Capítulo 2

 

Realmente iba a complicárselo más de lo que había llegado a imaginarse? Le costaba creerse que esa chica descarriada iba a dificultarle tanto las cosas. Además, lo peor de todo era que no podía decirle por qué estaba él allí ni los problemas y peligros que le habían obligado a ocuparse él mismo en vez de dejarlo en manos de Adnan, quien, aunque era del equipo de seguridad, no era el hombre indicado para esa tarea. Sobre todo, desde que había descubierto que estaba a sueldo de Ankhara. Entrecerró los ojos y miró a Clementina preguntándose qué podía contarle, qué sabría ella sobre el jeque Ankhara y sus ambiciones de sentar a su hija en el trono de Rhastaan. Él tenía la certeza de que, si Adnan hubiese ido a recogerla, como se había pensado en un principio, habría habido un desdichado accidente en el viaje de vuelta, algo que le habría impedido casarse.

Clementina no parecía una flor delicada que se desmoronaría si se enteraba de los riesgos que conllevaba sacarla de allí para llevarla a Rhastaan y entregarla a su futuro marido. Al contrario, había estado desafiándolo como una preciosa gata salvaje que se sentía acorralada. Aunque fuese esbelta y tuviese el pelo sedoso, se engañaría si creía que era una gatita. Si intentaba tocarla, lo más probable era que lo arañara con rabia, en vez de dejarse acariciar entre ronroneos. Se imaginó, por un instante, que arqueaba la elegante espalda bajo sus manos y la sangre le bulló por un apetito carnal que no había sentido desde hacía tiempo.

¡No! No debería sentir eso por esa mujer. No podía sentir eso por la prometida del joven rey de Rhastaan. Infringía todas las leyes del honor y la confianza. Por eso se había apartado de ella hacía un rato, cuando el gesto instintivo de ofrecerle agua se había convertido en una especie de prueba a su resistencia contra la sensualidad. Estaba tan cerca que podía sentir la calidez de su cuerpo y ver la palpitación de su pulso en la base de su cuello. Cuando ella se movió, captó su delicado aroma y un mechón de su pelo le rozó la barba incipiente, abrasándolo por dentro de una forma casi insoportable. La deseó tanto que fue casi doloroso. Nunca había deseado tanto a una mujer, pero ni podía ni debía sentir algo así por ella. Estaba vedada para él y lo mejor que podía hacer era montarla en un avión donde estuviese segura, llevarla a Rhastaan y entregarla a su novio lo antes posible.

–¿Vas a hacer el equipaje? – preguntó él con la voz ronca por todo lo que estaba reprimiendo.

No la miró a los ojos aunque sabía que eso era lo que quería ella. Quería desafiar, cara a cara, todo lo que él dijera. ¿Realmente era tan irresponsable? ¿Le importaban tan poco las consecuencias de sus actos que lo desafiaría por mera maldad? ¿Pondría en peligro todo lo que había intentado lograr tanta gente por un capricho egoísta? Le habían permitido vivir un tiempo con las riendas excepcionalmente sueltas, pero incluso para controlar al purasangre más magnífico había que sujetar la brida con fuerza y emplear las espuelas con suavidad. No se podía permitir que Clementina Savanevski, quien pronto sería la reina Clementina de Rhastaan, siguiera desbocada, y, si había alguien que podía dominarla, ese era él. Por eso lo había mandado su padre para que llevara a cabo esa misión.

–¿Y bien?

–Ya he hecho el equipaje – contestó ella para sorpresa infinita de él.

Había esperado que siguiera rebelándose y, si era sincero, le había decepcionado un poco que no hubiese levantado la barbilla para mirarlo a los ojos con ese brillo color ámbar. Había esperado con cierta ansia la batalla para dominarla.

–¿De verdad? Entonces, ha llegado el momento...

–Pero no para marcharme de aquí – lo interrumpió ella– . He hecho una bolsa para pasar la noche fuera.

–No es suficiente. Tienes que llevarte todo lo que quieras llevarte porque no vas a volver aquí.

–Se equivoca.

Ella apretó los labios con una firmeza sorprendente y sacudió la cabeza atormentándolo otra vez con ese aroma sutil y floral.

–Voy a marcharme una noche y luego volveré para hacer todo mi equipaje. Mire... – ella se calló cuando él abrió la boca para rebatirla– puedo explicarlo.

–Puedes intentarlo.

Karim tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrarla de los brazos y montarla en el coche. Eso cumpliría con la exigencia de llevarla camino de Rhastaan lo antes posible, pero incumpliría la otra parte del plan, que era llevarla del punto A al B con el menor jaleo y publicidad posible. Si la secuestraba, que era como ella lo interpretaría, reaccionaría con fuerza y, probablemente, se dejaría llevar por el pánico. Con toda certeza, ella no lo aceptaría en silencio. Si empezaba a gritar para pedir ayuda o para llamar a la policía, aunque fuese en ese pueblo tan pequeño, llamaría la atención sobre quiénes eran y a dónde iban.

–No vas a ir a ningún sitio. Ni una noche ni un minuto.

–Pero... Por favor...

Repentinamente, había cambiado el tono y, evidentemente, quería engatusarlo, pero lo más asombroso era que él había cambiado de actitud solo por oír ese tono casi delicado. Quería oírlo más, podía imaginársela murmurando en la cama, susurrando tentadoramente en la oscuridad de su habitación, y esa no era la imagen que le convenía en ese momento.

–¿Nunca ha tenido que mantener una promesa hasta el punto que haría cualquier cosa para llevarla a cabo?

–Claro que sí – contestó él con el ceño fruncido. Precisamente por eso estaba allí– . Pero...

–Entonces, sabrá cómo me siento en este momento. Hice una promesa...

–¿A quién?

–A Harr... A alguien – se corrigió ella precipitadamente y con espanto por haber estado a punto de desvelar la verdad– . Alguien que me importa de verdad.

Había estado a punto de decir el nombre de alguien. ¿Sería de un hombre? ¿Harry? Alguien que le importaba de verdad.

–Nada importa... – Karim empezó a hablar en un tono inflexible y con una expresión inconmovible– . Nada debería importar tanto como las promesas que hiciste, como tu compromiso con Nabil.

–Lo sé todo sobre mi compromiso con Nabil y le aseguro que... – se le formó un nudo en la garganta y tuvo que tragarlo– . Le aseguro que pienso cumplirlo.

No tenía otra alternativa si no quería deteriorar las relaciones entre dos poderosos reinos, si no quería que rompieran las hostilidades y que la reputación de su familia acabara por los suelos. ¿Acaso no se lo había metido su padre en la cabeza desde que firmó los documentos? Él había hecho que pareciera una obligación sagrada, pero, cuando tuvo quince años, se dio cuenta de todo lo que sacaba él, de que vivían rodeados de un lujo que había conseguido vendiendo a su hija.

–Pero no todavía.

–Dentro de nueve días cumplirás veintitrés años – le recordó él en un tono gélido– . No puedes retrasarte más. Has disfrutado de la libertad un tiempo, pero ha llegado el momento de que pienses en tu deber.

–¡Qué piense en mi deber! – exclamó Clemmie con desesperación– . ¿Cree que he podido hacer otra cosa? ¿Cree que he podido olvidarlo?

–Entonces, sabrás por qué...

–¡Me han dado rienda suelta! Parece como si fuese un portillo salvaje al que hay que domar.

La expresión de él fue muy elocuente. Efectivamente, eso era lo que le parecía.

Ella no había podido decirle a nadie por qué había querido marcharse de Markhazad. Había tenido que marcharse mientras había podido. Una vez casada, cuando fuese reina, viviría entre los muros del palacio sometida al control y la voluntad de su marido, y habría perdido la última oportunidad de estar un rato con el otro miembro de su familia; el niño que le había robado el corazón por completo.

–Vas a ser reina y deberías aprender a comportarte como tal.

–¿Al revés que mi madre? – preguntó ella en tono desafiante.

Todos los que conocían su historia tenían que saber que su madre, que era inglesa, se había escapado de la corte dejando a su marido y a su hija, y que nadie había vuelto a verla. Clemmie hizo una mueca al acordarse de lo que sintió al verse abandonada por la única persona que la defendía de los excesos de su padre. Habían sido los peores años de su vida y hasta hacía muy poco, hasta que recibió una carta de su abuela materna después de que esta muriera, no había sabido que su madre había tenido que huir por el hijo imprevisto y que había decidido ocultar a su marido. Él era un secreto que estaba dispuesta a mantener costara lo que costase.

Sabía lo poco que la había valorado su padre porque solo era una hija. No tenía ni necesidades ni sueños propios. Para él, su único valor estaba en el mercado del matrimonio, para venderla al mejor postor. Temblaba solo de pensar lo que él podría haber hecho si supiera que ella tenía al hijo con el que había soñado.

–¡Me comportaré como una reina cuando lo sea! Hasta entonces...

Vio que él fruncía más el ceño y sintió un escalofrío. Creía saber lo que estaba pensando, pero no se atrevió a desafiarlo para que no la interrogara más, para no decir algo que pudiera delatar a Harry y sus circunstancias.

–No hay un «hasta entonces». A partir de este momento, eres la futura reina de Rhastaan y me han mandado para que te lleve allí para tu boda y tu coronación.

–¡Pero lo he prometido! Si él...

–Él... – Karim se aferró a la palabra con un brillo en los ojos– . ¿Quién es él?

Clemmie se mordió el labio inferior por lo cerca que había estado de descubrirse. Tenía que tener cuidado. No llevaba ni media hora con ese hombre, pero ya era evidente que no se le podía engañar fácilmente.

–Nadie. Solo es un amigo que he conocido aquí, en Inglaterra. Va a ser su cumpleaños y le prometí que iría a su fiesta.

–¿Y crees que puedes retrasar nuestro viaje, los planes para la recepción y la boda por una fiesta?

–¡Pero lo prometí! Le haría mucho daño y...

–¿Y esperas que me lo crea? – le preguntó él con una mirada gélida– . Que estés a punto de convertirte en reina no significa que tenga que creerme tus cuentos de hadas.

–No es un cuento de hadas. Tengo que...

Ella se quedó muda al darse cuenta del peligro de revelar lo que tenía que hacer.

–¿Tienes que...? ¿Qué es más importante que esa boda y el futuro del tratado de paz?

Su familia, su hermano pequeño, Harry... Las palabras le retumbaron en la cabeza y le revolvieron el estómago, pero hacía un momento se le había ocurrido algo en un destello de inspiración. Quizá diese resultado y estaba dispuesta a intentar cualquier cosa.

–¿Quién es ese hombre? ¿Tu amante?

Era algo tan ridículo que estuvo a punto de reírse. ¿De verdad creía que había ido a Inglaterra para encontrarse con un hombre? Sin embargo, quizá le viniese bien que lo creyera por el momento. Al menos, lo alejaría de la verdad y entretanto...

–De acuerdo. Usted gana – concedió ella con la esperanza de haber parecido convincente– . Al parecer, no puedo hacer nada. Iré a terminar el equipaje. ¿Por qué no hace café o algo así? Si nos vamos de viaje, podríamos beber algo antes.

Él la miró con recelo y no se movió mientras ella pasaba a su lado para subir las escaleras. Caminó ruidosamente por el pequeño dormitorio que estaba a la izquierda del descansillo y que, afortunadamente, no estaba encima de la cocina. Estaba segura de que Karim Al Khalifa seguiría de pie, como un cazador al acecho, y que estaría escuchando todos los sonidos que llegaban del piso superior. Abrió y cerró las puertas del viejo armario de pino e hizo ruido con las perchas, aunque no hiciese falta. La pequeña bolsa que había preparado seguía encima de la cama, pero Karim estaría esperando que hiciera más equipaje para marcharse con él para siempre. La idea hizo que revolviera las perchas con más rabia y con ganas de tirarle algunas a su atractiva cabeza.

Karim Al Khalifa. Él nombre le retumbó en la cabeza y se detuvo a pensar. Era el hijo del jeque, un amigo del difunto padre de Nabil, quien había organizado todo eso. ¿Por qué alguien tan importante, un príncipe coronado, había ido a cumplir una misión como esa? Él no se lo había explicado.

–¡Clementina!

La voz de Karim, imperiosa e impaciente, subió por la estrecha escalera. Él había captado su silencio y no estaba dispuesto a esperar mucho más.

–¡Ya está casi! Me falta un minuto.

Tenía que largarse de allí. Se colgó la bolsa del cuello, agarró el bolso y se encaramó a la ventana entreabierta. Karim sería grande y poderoso, pero ella tenía una ventaja. De niña había pasado algunas vacaciones en Inglaterra, para visitar a su abuela materna, y había llegado a conocer como la palma de su mano esa vieja casa. En la pared había una espaldera con una hiedra lo suficientemente crecida y fuerte para aguantar su peso, aunque ya no tenía trece años. Con suerte, podría bajar por ahí y montarse en el coche antes de que él se diera cuenta de que el cuarto que tenía encima se había quedado en silencio. Sin embargo, pensó en algo más mientras abría del todo la ventana. Eso no era algo exclusivamente personal, había implicaciones políticas y tratados internacionales. Se estremeció al pensar en los problemas que podría ocasionar si desaparecía sin más, en las repercusiones de su conducta para su país, para él... Había un bloc de notas y un bolígrafo en la mesilla. Garabateó cinco palabras y su firma.

–¡Clementina!

Karim estaba perdiendo la poca paciencia que tenía.

–Un minuto. ¿Prefiere subir para hacerme el equipaje?

El corazón se le subió a la garganta solo de pensar en que él subiera a su dormitorio, pero se tranquilizó cuando oyó el gruñido de él.

–Date prisa.

–¡Ya voy!

Dejó la nota en medio de la cama para que él tuviera que verla, fue hasta la ventana con los pies descalzos, salió de espaldas y tanteó con los pies hasta que encontró los espacios de la espaldera que sujetaba la hiedra contra la pared. Rezó para que todavía la aguantara, las dos tenían diez años más y ella era más alta y pesada. Contuvo el aliento y empezó a bajar por la hiedra hasta que llegó al suelo, en la parte trasera de la casa.

–Por el momento, todo va bien... – susurró con un suspiro de alivio.

Su desastrado Mini rojo estaba aparcado a unos metros, cerca del descomunal todoterreno negro que estaba justo delante de la puerta principal. Un coche tan lustroso y poderoso como su dueño. Abrió la puerta del conductor, dejó el bolso y la bolsa en el asiento trasero, entró y metió la llave en el contacto casi antes de haberse sentado. Cuando el motor empezara a rugir, Karim lo oiría con toda seguridad y no tendría otra oportunidad. Sin siquiera ponerse el cinturón de seguridad, quitó el freno de mano, apretó el acelerador y salió por el camino a una velocidad de vértigo. Le pareció ver que él salía a la puerta, pero no tuvo tiempo de comprobarlo. Tenía que concentrarse en la carretera.

–¡Allá voy, Harry!

Las piedras de la gravilla saltaban debajo de los neumáticos por el camino que la llevaba a la autopista y a la libertad. Al menos, por el momento.