Sobre la suerte de Barrabás después de este acontecimiento, sobre los lugares en que vivió y las ocupaciones a que se entregó mientras estaba en el apogeo de sus fuerzas, nada se sabe. Muchos creen que, después de su desaparición, se retiró en la total soledad de los desiertos de Judea o del Sinaí, con la intención de meditar sobre el mundo de Dios y el de los hombres. Otros pretenden que se afilió a los samaritanos, que detestan el templo de Jerusalén, el clero y las personas expertas en las Escrituras, y que se le vio durante la Pascua en la montaña sagrada, en el momento del sacrificio del cordero; según afirman, esperaba arrodillado como ellos la salida del sol sobre Gerissim. Más algunos consideran como probado que durante la mayor parte del tiempo fue simplemente el jefe de unos bandidos que actuaban en los declives del Líbano, y que se manifestaba igualmente cruel para con los judíos como para con los cristianos que caían entre sus manos.
Todo el mundo, lo repetimos, ignora la verdad exacta. Se sabe, en cambio, con precisión que a los cincuenta años más o menos llegó como esclavo a la casa del procurador romano de Pafos, tras haber pasado mucho tiempo en las minas de cobre de la isla de Chipre, administradas por él. ¿Por qué lo habían detenido y condenado a las minas, el castigo más terrible que se pudiera imaginar? No se sabe. Lo más extraordinario es que, habiendo estado en aquel infierno, volviera a la vida, aun como esclavo. A este hecho se hallan ligadas otras circunstancias excepcionales.
Ya peinaba canas; tenía el rostro arrugado; pero aparte de eso conservaba una sorprendente vitalidad, a pesar de todo lo que había padecido. Logró reponerse con asombrosa rapidez y recobró gran parte de sus fuerzas. Cuando dejó las minas, parecía más muerto que vivo, con su cuerpo descarnado y sus órbitas sin mirada, semejantes a pozos vacíos. Cuando regresó, la expresión de su mirada denotaba más inquietud que antes y una angustia semejante a la de un perro domado pero en sus pupilas brillaba ese odio que la madre de Barrabás, al darle a luz, había experimentado contra la creación entera. Después de haber estado descolorida durante mucho tiempo, la cicatriz debajo del ojo ahondaba de nuevo en la barba gris un surco de color sangre.
Si hubiera tenido un temperamento menos resistente, no habría sobrevivido. Debía dar las gracias a Eliahu y a la moabita, que le insuflaban por segunda vez la vida, si bien el uno y la otra lo detestaban en vez de amarlo. Por otra parte, ellos no se amaron tampoco. Lo que prueba la poca importancia del amor. Pero Barrabás, no sabiendo nada de tan impudorosa unión, ignoraba lo que les debía.
Había llegado a una gran casa en la que se hallaban muchos esclavos. Entre ellos había un hombretón magro y desmadejado, un armenio que se llamaba Sahak, tan alto que caminaba siempre un poco encorvado. Con sus grandes ojos, ligeramente saltones, oscuros y muy abiertos, producía la impresión de que una llama ardía en su interior. Su pelo blanco y muy corto y su rostro como consumido le daban aspecto de anciano; pero en realidad tenía poco más de cuarenta años. También había estado en las minas. Allí Barrabás y él fueron camaradas durante años y juntos lograron evadirse. Pero Sahak no se había repuesto como Barrabás, y seguía increíblemente delgado; la existencia tan dura de los últimos años había dejado sus huellas, más en él que en el otro. Parecía haber soportado pruebas por las cuales Barrabás, a pesar de todo, no había pasado. Y esto era, en realidad, lo que había ocurrido.
Los otros esclavos estaban muy intrigados por esos dos, que habían podido escaparse de un lugar de donde nunca se salía con vida, y les hubiera gustado oír el relato de sus aventuras. No obstante, pudieron sacarles muy poco sobre su pasado. Se quedaban aparte; casi no se hablaban y no parecían tener mucho en común, si bien producían la impresión de que eran inseparables. Era curioso. Pero si en los momentos de libertad o durante las comidas se sentaban juntos, y si de noche compartían el mismo lecho de paja, esto se debía a las cadenas que los habían unido en las minas.
Unidos estuvieron desde que llegaron del continente en un transporte. Los esclavos, atados de dos en dos, trabajaban siempre juntos en las minas. Un hombre nunca se separaba de su compañero de prisión. Así, pues, como todo lo tenían en común, acababan por conocerse a fondo y a veces por odiarse. Ocurría que, cegados por el furor, se echaran el uno sobre el otro, sin razón alguna, simplemente porque estaban acoplados en ese infierno.
Pero esos dos parecían entenderse muy bien y hasta ayudarse mutuamente para soportar el suplicio. Estaban a gusto juntos y de vez en cuando cambiaban algunas palabras para distraerse un poco durante el rudo trabajo. Barrabás, poco expansivo por supuesto, escuchaba de buen grado la charla del otro. Al principio no hablaron de ellos mismos; parecían eludir el tema, pues ambos tenían secretos que preferían no divulgar; necesitaron mucho tiempo antes de saber el uno algo del otro. Fue por casualidad como un día se enteró Sahak de que Barrabás era hebreo y nativo de Jerusalén. Demostró vivo interés y empezó a hacer preguntas sobre esto y aquello. Daba la impresión de conocer la ciudad, si bien nunca había estado en ella. Por fin averiguó si Barrabás sabía algo acerca de un Rabino que allí había vivido y cumplido su misión, un gran profeta en quien muchos creían. Barrabás comprendió de qué Rabino se trataba y dijo que lo había oído nombrar. Sahak hubiera querido saber algo más, pero Barrabás contestó evasivamente que no sabía gran cosa. ¿Lo había visto con sus propios ojos? Sí, lo había visto. Sahak dio gran importancia a esto, pues al cabo de unos momentos volvió a preguntar si Barrabás lo había visto verdaderamente. Y éste respondió de nuevo afirmativamente, pero sin gran entusiasmo.
Sahak dejó caer su pico. Impresionado por lo que acababa de oír, quedó absorto, como si su espíritu estuviera lejos. Le costaba explicar por qué lo veía todo bajo una luz distinta. El pozo de la mina tenía otro aspecto; nada estaba como antes. Se hallaba encadenado a alguien que había visto a Dios.
En aquel momento oyó a sus espaldas el chasquido del látigo del guardián, que pasaba justamente por allí. Acurrucóse, como para evitar los golpes, y volvió a blandir con energía el puntiagudo pico. Sangraba abundantemente cuando el verdugo se alejó por fin, y su enorme cuerpo temblaba después del castigo. No pudo hablar antes de cierto tiempo. Rogó entonces a Barrabás que le dijera cómo habían ocurrido las cosas, y especialmente su encuentro con el Rabino. ¿Había sido en el Templo, en el lugar sagrado? ¿Había sido cuando el Profeta habló de la proximidad de su reino? Barrabás, en un principio, no quiso revelar nada. Por último respondió de mala gana que había sido en el Gólgota.
—¿El Gólgota? ¿Qué es eso?
Barrabás explicó que era el lugar en que se crucificaba a los criminales.
Sahak guardó un profundo silencio. Bajó los ojos. Luego se contentó con murmurar:
—Realmente, fue cuando…
Así hablaron por vez primera del Rabino crucificado, y lo hicieron a menudo en los días siguientes.
Sahak quería sobre todo conocer las palabras sagradas pronunciadas por el Profeta y los grandes milagros que había cumplido. Sabía, por supuesto, que lo habían crucificado; pero hubiera preferido que Barrabás le contara otra cosa.
El Gólgota… El Gólgota… Un nombre que le era singularmente desconocido a propósito de un suceso tan familiar: ¡cuántas veces había oído hablar de la crucifixión del Salvador y de los prodigios ocurridos después de su muerte! Preguntó si Barrabás había visto el velo del Templo después de la desgarradura. En todo caso había visto seguramente la montaña partirse en dos, pues en aquellos momentos se hallaba justamente allí.
Barrabás contestó que todo eso pudo haber sucedido, aunque él no lo hubiera visto.
—Sí —agregó Sahak—, y los muertos que salieron de sus tumbas y dejaron el reino de las sombras para ser testigos, sí, ¡para atestiguar su poder y su gloria!
—Sí —dijo Barrabás.
—¿Y las tinieblas que invadieron toda la tierra cuando expiró?
Sí, eso era algo que Barrabás había visto. Había visto las tinieblas.
Sahak pareció muy contento de saberlo, aunque le perturbara la idea del lugar destinado al suplicio y creyese ver ante él la montaña partida, con la cruz en que el Hijo de Dios ofreció su propio sacrificio. Sí, por supuesto, era necesario que el Salvador sufriera y muriese; era necesario, para nuestro bien. Así había ocurrido; pero resultaba incomprensible. Sahak prefería figurárselo en Su esplendor, en Su reino, donde todo era tan distinto de lo que se conoce aquí. Y lamentaba que Barrabás, su compañero de cadena, no lo hubiera visto sino en el Gólgota y no en otra oportunidad. ¿Por qué lo había visto precisamente allí?
—¡Y pensar que lo has visto en aquel preciso momento! —dijo—. Es muy extraño. ¿Por qué estabas en aquel sitio?
Un día Sahak le preguntó si no lo había visto realmente en otra parte. Barrabás no contestó en seguida. Luego dijo que también había estado en el patio del palacio donde habían juzgado al Rabino, y refirió cómo habían sucedido las cosas. Describió la extraña luz que parecía envolverlo. Cuando se dio cuenta de que a Sahak le complacía sobremanera oír hablar de aquella luz, prefirió no mencionar el hecho de que, recién salido de un calabozo, podía haber sido deslumbrado por el sol. ¿Por qué mencionarlo? El otro no se alegraría. Nadie se alegraría de eso. En cambio, si omitía la explicación del prodigio, Sahak estaría muy contento y querría oír de nuevo y siempre el mismo relato. Su cara resplandecía, y Barrabás experimentaba en cierto modo la impresión de compartir su felicidad. Cada vez que Sahak le rogaba que describiera la asombrosa visión de aquel día lejano, él no se negaba y le parecía realmente que la tenía de nuevo nítidamente ante los ojos.
Después de cierto tiempo, dijo confidencialmente a Sahak que había asistido también a la resurrección del Maestro. No significaba esto que lo hubiera visto resucitar, pues nadie lo había visto. Pero había visto a un ángel que se precipitaba desde lo alto de los cielos con el brazo tendido como una punta de lanza y con el manto detrás de él, semejante a una llama. La punta de la lanza, al penetrar entre la roca y la piedra que cerraba la entrada del sepulcro, los había separado. Y entonces él comprobó que el sepulcro estaba vacío…
Sahak escuchaba estupefacto, los grandes ojos llenos de confianza fijos en Barrabás. ¿Sería posible? ¿Sería verdaderamente posible que ese pobre esclavo mugriento hubiera visto todo eso? ¿Qué hubiese estado presente en el momento en que se cumplía el más grande de los milagros? ¿Quién era, pues? ¿Y cómo él, Sahak, había podido merecer una gracia semejante: hallarse encadenado a alguien que había asistido a todo eso y que había estado tan cerca del Señor?
En el alborozo que le había causado el relato de Barrabás, comprendió que debía confiar su secreto a su compañero y que ya no podía callar. Echó en derredor suyo una mirada prudente para asegurarse de que nadie se acercaba; luego susurró a Barrabás que le quería mostrar algo. Lo hizo acercar a la lámpara de aceite que ardía en un realce del muro rocoso y, bajo la vacilante claridad, le mostró la placa de esclavo que llevaba al cuello. Todos los esclavos tenían una placa semejante, en la que estaba grabado el sello del propietario. Para los de las minas, era el sello del Estado romano. Pero en el reverso de la de Sahak pudieron distinguir signos extraños, misteriosos e indescifrables para ellos; pero que según explicó Sahak, representaban el nombre del crucificado, del Salvador, del propio Hijo de Dios. Como Barrabás mirara sorprendido esas curiosas incisiones, que parecían tener un valor mágico, Sahak murmuró que significaba que se había consagrado al Hijo de Dios, que era su esclavo. Quiso que Barrabás las tocara. Este se quedó un buen rato con la placa entre las manos.
De pronto, creyeron oír los pasos del guardián, pero era una falsa alarma, y se inclinaron de nuevo sobre la inscripción. Sahak dijo que la había grabado un esclavo griego. Ese esclavo, que era cristiano, le había hablado del Salvador y de la proximidad de su Reino, y así le había enseñado a creer. Sahak lo había encontrado en la fundería, donde nadie podía resistir más de un año. El griego no duró ni eso. Cuando expiró en aquel horno, las últimas palabras que le oyó murmurar fueron: «Señor, no me abandones». Después de su muerte, le cortaron el pie para poder quitarle más fácilmente las cadenas, y arrojaron su cuerpo al fuego, como se hacía siempre en la fundería. Sahak no había esperado terminar su vida de otro modo. Pero algún tiempo después un grupo de esclavos, entre los cuales se hallaba él, fue llevado a las minas, donde se los necesitaba.
Barrabás ya sabía que el otro era cristiano, que era esclavo de Dios. Había llegado a tal conclusión al fijar en su compañero su mirada leal.
En los días siguientes, Barrabás permaneció silencioso y taciturno. Luego preguntó con voz trémula si Sahak no quería grabarle la misma inscripción en su placa de esclavo.
Sahak no deseaba otra cosa, más ¿podría hacerlo? No conociendo los signos secretos, tomaría como modelos los de su propia placa. Esperaron que el guardián hubiera pasado y, bajo la tenue luz de la lámpara, Sahak se puso a dibujar esos signos lo mejor que pudo, con una piedra puntiaguda. Su mano inexperta bregaba por copiar los trazos tan singulares, pero trató de reproducirlos con la mayor exactitud posible. Muchas veces tuvieron que interrumpirse porque alguien se aproximaba; así al menos se lo figuraban. Por fin el trabajo quedó terminado y ambos convinieron en que el parecido era grande. Silenciosos, miraban la inscripción, los signos misteriosos que ninguno de los dos comprendía, pero que, según ya sabían, representaban el nombre del crucificado e indicaban que a Él se le pertenecía. De improviso cayeron de rodillas y dirigieron una ardiente plegaria a su Señor, Salvador y Dios de todos los oprimidos.
El guardián los vio de lejos, pues estaban los dos debajo de la lámpara; pero, absortos en la oración, no se percataron de nada. Se abalanzó sobre ellos y los abrumó a latigazos. Cuando por fin se alejó, Sahak se desplomó. Entonces el verdugo volvió sobre sus pasos y con nuevos golpes obligó al desdichado a levantarse. Tambaleantes el uno al lado del otro, ambos compañeros reanudaron su faena.
Era la primera vez que Barrabás padecía por el crucificado, ese pálido Rabino de pecho sin vello, a quien habían clavado en la cruz en su lugar.
Pasaron los años. Todos los días se parecían y no hubieran podido distinguirlos ni el uno ni el otro si al caer la noche no los hubiesen llevado a dormir con centenares de otros esclavos, tan fatigados como ellos. Comprendían entonces que la noche había llegado. Nunca salían de la mina. Exangües, semejantes a dos sombras, vivieron año tras año en la misma penumbra, en lo hondo de aquel reino de la muerte, guiados por sus propias lámparas temblorosas y en ciertos lugares por un fuego de leña. Un hilo de luz se abría paso a la entrada de la mina; desde allí se podía ver algo que sería tal vez el cielo. Pero de la tierra, de este mundo al cual habían pertenecido en otra época, les era imposible ver nada.
Por esa abertura les bajaban los alimentos en canastas y gamellas sucias. Se les daba de comer como a animales.
Sahak estaba muy triste. Barrabás ya no rezaba con él. Después de haber pedido que el nombre del Salvador figurara en la placa, volvió a rezar muy de vez en cuando; luego desistió. Cada vez más hosco y raro, se tornaba indescifrable. Sahak no comprendía nada. Todo eso se hallaba por encima de su entendimiento. Cuando él se ponía a rezar, Barrabás se daba vuelta como si ni siquiera deseara verlo. Sin embargo, se colocaba como si lo fuera a proteger, en el caso de que alguien se presentase inesperadamente; quería, por lo visto, que no interrumpiesen a su compañero mientras rezaba. Todo indicaba su propósito de ayudar a Sahak a orar; pero él no oraba. ¿Por qué? ¿Cuál era la causa de todo esto? Sahak no tenía ni la menor idea. Era para él un enigma, ni más ni menos que el propio Barrabás. Había creído conocerlo tan bien, le había parecido que en aquel mundo subterráneo, en su condenación común, estaban tan cerca el uno del otro, especialmente las pocas veces que rezaron juntos. Y de pronto comprendía que no sabía nada de Barrabás, absolutamente nada aunque estuviera encadenado a él. En ocasiones, tenía la impresión de que el extraño al cual se hallaba ligado de tal modo era para él, desde ciertos puntos de vista, completamente un extraño.
¿Quién era, pues?
Siguieron conversando, pero nunca más hubo la comprensión de antes. Mientras hablaban, Barrabás tenía una manera singular de darse vuelta a medias. Sahak no le llegaba a ver los ojos. Pero ¿los había visto alguna vez? ¿Los había visto una sola vez?
¿Quién era en realidad su compañero de condena?
Ya no hablaba Barrabás de sus visiones. Es fácil adivinar lo que eso significaba para Sahak y la impresión de vacío que experimentaba. Debía tratar de representárselas solo y de recordarlas lo mejor posible, más no resultaba fácil. Y no era lo mismo. ¿Cómo hubiera podido ser lo mismo? Nunca se había encontrado al lado de Aquel que es todo amor. Nunca la luz que rodea al Señor lo había deslumbrado. Nunca había visto a Dios.
Debía contentarse con las maravillosas visiones que había tenido en otro tiempo, a través de los ojos de Barrabás.
Le gustaba sobre todo la de la mañana de Pascua, aquel ángel resplandeciente que se precipitaba desde lo alto de los cielos para liberar al Señor y arrancarlo del reino de los muertos. Si se llegaba a percibir bien aquella imagen, se podía estar seguro de que el Salvador había resucitado, que vivía y que pronto vendría a establecer Su reino en la tierra, como lo prometió tantas veces. Sahak no lo dudaba; estaba convencido de que semejante prodigio debía producirse. Y en aquel momento los harían salir a todos de la mina, a todos los que allí languidecían. Sí, el Señor en persona estaría en la entrada para recibir a los esclavos y librarlos de sus cadenas a medida que fueran subiendo, y todos entrarían luego en Su reino.
Sahak ansiaba que llegara ese día, y cada vez que sonaba la hora de la pitanza, alzaba la vista hacia la abertura para descubrir el milagro. Pero nada se veía del mundo de allá arriba ni se sabía lo que allí estaba ocurriendo. Hubieran podido producirse los más grandes acontecimientos sin que se tuviese la menor sospecha. Sin embargo, si hubiera ocurrido algo así, si el Señor hubiese vuelto verdaderamente, no los habría dejado en aquel lugar. Ciertamente no olvidaría a sus criaturas del reino de las sombras.
Un día que Sahak, de rodillas al pie de la roca, decía sus oraciones, sucedió algo extraordinario. Un nuevo guardián, que había reemplazado al antiguo, se le acercó por atrás, de tal suerte que Sahak no lo vio ni lo oyó. Pero Barrabás, que estaba cerca, lo entrevió en la penumbra y susurró a su compañero que alguien se aproximaba. Sahak se levantó en el acto y se apresuró a manejar su pico. Esperaba lo peor, y su espalda se encogía de antemano, como si ya hubiera sentido los golpes. Ante el gran estupor de los dos hombres, no hubo castigo alguno. Es cierto que el guardián se detuvo, más para preguntar a Sahak, en tono bastante amable, por qué se había arrodillado y qué significaba eso. Sahak respondió tartamudeando que le rezaba a su Dios.
—¿Qué Dios?
Y cuando Sahak le explicó de qué Dios se trataba, el guardián comenzó a interrogarlo sobre el «Salvador crucificado», de quien había oído hablar y que despertaba en él evidentemente una viva curiosidad. ¿Sería cierto que se había dejado crucificar, que había tenido la muerte lastimosa de un esclavo y que, a pesar de eso, se hacía adorar como un Dios? Extraordinario, verdaderamente extraordinario… ¿Y por qué se le llamaba el Salvador? ¡Qué manera tan rara de nombrar a un Dios!… ¿Qué significaba eso? ¿Nos salvaría? ¿Salvaría nuestra alma? Extraño… ¿Por qué lo haría?
Sahak trató de explicárselo lo mejor posible. El otro escuchó dócilmente la exposición enredada y confusa de aquel esclavo ignorante. A veces meneaba la cabeza; pero no dejaba de prestar toda su atención, como si aquellas palabras ingenuas le hubieran interesado particularmente. Al final dijo que había muchos dioses y que, para mayor seguridad, más valía ofrecerles sacrificios a todos.
Sahak declaró que el crucificado no pedía otro sacrificio que el de sí mismo.
—¿Qué uno mismo se sacrifique? ¿Qué quieres decir con eso?
—Que uno mismo se sacrifique en su gran hoguera —respondió Sahak.
—¿En su hoguera?…
El guardián movió la cabeza.
—Eres un esclavo simple de espíritu —dijo luego—, y esas cosas están por encima de tu entendimiento. ¡Qué invenciones más raras! ¿Dónde has aprendido esas palabras sin sentido?
—Me las enseñó un esclavo griego —explicó Sahak—. Yo, en verdad, no sé muy bien lo que significan.
—Es evidente. Y nadie lo sabe. Sacrificarse uno mismo… En su hoguera… en su hoguera…
Y, mascullando algo ininteligible para los otros dos, desapareció en el espacio oscuro entre los dos focos de luz mortecina, como un hombre a punto de perderse en las entrañas de la tierra.
Mucho sorprendió a Sahak y a Barrabás este curioso incidente, que cortaba la monotonía de sus existencias. Era algo tan inesperado que les costaba darse cuenta de lo ocurrido. ¿Cómo pudo venir hacia ellos un hombre semejante? ¿Sería realmente un guardián como cualquier otro el que se comportaba así y los interrogaba sobre el crucificado, sobre el Salvador? Eso les parecía imposible. Pero se alegraban, por supuesto, de lo sucedido.
Después de aquel día, el guardián, al pasar, se detenía a menudo a conversar con Sahak. A Barrabás nunca le decía nada. Sahak tenía que seguir hablando del Salvador, de su vida, de sus milagros y de su singular precepto que ordenaba que nos amáramos los unos a los otros. Y un día, al final de la predicación, el guardián le declaró:
—Hace tiempo que deseo creer en ese Dios. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo me será posible llegar a aceptar cosas tan extrañas? Yo, que soy un guardián de esclavos, ¿cómo podré adorar a un esclavo en la cruz?
Sahak respondió que su Señor había muerto, en efecto, como un esclavo; pero que en realidad era el mismo Dios, el único Dios. Si se cree en él, no se puede creer en ningún otro.
—¡El único Dios! ¡Y crucificado como un esclavo! ¡Qué pretensión! No había sino un solo Dios, ¡y los hombres lo han crucificado!
—Sí —dijo Sahak—. Así es.
El hombre lo miró con el mayor estupor, sin responder nada. Meneando la cabeza, según su costumbre, prosiguió su camino y se perdió en las tinieblas de las galerías.
Lo siguieron con la mirada. Lo veían aparecer unos segundos bajo la claridad de cada lámpara y luego desaparecer otra vez.
El guardián pensaba en aquel Dios desconocido que se tornaba más incomprensible a medida que oía hablar de Él. ¿Qué pensar si fuera realmente el único Dios? ¿Si tuviesen que adorar a El y a ningún otro? ¿Qué pensar si no hubiera más que un solo Dios todopoderoso, que reinaba en el cielo y en la tierra y predicaba su doctrina por doquier, aun en el reino de las sombras? Una doctrina muy extraña y confusa. «Amaos los unos a los otros… Amaos los unos a los otros…». No, ¿quién podía concebir eso?…
Se detuvo en plena oscuridad, en el espacio oscuro entre dos lámparas, para reflexionar mejor en la soledad. Y de pronto le vino la inspiración de lo que debía hacer. Debía sacar de la mina, donde tarde o temprano sucumbiría, al esclavo que creía en el Dios desconocido; debía darle otra clase de trabajo, allá arriba, a la luz del sol. No comprendía a ese Dios y su doctrina; no le era posible; pero debía proceder así. Tenía la impresión que ésa era la voluntad de Dios.
La primera vez que salió a la superficie de la tierra fue a ver al guardián de los esclavos que trabajaban en la propiedad dependiente de la mina. Cuando el otro, hombre de lozano rostro de campesino, con boca grande y groseramente dibujada, supo de qué se trataba, no ocultó su poco entusiasmo por la proposición, pues no quería a un esclavo de la mina. Necesitaba, sí, algunos hombres más, por la habitual escasez de bueyes, sobre todo en primavera, cuando se labraban los campos; pero no le interesaban los mineros. Eran incapaces de trabajar; carecían de fuerza, y, por otra parte, los demás esclavos tampoco los querían. «¿Qué hacen aquí arriba?», dirían. Por siempre sus fines. Y éste volvió a la mina.
Al día siguiente conversó con Sahak, más largamente aún que las veces anteriores, acerca del Dios crucificado. Luego le dijo lo que había arreglado: Sahak debía presentarse ante el guardián de la entrada para que lo libraran de las cadenas que tenía atadas a un pie y lo separasen así de su compañero de prisión. Le harían luego salir de la mina y su nuevo jefe se encargaría de él.
El esclavo lo miró sin comprender lo que estaba oyendo. ¿Sería posible que fuera cierto? El guardián le contestó afirmativamente, agregando que era sin duda una inspiración del Dios de Sahak, cuya voluntad debía cumplirse.
Sahak oprimió sus manos contra el pecho y permaneció un rato silencioso. Luego dijo que no quería abandonar a su compañero, pues tenían el mismo Dios y la misma fe.
El guardián miró sorprendido a Barrabás.
—¡La misma fe! Pero ¡no ha rezado de rodillas como tú!
—No —dijo Sahak, algo confundido—; es posible. Pero estuvo de otro modo que yo a su lado, pues se hallaba junto a la cruz en que padecía y moría el Salvador. Un día vio en derredor suyo una luz, y otra vez a un ángel de fuego que derribaba la piedra del sepulcro para que Él pudiera resucitar de entre los muertos. Su magnificencia me fue revelada por mi camarada.
El guardián meneó la cabeza, desorientado por tantas cosas incomprensibles, y dirigió una mirada recelosa a Barrabás, ese hombre con una cicatriz en la mejilla, que nunca miraba a uno de frente y que en ese mismo momento desviaba la mirada. ¿Era posible que perteneciera al Dios de Sahak? El guardián lo encontraba antipático.
Y además no le seducía la idea de que saliese de la mina. Pero Sahak repitió: «No puedo separarme de él». Entonces el guardián masculló algo y echó otra mirada a Barrabás, esta vez más prolongada. Por fin cedió, si bien a disgusto: ambos compañeros seguirían acoplados como antes. Luego los dejó y fue a sumergirse nuevamente en su soledad.
Cuando Sahak y Barrabás se presentaron a la hora convenida ante el guardián, se les quitaron las cadenas y se les hizo salir de la mina. Al llegar a la luz del día y al ver el sol que resplandecía sobre los declives de las montañas perfumadas de mirto y de lavanda, sobre los valles, los campos verdes y, más allá, sobre el mar, Sahak cayó de rodillas y exclamó en su éxtasis: «¡Ha venido! ¡Ha venido! ¡Su Reino está aquí!».
El guardián de esclavos, que llegaba en aquel momento para llevarlos, miró con sorpresa al hombre arrodillado. Luego lo obligó con un puntapié a levantarse:
—Vamos —dijo.