5

—Inklings, como en Tolkien, C. S. Lewis, el nombre de su grupo —explica Kathleen—. Se reunían en un pub de Oxford y hablaban de arte y de las ideas. No es que yo hable de arte e ideas muy a menudo, porque a la mayoría de estas mujeres les importan una mierda. Lo único que les importa es hacer alarde de sí mismas, que se destaquen sus nombres, reclamar la atención y el reconocimiento. Cualquier cosa para romper la monotonía y darte un poco de esperanza de que tal vez todavía puedes hacer algo por ti misma.

—¿Inklings es la única publicación que hay aquí? —pregunto.

—El único espectáculo en la ciudad. —Su orgullo es obvio, pero no se trata de ningún logro literario que podría disfrutar. Se trata del poder—. No hay mucho más. Algunas comidas especiales. Soy algo así como la catadora habitual, aunque nada de lo que preparan es algo que probará en el mundo libre. Y la publicación de Inklings. Vivo y respiro por la revista. La alcaide Grimm es generosa, siempre que cumplas con las reglas. Ha sido muy buena conmigo, pero yo no quiero estar en custodia preventiva y no lo necesito. Ella tiene que devolverme al otro lado —añade como si Tara Grimm estuviera escuchando.

Kathleen tiene un poder real en la GPFW. O lo tenía. Ella decidía quién era reconocida y quién era rechazada, quién se hacía famosa entre las internas y quién permanecía en el olvido. Me pregunto si esto puede tener algo que ver con que algunas de las internas se la tengan jurada, si es verdad lo que me han dicho. Me pregunto cuál es la verdadera razón oculta tras el traslado y pienso en lo que Tara Grimm dijo de la familia asesinada en Savannah el 6 de enero de 2002 y las recientes visitas de Jaime Berger al Pabellón Bravo.

—Estudiaba inglés en la universidad, quería ser una poetisa profesional, pero en cambio me licencié como asistente social —dice Kathleen—. Inklings fue idea mía y la alcaide Grimm me permitió llevarla a cabo.

En enero de 2002 fue cuando Dawn Kincaid llegó a Savannah y conoció a Kathleen por primera vez, o por lo menos es lo que Kathleen afirma. Es posible que Dawn estuviese aquí en Savannah cuando el médico y su familia fueron asesinados. Cortados y apuñalados hasta la muerte, un nivel de violencia que Benton describe como personal, práctica, a menudo acompañada de un componente sexual. El asesino se excita y se estimula con el acto físico de penetrar en el cuerpo de la víctima con un puñal o en el reciente caso del niño de Salem, que penetró un cráneo con clavos de hierro.

—Hacemos nuestras reuniones editoriales en la biblioteca para examinar los artículos recibidos y decidir la maquetación con el equipo de diseño. —Kathleen habla de su revista—. Aunque no tengo la última palabra sobre lo que se publica, la alcaide Grimm lo aprueba todo, y luego cada persona cuyo trabajo original ha sido seleccionado ve su foto en la portada. Es algo importante y puede causar resentimientos.

—¿Qué pasa con su revista ahora? —le pregunto, y al mismo tiempo me planteo si Lola Daggette podría haber conocido a Dawn Kincaid y es consciente de que Kathleen es la madre de Dawn.

—Por supuesto que no me dejan dirigirla —responde Kathleen, resentida—. Es obvio que la dirige otra. Yo también trabajaba en la biblioteca, como dije, pero tampoco puedo hacerlo. Así es como me financio mi cuenta. Veinticuatro dólares al mes, y si de vez en cuando te das un capricho, compras papel y sellos, no da para mucho. ¿Quién me va a enviar dinero desde el exterior cuando lo que tengo se acabe? ¿A quién tengo para que me ayude? ¿Cómo voy a comprar un maldito bote de champú para lavarme el pelo?

Yo no contesto. Ella no conseguirá nada de mí.

—Las reglas son las mismas para todas en el Pabellón Bravo, y lo mismo da que estés en custodia preventiva o que seas una asesina múltiple. Supongo que es el precio que pagas para que te mantengan a salvo —dice, y estoy sorprendida por lo dura que se ve, como si algo horrible dentro de ella estuviera buscando el camino de salida—. Excepto que no estoy a salvo. Estoy encerrada aquí con el peligro encima de mi maldita cabeza.

—¿Qué peligro pende sobre su cabeza? —pregunto.

—No sé por qué me hacen esto. Tienen que trasladarme de nuevo.

—¿Qué peligro pende sobre su cabeza? —repito.

—Es Lola quien está detrás de todo esto —responde, y se completa el círculo.

Jaime Berger ha estado viniendo a la GPFW para hablar con Lola Daggette, quien tiene una conexión con Kathleen Lawler, que a su vez tiene una conexión conmigo. No le digo que yo sé quién es Lola Daggette, y sigo pensando en la posibilidad de que, de alguna manera, ella tenga una conexión con Dawn. No sé cómo ni por qué, pero todos estamos en el círculo.

—Quería que me trasladaran aquí para que estuviese cerca de ella —dice Kathleen, enojada—. No tenemos un pabellón separado para el corredor de la muerte. Lola es la única que está allí ahora mismo. La última mujer fue Barrie Lou Rivers, la que mató a toda aquella gente en Atlanta echando arsénico en sus sándwiches de atún.

El Deli Devil. Estoy familiarizada con el caso, pero me lo callo.

—La misma gente todos los días comiendo el mismo especial de atún y ella sonriéndoles con todo su encanto, a medida que se ponían cada vez más enfermos —continúa Kathleen—. Justo antes del día en que debía morir por inyección letal, se ahogó con un sándwich de atún en su celda. Lo que yo llamo una de las negras ironías del destino.

—¿El corredor de la muerte está arriba?

—Solo es una celda de máxima seguridad como cualquier otra, no es diferente a la celda en la que estoy ahora. —Kathleen habla cada vez más fuerte y está más inquieta—. Lola está arriba y yo aquí abajo, un piso debajo de ella. Así que no me grita a mí directamente ni me pasa cometas. Pero sus palabras se transmiten.

—¿Qué palabras ha oído?

—Amenazas. Sé que las hace.

No señalo lo evidente, que Lola Daggette está encerrada veintitrés horas al día lo mismo que Kathleen, y no es posible que haya un contacto físico entre las dos. No veo cómo Lola puede hacerle daño a nadie.

—Sabía que si excitaba a la gente y me ponía en peligro, seguro como que hay un infierno, ellos me trasladarían al mismo maldito pabellón donde está ella. Que es exactamente lo que hicieron —afirma en un tono mordaz—. Lola me quiere cerca —añade Kathleen, y no creo que Lola Daggette de ningún modo haya querido a Kathleen en el Pabellón Bravo.

Tara Grimm, sí.

—¿Ha tenido problemas similares con otras internas en el pasado? —pregunto—. ¿Problemas que exigían trasladarla?

—¿Quiere decir trasladarme al Pabellón Bravo? —Kathleen levanta la voz—. Demonios, no. Nunca he estado antes segregada. ¿Por qué iba a tenerlos? Tienen que dejarme salir. Tengo que volver a mi vida.

El guardia Macon pasa junto a las ventanas de la sala de visitas. Soy consciente de que nos mira y evito mirar atrás mientras pienso en el poema que envió Kathleen y la revista literaria de la prisión que dirigió hasta hace unas semanas. Me pregunto con qué frecuencia la publicaba y pasaba por encima de las demás.

Echo un vistazo a mi reloj. Nuestra hora está a punto de acabarse.

—Es muy amable de su parte traerme esta foto de Jack. —Kathleen sostiene la fotografía con el brazo extendido y entrecierra los ojos—. Espero que su juicio vaya bien.

Me llama la atención la forma cómo lo dice, pero no reacciono.

—Los juicios no son una juerga. Por supuesto, yo, por lo general, me declaro culpable a cambio de la sentencia más leve que pueda conseguir. Ahorro el dinero de los contribuyentes. He tenido unas cuantas sentencias suspendidas porque fui lo bastante sincera para decir simplemente: sí, yo lo hice, lo siento. Si no tienes una reputación que proteger, lo mejor es declararse culpable. Mejor que vértelas con un jurado de ciudadanos —casi gruñe— que quieren hacer un ejemplo de ti.

Ella no está pensando en Dawn Kincaid, que nunca se declarará culpable de nada. Comienzo a notar un nudo en la boca del estómago.

—Usted tiene una muy buena reputación, doctora Kay Scarpetta. Tiene una reputación tan grande como el mundo exterior, ¿no? Por lo que eso no es tan sencillo para usted, ¿verdad? —Sonríe con frialdad y sus ojos son inexpresivos—. Me alegra que por fin nos hayamos conocido y ver de qué iba tanto alboroto.

—No sé a qué alboroto se refiere.

—Acabé hasta las mismísimas narices de oír hablar de usted.

Supongo que no ha leído las cartas.

No le respondo acerca de las cartas que ella y Jack supuestamente se escribieron el uno al otro. Cartas que nunca he visto.

—Puedo ver que no las ha leído. —Kathleen asiente y sonríe, y veo los espacios donde le faltan los dientes—. Realmente no lo sabe, ¿verdad? Es lógico que no lo sepa. Me pregunto si hubiese tenido algún contacto conmigo si lo hubiera sabido. Bueno, quizá sí, pero tal vez no se mostraría tan ufana. Tal vez no se creería tan grande y poderosa.

Permanezco en silencio. Muy compuesta. No descubro nada.

La curiosidad. La rabia que siento.

—Antes de los correos electrónicos, nos escribíamos cartas de verdad, en papel —continúa—. Él siempre me escribía en hojas pautadas de un cuaderno como si todavía fuese un colegial. Eso tuvo que ser a principios de la década de 1990. Jack trabajaba para usted en Richmond y no podía ser más desgraciado. Solía decir que usted necesitaba que se la follasen bien follada. Que era una hijaputa frustrada y que si alguien acababa por decidirse y se la follaba, quizá mejoraría su temperamento. Al parecer, él y aquel detective de homicidios con quien usted trabajaba todo el tiempo en aquel entonces, solían bromear al respecto en la morgue y en las escenas del crimen. Decían que había estado demasiado tiempo en el frigorífico con demasiados cadáveres y alguien tenía que hacerle entrar en calor. Alguien tenía que enseñarle lo que era estar con un hombre cuya polla aún se ponía tiesa.

Pete Marino era detective de homicidios en Richmond cuando yo era jefa, y me doy cuenta de por qué no he visto ninguna de esas cartas. Las tiene el FBI. Benton es el analista de inteligencia criminal, el psicólogo forense que ayuda a la delegación de Boston, y sé a ciencia cierta que ha leído los correos electrónicos que intercambiaron Kathleen y Jack. Benton me ha dado una visión general de lo que hay en ellos, y no tengo ninguna duda de que también se ha leído todas las cartas escritas en papel. No hubiese querido que viese lo que Kathleen Lawler acaba de describir. No hubiese querido que supiese de los comentarios crueles que hizo Marino, de sus burlas a mis espaldas. Benton me escudaría de cualquier daño con la justificación de que no ganaría nada sabiéndolo. Me siento compuesta y tranquila. No voy a reaccionar.

No voy a darle esa satisfacción a Kathleen Lawler.

—Así que aquí estamos. Por fin, la estoy mirando —dice—. El gran jefe. El capo máximo. La legendaria doctora Scarpetta.

—Supongo que usted también es una leyenda para mí —señalo, sin el menor afecto.

—Me amaba más de lo que alguna vez la amó.

—No tengo ninguna razón para dudarlo.

—Yo era el amor de su vida.

—No tengo ninguna razón para dudar de que lo era.

—Estaba hasta los cojones de usted —dice ella; cuanto más calmada me muestro, ella se vuelve más desagradable—. Solía decir que no tiene ni idea de lo dura que es con las personas y que si quizás alguna vez se mirase en un espejo entendería por qué no tiene amigos. La llamaba doctora Buena y él era el doctor Malo.

Los polis eran el detective Bueno o el detective Malo. Que todos estaban equivocados, excepto usted. Está mal, Jack. Tienes que hacerlo de esta manera. ¡Está mal, Jack! —No puede disimular su deleite—. Siempre le decía qué debía hacer y cómo tenía que hacerlo. Solía quejarse de que para usted todo el maldito mundo entero era una escena del crimen o un juicio.

—A veces se molestaba. No es ningún secreto —le contesto, razonable.

—Puede estar bien segura de que sí.

—Nadie nunca me acusó de ser alguien con quien resultase fácil trabajar.

—Las personas como usted no llegan donde están por ser fáciles. Pisotean a los demás, los apartan a puntapiés de su camino o los menosprecian por el gusto de hacerlo.

—Ésa es una cosa que no hago. Lamento que creyera lo contrario.

—Siempre la culpaba cuando las cosas no iban bien.

—Lo hacía a menudo.

—Lo que nunca hizo ni una sola vez fue culparme a mí.

—¿Le culpa a él por lo que le ha pasado a usted? —pregunto.

—Podía tener doce años, pero no era un niño. Seguro que no lo era, créame. Él empezó. Me seguía a todas partes. Inventaba excusas para hablar conmigo, tocarme, decirme cómo se sentía, lo loco que estaba por mí. Esas cosas pasan.

Sí, las cosas pasan, pienso. Incluso cuando no tendrían que pasar en absoluto.

—Se le partió el corazón cuando me llevaron esposada, y más tarde tener que verme en el tribunal casi le mató —afirma, y su hostilidad hacia mí desaparece tan repentinamente como apareció—. Ellos nos separaron, nos apartaron, pero no alejaron nuestras almas. Todavía teníamos nuestras almas. Jack la admiraba.

Por tedioso que resultase oírle quejarse, él le tenía respeto. Sé que se lo tenía. El problema de Jack era que no sentía nunca solo una cosa por cualquiera. Si te amaba, te odiaba. Si te respetaba, te despreciaba. Si quería estar contigo, huía de ti. Si te encontraba, te perdía. Y ahora se ha ido.

Se mira las manos en el regazo y los grilletes raspan y tintinean contra el suelo cuando mueve los pies y empieza a temblar. Tiene el rostro encendido y está a punto de llorar.

—Necesitaba descargarme. Sé que no ha resultado agradable.

No me mira.

—Lo comprendo.

—Espero que no me deje a un lado por lo que le he dicho. Me gustaría seguir teniendo noticias suyas.

—Está bien descargarse de vez en cuando.

—No sabía cómo me sentiría pasado un tiempo después de su muerte —explica con la mirada gacha—. Casi no lo puedo comprender. No es como si él fuese parte de la vida que tengo ahora, pero era mi pasado. Él es la razón por la que estoy aquí. Ahora la razón se ha ido pero yo no.

—Lo siento —digo.

—Se siente una tan vacía. Ésa es la palabra que sigue apareciendo en mi mente. Vacío. Como un solar enorme vacío barrido por el viento y estéril.

—Sé que es doloroso.

—Si la gente nos hubiese dejado en paz. —Levanta los ojos y están inyectados en sangre y llenos de lágrimas—. No nos hicimos daño el uno al otro. Si solo nos hubiesen dejado solos, nada de esto habría sucedido. ¿A quién le hacíamos daño? ¿A quién perjudicábamos? Son los otros quienes nos hicieron daño.

No digo nada. No hay nada que decir.

—Espero que el resto de su tiempo en Savannah sea productivo.

Suena muy extraño la forma en que lo dice.

El guardia Macon pasa de nuevo por delante de las ventanas de cristal a ambos lados de la puerta de acero, para asegurarse de que todo está en orden, y si bien Kathleen no se fija en él, puedo decir que está en su radar.

—Me alegra que haya venido y que hayamos tenido la oportunidad de hablar. Me alegro de que su abogado y todos los abogados abriesen la puerta para nosotras, y agradezco cualquier foto o cualquier otra cosa que tenga la bondad de darme —añade y también suena extraño, como si significase algo distinto de lo que está diciendo, algo distinto de lo que sé, y ella espera que Macon desaparezca de nuestra vista otra vez.

Mete la mano en el interior del cuello de la camisa blanca del uniforme y saca algo del sostén. Desliza en mi dirección, por encima de la mesa, un papel plegado muy prieto.