Al día siguiente Barrabás dio una vuelta por la ciudad. Encontró a mucha gente que conocía, amigos y enemigos. Casi todos se sorprendieron de verlo, y algunos se sobresaltaron como si ante ellos hubiese surgido un fantasma. Esto le resultó penoso. ¿Acaso no era voz corriente que había recobrado su libertad? ¿Cuándo se darían cuenta de que a él no lo habían crucificado?
El sol quemaba como fuego; los ojos no podían casi soportar aquella luz violenta. ¿Estarían los suyos realmente enfermos tras aquella permanencia en la cárcel? Le pareció preferible seguir en la sombra. Al pasar por las arcadas que llevaban a la plaza del Templo, se le ocurrió sentarse debajo de la bóveda para que su vista descansara unos instantes. Experimentó gran alivio.
Algunos hombres se habían sentado antes que él a lo largo de la pared. Hablaban en voz baja; lejos de mirar con buenos ojos la llegada de Barrabás, echáronle miradas oblicuas y bajaron más aún la voz. Oyó una que otra palabra, pero le resultó imposible seguir el hilo de la conversación, y, por otra parte, ¿de qué le hubiera valido? Los secretos de esa gente no le interesaban. Uno de ellos era un hombre de su edad, con una barba rojiza como la suya; los cabellos, también rojizos, desgreñados y abundantes, se fundían con la barba. El color azul de sus ojos denotaba cierta singular ingenuidad; tenía un rostro ancho, de gruesas mejillas. Todo en él revelaba vigor físico. Era un mocetón muy poco refinado, un artesano, a juzgar por sus manos y su vestimenta. Barrabás no se preocupaba de lo que podía ser ni de su aspecto, pero se hallaba frente a uno de esos hombres que no pueden pasar inadvertidos, si bien no se observaba en su persona nada característico. Salvo los ojos, evidentemente.
Parecía aquel mocetón bastante afligido, y dijérase que los demás se lamentaban también. Hablaban seguramente de alguien que acababa de morir, o de un tema análogo. De vez en cuando suspiraban profundamente, a pesar de ser hombres, Si se trataba realmente de ese caso, si esa gente lloraba a alguien, ¿por qué no dejaban las lamentaciones para las mujeres, para alguna llorona, en todo caso?
De pronto, Barrabás oyó que el muerto de que estaban hablando había sido crucificado. Y que había sido crucificado la víspera. ¿La víspera?
Prestó más atención, pero las voces bajaron de nuevo el tono y ya no pudo oír más.
¿A quién se referían?
Iban y venían los transeúntes, y le resultó imposible seguir la conversación. Cuando se restableció un silencio relativo, oyó lo suficiente como para darse cuenta de que no se equivocaba. Se trataba de Él, del hombre que…
Cosa extraña… En Él pensaba desde hacía un rato. Al pasar por casualidad ante el pórtico del palacio, se había acordado de Él. Y en el lugar donde el condenado se había desplomado bajo el peso de la cruz, también se había acordado de Él. Y he ahí que las personas allí presentes hablaban precisamente de ese hombre… Extraño. ¿Qué tenían que ver con el crucificado? ¿Y por qué bajaban el tono de la voz? El único que se expresaba en voz bastante alta como para que le oyesen era el hombretón de cabellos y barba rojizos; su corpulencia se avenía mal con los cuchicheos.
¿Aludían a la oscuridad que se había producido en el momento de la muerte del crucificado?
Barrabás escuchaba con atención; una atención tan intensa que los otros debieron notarlo. Pues de pronto callaron y durante un buen rato no pronunciaron ni una sílaba, limitándose a mirarlo de soslayo. Luego murmuraron algo que no pudo entender, y a poco, tras haberse despedido del hombretón, se marcharon. Eran cuatro, y ninguno de ellos le resultó agradable.
Ya solo con el compañero de aquéllos, tuvo ganas de dirigirle la palabra, más no sabía cómo iniciar la conversación. El sujeto movía los labios y de vez en cuando meneaba la cabezota. Según la costumbre de las almas sencillas, traducía con gestos y ademanes sus preocupaciones. Por fin, Barrabás le preguntó sin ambages qué le afligía. Aquél, perturbado, alzó los ojos, azules y redondos, y nada repuso. Pero tras de mirar ingenuamente durante algunos segundos al desconocido, inquirió si Barrabás era de Jerusalén. No; de allí no era.
—Encuentro, sin embargo, que tienes el dejo de los que han nacido aquí, ¿o me equivoco?
Respondió Barrabás que no venía de muy lejos, sino de aquellas montañas del lado del oriente. Esto inspiró visiblemente más confianza a su interlocutor. No estimaba a los nativos de Jerusalén, y lo decía sin rodeos; la mayoría eran bribones, verdaderos bandidos. Barrabás se rió un poco y fue de la misma opinión. ¿Y su interlocutor? ¡Oh!, venía de muy lejos. Sus ojos de niño trataron de expresar esa larga distancia. Y, le confió con el corazón abierto, hubiera preferido estar en su patria o en cualquier otro lugar de la tierra antes que en Jerusalén. Pero nunca volvería a su tierra para vivir y morir, como había sido su intención y se lo había figurado en otra época. Barrabás se extrañó de eso.
—¿Por qué no? —preguntó—. Nadie podría oponerse; cada cual tiene derecho de disponer de su persona.
—¡Oh, no! —repuso el hombretón, algo pensativo—. Así no es.
Pero ¿por qué se hallaba en Jerusalén? Esta pregunta brotó de los labios de Barrabás sin que pudiera refrenarla. El otro no contestó en seguida; por fin confesó, vacilando, que allí estaba por su Maestro.
—¿Tu Maestro?
—Sí. ¿No has oído hablar del Maestro?
—No.
—¿Del que fue crucificado ayer en el Gólgota?
—¿Crucificado en el Gólgota? No sé nada. Pero ¿por qué han hecho eso?
—Porque estaba escrito que así debía ser.
—¿Escrito? ¿Estaba escrito que sería crucificado?
—Claro que sí. Basta leer las Escrituras; y por otra parte, El mismo lo predijo.
—¿Lo predijo? ¿Y eso estaba en las Escrituras? A fe mía, no las conozco bastante para saberlo.
—Ni yo tampoco; pero es así.
Barrabás no tuvo dudas al respecto. Pero ¿cómo era posible que el Maestro debiera fatalmente morir en la cruz? ¿Qué se ganaba con eso? De todos modos, era extraño.
—Sin duda. Yo también lo encuentro muy singular. No comprendo por qué tenía que morir, y de una manera tan atroz. Pero las cosas debían ocurrir como Él las había predicho. Todo debía ocurrir como Él lo había decretado. Y muchas veces repitió que debía sufrir y morir por nosotros —añadió inclinando la cabezota.
Barrabás le clavó la mirada.
—¡Morir por nosotros!
—Sí, en nuestro lugar. Sufrir y morir inocente en lugar nuestro. Pues debemos reconocer que los culpables somos nosotros y no él.
Dejó Barrabás errar la mirada por la calle, y durante unos momentos no preguntó nada más.
—Ahora se comprende mucho mejor lo que tenía costumbre de decir —murmuró el otro como hablando consigo mismo.
—¿Lo conocías? —preguntó Barrabás.
—Claro que sí. Por cierto que lo conocía. Estuve con Él desde que empezó allí arriba, en nuestra tierra.
—¡Ah! ¿Era tu tierra?
—Y lo seguí continuamente, a todas partes donde fue.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Vaya una pregunta! Ya se ve que no lo has conocido.
—¿Qué quieres decir?
—Sí, sabes, ejercía un poder sobre uno, un poder extraordinario. Decía simplemente: «¡Sígueme!». Y había que seguirlo. No se podía hacer otra cosa. Si lo hubieras conocido te habrías dado cuenta. Tú también lo habrías seguido.
Calló Barrabás durante unos segundos. Luego dijo:
—Sí, debía de ser un hombre extraordinario, si es cierto lo que cuentas. Sin embargo, el hecho de que haya sido crucificado ¿no demuestra acaso que su poder no era tan grande?
—No…, no se trata de eso. Antes lo creí, y esto es lo más penoso. ¡Qué yo haya podido un solo segundo creer semejante cosa! Pero ahora me parece haber comprendido el significado de su muerte ignominiosa, ahora particularmente que he reflexionado un poco y he hablado con los otros, con los que son más versados en las Escrituras. Parece ser que estaba decretado que debía sufrir todo eso, a pesar de ser inocente, sí, y aun bajar al reino de las sombras, por amor a nosotros. Pero volverá y desplegará toda su potencia. ¡Resucitará de entre los muertos! De eso estamos absolutamente seguros.
—¡Resucitar de entre los muertos! ¡Qué cuento es ése!
—No es un cuento. Lo hará seguramente. Y muchos creen que resucitará mañana por la mañana. Pues será el tercer día. Declaró, según parece, que se quedaría tres días en el reino de los muertos. Sin embargo, personalmente, nunca le oí decir eso. Pero ha de haberlo dicho. Y mañana por la mañana, al salir el sol…
Barrabás se encogió de hombros.
—¿Lo dudas?
—No.
—No, no… tú no puedes… tú nunca lo has conocido, tú. Pero muchos de los nuestros lo creen. ¿Y por qué no resucitaría él cuando ha resucitado a tantos muertos?
—¿Resucitar a muertos? ¡No es posible!
—Sí, sí. Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Es cierto?
—Absolutamente; es una verdad resplandeciente. Tiene bastante poder… Nada le resulta imposible; le basta querer… ¡Si al menos quisiera valerse de su poder para sí mismo! Pero nunca lo ha hecho.
—¿Y por qué se dejó crucificar si tenía tanto poder…?
—Sí, si, lo sé… Pero no es fácil comprender esas cosas, nada fácil. Soy un hombre bastante simple, ¿entiendes?; y no me resulta fácil comprender todo eso, puedes creerme.
—¿No estás seguro de que resucitará?
—Sí, sí, estoy seguro de que es cierto lo que dicen. Que el Maestro volverá y que se presentará ante nosotros con todo su poder y toda su gloria. De eso estoy convencido; y ellos también; conocen mejor que yo las Escrituras. Será un gran día. Sí, anuncian el comienzo de una nueva era; sí, la era de la felicidad, en la que el Hijo del Hombre reinará en su reino…
—¿El Hijo del Hombre?
—Sí; Él mismo se ha llamado así. Pero algunos creen… No puedo decirlo…
Barrabás se le aproximó.
—Dime lo que creen.
—Creen… que es el mismo Hijo de Dios.
—¡El Hijo de Dios!
—Sí… Pero ¿será cierto? Imposible no sentir un poco de miedo. Yo preferiría que volviese tal como era.
Barrabás, inquieto, se indignó.
—¡Cómo se pueden contar semejantes patrañas! —prorrumpió con violencia—. ¡El Hijo de Dios! ¡El Hijo de Dios crucificado! ¿No comprendes que es imposible?
—He dicho que eso podría no ser cierto. Si quieres, lo volveré a decir.
—¿Quiénes son los locos que creen en eso? —reanudó Barrabás, y la cicatriz que tenía debajo de uno de los ojos, se tornó más roja como en las grandes circunstancias—. ¡El Hijo de Dios! Es evidente que no lo era. ¿Crees tú que el Hijo de Dios descienda a la tierra? ¡Y que se ponga a predicar en tu comarca!
—¿Por qué no? Eso no era imposible. Allí como en otra parte. Es una comarca pequeña y pobre sin duda; pero es preciso empezar en alguna parte.
El mocetón se expresaba con tanta candidez que por poco Barrabás no se echó a reír. Pero la indignación lo contuvo. Tironeaba continuamente su manto de piel de cabra, como si la prenda se le hubiera caído del hombro, lo cual no era el caso.
—Y de los prodigios que señalaron su muerte, ¿qué piensas?
—¿Qué prodigios?
—Se oscureció todo en el momento en que moría.
Barrabás desvió la mirada y se restregó los ojos.
—Tembló la tierra y la colina del Gólgota se partió en el lugar preciso en que se alzaba la cruz.
—¡Eso, con toda seguridad, no es cierto! Vosotros lo habéis inventado. ¿Cómo sabes que la colina se partió? ¿Acaso estabas allí?
El mocetón cambió repentinamente de actitud. Miró vacilante a Barrabás; luego bajó la vista.
—Por mi parte no sé y no puedo ser testigo —balbuceó. Tras suspirar profundamente, se quedó un buen rato silencioso. Por fin, apoyando la mano en el brazo de Barrabás, profirió—: ¿Sabes…? Yo no estaba con mi Maestro mientras él sufría y moría. Yo acababa de huir. Si, lo había abandonado para huir. Y antes había renegado de Él. Eso es lo peor; he renegado de Él. ¿Cómo podrá perdonarme, si vuelve? ¿Qué le diré? ¿Qué le contestaré si me interroga?
Meneándose de un lado a otro, aprisionó entre sus manos su rostro ancho y barbudo.
—¿Cómo he podido hacer una cosa semejante? ¿Cómo he podido hacer una cosa semejante?…
Sus ojos de un azul tan límpido estaban húmedos cuando por fin levantó de nuevo la cabeza para mirar a Barrabás.
—Me has preguntado cuál era el motivo de mi aflicción. Ahora lo sabes. Y mi Señor y mi Maestro lo sabe mejor aún. Soy un pobre ser despreciable. ¿Crees tú que podrá perdonarme?
Barrabás contestó que así lo creía. En realidad, no se interesaba mucho por lo que decía el otro; pero respondió de tal suerte porque a pesar suyo no podía dejar de sentir simpatía por alguien que se acusaba como un criminal, cuando de nada era culpable. ¿Quién, en efecto, no ha cometido alguna traición en su vida?
El hombre le tomó la mano y la estrechó con fuerza en la suya.
—¿Piensas así? ¿Piensas así realmente? —repitió con voz entrecortada.
En aquel momento algunos transeúntes divisaron al hombretón de cabellos rojizos. Viendo al sujeto con quien estaba conversando y cuya mano estrechaba, se sobrecogieron y demostraron estupor. Se aproximaron en seguida y, dirigiéndose con profundo respeto al hombre mal vestido articularon vivamente:
—¿No sabes quién es ese individuo?
—No —repuso, y decía la verdad—, no sé quién es; pero se compadece del prójimo, y hemos tenido una buena conversación.
—¿No sabes acaso que el Maestro ha sido crucificado en su lugar?
El hombretón de cabellos rojizos soltó la mano de Barrabás y paseó la mirada del uno al otro, sin poder esconder su emoción. Los recién llegados manifestaron más claramente aún sus sentimientos; estaban trémulos de indignación.
Barrabás se había puesto en pie y les volvía la espalda, para que nadie le viera la cara.
—¡Vete, hombre maldito! —vociferaron con singular violencia.
Se arrebujó en su manto y se alejó por la calle sin mirar hacia atrás.