8

Aquel día (era el octavo día), el último hombre encontró a la última mujer en la terraza del café-restaurante de la plaza a las diez de la mañana.

La mujer estaba sentada a una mesa y él la vio en seguida, nada más volver la esquina del estanco-periódicos. Marcó el paso —apenas— y continuó su camino como si no pasara nada aunque su corazón, ese maldito corazón, ese odre inflado que era el barómetro de sus emociones y sus miedos, comenzó a golpear contra su pecho. Al cabo de una veintena de pasos se dio cuenta de que estaba silbando. Apretó los labios contrariado por esas manifestaciones intempestivas. Bueno ¿y qué? Hay una mujer sentada en la terraza del bar; eso es todo. No te imaginas que eres el último hombre de la tierra con un pueblo entero para ti solo, ¿no? Diez pasos más, veinte pasos. La acera de la entrada a la plaza se acercaba peligrosamente y después de la acera estaba la calzada y al otro lado de la calzada estaba la terraza del café con la mujer sentada. Sus piernas se movían más despacio, se dio cuenta y reafirmó el paso rabiosamente. ¿Es que ahora vas a tener miedo de una mujer? Llegó al borde de la acera. El corazón le hacía ¡ploc!, ¡ploc!, ¡ploc! bajo las costillas, un estrépito espantoso que seguramente se oía desde el otro lado de la calle. Tenía las piernas pegadas al suelo, no podía dar ni un solo paso más y dos hilos de helado sudor se deslizaban desde sus axilas a lo largo del torso. La mujer no estaba ni a diez metros. Estaba inmóvil, no hacía ningún gesto, no decía nada y se contentaba con mirarle a través de las gafas. ¿Vas a moverte, mierda? ¡Di! ¿Vas a moverte?

Le costó lo suyo pero se movió. Misterio trotaba a su derecha, como siempre, sin parecer atacado por los tormentos interiores de su dueño, sin siquiera manifestar emoción alguna ante la irrupción de esta segunda presencia humana en su universo. Como si no la viera o como si no existiera.

El último hombre llegó a la acera del café y se paró junto a la mesa a la que la mujer estaba sentada. Temblaba o, por lo menos, tenía esa impresión. En realidad pudo articular un «¡Hola!» muy honorable y luego se quedó allí plantado ante ella con los brazos colgando a lo largo del cuerpo.

La mujer lo miraba. Un bolso de mano, rojizo, estaba colocado ante ella sobre la mesa, abierto. Movía las manos sin parar, arañando la superficie de la mesa, cruzándolas y descruzándolas; a veces se rascaba el dorso de una mano, a veces se frotaba la palma con la punta de los dedos. Por fin habló.

—¿Qué pasa aquí? ¿Están todos muertos o qué?

La brutalidad de la pregunta lo desconcertó. ¡Todos muertos! Como si ella no lo supiera. O bien… ¿podía ser que, de verdad, no supiera nada? ¿Que, como él, estuviera sin memoria?

Se sostuvo en un pie, luego en otro. No sabía qué contestar. Y el movimiento de las manos sobre la mesa blanca lo fascinaba.

—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? —pronunció la mujer nerviosamente—. ¿Está usted mudo o qué? Hace horas que estoy aquí, que… que busco a alguien y… ¿Dígame, usted vive en este… sitio, en este pueblo?

—¿Pero de dónde viene usted? —murmuró él.

—¡Oh! Escuche, no me venga con rodeos. No soy idiota. Sé muy bien que algo ha debido pasar. Entonces, por favor, hablemos con calma y explíquese. Y no se quede de pie, ¡me aturde! ¡Siéntese!…

Lentamente, él cogió una silla y se sentó frente a la mujer. Ella lo contemplaba con una expresión irritada; llevó las manos al bolso como para coger algo; luego cambió de idea, las echó hacia atrás y las cruzó; uno de sus pulgares se movía sin parar sobre la articulación el otro. A su vez él no sabía qué hacer con sus manos. Se le habían convertido en dos gruesos apéndices morenos y molestos encima de la blanca mesa y hubiera querido hacerlas desaparecer en un precipicio. Finalmente las bajó hasta sus muslos y consiguió decir algunas palabras inclinándose hacia delante.

—¿Sabe? Hay tanto que decir… No sé por dónde empezar. Es por eso por lo que… primero haría falta que yo supiera de dónde viene usted… lo que usted ha visto estos días…

Ella desenlazó las manos, se llevó una a la boca y se chupó las puntas de los dedos índices y corazón con los cuales se frotó luego enérgicamente la palma de la otra mano, como si le urgiera borrar una mancha repugnante que tuviera en ella. Él la observó mientras empezaba él relato. Hasta ese momento no había sido para él más que una mujer, la mujer, aparecida tan brutalmente y en tal contradicción con todas las certezas que se había forjado, que su aspecto había quedado desdibujado y en segundo plano. Ahora la detallaba sin discreción.

Era una mujer bastante alta sin duda, de constitución fuerte. Iba vestida con un jersey rojo oscuro, escotado por delante, una camisa negra de cuello ancho y un pantalón de pana negra. Calzaba sandalias con suela de madera. Su cara no era ni bonita ni fea; tenía una cara corriente, más bien redonda, con boca grande y nariz puntiaguda. Tenía la tez mate, llevaba gafas redondas y sus cabellos, peinados con flequillo y caídos en redondo sobre los hombros, eran oscuros con algunos hilos grises. Le pareció un poco mayor que él —diez años quizá—. Si él tenía entre treinta y cuarenta, ella podía estar entre los cuarenta y los cincuenta; era una mujer en la plenitud de la vida, pero bien conservada. Se preguntó qué imagen le ofrecía él: un tipo alto y flaco, de ojos descoloridos y cabellos pajizos, con aspecto forzado y torpe. Aunque en realidad tenía la impresión de que sólo era para ella un interlocutor provisional, un pasante casual al que ella había interpelado sin tener ninguna conciencia de la situación. El principio de sus explicaciones le confirmó esa impresión.

Ella se había despertado esa misma mañana en una habitación del hotel. No había sabido claramente lo que estaba haciendo allí, pero, no obstante, estaba casi segura de que se había parado la víspera, a última hora de la noche. Pero aquello estaba confuso en su mente. Debía estar de vacaciones, iba al Midi y había hecho un alto en aquel pueblo tranquilo. Sí, debía ser eso.

En este momento del relato el hombre la interrumpió para hacerle concretar sus pensamientos —o sus recuerdos—. ¿Se acordaba ella, verdaderamente, de alguna cosa relacionada con el día que creía la víspera por la noche? Su parada en el pueblo, su entrada en el hotel. ¿Y la gente? ¿Se acordaba de haber encontrado gente, de haber hablado con ella?

Hizo con las manos un complicado juego de marionetas, frunció las cejas y en la frente se le dibujó una larga línea vertical muy profunda. De pronto tuvo aspecto de más vieja y de estar perdida. De todas maneras, al mirarla bien, se veía que el tiempo había comenzado a estropearla lentamente; tenía arrugas junto a los ojos, el cuello feamente ajado y cuando separaba la boca en una apariencia de sonrisa, se le marcaban dos surcos entre las aletas de la nariz y la boca.

—¿Sabe? Es difícil de decir… A veces me parece acordarme, pero al minuto siguiente, ¡puf!, nada. Pero ¡en fin!, he debido pararme, ¿no? Y aparcar mi coche en alguna parte, y pedir una habitación en conserjería y… ¡Ah! Por cierto, ¿a qué vienen todas estas preguntas? ¿Qué quiere usted hacerme decir? Que he perdido la cabeza, que estoy chiflada, ¿no es eso? Bueno, sí, si usted quiere saberlo, me parece que he perdido la memoria. Bueno… una parte de la memoria. Porque el resto…

—¿Sí? ¿El resto?… —dijo él dulcemente. Se había llevado una mano a la boca y se mordisqueaba la uña del índice.

—No, el resto tampoco; nada. Ya se lo he dicho. Hace horas que le doy vueltas a la cabeza y que doy vueltas alrededor de esta plaza. En el hotel no hay nadie. He llamado, he golpeado las paredes y nada. Y fuera de mi habitación todas las puertas están cerradas. ¡Con llave! Me pregunto… Bueno, no, amigo mío, estoy harta de preguntarme. Quizá he perdido la memoria, pero eso no lo explica todo ¡vaya! ¿Qué ha pasado en este poblacho del demonio? ¿Han evacuado a todo el mundo? ¿Se ha largado todo el mundo? Y, en primer lugar… ¿quién es usted?

Él sonrió con inseguridad. Era necesario pasar por ello. Contarle. Sería largo y difícil. La mujer no tenía aspecto de ser cómoda, se irritaba, era agresiva. Pero lo hacía, seguramente, para disimular su desorientación. Era preciso que se calmara y para ello debía evitar asustarla metiéndose en el tema demasiado abruptamente.

—Es verdad, no me he presentado —comenzó—. Pero ¿sabe usted? yo tampoco me acuerdo de nada. Soy… se podría decir que amnésico. ¡Como usted! Mire, estoy seguro de que ni siquiera sabe cuál es su nombre…

—¡Desde luego que lo sé! —lo interrumpió ella—. Me llamo Marie-Françoise. Marie-Françoise…

Dudó y tropezó en un apellido que no le salía, que intentaba atrapar pero que huía. Los ojos oscuros relucían de cólera detrás de las gafas. Agarró el bolso, le dio la vuelta y volcó el contenido sobre la mesa. Un escaso contenido: un peine, un espejo, un paquete de pañuelos de papel, un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas.

—Mire —dijo sin relación lógica aparente con lo anterior—. ¡Es como si me hubieran vaciado el bolso mientras dormía! Y pasa lo mismo con mi maleta; apenas me han dejado algo de ropa interior y un vestido. ¡No acostumbro a irme de vacaciones sin nada! Pero hay que creer que también me han vaciado la cabeza, ¿no? No hay manera de acordarse de mi apellido. Mi nombre, sí… pero mi apellido… Porque ya he buscado, ¿sabe? Incluso he querido mirarlo en mis papeles. ¡Pero no tengo papeles ni nada! Mi cartera y mi dinero, ¡pof!, ¡han volado! ¿Qué dice usted de eso, señor sabelotodo?

Él se humedeció los labios. Los primeros contactos se anunciaban mal. Además estaba asombrado de que la mujer se acordara, por lo menos, de su nombre. Él…

—No sé nada, señora. No sé nada… Mire, yo ni siquiera soy capaz de decir cuál debía ser mi nombre. Y cuando me desperté en mi casa —bueno, me parece que debía ser mi casa o la de alguien que conocía— no tenía nada. Papeles, dinero… ni siquiera he pensado en eso. Ahora que usted lo dice, es verdad, yo… Quizá hubiera debido tener una cartera en el bolsillo, o… (Hizo un movimiento hacia el bolsillo trasero del pantalón, pero sabía que estaba vacío y, por lo tanto, volvió a poner la mano en el borde de la mesa.) No, ni siquiera he pensado en ello. Y el dinero… (resopló y sacudió la cabeza). Mire, ahora…

Un penoso silencio cayó entre los dos. El reloj de la iglesia dio una hora cualquiera, o una media, o un cuarto. Misterio estaba acostado cerca de la mesa con las patas hacia delante y su actitud habitual de esfinge y lo miraba con muchas cosas no comunicables dando vueltas en las motas oscuras, verdes y oro de sus ojos. La mujer sacó un cigarrillo del paquete, se lo puso entre los labios y encendió una cerilla. El extremo del cigarrillo crepitó, ella aspiró y, al cabo de algunos largos segundos, expulsó una triple columna de humo, primero por la nariz y luego por la boca. Cerró los ojos como para concentrarse o para retener el inefable placer que le producía el paso del humo del tabaco por la garganta y los bronquios.

Él la miraba fascinado. Ella hacía gestos. Alzaba los brazos y sus manos tenían vida propia, como nécoras capaces de dominar tres dimensiones. Los cabellos se agitaban en sus hombros cuando volvía la cabeza. Respiraba y la respiración le levantaba el pecho hinchándole los senos más bien informes y caídos sobre el busto (indudablemente tenía el pecho grande y no llevaba sostén), muy bajos dentro del jersey rojo oscuro. A veces raspaba el cemento de la acera con las suelas de madera de las sandalias. Se movía y llenaba el espacio de ruido y movimiento. Era una mujer, un ser humano, y él la veía vivir ante si, colmando el vacío del mundo con la tranquila evidencia de su presencia. ¡Era tan enorme! Y era tan… normal. ¿Cuánto tiempo hacía que no había encontrado a alguien, que no había hablado con alguien? Nunca había encontrado a nadie, nunca. Al otro lado de la sombra se agitaba un pueblo indistinto de siluetas, naturalmente, pero ninguna cara conocida, ninguna cara amiga, ningún cuerpo de mujer que él pudiera conocer de memoria. Nada. Y ahora…

—Perdone —dijo la mujer—. He olvidado ofrecerle. ¿Quiere?

Le tendía el paquete. El humo flotaba a su alrededor, vagamente azulado en el aire azul de la mañana. Comenzó por decir que no, pero luego cambió de idea y lo cogió para examinarlo. El paquete era azul, adornado con un dibujo lineal, un gallo con las alas desplegadas. A través del dibujo estaba escrita la palabra CIGARRILLOS en gruesas letras cuadradas. ¿Debería haber otra cosa? Una marca o… ¿Pero no era el tabaco una industria nacionalizada? No lo sabía. En todo caso el paquete tenía aspecto normal. ¿Podía ser que la mujer viniera de un sitio en el que el papel impreso no hubiera sufrido transformaciones?

—¿Me permite?

Cogió la caja de cerillas. Era una caja roja, como la que había encontrado en la cocina, con la única inscripción de CERILLAS. Hizo saltar la caja en la mano y la volvió a dejar en la mesa con los cigarrillos. La mujer lo observaba con las cejas fruncidas.

—¿No fuma usted? No está envenenado, ¿sabe?

—No fumo, no —dijo él con una risita—. Digamos que… ahora no tengo ganas de fumar. Antes, no lo sé.

—¿Antes de qué? Oiga, si se decide a explicarse me encantará. Porque si cree que voy a esperar mucho tiempo en este asqueroso pueblucho desierto… Sólo tengo un deseo y es el de largarme, ¡y lo más aprisa posible! Así que…

Él extendió las dos manos hacia delante. No podían seguir así, dando vueltas alrededor de lo esencial sin abordarlo. Entonces habló. Se lo contó todo. Bueno… casi todo. No le dijo nada acerca de la invasión de las ratas, ni de la presencia de los cadáveres convertidos en esqueletos, convertidos en polvo y desaparecidos después como si nunca hubieran estado allí. Era inútil asustarla con cosas que quizá sólo existían en su cabeza y que, de todas formas, no volverían a pasar, ¿no? Pero contó su despertar en la habitación con el techo roto, la horrible sensación de haber perdido la memoria y su progresiva exploración del pueblo abandonado. Le contó lo de la bruma, primero presente en el cielo como un hervor inmóvil, luego caída en círculo alrededor de la aldea y formando, desde entonces, un muro imposible de franquear. Contó la llegada de Misterio y los problemas sin lógica que había encontrado —objetos que reaparecían después de haberlos cogido él, el pan siempre tierno, la carne que no se pudría y, sobre todo, el estado de los libros y los periódicos—. Habló de sus suposiciones acerca de una posible catástrofe, quizá de una guerra y del empleo de un arma desconocida que sería la causa de todas las anomalías.

Acabó con el encuentro que acababa de tener: el seudo último hombre encontrando en la terraza del café a la última mujer (aunque corrigió con un rictus esta última información), y toda la confusión, y todas las dudas que surgían de su presencia.

La mujer lo escuchó sin interrumpirlo ni una sola vez. Ella, tan nerviosa y charlatana hasta ese momento, se había convertido en un bloque de tensa atención. Lo miraba fijamente con sus ojos oscuros e inteligentes que brillaban tras los cristales de las gafas y sólo sus manos se movían de vez en cuando trazando mensajes indescifrables sobre la mesa. Él tardó mucho tiempo en acabar el relato. No hablaba deprisa, tropezaba en algunas palabras, no sabía cómo terminar ciertas frases y tenía que volver atrás con frecuencia para subrayar un detalle olvidado. No tenía costumbre de hablar en esta vida —probablemente tampoco en la otra—. Pero finalmente acabó las explicaciones. La mujer se fumó tres cigarrillos durante ese tiempo y, cuando apenas había terminado él, arrugó el paquete con rabia y revolvió inútilmente en su bolso buscando una ración de refuerzo aunque sabía que no iba a encontrarla.

—Hay mucho en el estanco, ahí al lado… —dijo el hombre con simpatía señalando con el pulgar por encima de su hombro—. ¿Quiere que…?

—Hay tiempo, hay tiempo… (Se quitó las gafas y las limpió cuidadosamente con un pañuelo de papel; su cara pareció otra vez más joven.) Entonces según usted… ¿ha habido una explosión? ¿Una bomba nuclear o algo así? La sola ventaja de esta hipótesis es que lo explica todo sin explicar nada, ¿no es así? ¡Pero estamos sumergidos en una plena fantasía, amigo mío! Una bomba nuclear habría arrasado el pueblo y ¡adiós Berta! No quedaría nada y nosotros tampoco… Dicho esto, no quiero parecer más lista que usted. Es seguro que ha pasado algo no muy católico. Pero el qué… También se puede suponer que ha habido un… un accidente en una fábrica de productos químicos no lejos de aquí y que han evacuado a la gente. La bruma de que usted habla puede tener una relación directa con eso… Algo tóxico que va de un lado para otro y luego se deposita, ¿no?

—Yo no pretendo nada, oiga. No he pensado obligatoriamente en una explosión o en una guerra. También puede ser lo que usted dice. Pero…

—¿Pero qué?

Había estado a punto de contradecirse y evocar los cadáveres que había encontrado al despertarse. Después de todo, quizá no debía ocultarle tal hecho. Esta mujer no era una mujercilla. ¡Bah! Ya lo vería más adelante…

—Pero eso no explica por qué usted y yo estamos todavía vivos y por qué hemos perdido la memoria. Sin contar el resto…

—¿El resto? ¿Por ejemplo, esa historia de letras que han desaparecido de los periódicos? Me gustaría verlo por mí misma… Yo encuentro completamente normal esta caja de cerillas. ¿Tenía que haber toda una novela escrita en ella? ¡Que se me lleve el diablo si me acuerdo de cómo están hechas las cajas de cerillas! En cuanto a la amnesia puede haber sido producida por un golpe. Por otra parte ¡no veo qué es lo que puede hacerle presumir que el mundo entero está muerto! ¿No ha intentado conseguir noticias de la radio o la tele?

—Bueno… No hay ningún aparato de radio o de televisión en mi casa. Y como ya le he dicho no he podido entrar prácticamente en ningún sitio. No hablo de las tiendas, evidentemente. Sin contar que no hay electricidad. Pero en cuanto a los muertos, yo… (¡so gilipollas! ¡La has arreglado con tus tapujos…! ¡Oh!… ¡que se las arregle con sus hipótesis! ¡Allá ella si se machaca las meninges!).

Se frotó la nariz entre el índice y el pulgar y terminó tartamudeando:

—Sólo hacía suposiciones… Quiero decir que, hasta hoy, estaba solo en el pueblo y me ha sido imposible salir. Este pueblo… tiene aspecto de ser completamente nuevo, ¿no? Parece que las gentes van a aparecer, tal cual (chascó los dedos), que van a salir de la iglesia o de su casa… Uno creería estar en domingo por la mañana. Sólo que… no estamos en un domingo por la mañana, señora, y la gente no va a salir de su casa. No hay nadie, las puertas están cerradas con llave y no se puede salir del pueblo. Esta situación es…

Se interrumpió unos segundos y continuó el discurso una vez que hubo ordenado la marcha vagabunda de sus pensamientos.

—Mire, usted se ha despertado esta mañana hace algunas horas. Según su idea, pensaba haber llegado aquí ayer. Pero hace ocho días que yo me desperté. Hace ocho días que estoy aquí recorriendo el pueblo a lo largo y a lo ancho… Cuando intenté entrar en el hotel la puerta estaba cerrada y parecía tan muerto como lo demás. ¿Quiere oír mi opinión? Usted no llegó aquí ayer por la tarde. Es imposible. Yo la hubiera visto. Usted está aquí desde… desde antes. Sólo que se ha despertado ocho días después que yo, eso es todo. ¿Por qué? No me lo pregunte. Mire, yo he acabado por no preguntarme nada más. Cansan mucho las preguntas sin respuesta…

—Cuanto más me cuenta, menos comprendo… Se diría que tiene usted el arte de aclarar las cosas ¡por lo menos! Bueno, estaba bromeando… hay motivo para estar nervioso, ¿no? (Le sonrió ampliamente y, de manera inesperada, alargó el brazo a través de la mesa y le estrechó el puño.) Pero de todas formas lo que usted dice es gracioso. ¿Estaba cerrada la puerta del hotel cuando usted intentó entrar? Yo he salido de manera completamente normal… Aunque fuera de mi habitación y de la puerta de entrada, todas las demás estaban completamente bloqueadas. (Alzó los hombros.) ¿Quién se divierte abriendo y cerrando puertas así, eh?

Esta vez rió francamente. Sus continuos saltos de humor no cesaban de sorprenderlo y lo ponían incómodo. Tuvo una visión rápida de las posibles molestias que le iban a acarrear la presencia de esta mujer y se dijo que, de todas formas, quizá hubiera sido preferible seguir viviendo solo.

—Oiga, ¿y si vamos a dar una vuelta por el hotel? —dijo para ahuyentar este tipo de fastidiosas reflexiones—. Me gustaría mucho ver…

Se calló porque en realidad no sabía lo que quería ver. Pero la mujer asintió con la cabeza, recogió el contenido del bolso y se lo puso al brazo sin cerrarlo. Se levantó. Él la imitó.

—Vamos, de acuerdo… Además espero que usted me acompañará a visitar su pueblo. Hay cosas que yo también quiero ver. Por ejemplo, la bruma. Y luego esos periódicos con la tinta corrida. Y todo lo que usted me quiera enseñar…

Ella delante y él detrás, pasaron por entre las mesas y atravesaron la corta callejuela que separaba el café de la manzana de casas en que se alzaba el Hotel de la Alcaldía. Él lanzó una mirada maquinal al reloj de la iglesia. Iban a dar las doce y media. ¡Qué pronto pasaba el tiempo hablando! Las suelas de madera de la mujer resonaban secamente en el asfalto sembrando ecos entre las fachadas. Misterio fue a olfatear el bajo de su pantalón, ella le acarició la cabeza distraídamente y aquello bastó como presentación; luego la indiferencia, o la costumbre, se estableció entre ellos. Ella andaba delante de él. Era más pequeña de lo que creyó al verla sentada; de hecho apenas debía sobrepasar el metro sesenta y cinco y aún había que contar con las altas suelas que le hacían ganar algunos centímetros. Tenía anchas caderas y sus desbordantes nalgas, apretadas bajo la pana negra del pantalón, se movían agradablemente mientras avanzaba ante él a grandes pasos voluntariosos. Le vino a la mente su orgasmo nocturno, las mejillas se le pusieron rojas de pronto, se aclaró la garganta y alzó la mirada hasta un nivel decente. Por otra parte ya entraban en el hotel.

No había mucho que buscar. El hall de recepción, la escalera de madera que subía hasta el segundo y la habitación donde se había despertado la mujer, tapizada de papel rosa con florecitas, con una cama de colcha verde, un armario vacío y un pequeño cuarto de aseo con W. C. en un hueco de la pared. El sol recortaba un rectángulo incandescente sobre el parqué barnizado al entrar por los postigos que ella había abierto cuando se levantó. Salieron de la habitación vacía y él le preguntó si no iba a coger su maleta. Más tarde. En los casilleros numerados, detrás del mostrador del recepcionista, recuperaron varias llaves y las probaron en las puertas que correspondían a los números inscritos en los círculos de plástico que llevaban enganchados. Naturalmente las puertas no se abrían y las llaves ni siquiera giraban en las cerraduras.

—Más de una vez he tenido la intención de coger un hacha y derribar una de estas malditas puertas —dijo él.

—Lo haremos, créame —respondió ella.

En seguida salieron fuera. Ella quería ir a ver el banco de bruma. Pasaron por detrás del hotel y fueron hacia él a través del prado. Los saltamontes brincaban a su paso.

—Saltamontes, hormigas, pájaros… eso son todos los animales que he podido ver. Aparte del amigo Misterio, evidentemente.

Pero Misterio se había quedado en la esquina de las casas y miraba desde lejos a los dos exploradores que avanzaban hacia la bruma a pasos cada vez más cortos y vacilantes… y que, finalmente, se paraban.

—Ya ve usted que no le he contado ninguna patraña, —dijo él un poco después.

Ella tenía los labios apretados, la cara casi blanca y la expresión cerrada. Tras los brillantes cristales de las gafas, sus ojos aún nadaban en olas del miedo. Él quiso reconfortarla, pero no encontró las palabras que hacían falta y no se atrevió a ponerle una mano en el hombro.

—Da una impresión extraña… —murmuró ella al cabo de un momento—. Y luego: —¡Señor! Con gusto me fumaría un cigarrillo.

Volvieron a la plaza y entraron en el estanco-periódicos. Allí, ella hojeó febrilmente algunas de las publicaciones esparcidas por el suelo. Él la miraba hacer espiando en su ancha cara la huella de sentimientos mezclados y de contradicciones que se reflejaban. Pero fue, sobre todo, la cólera lo que subsistió en ella, una cólera reconcentrada, nacida de la incomprensión y la frustración. Atravesó el establecimiento a paso de carga y se dirigió a los estantes de cigarrillos. Sacó cinco o seis paquetes azules, los metió en el bolso y volvió a sacar uno en seguida, desgarró una esquina y extrajo un pequeño cilindro blanco. La llama de la cerilla le puso resplandores móviles en las mejillas, pero la porción de carne comprendida entre labios y nariz se plegó desagradablemente cuando aspiró la primera bocanada.

El olor a tabaco flotó en la tienda dando un toque de perfume a aquel mundo sin olor. Pero a decir verdad, no era un aroma a tabaco quemado, sino simplemente un olor a quemado, ni agradable ni desagradable, un olor y nada más…

Salieron del estanco; él esperaba algún comentario acerca del estado de los periódicos, pero ella no lo hizo. Indudablemente rechazaba todo lo que estaba flagrante en contradicción con la lógica.

La mujer se puso a contemplar un coche abandonado que estaba adosado al bordillo de la acera. Pasó la mano por el capó y por el parabrisas; cuando la retiró notó que estaba tan limpia como si la hubiera pasado por espuma de jabón. Intentó abrir una portezuela que no se movió. Dio la vuelta al coche —un coche verde que sus ojos habían rozado docenas de veces sin verlo nunca verdaderamente—, pero no tuvo más éxito con las otras portezuelas.

—Me preguntaba… Estoy convencida de que llegué aquí en coche. ¡Incluso aunque no me acuerde de la marca ni del color! Si lo encuentro, quizá haya algo dentro… papeles… ¿No lo cree usted?

En el pueblo había algunos automóviles —quizá una docena en total— aparcados a lo largo de las aceras, principalmente en la calle de la República. Pero él los había realmente ignorado hasta ese momento al no ver qué uso podía hacer de ellos. Era posible que uno hubiera pertenecido a la mujer. Pero ¿qué cambiaría eso? Estaba convencido de que, de todas formas, habría que forzar las portezuelas para entrar, que ninguno querría arrancar o que no contendría nada significativo. Se lo dijo.

—Hum… Aunque tenga usted razón, eso no me impedirá intentarlo. Bueno… ¿continuamos la revisión de propietario?

Pasaron por delante de la tienda de comestibles. Él tuvo conciencia súbitamente de que tenía hambre.

—No… ¿no quiere comer nada?

Ella dudó y contestó que no, que no tenía hambre. Él se acordó de su primer día después de despertarse, en el que él tampoco había tomado nada. ¡De todas maneras eso no le impide fumar! Recogió un lote de frutas de las banastas y mordió una gran manzana, amarilla y sin gusto, cuya carne insípida y porosa se le deshizo bajo la lengua. No sólo tenía hambre, sino también ganas de orinar. Se preguntó qué iba a hacer. Antes de que llegara esta mujer hacía pis contra una pared, tranquilamente, o en un campo, o en una cuneta. Ahora tendría que cuidar sus modales.

Felizmente llegaron ante su casa y ella quiso Visitarla. De esta manera pudo eclipsarse un momento a los servicios.

—Es agradable —hizo notar ella cuando hubieron dado la vuelta por allí (aunque sin entrar en la habitación de los viejos ni en la del niño)—, pero debería arreglar el agujero del techo por lo menos.

—Ya lo he pensado… —gruñó él mientras masticaba un plátano.

Luego… le llegó el turno al final de la calle, al jardín y al arroyo en el que ella metió los pies; y luego las tiendas en las que no hacía más que entrar y salir y una vuelta por las calles y todo de todo.

Dieron las siete, las ocho, la noche se espesó rápidamente como de costumbre y en el borde del mundo estaba la bruma, tan sólida en apariencia como una gran tripa llena de manteca, reluciendo débilmente en la marea alta de la tarde. El tiempo pasaba deprisa, sí, pero a medida que pasaba lo ganaba una especie de nerviosismo. Ella le pidió que la acompañara al hotel porque estaba cansada y quería acostarse, reflexionar.

—¿Al hotel? —dijo él sorprendido.

—Sí, ¿qué pasa?… ¿Dónde quiere que vaya? ¿A su casa?

—Yo… No, no es eso lo que quería decir, sino… ¿No tendrá miedo estando sola?

Se rió sin malevolencia y él se sintió miserablemente imbécil.

—No creo que haya mucho peligro, ¿no? Fuera de no despertarse más, naturalmente. Sepa que ya no soy lo que se dice una niña, ¿eh?…

—¡Como quiera! —masculló él—. De todas formas, si necesita alguna cosa, no estoy lejos. Incluso estoy seguro de que si gritara la oiría desde mi casa.

—¿Por qué iba a gritar? ¿Hay ratas?

Se sobresaltó.

—¿Por qué ratas?

Ella no se dignó responder y anduvieron tranquilamente a través de la plaza entre las cómplices moles de la iglesia y la alcaldía mientras las golondrinas piaban a grito pelado con sus bocas puntiagudas. No dijeron una palabra hasta la puerta del hotel.

—¿Está segura de no tener hambre? Y… ¡Oh, qué tonto soy! He olvidado darle velas… Si quiere que…

—Está bien así, ¡déjelo! Tengo cigarrillos y cerillas y no pediría más en una isla desierta. Bueno… hasta mañana, querido náufrago.

Le tendió la mano. No tuvo conciencia alguna de haber dado un paso o haber hecho un gesto demasiado brusco hacia ella, pero, de todas formas, ella retrocedió vivamente y vio cómo su cara se ponía rígida en la penumbra.

—¡Oiga, amigo! Quizá ya no soy una muchachita y quizá los dos estemos tirados aquí hasta el fin de nuestros días, pero ésa no es una razón para jugar a Romeo. Ya se me ha pasado la edad de ser Julieta, ¿no? Entonces escuche… Va usted a volver tranquilamente a su casa y a dejarme dormir en mi nidito. ¿De acuerdo?

Se sintió mortificado con esta salida. Pero… ¿qué se imagina este vejestorio? No pudo articular ninguna respuesta y además ella ya desaparecía en la oscuridad del corredor. Aún le llegó su voz, más amistosa:

—Estoy segura de que seré yo quien vaya a despertarlo mañana… Y usted me preparará un buen desayuno.

Luego sonaron sus suelas por la escalera y después nada. Él se fue gruñendo, con las manos en los bolsillos y tuvo que llamar a Misterio varias veces antes de que el perro, que tendía a hacerse más y más independiente, surgiese de la callejuela de la derecha y se metiera antes que él en la casa.

Un poco más tarde, en la cama, aún no había recobrado la habitual atonía de su humor. Estar solo planteaba problemas, desde luego. ¿Pero el estar a dos en un área tan pequeña no plantearía más aún? Sobre todo con esta mujer. Marie-Françoise. ¡Una auténtica princesa de cuento de hadas! Mirándolo bien, hubiera preferido una chica como las que había visto en las fotos de la revista pornográfica. Joven, guapa, con sonrisa de star, senos firmes y un culo bien redondo. Y evidentemente menos antipática. En lugar de eso había cosechado una dama de mal carácter, suspicaz, no demasiado joven, más bien fea y muy poco amable. Y que además fumaba como un carretero. En fin… tendría que acostumbrarse. ¡Pero que no cuente con que voy a ser amable! Sí… Por cierto, ¿he estado amable? Hubiera debido… Mierda, he hecho lo que he podido. Yo soy como soy. Bueno, es verdad: yo tampoco soy demasiado joven, tampoco soy particularmente guapo y en cuanto a la simpatía es posible que los haya habido mejores en otro tiempo. Sólo que «el tiempo» se ha acabado y cada uno tendrá que hacer lo que pueda con lo que tiene y con lo que es. Oh… todo llegará. Es una mujer y yo soy un hombre. Los dos estamos fuera de combate, no sabemos qué pensar y no sabemos ni lo que decimos ni lo que hacemos. Es una mujer. Yo no la he llamado ni he ido a buscarla, pero el hecho es que está aquí. Habrá que apretar los codos a falta de apretar otra cosa. Es una mujer y yo no tengo derecho a juzgarla ni a mostrarme demasiado exigente sobre esto o sobre lo otro. Tampoco ella tiene elección. Su príncipe encantador soy yo. Habrá soñado con algo mejor, pero cuando se está inmerso en una pesadilla no se tiene mucho derecho a soñar. Bueno… mañana veremos. Voy a dormir.