hemos de volver al castillo —dijo Solsticio.
Aleteé para mostrar que estaba de acuerdo.
—¡Pero antes debemos explorar esta cueva!
Aleteé para mostrar mi desacuerdo. ¿Se había vuelto loca? Ahí dentro estaba demasiado oscuro para ver alguna cosa. Ni siquiera se vería qué clase de monstruo nos devoraba.

—¡Ajá! —gritó Solsticio—. ¡Mira!
Qué criatura tan inoportuna. Empezaba a caer la tarde y, justo mientras estábamos allí, el sol bajó lo suficiente para que un rayo de luz penetrara directamente en la boca de la cueva.
—Vamos, Edgar. Contigo al lado, no tendré miedo.
«Qué considerado por tu parte», pensé para mis adentros. Ya se me había pasado el buen humor y ahora me compadecía de mí mismo y lamentaba mi suerte. Yo no quería seguir el destino de Isabel en las fauces de un monstruo con semejantes colmillos pero entrar en la cueva parecía el mejor modo de conseguirlo.

Sin embargo las cosas se pusieron a mi favor, porque, cuando apenas había dado un paso en el interior de la cueva, Solsticio se detuvo en seco.
—¡Ah! —exclamó—. Está bloqueada, no se puede entrar. ¡Pero mira! Las huellas siguen por aquí.
Era muy extraño, en efecto. Delante de nosotros se levantaba un sólido muro de rocas y pedruscos.

Pero lo asombroso era que las huellas, bastante visibles en la penumbra, desaparecían directamente bajo las rocas. Entre estas, aquí y allá, se veía algún que otro reguero de agua.
—Esto sólo puede haber ocurrido hace poco —murmuró Solsticio, pensativa, rascándose una oreja. Me di cuenta de que estaba sacando conclusiones en su cabeza y, entre tanto, recordé bruscamente el sordo retumbo que había oído al bajar a la bodega perseguido por Silvestre y el chimpancé—. Bueno —continuó Solsticio, dando unos golpecitos a la pared de la cueva—, ¿y no será que el castillo ha contraatacado? ¿Habrá sido esto el final del monstruo?
¡Aplastado por miles de toneladas de piedras! Si eso era cierto, se lo tenía bien merecido.
Esperaba que fuese verdad, pero entonces los dos recordamos que quedaba en pie un peligro del mismo calibre para la salud del castillo.
¡La inundación!
—Venga, Edgar. Volvamos. ¡Les enseñaremos lo que hemos encontrado!
Todavía con el colmillo en la mano, salió a tientas de la cueva y volvimos los dos a toda prisa al castillo de Otramano.
