me desperté en mitad de la noche en el
ambiente para mí desconocido de la habitación de Solsticio. Es
bastante pequeña comparada con otros dormitorios de Otramano, pero
mucho más acogedora a pesar de ello. Tiene una ventanita octogonal con una vista
maravillosa sobre el valle y supongo que por eso suplicó Solsticio
que la dejaran trasladarse aquí cuando se hizo demasiado mayor para
seguir en el cuarto de los niños. Debía de haber visto cómo entra
el resplandor de la luna llena, iluminando la pared que queda
frente a la ventana. Su habitación estaba atiborrada de cosas:
libros a montones, tanto para leer como para pintar y escribir;
cuadros, flores, trozos de corteza, guijarros.

Y otras cosas más siniestras: plantas extrañas como mandrágora y
belladona, un rollo de algo que parecía algodón, pero que yo sabía
que eran telarañas, y frascos de pociones de extraños colores que a
mí me resultaban desconocidas. En fin, un gran revoltijo, un batiburrillo
interminable donde cabía de todo. La única clase de habitación que
podía tener una chica como Solsticio.
¡Pero me estoy desviando de mi historia!
Me desperté. Había estado soñando con los viejos tiempos, cuando
la pobre señora Edgar y yo éramos jóvenes y felices. Cruzábamos los
valles, explorándolos de punta a punta. Hoy en día me quedo agotado
si me voy más allá de nuestro propio valle, pero en esa época yo
estaba hecho todo un pájaro, ya lo creo. Sabía hacer unos trucos
impresionantes mientras volaba. Supongo que en realidad estaba
alardeando, pero a la señora Edgar le encantaba. Era capaz de dar
vueltas y volteretas, de rodar por el aire y caer en picado.
Y luego estaba
mi truco más especial, una cosa que cualquier adulto te dirá que es
imposible: volar hacia atrás. Para eso hacía falta mucha energía,
te lo aseguro. La señora Edgar aplaudía con las puntas de las alas
cuando yo lo hacía para demostrarme lo contenta que estaba.
¡Otra vez me he desviado! Bueno, la cuestión es que cuando me desperté en medio de la oscuridad, mis sesos de pájaro estaban muy, pero que muy lejos de allí.

Ladeé la cabeza.
Todo permanecía en silencio. ¡No! Todo, no.
Mis oídos serán viejos, pero aún están lo bastante aguzados como para oír escarbar a un escarabajo tres habitaciones más allá. En primer lugar oí a Solsticio, que respiraba suavemente por la nariz. Confié en que sus sueños fuesen tan agradables como los míos. Había dejado los restos de la cena en una bandeja junto a la cama y la mano que le colgaba fuera la tenía metida en un cuenco de pasas. Ya había derramado los restos de un vaso de leche, pero yo no podía hacer nada al respecto, porque empezaban a llegarme otros sonidos a medida que me iba conectando con los latidos de la noche.
El viento, un viento suave, susurraba al otro lado de la ventana. Y entonces oí algo más inquietante; algo que se arrastraba y se deslizaba a la vez. Y venía del pasillo al que daba la habitación de Solsticio. Aún estaba lejos, pero se iba acercando.

Al principio me pregunté si no serían otros ladrones que andaban buscando el Tesoro Perdido de Otramano. Ocurre bastante a menudo. Pero cuando escuché con atención, empecé a sentir que era algo más siniestro lo que se deslizaba por el pasillo.
Me quedé inmóvil, tratando de no hacer ruido y rezando para que Solsticio roncara más suavemente. Y en ese momento oí algo espantoso: una mezcla de respiración, gorgoteo, eructo y ronquido, todo a la vez, y entonces ya no tuve duda de que la bestia andaba rondando por el castillo.

Volví la mirada hacia la puerta.
¿La habría cerrado Solsticio con llave antes de acostarse? Normalmente la cerraba, eso lo sabía, como suelen hacer las chicas de cierta edad. Pero ¿y si lo había olvidado? Yo ya estaba dormido como un tronco para entonces. ¿Sería capaz la fiera de forzar la puerta?, ¿sabía que estábamos allí? ¿Podía olernos, tal como yo podía olerla?
Enseguida supe que podía, porque en ese preciso instante sonó un golpe amortiguado en la madera: un golpetazo húmedo y macizo a la vez, insistente y amenazador.
Sonó otra
vez y yo empecé a graznar en mi jaula, me puse a picotear los
barrotes, a derramar semillas y toda clase de porquerías por el
suelo. Me había entrado el canguelo.
«¡Que oiga todo lo que quiera, ese monstruo! —pensé enloquecido—. Que entre aquí y que intente comerme a través de los barrotes de mi pequeña prisión. ¡Ja! Me gustará ver cómo me digiere dentro de este trasto de latón».
Me acordé de Solsticio. Vi que había despertado.
Se me acercó a tientas, llena de legañas, y yo grazné un poco más, como si fuera una especie de loro espantoso.
—¿Qué pasa, Edgar? ¿Te encuentras bien?

—¡Croak! —dije, tratando con desesperación de advertirle que no abriera la puerta.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Intentas decirme algo, pájaro listo? ¿Has oído algo? Seguramente sólo ha sido un mal sueño, pero voy a echar un vistazo para demostrártelo, ¿vale?
—¡Juark!

La pobre Solsticio se fue hacia la puerta vestida con un encantador camisón de color negro. Una prenda ligera y holgada, estupenda para dormir, pero poco recomendable frente a unos colmillos afilados. ¡Toda la culpa era mía! Chillé y agité las alas como loco mientras ella metía la llave en la cerradura y abría la puerta. Salió al pasillo… ¡y ese fue el final de Solsticio! O eso me imaginé. Pero al cabo de un buen rato caí en la cuenta de que no estaba gritando mientras se la tragaba enterita la criatura de los colmillos. Al contrario: volvió a entrar perezosamente en la habitación como si nada.
—¿Lo ves? —dijo—. Todo está tranquilo. No hay de qué preocuparse. Era sólo un mal sueño.
¿Un mal sueño? ¿Había sido sólo eso?, ¿una simple pesadilla? ¿Aún estaba dormido y me había imaginado al monstruo detrás de la puerta?
—Todo va bien, Edgar. Y ahora vamos a dormir, ¿de acuerdo? Mañana se habrá arreglado todo, ya verás.
Pero aunque Solsticio quizás acertaba en cuanto al sueño, se equivocaba en una cosa importante: a la mañana siguiente no se había arreglado nada.
