ya he explicado antes que no soy un cuervo tan joven como antes. En mis buenos tiempos estaba libre de piojos; podía volar de una punta a otra del valle y volver al castillo sin parar ni una sola vez para recobrar el aliento; tenía todas las plumas de un soberbio color negro, como si fueran de terciopelo, y nunca me dejaba asustar por las cosas malignas.

Mientras permanecía en la penumbra de la bodega superior comprendí que aquellos días habían quedado atrás y sentí que mis pobres huesos se quejaban amargamente cuando los forcé a sacarme de allí aleteando.

Lo peor que puedes hacer cuando te has mojado es quedarte sentado lamentándolo. Las plumas de cuervo, aunque sea viejo, están mágicamente engrasadas, así que me bastó con unos cuantos golpes de ala para quedar otra vez completamente seco. Además, tengo la firme convicción de que nada estimula tanto la mente como menear un poco el cuerpo. Y en efecto, mientras me elevaba de los peldaños agitando las alas, me vino a la cabeza el principio de una idea. Ni siquiera me habría atrevido a considerarlo una intuición en esa etapa tan temprana, pero quizá sí era una especie de huevo: la clase de huevo de donde acaban saliendo las ideas.

Una de las cosas que no pueden hacer los cuervos bajo ningún concepto es sonreír. No porque no les apetezca; es una deficiencia que tiene que ver con el pico. Pero si hubiera sido capaz, habría sonreído entonces tan ampliamente como un mono zampándose un plátano. Con una sonrisa torcida.

Encantado con mi idea, alcé el vuelo, remonté las escaleras en un santiamén y entré de nuevo en el Salón Pequeño. Poco faltó para que mi plan naufragara en el acto, porque estuve a punto de estrellarme contra la espalda de Fermín.

Iba andando muy solemne detrás de Lord Otramano, quien agitaba el dedo índice en el aire mientras hablaba por los codos sin echar un solo vistazo atrás. Fermín no pareció notar que había rozado con el pico su librea de mayordomo y siguió escoltando a Pantalín con pasos ceremoniosos.

Los seguí a hurtadillas.

—¡Más! —exclamaba Pantalín por encima del hombro—. ¡Necesitamos más y de las más gordas! ¡Esa es la única solución posible para superar nuestro primer fracaso!

Se dirigían a la puerta principal del castillo.

—Yo diría que las más gordas suelen frecuentar los terrenos pantanosos del oeste —prosiguió Pantalín—. ¡Volveremos con un saco entero! ¡Ajá!

Dicho lo cual, cruzaron la puerta y salieron. Yo continué con mis asuntos, que apuntaban en una sola dirección.

Las cocinas.

Debía proceder con mucha cautela, porque de todas las dependencias a las que Se Supone Que No Debo Ir, las cocinas ocupan el primer lugar. Además, allí es donde hay más gente. No sólo porque es el imperio de doña Sartenes, que tiene todo un regimiento de doncellas a sus órdenes, sino porque es el lugar más calentito del castillo. Por eso la mayoría de los criados van por allí a darse «un garbeo», como ellos dicen. Fermín, cuando no está a la sombra de su señor, suele ser también un visitante habitual, lo mismo que los lacayos y los repartidores que traen sus mercancías.

Sabía que mi camino estaría erizado de dificultades, pero era allí a donde debía ir para buscar un cebo.

Hasta el momento ni siquiera había tenido tiempo de preguntarme por qué había agua en las bodegas, o de dónde salía, o por qué estaba subiendo tan deprisa. Sabía que existían ríos subterráneos en la montaña, porque mi querida y difunta madre solía contarme esas cosas. Ahora, por qué toda esa agua había decidido empezar a subir por el interior del castillo como una marea… no tenía ni idea.

Eso sin olvidar aquella cola espantosa.

La recordé con un escalofrío y llegué a la conclusión de que aquel era un día funesto de verdad.

Reuniendo todo mi coraje de cuervo intrépido, volé hacia las cocinas y planeé espléndidamente entre las vigas del cuarto de los fogones.

Alguien se dio la vuelta allá abajo. Me quedé totalmente inmóvil. Con el rabillo del ojo, vi que doña Sartenes levantaba la vista, aunque no parecía muy segura de si había visto algo o no.

—Sartenes. ¡Sartenes!

Mentolina se puso a darle gritos a la cocinera, que no había llegado a verme por muy poco. Estaban a media conversación y a Mentolina no le gusta que la hagan esperar.

Mentolina y Sartenes. Prefería no tener tratos con ninguna de las dos. Incluso si trataba de explicarles lo de la inundación, no me comprenderían. Además, yo tenía una idea mucho mejor.

—¡Preste atención, Sartenes! —ordenó Mentolina, y vi con alivio que la cocinera se volvía otra vez hacia ella para reanudar la charla. El tema era la última obsesión de Mentolina, los pasteles de bizcocho. En el suelo, deslizándose a gatas entre las piernas de Sartenes y de Lady Otramano, vi a los gemelos vestidos con sus peleles habituales de color negro (una muestra del rollo gótico que Mentolina había cultivado tiempo atrás). Incluso tenían delante una pequeña calavera bordada, aunque, la verdad, habría sido más útil que llevaran sus nombres.

Uno de ellos, que tal vez fuese Fizz o tal vez Buzz, porque si he de ser sincero no soy capaz de distinguirlos, dejó bruscamente de caminar a rastras y miró hacia arriba.

No sé por qué lo hizo, pero lo cierto es que el pilluelo tenía la vista mucho más aguzada que doña Sartenes, porque inmediatamente señaló hacia arriba y se puso a imitar —bastante bien, la verdad— mis propios graznidos.

La cocinera miró a Fizz, o Buzz, y frunció el ceño.

—Sartenes —suspiró Mentolina—, ¿me ha oído? Me parece que no entiende la enorme importancia de este asunto. Si quiero impresionar a los invitados con mis bizcochos, ¡necesito variedad y cantidad! ¿Entiende?

La cocinera apartó la mirada de Buzz, o Fizz, y volvió a posarla en Mentolina.

—¿Le parece prudente a su Señoría dejar sueltos a los pequeñines tan cerca de los fogones?

Mentolina volvió a suspirar, llevándose una mano a la frente, como si le doliera la cabeza.

—No, supongo que no. Pero a ellos les gusta seguirme a todas partes. No entiendo por qué, pero así es.

—¿Y la niñera Cachivaches…? —preguntó Sartenes.

—La niñera, me temo, está en cama con gripe.

No me apenó la noticia. La niñera de los gemelos es sin duda la persona más malvada que he conocido. Un solo día sin su presencia es un día de justicia, sensatez y esperanza.

Pero Sartenes no iba a darse por vencida tan fácilmente, sobre todo cuando uno de los gemelos empezó a inspeccionar los relucientes cuchillos de trinchar mientras el otro gateaba directamente hacia el asador.

—Tal vez, su Señoría, podríamos continuar hablando en un sitio menos… peligroso para los pequeñines.

—Tonterías, he de ver los moldes para el bizcocho. ¿Los tiene listos? Fizz, deja eso ya. ¿No podría una de sus doncellas…?

—¡Isabel! ¡Isabel, ven aquí ahora mismo!

Durante un buen rato no sucedió nada. Finalmente, llegó al trote una doncella desde el cuarto de repostería.

—¿Tú quién eres? —rugió Sartenes—. Tú no eres Isabel.

La doncella respondió con voz temblorosa.

—No, doña Sartenes.

—¿Quién demonios eres, si puede saberse? ¿Y dónde se ha metido Isabel?

—Yo soy Jenny —dijo la chica, sonriendo tontamente. Daba la impresión de que le faltaba valor para continuar.

—¿Y dónde está Isabel? Ella es la única de vosotras capaz de encargarse media horita de estos dos.

—Isabel no está —gimió Jenny.

—¿Qué? —saltó la cocinera, fulminándola con la mirada—. ¿Qué significa que no está?

—Que… que ha desaparecido, doña Sartenes.

—¿Desaparecido? ¡Desaparecido! No seas absurda. ¡Ninguna de mis doncellas desaparece así como así!

—Le ruego que me disculpe, pero no la hemos visto desde el lunes, a la hora del té.

Aquella respuesta dejó pasmada a Sartenes. Mentolina estaba apartando a uno de los monstruitos de una olla capaz de hervirlo enterito y solamente había oído a medias la conversación.

—¿Cómo? ¿Quién ha desaparecido?

Sartenes se había quedado de repente pensativa.

—Isabel, su Señoría. No la han visto desde anteayer.

—¿Quién es Isabel?

—Una de mis chicas —dijo Sartenes—. Bastante mona, no tan tonta como otras. Ha desaparecido.

—Ya veo —dijo Mentolina, irguiéndose en toda su estatura (que no era mucha: un metro cincuenta)—. Ya veo. Y ahora, si tiene la bondad de decirle a esta chica que se lleve cinco minutos a los gemelos, quizá pueda usted mostrarme cómo piensa preparar esos bizcochos…

Me acomodé en una viga y sentí un escalofrío tremendo.

Una marea de agua en la bodega, colas monstruosas en las cavernas, doncellas desaparecidas… y una familia demasiado estúpida para enterarse o preocuparse lo más mínimo.

Era momento de actuar. Mientras Sartenes reñía a Jenny y Mentolina perseguía a Fizz y Buzz, descendí en picado, pesqué una deliciosa corteza del cerdo que se estaba asando en un espetón y me escabullí con mi estilo inigualable.

Fase uno completada. ¡La partida acababa de empezar!