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Quebec
Abril de 1907

Esa mañana de finales de abril en Kahnawake, Manish Rochelle y Robert LaLiberté están terminando de preparar el equipaje. Pantalones de lona, botas de trabajo, camisas de lana, un jersey, dos gorras. En sus bolsas de herramientas sin estrenar —compradas en Marquette, Montreal— llevan enormes llaves de aleación negra, un martillo de cinco libras, tres pares de guantes gruesos que cubren la mitad del antebrazo. En una funda de cuero, cuatro palos de lacrosse, unas diez pelotas. Los dos primos saldrán dentro de una hora, con otros treinta, rumbo a Quebec. Se dirigen, más abajo de la otra gran ciudad de la provincia, a las obras del nuevo puente sobre el San Lorenzo. Los contrataron en la primavera de 1905 para el proyecto más prestigioso de América del Norte: un puente gigante con un tramo más alto en el centro para que pasen los paquebotes que remontan lo que el explorador francés Jacques Cartier bautizó como «el río de Canadá». Ahora Montreal tiene dos puentes sobre el río. Quebec soñaba desde hacía veinte años con salvar ese obstáculo y comunicar por ferrocarril las tierras del interior con los grandes puertos libres de hielo en invierno. El emplazamiento, en un cañón, habla por sí mismo: en algonquino, Kebec quiere decir «allá donde el río se estrecha». En un viaje a París en 1891, el primer ministro de Quebec, Honoré Mercier, se reunió alrededor de los planos de la ciudad con el famoso ingeniero Gustave Eiffel, cuyo estudio preconizaba la edificación de un puente cantilever, sin pilares en el lecho del río, primero porque era un lugar demasiado profundo y segundo porque era imposible restringir en ese punto la circulación marítima. La licitación se lanzó con esas especificaciones y la ganó la Phoenix Bridge Company de Phoenixville, Pennsylvania. Se había previsto que la obra fuera lo bastante ancha como para abarcar dos vías de ferrocarril, dos vías de tranvía y dos carriles para coches, además de una pasarela para peatones.

De los setenta montadores de acero que había en la reserva a principios del siglo XX, contrataron a la mitad para esta obra excepcional. Ya antes de terminar el puente de la Canadian Pacific en Kahnawake, en 1886, todo el mundo reconocía la habilidad, el valor y la capacidad de trabajo de los mohawk.

—Lo sabía, me lo imaginé, lo dije —se congratulaba el capataz Charles Dubois, el primero que autorizó a Manish Rochelle, Robert LaLiberté y luego a los demás a subir a la obra para trabajar—. Ponerles herramientas de remachador en las manos fue como juntar huevos con beicon: han nacido para eso. A lo mejor es porque son indios; es como si no conocieran el vértigo. No sé de dónde les viene, pero en unas semanas estaban tan cómodos en el puente como mis chicos más experimentados. Y son mucho menos exigentes.

—Es curioso, todo esto del vértigo —dice Manish a su amigo cuando se reúnen en la calle mayor de Kahnawake para ir a la estación, donde estarán todos los demás—. A veces pienso en ello. ¿Te acuerdas de que el año pasado varios muchachos en el puente de Quebec nos lo dijeron cuando nos vieron caminar por encima del río? «Ah, sí, vosotros los indios…». En el fondo no está mal. Vamos a dejar que los blancos crean que los mohawk tenemos ese don para el trabajo en altura y un valor extraordinario. Los deja impresionados, y eso ayuda a que nos sigan contratando.

—Sí, y con esa paga no faltarán voluntarios —responde Robert—. Tengo un sobrino de catorce años que me persigue para que le lleve con nosotros. Le he dicho que quizá el verano que viene…

En 1886, en Kahnawake, los dos adolescentes, seguidos de otros quince, aprendieron tan rápido el oficio de montador de acero y remachador que la Dominion Bridge Company los contrató para la obra siguiente: un puente ferroviario entre las ciudades gemelas de Sault-Sainte-Marie, en el Ontario canadiense, y Sault-Sainte-Marie, en el Michigan estadounidense. Le llamaron «puente Soo» y, con el aval de Dubois y de algunos más, los primeros mohawk formados en este nuevo oficio se llevaron a sus primos y hermanos, amigos y compañeros, y se encargaron de enseñarles el oficio. En pocos meses, decenas de indios llegados de Kahnawake, y después de otras reservas mohawk de Canadá y del norte del estado de Nueva York, donde había corrido la voz, hacían cola para cobrar la paga. Una vez formados, pasaban a otros proyectos en equipos de cuatro, dos obreros y dos aprendices. Con el desarrollo de la construcción, la reputación de los carpinteros del hierro indios se fue extendiendo por las obras del este de Estados Unidos.

—¿Te acuerdas? —dice Manish sonriendo—. No hizo falta mucho tiempo para saber quién podría trabajar en esto y quién no sería capaz de caminar por las vigas con todo el equipo. El tío de mi madre, ya sabes cuál, no había dado ni tres pasos por las alturas cuando dio media vuelta renegando; no lo volvimos a ver.

—¿Y ese joven que mintió sobre su edad, el hijo del herrero? ¿Viene con nosotros a Quebec? Es como un gato, corre sobre las vigas, me da miedo solo de mirarlo. Tendrá que tranquilizarse un poco si no quiere romperse la crisma.

En el puente de Soo murió el primer montador de hierro indio. Una mañana, Joe Diabo, miembro de la que después sería una de las familias más famosas de la reserva, se escurrió sobre la arista de una viga e intentó en vano sujetarse a un cable. Su cuerpo apareció poco después flotando en el río Sainte-Marie.

En un continente en plena expansión, donde todo está por construir, donde millares de kilómetros de carreteras y ferrocarril deben cruzar centenares de ríos y de valles, los obreros formados en las técnicas modernas nunca son suficientes. En el centro y el oeste de Canadá y de Estados Unidos hay proyectos de puentes y viaductos que tienen que esperar turno, para desesperación de autoridades y medios financieros locales, por falta de mano de obra. Los constructores de puentes y obras de ingeniería envían ojeadores a Europa para convencer, a cambio de primas de instalación, a jóvenes ingenieros o capataces aguerridos que quieran probar la aventura del Nuevo Mundo. Así que, cuando una comunidad como la de los mohawk de Kahnawake se organiza, se especializa en el montaje de vigas de hierro, se hace cargo sin prácticamente ninguna ayuda de la formación de los aprendices, llueven los contratos.

—El año pasado, ni en Soo ni en Quebec recuerdo haber escuchado el más mínimo comentario racista —dice Robert—. Nadie nos llamó «sucios pieles rojas», o «indios holgazanes», cosas que sí nos decían a veces cuando éramos pequeños. Por primera vez, tuve la impresión de que me juzgaban por mi trabajo y por nada más.

Con casi cuarenta años, constitución de atleta y mirada clara, Bruce Mondor es uno de los más mayores del grupo que se reúne junto a la estación. Bruce empezó en el puente de Kahnawake unos días después de Manish y Robert, y enseguida se convirtió en uno de los principales interlocutores de la Dominion gracias a su tranquilidad, su dominio del francés y de las herramientas, y al respeto que inspira entre los hombres. Ha oído la observación de Robert.

—No te hagas demasiadas ilusiones, hijo. Es un trabajo duro, aterrador, peligroso y, con todo lo que se construye, no hay gente suficiente. Los que lo consiguen son pocos, y los que lo hacen bien, todavía menos. Por eso hay sitio para los indios. En este país, cuando sabes hacer algo que ellos necesitan y hay poca competencia, el color de la piel deja de importar. Lo mismo pasaría si fuéramos negros, ya verás que algún día estarán con nosotros en los puentes. No creas que te valoran porque eres mohawk. Les gusta que trabajes deprisa y bien, sin dar problemas y sin hacer huelga para pedir un aumento. Luego, que lleves en la cabeza plumas o un sombrero hongo les da lo mismo. Tenemos que ganarnos nuestro lugar y este puente en Quebec es una oportunidad única. Después de este puente, iremos por todo el país y por toda América. Ninguno de los trabajos a los que podemos aspirar está mejor pagado que este. Y estamos al aire libre, en el cielo, como los pájaros, no encerrados en una fábrica.

El grupo, al que han venido a despedir familiares y amigos, se asoma por las ventanas del tren de vapor que, cruzando el puente construido por muchos de ellos, los llevará a la estación de Montreal. Mientras los vagones cruzan el río, los hombres tienen esa mirada que recorre las estructuras y las vigas de acero y esa sonrisa que, por años y generaciones venideras, caracterizará al ironworker que regresa a una construcción o un edificio hecho con sus manos.

Algunos han previsto volver una o dos veces a Kahnawake antes de que acabe la temporada de obras, a mediados de noviembre, cuando el río se viste de hielo. Otros piensan llevarse a la familia de vez en cuando. Y otros, como Robert o Manish, que siguen solteros, se reenganchan a la aventura, felices con la idea de ver mundo, volver a Quebec y a su animación, ver de nuevo a las camareras rubias de la posada en la que se alojan, en régimen de media pensión y pago semanal, en la localidad de Saint-Romuald.

—¿Te acuerdas de la mayor, de Martine? —pregunta Manish a su amigo—. Le he escrito dos veces este invierno y me ha mandado una postal con una foto de las fortificaciones de Quebec. Tenía dieciséis años, ahora tendrá diecisiete…

Tras las seis horas de viaje a lo largo del San Lorenzo, pasando por lugares todavía bloqueados por el hielo, llegan a Quebec. Algunos pasan allí la noche, en las tabernas y los albergues de la ciudad vieja; otros siguen hacia Saint-Romuald alquilando coches de caballos. Se han construido nuevas pensiones para alojar a la avalancha de trabajadores procedentes de toda la costa Este. Al llegar al puente, convertido en atracción turística, los entramados de vigas metálicas, las más pesadas de las cuales alcanzan cerca de cien toneladas, avanzan desde cada orilla, por encima del río, varias decenas de metros. Descansan sobre monumentales bases de piedra tallada. Si todo va bien, está previsto que se encuentren el verano próximo. Los elementos, colados en las acerías Phoenix, en Pennsylvania, van llegando por ferrocarril.

—Al parecer, esta temporada seremos unos cien al día trabajando en el puente —anuncia Bruce Mondor mientras se sienta a la gran mesa de madera sin desbastar de una de las tabernas—. Un centenar, de los que treinta y cinco son mohawk: somos los más numerosos en esta obra, más que los estadounidenses, y creo que es la primera vez. Este puente será tan indio como el de Kahnawake.

Al fondo de la sala, decorada con vistas de Londres, Roma y París, Manish, que se ha sentado a comer solo, intenta llamar la atención de Martine Doucette, la hija del posadero, multiplicando preguntas y comandas. La joven de largas trenzas que enmarcan un rostro de Madona, toda sonrisas, ha ido a saludarle.

—Por supuesto que te he reconocido. Eres Mike, bueno, Manish, el indio de Montreal. Gracias por las cartas, me han gustado, y eran muy divertidas. ¿Una cerveza rubia de Quebec, como el año pasado?

—Sí, gracias. Has cambiado mucho este invierno. Estás más guapa todavía. ¿Has cumplido ya los diecisiete?

Antes de que pueda contestar, su madre, que no les quita ojo, se abalanza sobre ellos desde la barra, pasa delante de Martine y le arranca de las manos la bandeja de cobre.

—Dame, yo me ocupo del señor. Tu hermana necesita ayuda en la cocina.

Manish clava la vista en el vaso. Robert, sentado dos mesas más allá, ha presenciado la escena y suelta una carcajada.

Cenan pronto, sopa de verduras y carne de cerdo. Guardan sus cosas en los armarios. Para ahorrar, los obreros se alojan en las buhardillas, de cuatro en cuatro, a veces de seis en seis. Los capataces y los jefes de equipo tienen habitaciones individuales. Phoenix alquila casitas de madera para los ingenieros y jefes de contabilidad.

Al día siguiente, a las ocho, hay más de ciento cincuenta hombres reunidos, con las botas metidas en el barro, en la orilla norte. Unos treinta han pasado el invierno allí, ocupándose sobre todo del mantenimiento de las herramientas: con veinte grados bajo cero y el viento polar recorriendo el lecho del río, no hay mucho que hacer, salvo alimentar con carbón los braseros para calentarse. Hay que despejar las zonas de almacenamiento para dejar allí las vigas y los elementos macizos que siguen llegando cuando la nieve sobre las vías lo permite. Los recién llegados vienen de toda la región y del nordeste de Estados Unidos. Incluso hay algunos bostonianos y neoyorquinos atraídos por el sueldo. Los «hombres de los puentes» más veteranos han cobrado jugosas primas. Un emisario viajó en enero a Kahnawake para asegurar la participación de los mohawk, que tan bien trabajaron la primavera pasada, y pedirles, si fuera posible, que acudieran acompañados. Una decena de alemanes y suecos han desembarcado unos días antes en Terranova. El objetivo es terminar la obra a tiempo para el tricentenario de la fundación de Quebec, en 1908. Los próximos meses serán cruciales. Se dice que el príncipe de Gales asistirá a la inauguración.

B. A. Yenser, jefe de obra, y Norman McClure, delegado del famoso ingeniero neoyorquino Theodore Cooper, autor de los planos, se suben a una carretilla.

—Quiero dar a todos la bienvenida a esta nueva temporada de la construcción del puente de Quebec. Reconozco a muchos de ustedes y veo también caras nuevas. Nunca habíamos sido tantos. Como pueden ver, no hemos estado inactivos este invierno, a pesar del frío. Las dos partes del puente se han ido aproximando. Todo está listo, los materiales están aquí o llegarán en su momento. La carrera contra el próximo invierno empieza hoy, aunque el San Lorenzo todavía arrastre los hielos del invierno pasado. Si queremos terminar el puente en la fecha prevista, todo el mundo tiene que poner de su parte. Recuerden que, si lo conseguimos, habrá una prima para todos. Ánimo, no corran riesgos inútiles, y buena suerte para todo el mundo.

Muchos mohawk no hablan ni francés ni inglés, así que en las cuadrillas indias hay uno o dos responsables encargados de entenderse con los capataces y transmitir las órdenes. Como en la temporada anterior se ocupó de ello sin nombramiento ni salario, este año Manish ha sido ascendido a jefe de equipo. Entre los más veteranos hay algo de descontento, pero Charles Dubois impone su decisión:

—Tendrás que ganarte tu puesto, muchacho —dice, y bebe de un cuartillo de café hervido mientras los hombres se reúnen a la espera de que se calienten los motores de las máquinas—. Desde el principio eres el que mejor se las arregla ahí arriba. Si los veteranos te complican la vida ven a verme, pero con tu gente te las tendrás que arreglar solo, ahí no quiero meterme.

A una señal, unos cincuenta obreros asaltan los andamios de madera. Otros llegan a las estructuras desde el barranco, caminando por las vías del ferrocarril, por encima de las aguas tranquilas y profundas. Lo primero es hacer avanzar, mediante un juego de cables gruesos como un brazo y de poleas gigantes, la grúa montada sobre rieles que debe llevar las piezas para ensamblar. Hará falta todo un día para instalarla, engrasarla y probar los engranajes, algunos dañados por las heladas.

Al día siguiente se levantan las primeras piezas de acero, se encienden los hornillos, los roblones se ponen al rojo vivo. Resuenan los primeros mazazos. Los elementos son tan grandes y pesados que hacen falta decenas de brazos para sujetarlos y ponerlos en su sitio mientras colocan los bulones provisionales. Dos o tres cuadrillas de mohawk se encargan de un mismo elemento, para evitar malentendidos. En una obra en la que las órdenes se dan en francés, inglés, a veces alemán o sueco, la gente aprende pronto a entenderse.

—¡Vale, vale, está bien! Baja despacio. Veinte centímetros más, diez… Alto. ¡Párate ahí!

A medio camino entre el gruista, que está en el suelo, y su equipo de mohawk, que sujeta una vigueta lateral, Manish Rochelle, agarrándose a un cable con una mano, en equilibrio sobre un pie y con el resto del cuerpo en el vacío, va dando instrucciones. El verano anterior se pasó semanas pidiendo un megáfono, y ahora por fin le han dado uno de chapa y cuero con el que vocea alternando el inglés y el francés.

En cuanto la viga esté en su sitio, les llegará el turno a los remachadores. Hace una hora que están calentando los roblones en los hornillos. El secreto está en dar con la temperatura adecuada: si están demasiado calientes, se rompen; si están demasiado fríos, no se deforman lo necesario para entrar en el agujero.

—¿Lo ves, hijo? —Un mohawk en mangas de camisa, con muñecas de luchador, sudando la gota gorda bajo el delantal enseña a su aprendiz, que acciona un fuelle demasiado grande para su tamaño—. El color te dice cuándo ha alcanzado la temperatura adecuada: rojo cereza, cereza muy madura. Cuando el roblón está de este color, tienes treinta segundos, ni uno más, para sujetarlo con las pinzas y pasárselo a tu compañero. Luego deja de ser tu problema, ya se encargan ellos. Tú te pones inmediatamente con el siguiente, el que has dejado apartado donde el carbón está menos caliente. Vamos, sopla un poco por aquí…

Hacia las seis de la tarde, un silbato avisa a los gruistas de que esa pieza es la última del día. Los martillazos se van espaciando, los motores jadean, luego se detienen, los hombres bajan del puente o de los andamios. Pasan a fichar por la caseta de la administración, guardan las herramientas en los talleres. Muchas veces, la primera cerveza de la noche se bebe a unos metros de la salida de la obra: atraídos por tantos trabajadores bien pagados, los taberneros de la región han montado tenderetes. Algunos solo son unos tablones apoyados en caballetes y barriles de cerveza con un grifo sobre un soporte. Beben de pie para calmar la sed del atardecer. Otros son tabernas de verdad, con su techumbre de tejas de madera, suelo de tablones claros, mostrador de cinc, espejos importados de Europa, un organillo, muebles de ebanistería y camareras con faldas largas de algodón. En el mostrador de una de ellas, unos diez mohawk le hablan al tabernero de sus partidas de caza en invierno, con las raquetas por el bosque, recorriendo lagos y ríos. El tabernero ha acudido de la región de las Siete Islas, donde ha dejado hermano, mujer e hijos a cargo de la posada familiar para atender a los obreros en lo que cree que será un verano provechoso.

—¿Alguien se apunta a un partido de lacrosse? Acaban de limpiar el campo que está detrás de la iglesia, podríamos usarlo —suelta Manish, que hace un momento se ha bebido su segunda pinta—. Tengo palos para los que se hayan dejado los suyos.

—No sé de dónde sacas las ganas para jugar después de pasarte el día en el puente —susurra Bruce Mondor, mientras pide otra cerveza roja con un movimiento de las cejas—. Después de volver al trabajo tras cinco meses en casa, solo me quedan fuerzas para llegar a la cama. No contéis conmigo hasta el domingo.

Manish, Robert y otros tres indios pasan por la pensión para cambiarse y vuelven a salir. Con las bolsas de cuero en la mano, dando zancadas para calentarse, saludan al sacerdote, que señala con el dedo desde las escaleras de la iglesia un terreno despejado, aunque con charcos de barro aquí y allá.

—Muchachos, lo hemos preparado para vosotros. Evitad los rincones húmedos para no hacer socavones. Tendréis que compartirlo con los jugadores de béisbol, ¿vale? Arreglaos entre vosotros.

Las porterías de madera y cuerda fabricadas la primavera anterior no han pasado bien el invierno, habrá que rehacerlas. Mientras tanto, los cinco jóvenes se pasan la pelota riendo, cada vez más lejos, cada vez más fuerte.

Los orígenes de este juego se pierden en la noche de los tiempos, por lo que ya existía en el continente antes de que llegaran los blancos. Los iroqueses reivindican su paternidad, como también los indios de las Grandes Llanuras. Se juega con un palo largo rematado con una cesta oval que tiene una red. Los jugadores se lanzan la pelota lo más rápido posible, haciéndola volar por los aires a muchos metros de distancia. Para marcar un tanto, la pelota debe entrar en una portería de red defendida por un portero, casi tan protegido, en los partidos oficiales, como los de hockey. Los mejores jugadores pueden interceptar la pelota al vuelo sin dejar de correr y, con un golpe de muñeca, mandarla al otro extremo del campo. Los viejos del lugar cuentan que a veces los partidos desembocaban en una batalla campal, o incluso en una guerra abierta entre tribus. Los blancos, sobre todo los de la costa Este de Canadá y Estados Unidos, llevan unas décadas jugándolo con el ardor y la profesionalidad que les caracteriza. Uno de sus equipos universitarios ha conseguido hace poco una victoria histórica frente a dieciséis equipos indios.

El sol baja por detrás de los árboles; guardan los palos, buscan dos pelotas perdidas entre los arbustos, solo encuentran una, y se vuelven a la pensión. En casa de los Doucette se cena pronto y el menú es el mismo para todos. Algunos cazadores de la zona se han comprometido a abastecerlos y las granjas de los alrededores les proveen de huevos, aves, maíz y carne de cerdo. Dos cervezas por persona, ni una más. El verano pasado, los vapores del alcohol provocaron altercados que el posadero interrumpió disparando al aire con su escopeta de cañones recortados, causando daños en el techo y con riesgo de herir a alguno que estuviera durmiendo.

Por la mañana, a las ocho, la hora de encontrarse a los pies del gigante de acero, todavía hace un poco de frío, pero cuando a eso de las doce sacan la comida de las bolsas la temperatura es ideal. Del río sube una brisa casi marina. Los barcos que pasan bajo el puente en construcción, sean mercantes o de pasajeros, saludan a los trabajadores con bocinas y sirenas. Desde la orilla, los curiosos se preguntan cómo es posible que cientos de toneladas de acero, que no están sujetas a ningún sitio más allá del último pilote de mampostería, no se caigan y sigan avanzando hacia el centro del río antes de conectarse en el medio. Con piezas prefabricadas llegadas de Pennsylvania y de otras dos acerías estadounidenses, las obras progresan más rápido de lo previsto. Antes, lo habitual en las obras de Phoenix Co. era hacer un montaje previo en el patio de la fábrica principal con todas las piezas de un puente o de una obra de ingeniería para comprobar que todo estaba bien. Sin embargo, el tamaño del puente de Quebec, el más grande construido por la empresa, no lo permite. Los elementos están numerados y se envían en orden de montaje en vagones especiales a un almacén cerca de Saint-Romuald, comunicado con la obra por una línea de ferrocarril. Un ingeniero se encarga de comprobar, con precisión milimétrica, que las vigas, viguetas y platinas de conexión no se hayan dañado durante el transporte.

El puente de Quebec es una ocasión para que los mohawk se reúnan en gran número en una obra más importante y majestuosa que aquellas en las que aprendieron su nuevo oficio. Algunos fines de semana, las familias toman el tren de Montreal para admirar la catedral de hierro. En las oficinas hay una lista de unos diez mohawk dispuestos a abandonar sus obras en la región o en Estados Unidos para reunirse con Mondor y los demás.

Una mañana de domingo, a primeros de junio, Manish Rochelle se pone su mejor traje, una gorra nueva, y lustra sus zapatos con betún para esperar a la salida de misa a Martine Doucette, sus dos hermanas y su madre. La familia es consciente, desde la temporada pasada, de lo que se traen entre manos la adolescente y el indio.

—Buenos días, señora —dice Manish quitándose la gorra—. ¿Me permite que acompañe a Martine a dar una vuelta por el puente? Me gustaría enseñarle algo de lo que hablamos anoche en la taberna…

La señora Doucette, pillada de improviso, balbucea tres palabras incomprensibles que su hija interpreta como una afirmación. Toma de la mano a Manish, que se vuelve a poner la gorra, y hace un gesto de alegría dirigido a sus hermanas, que se ruborizan. Los dos se alejan con paso ligero hacia la orilla del San Lorenzo.

Dos horas más tarde, cuando la muchacha entra por la puerta de la cocina, todas las miradas convergen en ella.

—Hija mía —dice su madre, dejando caer sobre la mesa el cuchillo con el que está pelando patatas—, sube a ver a tu padre, que te está esperando. Está en el altillo del granero.

Marc Doucette adora a sus hijas, en particular a la mayor. Por nada del mundo le pondría la mano encima, pero cuando la oye subir con paso lento por la escalerilla, la mira con ojos furibundos.

—Escucha, Martine, tengo que hablar contigo. Esperaba que hubieras puesto fin a esa historia con el joven mohawk, que a tu edad empezarías a interesarte por uno de los nuestros. Esperaba que no volviera esta temporada, pero ya veo que no es así. Así que voy a contarte una historia de nuestra familia, una historia que te ayudará a entender por qué tu madre y yo no podemos dejar que las cosas sigan por ese camino.

Doucette se remonta varias generaciones, hasta la llegada a la bella Provincia, a comienzos del siglo XIX, de Marie Gabelot, antepasada de la madre de Martine. Como muchas huérfanas, adolescentes de origen modesto y otras «jovencitas casaderas», embarcadas de forma más o menos voluntaria rumbo al Nuevo Mundo, cuando partió del puerto francés de La Rochelle apenas sabía adónde iba y lo que encontraría al otro lado del océano. Era el Nuevo Mundo: allí la esperaban un marido y una vida mejor, era todo lo que le habían dicho.

—Tu antepasada se casó con un campesino, un charentés que tenía una granja cerca de Sherbrooke. Las cosas no eran fáciles, debían trabajar mucho, pero eran libres, tenían ganado y algunas tierras no lejos del río —prosigue Marc Doucette, sentándose en una cómoda con las patas rotas transformada en caja de herramientas—. Un año después nació una niña, no recuerdo qué nombre le dieron, tu madre lo sabrá. Según cuentan en la familia, una tribu mohawk vivía cerca de allí, a orillas de un lago, del lado estadounidense de la frontera. Una noche, no se sabe si raptaron a Marie Gabelot o si se marchó por su propio pie, pero el caso es que desapareció. Tu antepasado se quedó solo con el bebé. La buscó por todas partes, en todos los pueblos hasta Montreal, pero no dio con ella. Al cabo de uno o dos meses un francés que recorría los bosques vio a la tal Marie. Iba vestida de salvaje, vivía con la tribu y se ocupaba de cortar leña y cocinar.

—¿La tenían presa?

—Ya te he dicho que eso no se sabe. Lo que sí sabemos es que su marido dejó a la niña con unos vecinos y se fue en busca de la milicia. Una mañana cruzaron la frontera y rodearon la aldea mohawk. Mientras amenazaban a los hombres con los fusiles, los indios se preparaban para luchar. Entonces Marie Gabelot se acercó a ellos y les dijo que ahora era la mujer de un indio y que no pensaba regresar a Canadá. Que no quería volver a ver ni a su hija ni a su marido. Los milicianos querían llevársela a la fuerza, los indios no eran muchos y estaban mal armados, hubiera sido fácil, pero su esposo, tu antepasado, se negó. La maldijo y volvió a la granja. Nadie lo entendió. Encontró otra esposa, también llegada de Francia, con la que tuvo cinco hijos. En cuanto a Marie Gabelot, no se la volvió a ver.

Martine se sienta junto a su padre. Es una historia muy triste, pero no comprende qué tiene que ver con ella. Hace tanto tiempo… ¡Seguro que entonces los indios llevaban plumas y luchaban con arcos y flechas! Quizá incluso estaban en guerra con ellos.

—Hija mía, no son como nosotros. Este muchacho… ¿cómo se llama?

—Manish.

—Ya lo ves, con un nombre así, no puede ser… Se parecen a los demás obreros que trabajan en el puente pero, créeme, no son como nosotros. Son buenos trabajadores, dicen. También son buenos clientes en la taberna, educados y buenos pagadores, pero tu madre y yo estamos seguros de que aquella pobre chica, Marie, fue raptada, drogada o algo así. Es lo que siempre se ha dicho en la familia. Abandonar a su pequeña… ¿Te das cuenta? ¿Qué madre puede hacer una cosa así? Escucha, Martine, es por tu bien. Tu madre y yo hemos tomado una decisión: no verás más a ese chico, a ese indio. No raptarán a más mujeres de nuestra familia. En la taberna, no volverás a atenderle. Y no quiero que vuelvas a hablar con él.

—Pero, papá…

—No te molestes en discutir. Hay cosas que no puedes entender a tu edad. Estamos aquí para protegerte. Te lo ordeno: no te acerques más a este indio o te mando a pasar el verano con los primos de tu madre a Montreal. Ya está dicho, no voy a cambiar de opinión.

Martine se echa a llorar, se levanta de un salto, se enreda los pies en la falda, tropieza, se levanta de nuevo, se abalanza sobre la escalerilla del granero y baja sollozando. Cruza el patio de tierra que separa la posada de la casa, sube al piso de arriba y entra como una exhalación en la habitación que comparte con sus dos hermanas. Tumbada en su cama de niña, llora durante una hora y se queda dormida.

En la cocina, donde humean los pucheros con la comida, sus hermanas menores, que sospechan la razón de la cólera paterna, intentan sonsacar a su madre.

—¡No seáis chismosas! Estabais conmigo en la iglesia, sabéis perfectamente lo que ha pasado. Que os sirva de lección: prohibido acercarse a ningún indio. A partir de ahora, yo me ocuparé de ellos.

Mientras, en el campo de lacrosse, Manish Rochelle llega dando zancadas, con una gran sonrisa en los labios, para el primer partido dominical de la temporada. Se ha perdido el pícnic. Robert, que sabe por qué, le recibe con una mirada inquisitiva.

—Todo va bien, ya te contaré.

El equipo de un barrio de Quebec, que va a jugar contra el de los hombres del puente de Kahnawake, está incompleto. Los jugadores de béisbol de Saint-Romuald, que han llegado antes, ocupan la mitad del terreno y se niegan a abandonarlo, dejando para los indios la parte del campo que está llena de barro.

—Bueno, no pasa nada, el verano acaba de empezar —dice Bruce Mondor—. Propongo que hagamos un entrenamiento corto y que luego arreglemos las porterías. Tendremos que cortar unas ramas y encontrar cuerda fina.


En la obra, la semana comienza con la instalación, en la parte sur del puente, de una de las mayores vigas prefabricadas. Ha llegado por la noche. La han cargado en la plataforma empujándola con una locomotora que la ha llevado hasta la mitad de la estructura, donde la ha levantado una grúa móvil. Baja lentamente, sostenida por las cuerdas enganchadas en gruesas poleas de cuatro ranuras. Unos veinte hombres tiran, empujan, golpean. Pesa tanto que a veces el motor de la grúa se gripa, los engranajes patinan, las cuerdas echan humo. Hay que parar un momento, volver a empezar, centímetro a centímetro. Cuando está en su sitio, se fija poniendo ejes provisionales a golpe de maza.

—¡Manish, Manish, ven a ver!

En uno de los lados, dos mohawk llevan diez minutos intentando alinear dos agujeros. A veces hay unos milímetros de desfase, pero esta vez se trata de dos o tres centímetros. Da la impresión de que la viga está bien colocada en su sitio, pero es imposible ajustar las tuercas provisionales.

—Hemos hecho de todo, pero no parece que se vaya a mover más. ¿Qué hacemos?

—No lo sé, el desfase es demasiado grande. Creo que se han equivocado en la fábrica al hacer los agujeros. No os mováis, voy a buscar al capataz.

Siguiendo el consejo de B. A. Yenser, que ha acudido enseguida a echar un vistazo, un equipo especializado lleva dos gatos de varias toneladas colgados de unos cables. En una hora, sujetan las piezas y, con chirridos de metal retorcido, los acercan hasta forzar tres de las cuatro tuercas.

—Ya veremos qué hacemos con la cuarta. Tendremos que hacer otro agujero, supongo —dice un jefe de equipo.

Al otro lado tienen el mismo problema con dos viguetas laterales. El desfase es muy superior a lo habitual. Esta vez, cuatro hombres con maza doblan los elementos para alinearlos.

—No sé qué están fabricando estos americanos en Pennsylvania, pero tendrían que aprender a hacer los agujeros en su sitio, ¿no? —dice Manish mientras come sentado sobre una viga, con los pies colgando en el vacío por encima del agua—. Creía que comprobaban todas las medidas según iban llegando las piezas…

En los días siguientes el fenómeno va a más. Uno de cada dos elementos no encaja con los anteriores. Hay que perforar, retorcer, forzar. El trabajo se alarga, se pierden horas conectando piezas que, en una situación normal, deberían colocarse en unos minutos. Peor todavía: en algunos sitios los montadores de acero observan cómo crece el espacio entre dos piezas que la víspera estaban ajustadas al milímetro.

Una mañana, antes de la apertura de la obra, Manish y Robert trepan por las estructuras y, con una cinta métrica plegable, toman medidas, anotan la separación entre las vigas, los errores de alineación. Le muestran sus notas al jefe de capataces.

—Vaya, esto es mucho peor de lo que pensaba. Venid conmigo y traed las notas, hay que enseñárselo a McClure.

Llaman a la puerta del ingeniero Norman McClure. Inclinado sobre su mesa de trabajo, los hace esperar un rato.

—Sí, ya lo sé. Ustedes no son los primeros en avisarme. Yo mismo he observado que cada vez hay más piezas defectuosas. Muéstrenme sus notas…

Anota con lápiz en los planos firmados por Theodore Cooper los desfases que han medido los indios. Las cifras se suman a otras cifras. El ingeniero rodea algunas con un círculo rojo. Se trata de elementos colocados recientemente, como si todas las piezas llegadas de Pennsylvania resultaran defectuosas al mismo tiempo.

—Estoy de acuerdo. Es extraño y, sobre todo, preocupante. Gracias, señores. Ya he hablado de estos defectos con Phoenixville. Hoy mandaré a un aparejador para que confirme y precise sus anotaciones. Y ahora mismo escribiré al señor Cooper en Nueva York para informarle de los problemas y pedirle instrucciones.

—Mientras tanto, señor, ¿qué hacemos? ¿Qué digo a los hombres? —pregunta el capataz.

—No diga nada. Son defectos menores que tendrán una explicación lógica. Estoy seguro de que el señor Cooper sabrá lo que pasa y encontrará una solución. Ya saben que es el ingeniero americano más importante de nuestro tiempo, uno de los mejores del mundo. Nadie ha diseñado tantos puentes y obras de ingeniería en este país. Tranquilice a los hombres y diga que corregiremos rápidamente los defectos.

B. A. Yenser cierra el cuaderno. Manish Rochelle se vuelve a poner la gorra. «Señores…».

—Yo no soy ingeniero —rezonga el capataz mientras baja la escalera—. Pero este no es mi primer puente y creo en lo que veo. Y lo que veo no me gusta nada. Tenemos un problema, y muy gordo. No son defectos, es imposible que haya tantos. Y habrían empezado antes, desde el principio. El problema está en el propio puente y más vale que lo resuelvan rápido… Mientras tanto, Manish, no asustes a los chicos. Vamos a ver lo que opina el famoso Cooper. Si es tan bueno como dicen…

Al día siguiente, mientras sale una carta detallada rumbo a Nueva York, con croquis y medidas, se toma la decisión de instalar únicamente piezas y viguetas ligeras, más fáciles de manejar. A menudo también hay que forzarlas para que entren en su sitio. En una platina central, los obreros tienen que utilizar bulones y roblones el doble de largos, encargados especialmente, para montar estos elementos.

Una mañana, el telegrafista llama a la puerta de la oficina de McClure con la respuesta de Cooper en la mano: «No pasa nada, hagan lo que puedan». El ingeniero reúne a los capataces y jefes de equipo y les anuncia que el gran jefe, a la vista de los datos que le han enviado, considera que son defectos inofensivos y que hay que retomar el ritmo habitual.

—¿Inofensivos? —protesta con acento irlandés un hombrecillo barrigón con enormes patillas pelirrojas—. ¿Se burla de nosotros el gran manitú de Manhattan? ¿Es él quien está montando piezas que están separadas cuatro centímetros? Ayer un muchacho de mi equipo casi se cae al agua, a fuerza de dar mazazos como un loco en una viga que no quería entrar en su sitio. ¿Por qué no viene a echar un vistazo, ese Cooper que nadie ha visto por aquí? No le harían falta dibujitos, lo entendería enseguida.

El rumor va creciendo: «Eso es verdad, ¿por qué no viene a verlo? ¿Qué clase de ingeniero construye un puente a distancia?».

—Señores, señores, por favor. Algunos de ustedes lo saben y yo se lo confirmo: Theodore Cooper no goza de buena salud. Espera poder venir en breve a comprobar el avance de las obras, pero de momento es imposible. Ya conocen su reputación. Podemos confiar en su buen juicio. Si él piensa que estos defectos no son graves, es porque ha analizado la cuestión. Les agradecería que informaran de ello a sus hombres. Vamos con retraso y tenemos que recuperar el tiempo perdido.

—No se lo van a tomar bien —murmura uno de los jefes de equipo mientras bajan las escaleras de la oficina—. Están preocupados y tienen buenas razones para estarlo. La otra noche me dijo un mohawk que cuando pasaba bajo el puente para volver a la posada oyó un largo crujido. Si seguimos añadiendo peso, vamos de cabeza a la catástrofe.

Se dan las órdenes pertinentes. Piezas monumentales, que esperaban en los vagones para acercarse a la orilla del río, se montan con grandes esfuerzos y varios agujeros adicionales. Los hombres protestan, reniegan, pero obedecen.

Un sábado por la noche —la jornada del sábado es más corta y termina a las tres de la tarde—, Marc Doucette lleva a la taberna a tres de los más famosos concertistas de cucharas, tablas de lavar y guitarra de la orilla sur del San Lorenzo. En un rincón, sobre un estrado de madera, enlazan cánticos populares, a veces una canción de marineros que se remonta a la Royale francesa. Un cochinillo se asa en la chimenea. Esa tarde han llegado barriles de cerveza.

Hace una semana que Manish Rochelle no consigue cruzar una palabra con Martine. Ella le mira cariñosamente cuando se acerca, le indica con un gesto que se detenga, le da esperanzas con una nota que le entrega su hermana menor, una cita secreta. Manish ha comprendido la intervención de los padres. La señora Doucette se abalanza sobre él en cuanto entra, prohíbe a sus hijas con movimientos de cabeza, que son de todo menos discretos, que se le acerquen. Ya se esperaba algo así. Los Doucette son acogedores con los mohawk, que no pueden entrar en algunos establecimientos de la provincia, pero de ahí a dejar que un indio corteje a una de sus hijas… Tendrán que ser pacientes. Manish confía en que, antes de que termine el verano, le asciendan a jefe de equipo, con un buen salario. Entonces quizá pueda hablar con el padre.

Desde la mesa que comparte al fondo de la sala con cuatro mohawk (Robert ha pedido el día libre para visitar a sus padres en Kahnawake), Manish observa de reojo a un equipo de carpinteros ingleses. Su acento es incomprensible y sus risas, ruidosas. Pero lo que le llama la atención es la forma en que su jefe, un tal Drummond, bajito y regordete, colorado, con tatuajes en los dos brazos, con el que se ha cruzado en el puente hace unos días, se dirige a Martine. Le coge la mano, tira de su falda, intenta, cuando se pone a tiro, pasarle la mano por la cintura. Ella se libera con una risita. Marc Doucette observa todo con el rabillo del ojo. Bajo el mostrador, sus manos buscan a tientas la culata del fusil. Martine se refugia en la cocina. Cuando vuelve a salir, Drummond se ha bebido todas sus pintas de cerveza y, al pasar la chica, le planta la manaza sobre la nalga. Ella da un grito. Manish se levanta de un salto, tirando la silla. En cuatro pasos se abalanza sobre el inglés, lo sujeta por el cuello y lo sacude, sin decir una palabra. Lo levanta de la silla y lo aplasta contra la pared. Drummond da puñetazos en el vacío sin tocar a su asaltante. Antes de que los otros ingleses, sorprendidos por el ataque, tengan tiempo de reaccionar, Manish le rompe de un cabezazo la nariz y el hombre se derrumba gritando. Sus amigos se precipitan y sujetan al indio por detrás. En el momento en que el tercero se prepara para darle un puñetazo, el cañón del fusil de Marc Doucette sobre su bigote lo detiene.

—Vosotros tres, fuera. Y llevaos a este cerdo inflado, que me está ensuciando el suelo. Y como uno de vosotros vuelva a cruzar el umbral, disparo sin avisar. ¿Entendido? Y tú, indio, quédate aquí.

Drummond saca del bolsillo un pañuelo a cuadros con el que se sujeta la nariz. Le ayudan a levantarse y sale dando tumbos.

—Sucio piel roja, me lo pagarás. Me has pillado por sorpresa, pero sé quién eres. Eres uno de esos malditos mohawk, con vuestras trolas sobre el vértigo. Nos volveremos a ver en el puente. No te preocupes, ya te enseñaremos a respetar al hombre blanco.

Martine, refugiada en la cocina, intenta salir para reunirse con Manish. Su madre la sujeta por el brazo.

—Gracias, indio —dice el padre, desmontando el fusil—. Hubiera podido ocuparme yo solo, ya estoy acostumbrado. Siéntate y espera un momento antes de subir a la habitación, voy a comprobar que no te estén esperando en la calle. ¿No lleváis más armas que los cuchillos?

La orquesta empieza un solo de cucharas marcando el ritmo. Uno de los capataces de la obra abandona el mostrador en el que estaba apoyado y se acerca a la mesa de los mohawk, donde se ha vuelto a sentar Manish, saludado por las sonrisas de los comensales.

—Lo he visto todo. Has hecho bien en intervenir, Manish. Quizá no en romperle la nariz, pero bueno… El lunes hablaré con Yenser. Nos aseguraremos de que en la obra no os pongan demasiado cerca de los ingleses. Este Drummond puede ser peligroso, he trabajado con él hace dos o tres años, cerca de Boston, es un pendenciero. En mi opinión, lo mejor sería mandarlos a la otra orilla…

Al caer la noche, mientras los músicos guardan los instrumentos, Martine logra susurrar un «gracias, Manish», acompañado de una triste sonrisa antes de abandonar la sala. Dos mohawk salen abriendo camino, con la mano sobre el mango del cuchillo, inspeccionando el patio y la calle y acompañando al joven hasta su habitación, en el segundo piso.

Al día siguiente, el equipo de Manish y otra cuadrilla de Kahnawake llegan juntos a la obra, cerrando filas para mostrar su fuerza. Algunos llevan gruesas llaves inglesas a modo de tomahawks, otros lanzan miradas sombrías a los cuatro blancos, que se mantienen apartados, en conciliábulo con un capataz. Drummond está desfigurado, lleva un vendaje en la nariz. Los mandan a la entrada del puente, a trabajar todo el día en la descarga del tren.

Los problemas de ajuste se multiplican y van empeorando. Aparecen huecos entre piezas montadas hace semanas. En algunos casos cabe hasta un pulgar. Los carpinteros, los capataces, el representante del sindicato están convencidos: el puente se mueve y eso no presagia nada bueno. Ponen testigos y marcas de cera que al día siguiente se han quebrado.

En otra carta de tono más alarmista, Norman McClure informa a Cooper en Nueva York y al Estado Mayor en Phoenixville. En su respuesta, el ingeniero jefe plantea la posibilidad de que las piezas defectuosas puedan haberse dañado durante el transporte, el almacenamiento o el montaje. McClure lo comprueba, referencia por referencia, con el responsable del almacén de La Chaudière, que le garantiza que los elementos se ajustaban al milímetro a los planos cuando salieron de allí. Pregunta a los montadores de acero, pero ninguno recuerda que se haya caído una viga o que se haya deformado antes del montaje.

—Más bien se deformaron después, pero no por accidente: fuimos nosotros, con las mazas y los gatos. ¡Así no se puede trabajar! —dice uno de ellos.

Los mohawk están agotados por las horas de esfuerzo ajustando elementos que no encajan bien y la inquietud va en aumento. Manish va de un equipo a otro, hace croquis y dibujos, mide distancias.

—No es posible, este puente se mueve. Todo se mueve, no es normal. Hay que parar esto: ¿os dais cuenta de que se puede hundir con nosotros encima?

Ha hablado en inglés a un equipo de blancos.

—¡Oye, tú, indio —le grita un contramaestre que le ha oído—, más te vale dejar de decir esas cosas! ¿Quién eres tú para explicar a los ingenieros lo que tienen que hacer? ¿Acaso sabes escribir? Cierra el pico y haz lo que te manden. ¡Si te vuelvo a oír, te vas a la calle!

Manish regresa con los suyos y murmura entre dientes, en mohawk:

—Vamos a tener que tomar una decisión. Yo digo que esto es muy peligroso. Hay que hablar con McClure. Él lo sabe, lo ha entendido desde el principio.

Pero en ausencia de Charles Dubois, que está enfermo, para un montador de acero mohawk es imposible hablar directamente con el ingeniero. Esa noche, al terminar la jornada, Manish intentará hablar con B. A. Yenser, el jefe de obra.

Al día siguiente, en otra carta, Norman McClure confirma a su jefe, que sigue imposibilitado por su edad y su mala salud para ir en tren a Quebec, que es inconcebible que las piezas torcidas, ahora muy numerosas, estuvieran así antes del montaje. «En tal caso, hubiera sido imposible no verlo», escribe.

Mientras espera respuesta, el ingeniero asume la responsabilidad de parar la obra. Decide viajar personalmente a Nueva York para convencer a Theodore Cooper de que la situación es grave y que quizá la causa sea el diseño del puente. Ordena que se interrumpa la actividad y se evacue la obra, y a mediodía está en un tren con la intención de ver a Cooper en sus oficinas al día siguiente.

—Se lo dije —afirma aliviado Manish Rochelle—. Es posible que acumulemos semanas o meses de retraso, pero es la decisión correcta.

—Oye, Manish, ¿por qué no dejas de hacerte el ingeniero? —suelta Bruce Mondor—. Empiezas a hartarnos con tus aires de grandeza y tu cuadernito. Que sepas contar y hablar inglés no te autoriza a opinar sobre la obra. Si sigues así, vas a hacer que nos despidan a todos. ¿Tienes algún trabajo de repuesto?

—No, y tú tampoco, pero puedes ver que este puente tiene un problema, ¿no?

—Yo lo que veo es que eres un bocazas y nos vas a buscar problemas. Para mí, si los jefes dicen que todo va bien, es que todo va bien. Y si dicen que hay que parar, pues paramos. Y si dicen que sigamos, seguimos. Un chaval que solo ha salido dos veces de la reserva no va a decirme a mí lo que tengo que hacer.

Para evitar un enfrentamiento directo con un obrero mayor que él, Manish da media vuelta rumbo a Saint-Romuald. Durante todo el día los hombres descansan, se tumban en la orilla, miran pasar a los ingenieros y los capataces, que cada vez parecen más lúgubres.

Al día siguiente, en Nueva York, cuando Theodore Cooper llega a su oficina en el número 35 de Broadway Avenue, Norman McClure le espera a la entrada. Unas frases, planos anotados y, sobre todo, la angustia que se lee en la mirada de su colaborador bastan para convencer al ingeniero. Hace acudir a su secretaria y le dicta un telegrama que no envía al puente, sino a la casa matriz, a Phoenixville: «Que no se añada más peso al puente hasta nueva orden».

Para mantener el tipo, no ordena la evacuación de la obra, no menciona peligro alguno. Pide a McClure que avise en Quebec. El joven ingeniero, en su apresuramiento por tomar el tren en la estación de Pennsylvania, rumbo a Phoenixville, se olvida de hacerlo.

A primera hora de la tarde, el telegrama llega a la mesa de John Deans, ingeniero jefe de la Phoenix Co., pero él no está. Su secretaria, que lee el mensaje, no comprende la gravedad del asunto. Hasta la tarde nadie hará nada. Mientras tanto, en Quebec, a pesar de las instrucciones, se da la orden de reanudar el trabajo.