Todos los cristianos, acusados de haber desencadenado el incendio fueron reunidos en la prisión debajo del Capitolio; entre ellos se hallaba Barrabás. Lo habían sorprendido en flagrante delito y, después de la audiencia, fue incorporado a los presos. Era uno de ellos.

La prisión había sido cavada en la roca misma y la humedad destilaba de los muros. En la penumbra reinante no podía verse sino vagamente y Barrabás se aprovechaba de ello. Sentado aparte, en la paja podrida, escondía el rostro todo el tiempo.

Los demás habían hablado mucho del incendio y de la suerte que los esperaba. Si se los acusaba de haberlo provocado era para dar una razón con el fin de encarcelarlos y condenarlos. Los jueces sabían bien que no lo habían hecho. Ninguno de ellos había sido apresado en el lugar; no habían salido de sus casas desde que se les advirtió que empezarían las persecuciones y que el sitio de su reunión en las catacumbas había sido descubierto. Eran inocentes. Pero ¿para qué les servía? Todo el mundo quería creer que eran culpables. Todo el mundo quería creer lo que gritaba en las calles el populacho pagado para ello: «¡Son los cristianos! ¡Son los cristianos!».

—¿Quién les ha pagado? —preguntó una voz en la oscuridad. Pero se hicieron los desentendidos.

¿Cómo pudieron los discípulos del Maestro ser culpables de una acción tan criminal como la de incendiar a Roma? ¿Cómo se podía creer? Su Maestro inflamaba las almas, no las ciudades. Era el Señor y el Dios del mundo, no un malhechor.

Se pusieron a hablar entonces de Aquel que era el Amor y la Luz, y de Su reino que esperaban según su promesa. Luego entonaron cantos con hermosas y singulares palabras que Barrabás jamás había oído antes. Las escuchó cabizbajo.

Fue retirada la barra de la puerta. Chirriaron las bisagras y entró un guardián. Dejó la puerta abierta para que hubiese un poco de luz durante la comida de los presos a su cargo. Acababa precisamente de comer y estaba muy locuaz y con el rostro encendido, pues había bebido vino copiosamente. Con groseros insultos arrojó a los presos los alimentos que les correspondían y que eran casi incomibles. Pero sus insultos nada significaban; eran la jerga del oficio, la que los guardianes de las cárceles siempre empleaban. En realidad, parecía más bien bonachón. Al ver a Barrabás, que se hallaba casualmente en la claridad de la puerta, estalló en una carcajada.

—¡Ved a ese imbécil! —gritó—. ¡El que corría por todas partes para incendiar a Roma! ¡El idiota! ¡Y vosotros, los demás, pretendéis no haber iniciado el fuego! ¡Qué mentirosos! Lo apresaron en el momento en que echaba una pavesa en el depósito de aceites de Cayo Servio.

Barrabás no levantó la cabeza. Su rostro estaba inerte y nada expresaba; pero la cicatriz, debajo del ojo, se tornaba más roja.

Los demás presos se volvieron hacia él con asombro. Nadie lo conocía. Habían creído que era un criminal que no formaba parte del grupo, pues no se le interrogó ni se le llevó preso al mismo tiempo que a ellos.

—No es posible —murmuraron juntos.

—¿Qué cosa no es posible? —preguntó el guardián.

—No puede ser cristiano —respondieron—. No puede serlo si ha hecho lo que dices.

—¿De veras? Pero él mismo ha dicho que lo es. Quienes lo detuvieron me lo contaron todo. Y en la audiencia lo confesó.

—No lo conocemos —mascullaron inquietos—. Si fuera de los nuestros, deberíamos conocerlo. Nos es completamente desconocido.

—¡Sois una banda de farsantes! Esperad un poco, ¡ahora veréis! —se aproximó a Barrabás y dio vuelta a su placa de esclavo—. ¡Mirad! ¿No es el nombre de vuestro Dios? No sé lo que significan estas patas de mosca, pero ¿no es eso? ¡Leed vosotros mismos!

Se reunieron en torno a Barrabás y, estupefactos, observaron la inscripción en el reverso de la placa. La mayoría no pudo descifrarla; pero algunos murmuraron ansiosos, con voz apenas inteligible: «Christos Jesús… Christos Jesús…».

El guardián repuso brutalmente la placa sobre el pecho de Barrabás y lanzó una mirada triunfante a su alrededor.

—¿Qué decís ahora? ¿Quizá no es cristiano? El mismo ha mostrado eso al juez diciéndole que no pertenecía a César, sino al Dios que vosotros adoráis; el que fue crucificado. Y ahora él también va a ser crucificado. Lo puedo afirmar. Y todos vosotros también. ¡Sí, aunque lo hayáis Hecho más hábilmente que él! ¡Es una lástima que uno de vosotros haya sido bastante tonto como para echarse en nuestros brazos y confesar que era cristiano!

Y burlándose de la expresión azorada de todos ellos, salió golpeando la puerta detrás de él.

Reuniéronse de nuevo en torno a Barrabás y lo asaltaron con preguntas apremiantes. ¿Quién era? ¿Era verdaderamente cristiano? ¿A qué cofradía pertenecía? ¿Era él quien había provocado el incendio?

Nada contestó Barrabás. Su rostro estaba lívido y escondía en lo profundo de sus ojos el brillo de su mirada, para no ser visto.

—¡Cristiano! ¿No veis que la inscripción ha sido tachada?

—¡Tachada! ¿El nombre de Nuestro Señor ha sido tachado?

—¡Claro que sí! ¡Ya lo veis!

Algunos lo habían visto, pero sin reflexionar en lo que eso debía de implicar. En suma, ¿qué significaba eso?

Uno de ellos tomó la placa y la observó de nuevo. A pesar de la débil iluminación, aún más mala en ese momento, vieron que la inscripción estaba tachada con una cruz nítida y fuertemente marcada, que parecía haber sido hecha con la punta de un cuchillo por una mano vigorosa.

—¿Por qué está tachado el nombre del Señor? —preguntaron el uno después del otro—. ¿Qué significa esto? ¿No oyes? ¿Qué significa esto?

Pero Barrabás seguía sin responder. Tenía la cabeza agachada y procuraba no mirar a ninguno de ellos. Los dejaba ocuparse a su antojo de él y de su placa de esclavo. Pero no contestaba nada. Estaban cada vez más preocupados y asombrados por este hombre singular, que se decía cristiano, pero que no podía serlo, pues era imposible. Nadie comprendía su extraña conducta. Finalmente, algunos fueron a buscar a un anciano que, sin tomar parte en lo que estaba ocurriendo, se había quedado sentado en la oscuridad, en el fondo de la cárcel. Después que le hablaron un momento, el anciano se levantó y con ellos se acercó a Barrabás.

Era un hombre de elevada estatura que, a pesar de sus anchas espaldas un poco encorvadas, daba la impresión de ser excepcionalmente alto. La vigorosa cabeza tenía cabellos largos, pero ralos, y completamente blancos como la barba que bajaba hasta el pecho. Tenía aspecto venerable, pero muy suave. Tenía los ojos azules, grandes, muy abiertos y límpidos como los de un niño, aunque llenos de la sabiduría de la edad.

Primero miró largamente a Barrabás y su viejo rostro consumido. Luego pareció acordarse de algo e hizo con la cabeza un signo afirmativo.

—Hace mucho tiempo —dijo con tono de excusa. Luego se sentó sobre la paja frente a él.

Los demás, que lo rodeaban, se sorprendieron mucho. ¿Conocía el venerado padre a aquel hombre?

Sí, era evidente, y se dieron cuenta en cuanto se puso a conversar con él. Le preguntó qué había sido de su existencia. Y Barrabás contó cómo había vivido; no todo, pero sí lo suficiente para que él pudiera comprender o adivinar lo esencial. Cuando adivinaba alguna cosa que Barrabás no quería decir, se limitaba a inclinar la cabeza en silencio. Conversaban entre sí sin dificultad, aunque fuese una novedad para Barrabás confiarse a alguien, aún cuando él sólo lo hacía en parte. Sin embargo, respondía por lo bajo y con voz apagada a las preguntas del otro y hasta miraba de vez en cuando los ojos serenos como los de un niño o el viejo rostro arrugado, que estaba tan consumido como el propio, pero de otro modo. Las arrugas parecían también profundamente grabadas; pero el conjunto sugería una impresión diferente, y de él emanaba una gran serenidad. La piel parecía casi blanca y las mejillas estaban hundidas, sin duda porque no le quedaban muchos dientes. En el fondo no había cambiado. Y seguía hablando en su dialecto tranquilo e ingenuo.

Poco a poco el venerable anciano supo por qué el nombre del Señor había sido tachado y por qué Barrabás había incendiado Roma: quiso ayudarlos y ayudar a su Salvador a destruir el mundo. El anciano, al oír eso, meneó la blanca cabeza con aire preocupado. Y preguntó a Barrabás cómo pudo creer que los cristianos habían provocado el incendio. Era el mismo César, el animal salvaje, quien lo había hecho, y era a él a quien Barrabás había ayudado.

—Has ayudado al príncipe de este mundo —dijo—, al hombre a quien perteneces según tu placa de esclavo y no al Señor, cuyo nombre está tachado arriba. Sin saberlo, has servido a tu verdadero dueño. Nuestro Señor es Amor —prosiguió lentamente, y tomando la placa que colgaba en medio del vello gris del pecho de Barrabás miró tristemente el nombre tachado de su Señor y Maestro.

Luego sus viejos dedos la dejaron caer de nuevo y exhaló un profundo suspiro, pues comprendía que era la placa que Barrabás estaba obligado a llevar y que no podía ayudarlo en nada. Y comprendió también que el otro lo sabía. Lo vio en su mirada tímida y desolada.

—¿Quién es? ¿Quién es? —gritaron a coro los demás no bien el anciano se levantó. En un principio no quiso responder y procuró esquivar las preguntas. Más tanto lo acosaron que por fin se vio obligado a ceder.

—Es Barrabás, el que pusieron en libertad en lugar del Maestro —dijo.

Miraron con estupor al extranjero. Nada hubiera podido sorprenderlos y confundirlos más.

—¡Barrabás! —murmuraron—. ¡Barrabás, el liberado! ¡Barrabás, el liberado!

Se hubiera creído que no llegarían a darse cuenta. Y sus ojos brillaban amenazadores en la penumbra.

Pero el anciano los calmó:

—Es un hombre desgraciado —dijo—. No tenemos derecho de juzgarlo. Estamos todos llenos de defectos, y no es por nuestros méritos por lo que el Señor ha tenido piedad de nosotros. No tenemos derecho a condenar a un hombre porque no tiene Dios.

Bajaron la vista y se hubiera dicho que después de esto, después de estas últimas palabras tan aterradoras, no se atrevían a mirar a Barrabás. Se apartaron de él en silencio y volvieron al lugar donde antes estaban sentados. El anciano los siguió, con paso lento y suspirando.

Barrabás quedó de nuevo solo.

Durante los días de encarcelamiento estuvo solo, aparte, separado de ellos; los oía cantar sus salmos llenos de fe y hablar con esperanza de su muerte y de la Vida Eterna que los aguardaba. Hablaban sobre todo después que la sentencia fue pronunciada. Estaban siempre llenos de confianza. No tenían la más mínima duda.

Barrabás escuchaba, pero sumido en sus propios pensamientos. El también pensaba en lo que le esperaba. Recordaba al hombre del huerto de los Olivos, a Aquel que había compartido con él el pan y la sal, que ahora debía de estar muerto desde hacía mucho tiempo y cuyo cráneo, en el que se dibujaba una mueca, yacía en la eterna oscuridad.

La Vida Eterna…

¿Acaso tenía sentido la vida que había llevado? No lo creía; pero, a decir verdad, nada sabía. No le tocaba juzgar.

Más allá, el anciano de barba blanca estaba entre los suyos. Los escuchaba y también les hablaba en su auténtico dialecto galileo. Pero a veces descansaba la cabeza sobre sus grandes manos y quedaba unos momentos silencioso. Pensaba tal vez en la ribera de Genezareth, donde hubiera querido morir. Pero su destino no le pertenecía. Había encontrado en el camino a su Maestro y Este le había dicho: «Sígueme». Y tuvo que seguirle. Miraba delante de él con sus ojos de niño, y de su viejo rostro arrugado, de mejillas hundidas, emanaba una gran paz.

Los llevaron para crucificarlos. Fueron encadenados de dos en dos; pero como no había número par, Barrabás, que caminaba a la cola del cortejo, fue encadenado solo. El azar lo quiso así. Y se encontró solo al final de la fila de las cruces.

Había mucha gente y mucho tiempo pasó antes que todo hubiese concluido. Pero los crucificados no cesaban de dirigirse palabras de consuelo y de esperanza. A Barrabás nadie le hablaba.

A la hora del crepúsculo los espectadores ya se habían marchado, fatigados de estar allí, de pie. Y por otra parte, todos los condenados habían muerto.

Sólo Barrabás seguía colgado, con vida aún. Cuando sintió llegar la muerte, a la que siempre había tenido tanto miedo, dijo en las tinieblas, como si a ellas hablase:

—A ti encomiendo mi espíritu.

Y entregó su alma.