CAPÍTULO V

Los gladiadores fugitivos llegan a tener tanta potencia como un reino

Por lo tanto, no me detendré a examinar la clase de gentes que Rómulo congregó. Mucho hizo por ellos cuando los admitió en su sociedad en calidad de ciudadanos. Así dejaron las preocupaciones por penas merecidas en su vida pasada, lo que los empujaba a mayores delitos. Todo ello los volvía más pacíficos en la vida social. Ésta es mi afirmación: cuando ya el Imperio romano había llegado a su grandeza, con multitud de países sometidos, y temible para los demás, tuvo que sufrir amarguras, y pasar fuertes temores, en medio de enormes apuros por el complicado asunto de evitar una colosal catástrofe. Esto sucedió en Campania cuando un puñado de gladiadores, huyendo de su género de vida, formaron un gran ejército, nombrando tres generales y devastando amplias regiones de Italia con la mayor crueldad.

Que nos digan ahora qué dios los favoreció: de una despreciable y reducida cuadrilla de bandoleros, llegaron a formar un reino temible para un poderío militar y unas fortalezas tan considerables como las de Roma. ¿Les vamos a negar el auxilio divino porque su duración fue efímera? ¡Como si la misma vida humana fuera tan larga! En esta lógica, los dioses no ayudarían a nadie a conseguir el trono, puesto que todo hombre muere en seguida. Y no habría que considerar como beneficio aquello que en cada hombre -y, por tanto, en todos los hombres- se desvanece fugazmente como si fuera humo. ¿Qué les importa a los adoradores de los dioses que vivieron bajo el reinado de Rómulo, muertos tiempos ha, que tras ellos el poderío romano se haya engrandecido enormemente, siendo así que ellos mismos se encuentran en los infiernos enfrentados a sus propias causas? Serán buenas o malas; eso ahora no importa. Y aunque la duración del Estado se prolongue a través de largas épocas, dada la sucesión de unos mortales tras la caída de otros, esta fugacidad les concierne a todos cuantos han pasado en una carrera apresurada por este Imperio, durante los cortos días de su vida, con el fardo de sus propias obras a la espalda. Pero si hemos de atribuir al auxilio de los dioses los beneficios incluso de una tan efímera duración, no pequeña ayuda han recibido aquellos gladiadores que lograron romper las cadenas de su servidumbre, fugarse, reunir un poderoso ejército, ponerse a las órdenes e indicaciones de sus jefes, infundiendo un gran terror a la grandeza de Roma: se mantuvieron invictos ante varios generales romanos, se apoderaron de grandes despojos, consiguieron innumerables victorias, dieron rienda suelta a sus pasiones y realizaron cuanto les pedían sus apetencias. Finalmente, hasta que fueron vencidos, cosa que resultó extremadamente difícil, vivieron encumbrados con aires de un reino. Pero pasemos a hechos más importantes.

CAPÍTULO VI

Codicia del rey Nino, quien, para extender sus dominios, declaró la guerra a sus vecinos

Justino, siguiendo a Trogo Pompeyo, escribió una historia griega, o, mejor dicho, extraña, no sólo en latín, como era su lengua, sino también con brevedad. Así comienza sus escritos: «Al principio, el poder sobre los pueblos y las naciones estaba en manos de los reyes. Y no eran los intereses de grupo los que los elevaban a la suprema magistratura, sino su prudencia, reconocida por la honradez de los hombres. Los pueblos no estaban sometidos a ley alguna: las decisiones de los jefes de Estado eran consideradas como leyes. Se acostumbraba a defender las fronteras del Estado, más que a ampliarlas. Los diversos reinos terminaban cada uno dentro de su propia patria. El primero que alteró esta arcaica y, para aquellas gentes, ancestral costumbre fue el rey de Asiria, Nino, movido por una desusada ambición de dominio. Se adelantó atacando a sus vecinos y subyugó a los pueblos, todavía rudos e incapaces para ofrecer resistencia. Llegó hasta las fronteras de Libia». Y añade poco después: «Nino consolidó su poder sobre aquellas vastas tierras conquistadas mediante una prolongada posesión. Sometidos así sus vecinos, se iba haciendo cada vez más fuerte con la anexión de nuevos recursos, dándole pie una victoria para nuevos ataques y victorias sucesivas. Hasta que se hizo dueño de todo Oriente».

Sea cualquiera la fe que se merecen Justino o Trogo en sus obras (de hecho otros escritos más críticos ponen en evidencia algunos de sus errores), con todo nos consta por los restantes historiadores que Nino amplió a lo largo y a lo ancho el reino de Asiria. Su duración parece ser que fue superior incluso a la del Estado romano. En efecto, según los cronistas, este reino se prolongó mil doscientos cuarenta años, desde la subida al trono de Nino hasta que pasó a manos de los medos. De todas formas, el declarar la guerra a los pueblos limítrofes; el pasar luego de ahí a nuevas conquistas; el devastar y someter pueblos pacíficos por la sola pasión de dominio, ¿qué otro nombre se merece sino el de una gigantesca banda de ladrones?

CAPÍTULO VII

Los reinos terrenos, en sus períodos de auge, ¿reciben el auxilio de los dioses y son abandonados por ellos en sus períodos de decadencia?

Si el reino antes citado de los asirios fue tan vasto y duradero sin asistencia alguna de los dioses, ¿por qué ha de atribuirse a los dioses romanos el dominio de Roma, tan ancho en países y prolongado en años? Porque cualquiera que haya sido la causa de un reino, lo es también la del otro. Y si pretenden que ha de atribuirse el antiguo Imperio a la asistencia de los dioses, yo pregunto de cuáles. De hecho, los pueblos conquistados y sometidos por Nino, no daban culto entonces a otros dioses. O si los asirios tuvieron dioses propios, constructores y conservadores, más peritos de un Imperio, ¿acaso murieron cuando cayó éste? ¿O tal vez en vista de que no percibían su merecido salario, o quizá porque recibieron mejores ofertas de los medos, prefirieron pasarse a ellos, y luego a los persas, atraídos por la invitación de Ciro y sus promesas más ventajosas aún? Este pueblo conserva hasta hoy su Imperio en los límites no estrechos de Oriente, tras el reino de Alejandro de Macedonia, de anchos confines, pero de fugaz duración.

Si esto es así, o los dioses son unos traidores que abandonan a los suyos y se pasan al enemigo -cosa que un simple hombre no llegó a hacer: Camilo, por ejemplo, tuvo que gustar la amargura de la ingratitud de Roma, después de haber vencido y tomado a su más encarnizada rival; pues bien, supo olvidar con el tiempo la injuria, y, a pesar de todo, consciente de su deber con la patria, la volvió a liberar de las manos de los galos -, o bien, digamos, estos dioses no están dotados de la fuerza de dioses, ya que son incapaces de mantenerse ante las decisiones o la oposición humanas. Puede ocurrir también que se declaren la guerra unos dioses a otros, de ciudades diversas, quedando vencedores los más fuertes. En este caso es evidente que tienen enemistades entre ellos, y las aprovechan para favorecer a su propio partido. Por eso, una ciudad nunca debía haber dado un culto más intenso a sus dioses propios que a otros que les hayan prestado ayuda.

Sea, en fin, como quiera el citado paso al enemigo, o la huida, o la emigración, o la deserción en plena batalla, el nombre de Cristo todavía no se había predicado en aquellas edades ni en aquellas latitudes cuando tuvieron lugar las grandes catástrofes bélicas que ocasionaron la pérdida o el traspaso de tales reinos. Porque si después de mil doscientos años largos, cuando se les quitó el reino a los asirios, la religión cristiana hubiera predicado allí otro reino, el eterno, y hubiera desterrado los sacrílegos cultos a los dioses falsos, ¿qué dirían los hombres superficiales de aquel pueblo sino que la caída de un tal Imperio, mantenido durante tantos siglos, no puede tener más explicación que el abandono de su propia religión y la adopción de esta otra nueva? He aquí una queja sin sentido, pero perfectamente posible. Mírense en ella los actuales paganos como en un espejo y avergüéncense de sus parecidas lamentaciones, si es que les queda algún resto de pudor. Aunque, en realidad, el Imperio romano acaba de sufrir un duro golpe, más bien que un cambio. Percances como éste ya los ha soportado en épocas anteriores al cristianismo, y se ha repuesto de nuevo. No hay por qué desesperar de que ocurra otro tanto en nuestra época. ¿Quién conoce los designios de Dios en este punto?

CAPÍTULO VIII

A qué dioses atribuyen los romanos el auge y la conservación de su Imperio, siendo así que les ha parecido bien poner a un dios concreto al frente apenas de cada cosa

Preguntemos ahora, si os parece, de entre tan numeroso tropel de divinidades honradas por los romanos a cuál o cuáles de ellas atribuyen las dimensiones y la longevidad de su Imperio. Supongo que en una obra tan gloriosa y de una tal dignidad no se atreverán a concederle parte alguna a la diosa Cloacina; ni a Volupia, cuyo nombre se relaciona con voluptuosidad; ni a Lubentina, nombre derivado de libido; ni al dios Vaticano, encargado de presidir los vagidos de los bebés; ni a Cunina, que se cuida de sus cunas. En fin, ¿cómo va a ser posible, en un solo pasaje de la presente obra, mencionar todos los nombres de dioses y diosas que ellos, en gruesos volúmenes, apenas han podido abarcar, señalándole a cada uno su función específica en un área concreta?

Por ejemplo, las labores del campo no las han encomendado a un dios solo: han puesto al frente de las áreas rurales a la diosa Rurina; de las cumbres montañosas, al dios Yugatino; de los collados, a Colatina, y de los valles, a Valonia. Y no fueron capaces de encontrar a una diosa -por ejemplo, Segetia- para que se hiciese cargo ella sola de las cosechas. Quisieron tener, como encargada de la simiente sembrada, mientras permanece bajo tierra, a la diosa Seya; cuando ha brotado y forma la mies, a la diosa Segetia, y una vez recogido el grano y guardado, encargaron a la diosa Tutia para asegurar su tutela. ¿A quién no le parecería suficiente encomendar a Segetia de todo el proceso de la mies, desde que brota hasta que la espiga madura? Sin embargo, no fue suficiente para estos hombres, amantes de una turba de dioses. Así, su alma quedaba prostituida ante toda una caterva de demonios, después de haber desdeñado el casto abrazo del único Dios verdadero. Y fue así como encargaron a Proserpina del trigo en germen, al dios Nodoto de los brotes y nudos del tallo, a Volutina de la envoltura folicular. Y cuando ya los folículos empiezan a abrirse, para dejar paso a la espiga, está la diosa Patelana; luego, cuando las espigas van igualando sus aristas, la diosa Hostilina, ya que los antiguos por el verbo igualar usaban hostire; la diosa Flora está para la floración del trigo; el dios Lacturno para el período en que está lechoso; la diosa Matuta para la maduración; la diosa Runcina para cuando se lo arranca, es decir, cuando ya lo llevan de la tierra. Y no enumero toda la lista porque me da hastío lo que a ellos no les da vergüenza.

Lo poco que he dicho es para dar a entender que jamás ellos se han atrevido a atribuir a estas divinidades la creación, el engrandecimiento ni la conservación del Imperio romano. A cada una de ellas le han asignado un papel específico, y nunca han creído que el conjunto perteneciera a un dios. ¿Cuándo iba a encargarse del Imperio Segetia, si no le estaba permitido cuidar al mismo tiempo las mieses y los árboles? ¿Cuándo iba Cunina a pensar en las armas si por su oficio le estaba vedado separarse de la cuna de los niños? ¿Y cuándo Nodoto iba a prestar su ayuda en la guerra si su cometido no alcanzaba siquiera al folículo de la espiga, quedándose únicamente en el nudo y la yema? En casa pone cada uno un solo portero: como se trata de un hombre, es suficiente. Pues bien, tres dioses han puesto los paganos: Fórculo para las hojas de la puerta, Cardea para el quicio y Limentino para el umbral. Así que Fórculo era incapaz de guardar simultáneamente el quicio y el umbral.

CAPÍTULO IX

¿Habrá que atribuir la extensión y persistencia del poder romano a Júpiter, el dios supremo en opinión de sus adoradores?

Dejemos ya, al menos por el momento, este tropel de diminutos dioses, y pongámonos a buscar el cometido de los dioses mayores, por el que Roma llegó a tanta grandeza y dominó sobre tantos pueblos durante tan largo período. Seguramente que esto ha sido obra de Júpiter. En efecto, a él lo quieren como rey de todos los dioses y diosas: así lo indica su cetro, esto quiere decir el Capitolio, levantado sobre alta colina. De este dios se proclama un adagio acertado, aunque fuera pronunciado por un poeta: «Júpiter lo llena todo». Cree Varrón que se identifican éste y el de aquellos que adoran a un solo Dios sin imagen alguna, pero que recibe otro nombre. Si esto es así, ¿cómo es que se le ha tratado tan mal en Roma (igual, por cierto, que en otras naciones), erigiéndole una estatua? Esto le disgusta al mismo Varrón de tal modo que, estando él bajo las consecuencias de la pervertida conducta de tan enorme ciudad, no dudó un instante en proclamar y dejar escrito lo siguiente: que aquellos que han erigido estatuas despojaron a los pueblos del temor y les han infundido el error.

CAPÍTULO X

Pareceres seguidos por quienes han asignado diversos dioses a las diferentes partes del mundo

¿Qué razón hay para asignarle a Júpiter una esposa, Juno, a quien se la llama también su hermana y su esposa? Porque, según nos dice la tradición, Júpiter mora en el éter, y Juno en el aire, y estos dos elementos, uno superior y el otro inferior, están unidos. La conclusión es que no se trata del mismo de quien se dijo: «Todo lo llena Júpiter», si es cierto que Juno ocupa alguna parte. ¿O quizá los dos, como esposos, ocupan ambos elementos juntamente, estando presentes en cada uno de ellos a la vez? ¿Por qué asignar el éter a Júpiter y el aire a Juno? En último caso, bastaría con ellos dos. ¿A qué viene asignarle el mar a Neptuno y la tierra a Plutón? Y para no dejarlos tampoco a ellos sin esposa, se les concedió a Neptuno Salacia, y a Plutón Proserpina. Y del mismo modo que la capa inferior del cielo -según dicen- está ocupada por Juno, así Salacia ocupa las profundidades del mar, y Proserpina las de la tierra.

Andan a ver cómo compaginan sus fábulas y no son capaces. En efecto, si esto fuera cierto, nos hubieran transmitido los antiguos que tres son los elementos del mundo, no cuatro, para asignarle uno a cada pareja de dioses. Sin embargo, bien claramente afirmaron que una cosa es el éter y otra muy distinta el aire. Por el contrario, el agua, sea superior o inferior, siempre es agua. Supongamos que hay alguna diferencia, pero nunca como para dejar de ser agua. Y la tierra de las profundidades, ¿qué otra cosa podrá ser más que tierra, por muy distinta que sea de la capa superior? De modo que con estos tres o cuatro elementos ya tenemos el mundo material completo. Y ahora, ¿dónde situar a Minerva? ¿Cuál será su espacio propio? ¿Qué extensión llenará? Se le ha asignado lugar en el Capitolio juntamente con Júpiter y su esposa, a pesar de que no es hija de ambos. Pero si dicen que Minerva ocupa la parte superior del éter, y toman pie de aquí los poetas para inventar que nació del cerebro de Júpiter, ¿por qué no considerarla a ella como reina de los dioses, por encima de Júpiter? ¿Tal vez parecía improcedente anteponer la hija al padre? Entonces, ¿por qué con el propio Júpiter no se ha guardado el mismo proceder con relación a Saturno? ¿Acaso porque lo venció? ¿Luego lucharon entre ellos? Ni pensarlo, contestan; esto son palabrerías de fábulas. Bien, no creamos a las fábulas y tengamos un concepto más elevado de los dioses. ¿Por qué, entonces, al padre de Júpiter no se le ha concedido un trono, si no más encumbrado, sí al menos del mismo rango que a su hijo? Porque Saturno -responden- es la duración del tiempo. Por tanto, dan culto al tiempo quienes dan culto a Saturno, y el rey de los dioses, Júpiter, se nos sugiere como nacido del tiempo. ¿Qué hay de improcedente al decir que Júpiter y Juno han nacido del tiempo, siendo así que él es el cielo, ella la tierra, y ambos cielo y tierra, han sido creados? Porque esta misma afirmación se encuentra en las obras de sus eruditos y sabios. Virgilio, hablando no precisamente de las ficciones poéticas, sino de las obras filosóficas, dice: «Es entonces cuando el padre todopoderoso, el Éter, en forma de lluvia fecunda, desciende hasta el seno de su regocijada esposa». Se trata del regazo del orbe o de la tierra. También aquí establecen algunas diferencias: tratándose de la misma tierra, para ellos una cosa es Tierra, otra Telus y otra Telumón. Todos éstos son dioses, con sus propios nombres, sus funciones peculiares, sus altares y su culto.

Los paganos a la tierra la llaman también madre de los dioses. Así se hacen más tolerables las ficciones poéticas, ya que, siguiendo sus libros sagrados -no los poéticos-, Juno es no solamente hermana y esposa, sino también madre de Júpiter. Quieren, además, que esta tierra sea Ceres, y que sea también Vesta. Sin embargo, es más frecuente entre ellos mostrar a Vesta como el fuego del hogar, sin el cual la ciudad no sería posible. Al servicio de este fuego suele haber vírgenes, porque así como nada nace de una virgen, tampoco del fuego nace ser alguno. Tuvo que venir Aquel que nació de una Virgen para dejar abolidas y anuladas todas estas hueras invenciones. Porque, ¿quién es capaz de aguantar la incongruencia de tributar al fuego un tan alto honor y una, llamémosla así, castidad sin que se ruboricen de llamar Venus a Vesta, desflorando así la virginidad honorable de sus siervas? Porque si Vesta es Venus, ¿cómo la han podido servir sus vírgenes, absteniéndose de los actos venéreos? ¿O es que hay dos Venus, una virgen y la otra casada? ¿O quizá tres: una la de las vírgenes, llamada también Vesta; otra la de las casadas, y una tercera la de las meretrices? A esta última los fenicios hacían una ofrenda con motivo de la prostitución de sus hijas, antes de entregarlas en matrimonio. Y ahora, ¿cuál de las tres es la mujer de Vulcano? Por supuesto que no la virgen, porque tiene marido. En cuanto a la prostituta, ni se me ocurra, no vaya a parecer que pretendo molestar a un hijo de Juno y colaborador de Minerva. Luego, por exclusión, es la Venus de las casadas. Pero yo les recomendaría que no la imitasen en sus relaciones con Marte...

Ya estás otra vez volviendo a las fábulas -replican los paganos-. Y respondo: «¿Es justo que se indignen contra nosotros por decir tales infamias de sus dioses, y que no se indignen contra sí mismos cuando asisten -y con sumo gusto- a la representación teatral de los crímenes de sus dioses? Y -lo que sería increíble si no hubiera pruebas irrefutables- estas mismas representaciones teatrales de las bajezas de sus dioses han sido instituidas en honra de estos mismos dioses».

CAPÍTULO XI

Opinión de los maestros del paganismo, según la cual los diversos dioses se identifican con Júpiter

Que afirmen, pues, cuanto les parezca, apoyados en razones de orden físico y en las conclusiones de sus controversias: sea Júpiter el alma de este mundo corpóreo, y él quien llena y pone en movimiento toda esta mole del universo, construida sobre la base de los cuatro elementos o cuantos les plazca; o bien que a su hermana y sus hermanos les ceda sus respectivas partes. Que Júpiter sea el éter que abraza desde arriba a Juno, el aire, extendida por debajo; o bien que sea el cielo entero, junto con el aire, que por medio de las semillas y las lluvias fructíferas fecunde la tierra, como a su esposa y madre a la vez (ya que esto no es indecoroso entre los dioses); o bien, en fin (no es cuestión de ir recorriendo todas las posibilidades), que sea el dios único a quien muchos atribuyen lo dicho por el más noble de los poetas: «El dios derramado por todas las tierras, por las anchuras del mar y las alturas del cielo».

El mismo dios llámase Júpiter en el éter y en el aire Juno, y Neptuno en el mar, y Salacia en las profundidades del globo, y Vesta en el fuego del hogar, y Vulcano en el horno de los herreros, y en los astros Sol, Luna y estrellas, y entre los adivinos Apolo, y en el comercio Mercurio, y Jano al comenzar, y Término al concluir. Que sea Saturno en el tiempo, Marte y Belona en las guerras; en las viñas Líber, y en las mieses Ceres; Diana en los bosques, y Minerva en el mundo de las artes.

Que sea, en fin, él mismo indefectiblemente quien está en aquella caterva de dioses semiplebeyos. Él quien preside, con el nombre de Líber, las efusiones seminales del hombre, y con el nombre de Líbera las de la mujer; él, Diéspiter, quien conduce el parto a buen fin; él mismo, la diosa Mena, al frente de las reglas femeniles; él, Lucina, invocada por las parturientas. Sea él quien preste ayuda a los recién nacidos, recibiéndolos en el regazo de la tierra con el nombre de Opis, y les abra la boca a los primeros vagidos con el nombre del dios Vaticano; y con el de la diosa Levana, quien los levanta de la tierra, y él quien protege la cuna y llámese Cunina. Nadie más que él sea quien está en las diosas que le cantan el destino a los recién nacidos, llamadas Carmentas; llámese Fortuna cuando preside las suertes, y en la diosa Rumina sea él quien hace fluir la leche del pecho materno a los labios del lactante (antiguamente a la mama se la llamó ruma).

Regule Júpiter la bebida en la diva Potina, y en Educa la comida. Llámese Paventia en relación con el pavor que sienten los niños, y Venilia por la esperanza en lo que viene; Volupina por la voluptuosidad, y Agenoria por la actuación. Reciba el nombre de la diosa Estímula por los impulsos con que el hombre se siente estimulado a la actividad excesiva, y de Estrenia cuando infunde coraje; Numeria porque nos enseña a numerar, y Camena a cantar. Que sea también el dios Conso, porque da consejos, y la diosa Sentia, que inspira las opiniones. Y la diosa Juventa, quien, pasada la edad de vestir la toga pretexta, apadrine la entrada en la edad juvenil.

Que sea Júpiter, además, la diosa Fortuna Barbada, la que cubre de barba a los adultos. (No veo por qué no han querido, en honor a ellos, que esta curiosa divinidad fuera del género masculino: Barbado, por aquello de la barba; como el citado Nodoto, por lo de los nudos; al menos que no se llamara Fortuna, sino Fortunio, puesto que tiene barbas.) Que siga siendo él quien en el dios Yugatino enlace a los cónyuges; y en el momento de desatarle el cinturón a la recién casada, sea él invocado bajo el nombre de Virginiense. En fin, que sea Júpiter el mismo que Mutuno o Tutuno (para los griegos, Príapo).

Si no les produce sonrojo que Júpiter se identifique con el desempeño de todas estas funciones que acabo de citar y todas las que he omitido (no las pretendo citar todas); que sea él solo todos estos dioses y diosas, bien bajo la modalidad de ser partes diversas suyas, como pretenden algunos, o bien la de ser sus atributos, como prefieren los partidarios de llamarlo «el alma del mundo», sentencia ésta seguida preferentemente por los maestros de más relieve.

Si todo esto es así (de momento no me interesa cuestionarlo), ¿qué perderían los paganos con adorar a un solo Dios, logrando un compendio más inteligente? ¿En qué se iba a sentir despreciado, si a él se le daba culto? Porque si se debía poner cuidado en no olvidar o marginar algunas de sus partes, no fuera que montaran en cólera, está claro entonces que Júpiter no es, como pretenden, la sola fuente vital de este, digamos, único animador del universo, que contiene en sí a todos los dioses, a modo de sus propias virtualidades, miembros o partes. Tendría cada parte su propia vida, desgajada de los demás, si una puede encolerizarse a espaldas de la otra, y mientras se serena, la otra se está irritando. Pero tal vez dirán que ha podido sentirse ofendido Júpiter todo entero, esto es, en todas sus partes a la vez, en el caso de no ser honradas todas ellas, una por una. Esto me parece una estupidez. ¿Cómo va a quedar marginada alguna de las partes, cuando se le honra a él en persona, que es único y lo contiene todo?

Voy a dejar a un lado otros mil detalles. Al afirmar los paganos que todos los astros son partes de Júpiter; que todos tienen vida y alma racional, y que son, por tanto, sin discusión, dioses, no caen en la cuenta del incontable número que dejan sin culto: a cuántos no les han edificado templos ni les han erigido altares, y a cuán poquísimos de los astros se lo han consagrado, dedicándoles sacrificios particulares. Si, pues, se irritan los dioses que no reciben un culto personal, ¿no habrá que tener miedo de vivir bajo la cólera del cielo entero, exceptuadas unas cuantas divinidades a quienes se ha aplacado? Ahora bien, si procuran honrar a todos los astros enalteciendo a Júpiter, que los contiene todos, podrían, en este caso, elevarles súplicas a todos ellos compendiados en Júpiter: así no habría lugar a encolerizarse nadie, puesto que en ese único dios nadie quedaría marginado. Mejor sería un culto así que ofrecérselo a unos cuantos, dando pie a una justa indignación en aquellos, mucho más numerosos por cierto, que hubieran sido preteridos; en especial si ven desde un fulgurante trono celeste que son pospuestos a un Príapo con toda su obscena y túrgida desnudez.

CAPÍTULO XII

¿Será Dios el alma del mundo, y el mundo, a su vez, el cuerpo de Dios? Análisis de esta opinión

¿Qué pensar de lo anteriormente expuesto? ¿No es tema de interés para hombres inteligentes, mejor dicho, para todos los hombres? No hace falta ser un genio -si evitamos la discusión apasionada- para darse cuenta de que, si Dios es el alma del mundo, y el cuerpo de esta alma es el mismo mundo, resulta que Dios es un ser animado, compuesto de cuerpo y alma. Este Dios es quien contiene todas las cosas en sí mismo, a modo de un regazo de la Naturaleza. De esta forma, como del principio vivificante de toda esta mole, deberá emanar de su alma la vida y el alma de todo ser viviente, según la clase que cada uno es por nacimiento, no quedando absolutamente nada que no sea una parte de Dios. Si esto es así, ¿quién no descubre la profanación tan impía a que damos lugar? Cuando uno con sus pies pisa algo, pisaría una parte de Dios; al matar cualquier animal, se degollaría una parte de Dios. No me atrevo a decir todas las ocurrencias posibles, pero, desde luego, no podrían citarse sin rubor.

CAPÍTULO XIII

Sólo los seres racionales son partes del Dios único, según algunos

En la hipótesis -sostenida por algunos- de que solamente los seres racionales, como el hombre, forman parte de Dios, no veo el modo de excluir los animales irracionales de ser partes de Dios si el mundo entero se identifica con él. Pero ¿para qué discutirlo? Por ejemplo, en el animal racional, es decir, en el hombre, ¿hay algo más disparatado que, al azotar a un niño, creer que se está vapuleando a Dios? Y el pensar que algunas partes de Dios se vuelven lascivas, injustas, despiadadas, totalmente deleznables, ¿quién sería capaz de aguantarlo si no está por completo falto de sentido?

Pero al fin y al cabo, ¿por qué se va a enojar contra quienes no le rinden culto si precisamente éstos son partes de su propio ser? Luego sólo queda afirmar que los dioses, todos ellos, tienen vidas independientes, que cada uno vive para sí, que ninguno de ellos forma parte de otro, sino que hay que honrarlos a todos cuantos puedan conocerse y honrarse (ya que son tantos que resulta imposible adorarlos a todos). Pues bien, al ser Júpiter quien los preside como rey, yo creo que es a él a quien tienen por el fundador y acrecentador del Estado romano. En efecto, si él no es el autor, ¿a qué otro dios le atribuirán una empresa de tal envergadura, cuando todos los demás están ocupados en sus propios quehaceres específicos, sin entrometerse nunca en los ajenos? Es, pues, al rey de los dioses a quien concedemos la posibilidad de haber ensanchado y engrandecido el reino de los humanos.

CAPÍTULO XIV

No tiene sentido atribuirle a Júpiter la grandeza de los reinos: se bastaría la diosa Victoria por sí sola para esto, si -como dicen- es diosa

Una pregunta: ¿por qué el Estado en sí no es un dios? ¿Qué razón hay para negarlo si es verdad que la Victoria es una diosa? ¿Qué necesidad tenemos de Júpiter si la Victoria es favorable y propicia, y siempre se orienta hacia aquellos que quiere hacer vencedores? Con la ayuda y propiciación de esta diosa, ¿qué pueblos quedarían sin someterse, aunque Júpiter estuviese pasivo u ocupado en otros quehaceres? ¿Qué reinos ofrecerían resistencia?

¿O se trata, quizá, de que a los hombres honrados les da apuro lanzarse al combate de una manera injusta y poco honesta, provocando la guerra sin motivo contra sus vecinos pacíficos, que no han causado ofensa alguna, por el mero hecho de dilatar los límites del propio Estado? Si son éstos sus sentimientos, doy mi total aprobación y mi aplauso.

CAPÍTULO XV

¿Es propio de ciudadanos honrados el deseo de ampliar sus dominios?

Miren bien los paganos, no sea que desdiga de unos hombres de bien la satisfacción por las grandes proporciones de sus dominios. De hecho ha sido la injusticia de los enemigos la que ha provocado las guerras justas, dando pie a que el Estado aumentara sus fronteras. Por supuesto que éste quedaría reducido a una escasa extensión si los pueblos limítrofes, por ser pacíficos y justos, no le hubieran dado lugar con sus ofensas a provocaciones bélicas contra ellos. De esta forma, y para un mayor bienestar de los hombres, no existirían más que pequeños Estados satisfechos de su mutua vecindad y concordia. Así el mundo sería, con un gran número de Estados de distintos pueblos, como una ciudad con numerosas casas y sus vecinos. Por eso el guerrear y el dilatar la extensión del propio Estado mediante la conquista de otros pueblos, para los malvados se presenta como el camino hacia la felicidad, y para los buenos como una ineludible necesidad. Pero, como sería peor que los perversos se hicieran dueños de los honrados, he ahí que, no sin razón, a tal necesidad se la llama también felicidad. De todas formas, mayor felicidad constituye, sin género de duda, la concordia con un vecino bueno, que el dominio por las armas de un vecino malo. Torcidas son las aspiraciones de quien desea tener alguien a quien odiar o a quien temer para poder tener a quien vencer. Si, pues, Roma, librando guerras justas -con humanidad y sin interés- ha podido adueñarse de un tan vasto Imperio, ¿no tendrá que darle culto a la injusticia ajena, como si fuera una diosa? En efecto, comprobamos cómo ella ha contribuido eficazmente al engrandecimiento de sus dominios, provocando conductas injuriosas y, por lo tanto, motivos para declarar guerras justas, ensanchando así los dominios de Roma. ¿Por qué no va a ser diosa la injusticia, al menos de las naciones extranjeras, si el Pavor, la Palidez y la Fiebre han merecido el rango de dioses romanos?

Así que con estas dos diosas, la ajena injusticia y la Victoria, aun provocando la injusticia motivos de guerras, y llevándolas la Victoria a feliz término, es como se han ensanchado los dominios de Roma, sin mover Júpiter un dedo. ¿Qué participación en esta empresa habrá podido tener él, siendo así que los que podrían creerse beneficios suyos son tenidos por dioses, llamados dioses, venerados como dioses, invocados como partes de su ser? Podría llegar a tener alguna, si recibiera el nombre de Estado, igual, que a la otra diosa se la llama Victoria. Pero si el Estado es un don de Júpiter, ¿por qué no considerar la victoria también como don suyo? Sí, no hay duda de que así sería si en lugar de una escultura de piedra en el Capitolio fuera reconocido y honrado el verdadero Rey de reyes y Señor de señores³.

CAPÍTULO XVI

Los romanos han querido que el templo a la diosa Quietud estuviera fuera de las puertas de la ciudad. ¿Por qué razón, cuando a cada cosa y cada movimiento le tienen asignado un dios?

Hay algo que me sorprende sobremanera en los paganos: a cada realidad y casi a cada obra le han asignado un dios: a la diosa Agenoria le asignaron el excitar a la acción; a la diosa Estímula, que estimulase a la actividad desmedida; a Murcia como la diosa que inmovilizase al hombre más de lo normal y lo hiciera, como dice Pomponio, «múrcido», es decir, perezoso e inactivo en demasía; a la diosa Strenia para que lo volviese vivaz. A todos estos dioses y diosas se comprometieron a ofrecerles un culto público. En cambio, a la diosa llamada Quietud, que tiene como misión conceder la tranquilidad, no la han querido aceptar oficialmente, puesto que tiene su templo fuera de la puerta Colina. ¿Qué quiere decir esto: que el romano, por su forma de ser, es inquieto, o más bien que todo el que se mantenga en el culto de esta caterva no digo de dioses, sino de demonios, jamás podrá alcanzar la paz del espíritu? A esta paz nos invita el verdadero Médico con estas palabras: Aprended de mí, que soy sencillo y humilde, y encontraréis la paz del espíritu4.

CAPÍTULO XVII

Si en Júpiter reside la suprema potestad, ¿deberá la Victoria ser tenida como diosa?

¿Afirman quizá nuestros adversarios que Júpiter envía la diosa Victoria, y ella, acatando las órdenes del rey de los dioses, se dirige hacia quienes él ha indicado, situándose de su parte? Esto se puede asegurar con verdad no del tal Júpiter, imaginado rey de los dioses a su capricho, sino del verdadero Rey de los siglos, que no envía la Victoria, un ser irreal, sino a su ángel, concediendo la victoria a quien quiere. Sus designios pueden ser misteriosos, nunca injustos. Ahora bien, si la Victoria es una diosa, ¿por qué no es dios el triunfo también, unido a la victoria como a su marido, su hermano o su hijo? De hecho, han creído tales cosas de los dioses que, si hubieran sido creación de poetas y les hubiéramos censurado nosotros por ello, nos contestarían que se trata de ridículas ficciones poéticas, indignas de unas auténticas divinidades. A pesar de todo, ellos no se reían de sí mismos cuando tales quimeras no es que las leyeran en los poetas, sino que les estaban rindiendo culto en sus templos. ¿Por qué no elevar todas las súplicas a Júpiter y rogarle sólo a él? Si realmente la Victoria es una diosa y está sometida a ese rey, no es posible, al ser enviada por él, que se atreva a resistirle y hacer su propia voluntad.

CAPÍTULO XVIII

Razones para distinguir entre Fortuna y Felicidad quienes las tienen por diosas

¿También la Felicidad es una diosa? Recibió un templo, fue digna de un altar y se le han tributado los cultos apropiados. ¡Que la hubiesen adorado a ella sola! ¿Qué iba a faltar donde ella estuviese presente? Sin embargo, ¿qué significa el que también la Fortuna sea tenida y honrada como diosa? ¿Es que hay alguna diferencia entre felicidad y fortuna? Así es: la fortuna a veces puede ser mala; en cambio, la felicidad, si llegara a ser mala, ya no sería felicidad.

Por supuesto que a todos los dioses de uno y otro sexo (si es que también tienen sexo) los debemos creer solamente buenos. Así lo asegura Platón, así lo aseguran otros filósofos y así también se han expresado egregios jefes de Estado y dirigentes de pueblos. ¿Cómo entender, pues, que la diosa Fortuna sea unas veces buena y otras mala? ¿Acaso sucede que cuando es mala no es diosa, sino que se convierte de repente en un maligno demonio? Entonces, ¿cuántas son estas diosas? Naturalmente, cuantos hombres afortunados, es decir, de buena fortuna. En efecto, al haber otros muchos hombres simultáneamente de mala fortuna, si se tratara de la misma diosa, ¿sería buena y mala al mismo tiempo; una cosa para unos y la contraria para otros? ¿Es buena siempre, tal vez, la que es diosa? En este caso se identifica con la Felicidad: ¿para qué dos nombres? Con todo, se puede admitir, puesto que una misma realidad suele recibir dos nombres. Sin embargo, ¿qué objeto tiene que haya templos distintos, altares distintos y un culto distinto?

Existe una causa; responden: felicidad es la que consiguen los buenos como recompensa de méritos adquiridos; en cambio, fortuna, la llamada buena fortuna, les viene a los hombres, tanto buenos como malos, de una manera fortuita, sin tener en cuenta sus méritos. De ahí el nombre de Fortuna. ¿Y cómo puede ser buena la que, sin distinción previa alguna, beneficia ya a buenos, ya a malos? ¿Para qué se le rinde veneración a quien es tan ciega que se cierne al azar sobre cualquiera, dejando marginados frecuentemente a sus devotos y favoreciendo a los que la desprecian? Porque si sus adoradores sacan de ello algún provecho, suscitando su atención y su predilección, entonces ya se deja guiar por méritos, no favorece fortuitamente. ¿Dónde queda, pues, aquella definición de Fortuna? ¿Dónde el recibir su nombre de lo puramente fortuito? Porque de nada sirve honrarla si es fortuna. Y si a sus adictos los distingue con sus favores, ya no es fortuna. ¿También a ella la envía Júpiter a donde quiere? En este caso désele culto sólo a él, puesto que la Fortuna no puede oponerse a las órdenes de quien la envía a donde él quiere. O, al menos, que sea el culto a esta diosa el preferido de los malos, que no quieren adquirir méritos con los que puedan hacer propicia a la diosa Felicidad.

CAPÍTULO XIX

La Fortuna femenina

Son tantas, realmente, las cosas que le atribuyen a esta pretendida divinidad, llamada Fortuna, que, según una tradición histórica, su efigie, consagrada por las matronas (de ahí que se la llamó Fortuna femenina), llegó incluso a hablar, afirmando no una, sino dos veces, que la consagración estaba bien hecha por las matronas. Por supuesto que, si fuera esto verdad, no tendría por qué sorprendernos. A los perversos demonios no les resulta difícil engañar utilizando estos métodos. Pero los paganos debían haber caído en la cuenta de sus astutas artimañas, precisamente porque quien habló fue la diosa que obra el azar, no la que asiste en virtud de los méritos personales. Resultó ser parlanchina la Fortuna y muda la Felicidad. ¿Qué otro fin podía perseguir sino el que los hombres se despreocuparan de vivir con rectitud moral, teniendo de su parte a la Fortuna, que los hace afortunados sin mérito alguno bueno? De todos modos, si habla la Fortuna, que al menos hable la varonil, no la femenina, para no correr el riesgo de ser tenidas por embusteras las mismas mujeres que consagraron su imagen como inventoras de tamaño prodigio con su característica palabrería femenina.

CAPÍTULO XX

La Virtud y la Fe, honradas por los paganos con templos y culto propios, dejando marginados otros bienes, dignos igualmente de culto, si es que se les podía atribuir legítimamente la divinidad a otros bienes

Concedieron a la Virtud el rango de diosa; por cierto que, si lo fuese, debería ser preferida a otras muchas. Pero como en realidad no es diosa, sino un don de Dios, cabe pedírsela al único que la puede dar, y se desvanecerá toda la turba de dioses falsos. Pero, ¿y la Fe? ¿Por qué ella también tiene la categoría de diosa, y se le han dedicado un templo y un altar? En realidad, quien la acepta con cordura hace de sí mismo una morada suya. Pero ¿cómo saben los paganos qué es la fe, cuyo primero y principal objeto es creer en el verdadero Dios? ¿Es que no les bastaba con la Virtud? ¿No está la fe incluida? Ellos mismos han visto que la virtud hay que dividirla en cuatro ramas: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Y como cada una de ellas tiene sus propias subdivisiones, la fe para nosotros ocupa el principal puesto de la justicia, los que sabemos el significado de aquellas palabras: El justo vive por su fe5.

Pero me sorprende una cosa en estos paganos, ávidos de dioses multiplicados: si la fe es una diosa, ¿cómo es que han marginado injustamente a otra enorme cantidad de diosas, a quienes han podido consagrar igualmente templos y altares? ¿Por qué la templanza no ha merecido los honores de diosa, cuando algunos nobles romanos por ella han alcanzado las cumbres de la gloria? ¿Por qué, en fin, no es diosa la fortaleza, que asistió a Mucio cuando extendió su mano derecha entre las llamas; que asistió a Curcio cuando se arrojó a un barranco por su patria; que asistió a Decio, padre e hijo, cuando por el ejército hicieron una consagración de sí mismos? Suponiendo, naturalmente, que todos éstos tenían auténtica fortaleza, en lo cual ahora no entramos.

¿Y la prudencia y la sabiduría? ¿Cómo es que no han conseguido tener un puesto entre las divinidades? ¿Quizá porque ya reciben culto globalmente bajo el nombre de virtud? En este caso bien podían adorar a un solo Dios, de quien forman parte, según ellos, los restantes dioses. A pesar de todo, la fe y la castidad están contenidas en la única virtud, y tienen aparte altares erigidos en sus templos propios.

CAPÍTULO XXI

Los paganos, al ignorar los dones de Dios, deberían haberse contentado con la Virtud y la Felicidad

Estas diosas no son consecuencia de la verdad, sino producto de la vanidad: de hecho, las virtudes son dones de Dios, no diosas en sí mismas. Con todo, donde se hace presente la virtud y la felicidad, ¿qué más se puede querer? ¿Qué le bastaría a quien no le bastan la virtud y la felicidad? En efecto, la virtud abarca todas las acciones y la felicidad todos los deseos. Ahora bien, en el supuesto de que la magnitud del Estado y su longevidad sean un bien, pertenecen a la citada felicidad. Y si a Júpiter se le rendían honores con el fin de que otorgase tales bienes, ¿cómo no llegaron a comprender que se trataba de dones de Dios, no de diosas? Pero si, a pesar de todo, se las tomó por diosas, al menos que dejasen de ir en busca de otros dioses, hasta formar una turbamulta.

Pongamos atención a los papeles que desempeña cada uno de los dioses y diosas (los paganos se los han asignado espontáneamente, según la creación de su fantasía): pónganse ahora a discurrir, a ver si son capaces de encontrar algún don que le pueda otorgar un dios a un hombre en posesión ya de la virtud y la felicidad. ¿Qué ciencia quedará todavía que pedir a Mercurio o a Minerva, cuando la virtud lo contiene todo en sí misma? La virtud fue definida por los antiguos como el arte de vivir con bondad y rectitud. Dado que virtud en griego se dice ἀρετή, los latinos han creído estar acertados al llamarla arte.

Pero si la virtud sólo se hace presente en los dotados de un penetrante ingenio, ¿qué necesidad había del padre dios Catio, para que los hiciera agudos, es decir, penetrantes, cuando todo esto lo puede hacer la felicidad? Nacer ingenioso es propio de la felicidad, y el que todavía no ha nacido no puede haber dado honores a la diosa Felicidad, no ha podido congraciarse con ella para que le conceda este don. En cambio, a sus padres, adoradores suyos, sí ha podido concederles que tengan hijos dotados de ingenio. ¿Qué falta les hacía a las parturientas invocar a Lucina, si con estar presente la Felicidad no solamente darían a luz bien, sino que darían a luz hijos buenos? ¿Qué necesidad había de encomendar los hijos a la diosa Opis al nacer; al dios Vaticano en sus vagidos; a la diosa Cunina acostados en la cuna; a la diosa Rumina cuando maman; al dios Estatilino cuando empiezan a tenerse de pie; a la diosa Adeona cuando se acercan, y Abeona cuando se alejan; a la diosa Mente para que tengan una mente despejada; al dios Volumno y a la diosa Volumna para que su voluntad desee el bien; a los dioses nupciales para conseguir un buen casamiento; a los campestres para obtener abundantes frutos, sobre todo a la divina Fructesea; a Marte y a Belona para guerrear con éxito; a la diosa Victoria para vencer; al dios Honor para conseguir honores; a la diosa Pecunia para ser adinerados; al dios Esculano y a su hijo Argentino para tener dinero en bronce y plata? En realidad, han llamado a Esculano padre de Argentino porque corrió antes el dinero de bronce (æs) que el de plata (argentum). Y me sorprende que Argentino no haya tenido como hijo a Aurino, dado que luego se acuñó el dinero en oro. Pero si hubiera llegado Aurino a ser dios, lo mismo que dieron la preferencia a Júpiter sobre Saturno, se la habrían dado también a él sobre su padre Argentino y su abuelo Esculano.

¿Qué falta hacía con miras a conseguir los bienes del cuerpo, los del alma o los bienes externos dar culto y elevar preces a tan abundante caterva de dioses? (Tengamos en cuenta que no los he citado todos. Ni siquiera ellos mismos han sido capaces de poner al frente de todos los bienes del hombre, clasificados previamente en géneros y especies, a dioses genéricos y específicos.) ¿No sería más fácil y magnífico compendiarlo todo en una sola realidad: la diosa Felicidad? Así se la buscaría no sólo para conseguir los bienes, sino también para conjurar los males. ¿Por qué se habría de invocar para aliviar el cansancio a la divina Fesonía; para repeler a los enemigos, a la divina Pelonia; para sanar a los enfermos, al médico Apolo o a Esculapio, o a los dos a la vez si la gravedad era considerable? ¿Para qué rogar al dios Espiniense para desarraigar las espinas del campo; o a la diosa Rubigo para que conjure el añublo? Con la presencia protectora de la Felicidad, ningún mal debía estar presente; o al menos desaparecería con suma facilidad. En definitiva, como estamos tratando de estas dos diosas, Virtud y Felicidad, si la felicidad es recompensa de la virtud, no es diosa, sino un don de Dios. Pero si es una diosa, ¿por qué no afirmar que también ella confiere la virtud, puesto que la adquisición de la virtud es ya una gran felicidad?

CAPÍTULO XII

El culto a los dioses, ciencia que Varrón se gloría de haber aportado a los romanos

¿Por qué Varrón alardea de haber prestado un gran servicio a sus conciudadanos, cuando no sólo enumera los dioses que los romanos deben adorar, sino que explicita, además, el campo asignado a cada uno? De nada serviría -dice- conocer en un médico su nombre y otros detalles de su vida, ignorando que es médico: así también sería inútil saber que Esculapio es dios, si no sabes que él puede ayudar a tu salud, ignorando, por tanto, cuál es la razón para suplicarle. Confirma su afirmación con otro ejemplo. Dice: «Nadie es capaz no sólo de vivir bien, sino simplemente de vivir, cuando ignora quién es el herrero, o el panadero, o el albañil; a quién le puedes pedir una herramienta, a quién solicitar que te ayude, o que te guíe, o que te enseñe. Del mismo modo -asegura-, a nadie le cabe duda sobre la utilidad del conocimiento de los dioses: qué fuerza, qué posibilidades y qué potestad tiene cada uno de los dioses en su misión específica. De este modo -concluye Varrón- podremos saber por qué causa y a qué dios debemos invocar para nuestra ayuda o nuestra defensa, no vayamos a hacer como los mimos: que supliquemos a Líbero agua, y vino a las Linfas».

¡Gran servicio, por cierto, el de Varrón! Pero ¿quién no le daría las gracias si hubiera manifestado la verdad enseñando a los hombres el culto al único y verdadero Dios, de quien proceden todos los bienes?

CAPÍTULO XIII

Los romanos, adoradores de una multitud de dioses, han dejado largo tiempo sin rendir culto divino a la Felicidad. Bastaría ella sola, excluyendo a todos los demás dioses

1. Pero volvamos al tema que nos ocupa ahora. Si los libros paganos y su culto son verdaderos y la Felicidad es diosa, ¿por qué no se la estableció a ella sola como objeto del culto, ya que podía otorgarlo todo y hacer al hombre feliz por un camino más breve? ¿Quién es el que tiene algún deseo que no vaya encaminado a ser feliz? ¿Cómo es posible que a una diosa tan importante, en un período tan tardío ya, le haya levantado Lúculo un templo, después de tantos romanos relevantes como habían pasado? ¿Por qué el mismo Rómulo, deseoso de fundar una ciudad feliz, no le levantó un templo a esta diosa lo primero, dejando a un lado las súplicas a los demás dioses, puesto que nada le faltaría si ella estuviera presente? Incluso él mismo nunca hubiera sido nombrado rey y luego dios -según se cree- si no hubiera tenido propicia a esta diosa. ¿Para qué dejó establecidos como dioses de los romanos a Jano, Júpiter, Marte, Pico, Fauno, Tiberino, Hércules y quizá algunos más? ¿Y Tito Tacio para qué añadió a Saturno, Opis, el Sol, la Luna, Vulcano, la Luz y algunos otros, entre los cuales puso a la diosa Cloacina, descuidando la Felicidad? ¿Y Numa cómo es que añadió tantos dioses y diosas, olvidando a ésta? ¿Es que quizá no pudo descubrir su presencia entre tan numerosa muchedumbre de dioses? Con toda certeza, el rey Hostilio nunca hubiera introducido como dioses que había que tener propicios al Pavor y a la Palidez si hubiera conocido y honrado a esta diosa. Porque en presencia de la Felicidad todo miedo, con su pavor y su palidez, no se retirarían propicios, sino que huirían eliminados por su presencia.

2. ¿Y cómo es que en el período siguiente, cuando ya los dominios de Roma iban creciendo a lo largo y a lo ancho, nadie todavía daba culto a la Felicidad? ¿No era por ello Roma más grande que feliz? Porque ¿cómo encontrar la felicidad donde no había verdadera piedad? Piedad es el verdadero culto al Dios verdadero, y no el culto de tantos dioses falsos como demonios hay. Pero incluso después, cuando ya la Felicidad fue aceptada como uno más de los dioses, ocurrió la enorme infelicidad de las guerras civiles. ¿Quizá fue como consecuencia de su justa indignación, primero por ser admitida tan tarde como diosa, y esto no para su honra, sino más bien para ludibrio suyo, ya que se le daba culto mezclada con Príapo y Cloacina, con el Pavor, la Palidez, la Fiebre y demás... no diré deidades que adorar, sino más bien vicios de sus adoradores?

3. Por fin, si pareció bien dar culto a una diosa tan importante en medio de esta infame caterva, ¿por qué, al menos, no se le daba un culto más distinguido que a los de más dioses? ¿Cómo va a parecer tolerable el que no se haya establecido a la Felicidad entre los dioses Consentes (el llamado consejo de Júpiter) ni entre los denominados «selectos»? Deberían haberle levantado siquiera un templo, que descollara por lo sublime de su emplazamiento y la majestad de su construcción. ¿Por qué no algo mejor que al mismo Júpiter? De hecho, ¿quién le ha otorgado el reino a Júpiter, sino la Felicidad? Si es que fue feliz durante su reinado. En realidad, más vale ser feliz que ser rey.

Está fuera de toda duda que podemos encontrar fácilmente hombres que tendrían miedo de ser nombrados reyes. Nadie, en cambio, que se niegue a ser feliz. Supongamos que, según sus creencias, pueden ser consultados los dioses por medio de augurios o con otros métodos, y que se les pregunta si dan su consentimiento para ceder el puesto a la Felicidad, dado el caso que los templos y altares de otros dioses ocupan el sitio indicado para construir uno más grandioso y encumbrado a la diosa Felicidad. Cedería hasta el propio Júpiter, para que la diosa Felicidad ocupara la misma cima del collado capitolino. Nadie opondría resistencia a la Felicidad, más que aquel -y esto es imposible- que quisiera ser infeliz. Bajo ningún concepto haría Júpiter, si fuera consultado, lo que hicieron con él tres dioses, Marte, Término y Juventa, que se negaron rotundamente a cederle el puesto a su superior y rey.

En efecto, nos cuentan sus escritos que el rey Tarquinio se disponía a construir el Capitolio. Pero se dio cuenta de que aquel lugar, que a él le parecía el más digno y a propósito para ello, estaba ya ocupado por otros dioses. No atreviéndose a contrariarlos lo más mínimo, y creyendo, por otra parte, que ante tan gran dios y rey suyo cederían de buen grado, puesto que había muchos en el lugar preciso donde ahora se levanta el Capitolio, les preguntó por medio de un augurio si accedían a ceder su puesto a Júpiter. Todos consintieron, excepto los que acabo de citar: Marte, Término y Juventa. Ésta es la razón por la que se construyó el Capitolio de forma que estos tres dioses quedasen dentro, pero con imágenes tan insignificantes que hasta para los más expertos han pasado inadvertidas. Bajo ningún concepto, pues, despreciaría Júpiter a la Felicidad, como lo fue él por parte de Término, Marte y Juventa. Pero estoy seguro de que incluso los mismos que no habían cedido su puesto a Júpiter, sin duda lo cederían a la Felicidad, que les había puesto como rey a Júpiter. Si no lo hacían, no sería porque la despreciaban, sino porque preferían estar en la misma casa de la Felicidad, aunque fuera pasando inadvertidos, antes que brillar sin ella en sus propios monumentos.

4. Establecida de este modo la diosa Felicidad en un lugar, el más espacioso y eminente, aprenderían los ciudadanos dónde habrían de implorar el auxilio para todas sus legítimas aspiraciones. Por una lógica natural abandonarían la inútil muchedumbre de los restantes dioses, adorarían exclusivamente a la Felicidad, a solamente ella elevarían súplicas y sólo sería frecuentado su templo por los ciudadanos que quisieran ser felices, no existiendo uno solo que rehusara serlo. De este modo pedirían los hombres la felicidad a la misma Felicidad, en lugar de andar pidiéndola a todos los dioses. ¿Quién suplica algo a cualquier dios que no sea la felicidad o lo que, en su estimación, se relaciona con ella? Por tanto, si la felicidad tiene en su poder el darse a cualquiera (y lo tiene si es diosa), ¿qué necedad más grande pedírsela a un dios cuando puedes obtenerla de ella misma? Debieron, pues, los paganos honrarla por encima de los demás dioses, incluso por la majestad del lugar.

Según sus propios escritores, los antiguos romanos dieron más culto a un no sé qué Sumano, a quien le atribuían los relámpagos nocturnos, que a Júpiter, a quien pertenecen los rayos del día. Pero después de la construcción del espléndido y eminente templo a Júpiter, la gente, guiada por la majestad del santuario, empezó a dirigirse a él en masa, hasta el punto de que apenas encontramos quien recuerde haber leído el nombre de Sumano; no digo oírlo, porque es imposible.

Por el contrario, si la felicidad no es una diosa, puesto que -y así es en realidad- se trata de un don de Dios, en tal caso empréndase la búsqueda de ese Dios que tiene en su poder el concederla, y abandónese el funesto tropel de dioses falsos, seguidos por un estúpido tropel de hombres insensatos, que se fabrican dioses de los dones de Dios, ofendiendo al mismo Autor de todos esos dones por su obstinada y soberbia voluntad. Por la misma razón siempre tendrá consigo la infelicidad quien adore a la Felicidad como diosa, y a Dios, que es la fuente de la felicidad, lo abandone. Asimismo, no matará nunca el hambre quien se pone a lamer un pan pintado, y no se lo pide a quien realmente lo tiene.

CAPÍTULO XXIV

Razones de los paganos para adorar a los dones divinos entre los dioses

Me parece bien ahora considerar sus razones: ¿vamos a creer -dicen ellos- tan tontos a nuestros antepasados hasta el punto de ignorar que tales realidades eran dones divinos y no dioses? Sabían que nadie podía poseer estos bienes más que por la concesión de un dios. Ahora bien, al no encontrar el nombre de tales dioses, los llamaban por el de las cosas que les parecía podrían recibir de ellos, flexionando algunos de los vocablos. Así, por ejemplo, del vocablo bellum (guerra) pusieron el nombre de Belona, no el de Belum; de cunæ (cuna) Cunina, no Cuna; de seges (la mies) Segetia, no Seges; de pomum (fruta) Pomona, no Pomum; de bos (buey) Bubona, no Bos. A veces también, sin flexión alguna del término, les han puesto el mismo nombre de las cosas. Por ejemplo, se llamó Pecunia (dinero) a la diosa que otorga el dinero, sin creer un dios al dinero mismo; así, Virtud se llamó a la diosa que da la virtud; Honor al que concede el honor; Concordia a quien concede la concordia; Victoria, la victoria. Así también -aclaran ellos- cuando se nombra a la diosa Felicidad, no se hace referencia a la felicidad concedida, sino a la deidad que la otorga.

CAPÍTULO XXV

El culto a un solo Dios, del cual se presiente instintivamente que es el origen de la felicidad, aunque ignoremos su nombre

Tras la anterior explicación nos será quizá mucho más fácil convencer de lo que intentamos a quienes no tengan el corazón demasiado endurecido. Porque si ya la misma Humanidad, débil como es, ha tenido la impresión de que la felicidad no la puede otorgar más que algún dios, y este mismo sentimiento animó a los hombres que adoraban a tan múltiples dioses, entre los que estaba el propio rey de todos ellos, Júpiter; como ignoraban el nombre de quien podía otorgar la felicidad, decidieron llamarla por el mismo nombre de lo que esperaban recibir de ella. Quedaba con esto suficientemente claro que la felicidad no podía ser otorgada ni siquiera por el mismo Júpiter, a quien ya adoraban, sino por aquella divinidad que, en su opinión, debían honrar bajo el nombre de la felicidad misma.

Estoy totalmente de acuerdo con ellos en que la felicidad es concedida por algún dios desconocido para ellos. ¡Traten de encontrar a ese Dios; ríndanle honor a Él y será suficiente! ¡Rechacen el alboroto de estos innumerables demonios! ¡Que no quede satisfecho con este Dios el que no se satisfaga con sus dones! ¡Que este Dios, dador de la felicidad, no le sea suficiente, repito, como objeto de culto a quien no le baste como dádiva la felicidad misma! Pero a quien le baste (de hecho el hombre no es capaz de desear algo mejor), ¡póngase al servicio del único Dios, dispensador de la felicidad! No se trata del dios llamado por ellos Júpiter. Porque si lo reconocieran como dispensador de la felicidad, por supuesto que no habrían buscado otra divinidad, masculina o femenina, para que se la concediera, poniéndole ese mismo nombre. No se hubieran creído en el deber de dar culto a Júpiter, tan lleno de infamias: se comentan sus adulterios con las esposas de otros, se le tiene como el amante desvergonzado y el raptor de un hermoso mancebo.

CAPÍTULO XXVI

Los juegos escénicos. Exigencia de los dioses a que fuesen celebrados por sus adoradores

«Todo eran ficciones de Homero -dice Marco Tulio-, que hacía una trasposición de las bajezas humanas a los dioses: yo hubiera preferido una trasposición de las cualidades divinas al hombre». Con razón le desagradaba a un hombre tan prudente este poeta inventor de infamias. ¿Y por qué razón los más sabios de sus maestros en sus escritos colocan los juegos escénicos entre las cosas divinas, donde todas estas bajezas se andan repitiendo, se canturrean, se exhiben como una honra a los dioses? ¡Que alce aquí su voz Cicerón, pero no contra las ficciones poéticas, sino contra las instituciones de los antepasados! Pero ellos exclamarían a su vez: «¿Y qué hemos hecho nosotros? Los dioses en persona nos han exigido que les exhibamos todo esto en su honor, nos lo han ordenado con amenazas, nos han profetizado desastres si no se llevaba a cabo; y cuando hemos descuidado algunos detalles, han tomado severas venganzas. En cambio, cuando se ha puesto de nuevo en práctica lo que se había descuidado, se han mostrado aplacados».

Voy a relatar algo que se cita entre los hechos extraordinarios del poder de los dioses. Había un tal Tito Latinio, campesino romano y padre de familia. En una ocasión se le ordenó en sueños ir al Senado y comunicar que debían repetir de nuevo los juegos escénicos, ya que el día primero de su celebración se dio orden de ser ejecutado un criminal ante todo el pueblo. Esta triste orden causó disgusto a las deidades, hambrientas naturalmente del jolgorio de los juegos. El campesino no tuvo valor para cumplir al día siguiente el mandato recibido en sueños. La noche siguiente recibió de nuevo la orden, pero con mucha más severidad: perdió un hijo por no haberla cumplido. A la noche tercera se le advirtió que le amenazaba un castigo mayor si no cumplía lo ordenado. Ni siquiera así tuvo valor para cumplirlo, por lo que cayó en una dolorosa y horrenda enfermedad. En vista de lo cual, y aconsejado por sus amigos, lo comunicó a los magistrados. Se le condujo al Senado en litera, donde relató sus sueños. Recobró al punto la salud y volvió sano y por su propio pie. El Senado, asombrado de tal maravilla, decidió repetir los juegos con un presupuesto cuatro veces mayor.

¿Quién no se dará cuenta, si está en sus cabales, de que los hombres, esclavizados a los pérfidos demonios, han sido coaccionados por la fuerza a exhibir a semejantes dioses lo que con serena ponderación podía tenerse como una vergüenza? Sólo la gracia de Dios, a través de nuestro Señor Jesucristo, es quien libera de la tiranía de los demonios. Es en estos juegos donde se celebran en público las infamias de los dioses. Y ellos quienes violentaron al Senado para que ordenase la repetición de los juegos. Allí unos histriones, sin dignidad alguna, cantaban, imitaban, deleitaban a Júpiter, el corruptor de la decencia. Si todo aquello era una pura invención, hubiera él montado en cólera. Pero si él se complacía en sus propios crímenes, incluso fingidos, ¿cómo honrarlo sin servir al diablo? ¿Y es éste el fundador, el engrandecedor y el conservador del poderío romano? ¡Si es más indeseable que cualquiera de sus ciudadanos, a quien tales bajezas le causarían asco! ¿Éste, tan desdichadamente honrado, y que si no se le da este culto se enfurece más infelizmente aún, es el dador de la felicidad?

CAPÍTULO XXVII

Disquisiciones del pontífice Escévola sobre tres clases de dioses

Algunos escritos nos cuentan del sabio pontífice Escévola, que hizo división de los dioses tradicionales en tres categorías: una los de la tradición poética; otra los de la filosófica, y una tercera, los dioses propios de los jefes de Estado. La primera, según él, es una patraña, puesto que inventa cosas de los dioses indignas de ellos. La segunda categoría no les conviene a los Estados, porque encierra cosas superfluas y otras cuyo conocimiento es perjudicial a los pueblos. En cuanto a lo superfluo, no existe gran problema, puesto que ya los mismos jurisperitos suelen decir: «Lo superfluo no perjudica». ¿Qué es, pues, lo que sería perjudicial al ser conocido por el pueblo? Es esto, responde: que Hércules, Esculapio, Cástor y Pólux no son dioses. En efecto, dicen los sabios que fueron hombres y que, como hombres, murieron. Bien, ¿y qué más? El no tener las ciudades representaciones verdaderas de los que son dioses. Un dios auténtico no tiene sexo ni edad ni miembros corporales definidos. Todo esto no quiere el pontífice que lo sepa el pueblo; le parece que no se trata de una falsedad. Es más, le parece conveniente que los Estados estén engañados en materia de religión. Esto mismo no duda Varrón en afirmarlo en sus libros sobre las cosas divinas. ¡Graciosa religión! ¡Acude a ella el hombre ansioso de verse libre de sus problemas, y cuando escudriña la verdad que lo hará libre, opinan que le conviene el engaño!

Los libros a que aludimos anteriormente no ocultan la razón por la que Escévola siente desprecio hacia los dioses transmitidos por los poetas: porque los deforman hasta tal punto que no admiten comparación con los hombres de bien. A éste lo hacen un ladrón, al otro un adúltero; de una u otra forma les hacen decir o hacer algo indecente o inconveniente. Nos muestran la rivalidad de tres diosas entre sí por conseguir el primer premio de belleza; las dos vencidas por Venus provocan la destrucción de Troya. A Júpiter en persona nos lo hacen ver convertido en toro o en cisne, buscando la unión con alguna mujer; a una diosa la casan con un hombre; a Saturno nos lo presentan devorando a sus hijos. En una palabra, no es uno capaz de imaginar portentos o vicios que no se encuentren en los poetas, siendo todos ellos profundamente opuestos a su naturaleza de dioses.

¡Oh Escévola! ¡Tú, el pontífice máximo, suprime los juegos, si eres capaz! ¡Ordena a los pueblos que dejen de rendir a los dioses inmortales semejantes honores, en los que admiran, complacidos, las infamias de los dioses y, en lo posible, se divierten en imitarlas! Quizá te conteste el pueblo: «Sois vosotros, los pontífices, quienes nos habéis introducido estos espectáculos». En este caso reza a esos mismos dioses, por cuya incitación los habéis establecido, que prohíban la exhibición de tales bajezas en su honor. Porque si se trata de algo malo, indigno de la majestad de los dioses, más grande aún es la injuria hacia quienes impunemente se atribuyen falsas vilezas.

Pero no te harán caso, Escévola: son demonios, su enseñanza es la depravación; su complacencia, las torpezas. No solamente no toman como una injuria la invención de cosas como éstas sobre ellos; la injuria insoportable para ellos sería que en sus solemnidades no les representasen tales ruindades. Y si se te ocurriera apelar a Júpiter en contra de ellos, precisamente porque se llevan a las tablas los muchos crímenes de este dios, ¿no le hacéis la más denigrante injuria vosotros, que, a pesar de llamarlo dios, rector y administrador de este mundo, lo habéis colocado en el culto a la altura de tales dioses, y lo presentáis como el rey de todos ellos?

CAPÍTULO XXVIII

¿Les sirvió de algo a los romanos el culto a los dioses para conquistar y acrecentar sus dominios?

No han tenido en absoluto poder alguno para engrandecer y conservar el poder de Roma unos dioses a que con honras semejantes se les aplaca, mejor dicho, se les recrimina, siendo su culpabilidad mayor por complacerse en infamias falsas que si fuera real lo que de ellos se dice. Si tal poder estuviera en manos de los dioses, le hubieran otorgado un tan estimable don más bien a los griegos. En efecto, ellos les han tributado un culto más noble y más digno en esta clase de realidades divinas, es decir, en los juegos escénicos: no quisieron sustraerse ellos mismos a la mordacidad de los poetas que se cebaban en los dioses; les dieron permiso para ridiculizar también a los hombres que se les antojara. Además, no han tildado de infames a los histriones; al contrario, los han creído dignos de los honores más encumbrados.

Ahora bien, los romanos han podido tener moneda acuñada en oro, a pesar de no dar culto al dios Aurino. Del mismo modo, pues, la acuñada en plata y en bronce, sin necesidad de haber dado culto a Argentino ni a su padre, Escolano; y así todos los restantes, que sería molesto repetir. Nunca Roma hubiera sido capaz de ser un Estado, teniendo en contra al verdadero Dios. En cambio, aun cuando hubiera relegado al olvido a muchos de estos falsos dioses, o los hubiera despreciado, bastaría con tener conocimiento del único Dios verdadero y rendirle el culto de una fe sincera y unas costumbres íntegras: su nación sería mejor en este mundo, cualquiera que fuese su extensión, y recibiría luego el reino eterno, hubieran poseído aquí el temporal o no.

CAPÍTULO XXIX

Falsedad del augurio que parecía mostrar la fortaleza y estabilidad de Roma

¿Qué clase de augurio es aquel, maravilloso según ellos, que he mencionado más arriba, de que Marte, Término y Juventa se negaron a ceder su puesto al mismo Júpiter, con ser el rey de los dioses? He aquí -dicen- el significado: que la estirpe de Marte, es decir, la estirpe romana, no cedería a nadie las posiciones ocupadas; que nadie sería capaz de hacer replegar los términos de las fronteras de Roma, reforzadas como estaban por el dios Término; que, en fin, la juventud romana, fortalecida por la diosa Juventa, no cedería ante nadie. Ahora miren a ver en qué concepto tienen a este rey de sus dioses y dador de su imperio, cuando, según estos augurios, está conceptuado como un adversario, contra el cual es una proeza ofrecer resistencia.

De todas maneras, aunque esto fuera verdad, no tienen en absoluto por qué temer. No van a confesar que los dioses que no han querido ceder ante Júpiter lo hicieron ante Cristo. Quedando a salvo las fronteras del Imperio, han podido estos dioses dejar paso a Cristo, abandonando sus moradas y, sobre todo, el corazón de los creyentes. Pero antes de la encarnación de Cristo, antes incluso de que fueran escritos estos libros paganos arriba citados, aunque sí después que tuvo lugar aquel augurio durante el reinado de Tarquinio, por varias veces el ejército romano fue desbaratado, puesto en fuga. Así se puso en evidencia la falsedad del presagio, según el cual la célebre Juventa no había cedido ante Júpiter. Por un lado, las huestes de Marte quedaron destrozadas ante la victoriosa irrupción de las hordas galas en plena ciudad de Roma, y por otro las fronteras del Estado romano, ante la rendición y entrega a Aníbal de tantas ciudades, se vieron en la obligación de estrecharse. Se desvaneció, pues, el esplendor de estos presagios, quedando erguida la contumacia contra Júpiter, no de los dioses, sino de los demonios. Porque una cosa es no haber querido ceder, y otra distinta volver a ocupar el lugar cedido.

Más tarde los límites del Imperio romano sufrieron una modificación por voluntad de Adriano en el Oriente. Cedió al Imperio persa tres magníficas provincias: Armenia, Mesopotamia y Asiria. De este modo, el famoso dios Término, que, según los paganos, protegía las fronteras romanas y, como dice el maravilloso augurio, no le había cedido el sitio a Júpiter, da la impresión de tenerle más respeto al rey de los hombres, Adriano, que al propio rey de los dioses.

Recuperadas más tarde estas tres provincias, de nuevo el dios Término volvió a retroceder. Fue en los días de Juliano, que se entregaba a los oráculos con osado desvarío: mandó quemar las naves donde se transportaban los víveres. Él mismo cayó muerto de un golpe hostil, y su ejército, sin suministro, quedó reducido a una penuria tal que no habría salido con vida ni un soldado, ante la acometida por todas partes del enemigo a un ejército desconcertado por la caída de su general, de no haber sido por un tratado de paz que fijó las fronteras del Imperio en los límites que hoy perduran todavía, y a un precio no tan grande como el que pagó Adriano, pero sí mediante compromiso.

A un falso augurio, pues, dio origen el que el dios Término se negó a ceder su puesto a Júpiter, cuando en realidad cedió a la voluntad de Adriano, ante la temeridad de Juliano y la necesidad de Joviano. De todo esto se dieron cuenta los más perspicaces y respetables romanos. Pero su opinión pesaba poco contra la costumbre de una ciudad ya comprometida a la celebración de los ritos demoníacos. A ellos mismos, aunque estaban convencidos de la falsedad de todo, les parecía un deber ofrecer un culto religioso, propio de Dios, a la Naturaleza creada, establecida bajo el gobierno y la dependencia del único Dios verdadero. Veneraban -como dice el Apóstol- a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por siempre6. Se necesitaba que el verdadero Dios ayudase a adelantar hombres verdaderamente santos y realmente piadosos que entregaran su vida por la verdadera religión, exterminando así las falsas religiones del espíritu humano.

CAPÍTULO XXX

Opiniones sobre los dioses paganos expresadas por sus propios adoradores

Cicerón, durante el cargo de augur, se ríe de los augurios, y zahiere a los hombres que están pendientes de los graznidos del cuervo o de la corneja para poner en regla los caminos de su vida. Pero este académico, que todo lo tiene por incierto, no es digno de tener autoridad alguna en esta materia. Q. Lucilio Balbo aparece hablando en su obra De natura deorum, libro segundo, y admite algunas supersticiones sea físicas o filosóficas, según la naturaleza misma de las cosas. Pero muestra su indignación contra la creación de imágenes y contra las creencias en fábulas. Éstas son sus palabras: «¿No os dais cuenta de cómo la razón, de una manera forzada, ha atribuido a dioses inventados por la imaginación los descubrimientos meritorios y útiles en el orden físico? Este hecho produjo falsas creencias, errores confusos y supersticiones casi de viejas. Todo el mundo conoce su aspecto, la edad de los dioses, su forma de vestir y de adornarse. Conocemos incluso sus genealogías, sus casamientos, sus parentescos. Todo ello trasladado a la manera humana, llena de debilidades: nos los presentan con las turbulencias de su espíritu; se nos han transmitido sus apetencias pasionales, sus malos humores, sus iracundias. Hasta batallas no han faltado entre los dioses, según estas fábulas. Y no se trata sólo, como nos relata Homero, de un favoritismo a ejércitos contrarios entre sí, unos dioses apoyando a un bando y otros a otro; entre ellos han estallado auténticas guerras: tal es el caso de los Titanes o el de los Gigantes. Es un desvarío superlativo creer y andar contando estas cosas, llenas de estupidez y ligereza suma».

Aquí tenemos -dicho sea de paso- la declaración de quienes defienden los dioses del paganismo. Dice luego que todo esto pertenece al campo de la superstición; en cambio, lo que él trata de enseñar, según la doctrina estoica, pertenece a la religión. Y añade: «No solamente los filósofos; son también nuestros antepasados quienes han distinguido entre superstición y religión. A quienes pasaban los días enteros suplicando y haciendo inmolaciones para conseguir que sus hijos continuaran entre los supervivientes (superstites) se les llamó supersticiosos».

¿Quién no descubre los esfuerzos de Cicerón para ensalzar la religión de sus mayores, separándola de la superstición, al tiempo que tiene miedo de herir las tradiciones ciudadanas, sin encontrar el modo de hacerlo? Porque si los antepasados llamaron supersticiosos a quienes se pasaban el día rogando y haciendo sacrificios de inmolación, ¿no lo serán también aquellos (él mismo lo reprocha) que erigieron imágenes a los dioses con diversidad de edades, y vestimentas variadas, e inventaron su línea generacional, sus matrimonios y sus parentescos? No hay duda; cuando se tildan de supersticiosas todas estas instituciones, quedan implicados en esta culpa los antepasados, fundadores y adoradores de tales ídolos; más aún, queda implicado él mismo, que a pesar de sus esfuerzos por liberarse de ellos en este estudiado discurso, sentía la necesidad de rendirles veneración. Y lo que en esta disertación suena tan elegante, no se atrevería a musitarlo ante el pueblo en uno de sus discursos.

Nosotros, los cristianos, demos gracias al Señor nuestro Dios, no al cielo y a la tierra, como manifiesta este filósofo en sus disquisiciones, sino al que hizo el cielo y la tierra, porque tales supersticiones que el citado Balbo, como balbuciendo, apenas critica, las ha aniquilado por la profundísima humillación de Cristo, por la predicación de los apóstoles, por la fe de los mártires, que han dado su vida por la verdad y su misma vida ha sido verdad. Y esto lo ha conseguido no sólo en los corazones de las personas religiosas, sino también en los santuarios de la superstición, mediante la libre servidumbre de sus seguidores.

CAPÍTULO XXXI

Varrón rechaza la opinión del pueblo y se muestra partidario del culto a un solo dios, aunque personalmente no llegara al conocimiento del Dios verdadero

1. Aún hay más que añadir. Nos duele que el propio Varrón haya colocado, entre lo que merece categoría de divino, a los juegos escénicos, aunque no ha sido por propia iniciativa. Pues bien, cuando se pone a exhortar al culto de los dioses, al estilo de un hombre religioso, en repetidos pasajes de sus escritos, ¿no confiesa abiertamente que él no es partidario de todas estas instituciones creadas por Roma y que, si en su mano estuviera fundar de nuevo la ciudad, consagraría otros dioses y les pondría otros nombres, siguiendo un criterio fundado sobre todo en la Naturaleza? Pero, como él ha nacido en un pueblo lleno ya de antiguas tradiciones, reconoce que debe mantener la historia de nombres y sobrenombres de los dioses, tal como ha sido transmitida por los antepasados. Ésta es -dice- la finalidad de sus descripciones e investigaciones: mover al pueblo al culto más bien que al desprecio de los dioses. Varrón, hombre inteligente como era, da suficientemente a entender que no quiere manifestarlo todo, ya que algunos detalles no solamente merecerían su desprecio, sino que suscitarían la repulsa popular si no fueran mantenidos en silencio.

Podría creerse que todo esto son meras conjeturas mías si en otro pasaje, hablando él sobre la religión, no dijera con toda franqueza que hay muchas verdades religiosas que no conviene las sepa el pueblo; y, al revés, otras que, aunque sean falsas, está bien que el pueblo las tenga en estima. De aquí que los griegos hayan ocultado tras los muros y el silencio la celebración de sus misterios de iniciación. Dejó bien patente aquí lo que traman los sabihondos para dar criterios de gobierno a pueblos y ciudades. Es en todas estas patrañas donde encuentran su pleno deleite los maliciosos demonios, teniendo atrapados en sus manos a engañosos y engañados. Sólo los librará de su tiranía la gracia de Dios a través de Jesucristo nuestro Señor.

2. Este mismo autor, tan profundo y tan erudito, afirma además que en su opinión sólo han llegado a comprender qué es Dios quienes lo han creído alma gobernadora del mundo, dotándolo de movimiento e infundiéndole una ley. He aquí por qué Varrón, aunque no estaba en la plena posesión de la verdad -puesto que el verdadero no es un alma, sino el Creador, el autor del alma-, con todo, si se hubiera visto libre de los prejuicios tradicionales, habría proclamado e inculcado el culto a un solo Dios, ordenador del mundo, que le imprime movimiento y le fija unas leyes. Sólo quedaría pendiente con él una cuestión: su afirmación de que Dios es alma del mundo, y no más bien el autor de la misma.

Durante más de ciento setenta años -sostiene Varrón- han estado los viejos romanos rindiendo culto a los dioses sin representaciones visibles. Y añade: «Ojalá se hubiera conservado esta práctica: mucho más puro sería el culto politeísta». Como prueba de su aserto aduce, entre otros, el caso del pueblo judío. Y no duda en concluir este pasaje diciendo que los primeros en levantar estatuas a los pueblos lo que han hecho es privar a sus ciudades del respeto y aumentarles su error: sabiamente estaba persuadido de que los dioses eran más despreciables representados en estúpidas imágenes. Y no dice «les han transmitido el error», sino «se lo han aumentado», dando claramente a entender que el error, aun sin tales imágenes, ya existía. Por eso, cuando afirma que sólo han caído en la cuenta de quién es Dios los que lo creen el alma gobernadora del mundo, y que la religión sería más pura sin la existencia de los ídolos, ¿quién no advierte lo cerca que está de la verdad? Si hubiera tenido algún poder contra un error tan grave y tan envejecido, se habría inclinado, sin duda alguna, por el culto sin imágenes a un solo Dios, que él creía gobernador del mundo. En este contexto, tan próximo a la verdad, es posible que cayera en la cuenta fácilmente de la mutabilidad del alma, y esto lo hubiera llevado a descubrir al verdadero Dios como algo inmutable, creador del alma misma.

A la luz de este hecho, todo el cúmulo de burlas al politeísmo que hombres como Varrón han consignado en sus escritos se han sentido impulsados a confesarlas por una misteriosa voluntad de Dios, más bien que decididos a convencernos de ellas. Si nosotros aducimos algunos testimonios de esta fuente, lo hacemos para refutar a quienes no quieren darse cuenta de cuán dura y maliciosa es la tiranía diabólica de la que nos hace libres aquel sacrificio singular de tan santa sangre derramada y el don del Espíritu que se nos ha concedido.

CAPÍTULO XXXII

Razones de utilidad que las autoridades de los gentiles pusieron como pantalla para mantener la falsa religión entre los pueblos a ellos sometidos

Hace notar también Varrón cómo los pueblos, en lo tocante a la ascendencia de los dioses, se inclinaron más por los poetas que por los filósofos. De aquí la creencia de sus antepasados, los antiguos romanos, en el sexo y en las genealogías de los dioses, así como la atribución de sus uniones matrimoniales. En realidad no parece haber tenido otro móvil que la tarea de estos pretendidos sabios y prudentes de engañar al pueblo en materia de religión, sirviendo así e imitando a los demonios, cuya máxima pasión es difundir el error. En efecto, así como los demonios no pueden atrapar más que a quienes ya han engañado con trampas, del mismo modo los potentados, no los justos, por supuesto, sino más bien los parecidos a los demonios, les inculcaban a los pueblos como verdaderas, bajo el nombre de religión, creencias que ellos tenían por falsas. Es así como se las arreglaban para tenerlos más estrechamente encadenados a la sociedad civil, siendo dueños suyos como si los tuvieran por súbditos. ¿Qué hombre, en medio de su debilidad e ignorancia, podría escapar a la vez de las imposturas de los potentados de la ciudad y de los demonios?

CAPÍTULO XXXIII

Los períodos tanto de reyes como de reinos están regulados todos por la decisión y la autoridad del Dios verdadero

Dios, pues, el autor y dispensador de la felicidad, es quien distribuye los reinos terrenos tanto a buenos como a malos, puesto que Él es el solo Dios verdadero. Y no lo hace a bulto, y como fortuitamente: es Dios y no la Fortuna. Al contrario, lo hace según una ordenación que ha infundido a las cosas y a la sucesión de los tiempos, ordenación oculta para nosotros y sumamente clara para Él. A esta ordenación temporal, sin embargo, Él no está sujeto, sino que es Él quien, como Señor, lo está rigiendo y, como moderador, ordenando. La felicidad, en cambio, sólo la concede a los buenos. Los siervos pueden estar o no estar en posesión de ella, y también pueden tenerla o no tenerla los reyes. Con todo, la felicidad plena sólo se hallará en aquella vida donde ya nadie será siervo. He aquí la razón por la que Dios concede los reinos terrenos tanto a buenos como a malos: para evitar que sus fieles, niños todavía en el progreso del espíritu, vivan anhelando estos dones como algo de gran importancia.

Éste es el misterio del Antiguo Testamento, que ocultaba en su seno al Nuevo: en él las promesas y los dones son de orden terreno. Pero los hombres espirituales de entonces ya comprendían, aunque no lo predicasen abiertamente, que en aquellas realidades temporales se significaba la eternidad, y en qué dones de Dios había de cifrar la verdadera felicidad.

CAPÍTULO XXXIV

El reino judío, instaurado y mantenido por el único y verdadero Dios mientras el pueblo permaneció en la verdadera religión

Dios, además de esto, multiplicó en Egipto a su pueblo, nacido de un puñado de hombres, y lo libró de su opresión con señales portentosas. Daban a entender con ello que incluso los bienes terrenos, anhelados con pasión únicamente por aquellos que son incapaces de concebir valores más elevados, están bajo el dominio de este único Dios, no del de esos múltiples y falsos dioses, tenidos antaño por los romanos como dignos de adoración. Y no hubo necesidad de que las mujeres hebreas invocaran a Lucina: Dios mismo fue quien se cuidó de sus alumbramientos y las libró de las manos de los egipcios, sus perseguidores, deseosos de matar a todos sus recién nacidos. Éstos se multiplicaron admirablemente, creciendo aquella raza de un modo increíble.

Sin ayuda de la diosa Rumina mamaron estos bebés; sin Cunina reposaron en la cuna; sin Educa ni Potina comieron y bebieron; se desarrollaron sin tantos dioses encargados de la infancia; sin los dioses conyugales se casaron, y sin rendir culto a Príapo se unieron con sus cónyuges. No invocaron a Neptuno para que el mar se dividiera en dos ofreciéndoles paso y luego sus olas, volviendo a su sitio, cubrieran a sus enemigos. Y no consagraron una diosa «Mania» cuando tomaron el maná venido del cielo; ni cuando el agua brotó abundantemente de una piedra, golpeada con ocasión de su sed, empezaron a adorar a Ninfas o a Linfas. Sus guerras se llevaron a cabo sin ofrecer los alocados sacrificios a Marte y a Belona. Y si no vencieron, naturalmente, sin la victoria, no fue en cuanto diosa, sino que la tuvieron como un don de su Dios.

Cosecharon las mieses sin Segetia, tuvieron ganado bovino sin Bubona, la miel sin Melona, la fruta sin Pomona y así todo lo demás, por cuya obtención creyeron obligado los romanos suplicar a una tan numerosa caterva de falsas divinidades. Los hebreos lo recibieron de una manera mucho más oportuna del único y verdadero Dios. Y si no fuera porque pecaron contra Él, en un impío afán de novedad, como seducidos por artes mágicas, dejando deslizar sus pasos hacia dioses extranjeros y hacia el culto de los ídolos, y, por fin, dando muerte a Cristo, se habría mantenido su reino, no más anchuroso, es verdad, pero sí más feliz que el de Roma.

Ahora, el hecho de que estén los judíos dispersos por casi toda la Tierra y todas las naciones es una medida providencial de aquel único y verdadero Dios. Así, la destrucción de ídolos, altares, bosques sagrados, templos, que está ocurriendo por todas partes, la prohibición de sus sacrificios, puede probarse por los libros judíos cómo estaba ya todo profetizado mucho tiempo ha. Se evita de este modo la sospecha, al leerlo en nuestros libros, de que ha sido pura invención nuestra.

Dejemos para el próximo libro la aclaración de lo que sigue. Pongamos fin a éste, que ya es bastante prolijo.

LA CIUDAD DE DIOS

CONTRA PAGANOS

Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA

LIBRO V

[El destino y la Providencia]

PRÓLOGO

Está ya claro cómo la satisfacción de todos los deseos es la felicidad, que no es una diosa, sino un don de Dios. De ahí que ningún otro dios debe ser adorado por los hombres más que aquel que los puede hacer felices. Si la felicidad fuera una diosa, a ella sola habría, con toda razón, que adorar. Es hora ya, por tanto, de que tratemos de averiguar cuál es la razón de que Dios, que puede conceder los bienes que incluso son capaces de poseer quienes no son buenos ni por lo mismo felices, haya querido que la dominación romana fuera tan extensa y tan duradera. Porque toda esa multitud de falsos dioses adorada por ellos no es la autora de tal realidad: lo hemos afirmado ya ampliamente, y lo volveremos a repetir donde parezca oportuno.

CAPÍTULO I

El Imperio romano y todos los demás reinos no se han originado fortuitamente ni dependen de la posición de las estrellas

La causa de la grandeza del Imperio romano no es fortuita ni fatal. (Utilizo estos términos siguiendo la sentencia o el parecer de quienes dicen: es fortuito lo que no tiene causa alguna o no proviene de ningún orden racional; es fatal aquello que sucede en virtud de un orden necesario, independiente de la voluntad de Dios y de los hombres.) Con toda certeza, es la divina Providencia quien establece los reinos humanos. Si alguien se los atribuye al destino por la única razón de que a la voluntad o al poder divino los llama destino, que se quede con su opinión, aunque debe cambiar su lenguaje. Pero ¿por qué no decir en seguida lo que ha de decir después, cuando alguien le pregunte qué entiende por destino? Porque la gente, al oír esta palabra, lo que entiende por el modo corriente de hablar es únicamente la influencia de la posición de los astros al nacer o al ser uno concebido. Para algunos esto es ajeno a la voluntad de Dios; para otros la citada influencia está también subordinada a ella. Pero en cuanto a los que opinan que los astros, independientemente de la voluntad de Dios, determinan tanto nuestros actos como los bienes que tenemos y los males que padecemos, a éstos no les debe prestar oídos nadie. Y no me dirijo solamente a aquellos que profesan la verdadera religión, sino a cualquiera que se precie de adorar algún dios, aunque sea falso. ¿Cuáles serían las consecuencias de esta opinión, sino la supresión de todo culto divino y de toda oración a Dios?

Pero de momento nuestra discusión no va dirigida contra los defensores de esta opinión, sino contra aquellos que por defender a lo que ellos tienen por dioses atacan a la religión cristiana. Los hay que hacen depender de la voluntad de Dios la posición de las estrellas. Éstas, a su vez, deciden la forma de ser de cada uno, y los acontecimientos de la vida tanto buenos como malos. Si realmente esta opinión sostiene que las estrellas gozan de tal poder, recibido de la suprema potestad de Dios, que determinan todos estos sucesos de una manera voluntaria, están haciendo una enorme injuria al cielo: lo asemejan a un ilustre Senado y espléndida Curia que -según ellos- decreta crímenes de tal categoría que, si se le ocurriese a una ciudad terrena decretarlos, habría que destruirla por decisión de toda la especie humana. ¿Qué posibilidad se le deja a Dios, dueño de los astros y de los hombres, para juzgar los actos humanos, sometidos a la fatalidad astral? «No son las estrellas -dirán quizá- quienes deciden a su arbitrio tales acontecimientos, con el poder recibido, naturalmente, del Dios supremo; ellas no hacen más que cumplir puntualmente las órdenes divinas al tomar esas fatales determinaciones». En este caso, ¿habrá que atribuir al mismo Dios lo que nos pareció indigno de la voluntad de las estrellas?

Otra posible matización: las estrellas indican, más que realizan, los acontecimientos. Su posición sería como una predicción del futuro, no una causa determinante (de hecho, ha sido ésta la sentencia de sabios nada mediocres). Pero no es éste, por cierto, el modo de hablar de los astrólogos. Por ejemplo, no dicen: «Esta posición de Marte anuncia un homicida», sino: «Hace homicida a...». De todas maneras, concedamos que no hablan con propiedad y que deberían tomar de los filósofos su lenguaje a la hora de predecir lo que creen encontrar en las posiciones astrales: ¿qué es lo que sucede, que nunca han podido explicar por qué en la vida de los mellizos hay tal diversidad en sus actos y sus resultados, en sus habilidades, en los honores recibidos y demás circunstancias de la vida humana, incluso en la misma muerte, hasta el punto de que se encuentren casos mucho más parecidos en este aspecto entre extraños que entre los mismos gemelos, separados al nacer por un insignificante espacio de tiempo y concebidos los dos en un mismo instante, por un solo acto de sus padres?

CAPÍTULO II

La salud de los mellizos, unas veces parecida y otras diferente

El ilustre médico Hipócrates, nos dice Cicerón, dejó escrito que en cierta ocasión dos hermanos cayeron enfermos a la vez, y su enfermedad se agravaba y remitía simultáneamente. Este hecho le dio pie a sospechar que eran gemelos. El filósofo estoico Posidonio, muy dado a la astrología, solía afirmar que éstos habían nacido y habían sido concebidos bajo la misma posición de los astros. De esta manera, lo que el médico atribuía a una constitución fisiológica idéntica, el filósofo astrólogo lo refería a la influencia de la posición de los astros en el momento de la concepción y del nacimiento.

En esta materia es mucho más aceptable y, a primera vista, de mayor fundamento la hipótesis del médico. Los padres, en efecto, con sus propias disposiciones corporales en el momento, de la unión pudieron influir en el fruto embrionario de su concepción, de forma que al irse desarrollando en el seno materno, llegasen a nacer con una complexión análoga. Luego, viviendo en la misma casa, con idéntica nutrición y respirando el mismo aire, en las mismas circunstancias locales, y bebiendo las mismas aguas, elementos todos ellos decisivos, según el testimonio de la medicina, para la buena o la mala salud corporal, acostumbrándose incluso en unos mismos trabajos, han podido adquirir una complexión tan semejante que unas mismas causas, en un momento dado, habrían originado la misma enfermedad en ambos. Pero para explicar esta coincidencia en la enfermedad, querer aducir la posición del cielo y de los astros en el momento de la concepción o del nacimiento, cuando en el mismo instante, en la misma región y bajo el mismo cielo, tantos seres de raza diferente, de complexiones y resultados opuestos, han podido ser concebidos y nacer, me parece un disparate incalificable. Conocemos personalmente gemelos no sólo con un comportamiento y peripecias diversas, sino que han sufrido enfermedades dispares. Fácilmente daría una explicación Hipócrates, creo yo, a estos hechos, partiendo de que una diversidad en los alimentos y en el trabajo, provocada no por la complexión corporal, sino por la voluntad nacida del espíritu, no puede dar origen a diferencias de salud.

Quedaría maravillado si Posidonio o cualquier otro defensor de la fatalidad astral pudiera encontrar una respuesta para este caso, si es que no quiere burlarse de los ignorantes en tales materias. Se empeñan en poner de relieve que hay un exiguo intervalo de tiempo entre el nacimiento de uno y otro gemelo y, en consecuencia, una partícula de cielo donde queda grabada la hora del nacimiento, y que llaman horóscopo. Este detalle o bien no tiene tanto influjo como para explicar en los gemelos su diversidad de voluntades, de hechos, de comportamientos y de sucesos, o bien tiene demasiado como para poder explicar la identidad de su linaje, se trate de noble o de plebeyo, dado que toda la diversidad estriba, según ellos, en la hora en que nace cada uno. Así que, en caso de un nacimiento tan seguido el uno tras el otro que coincidiera la misma parte del horóscopo, exijo un parecido tal en sus vidas como no es posible encontrar entre gemelos; y si la distancia entre ambos nacimientos hace cambiar el horóscopo, exijo padres diferentes, cosa que tampoco los gemelos pueden tener.

CAPÍTULO III

Argumento del torno de alfarero, que el astrólogo Negidio utilizó en la cuestión de los gemelos

Inútilmente se aduce aquella famosa ocurrencia del torno del alfarero, con la que, según dicen, Negidio respondió puesto en el aprieto de este problema. De ahí le vino el apodo de Figulus (Alfarero). Le imprimió al torno de un alfarero toda la velocidad que pudo. En plena marcha hizo con tinta dos señales con suma rapidez, como en el mismo punto. Una vez parado el torno, se encontraron las señales muy distantes una de la otra, de un extremo al otro del torno. «Así es -explicó- como ocurre en el veloz rodar del cielo: aunque salgan a la luz uno tras otro los gemelos, tan seguidos como yo al hacer las dos señales, esto significa mucha distancia en los espacios celestes. He aquí -prosiguió Negidio- la razón de las diferencias de los gemelos en su comportamiento y en sus andanzas».

Pero es más frágil esta ficción que los cacharros modelados en aquel torno. Porque si tanto repercute en el cielo esta distancia (cosa imposible de medir por las constelaciones), que a uno de los gemelos le toque una herencia y el otro se quede sin ella, ¿cómo llegan en su atrevimiento a predecir a los que no son gemelos, después de observar sus constelaciones, los acontecimientos encerrados en un misterio a todo el mundo indescifrable y señalarlos, guiándose por los instantes del nacimiento? Quizá puntualicen que tales predicciones las realizan en otra clase de nacimientos, puesto que hacen referencia a espacios más largos de tiempo; y, en cambio, aquellos minúsculos instantes que pueden mediar entre un gemelo y otro predicen insignificantes acontecimientos, sobre los que no se suele consultar a los astrólogos (¿quién consulta cuándo tiene que sentarse, cuándo pasear, cuándo y qué comer?). ¿Pero es que nos referimos a estos detalles cuando en los gemelos señalamos muchas y grandes diferencias en su conducta, en sus acciones, en sus azares?

CAPÍTULO IV

Esaú y Jacob, gemelos: sus profundas diferencias de carácter y de actuación

En la lejana era de los patriarcas nacieron dos gemelos (por citar los más conocidos) tan seguidos uno del otro que el segundo tenía agarrado un pie del primero. Tales divergencias hubo en sus vidas y en su conducta, tal fue la desemejanza en su actuación, tan grande fue la diferencia en el amor de sus padres, que la distancia originada entre ellos terminó por hacerlos enemigos¹. ¿Acaso nos referimos con esto a que cuando uno andaba, el otro estaba sentado; cuando uno dormía, el otro estaba en vela; cuando uno hablaba, el otro estaba callado? Todo ello forma parte de esas minucias que escapan al control de los tratadistas de la posición de los astros en el momento de cada nacimiento, base para consultar luego a los astrólogos. En el presente caso, uno de ellos estuvo sirviendo a sueldo, y el otro vivía por su cuenta. A uno lo amó su madre y al otro no; uno perdió el puesto de primogénito, tenido en gran estima entre ellos, y el otro se adueñó de él. ¿Y qué decir de sus esposas, de sus hijos, de su hacienda? ¡Cuánta diversidad!

Si estas diferencias forman parte de aquellas insignificantes distancias temporales que median entre los gemelos, y no quedan señaladas en las constelaciones, ¿por qué se afirman estas cosas después de observarlas en otros nacimientos? Quizá se responda que por pertenecer no a los instantes incontrolables, sino a esa clase de momentos observables y constatables. Entonces, ¿qué hace aquí el torno del alfarero, sino conseguir que se pongan a girar los hombres de corazón de barro para no verse convencidos por la palabrería de los astrólogos?

CAPÍTULO V

Métodos para convencer a los astrólogos de la inconsistencia científica de su profesión

Vamos a ver: el caso de aquellos dos con una enfermedad que se agravaba y se aliviaba simultáneamente en ambos, y que al ojo clínico de Hipócrates hizo sospechar que se trataba de dos gemelos, ¿no es suficiente para rebatir a los que atribuyen a energías siderales lo que provenía de un parecido en su complexión natural? ¿Por qué su idéntica enfermedad ocurría simultáneamente, en lugar de enfermar uno antes y otro después, como su nacimiento, puesto que, naturalmente, no pudieron nacer los dos a la vez? O si el nacer en diversos momentos nada tiene que ver con el caer enfermo en tiempos distintos, ¿por qué lo quieren hacer valer para explicar la divergencia de otras circunstancias de la vida? ¿Cómo es que estos gemelos han podido viajar en tiempos diversos, casarse en tiempos diversos, tener hijos y realizar otras muchas cosas en tiempos diversos, por el hecho de haber nacido en tiempos también distintos, y no han podido, por esa misma razón, enfermar en tiempos diversos? Porque si una diferencia en el instante del nacimiento ha mudado el horóscopo, introduciendo una disparidad en las restantes circunstancias, ¿por qué ha tenido que permanecer como válido lo del mismo momento de la concepción? O si el destino de la salud reside en la concepción, y lo del resto de la vida en el nacimiento, no deberían pronunciar palabra respecto a la salud guiados por la observación de las constelaciones del nacimiento, dado que no les es posible observar las del momento de la concepción. Pero si predicen las enfermedades sin observar el horóscopo de la concepción, porque el que las indica es el del nacimiento, ¿cómo se atreven a pronosticar a cualquiera de los gemelos, a la luz del momento de su nacimiento, cuándo va a caer enfermo, puesto que el otro, que no tiene la misma hora de nacimiento, debería por fuerza enfermar igualmente?

Ahora yo pregunto: supongamos que la distancia del nacimiento de un gemelo a otro es tan significativa que haya que asignarles constelaciones diversas, ya que diferente es el horóscopo y diferentes, por tanto, las líneas celestes de demarcación, en las que tanto énfasis ponen éstos, hasta el punto de que ellas originan diversos destinos: ¿cómo ha podido suceder esto, cuando es imposible una diferencia de tiempo en su concepción? Si han podido darse destinos dispares para el nacimiento de dos gemelos, concebidos en un mismo instante, ¿qué razones hay para que no los pueda haber diversos también con relación a la vida y a la muerte en dos que han nacido a la vez? La verdad es que, si el ser concebidos ambos en un mismo instante no impide que uno nazca ahora y otro después, no veo por qué razón el nacer dos a un tiempo ha de impedir que uno muera antes y el otro después. Y si la concepción simultánea de dos gemelos no impide que ya en el seno materno tengan una suerte diversa, ¿por qué un mismo instante en el nacer les va impedir a dos cualesquiera sobre la tierra tener diversos azares en su vida, y así acabamos de una vez con todas las invenciones de este arte o, mejor dicho, de esta patraña? ¿A título de qué los concebidos al mismo tiempo, en el mismo instante, bajo una misma e idéntica posición sideral tienen destinos diferentes, que les impulsan ya a nacer a distinta hora, y, en cambio, dos nacidos de distinta madre e idéntica posición sideral no pueden tener destinos diferentes que los lleven a una distinta fatalidad en su vivir y en su morir? ¿Es que las criaturas concebidas no tienen destino más que después de nacer? Entonces, ¿por qué andan diciendo que si se pudiera conocer la hora de la concepción, no sé cuántas cosas podrían predecir estos adivinos? Aquí se basan algunos para divulgar que una vez un sabio llegó a elegir la hora de unirse a su mujer, a fin de engendrar un maravilloso hijo.

Conclusión: la respuesta al caso de los gemelos que enfermaban a la vez -y éste era el parecer del gran astrólogo y filósofo Posidonio- está en que habían nacido al mismo tiempo, y al mismo tiempo habían sido concebidos. Él cuidaba de añadir lo de la concepción para evitar la objeción de que no estaba clara la posibilidad de nacer en el mismo instante, mientras constaba de la concepción totalmente simultánea de los dos. Así, el hecho de su misma y simultánea enfermedad no se lo atribuía a su complexión corporal, muy similar en ambos, sino al revés: esta semejanza de salud la relacionaba y la hacía depender de los astros. Luego si tanta influencia ejerce el momento de la concepción para la identidad de destinos, el nacimiento no tenía por qué mudarlos. O si la fatalidad de los gemelos se cambia al nacer en momentos diversos, ¿por qué no pensar más bien que estaban ya cambiados para nacer en tiempos diferentes? ¿De manera que la voluntad de los vivos no es capaz de cambiar el sino del nacimiento, cuando el de la concepción lo cambia el orden en el nacer?

CAPÍTULO VI

Los gemelos de distinto sexo

A pesar de todo, ¿cómo se puede explicar que en el caso de una concepción de gemelos, en la que sin duda el tiempo es el mismo para los dos, y sobre la que estaba una misma fatal constelación, resulte uno varón y el otro hembra? Conocemos gemelos de distinto sexo, ambos viven aún, los dos en plena vitalidad. Se parece mucho el uno al otro, cuanto es posible entre hombre y mujer. Pero en cuanto al género de vida y en sus aspiraciones son tan dispares que, aparte de los actos que necesariamente son diferentes en el hombre y la mujer, el uno está al servicio de un conde, y casi siempre de viaje, fuera de casa, mientras la otra no se mueve del solar paterno y de sus propios campos. Además -y esto es mucho más increíble si damos crédito a la fatalidad astral, no así si tenemos en cuenta la voluntad humana y los dones de Dios-, además, digo, él está casado y ella es una virgen consagrada; él tiene numerosa prole y ella ni siquiera se ha casado. ¡Y eso que la fuerza del horóscopo es enorme! Yo creo que he puesto a las claras su nulidad.

Pero valga lo que valga, ellos dicen que influye en el nacimiento. ¡Y en la concepción influye también! Porque de todos sabido es que ésta tiene lugar en una sola unión carnal. La naturaleza está de tal modo dispuesta que, una vez la mujer ha concebido, queda imposibilitada para una nueva concepción. De ahí la necesidad de que la concepción de los gemelos sea rigurosamente simultánea. ¿Quizá por haber nacido bajo diverso horóscopo, se cambió su sexo en el momento de nacer y nació él varón y ella hembra? Cierto que no podemos calificar de totalmente absurda la teoría de algunas diferencias únicamente corporales debidas a ciertos flujos siderales. Veamos, por ejemplo, cómo por el acercamiento y lejanía del sol varían las estaciones del año, cómo los crecientes y menguantes de la luna originan el aumento y merma de ciertas cosas, como los erizos y algunos moluscos. También se debe a la luna el curioso hecho de las mareas. Pero no vamos a admitir que la voluntad, arraigada en el espíritu, esté sujeta a las posiciones de los astros. Por eso la misma insistencia de los astrólogos para hacer depender hasta nuestros mismos actos de la fatalidad sideral nos está invitando a una búsqueda de razones que no dejen en pie su teoría ni siquiera en lo referente a lo corporal. ¿Qué más corporal que el sexo? Y, sin embargo, bajo la misma posición astral han podido ser concebidos gemelos de sexo distinto. No sé si podrá haber afirmación más insensata que ésta: la posición de los astros, idéntica para ambos gemelos en el momento de la concepción, no ha podido evitar que la hermana, teniendo la misma constelación que su hermano, tuviera sexo diferente; en cambio, la posición de los astros en el momento del nacimiento ha podido lograr que ella se diferencie tanto de su hermano por la santidad virginal.

CAPÍTULO VII

Elección del día de la boda y del día de la siembra o de plantar algo en el campo

¿Quién va a soportar la afirmación de que en la elección de las fechas uno se está forjando nuevos destinos que rijan sus propios actos? Se ve que el destino anterior al nacimiento del citado sabio no era engendrar un hijo magnífico, sino ruin, y por eso se puso a elegir la hora de unirse a su mujer. Él se forjó, por lo tanto, un destino que no tenía, e ipso facto empezó a caer bajo la fatalidad lo que no había estado bajo la de su nacimiento. ¡Oh estupidez singular! Se elige el día de la boda; supongo que para evitar la posibilidad de incurrir en un día siniestro si se hace al azar, no sea que resulte un infeliz casamiento. ¿Dónde queda, pues, el que todo lo dejaron decretado ya los astros al nacer? ¿Puede el hombre cambiar, por la elección de fechas, lo que ya le estaba determinado, y lo que él determinó en tal elección, no van a poder cambiarlo otros poderes? Entonces, si solamente están sometidos a las constelaciones los hombres, con exclusión de las demás criaturas bajo el cielo, ¿por qué eligen días determinados, como más aptos, para la plantación de viñedo o de arbolado, o para la siembra de cereales, y otros días distintos para domar o cubrir el ganado, fecundando los rebaños de yeguas y vacas, y otras operaciones por el estilo? Y si la elección de los días para estas operaciones tiene valor precisamente porque todos los seres terrestres, animados o inanimados, están sometidos a la influencia de la posición de los astros, según la diversidad de los espacios temporales, pongan atención al número incontable de seres que en el mismo instante nacen, se originan, tienen su comienzo, con tan diferentes desenlaces, que tales consideraciones astrales provocarían la risa de un niño. ¿Quién caerá en la simpleza de atreverse a decir que todos los árboles, todas las plantas, todas las fieras, las serpientes, las aves, los peces, los más insignificantes gusanos tienen cada uno un momento diferente de nacimiento?

Para poner a prueba la pericia de los astrólogos, con frecuencia la gente les trae las constelaciones de animales mudos, cuyo nacimiento primero observan cuidadosamente en su casa con vistas a esta consulta. Los astrólogos preferidos por ellos son los que, tras la observación de las constelaciones, se pronuncian no por el nacimiento de un hombre, sino de un animal. Incluso se atreven a decir la clase de animal: si es lanar, o de carga, o para la labranza, o la guarda de la casa. Porque hasta le consultan sobre los destinos de los perros, y todas estas respuestas levantan grandes aclamaciones entre sus admiradores.

Llegan los hombres a perder el sentido de tal manera, que se creen que cuando un hombre nace, todos los demás nacimientos se suspenden, hasta el punto de que bajo la misma zona celeste no nace con él ni una mosca. En efecto, si la admitieran, llegaríamos poco a poco, por un raciocinio gradual, hasta el camello y el elefante. Y no quieren caer en la cuenta de que en el día elegido para sembrar un campo, multitud de granos caen a tierra a la vez, y a la vez germinan, y a la vez despuntan, y a la vez crecen y se doran a la vez. Sin embargo, de todas estas espigas del mismo tiempo y, por así decir, congerminales, unas las consume el añublo, otras las devastan los pájaros y otras las arranca la gente. ¿Se atreverán a decir que todos estos granos han tenido constelaciones diferentes, a la vista de tan diversos finales? ¿O es que les pesará haber elegido fechas para estas cosas, negando que caigan bajo los celestes decretos, y van a dejar dependientes del influjo sideral exclusivamente a los hombres, únicos seres a quienes Dios ha concedido una voluntad libre?

Considerando atentamente todo esto, es razonable creer que cuando los astrólogos dan no pocas respuestas sorprendentemente verdaderas, lo hacen por una secreta inspiración de los malignos espíritus, que ponen buen cuidado en infundir y acreditar en los espíritus humanos estas falsas y perniciosas creencias de la fatalidad astral, y no valiéndose de un cierto arte de señalar y examinar el horóscopo, porque tal arte no existe.

CAPÍTULO VIII

Hay quienes dan el nombre de destino no a la posición de los astros, sino a la concatenación de causas que penden de la voluntad de Dios

Hay filósofos que con el nombre de destino no se refieren a la posición de los astros en el momento de la concepción, o del nacimiento, o del comienzo de algo. Sencillamente hacen referencia a la serie de todas las causas concatenadas que originan cuanto sucede. No vale la pena entablar una laboriosa controversia por causa de una palabra. De hecho, la ordenación de las causas y una cierta concatenación de las mismas la atribuyen a la voluntad y al poder del Dios supremo, de quien creemos, con el mayor acierto y la más plena verdad, que lo sabe todo antes de que suceda, y que no deja nada en desorden; de Él nace todo poder, aunque no nace todo querer.

La prueba de que con el nombre de destino entienden principalmente la voluntad misma del Dios sumo, cuyo poder se extiende a todas las cosas indefectiblemente, está en los siguientes versos, que, si mal no recuerdo, son de Anneo Seneca: «Condúceme, Padre soberano, dueño de las alturas celestes, a donde bien te plazca. Obedeceré sin demora. ¡Heme aquí presto! Haz que yo no quiera; te seguiré con llanto y, aunque malo, soportaré lo que el bueno hace con agrado: lleva de la mano el destino al que obedece, y fuerza al que se resiste».

Es evidente que en el último verso llama destino a lo que poco antes acaba de llamar «voluntad del Padre soberano». Se muestra dispuesto a obedecerlo, quiere ser conducido voluntariamente para no ser arrastrado por la fuerza, ya que «lleva el destino de la mano al que obedece, y fuerza al que se resiste». Vienen a apoyar esta sentencia aquellos versos de Homero, traducidos al latín por Cicerón: «Son las almas de los hombres como la luz con que el padre Júpiter quiso él mismo iluminar la tierra fecunda».

Ningún peso tendrían en esta cuestión las opiniones de los poetas. Pero se da la circunstancia de que -según Cicerón- los estoicos, para defender la fatalidad, suelen citar estos versos de Homero. No se trata, pues, ya del sentir de un poeta, sino de la opinión de dichos filósofos. Son estos versos los que utilizan en sus discursos sobre el destino, y a través de ellos manifiestan claramente lo que piensan sobre él, dado que llaman Júpiter al que creen ser el dios supremo, de quien pende, dicen, toda la trama de los destinos.

CAPÍTULO IX

La presciencia de Dios y la libre voluntad del hombre, contra la formulación de Cicerón

1. Cicerón hace esfuerzos para refutar a los estoicos; pero pone una condición: se siente impotente ante ellos mientras no quite de en medio la adivinación. Su afán por suprimirla estriba en negar la ciencia del futuro. Intenta por todos los medios negarla rotundamente: no existe -afirma- predicción alguna de los hechos ni en Dios ni en el hombre. Por esta vía rechaza la presciencia de Dios. Toda profecía, aun más clara que la luz del día, intenta echarla abajo con argumentaciones inconsistentes, y objetándose a sí mismo ciertos oráculos fáciles de refutar: pero ni siquiera lo consigue del todo.

A la hora de atacar a las teorías de los astrólogos, su retórica queda triunfante. En realidad, tales conjeturas son de tan baja categoría, que por sí mismas se desbaratan. No obstante, más tolerables, con diferencia, son los partidarios de los destinos astrales, que este Cicerón, que suprime el conocimiento del futuro. Porque admitir la existencia de Dios y negar que conozca el futuro es una incongruencia superlativa.

Él mismo, al caer en la cuenta de esto, estuvo a punto de protagonizar aquella sentencia de la Escritura: Dice el necio para sí: «No hay Dios»². Pero no lo puso en primera persona; le pareció que estaría mal visto, que sería incómodo, y le hace discutir a Cota sobre esta cuestión en contra de los estoicos en su obra De natura deorum. Él prefiere ponerse de parte de Lucillo Balbo, a quien le encomienda defender la sentencia estoica, más bien que de parte de Cota, que intenta negar la existencia de toda naturaleza divina. En su obra De divinatione, él en persona ataca abiertamente el conocimiento del futuro. Los motivos que parecen impulsarle son el rechazo del destino fatal y la defensa de la libre voluntad. Piensa que, una vez admitida la ciencia del futuro, la fatalidad es una consecuencia tan necesaria como innegable.

Pero dejemos que los filósofos se pierdan a su gusto por los laberintos de sus debates y sus discusiones. Nosotros, al proclamar la existencia de un Dios supremo y verdadero, estamos confesando su voluntad, su soberano poder y su presciencia. Y no por eso tenemos miedo de hacer sin voluntad lo que voluntariamente hacemos: de antemano sabe ya Dios lo que vamos a hacer; su presciencia es infalible. Fue este temor el que llevó a Cicerón a impugnar la presciencia, y a los estoicos a negar que todo lo hacemos necesariamente, aunque ellos sostienen que el destino lo rige todo.

2. ¿Y cuáles son los temores de Cicerón ante la presciencia del futuro para que se empeñe en anularla en su detestable discusión? Helos aquí: si los hechos futuros son todos conocidos, han de suceder según el orden de ese previo conocimiento. Si han de suceder según ese orden, ya está determinado tal orden para Dios, que lo conoce de antemano. Ahora bien, un orden determinado de hechos exige un orden determinado de causas, ya que no puede darse hecho alguno sin una causa eficiente anterior. Y si el orden de las causas, por las que ocurre todo cuanto sucede, está ya fijado, «todo se desarrolla -afirma Cicerón- bajo el sino de la fatalidad». Si esto es así, nada depende de nosotros, no existe el libre albedrío de la voluntad. «Si concedemos esto -prosigue-, se derrumba toda la vida humana: ¿para qué promulgar leyes? ¿Para qué reprender ni hablar, vituperar o exhortar? Se prescribirán premios para los buenos y castigos a los malos, pero sin justicia alguna».

Así, pues, para evitarle a la Humanidad unas secuelas tan indignas, tan absurdas, tan perniciosas, se niega Cicerón a admitir la presciencia del futuro. De esta forma somete al espíritu religioso a un angustioso dilema: es necesario elegir una de estas dos realidades: o que algo dependa de nuestra voluntad o que exista el conocimiento previo del futuro. Las dos cosas a la vez -opina él- son incompatibles; afirmar una es anular la otra: si elegimos la presciencia del futuro, hemos anulado el libre albedrío de la voluntad; si elegimos el libre albedrío, hemos anulado la presciencia del futuro.

Pero este gran hombre que es Cicerón, tan sabio, defensor tantas veces y con tanta maestría de los intereses de la Humanidad, puesto en esta alternativa, elige el libre albedrío. Para dejarlo sólidamente establecido, nos hace ateos.

Sin embargo, el hombre que tiene espíritu religioso elige ambas cosas a la vez, confiesa ambas cosas y ambas cosas las fundamenta en la fe de su religión. ¿Cómo es posible, preguntará Cicerón? Porque, si se da el conocimiento de lo por venir, se sigue la concatenación de todas aquellas razones que nos hacen desembocar en que nada depende de nuestra voluntad. Y al revés, si admitimos que algo está en nuestra voluntad, los mismos argumentos, vueltos sobre sus pasos, nos llevan a demostrar que no hay presciencia del futuro. Veámoslo: si existe la libertad, hay acciones que caen fuera del destino. Si esto es así, tampoco está determinado el orden de todas las causas. Si el orden de las causas no está determinado, tampoco está determinado el orden de los hechos para el conocimiento previo de Dios, puesto que no pueden darse sin unas causas eficientes que los precedan. Y si el orden de los acontecimientos no está determinado en la presciencia de Dios, no todo sucederá como Él lo previó. Ahora bien, si no todo ha de suceder tal y como Él lo tenía previsto, no existe -concluye Cicerón- la presciencia en Dios de todos los futuros.

3. Contra esta sacrílega e impía audacia nosotros afirmamos que Dios conoce todas las cosas antes de que sucedan, y que nosotros hacemos voluntariamente aquello que tenemos conciencia y conocimiento de obrar movidos por nuestra voluntad. No decimos que todo suceda por el destino; es más, afirmamos que nada ocurre bajo su influjo. La palabra destino, tal como se suele usar, es decir, la posición de los astros en el momento de la concepción del nacimiento de alguien, es una expresión sin contenido que de nada sirve, como ya hemos demostrado. En cuanto al orden de las causas, en el que ocupa un lugar primordial la voluntad de Dios, ni lo negamos ni lo llamamos destino, a no ser que el término fatum lo hagamos derivar de fari, que tiene el sentido de hablar. No podemos negar que está escrito en las Sagradas Escrituras: Dios ha dicho una cosa, y dos cosas que he escuchado: «que Dios tiene el poder y el Señor tiene la gracia; que tú pagas a cada uno según sus obras»³. Las palabras Dios ha dicho una cosa significan algo inmutable, es decir, que ha hablado de una manera irrevocable, tal como conoce de una manera invariable todo lo que ha de venir y lo que Él mismo ha de hacer. En este sentido podríamos usar la palabra fatum (destino), como derivada de fari, si no fuera que este vocablo suele interpretarse en el otro sentido, al que no queremos ver inclinado el corazón del hombre. Pero de que para Dios esté determinado el orden de las causas no se sigue que ya nada quede bajo nuestra libre voluntad. En efecto, nuestras voluntades mismas pertenecen a ese orden de causas, conocido de antemano por Dios en un determinado orden, puesto que la voluntad del hombre es la causa de sus actos. Por eso, quien conoce de antemano todas las causas de los acontecimientos no puede ignorar, en esas mismas causas, nuestras voluntades, conocidas también por Él como las causas de nuestros actos.

4. El mismo enunciado concedido por Cicerón de que nada sucede sin que le preceda una causa eficiente basta para rebatirle en esta cuestión. ¿De qué le sirve afirmar que nada existe sin una causa, pero que no toda causa es fatal, puesto que hay causas fortuitas, causas naturales y causas voluntarias? Basta con haber reconocido que todo cuanto sucede acontece por una causa anterior. Nosotros no negamos la existencia de las causas llamadas fortuitas (de donde ha tomado el nombre la fortuna). Las llamamos ocultas y las atribuimos a la voluntad de Dios o de cualquier otro espíritu. En cuanto a las causas naturales, en modo alguno las queremos excluir de la voluntad de quien es el autor y el creador de toda naturaleza. Y referente a las causas voluntarias, o bien provienen de Dios, o de los ángeles, o de los hombres, o de alguno de los animales, si es que voluntad podemos llamar a los impulsos de los seres vivientes privados de razón cuando, según su propia naturaleza, realizan, apetecen o rehúyen algo. Al hablar de las voluntades de los ángeles, me refiero tanto a los buenos, llamados «ángeles de Dios», como a los malos, a quienes llamamos «ángeles del diablo» o también demonios. Y con los hombres lo mismo, se trate tanto de los buenos como de los malos.

Consecuencia de lo anterior es que no existen más causas eficientes de cuanto sucede que las voluntarias, es decir, procedentes de esa naturaleza que es soplo vital. Porque también llamamos soplo a este aire o viento. Pero como es un cuerpo, no es el soplo vital. En realidad, el soplo vital que todo lo vivifica, que es el creador de todo cuerpo y de todo espíritu, es el mismo Dios, espíritu increado. En su voluntad reside el supremo poder, que ayuda a las voluntades buenas de los espíritus creados, juzga a las malas, a todas las ordena, y a unas les concede poderes y a otras se los niega. Del mismo modo que es el creador de toda naturaleza, es el dispensador de todo poder, aunque no de toda voluntad. En efecto, las malas voluntades no provienen de Dios por ser contrarias a la naturaleza, la cual sí proviene de Él.

Respecto de los cuerpos, en primer lugar están sometidos a las voluntades, unos a las nuestras, es decir, las de todo ser viviente mortal, y preferentemente los hombres a las bestias; otros a las de los ángeles. Pero todos están sometidos principalmente a la voluntad de Dios, de quien dependen también las voluntades de todos, puesto que no tienen más poderes que los que Él les concede.

La causa de los seres que produce, pero no es producida, es Dios. Hay otras causas que también producen, obran, pero son producidas, como son todos los espíritus creados, principalmente los racionales. Pero las causas corporales, que más bien son producidas que producen ellas, no hay por qué nombrarlas entre las causas eficientes, dado que todo su poder reside en lo que la voluntad de los espíritus realiza valiéndose de ellas.

¿Cómo, pues, es posible que el orden de las causas, que está determinado en la presciencia de Dios, haga que nada dependa de nuestra voluntad, cuando en ese mismo orden de causas ocupan un lugar importante nuestras voluntades? Que se las entienda Cicerón con los que dicen que este orden de causas es fatal, o más bien le dan el nombre de destino, cosa que a nosotros nos causa repulsa, principalmente por el término, que no se ha solido entender de realidad alguna verdadera. Y cuando niega Cicerón que el orden de las causas está totalmente determinado y perfectamente conocido en la presciencia de Dios, se hace más detestable él para nosotros que para los estoicos. Porque o bien niega la existencia de Dios, cosa que ya intentó, por cierto, valiéndose de una tercera persona en su obra De natura deorum; o bien, si reconoce la existencia de Dios, al negarle el conocimiento del futuro, no hace otra cosa que repetir aquello que dice el necio para sí: «No hay Dios»4. Porque quien no conozca de antemano todos los acontecimientos futuros ciertamente no es Dios. De ahí que nuestras voluntades algo pueden tanto en cuanto Dios ha querido y previsto que pudieran. Por tanto, lo que ellas pueden lo pueden con toda certeza, y lo que ellas van a hacer lo han de hacer ellas mismísimas por tener previsto Él, cuya ciencia es infalible, que podrían y que lo realizarían. De ahí que, si se me ocurriera aplicarle el nombre de destino a alguna realidad, diría que el destino es propio de lo más inferior, y de lo superior lo es la voluntad, que tiene sometido a lo inferior bajo su poder. Preferiría decir eso antes que en virtud de ese orden de causas, llamado destino a su antojo por los estoicos, despojar de su albedrío a nuestra voluntad.

CAPÍTULO X

¿Hay alguna fatalidad que tenga dominada la voluntad humana?

1. Ya no hay por qué tener miedo a aquella necesidad por temor de la cual los estoicos hicieron tan grandes esfuerzos para distinguir las causas de los seres, de tal forma que a unas las lograron sustraer de toda necesidad, y a otras las sometieron a ella. Entre las que quisieron dejar fuera de la necesidad, le dieron un puesto a nuestra voluntad para evitar que no fuera libre si la dejaban bajo la necesidad.

Si hemos de llamar necesidad, con relación a nosotros, a aquella fuerza que no está en nuestra mano, sino que, aunque no queramos, ella obra lo que está en su poder, como es la necesidad de la muerte, es evidente que nuestra voluntad, causa de nuestro buen o mal vivir, no está sometida a tal necesidad. En efecto, muchas cosas hacemos que, si no quisiéramos, no las haríamos. Y en primer lugar el querer mismo: si queremos, existe; si no queremos, deja de existir: porque no vamos a querer si no queremos.

Pero si definimos la necesidad como aquello que nos hace decir: «Es necesario que esto sea o suceda así», no veo por qué la hemos de temer como si nos privase de nuestra libertad. De hecho, no sometemos bajo necesidad alguna la vida y la presciencia de Dios cuando decimos que es necesario que Dios viva siempre y lo sepa todo. Tampoco queda disminuido su poder cuando afirmamos que no puede morir o equivocarse. Cierto que no lo puede, pero si lo pudiera, su poder sería, naturalmente, más reducido. Así que muy bien está que llamemos omnipotente a quien no puede morir ni equivocarse. La omnipotencia se muestra en hacer lo que se quiere, no en sufrir lo que no se quiere. Si esto tuviera lugar, jamás sería omnipotente. De ahí que algunas cosas no le son posibles, precisamente por ser omnipotente.

Esto mismo sucede al decir que es necesario, cuando queremos, querer con libre albedrío. Decimos una gran verdad, y no por ello sometemos al mismo libre albedrío a la necesidad que priva de la libertad. Ahí están nuestras voluntades; son ellas mismas quienes hacen lo que hacemos queriendo. Y no lo harían si no quisiéramos. Pero cuando alguien soporta algo a pesar suyo, por voluntad de otros hombres, también en ese caso se trata de un efecto de la voluntad, que, aunque no suya, sí es una voluntad humana. Sin embargo, el poder en este caso es de Dios. (Porque si se tratase solamente de una voluntad que no pudiera realizar lo que quisiera, estaría impedida por otra voluntad más poderosa; e incluso en este caso la voluntad no sería otra cosa más que voluntad, y no de otro, sino de quien estuviese queriendo, aunque su deseo no se pudiera cumplir.) Así, pues, todo lo que el hombre sufre contra su voluntad no debe atribuírselo a la voluntad de los hombres o de los ángeles o de cualquier otro espíritu creado, sino a la de aquel que concede un determinado poder a quienes son capaces de querer.

2. No porque Dios hubiera previsto lo que iba a querer nuestra voluntad, va a dejar ésta de ser libre. Quien esto previó, previó algo real. Ahora bien, si quien previó el contenido futuro de nuestra voluntad tuvo conocimiento no de la nada, sino de algo real, se sigue que, según esa misma presciencia, algo depende de nuestra voluntad. Luego nada nos obliga a despojar a la voluntad de su albedrío para mantener la presciencia de Dios ni a negar que Dios desconoce el futuro (sería una afirmación sacrílega) con el fin de salvar el libre albedrío humano. Por el contrario, aceptemos una y otra verdad y ambas las confesamos leal y sinceramente: la una para nuestra rectitud en la fe y la otra para nuestra rectitud en la conducta. Mal vive quien de Dios no cree rectamente. Lejos de nosotros el que, para afirmar nuestra libertad, neguemos la presciencia de Aquel por cuyo favor somos o seremos libres.

Así, pues, no son inútiles las leyes, ni las reprensiones, ni las exhortaciones, ni las alabanzas, ni los vituperios. Todo esto estaba previsto por Él, y tienen todo el valor que Él previó que tendrían. Incluso las súplicas tienen valor para alcanzar aquello que Él había previsto conceder a quienes lo pidiesen. Y justamente se dan premios a las buenas acciones y se establecen castigos para los delitos. Y no peca el hombre por haber previsto Dios que pecaría; es más, queda fuera de toda duda que cuando peca es él quien peca, porque Aquel cuya presciencia es infalible conocía ya que no sería el destino, ni la fortuna, ni otra realidad cualquiera, sino el hombre mismo quien iba a pecar. Y si él no quiere, por supuesto que no peca. Pero si no hubiera querido pecar, también esto lo habría previsto Dios.

CAPÍTULO XI

La providencia universal de Dios, cuyas leyes lo abarcan todo

El Dios supremo y verdadero, con su Palabra y el Espíritu Santo, tres que son uno, Dios único todopoderoso, creador y formador de toda alma y de todo cuerpo, por cuya participación son felices quienes son realmente, no engañosamente felices; que ha formado al hombre como animal racional, compuesto de alma y cuerpo; que, al pecar el hombre, ni lo dejó impune ni lo abandonó sin misericordia; este Dios, que ha dotado tanto a buenos como a malos del ser, común con las piedras; de la vida vegetativa con las plantas; de la vida sensitiva con las animales; de la vida intelectual, común únicamente con los ángeles; de quien procede toda regla, toda forma, todo orden; en quien se funda la medida, el número, el peso; a quien todo ser le debe su naturaleza, su especie, su valor, cualquiera que éste sea; de quien provienen los gérmenes de las formas, las formas de los gérmenes y la evolución de gérmenes y de formas; que dio a toda carne su origen, su hermosura, su salud, su fecundidad expansiva, la distribución de sus miembros, su saludable armonía; ese Dios que ha dotado al alma irracional de memoria, de sensación, de instintos, y a la racional, además, de espíritu, de inteligencia, de voluntad; que se preocupó de no dejar abandonados no ya al cielo y a la tierra, o únicamente a los ángeles y hombres, sino ni siquiera las vísceras de la más insignificante y despreciable alimaña, o una simple pluma de ave, ni a una florecilla del campo, ni una hoja de árbol, sin que tuviera una proporción armoniosa en sus partes, y una paz en cierto modo: es totalmente inconcebible que este Dios hubiera pretendido dejar a los reinos humanos, a sus períodos de dominación y de sometimiento fuera de las leyes de su providencia.

CAPÍTULO XII

Conducta de los antiguos romanos, que les mereció del Dios verdadero, aunque no adorado por ellos, el crecimiento de su poderío

1. Veamos ahora cuáles fueron las costumbres de los romanos y cuál ha sido la causa por la que les ha prestado su ayuda para el engrandecimiento de su poder el Dios verdadero, en cuyas manos están también los reinos de la tierra. Con vistas a una más detenida exposición sobre este punto, hemos escrito el libro precedente, donde dejamos en claro que en esta materia el poder de los dioses, a quienes daban un culto ridículo, es nulo. Los precedentes capítulos de este libro que acabamos de tratar tienen por objeto acabar con la cuestión del destino, no sea que alguien, ya persuadido de que la propagación y el mantenimiento del Imperio romano no se debe al culto de tales dioses, se lo vaya ahora a atribuir a no sé qué destino fatal, en lugar de atribuírselo a la voluntad del Dios supremo.

Aquellos viejos romanos de los primeros tiempos, a juzgar por lo que la Historia nos transmite y nos encomia de ellos, no obstante seguir el mismo camino que los demás países -con la única excepción del pueblo hebreo-, dando culto a los dioses falsos, inmolando víctimas no a Dios, sino a los demonios; sin embargo, «eran ávidos de alabanza, desprendidos del dinero; su ambición era una gloria elevada y una fortuna adquirida honradamente». Ésta fue su pasión más ardiente: ella era la razón de su vivir, por ella no dudaron en entregarse a la muerte; esta sola pasión por la gloria llegó a ser tan poderosa que ahogó a todas las demás. Y como la esclavitud les parecía una ignominia, mientras que el ser dueños y señores, una gloria, todo su empeño fue desear que su patria fuera primeramente libre, y luego la dueña del mundo.

Aquí radica el que, reacios a toda dominación monárquica, «crearon magistraturas anuales, repartiendo el poder supremo entre dos a quienes llamaron cónsules, derivado de consulere (deliberar), en lugar de llamarlos reyes o señores (dueños), que se relacionan con los términos regnare (reinar) y dominari (imponer su dominio)». Aunque mejor parecería hacer derivar reyes (reges) del vocablo regir (regere), así como reino (regnum) del vocablo reyes (reges). Pero les pareció que el fasto regio no era propio de la vida disciplinada de un guía ni de la benevolencia de un mentor, sino de la soberbia de un tirano.

El resultado fue que tras la expulsión del rey Tarquinio y la institución de los cónsules, se siguió un período del que habla el mismo Salustio en términos laudatorios para los romanos, así: «Parece increíble lo rápidamente que Roma creció, una vez conseguida su libertad; tal fue su pasión por la gloria». Esta avidez por la alabanza y la pasión por la gloria fue la que realizó tantas maravillas, dignas, por cierto, de alabanzas y de gloria, según la estimación de los humanos.

2. El mismo Salustio elogia a dos grandes hombres, ilustres en su época: Marco Catón y Cayo César. Dice que aquella República careció durante mucho tiempo de hombres de gran talla, pero que en su época hubo estos dos de excelentes cualidades, aunque de opuesta forma. Elogia a César por su deseo de una vasta dominación, un poderoso ejército y una guerra nueva, donde pudiera brillar su talento militar. Lo que sucedía era que en las intenciones de estos hombres, colosos por su valor, estaba Belona azuzando a las desdichadas naciones a la guerra, y excitándolas con su sanguinario látigo, a fin de dar una ocasión de que brillase su valor. Éstos eran los resultados de aquella avidez de alabanza y de su pasión por la gloria. Todas estas grandezas fueron la consecuencia de aquel amor a la libertad, primero, y después al dominio, y de aquella ansia de alabanza y de gloria.

De ambas cosas les ha dejado testimonio su insigne poeta. Dice así: «Ordenaba Porsena que se acogiera también al desterrado Tarquinio. Él estaba atenazando la ciudad con un duro asedio. Pero los descendientes de Eneas se lanzaban a las armas por defender su libertad». Para ellos, en este tiempo, la grandeza consistía en vivir libres o en morir valerosamente. Pero, cuando ya disfrutaron de libertad, los invadió una tal pasión de gloria, que la sola libertad les pareció poco si no iban en busca del señorío mundial. Significaba mucho para ellos lo que el mismo poeta dice, poniéndolo en boca de Júpiter: «Mas aún, la áspera Juno, que ahora tiene agobiados con su terror el mar, la tierra y el cielo, mejorará de propósito, y conmigo se pondrá de parte de los romanos, ese pueblo togado, dueño del mundo. Tal es mi deseo. Llegará con el correr de los años un tiempo en que la casa de Asáraco someterá a servidumbre a Ptía y a la ilustre Micenas, y será dueña de la vencida Argos».

Realmente lo que Virgilio pone en boca de Júpiter, pronosticando el futuro, para él era una evocación de acontecimientos ya realizados, y que los tenía ante sus ojos. Pero yo lo he querido recordar para evidenciar cómo los romanos, después de su libertad, han puesto por las nubes su espíritu dominador, hasta contarlo entre sus grandes alabanzas. Ésta es la razón que mueve a Virgilio, más adelante, a anteponer a las artes de los demás países el arte específico romano: regir, dominar, subyugar y conquistar por las armas a los pueblos. Dice así: «Otros habrá que con habilidad forjarán el bronce hasta darle aliento, así lo creo, y que lograrán sacar del mármol rostros vivientes; sabrán defender las causas con mayor elocuencia; trazarán con el compás los caminos del cielo, y hablarán del nacimiento de los astros. Pero tú, romano, pon tu atención en gobernar los pueblos con tu dominio. Éstas serán tus artes: imponer las normas de la paz, perdonar a los vencidos y derrocar a los soberbios».

3. Estas artes las practicaban los romanos con tanta mayor habilidad cuanto menos se entregaban a los placeres, y menos se daban al envilecimiento del espíritu y del cuerpo por el ansia de adquirir y aumentar su riqueza, echando a perder por ella sus costumbres, robando a los pobres ciudadanos y derrochando con los viles histriones. Pero cuando Salustio escribía esto y lo cantaba Virgilio, los romanos superaban y doblaban a sus antepasados, pero en la corrupción de costumbres; ya no andaban en busca de honores y gloria con aquellas artes, sino con astucias tramposas. Por ello dice Salustio: «En un principio la ambición movía más el corazón humano que la avaricia. Pero este vicio estaba muy cerca de ser virtud. Porque lo mismo el bueno que el indolente desean la gloria, el honor, el poder. Aquél lo hace por medios lícitos, pero éste, al carecer de honrosas habilidades, lo intenta con astucias engañosas».

Éstas son las artes honrosas: a través de la virtud (y no precisamente a través de una astuta ambición) llegar al honor, a la gloria y al poder. Por igual, honrados e indolentes los desean para sí; pero aquéllos lo intentan por caminos legales. El camino es la virtud, por el que uno se esfuerza en conseguir algo: la gloria, el honor, el poder.

Testimonio de que los romanos llevaban esto muy dentro son los dos templos, levantados muy cerca uno del otro a la Virtud y al Honor, tomando por dioses lo que no son sino un simple don de Dios. De esto podemos deducir cuál era el fin de la virtud para los hombres de bien, y adónde la orientaban: al honor. Porque los malos ni siquiera la tenían, aun cuando ambicionaban el honor; pero lo hacían valiéndose de malas artimañas, es decir, con astucias engañosas.

4. Mejor parado que César queda Catón. Dice de él Salustio: «Cuanto menos ambicionaba la gloria, más gloria le venía». De hecho, la gloria, por la que todos se abrasaban en ambición de conseguirla, es la buena opinión que los hombres se forman de otros hombres. Por eso mejor es la virtud, ya que no depende del testimonio humano, sino que reside en la propia conciencia. Así, dice el Apóstol: Mi gloria es el testimonio de mi conciencia5. Y en otro pasaje: Cada cual examine su propia actuación y tendrá entonces motivo de satisfacción refiriéndose sólo a sí mismo, no al compañero6. No es, por consiguiente, la virtud la que debe seguir a la gloria, al honor y al poder, deseados por los hombres honrados e intentados por buenos caminos; son ellos los que deben seguir a la virtud. No hay verdadera virtud si no se tiende a aquel fin en el que reside el bien del hombre, mejor que el cual no hay otro. De ahí que los honores que Catón solicitaba no los debió solicitar. Era la ciudad que por su virtud debía habérselos concedido sin que él los solicitase.

5. Pero como en aquellos días había dos romanos eminentes en virtud, César y Catón, la de Catón parece acercarse mucho más a la verdad que la de César. Veamos, pues, cómo era por entonces Roma, y cómo lo había sido antes, según el mismo parecer de Catón: «No creáis -dice- que nuestros mayores han hecho grande aquel Estado pequeño por las armas. Si fuera así, mucho más hermosa sería hoy nuestra República. Mayor abundancia de aliados, de ciudadanos, aparte de armas y caballería, tenemos nosotros que tuvieron nuestros abuelos. Pero fueron otros los recursos que a ellos los hicieron grandes y que a nosotros nos faltan en absoluto: dedicación al trabajo dentro de la patria y fuera de ella, una dominación justa, espíritu de libertad en las decisiones, sin las trabas del crimen ni de las pasiones. En lugar de todo esto, nosotros tenemos el lujo y la codicia; oficialmente reina la miseria, y en privado la opulencia; alabamos la riqueza, pero nos entregamos a la indolencia; no somos capaces de distinguir el honrado del perverso; todas las recompensas de la virtud las acapara la ambición. Y no tiene nada de extraño cuando cada uno de vosotros toma las decisiones por su cuenta, cuando en casa os entregáis a los placeres y aquí, en la política, os rebajáis hasta la esclavitud por el dinero o el favor de los poderosos. Así sucede que todos arremeten contra el Estado como si fuera una hacienda abandonada».

6. Quien escuche estas palabras de Catón -o de Salustio-, laudatorias de los viejos romanos, pensará que todos, o la mayoría de ellos, eran acreedores de tales elogios. No es así. De otro modo, no sería cierto lo que él mismo escribe y que he citado en el libro II de esta obra. Dice que las injusticias de los más poderosos dieron lugar en la política interna a una ruptura entre el pueblo y los patricios, junto con otras escisiones, ya desde el principio. La duración del período en que reinó un Derecho justo y bien aplicado, después de expulsada la monarquía, no duró más allá del miedo a Tarquinio, hasta el fin de la pesada guerra que por su causa estaban librando en Etruria. Pero después los patricios trataban al pueblo como si fueran esclavos, los castigaban de un modo tiránico, los expulsaron de sus tierras y acapararon ellos solos, con exclusión de los demás partidos, toda la acción política.

El final de todas estas discordias, unos con afanes de dominio y los otros rechazando el yugo, sólo llegó con la segunda guerra púnica. Una vez más, fue el miedo de una grave catástrofe lo que empezó a mover los ánimos con urgencia, apagando la inquietud de tales perturbaciones con una preocupación aún más grave. La consecuencia fue la concordia ciudadana. Pero unos cuantos, honrados según sus criterios, tenían en su mano la administración de grandes fuerzas. Una vez atenuadas y pasadas estas calamidades, la República fue creciendo gracias a la providencia de ese pequeño grupo de honrados, como atestigua el mismo historiador.

Es Salustio quien de oídas unas veces, y otras en sus lecturas, tuvo noticia de las muchas hazañas que el pueblo romano realizó, en paz y en guerra, por tierra y por mar. Y se interesó por saber qué fue lo que sostuvo tamaña empresa. Sabía que en muchas ocasiones se habían enfrentado un puñado de romanos a enormes legiones de enemigos; tenía noticia de que se habían librado guerras con escasos recursos contra opulentos reyes. Y afirmó que después de muchas reflexiones había llegado a la convicción de que todo esto se debía a la egregia virtud de unos cuantos ciudadanos, logrando que la pobreza venciera a la opulencia, y un grupo reducido, a masas enteras. «Pero una vez que el lujo y la indolencia -prosigue Salustio- corrompieron a los ciudadanos, de nuevo la República, con su magnitud, sustentaba los vicios de generales y magistrados».

También Catón elogia la virtud de unos cuantos que aspiraban a la gloria, al honor y al poder por caminos legítimos, es decir, por la virtud misma. De ahí que -como el mismo Catón nos recuerda- dentro de la patria había empeño por el trabajo, de forma que el erario público era opulento, y modestas las fortunas privadas. Luego, el vicio, tras corromper las virtudes, volvió las cosas al revés: la hacienda pública era ruinosa, y en privado se vivía la opulencia.

CAPÍTULO XIII

El amor a la alabanza es un vicio. Pero al servir de freno a otros vicios mayores, se le considera una virtud

Los Imperios de Oriente brillaron durante largos períodos. Por eso quiso Dios que hubiera también uno en Occidente, posterior en el tiempo, pero más célebre que ellos por la vasta extensión de sus dominios. Fue una concesión que hizo Dios a estos hombres con el fin primordial de atajar los graves males que padecían muchas naciones. Ellos, aunque iban en busca del honor, la gloria y la alabanza, miraban por su patria. Para ella buscaban esta misma gloria, y no dudaron en anteponer la salvación de la patria a su propia vida. Así, este único vicio suyo, el amor a la alabanza, sirvió de contención a la codicia del dinero y a otros muchos vicios.

Juicio de una gran cordura es llamar vicio al amor por la alabanza. Hasta el poeta Horacio lo llega a percibir en sus versos. Dice así: «¿Te sientes hinchado por el deseo de la alabanza? Hay infalibles remedios en un librito: si lo lees tres veces con atención, te sentirás aliviado». Y canta también en uno de sus poemas líricos para reprimir la pasión del dominio: «Tu reino será mucho más vasto si logras dominar tu espíritu ambicioso que si consigues acumular dominios desde la remota Cádiz hasta Libia, y si las dos Cartagos se te rinden».

Sin embargo, quienes no refrenan sus pasiones más torpes, invocando el Espíritu con fe transida de piedad, y enamorándose de la belleza inteligible, al menos se vuelven mejores por el deseo de la alabanza y gloria humanas. No digo precisamente que se hagan santos, sino menos viles. Ya Cicerón, en su obra sobre la República, no pudo pasar por alto este pensamiento. Habla allí de la instrucción de un jefe de Estado. Y dice cómo se le debe alimentar de gloria, y recordarle cómo sus antepasados han realizado muchas proezas admirables y gloriosas por la pasión de la gloria.

No solamente no ponían los romanos resistencia a tal vicio. Al contrario, pensaban que había que avivarlo, encenderlo, puesto que lo tenían como útil para la patria. Ni siquiera en sus tratados filosóficos Marco Tulio se aparta de esta peste: lo afirma más claro que la luz del día. Y al hablar de los estudios que es preciso cursar para entrar en posesión del verdadero bien, y no del viento de la humana alabanza, introdujo este dicho general y universal: «Es el honor alimento de las artes. Los hombres se inflaman en ardor del estudio buscando la gloria y yacen siempre por tierra las ciencias que están en descrédito».

CAPÍTULO XIV

Obligación de cercenar el amor de la alabanza humana, puesto que toda gloria del justo está en Dios

Es preferible, sin duda alguna, resistir a esta pasión que ceder a ella. Porque tanto más se asemeja uno a Dios cuanto está más limpio de esta inmundicia. En la presente vida, aunque no se llega a arrancar su raíz del corazón, porque no deja de salir al paso, tentando incluso a los espíritus muy adelantados, al menos que la pasión por la gloria quede vencida por el amor a la justicia. Si en algún lugar «yacen por tierra los estudios que están en descrédito», si éstos son buenos, si son justos, que se cubra de vergüenza el amor a la gloria y deje paso al amor a la verdad. Llega a ser tan contrario a la fe de un hombre religioso este vicio, cuando la pasión por la gloria supera de corazón al temor o al amor de Dios, que el Señor dejó dicho: ¿Cómo os va a ser posible creer a vosotros, que os dedicáis al intercambio de honores, y no buscáis el honor que viene del único Dios?7 Y a propósito de algunos que habían creído en Él, y se avergonzaban de confesarlo en público, dice el evangelista: Preferían el honor que dan los hombres al que da Dios8.

No fue éste el proceder de los apóstoles. Ellos predicaban el nombre de Cristo no sólo en lugares donde estaba en descrédito (volviendo a las palabras de Cicerón: «Yacen siempre por tierra las ciencias que están en descrédito»), sino incluso lo predicaban donde era objeto del mayor odio. Eran fieles a las recomendaciones del Maestro bueno y Médico de las almas: Si uno me niega ante los hombres, yo lo negaré a él ante mi Padre que está en el cielo y ante los ángeles de Dios9. Entre maldiciones y oprobios, entre las más graves persecuciones y tormentos crueles, todo este bramido inmenso de la oposición humana no fue capaz de arredrarlos de predicar la salvación a la Humanidad. Realizaron obras divinas, hablaron palabras divinas, vivieron una vida divina; derrocaron, en cierto modo, corazones empedernidos; introdujeron en el mundo la paz fundada en la justicia; consiguieron para la Iglesia de Cristo una gloria inmensa; no por eso descansaron en ella como en el fin conseguido de su propia virtud; al contrario, la referían siempre a la gloria de Dios, por cuya gracia eran lo que eran. Y con este mismo fuego procuraban inflamar a quienes guiaban en el amor de aquel Dios que había de transformarlos como a ellos.

Para evitar que la razón de su virtud fuera la gloria humana, ya su Maestro los había adoctrinado con estas palabras: Cuidado con hacer vuestras obras de piedad delante de la gente para llamar la atención; si no, os quedáis sin paga de vuestro Padre del cielo10. Pero para que no interpretasen exageradamente tal recomendación, y por miedo a agradar a los hombres ocultasen su bondad, con perjuicio del fruto apostólico, les aclaró el motivo por el que debían dejarse ver: Brillen también -les dijo- vuestras obras ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo¹¹. Así, pues, no para llamar la atención, es decir, con la intención de que se fijen en vosotros, que nada sois por vosotros mismos, sino para que glorifiquen a vuestro Padre del cielo, al cual, si se vuelven, se harán semejantes como vosotros.

A los apóstoles les siguieron los mártires, que superaron a los Escévolas, a los Curcios y a los Decios, no por infligirse a sí mismos torturas, sino por soportar las que se les infligían con una fortaleza más auténtica, con espíritu religioso más verdadero y por ser su número incontable. Pero como éstos eran ciudadanos de la ciudad terrena y se habían propuesto como fin de todas sus obligaciones el mantenerla a salvo y verla reinando no en el cielo, sino en la tierra, no por toda una vida eterna, sino en el fluir de unos que mueren, sucedidos por otros que luego morirán, ¿qué otros valores iban a amar, sino la gloria por la que pretendían sobrevivir como en boca de sus admiradores, aun después de la muerte?

CAPÍTULO XV

Galardón temporal con el que Dios recompensó las sanas costumbres de los romanos

A estos ciudadanos de la ciudad terrestre Dios no les había de conceder la vida eterna en su ciudad celestial, y en compañía de sus santos ángeles. El camino para llegar hasta allá es el de la verdadera actitud religiosa, que sólo se manifiesta cuando se tributa al único Dios verdadero el servicio cultural, llamado latría (λατρεία) por los griegos. Si este Dios no les concediese ni siquiera la terrena gloria de lograr un magnífico Imperio, no les daría la paga a sus buenas artes, es decir, a sus virtudes, mediante las cuales se esforzaban por conseguir una gloria tan brillante.

Precisamente de aquellos que parecen realizar algún bien con vistas a la gloria humana, dice también el Señor: Ya han cobrado su paga, os lo aseguro¹². De hecho, estos hombres llegaron a desprenderse de su fortuna por la colectividad, es decir, por el Estado y su tesoro público; frenaron su codicia, miraron sin interés alguno por el bien de la patria; estaban inmunes de todo delito y de todo vicio castigados por sus leyes. Valiéndose de todas estas artes como de un camino legítimo, pusieron su empeño en lograr honores, poder, gloria; en casi todos los países han logrado ser honrados; gran número de ellos han estado sometidos a su poder, bajo la legislación; en casi todos ellos, en fin, su gloria es proclamada hoy en los escritos de los historiadores. No tendrán por qué quejarse de la justicia del supremo y verdadero Dios: Ya han cobrado su paga.

CAPÍTULO XVI

Recompensa de los santos moradores de la ciudad eterna, a quienes son de utilidad los ejemplos de las virtudes romanas

Pero muy distinta es, incluso aquí abajo, la paga de los santos, que tienen que soportar oprobios por la Ciudad de Dios, odiosa para los enamorados de este mundo. Se trata de una ciudad eterna: allí no nace nadie, porque nadie muere; allí reina la verdadera y plena felicidad (que no es diosa, sino un don de Dios); de ella, como prenda de su posesión, hemos recibido la fe para el tiempo en que, peregrinos, suspiramos por su hermosura; allí no sale el sol sobre malos y buenos¹³: sólo hay un sol, el sol de justicia, que protege a los buenos; allí no habrá que hacer grandes esfuerzos para enriquecer el erario público a expensas de las fortunas privadas: la verdad es su común tesoro.

No ha sido, pues, ensanchado el poderío romano, hasta alcanzar la humana gloria, únicamente para recompensar adecuadamente a estos hombres; lo ha sido también para que los ciudadanos de aquella ciudad eterna, mientras son peregrinos de aquí abajo14, se fijen con atención y cordura en sus ejemplos. Verán cómo debe ser amada la patria celeste por la vida eterna, cuando tanto amaron la terrena sus ciudadanos por la gloria humana.

CAPÍTULO XVII

Las guerras de Roma: frutos que le reportaron y utilidad para los vencidos

1. Con respecto a la presente vida de los mortales, que se desliza en un puñado de días y luego se termina, ¿qué interés tiene para el hombre vivir bajo un dominio político u otro, con tal que los gobernantes no nos obliguen a cometer impiedades o injusticias? ¿Qué daño causaron los romanos a los países que sometieron e impusieron sus leyes, si no es el que lo llevaron a cabo mediante encarnizadas guerras? Si esto lo hubiesen conseguido en mutua concordia, los resultados habrían sido mejores; sólo que no habría gloria del triunfador. De hecho, los romanos vivían bajo las mismas leyes que imponían a los demás.

Si todo esto se hubiera conseguido sin la intervención de Marte, ni Belona, ni, por consiguiente, hubiera tenido un lugar en su actuación la Victoria, sin haber vencedores por no haber habido luchadores, ¿no estarían en una misma situación Roma y los demás países? Sobre todo si a continuación se hacía lo que andando el tiempo se hizo con sumo agrado de todos y en un rasgo de gran humanidad: que todos los que formaban parte del Imperio romano fueran miembros de la comunidad ciudadana, convirtiéndose en ciudadanos romanos. Así, pasaba a ser de todos lo que antes pertenecía a unos pocos. Sólo que aquella plebe que no tenía campos propios debía vivir a expensas de la hacienda pública. A esta manutención contribuirían mucho más gustosamente los pueblos pacíficamente llegados a un acuerdo, y a través de buenos administradores públicos, que si después de vencidos tuvieran que arrancárselo por la fuerza.

2. Yo no veo, en realidad, qué importancia puede tener para la seguridad y la moralidad ciudadana lo que aseguramos ser méritos de los hombres: el que unos sean vencedores y los otros vencidos, a no ser ese orgullo absolutamente vacío de la gloria humana, en el cual ya recibieron su paga quienes, ardiendo en una inmensa pasión por alcanzarla, inflamaron a otros en la ferocidad de las guerras. ¿No cobran los impuestos de sus tierras? ¿Tienen acaso el privilegio de adquirir unos conocimientos que los demás no tienen? ¿No son muchos de ellos senadores de otros países, sin que conozcan a Roma ni de vista siquiera? Si quitamos la hinchazón del orgullo, ¿qué son todos los hombres más que hombres? Pero, aunque la perversidad mundana admitiese que fueran más honrados los mejores, ni aun así el honor humano debería ser tenido en gran estima: es humo que se lleva el viento.

Pero saquemos provecho hasta de estas realidades que nos concede el Señor nuestro Dios. Fijémonos: ¡cuántas grandezas despreciadas! ¡Cuántas pruebas soportadas! ¡Cuántas ambiciones ahogadas! Y todo por conseguir la gloria humana, estos hombres que han merecido recibirla como paga de tan altas virtudes. ¡Que nos sirva también a nosotros para reprimir nuestro orgullo! Y puesto que entre aquella ciudad, en la que se nos ha prometido reinar, y la de aquí abajo, hay tanta distancia cuanta del cielo a la tierra; de la vida eterna, a una alegría temporal; de una sólida gloria, a huecas alabanzas; de la compañía de los ángeles, a la de los mortales; de la luz del sol y de la luna, a la luz de quien es autor del sol y de la luna, no crean nunca los ciudadanos de una tan magnífica patria haber realizado algo grande, cuando por su conquista practiquen alguna obra buena o tengan que soportar algún dolor.

Ahí tenemos a los romanos, que por su patria terrena, ya posesión suya, llevaron a cabo tantas proezas, soportaron tantas incomodidades. Y esto mucho más cuanto que el perdón de los pecados, que congrega a los ciudadanos para la celestial Patria, tiene un algo de parecido, como si hubiera tenido una misteriosa sombra en aquel asilo fundado por Rómulo, donde la impunidad de toda clase de crímenes reunió a una multitud, gracias a la cual se fundó la célebre ciudad.

CAPÍTULO XVIII

Cuán ajenos deben estar los cristianos de jactarse por haber hecho algo por amor a la Patria eterna, cuando tantas proezas realizaron los romanos por la humana gloria y la ciudad terrena

1. ¿Qué tiene de extraordinario el desdeñar por aquella celestial y eterna Patria todas las seducciones de este siglo, por muy encantadoras que sean, cuando por esta patria, terrena y temporal, un Bruto pudo armarse de valor hasta ejecutar a sus propios hijos, obligación que nunca impondrá aquella Patria? Por supuesto, mucho más costoso es dar muerte a los hijos que las obligaciones que esta Patria nos impone: los bienes que teníamos intención de reunir para nuestros hijos, darlos a los pobres o perderlos si se presentase una prueba que nos obligase a ello en nombre de la fe y de la justicia. No nos hacen felices ni a nosotros ni a nuestros hijos las riquezas terrenas: las hemos de perder en vida o, una vez muertos, se las llevarán quienes no sabemos, o quizá quienes no queremos. A nosotros nos hace felices Dios, auténtica riqueza del alma. Pero con respecto a Bruto, el mismo poeta que lo ensalza da testimonio de su desgracia por haber degollado a sus hijos. He aquí sus palabras: «Este padre, enarbolando la bandera sublime de la libertad, condena al suplicio a sus propios hijos, que estaban urdiendo nuevas guerras. ¡Desdichado!, piense lo que piense de estos hechos la posteridad». No obstante, el verso que sigue proporciona un consuelo a su infelicidad: «Ha quedado triunfante el amor a la patria y la infinita pasión por la gloria».

He aquí los dos resortes que han impulsado a los romanos a realizar sus admirables proezas: la libertad y la pasión por la gloria humana. Si, pues, por la libertad de unos hombres que han de morir, y por el deseo de una gloria que se reclama a los mortales, un padre ha llegado a ejecutar a sus hijos, ¿qué tiene de extraordinario si por la verdadera libertad, que nos rompe las cadenas del pecado y de la muerte y del dominio del diablo, no buscando humanas alabanzas, sino por el amor de unos hombres que hay que librar no de la tiranía de un Tarquinio, sino de los demonios y del príncipe de los demonios; qué tiene de extraordinario, digo, si estamos dispuestos no ya a matar a nuestros hijos, sino a contar a los pobres de Cristo en el número de nuestros hijos?

2. Hubo otro noble romano, llamado Torcuato, que también ejecutó a su hijo por haber desencadenado una lucha, y no precisamente contra su patria, sino a su favor, pero en contra de sus órdenes, es decir, en contra de la orden del general, su padre. Provocado por el enemigo, luchó con ardor juvenil y quedó vencedor. No obstante, su padre lo ajustició: no quiso consentir que el ejemplo de una orden no acatada fuese peor que el bien reportado por la gloria de un enemigo abatido. A la vista de estos ejemplos, ¿quién se enorgullecerá de haberse desprendido de todos sus bienes terrenos, mucho menos queridos que los hijos, por fidelidad a las leyes de la Patria inmortal?

Furio Camilo, que había librado a Roma del yugo de los veyos, sus enemigos más encarnizados, y había sido víctima de la envidia, de nuevo volvió a liberar a su ingrata patria de la amenaza de los galos, por no tener otra mejor donde vivir gloriosamente. ¿Por qué, entonces, se va a dar importancia, como si hubiera hecho algo grande, aquel que por pertenecer a la Iglesia haya sido víctima quizá de alguna grave y deshonrosa injuria por parte de sus enemigos humanos, sin pasarse a sus contrarios, los herejes, ni fundar él mismo una nueva secta, opuesta a la Iglesia, sino que más bien la defendió con todas sus fuerzas contra la perversidad tan perniciosa de los herejes, no teniendo otra patria, no digo donde vivir con gloria de hombres, sino donde poder adquirir una vida eterna?

Mucio, para hacer las paces con el rey Porsena, que tenía a Roma en gravísimos apuros por una guerra, le dio tal coraje de no haber podido dar muerte al mismo Porsena, matando a otro en su lugar por equivocación, que ante sus propios ojos extendió su mano derecha sobre un altar en llamas, diciéndole que otros muchos romanos, tal y como le estaba viendo a él, se habían conjurado para su exterminio. Porsena, asustado de este coraje y de una tal conjuración, puso fin a aquella guerra firmando inmediatamente la paz. Y en el reino de los cielos, ¿quién va a darse títulos meritorios si por amor a él ha entregado a las llamas no una mano, ni espontáneamente, sino el cuerpo entero, sufriendo la persecución de algún enemigo?

Curcio, vestido con sus armas, espoleó a su caballo a carrera tendida y se lanzó a un precipicio, obedeciendo a un oráculo de sus dioses, que le ordenaban arrojar al precipicio lo mejor que ellos, los romanos, tuviesen. No encontraron nada más excelente que sus hombres y sus armas. La consecuencia era clara: debía arrojarse mortalmente a aquel precipicio un guerrero armado. Y ahora, ¿dirá haber hecho algo grande por la Patria eterna quien, teniendo que sufrir a un enemigo de su fe, llegase a morir, no arrojándose él a una muerte como la de Curcio, sino arrojado él por su enemigo? Y mucho menos habiendo recibido de su Señor, Rey él mismo de su Patria, este oráculo infalible: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma15.

Si los Decios, consagrándose de algún modo por determinadas fórmulas, se entregaron a la muerte para que con su ruina y el apaciguamiento de los dioses con su sangre quedase libre el ejército romano, ¿se van a enorgullecer de algún modo los santos mártires como si hubieran realizado algo digno por participar de la celeste Patria, donde reside la eterna y auténtica felicidad, si tuvieron que luchar hasta derramar su sangre, sin dejar de amar no sólo a sus hermanos, sino también a sus mismos enemigos homicidas, fieles al precepto del Señor, con fe en el amor y con amor a su fe?

Marco Pulvilo, cuando estaba dedicando el templo de Júpiter, Juno y Minerva, recibió la noticia -falsamente dada por los envidiosos- de la muerte de su hijo para que la turbación de una noticia así le hiciera retirarse, quedándose su colega con la gloria de esta dedicación. Pero él no hizo caso, ordenando incluso que el cadáver fuera arrojado sin sepultura. ¡Hasta este punto la pasión por la gloria había prevalecido en su corazón al dolor por la pérdida de un ser querido! ¿Y vamos a decir que ha hecho algo extraordinario por la predicación del Evangelio (gracias a la cual los ciudadanos de la soberana Patria, después de abdicar sus errores, viven unidos) aquel que, preocupado por la sepultura de su hijo, recibió esta respuesta del Señor: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos?16

M. Régulo, para no quebrantar el juramento dado a sus más encarnizados enemigos, desde la misma Roma volvió a ellos de nuevo. Se dice que los romanos lo querían retener, pero él les contestó que, después de haber sido esclavo de los africanos, no podría conservar ya en Roma la dignidad de un ciudadano honrado. Luego los cartagineses, en vista de que su acción ante el Senado romano fue contra ellos, le infligieron la muerte en medio de atroces tormentos. Y ahora, ¿qué tormentos no deberán despreciarse por la fe en aquella Patria, cuando es esta misma fe la que nos conduce a la felicidad? O ¿cómo pagar al Señor todo el bien que ha hecho17 si por la fidelidad a Él debida tuviera un hombre que padecer los mismos tormentos que Régulo padeció por la fidelidad debida a sus más crueles enemigos?

¿Cómo un cristiano se atreverá a engreírse de haber abrazado la pobreza voluntaria para caminar más ligero en la peregrinación de esta vida que nos conduce hasta la Patria, donde se entra en posesión de la verdadera riqueza, el mismo Dios, cuando oye o lee que Lucio Valerio, muerto en el período de su consulado, fue pobre hasta el extremo de tener que proporcionarle sepultura con las aportaciones voluntarias del pueblo; cuando oye o lee que Quintio Cincinato, dueño de cuatro yugadas de tierra, cultivadas con sus propias manos, desde el arado fue conducido para ser proclamado dictador, magistratura superior a la de cónsul, y una vez vencidos los enemigos, cubriéndose él de gloria, permaneció en la misma pobreza?

¿Quién alzará la voz como si hubiera hecho algo grande, cuando, dejando a un lado las recompensas de este mundo, sólo se haya dejado seducir por el atractivo que le inspira la sociedad de aquella eterna Patria; al tener noticia de que Fabricio no pudo ser apartado de Roma, a pesar de las suntuosas ofertas de Pirro, rey del Epiro, con la promesa incluso de la cuarta parte de su reino, prefiriendo vivir allí en su pobreza como simple ciudadano?

Ésta era, en efecto, la realidad: aquellos hombres mantenían la República, es decir, la empresa del pueblo, la empresa de la patria, la empresa común, rica hasta la opulencia, al tiempo que en sus propios hogares eran tan pobres que en cierta ocasión uno de ellos, cónsul por dos veces, fue expulsado de aquel senado de pobres, con la acusación censoria de habérsele encontrado diez libras de plata en vajilla. De tal categoría era su pobreza, que las ganancias de sus triunfos pasaban a enriquecer el tesoro público. Pues bien, ¿no tienen aquí un motivo para no darse aires jactanciosos todos aquellos cristianos que, movidos por un deseo más elevado, ponen sus riquezas en común, según el pasaje de los Hechos de los Apóstoles: «Se distribuía a cada uno según su necesidad, y nadie llamaba propio a nada, sino que todo era común»18, y esto por conseguir la compañía de los ángeles, cuando los romanos han hecho casi otro tanto para mantener la gloria de Roma?

3. Todas estas heroicidades y otras parecidas que se pueden encontrar en su literatura, ¿cuándo iban a adquirir una tal celebridad, cuándo se iban a divulgar con tanta fama si el dominio de Roma, extendido a lo largo y a lo ancho de la geografía, no hubiese alcanzado su grandeza a través de brillantes acontecimientos? Así, aquel Imperio tan vasto, tan duradero, tan célebre y glorioso por las virtudes de unos hombres tan eminentes, sirvió como recompensa de sus aspiraciones, y para nosotros es una lección ejemplar y necesaria: si por la gloriosa Ciudad de Dios no practicamos las virtudes que han practicado los romanos, de una manera más o menos parecida, por la gloria de la ciudad terrena, debemos sentir el aguijón de la vergüenza. Y si las practicamos, no tenemos por qué engreírnos orgullosamente, porque, como dice el Apóstol, los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse, reflejada en nosotros19. La vida de aquellos hombres sí se consideraba suficientemente digna de la gloria humana, una gloria del tiempo presente.

De ahí que a la luz del Nuevo Testamento, oculto en el Antiguo, que nos inculca la adoración del único y verdadero Dios, no para obtener beneficios temporales y terrenos, concedidos por la divina Providencia juntamente a buenos y malos, sino por la vida eterna, por las recompensas sin término y por vivir asociados a la ciudad celestial; a la luz -repito- del Nuevo Testamento, los judíos, asesinos de Cristo, con toda justicia han sido entregados para gloria de los romanos. Así, era justo que quienes persiguieron y alcanzaron la gloria terrena con toda clase de virtudes, venciesen a quienes con sus arraigados vicios rechazaron y mataron al Dador de la gloria verdadera y de la ciudadanía eterna.

CAPÍTULO XIX

Diferencia entre la pasión de la gloria y la pasión de dominio

Entre la pasión por la gloria humana y la pasión por el dominio hay, evidentemente, una diferencia. Es fácil que quien se complace excesivamente en la gloria de los hombres sienta también con ardor el deseo de dominio. Sin embargo, los que aspiran a la auténtica gloria, aunque sea de las alabanzas humanas, ponen mucho cuidado en no desagradar a quienes juzgan la vida con equilibrio. Hay, en efecto, muchos aspectos buenos de la conducta, que gran número de hombres valora correctamente, aunque la mayoría carezca de ellos. Por estos valores morales de la conducta es como aspiran a la gloria, al poder y al dominio aquellos de quienes dice Salustio: «Éste lo hace por un camino legítimo».

Pero el que sin tener ambiciones de la gloria que le infunde al hombre temor de desagradar a los jueces de rectos criterios ambiciona el dominio y el poder llega incluso con frecuencia a buscar, por los caminos declarados del crimen, aquello que pretende. Por eso, el ambicioso de la gloria o la busca por caminos legítimos o bien lo intenta, sin lugar a dudas con astucias y trampas, queriendo aparecer un hombre honrado, sin serlo.

¡Qué gran virtud es en el hombre, ya virtuoso por otros conceptos, el despreciar la gloria! Este desdén lo conoce Dios perfectamente, aunque queda oculto al juicio de los hombres. Todo lo que a sus ojos realice para que vean que desprecia la gloria puede ocurrir que sea tomado por algunos sospechosos como un intento para buscar alabanzas o, en otras palabras, una mayor gloria personal, sin que pueda demostrarles que es distinto de como sospechan de él. Pero el que desprecia el juicio de los aduladores desprecia también la temeridad de los sospechosos, aunque no su salvación; si se trata de un hombre realmente bueno: tiene tal poder la bondad de quien ha recibido las virtudes del Espíritu de Dios, que ama incluso a sus enemigos, y los ama hasta el punto de querer la conversión de sus enemigos y calumniadores para tenerlos como compañeros no en la patria terrena, sino en la suprema. Y en cuanto a sus admiradores, aunque tenga en poca estima sus alabanzas, no menosprecia, en cambio, el ser amado por ellos: no quiere engañar a quienes alaban, no sea que decepcione a quienes aman. Ésta es la razón por la que el justo ardientemente procura que las alabanzas vayan dirigidas a Aquel que es fuente de cuanto en el hombre merece una justa alabanza.

Pero si hay un ser humano que, despreciando la gloria, está ávido de dominio, éste supera a las bestias, ya sea en crueldad, ya sea en lujuria. Así fueron algunos romanos: no por haber perdido la preocupación por la estima carecieron de ambición de dominio. La Historia nos proporciona muchos de estos ejemplos. Pero el primero que alcanzó la cumbre y, como si dijéramos, el colmo de este vicio, fue el césar Nerón, cuya lujuria fue tan corrompida que de él nadie parecía temer arranque alguno viril; y su crueldad fue tal que, de no haberlo conocido, nadie creería en él un solo rasgo afeminado.

También a esta clase de hombres les concede el poder únicamente la providencia del Dios supremo cuando juzga dignas de tales gobernantes las empresas humanas. Sobre este punto es clara la voz de Dios. He aquí las palabras de la divina Sabiduría: Por mí reinan los reyes, y por mí, tienen dominio sobre la tierra los tiranos20. Y no se piense que el término «tirano» se refiere precisamente a los reyes perversos y déspotas, sino, según la acepción arcaica, a los valientes. (Así dice un verso de Virgilio: «Será para mí prenda de paz haber estrechado la diestra de un tirano».) Para evitar esta interpretación, dice en otro lugar claramente la Escritura de Dios: Que nombra rey a un bribón por la perversidad del pueblo²¹.

Ya he explicado suficientemente, según mis posibilidades, cuáles han sido las razones por las que el Dios único, verdadero y justo, ha prestado su ayuda a los romanos, que fueron buenos según ciertos criterios de la ciudad terrena, para conseguir la gloria de tan grandioso Imperio. Con todo, pueden existir otras causas ocultas según los diversos merecimientos del humano linaje, conocidas más por Dios que por nosotros. De hecho, entre las personas auténticamente religiosas es incontrovertible que sin la verdadera piedad, es decir, sin el auténtico culto al Dios verdadero, nadie es capaz de poseer la verdadera virtud, y ésta deja de ser verdadera cuando se supedita a la gloria humana. En cuanto a los que no son ciudadanos de la ciudad eterna, llamada por nuestra Sagradas Letras Ciudad de Dios²², son más útiles a la ciudad terrena cuando poseen la virtud, aunque nada más sea la gloria humana, que cuando ni siquiera ésta poseen.