Eran, las campanas de bautizo, ligeras y alegres, y comunicaban su alegría a Isabelita. Yo solía ser alegre y jovial también antes del amor y después, a medida que reincidíamos me iba poniendo taciturno. Hay un proverbio latino —cuya exactitud no recuerdo ahora— que dice: «Todos los animales, después del coito, están tristes». Pero eso no va con la mujer. Es cierto que a veces lloran, pero es sin tristeza y por una especie de saber inconsciente según el cual las glorias del sexo y las de la muerte andan juntas. Supongo que son los grandes placeres los que nos matan. O tal vez lloran por no saben qué. El llanto de las hembras puede ser orgiástico y su risa puede ser trágica. Esto último también en los hombres, claro.

El caso es que, si algo le faltaba a mi amante para mostrarse jovial, las campanas del bautizo se lo proporcionaban.

—Debe ser —decía— un bebé nacido en buenas mantillas. ¿Y sabes lo que te digo? Que no se me da nada tener un hijo siendo soltera. ¿Es que Dios dijo alguna vez que había que casarse? Sólo dijo creced y multiplicaos. Eso es todo lo que dijo, porque yo lo he visto en mi libro de misa. Creced y multiplicaos, Bueno, pues por nosotros no quedará, hijo mío, ¿no te parece? Los hombres no esperan la bendición del cura para buscarnos, ni tampoco la mujer para dejarse encontrar. ¿Tú sabes? A mí, esto que hacemos me parece más importante que todas las iglesias y las bendiciones, y no puede ser cosa mala habiéndole querido Dios. Los mismos curas buscan por detrás de la Iglesia a las mujeres y hacen lo que pueden por conseguirlas. Hacen unas cosas que ¡para qué te voy a contar!

—Eso pienso yo también —dije, sin interesarme en la cuestión.

Y ella seguía:

—Mi madre viene a planchar y a hacer costura a casa de los señores, cuando la llaman.

—¿Qué señores? —dije yo, molesto porque mi amante hablara como una esclava.

—Los de la Puebla de Híjar, y la llamaron el jueves y vino y me miraba y volvía a mirarme como si quisiera descubrir algo. Por fin, movió la cabeza con lástima y dijo: pareces otra, Sabela, porque estás cambiando y no para mejor. Eso dijo. Una criada vieja que hay en la casa y que me tiene inquina porque mi piel es fresca y la de ella arrugada, dijo, dice: «Hace dos semanas que está así, como salida». Eso dijo, y mi madre se enfadó y no dijo nada, por el momento. Luego, yo le pregunté qué quería decir «salida», y resultaba que es una mala palabra para hablar de las hembras de los animales cuando buscan el macho.

—En celo. Están en celo —advertí yo.

—Eso creía también, pero para las malas personas que no han tenido educación, la perra que está en celo la llaman perra salida. Y eso dijo la vieja, que yo estaba salida. ¿Qué te parece? Yo no soy perra ninguna, y si estoy en celo, es contigo, porque te tengo ley. ¿Sabes lo que le respondió mi madre? Por el momento nada, porque ella es tarda en la palabra, pero después de un rato le dijo, dice: «Las perras viejas como usted son más honradas, eso sí, porque ya no están salidas nunca». Eso le dijo. Porque mi madre parece una mosca muerta, pero tiene sus prontos, y cuando se trata de defender a una hija es una tigresa con doce uñas bien afiladas. Y hay que tener mucho ojo con ella. Pero no acabó todo ahí, sino que la vieja añadió: «entre sacada y salida, eso quiero decir de la Sabela, y no lo digo con mala sangre». Y mi madre respondió: «Y tú, entrometida y momificada, que tienes las manos de sarmiento y la lengua de víbora». Y además, bien cochina que es esa vieja, porque un día, y no es broma, hablando con la señora…

—¿Con qué señora?

—Con la de Puebla de Híjar —replicó Isabela, sin comprender mi incomodidad—. Pues el ama de llaves dijo a la señora, hablando de una vieja bruja nuestra vecina: Va y dice, digo: «es tan cochina, que tiene entre los dedos de las manos esas cosas negras que los demás sólo tenemos entre los dedos de los pies». Eso dijo, y la señora la miró muy extrañada, y desde entonces le hace llevar a su cuarto un cubo de agua caliente cada día, para que se lave los pies. Mi madre no la puede ver, al ama de llaves, y menos desde eso de la perra salida. Es que la vieja me tiene envidia porque ella se va de este mundo y yo vengo. Eso es todo y a mí me parece natural, ¿verdad? El que se va del mundo debe estar lleno de reconcomio.

Después de una pausa añadió, con el acento más dramático que le había oído hasta entonces:

—Debe de ser horrorosa la vejez. Yo no seré nunca vieja, ¿verdad?

Rompió a reír, sin transición. Su risa y las campanadas del bautizo parecían rimar. Reía orgiásticamente, y yo pensaba: «¡Qué extraña esa risa!». A mí el amor, como he dicho antes, me ponía taciturno y me hacía pensar cosas graves. Me daba autoridad, y profundidad y serenidad. Creía Isabelita que el hombre debía tener tres efes: feo, fuerte y formal. Yo las tenía. Cierto es que no me he creído nunca un hombre hermoso y sé que no lo he sido nunca, pero mi hermana Concha solía decir: «Mi hermano Pepe es más que hermoso. Es interesante». Tampoco lo he creído. Como si Isabelita adivinara mi pensamiento y quisiera desagraviarme —lo que tenía cierta gracia—, siguió hablando:

—Tú sólo tienes dos efes: fuerte y formal. Pero yo te pongo la otra: facineroso. Porque me has robado el corazón, y a mí me gustan los facinerosos como tú. Quiero que tengas otra efe: fiel. ¿Verdad que me eres fiel y que me serás fiel hasta que te cases?

—Yo, ¿casarme?

—Un día tendrás novia formal y te casarás. Es lo que pasa. Pero hasta entonces ¿por qué vas a molestarte en buscar otra chica que te deshaga la cama? ¿No estoy yo? Siempre que quieras, vendré a donde me llames. Y yo estoy buena ¿verdad? Era lo que decía mi padrastro cuando yo tenía doce años y me nacían los pechos: «Estás buena, Sabela». Eso decía. «Ven aquí». Y me tocaba las piernas. La mano subía por el muslo y cuando llegaba a cierta altura, yo me apartaba de él y me iba con mi madre. Entonces mi padrastro resollaba como un toro y repetía: «está buena, rediós, y mi hija de sangre no eso». Eso decía. Entonces fue cuando mi madre me llevó fuera de casa, con una hermana suya. Para librarme de la gran bestia.

Después de una pausa con campanas de bautizo, Isabel dejó caer estas palabras:

—El día menos pensado vendrá por aquí mi padrastro, digo a tu farmacia a comprar algo, porque tiene reuma.

—¿Cómo sabré yo quién es?

Fue a su bolso, volviéndome la espalda y mostrando sus nalgas preciosas, y trajo una pequeña foto donde estaban su madre y su padrastro.

—Llevo la foto por ella y no por él. ¿Lo ves? Aunque aquí parece moreno, tiene el pelo colorado y bizquea bastante, por eso puedes acabarlo de conocer. Cuando se enfada bizquea más que de costumbre, y si viene a la farmacia a comprar un líquido para el reuma, puedes saber que es él porque le falta el dedo pequeño de la mano derecha. Se lo llevó un hombre con el que peleaba, uno de sus compinches, de un «viaje» con la faca. Eso dice él. De un viaje. El otro no perdió dedo ninguno, que se fue con los diez a la sepultura, y creo que por eso enviaron a mi padre al penal de Ceuta a cumplir condena. Allí le pintaron el pecho con una tinta azul representando mujeres desnudas.

—¿Cómo lo sabes tú? ¿Cuándo lo has visto desnudo? —dije, con un asomo de celos.

—Pues en el verano, a veces se quita la camisa.

Luego añadió, después de meditar un poco:

—No tengas malas ideas, tú, que antes me daría a los perros sarnosos que a él. ¡Por estos!

Hizo una cruz, con el pulgar y el índice de la misma mano, y la besó. Yo me tranquilizaba por el momento, pero no estaba seguro de ella. Si su padrastro la perseguía con bastante obstinación, tal vez llegaría a alcanzarla, porque no creía que fuera difícil alcanzar a aquella dulce hembrita. Cuando lo pensaba, me habría gustado vengarme también anticipadamente —es decir, sin motivo—, de un modo sangriento y criminal.

Me habría gustado aniquilarlo, a él.

Pero ¿cómo? Un día, pensando en eso —mientras preparaba una receta en la farmacia—, alcé los ojos y vi un frasco lleno de pequeños gránulos en una estantería: cianuro de potasio. Ah, un buen veneno. Pero ¿qué oportunidad tendría yo de dejar caer aquello en el café o la sopa del Palmao? No quiero decir que yo estaba dispuesto a matarlo, y menos de aquella cobarde manera, sino que mi fantasía volaba y me ofrecía, complaciente, algunas soluciones. Me habría gustado que alguien lo matara por mí, desde luego. ¿Qué ganaba la humanidad con la vida de aquella bestia apocalíptica que quería picarme la nuez?

Era legítimo desear el asesinato del rival, la naturaleza es así en todas partes, y por eso Dios no deja de seguir siendo, en el alma de cada cual, el buen heraldo de la primavera. El Palmao debía morir de una muerte ominosa.

Por la noche, cuando oímos ese ruidito motor que enciende auras en los dinteles de nuestro sueño, pensamos que Él está allí vivo. Él, vivo. Digo Dios. Vivo también —ay— en nuestro rival, a quien habría que asesinar a traición.

Y en todos los momentos, incluso en los más bobos, está Él, porque la simplicidad y el prodigio gustan de ir juntos. Así, cuando al salir de la escuela los chicos preguntan por los cinco lobitos de la loba, allí está Él. Y en el alma de la víctima del criminal. Que también un día lejano salió de la escuela y se puso a mear contra una tapia, el criminal.

Sabemos que están vivos los cinco lobitos de la loba y que se han perdido ayer en las arenas rubias de las playas. Y que en ellos está Dios, también.

Nadie quiere irlos a buscar y su madre los llama, exasperada. Ululando. Porque la loba no aúlla, sino que ulula.

Las sombras de esos lobitos que tenía la loba y que se acostaban a dormir detrás de la escoba han acompañado a todos los niños como perros fieles, y con los lobos y los niños estaba Dios. Y con el mismo Palmao, que quería picarme la nuez.

Éramos como animales, de esos que propician el milagro en las aldeas donde nunca llueve. Dios también parece a veces un animal pobre, esperando que el santo del paraguas caiga hacia arriba.

Entre esos segmentos tan altos del cielo y los otros segmentos opuestos de la esfera, están graduadas todas las cosas inefables y triviales por las cuales vivimos nuestra vida y a veces un poco de la vida ajena. Y entre la una y la otra, andan las actividades criminosas fomentadas por los hombres, de bien y por las cámaras de comercio. Al padrastro de Isabelita lo necesitaban las asociaciones de padres de familia como «mal ejemplo».

También estaba el amor. Ese amor bajo los remotos espacios es, quizás, el que daba vértigo al santo del paraguas.

Este amor, del que hablamos tanto cada día cuando somos mayores, con ocas en el jardín de la casa o bramidos de ciervos lejanos y abuelas que cuecen el pan comunal, parece otro, pero es el mismo.

El amor que los hombres hemos querido feudalizar desde los orígenes hasta hoy, y que las mujeres socializan en sus barrios con la ayuda de Dios.

«Todo para mí», decimos nosotros, los hombres, a solas en nuestro cubil.

Y las mujeres dicen: «Cada una para todos, y no en los cubiles, sino en la orilla del bosque». Eso dicen. Y Dios aprueba sus palabras. Las mujeres hermosas son para ser gozadas de todos, como el amanecer. Y como las buenas brisas mostrencas. De todos, incluso del Palmao.

Y así va el mundo, marchando a sus fines entre los ladridos de los perros que miran extrañados. Y el silencio iluminado de los grandes sufridores secretos castigados por su propia indiscreción, así como nosotros. Que podríamos, sin embargo, como el santo del paraguas, caer hacia arriba en el arrebato del vértigo.

Los que robamos el fuego y corremos con él a nuestro cubil para aislarlo y gozarlo. (El fuego que quiere ser público, y gratuito o gozadero).

Los que lo hemos robado no hemos pecado tanto por el fuego como por la luz. Y sentimos a veces un cierto vértigo, pero durante el día.

Esa luz de los demás, que los poetas antiguos y los de ahora, inicuos, quieren reservarse para las ocasiones de las grandes cegueras privadas, para las grandes —se podría decir— cegazones secretas, esa luz es el peligro para todos, menos para tipos oxidados por el crimen, como el pelirrojo Palmao.

¿Está eso bien? Al menos es un hecho.

Yo entonces no pensaba así, claro. Yo, esclavo de todos los prejuicios de nuestros instintos (porque a veces el mismo instinto tiene prejuicios).

También aquella noche, después de marcharse Isabelita, con la alegoría de las campanas bautismales en su sangre adolescente, yo tardé en dormirme. Una vez más el amor, que por un lado distendía y aflojaba mis nervios, por otro encendía raras luces en mi cerebro, me desvelaba. No tenía sueño. Es decir, había ocasiones en que el amor me hacía dormir y otras en que me desvelaba. Si hacía el amor una sola vez, me sentía solamente despejado y ágil para el pensamiento y para la acción. Si lo hacía tres veces, me desvelaba. Si lo hacía cinco veces, caía después en las sábanas sintiendo un sopor reparador y podía dormir diez horas sin despertar.

Aquella tarde había quedado en la disposición del que no necesita dormir. Ella se había marchado temprano y no quiso beber, porque mi vino olía demasiado a farmacia —el éter— y luego se lo notaban en el aliento.

Ya he dicho otras veces que aquí en el campamento, como me paso lodo el día escribiendo y sin hacer ejercicio, por la noche encuentro dificultades en esto de dormir, y tengo que recurrir al sistema de las figuraciones oníricas. Esto es, a un género esencial de recordar.

Pero no vale la pena hablar más de estas cosas. Es decir, tal vez vale la pena, o al menos a mi me gusta anotar aquí una vez más —como ejemplo— lo que son esas figuraciones, porque este cuaderno que escribo ahora no es como los anteriores. Es el último, y quiero poner en él cosas que pienso en un sentido por decirlo así no positivo. Anoche, por ejemplo, yo pensaba en lo inmensamente grande y también en lo trivial de la realidad que he vivido y que estoy viviendo. Entre los dos segmentos, es decir, entre lo inmensamente grande que es por su grandeza invulnerable y lo muy pequeño —invulnerable también—, discurrimos nosotros con nuestra luz robada (Dios).

Los otros nos persiguen, como a esos pobres paranoicos a quienes lodo el mundo quiere agredir sin motivo.

Huyendo de esa persecución inicua y buscando alguna paz, hay muchos que van a las guerras y en ellas se pierden. A las guerras civiles de la palabra escrita e impresa. Y dicen que se pierden. Se pierden como me he perdido yo. No matando ni muriendo, sino sobre todo diciendo la verdad. Porque los héroes somos los que decimos la verdad. Todos los héroes decimos la verdad, incluso el Palmao (héroe a su manera).

A veces es tan simple la verdad, que la toman por una afectación de sencillez. De modestia.

Y avanzamos por la batalla de los papeles impresos y de las celebridades, sin otra resistencia que la del aire.

No tenemos jefe, es decir, tenemos uno muerto, embalsamado y puesto de pie en el rincón del ascensor que nos lleva a nuestro dormitorio eterno cada noche. Es lo que me pasa a mí. (Lo que me pasaba).

En los peores momentos, ese jefe nos recuerda que la primavera ha pasado ya y que no importa. Al menos, nos queda su nombre. Seguimos con el nombre de la primavera en el recuerdo, huyendo de los enemigos que persiguen a los paranoicos en el nombre de Dios.

A veces es triste, de veras. Pero entre la pequeñez invulnerada, yo querría ser en la vida algo un poco peculiar, es decir, como un árbol que hablara.

Casi lo soy, pero hasta ahora no he hecho más que balbucear y es ya demasiado tarde para intentar otra cosa.

Sobre todo, en tiempos de guerra (y siempre son tiempos de guerra entre los hombres). Las guerras en las que yo intervengo las perdemos todas, porque no me han dado a mí bastante libertad de iniciativa. Así, la última.

(Y en todas intervengo como oficial de Estado Mayor. Para estimular mi verbo uso las cosas accesibles, especialmente los gemelos de campaña. Los llevaba colgados del cuello y cuando llegaban los aviones enemigos todos creían que yo los miraba, pero lo que miraba con los gemelos era la Luna). Es verdad. O Sirio. O la Osa Mayor, acordándome de Valentina.

Mientras caían las bombas, yo sentía mis pulmones llenos de luz.

Y gozaba de una especie de orgullo basado en mi mala fortuna privada.

A veces me amenazaban de muerte y cuando todos esperaban que tuviera miedo, yo me preguntaba: ¿me quitan la vida o me ofrecen la inmortalidad? Cambiar mis zapatos sucios por los espacios sin vereda de lo absoluto. ¡Qué negocio espléndido! Entonces, viéndome tan contento, se desorientaban y cambiaban de parecer. «No matarlo —decían— sino desvivirlo lentamente». Y me acordaba de mis años mozos en la farmacia de Zaragoza y me parecían años de una gran felicidad inexplicada. Incluidos el Checa, pobre y glorioso, y la pioja enferma y la cocainómana de la nariz autónoma.

Así me he quedado más tarde en la ciudad de Dios, entre lo pequeño invulnerable, etc., acompañado de todos mis recuerdos.

Algunas veces los escribo y suscito pequeñas guerras privadas, procurando que no trasciendan a la vía pública. En lugar de muertos y heridos hay perplejos, estupefactos, suspensos, prisioneros perpetuos y seducidos. También hay amadores inefables en el nombre de Dios, de un dios muerto pero vigilante. Su ciudad —la ciudad de Dios— es este campo de concentración donde toda felicidad física es imposible, donde sólo son posibles los placeres del alma, y por eso los busco en el recuerdo y a ellos me adhiero escribiendo estas páginas mientras el cuerpo se hunde un poco más en la tierra —en la arena.

Pero creo que debo volver a contar los sucesos de mis días en aquella ciudad olivarera del Bajo Aragón.

La semana siguiente fui varias veces al colegio de los escolapios. Mis visitas eran muy irregulares, porque dependían de que el boticario pudiera quedarse en la farmacia, A veces venía y me decía:

—Si quiere darse una vuelta por los escolapios, yo me quedaré aquí.

Como no estaba matriculado mis visitas tenían, sólo, por decirlo así, un carácter diplomático: que los frailes (especialmente el director) me vieran. Cada vez que iba esperaba que no estaría ya el fraile faunesco porque no podrían menos de haberlo sorprendido en sus viciosos manoseos. Su especialidad era, según me dijeron, meter la mano por debajo de la pernera buscando la entrepierna. Siempre lo veía en algún pasillo saludándome con un gesto de cabeza y con su extraña sonrisa de cabra adulta.

A quien no veía nunca era al santo del paraguas. Parece que sólo salía de noche, a acompañar a algún agonizante. Y dormía de día.

Mis amigos en los escolapios eran chicos grandes de los últimos cursos. Presentaban un aspecto menos civilizado que los de Zaragoza, y se veía en algunos que sus familias eran de campesinos acomodados pero toscos y montaraces. Uno de los más conspicuos —aunque no campesino— era Tadeo, de quien he hablado ya, con su extraña apariencia. Su cara era delgada y afilada con algo de hacha, pero lo más raro no consistía en la forma sino en el contenido. En un lado del rostro tenía seis lunares negros, uno de ellos grande como una moneda de cinco céntimos. A veces, para evitar que se vieran los lunares, miraba a la gente de medio lado. Aquel chico tenía las cejas juntas sobre la nariz y un aire desorganizado y monstruosamente silvestre. No en su carácter, sino en su físico. Me habría gustado encontrarlo más tarde, a ver lo que la sociedad había podido hacer con él. No podía concebirlo. Era alto, pero desgarbado y sin la menor sombra de armonía. Siempre sus brazos o sus piernas decían cosas diferentes de las que pensaba y, como la nariz de la cocainómana de Zaragoza, eran independientes del resto del cuerpo. Había una canción, popular entonces, cuyo estribillo decía:

Tadeo, Tadeo.

no te dejes el bigote, que estás feo.

Siempre que oía esa canzoneta me acordaba de aquel Tadeo, tan brutalmente irregular, que habría seguido pareciéndolo, con bigote o sin él.

Otros amigos míos de la escuela eran Arturo, Joaquín y Leandro, y los tres parecían integrados en el tipo nacional español: delgados, morenos y con un perfil intrigante. Porque el español trata de pasar por astuto y complejo y, a fuerza de quererlo a través de las generaciones, parece que ha adquirido esa naturaleza. Porque la voluntad lo es todo.

A fuerza de desearlo, le salieron patas al cocodrilo y alas al pelícano.

Era Arturo pequeño, pero bien formado y menos ambicioso que nosotros en la escuela. Estudiaba la carrera de comercio, según decía subrayando la palabra carrera con ironía —era más bien un oficio— y añadiendo que lo que le interesaba realmente era el bebercio. La verdad es que su afición por el vino comenzaba a preocupar a su madre viuda. Tadeo el de las pecas —el que se comió el canario— era hijo del notario de la ciudad, como creo haber dicho.

Arturo, estudiante de comercio y dedicado al bebercio, tenía un odio mortal al fraile pederasta, que se llamaba José, y había escrito una cuarteta que se podía cantar con cualquier jota y que era desvergonzada, pero graciosa.

Otro de los chicos, Joaquín, era hijo del comandante del puesto de la Remonta, es decir, un oficial menor de caballería que estaba destinado con sus garañones allí para mejorar la clase de los caballos de los campesinos, quienes llevaban sus yeguas a cubrir. Tenía aquel destacamento dos sargentos, cuatro cabos y unos quince o veinte soldados, que no hacían nada y que se daban la gran vida. Este chico tenía la manía sexual, y contaba cosas raras en relación con los caballos. Por ejemplo, un día me decía que llevando los soldados de paseo a uno de los garañones, este vio una yegua enganchada en un pequeño carruaje (una especie de tílburi) y saltó sobre el carruaje y sobre la yegua, excitado y en celo. En el tílburi estaba el dueño, quien puso la yegua al galope, consiguiendo salir del radio de acción del garañón sin más averías que el sombrero de paja machacado.

—Y es que —decía Joaquín— esos caballos, cuanto más ejercicio sexual tienen, más quieren. ¿No es raro eso? Parece que debería ser al revés.

Oyéndolo, yo pensaba que con los hombres sucede algo parecido. Cuanto más tenemos, más queremos. Esa era la razón de que yo, por ejemplo, desde que tenía a Isabelita deseaba a todas las mujeres que veía, unas por gruesas, otras por delgadas, a las rubias por su piel mate y a las morenas por su piel perlada y trigueña. Cuando veía a la Guerrero (o a la guerrera, como decía el boticario haciendo un juego de palabras inocente), sólo me faltaba relinchar, y que ella me perdone si ve estas líneas algún día, pero no podía evitar mi inclinación apasionada, tantos y tan apelativos eran sus encantos, aunque ella se condujera de un modo discreto y recatado y absolutamente honesto.

El último de los que podía yo considerar mis amigos era un tal Leandro, hijo de un impresor que, teniendo alguna fortuna, al parecer pensaba enviar al hijo a Alemania y hacer de él un maestro tipógrafo con todos los requisitos del arte.

El chico tenía una rara manía de seducción. Quería seducir y fascinar a todo el mundo por sus rasgos de carácter. Así, con los honestos era puritano, con los libertinos uno de ellos, y hasta con los bellacos un gran bellacón. De sus farsas no obtenía provechos prácticos. El arte por el arte.

Casi todo el mundo caía bajo su don fascinador. Si alguno se le resistía, trataba de ponerlo en ridículo acusando algún rasgo desfavorable de su persona, cosa que no es nunca difícil.

Nada es más fácil, en realidad, que hacer reír a costa ajena. Es decir, con una víctima.

Los que más me frecuentaban eran Santiago, por su proximidad —vivía enfrente, como he dicho—, y Arturo, porque con su afición por el bebercio y su falta de dinero encontraba siempre algún pretexto para venir a verme y pedirme un poco de mi licor sintético. Cuando los estudiantes supieron que yo pedía prestados los libros del sexto curso, se peleaban por traerme los suyos, un poco extrañados de que alguien quisiera de veras leerlos. Igual que en Reus, en los escolapios nadie estudiaba, porque los chicos estaban seguros de que los profesores del instituto de Teruel aprobarían a todo el mundo, por quedar bien con el colegio. Había en eso cierto servilismo de clase. Se suponía que los alumnos de los colegios de frailes eran gente rica.

Los libros que me había prestado Eliseo me los volvió a pedir, con el pretexto de que necesitaba repasar algo para una reválida de ingreso. Yo creo que se enfadó conmigo el día de la excursión, viendo que su padre me distinguía con atenciones especiales.

Cuando se cumplió el primer mes yo le di sus doce duros a la señora Bibiana, que los recibió muy contenta, y de los tres que me quedaban gasté uno en vino e invité a mis amigos. Era un jueves de fiesta, creo que el Corpus Christi, pero ahora pienso que no, porque cae a primeros de junio y lo que digo sucedió cuando recibí el primer sueldo, que debía ser a primeros de julio. Tal vez era la fiesta del santo patrón de la ciudad, cuyo nombre he olvidado. Lo cierto es que se trataba de un jueves y que era día festivo, con la farmacia cerrada.

No podía venir Isabelita, que tenía que ir con los señores y sus hijos a Puebla de Híjar.

Y en mi cuarto se presentaron mis amigos, algunos trayéndome libros, otros apuntes de clase, en fin, tratando de ser amables con el único de sus colegas que vivía solo y sin familia. En esto de mi independencia, todos me envidiaban menos Santiago, que se consideraba un representante distinguido de la clase mercantil y cuando hablaba de su negocio decía mi firma.

Les di a todos, aquel día, vino comprado con mi dinero y no fabricado por mí —al menos al principio, luego cambié de opinión—. Olvidaba decir que acudió también Eliseo, y como ya sabía que no iba a tomar más que un pobre y pequeño vaso, puse en él dos tabletas de cocaína, de modo que a pesar de su parquedad y prudencia se emborrachara.

Los otros se marearon bebiendo, sin necesidad de que yo hiciera truco alguno. Pero lo curioso fue que nadie se mostró intemperante más que Eliseo, que era el chico que todos los padres ofrecían a sus hijos como modelo.

Elíseo nos mostró las interioridades de su pobre alma de candidato al cuerpo jurídico de la Armada:

—Yo he venido aquí —dijo, con la nariz en el aire— porque mi padre me lo ha ordenado. No creo que haya que obedecer siempre a los padres, pero el mío es buena persona y rebelarse contra él sería inútil, incongruente y en cierto modo suicida. Es como el caso de Pepe, que se ha rebelado contra su padre y aquí lo tenemos haciendo jarabes, píldoras, lectuarios para viejos achacosos de la ciudad y otras cosas sugeridoras de enfermedad y de muerte. Ese trabajo no es digno de respeto ni es tampoco necesario. Los viejos achacosos deben morirse y dejarnos su dinero y su puesto en la sociedad a los jóvenes como nosotros.

Hubo un rumor de aprobación.

Seguía hablando como un abogado, es decir, con una especie de congruencia mecánica y énfasis retórico. Como estaba borracho de cocaína era posible que dijera la verdad. Toda su verdad. La cocaína no huele. No pudo darse cuenta de que tomaba cocaína y aquel alcaloide le hacía hablar:

—Soy el niño ejemplar. Pero cuidado, no hay que equivocarse, yo tengo mis glándulas como cada cual, más insatisfechas que muchos de vosotros, y a mí san José, la Virgen y toda su parentela me parecen una_filfa, y mi padre, que es buena persona, yo sé que va a misa por el qué dirán y para darnos a sus hijos un lugar decoroso en la sociedad. Cometió el error de enamorarse demasiado pronto, es decir, antes de que tuviera un modus vivendi. Y vine yo. Yo soy el primogénito, el mayorazgo, hidalgo, el heredero, sólo que en mi honesta familia no hay que heredar. Nací demasiado pronto, y por eso no es ahora mi padre más que un modesto secretario de ayuntamiento. Tenía que darnos de comer a mí y a mi madre. Y cada año vinieron otros. Se habla de proletariado. Bien. ¿Cuántos hijos tiene Lenin? Ninguno. ¿Cuántos mi padre? Cinco. Mi padre es más proletario que la mayor parte de los revolucionarios vuestros. ¿Qué son los padres vuestros? Como el mío, son personas que gozaron de su esposa un día y nos engendraron a nosotros sin querer y con algún arrepentimiento y contrariedad. ¿Es que vamos a venerarlos por habernos traído a la vida sin querer y por casualidad?

—A mí me trajeron a sabiendas —interrumpió Santiago, siempre satisfecho de sí—. Perdona, a mí me esperaban.

Eliseo lo miró con desdén, murmuró: «No te conocían», y siguió, impertérrito:

—A mí, no. No estimo especialmente a mi padre, ni al cura de la parroquia que me bautizó, ni a los padres escolapios…

Yo tenía envidia de su elocuencia. Al oír lo de los escolapios, Leandro comenzó con una canzoneta procaz, pero no la terminó porque Eliseo dijo, con desdén:

—¿Anticlericales? ¿Es que yo he venido a una reunión de anticlericales? Bah, ni siquiera eso merecen los reverendos padres escolapios.

Yo seguía asombrado y me decía: «Si un producto químico puede causar estas alteraciones en el alma, ¿qué es el alma?». Pero mi amigo Eliseo continuaba:

—Señores, aquí estamos los más distinguidos representantes de la juventud de esta ilustre villa. Ahí está Pepe Garcés, que se podría considerar un burgués-proletario o un proletario-burgués, según desde donde se le mire. Aquí está Santiago, del noble gremio de almacenistas de muebles con sus consolas y tresillos a plazos, aquí Arturo y Joaquín y Tadeo con más lunas que Júpiter, aquí estamos todos y aquí no está nadie porque ninguno de nosotros tiene la valentía de gritar: ¡mueran los padres escolapios y vivan los padres jesuítas!

—¡Ah! —dijo Arturo, sombrío—, te veía venir. ¡Ya me extrañaba a mí! Tú eres de la cáscara amarga.

Leandro se sentaba al borde de mi cama y uno de sus pies tropezó con el orinal que estaba debajo produciendo un ruido típico e inconfundible. Se hizo el silencio y yo dije:

—Es ese objeto que tan alto papel desempeña en nuestros virtuosos hogares: el orinal.

Imitaba el estilo forense de Eliseo y añadí, con una expresión de desdén:

—Yo nunca lo uso.

Leandro en aquel momento se inclinaba, lo cogía, lo contemplaba y decía:

—Es el símbolo de la hedionda familia.

—Hay dos símbolos para la familia, según la tradición: el orinal y el rosario —dijo Arturo.

Eliseo fue más lejos:

—El orinal y el Cristo.

—Bah, el Cristo —dije yo— es un símbolo del Sol y nunca existió, realmente. Un hermoso símbolo del Sol. Y la Virgen María, de la Luna. La lumcula, se la llama en la custodia, donde la ponen para que acompañe a Dios.

Tadeo el de las pecas se alarmó:

—La verdad es —dijo— que os ponéis muy bolcheviques, y para eso os faltan las barbas.

—Yo las tendría si quisiera —dijo Santiago, que se afeitaba ya— pero en realidad ¿con qué fin nos hemos reunido aquí? Eso es lo que yo querría saber.

Joaquín, que no había hablado aún, dijo:

—Nos hemos reunido para escuchar a este —y miraba a Eliseo.

—Yo ya he dicho lo que tenía que decir —replicó Eliseo—. ¿Y tú?

Sin esperar respuesta, añadió:

—Mi padre es más culto y refinado y distinguido que los vuestros, y va los domingos a buscar microlitos a Cascarujo. Es un hombre sin vicios, que ni bebe, ni fuma, ni trasnocha. Sólo tiene una afición: fabricar chicos para la honra y gloria de Dios. Pues bien ¿quién de nosotros cree en Dios? ¿Quién se atreve a confesar la verdad?

Había un gran silencio, porque todos estábamos asombrados de la conducta de Eliseo, quien continuaba, como la cosa más natural del mundo:

—Yo algunos días creo en Dios, pero sólo en Él, y todavía si creo es porque a veces necesito una explicación del gran absurdo de mi existencia. Aquí está Pepe, con su pelo peinado hacia atrás para tener la frente más despejada, pero dudo de que eso le sirva para casarse un día con una noble y hermosa y honesta y virginal mujer, hija de un padre lo más ladrón, embustero, vicioso y tramposo posible. Esos son los que tienen el dinero. Yo necesito el virgo de la niña y el oro del padre, porque no quiero ser secretario del Ayuntamiento de Puebla de Híjar ni de Alcorcón de Abajo. Yo soy un joven de talento y no como ustedes, hijos del azar y del aburrimiento y esclavos de la necesidad Yo soy hijo de la virtud y voy a ser alguien seriamente en la vida. Entretanto, honestamente pensando, la ciudad necesita un burdel.

—Ya hay uno —explicó Joaquín—, que yo he estado.

—Bien, pero del país. ¿Qué es un prostíbulo del país? Las putas deben ser importadas de Francia, país de las luces.

Leandro, siempre con su necesidad de seducción, intervino mirando al suelo, y con voz grave y lenta fue diciendo:

—En mi modesta opinión, lo que falta es un terremoto a las tres de la madrugada que mate a toda la población, menos a esas vírgenes vestales que ahora cuidan del frío sagrado y a mí. Eso es. Iré cubriéndolas de una en una, ya que de dos en dos es imposible, y luego elevaremos nuestras preces al Eterno en acción de gracias. Todos menos Eliseo, que se reserva para la virgen millonada y que cree en el amor.

—Yo también creo.

—Y yo.

Los demás se apresuraron a decir lo mismo y Arturo, mirándose las puntas de los zapatos, añadió:

—En cierto modo yo también, pero mi idea del amor es otra. Voy a explicarlo. Cuando tengo los testículos llenos de amor necesito un lugar donde vaciarlo, y ese lugar lo busco en vano. La misericordiosa providencia me lo niega en la realidad, pero me lo concede en sueños.

Eliseo lo escuchaba pensando que, aunque no estudiaba para abogado, tenía también cierta prestancia natural de orador.

—Lo que necesita la ciudad —dijo en voz alta y sonora— es un comité de salud pública y una guillotina aquí mismo, en la plaza de la colegiata.

—Los primeros que caerían —opinó Tadeo, con un gesto criminal de berberisco— serían los canónigos, luego el alcalde.

—Si no hay otro verdugo —dijo Eliseo con calma—, aquí estoy yo dispuesto a alcorzar a mi padre por arriba, en nombre del público bienestar.

Hubo un silencio de asombro y yo traté de explicar:

—No hagan ustedes caso, porque lo que le sucede a Eliseo es que está un poco ebrio. Bastante borracho, por decirlo en términos más llanos.

Luego me puse a medirles a todos el cuello con un cordel doble y a hacer pasar sus cabezas por el lazo. Sólo pasé la cabeza de Leandro. Apuntándole con el dedo, dije:

—Este se acuesta con la sirvienta.

—No, con la sirvienta se acuesta mi padre. Pero yo me acuesto con una solterona vecina muy beata que, al llegar el trance, pega unos gritos como una corneja, para que la oigan todos los vecinos y sepan que está fornicando, porque este del fornicio es un pecado prestigioso desde los tiempos de Adán y Eva, caballeros. Ahora bien, dejando a un lado las debilidades de las beatas y volviendo a pensar en nosotros mismos, yo me pregunto cómo es posible que Eliseo esté borracho si no ha bebido más que un vaso. No acierto a comprenderlo.

Siguió un gran silencio. Yo, imitando el estilo oratorio que usaba Leandro, dije:

—Es que, señores, en el vaso de Eliseo puse lo que podríamos llamar el alcaloide de la embriaguez.

Leandro alargó el suyo mediado:

—Vierte aquí ese mismo alcaloide, si estimas mi amistad.

Tomé el vaso y desaparecí un momento, para volver después de verter en él más o menos la cantidad de cocaína que puse en el de Eliseo.

Al volver, vi que habían sacado mi orinal otra vez de debajo de la cama e iba de mano en mano. Todos miraban al fondo y decían algo. Al parecer, se trataba de comprobar si yo había mentido o no cuando dije que no lo usaba.

Acordaron que lo usaba aunque pocas veces, y expliqué:

—Antes de venir a vivir aquí, el farmacéutico no tenía empleado alguno y todo el trabajo se lo hacia él mismo. Aquí vivía la sobrina de un cura, es decir, de un canónigo —todos rieron porque subrayé con ironía la expresión sobrina— y ustedes pueden imaginar lo aficionadas que son las beatas a los orinales. ¿Qué puedo yo hacer si quedaron en la porcelana las manchas amarillo-tornasol del ácido úrico, que son más corrosivas tal vez en una virgen del señor que en una libertina?

Todos aprobaron generosamente, y el orinal volvió a su lugar.

Eliseo, sin embargo, dudaba:

—Es posible, pero supongo que Pepe lo usa también, porque esa es una necesidad común a todos los hombres y aún diría a todas las especies.

—No es verdad —gritó Arturo—. Las aves no hacen pis.

Se calló Eliseo, profundamente herido.

—Señores —dije yo—, esa es materia trivial.

Tadeo, que solía estar bastante consciente de sus múltiples lunares y estos le daban alguna clase de sentimiento, no de inferioridad sino de peculiaridad, hablaba por los codos. Trataba de burlarse de Eliseo, pero el futuro abogado de la Armada era más complejo de reacciones y estaba también mejor educado. Tadeo insistía:

—Tú te muestras aquí como un rebelde librepensador, en tu casa como un hijo modelo, en la procesión como un beato y en cada lugar disfrazado según las conveniencias.

—Sólo sobreviven en la naturaleza los mejor dotados para la adaptación —replicaba Eliseo.

Intervino Arturo:

—A Tadeo le falta algo, para ser la persona que cree que es.

—Sí —añadió Eliseo—. Se diría que le falta lo que le sobra.

El pobre Tadeo comenzaba a marearse. Yo, que seguía sorprendido por la conducta de Elíseo —y muy secretamente halagado—, dudaba aún y no sabía si su verdadera personalidad era la que mostraba con su padre o la que acababa de revelarnos a nosotros. En todo caso, el hecho de que dos tabletas de cocaína bastaran para volver su alma del revés, me hizo recelar del alma una vez más.

Pobre ánimula, blándula, vágula.

Tadeo dijo oportunamente, dirigiéndose a Eliseo:

—Tú lo has dicho antes: mueran los escolapios y vivan los jesuítas.

—Los escolapios —dijo Eliseo, con una condescendencia de hombre superior— son estúpidos y los jesuítas, concupiscentes. Si grito vivan los jesuítas es porque son blasfemos, hipócritas paganos. Eso es.

Santiago, que tenía algo de espantapájaros o de muñeco mecánico en su traje correcto pero demasiado vacío (como si dentro de él no hubiera un cuerpo, sino algunos listones y cuerdas mal distribuidos), alzó la mano y dijo:

—Yo acuso a alguien. Yo acuso a Elíseo que, sin base ni motivo justificado, quiere ser siempre el primero en todas partes. Aquí sospecha que somos anticlericales y no quiere quedarse atrás. Como suele decirse, tú querrías ser la novia en todas las bodas y el muerto en todos los entierros. Anda, confiésalo.

Era una prueba delicada que Eliseo pasó bastante bien:

—Exageras, Santiago, un poco tontamente, aunque es verdad que en todas las bodas querría ser no la novia, sino el novio y en todos los entierros no el muerto —¿quién quiere ser el muerto en ninguna parte?— pero sí el que preside, por ejemplo, el duelo. Confieso que soy un poco vanidoso.

Yo pensaba: si Santiago tomara cocaína como Eliseo, nos daría también alguna sorpresa. O haría el ridículo o se mostraría más inteligente, que era lo que le había sucedido a Eliseo.

Mientras eso llegaba me puse a hablar de la gente digestiva y de la otra, repitiendo los argumentos del pobre Checa como si fueran míos. Me escuchaban atentamente y yo pensaba, satisfecho: «Estos chicos, si tuvieran cerca un hombre como Checa, lo seguirían igual que yo». Es decir, que aquellos, como todos los adolescentes, necesitaban alguien que los despertara.

Sólo Leandro leía libros, y eso le daba un ligero aire intelectual que molestaba a Eliseo. Los dos habían tomado cocaína y parecían especialmente pugnaces entre sí. Yo, que pensaba poner también el polvo blanco en el vaso de Santiago, comencé a darme cuenta de que estaba cometiendo un crimen. Por un lado, influía traicionero y alevoso en sus reacciones morales, y tal vez alteraba en alguna forma su estado natural de salud. En fin, sospechaba que no debía hacerlo. Por otra parte, robaba al boticario la cocaína.

Con la cocaína, Leandro se mostró tan brillante que Santiago quiso burlarse de él, envidioso, pero el otro le interrumpió:

—Tú eres un hombre de negocios, y eso te sitúa por encima de nosotros. Sin embargo, permíteme que exprese mi admiración por la belleza y la originalidad de tu corbata, ¡oh, Santiago!

Ese oh, Santiago, parecía dirigirse no al mueblista de la esquina, sino al mismo Santiago Apóstol. Nuestro vecino aceptó aquellas burlonas pruebas de admiración como si fueran genuinas. Les sucede a algunos hombres como a las mujeres: todas las mujeres creen ser hermosas y todos los hombres creen ser importantes.

Leandro se puso a increpar también a los escolapios. Algunas regulaciones de su escuela eran cómicas. A los internos que dormían en el convento los obligaban a ponerse los pantalones debajo de las sábanas, es decir, sin descubrir las piernas. Con ese fin, cada estudiante debía tener toda la noche los suyos plegados debajo de la almohada. Y Leandro decía:

—¿Qué clase de reacciones puede tener un cristiano ante las piernas de otro cristiano del mismo sexo? ¿Es que las patas de algunos de vosotros pueden inspirarme a mí ideas de pecado? A mí, no, pero a los frailes parece que sí.

Al final de su diatriba habló de su propio padre, que quería enviarlo a Alemania y le repetía, grave, un día y otro:

—Irás a Alemania sin detenerte en el camino, ¿eh?

Por el camino, entendía París.

—Mi padre sabe que me acuesto con la beata de enfrente, pero la idea de que haga lo mismo en París le horroriza. En todo esto, a mí me intriga el hecho de que los padres prefieren para concubinas de sus hijos las alemanas a las francesas. Mi padre me dará el dinero en una carta de crédito para un banco de Berlín, y cuando salga de aquí llevaré sólo el billete del tren, un pollo asado y tres duros para pagar a los maleteros. Todo esto para evitar que me detenga en París. No comprendo.

Joaquín dijo que su madre y su hermana, para dificultarle las aventuras amorosas, le daban una ropa interior horrible y llevaba, por ejemplo, calzoncillos largos al estilo de los abuelos, con colorines verdes, amarillos y rojos. Los enseñó y hubo el regocijo natural.

Habían vivido hasta hacía poco en Zaragoza y el chico, al ver las violencias, restricciones y vigilancias de las que era objeto por parte de su familia, robó un día los cubiertos de plata, los vendió y con su importe se fue a una casa de niñas y pasó allí tres días y tres noches. Cuando volvió a casa, su madre le preguntó:

—¿De dónde vienes?

Y él respondió: «De jugar al billar». No hubo quien le sacara de eso. Cuando vieron que volvía sin calzoncillos (los había dejado en su alegre posada), no preguntaron más, pero seguían obligándole a llevar una ropa interior ridícula.

—Tienen celos —dijo Leandro—. De veras. Nuestras madres, nuestras hermanas y hasta nuestros padres tienen envidia cuando piensan que podemos hacer mejor uso de nuestro sexo del que hicieron ellos o del que hacen ellas. Todos se creen frustrados en materia sexual, porque todos creen tener o haber tenido menos de lo que les correspondía por derecho propio. Y la posibilidad de que nosotros lo hagamos mejor los pone frenéticos y fuera de sí.

Eliseo intervino una vez más. Por entonces, el diálogo lo sostenían los que tenían cocaína en la sangre. Y Elíseo decía:

—Yo, del amor sólo conozco los placeres del coito con los súcubos nocturnos, digo, durante el sueño, y los llamados con el eufemismo piadoso placeres solitarios.

—¿Quieres decir que eres virgen? —preguntó Tadeo el de los lunares.

Eliseo afirmó grave y dolientemente, y yo declaré paladinamente que conocía la intimidad con la hembra.

—¿Qué clase de hembra? —preguntó Leandro.

Eliseo intervino, sorprendido e irritado.

—Mira, Pepe, eres el más joven y el menos experto.

—Al menos no soy virgen como tú.

—Ah —dijo él con una falsa desesperación—. Ya sabía yo que ibais a aprovecharos de mi sinceridad y a denigrarme por no haber conocido mujer, Pues bien, yo sólo quiero conocer una en mi vida.

—Yo —dijo Joaquín en voz baja—, yo quisiera conocer cien mil. Querría que hubiera una peste o un terremoto que matara a todos los hombres menos a mí. Yo solo para todas las mujeres.

Y sus pupilas giraban en las córneas.

—Un hombre —dijo con calma Arturo— no puede hacer el amor más de trece o catorce mil veces en su vida, que yo lo sé.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Tadeo.

—Por un cálculo elemental. Haciendo el amor cada día durante cuarenta años, nos da un cómputo de catorce mil seiscientas veces. Suponiendo que por alguna razón el hombre pueda ser hábil diez años más, resultan diecisiete mil novecientas sesenta cinco.

Arturo creía que la cantidad no tenía sentido en la mujer, sino la calidad: «La forma de la forma. La carne no basta. La forma de la carne, tampoco. Lo que importa es la forma de la forma, es decir, el carácter».

—No hay tal forma de la forma —dijo Eliseo.

Yo me alcé apoyando a Arturo: «Hay la forma de la forma de la forma. Es decir, el estilo, que es la forma del carácter. ¿Eh? ¡Qué dices!». Eliseo movía la cabeza como si pensara: «Es absurdo, y con Pepe uno está perdiendo el tiempo». Pero él era virgen, ¡bah!

Arturo confesaba que no había tenido experiencias sexuales de veras importantes, pero decía que estaba seguro de poder hacer el amor durante treinta años, más de una vez cada día.

Sobre esto hubo una larga discusión, y yo pensaba ir a la farmacia y poner cocaína en el vino de los otros tres, a ver qué clase de confidencias hacían en su embriaguez, pero desistí pensando que no valía la pena.

Trato de recordar ahora si hubo aquel día algún hecho de relieve —digo, el primer día que acudieron los amigos a mi cuarto—, pero no acabo de recordarlo. El objeto central de nuestras discusiones era el orinal, a cuyo tema volvían todos después de opinar sobre el sexo, la religión y la familia. Tadeo lo cogía y volvía a contemplarlo, mientras preguntaba:

—¿Ácido úrico de una beata?

Yo añadía algún detalle, por ejemplo, que la sobrina del canónigo vivió en aquella habitación hasta que el canónigo, que había ido a Tarragona por motivos profesionales, regresó. Yo usaba el orinal de noche, pero no sé por qué me obstiné en demostrar que no.

El último que examinó el recipiente volvió a dejarlo sin embargo en su sitio, suspiró y dijo:

—La familia es un atraso.

Luego recuerdo que se marcharon mis amigos y que yo vi desde la ventana (sería casi la medianoche) al solitario santo del paraguas pasar despacito, arrastrando un poco los pies. Llevaba el paraguas abierto y tan bajo, que casi le tocaba la cabeza.

Tenía miedo de caer hacia arriba. Es verdad que pensándolo bien tiene la noche algo de borde de un abismo, de un inmenso abismo estrellado. Iba pasando el viejo cura lentamente, sin atreverse a mirar arriba, con la vista en el suelo, primero en la punta de un zapato y después del otro.

Cuando desapareció camino de su convento, yo me acosté y me dormí. ¡Cómo dormía yo, entonces!

En cambio ahora… en este cubículo de arena del campo de concentración, duermo mal. A pesar de mi fatiga no caigo en el buen sueño de otras veces, sino en una especie de letargo febril más cerca de la vigilia que del sueño. Para facilitarlo, yo imaginaba anoche cosas que se podrían llamar terriblemente neutras.

Yo, por ejemplo, asomado al campo de la muerte. Porque todas las ventanas de la vida dan a la muerte.

Pero tienen paisajes diferentes con luces distintas, como decía el otro: desde la luz ultravioleta de los cursis hasta la infrarroja de los engañados.

También se da a veces el cursi engañado, y ese, cuando muere, causa una especie de desolación, porque frivoliza la eternidad y eso influye sobre los planetas de un modo ligeramente magnético. Mientras pasa el santo del paraguas. A pesar de la presencia del santo del paraguas.

A esos sucederes yo les soy deudor de todas las voluptuosidades de mi vida, porque yo puse junto a las ventanas que dan a la muerte mi gran lecho nupcial hace ya tiempo.

Una de las mayores voluptuosidades es cuando la amada suspira y sentimos su aliento tibio y propenso en el cuello, debajo de la oreja.

De las otras voluptuosidades no es necesario hablar. Todos las conocen, y sin embargo nadie quiere creer que su vecino o su enemigo y mucho menos sus amigos sean capaces de disfrutarlas. (Cada uno cree haberlas descubierto y guardado sólo para sí).

Lo mismo que a Dios y al fuego y a la luz implícita en el fuego. Y al vértigo de las alturas.

Y después del amor tan higiénicamente sobrenatural, miramos al cielo, en el que dicen que cada cual tiene su estrella. Yo también, pero aún no tiene nombre mi estrella. Y no caeré, además, hacia ella, es decir, hacia arriba.

A veces hablamos de cosas cultas, por ejemplo, libros. Y abrimos con cuidado un ejemplar del Arcipreste, vemos dentro matas de jaramago y lagartos dormidos, y volvemos a cerrarlo despacito.

La casa mía, antigua, con todas sus ventanas sobre la muerte y un río al fondo —el Guatizalema—, estaba en la sierra de Guara. Eso es.

Una tía abuela nos contaba cuentos. Años atrás eran cuentos de príncipes y hadas, pero también ella había evolucionado.

Y contaba cosas adultas: «¿Recuerdas? Tú tenías una amante que era pariente del obispo y nadie la quería en la familia. La única que la quería era tu esposa. Era un amor desde los tronos de los ángeles cantores.

»A veces, arrepentidos, tus parientes trataban de envenenarte con los álcalis de la comida ordinaria.

»Pero la triaca estaba en el postre y sobre todo en los comentarios de la sobremesa. Y el alma ciega de tu amante se confundía con la lluvia. Y todos os asomabais otra vez a la ventana del domingo, desde la cual el Guatizalema se veía todo espumas entre las rocas del barranco».

Era un barranco muy parecido al polígono (al campo de tiro). Sólo que este era más hondo y en él los disparos eran blandos y el ruido se ahogaba en las concavidades donde duermen los buitres.

¡Cómo bajaba por aquellas torrenteras el río!

No todas las cosas que imaginaba —para atraer el sueño— eran tan dramáticas. Las había cómicas, líricas e insignificantes.

Las íntimas eran difíciles de identificar. Es igualmente difícil hallar una violeta en el bosque.

Y sin embargo, están la violeta, el miosotis, el alelí y también el llamado lirio del valle, que es el más pequeño.

Las pequeñeces invulnerables, esas son nuestro tesoro. Yo voy cargado de ellas, las inexpresadas —e inexpresables, tal vez—. Porque la gente es muy tonta y tiene miedo a escuchar.

Con esa carga invisible voy yo por el mundo, fatigado, a veces. Y ahora, por el campo de concentración. Me siento a descansar dándome cuenta, extrañado —siempre por primera vez— de la relativa importancia que tengo ante mí mismo.

Y no es raro que me adormezca del todo, con mis piernas y brazos.

Puedo dormir tranquilo, porque las pequeñeces invulnerables que no he dicho y que van conmigo me velan y me protegen. Me dan una fuerza secreta que sólo yo conozco.

No sólo la naturaleza, incluyendo las sillas, sino otras cosas más pequeñas, como las estrellas distantes, que lucen como si tal cosa.

Todas seguirán viviendo después de mi muerte, pero cambiarán terriblemente de naturaleza, porque yo influyo ahora definitivamente en ellas a través de la cadena de las cosas ínfimas no dichas aún y que tal vez no diré nunca.

Entretanto, el orden de las sabandijas menores y de las hembras en celo quedó atrás. Ahora quedan las grandes sabandijas humanas terriblemente digestivas que salieron de la mar y al lado de la mar viven, poniendo, como las tortugas, sus huevos en la arena de la playa.

Miro yo hacia arriba, entretanto, la noche estrellada, ya sin vértigo.

Cerca de mí alguien canturrea pensando en otra cosa. Yo tengo ganas de llorar y mis ojos se humedecen. Trato de distraerme hasta sentir otra vez los ojos secos. Seguramente no voy a vivir ya mucho, porque mis ojos tienen compasión de sí mismos.

Recuerdo que por la farmacia venían a veces gentes que no querían a la familia del boticario y me hablaban mal de ella. Yo al principio se lo decía a mi patrón, pero al ver un día que se ponía taciturno y melancólico, decidí callarme.

Una mañana vino una señora de apariencia afable quien, después de comprar algo, dijo al pagar:

—El padre médico, el hijo boticario y el nieto, cuando lo haya, pondrá una funeraria. Así todo quedará en casa.

En aquel momento entraban el boticario y su padre, y aquella mujer, con un acento sonriente y la voz abierta que se tiene cuando se habla con los labios distendidos, repitió sus impertinentes palabras. Se disponía a salir y yo dije:

—Señora, creo que debería usted comprar también un sedante.

Ella levantó la nariz en el aire y salió con una gran dignidad. El médico se sentaba en el diván, fatigado como siempre, y suspiraba de gozo al extender las piernas. Sonreía feliz con mi respuesta.

El farmacéutico, en cambio, estaba alarmado:

—Es peligroso emplear la ironía con los clientes, porque ahora es posible que esa señora necesite un sedante, pero es seguro que no vendrá a buscarlo a esta farmacia sino que irá a la otra.

—¡Que se vaya al infierno! —dijo el médico.

Luego añadió que los hombres llevan cientos de miles de años tratando en vano de aprender a tolerar alguna forma de superioridad en el vecino. Y suspiró otra vez.

Faltaban sólo un par de semanas para las fiestas del pueblo y el boticario quería proveerse de digestónicos, magnesias, otros neutralizadores para la dispepsia y frascos de aceite de ricino con sabores de grosella, manzana, naranja, fresa, albaricoque. Había pedido algunos centenares. Parece que en los días de las fiestas todo el mundo se indigestaba.

Entre otros festejos había tres corridas de novillos-toros con toreros de profesión, y que los tres días habría un final de fiesta para los aficionados que consistiría en soltar una vaquilla embolada.

Yo no fui a los toros, que se corrían en una plaza cuadrada de los barrios bajos de la ciudad, en donde se habían cerrado las bocacalles con carretas cruzadas y dispuesto tablados alrededor en forma de anfiteatro.

Isabelita fue con la Trini y sus amigas, y me prometió andar con ellas en grupo y siempre en el centro, es decir, con una o dos amigas a su derecha y otras a su izquierda, para preservarse de los galanes ocasionales.

Yo, que había visto buenas corridas en Zaragoza con Joselito, Belmonte y otros ases de la gran baraja, despreciaba aquellos lamentables simulacros.

Iba la gente allí, esperando que hubiera hule. Se dice así a las cogidas sangrientas, y supongo que esa alusión al hule lo es al que cubre las mesas de las salas de operaciones o al menos de los laboratorios o, en fin —en último extremo—, del depósito de cadáveres. Porque en ellas suele haber hule que se lava igual que el mármol, con un chorro de agua proyectado desde lejos sin tener que tocarlo.

Vinieron los torerillos algunos días antes, y andaban por las calles como si fueran el Cid Campeador.

Hablaban muy a lo andaluz, con las haches marcadas ostensiblemente y suprimiendo las eses al final. Eso hacía torero.

Yo los vi desde mi farmacia varias veces.

Supe lo que sucedió en las corridas por tres personas: mí patrono, que fue por obligación con el botiquín de urgencia, el hombre humorístico del reuma que venía a la farmacia a contarme cuentos, y la misma Isabel.

Cada uno tenía su estilo de contar. El boticario, hombre civilizado y de tendencias puritanas, decía:

—Somos cafres de la cafrería. A mí, eso de las capeas me encocora.

—¿Hay caballos?

—No, gracias a Dios, porque el cuerno del toro, después de haber entrado en los intestinos de un caballo, es un foco tremendo de infección lleno de bacterias del tétano, y si luego hiere a un hombre, se puede considerar infectado. Tenemos suero antitetánico, pero es caro y no va uno a malgastarlo con los toreros.

Heridos verdaderos no los hubo, pero entre los aficionados salieron seis u ocho con fracturas de hueso y conmoción visceral y otras miserias. Eso dio interés a las corridas.

Isabelita me contó que a uno de los toreros lo había desatacado el toro, es decir, le había roto la parte alta del calzón y por un momento había quedado al aire una nalga. La gente reía y la Trini no pudo evitar una exclamación:

—¡Qué bien mantenido, el condenao!

Al parecer estaba acostumbrada a ver hombres en cueros y a juzgarlos desde el punto de vista de la nutrición. Era experta.

Según decía Isabelita, se había aburrido en los toros porque no estaba conmigo.

El que más tenía que contar de las corridas era el hombre reumático, que solía venir temprano en la mañana arrastrando un poco su pata y me decía, con los ojos brillantes de risa.

—Estas corridas de pueblo a mí me resultan el bonito y divertido juego del ¡ay qué coño! La gente de los tablados atrapa insolaciones, los de la música que soplan en los piporros se hernian, los toreros salen con la ropa rasgada y el culo al aire, los chicos se indigestan con las salchichas y los hombres con la cerveza caliente; los paletos de las vaquillas salen con un hueso o dos trenzados y todos aburridos, sedientos y con la desgana del que aguardaba ver la sangre y no la ha visto. Pero al día siguiente hay otra corrida, y la gente se pelea por una entrada. A eso le llamo yo el bonito y divertido juego del ¡ay qué coño! La gente es más tonta que el que asaba la manteca y el presidente, que era el alcalde, cuando fue contratista de obras y tenía una casa casi terminada, quiso meter una viga atravesada por una ventana y no podía, y entonces hizo derribar la mitad del muro para meter la viga, porque no se le ocurrió que la viga podía entrar de punta. No tiene de aquí, pero bien presidía, especialmente cuando los toreros hicieron el paseo de salida y se pusieron debajo de la presidencia y se quitaron las monteras y saludaron. Entonces se ponía orondo y se le rompían las costuras de la chaqueta. Yo fui a ver volar a la gente, porque los toreros estaban más en el aire que en la tierra, y hubo alguno que subió empujado por los cuernos más alto que Vedrines el aviador, eso es.

Y también fui por ver a don Tancredo. ¿Cómo? ¿No has visto tú a don Tancredo? Es que eso es una antigualla que sólo se hace en las corridas de las aldeas, pero cuando yo era joven se hacía también en las ciudades. Don Tancredo se llama a un hombre que se viste de blanco y se enfarina la cara y el pelo y así, todo blanco y tieso como si fuera un fantasma o una estatua de cementerio, se está quieto encima de un taburete de madera pintado también de blanco. Allí, en el centro de la plaza. El toro piensa que aquello no es hombre sino estatua, porque el toro es muy listo y distingue entre lo vivo y lo figurado, y don Tancredo, con los brazos cruzados, aguanta el aliento sin moverse porque, si el toro cae en la cuenta de que está vivo, no le vale ya sino el viático, pero como digo, don Tancredo se está quieto y sin resollar, y yo recuerdo que tal día como hoy en la Puebla de Híjar había un don Tancredo tuerto que estornudó cuando tenía el toro a los pies y el toro le embistió, le dio un varetazo en el ojo sano y cuando los peones de brega lo salvaron y se llevaron al toro, don Tancredo, con el ojo sano nublado también, dijo a los toreros: señores, buenas noches, porque se acabó el día para siempre. Don Tancredo estuvo bien este año, mejor que el año pasado, porque me acuerdo yo muy bien de que el año pasado, cuando el toro se acercaba, le dio un espanto y salió corriendo y aquel día ya no pudo haber don Tancredo. La gente le tiraba patatas y tomates y también botellas vacías. Aquel don Tancredo era lo que se llama un mandria, que debía estar allegando olivas y creo que en invierno las allegaba, pero este pueblo es muy atrasao y no tienen dontancredos ni putas ni cosa que lo valga, y ni siquiera obispo. Sólo tiene las costumbres más rancias, como esta de los toros, que viene de antes de que hubiera memoria escrita de los hombres, eso es, cuando el hombre andaba medio a rastras y no hablaba sino con alaridos como los perros y, dicho sea sin faltar y mejorando lo presente, ya había dontancredos. ¿Que no lo crees? Mira, zagal, yo sé muy bien lo que digo, y acuérdate de esto que se me ocurre ahora: antes que viviera el hombre vivía el toro, y mando el hombre llegó a levantarse en dos manos lo primero que hizo fue buscarlo, al toro, y ordeñar la vaca y comerse a los terneros, y adoraba al toro por su fuerza y su valentía, porque como valiente lo es, el toro, que es el único animal que ataca a una locomotora en, marcha, pero el toro es animal de peso, cualquiera te pesa ochocientos kilos y algunos he visto que después de muertos han pesado mil, pues lo que yo digo es que si ataca con toda furia no puede detenerse cuando quiere, porque el peso lo empuja hacia adelante y de eso se vale el hombre. Cuanto más fuerte y más bravo el toro, mejor, porque más grande es la embestida y más difícil pararse, y así el torero le da la salida con la capa haciendo majezas y galleando, que es un primor, digo, cuando son buenos, pero aquí esto es el bonito y divertido juego del ¡ay qué coño!, ni más, ni menos. Esta ciudad es tan atrasada, que ni siquiera hay huelgas de obreros y ahí están trabajando los olivareros por un mueso de pan. Aquí no se sabe siquiera lo que es una huelga. Y mira tú que hay allegadores de aceituna en invierno, pobres como ratas, pero las huelgas son para Madrid, París y London. Aquí lo que hace falta es un hombre que los tenga bien puestos y le dé un disgusto al padre de tu boticario, que es el olivarero más rico de la comarca. En mis tiempos todavía no se estilaba eso de las huelgas, que otra canción les cantara yo a esos ricachones, la verdad. Digo, cuando era yo joven.

En aquel momento llegaba el boticario, y el viejo se tocaba la visera de la gorra y se despedía de nosotros como a regañadientes. Pero aquel hombre sabía las horas en que yo estaba solo, y volvía pocos días después. Era un hombre que reía siempre, menos cuando el reuma le obligaba a quejarse. Los días nublados y sobre todo los de lluvia, se los pasaba en un quejido, pero si el mal aflojaba, se ponía a contarle cuentos al que estaba más cerca aunque fuera un sobrino o un hijo.

—¡Parece mentira que a su edad tenga tan poco juicio!, decían sus parientes.

Aquel hombre a veces hacía citas bíblicas y recitaba versos.

A mí me parecía un producto de aquella pequeña urbe, falaz y populachera. Al reír, hacía los mismos gestos que hacen otros para llorar, y los ojos le destilaban en un caso como en el otro. Entonces yo, viéndolo reír, me conmovía porque parecía que lloraba, Y el viejo repetía:

—Los médicos están acabando con la humanidad, y el mío cuando me pregunta que si tal o que si cual, yo le digo: vamos a echar un cigarro, y le cuento el cuento del tonelero, la mujer y el fraile motilón.

Un día le pregunté por el Palmao y él —quién iba a pensarlo— me hablé casi con elogios. En todo caso, no dijo nada en contra de él.

—Yo te diría cosas sobre el Palmao que te extrañarían más de lo que tú piensas. Cosas de hombre echao palante, pero también capaz de pensar en el prójimo. La gente habla por hablar y dice sinrazones y sandeces, eso es. Se habla mal del Palmao y no digo que ese hombre no sea capaz de hacer todo lo que le atribuyen, pero tiene un corazón aquí —se tocó la frente— y un cerebro aquí…

Rectificó precipitadamente, lo que me hizo reír.

—Matar, no es que haya matado —seguía—. Un hombre se acalora y da un mal golpe y deja a un cristiano herido y de resultas de la herida, si a mano viene, entrega el alma. Pero el Palmao es muy hombre, y se habla demasiado y se le calumnia por lo que yo me sé. Y al pan, pan y al vino, vino, que si el Palmao hace bien nadie se lo aprecia, porque le tienen más miedo que a una granizada en agosto, y no digo que no pueda hacer mal. Todo el mundo puede hacer mal, mira este. Tampoco digo que sea hombre para condenarlo sin oírlo. Yo lo que te digo es que tiene el corazón en su sitio, y que si llega la ocasión lo demuestra como cualquier otro. Rudo y violento es, pero sólo en su ocasión y cuando se tercia.

—¿Qué ocasión?

—Cada cual tiene la suya y debe saber aprovecharla, eso es. La ocasión. Un hombre es un hombre, pero la ocasión lo hace o lo deshace. Yo lo que te digo es que el Palmao, cuando le llegue su ocasión, sabrá aprovecharla, como hay Dios.

Yo pensaba: ¿Cómo, matándome a mí? Si me inquietaba oyendo decir que era un monstruo, lo mismo me sucedía en aquel momento viendo que alguien lo defendía. Tenerle miedo al Palmao estaba bien, pero tenerle miedo y admirarlo al mismo tiempo era una actitud demasiado humilde y reverente que sólo merecía Dios. ¿Admirar al que nos puede matar y nos quiere matar?

No decía yo nunca nada sobre el Palmao, porque no quería que pensaran que tenía miedo.

Entretanto, la noticia de la reunión de estudiantes en mi cuarto circuló por la escuela de los escolapios y yo me decía: «¿Se enterará el boticario de que le he robado algunas tabletas de cocaína?». Para mí aquello no era robo sino substracción, y todavía substracción sin provecho alguno. No había delito.

Como en todas las poblaciones campesinas, los días de las fiestas el aire olía a pólvora quemada y los pobres animales domésticos, especialmente los perros, que tienen el oído y el olfato muy delicados y que sufren con las explosiones de los fuegos de artificio y con el olor agrio de la pólvora, andaban muy mohínos.

En la farmacia se vendieron, como el boticario esperaba, todos los digestónicos y los purgantes.

Hubo un incidente sangriento, otro incidente que a mí me pareció típico de la tierra baja, complicado al final con la silenciosa aparición del Palmao. Una mañana, el tercer día de fiesta, me trajeron, estando yo solo, a una mujer herida que sostenían dos hombres y que daba grandes y roncas voces. La mujer creía sin duda que iba a morir y yo lo creía también, a juzgar por las señales exteriores. La traían dos hombres casi en volandas y detrás venía una hermana de la víctima, muy pálida. Los hombres asustados repetían:

—Pronto, pronto. No hay que perder tiempo.

Estaba la mujer en una situación de completa histeria, mientras yo lavaba su herida en la nuca y un poco al lado derecho. Era ancha pero no profunda y no salía sangre, ya. La mujer, por fortuna, era de aspecto robusto y saludable, y debía tener unos cuarenta años. Yo recordaba que no debía recibir a los heridos porque según la ley había tremendas responsabilidades en el caso de que muriera un herido mientras era atendido en la farmacia, pero aquello no parecía una herida grave y, por otra parte, la pobre, mujer me daba pena.

Además —todo hay que decirlo—, yo quería lucirme. Dije que iba a desinfectar la herida y a cerrarla con esparadrapos, pero advertí que sólo le haría una cura de urgencia. La hermana de la mujer herida parecía recelar de mi extrema juventud, pero los hombres, que eran parientes también de la víctima, decían a todo que sí, instalaban a la mujer en una silla y me ayudaban sosteniendo cubetas y frascos y rollos de gasa.

La pobre mujer herida hablaba sin cesar entre espasmos, sollozos y apelaciones al dios del Sinaí:

—Yo, pecadora como las demás, y lo digo en este tranee de mi vida, yo te imploro el perdón, Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Yo, pecadora. En tus manos encomiendo mi espíritu, Señor, en tus purísimas manos encomiendo mi espíritu, Señor —y de pronto y sin transición añadía alzando su voz cavernosa—: Pero esa vieja ladrona que me ha querido matar, a esa dale la sarna y la sífilis y la podredumbre y siquiera caiga en un muladar y se la coman los perros.

Yo, que la vi en aquel estado, le quise poner una inyección de morfina, y con la jeringuilla preparada le dije: «Esto la calmará».

Era la primera inyección que ponía yo en mi vida, y la mitad del líquido salió fuera entre la parte superior de la aguja y el gollete de la jeringuilla, pero al parecer la mujer tenía fe en mí y se tranquilizó de veras, como le había predicho. Esto era más notable si tenemos en cuenta que, en mi confusión, le inyecté una ampolla de cacodilato, que no tenía ninguna virtud sedante.

Yo desinfectaba la herida, que tenía los bordes y el interior claros como de carne fresca y sin sangre. La herida no era ni mucho menos grave, pero era la primera que veía en mi vida —digo, de aquellas dimensiones— y estaba impresionado. Una idea humorística me rondaba. La persona que la había herido —al parecer, una mujer— quería darle la puntilla como a los toros en la plaza, pero no había encontrado el lugar exacto, que está en el centro de la nuca. Y seguía lavando la herida. Después la cubrí con gasas sin cerrarla, porque suponía que tendría que coserla un verdadero médico, y repetí que habría que darle una inyección antitetánica en el vientre. Como se puede suponer, yo estaba actuando y haciéndeme el importante ante mí mismo.

Como había que levantar las faldas de la paciente, sus acompañantes la rodearon para evitar que los curiosos la vieran desde la calle. Mientras hervía yo otra vez con alcohol la jeringuilla y la aguja y preparaba la ampolla de líquido oscuro, vi aparecer en la puerta un gigante rubio de pelo rojizo con ojos ligeramente estrábicos. Al ver tanta gente alrededor de una mujer herida, se podría suponer que tenía curiosidad por la mujer, pero no. Me miraba a mí, fijamente, con sus ojos estrábicos: el Palmao.

En una de las manos de aquel hombre faltaba el dedo meñique —el Palmao se pasó, nervioso, la mano por la cara—, y yo, con la jeringuilla llena de suero, quise clavar la aguja en el vientre de la mujer, un poco más arriba del pubis, y ella dejó de repetir una frase procaz en voz baja para chillar, como un gato a quien le pisan el rabo:

—¡Ay, qué cuchillada!

Es verdad que mi mano temblaba. Allí estaba el Palmao lo mismo que lo había descrito su hijastra, obstruyendo la luz que entraba por las puertas de cristal, con su ancha espalda y sin decir una palabra. Allí, donde había tantas cosas sensacionales que ver, el Palmao me miraba sólo a mí. El Palmao. Por si había alguna duda, una voz desde la calle lo llamó:

—¡Eh, Palmao!

Salía el gigante rubio, pero se le veía indeciso y aún en la puerta se volvió a mirarme, como dudando. El Palmao se había ido sin decir una palabra.

Yo tenía miedo de que la gente se fuera y me dejara solo hasta que llegara el farmacéutico, y el destino gratificó mi flaqueza haciendo que llegara don Alberto. Al ver tanta gente frente a la farmacia se había asustado. Casi detrás de él llegaron dos sanitarios del hospital con una camilla, y se llevaron por fin a la mujer, quien, olvidada de mi cuchillada, me daba las gracias.

Y nos quedamos solos el boticario y yo. Él me hablaba y yo miraba a la puerta, sin oírle.

Luego vino don Bruno, el médico, y al saber lo que había hecho con la mujer herida, dijo: «Es exactamente lo que habría hecho yo. Ningún médico habría podido hacerlo mejor».

Por fortuna el Palmao no volvió, al menos aquel día.

Mis amigos, aficionados a las reuniones en mi cuarto, vinieron alguna otra noche de sábado, acompañado cada uno de dos o tres estudiantes que no habían estado la vez anterior. Eran tantos que casi no cabían en el cuarto, y todos esperaban que les diera vino y cocaína. Yo me asusté. Comprendo que no se podía guardar el secreto entre tanta gente.

Hablábamos de todo, pero el sexo era el gran tema prohibido y prometedor. El sexo está ligado a la voluntad, al alma —quiero decir al repertorio de los afectos naturales—, al intelecto y también al sentido críptico de las cosas. No podía imaginar cómo, pero desde entonces comprendí que el sexo decidiría el orden y la dirección de mi vida y que tal vez decidía la vida de los demás, cuyo resumen, en definitiva y bien mirado, se podría figurar como una silenciosa y más o menos secreta pelea por la hembra.

En realidad, yo comenzaba a ver hasta dónde a mis amigos les sucedía lo mismo. Había algo chocante y a veces muy desagradable en sus voces, en sus gestos, en sus silencios. Y aquello debía ser sexo, aquello que a mí me molestaba y en cambio debía gustar a las mujeres. Yo veía que los rasgos míos que irritaban a los hombres eran los que más le gustaban a Isabelita.

Todo en mis amigos era sexo. Lo veía en sus miradas, en el perfil del ángulo que su cráneo y su cuello formaban con el hombro. Un perfil a veces infantil y a veces siniestro. De pronto un chico desconocido me pedía vino y yo me asustaba, pero acababa por dárselo. Estaban tomando mi cuarto por un lugar de perversión y de disipación.

Me acordaba del terrible Palmao que había venido a la farmacia y se había marchado sin decir una palabra. Yo no conocía su voz. Aquel gigante no sabía cómo «sonaba». Obstruía la luz en la puerta de la farmacia y no decía nada. ¿Qué voz tendría?

¿Con qué voz iba un día a insultarme? Cada vez que recordaba aquello palidecía un poco, si estaba solo. La impresión de tener muchos amigos me parecía confortadora, en todo caso.

Tadeo parecía un chico socarrado por un fuego interior, que lo con sumía sin dejarle respirar a gusto. El color tostado de su piel y los lunares que llenaban su cara parecían provenir de aquel fuego, que no le dejaba descanso. Resultaba que Tadeo había conocido a la Trini en el sentido bíblico. Y que la Trini le había hablado de Isabelita y de mí. A mí me llamaba la Trini el Chavea de la Muy. La muy es entre los gitanos la boca y eso venía, según dijo Tadeo, de que yo hablaba contra el Palmao y me atrevía a amenazarlo a distancia y sin que él pudiera oírme. Aquello, según Tadeo, era peligroso. Yo no debía hacerlo porque era muy arriesgado.

Pero la Trini no podía decir aquellas cosas sino por habérselas oído a Isabelita. Y yo me dije, con la sensación del que está perdido: «El Palmao se ha enterado de todo eso y venía el otro día a la farmacia a buscarme».

Entre aquella gente mezquina como la Trini o el Palmao se usaba mucho la jerga gitana que en parte conocía yo, también. Y solía usar conmigo mismo algunas expresiones que venían a cuento: no es miedo —me decía— lo que siento sino jindama. La jindama no es miedo al hombre ni al peligro concreto, sino al misterio, a alguna forma de misterio, como el que los gitanos toreros ven a veces en los ojos del toro las tardes que se conducen cobardemente y arrojan la muleta y corren a la barrera. Jindama.

Pero los otros me miraban a ver qué decía sobre la revelación de Tadeo. Yo no dije nada y Tadeo, un poco extrañado, se puso a hablar de la morbosa violencia de sus deseos sexuales. Si no hubiera mujeres, se dedicaría a la bestialidad y haría el amor con las vacas y las yeguas, como los indios de los Andes peruanos con sus llamas. Y si no hubiera animales, con las plantas, con los árboles en flor. Eso decía, y hablando tenía un gesto dislocado de asesino. Para mí aquellas cosas no eran chocantes, porque yo las había imaginado antes que él. Lo que no conocía era su gesto de violador insaciable, aquel gesto con el que iba, sin embargo, los domingos a comulgar a la colegiata.

Santiago, el de la tienda de muebles, en materia de amor no necesitaba de nadie y estaba —como diría Quevedo— maridado con su mano. Esto le daba una fría suficiencia falsamente distante y falsamente superior.

Volviendo a la jerga gitana, yo chanelaba las reacciones posibles del Palmao. Como no había hablado con él, no podía sino chanelar. Para los gitanos, saber es lo que se aprende o conoce por la inteligencia y chanelar, por la intuición. Yo chanelaba.

Me iba acostumbrando a la jindama, y probablemente no me lo notaban ya mis amigos. Pensaba a veces que todos ellos juntos podían formar tal vez una especie de escuadra capaz de acabar con el Palmao. Pero no sabía cómo ni cuándo ni me atrevía a proponerlo.

En cuanto a Leandro, estaba poniéndose gordo, demasiado gordo, y decía que era desde que se acostaba con la beata gritadora. Estaba convencido de que el ejercicio del amor, es decir, el coito, cambiaba el metabolismo de todo el cuerpo y yo pensaba: ¿Por qué misteriosa razón el amor aumenta las grasas cuando parece que debía ser lo contrario? A mí me habría gustado engordar, porque todavía estaba en esa edad en que un aumento de presencia física y de peso parece enriquecer la persona social. También Leandro sabía mis relaciones con Isabelita. Podía yo imaginar que sabiéndolas uno las sabían todos, porque eran un secreto demasiado sabroso para no compartirlo con alguien. Y me preguntó un día:

—¿Tienes revólver?

Lo decía pensando en el Palmao, tal vez.

Isabelita me había dicho que, a las solteronas que no tenían amor, se les secaban las manos.

También decía Isabelita que el amor ponía la piel más fragante y luminosa. Al amor le llamaba Isabelita el arte de birlibirloque, y a ese arte atribuía todas las grandezas y las miserias de la vida Yo me daba cuenta de que no sólo era Isabelita feliz con el amor, sino que se sentía orgullosa de tenerlo. Para ella, era glorioso aquello de tener un hombre Y me lo agradecía con sus senos inmaduros y díscolos, que se escapaban de mis manos como peces. Lo malo era que les hablaba a sus amigas y decía a la peligrosa Trini lo que yo pensaba del Palmao.

Sin duda aquel salvaje me tenía ya entre cejas y por eso vino a la farmacia aquel día, aunque no había vuelto y yo no podía comprender por qué.

En sus transportes de amor, Isabelita me llamaba a veces nombres de animales —osito, tigrecito, leoncito—, de plantas, de flores, y un día me dijo que era su médico porque desde que teníamos relaciones se había curado de dos o tres molestias físicas. No quise preguntarle cuáles eran, porque me las habría dicho sin recato y yo no quería saberlas. Cualquier clase de funciones fisiológicas no relacionadas con el amor son repugnantes en la mujer, por ejemplo, el hablar de las glándulas sebáceas del pecho, de la espalda dolorida en los días lunares. Y otras peores. La presencia del desnudo en nuestra imaginación con caracteres no eróticos es muy desventajosa para la hembra, porque revela la parte muerta —prematuro cadáver— y no funcional, y también supongo para el hombre por una razón parecida, aunque en nosotros la imaginación femenina prefiere lo psicológico a lo fisiológico. La única parte de mi cuerpo que, aparte del sexo, gustaba a Isabelita eran los costados, los flancos entre la cintura y la axila. Allí frotaba su hociquito febril, mugidora y ebria.

Arturo no podía concebir lo que decía Leandro sobre la bestialidad, en el caso de que se acabaran las mujeres en el mundo. «Yo —decía—, si se acabaran las mujeres creo que me castraría». Leandro, con su cocaína en la sangre, creía que el instinto de conservación le llevaría a desviar un poco su atención erótica y ponerla tal vez en los efebos o en los animales.

—Eso no es desviarse un poco —gritaba Arturo—. Eso sería hacer el cerdo.

Leandro insistía en que a nuestro sexo le daba lo mismo una cosa que otra. Cuando los testículos estaban llenos de amor había que vaciarlos en alguna parte, y eso era todo. Los poetas podían hacer versos sobre el amor, los músicos cantarlos, los filósofos escribir tratados morales, pero el hombre era esclavo del sexo y, cada vez que quería desentenderse de él, caía en lo monstruoso. Creía Leandro, como muchos españoles —y eso es herencia árabe— que el homosexual activo no era delincuente ni vergonzante, sino sólo el pasivo. En cuanto a mis relaciones con Isabelita, él sabía que nos veíamos en aquel cuarto y miraba las paredes, el techo, con respeto, y al mirar la cama le palpitaban las aletas de la nariz. Hombre de imaginación, Leandro.

Detrás de él había dos chicos sentados en el suelo que me miraban fijamente y hacían a veces exclamaciones de asombro después de hablar yo, aunque lo que había dicho careciera de importancia.

Yo volví a decir cosas tremendamente subversivas, que había oído de labios de Checa en Zaragoza. Todos me escuchaban encandilados y pensaba: «Si hubiera cuartel aquí, en la ciudad, yo intentaría la misma aventura que Checa».

Una rara experiencia infantil y mi instinto me decían que ninguno de aquellos doce o quince chicos denunciaría nuestros ágapes, y sólo dudaba de Santiago, que no era ya niño y que, por solidaridad de comerciante con mi patrono, podía hacer la peligrosa y traicionera revelación.

En cuanto yo dejaba de hablar de problemas sociales —recordando a Checa—, todos volvían al tema sexual. Leandro argumentaba en favor de los efebos con el ejemplo de Esparta y de sus héroes «amadores de jóvenes». Se hacía en aquel momento un silencio raro en la habitación y Leandro nos tranquilizaba, añadiendo justificaciones espaciosas. Luego hablaba de la bestialidad.

Arturo, por su parte, veía en el amor de la mujer misterios y peligros. Era un amor el suyo rencoroso y lleno de implícito odio pugnaz. Se veía que le tenía miedo a la mujer, como el Bronco, aunque este pensaba embridar a la suya, montarla y domesticarla a golpe de látigo.

Conté el caso del Bronco y dije que, sin dejar de odiar a las mujeres, las deseaba y buscaba y para él eran seres que había que sujetar, golpear y espolear en las ingles hasta hacerles sangre. Su lema de terror sexual era «garrotazo y abre las piernas», como debía ser más o menos hace cincuenta mil años en el bajo neolítico. Aunque parezca raro, Joaquín, que daba la impresión de un chico liberal y culto, decía que el Bronco tenía razón.

—Además —añadía— eso de los golpes, las espuelas y el látigo a la verdadera mujer le gusta. Palabra que le gusta.

Yo no podía creerlo. Pero me guardaba mis propias opiniones como siempre que los chicos venían a mi casa, porque mi madre me había dicho un día que el anfitrión no debía nunca discrepar de ninguno de sus invitados, y también porque tenía la idea de hacerles concesiones hoy para atraerlos mañana a las doctrinas ácratas o a la cruzada contra el Palmao.

Eliseo, aquella noche, daba a sus opiniones un matiz nuevo, hablando de sadismo y de masoquismo y de la milenaria costumbre de las hembras de ser cazadas en la selva como animales salvajes y sometidas por el terror del macho. Aunque él no practicaría nunca aquellos procedimientos, sin duda seguían siendo naturales para mucha gente. Y se casaría con una mujer de alta clase, y no necesitaba pensar en aquellos problemas.

El pobre no sabía que entre las mujeres de alta clase son más críticos precisamente esos problemas, porque ellas han recorrido ya todo el ciclo y no saben qué hacer, mientras que la obrera o la mujer de clase media creen todavía en la pureza, la fidelidad y el amor idílico. Seguía yo, sin embargo, sin comprender. Isabelita me había dicho que su padrastro no le pegaba nunca a su madre porque, según decía, un hombre tiene bastante con alzar la voz y decir una palabrota a tiempo (y ella la soltaba, redonda).

Entre mis amigos, cada cual contaba lo suyo, como siempre, y yo tenía que hacer esfuerzos para evitar referirles con los detalles más íntimos mis relaciones con Isabelita. Yo recordaba una canción brutal del Bronco, que solía modular entre dientes y con un tono muy nasal. Aquella, como otras cosas del Bronco relacionadas con el sexo, eran totalmente desprovistas de ingenio, y la falta de gracia la compensaba con una especie de siniestra procacidad. ¡Qué bestia el Bronco! Contaba cosas que no quiero recordar, porque el hombre tiene también sus legítimos pudores. El hombre viril, el macho, el másculo.

Como digo, hacía esfuerzos para mantener mi discreción de caballerito, y cuando estaba a punto de hablar de Isabelita y de lanzar algún reto público al Palmao —yo me sentía más fuerte entre mis amigos—, pensaba que él podría enterarse y venir por la noche, cuando yo estaba solo, a picarme la nuez. Me quedaba callado. Al buen callar llaman Sancho, y por la boca muere el pez, y nunca se arrepintió nadie de haber callado, y en boca cerrada no entran moscas. Si con las pocas palabras que le había dicho a Isabelita andaba la Trini llamándome el Chavea de la muy, ¿qué sucedería en el caso de que retara públicamente al Palmao con mis insultos o simplemente mis ironías?

El domingo siguiente yo le dije a Isabelita que el Palmao había venido a la farmacia, y ella se quedó profundamente pensativa. Durante tres o cuatro minutos estuvo sin decir nada, y yo no podía comprender su silencio. Era como si en aquella visita hubiera algo que no podía explicarse. Seguíamos hablando del Palmao, Isabelita y yo, pero ligeramente. Yo no quería mostrar mi pánico delante de la mujer amada. Pero ¿estaba yo enamorado de Isabelita? Más que enamorado. Ella era ya una necesidad, como el comer y el beber. No podía prescindir de ninguna de esas cosas. Ni de la tercera.

Si Isabelita me abandonaba y se iba con otro, yo me vería entonces en un gravísimo trance y no sabría qué hacer.

Pero a quien quería de veras era a Valentina.

Le escribí una carta, de la que hice antes varios borradores, diciéndoselo todo. Naturalmente, yo no le hablaba de Isabelita, pero hacía alusiones a cosas de las que no había hablado antes. La carta, más o menos, decía:

«Yo querría subir a la montaña a verte. Lo que para San Juan de la Cruz era la subida al Monte Carmelo, sería para mí la subida a Biescas y a Panticosa. Yo también iría a adorarte, querida Valentina mía, y me gustaría decir después, como san Juan, aquello de

su cabeza en mi pecho reclinaba

y el ventalle de cedros aire daba.

»Pero ¿reclinarías la cabeza en mi pecho? ¿Podría yo siquiera verte un momento a solas? Tus padres ya no ven en mí un niño como antes, sino un hombre con todas sus complicadas y peligrosas y necias cualidades. Creo que no habría oportunidad para que reclinaras tu cabeza en mi pecho, por ahora.

»Yo sé lo que es el amor y la inmensa felicidad que puedo darte a ti, mi dulce criatura. Yo, a ti. Sólo el amor puede decirte a ti lo que yo soy —para ti— y a mí, lo que tú eres y serás siempre. Y el amor es todo. Sólo por el amor se comprende que estemos aquí, en la Tierra, vivos y con los sentidos despiertos. Porque lo demás no tiene importancia.

»Todo es amor para mí, ahora. Tú no puedes imaginar por qué te digo esto. Algo ha sucedido en mi vida que no sucedió antes y que me ha abierto los ojos. Más y mejor que nunca, sé lo que es el amor. Naturalmente, he descubierto millones de cosas nuevas en este amor, que no conocía y esos millones de cosas nuevas que no tienen nombre, son para ti. Yo te las daré un día y no podrás imaginar nunca la inmensa riqueza que suponen, porque cuantas más te dé a ti, más cosas tendré yo para seguir dándotelas, y cuantas más recibas tú más querrás recibir de mí. Son cosas que no se acaban dándolas, sino que dejan otras detrás siempre. Y es inagotable la manera de crecer y aumentar para que yo pueda darte más a ti y tú recibir de mí. No puedes imaginar de lo que te estoy hablando, porque yo lo he descubierto hace poco y tampoco acabo de creerlo, Valentina. No podría explicarte cómo sucede.

»Desde que estoy en este pueblo me he dado cuenta de lo que es el mundo y el amor, y ahora sé que lo nuestro es lo único que cuenta en el universo. De veras. Mucho más de lo que suponíamos nosotros antes, con los diálogos de Dios y el alma Enamorada. ¿Comprendes? Además del amor del Alma Enamorada —lo pongo con mayúscula porque esa Alma eres tú—, hay goces inmensos. ¿Recuerdas que, cuando éramos pequeños, después de correr todo el día, teníamos los pies ardiendo y nos descalzábamos cada cual en su casa con los ojos cerrados, pensando tú en mí y yo en ti y diciendo nuestros nombres? ¿Recuerdas que cuando estábamos muy sedientos no queríamos beber y esperábamos una hora y otra para tener más sed, y cuando no podíamos más bebíamos cada uno en nuestra casa pensando el uno en el otro? ¿Y diciendo nuestros nombres? ¿Tú recuerdas que al comer un postre delicioso —aquellos pastelitos ion crema helada dentro— u otro igualmente bueno, cerrabas los ojos y pensabas en mí y decías mi nombre? ¿Recuerdas que tu mamá te dio un día un golpe en las manos y te dijo?: “¿Qué bobería es esa? ¿Es que Dios me ha dado una hija tonta?”. Y tú abriste los ojos y dijiste: “Sí, mamá. Una hija tonta: Pilar”. ¿Te acuerdas también de cuando cogía yo un pájaro con trampas y lo echabas a volar y gritabas cuando él volaba por el aire? ¿Te acuerdas del placer de dormir y despertar un poco y poner la rodilla en un lado fresco de la sábana y volverte a dormir? ¿Recuerdas todas esas cosas y otras como la salida del sol el día de tu cumpleaños, y las campanas del día del Sábado de Gloria, cuando Dios resucita? ¿Recuerdas los avisperos de lunas del agua del baño, que refleja soles movedizos en el techo? ¿Y la estrella de la tarde en el fondo del vaso de la grande sed? ¿Y el racimo de uvas frescas? ¿Y la canción de la luna lunera cascabelera, y las de los segadores que vuelven juntos al caer el sol? ¿Recuerdas todas esas cosas? Pues ninguna es nada al lado del placer del amor, en el que están todas y al mismo tiempo, y también en cada una está el placer de morirse y de resucitar (no creas que exagero), y los avisperos del agua del baño están en todo el cuerpo, y cada avispa nos roza la médula con sus alas y pone al mismo tiempo sabor de miel en nuestro paladar, y esos roces y sabores y delicias parece que van a durar siempre, en un mundo diferente del nuestro (porque el nuestro se pierde de vista), y no se puede hablar ni llorar ni reír ni pensar, porque está uno borracho y agónico, pero no de dolores ni penas, sino de placeres y dichas, que no querría uno volver a otro estado, sino quedarse allí siempre. Eso es. Y uno pierde el aliento y también la inteligencia (¿para qué le sirve a uno?) y es como si uno flotara en el aire y cada brisa pasara por el cuerpo desnudo y nos hiciera caricias debajo de la piel, dentro de los huesos, en la raíz de los cabellos y en el cuerpo y en el alma misma. Cómo puede ser eso de acariciarnos en la médula, yo no lo sé, pero es como una luz delicada que se transformara en millones de rayos de diferentes colores, y cada uno de ellos entrara en nuestra médula y produjera en ella millares de reacciones químicas y magnéticas, todas tan gustosas, que si aquello es la muerte, como parece, uno desearía morir. Y todo eso con mis labios en tus labios, Valentina. Te digo que es más de lo que todos los hombres juntos del mundo han podido imaginar. Te lo digo yo, que lo sé ahora, que lo he aprendido para ti ahora, aquí, y un día tú lo aprenderás también conmigo. Es el aprendizaje más dulce del mundo y todo es como un camino lleno de revelaciones, en cada una de las cuales están todas las alegrías y goces juntos que debieron tener los hombres del pasado y los dioses que los trajeron a la vida. En serio, Valentina. Un día te daré a ti todo eso y después, ¿qué? Después, podremos morirnos los dos sin lamentar nada de lo que dejamos en la tierra, que algunos llaman injustamente valle de lágrimas. A propósito de lágrimas, yo querría decirte que a veces, pensando a solas en ti quiero llorar, no porque esté triste, sino porque pienso en los placeres que voy a darte un día y se me llenan de agua los ojos y tengo que disimular y ponerme a silbar y hacer alguna cosa como caminar o leer el periódico, para tranquilizarme y que las lágrimas desaparezcan antes de que alguien me vea. Ya digo que no es por tristeza, sino por el anuncio secreto de lo mucho que puedo darte a ti y que un día te daré. Sólo yo a ti y a nadie más que a ti, porque vivo con esa esperanza y sólo para ese día, que llegará, porque todo llega en el mundo. Eso que te daré es como una suave vibración de varias electricidades: la del cielo, la del aire, la del tacto por fuera y por dentro que dejan el cuerpo y el alma en una dulcísima muerte de la que no querría salir nunca, nunca, nunca. Y de la que uno renace y revive para volver a empezar otra vez, cuando quiere, de día y de noche, que contigo yo querré siempre. ¿Verdad? Y si hay cosas que aquí y ahora no las entiendes piensa que tampoco entiendes a Dios ni a sus coros de potestades y tronos y dominaciones, y que sin embargo son ellos quienes organizan para ti y para mí todos esos placeres. Una vez más, te lo digo: todos esos grandísimos gozos que son cortos, pero anchísimos y profundísimos, son para ti. Yo quisiera estar ahí y es posible que vaya si me dices tú cuándo debo ir, es posible que vaya y que yo te muestre a ti todas esas maravillas. No se dan cuenta tus padres de que vivimos pocos años y de que tú no vas tampoco a tener muchos para gozar de tu felicidad, digo, la que yo te ofrezco. Si pudiera tu padre reflexionar un momento y darse cuenta, me invitaría a ir ahí o te traerían aquí, para que comenzaras a ser feliz conmigo cuanto antes. Porque edad, ya la tienes para el amor. Como yo, también. Pero no te traen ni me invitan a ir porque tienen miedo de que seamos felices. El amor es todo lo que la vida te puede ofrecer, y aquí estoy yo dándolo —yo—, el amor a otra persona, porque estoy lejos de ti y tus padres no quieren que estemos cerca. Mañana van a morir tus padres, y todo lo que al final de su vida se les ocurrirá decir es: “pobre hija mía, que no hemos podido ayudarla tanto como quisiéramos. Pobre hija nuestra, que no ha sido tan feliz como podría ser, y que no encontrará en la vida nada que se pueda comparar al amor de Pepe”. Eso dirán. Y estoy seguro de que eso lo piensan ya ahora. Y sin embargo, no quieren que me acerque a ti, porque tienen miedo de ver la felicidad en los otros, y sobre todo en nosotros, tan jóvenes. ¡Ah, Valentina! Lee despacio esta carta. Nosotros vamos siendo mayores y pensamos las cosas más de lo que tus padres creen. Tu familia es tu familia, pero no sabe lo que hace. Tu familia cree protegerte, pero ¿protegerte contra quién? ¿Contra mí? Yo soy el único en el mundo que puede darte alguna clase de felicidad y que te daría la sangre de mis venas si la quisieras, y la vida misma si fuera necesario para salvarte de algún peligro, aunque fuera pequeño. Tú sabes muy bien quién soy. ¿Comprendes? Pero las cosas de este mundo son tan estúpidas, que yo no puedo ir sin una invitación de tus padres. Así es todo. ¿Quién puede impedirme a mí que vaya? ¿No es uno libre de tomar el tren y de ir a donde quiera? Cuando haya terminado el bachillerato será el momento de ir a verte con mi certificado de estudios debajo del brazo, por si acaso tus padres no se fían de mis palabras, pero pienso que entonces, tú ya no estarás ahí, te habrán llevado a Bilbao y entonces, ¿cómo podré verte, si estarás encerrada en un colegio de monjas? Grandes dificultades nos esperan a ti y a mí, Valentina, y todas vienen de lo mismo: de la manía que tienen tus padres de evitar que yo te bese y te abrace. Ellos sólo piensan en evitarlo y nosotros en hacerlo. ¿Quién podrá más? Sólo el tiempo lo dirá, Valentina. Tú confía en mí y haz oídos sordos a todo lo que te digan, y así no tardarás en ver cuánto te quiere y hasta dónde es capaz de seguir queriéndote tu —Pepe».

Esta carta la envié, y para mayor seguridad, certificada y con aviso de recibo, que no tardó en llegar. Pero Valentina no me contestó, y yo vi que el recibo del correo estaba firmado por su madre. Y firmaba la madre con el nombre de Valentina. ¿No era aquello una suplantación de personalidad? ¿No estaba castigado por el código?

Yo comprendía que a mis protestas contestaría doña Julia con las palabras de su marido: «Los menores están sujetos a la patria potestad… etcétera». Y la verdad es que Valentina era muy menor, como me dijo un día Isabelita al preguntarme la edad de mi novia. Muy menor.

Envié un telegrama a mi novia y tampoco me contestó. Para compensar la violencia y el atrevimiento que representaba el telegrama, procuré que el texto fuera razonable. Así, yo preguntaba: «¿Estás bien, Valentina? Si estás bien, ¿por qué no contestas mis cartas?».

Luego supe que no recibió ninguna y que, a su vez, las que ella me escribía eran interceptadas por su familia y no llegaban al correo.

Eran crueles con nosotros.

Lo que sucedió entonces es que viéndome yo en la contradicción de mi pasión carnal con Isabelita y mi amor angélico por Valentina y sintiéndome aislado de mi novia hasta pasados los exámenes de septiembre, comencé a sospechar que todo sería inútil y que la madre de Valentina, habiendo leído mis cartas y conocido los peligros que yo representaba para su hija, haría lo posible para separarnos. Yo me preguntaba: ¿separarnos más todavía?

Aquello me hacía de veras desgraciado, y una noche me acosté con un frasco de éter destapado y aplicado a mi nariz. Tal vez aquello acabaría conmigo en menos de una hora, y tal vez habría sido así en el caso de que otra persona me hubiera obligado a seguir respirando el éter, pero con la primera caída en el placentero letargo el frasco se apartó de mi nariz y se perdió la eficacia del resto de narcótico, que se evaporó en el aire.

De otro modo —repito—, era probable que hubiera muerto.

En cuanto a los efectos de aquella droga, fueron inmediatos y a las ocho o diez inhalaciones percibí una dulce embriaguez en mis centros nerviosos. Mi cuerpo se abandonaba, insensible, mientras que mi cerebro se iluminaba con poderosas luces interiores, de modo que se podía decir que a un tiempo estaba del todo dormido y del todo despierto. Más dormido que nunca y más despierto que nunca. Pero este despertar era una boba ilusión que no abarcaba sino una parte del cerebro, tal vez del cerebelo, en el que sentía pasar ráfagas de luz como las colas fosforescentes de los cometas, todo en un silencio gravísimo y solemnísimo. Mi mente trabajaba, además, y yo me decía: «Esto me sucede por el éter». Lo que sucedía no era anecdótico ni se podía contar como una cosa que valiera la pena. No era en realidad. No oía voces, ni tenía sueños dramáticos ni visiones apocalípticas. Era sólo la sensación de sentirse flotar en un aire fresco y ligero, recorrido por ráfagas luminosas también frescas y, sobre todo, silenciosas. Había un detalle que podía dar calidad de sueño a aquellas cosas, y era la sensación de detenerse el tiempo, de no existir el tiempo. Es decir, que el éter lo suprimía. Tal vez era esa la razón por la cual los amantes ilustrados buscaban los estupefacientes. Y recordaba la nariz independiente y sonriente de la mujer que acudía a la farmacia de la calle de San Pablo, en Zaragoza. Aquella mujer que me acariciaba la cara, a veces.

Lo cierto es que, por una razón u otra, yo me aficionaba al éter, y como mi respiración olía mucho a ese fluido, el farmacéutico miraba alrededor, se palpaba las aletas de la nariz y preguntaba:

—¿Es que se ha vertido algún frasco?

Yo decía: «No, es que yo lo he destapado un momento para olerlos». Lo decía como si no me encontrara bien, y él se tranquilizaba y salía a la puerta de la calle a lucir su chaleco de fantasía, imaginando que la hermosa guerrera lo miraba desde detrás de las persianas del balcón.

Una vez hicimos el amor Isabelita y yo borrachos del licor que yo mismo fabricaba, y en él había puesto, como siempre, unas gotas de éter. Ella me explicaba que sentía la cabeza más ligera, como si no tuviera cabeza. Como si, en lugar de cabeza, tuviera una llama de una especie de fuego frío del que salían las ideas como de una linterna sale la luz.

Yo interrumpí eso del éter, porque ella se iba aficionando y a veces me lo pedía, y en aquellos casos yo mojaba el borde de un vaso con el tapón esmerilado del frasco, pero no ponía nada dentro. Cuando decidí negarle el éter, fue un día que me dijo que al pasar un automóvil, en la gasolina quemada sintió un olor «divino» y que de buena gana habría seguido el coche sólo por aquel olor. Ese olor era el del éter, que es uno de los subproductos de la gasolina.

Yo también renuncié a él, porque comenzaba a pensar que me empujaba a una especie de abismo sin fondo.

No sé si a consecuencia de mis embriagueces de éter o de amor físico, se me ocurrió que podía yo tal vez acercarme a Valentina, hacer con ella el amor hasta la saciedad (¿era posible con ella la saciedad?) y luego matarnos los dos. A sabiendas, claro, y a posta. Yo se lo diría antes a ella, y estaba seguro de que aceptaría, descuidada y feliz, por el simple hecho de hacer algo conmigo, de hacer lo mismo que yo. Ella no vacilaría nunca en ir conmigo, no importaba adónde. Aunque fuéramos a ninguna parte.

Yo llegué a pensar y a planearlo en serio, pero no podía dejar la farmacia antes de septiembre, y ¿dónde estaría ella entonces? Por si acaso, entre mis ropas puse una cajita que llamaba la urna del amor y de la muerte, en mi baúl, provista de lo necesario para que dos adolescentes de nuestra edad pudieran morir sin dolor, en los brazos el uno del otro. Como se ve, yo era un jovenzuelo peligroso.

De un modo u otro, todos son peligrosos, los adolescentes. Su peligrosidad no es discernible, pero en mi caso lo era, y no podía serlo de un modo más claro, evidente e inmediato.

Por el momento, me puse a estudiar.

A veces, venía a mi imaginación la idea de mi infancia cancelada. Ahora ya no puedo hacer ligerezas —pensaba—, porque si las hago las llamarán de otra manera, las llamarán dislates. Pero matarse con Valentina no era una travesura ni un dislate, sino algo sabio, meditado, secreto y, en cierto modo, grandioso. En el fondo de mi angustia estaba dispuesto a todo, pero no sabía cuándo se presentaría la ocasión. Entretanto, yo quería a Valentina y, sin embargo, deseaba a Isabelita, cosa inesperada y tremenda.

Aquello era irregular y había que corregirlo, y un día, sin darme cuenta, conseguí la síntesis, es decir, hice el amor con Isabelita pensando en Valentina. Todo el mundo ha hecho algo parecido alguna vez.

Cuando quise darme cuenta, había ya sucedido todo, y fue complejo, con sabores encontrados y agridulces. No todo fue idílico. Había un poso amargo en aquello.

Quedaba después la sombra de una sensación grave de pecado. En primer lugar, me parecía innoble materializar en Isabelita mis sueños de enamorado de Valentina. Después me defraudaba a mí mismo, lo que no dejaba de ser ridículo. El placer era genuino, sin duda, pero después me quedaba en un estado de perplejidad contrita. Ahora, desde mis años de madurez puedo entender aquello. Percibo, como si hubiera sucedido ayer mismo, los matices del horror vacuum que en aquellos casos de objetivación falsa de Valentina sucedía al coito. La imagen de la pobre Valentina, que estaba tan lejos de saber o de imaginar mi traición, acudía dócilmente, cuando mi fantasía la llamaba.

En ese horror vacuum yo sentía una profunda identificación con la naturaleza, de tal modo que mi horror no era mío realmente, sino de la misma naturaleza, y como la naturaleza odia, según dicen, al vacío, llenaba ese vacío, dentro de mí, con recuerdos. Y me entregaba a aquella rememoración radical que tenía raíces húmedas y profundas en los varios niveles del ser. Los ojos cerrados, acostado junto a Isabelita, yo tenía en mi memoria las imágenes más vivas del pasado. Oía el zumbido de aquella abeja —que parecía una joya de Eibar— suspendida en el aire entre ella y yo, con las patas de atrás colgando y casi desprendidas, el día que comimos la cabeza de jabalí. Y ella me decía que yo era la máscara de los dientes blancos. Y parpadeaba. Siempre parpadeaba Valentina, si yo la miraba en silencio. Aquel silencio mío la hacía parpadear.

No se trataba sólo de un recuerdo abstracto, porque para que fuera radical tenía que venir acompañado de alguna sensación física, es decir, de la ilusión completa de un aroma, de un sonido o de un contacto.

Y los tenía, como se puede suponer. Logrado el fraude contra Isabelita y contra mí mismo, lo demás era fácil. Sentía, por ejemplo, aquel aroma de humo de lentisco en su jardín (porque quemaban esa clase de ramilla para disponer el horno de modo que estuviera a punto y en condiciones de recibir el jabalí) y aquel mismo aroma lo percibía yo entonces. No era sólo eso. Otras evocaciones acudían, solas. Veía el perro Napoleón caído en tierra con las patas en el aire y su vientre rosado, por el que cruzaba de prisa una pulga viajera. Y olía el aire a perro también, que es un olor peculiar a lanolina como el de algunas cremas de shampoo. Todavía faltaba una ilusión acústica, y yo tenía en el fondo de mis oídos la del zureo de las palomas en el solanar. Un rumor voluptuoso, con el que el macho quiere convencer a la hembra de que se pose en el suelo para cubrirla. Mis rememoraciones eran muy gustosas, aunque no tanto como podrían haber sido. Estaba Isabelita, como siempre, ligera y saltarina después del amor, y me interrumpía en mi sosegado remembrar, que no era una tarea de la mente, sino de todo mi cuerpo. Un día, como ella saltaba y reía y me hacía cosquillas, le dije, irritado:

—¿No puedes estarte quieta, rediós?

No sólo se quedó quieta, sino que se puso a llorar dulce y silenciosamente. No era un llanto profundo, sino el lloriqueo de una hembra contrariada. Y hablaba entre dientes:

—Si no te gusto, pues entonces te buscas otra.

—Cállate, mujer. No te pido sino eso, que te calles.

Se lo dije la segunda vez en un tono conciliador, como si me disculpara, lo que le sugirió a ella la idea de tomar la iniciativa:

—No creas que lloro —decía— porque me has regañado. Lloro porque has dicho el nombre de otra mujer cuando estábamos en lo mejor.

—¿Qué nombre?

—Algo así como Bibiana.

Mi risa resolvió el incidente, porque la hizo reír también a ella y todo acabó así. El nombre que yo había dicho era el de Valentina y mi amante decía Bibiana.

Reíamos como idiotas repitiendo ese nombre, pero en el fondo de mi horror vacuum, aquella risa era amarga y de una doliente falsedad. El recuerdo de la viejita campesina intervenía de pronto, y yo la veía una vez más llamando en el patio de su casa a grandes voces al vecino del apodo pornográfico.

Reír por evocaciones que sólo uno percibe para su propio uso y de las que no participaba la amiga, a pesar de que compartía mi cama, sería sospechoso y ofensivo para otra que no fuera Isabelita. Pero ella, en cuanto veía una ocasión de reír reía también por mimetismo o por tonta infantilidad, con su garganta bonita y su pecho y su estómago y su vientre y su sexo, creo yo. Tal vez en otros países, donde no se desprecia a la mujer de costumbres independientes, cualquiera que sea el uso que haga de su independencia, aquella mujercita se habría abierto camino como las grandes cortesanas francesas y llegado quizás a sentarse en el trono como madame de Maintenon. ¿Por qué no? Isabelita tenía un traserito que merecía un trono tan bien como cualquier otro.

En España, una cortesana como Isabelita a lo más que podía llegar era a la aprobación clandestina y secreta —y eróticamente interesada— de algún alto jerarca de la iglesia, pero siempre bajo la incomodidad de lo que se oculta, disimula y disfraza. Pobres mujeres españolas, que ni por el pecado ni por la virtud tienen grandes probabilidades de salir adelante con sus sueños. Porque lo que es soñar, sueñan. Isabelita, aquella noche iba y venía casi desnuda por la habitación hablando:

—Ya te dije que todas nacemos malas. La única diferencia entre la mujer decente y la otra consiste sólo en que la decente quiere hacer una cosa y la otra la hace. Bien mirado, más honrada es la otra que dice aquí estoy, buena o mala o regular, pero sin careta ni disfraz alguno. ¿Para qué? Aquí estoy y con mi fama pago, y con mi cara hago frente al torbellino del bien o del mal decir de la gente. Porque a mí se me da muy poco que digan blanco o negro. Si quieren hablar y decir pestes, duro conmigo, que yo no les pediré que se callen. A mí me gustaste tú el día que te vi en el cine. Eres un poco señorito para mí, aunque seas mancebo de botica, que yo entiendo de eso, pero no me pasa lo que a la Trini, que busca gente de su cuerda. A mí me gusta subir un poco, si puedo, y hablar bien y mejorar en lo que de mí dependa. Aquel día del cine, sólo verte le dije a la Trini: a ese chavea me gustaría morderle en la barbilla, eso le dije a la Trini, y ella me dijo que le gustaría morderte en otra parte porque así es ella, la gran pescueza. Tú eres tú, y por eso te he elegido como amante.

—¿Por qué dices que me has elegido? —le pregunté soñoliento.

—Porque eres honrado y romántico.

Yo solté a reír y ella se contagió. Como siempre, se contagiaba de la risa mía. Tal vez se contagiaría también del llanto. De lo que no se contagiaba era de los estados intermedios: contemplación, perplejidad, duda, indecisión.

Lo que ella llamaba mi romanticismo debía ser la intuición de mi amor por Valentina. Porque a veces yo me quedaba mirando un punto vago del aire, como hipnotizado y absorto, y así me estaba largos minutos sin ver ni oír. Me quedaba mirando al vacío y la naturaleza, que, según dicen, lo odia —al vacío—, ponía en él alusiones idílicas, deseos reprimidos y también —todo hay que decirlo— los muslos de Valentina, que eran ligeramente luminosos en la media sombra de la falda y dejaban ver a veces aquel entredós que los unía o los separaba. Delante, en el suelo, las micas de vidrio formaban la figura de la Osa Mayor. Yo me quedaba fuera de la realidad y me perdía en largos silencios de dobles fondos. Aquello era, sin duda, lo que Isabelita llamaba mi romanticismo.

Me gustaba Isabelita. No es que la quisiera, pero le estaba agradecido. Mis sentidos le agradecían que me diera su cuerpo.

La mayor diferencia entre ella y Valentina consistía en que mi verdadera novia me quería con toda su tierna condición angélica, y si un día teníamos amor físico sería un curioso amor que gozaría muchos espasmos, no sólo en el sistema nervioso, sino en todos los complicados laberintos del ser. Eso de querer en cuerpo y alma sólo suele decirse en español, y es una sencilla manera de decir una gran verdad.

El cuerpo en mis relaciones con Valentina —el suyo o el mío— era solo una máquina de placeres, importante, pero secundario. El cuerpo era sólo una parte de nuestro sentido vital, en que el alma y todas sus potencias gozaban sus fieras nupcias también. Nada hay en el mundo que conocemos, ni tal vez en los mundos que ignoramos, comparable a la posesión física de una mujer largamente y castamente amada antes. La esperanza de tener un día a Valentina desnuda en mis brazos y el riesgo de perderla para siempre, me enloquecían de la misma manera y al mismo tiempo.

—¿Cómo es tu novia? —preguntaba a veces mi amiga.

No quería yo contestarla, y ella, dándose cuenta, me dijo un día:

—Tú no respondas más que sí o no. ¿Es morena? —yo dije que sí—. ¿Más joven que tú? —sí—. ¿Te quiere? —sí—. ¿Tú la quieres a ella? —sí—. ¿Le has dado un beso? —sí—. ¿En dónde? ¿En la boca? —sí—. ¿La has abrazado? —sí—. ¿La has tocado en lugares secretos y prohibidos? —no—. ¿Querrías tocarla? —sí—. ¿Más que tocarme a mí? —sí—. ¿Querrías morderla? —sí—. ¿Comerla viva sin hacerle daño? —sí—. Y hacerle daño, ¿querrías? —no—. Pues mira, a mí puedes hacerme todo el daño que quieras, pero en lugares que no se vean, porque si se ven, se me hacen cardenales tremendos y luego se entera mi padrastro si a mano viene, y entonces, ¿qué? Todos perdidos. Dime: ¿tu novia ha tenido otro novio? —no—. ¿La ha tocado algún otro chico en sitios prohibidos?

Yo, en lugar de contestar le di una bofetada. No le pegué fuerte, es decir, para hacerla daño, pero sí con bastante energía para darle a entender que aquella manera de aludir a mi novia era del todo intolerable.

Ella sollozó como una niña pequeña y dijo:

—¡Qué suerte tiene tu novia! Hay mujeres que han nacido de pie.

—¿Suerte? —pregunté yo—. ¿Es que tú te conformarías con un solo hombre, es decir, por ejemplo, conmigo, para toda la vida?

—Honradamente, creo que no.

—Esa es la diferencia. Ella no necesita a nadie más.

—¿Tú qué sabes? Ahora tu novia es como un ángel, que ignora todo lo que el placer de la cama tiene para las hembras. El día que lo sepa, podrá decir que sí o que no. Nunca se sabe por dónde va a salir la mujer.

Y es porque nosotras tampoco lo sabemos.

—Ella me será fiel en cuerpo y alma, sentidos y potencias. Como yo a ella.

—¿Como tú a ella? —preguntó Isabelita, irónicamente. Yo me puse colorado. Ella siguió hablando:

—No digo que ella no quiera serte fiel, no digo que no. Pero nunca será completa esa felicidad, porque en los sueños se dejará besar por otros y se acostará y hará el amor, sin querer, con otros. No existe la fidelidad que tú dices. En ninguna parte del mundo, y eso más vale que te desengañes a tiempo, Pepe. Te lo digo muy en serio.

No sé qué me pasa, pero estos días en el campo de Argeles tengo más tendencia que nunca a la divagación. No es un hecho casual ni caprichoso, creo yo (nada hay casual en mis reacciones). Es como si no pudiera yo ahora encerrarme en el marco de la narración, según lo hacía al escribir los cuadernos anteriores. Comprendo que hay algo en mí que se quiere marchar y que tal vez se va a marchar muy pronto, y siento ya —lo digo sin amargura— que los límites me estorban, especialmente los de las palabras. Porque si en la juventud podemos expandirnos con ellas y con ellas crecer, a medida que envejecemos descubrimos lo que las palabras tienen de valla y de dique.

Casi todo lo substancial mío rebasa ya las palabras, las páginas y el discurso de la razón y la voluntad.

Todo se va o se quiere ir, aunque no sea hora todavía, porque a mí me ha gustado siempre adelantarme un poco a aquellas cosas que eran inevitables y anticiparme, por decirlo así, a mi destino en lo que de mí dependía.

Olvidaba decir que en una de las reuniones con mis amigos en mi cuarto —un domingo por la mañana—, hice un tanteo a ver hasta dónde llevaban su lealtad en relación con los peligros que me amenazaban. Yo preguntaba si creían que sería bueno organizar alguna clase de defensa para prevenirse contra la acción del Palmao. Lo decía yo como si preguntara: ¿Qué haríais vosotros en mi caso?

No me ofreció uno solo su ayuda. Se dieron cuenta muy bien de lo que yo buscaba, y veía en sus ojos un comentario unánime: «Tienes miedo». Con mi silencio argüía yo también: «No es miedo, sino jindama».

Hice la petición de ayuda más evidente y clara, pero nadie respiró; entonces me arrepentí de haber hablado, porque suponía que ellos repetirían mis palabras, exagerándolas, y mi miedo se convertiría en una especie de acontecimiento público. Además, ese miedo llegaría tal vez a oídos del Palmao, quien, como las verdaderas fieras del bosque, se sentiría provocado y obligado a atacar por eso: mi miedo.

Aunque yo quisiera adelantarme a hacer algo contra el Palmao —supongamos, agredirle por sorpresa—, ahora que había hablado yo públicamente, todos sabrían quién había sido el agresor. Aunque matara al Palmao después de la medianoche y sin testigos, todos sabrían quién había sido.

Yo imaginaba al Palmao encima de mí, en tierra, poniéndome la rodilla en el pecho y clavando su navaja en mi garganta.

Para que las cosas fueran más difíciles y yo no tuviera duda de que Elíseo se daba cuenta, me dijo al salir:

—En mi casa hay una pistola del quince, antigua. No dispara más que un tiro, pero bien dirigido es bastante, ¿no crees?

Lo decía con una sonrisita de conejo.

Yo pensé una vez más que me equivocaba si creía que en aquel grupo tenía algún amigo.

Antes de dormir anoche, en mi choza de Argeles, estuve recordando que una noche, en 1927, la policía me arrestó a las cuatro de la mañana y me llevó a la cárcel. Varios oficiales de artillería que conspiraron conmigo en aquella ocasión y que fueron encarcelados en prisiones militares una vez iniciado el movimiento y declarado el estado de guerra, se vieron ante un tribunal que pedía para ellos la pena de muerte. Fueron condenados a muerte y yo (a quien sus defensores echaban la culpa de todo) vi que podía ser también condenado a muerte y ejecutado.

Es curioso observar, es decir, recordar, mis reacciones, porque no eran las que se podrían imaginar, sino muy diferentes. La primera fue de un ligero estupor. Luego de incredulidad. Me veía a mí mismo como si fuera otro, y ese otro no era mejor ni peor, sino sencillamente otro. Es fácil verse a sí mismo mejor de lo que es y alegrarse hasta la orgía, o peor y entristecerse hasta la angustia. Pero yo no era mejor ni peor. Era solamente otro, y un otro que no había podido sospechar antes, es decir, un otro que podía ir como los amigos de Checa al muro y ser fusilado y despertar en los demás mortales una impresión mixta de inhibición, de repugnancia y de admiración, todo al mismo tiempo.

Pero hay muchas formas de extrañeza, claro. La mía era nítida y sin complicaciones. Extrañeza de verme a mí mismo otro del que creí y de haber arriesgado tanto, no con la gente del pueblo, sino con unos oficiales de artillería probablemente de origen aristocrático.

Esa era toda la diferencia. Checa creía que era el pueblo y no el proletariado quien hacía la revolución y tal vez aquellos oficiales podían incorporarse al pueblo como los famosos decembristas rusos y como algunos aristócratas franceses —Saint-Just, por ejemplo—. Estaba bien, pues, haber conspirado con aquellos oficiales.

La cosa era grave y de pronto resultaba que lo que yo hacía ligeramente y sin recelo alguno, implicaba un riesgo capital. Es decir, que me había jugado la vida y podía perderla, y no tenía otra. Y que todo aquello lo hacía por el bien de mi pueblo. Que el bien de mi pueblo supusiera el riesgo de mi destrucción me hacía, no un iluminado, ni un mártir, ni una víctima, ni un héroe, sino un hombre serio. Es decir, que yo era un hombre serio capaz de ser incorporado a la historia con escándalo, como Checa y sus amigos. Era eso —y lo había sido siempre— y no me había dado cuenta hasta aquel momento.

Me sentía hundido en una gran perplejidad. Estaba siendo yo una cosa de la que no me habría creído capaz: un héroe merecedor de morir delante de la escuadra de los fusilamientos.

Siendo un hombre ordinario y sin respetos mayores para la seriedad de la existencia, iba a caer en el centro de la silenciosa vorágine de la seriedad. Yo, grave, mudo e importante pero no trágico como Francisco Ferrer, no heroico cómo tantos otros asesinados por la policía en las calles de Barcelona, sino sólo serio, atrapado por la seriedad jurídica de un tribunal especial y fusilado en las veinticuatro horas siguientes porque se había declarado el estado de guerra, yo fusilado sin que le debiera al destino expiaciones ni compensaciones por sus favores. ¿Qué favores?

Pasé dos días perplejo, como nunca en mi vida. Pero, también como nunca, satisfecho de mí. En cierto modo, era aquello más de lo que yo esperaba de la vida.

Es curioso observar cómo en la vida ordinaria y en lo mediocre y consuetudinario, todos tenemos la tendencia a envilecernos un poco, y en la protesta y la rebeldía nos superamos sin querer y nos ennoblecemos. Si en esta circunstancia de la protesta nos acercamos al riesgo de muerte, entonces la pureza de nuestras decisiones y de nuestros impulsos es casi sobrenatural. Y es hermoso el hombre frente a su destino, como Manuel Sender, el hermano de mi amigo Ramón, que tanto me ha estimulado para que escribiera estas páginas. Manuel Sender murió como uno de aquellos antiguos príncipes del estoicismo, sin que su pulso se alterara ni su expresión se descompusiera, sencilla y noblemente.

Mejor todavía que Checa, que es cuanto se puede decir. Y orgulloso de su inocencia, que le daba una gran superioridad sobre sus asesinos.

Recordaba anoche aquella oportunidad de 1927, en la que estuve cerca de una muerte mía propia y noble, y la recuerdo casi con un sentimiento de frustración en estos días en que me ronda la muerte impersonal de los campos de concentración, que tanto se parece a la de los animales de provecho en los rastros y en los corrales de lo consuetudinario. Me habría gustado morir, en 1927, mi buena muerte de hombre serio.

Decía que la muerte de Argeles es impersonal como la de los animales, pero yo sé sin embargo que mi muerte será sólo mía, peculiar y sin igual. Así debe ser y así es siempre. Una muerte sin comparación posible, y lo único que me hace —aún— sonreír bajo el frío, la lluvia y la fiebre, es que estoy seguro de que con mi muerte morirá el universo entero, es decir, la que creíamos eterna creación de un eterno dios. No lo digo en un sentido figurado, porque tan cierto es esto que para el que muere —para mí mismo, ahora—, la impresión predominante no es la de que uno se acaba, sino la de que se acaba todo lo otro. Yo no me voy, sino que se va todo lo demás a otra parte —no sé adónde—, fuera y lejos de la esfera de mi idea de ser-no ser.

Sé que voy a morir y no es porque no ame ya nada, como dice un poeta, sino al revés, porque lo amo todo de un modo impersonal e indiferenciado ya, como ama la piedra —la piedra imán, animada— al norte. Dicen algunas iglesias que, al hombre que va a morir, se le da el privilegio de entender en un instante el secreto de la entera creación.

Yo no lo entiendo aún y por eso tal vez estoy relativamente alejado del fin, o tal vez esa comprensión llega sólo en el último instante y cuando el hombre se halla en un estado de incapacidad completa para comunicar su comprensión a los demás. Porque ese secreto no debe ser entendido sino por el que se marcha para no volver.

Yo sigo recordando las siete canicas sembradas en el suelo en una forma parecida a la Osa Mayor. Las recordaré por sí mismas y por aquella rodilla rubia, aquel muslo discretamente luminoso y aquel pequeño entredós (¿se dice así?) que separaba los dos muslos de Valentina o los unía con el lenzuelo azul, verde o claro. Toda mi vida he tenido esa ilusión y esa reflexión, como las del infinito accesible dentro del amor humano. Porque el amor, como los espacios del alma, es infinito, y como tal infinito, no alcanza nunca cumplimiento ni saciedad. Se ama la belleza, se la posee y goza, se la odia y niega para buscarla en otro lugar, desearla, gozarla y odiarla otra vez de nuevo en una cadena infinita en torno a la esfera de los infinitos caminos. Esa esfera que es toda nuestra existencia, y dentro de la cual, como millares de esferas menores, se desarrollan también en sus caminos infinitos todas las vivencias menores, igual que los planetas en su sistema solar, los soles en su galaxia y las galaxias en su orbe.

Y si se prefiere el otro camino de lo infinitamente pequeño, como los electrones en sus órbitas y los átomos en las suyas viniendo del amor por el ser relativo y perdiéndose en el amor absoluto para volver aún al relativo una vez más. Todo, en esa esfera total del ser-no ser que desde aquí no podemos ver completa, ya que estamos viviendo y muriendo en uno de sus segmentos. Y si no la vemos completa, tampoco la podemos comprender por ahora, ni tal vez —por eso— amar.

Me he alejado otra vez de la narración, y me quedan cosas por contar. No siento ya por Pepe Garcés la simpatía ni el cariño que sentí al escribir los primeros cuadernos. Ya no es un niño. Ya va entrando en la corriente de la mentira interesada, el sexo, el poder, la pasión, la convicción; disfraces, en fin. Hasta para el amor, en el que la desnudez es indicada, hay disfraces posibles en la voz, el gesto e incluso el silencio. Pepe Garcés va entrando en los genuinos niveles del existir.

Lo único importante que me gustaría decir ahora es que anoche, mirando al cielo estrellado, sentí algo parecido al vértigo del santo del paraguas y, temeroso de caer hacia arriba, me acosté en la arena porque me estaba sintiendo progresivamente fluido, yo. Y me cubrí con la manta.

Tuve miedo también por un instante, miedo a esa aventura en la que estoy ya entrando. Pero volvamos a la narración, y yo prometo no separarme ya de ella.

Un día por la mañana vino a la farmacia Isabelita. Era día de trabajo y vino —cosa rara— por la puerta principal. Se cercioró rápidamente de que estaba solo, y me dijo: «Mi padrastro lo sabe todo. Vengo a decírtelo para que tengas mucho cuidado». Y se fue. No era nuevo aquello, para mí. Sospechaba que lo sabía todo hacía tiempo, el Palmao.

Lo de menos eran las palabras de Isabelita, pero lo terrible era el acento. Me habló como si su padrastro la siguiera de cerca y fuera a entrar detrás de ella.

Era como si mi amante me dijera: «Vete por la puerta de atrás ahora mismo, si quieres salvar la vida».

Me quedé alarmado, mirando desde el otro lado del mostrador que tenía un antepecho de cristal empavonado y una taquilla grande. Por ella atisbaba ansiosamente, con un molde de hacer óvulos de gelatina y otro de hacer supositorios cerca de mí. Los dos eran de plomo, muy pesados, y podía yo abarcarlos bien con la mano.

Esperé con verdadero pánico algunos minutos. No era ya jindama sino miedo, vergonzante miedo, y yo lo sabía y estaba ya seguro de que mi pánico era resultado de la falta de nobleza de mi conducta con Valentina, a quien traicionaba. Una vez perdido el respeto de sí mismo, se pierde todo. Era un villano y tenía miedo del Palmao, criando en condiciones ordinarias jamás me habría intimidado un bellacón como aquel. Ni nadie. Una de las grandezas de la honradez es el inmenso poder que nos da.

Y la valentía. Porque esta última no se puede dividir, y nadie que sea cobarde moralmente puede tener valor físico. La cobardía física y la moral van juntas.

Yo miraba a la puerta y sentí agitarse el corazón en mi pecho cuando vi una sombra que asomaba al umbral precediendo a un cuerpo humano, este era, sin embargo, el del boticario, quien al entrar se dio cuenta de que algo nuevo sucedía.

—¿Ha venido alguien? —preguntó—. ¿Ha pasado algo? ¿Por qué tiene usted el molde de los supositorios en la mano?

Yo lo dejé en una mesa y dije: «Es ese hombre a quien llaman el Palmao».

—¿Qué sucede con él? —preguntó el farmacéutico, mirando el molde—. ¿Tiene hemorroides?

—Es que ha enviado un recado amenazador —mentí.

El boticario ponía los moldes en sus lugares habituales y decía:

—Eso es cosa de la Trini. A lo mejor, el Palmao es el querido oficial de la Trini.

Era mi patrón el único que ignoraba en la ciudad que mi relación no era con Trini, sino con Isabelita. Luego añadió:

—No sé qué decirle, la verdad. ¿Por qué no avisa a la policía?

—No, no. Eso es lo último. Tener al Palmao públicamente como enemigo es una vergüenza para cualquiera.

Mi patrón atrapaba la mitad del labio superior —hasta cerca de la nariz— con el inferior, en un juego que ahora no recordaba a los camellos sino a los simios, y decía, riendo:

—¿Usted preferiría tenerlo como amigo?

—En todo caso —respondía yo, aliviado por aquella hipótesis— preferiría que ignorara que yo estoy en el mundo.

Aquel día —menos mal—, el Palmao no vino.

Yo creo que no había sido realmente infiel a Valentina, porque nuestro amor era tan superior a todas las circunstancias de la vida, que no era posible mancharlo con las salpicaduras de la sensualidad. A una persona madura, esta reflexión le parecería absurda, pero la pureza tiene actitudes y recursos que la moral no entiende.

Una vez más, las personas maduras y pervertidas en el amor se ofenderán leyendo estas líneas, pero Valentina no era madura ni pervertida y el amor nuestro era, como dije, más fuerte que todas las circunstancias de la costumbre moral. Valentina y yo nos queríamos como Dios debe querer nos a nosotros, y Dios no tiene celos de nuestros placeres, tampoco. Él nos los proporciona.

El sexo, para Valentina y para mí, podía ser fuente de gozo al servicio de nuestro amor, que había sido antes del sexo, sería después del sexo y era superior al sexo. Yo no creo que fuera capaz de concebir la relación sexual de Valentina con otro hombre, pero si un día viniera ella y me dijera: «¿No sabes, Pepe? Un hombre ha venido, me ha tocado aquí —los senos— y me ha hecho cosas que me han dado un gran placer», si me lo dijera con la inocencia con que ella decía las cosas, yo la escucharía sonriente, luego le diría las experiencias mías con Isabelita y los dos comentaríamos asombrados los recursos que tiene el cuerpo para obtener placeres y lo rara y curiosa que podía ser la naturaleza y la vida. Por encima de todo eso, nuestro amor sería firme, fatal, invariable y eterno como las leyes del orbe por las que los astros y las galaxias giran. Toda nuestra vida —y nuestra muerte— no era sino una experiencia incidental en la inmensidad natural y sobrenatural de nuestro amor.

Ahora comprendo que los demás no amaban —no aman—, sino que fornican y adscriben al fornicio una estructura afectiva, pero todo subordinado al sexo, que es quien manda. Todo falso y vicioso. Yo le daba mi sexo a Isabelita con frecuencia. A Valentina le daría mi vida entera, incluido el sexo. Esa era la actitud lógica y virtuosa, en el amor, creía yo entonces.

Éramos nosotros el amor, el verdadero amor más importante que el sexo, más importante que nada.

No podíamos tener celos el uno del otro. Sólo tienen celos los que dudan de ser amados. Yo no podía dudar del amor de Valentina ni ella del mío y, por otra parte, los celos respondían a un sistema animal de reacciones. El león mata al león rival y el gato a su competidor, el ave al ave que quiere ocupar su nido. ¿Por qué los hombres hemos de ser como ellos? Nosotros somos hijos de Dios y, tal vez, aprendices de dioses.

Valentina y yo no seríamos nunca como animales, aunque no renunciáramos al placer carnal.

Tenía impaciencia por ir a ver a Valentina, y más en aquellos días de angustia y de pánico por la sombra del Palmao. Pensaba ir a verla después de los exámenes, cuya fecha se acercaba.

Por fin llegó el día, se presentaron los profesores de Teruel y los exámenes transcurrieron sin pena ni gloria. Aprobé con la clasificación mínima todas las asignaturas del quinto y del sexto curso, y me vi por lo tanto bachiller a los quince años.

Pedí permiso al farmacéutico para ausentarme una semana, y me fui lo antes posible sin que las amenazas se hubieran materializado en lo que se refería al Palmao. Por el camino, en mi departamento de tercera clase, iba haciendo planes y pensando que había una universidad cerca de Bilbao, la de Deusto. Lo malo era que estaba regida por los jesuítas. Yo lo sabía por Elíseo, para quien habría sido un motivo de orgullo asistir a ella, a pesar de su violento, pero secreto anticlericalismo.

Mi caso era diferente, y me parecía que a pesar de mi pobreza, sólo debía caer en manos de los jesuítas en el caso de que esa situación extrema de mi pobreza y mi jesuitismo me facilitara, por alguna razón, mis planes con Valentina.

Había dejado a Isabelita llorosa. No era que me quisiera, Isabelita. Más bien le tenía sin cuidado, pero se había acostumbrado a mi cama. Eso era todo. En los últimos días, me decía que había exagerado un poco al hablar del Palmao, y que no era terrible. Esto me dejaba desorientado. Tal vez lo decía para estimularme a regresar. Suponía ella que, por miedo al Palmao, podía yo marcharme para siempre.

Mientras el tren penetraba en Bilbao, bajo un cielo nuboso, yo pensaba: Tengo dos caminos. Uno, entrar como fámulo en la universidad jesuíta y ser un día hombre a la sombra de la famosa Compañía de Jesús que todo lo puede, según dicen. Otro, irme a Barcelona al Paralelo con Isabelita, y ser su chulo. Eso que llaman un rufián. A Valentina le habría parecido indiferente cualquiera de esas dos soluciones, si no me alejaban de ella. Si yo estaba bastante cerca de ella para verla y besarla cada día. Ella y yo estábamos igualmente lejos y por encima de los valores morales, de sus padres, de los jesuítas y de los chulos del Paralelo. A mí me parecía más honesto ser chulo en el Paralelo que protegido de los jesuítas.

Las convenciones sociales eran secundarias. Quizás es difícil de entender, hasta tal extremo nuestra vida ha sido viciada por el recelo, la falta de fe en nosotros mismos y en el amor de los otros. ¿Qué podríamos recelar Valentina y yo, si en cualquier momento el uno habría dado la vida por el otro? No es una manera de hablar, es la sencilla y total verdad de nuestras vidas. Si me dijeran en aquel momento que Valentina había muerto, yo saltaría por la ventana y me mataría con la mayor tranquilidad del mundo, no por deseo de matarme sino de estar en donde estaba ella, aunque ese lugar fuera la nada. Y si en otro caso yo iba a Bilbao y le decía a Valentina que iba a suicidarme y le proponía a ella hacer lo mismo, Valentina pondría la cabeza donde la pusiera yo o entraría conmigo en el mar (cogidos de la mano) hasta que el agua nos cubriera. Y el mar nos mataría, pero ni el cielo ni el infierno ni las olas ni las corrientes submarinas soltarían nuestras manos. No habría nadie capaz de soltar nuestras manos, que seguirían enlazadas hasta la desintegración natural de la materia, entre las algas y los arrecifes de coral. Después, tal vez, de años y años.

Todo esto era tan obvio que no era necesario decirlo el uno al otro ni decírnoslo a nosotros mismos, quizá. Por lo menos, yo no había pensado en aquello hasta el instante de entrar con mi magro equipaje en la fabril Bilbao.

Es Bilbao una ciudad que vive del hierro y para el hierro. Por la noche se ven a veces relámpagos que no lo son, y que se producen por la reflexión del fuego de las sangrías de los altos hornos en las nubes bajas. Es una urbe silenciosa, grave, noble, y hay en ella como una reserva de cautela y precaución burguesa. Me gustaba Bilbao, aunque con mis objeciones naturales contra esa burguesía a la que, sin embargo, no podía menos de admirar.

La plaza, el teatro Arriaga y los puentes me parecieron dignos de Zaragoza y ese era el mejor encarecimiento, pero el río —el Nervión—, muy inferior al Ebro en caudal y en anchura. Sin embargo, el Nervión era también un río prestigioso, a su manera.

En otros tiempos yo habría ido sencillamente con mi maleta a la casa de Valentina cuya dirección tenía por mi hermana Concha, pero después de mis cartas y mis telegramas incontestados a lo largo de todo el verano, la verdad era que no debía ir. De Valentina estaba siempre seguro, pero dudaba de su madre quien, según los indicios, se había pasado al enemigo. ¡Su madre, a quien yo consideraba tan cerca de nosotros! Aquella deserción me quitaba los ánimos.

Fui a una modesta pensión de gente conocida del farmacéutico. Era una de esas pensiones típicas dirigidas por una cocinera que, habiéndose casado con un hidalgo venido a menos, tenía que ganar la vida para sí misma y para él.

Naturalmente, además del amor de Valentina, lo que a mí me daba fuerzas para desafiar las iras de don Arturo era mi título de bachiller. No lo había sacado aún, porque costaba mil pesetas, pero tenía el certificado de estudios que no costaba sino una estampilla de cincuenta céntimos, y confiaba en las reacciones de don Arturo y en su sentido de lo razonable.

La verdad es que sólo vi una vez a doña Julia y otra vez a Valentina a solas, aunque la vi de nuevo en presencia de una doncella.

Porque no salía sola, Valentina. Cave virum, que decían los humanistas.

Pero, como digo, fui a casa de Valentina y hablé con su madre. Me conduje como uno de esos charlatanes que se elogian a sí mismos y exhiben documentos. Yo no exhibía cartas personales del sultán de Turquía, pero sí mi certificado de estudios, que no dejó de impresionar a doña Julia.

En todo el tiempo que estuve hablando con ella, no pude sacarle una palabra en relación con su hija. Desde luego, no estaba en casa y podía suponer que estaba en la escuela, porque sus hijas iban al Sagrado Corazón, según me dijo así, en plural. Yo le hacía preguntas sobre Valentina y doña Julia resbalaba sobre ellas y amablemente se ponía a hablar de otra cosa.

—Pero ¿cuándo vendrá Valentina? —insistía yo.

Su madre celebraba mis triunfos de estudiante como si no me hubiera oído, y ponía tal simpatía y tanta amistad en sus elogios, que yo no podía menos de agradecérselo.

Vi a Valentina más tarde, en la sala de visitas de su escuela. Fui allí y le dije a la monja portera que llevaba un recado para ella de parte de su madre, y me expresé con un aire tan familiar y por otra parte éramos Valentina y yo tan jóvenes, que las precauciones debieron parecerle innecesarias. Mi novia vino, y al verme, se quedó congelada. Por fortuna venía sola y sin la monja, porque de otro modo esta habría descubierto en la emoción de los dos que su confianza era arriesgada. Vino sola, como digo, y se quedó en la puerta, inmóvil y pálida por la sorpresa, mientras yo me acercaba lentamente (Dios sólo sabe lo que me costaba aquella lentitud) y en lugar de ofrecerle la mano, la abracé con un ímpetu de amante adulto. De paso, la besé en el cabello y antes de separarme volví a besarla —también dulcemente— en los labios. Ella era del todo pasiva. Ni me abrazó ni me devolvió el beso, y nada de eso me extrañaba porque la sorpresa la había paralizado.

Tenía el cabello más largo y caía caudaloso sobre un hombro en grandes caracoles.

Fuimos a sentarnos en el extremo de la sala opuesto a la puerta, que estaba un poco en sombras. Había en el muro un gran crucifijo con flores frescas al pie. Yo percibía el olor de aquellas flores, que eran de otoño: rosas enanas, claveles azules y algún crisantemo.

En dos palabras le dije a Valentina mis glorias y le pedí una dirección segura para escribirle en el futuro clandestinamente. Ella no sabía lo que aquello quería decir y, cuando se lo expliqué, dijo: «Aquí, en el colegio, me puedes escribir, porque así no verá las cartas Pilar». Ella me había escrito durante el verano, pero no había podido enviarme las cartas porque cuando iba a poner el sello y echarla al correo, su madre la descubría y decía que ya lo haría ella. Valentina sabía que su madre no haría tal cosa, pero ¿quién era ella para negarle a su madre la confianza y para —así me decía ella— sacarla embustera? Después, Valentina quería ocultar las cartas que escribía, pero su madre la descubría cuando estaba escribiéndolas y se las quitaba, con el pretexto irónico de que iba a terminar de escribirlas ella.

Valentina había crecido, estaba muy hermosa y me miraba limpiamente a los ojos, no como una mujer a un hombre, sino con la atención entusiasta con que se mira el caballo blanco de una ecuyére en el circo, o una estrella nueva en el horizonte, o una ave de clase desconocida. Es decir, con una alegría interior y una curiosidad sin reservas y sin presentimiento aún del sexo.

No era una mujer sino una niña y toda ella era promesa, y yo, que quise comenzar a contarle mis aventuras de mancebo de botica y a hablarle de las delicias de la carne, me quedé en los alrededores de aquel tema, pensando que habría representado una gran impertinencia. Es seguro que ella habría querido comprenderme, pero me di cuenta de que mi propósito era un dislate y obedecía a alguna clase de locura. Pensando en aquella necesidad mía de decírselo todo a ella y la procacidad y desvergüenza que representaba mi propósito, dudé por un momento que estuviera en mi sano juicio y lo atribuí a causas exteriores como, por ejemplo, el éter que a veces aspiraba en la farmacia.

Había comenzado a decírselo, pero me contuve antes de llegar a lo más grave y, por otra parte, ella lo entendió a su manera. Yo le dije:

—No puedes imaginar, Valentina, lo que es el amor, pero yo este verano lo he descubierto. Yo, del todo.

Ella respondió:

—Yo también. Y eso debe ser por estar separados.

Me repitió entonces aquel refrán en verso:

La ausencia es aire

que apaga el juego chico

y aviva el grande.

El refrán que le había dicho su madre refiriéndose a nuestro amor y a mi ausencia, cuando fui al internado de Reus. Yo insistí de un modo estúpido:

—No puedes imaginar, Valentina, lo que es el amor, hasta que lo conozcas como yo.

No necesito advertir que cuando abracé y besé a Valentina, sentí en mi cuerpo las reacciones espontáneas que solía sentir con Isabelita, y fue gran suerte que no hubiera nadie más que Valentina delante, porque las señales exteriores debían ser visibles. Claro es que Valentina no se dio cuenta y que luego, sentados y separados, la tensión se redujo.

Llevaba yo una larga carta para Valentina, una carta con más de diez hojas escritas por los dos lados, pero en ella le hablaba de Isabelita y comprendía en aquel momento que mi confianza era descabellada y loca. No le podía dar la carta. Y la llevaba en el bolsillo y sentía a veces el rumor del papel en los movimientos ocasionales de mi cuerpo, pero no se la daría nunca.

Valentina seguía explicándose a sí misma mis entusiasmos por el descubrimiento del verdadero amor:

—Eso te sucede porque no nos vemos ni tenemos cartas el uno del otro. A mí me ha sucedido algo parecido y por eso te digo, Pepe, que estamos cortados por el mismo patrón y que somos iguales tú y yo. A mí me sucedió este verano un día en la iglesia, después de comulgar, que Dios me dijo las palabras que antes me decías tú en los diálogos del libro de misa. Dios me las decía claramente al oído. Me decía «… ven a mí y duerme en mi regazo, amor mío». Igual que tú. Con tu misma voz.

Oyendo estas palabras tuve un asomo de celos de Dios mismo, como de un rival que se aprovechaba de mi ausencia para hablarle a mi amada al oído usando mi propia voz. Pero ella no había terminado:

—Es lo que yo digo: ¿qué pueden hacer mis padres o los tuyos contra eso?

Es decir, contra Dios mismo.

Yo debía palidecer y ruborizarme alternativamente mientras que ella estaba siempre igual, dorada, tostadita aún por el sol del verano, con una gran serenidad en sus ojos brillantes y en sus pestañas batientes.

No sé el tiempo que transcurrió allí, y lo mismo pudo haber sido un minuto o todo un día (en realidad fueron veinte minutos, que era el tiempo permitido por las ordenanzas de la escuela). Sabiendo yo que la entrevista iba a ser corta, quería preparar otra y preguntaba cuándo, cómo y dónde nos veríamos. Ella no lo sabía, aturdida como estaba con tantos acontecimientos, y yo le dejé mi dirección (la de la pensión donde vivía) para que me avisara. Estaría allí esperando su carta o su llamada, porque la pensión tenía teléfono. Valentina sonreía, pensando que los amantes que habían usado palomas mensajeras para comunicarse encontrarían otros medios más o menos regulares y legales.

—¿Tienes una carta para mí? —me preguntaba.

—Sí, digo no…

Me arrepentí de aquellas diez hojas que llevaba en el bolsillo, y que pensaba romper y arrojar al río cuando saliera.

Ella tenía en su casa una habitación para ella sola, y cuando sus padres durmieran, se levantaría a escribirme. Iba a la escuela a las ocho de la mañana y se quedaba allí hasta las cinco de la tarde porque era «medio pensionista», es decir, que tomaba allí el almuerzo. Mientras hablaba, yo la veía tan sólidamente establecida en su nueva vida y tan poderosa en su pureza, que no podía menos, a través de aquella solidez y del recuerdo de la carta en mi bolsillo, no podía menos, digo, de sentirme indigno de ella. Valentina pertenecía a un mundo diferente, donde era imposible hablar del Paralelo de Barcelona y menos aún del barrio chino.

Aquella superioridad me hería y era como un presagio de algo funesto, pero ella me hablaba:

—Sólo salgo a la calle dos veces, una por la mañana a las ocho y otra por la tarde a las cinco, y voy acompañada de la doncella que es una señora de edad. Como vivimos cerca, vamos a pie.

—¿Y si voy yo a tu casa?

—No, Pepe. Es mejor que no vengas.

—¿Por qué?

—Todos están pensando en ti, ahora que saben que has venido. Todos.

Y era evidente que lo que pensaban no me favorecería mucho. A pesar de mi título de bachiller.

Me propuse esperarla el día siguiente en la calle a las horas indicadas, llevando conmigo una carta. Ella traería otra, las cambiaríamos y volveríamos de un modo u otro a nuestra relación de los buenos tiempos.

Me contó su vida en el colegio. Todas las chicas de la escuela eran amigas suyas, así, en general, pero si se detenía a pensar un poco entre ellas, había amigas, semiamigas y el resto, que eran indiferentes. Y añadió, sin ponerse colorada aunque con un poco de temblor en su voz, que ninguna de su edad tenía novio, aunque algunas tenían primos.

—Sólo primos —repitió— y… bueno, lo que una amiga mía llama amistades idílicas. ¿Qué tontería, verdad? Amistades idílicas.

Seguía contándome su vida y después de decir que había también monjas buenas, malas e indiferentes, me habló de Pilar, que estaba dos años más adelantada y que tenía novio casi formal. Sus padres no lo veían mal. Era un ingeniero que según Valentina fabricaba barcos y locomotoras. No lo veían mal, en su casa, al novio de Pilar.

Pensaba yo cuán lejos de fabricar barcos y locomotoras estaba yo, pobre mancebo de botica que cocía azufre en la puerta trasera de mi vivienda e infestaba el barrio con el olor más indecente del mundo.

La oía sin decir nada y a veces sin poner atención a lo que decía, atento al gozoso hablar y reír y parpadear y mirar al techo, hasta que se presentó una monja.

Vengaste tú, mi infantina,

que la hora ya está cumplida.

Valentina se levantó y nos presentó, llamándonos formalmente por nuestros nombres. A ella, sor Adoración y a mí, don José Garcés. Ese don, que era la primera vez que me lo aplicaban, se debía a la proeza que había hecho en mis estudios.

Valentina demostraba muy bien que sabía los derechos que a mí me daban el conocimiento de las letras humanas, como decían en el siglo XVII. Al oír la monja aquel don, me miró por encima de sus gafas, absorta. Después miró a Valentina y adiviné en su manera de callar que se arrepentía de habernos dejado solos.

En la calle mi vergüenza se hizo mayor, saqué la carta y la fui rompiendo en pequeños pedazos. Recuerdo aproximadamente lo que decía aquella carta. La había escrito embriagado con los encantos de Isabelita y pensando que se lo debía contar a Valentina todo. Así lo que había hecho dejaría de ser indecente.

Pero rompí la carta y arrojé los pedacitos al río. Había unos patos en aquel lugar acostumbrados a que les arrojaran migas de pan, y corrieron a coger con el pico los papelitos, para dejarlos al ver que no eran lo que esperaban.

Me fui a la pensión, y aquella noche hice esa experiencia torpe que consiste en llamar por teléfono a una casa y, al ver que no respondía la persona a quien buscaba, colgaba despacio el teléfono sin hablar. Pilar, o la doncella, o quien fuera —una voz femenina, desde luego—, la segunda vez que llamé dijo, con acento destemplado:

—No vuelva a llamar porque es una gran insolencia, y si nos molesta demasiado llamaremos a la policía.

La pobre Valentina oyó aquellas palabras llena de impaciencia y de angustia, según me dijo después en su carta. Quería acudir al teléfono y no la dejaban.

Pasé la noche escribiendo una carta muy diferente de la que había roto. Una carta idílica repitiendo que había descubierto el amor (no podía menos de proclamar aquella gloriosa circunstancia), y que reservaba para ella inmensos placeres del cuerpo y del alma. De los primeros no decía nada más, pero de los del alma sí, y hacía mil curiosas observaciones y distinciones de las que ahora no me acuerdo. En todo caso yo sentía, en aquellos días, que a través del descubrimiento del amor mi mundo se engrandecía.

Yo me sentía con aquello del amor como un meteoro, como la luz o el viento o la luz y el viento juntos. No había fronteras ni límites para mí. Todo estaba permitido. Pero yo, poderoso y liberado por el amor de Isabelita, tenía que detenerme delante de Valentina, porque las circunstancias del mundo carecían de sentido frente a ella. No valían nada a su lado ni en relación con ella. Yo lo había visto cuando estuve con ella en el salón de visitas de la escuela. Yo. Nada significaban las grandezas ni las miserias, el bien ni el mal, a su lado.

El día siguiente a las siete y media estaba con mi carta junto a la puerta de la escuela. Aunque amanecía a las seis, el típico cielo de Bilbao, bajo y nebuloso, mantenía la urbe casi en sombras, se veían en las esquinas las luces de la noche todavía encendidas y, en las ventanas bajas de las casas, los cristales con reflejo dorado de las lámparas. Al fondo, entre dos hileras de casas, el sol era un globo, pálido como de vidrio esmerilado, con sus radiaciones borradas o absorbidas por la niebla. Aquella turbiedad en pleno día daba a las calles y al paisaje una intimidad de «interiores» y me impresionaba dulcemente. Aquella mañana, mientras llegaba o no Valentina, pensaba que podría trabajar quizás en una farmacia de Bilbao, y aunque allí no había universidad ni podría por lo tanto hacerme un futuro, al menos podría ver a Valentina con frecuencia, y tal vez organizar con cautela y tiempo alguna entrevista, y en ellas ser los dos felices como lo era con Isabelita, y después de haber sido felices muchas veces, antes de aceptar la separación o la imposibilidad de casarnos, podríamos saltar juntos al mar desde los roquedos próximos. Como se ve, lo más frívolo y fácil en todos mis planes era la muerte. Lo difícil era vivir. Así suele ser en la vida de los enamorados.

En estas meditaciones estaba cuando vi llegar a mi novia con la doncella.

—Buenos días, Valentina.

—Hola, Pepe. Ya pensaba que no habías podido venir —dijo ella, muy nerviosa.

Nos cambiamos las cartas sin que la doncella nos viera. Era la doncella una mujer de aspecto culto, y no como las de la aldea. Al principio pensé que no era la doncella sino la madre de Valentina, lo que me alarmó bastante.

Mi novia nos presentó usando otra vez el don con orgullo, y la doncella se quedó un momento confusa, sin saber qué pensar. Yo las acompañé hasta la puerta, y Valentina y yo caminábamos tan despacio que la doncella comenzó a impacientarse.

Dijo Valentina: «Mamá me vigila tanto que para escribir esta carta tuve que estar casi toda la noche despierta. No se acostó hasta la una de la mañana, y antes de que ella se acueste es inútil, porque entra en mi cuarto y mira los papeles y se lleva la tinta y las plumas. Yo tenía un lápiz y se me acabó la mina, y no podía sacarle punta y la saqué con los dientes, que parece ahora el lápiz comido por los ratones. Y así te escribí, y sea lo que Dios quiera».

—Te esperaré aquí a las cinco —dije.

Y nos despedimos haciendo con los labios el gesto del beso en el aire. Yo creo que la doncella se dio cuenta, porque yo vi en su cara la expresión de una persona ofendida.

Luego, desaparecieron las dos dentro del gran edificio.

Más o menos, la carta de Valentina decía así:

«Ya sabía yo que saldrías bien de los exámenes, y ahora mamá, y sobre todo Pilar, no hacen más que rabiar y morderse las uñas y decir que si tal y que si cual, aunque delante de mí se callan. Yo les digo que tú eres diferente y superior a ellas y a papá.

»Cuanto más lejos estoy de ti —repetía—, más grande es mi amor, y por eso comprendo lo que me decías tú de haberlo descubierto y de los placeres que te da. Yo también, cuando estoy separada tanto tiempo, tengo placeres como tú, y cuando me acuesto muy cansada o cuando aguanto la sed dos o tres horas y a veces más para beber con mayor gusto, pues entonces pienso en ti y es como si fuera de día en mitad de la noche.

»Yo te quiero como antes, que más es imposible, Pepe, mi cielo…».

Seguían las expresiones habituales de entusiasmo, de verdadera pasión, y añadía: «Mamá quiere que seamos ricos y refinados, y andar sólo con marqueses y millonarios y lacayos, y es lo que yo digo: ¿qué valen los marqueses al lado de un hombre como tú, que tiene el apellido de los reyes de Navarra y Aragón? A mí ellas me hacen reír con esas tonterías, y si tú estuvieras cerca nos escaparíamos al campo y al mar y haríamos correrías, que yo sé cómo podríamos hacerlas. Por ejemplo, cuando la doncella me deja en el zaguán del colegio, yo haría como que entraba y no entraría, y cuando ella saliera, yo saldría de puntillas detrás de ella y tú me esperarías en la esquina y nos iríamos a donde quisiéramos, pero tendría que ser un día que estuviera enferma mi hermana Pilar, porque si no, ella (que va a la escuela una hora más tarde que yo y va sola) vería que yo no había ido y entonces todo el mundo andaría buscándome, como te pasó a ti en nuestro pueblo aquella noche. ¿Te acuerdas? Todo el mundo buscándote y sin hallarte. ¿Te acuerdas? ¡Qué bueno! Así nos pasaría a nosotros».

Aquella tarde esperé en vano a Valentina a la salida del colegio. La doncella había revelado en su casa nuestro encuentro y por la tarde fue a buscar a mi novia a las cuatro, para evitar que yo la encontrara a las cinco. Pero al día siguiente Valentina ingresó como alumna interna en el colegio, de modo que no saldría ya en todo el invierno sino algún día de fiesta acompañada de sus padres. Nuestro gozo en un pozo. Ahora comprendo que los padres de Valentina debían tener la justa intuición de los peligros que mi amor representaba.

En fin, yo recibí una carta de Pilar fría y razonable: «Te escribo por encargo de mamá. Comprende que a tu edad y a la edad de Valentina todo lo que hacéis es ridículo, y por eso ella ha entrado como alumna interna en el colegio y no la verás ni podrás hacerle llegar cartas ni recibirlas de ella, de modo que lo mejor que puedes hacer es marcharte cuanto antes y seguir tu carrera, si la tienes, o tu oficio, y no pensar más en estas cosas. De niños estaba bien, pero ahora eso es del todo objecionable y sin sentido. Te digo todo esto para evitarte mayores contrariedades porque, si insistes, papá está dispuesto a todo».

Había dos expresiones en aquella carta que me sacaban de juicio. Una era: «… seguir tu carrera, si la tienes, o tu oficio». La otra, al final: «Papá está dispuesto a todo». El desprecio implícito en la primera y la amenaza en la segunda me producían una indignación sólo comparable al pánico que me causaba la amenaza del Palmao.

Escribí una carta a doña Julia que debía haber roto y arrojado al río, pero que por desgracia eché al correo. Era una carta casi insultante, refiriéndome a la amenaza de Pilar («Papá está dispuesto a todo») yo hacía el siguiente comentario: «¿A todo? Las únicas proezas de don Arturo son las de la mesa, y supongo que con eso su hija quiere decir que está dispuesto a comerse un jabalí entero». Luego dije algunas tonterías, como la de que yo sería más importante que don Arturo en la vida por mis acciones, y si no, al tiempo. Al final había una postdata que decía: «Con todo esto, ustedes hacen desgraciada a Valentina, que está encarcelada en su colegio y privada de las alegrías naturales de su edad. Ustedes responderán, y no sólo ante Dios, sino también ante mí algún día». Nada menos.

Cuando eché la carta al correo, me arrepentí. «¡Cómo se reirá Pilar de mí!», pensaba.

Regresé a mi farmacia amarillo de rencor. A medida que me alejaba de Valentina, iba volviendo en cuerpo y alma a la atmósfera ignominiosa de mi vida de mancebo de botica.

El farmacéutico me había prestado sesenta pesetas, con las que hice el viaje, y por ese préstamo quedaba ligado a él y no sería fácil liberarme, ya que sólo podía descontar quince pesetas cada mes —el resto de mi salario lo necesitaba para comer— y por lo tanto, en el mejor caso pasaría cuatro meses hasta ponerme al corriente. Estaba inmovilizado por la pobreza y me sentía víctima del cruel destino. Esa reflexión me halagaba y me permitía considerarme acreedor de Dios y víctima de su injusticia.

Me había propuesto no ver más a Isabelita. En un momento en que tantas cosas infaustas me rodeaban, la peor de todas era mi remordimiento por ser amante de aquella criatura cuyo ideal era dedicarse en Barcelona a la prostitución.

Por si acaso y pensando en el futuro, escribí otra carta a doña Julia diciéndole que me perdonara la anterior. Las dos quedaron sin respuesta.

En verdad, el objeto de la segunda carta era sólo demostrarles que ya no estaba en Bilbao y que por lo que se refería a mi presencia, podían estar tranquilos y no molestar a Valentina. Después de echar la carta al correo, quedé un poco más tranquilo por lo que a doña Julia se refería, pero con el mismo horrible sentimiento de culpabilidad.

Para no sucumbir a la tentación de Isabelita, los dos primeros domingos pasé la tarde fuera del pueblo. Isabelita debió llamar a la puerta en vano. Y si el primer domingo mi renuncia file fácil y sin violencia, gozando yo de mi fidelidad a Valentina, el segundo me costó grandes angustias y el tercero sucumbí como se puede suponer. Cuando uno se abandona al vicio y decide no ser honrado, se exagera a sí mismo la propia bellaquería, y yo me decía: «Bien, seré el chulo de Isabelita en Barcelona». Y pensaba que chulo viene del sánscrito y quiere decir gordo. De ahí el chulé y el chulí de los gitanos.

Aquella tarde del tercer domingo, el otoño comenzaba a tender sus luces amarillas por el paisaje. El campo cambiaba de color a fines de septiembre, y la perspectiva de pasar todo el invierno allí me parecía deprimente. Pensaba a veces en la muerte con voluptuosidad.

Nunca olvidaré lo que me sucedió la noche del tercer domingo cuando, después de tres semanas de estricta fidelidad al recuerdo de Valentina, sucumbí gloriosa y miserablemente (las dos cosas eran verdad) a los encantos de Isabelita.

Mi situación no podía ser entonces más lamentable. Y no sé cómo explicarla para ser del todo veraz. Yo quisiera contar las cosas pequeñas y las grandes con la misma fruición.

Lo nimio y lo exacto —exactitud ganglionar y no lógica—, lo humilde revelado por la atención y el amor. He aquí el secreto. En lo nimio y exacto y ganglionar nos salvamos. (Yo no tengo salvación ya. Bueno, tampoco tú, lector, quienquiera que seas, aunque no te amenace el Palmao. Nadie tiene salvación).

Sabemos que llega un momento en que la grandeza es invulnerable y segura de todo y contra todo (del viento, del tiempo, incluso de las formas del destino accesibles a nuestra imaginación, aunque nadie se salva).

Pero también llega un momento en que es invulnerable la pequeñez. Invulnerable ella, pero no yo, determinador de las pequeñeces.

Observación trivial: He visto un perro pequeño perseguido sañudamente por otro grande. Al alcanzar el grande al chico, este se ha arrojado a tierra con las cuatro patas en el aire, desamparado y rendido. El grande ha cedido en su ira y seguido su camino sin hacerle nada. Pero yo no sabría llegar a esa humildad para salvarme del Palmao.

La humildad es una forma de pequeñez que hace invulnerables a las cosas, a los animales y a los hombres. Relativamente invulnerables, ya que al final todos estamos perdidos. Pero yo no quiero liui et me invulnerable así, en mi caso. Yo busco esa relativa invulnerabilidad en las pequeñas nociones nuevas, gracias a las cuales nos es ofrecida la sabiduría y la salvación. (A través de un fenómeno de simple y secreto gozo que todavía no tiene nombre). Y del que todavía disfruto aquí en este campo de concentración ahora, después de haberme salvado del Palmao de la manera más inverosímil del mundo. Luego contaré cómo.

La humildad de nuestro espíritu, nuestra alma o nuestro cuerpo nos dan placeres legítimos. La humildad de nuestro intelecto nos da misteriosos poderes que no hemos buscado y cuya existencia los hombres ignoran. En aquel tiempo yo ignoraba esto último. En esos poderes el más sólido y sorprendente y genuino es el del descubrimiento y gozo de la verdad como belleza y al revés, de la belleza como verdad, bajo los auspicios, no de la vida, sino de la muerte. Yo sentía eso vagamente a los quince años, las pocas veces que entré en la colegiata y las muchas que tuve a Isabelita en los brazos.

Las alondras, los toros, los baptisterios, los lechos nupciales y mil cosas más —el repertorio es infinito en ellas y sobre todo en sus afinidades relativas— tienen su don genuino en una dimensión, o muchas dimensiones de secreta y casi inaprensible trivialidad y pequeñez milagrosas. Hoy comprendo todo eso mejor porque se acerca el fin… el del orbe que me rodea o el mío, no sé. Me acerco al atrio auspicial.

No olvide el poeta que es el humilde quien hace el milagro y a veces el simple el que lo descubre. Siempre van unidas en las religiones la simplicidad y el prodigio. Nada más simple que mi muerte en el campo de concentración de Argeles, donde escribo. Nada más prodigioso. Creo que comienzo a gozar de ese prodigio, bajo los arcos de la gran puerta.

Hablo de estas cosas porque sé que voy a vivir poco y siento a Dios en las cosas del pasado, por las cuales le estoy agradecido. Yo también voy a caer hacia arriba, y siento el vértigo del santo del paraguas.

Aquel tercer domingo de mi regreso, después de hacer el amor, me dijo Isabelita:

—Tengo malas noticias para ti.

—¿Tu padrastro?

—Ya te lo dije antes de que te fueras. Está enterado y aunque no sabe que nos vemos aquí; no me fío mucho porque podría tener un barrunto, mi padrastro. Ha sido siempre hombre de barruntos, y no me extrañaría que esta noche nos esperara en alguna esquina. Te lo aviso para que andes con ojo.

Comencé a vestirme y dije gravemente, como si todo el peligro fuera para ella y no para mí: «No te preocupes, yo te acompañaré». Ella me miraba en éxtasis, como si estuviera pensando: «Ese eres tú, mi rufiancito valiente». Pero ella no era aún una prostituta, tal vez no lo sería nunca se casaría con un hombre honrado y en ese caso su mayor ambición se vería frustrada.

En fin, cuando salimos nos quedamos un momento en la puerta mirando a la derecha y a la izquierda, previsores. La noche era honda y silenciosa, y yo echaba en falta la presencia del santo del paraguas, que tanto me habría confortado aquella noche bajo una bóveda cóncava y estrellada, y por vez primera pensé que tal vez la religión sirve para dar a las gentes la placentera sensación de estar solos, pero milagrosamente protegidos.

Esperé un rato. Isabel se impacientaba:

—¿Qué aguardamos aquí?

Si yo le hubiera dicho que esperaba ver cruzar la plazuela en diagonal a un viejo sacerdote delgado y frágil cubierto por un enorme paraguas negro, habría pensado que estaba del coco —así decía ella, tocándose la frente—. En fin, echamos a andar. Al acercarnos a la calle de Isabelita fue ella quien se adelantó a explorar las esquinas. «Ese Caifás, mal hombre, criminal —decía— nos busca con las intenciones de Caín».

Pero hasta el umbral de Isabelita no encontramos a nadie. Ella me besó en los labios, como si nos despidiéramos para siempre.

—Ten cuidado, porque a mí el Palmao no me hará nada, pero a ti te rebanará el pasapán. Eso dice: el pasapán. Y podría ser que estuviera aguardándote.

Se fue escaleras arriba.

Yo miré a los dos lados de la calle. No se veía un alma. Luego eché a andar por el centro y no por la acera, receloso, pero más seguro de mí que cuando iba con Isabelita. Un hombre, solo, se pertenece por entero y es más fuerte que un hombre acompañando a una hembra.

Caminando por el centro del arroyo era más difícil que el Palmao me sorprendiera al volver una esquina, y al llegar a ellas yo tomaba mis precauciones, es decir, apretaba en el bolsillo de mi chaqueta el puñal con los gavilanes de plata. La daga de los siete filos. La verdad es que, después del amor, tenía más ganas de dormir que de pelear.

Aquel miedo irracional por el Palmao había ido haciéndose costumbre y lo consideraba una especie de expiación por mis traiciones a Valentina. El Palmao, primero quería picarme la nuez y después rebanarme el pasapán. Esta última palabra tenía una resonancia de una vileza escalofriante. El pasapán. Nunca había oído yo una expresión como esa. Pensando en ella, estiraba mi cuello fuera de la camisa y tragaba saliva.

Al llegar a la vista de la esquina de la plazuela donde vivía, me detuve, inquieto. En aquella esquina había un hombre al acecho. La predicción de Isabelita se cumplía, y yo me detuve y eché luego al caminar en dirección contraria sin hacer ruido con mis zapatos, que tenían suelas de goma. Aquella sombra debía ser el Palmao.

La dirección contraria era la del castillo y fui subiendo simulando un paso tranquilo, para no llamar la atención con mi alarma. Pero sentía detrás de mí otros pasos también sofocados, de alguien calzado igual que yo, y el rumor doble de aquellos pasos era de veras alarmante. Yo seguí en la dirección del castillo pensando, sin embargo, que cuanto más me alejaba del centro de la ciudad era peor, ya que en las soledades del castillo y entre sus murallas no habría nadie que acudiera en mi auxilio. Cuanto más de prisa caminaba más miedo tenía.

Ofendido a veces por mi propia cobardía, me volvía a mirar atrás y la primera vez no vi a nadie. La segunda, observé que un individuo corpulento pasó en dos saltos de un lado de la calle al otro y quedó, al parecer, guarnecido detrás de una esquina.

«Ese es», pensé. Y sentí hormigueo en la nuca.

Corrí en la dirección del castillo haciéndome reflexiones contradictorias. A veces me sentía valiente y pensaba: «Bien, vamos al castillo, donde nadie nos verá ni podrá separarnos, y tú con tu cuchillo y yo con el mío, veremos quién le rebaña el pasapán al otro». Pensándolo avivaba aún el paso, lo que parecía una fuga, pero podía ser también —me explicaba a mí mismo— la prisa por llegar al lugar de la acción. Yo no podía aceptar mi propia cobardía.

El Palmao me seguía. No me importaba morir a sus manos. «Si él me mata a mí —pensaba—, lo ahorcarán por reincidente después de sus crímenes anteriores». En cambio, si yo lo mataba a él, tal vez la justicia sería benévola porque habría liberado a la ciudad de un peligro público. Lo malo en este caso sería el escándalo, porque los periódicos hablarían y se comentaría la rivalidad amorosa en relación con Isabel. Se enterarían los padres de Valentina y podía estar seguro de que no podría casarme con mi novia, al menos mientras vivieran ellos.

Estas reflexiones no duraban mucho porque me faltaba la calma. Hubo un momento en que oí cerca los pasos sofocados de alguien que corría y yo corrí también hacia arriba, como un gamo. «Es imposible —pensaba— que el Palmao, viejo y gordo, pueda alcanzarme», pero esa reflexión me avergonzaba. Yo tenía miedo, un miedo como se suele decir cerval, es decir, de ciervo. Igual que el ciervo, yo me defendía escapando con la ligereza de mis piernas, y aquello era de veras innoble. Un miedo cerval. ¿Cómo era posible que yo tuviera un miedo cerval? Yo, el que había desafiado en el colegio de Reus al campeón de los cursos tercero y cuarto, yo, Pepe Garcés, que insultó a su propio padre y fue amigo del glorioso Checa, ¿yo huyendo de un peligro y teniendo miedo?

Idealmente, lo tenía como nunca lo tuve antes ni volví a tenerlo después. Estaba dispuesto a morir, pero mi disposición a aceptar la muerte no me daba valentía alguna. No era la muerte la que temía, sino alguna clase de humillación. De horrenda y bellaca experiencia. Era —repito una vez más— el miedo del valiente que se traiciona a sí mismo.

Cuando llegué arriba, vi que una sombra jadeante y brutal venía sobre mí:

—Espera, soy el Palmao. Digo que esperes, rediós.

Hay sombras humanas y sombras angélicas, pero aquella era animal y me recordaba esos elefantes marinos que hay en el ártico y que suben a veces, negros y verticales, sobre el agua, con dos largos colmillos y un bigote humano que recuerda al de Castelar. Suben y bajan despacio, verticales y negros.

También él tenía un bigote que le cubría la comisura de la boca descendiendo por los labios. Y jadeaba por la larga carrera cuesta arriba.

—¿Por qué corres tanto?

Yo creo que ni escuchar podía en aquel momento. Me sentía muerto y sepultado como don Juan de Lanuza, yo con mi tratamiento de don, también, y con el cuello seccionado como el héroe que yacía en la tumba gótica a pocos pasos de mí. Juan de Lanuza con su cabeza separada del tronco, porque no se dice del cuerpo, sino del tronco.

—Te he seguido desde que saliste esta noche con Isabelita, mi hijastra, y juré por estas que de esta noche no pasaba y que teníamos que vernos tú y yo. Pero, rediós, ¿por qué corres tanto? Es inútil correr delante de mí cuando tú sabes que voy a atraparte.

Encima de nosotros estaba el cielo negro y sembrado de estrellas. Yo pude todavía pensar en el santo del paraguas. Qué bueno sería que cayera hacia arriba, yo, aunque fuera para siempre. Que me evitaran la humillación de morir como un cerdo con el pasapán rebanado. El vértigo lo sentí un momento, y no sólo en la cabeza, sino en la médula. Creo que balbuceé:

—Aquí estoy. Bien. Aquí estamos. ¿Ahora qué?

Tenía la mano en el bolsillo y en la mano, la daga. No sacaba la mano porque, si el Palmao me veía con la daga, seguramente sacaría su navaja también. Un instante pensé: yo soy joven y él es viejo. Soy ágil y él es torpe. Soy valiente y tengo la obligación de mostrarlo. Pero no sacaba la daga porque «sólo la sacan los cobardes» y yo no la sacaría hasta que lo viera a él armado, es decir, empalmado. De ahí le venía el apodo. Empalmado, empalmao, Palmao. Aquel era el Palmao y lo tenía yo delante. Recordaba haber oído hablar un día a un rufián de Zaragoza en el café de la Perla, el de los billares verdes. Y aquel rufián le decía a otro, contándole una riña sangrienta y disculpándose de haber herido a su contrario:

—Él me hizo la muestra y yo tuve que responder haciéndole un presente, como un hombre que soy.

Hizo la muestra, le había hecho la muestra, es decir, le había enseñado el acero, el cuchillo. Yo no se la hacía todavía al Palmao, ni él a mí. Sin duda cuando uno la hacía, el otro tenía que hacerle un presente, es decir, mostrarle también el acero desnudo, pero aquellos términos de una jerga vil me envilecían y eso me dolía de veras.

El Palmao era un extraño animal que iba a caer, que estaba cayendo ya sobre mí, pero por el momento subía y bajaba vertical en las sombras, como el elefante marino en las aguas del Artico.

Las cosas todas de alrededor —en las sombras— reproducían una vez más el ciclo, uno, de los cielos de los que había hablado con Isabelita vivir, amar, temblar, huir, morir, matar. No. Aquello era incorrecto, porque morir debía ser lo último. Así, pues, había que decir, vivir, amar, temblar, huir, matar, morir. Eso es. Yo iba a morir, pero tendría antes como cada cual mi oportunidad, digo, la de matar. Algunas reflexiones acudían solas y pasaban por el cielo de mi mente —en el que sentía vértigo— como aerolitos: «Yo, el novio de Valentina, tenía que acabar en los exedras del castillo con el pasapán rebanado. No cortado, sino rebanado». La miseria de aquel final era incalculable y yo no la calculaba, sino que la sentía gravitar sobre mí: vivir, amar, temblar, huir, matar, morir. ¿Matar yo? ¿A quién, si mi voz temblaba y la sentía temblar antes de emitirla, es decir, dentro de mi pecho? Entretanto, el elefante marino subía y bajaba, vertical, negro y colmilludo. Yo recordaba aquellos dos versos del romance:

… que con la muerte en los dientes

al cielo se reclamaba.

El Palmao, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, murmuraba bajo sus bigotes castelarinos de grande foca:

—Tenemos que arreglar la cuestión antes que nazca el día.

Y no me hacía la muestra y no le respondía yo con el presente. Yo tampoco a él. Entretanto, llegaban otros dos versos de romance:

… de morir habéis mancebo

en antes que salga el día.

O denantes, porque en el Alto Aragón se diría así: donantes. Y esa expresión, que siempre me pareció tosca y ruda, ahora me parecía poética: denantes. Yo tampoco hacía la muestra, por si acaso. Comprendía que aquello —la muestra— era el movimiento definitivo. El romance original no decía mancebo, sino condesa. Esa transposición de términos me pareció ofensiva. Retrocedí un poco y dije, alzando la voz:

—Cuando quiera y donde quiera. ¿Qué se figura usted?

—Este es un buen lugar, chavea. Este es el mejor lugar para ciertas cosas.

Yo no entendía por qué no me había matado ya. No me mataba y además me llamaba chavea, que era un término casi amistoso. Muchacho, chavea, chaval, chico, todos los apelativos que tenían una ch eran amistosos. Sin embargo, se podía decir también:

… de morir habéis, chavea,

antes de que salga el día.

Pero esas palabras, como chavea, no eran antiguas sino modernas y de la jerga gitanoide. De morir habéis, chavea… También se podía decir: «de matarme habéis, chavea, antes de que salga el día». Y el Palmao, cuya expresión verdadera yo no podía ver en las sombras, oscilaba un poco hacia adelante o hacia atrás, como si flotara de veras en el agua o en el tire. Mi miedo era, como se ve, capaz de reflexionar. Con eso no disminuía, sino que se agravaba aún por la vergüenza que mis propias reflexiones me daban.

Y esas reflexiones y esas vergüenzas me hacían desear a veces la muerte. Mi decisión a aceptarla me daba una apariencia de valor: temblar de miedo, de vergüenza, rehabilitarme ante la muerte erguirme, provocar. Algo parecido era. Pero la muestra no la hacía, por si acaso. El Palmao debía conocer mejor las leyes del hampa, y le dejaba a él la iniciativa. Sospechaba que si hacía la muestra, todo estaría acabado y sin remedio.

A nuestra derecha estaba la puerta principal del castillo, con sus matacanes arriba. A nuestra izquierda, la noche infinita sobre el pueblo dormido. Y hacía frío. El temprano frío del otoño, que me erizaba la piel como a los gatos. O quizá no era el frío, sino el miedo el que me erizaba la piel.

Apretaba yo tanto el puñal, que me hacía daño en los dedos:

—Bien, aquí estamos. ¿Y qué?

Eso decía yo, pero dijera lo que quisiera, era lo mismo. Más me valía no decir nada, porque me temblaba la voz. Y hablaba y al mismo tiempo me decía a mí mismo: estoy haciendo evidente mi pánico, porque la voz me tiembla. Me tiembla porque mi pánico es evidente. Es evidente, porque me tiembla la voz y sería mejor que me callara. Y se oían por la derecha ladridos de perros custodios, esos perros grandes de las alquerías que tienen voz de barítono. Y por la izquierda se oyó un gallo temprano ro y vacilante. Los dos me llamaban a la realidad de las cosas, a la más inmediata, y parecían decirme: la muerte es una cosa seria. La muerto, que solía acudir en los romances antiguos antes del alba con el cantar litios gallos, pero los gallos cantaban también a medianoche y en los ro manees había testimonios a cada paso.

El Palmao sacó la mano del bolsillo y tal vez llevaba en ella la navaja abierta, pero en las sombras yo no la veía. Y fue a decir algo, cuando yo me anticipé:

—Si tiene que hablarme de su hijastra Isabelita, yo también tengo algo que decirle, sobre eso.

Me temblaba la voz. No entendía aquel temblor, aunque habría en tendido menos mi calma. La verdad era que el cuerpo me traicionaba a mí. El cuerpo tenía más miedo que yo.

Quise dar a entender que me temblaba la voz de ira y no de miedo, y con ese fin repetí mis palabras, pero el Palmao lo entendía como miedo, quizás. Estaba en su derecho y tenía razón.

—Me habían dicho —comentó, sin acento provocativo— que eras bragadito, ¿eh? ¿Lo eres o no?

—Lo que yo sea es cuestión mía.

Al decirlo retrocedí dos pasos con la daga en la mano y vi que él no llevaba arma ninguna y que al ver la mía soltaba a reír de un modo monstruoso, no como una hiena, sino como un rinoceronte, si esos animales pudieran reír. O como una foca muy adulta, de esas que ladran en los circos.

—Guárdate eso para otra ocasión. ¿Qué crees? ¿Que vengo a pelear por la hembra?

Yo me arrepentía de haber mostrado mi daga. El Palmao añadía:

—Esa chica acabará muy mal. Yo tengo mi hembra y me basta. Pero Isabelita tiene la cabeza como una urraca en la primavera, y hace años que me busca. Desde que era pequeña. Su madre la sacó de casa por eso. Te diga Isabelita lo que te diga, no le hagas caso. Esa chica acabará mal.

Pero yo temblaba aún:

—¿Por qué viene usted detrás de mí, entonces? ¿Qué misterio es este?

—Porque tengo que hablarte donde nadie nos vea ni nos oiga. Nadie tiene que saber que somos amigos, tú y yo. ¿Oyes? Por eso te sigo. Por eso le pregunté a Isabelita dónde podía verte.

Yo me había guardado mi daga, un poco avergonzado, y él me preguntaba:

—¿No eras amigo del Checa? Digo, en Zaragoza. ¿Sí? Pues un amigo del Checa tiene que andarse con cuidado, en estas tierras, aunque sea tan joven como tú. Eso es lo que yo digo. ¿Oyes? Ha venido un enlace de Zaragoza a verme y me ha dicho que no tenemos estafeta, que nos falta una estafeta y que siendo tú antiguo amigo del Checa podrías ser la estafeta. Tú eres demasiado joven y persona de educación. Así, pues, tú podrías ser la estafeta del correo de Zaragoza, digo, del comité regional. Si lo envían a mi nombre, la policía lo abrirá por el camino y no llegará a mis manos. Pero tú eres persona de confianza.

Aquello de la estafeta, en femenino, me parecía algo pasivo y desairado. ¡La estafeta! Quería el Palmao que yo, el novio de Valentina, fuera una estafeta. Le dije francamente todo lo que Isabelita me había anunciado y el Palmao reía, con aquella su manera convulsiva y abyecta que todavía me daba horror. Como una foca sobrealimentada, reía.

—Esa chica —decía, con el aliento espasmódico— acabará muy mal. Sólo vive para el martelo y para inventar fantasías. Es una urraca en celo.

—Pero ¿no estuvo usted en la cárcel?

—Sí. Y a mucha honra.

—Por… asesinato.

—No. Sangre hubo, es verdad, pero no muerte. Y si hubo sangre fue en la violencia de la lucha. Es difícil trabajar sin sangre… Ahora, por ejemplo, apenas he comenzado a recorrer la comarca ya he recibido amenazas: que si van a brearme a palos, que si van a alcorzarme por la cabeza. Es lo que pasa. La cosa está planeada para el mes de diciembre. Al padre de tu boticario le huele la cabeza a pólvora si no se traga el paquete de la comarcal, porque tendrá que aflojar la guita. Pues, volviendo a lo de antes, el enlace que vino de Zaragoza me dijo que tú, aunque por tu edad pareces poca cosa, eres bragadito y que contigo se puede andar seguro. A mí me gusta la gente bragadita, y ya digo, te necesitamos como estafeta. ¿Qué dices?

Yo estaba agradecido, no a él, sino a la providencia:

—Pueden contar conmigo para lo que sea. Siendo de parte de Checa, lo que sea.

—De parte de Checa no puede ser ya —argüyó muy serio—. Le dieron mulé.

Estábamos los dos acodados en un repecho de la muralla exterior y a nuestros pies dormía la ciudad.

Yo tardaba en acomodar mi sensibilidad al cambio tan brusco, y el Palmao seguía hablando. Tales eran mis prejuicios contra aquella bestia apocalíptica, que no podía hacerme a la idea de que fuera inocente y, al saber que trabajaba para los anarquistas, sin darme cuenta tenía la impresión de que su organización era rufianesca y vil. Tan mala era la reputación del Palmao. ¿Cómo era posible que entre todas las personas con quienes había hablado de él, ninguna me dijera el hecho simple y obvio de que era un anarcosindicalista? De tal manera estaba arraigada en la gente la fama que las autoridades echaban sobre aquel individuo, que nadie decía de él sino que era carne de horca.

El mismo farmacéutico, hombre liberal, me había hablado en aquellos términos. No era que me encubrieran su personalidad, sino que la desconocían e ignoraban. Yo recordaba a la gente de Zaragoza hablando de Checa y diciendo que se acostaba con su hermana y que había asesinado a su padre, y los que lo decían parecían creerlo firmemente. Y entonces pensaba: ¿es posible que hablen de mí un día como hablan de esta gente? ¿Dirán que me acuesto con mi hermana? ¿Con cuál? Pensaba en ella y reía, escandalizado y ofendido.

Seguía asustado aún y no podía tutear al Palmao, a pesar de que él me tuteaba a mi lo mismo que Checa y Lucas, en Zaragoza. Y seguía hablando:

—Cierra el pico y que nadie sepa nada. Cuando oigas al boticario y al médico decir mal de mí, tú dices peor, y que nadie huela la tostada de que somos amigos.

Yo calculaba los riesgos:

—En cuanto al correo —le dije— ¿se lo daré a Isabelita y ella te lo dará a ti?

—¡No! Rediós, no mezcles en nuestras cosas a esa mala pezolaga. Ella no tiene que saber siquiera que tú y yo hemos hablado. No te clarees con ella. Lo que tienes que hacer es bajar a la alameda por la noche y dejar el correo de la regional en un boquete que hay en la pared del corral de mi casa, que es la tercera del lado de acá del río contando desde la fuente de los caños, digo, del abrevadero. No tiene pierde porque verás dentro del corral dos tocinos negros, y es la única casa que tiene puercos de ese color. Mientras yo escribo a Zaragoza llégate un día por allí paseando, y para que conozcas el lugar, yo tendré puesta en la ventana una manta de cuadros rojos y negros, los colores confederales. Cuando hayas aprendido, no pondré señal ninguna. Y mucho ojo, que el disimulo es lo que vale en estas poblaciones de borregos. De modo que si alguna vez hablas de mí, di que soy un cabrón hijo de puta, y aunque yo pase por tu lado, tú no me saludes ni me mires. Si yo tengo que decirte algo, iré a la farmacia a comprar un par de aspirinas, y eso querrá decir que a la noche tienes que venir aquí mismo a la misma hora de hoy y esperarme. Yo acudiré.

—El correo… —dije yo— ¿lo puedo abrir?

—Sí, hombre, nosotros no tenemos secretos para ti desde ahora. Los sobres irán a tu nombre, y sólo podrás saber que es correo del comité regional cuando los hayas abierto. Yo avisaré mañana dando la conformidad a Zaragoza.

Dicho esto se disponía a marcharse, pero yo lo retuve:

—Entonces ¿a ti no te interesa Isabelita?

—No. Ni el canto de una uña. Ella está loca por mí desde hace años, y no es porque yo lo valga, sino porque duermo con su madre y eso le calienta la fantasía. Las mujeres son así. Soy el que duerme con su madre y no soy su padre. Cuando piensa en eso se encalabrina un poco, Isabelita.

Se fue el Palmao, y yo me quedé solo, apoyado en el muro viendo el pueblo dormido a mis pies, como podría dormir un perro grande y bueno de Terranova.

En cuanto a Isabelita, es verdad que estaba encalabrinada. Ese era su verdadero estado: encalabrinada. Yo la encalabrinaba un poco, aunque no tanto como el Palmao, quizás.

Era una embustera, y sus mentiras tomaban proporciones fabulosas. Al parecer, era ella la que deseaba que el Palmao me picara la nuez, por celos. Celos que tenía ella de su madre.

Pero no era eso todo y había otras miserias. Era yo, de pronto, un auxiliar y un cómplice del hombre más despreciado de la ciudad, cuyas órdenes estaba obedeciendo. Con aquello, traicionaba a todas las personas a quienes conocía. Al boticario lo traicionaba mucho tiempo antes, robándole cocaína.

Habiendo sido alumno de los escolapios y admirando como admiraba al santo del paraguas —un verdadero y genuino santo, pensaba entonces—, yo traicionaba en sus principios a los anarquistas también.

A quien traicionaba antes que a nadie y por encima de todos era a Valentina. Yo la traicionaba con una urraca encalabrinada.

Por su manera de mentirme aquella mujer me despreciaba y así, pues, traicionaba yo a Valentina con una mujer que me despreciaba, lo que era del todo ridículo para mí. Comenzaba a sentir cierta repugnancia por mí mismo, y después de algunas horas de confusas reflexiones sobre mi extraño destino, fui regresando a la ciudad, tranquilo en lo que se refería al Palmao, pero lleno de turbaciones interiores. Caminé por la ciudad, cuyas calles desiertas tenían una anticipación de la soledad adusta del invierno, pensando que iba cuajando en mí una determinación. Atrevida era la determinación, aunque no nueva. No era la primera vez que pensaba en aquello.

Decidí acabar aquella noche con mi vida. Por mi imaginación desfilaban las formas de suicidio que tenía a mi alcance, y ninguna me parecía bien. Odiaba el veneno, que además no era seguro, porque con los primeros síntomas tal vez acudiría alguien y me lavarían el estómago. Si pedía prestada un arma de fuego, sospecharían y me vigilarían. En cuanto al cuchillo de los siete filos, no era yo bastante valiente para hundírmelo en el pecho.

Buscaba una muerte rápida como un relámpago y que se presentara con un aspecto violento e inevitable, es decir, que no le permitiera a uno vacilar en el último instante, y mucho menos morir a medias o cosa parecida. Cuando más sumido estaba en estas reflexiones y más indeciso, oí un silbido de locomotora, que me resolvió el problema. La mejor manera de suicidarme era la vía del tren. Llegaría la muerte en una fracción de segundo. Después de la guillotina francesa, no se podía imaginar un medio más expeditivo, fácil y probablemente incruento. Sería pasar de la vida a la muerte sin transición y casi sin conciencia y sin darse cuenta, en el espacio de un parpadeo.

Como se puede suponer, no me suicidé, pero aquella determinación mía era sincera y verdadera, y cuando la recuerdo me siento un poco más a gusto en mi piel, quiero decir, más satisfecho de mi sentido moral. Porque yo estaba desesperado por aquella necesidad mía de traicionar a tanta gente. Hacia la medianoche bajé por la calle Mayor buscando la vía del tren, aquella calle Mayor por la que había subido el Cid un día con sus capitanes. Es más fácil de lo que parece la decisión suicida, sobre todo si no se escriben cartas de despedida (esa es la parte ardua) y no se trata de hacer retórica ni poética emocional. Acabar por acabar y sin desear hacer efecto a nadie es fácil. Y sin embargo, y como se puede suponer —repito—, yo no acabé entonces.

No por falta de ganas. Estaba decepcionado y asqueado de todo, fatigado del amor y vacío y desorientado. En el fondo de la noche creía estar viendo mi destino de renegado de todas las comunicaciones y de todas las conductas. Había traicionado y había perdido para siempre —pensaba— a Valentina. Yo, empleado ínfimo de una farmacia donde debía trabajar al menos cuatro meses más por la comida, como un perro o un mulo. No tenía futuro ni estaba seguro de que quería tenerlo. La desaparición de mi pánico por el Palmao me dejaba en una atonía completa. No me interesaba la vida, y esto era todo. Miraba encima de mí el cielo estrellado, y aquella inmensidad que otras veces me había conmovido me dejaba entonces indiferente. «Sí —parecía pensar—. Todo eso está muy bien para los otros». Ni la Estrella Polar, ni Venus, ni la Luna, ni la Osa Mayor o Menor me interesaban ya. Había comenzado mal y lo mejor era rectificar. Era mi error tan grande, que la única rectificación posible era la muerte.

Ahora pienso yo cuál podría haber sido mi error a los quince años. Era más bien el error de la Providencia conmigo, creo yo. No sé cuánto tiempo caminé en la oscuridad al lado de la vía del tren, pero recuerdo que oí llegar uno a toda marcha y que me crucé en los rieles poniendo el cuello en la vía. Sintiendo llegar el tren encima, cerré los ojos y no pensé en nada ni en nadie (ni siquiera en Valentina). Sentí un gran estruendo, una vibración incómoda en el pavimento y una especie de ducha de agua tibia y espesa. Yo pensaba: qué raro todo esto. No hay dolor físico, no hay violencia. Un momento pensé que debía estar muerto, y sin embargo, seguía respirando como cuando vivía. Acabó de pasar el tren, me levanté y vi que a un metro de distancia había una desviación por la que el convoy entero había pasado a otra vía. Esa vez la Providencia fue piadosa, o tal vez cruel, quién sabe.

El único daño que recibí fue una rociada de aguas sucias. Esperé una hora más, pero como al parecer no había más trenes aquella noche y yo, mojado, tenía frío, fui volviendo a la ciudad. Había consumido toda la energía del suicida y entonces mi determinación me parecía injustificable. Digo la del suicidio. En mi cuarto tuve que lavarme cuidadosamente para volver a un estado decoroso. Era como si la muerte se hubiera burlado de mí, igual que se burlaba la vida en la farmacia, en Bilbao, en los exedras del castillo. No tenía fuerzas ni para llorar.

Poco después vi pasar al santo que, como otras noches, cruzaba la plazuela con el paraguas abierto. Quise salir y hablarle, pero era muy tarde y no quería entretenerlo a la hora en que, fatigado, buscaba tal vez su convento para acostarse.

Las aguas sucias que habían caído sobre mí aquella noche del suicidio frustrado eran como un epigrama horrible. Parecía que el destino me decía: «¿Por qué pretendes cosas como la muerte, que no son para ti? La muerte hay que merecerla, también. Así es que, por el momento, vive y calla».

Aprender a vivir no era más fácil ni más difícil que aprender a morir.

Los versos de Pepe Garcés que siguen creo que van bien a este lugar. Una vez más demuestran una serenidad interior, difícil de comprender en un hombre que los escribió en las tremendas condiciones de vida de un campo de concentración y bajo la presión de sus raras memorias.

Alcannit de los condes, dame verdes laureles

en el lado del sol que se ve o su reverso

para enramar la cabezada de mis corceles

y aprender la mentira veraz del universo.

Condescendida de la leve bruma

del lubrican y su fluida espuma,

rodando te perdiste

como una tonta rueda

luna de sangre en la arboleda.

Al regresar los dos del castillo trajeron

en las reconocidas tibiezas germinales

la venganza de los pecheros que murieron

en el lecho sin plumas de los ríos feudales.

Oh, verba inaccesible

del amor de los locos en febrero,

oh, estadio no visible

del vendaval postrero

y alegría del ir sin derrotero.

Si os acercáis, veréis a las caducas damas

arriando las nubes en piadosos fosales

y por la primavera decorando mis camas

con la cifra de las horas territoriales.

Mi alma estaba en mí

mientras que el alma del balcón neblí

está en el vuelo. ¿Y el alma tuya?

¿Quizás en el tornar de la aleluya?

Huyendo de la vida yo pasé la frontera

entre la sierra altiva y la loma de al lado

—la muerte me esperaba en la otra ladera

y el sol iba y venía sin encontrar el vado.

Desviado el raíl

¿adónde ir sino con las mujeres

del silencio civil

y los pandos quereres

entre la orgía de los pareceres?

Mancebo de botica, me estaba en mi morada

viendo el aire de junio y en él aún prendido

el dulce exvoto de la moza violada

y el pañuelo de encajes del amor y el olvido.

Yo quiero desandar

las sendas escondidas de la vida

y otra vez regresar

a la nada querida

donde una voz me habla conocida.

Alcannit de septiembre, Collarada de mayo,

mirad la Jlor redonda que gira con el sol,

rizad para la Pascua las barbas del Moncayo

y enseñadle la astronomía al caracol.

No os importe la huella

que dejáis, porque el mismo amor os guía

hacia otra querella

ni piadosa ni impía

de la noche de horror al alba fría.

Los senos de las tres Sorores se han abierto;

ibón el de las aguas de pago, ¿cuánto quieres

para darles su leche a los novios del puerto?

—Una oliva y el mármol crudo de las mujeres.

¡Dejadme regresar

al mar de los orígenes vencido

y en el barco llorar

el esfuerzo perdido

y mi órgano de herir arrepentido!

Los osos disidentes de nuestra Val de Onsera

entre lanzas juncales dejan la sangre viva

y buscan en la luna la nueva madriguera

del crimen pura o mezclada con saliva.

Recuerda que el placer

de tu carne desnuda en mi heredad

encierra al parecer

toda nuestra verdad

en la orilla de la calamidad.

Dile al viento que gime cómo debe ir subiendo

la cuenca del Alcannit de noche o de día

desde la nada vaga hasta el nacer horrendo,

y al humor de la inevitable alegoría.

Sé que las multitudes

que se casan y engordan no toleran

el son de los laudes

de la sangre y esperan

que los heridos del amor se mueran.

Un torrente de enjalmas baja por las estrellas

y el chico del lagar y las tempranas vides

después de violar a sus primas doncellas

se ha ahogado en el canal de los almorávides.

¿Para qué vais a ir

llevando en vilo vuestros corazones

del cénit al nadir

y con los eslabones

del hierro urdiendo nuevas aflicciones?

Alcannit de la oliva, dame verdes laureles

y mira cómo los lagartos amarillos

evitando la herradura de mis corceles

cazan en las junturas de los rojos ladrillos.

Tú has regado sin tasa

con el licor del cielo a las amantes

y vuelves a tu casa

oyendo las vibrantes

harpas en tus entrañas palpitantes.

El esparver que sube al peñón de Alarico,

Collarada de enero, robledades de mayo,

suele llevar un cirio apagado en el pico

y encenderlo en la veta del prematuro rayo.

Yo le perdono a Él

que no acudiera en tiempos de mi ruina

y a pesar del laurel

de mi fe en Valentina

me la negara humana o divina.

El buen Jesús conserva en el dedo un topacio,

toca el cuerno de caza en el soto de Arner

y para que lo oigan los héroes del Latió

grita el santo del día en el atardecer.

Autor así loado

de una obra que a todos les ofende

y que el crucificado

—tu Hijo— sólo entiende

como un error del que se desentiende.

Tu obra aterradora

—este valle de lágrimas llamadi

cada mortal la llora,

pero en tu alto estrado

por ella eres sabido y adorado.