo esas fechorías, prefieren perder cuanto asegurara la vida y la salud del cuerpo.
De esta suerte la mente, en que está firme esta opinión, no permite que en sí pueda prevalecer contra la razón perturbación alguna, aunque sólo tenga lugar en las partes inferiores del apetito; más aún, la razón domina sobre ellas, y no consintiendo en ellas, sino más bien resistiendo, hace que reine la virtud. Así describe también Virgilio a Eneas cuando dice: «Su resolución permanece inmoble, y en vano lo asedian las lágrimas».
CAPÍTULO V
Las pasiones que agitan el alma del cristiano no arrastran al vicio, sino que ejercitan la virtud
No es preciso demostrar al presente con profusión y diligencia lo que sobre estas pasiones nos enseña la Escritura divina, donde se contiene la ciencia cristiana. Pues ella somete la misma mente a Dios para que la gobierne y la ayude, y somete a la mente las pasiones para que las modere y las frene, haciéndolas servir a la justicia. Es decir, en nuestra doctrina no se cuestiona tanto si el ánimo piadoso se aíra, cuanto por qué se aíra; ni si está triste, sino por qué está triste; ni si teme, sino por qué teme. Porque airarse con el que peca para que se corrija, entristecerse con el afligido para que se vea libre de su aflicción, temer por el que corre un riesgo para que no perezca, no creo, bien considerado, pueda reprenderlo nadie.
Aunque los estoicos suelen reprender aun la misericordia, ¡cuánto más hermoso es ver al estoico perturbarse por la misericordia de librar a un hombre que por el temor de un naufragio! Mucho mejor, más humana y más conforme con el sentir piadoso es la alabanza que tributó Cicerón a César: «Ninguna de tus virtudes es más admirable ni más grata que la misericordia». ¿Y qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerlo si está en nuestra mano? Este movimiento está subordinado a la razón si se ofrece la misericordia de tal modo que se observe la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al arrepentido.
Cicerón, ilustre estilista, no tuvo reparos en llamar virtud lo que los estoicos no se avergonzaron de contar entre los vicios; y, sin embargo, éstos, como enseña el libro del ilustre estoico Epicteto, según las doctrinas de Zenón y de Crisipo, jefes de esta escuela, admiten tales pasiones en el ánimo del justo, que dicen está libre de todos los vicios. De donde se sigue que no tienen por vicio a estas pasiones, cuando de tal modo afectan al sabio, que no tengan poder alguno contra la virtud de la mente y contra la razón. El mismo sentir tienen los peripatéticos, o platónicos, y los mismos estoicos; pero -dice Cicerón- ya desde muy antiguo estos pequeños griegos se sintieron presa de la controversia sobre las palabras, más amantes de la discusión que de la verdad.
Aún se puede preguntar si pertenece a la flaqueza de esta vida presente el sufrir semejantes movimientos, aun en cualquier clase de buenas ocupaciones. Los santos ángeles castigan sin ira a quienes entregó la ley eterna de Dios para ser castigados; lo mismo que socorren a los miserables sin sufrir ellos la miseria, y favorecen sin temor a sus amigos que están en peligro. Y, sin embargo, por la costumbre del lenguaje humano se aplican también a ellos los nombres de estas pasiones, no por la flaqueza de los afectos, sino por cierta semejanza de las obras. Al igual que, según las Escrituras, se irrita Dios, pero no se turba por pasión alguna. Esta palabra expresa el efecto de la venganza, no el alborotado afecto.
CAPÍTULO VI
Pasiones que, según Apuleyo, perturban a los demonios, cuyo concurso afirma ayuda a los hombres ante los dioses
Dejando de momento esta cuestión sobre los santos ángeles, veamos cómo dicen los platónicos que los demonios, puestos como intermedios entre los dioses y los hombres, sufren los vaivenes borrascosos de las pasiones. Si en verdad soportaran estos asaltos con mente libre de ellos y señora de los mismos, no diría Apuleyo que sufrían el oleaje de estos pensamientos a merced de un movimiento semejante del corazón o de la agitación de la mente. Su misma mente, pues -esto es, la parte superior del espíritu que los hace racionales y en la cual está la virtud y sabiduría, si es que tienen alguna-, tendría su dominio en el gobierno y moderación de las pasiones turbulentas de las partes inferiores del alma. Mas esa misma mente, como confiesa este platónico, se siente sacudida en el mar de tales perturbaciones.
Por tanto, la mente de los demonios está sujeta a las pasiones de la torpeza, el temor, la ira y demás de esta naturaleza. Entonces, ¿qué parte está libre de ellos y consciente de la sabiduría, por la cual puedan agradar a los dioses y estimular a los hombres a sus buenas costumbres? Porque su mente, sometida y oprimida por los vicios de las pasiones, cuanto tiene de razón naturalmente lo dirige al engaño y seducción con tanta mayor fuerza, cuanto más la domina el ansia de perjudicar.
CAPÍTULO VII
Los platónicos dicen que los dioses han sido desacreditados por las ficciones de los poetas, haciéndolos sujetos de afectos contrarios, propios de los demonios y no de los dioses
Puede decir alguien que no se refiere a todos, sino al número de los malos demonios, a quienes los poetas, sin apartarse mucho de la verdad, representan como dioses enemigos o amantes de los hombres, y que de éstos afirmó Apuleyo estaban sometidos a todos los vaivenes de pensamientos. ¿Cómo podremos entender esto si al decirlo describía el lugar intermedio que ocupan, en razón de sus cuerpos aéreos, no algunos, o sea, los malos, sino todos los demonios? Ésta es -dice- la ficción de los poetas: hacer dioses del número de estos demonios e imponerles los nombres de los dioses y distribuirles a su voluntad amigos o enemigos de entre los hombres, y esto valiéndose de la impunidad que les otorga la ficción del verso. Y, sin embargo, nos presentan a los dioses alejados, por el lugar celeste y la opulencia de su felicidad, de estas costumbres de los demonios. En esto consiste la ficción de los poetas, en llamar dioses a los que no son dioses y en hacerlos contender entre sí bajo el nombre de dioses por causa de los hombres, a quienes aman u odian por espíritu partidista. Y aun afirma que esta ficción no está lejos de la verdad porque, designando con el nombre de dioses a los que no son dioses, los describe tan demonios como son.
Dice, finalmente, que tal es la famosa Minerva de Homero, «que intervino en las asambleas de los griegos para calmar a Aquiles». Sobre la tal Minerva, la declara él una ficción de los poetas, ya que a Minerva la tiene por diosa y la coloca en alta mansión etérea entre los dioses, a todos los cuales tiene por buenos y felices, lejos del trato de los mortales. En cambio, confiesa que los poetas no andaban lejos de la verdad al decir que hubo algún demonio favorable a los griegos y contrario a los troyanos, como algún otro socorredor de los troyanos contra los griegos, a quien el mismo poeta (Homero) designa con el nombre de Venus o de Marte, dioses que coloca éste en las moradas celestes sin realizar esas obras. Y estos demonios luchaban entre sí en favor de los que amaban, contra los que odiaban.
Tales cosas dijeron de éstos que atestiguan están sometidos a todos los vaivenes de pensamiento con movimiento del corazón y borrasca de la mente semejantes a los hombres. De suerte que pudieran ejercitar en favor de unos contra otros sus predilecciones y sus odios, no según la justicia, sino como el pueblo, su semejante, entre los cazadores y los aurigas, según su espíritu partidista. Esto parece intentó el filósofo platónico, a fin de que, al ser cantadas estas cosas por los poetas, se creyeran realizadas no por los demonios intermedios, sino por los mismos dioses, cuyos nombres les ponen los poetas en su ficción.
CAPÍTULO VIII
Definición de los dioses celestes, de los demonios aéreos y de los hombres terrenos dada por el platónico Apuleyo
¿Qué? ¿Merece alguna atención la definición que da de los demonios (donde abarcó ciertamente a todos, señalándolos bien) en que dice que los demonios son, por su linaje, vivientes; por su ánimo, pasibles; racionales por su mente; aéreos por el cuerpo; eternos por el tiempo? En las cinco propiedades citadas no ha dicho en absoluto que los demonios parezcan tener de común con los hombres, al menos buenos, lo que no hay en los malos.
Describe luego los hombres buenos con más extensión, hablando de ellos en su lugar como de los ínfimos y terrenos, después que había hablado de los dioses celestes; y habiendo citado las dos partes extremas, la superior y la inferior, habla en tercer lugar de los demonios intermedios. «Por tanto -dice-, los hombres célebres por su razón, dotados de lenguaje, con almas inmortales, miembros mortales, con costumbres desemejantes y errores parecidos, de audacia obstinada y de esperanza firme, de actividad estéril y de fortuna inestable, mortales individualmente, pero sucediéndose en conjunto siempre, perpetuándose, a su vez, en la prole, con su existencia fugitiva, tarda sabiduría, muerte rápida y vida quejumbrosa, habitan en la tierra».
Al citar aquí tantas cosas, que tienen muchísimos nombres, ¿pasó en silencio acaso el detalle de «tarda sabiduría» lo que sabía es propio de pocos? Si lo hubiese pasado, en modo alguno hubiera delimitado al género humano en la esmerada diligencia de esta descripción. Ahora bien, al poner de relieve la excelencia de los dioses, afirmó que en ellos se destacaba la misma felicidad a que aspiran los hombres llegar por medio de la sabiduría. Por consiguiente, si quería dar a entender que había algunos demonios buenos, pondría en su descripción alguna propiedad por la que viniéramos a entender que tenían alguna parte de felicidad con los dioses o alguna sabiduría con los hombres. Sin embargo, no hizo mención de ningún bien suyo que distinga a los buenos de los malos. Y aunque se mostró reservado en expresar con libertad su malicia, no fue tanto por no chocar con ellos cuanto con sus seguidores, a quienes se dirigía.
Pero bien claro les dio a entender a los prudentes qué opinión debían formarse de ellos, ya que procuró separar con precisión a los dioses, todos buenos y felices, a su entender, de las pasiones, y aun -dice- de las perturbaciones de los demonios, y sólo los relacionó por la eternidad de los cuerpos; en cambio, en cuanto al alma, recalcó abiertamente que no son semejantes a los dioses, sino a los hombres. Y aun esto no por la cualidad de la sabiduría, de que pueden participar los hombres, sino por la perturbación de las pasiones, que domina sobre los necios y los sabios; mas es dominada en tal manera por los sabios y los buenos, que prefieren no tener que superarla.
Si en efecto quisiera dar a entender que los demonios tenían con los dioses la eternidad de las almas, no la de los cuerpos, no excluiría a los hombres de la participación de este privilegio, porque sin duda, como buen platónico, piensa que también los hombres tienen alma inmortal. Por eso, al describir este género de vivientes, dice que los hombres tienen alma inmortal y miembros sujetos a la muerte. Y así, si los hombres no tienen en común con los dioses la eternidad por tener un cuerpo mortal, síguese que la tienen los demonios por su cuerpo inmortal.
CAPÍTULO IX
¿Puede la intercesión de los demonios granjear a los hombres la amistad de los dioses celestes?
¿Qué clase de mediadores entre los hombres y los dioses son éstos, por los cuales pueden los hombres aspirar a la amistad de los dioses? De hecho, tienen en común con los hombres lo peor, que es lo mejor en el viviente, esto es, el alma, y con los dioses, lo mejor, que es lo peor en el ser viviente, el cuerpo. Pues el ser animado, el animal, consta de alma y cuerpo, siendo el alma mejor que el cuerpo; y aunque sea viciosa y débil, siempre es mejor que el cuerpo más sano y fuerte, puesto que su naturaleza es más excelente y no puede ser pospuesta al cuerpo ni aun con la mancha de sus defectos; como se estima en más el oro, aunque esté sucio, que la plata o el plomo, por purísimos que estén. Así estos mediadores, por cuya interposición se une lo humano con lo divino, tienen con los dioses el cuerpo eterno, y con los hombres el espíritu vicioso; como si quisieran demostrar que la religión, por la que se unen los hombres con los dioses a través de los demonios, está fundada más bien en el cuerpo que en el alma.
En fin, ¿qué malicia, qué castigo suspendió a estos mediadores falsos y falaces como si dijéramos con la cabeza abajo, de suerte que tengan común con los superiores la parte inferior del viviente, esto es, el cuerpo, y con los inferiores la parte superior, el alma? Así, están unidos con los dioses celestes por la parte esclava, y son miserables con los hombres terrestres por la parte señora. Porque el cuerpo es esclavo, como dice también Salustio: «Usamos del espíritu más bien para mandar y del cuerpo para servir». Y aún añade: «Lo uno nos es común con los dioses; lo otro, con las bestias».
Pero éstos, que los filósofos nos propusieron como mediadores entre nosotros y los dioses, bien pueden decir del alma y el cuerpo: el uno nos es común con los dioses; la otra, con los hombres. Con la diferencia, como dije, de que están atados y colgados al revés, teniendo el cuerpo esclavo común con los dioses felices y el alma señora con los hombres miserables, como si dijéramos, exaltados por la parte inferior, y abatidos por su parte superior. De donde se sigue que si alguien juzga que tiene en común con los dioses la eternidad, porque ninguna muerte puede separar su espíritu del cuerpo, como el de los vivientes terrestres, aun así no se puede juzgar a su cuerpo como portador eterno de seres honorables, sino como vínculo eterno de seres condenados.
CAPÍTULO X
Según la opinión de Plotino, son menos miserables los hombres en el cuerpo mortal
En los tiempos más próximos a nosotros se alaba ciertamente a Plotino por haber interpretado a Platón mejor que los demás. Tratando de las almas humanas, dice: «El Padre, en su misericordia, les preparó vínculos mortales». Así juzgó que el ser los hombres mortales por el cuerpo pertenece a la misericordia de Dios padre, a fin de que no estuvieran siempre sujetos a la miseria de esta vida. De esa misericordia ha sido tenida por indigna la iniquidad de los demonios, que recibió en la miseria de un ánimo posible no un cuerpo mortal, como los hombres, sino un cuerpo eterno.
Serían, efectivamente, más felices que los hombres si tuvieran un cuerpo mortal común con ellos y un espíritu feliz con los dioses. Y serían iguales a los hombres si junto con un alma miserable hubieran merecido tener común con ellos al menos un cuerpo mortal; claro, si lograban algo de piedad para reposar de sus quebrantos al menos con la muerte. Ahora bien, no sólo no son más felices que los hombres por su espíritu miserable, sino más miserables por la atadura perpetua del cuerpo. Pues no juzgó que, por su progreso en la piedad y la sabiduría, pudieran hacerse dioses de demonios, ya que los declaró expresamente demonios eternos.
CAPÍTULO XI
Sentir de los platónicos, según el cual las almas de los hombres son demonios después de la muerte
Dicen también que las almas de los hombres son demonios, y que de los hombres se hacen Lares, si tienen buenos méritos; Lemures o Larvas, si los tienen malos; y, en cambio, se hacen dioses Manes si es incierto tengan buenos o malos méritos. ¿Quién no ve en esta opinión, por poca atención que preste, qué abismo abren a las costumbres depravadas? En efecto, por perversos que sean los hombres, al pensar que se convierten en Larvas o dioses Manes, se harán tanto peores cuanto más deseosos de perjudicar; de suerte que los sacrificios, que se les ofrecen como honores divinos después de la muerte, son como una invitación a perjudicar, pues dice que las Larvas son demonios nocivos que provienen de los hombres.
Pero esto es otra cuestión: asegura que si en griego se les llama a los felices εὐδαίμονες, es porque son espíritus buenos, es decir, «demonios buenos»; con lo cual confirma que también los espíritus de los hombres son demonios».
CAPÍTULO XII
Tres propiedades contrarias que, según los platónicos, distinguen la naturaleza de los demonios de la de los hombres
Al presente tratamos de aquellos demonios que describió Apuleyo entre los dioses y los hombres: vivientes en cuanto al género, racionales por la mente, pasibles en cuanto al espíritu, aéreos por el cuerpo, eternos por el tiempo. Es, a saber: al distinguir primero a los dioses en el cielo sublime y a los hombres en la tierra más baja, separados por los lugares y por la dignidad de la naturaleza, concluye así: «Tenéis así dos clases de vivientes: los dioses tan diferentes de los hombres por la sublimidad del lugar, por la perpetuidad de la vida, por la perfección de la naturaleza, y sin ninguna comunicación cercana entre sí, ya que tan elevado espacio separa las moradas supremas de las ínfimas; y, además, es allí la vitalidad eterna e indefectible, y aquí caduca y pasajera; están aquellos ingenios elevados a la felicidad, y éstos rebajados a las miserias».
Veo aquí citadas tres propiedades sobre las dos partes extremas de la naturaleza, es decir, la suprema y la ínfima. Pues las tres que hizo resaltar como laudables en los dioses, las repite luego, aunque con otras palabras, para oponerles otras tres contrarias en los hombres. Las tres de los dioses son éstas: la sublimidad del lugar, la perpetuidad de la vida, la perfección de la naturaleza.
Y repitió estas tres con otras palabras para oponerles tres contrarias de la condición humana: «Tan elevado espacio separa las moradas supremas de las ínfimas», lo cual corresponde a la sublimidad del lugar. «Es allí la vitalidad eterna o indefectible, y aquí, caduca y pasajera», lo cual se refiere a la perpetuidad de la vida. «Están aquellos ingenios elevados a la felicidad, y éstos rebajados a la miseria», lo cual se refiere a la perfección de la naturaleza. Por consiguiente, propone tres propiedades de los dioses: lugar sublime, eternidad, felicidad; y las tres opuestas de los hombres: lugar ínfimo, mortalidad, miseria.
CAPÍTULO XIII
¿Cómo los demonios, sin ser dichosos con los dioses ni miserables con los hombres, pueden ser mediadores entre ambas partes, sin comunicación con ninguna?
1. En estas tres propiedades de los dioses y de los hombres, como colocó en medio a los demonios, no se suscita controversia alguna sobre el lugar: entre el sublime y el ínfimo existe y se habla con toda propiedad de un lugar medio. Quedan las otras dos, en que hay que poner una diligencia más atenta: cómo se demuestra que son ajenas a los demonios, o cómo se les distribuyen según parece exigirlo el lugar medio. Pues no podemos decir justamente que, así como afirmamos que hay un lugar supremo y otro ínfimo, así los demonios, siendo vivientes racionales, no son ni felices ni miserables, como las plantas y los brutos, que carecen de sentido o de razón, puesto que los que están dotados de razón han de ser miserables o felices.
Tampoco podemos decir que los demonios no son mortales ni eternos, ya que todos los seres vivientes o viven para siempre o terminan su vida con la muerte. ¿Qué resta, pues, sino que estos intermedios tengan una propiedad de las dos supremas y otra de las dos ínfimas? Pues si tuvieran las dos de los ínfimos o las dos de los supremos, ya no serían intermedios; o se remontarían o descenderían a una u otra parte. Pero como no pueden carecer, según se ha demostrado, de una y otra, tendrán que mediar tomando una propiedad de cada parte. No pudiendo tener de los ínfimos la eternidad, que no existe en ellos, ya tienen una propiedad de los sublimes, y no les queda otra, para cumplir su mediación, sino tomar de los ínfimos la miseria.
2. Así, pues, según los platónicos, es propio de los dioses sublimes la eternidad feliz o la felicidad eterna; de los hombres ínfimos, la miseria mortal o la mortalidad miserable, y de los demonios intermedios, la eternidad miserable o la eterna miseria.
Entre las cinco propiedades que expuso al definir a los demonios no demostró, como prometía, que estuvieran en medio. Dijo, en efecto, que tenían tres cosas comunes con nosotros: ser vivientes por la naturaleza, racionales por la mente, pasibles por el espíritu. Otra propiedad tenían con los dioses: ser eternos por el tiempo. Y, finalmente, una propia: ser aéreos por el cuerpo. ¿Cómo pueden, pues, estar en medio si tienen una sola cualidad común con los seres supremos y tres con los ínfimos? ¿Quién no ve cómo, dejando ese lugar medio, tienen que doblegarse y bajarse a los ínfimos?
Cierto que pueden llamarse medios de otra manera: teniendo un cuerpo propio, que es aéreo, como los supremos tienen su cuerpo propio, el etéreo, y los hombres tienen el suyo, el terreno; y que tengan todos dos cosas comunes: el ser vivientes en cuanto al género, y racionales por la razón. Pues él mismo, hablando de los dioses y de los hombres, dice: «Tenéis dos clases de seres vivientes». Y no suelen éstos tener a los dioses como racionales sino por la mente.
Dos notas, pues, quedan ya para los demonios: que son pasibles por el ánimo y eternos por el tiempo. Lo uno les es común con los ínfimos; lo otro, con los supremos; de suerte que, equilibrados proporcionalmente en ese término medio, ni traten de emular a los supremos ni se abatan hasta los ínfimos. Y ésa es precisamente la mísera eternidad de los demonios o la miseria eterna. Pues quien ha afirmado que son pasibles por su espíritu también los hubiera llamado miserables si no fuera por el respeto a sus adoradores. Pero rigiendo al mundo sin fortuita temeridad, como éstos confiesan -la providencia del Dios supremo-, no sería eterna la miseria de éstos si no fuera grande su malicia.
3. Por tanto, si justamente los felices son llamados εὐδαίμονες, no son εὐδαίμονες los demonios a los que éstos han colocado intermedios entre los hombres y los dioses. ¿Cuál es, pues, el lugar de los demonios buenos, que, estando por encima de los hombres y debajo de los dioses, prestan su ayuda a aquéllos y su ministerio a éstos? Si son buenos y eternos, son también felices. Pero una felicidad eterna no es posible los deje en medio, ya que los acerca mucho a los dioses y los separa también mucho de los hombres. Entonces en vano se esforzarán éstos en demostrar cómo los demonios buenos, si son inmortales y felices, están situados con razón en un lugar medio entre los dioses inmortales y felices, y los hombres mortales y miserables.
Si tienen comunes con los dioses esas dos cualidades, la felicidad y la inmortalidad, y nada de esto con los hombres miserables y mortales, ¿cómo no están alejados de los hombres y unidos a los dioses, más bien que intermedios entre unos y otros? Serían intermedios si tuvieran dos cualidades suyas propias, no comunes con las dos de uno de los otros dos, sino con una de uno y otro; como es intermedio el hombre entre los brutos y el ángel: como el bruto es un ser viviente irracional y mortal, y el ángel racional e inmortal, se encuentra el hombre en medio, inferior a los ángeles y superior a los brutos; teniendo la mortalidad con los brutos y la razón con los ángeles, es un ser viviente racional y mortal. Así, pues, al buscar un intermedio entre los felices inmortales y los míseros mortales, nos encontramos que o siendo mortal es feliz o siendo inmortal es miserable.
CAPÍTULO XIV
¿Pueden los hombres, siendo mortales, gozar de verdadera felicidad?
Existe entre los hombres esta gran cuestión: ¿puede el hombre ser feliz y mortal? Algunos, rebajando su propia condición, negaron al hombre la capacidad de ser feliz mientras vive sujeto a la mortalidad; otros, en cambio, considerándose superiores, se atrevieron a afirmar que si poseen la sabiduría, pueden los hombres ser felices.
Si esto es así, ¿por qué no se coloca a éstos como intermedios entre los mortales miserables y los inmortales felices, pues tienen la felicidad común con los inmortales felices y la mortalidad con los mortales miserables? Ciertamente, si son felices, no tendrán envidia de nadie, pues no hay cosa más miserable que la envidia; y por eso se preocupan cuanto pueden por que los mortales miserables consigan la felicidad, a fin de que puedan ser inmortales después de la muerte, y unirse a los ángeles inmortales y felices.
CAPÍTULO XV
Sobre el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús
1. Si todos los hombres, como es mucho más verosímil y probable, mientras son mortales son necesariamente desdichados, habrá que buscar un intermedio que no sea sólo hombre, sino también Dios; así, con su intervención la mortalidad feliz de este intermedio conducirá a los hombres de la miseria mortal a la feliz inmortalidad. Era necesario que ese intermedio se hiciera mortal y no permaneciera mortal.
En efecto, se hizo mortal no debilitando la divinidad del Verbo, sino tomando la debilidad de la carne. Pero no permaneció mortal en la misma carne que hizo resucitar de los muertos; ése es precisamente el fruto de su mediación: que no permanezcan en la muerte de la carne aquellos para cuya liberación se hizo mediador. Por tanto, fue preciso que el mediador entre nosotros y Dios tuviera una mortalidad transeúnte y una felicidad permanente con el fin de acomodarse a los mortales en lo pasajero y llevarlos de entre los muertos a lo que permanece.
Así, los ángeles buenos no pueden estar intermedios entre los miserables mortales y los felices inmortales, ya que ellos mismos son felices e inmortales. Pueden serlo, sin embargo, los ángeles malos, porque tienen la inmortalidad con aquéllos y la miseria con éstos. Contrario a ellos es el buen Mediador, que, contra la inmortalidad y miseria de los ángeles malos, quiso hacerse mortal temporalmente y pudo permanecer feliz en la eternidad. Así, con la humildad de su muerte y la suavidad de su felicidad destruyó a aquellos inmortales soberbios y miserables maléficos, a fin de que no arrastraran a la miseria con la jactancia de su inmortalidad a aquellos cuyos corazones liberó de su inmundo dominio, purificándolos por la fe.
2. Así, pues, ¿qué mediador puede elegir el hombre mortal y miserable, tan alejado de los inmortales y felices, para insertarse en la inmortalidad y felicidad? Lo que pueda deleitarle en la inmortalidad de los demonios es miserable; lo que pueda chocar en la mortalidad de Cristo ya no existe.
Allí tiene que precaverse contra la miseria eterna; aquí no debe temer la muerte, que no pudo ser eterna, y ha de amar la felicidad eterna.
Para esto precisamente se interpone un mediador inmortal, para no permitir el paso a la inmortalidad feliz, porque persiste lo que la impide, esto es, la miseria; como por el contrario se interpuso un mortal y feliz, para hacer de mortales inmortales, pasada la mortalidad, lo cual demostró en sí mismo con su resurrección, y para dar a los miserables la felicidad que él jamás perdió.
Uno es, pues, el mediador malo, que separa a los amigos, y otro el bueno, que reconcilia a los enemigos. Por eso hay muchos mediadores que separan, porque la multitud feliz lo es por la participación del único Dios. Privada de esa participación, la miserable multitud de ángeles malos se opone como impedimento, más bien que interpone su valimiento para la felicidad. Tratando en cierto modo de ensordecernos, para que no podamos llegar al único fin beatificante. Para su consecución no se necesita de muchos, sino de un solo mediador; de aquel, precisamente, cuya participación nos hace felices, del Verbo de Dios increado, por el cual todo fue hecho.
Pero no es mediador por ver Verbo; pues como sumamente inmortal y sumamente feliz, el Verbo está tan lejos de los mortales miserables. Es mediador en cuanto es hombre, manifestando con ello que no sólo para el bien feliz, sino también para el bien beatificante es preciso no buscar otros mediadores, a través de los cuales pensamos que hemos de preparar los escalones de la llegada; ya que un Dios feliz y beatificante, al hacerse partícipe de nuestra humanidad, nos suministró el resumen de la participación de su divinidad. Y al librarnos de la mortalidad y de la miseria, no nos transportó hasta los ángeles inmortales y felices para que fuéramos inmortales y felices con la participación de su gloria, sino que nos introdujo en aquella Trinidad cuya participación hace felices a los ángeles. Por eso, cuando quiso estar más bajo que los ángeles en la forma de esclavo¹ para ser mediador, permaneció sobre los ángeles en forma de Dios: haciéndose camino de vida entre los inferiores, el mismo que es vida entre los superiores.
CAPÍTULO XVI
¿Han definido racionalmente los platónicos a los dioses celestes, diciendo que para evitar el contagio terreno no se mezclan con los hombres, que necesitan ayuda de los demonios para allegarse a la amistad de los dioses?
1. No es verdad lo que el mismo platónico atribuye a Platón: «Ningún dios se mezcla con los hombres». Y la mejor prueba de su sublimidad dice que es no dejarse contaminar por contacto humano alguno. Por tanto, confiesa que los demonios sí se contaminan. Y, así, no pueden purificar a aquellos por quienes son contaminados, y todos se hacen igualmente inmundos, los demonios por el contacto de los hombres, y los hombres por el culto de los demonios. A no ser que puedan los demonios tener trato y mezclarse con los hombres sin contaminarse; y entonces serían mejores que los dioses, que si se mezclan, se verán contaminados. Pues se atribuye a los dioses como algo principal el que, al estar separados por su sublimidad, no puede contaminarlos el contacto humano.
Del Dios supremo creador de todo, que nosotros llamamos el Dios verdadero, afirma que, según Platón, es el único que no puede ser expresado ni de lejos por cualquier discurso del pobre lenguaje humano; y que apenas cuando, por la fuerza del espíritu, se despojan en lo posible de lo humano, se les transparenta a los hombres sabios la comprensión de este Dios, y esto sólo a veces como un brillante relámpago en profundas tinieblas.
Luego si el Dios soberano de todo se hace presente a las mentes de los sabios, con cierta presencia inteligible e inefable, aunque sólo a veces y como un brillante relámpago, cuando se despojan en lo posible del cuerpo, y no puede ser contaminado por ellos, ¿por qué se les sitúa a estos dioses lejos, en un lugar sublime, precisamente para no ser contaminados con el trato humano? Como si no fuera suficiente ver estos cuerpos etéreos, cuya luz ilumina la tierra cuanto es suficiente.
Además, si no se contaminan los astros al ser vistos, a todos los cuales llama dioses visibles, tampoco se contaminan los demonios por la vista de los hombres, aunque los vean de cerca. Pero ¿podrían contaminarse por las voces humanas los que no se contaminan con la viveza de los ojos, y por eso ponen a los demonios intermedios, para que se les comuniquen por su mediación las voces de los hombres, de quienes están lejos, a fin de perseverar lo más incontaminados posible?
¿Qué diré ya de los otros sentidos? Ni aun los dioses podrían contaminarse si estuvieran presentes; ni los mismos demonios cuando lo están, pueden contaminarse con los vapores de los cuerpos humanos vivos si no se contaminan con tantas pestilencias de los cadáveres de los sacrificios. Con relación al sentido del gusto, no los apremia necesidad alguna de restablecer su mortalidad, para que, movidos por el hambre, anden buscando de los hombres alimento. El tacto está bajo su potestad. Pues aunque el tacto parece recibir el nombre sobre todo de este sentido, en el resto, sin embargo, si quisieran, se mezclarían con los hombres para verlos o ser vistos, para oírlos o ser oídos; pero en cuanto al tacto, ¿qué necesidad tienen de ello? Ni los hombres osarían apetecer esto, cuando se hallaran en la presencia o conversación de los dioses o demonios buenos. Y si llegara a tanto su curiosidad que lo pretendieran, ¿cómo podría tocar a un dios o un demonio contra su voluntad quien no es capaz de tocar a un pájaro sin haberlo cogido?
2. Por consiguiente, los dioses podrían mezclarse con los hombres por la vista, oyéndolos o escuchándolos. Así se mezclan los demonios, como dije, sin contaminarse, y los dioses se contaminarían si se mezclasen. Dicen que los demonios son incontaminables, y contaminables los dioses. Y si se contaminan los demonios, ¿en qué pueden ayudar a los hombres después de la muerte para la vida feliz, a los cuales no pueden limpiar estando ellos contaminados? ¿Cómo pueden presentarlos limpios a los dioses incontaminados, entre los cuales y los hombres están constituidos mediadores?
Y si no les hacen este servicio, ¿de qué les aprovecha a los hombres la amistosa mediación de los demonios? ¿Acaso para que, después de la muerte, no pasen los hombres a los dioses por mediación de los demonios, sino que vivan unos y otros contaminados y así ni unos ni otros felices? A no ser que alguno trate de explicarlo diciendo que los demonios limpian a sus amigos a modo de las esponjas o cosas parecidas, de suerte que queden ellos tanto más sucios cuanto quedan los hombres más limpios sirviendo ellos de detergentes.
Si esto es así, mezclan con los demonios más sucios a los dioses, que, para no contaminarse, rehuyeron la proximidad y el trato de los hombres. ¿Pueden acaso los dioses limpiar a los demonios contaminados por los hombres, sin ser contaminados ellos, y no podrían lo mismo limpiar a los hombres? ¿Quién puede pensar esto sino quien ha sido engañado por los falacísimos demonios? Si el ver y el ser visto trae contaminación, y son vistos por los hombres los dioses que llama visibles, «brillantes luminares del mundo», y los demás astros, ¿estarán más seguros de esta contaminación de los hombres los demonios, que no pueden ser vistos si no quieren? Y si no es el ser visto, sino el ver lo que contamina, tendrán que negar que estos «brillantes luminares del mundo», que llaman dioses, ven a los hombres cuando proyectan sus rayos sobre la tierra. No se contaminan estos rayos que se derraman sobre todas las cosas inmundas, ¿y se habrían de contaminar los dioses, si se mezclaran con los hombres, aunque fuera necesario el contacto para socorrerlos? Pues los rayos del sol y la luna tocan la tierra, y no quedan manchados por ella.
CAPÍTULO XVII
Para conseguir una vida feliz, que consiste en la participación del bien supremo, no necesita el hombre un mediador como el demonio, sino como es el único, Cristo
Estoy maravillado de que hombres tan sabios, que tuvieron en tan poco lo corporal y sensible en comparación de lo incorpóreo e inteligible, hagan mención de los contactos corporales cuando se trata de la vida feliz. ¿Dónde queda aquello de Plotino: «Es preciso refugiarse en la patria amadísima, y allí está el padre y allí todas las cosas»? «Y ¿en qué consiste -continúa- esta fuga? En hacerse semejante a Dios». De suerte que si cuanto uno es más semejante a Dios, tanto más cerca está, el mayor alejamiento será la desemejanza. Y el alma del hombre tanto menos se asemejará a aquel incorpóreo, eterno e inmutable cuanto más se alampe por las cosas temporales y mudables.
Para superar esto se hace preciso un mediador, ya que los seres mortales e inmundos de aquí abajo no pueden reunirse con la inmortal pureza de arriba. Pero el tal mediador no ha de tener un cuerpo inmortal cercano a los seres supremos, y un espíritu enfermizo semejante a los ínfimos, ya que con la enfermedad nos podría envidiar más bien para que no curemos que ayudarnos para sanar; sino que adaptado a nuestra bajeza por la mortalidad de su cuerpo, nos suministre un verdadero auxilio divino para nuestra limpieza y purificación, por la justicia inmortal de su espíritu, mediante la cual permaneció en las alturas, no por la distancia del lugar, sino por la excelencia de su semejanza.
Un Dios incapaz de la contaminación no puede temer lo contamine el hombre de que se ha revestido o los hombres con quienes trató siendo hombre. Son grandes en verdad estos dos misterios que por su encarnación nos mostró para nuestra salud: ni la carne puede contaminar a la verdadera divinidad ni hemos de tener por mejores a los demonios por no tener carne. Éste es, como nos enseña la Sagrada Escritura, el Mediador entre Dios y los hombres, un hombre, el Mesías Jesús². No es éste el lugar para hablar a medida de nuestras posibilidades ni de su divinidad, por la cual es igual al Padre, ni de su humanidad, por la cual se hizo semejante a nosotros.
CAPÍTULO XVIII
La falacia de los demonios, al prometerse con su intercesión el camino hacia Dios, no tiene otra pretensión que apartar a los hombres de la verdad
Los demonios mediadores, falsos y engañosos, que en sus muchas obras se muestran claramente miserables y malignos por la inmundicia de su espíritu, intentan, mediante el espacio de los lugares y por la agilidad de sus cuerpos aéreos, distraernos y apartarnos del perfeccionamiento de los ánimos; lejos de ofrecernos el camino hacia Dios, impiden que nos mantengamos en el camino. Ciertamente en este mismo camino, que es falsísimo y opuesto al error, por el cual no camina la justicia, ya que no es a través de la altura corporal, sino por la semejanza espiritual, esto es, incorpórea, como tenemos que ascender hacia Dios; en el mismo camino corporal, que disponen los amigos de los demonios por los escalones de los elementos, establecidos los demonios aéreos como mediadores entre los dioses etéreos y los hombres terrenos, piensan que los dioses tienen por fin principal no contaminarse por el contacto humano mediante el espacio de estos lugares.
Así juzgan más fácil contagiarse los demonios por los hombres que purificarse los hombres por los demonios, y que los mismos dioses se contaminarían, si no estuvieran preservados por la altura del lugar. ¿Habrá alguien tan infeliz que piense puede quedar limpio por este camino, donde se dice que los hombres contaminan, los demonios son contaminados y los dioses contaminables? ¿No elegirá más bien el camino en que mejor se evite la contaminación de los demonios y, para entrar en la compañía de los ángeles incontaminados, se purifiquen los hombres de la contaminación por el Dios incontaminable?
CAPÍTULO XIX
El nombre de demonio no se toma ya en buen sentido ni entre sus mismos adoradores
Como algunos de estos que podríamos llamar adoradores de los demonios, entre los cuales se encuentra Labeón, dicen que otros llaman ángeles a los que ellos llaman demonios, para no dar la impresión de que también nosotros andamos enzarzados en un debate de palabras, me parece ya hora de tratar algo sobre los ángeles buenos, cuya existencia ciertamente no niegan éstos; aunque prefieren darles el nombre de demonios buenos en vez de ángeles. En cambio, nosotros, siguiendo la Escritura, que nos hace cristianos, siempre encontramos ángeles buenos y ángeles malos, nunca demonios buenos; y donde quiera que en aquellas letras se encuentra este nombre, dæmones o dæmonia, siempre se quiere significar los espíritus malignos. Los pueblos por doquier han seguido esta manera de hablar; de suerte que aun de los llamados entre ellos paganos, que defienden el culto de muchos dioses y demonios, no habrá alguno, por literato que sea, que le diga a un esclavo en tono de alabanza «tienes un demonio»; antes bien, no se puede dudar que, cuando dice esto a alguno, no lo dice sino en plan de maldición.
¿Qué motivo, pues, puede forzarnos a exponer lo que dijimos, después de ofender con esta palabra tantos oídos, por no decir todos los que acostumbran a oírla sólo en sentido peyorativo? Mucho más, ya que podemos, usando el nombre de ángeles, evitar esa ofensa que podía tener lugar con el nombre de demonios.
CAPÍTULO XX
Cualidad de la ciencia que hace soberbios a los demonios
El mismo origen de esta palabra, si consultamos los libros divinos, nos suministra una enseñanza notable. Reciben el nombre deεὐδαίμονες, demonios de la ciencia, pues la palabra es griega. El Apóstol, inspirado por el Espíritu Santo, dice: El conocimiento engríe; lo constructivo es el amor³. Palabras cuyo sentido es que sólo aprovecha la ciencia cuando está animada por la caridad; sin ésta, la ciencia hincha, es decir, levanta a la soberbia de la hinchazón más vacía. En los demonios existe, pues, la ciencia sin caridad, y por ello están tan hinchados, es decir, tan soberbios, que se han procurado con afán los honores divinos y el servicio de la religión, que saben se debe al verdadero Dios, y todavía se lo están procurando cuanto pueden y en cuantos pueden. Qué poder tenga la humildad de Dios, que apareció en forma de esclavo, contra la soberbia de los demonios, que dominaba por sus favores al género humano, no lo conocen las almas de los hombres hinchadas por la inmundicia de la jactancia, semejantes a los demonios por la soberbia, no por la ciencia.
CAPÍTULO XXI
Hasta qué punto quiso el Señor descubrirse a los demonios
No se les oculta esto tampoco a los demonios, pues le dijeron al mismo Señor revestido de la debilidad de la carne: ¿Quién te mete a ti en esto, Jesús Nazareno? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?4 Queda patente en estas palabras que había en ellos una gran sabiduría, pero no había caridad. Temían su castigo de parte de Cristo, no amaban en Él la justicia. Se les manifestó tanto como quiso, y quiso tanto como fue conveniente. Pero se les dio a conocer no como a los ángeles santos, que gozan de la participación de su eternidad, en cuanto es el Verbo de Dios, sino cual era necesario darse a conocer a éstos para atormentarlos, de cuyo tiránico poder, por así decir, había de librar a los predestinados a su reino y a su gloria, siempre veraz y en verdad eterna.
Se manifestó, pues, a los demonios, no por lo que es la vida eterna y la luz inconmutable que ilumina a los piadosos, cuyos corazones se purifican por la fe que se tiene en él; se les dio a conocer por algunos efectos temporales de su poder y prodigios de su ocultísima presencia, que podían ser más visibles a los sentidos angélicos, aun de los espíritus malignos, que a la flaqueza de los hombres. Finalmente, cuando tuvo a bien suprimir un tanto esos signos, y alguna vez lo ocultó profundamente, llegó a dudar de él hasta el príncipe de los demonios; e indagando si era Cristo, le tentó hasta donde él mismo permitió ser tentado para proporcionar, en la humanidad de que era portador, un ejemplo a nuestra imitación.
Pero después de aquella tentación, cuando, como está escrito, le servían5 los ángeles, buenos y santos, y por ello temibles y terribles para los espíritus inmundos, más y más se descubría a los demonios qué poder tenía, de suerte que nadie osase resistir a su mandato, por más que pareciera en él tan menospreciable la debilidad de la carne.
CAPÍTULO XXII
Diferencia entre la ciencia de los santos ángeles y la de los demonios
Para estos ángeles buenos es despreciable toda la ciencia de las cosas corporales caducas, de que se enorgullecen los demonios, no porque desconozcan esas cosas, sino porque estiman tanto la caridad de Dios, que les santifica. Ante su hermosura, no sólo incorpórea, sino también inconmutable e inefable, en cuyo santo amor se inflaman, menosprecian todas las criaturas que están por debajo y todo lo que no es Él, y a sí mismos entre todas ellas; gozan, en cuanto son buenos, del bien que los hace buenos. Por eso conocen con más certeza estas cosas temporales y mudables, porque ven sus causas principales en el Verbo de Dios, por el que fue hecho el mundo: causas que aprueban algunas cosas, reprueban otras, las ordenan todas.
Los demonios, en cambio, no contemplan en la Sabiduría de Dios las causas eternas y, en cierto modo, principales de los tiempos, sino que con una mayor experiencia de ciertos signos que nosotros, ven muchas más cosas futuras que los hombres, y a veces también hacen saber de antemano sus intenciones. Finalmente, muchas veces se equivocan éstos, no los ángeles.
En efecto, una cosa es conjeturar los acontecimientos temporales por los signos temporales, y los mudables por los mudables, e introducir en ellos el módulo temporal y mudable de su voluntad, lo cual, en cierto modo, está permitido a los demonios; y otra, ver los cambios de los tiempos en las leyes eternas e inconmutables de Dios, que tienen su asiento en su Sabiduría, y conocer por la participación de su Espíritu la voluntad de Dios, que es la más inequívoca y poderosa de todo; y esto es un privilegio concedido con justa elección a los ángeles. Así, no sólo son eternos, sino también felices. Y el bien que los hace felices es su Dios, por el que fueron creados: gozan indefectiblemente de su participación y contemplación.
CAPÍTULO XXIII
El nombre de dioses, falsamente atribuido a los dioses de los paganos, es común a los santos ángeles y a los hombres justos según la autoridad de las divinas Escrituras
1. Si los platónicos prefieren llamar dioses a éstos mejor que demonios, y agregarlos a los que, según su jefe y maestro, Platón, habían sido hechos por el Dios supremo, háganlo enhorabuena; no merece la pena sostener una controversia sobre las palabras. Si dicen que son inmortales, aunque hechos por el Dios supremo, y que son felices no por sí mismos, sino por su unión al que los hizo, dicen, ni más ni menos, lo mismo que nosotros, llámenlos como los llamen.
Que éste sea el sentir de los platónicos, ya de todos, ya de los mejores, se puede constatar en sus libros. Aunque sobre el mismo vocablo, con que designan dioses a criaturas inmortales y felices de esta clase, no puede haber apenas disensión entre ellos y nosotros, puesto que en nuestras letras sagradas se lee: El Dios de los dioses, el Señor habla6; y en otro lugar: Dad gracias al Dios de los dioses; y también: Soberano de todos los dioses7.
Por qué se dijo aquello otro: Es terrible sobre todos los dioses8, se aclara luego cuando dice: Pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo9. Dijo, pues, sobre todos los dioses, pero de los gentiles, esto es, de los que los gentiles tienen por dioses, que son los demonios. Por eso dice terrible, y bajo este terror decían al Señor: ¿Has venido a destruirnos?10 En cambio, donde dice: Dios de dioses, no puede entenderse del Dios de los demonios; como Soberano de todos los dioses, no puede admitirse se diga soberano de todos los demonios. Pero la misma Escritura llama dioses a los hombres en el pueblo de Dios: Yo dije: sois dioses e hijos del Altísimo todos¹¹. Y así se puede entender como Dios de estos dioses el que fue llamado Soberano de todos los dioses.
2. Sin embargo, podría preguntársenos: si fueron llamados dioses los hombres, porque están en el pueblo de Dios, al cual habla Dios por medio de los ángeles o de los hombres, ¿cuánto más dignos de este nombre son los inmortales, que gozan de aquella felicidad, a la que por el culto de Dios desean llegar los hombres? Tendríamos que responder que no en vano en las Sagradas Escrituras se llama dioses a los hombres más claramente que a los inmortales y felices, a los que se nos promete seremos iguales en la resurrección, a fin de que nuestra debilidad falta de fe no osara constituir dios alguno de ellos por su excelencia. Lo cual es fácil evitar en el caso de un hombre.
Debieron llamarse más claramente dioses los hombres en el pueblo de Dios para que estuvieran seguros y confiados de que su Dios era aquel de quien se dijo Dios de dioses; ya que aunque se llamen inmortales y felices los que están en el cielo, sin embargo, no se llamaron dioses, esto es, dioses de los hombres establecidos en el pueblo de Dios, a quienes se dijo: Yo dije: sois dioses e hijos del Altísimo todos. Por eso dice el Apóstol: Aunque hay los llamados dioses, ya sea en el cielo, ya en la tierra -y de hecho hay numerosos dioses y numerosos señores-, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesús Mesías, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros¹².
3. Por tanto, no hemos de proseguir el debate sobre el nombre, pues la cosa está tan clara que excluye todo escrúpulo de duda. Cierto que no les place a ellos nuestra afirmación de que del número de sus inmortales felices Dios ha enviado a los ángeles para que anunciasen su voluntad a los hombres; y esto porque ellos creen que este ministerio se realiza no por aquellos que llaman dioses, esto es, inmortales y felices, sino por los demonios, a los que sólo se atreven a llamar inmortales, pero no felices; o, a lo más, inmortales y felices sólo en el sentido de que son demonios buenos, no dioses colocados tan arriba que están alejados del trato humano. Aunque parezca esto una controversia de nombre sólo, es tan detestable el nombre de los demonios que tenemos que rechazarlo totalmente de los santos ángeles.
Al terminar este libro, quede bien claro que los inmortales y felices, o como quieran llamarlos, formados al fin y creados, no son intermediarios para llevar a la felicidad inmortal a los mortales y miserables, de los cuales los separan una y otra diferencias. Y los que son intermedios por su inmortalidad común con los superiores y su miseria con los inferiores, siendo miserables justamente por su malicia, pueden más bien envidiarnos esta felicidad, que no tienen que procurárnosla.
De suerte que no tienen los amigos de los demonios nada digno que ofrecernos para que honremos como auxiliares nuestros a aquellos de los que más bien debemos huir como engañadores. Hay otros buenos, y, por tanto, no sólo inmortales, sino también felices, que juzgan deben ser honrados con el nombre de dioses con ceremonias y sacrificios para alcanzar la vida feliz después de la muerte; y éstos, cualesquiera que sean, y reciban el nombre que quieran, dicen que no quieren se dé tal testimonio de religión sino al único Dios, por quien han sido creados y con cuya participación son felices. De éstos, con la ayuda del mismo Dios, trataremos con más atención en el libro siguiente.
LA CIUDAD DE DIOS
CONTRA PAGANOS
Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA
LIBRO X
[El culto del verdadero Dios]
CAPÍTULO I
Sólo Dios es el que da la verdadera felicidad tanto a los ángeles como a los hombres: esto también lo reconocen los platónicos. La cuestión es si los ángeles, a quienes ellos piensan hay que venerar, quieren se sacrifique sólo al Dios único o también a sí mismos
1. Es opinión general de los que de cualquier modo pueden hacer uso de la razón que todos los hombres desean ser felices. Quiénes lo son y de dónde les viene la felicidad, que buscan los débiles mortales, ha suscitado muchas y grandes controversias, en que han consumido sus esfuerzos y su tiempo los filósofos. Sacarlas a la palestra y discutirlas es tarea larga e innecesaria. Recuerde quien lea esto lo que tratamos en el libro octavo, al seleccionar los filósofos, con quienes se debatió esta cuestión sobre la vida feliz que seguirá a la muerte: si podemos llegar a ella rindiendo culto religioso al único Dios verdadero, hacedor también de los mismos dioses, o hay que rendirlo a toda una multitud de ellos. Y no espere que repitamos aquí las mismas cosas, sobre todo pudiendo refrescar su memoria con el repaso de aquello, si lo ha olvidado.
Elegimos entonces a los platónicos, justamente considerados los más ilustres de todos los filósofos. Precisamente porque llegaron a conocer que, aunque inmortal y racional o intelectual, no puede el alma del hombre ser feliz sino por la participación de la luz del Dios, por quien ella y el mundo han sido hechos; así como niegan también que pueda uno conseguir lo que todos los hombres apetecen, la vida eterna, si no es uniéndose con limpieza de casto corazón al único Dios altísimo, que es inconmutable.
Pero a la vez que éstos mismos, ya cediendo al error o vanidad de los pueblos; ya, como dice el Apóstol, obnubilándose en su insensata mente¹, pensaron, o quisieron que se pensara, que había que dar culto a muchos dioses, hasta el punto de que algunos de ellos fueron del parecer que se rindieran a los demonios los honores divinos de las ceremonias o sacrificios. Ya hemos respondido ampliamente a éstos.
Por eso, al presente tenemos que examinar y tratar, con la ayuda de Dios, esta cuestión: qué religión o piedad quieren de nosotros estos inmortales o bienaventurados, establecidos en las celestes moradas, sean Dominaciones, Principados, Potestades, a quienes éstos tienen por dioses y a algunos de los cuales llaman demonios buenos o, como nosotros, ángeles. O más claramente: ¿quieren éstos que los obsequiemos a ellos también con las ceremonias y sacrificios, o con la consagración de nuestras cosas o de nosotros mismos con ritos religiosos, o que todo ello se lo demos solamente a su Dios, que es también el nuestro?
2. Éste es, de hecho, el culto debido a la divinidad o, hablando con más propiedad, a la deidad; para significar el cual con una sola palabra, como no se me ocurre bastante idónea una latina, me serviré de la palabra griega, cuando sea preciso, para indicar lo que quiero decir.
La palabra λατρεία en las Sagradas Escrituras siempre se toma como servidumbre. Pero la servidumbre debida a los hombres, a tenor de la cual manda el Apóstol que estén sujetos los siervos a sus señores², suele designarse en griego con otro nombre. En cambio, λατρεία, según el uso de los que nos legaron las divinas letras, siempre -o tan frecuentemente que es como si fuera siempre- se llama servidumbre lo que se refiere al culto de Dios. Por consiguiente, cuando se habla sólo de culto no parece se debe solamente a Dios, ya que se dice también que damos culto a los hombres, a quienes tratamos honoríficamente con el recuerdo o con la presencia.
Aún más: no sólo se usa la palabra refiriéndonos a los seres a que nos sometemos con religiosa humildad, sino también refiriéndonos a algunos que están sujetos a nosotros. Así vienen de esta palabra los vocablos agricola, coloni, incola (agricultor, colono, habitante); y lo mismo se llama cælicolæ a los que cultivan el cielo, no por la veneración, sino por habitar en él como unos colonos del cielo; no en el sentido de los que cultivan con su trabajo el suelo natal bajo el dominio de los dueños, sino, como dijo el gran poeta latino: «Hubo una ciudad antigua poblada por colonos tirios», llamándolos colonos, de la palabra incolere (habitar), no de la agricultura. Así, también se llamaron colonias las ciudades fundadas por ciudades más populosas como enjambres de pueblos.
Por este motivo, aunque es bien claro que en el sentido propio de la palabra el culto no se debe sino a Dios, pero como también se dice de otras cosas, no se puede expresar en latín con una sola palabra el culto debido a Dios.
3. La misma palabra «religión» no parece significar con precisión un culto cualquiera, sino el culto de Dios, y por eso los nuestros tradujeron por esta palabra la griega θρησκεία. Sin embargo, si nos atenemos al uso del latín en labios de doctos e indoctos, existe la religión del parentesco humano, de la afinidad y de otros lazos de amistad; y entonces no podría evitarse con esa palabra la ambigüedad cuando se debate el culto de la deidad, de suerte que podamos decir tranquilamente que la religión no es sino el culto de Dios, ya que parecería esto usurpar audazmente esta palabra a la deferencia del parentesco humano.
La piedad suele tomarse también propiamente como el culto de Dios³; y los griegos la llaman εὐσέβεια; aunque también se atribuye a los padres por cortesía esta palabra. El pueblo acostumbra también a utilizar la palabra en las obras de misericordia. Lo cual creo ha sucedido porque es Dios principalmente quien las ha mandado, atestiguando que le agradan como los sacrificios o aún más que ellos.
Este uso de la palabra ha hecho que a Dios lo llamemos también piadoso; sin embargo, los griegos nunca lo llaman en su lengua εὐσέβειν, aunque también entre ellos el culto tome la εὐσέβεια por misericordia. Por eso en muchos lugares de la Sagrada Escritura, para que la distinción pareciera más clara, prefirieron decir en vez de εὐσέβεια, que procede de o significa buen culto, el término compuesto θεοσέβεια, que quiere decir culto de Dios. Nosotros no podemos expresar con una sola palabra esos dos términos.
Así, pues, la palabra griega λατρεία se traduce al latín por servidumbre, pero prestada sólo a Dios; el griego θρησκεία se llama en latín religión, pero sólo la que tenemos con Dios; y lo que llaman θεοσέβεια no podemos nosotros expresarlo con una sola palabra, y lo llamamos culto de Dios. Todo esto decimos se debe sólo a Dios, el que es verdadero Dios, y hace dioses a los que lo adoran4.
Por consiguiente, cualesquiera inmortales y felices que están en las celestes moradas, si no nos aman ni desean que seamos felices, en modo alguno han de ser reverenciados. Si nos aman y quieren seamos felices, cierto de allí les viene, de donde son ellos: ¿es diferente acaso la fuente de su felicidad de la nuestra?
CAPÍTULO II
Sentir del platónico Plotino sobre la iluminación procedente de arriba
No tenemos conflicto alguno con estos eminentes filósofos en esta cuestión. Vieron y consignaron de muchos modos y copiosamente en sus escritos que la felicidad de estos seres, lo mismo que la nuestra, procede de un objeto inteligible por la luz, lo que es Dios para ellos y diferente de ellos, por el cual quedan tan iluminados que pueden resplandecer y permanecer con su participación perfectos y felices.
Muchas veces, y con mucha insistencia afirma Plotino, desarrollando el sentido de Platón, que ni aun aquella alma que creen alma del mundo tiene su felicidad distinto origen que la nuestra, y que esa luz no es ella misma, sino la que la ha creado y con cuya iluminación inteligible resplandece ella inteligiblemente.
Pone también una comparación entre aquellos seres incorpóreos y estos cuerpos celestiales ilustres y grandiosos: Dios sería el sol, y esa alma, la luna. Piensan, en efecto, que la luna es iluminada por la oposición del sol. Dice, pues, aquel gran platónico que el alma racional, o llamémosla mejor intelectual, de cuya clase son también -según él- las almas de los inmortales y felices, que no duda habitan en las moradas celestes, esa alma racional no tiene sobre sí otra naturaleza que la de Dios, que fabricó el mundo, por el cual fue hecha ella también.
Y que no tienen esos seres celestes otra fuente de vida feliz y de luz para entender la verdad, que la que tenemos nosotros mismos; también lo dice él mismo, en lo cual está de acuerdo con el Evangelio, donde se lee: Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; éste venía como testigo para dar testimonio de la luz y que por él todos llegasen a la fe. No era él la luz, era sólo testigo de la luz. La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo. Esta distinción basta para demostrar que el alma racional o intelectual, como era la de Juan, no puede ser luz para sí misma, sino que brilla por la participación de la otra luz verdadera. Esto lo confirma el mismo Juan cuando, dando testimonio de él, dice: Porque de su plenitud todos nosotros recibimos5.
CAPÍTULO III
Sobre el verdadero culto de Dios, del que los platónicos, aun reconociendo como creador de todo, se apartaron rindiendo culto divino a los ángeles, ya buenos, ya malos
1. Si esto es así, si los platónicos, o cualesquiera otros de sus seguidores, conociendo a Dios, lo hubieran glorificado y le hubieran dado gracias, no se hubiera obnubilado su mente insensata ni hubieran sido en parte autores de los errores de los pueblos o se atreverían, en parte, a resistirlos. Sin duda confesarían que para poder ser inmortales y felices, tanto ellos, ya inmortales y felices, cuanto nosotros, mortales y miserables, teníamos que adorar a un solo Dios de dioses, Dios de ellos y Dios nuestro.
2. A éste le debemos el servicio, llamado en griego λατρεία, ya en algunos ritos sagrados, ya en nosotros mismos.
Somos, en efecto, todos a la vez y cada uno en particular, templos suyos, ya que se digna morar en la concordia de todos y en cada uno en particular6; sin ser mayor en todos que en cada uno, puesto que ni se distiende por la masa ni disminuye por la participación. Cuando nuestro corazón se levanta a Él, se hace su altar: lo aplacamos con el sacerdocio de su primogénito; le ofrecemos víctimas cruentas cuando por su verdad luchamos hasta la sangre; le ofrecemos suavísimo incienso cuando en su presencia estamos abrasados en religioso y santo amor; le ofrendamos y devolvemos sus dones en nosotros, y a nosotros mismos en ellos; en las fiestas solemnes y determinados días le dedicamos y consagramos la memoria de sus beneficios a fin de que con el paso del tiempo no se nos vaya introduciendo solapadamente el olvido; con el fuego ardiente de caridad le sacrificamos la hostia de humildad y alabanza en el ara de nuestro cuerpo.
Para llegar a verlo como Él puede ser visto, y para unirnos a Él, nos purificamos de toda mancha de pecado y malos deseos, y nos consagramos en su nombre. Él es fuente de nuestra felicidad, es meta de nuestro apetito. Eligiéndolo a Él, o mejor reeligiéndolo, pues lo habíamos perdido por negligencia; reeligiéndolo a Él, de donde procede el nombre de «religión», tendemos a Él por amor para descansar cuando lleguemos; y de este modo somos felices, porque en aquella meta alcanzamos la perfección.
Nuestro bien, sobre cuya meta tal debate hay entre los filósofos, no es otro que unirnos a Él: su abrazo incorpóreo, si se puede hablar así, fecunda el alma inmortal y la llena con verdaderas virtudes. Se nos manda amar este bien con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. A este bien debemos llevar a los que amamos y ser llevados por los que nos aman. Así se cumplen los dos mandamientos en que consiste la Ley y los Profetas: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda su mente, y Amarás a tu prójimo como a ti mismo7. Para que el hombre supiese amarse se le puso delante la meta, adonde tenía que dirigir todo lo que hacía para ser feliz. Y esta meta es unirse a Dios8.
Ahora bien, cuando se manda a uno, que sabe amarse a sí mismo, que ame al prójimo como a sí mismo, ¿qué otra cosa se le manda sino que le recomiende, cuando puede, que ame a Dios? Éste es el culto de Dios; ésta, la verdadera religión; ésta, la piedad recta; ésta, la servidumbre debida sólo a Dios. Por consiguiente, toda potestad inmortal, por grande que sea su poder, si nos ama como a sí misma, nos desea, para ser felices, estar sometidos al mismo a quien está ella. Si, pues, no da culto a Dios, es miserable porque está privada de Dios; y si da culto a Dios, no quiere ser adorada como Dios. Antes bien se adhiere y confirma con la fuerza de su amor la sentencia que dice: El que ofrezca sacrificios a los dioses -fuera del Señor- será exterminado9.
CAPÍTULO IV
Sólo al Dios verdadero se debe el sacrificio
Pasemos ahora por alto los otros homenajes religiosos con que damos culto a Dios; nadie se atrevería a decir que el sacrificio se debe sino sólo a Dios. Muchos honores se han quitado al culto divino para dárselos a los hombres, ya por una excesiva humildad, ya por pestilente adulación; sin dejar de ser considerados como hombres aquellos a quienes se otorgaban, por más que se dijera eran dignos de culto y veneración, y aun, si se fuerzan un poco las cosas, dignos de adoración. Pero ¿quién pensó se había de ofrecer un sacrificio sino a quien conoce ser Dios, o juzgó por tal o se lo fingió? Sobre la antigüedad del sacrificio en el culto de Dios son testimonio suficiente los dos hermanos Caín y Abel: Dios reprobó el sacrificio del primero y aceptó el del segundo.
CAPÍTULO V
Sacrificios que no exige el Señor, pero quiere se observen para significar lo que exige
Por lo demás, ¿quién puede ser tan necio que crea necesarias para Dios las cosas que se ofrecen en los sacrificios? Tenemos testimonios en muchos lugares de la divina Escritura; para no extendernos mucho, bastará recordar aquello del salmo: Yo digo al Señor: Tú eres mi bien, pues que no necesitas de mis bienes10. Por consiguiente, hemos de estar convencidos de que Dios no necesita no sólo del ganado ni de cualquier otra cosa corruptible o terrena, sino ni siquiera de la misma justicia del hombre; y todo aquello con que se da culto a Dios cede en provecho del hombre, no de Dios. Como nadie pensará que favorece a la fuente, cuando bebe, o a la luz, cuando ve.
Ni el hecho de los sacrificios hechos por los antepasados en las víctimas de los animales, que hoy lee el pueblo de Dios y ya no practica, se ha de pensar significaba otra cosa que por aquellas cosas se significaba lo que se realiza en nosotros para unirnos a Dios y conducir al mismo fin a nuestro prójimo. El sacrificio visible, pues, es el sacramento o signo sagrado del sacrificio invisible. Por eso dice el penitente en el profeta, o el mismo profeta, buscando tener propicio a Dios por sus pecados: Si hubieras querido un sacrificio, te lo hubiera ofrecido; Tú no te deleitarás con los holocaustos. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias¹¹.
Veamos cómo donde dice que Dios no quiere sacrificio, allí muestra que sí lo quiere. No quiere el sacrificio del animal muerto, pero quiere el sacrificio del corazón contrito. En aquello que afirma no quiere se significa lo que él añadió que quería. Dijo que Dios no quería esos sacrificios, al modo que los necios piensan que los quiere para buscar satisfacción. Pues si esos sacrificios que quiere, uno de los cuales es el corazón contrito y humillado por el dolor de la penitencia, no quisiera fueran significados por los sacrificios que se ha pensado desea como deleitables para sí, no habría ordenado en la Ley antigua el ofrecimiento de los mismos. Y por ello debieran haberse cambiado ya en un tiempo determinado y oportuno para que no se creyera eran deseados por el mismo Dios o aceptables por nosotros mismos, en lugar de ser deseado lo que en ellos se significa.
Por eso se dice en otro lugar de otro salmo: Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?¹² Como si dijera: Si me fueran ciertamente necesarios, no te pediría a ti lo que está en mi poder. Luego, añadiendo lo que significan, dice: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria¹³.
También nos habla en otro profeta: ¿Con qué me presentaré al Señor, inclinándome al Dios del cielo? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros añojos? ¿Aceptará el Señor un millar de carneros o diez mil arroyos de aceite? ¿Le ofreceré mi primogénito por mi culpa o el fruto de mi vientre por mi pecado? Hombre, ya te he explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad14. En las palabras de este profeta quedan distinguidas y bien separadas dos cosas: Dios no exige aquellos sacrificios por sí mismos, y sí exige los sacrificios que significan.
También en la epístola a los Hebreos se dice: No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios15. Por eso aquel texto quiero lealtad, no sacrificios16 debe entenderse como la preferencia de un sacrificio sobre el otro, ya que lo que todos llaman sacrificio es el signo del verdadero sacrificio. Pero la misericordia es un verdadero sacrificio; por eso se dijo lo que cité poco ha: tales sacrificios son los que agradan a Dios.
Por consiguiente, cuantas prescripciones divinas tan variadas se leen sobre los sacrificios en el ministerio del tabernáculo o del templo tienden a significar el amor de Dios y del prójimo; como está escrito: De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas17.
CAPÍTULO VI
El sacrificio verdadero y perfecto
Así, pues, el verdadero sacrificio es toda obra hecha para unirnos a Dios en santa alianza, es decir, referido a la meta de aquel bien que puede hacernos de verdad felices. Y así, aun la misericordia con que se socorre al hombre, si no se hace por Dios, no es sacrificio. Pues aunque sea hecho u ofrecido por el hombre, el sacrificio es una obra divina. Tal es el significado que aun los latinos antiguos dieron a esta palabra. De ahí viene que el mismo hombre, consagrado en nombre de Dios y ofrecido a Dios, en cuanto muere para el mundo a fin de vivir para Dios, es sacrificio. Pues esto pertenece a la misericordia que cada uno practica para sí mismo. Por eso está escrito: Compadécete de tu alma haciéndola agradable a Dios18.
También es sacrificio el castigo que infligimos a nuestro cuerpo por la templanza si, como debemos, lo hacemos por Dios, a fin de no usar de nuestros miembros como arma de iniquidad para el pecado, sino como arma de justicia para Dios. Exhortándonos a esto dice el Apóstol: Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico19. Si el cuerpo, pues, de que usa el alma como un siervo inferior o como un instrumento, cuando su uso bueno y recto se refiere a Dios, es sacrificio, ¿cuánto más se hace sacrificio la misma alma cuando se refiere a Dios, para que, encendida en el fuego de su amor, pierda la forma de la concupiscencia del siglo, y se reforme como sometida a la forma inconmutable, resultándole así agradable por ser iluminada de su hermosura? Esto mismo añade el Apóstol de inmediato: Y no os amoldéis al mundo éste, sino id transformándoos con la nueva mentalidad para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado20.
Los verdaderos sacrificios, pues, son las obras de misericordia, sea para con nosotros mismos, sea para con el prójimo; obras de misericordia que no tienen otro fin que librarnos de la miseria y así ser felices; lo cual no se consigue sino con aquel bien, del cual está escrito: Para mí lo bueno es estar junto a Dios²¹. De aquí ciertamente se sigue que toda la ciudad redimida, o sea, la congregación y sociedad de los santos, se ofrece a Dios como un sacrificio universal por medio del gran Sacerdote, que en forma de esclavo se ofreció a sí mismo por nosotros en su pasión, para que fuéramos miembros de tal Cabeza; según ella, es nuestro Mediador, en ella es sacerdote, en ella es sacrificio.
Por eso nos exhortó el Apóstol a ofrecer nuestros propios cuerpos como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como nuestro culto auténtico, y a no amoldarnos a este mundo, sino a irnos transformando con la nueva mentalidad; y para demostrarnos cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, conveniente y agradable, ya que el sacrificio total somos nosotros mismos, dice: En virtud del don que he recibido, aviso a cada uno de vosotros, sea quien sea, que no se tenga en más de lo que hay que tenerse, sino que se tenga en lo que debe tenerse, según el cupo de fe que Dios haya repartido a cada uno. Porque en el cuerpo, que es uno, tenemos muchos miembros, pero no todos tienen la misma función; lo mismo nosotros, con ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo, y respecto de los demás, cada uno es miembro, pero con dotes diferentes, según el regalo que Dios nos haya hecho. Éste es el sacrificio de los cristianos: unidos a Cristo formamos un solo cuerpo²². Éste es el sacramento tan conocido de los fieles que también celebra asiduamente la Iglesia, y en él se le demuestra que es ofrecida ella misma en lo que ofrece.
CAPÍTULO VII
El amor que nos tienen los ángeles es de tal calidad, que no quieren seamos adoradores suyos, sino del único Dios verdadero
Justamente aquellos inmortales bienaventurados, constituidos en las moradas celestiales, que se regocijan con la participación de su Creador, por cuya eternidad están firmes, ciertos con su verdad, santos por un don suyo, justamente, como nos aman a nosotros, mortales y miserables, para que seamos inmortales y felices, no quieren que les sacrifiquemos a ellos, sino a Aquel de quien saben son ellos mismos, junto con nosotros, sacrificio. Somos, en efecto, con ellos una sola Ciudad de Dios, a la cual se dice en el salmo: ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!²³
Una parte de ella peregrina en nosotros, la otra está ayudando en ellos. De aquella ciudad, en efecto, de arriba, donde la voluntad de Dios es ley inteligible e inconmutable, de aquella en cierto modo curia de arriba (allí, en efecto, se tiene cuidado de nosotros) descendió a nosotros por ministerio de los ángeles la Escritura santa, en que se dice: El que ofrezca sacrificios a los dioses -fuera del Señor- será exterminado24. Son tan grandes los milagros que han confirmado esta Escritura, esta ley, estos mandatos, que queda bien patente a quién desean se sacrifiquen los inmortales bienaventurados que quieren para nosotros lo mismo que ellos tienen.
CAPÍTULO VIII
Milagros que Dios se dignó añadir a sus promesas, aun por el ministerio de los ángeles, para confirmar la fe de los espíritus piadosos
Parecerá que me extiendo mucho más de lo necesario si trato de recordar los prodigios tan antiguos que atestiguan las promesas de Dios, con las cuales predijo a Abrahán, miles de años ha, que en su descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la Tierra25. ¿Quién no se admirará de que la mujer estéril le haya dado un hijo al mismo Abrahán en edad tan avanzada, en que ya ni la mujer fecunda puede dar a luz26; de que en el sacrificio del mismo Abrahán una antorcha bajada del cielo ardiendo pasara entre los miembros descuartizados de las víctimas27; de la predicción del celeste incendio de Sodoma hecha al mismo Abrahán por los ángeles, a quienes había recibido como huéspedes, aunque en forma de hombres, y por los cuales había tenido las promesas de Dios sobre la prole futura28; de la milagrosa liberación de Lot, hijo de su hermano, en el mismo incendio, ya inminente, y cuya mujer, mirando hacia atrás en el camino y convertida en estatua de sal29, nos avisó con un gran sacramento de que nadie en el camino de la liberación debe desear las cosas pasadas?
¿Quién no se admirará de tales y tan maravillosos prodigios, realizados ya por Moisés en Egipto para arrancar al pueblo de Dios de la esclavitud, cuando concedió realizar algunas maravillas a los magos del Faraón, el rey de Egipto, que sojuzgaba a aquel pueblo con su dominio, para luego quedar más maravillosamente vencido?30 Ellos, por supuesto, las realizaban con sus hechicerías y encantamientos mágicos, a que están entregados los ángeles malos, los demonios. Moisés, en cambio, con la ayuda de los ángeles los superó, con tanto mayor poderío cuanta mayor era la justicia en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra³¹.
Finalmente, en la tercera plaga, declarándose vencidos los magos, se completaron las diez plagas por Moisés en virtud de una gran disposición misteriosa; por ellas ya cedió el duro corazón del Faraón y los de los egipcios, y dejaron marchar al pueblo de Dios³². Cierto que luego se arrepintieron e intentaron alcanzar a los hebreos en su marcha: dividido el mar, quedó en seco mientras pasaban ellos, y luego las aguas se reunieron de nuevo, cubriendo y aniquilando a los egipcios.
¿Qué decir de los portentos que, mientras era conducido en el desierto aquel pueblo, se multiplicaron bajo el influjo sorprendente de la divinidad? Las aguas que no podían beber, arrojando por orden de Dios un leño en ellas, quedaron privadas de su amargor y saciaron a los sedientos³³. Les llovió el maná del cielo, y teniendo determinada una medida que recoger, si alguno recogía más, se le pudría por los gusanos en él nacidos; y, sin embargo, no se veía sujeta a esa podredumbre la ración doble recogida el día anterior al sábado, porque en sábado no era lícito el recogerlo.
Deseando ellos comer carne, que no parecía poder encontrarse suficiente para un pueblo tan numeroso, se vio el campamento pleno de volátiles, y satisfecha el ansia codiciosa con el hastío de la saciedad34. Cuando salieron al paso los enemigos, prohibiéndoles la marcha y dándoles batalla, fueron derrotados sin pérdidas de los hebreos por la oración de Moisés, con las manos extendidas en forma de cruz35. Fueron sumergidos vivos en la tierra que se abrió a sus pies, para ejemplo visible de un castigo invisible, los sediciosos en el pueblo de Dios, que pretendían apartarse de la ciudad establecida por ordenación divina36.
La piedra golpeada por la vara lanzó agua suficiente para multitud tan grande37. Las mordeduras mortíferas de las serpientes, justo castigo de los pecados, fueron curadas por el leño levantado y la vista de la serpiente de bronce, para que a la vez que se socorría al pueblo afligido, se significase la muerte destruida por la muerte, como una semejanza de la muerte crucificada38. Se conservó esta serpiente en memoria de tal hecho; pero luego, comenzando el pueblo descarriado a darle culto como a un ídolo, el rey Ezequías, que adoraba a Dios con su poderosa religiosidad, la hizo pedazos, recibiendo así gran alabanza por su devoción39.
CAPÍTULO IX
Artes ilícitas en el culto de los demonios, en que se debate el platónico Porfirio, aprobando unas cosas y reprobando otras
1. Estas y otras muchas maravillas semejantes, que sería muy largo recordar en su totalidad, se realizaban para recomendar el culto del único Dios verdadero, y para prohibir el de tantos falsos dioses. Y se realizaban por la fe sencilla y la piadosa confianza, no por los hechizos o vaticinios compuestos por el arte de impía curiosidad, que designan con el nombre de magia, o con el nombre más detestable de goecia, o con el menos deshonroso de teúrgia.
Usan de estos nombres los que tratan de establecer una distinción: dicen que unos son condenables como entregados a las artes ilícitas, a los cuales aun el vulgo llama maléficos (que son los que se relacionan con la goecia), y que otros parecen dignos de loa, entre los cuales consideran a la teúrgia. Realmente, unos y otros están ligados con los ritos falaces de los demonios bajo el nombre de ángeles.
2. Porfirio mismo promete una cierta purificación del alma por medio de la teúrgia, pero lo hace en una disquisición en cierto modo indecisa y tímida; y aun negando que este arte pueda otorgar a nadie el retorno a Dios. Se echa de ver cómo vacila con alternas opiniones entre el vicio de sacrílega curiosidad y la profesión de la filosofía. Unas veces amonesta a precaverse de este arte como falaz, peligrosa en su mismo ejercicio y prohibida por las leyes; y otras, cediendo a sus panegiristas, dice que es útil para purificar una parte del alma: no ciertamente la intelectual, que nos hace percibir la verdad de las cosas inteligibles, que no tienen semejanza alguna con los cuerpos, sino la espiritual, por la cual se captan las imágenes de las cosas corporales.
Dice, de hecho, que ésta, el alma, mediante ciertas iniciaciones teúrgicas, que llaman teletas, se dispone y capacita para recibir a los espíritus y a los ángeles, y aun para ver a los dioses. Sin embargo, confiesa que por estas teletas teúrgicas no recibe el alma intelectual purificación alguna que pueda disponerla para ver a su Dios y percibir las realidades verdaderas. De aquí se deduce qué visión y de qué dioses dice se puede conseguir con las iniciaciones teúrgicas si en ella no se ven las realidades verdaderas. Finalmente, dice que el alma racional, o intelectual, como le parece mejor, puede subir a las regiones superiores, aunque lo que en ella hay de espiritual no haya sido purificado por arte teúrgico alguno; y aún más, aunque el teúrgo purifique la parte espiritual, no lo realiza hasta el punto de hacerla llegar por esto a la inmortalidad eterna.
Así, pues, aunque distinga los ángeles de los demonios, asignando los lugares aéreos a los demonios y los etéreos o empíricos a los ángeles, y aunque avise de que hay que servirse de la amistad de algún demonio, con cuya ayuda se puede elevar uno, aunque sea muy poco, sobre la tierra, y diga que es diferente el camino para llegar a la participación de los ángeles; a pesar de todo eso, declara con una confesión, en cierto modo expresa, que se debe evitar la compañía de los demonios cuando dice que el alma, pagando las penas después de la muerte, tiene horror al culto de los demonios que la rodeaban. Y no pudo negar que la misma teúrgia, que recomienda como conciliadora de los ángeles y los dioses, tiene influencia ante tales potestades, que o ven con malos ojos la purificación del alma o sirven a las artes de los que así lo ven, apelando a la queja sobre esto de no sé qué caldeo: «Se queja un hombre bueno en Caldea de que le fracasasen sus éxitos en el gran esfuerzo por la purificación de su alma, porque otro varón práctico en estos misterios, tocado de la envidia, conjuró con sus sagradas preces las potencias para que no le concediesen sus peticiones. Por tanto, las ató uno, y no las desató el otro».
En este argumento, dijo que aparecía cómo la teúrgia era un arte para hacer el bien y el mal ante los dioses y ante los hombres; que los dioses sufren también y se dejan arrastrar a las mismas perturbaciones y pasiones que Apuleyo atribuye comúnmente a los demonios y a los hombres, pero separando de ellos a los dioses por la altura de su morada etérea, y afirmando la sentencia platónica en esta distinción.
CAPÍTULO X
La teúrgia promete una falsa purificación a las almas por la invocación de los demonios
Aquí tenemos otro platónico, que dicen más sabio, Porfirio, quien afirma que los mismos dioses, por no sé qué artificio teúrgico, están sujetos a las pasiones y a las perturbaciones. Pudieron, en efecto, ser conjurados y atemorizados con preces sagradas para no conceder la purificación del alma; y tanto los amedrentó quien ordenaba el mal, que no podían por el mismo artificio teúrgico ser rescatados de aquel temor por quien pedía el favor y quedar libres para otorgarlo.
¿Quién no ve que todo esto son invenciones de los demonios engañosos, sino el esclavo más miserable de los mismos y extraño a la gracia del verdadero libertador? Pues si todo esto se tratase ante los dioses buenos, más poderío tendría allí el benéfico purificador de las almas, que el malévolo que trata de impedirlo. Porque si el hombre de que se trata parecía indigno de la purificación a los dioses justos, debieron negárselo, no ciertamente amedrentados por un envidioso ni, como dice él mismo, impedidos por el miedo a una divinidad más poderosa, sino por su libre determinación.
Es chocante que aquel buen caldeo, que deseaba purificar su alma por los misterios teúrgicos, no encontrara ningún dios superior que amedrentase más y forzase a los dioses atemorizados a hacerle el bien, o alejase de ellos al que amedrentaba, para que pudieran hacer el bien con libertad. Puede que le hayan faltado al buen teúrgo los ritos sagrados, con los cuales liberase primero de esa peste de temor a los mismos dioses, que invocaba como purificadores de su alma. ¿Qué motivo hay para que pueda acudirse a un dios poderoso para liberarse del terror y no para purificarse? ¿Acaso se encuentra un dios que escuche al envidioso y atemorice a los dioses para que no hagan el bien, y no se encuentra un dios que escuche al benévolo y les quite a los dioses el temor para que hagan el bien?
¡Oh ilustre teúrgia! ¡Oh purificación del alma digna de ser publicada! En ella tiene más poderío la inmunda envidia que puede conseguir la pura beneficencia; o, más bien, ¡oh falacia de los malignos espíritus, digna de ser esquivada y detestada, y doctrina saludable digna de ser escuchada! Si, en efecto, los que realizan estas inmundas purificaciones con ritos sacrílegos ven con el espíritu purificado algunas imágenes extremadamente hermosas, como dice éste, de ángeles o de dioses (si es que llegan a ver algo), eso no es más que lo que nos dice el Apóstol, que Satanás se disfraza de mensajero de la luz40. Suyas son estas imágenes, él es quien desea aprisionar en los falaces misterios de muchos y falsos dioses las almas miserables y apartarlas del verdadero culto del Dios verdadero, que es el único que las limpia y las sana, y por ello, como se dijo de Proteo, «adopta todas las formas», persiguiendo con hostilidad, socorriendo con engaño, perjudicando de ambas maneras.
CAPÍTULO XI
Epístola de Porfirio al egipcio Anebonte, en la cual le pide que lo instruya sobre la diversidad de los demonios
1. Más sensato se mostró el tal Porfirio al escribir al egipcio Anebonte. Con el pretexto de consultarle y preguntarle, expone y echa por tierra las artes sacrílegas. Reprueba allí a todos los demonios. Dice que por su imprudencia son arrastrados por un vapor húmedo, y por eso no se encuentran en el éter, sino en el aire bajo la luna, y aun en el mismo globo de la luna; sin embargo, no se atreve a atribuirles a todos los demonios los engaños, malicias y necedades que le preocupan. Y aunque confiesa que generalmente todos son imprudentes, todavía a algunos los llama demonios buenos por conformarse a la usanza.
Se admira, sin embargo, de que los dioses no sólo se dejen cautivar por las víctimas, sino que se vean empujados y forzados a hacer lo que quieren los hombres. Y si los dioses se distinguen de los demonios por el cuerpo y la incorporeidad, se admira también de cómo se han de tener por dioses al sol y a la luna y los demás astros visibles en el cielo, que no duda son cuerpos; y si son dioses, cómo a unos se les llama benéficos y a otros maléficos; y cómo se unen con los incorpóreos los que son corpóreos.
Pregunta también en son de duda si los que adivinan y realizan ciertas maravillas tienen almas más poderosas o vienen de fuera otros espíritus mediante los cuales tienen este poder. Según él, vienen más bien de fuera, ya que con el uso de piedras y hierbas atan a algunos, abren las puertas cerradas y obran maravillosamente otras cosas por el estilo. Por ello dice que otros opinan que hay cierta clase, cuyo oficio es escuchar las demandas, falaz por naturaleza, que adopta todas las formas, todos los aspectos, fingiéndose ya dioses, ya demonios, ya almas de los difuntos. Y éstos son los que realizan todas las obras que parecen buenas o malas.
Por lo demás, no ayudan nada en las cosas buenas ni aun las conocen; al contrario, se avienen mal con los diligentes seguidores de la virtud, los acusan y les sirven de obstáculo algunas veces.
Por otra parte, están llenos de temeridad y altanería, se recrean con los perfumes, son presa de las adulaciones. Todo esto y lo demás que se dice de esta clase de falaces y malignos espíritus, que le vienen al alma de fuera y engañan los sentidos humanos, ya adormecidos, ya vigilantes, no lo confirma Porfirio como cosa de la que esté seguro. Más bien lo pone en duda o lo sospecha con tal timidez, que afirma ser opinión de otros. Porque le fue difícil a un filósofo de esta talla llegar a conocer o rechazar con firmeza a toda esa caterva diabólica, que cualquier viejecita cristiana está segura de conocer y detestar con plena serenidad. Claro, puede ocurrir que el tal Porfirio tenga cierto reparo en ofender al mismo Anebonte, a quien escribe como ilustre pontífice de tales misterios, o a otros admiradores de semejantes obras divinas y que pertenecen al culto de los dioses.
2. Continúa en su tarea, y recuerda en plan de búsqueda los hechos que, considerados con un poco de reflexión, no se pueden atribuir sino a las potestades malignas y engañosas. Él pregunta: ¿por qué, después de invocar a los mejores, se les ordena, como si fueran peores, que cumplan los mandatos injustos de los hombres? ¿Por qué no escuchan al que suplica, enredado en placeres sensuales, si ellos no tienen reparo en inducir a cualesquiera uniones impúdicas? ¿Por qué conminan a sus pontífices a abstenerse de los animales para no mancillarse con los vapores impuros, y ellos, en cambio, se dejan arrastrar por otras emanaciones y olores de víctimas? Y mientras prohíben al observador el contacto con el cadáver, sus ceremonias se celebran la mayor parte de las veces entre cadáveres. ¿Por qué el hombre sometido a algún vicio lanza sus amenazas no al demonio o al alma de algún muerto, sino al sol, a la luna o a cualquiera de los celestiales, e intenta atemorizarlos falsamente para sonsacarles la verdad? Pues amenaza con trastornar el cielo y otros imposibles semejantes para que los dioses, amedrentados como niños necios por falsas y ridículas amenazas, le concedan lo que exige.
Dice también que cierto Queremón, perito en tales cosas sagradas o sacrilegios, ha recogido en sus escritos los rumores que corren entre los egipcios sobre el poder de Isis o de su marido, Osiris, para forzar con todo su poder a los dioses a realizar lo mandado, cuando quien los obliga con sus encantamientos amenaza con manifestar y echar por tierra esos misterios, llegando a decir, con terribles gritos, que esparcirá hasta los miembros de Osiris si se descuidan en cumplir los mandatos.
Con toda razón se maravilla Porfirio de que un hombre lance tan vanas y necias amenazas a los dioses, y no a unos dioses cualesquiera, sino a los mismos celestes fulgentes de la luz sidérea; y ello no parece una amenaza ineficaz, sino que los obliga con violento poder y con estos terrores los llevan a la realización de lo que ha pedido.
Aún hay más: bajo la apariencia de admiración y de investigación de las causas de tales cosas da a entender que éstas son obras de aquellos espíritus, cuya clase superior describió como opinión de otros, no como él piensa, tramposos no por naturaleza, sino por vicio: que se fingen dioses o almas de los muertos, no demonios, dice él, pues realmente lo son. Y si a Porfirio le parece que los hombres se fabrican en la tierra poderes idóneos para llevar a cabo varios efectos, y esto lo hacen por medio de hierbas, piedras y animales, por ciertos sonidos y voces, figuras y representaciones, por observación de los movimientos de los astros en el giro del cielo, todo esto pertenece a esos mismos demonios embaucadores de las almas a ellos sujetas y ostentadores de las voluptuosas burlas que les proporcionan los errores de los hombres.
De suerte que, una de dos: o Porfirio dudó realmente y se informó de esto, y recuerda no obstante tales hechos para confundirlos y refutarlos, y para demostrar que no pertenecen a estas potencias, sino a los falaces demonios, pudiendo todo ello ayudarnos a conseguir la vida feliz; o -pensando un poco mejor del filósofo- no pretendió molestar con cierta soberbia de doctor ni turbar abiertamente, con la controversia de adversario, al egipcio, entregado a tales errores y convencido de saber algo grande; antes bien, bajo la humildad del que pregunta y desea saber, reducirle a reflexionar sobre estas cosas y demostrarle cómo han de ser menospreciadas y aun evitadas.
Finalmente, le pregunta al final de la carta que le enseñe cuál es el camino hacia la felicidad según la sabiduría egipcia. Por lo demás, dice que en vano parece han cultivado la sabiduría aquellos cuyo trato con los dioses se encamina a inquietar la mente divina para encontrar a un fugitivo, o para comprar un solar, para casamientos, comercio o cosa semejante. Y aquellas mismas divinidades con quienes conversan, aunque en otros asuntos predijeran verdades, si no dieron avisos prudentes y útiles sobre la felicidad, no serían tampoco dioses ni benignos demonios, sino lo que llamamos espíritu seductor o mera invención humana.
CAPÍTULO XII
Milagros que realiza el verdadero Dios por ministerio de los santos ángeles
Con todo, como, gracias a estas artimañas, se realizan tantas y tales maravillas que sobrepasan la capacidad de la facultad humana, ¿qué resta sino que todos esos portentos que parecen profetizarse y realizarse por obra divina, y que, sin embargo, no se refieren al culto del único Dios, en cuya unión, como confiesan y atestiguan ampliamente aun los platónicos, se encuentra el único bien que hace feliz, sean consideradas con toda prudencia como escarnio de los malignos demonios e impedimentos seductores, que debe evitar la verdadera religión?
Asimismo, se ha de creer que se realizan, ni más ni menos, por obra de Dios todos los milagros que, ya por medio de los ángeles, ya por cualquier otro medio, en su realización recomienden el culto y la religión de un solo Dios, en quien solamente se halla la vida feliz, y que, además, son hechos por aquellos o mediante aquellos que nos aman según la verdad y la piedad.
No hemos de prestar oído a los que niegan que un Dios invisible pueda obrar milagros visibles; máxime confesando ellos mismos que ha hecho el mundo, que no se atreverían a negar es visible. Cuanto, pues, hay de admirable en este mundo siempre será menos que este mundo, esto es, que el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene, todo lo cual ha hecho ciertamente Dios. Claro que tan oculto e incomprensible es para el hombre el modo de hacerlo como el que lo hizo. Así, pues, aunque los milagros de las naturalezas visibles hayan perdido su fuerza impresionante por la frecuencia con que los vemos, si los consideramos a la luz de la sabiduría, son de mayor categoría que los menos acostumbrados y los más raros. En efecto, más grande que cualquier milagro que hace el hombre es el mismo hombre.
Por lo cual Dios, que hizo visibles el cielo y la tierra, no se desdeña de hacer milagros visibles en el cielo y en la tierra para estimular con ellos al alma, entregada aún a las cosas visibles, a darle culto a Él, invisible. Ahora bien, sobre dónde y cuándo los ha de hacer, en su mano está el inconmutable designio, en cuya disposición se encuentran ya presentes los tiempos futuros. Porque moviendo las cosas temporales no se mueve Él en el tiempo; ni conoce las cosas que han de suceder con ciencia distinta de las hechas; ni escucha a los que lo invocan de distinto modo que a los que han de invocar. Aun cuando escuchan los ángeles, es Él quien escucha en ellos, como en un verdadero templo suyo, no hecho por mano de hombres, lo mismo que ocurre con los hombres santos. Y sus mandatos se realizan en el tiempo, ajustados a su ley eterna.
CAPÍTULO XIII
Dios invisible se ha mostrado muchas veces visible, pero no según lo que es, sino según la capacidad de los que lo han visto
Tampoco debe sorprendernos que, siendo Dios invisible, se haya aparecido tantas veces visible a los Patriarcas. Pues a la manera que el sonido en que se declara el pensamiento contenido en el silencio de la inteligencia no es lo mismo «que el tal pensamiento, así la apariencia, bajo la cual fue visto Dios invisible por naturaleza, no era lo que es Él mismo. Sin embargo, era visto Él mismo en la misma apariencia corporal, como se oye aquel pensamiento mismo en el sonido de la voz; y no ignoraban aquéllos que, al ver al Dios invisible en apariencia corporal, no era Él mismo lo que veían.
Hablaba con Moisés, que le dirigía la palabra, y, sin embargo, él le decía: Si he hallado gracia delante de Ti, muéstrateme a Ti mismo para que a sabiendas te vea41. Así, pues, siendo necesario que se diera la ley de Dios con tono aterrador por los ángeles, y no para un hombre sólo o unos pocos sabios, sino a toda la nación y a un pueblo grande, se realizaron en presencia del mismo pueblo grandes maravillas en el monte, donde daba la ley por medio de uno, contemplando la multitud las cosas temibles y estremecedoras que tenían lugar.
Pues el pueblo de Israel no creyó a Moisés, como creyeron los lacedemonios a Licurgo de Esparta, que había recibido de Júpiter o de Apolo las leyes que estableció. En efecto, cuando se daba al pueblo la Ley, en que se le ordenaba adorar a un solo Dios, los prodigios y movimientos admirables, realizados en la presencia del mismo pueblo, cuanto a juicio de la divina Providencia era suficiente, manifestaban que la criatura servía al Creador para dar la misma ley.
CAPÍTULO XIV
Se debe dar culto al único Dios, no sólo por los beneficios eternos, sino también por los temporales, ya que en el poder de su providencia están todas las cosas
Como la de cualquier hombre, así la recta erudición del género humano, que pertenece al pueblo de Dios, se desarrolla a través de ciertas etapas de tiempos, como en edades escalonadas. Así se levanta de lo temporal a la consecución de lo eterno, y de las cosas visibles a las invisibles. De tal modo que, cuando se prometían por Dios los premios visibles, se inculcaba el culto a un solo Dios a fin de que la mente humana, ni aun por esos beneficiosos terrenos de la vida transitoria, se sometiese a otro que no fuera el Creador y Señor del alma. Pues todo lo que pueden hacer por los hombres los ángeles, o los hombres, está en poder del sólo Dios omnipotente, y no está en su sano juicio quien lo ponga en duda.
Trata el platónico Plotino sobre la Providencia, y comprueba por la hermosura de las florecillas y de las hojas que ella se extiende desde el Dios supremo, cuya hermosura es inteligible e inefable, hasta estas cosas más terrenas y más bajas. Y afirma que todas estas cosas abyectas y tan rápidamente perecederas no pueden tener las proporciones armoniosas de sus formas si no la recibieran de la forma inteligible e inconmutable que lo contiene todo junto. Bien lo mostró esto el Señor Jesús al decir: Daos cuenta de cómo crecen los lirios del campo, y no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como cualquiera de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, la viste Dios así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?42
Con toda razón, pues, el alma humana, incluso débil por los deseos terrenos, no acostumbra a esperar sino del único Dios todos los bienes bajos y terrenos, necesarios para esta vida transitoria, que desea en el tiempo, y que son menospreciables en comparación con los beneficios sempiternos de la otra vida, de tal modo que en el deseo de ésos no se aleje del culto de Aquel a quien debe llegar menospreciándolos y apartándose de ellos.
CAPÍTULO XV
Ministerio de los santos ángeles por el que sirven a la providencia de Dios
De esta suerte, pues, tuvo a bien la divina Providencia ordenar el curso de los tiempos, en tal modo que, como dije y se lee en los Hechos de los Apóstoles, se publicara por las palabras de los ángeles la ley sobre el culto del verdadero Dios43. En ellas aparecía visiblemente la persona del mismo Dios, no ciertamente por su propia sustancia, que permanece siempre invisible a los ojos corruptibles, sino por ciertos indicios a través de la criatura sometida al Creador; así como hablaba también sílaba por sílaba, por medio de los intervalos transitorios de tiempos de la voz humana, Él, que ni empieza ni deja de hablar, no corporal, sino espiritualmente; no sensible, sino inteligiblemente; no temporal, sino, por decirlo así, eternamente. Y esto lo oyen con mayor pureza no con el oído del cuerpo, sino de la mente, sus ministros y mensajeros, que gozan en inmortal beatitud de su verdad inconmutable, y realizan, sin vacilación ni dificultad, lo que, de modos inefables, oyen debe ser realizado y debe llegar hasta estos seres visibles y sensibles. Esta ley se dio según la distribución de los tiempos para obtener, primero, como ya dije, las promesas terrenas, significadoras siempre de las eternas, que celebrarían muchos y entenderían pocos en los sacramentos visibles. Sin embargo, se ordena allí con clarísimo testimonio de los vocablos y de todos los signos el culto del único Dios, no de un dios de la turbamulta, sino del que hizo el cielo y la tierra, y toda alma viviente, y todo espíritu que no es lo que es Él mismo. Pues Él es quien lo ha hecho, y estas cosas han sido hechas; y para ser y encontrarse bien necesitan del que las hizo.
CAPÍTULO XVI
¿
Se ha de creer para merecer la vida feliz en los ángeles que exigen se les den honores divinos, o en los que mandan servir en santa religión, no a sí mismos, sino al único Dios?
1. ¿En qué ángeles, pues, si se trata de la vida feliz y eterna, pensamos se debe creer? ¿En los que quieren ser honrados con las ceremonias de la religión, solicitando de los mortales que se les ofrezca culto y sacrificios, o a los que dicen que todo este culto se debe a un solo Dios creador de todas las cosas, y mandan que se le dé con verdadera piedad a Aquel cuya contemplación los hace a ellos bienaventurados y prometen nos hará a nosotros? Esa visión de Dios es visión de tal hermosura y digna de tan grande amor, que al carecer de ella, no duda Plotino en tenerlo por muy desdichado, aunque tenga y abunde en los otros bienes.
Unos ángeles, pues, estimulan a adorar a éste sólo con culto de latría. Otros, en cambio, con llamativos prodigios incitan a que se les adore a ellos; y esto hasta tal punto que aquéllos prohíben se dé culto a éstos, y éstos no se atreven a negárselo a aquél. ¿A cuáles habrá que creer? Respondan los platónicos, respondan toda clase de filósofos, respondan los teúrgos, o mejor los periurgos, pues todas estas artes son dignas de tal vocablo. Respondan finalmente los hombres, si existe en ellos una parte siquiera de aquel sentido de su naturaleza que los hizo racionales; respondan, digo, si se ha de sacrificar a los dioses o a los ángeles que exigen se les sacrifique a ellos, o sólo a aquel a quien mandan sacrificar, los que prohíben hacerlo a sí mismos y a éstos.
Si ni unos ni otros hicieran estos milagros, sino que solamente se limitaran a mandar los unos que se les sacrifique a ellos mismos, prohibiéndolo los otros y mandando sacrificar a Dios, bastaría esto para que la auténtica piedad viera claramente qué procede en unos de altanera soberbia y qué en otros de verdadera religión. Diré más todavía: si sólo los que exigen sacrificios para sí excitaran las mentes humanas con la realización de maravillas, y en cambio los que prohíben esto y mandan sacrificar sólo al único Dios no se dignaran hacer en modo alguno estas maravillas visibles; aun así había de prevalecer la autoridad de éstos, juzgando las cosas no por el sentido del cuerpo, sino con la razón de la mente. Pero Dios, para recomendar las palabras de su verdad, ha querido realizar por medio de estos mensajeros inmortales que proclaman, no su altanería, sino la majestad de Él, maravillas más grandes, más ciertas, más palmarias, para que no tuvieran mayor facilidad de persuadir su falsa religión a los piadosos débiles, los que exigen sacrificios para sí, con la ostentación de algunos prodigios ante los sentidos de aquéllos. Siendo esto así, ¿quién tendrá a bien llegar a embarcarse en la necedad de no elegir el seguimiento de la verdad, donde encuentra maravillas más grandes que admirar?
2. La Historia nos pondera algunos milagros de los dioses de los gentiles; no me refiero a los fenómenos extraordinarios que tienen lugar de cuando en cuando por ocultas causas de la Naturaleza, siempre establecidas y ordenadas bajo la Providencia divina: tales son los partos no acostumbrados de los animales, el insólito aspecto de las cosas en el cielo y en la tierra, ya sólo atemorizando, ya también perjudicando, todo lo cual, en su falsísima astucia, dicen puede procurarse o mitigarse por los ritos demoníacos.
Me refiero a aquellos otros que aparece muy claramente han sido hechos por su poder, por ejemplo: se dice que las estatuas de los dioses Penates, que llevó Eneas al salir huyendo de Troya, anduvieron errantes de una parte a otra; que Tarquinio cortó un peñasco con una navaja; que la serpiente Epidaurio se unió como compañera a Esculapio, navegando a Roma; que una mujercilla, para testimonio de su honestidad, logró mover y arrastrar, atada con el cinturón, la nave en que era llevada la imagen de la madre Frigia, que había permanecido inmóvil a pesar de los esfuerzos de tantos hombres y toros; que la doncella Vestal, cuya corrupción estaba en litigio, dirimió la controversia llenando una criba con agua del Tíber, y no se derramó.
Pues bien, estas maravillas y otras semejantes no se pueden comparar en modo alguno por su poder y magnificencia con las que leemos realizadas en el pueblo de Dios; ¿y cuánto menos se podrán comparar las otras, las mágicas y las teúrgicas, que fueron objeto de prohibición y sanción aun por las leyes de aquellos pueblos que honraron tales dioses? La mayor parte de ellas hasta en apariencia engañan con su imaginaria burla los sentidos de los mortales, como es hacer descender la luna, «hasta que, como dice Lucano, se derrame más de cerca, rozando las hierbas»; otras, en cambio, aunque parezcan igualarse en la obra con algunos hechos de los santos, el fin que las distingue muestra claramente la incomparable superioridad de los nuestros. Con aquellos sacrificios, en efecto, tanto menos deben ser honrados muchos cuanto con más ansiedad lo solicitan; y en estos otros se recomienda un solo Dios, que, con el testimonio de las Escrituras y con la abolición luego de estos sacrificios, demuestra no estar necesitado de los tales.
Por consiguiente, si los ángeles solicitan sacrificios para sí, deben anteponérseles los que no los piden para sí, sino para el Creador de todas las cosas, a quien sirven. Por donde muestran el amor con que nos aman, ya que no pretenden someternos por el sacrificio a sí mismos, sino a aquel cuya contemplación los hace felices, como pretenden que lleguemos a aquel de quien ellos no se apartaron.
Aunque hubiera ángeles que no pretendieran se ofrezcan sacrificios a uno solo, sino a muchos, no a sí mismos, sino a los dioses cuyos ángeles son, aun así se les deben anteponer los que son ángeles de un solo Dios de dioses, a quien mandan sacrificar, prohibiendo que se haga a algún otro, no habiendo ninguno que prohíba sacrificar a éste a quien ellos mandan sacrificar. Además, si, como nos muestra mejor su soberbia falacia, no son buenos, ni ángeles de dioses buenos, sino malos demonios, que no quieren sea adorado un solo y supremo Dios, sino ellos mismos con estos sacrificios, ¿qué defensa más grande se puede elegir contra ellos que la del Dios único, a quien sirven los ángeles buenos, que no mandan servirles a ellos, sino a Aquel de quien debemos ser nosotros sacrificio?
CAPÍTULO XVII
Sobre el arca del Testamento y milagros que se han realizado divinamente para recomendar la autoridad de la ley y las promesas
Por esta razón fue colocada en el Arca, que se llamó Arca del Testimonio, la ley de Dios dada por ministerio de los ángeles, en la cual se mandaba que fuera honrado con la religión de los sagrados misterios el único Dios, y fueran prohibidos todos los demás. El nombre de Arca del Testamento significa suficientemente que el Dios que era honrado con todas esas solemnidades no suele estar encerrado ni contenido en lugar alguno, aunque desde el lugar de aquella Arca se dieran sus respuestas y algunos prodigios a los sentidos humanos, sino que desde ella se manifestaban los testimonios de su voluntad.
La inscripción de la ley en las tablas de piedra, y su colocación, como dije, en el Arca, que durante el tiempo de peregrinación en el desierto, junto con el tabernáculo por semejanza, se llamó tabernáculo del testimonio, llevaban los sacerdotes con la debida veneración, era un signo que por el día aparecía como una nube, y por la noche brillaba como el fuego44; cuando esta nube se movía, se ponía en movimiento el campamento; cuando se detenía, acampaban de nuevo45.
Recibió aquella ley testimonios de gran maravilla, a más de los que acabo de citar y de las palabras que se publicaban desde el lugar de aquella Arca. Al entrar en la tierra de promisión y atravesar la misma Arca el Jordán, se detuvo el río por su parte superior y siguió corriendo por la inferior, de modo que dejó un lugar en seco para pasar ella y el pueblo46. Luego, llevada siete veces la misma Arca en torno a la primera ciudad que encontraron hostil, adoradora, según costumbre gentil, de un sinfín de dioses, cayeron de pronto sus murallas sin que las atacara ejército alguno ni las sacudiera ningún ariete47.
Después de esto, estando ya en la tierra de promisión, fue tomada la misma Arca en castigo de los pecados del pueblo por los enemigos, y colocada con todo honor en el templo de su dios, que veneraban sobre los demás. Cerraron el templo al marchar, y al abrirlo al día siguiente, encontraron la imagen que veneraban derrumbada y vergonzosamente despedazada. Luego ellos mismos, conmovidos por los prodigios y torpemente castigados, devolvieron el Arca del divino testimonio al pueblo a quien se la habían tomado. ¿Cómo tuvo lugar esta devolución? La colocaron en un carro, al cual uncieron vaquillas, de las cuales habían separado los terneros de leche, y las dejaron marchar a donde quisieran, como deseando explorar también en esto el poder divino. Ellas, sin que nadie las guiase ni mandase, siguiendo tenazmente el camino hacia los hebreos, sin volverse ante los mugidos de los hambrientos terneros, mostraron un gran misterio a sus adoradores.
Estas y semejantes maravillas son poca cosa para Dios, pero importantes para amedrentar saludablemente y enseñar a los hombres. Cierto que los filósofos, sobre todo los platónicos, son alabados, como poco antes recordé, por haber sido más sensatos que los demás al enseñar que la divina Providencia gobierna hasta las más pequeñas cosas de la tierra, y en todo ello guiados por el testimonio de tantas hermosuras como se producen no sólo en los cuerpos de los animales, sino hasta en las hierbas y en el heno. ¡Cuánto mayor testimonio dan de la divinidad los prodigios que tienen lugar a la hora de su predicación, cuando se recomienda la religión que prohíbe sacrificar a todos los celestes, terrestres e infernales, estableciendo que se sacrifique sólo a uno, que es el único que ama, y amado hace felices!
Delimita también de antemano los tiempos señalados para los sacrificios, y anuncia que han sido cambiados mejorando mediante un sacerdote más perfecto, atestiguando que no apetece estas cosas, sino que por medio de ellas se significan otras mejores, y no precisamente para ser ensalzado Él con estos honores, sino para que, encendidos nosotros por su amor a darle culto y unirnos a Él, nos sintamos movidos por lo que es un bien para nosotros, no para Él.
CAPÍTULO XVIII
Contra los que niegan el crédito a los libros eclesiásticos sobre los milagros con que Dios enseñó a su pueblo
¿Habrá quien afirme que estos milagros son falsos, y que no fueron hechos, sino escritos con mentira? Quien diga esto, si niega que en absoluto se debe creer a escrito alguno, en estas cosas puede también afirmar que ningún dios se ocupa de las cosas mortales. En efecto, no trataron éstos de persuadir sobre su adoración, sino con los efectos de obras maravillosas, de lo que es testigo la historia de los gentiles, cuyos dioses pudieron manifestarse más bien admirables que útiles. Por eso en esta obra, cuyo décimo libro ya tenemos en las manos, no hemos tratado de refutar a los que niegan todo poder divino o sostienen que no se ocupa de las cosas humanas; nos dirigimos a los que anteponen sus dioses a nuestro Dios, fundador de la santa y gloriosísima Ciudad, ignorando que Él mismo es fundador invisible e inconmutable de este mundo visible y mudable, y a la vez dispensador segurísimo de la vida feliz, no tomada de lo que Él hizo, sino de sí mismo.
Así dice su profeta fidedigno: Para mí lo bueno es estar junto a Dios48. Se debate entre los filósofos cuál es el último bien, a cuya consecución se han de enderezar todos nuestros deberes. No dijo el profeta: «Es bueno para mí abundar en riquezas, o ser distinguido con la púrpura y el cetro, o sobresalir por la diadema»; o como no se desdeñaron de decir algunos filósofos: «El placer del cuerpo es un bien para mí»; o, más bien, como parece dijeron otros mejores: «La virtud de mi ánimo es un bien para mí». Dijo precisamente: Para mí lo bueno es estar junto a Dios. Esto le había enseñado aquel a quien los ángeles hasta con el testimonio de milagros advirtieron que había que sacrificar únicamente. Por eso él mismo se había hecho sacrificio de quien le había arrebatado y hecho arder en su fuego inteligible, y a cuyo abrazo inefable e incorpóreo le llevaba un santo deseo.
Por consiguiente, si los adoradores de muchos dioses (tengan de ellos la opinión que sea) creen que han realizado milagros o dan crédito a la historia de las cosas profanas, o a los libros mágicos, o, con criterio más honrado, a los libros teúrgicos, ¿qué motivo hay para negarse a creer en los hechos que atestiguan estas letras, a las que se debe una fe tanto más grande cuanto es grande sobre todo aquel a quien únicamente mandan sacrificar?
CAPÍTULO XIX
Motivo del sacrificio visible que, según la verdadera religión, se debe ofrecer al único Dios verdadero e invisible
Algunos piensan que estos sacrificios visibles convienen a los otros dioses, y a aquél, como invisible, sólo los invisibles, y más grandes como más grande, y mejores como mejor que es; tales son los deberes de la mente pura y la buena voluntad. Los tales no se dan cuenta de que aquéllos son signos de éstos, como los sonidos de las palabras son signos de las cosas.
Por lo cual, así como cuando oramos y lo alabamos, dirigimos el significado de nuestras voces a quien ofrecemos en el corazón las mismas cosas que significamos; así, al ofrecer un sacrificio sabemos que aquel sacrificio visible debe ser ofrecido a Aquel para quien nosotros debemos ser sacrificio invisible en nuestros corazones. Entonces nos ayudan y se alegran con nosotros toda suerte de ángeles y Virtudes superiores y más poderosas por la misma bondad y piedad. Y si quisiéramos ofrecérselos a ellos, no los aceptan de buen grado, y cuando son enviados a los hombres de suerte que se note su presencia, se niegan en redondo a admitirlos.
Las sagradas letras nos suministran ejemplos. Pensaron algunos que debía tributarse a los ángeles, ya por la oración, ya por el sacrificio, el honor que se debe a Dios, y fueron impedidos por la amonestación de ellos. Ordenaron tributarlo sólo a Aquel que saben lo merece justamente49.
Hubo también santos hombres de Dios que imitaron a los ángeles. San Pablo y Bernabé, en Licaonia, después de un milagro de curación, fueron tenidos por dioses, y los licaonios quisieron inmolarles víctimas. Lo repudiaron ellos con humilde piedad, y les anunciaron el Dios en quien habían de creer50. Aquellos seres falaces exigen esto para sí con soberbia, porque saben que se debe al verdadero Dios. Pues en verdad -como dice Porfirio y piensan, algunos- no se gozan con olores cadavéricos, sino con honores divinos. Y de esos olores tienen sobrada abundancia por todas partes, y si quisieran más, podían ofrecérselos a sí mismos. Por tanto, los espíritus que se arrogan la divinidad no se deleitan en el humo de cualquier cuerpo, sino en el ánimo del que suplica, sobre el cual ejercen su dominio después de engañarlo y someterlo; y así le interceptan el camino hacia el verdadero Dios para que no sea el hombre sacrificio de aquél si sacrifica a alguien diferente a Él.
CAPÍTULO XX
Del verdadero y supremo sacrificio, cumplido en el mismo Mediador de Dios y los hombres
Por eso el verdadero Mediador, que al tomar la forma de esclavo fue hecho Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, bajo la forma de Dios, acepta el sacrificio con el Padre, con el cual es un solo Dios; pero bajo la forma de esclavo prefirió ser sacrificio a aceptarlo, a fin de que nadie tomara ocasión de esto para sacrificar a cualquier criatura. Por eso Él es el sacerdote, Él es quien ofrece y es también la oblación.
De esta realidad quiso que fuera sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia, que, siendo cuerpo de la misma cabeza, aprendió a ofrecerse a sí misma por medio de Él. Signos variados y múltiples de este verdadero sacrificio eran los antiguos sacrificios de los santos, siendo aquéllos figura de este único, como si por muchas palabras se expresara una sola cosa, a fin de ponderarlo mucho sin causar hastío. Con este uno y verdadero sacrificio desaparecieron todos los falsos sacrificios.
CAPÍTULO XXI
Límite del poder concedido a los demonios con vistas a la glorificación, por la paciencia en sus sufrimientos, de los santos, que vencieron a los espíritus aéreos, no tratando de aplacarlos, sino permaneciendo fieles en el Señor
En tiempos establecidos y limitados de antemano se concedió poder a los demonios para poner por obra tiránicamente, mediante la incitación de los hombres que dominan, su hostilidad contra la Ciudad de Dios; y no sólo para aceptar sacrificios de los que se los ofrecen y para exigirlos a los voluntarios, sino para arrancárselos por la violencia con la persecución a los que se resisten. Por eso no es pernicioso a la Iglesia, antes es útil, para completar el número de los mártires, a quienes tanto más ilustres y honrados ciudadanos considera la Iglesia, cuanto con más valor combaten contra el pecado de impiedad hasta el derramamiento de sangre51.
Con auténtica propiedad podríamos llamar nuestros héroes a éstos, si lo autorizase así el lenguaje eclesiástico. Se dice que este nombre procede de Juno, porque Juno en griego se llama Ἥρα; y no sé qué hijo suyo, según la mitología, se llamó Heros. Con lenguaje místico querría significar la fábula que se atribuye a Juno el aire, donde dicen que habitan los héroes, con cuyo nombre designan las almas de los difuntos que tuvieron cierto mérito.
Por el contrario, nuestros mártires sí debían llamarse héroes si, como dije, admitiera esto el lenguaje eclesiástico, no por vivir en sociedad con los demonios en el aire, sino porque vencen a los mismos demonios, esto es, a las potestades aéreas, y en ellas a la misma Juno, tenga el significado que sea, que no sin razón la presentan los poetas como enemiga de las virtudes y envidiosa de los varones fuertes que aspiran al cielo.
Aquí de nuevo, infelizmente, Virgilio cede ante ella; cuando en La Eneida dice de la misma: «Soy vencida por Eneas», vemos que más adelante amonesta Eleno a Eneas con este consejo religioso: «Implora en tus preces el numen de la gran Juno, y aplaca a fuerza de suplicantes dones aquella poderosa soberana». Según esta opinión, Porfirio, no reflejando su pensamiento, sino el de otros, dice que el dios o el genio bueno no vienen al hombre si no ha sido aplacado antes el malo. Como si las divinidades malas fueran más poderosas que las buenas, ya que impiden el auxilio de los buenos, no dándoles lugar sino aplacados; y no pueden aprovechar los buenos, con la oposición de los malos, y en cambio pueden dañar los malos, sin ser capaces de resistir los buenos.
No es éste el camino de la verdadera y verazmente santa religión; no es así como vencen nuestros mártires a Juno, esto es, a las potestades aéreas, envidiosas de las virtudes de los piadosos. En modo alguno nuestros héroes, si pudiéramos usar este lenguaje, vencen a Hera con sus votos suplicantes, sino con sus virtudes divinas. Con mejor título recibió Escipión el sobrenombre de Africano por haber vencido con su valor a África, que si hubiera aplacado a los enemigos con dones para que lo trataran con miramiento.
CAPÍTULO XXII
Origen del poder de los santos contra los demonios y origen de la verdadera purificación del corazón
Los hombres de Dios expulsan las potestades aéreas enemigas y contrarias a la piedad conjurándolas con una auténtica piedad, no aplacándolas; y vencen todas las tentaciones de este enemigo, no rogándole a él mismo, sino rogando a su Dios contra él. Él no vence ni sojuzga a nadie, sino por la alianza del pecado. Y es vencido en nombre de quien tomó al hombre y consiguió sin pecado que en sí mismo, sacerdote y sacrificio, se realizara la remisión de los pecados; es decir, fue vencido por el Mediador de Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, por medio del cual, hecha la purificación de los pecados, son reconciliados con Dios. Sólo por los pecados se separan de Dios los hombres, cuya purgación en esta vida no tiene lugar por nuestra propia virtud, sino por la divina misericordia; por su benignidad, no por nuestro poder.
En efecto, aun la misma virtud, cualquiera que sea, que llamamos nuestra, nos ha sido concedida por su bondad. Y atribuiríamos mucho a esta carne si no viviéramos pendientes de Él hasta dejarla. Por eso se nos ha concedido la gracia por el Mediador para que, manchados por la carne del pecado, quedáramos limpios por la semejanza de la carne de pecado. Por esta gracia de Dios, en que mostró gran misericordia en nosotros, somos gobernados mediante la fe en esta vida, y después de esta vida seremos llevados, por la misma forma de verdad inconmutable, a la plenitud de la perfección.
CAPÍTULO XXIII
Principios en que declaran los platónicos está la perfección del alma
Dice también Porfirio que fue respuesta de los divinos oráculos que nos purificamos por las teletas de la luna y del sol; para demostrar con ello que no puede el hombre ser purificado por las teletas de ninguno de los dioses. Pues ¿qué teletas pueden purificar si no purifican las de la luna y el sol, a quienes tienen entre los dioses principales? Además, dice que manifestó el mismo oráculo que los principios podían purificar; temió que, habiendo dicho que las teletas del sol y de la luna no purificaban, se creyera que las teletas de algún otro de la turba de dioses tuviera poder para purificar.
Ahora bien, sabemos cuáles son esos principios que admite como platónicos. Admite a Dios Padre y a Dios Hijo, a quien en griego llama inteligencia o mente paterna. Sobre el Espíritu Santo no dice nada o no lo dice claramente; mejor habla de un tercer medio entre ellos que no llegó a comprender. Si quisiera hablar de una tercera naturaleza del alma, como Plotino cuando trata de tres sustancias principales, no hablaría de un medio entre ellos, es decir, entre el Padre y el Hijo.
Porque Plotino pospone la naturaleza del alma a la inteligencia paterna; y, en cambio, éste, cuando habla del medio, no lo pospone, sino que lo interpone. Y él, por cierto, ha hablado como pudo, o como quiso, de lo que nosotros llamamos Espíritu Santo, no del Padre solo, ni del Hijo solo, sino del Espíritu de los dos. Pues los filósofos hablan con libertad de lenguaje, y no temen, aun en las cosas muy difíciles de entender, que se puedan molestar los oídos piadosos. En cambio, a nosotros nos es preciso hablar según un tono determinado para que la libertad de las palabras no pueda engendrar una opinión impía sobre su contenido.
CAPÍTULO XXIV
Principio único y verdadero que purifica y renueva la naturaleza humana
Por tanto, nosotros, al hablar de Dios, no afirmamos dos o tres principios, como no nos es lícito decir que hay dos o tres dioses; aunque al hablar de cada uno -del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo- confesemos que cada uno de ellos es Dios. Sin que digamos, sin embargo, lo que dicen los heréticos sabelianos: que el Padre es idéntico al Hijo y el Espíritu Santo es idéntico al Padre y al Hijo, sino que el Padre es Padre del Hijo y el Hijo es Hijo del Padre, y el Espíritu Santo del Padre y del Hijo no es ni el Padre ni el Hijo. Y así se dice propiamente que el hombre no es purificado sino por sólo el principio, aunque entre éstos se hable de principios en plural.
Pero Porfirio, sometido a las potestades envidiosas, de que se avergonzaba, aunque temía rebatirlas libremente, no quiso entender que Cristo el Señor es el principio, por cuya encarnación somos purificados. Lo menospreció, por cierto, en la misma carne que tomó para ser sacrificio de nuestra purificación; es decir, no entendió este gran sacramento por esa gran soberbia que repudió por su humildad el verdadero y benigno Mediador, mostrándose a los mortales en la mortalidad que no tuvieron los malignos y falaces mediadores, y por ello se envanecieron con más arrogancia, prometiendo, como inmortales a los mortales, una ayuda engañosa a los hombres desventurados.
Así el verdadero y buen Mediador mostró que era malo el pecado, no la sustancia o naturaleza de la carne, la cual pudo tomar sin pecado con el alma del hombre, y mantenerla y dejarla con la muerte, y transformarla por la resurrección a una vida mejor; como demostró que no se debía evitar la muerte pecando, aunque sea pena del pecado que Él pagó por nosotros sin pecado. Lo que había que hacer era soportar esa muerte por la justicia si se presentaba la ocasión. Por eso pudo pagar nuestros pecados muriendo, porque murió, aunque no por su pecado.
No conoció el tal platónico que éste era el principio, pues lo hubiera conocido como purificador. No es el principio la carne que hay en él ni el alma humana, sino el Verbo por el que todo fue hecho. De suerte que no purifica la carne por sí misma, sino el Verbo que la tomó cuando la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros52. Pues cuando hablaba místicamente de comer su carne y los que no le entendían se apartaban ofendidos, diciendo: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?, respondió a los que se habían quedado: Sólo el espíritu da vida; la carne no sirve para nada53.
El principio, pues, tomando el alma y la carne, limpia el alma y la carne de los creyentes. Por eso a los judíos que le preguntaban quién era, respondió que Él era el principio54. Lo cual ciertamente no podríamos, en modo alguno, percibir nosotros siendo carnales, débiles, sometidos a los pecados y envueltos en las tinieblas de la ignorancia, si no fuéramos purificados y sanados por Él, por medio de lo que éramos y de lo que no éramos. Pues éramos hombres, pero no éramos justos; pero en su Encarnación la naturaleza humana era justa, no pecadora: Ésta es la mediación por la que se tendió la mano a los caídos y echados por tierra; ésta es la semilla dispuesta por los ángeles, en cuyas palabras se promulgaba la ley55, que mandaba honrar a un solo Dios y prometía el Mediador que había de venir.
CAPÍTULO XXV
Todos los santos del tiempo de la ley y de los siglos anteriores han sido justificados en el misterio y en la fe de Cristo
Incluso los justos antiguos, viviendo piadosamente, pudieron ser purificados en el misterio de esta fe, no sólo antes que se diera la ley al pueblo hebreo (pues no les faltaron como predicadores Dios y los ángeles), sino también en los tiempos de la misma ley, aunque parezca que tenía las promesas carnales bajo las figuras de las cosas espirituales, por lo cual se llama Antiguo Testamento. Existían, en efecto, entonces los profetas, por los cuales, como por los ángeles, se pregonaba la misma promesa, a cuyo número pertenecía aquel cuya notable y divina sentencia sobre la meta del bien humano recordé hace poco: Para mí lo bueno es estar junto a Dios.
En ese salmo queda bien declarada la distinción de los dos Testamentos, llamados Antiguo y Nuevo. A causa de las promesas carnales y terrenas, en que veía abundar a los impíos, dice el profeta que sus pies temblaron y sus pasos estuvieron a punto de flaquear; como si él hubiera servido en vano a Dios, ya que veía cómo sus menospreciadores nadaban en la felicidad que él esperaba del mismo. Como también dice que se afanó en la búsqueda de este secreto, queriendo comprender la suerte final de los que en su error creía felices.
Entonces entendió que ellos fueron derribados en lo que se ensoberbecieron -así dice- y que desfallecieron y perecieron a causa de sus iniquidades; y que toda aquella suprema felicidad temporal se redujo al sueño de quien, despertando, se ve de repente privado de los bienes engañosos que soñaba. Y como se imaginaban que eran importantes en esta tierra o ciudad terrena, por eso dice: Señor, en tu ciudad reducirás a nada su imagen.
Que a ésta le fuera útil buscar también las cosas terrenas sólo del único verdadero Dios, en cuyo poder está todo, lo mostró bien claro en aquellas palabras: Como animal he sido delante de ti, y yo he estado siempre contigo. Dice como animal, esto es, que no entiende. Pues debí desear de ti las cosas que no pueden serme comunes con los impíos, no aquellas en que vi que abundaban éstos, y por eso pensé que te había servido en vano, ya que también las tenían los que no habían querido servirte. Sin embargo, yo he estado siempre contigo, ya que aun con el deseo de tales cosas no busqué otros dioses. Por eso sigue: Me tomaste de mi mano derecha y me condujiste según tu voluntad, y me recibiste con gloria; como si quedaran a la izquierda todas aquellas otras cuya abundancia vio en los impíos y por ello estuvo a punto de desfallecer: ¿Qué hay para mí en el cielo? Y fuera de ti, ¿qué he querido sobre la tierra?
Se reprende a sí mismo, y con razón no está satisfecho de sí porque teniendo tamaño bien en el cielo (lo comprendió más tarde), solicitó de su Dios en la tierra una cosa transitoria, frágil y en cierto modo una felicidad despreciable. Desfalleció mi carne -dice- y mi corazón, Dios de mi corazón. Ciertamente, con un desfallecimiento bueno, es decir, de las cosas de aquí hacia las de arriba.
Por eso se dice en otro salmo: Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor56. Y en otro: Desea y desfallece mi alma por tu salud57. Sin embargo, hablando de uno y otro, desfallecimiento del corazón y de la carne, no añadió: Dios de mi corazón y de mi carne, sino Dios de mi corazón, ya que por el corazón se limpia la carne. Por eso dice el Señor: Limpia primero la copa por dentro, que así quedará limpia también por fuera58. Luego dice que su parte es el mismo Dios; no algo que proceda de él, sino él mismo: Dios de mi corazón y mi porción, Dios por siempre; porque entre las muchas cosas que eligen los hombres, le plugo a él buscar a Dios. Dice así: Porque he aquí que los que se alejan de Ti perecerán. Acabaste con todo el que fornica dejándote a ti; es decir, aquel que quiere ser lupanar de muchos dioses. Por eso sigue lo que parece ha sido el motivo de cuanto se ha tomado de ese salmo: Mi bien es adherirme a Dios; no marchar lejos, no andar exponiéndome a tantas fornicaciones. Y esta unión será perfecta cuando se haya liberado todo lo que debe liberarse.