Capítulo 6

 

La habitación pareció empequeñecerse más todavía mientras intentaba asimilar la verdad de lo que estaba pasando. Solo era un peón en una partida política. No era una persona, era una pieza en un tablero de ajedrez político. Se estremeció sin poder contener la reacción a lo que estaba pensando.

–¿Tienes frío? – él había visto su reacción y estaba acercándose precipitadamente a ella– . ¿Echo más leña?

–No – ella sacudió la cabeza casi con violencia– . No, gracias.

Solo quería esconderse con sus pensamientos, cerrar los ojos y quedarse con la última imagen de Harry, cuando se despedía de ella con la mano desde la ventana, la última vez que había visto a su hermano pequeño, por quien estaba haciendo todo eso. Karim, quien, según él, también había perdido un hermano, aunque para siempre, tenía que entenderlo. Sin embargo, miraba esos ojos opacos, vacíos de todo sentimiento, y sabía que sería un sueño mayor todavía si se permitía pensar que él la consideraba una persona siquiera. Ella era esa cuestión de honor con la que había que lidiar. Él cumpliría con su deber, la entregaría donde tenía que estar, seguiría su camino y se olvidaría de ella sin mirar atrás.

–Estoy cansada – comentó ella eludiendo lo que la atormentaba de verdad– . Quiero acostarme, dormir.

Él miró el reloj sin disimularlo y ella recordó todas las veces que lo había hecho a lo largo de la noche, como había mirado el móvil y el ordenador desesperado por el retraso que los retenía allí. Estaba impaciente y ansioso por marcharse, por acabar con esa cuestión de honor, con ese deber que le había impuesto su padre, con la responsabilidad de entregarla a las personas que la deseaban de verdad. Luego, podría volver a su país con la satisfacción del deber cumplido y de haber defendido el honor.

–Sí, ya sé que es pronto – siguió ella mirando al reloj de pie que había en un rincón aunque era casi invisible a la luz de las llamas– , pero estoy cansada. Anoche me acosté tarde. Estuve hablando con mis amigos.

Ella lo aclaró en tono más cortante todavía cuando él la miró con los ojos entrecerrados y con la nariz levantada como si hubiese captado un olor desagradable.

Harry había estado muy inquieto por la fiesta y luego se entristeció porque ella, su querida Clemmie, iba a marcharse por la mañana y era probable que no volviera. Para que Mary pudiera dormir, algo que necesitaba mucho, y para disfrutar de una noche antes de que llegara la aterradora despedida, se había sentado con el niño, le había leído un cuento detrás de otro y había acabado acunándolo en los brazos. Le había dado tanto miedo despertarlo que se había quedado más de una hora, hasta que creyó que ya podía dejarlo dormido. El resultado había sido que no había descansando más de un par de horas.

–Podríamos hacer algo...

Karim se maldecía por haber dejado que se le escapara la verdad sobre Ankhara. Había conseguido que le entrara pánico y que estuviera inquieta como una gata nerviosa. Dudaba mucho que quisiera dormir aunque sus ojeras indicaran que tenía que descansar. Tenía más ojeras que cuando la vio la primera vez y se había preguntado qué habría pasado desde que él llegó a la casa de campo. ¿Qué había pasado la noche anterior? Él había esperado y observado hasta que se apagaron las luces de la casa, pero todo lo que había visto había sido una fiesta infantil y, más tarde, un grupo de madres que llegaba para recoger a sus hijos.

–¿Qué propones? – preguntó ella mirándolo con los ojos muy abiertos– . Ponemos música, vemos una película de DVD... No, se me había olvidado, no tenemos electricidad.

–Podemos hablar.

¡Hablar! ¿Cómo se le había ocurrido proponerlo siquiera? Eso significaba que ella moviera los labios, que él se fijara en su amplia boca, en esos labios carnosos y rosados. Cada vez que había hablado, o cuando había abierto la boca para beber o comer, solo había podido pensar en lo que sentiría con esos labios debajo de los de él, en separarlos con la presión de su lengua, en deleitarse con su sabor y su calidez.

–¿Hablar? No, gracias. Ya he recibido bastantes sermones sobre el deber y el honor, de ti y de todo el mundo.

A él se le había parado el pulso al mirar sus labios y su lengua formando esas palabras, deseando...

–Entonces, otra cosa – replicó con la voz tan ronca que ella lo miró con el ceño fruncido.

–¿Otra cosa? – repitió ella con los ojos en blanco– . ¿Qué? A lo mejor quieres jugar a algún juego de mesa. Sé que Nan tenía algunos por algún lado. Tienen un aspecto algo anticuado, pero el fondo es el mismo, ¿no? ¿Puedo desafiarte a una partida de Ludo? ¿O prefieres las Serpientes y escaleras?

Ella no había disimulado el sarcasmo, pero él no pudo resistirse a seguirle el juego para provocarla.

–¿Por qué no? Nunca he jugado a nada de eso y tengo que reconocer que me intriga saber en qué consiste un juego que se llama Ludo o Culebras y escaleras.

–Serpientes. Son juegos de mesa y no vas a convencerme de que realmente quieres...

–Claro que quiero.

Clemmie lo miró con una mezcla de incredulidad, impaciencia e indignación. El problema era que también era una provocación, que lo miraba con media sonrisa y un brillo burlón en los ojos. Él esperaba con toda su alma que esos juegos con nombres tan ridículos lo obligaran a no mirarla, a mirar el tablero o a algo que no fuese tan tentador.

Ella dejó escapar un resoplido de fastidio tan cautivador que le mereció la pena haberlo propuesto, igual que ver el brillo de sus ojos que le indicaba que iba a arrepentirse. Le costó más dominar las manos y no acariciarle el trasero embutido en los vaqueros mientras se inclinaba sobre un cajón para sacar la caja con juegos. ¡No! Ese era el camino a la destrucción. ¿Por qué la mujer que lo excitaba hasta ese punto tenía que ser precisamente la mujer que tenía vedada? Esa mujer destruiría su honor, el de su familia y el del país si tenía una aventura con ella. Sería muchísimo más fácil si no estuviera emitiendo señales que un ciego podría ver a cien metros. Él la atraía tanto como ella a él, pero no podían dejarse llevar.

Se sentó en el sofá para disimular la evidente reacción física que estaba produciendo en él e hizo un esfuerzo para concentrarse en las cajas que había sacado del cajón. No era fácil. Su pelo le rozó la cara mientras dejaba las cajas en la mesa y fue un tormento para esos sentidos que tenía desorbitados. Además, se inclinó para levantar la tapa y pudo vislumbrar sus pechos blancos como la nata. Tuvo que morderse el labio inferior hasta casi hacerse sangre para contener un gruñido tan primario como el de un simio.

–Cuéntame las reglas, porque supongo que habrá reglas...

¿Acaso no había reglas que encauzaban la vida por un camino recto? Unas reglas que llevarían el caos si se quebraban. La cicatriz del pecho le escoció como reacción a lo que había pensado y se la acarició distraídamente. Era como un recordatorio que llevaba grabado en la piel de lo que pasaba cuando se infringían las reglas. Su vida se había basado en la lealtad. En la lealtad a su padre, a su hermano mayor, el príncipe coronado, y a su país. Esas habían sido las reglas hasta que las pasó por alto para que su hermano pudiera aliviarse un poco del protocolo que lo asfixiaba. El resultado fue que hubo que imponer unas reglas nuevas que sustituyeran a las que habían quedado hechas mil pedazos. Además, Razi estaba muerto y enterrado con su reputación.

Sin embargo, esas reglas eran, al menos, sencillas. Al fin y al cabo, solo era un juego de niños con serpientes de muchos colores y escaleras de distinta longitud. Le ayudaría a pensar un poco en otra cosa. La verdad era que podía jugar a ese juego empleando un cuarto de su concentración y dedicando el resto a otras cosas: a mantener la chimenea encendida, a quitar los restos de velas y a sustituirlos por unas nuevas, a comprobar si el móvil y el ordenador tenían cobertura... No la tenían y la desesperación e impotencia aumentaban cada vez más. Aunque, al mismo tiempo, lo que hacía le producía una relajación intensa y extraña. Si alguien le hubiese dicho cuando empezó esa misión que acabaría sentado enfrente de la mujer increíblemente sexy que tenía que recoger jugando a un juego de niños y pasándoselo bien, nunca lo habría creído. Si además le hubiesen dicho que la mujer que tenía sentada enfrente era la mujer que lo excitaba con una voracidad como nunca lo había excitado ninguna mujer, habría dicho que estaban completamente locos. Jamás habría aceptado una misión que lo pusiera en esa situación, sin importarle las repercusiones. Sin embargo, nadie se lo había dicho, nadie le había advertido y allí estaba con esa mujer irresistiblemente tentadora muy cerca y teniendo que sofocar todos los impulsos carnales que lo convertían en hombre.

Sin embargo, ella se había calmado, al menos. Parecía haber asimilado que los intrigantes que no querían que se casara podían ser una amenaza para ella. Ya no tenía la expresión de un conejo atrapado por los faros de un coche y estaba concentrada en la partida. También era implacablemente competitiva y se mordía los labios cuando caía en una serpiente, y del mismo modo se frotaba las manos con placer cuando le pasaba lo mismo a él, sobre todo, si era la serpiente más larga del tablero.

–¡Abajo! – exclamó ella entre risas. ¡A la casilla trece! Voy a ganar la partida.

–¡No si puedo evitarlo!

Miró el rostro de Karim, iluminado y ensombrecido por las llamas, y vio que su boca se había suavizado levemente y que sus ojos ya no parecían tanto de hielo negro. Ella sabía que él creía que la había serenado. Creía que había conseguido que ella no pensara en que ahí fuera, en medio de esa tormenta, había alguien que los buscaba, que la buscaba, y, efectivamente, casi lo había conseguido. Lo habría hecho mejor si no mirara tanto su móvil ni tocara la pantalla de su tableta para comprobar qué pasaba. Eso hacía que apretara los dientes y se acordara de que no todo era tan apacible como esa habitación con una chimenea encendida. Aun así, y curiosamente, nunca se había sentido tan relajada. Al menos, desde que jugaba a esos juegos con su abuela. Los sencillos movimientos de la partida, el calor de la chimenea y la luz de las velas creaban un espacio cerrado, un refugio, donde estaban ellos dos solos y el resto del mundo se quedaba al otro lado de los gruesos muros de la casa de campo. Hablaban de todo un poco y nada era demasiado profundo ni conflictivo. Nunca en su vida se había sentido tan libre, nunca había creído que podía decir lo que quería y expresarse abiertamente sin que la censuraran, como le pasaba en la corte, o sin que su padre le frunciera el ceño, como mínimo, si se metía en algún terreno prohibido.

Incluso, se sentía a gusto con las sensaciones físicas que le recorrían el cuerpo, que le aguzaban los nervios, por estar con ese hombre grande y sombrío que había invadido su vida. Quería conocer el cosquilleo de la emoción que casi le impedía quedarse quieta. Quería oír la aspereza de su voz que le raspaba la piel y permitirse el lujo de inclinarse hacia delante como si quisiera mover la ficha en el tablero cuando, en realidad, inhalaba el olor de su cuerpo para embriagarse de sensualidad.

–Cinco...

Karim contó las casillas mientras movía la ficha y se pasaba de la escalera que había llevado la ficha de ella hasta casi la llegada. Ella miró fijamente sus dedos largos y cuidados, su piel bronceada... Se imaginó lo que sentiría si esa fuerza contenida le acariciaba la piel y perdía el dominio de sí misma... Se quedó sin respiración y se le secó la boca.

–Mi turno...

Fue a agarrar el dado y el cubilete, le rozó la mano, sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo y tuvo que contener el aliento sonoramente.

–¿Qué pasa?

Él la miró a los ojos con una intensidad tan abrasadora que ella casi tuvo que apartar la mirada.

–Na... Nada – contestó ella con la voz quebrada mientras intentaba tragar la tensión que le atenazaba la garganta.

–Mi turno – consiguió repetir ella.

–De acuerdo... ¡No!

Esa vez fue peor porque él le agarró la mano para que no tirara el dado. Ella quiso retirarla, pero comprobó que no podía ni siquiera intentarlo.

–Todavía no es tu turno. Tengo que...

Él volvió a concentrarse en el tablero y ella pudo recuperar un poco la respiración, pero no supo bien qué le nubló el pensamiento, si el desconcierto o la sensación de pérdida cuando él le soltó la mano.

–Yo creía que sí.

Con la mente en blanco, vio que él devolvía la ficha a la casilla original y que contaba los números con un elegante dedo. Luego, volvió a mover la ficha, pero no para llevarla a la ansiada escalera, sino a una de las serpientes más temibles que descendía hasta seis filas más abajo. Ella tardó unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de ver y en comprobar lo que él había hecho.

–Sí, esos son cinco – consiguió decir por fin.

–Yo me había confundido y había contado seis. Ahora está bien.

–No tenías por qué... – ¿el viento soplaba con más fuerza o el corazón le palpitaba en los oídos?– . No me había dado cuenta.

Claro que no se había dado cuenta. Estaba absorta mirando sus manos, sus ojos clavados en el tablero, las pestañas negras e interminables, los pómulos prominentes, los labios que se movían mientras contaban las casillas. Había estado absorta imaginándose lo que sentiría si se deleitaba con el sabor de esos labios, anhelando tener esa boca sobre la suya.

–No me fijé en...

Ella balbució sin darse cuenta de que lo que había dicho era casi incomprensible.

–Pero yo sí.

Él volvió a mirarla y a atravesarla con los ojos. Ella notó que se sonrojaba tanto que agradeció que la luz fuese tenue y parpadeante.

–Si no lo hubiese corregido, habría hecho trampa – añadió él como si eso fuese lo peor que podía hacer.

–Y eres un hombre íntegro.

Él le dirigió una mirada que la dejó helada. Una mirada desafiante y que confirmaba lo que había dicho ella, como si quisiera decirle que no lo dudara, y ella, naturalmente, no podía dudarlo. Sin embargo, también transmitía una tensión sombría que le produjo una sensación de miedo al pensar que algo se acercaba y que era más peligroso, como una premonición que le alteraría la vida amenazadoramente. Helada hasta los huesos, hizo un esfuerzo para dejar de mirarlo y para concentrarse en el tablero. Subió otra escalera, llegó a las últimas casillas y...

–¡He ganado!

Fue una descarga de adrenalina que se mezclaba peligrosamente con los latidos acelerados del corazón y con un anhelo que no había conocido jamás. Aun así, todavía sentía esa frialdad gélida.

–Has ganado... – reconoció Karim, aunque miró otra vez el reloj y el móvil y solo quedó la frialdad– . ¿Otra partida?

–No, gracias. Estoy cansada.

Era verdad. Una vez apagada esa reacción ardiente por la amargura de la decepción y por darse cuenta de que solo se imaginaba fantasías, se sintió vacía y agotada. Se preparó para algún comentario sarcástico sobre que no intentara huir o esconderse, pero él se limitó a asentir con la cabeza, a dirigir otra de esas irritantes miradas al reloj y a guardar las fichas y el dado en la caja.

Era como estar montada en una montaña rusa. Primero la dejaba que subiera, que creyera que estaba interesado, que sabía lo que sentía y que él sentía lo mismo, pero, acto seguido, miraba el reloj para que bajara en picado.

Ya había terminado esa velada relajada y amena, la velada que a ella le había parecido relajada y amena y que, probablemente, para él solo había sido una forma de tolerarla, de distraerla para pasar el rato. Él estaba pensando en algo completamente distinto. No hacía falta que dijera que lo único que quería era salir de allí para entregarla a su futuro marido, aunque lo disimulara bajo una máscara de cortesía.

Estaba verdaderamente cansada. Se sentía como un globo que se había desinflado por un agujero diminuto, pero no le atraía lo más mínimo la idea de subir a la nevera que era su dormitorio. Karim se había levantado, había agarrado los almohadones del sofá y los había dejado en el suelo.

–¿Qué haces?

–Tu cama – él señaló el sofá con una mano– . La mía – señaló los almohadones que tenía a sus pies– . No querrás congelarte arriba, ¿verdad?

–No... No – contestó ella desconcertada porque parecía como si hubiera leído sus pensamientos.

–Estaremos un poco apretados, pero tendremos que apañarnos. Iré a por unas mantas.

Había estado cansada, pero ¿podría dormir? Clemmie se lo preguntó unos minutos después, cuando ya estaba en el sofá y bien tapada por las mantas que Karim había bajado del dormitorio. Estaba a gusto, físicamente, pero no podía dejar de darle vueltas a algo helador. ¿Karim se comportaba así por consideración o dormía en el suelo para vigilarla y que no intentara escaparse durante la noche? Se moriría de frío si lo intentaba. Se había puesto un camisón rosa hasta las rodillas que parecía una camiseta y que era lo bastante recatado, pero que no la protegería de esa noche atroz. Aun así, era evidente que él no confiaba en ella. Se dio la vuelta en el sofá para intentar ponerse cómoda. Era imposible entender a Karim. A veces parecía que se preocupaba un poco, pero en seguida se quedaba convencida de que solo cumplía con ese deber que creía que era tan importante. Miró a Karim. Seguía en la butaca con los brazos sobre los muslos e inclinado hacia delante para mirar los rescoldos de la chimenea. ¿Siempre tendría sentimientos contradictorios hacia él? Se le encogió el estómago al darse cuenta de que le quedaba poco tiempo para estar con él. Encontraría la manera de mover el coche cuando amaneciera y se pondrían de camino. Si su porvenir siempre le había parecido sombrío por tener que casarse con alguien a quien no amaba y por motivos políticos, en ese momento, la idea de llegar allí y ver que Karim se alejaba de su vida le parecía insoportable. ¿Cómo había llegado a significar tanto para ella en tan poco tiempo? ¿Cómo iba a poder dejar que se marchara cuando llegaran a Rhastaan? ¡Dejar que se marchara! Se tapó la cara con la manta y se tragó el regusto amargo que tenía en la boca. Ella no iba a dejar que se marchara, ella no tenía nada que decir. Él se daría media vuelta y se alejaría con el deber cumplido, sin mirar atrás.

Consiguió quedarse dormida, pero soñó con figuras y sombras que la perseguían. Ella corría y llamaba a Karim, pero él siempre iba por delante, alejándose, e, independientemente de lo deprisa que corriera, cada vez estaba más lejos aunque iba andando tranquilamente. Sin embargo, Ankhara y su padre la seguían y se acercaban más a cada paso que daban.

–No... – quería quitárselos de encima, pero cada vez estaban más cerca– . No... ¡No!

–Clementina...

Reconoció esa voz. Los recuerdos la despertaron con un sobresalto, se incorporó con los ojos muy abiertos y miró a ese rostro que la había obsesionado en sueños, pero solo porque le había dado la espalda. En ese momento, estaba muy cerca, estaba sentado en el borde del sofá, la agarraba de los brazos y sus manos le quemaban la piel. Se había quitado el jersey y los pantalones, solo llevaba una camiseta blanca y unos calzoncillos oscuros. No podía ver casi sus rasgos en la oscuridad, pero sus ojos, negros como pozos, parecían tragársela.

Estaba demasiado cerca. Estaba ahogándose. No podía respirar. El poco aire que conseguía aspirar se le quedaba en la garganta mientras lo miraba fijamente. Además, ese aire estaba impregnado por el olor de su piel.

–¿Qué te pasaba?

–Estaba asustada. Ankhara...

Lo había embrollado todo al hablar de Ankhara, se reprochó él a sí mismo. Se había despertado al oír sus lamentos y la agitación de su cuerpo. Había estado soñando con el hombre que había mandado a más hombres para que los persiguieran y que impediría ese matrimonio si tenía la más mínima posibilidad.

–No pasa nada.

¿Sabría ella cómo se sentía él al ver esos ojos como platos en la palidez de su rostro? ¿Cómo había podido llegar a considerarla una chica desenfrenada que iba de fiesta en fiesta? Aunque se la habían descrito como una mujer que, irreflexivamente, había eludido su obligación hacia su familia y hacia su país para buscar su propio placer sin importarle nadie más, había algo más que eso. Había otro motivo para que hubiese ido allí. No sabía cuál era, pero estaba seguro de que había algo debajo de esa aparente temeridad. Quizá tuviese algo que ver con Harry, fuera quien fuese. ¿Un amigo? ¿Un amante?

–Clementina, no pasa nada. Estás a salvo.

Y seguiría a salvo. Se ocuparía de que llegara sana y salva a Rhastaan aunque fuese lo último que hiciera en su vida, se juró a sí mismo. Aunque no se reconoció que hacía ese juramento por Clementina, no solo por la deuda que tenía contraída con la familia de Nabil.

–Cle... Clemmie – balbució ella con la voz todavía ronca.

–¿Qué?

–Clemmie – repitió ella con la voz más firme– . Mis amigos me llaman Clemmie.

–Y... ¿Somos amigos?

La batalla que estaba librando con el deseo sexual que se le había despertado en cuanto la tomó en brazos para despertarla hizo que la pregunta sonara hosca y que ella frunciera el ceño y se mordiera el labio inferior mientras lo pensaba. Entonces, se encogió de hombros de una manera que él no pudo interpretar. Sobre todo, cuando tenía la cabeza llena de pensamientos prohibidos, de lo mucho que quería pasarle los dedos por los labios para que dejara de dañárselos, de lo mucho que quería aliviarle ese dolor con la lengua. Estaba muy cerca y podía oler la calidez de su piel cada vez que respiraba. Además, los calzoncillos de algodón, aunque largos, no podían disimular la reacción que esos pensamientos y la tentación de su cuerpo había provocado entre sus piernas.

–Si eso es lo que quieres ser... – contestó ella– . Al fin y al cabo, ¿qué podemos ser si no?

–Efectivamente – concedió él asintiendo con la cabeza y frunciendo el ceño al ver que se estremecía de frío– . Deberías taparte con las mantas y dormirte.

Ella lo miró con un brillo desafiante en los ojos.

–No quiero dormirme. Me da miedo cerrar los ojos y que todo vuelva otra vez.

–Pero tienes que descansar...

Y él tenía que alejarse de ella antes de que se dejara arrastrar por los pensamientos carnales que estaba achicharrándole el cerebro.

–¿No podrías abrazarme?

Era lo último que había esperado, lo último que necesitaba, y casi se tambaleó por la impresión.

–Clemmie...

Oyó su propia voz, ronca y grave, y se dio cuenta de que había cedido, de que había empleado el nombre que ella quería que empleara. Ella se pasó la lengua por los labios de una forma que a él le pareció desproporcionadamente tentadora. La voracidad lo atenazó por dentro y tuvo que apretar los dientes para contener un gruñido.

–Abrázame, por favor. Solo hasta que me quede dormida.

Apartó la manta para dejarle sitio y él pudo ver sus piernas estilizadas y blancas. Se le secó la boca. Intentó decirle que eso sería un disparate, y un error, pero no le salió la voz y ella tomó su silencio como una especie de aceptación.

–Creo que no podría dormirme si no me abrazas y, además, tienes que tener frío con eso que llevas puesto.

Tenía frío a pesar de la chimenea y le gustaría estar bien tapado por las mantas, pero la verdad era que también estaba pensando en estar tapado por las mantas y abrazándola con fuerza.

–Por favor... – repitió ella en un tono que lo desarmó completamente.

Estaba perdido.