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Los días siguientes exploró más a fondo las tiendas e intentó, casi siempre en vano, entrar en las casas y en los pisos, se buscó un reloj de pulsera, hizo una lista de las provisiones a reunir en su casa, acumuló detalles e impresiones fugitivas, se atrevió a registrar los escaparates del ESTANCO-PERIÓDICOS, lo que casi le provocó una segunda pesadilla, comprobó una impresión que concretaba un misterio más y tuvo la sorpresa de ver cómo se despertaba una parte de su cuerpo que hasta entonces había estado desprovista de verdadera existencia: su sexo.

Fijó el plano sobre la pared de la cocina sujetándolo con cuatro clavos cogidos del bazar que plantó en el yeso blando de un muro; y cada vez que una tienda estaba explorada «bien a fondo» la rayaba de rojo con uno de los extraños lápices que encontró en la librería. La primera vez creyó que sólo había negros, pero al volver a la tienda se dio cuenta de que en realidad también los había azules, verdes y rojos. Había cogido uno de cada color; aquellos lápices lo maravillaban y fascinaban. Debían ser de un modelo reciente que no había tenido ocasión de conocer antes. Cuando golpeaba en una hoja con el otro extremo del lápiz se había dado cuenta, por casualidad, que por este extremo era posible borrar perfectamente lo que había escrito o dibujado con el lado puntiagudo que no se desgastaba; y sin embargo no había diferencia visible entre ambos extremos. Verdaderamente era un instrumento cómodo, quizá un producto japonés…

Japonés… Como siempre, el término vino sin que tuviera que hacer un esfuerzo consciente de la memoria. Naturalmente, en seguida se esforzó en volver a reunir las informaciones que pudiesen vagar por su cerebro vacío acerca del país llamado Japón. Encontró la vaga imagen de una gran isla en forma de coma situada al otro extremo de la Tierra y la impresión sintética de una multitud de hombrecitos amarillos y gesticulantes, ocupados en producir sin descanso bienes de consumo. Pero eso no le bastaba; un poco más tarde, el segundo día de exploración detallada, volvió a la librería para buscar un atlas o una geografía.

Varias filas de libros estaban alineados en la pared del fondo de la librería presentando al explorador sus lomos de cartón rojos, verdes, azules, grises y de todos los colores. Ya había visto los libros dos días antes, pero no se había acercado a ellos. Lo hizo esta vez. Pero cuando intentó sacar un libro de lomo verde sus dedos no consiguieron asir el rectángulo de cartón. El libro no salía. Tiró, pero el libro seguía sin salir; estaba como incrustado, bloqueado entre los demás libros.

Lo intentó con varios otros, pero sus esfuerzos resultaron inútiles: la hilera completa formaba un bloque y no se movía, como si todas las obras estuvieran soldadas entre sí o pegadas a la pared del fondo. Recordó su experiencia en la alcaldía. ¿Es qué le había pasado algo al papel? Una acción química que…

Sacudió la cabeza e iba a salir de la tienda cuando vio lo que había venido a buscar en la mesa de la izquierda, donde estaban los lápices y bolígrafos: una gran obra de cubiertas amarillas y verdes que llevaba el título: ATLAS. Lo cogió, lo alzó y lo abrió. Se abría. Lo miró y vio que había numerosos mapas de las diversas partes del mundo. Las páginas no estaban pegadas y la tinta no se había corrido. Sonrió. De pronto tuvo gana de rehacer sus conocimientos sobre el vasto mundo. Volvió a cerrar el atlas y se lo puso bajo el brazo. Fue en ese momento cuando descubrió que había más lápices raros, de varios colores, y cuando los cogió.

Silbó a Misterio que, como de costumbre, lo esperaba en medio de la calle y fue a instalarse en la terraza del café. En la plaza del General Desconocido.

Se sentó a la mesa de costumbre, una de la segunda fila, que, a mitad de la jornada, quedaba justamente en el límite de la zona soleada y la zona umbrosa del toldo azul y blanco. Todavía había migas de su comida anterior sobre la mesa. Abrió el atlas y lo hojeó atentamente página tras página. Y a medida que lo hojeaba fruncía las cejas y endurecía la mandíbula. Había algo que no iba bien en el atlas. Era difícil de precisar, sobre todo al principio. Pero… ¿no era fantástico el dibujo de los continentes? A veces le parecía que una isla no estaba en su sitio, que una lengua de tierra se había alargado o encogido y que el trazado de una costa estaba al revés.

Sólo impresiones. Pero… Francia, por ejemplo. Conocía Francia. Bueno… creía conocerla, creía acordarse; sólo tenía que cerrar los ojos, así, surgían las imágenes, los recuerdos de la escuela que quizá volvían de una vez: la frente de Normandía, el ojo de París, la gran nariz bulbosa de Bretaña, el estuario del Garona, que era como una boca caída sobre el mentón de la frontera con España.

Bueno, allí, sobre ese mapa, la nariz bretona era chata y parecía haber sido tronchada. Por el lado de la Costa Azul la tierra se había deslizado en el Mediterráneo formando un pico que avanzaba hacia África. Pero ¿era quizá él quien lo recordaba todo al revés?

Además todo estaba también exageradamente simplificado en el atlas. El contorno del país dibujado estaba dibujado con un trazo a la vez simple y vago que no cuidaba todas las hendiduras, todas las pequeñas grietas que hubiera debido presentar una zona costera mordida por las olas durante millones de años. El Japón tenía, verdaderamente, aspecto de coma; lo había buscado lo primero de todo y fue grande su decepción porque lo encontró bajo la apariencia de una oscura cagada de perro nadando en el océano azul. Sólo había una ciudad indicada, Tokio. Y con los demás países pasaba lo mismo. Casi no había nombres, sólo estaban las capitales —y no siempre— más una o dos grandes ciudades. Francia estaba mejor servida porque contaba con una veintena de nombres.

Quizá era un atlas para niños, voluntariamente reducido a lo estrictamente necesario y con dibujos estilizados. Quizá era eso, sí. No había texto explicativo, sino sólo una página blanca con el título antes de los mapas. El libro no le había enseñado nada, después de todo. ¿Pero es qué verdaderamente pensabas enterarte de algo? Volvió a cerrar el atlas y miró la hora en el campanario. Las dos menos unos minutos. Esperó a que dieran las dos y luego se levantó dejando el libro sobre la mesa. Lo recuperaría más tarde o nunca.

Misterio se levantó al mismo tiempo que él. Fueron hacia la droguería y casi aplasta con el pie una hormiga que se paseaba por la acera.

Esa misma mañana había acabado por encontrar algunos relojes en el bazar. Puesto que el pueblo no tenía relojería, el bazar era el sitio más lógico para encontrarlos. Los había, en efecto; una decena de relojes de pulsera colocados sobre el tramo más alto del mueble de los juguetes. En su primera visita no había registrado con bastante atención para encontrarlos. Eran relojes completamente corrientes, grandes relojes para hombre, redondos y con una pulsera en imitación de cuero. Cogió uno, le dio cuerda y se lo llevó a la oreja. No oyó el esperado tic-tac; lo sacudió, pero el reloj no quería andar.

Los probó todos. La ruedecilla giraba y se bloqueaba al cabo de una docena de idas y venidas, pero los relojes no se ponían en marcha a pesar de todo. Quiso estar seguro, cogió un martillo y rompió la caja. Dentro, en vez del minucioso y frágil conjunto de engranajes de cobre que esperaba encontrar, sólo había unas cuantas piezas informes de metal soldado. Volvió a poner el resto del reloj sobre el estante de arriba. Debían ser relojes falsos que representaban diversos modelos para ser encargados al comerciante; sin duda una manera como cualquier otra de evitar robos.

Bueno. Prescindiría del reloj.

Eso era todo.

Una tarde, rodeado por cinco velas que huían, rojas, hacia el techo, hizo una lista cuyo borrador tuvo en seguida numerosas correcciones en rojo.

Cabía en tres hojas, lo copió en azul y lo clavó en la pared, cerca del plano del pueblo.

Comprendía cuatro partes. La más larga estaba destinada a COMER Y BEBER.

Estaba redactada así:

Panadería:

15 panes.

30 tartaletas.

10 paquetes de biscotes.

Pastelería:

60 pasteles.

5 paquetes de chocolates finos.

2 kilos de hojaldres.

500 gramos de pasta de almendras.

Ultramarinos:

20 kilos de patatas.

5 kilos de zanahorias.

2 kilos de nabos.

2 kilos de espinacas.

5 repollos.

10 lechugas grandes.

10 latas de guisantes.

5 latas de tomate.

5 latas de fabada.

5 kilos de plátanos.

5 kilos de manzanas.

5 kilos de peras.

5 kilos de ciruelas.

2 kilos de fresas.

2 kilos de cerezas.

1 caja de sal.

10 kilos de azúcar.

1 tarro de mostaza.

1 tarro de pimienta.

10 kilos de arroz.

5 kilos de pastas.

5 paquetes de espaguetis.

2 litros de aceite.

1 botella de vinagre.

5 terrinas de mantequilla.

3 botes de Nescafé.

10 litros de leche.

Carnicería:

Media ternera.

10 kilos de buey.

5 kilos de cerdo.

5 pollos.

Charcutería:

1 jamón cocido.

1 jamón crudo.

5 salchichones.

1 paté campesino.

1 cazuela de terrina.

1 ristra de salchichas para cocer.

Las otras tres secciones de la lista estaban reservadas a COCINA-LIMPIEZA-ASEO, a UTENSILIOS, a ROPA-MERCERÍA. El inventario de las riquezas a almacenar lo había hecho con más cuidado aún, tras revisar los bienes contenidos en la casa. Si bien la cuenta era más o menos satisfactoria en cuanto a utensilios de cocina (aunque había decidido añadir una SARTÉN GRANDE, una CACEROLA y un MOLDE PARA PASTEL), y los productos para el baño sólo necesitaban ser multiplicados por dos, en la casa no había prácticamente nada para la limpieza aparte de una escoba (nueva) encontrada en una alacena del pasillo. Por lo tanto, pensó en diversos productos que le proporcionaría la droguería. Respecto a las herramientas había desechado, tras maduras reflexiones, todo lo relacionado con la jardinería; más adelante vería si se decidía a plantar algo en el patinillo; de momento sólo necesitaba CLAVOS, TENAZAS, SIERRA, HACHA y algunos otros instrumentos que le servirían antes que nada para taponar el agujero del techo. Finalmente previó algunas ropas más calientes para el caso de que el tiempo cambiara: CAMISAS GRUESAS, JERSEY, CHAQUETA DE LANA y CALCETINES, sin contar las CAMISETAS y SLIPS para mudarse, BOTAS DE GOMA y un impermeable que sabía que había en la droguería. Además algo de LANA, HILO y AGUJAS para remendar. Sentía no haber visto zapatos sólidos por ninguna parte, pero por el momento cambió los incómodos mocasines por simples alpargatas de lona.

Era una buena lista. No faltaba nada.

Claro que si alguien le hubiera preguntado por qué tenía tanto interés en reunir en su casa una serie de provisiones y objetos que, de todas maneras, tenía al alcance de la mano y a menos de doscientos metros de su casa, le hubiera costado mucho trabajo dar una respuesta satisfactoria.

Sólo que… ¿quién hubiera podido hacerle tal pregunta?

El pueblo era un vago rectángulo mordido, en su cara nordeste, por la curva del río o del gran arroyo. Era un conjunto muy ordenado de catorce casas o manzanas de casas recortado por nueve calles o callejuelas. Era una estructura que obedecía a un plan rigurosamente geométrico y trazado por una inteligencia amiga del orden.

El pueblo era como era. Limpio y neto, rígido y sólidamente plantado, desprovisto de callejones sin salida, de perspectivas falsas, de trampas, de puertas traseras y callejones. Demasiado geométrico, demasiado ordenado y, sin duda, demasiado perfecto. Pero…

El pueblo era como era y eso era todo.

O más bien no, eso no era todo. Pues el pueblo era también el ruido de la campana pasando a través de las paredes y franqueando los techos y los setos para venir a recordarle a uno la hora que era con su estrépito de bronce. Era el temblor dulce del riachuelo entre las orillas de hierba fresca y la tibieza sin peso del agua cristalina que se deslizaba soñadora de uno a otro muro de bruma. Era la sonora herida de los pájaros sin nombre que hacían cortes en el cielo a última hora de la tarde. Eran las repentinas carreras de Misterio que, en mitad de los cuadros de césped de la placita, se empeñaba en perseguir a las grises palomas que huían siempre antes de que sus juguetones colmillos pudieran cerrarse sobre la carne emplumada. Era la emoción que lo embargaba cuando descubría un rincón, un sitio, un detalle que aún no conocía (los pequeños cajones llenos de lanas de colores en la mercería, la puerta de la única granja en el lado oeste que se abrió milagrosamente sobre una cocina, un pasillo y una sala de baño, parecidas a las habitaciones de su casa), la satisfacción que lo llenaba cuando sus ojos caían sobre una forma, una luz o una zona de sombra que despertaban en él un sentimiento estético cualquiera (el sol dando a un canalón la densidad del estaño, la azul opacidad de una calle estrecha y silenciosa como un acuario, la mancha incongruente que hacía un buzón de correos magníficamente amarillo sobre un muro completamente blanco…).

Era, en fin, esta paz, este silencio, esta soledad, una soledad y un silencio que eran dulces porque la paz era dulce.

Desde luego no podía jamás ahuyentar del todo la impresión, maligna y persistente, de que detrás del silencio había ecos ahogados, que detrás de la paz había, callada, una violencia contenida y que detrás de su soledad se amontonaba una multitud divertida que lo miraba.

La impresión de estar vigilado y manipulado.

Seis o siete días después de su despertar al mundo desierto aún se volvía a veces bruscamente para acechar si, a su espalda, no había una sombra surgida de la bruma plantando en su dorso las banderillas glaciales de su mirada oscura; aún levantaba los ojos de repente hacia las ventanas ciegas o tapadas por postigos verdes, como si hubiera esperado ver un observador irónico inclinado hacia él y apoyado en el alféizar. Una vez Misterio lanzó tres furibundos ladridos precipitándose hacia el ángulo de un edificio de la orilla. Era en el lado norte del pueblo. El perro desapareció de su vista y, mientras avanzaba a largos pasos para alcanzarlo, sintió que su corazón se embalaba una vez más dentro del pecho. ¿Y si tras aquel ángulo…? Pero detrás del ángulo no había nada, nada más que la corta perspectiva de los campos cortada en seco, doscientos metros más allá, por la trepadora muralla de la bruma que Misterio, parado, miraba fijamente con sus ojos moteados.

Nunca pudo descubrir el menor movimiento, la menor sombra furtiva, nunca se imprimió en su retina la persistencia de una huida o de un desvanecimiento del decorado. Pero… Estaban las impresiones que nunca podía ahuyentar del todo.

Y también lo que llamaba la «generación espontánea».

La generación espontánea era el hecho de que los objetos que un día cogía o cambiaba de lugar volvían a estar en el mismo sitio al día siguiente. Su primera experiencia de este tipo le sucedió con el pan. Un día, al coger una barra en la panadería del compartimiento inferior del mostrador del pan, contó maquinalmente las que quedaban. Le fue fácil porque había pocas: diez exactamente. Al día siguiente, cuando volvió a buscar pan, había once barras en el mostrador. Había contado tan maquinalmente como la primera vez; entonces volvió a contar y volvió a contar otra vez. Había once barras, seguro. El panadero fantasma ¿había venido por la noche, o al amanecer para añadir una barra de la nueva hornada? Pasó al otro lado del mostrador e intentó empujar la puerta del fondo. Pero desde luego, y como en las otras tiendas, no se abrió. Golpeó absurdamente. ¡Llama pues, muchacho, llama!… Apretó la barra con la mano y la corteza sonó bajo sus dedos, dura, crujiente y fresca. Suspiró. Indudablemente se había equivocado. Habría habido doce panes el día anterior y eso era todo.

Pero a continuación cogió el pan a toda prisa, sin detener la vista en los mostradores, alternándola entre el compartimiento de arriba y el de abajo.

No obstante, la misma desventura le ocurrió en la charcutería. La segunda tarde, cuando se había servido por primera vez en el establecimiento, tomó dos salchichones y una terrina en el armario frigorífico parado. A continuación había hecho otras incursiones a la charcutería, pero sin ocuparse del contenido de la vitrina. Cuando se dispuso a coger algo otra vez, cinco o seis días más tarde, de nuevo había una terrina sobre la placa metálica del mueble.

Una terrina: un recipiente cuadrado de barro vidriado, con una mezcla de carne de cerdo dentro, de consistencia más bien blanda que también se llamaba terrina. Estaba seguro —estaba seguro— de que la vez anterior sólo había una terrina. Y se la había llevado. Y la había comido, se había zampado esa porquería de terrina y un poco más tarde, provisto de productos para fregar vajilla, había, incluso, lavado el plato y lo había colocado en la alacena de la cocina.

Golpeó bien fuerte, con el puño y con los pies, contra la puerta del fondo que no se abrió. Llamó e insultó. ¡Un hacha! ¡Un hacha, por Dios, para romper esta puerta de mierda! ¡Crac! Y la madera que se astilla, se hiende y vuela en pedazos, y ¡Plan! la puerta se abre a las habitaciones del charcutero. Un hombre gordo y calvo, de mediana edad, con bigotito y mirada huidiza. Un hombre gordo y calvo inclinado sobre una hilera de bandejas cuadradas en barro vidriado y que las llena, una tras otra, con una infecta mezcla de carne de cerdo medio podrida. Abre la boca para decir algo pero lo interrumpo. ¡Vamos! ¿esperas a que yo duerma para ir a poner tus guarradas en la vitrina? ¡No tienes que tener miedo de mí, muchacho! ¡Dame la mano! Vamos a presentarnos. Yo soy… Yo soy…

Salió del establecimiento casi llorando o casi riendo. En todo caso con una reacción nerviosa que aún lo agitaba un poco. Pero había pasado la crisis. Se acabó. Misterio lo esperaba al borde de la acera, cogió una salchicha y se la lanzó. Después de todo quizá había dos terrinas. «¿Eh, mi buen perro amigo? No hay que preocuparse por tan poco ¿no? Una terrina, dos terrinas… Jesucristo, en otros tiempos, multiplicaba los panes y los peces. Entonces quizá hay hoy otro hijo de Dios instalado en cualquier parte de las nubes que multiplica las terrinas…»

Bromeó un poco y Misterio contestó con un breve ladrido. El cielo era intensamente azul entre los tejados, como siempre. Y como siempre, mientras andaba por el pueblo vacío, vacío, vacío, y el ruido de sus pies calzados de esparto se apagaba sobre el asfalto negro, negro, negro, los pensamientos turbios se borraron de su mente, ahuyentados por el tranquilizador ángel de la guarda encaramado en su cráneo.

Quizá otros objetos más…

Pero lo olvidaba al mismo tiempo (o algo así).

Tardó mucho en decidirse a entrar en el ESTANCO-PERIÓDICOS. Sin embargo, la tienda estaba situada en un lugar estratégico, justo en la esquina de la calle de la República con la plaza del General Desconocido. Pasaba todos los días por delante, es decir, por lo menos diez o quince veces al día. Pero nunca había querido —se había atrevido— a intentar entrar. Sus desgracias con los libros, las etiquetas y todo lo que era escrito, lo detenían al umbral de la puerta que, a veces, rozaba al pasar pero sin pararse y sólo alguna vez lanzaba una mirada huidiza al contenido de los escaparates.

La sección «estanco» daba a la calle de la República. En los estantes había todo lo necesario para fumar: paquetes de tabaco y de cigarrillos, cajas de madera con cigarros, pipas, ceniceros de fantasía y algunos instrumentos más. Nunca le habían interesado. Nunca le habían entrado ganas de fumar y se dijo: Yo no fumaba, antes.

La sección «periódicos» daba a la plaza, así como la puerta de entrada del establecimiento. El escaparate estaba lleno de publicaciones en blanco y negro y en colores que nunca se había atrevido a mirar cara a cara. Cuando lanzaba una mirada de reojo al escaparate, al pasar, una ojeada de pájaro, nunca distinguía ningún título ni una sola palabra claramente escrita. Pero era porque no ponía atención o porque…

Por fin un día se decidió. Era el séptimo día. El séptimo día Dios descansó. El séptimo día no tenía realmente nada que descubrir en el pueblo. Tras un paseo en redondo alrededor del cuadrilátero de las casas volvió a la plaza. Misterio holgazaneaba a su alrededor. Era cerca de mediodía. El césped de la plaza era verde violento bajo el sol vertical.

Se puso a dar vueltas alrededor de la tienda como si se tratara de un adversario a quien hubiera querido sorprender con la guardia baja antes del ataque. El estanco tenía la fachada de madera pintada con el mismo rojo sangre de toro que la librería y otros varios establecimientos. El letrero, repetido en las dos fachadas de la tienda, estaba caligrafiado en letras amarillas un poco historiadas; también estaba escrito sobre los cristales, con los mismos caracteres pero más pequeños, PERIÓDICOS en el lado de la plaza, ESTANCO en el lado de la calle. Como los demás comercios, era una tienda corriente, sin misterio, que parecía esperar en silencio a una clientela fiel pero restringida.

Creee… Creee… hacían los pájaros muy lejos por encima de su cabeza. Y de pronto, embistió, atacó. Un ruidoso timbre tintineó en sus oídos cuando abría la puerta y notó una forma flexible que se deslizaba a lo largo de su pierna mientras avanzaba algunos pasos por la penumbra del local; Misterio, que generalmente no entraba nunca en las tiendas que exploraba, lo había acompañado por una vez. Aspiró profundamente y miró a su alrededor. Inmediatamente se sintió inmerso en una avalancha de publicaciones de todas clases que llenaban los estantes en la pared, a su izquierda, puestos en hilera sobre los mostradores metálicos colocados a espaldas del escaparate y que sobresalían de otros estantes colocados a lo largo del mostrador. Misterio olfateaba el amontonado papel multicolor, agitaba la cola contra los flancos y un ligero gemido (¿de alegría?, ¿de perplejidad?, ¿de inquietud?) se escapaba de sus mandíbulas entreabiertas.

El hombre no se atrevía a acercarse a aquellos tesoros. ¿Era la emoción? ¿Era el esfuerzo de adaptación que hacían sus ojos para pasar del resplandor solar de fuera a la gris penumbra del lugar? Le picaban los párpados y no conseguía detectar un título claramente legible, una imagen coherente que compusiera una escena reconocible en la superficie del papel. ¿O es que aún no estaba…?

Salió por fin de su inmovilidad rompiendo, dentro de su cabeza, esta ganga de fascinación que lo mantenía quieto. Fue al mostrador, agarró un periódico y lo desplegó con los brazos extendidos. La masa compacta de los renglones bailaba ante sus ojos, irreconocible y a contraluz. Se dio media vuelta y alzó el papel hacia el foco luminoso del escaparate. Guiñó los párpados y volvió las páginas del periódico cuyas delgadas hojas crujían entre sus dedos. Lo invadía una gran desesperación. Las páginas sólo contenían un revoltijo de líneas corridas, hilachas pastosas que desbordaban de uno a otro párrafo y un desorden insensato de empedrados dispuestos al azar sobre un papel que se había bebido la tinta de imprenta para volverla a escupir en jeroglíficos y salivazos.

Volvió a cerrar el periódico. Por lo menos el título era claramente visible. FRANCE-SOIR. Buscó la fecha pero no la había. ¡Desde luego! Hizo un movimiento nervioso con las manos para estrujar el periódico pero lo retuvo en el último momento. En mitad de una apretada red de líneas temblorosas acababa de reparar en una fracción de frases legibles. 300 cajas fuertes han sido fracturadas y limpiamente vaciadas de. Se inclinó con los ojos a algunos centímetros de la hoja y leyó otra vez atentamente. Sí, no se había dejado llevar por la imaginación; el fragmento de frase estaba allí: 300 cajas fuertes han sido fracturadas y limpiamente vaciadas de.

Recorrió otra vez toda la superficie de esta primera página, pero no había nada más que fuera legible. Intentó completar la frase interrumpida. De… su contenido, sin duda. Era una frase escapada (¿por qué capricho de la química que había atacado a la escritura?) de la noticia de un robo con fractura, probablemente. Dejó que imágenes salidas de la nada flotaran descuidadamente por su cerebro. Hombres enmascarados, marchas silenciosas por sótanos oscuros, manipulaciones de sistemas electrónicos, sopletes en acción… ¡Qué fácilmente acudía todo en cuanto había una solicitación exterior, un pequeño golpecito en el botón secreto de su mente!

Volvió a abrir el periódico, atento esta vez a no dejar escapar nada. Lo recorrió de nuevo página tras página, pero ahora mucho más lentamente, siguiendo con la vista cada bloque vacilante, cada línea desbordada y cada título trazado a arañazos. De este modo recogió más informaciones fragmentarias que sobrenadaban de forma incongruente en el océano de niebla. Aquí, la tasa de inflación de este mes ha aumentado. Allá, tiroteo que ha tenido lugar entre las fuerzas del orden y los huelguistas. Y más allá, UN FIRME PROGRAMA ECONÓMICO, ENERGÉTICO Y DE MOVILIZACIÓN DE LOS. Más abajo, su cuerpo espantosamente mutilado estaba inmerso en un charco de sangre. Y en una esquina, a la izquierda, podría tratarse de un fenómeno de mutación agresiva. Y más arriba, a la derecha, La delegación del XV de Francia ha escuchado al Presidente de la República. Y en la última página, breve e inquietante, ¿ES LA GUERRA?

Se acodó en el mostrador con el periódico en la mano. Detrás de las frases truncadas y los flashes interrumpidos, se amontonaba todo el mundo, un mundo, bañándose en una bruma opaca que sólo era desgarrada en algunos sitios por claros demasiado fugaces para que él pudiera hacerse una idea del panorama en conjunto. Sólo poseía algunas piezas disparejas de un puzzle tan vasto, que la misma pretensión de querer reconstruirlo era irrisoria. Sin embargo…

Dejó el FRANCE-SOIR en el suelo y sacó otro periódico de su sitio. Luego otro, otro, otro y decenas de otros más hasta que todos los impresos estuvieron en el suelo, a sus pies. Recorría las páginas en diagonal hasta que una palabra, un titular o una frase captaba su atención. Entonces seleccionaba la página y clasificaba los periódicos abiertos o plegados, según su género o el tipo de información que había encontrado. Trabajó toda la tarde sentado en el suelo y rodeado de periódicos. Había olvidado comer y beber y sólo salió un momento a toda prisa, hacia las cuatro de la tarde, para hacer pis al borde de la acera. Misterio se fue, volvió, se marchó otra vez y volvió con las fauces enrojecidas y relamiéndose; sin duda había ido a la carnicería a buscarse él mismo la pitanza.

La suma de trabajo realizado era al mismo tiempo enorme e irrisorio; el resultado aterrador y triste al mismo tiempo.

Había buscado una fecha sin descanso. No encontró nada positivo: o bien faltaba por las buenas (o estaba borrada), o bien sólo emergía de los borrones un solo día, un mes o una cifra —septiembre, martes, junio, 16, domingo, 23, enero…—, y esta dispersión anárquica era aún más decepcionante en razón al mutismo completo de las páginas. En cuanto al año, éste tenía invariablemente mutiladas las dos últimas cifras. 19…, era todo lo que había podido encontrar en medio del barrizal de tinta mojada. (Como antes, en la librería, había buscado algún calendario que estuviera más completo que el de la cocina; pero no encontró ninguno.)

A bulto, los periódicos eran de dos clases: los diarios (o ciertos semanarios) de gran formato cubiertos de texto borroso y con pocas ilustraciones; y las revistas y magazines, más pequeños, con menos texto pero con numerosas páginas en color. Los títulos reconocibles eran, entre los de gran formato, France-Soir, Le Figaro, La Tribune y Le Canard Enchaîné; y entre las revistas, Paris-Match, Elle, Historia, Science et vie, Lui y L’Automobile. Probablemente había muchos periódicos más (lo demostraban la presentación y el formato), pero los títulos estaban invariablemente emborronados.

En los primeros momentos dejó de lado las revistas para concentrarse en los periódicos con texto. En estos encontró muchas veces fragmentos de frases claras (generalmente pertenecientes a titulares o subtítulos de artículos) que surgían abruptamente del pantano tipográfico desbordado. En conjunto, los fragmentos de frase o de título confirmaban lo que había encontrado en el primer periódico visto. Había informaciones deportivas y reportajes de sucesos del género: Se tira por la ventana y cae desde el piso veintisiete sobre, pero la gran mayoría de los textos se referían a trastornos sociales, a conflictos armados que quizá eran guerras verdaderas, a catástrofes o a accidentes causados por las industrias o los productos peligrosos.

Contó once veces el término derribado; represión, nueve veces; ejército, nueve veces; policía, dieciséis veces; violentos incidentes, ocho veces; irradiación (aunque no estaba muy seguro del significado de esta palabra), siete veces. ¿Y cuántas veces ataque sorpresa, zona contaminada, cuchillo, polución, suicidio, experiencia nuclear, ultimátum, arresto, perímetro condenado, virus, toque de queda, despedazado, prohibido, inanición, incendio, inhumano, incalculable, incoherente, no consumible, insoluble, indescriptible, inicuo…?

Un conjunto de palabras feas, de palabras que hervían bajo la ceniza de frases truncadas, una letanía de términos desoladores acompasados por bocas que hedían. Si el lector hubiera poseído algunas nociones de estructuralismo hubiera podido clasificar las palabras en series y deducir, a base de su frecuencia y las relaciones semánticas que había entre ellas, una sumaria tabla de los acontecimientos a que se referían. Pero tal sistema de lectura no estaba a su alcance; la infra-historia que se sobreentendía de las palabras esparcidas sobrepasaba los límites de su clarividencia —y sin embargo no necesitaba clarividencia para estar asustado, para encontrarse desamparado—. Bajo las palabras se cobijaba un pútrido pantano que esparcía relentes de muerte, de violencia, de caos y de destrucción. Bajo las palabras, en alguna parte del revoltijo de frases, él tenía cita con su propio destino.

Las escasas fotos descifrables de las revistas en color concordaban con lo que pudo leer. Primero había apartado este tipo de publicaciones porque una ojeada rápida le había hecho creer que sólo encontraría en ellas superficies tornasoladas, recortes abstractos de color y arco iris saltando de paisajes llenos de manchas. Las revistas eran todavía menos legibles que los periódicos de texto (además, algunas no eran más que bloques de páginas pegadas entre sí), pero con paciencia consiguió, no obstante, encontrar, aquí y allá, algunas ilustraciones fotográficas que habían escapado al desastre.

Aquí, un campesino de cara demacrada, de pie sobre un terreno agrietado de sequedad. Aquí, un marcial desfile militar con cañones arrastrados, carros y portamisiles. Aquí, una porción de calle en llamas, con muchos cadáveres en primer plano. Aquí, hombres desnudos apoyados de lado contra un muro y custodiados por sombríos uniformes. Aquí, las olas cuajadas de un mar embarrado que echaban fuera las irrisorias siluetas de pájaros aprisionados en ellas. Aquí…

¿Para qué seguir? Era siempre la misma letanía, el mismo espectáculo. Muerte, violencia, caos y destrucción. En algún sitio del pasado, en algún sitio de su memoria taponada estaba la clave de los insensatos acontecimientos. Pero ¿dónde estaba la puerta? ¿Al otro lado de la barrera de bruma, en cualquier otra parte, en un más allá inaccesible? Quizá… Quizá allí, sí, se extendía la planicie de ceniza con grandes cráteres abiertos, quizá gemía allí el océano de lodo, quizá se amontonaban allí, bajo un cielo de carbón, los restos de ciudades aplastadas.

Así como había un nexo entre las frases y las fotos, debía haber otro entre estas migajas de información, estas imágenes turbias y el trastornado universo que se agolpaba en las fronteras de su cerebro sin acceder jamás a él. Ciudades pisoteadas, desfiles militares, llanuras de ceniza, hombres desnudos y uniformes sombríos, todo acababa por mezclarse, por embarullarse, y ya no sabía qué secuencias fugitivas pertenecían a las dispersas fotos y cuáles nacían espontáneamente de su espíritu.

Terminó su recopilación con una especie de fiebre, cuyas manifestaciones eran un doloroso calambre en la boca del estómago, una ligera jaqueca y un esporádico temblor de las manos. Pero quizá esos síntomas eran puramente imaginarios, porque cuando salió finalmente del establecimiento a la suntuosa luminosidad de la tarde, desaparecieron en seguida. Respiró ávidamente el aire tibio y sin perfume, como para liberar sus pulmones de los miasmas exhalados por el papel impreso. «¡Nunca sabré nada…, nunca comprenderé nada!», gruñó dirigiéndose a Misterio, que le respondió con un movimiento de las orejas y un comprensivo ladrido.

Sacudió la cabeza como respuesta. «Vamos, perro… volvemos a casa.»

El pastor se levantó y fue delante de él por la calle de la República.

Aflojó el paso y se paró ante EL CHIC DE PARÍS. En el escaparate principal estaban el vestido amarillo, el sastre azul pálido y el conjunto de baño rojo vivo luchando victoriosamente contra el glauco aumento de las sombras. Se inclinó hacia el vidrio y su nariz, delgada y prominente, tropezó un poco en él. EL CHIC DE PARÍS era el único establecimiento del pueblo que aún no había honrado con su visita; pero si bien una desconfianza instintiva (y más tarde justificada) lo había tenido mucho tiempo lejos de la tienda de periódicos, no pasaba lo mismo con el comercio de ropas femeninas que, hasta ese momento, no había tenido el menor interés para él. Pero esta tarde… bueno, esta tarde era distinto.

En las fotos correctamente reproducidas que encontró en las revistas no sólo había escenas de violencia y catástrofe. También se deslizaban en ellas paisajes anodinos de ciudades o pueblos, retratos de gente que no evocaron nada en él, reproducciones de coches o máquinas… y algunas fotos de mujeres. Mujeres desnudas. Las había descubierto en el único ejemplar de una revista cuyo título, caligrafiado con nitidez, parecía designar a un lector clandestino: LUI. En la cubierta había una mujer morena y vulgar, con mucho busto, arqueando el cuerpo, tendiendo hacia delante los senos enormes y flojos. La hojeó rápidamente —un poco demasiado rápidamente— y, sin embargo, las imágenes que le habían saltado a los ojos se habían quedado agazapadas en un rincón de su cerebro por muchos esfuerzos que hizo después para desalojarlas.

Entre las páginas recubiertas por una pasta de colores corridos sólo había otras tres fotos claras: una rubia de redondas nalgas acostada sobre el vientre y una pelirroja de senos desnudos sentada y con las piernas abiertas sobre una silla al revés, mostrando en primer plano el sexo de vello rizado y lustroso, cuyos labios separaba delicadamente con la mano de uñas lacadas de rojo.

Esta última imagen, particularmente, se había fijado de manera tenaz en sus pensamientos, y lo peor era que le complacía el dejarse invadir por tal imagen. Y allí, ante el escaparate con vestidos abandonados, se puso a intentar hacer coincidir desnudeces de papel con trajes de verdadero tejido para construir in mente una mujer vestida —pero una mujer que poseyera carne bajo la ropa, carne tibia y tierna, carne, senos, nalgas y sexo.

La primera vez que pasó por EL CHIC DE PARÍS le pasó por la cabeza la idea de encontrarse solo en un mundo sin hombres ni mujeres. Durante algunos instantes intentó recordar su relación con las mujeres, con el sexo. Pero sin demasiado éxito. Y después lo había olvidado o por lo menos ese tipo de preocupaciones había pasado a un segundo plano. Ahora volvían. Las imágenes provocativas u obscenas habían tenido el poder de remover lo que hacía falta y donde hacía falta. Llanuras de ceniza, sí, pero también una compañera a quien tomar del hombro para atravesarlas; ciudades aplastadas, sí, pero también un pecho tibio y dulce donde cobijar la cabeza para dormirse; torturas y cataclismos, ciertamente, pero también jugosas cavidades húmedas donde uno se hundía y se vaciaba…

Miró ávidamente el dos piezas rojo, tenso sobre un grosero molde de hilos metálicos, el sastre gris abultado sobre un pecho de cartón, la minifalda oscura colgada sobre piernas ausentes y luego el jersey de rayas blancas y rosa, peludo (¿cómo se decía?, ¿mohair?), doblado en la parte de arriba del escaparate junto a pequeñas camisetas de todos los colores (¿T-shirt?) y a cajitas de cartón que contenían medias y slips, amontonadas en pilas vacilantes. Una extraña emoción se apoderó de él dejándole las piernas pesadas y la cabeza porosa. Entró en la tienda.

El suelo crujió bajo sus pasos; fue hacia la pared de la derecha que estaba provista de estantes en los que se apilaban faldas, jerseys, chaquetas de lana y túnicas y sacó algunas ropas que se desplegaron mientras él palpaba el tejido, revoloteando a su alrededor como estandartes coloreados en el aire oscurecido. Hizo deslizar por un perchero vestidos ligeros adornados con cintas y encajes y se quedó contemplando a un maniquí de plástico color carne que estaba combado en un rincón del local ofreciendo a las miradas su laqueada desnudez. El visitante acarició el hombro duro y redondo, su mano bajó hasta el busto y con la palma aprisionó durante un momento un seno puntiagudo, sin aureola, pero provisto de un pezón que poseía la misma consistencia que una canica de vidrio incrustada en la piel inerte. Rozó el vientre ligeramente abombado, pero cerró los dedos antes de que alcanzaran el triángulo netamente marcado del pubis liso y cerrado que terminaba el tronco entre las bisagras inseguras de las nalgas.

En el mostrador, que corría a todo lo largo de la pared de la izquierda, recogió una de esas cajitas de cartón rizado que sólo llevaba la palabra Slip destacándose en rojo sobre una silueta de mujer estilizada y vestida con el objeto en cuestión. Abrió la caja desgarrando el cartón con las prisas y estiró entre los dedos la fina peladura translúcida y vagamente verde de aquella prenda interior. La peladura se hacía opaca entre lo alto del pubis y la entrepierna al estar reforzada con una pieza de algodón blanco. Envolvió las bragas en su puño cerrado, se las llevó a la nariz y olfateó. Tenía fuego en las mejillas y una serie de picoteos agradables, nacidos en la pelvis, le subían columna vertebral arriba. Así se vio en el espejo rectangular que estaba situado detrás del mostrador, como una silueta amarilla de hombros un poco encorvados, blandiendo ante su cara una mano envuelta en lo que, a dos metros de distancia, sólo parecía un viejo pañuelo sin color. La erección le hinchaba la tela del pantalón y formaba una joroba ridícula y sin gracia a la izquierda de la bragueta.

Dejó caer otra vez el slip y abandonó la tienda a grandes zancadas, andando con la cabeza baja como si hubiera querido evitar miradas irónicas. Dio un portazo tras él y sobresaltó a Misterio, que se levantó de un salto de la acera, gruñendo. La noche casi había llegado ya y fue derecho a su casa, comió maquinal y copiosamente y subió a su cuarto. La vela que sostenía con el brazo extendido proyectaba su sombra vacilante sobre las paredes mientras daba vueltas durante un momento por el exiguo alojamiento, saltando a veces por encima de los trozos del techo caído que aún no se había tomado el tiempo de sacar de allí. Por encima de él, a través de la desgarradura del techo, el oscuro cielo le enviaba, agrupados, los gritos agresivos de los pájaros.

Llanura de ceniza, sexo abierto.

Se acostó con los ojos vueltos hacia el cielo y la mano derecha jugando cautamente con su pene hinchado.

Se durmió y soñó.

La llanura no era de ceniza, sino de barro seco, resquebrajado, que transformaba el suelo en un gigantesco puzzle de piezas mal ajustadas. ¿Qué calor había convertido a la tierra en tal mosaico de laterita? No lo sabía. Hacía un calor infernal, que seguramente venía del infierno, el cual no está forzosamente situado bajo el suelo porque puede encontrarse en cualquier parte.

Huía.

El cielo era de grisalla y el plomo y el estaño estaban mezclados en una maelström de nubes enredadas que cabalgaban de este a oeste. Huía con una mochila a la espalda y una maleta en la mano. ¡Date prisa! ¡Date prisa!… le gritaba periódicamente a la mujer que huía con él un poco más atrás de manera que, como no se tomaba el trabajo de volverse, no le veía nunca la cara. Pero tampoco veía nunca aquello de lo que huían juntos, el infierno, el horno, el llamear crepitante cuyo calor notaba en la nuca, en los brazos, en las piernas y que lanzaba ante él una sombra agitada y al bies sobre el suelo enrojecido.

¡Date prisa! ¡Date prisa!

Jadeaba al correr, las correas de la mochila le ponían los hombros en carne viva y constantemente tenía que pasarse la maleta de una a otra mano para aliviar durante un breve instante la tensa cuerda de sus brazos.

LOS PORTADORES DE LOS NÚMEROS 23250 AL 27999 ABANDONAN LA EXPLANADA DE EVACUACIÓN POR EL ITINERARIO DE LA FLECHA AZUL. REPITO: LOS PORTADORES…

Los anuncios amplificados por los altavoces aún sonaban en sus oídos. En sus oídos… o en la trampa para ecos que era su mente confusa y que lo mezclaba todo, presente y pasado, ilusiones y fantasmas, pesadillas de sueños y laberintos de lo real. ¡Date prisa! ¡Date prisa!… Una sombra se deslizó a su derecha entre las grietas del suelo enrojecido, se mezcló un momento con la suya y fue rápidamente distanciada.

Corría, corría y corría. Pero la mochila era cada vez más pesada en su espalda y la maleta cada vez más grande en su brazo. Se desembarazó de ella con un gesto convulso de la muñeca. La maleta se abrió y entre las grietas se esparció el patético contenido: un cuchillo, algunos platos, una cacerola, dos camisas, calcetines, un par de tenazas, un neceser de costura, algunos pobres utensilios más, ¡bling!, ¡crang!, ¡plas!, en la tierra endurecida por el fuego.

Ante él, las colinas, llenas de vaho, ondulaban. ¿Humo? ¿Enrarecimiento de la atmósfera recalentada? ¿Lágrimas de sudor que corrían por sus ojos? ¿Trastornos oculares causados por un principio de asfixia o una arritmia cardíaca? Las colinas se ondulaban, bailaban sobre su base y los flacos árboles sin hojas que salpicaban la superficie obesa se retorcían como gusanos intentando despegarse de la ganga. ¡Date prisa! LOS PORTADORES DE LOS NÚMEROS 23250 AL 27999 ABANDONAN LA EXPLANADA DE EVACUACIÓN POR… ¡Pero si ya lo sé! ¡Mierda, ya lo sé! Ya he abandonado la explanada de evacuación. Hace horas que la he abandonado, hace horas, hace días que corro, que salto, que… que… LOS PORTADORES… ¡Date prisa! Tenía cada vez más calor, el cuerpo le chorreaba, tenía los sucios cabellos pegados a la frente y las colinas bailaban, bailaban y sus piernas golpeaban, golpeaban el suelo de ardiente laterita; se puso a llover ceniza, o lluvia caliente, o barro, o algo que se pegaba a la piel, que quemaba, que hacía daño. ¡Date prisa! Otros fugitivos corrían a su alrededor, a derecha, a izquierda, delante, siluetas sobresaltadas corriendo por el camafeo anaranjado de la llanura. ¡Las colinas! Había que llegar a las colinas antes de que… antes de que… La mochila ya era como una montaña de piedra o de acero sobre sus espaldas, dejó que las correas se deslizaran de sus hombros y la mochila cayó al suelo, reventó como un odre y esparció su ridículo contenido: un salchichón, un cartón de leche, naranjas, plátanos, tres latas de conserva, una de las cuales era de fabada, un pollo asado y envuelto en celofán, ¡bling!, ¡crang!, ¡plas!, sobre la ardiente mica que centelleaba a los diez mil resplandores del lejano incendio. ¡Date prisa! La cuesta era dura en los primeros contrafuertes de las ondulantes colinas y él tropezaba, resoplaba, tosía y no conseguía controlar la respiración. Abría la boca por completo, como un pez fuera del agua y se le aplastaban en ella las gotas sucias y espesas de la lluvia de ceniza líquida. Abría la boca pero no le entraba más que un aire pesado por las partículas en suspensión, acidez, amargura, miasmas y venenos. Una voz aumentada por un megáfono gritaba: ¡Pónganse las máscaras! ¡Pónganse las máscaras! Se arrancó la suya de la cintura, se la aplicó a la cara y ató los cierres detrás de la nuca y bajo la barbilla. ¡Ponte la máscara!, masculló sin volverse. Respiró a fondo y le vino un interminable golpe de tos; bajo la máscara el aire era igual de seco, apestoso, pútrido y ahumado —pero quizá el veneno ya no pasaba—. Ya no podía más, estaba sin aliento, sin fuerzas y con los nervios destrozados, cuando una maldita piedra en ángulo agudo se alzó del suelo para azotarle las piernas y cayó hacia delante, la mujer que lo seguía rodó sobre él, rodaron ambos un poco y se encontraron grotescamente enlazados, máscara contra máscara, ojos de vidrio contra ojos de vidrio, hocico de caucho contra hocico de caucho. ¡Estamos listos! Gruñía ¡estamos listos! entre dos inspiraciones silbantes y al mismo tiempo hurgaba febrilmente en la blusa de la mujer y sacaba dos senos pesados y blandos cuyos pezones se pusieron duros bajo sus dedos, como bolas de vidrio incrustadas. Le alzó las faldas mientras ella le tiraba del pantalón hacia detrás de las nalgas, hocico de caucho, ojos de metal, máscara de carbón, él le arrancó el slip translúcido y vagamente verdoso, con un pequeño rectángulo de algodón blanco a la altura del sexo y se hundió en ella, se encarnizó en ella, máscara de acero, ojos de cristal, hocico de teflón e hicieron el amor sin amor, sexo abierto y llanura de ceniza.

La electrización de todo su cuerpo después de la eyaculación lo arrojó hacia atrás y luego volvió a caer con la cara en la ceniza. Quiso respirar, se asfixió en la ceniza, tosió y echó la cara a un lado. ¡Ya iba mejor! Respiró por fin y llenó sus pulmones de un aire que le pareció deliciosamente fresco y puro. Aún estrechaba en los brazos la blanda forma tumbada bajo él y sentía en el extremo vacío de su cuerpo la humedad del sexo abierto en que se había hundido. La lluvia de ceniza caliente en su espalda… Pero, no. No era una lluvia de ceniza caliente, sino algunas gotitas de lluvia fresca y corriente. Abrió los ojos y se incorporó sobre los codos dejando de abrazar la almohada en la que había hundido la cara.

Huida, incendio, máscara y llanura de ceniza. Pero ya retrocedía el sueño, se disipaba, perdía color y se descomponía como una acuarela puesta bajo el grifo; pronto no hubo nada en su mente; sólo una sorda ansiedad nacida del impacto de las imágenes escondidas lo poseía todavía. Se sentó, hurgó bajo las sábanas y despegó de su vientre, entre el pulgar y el índice, el pantalón del pijama que estaba pegajoso de esperma. Por la hendidura del techo la lluvia tranquila de media noche caía del cielo sin estaño, golpeaba el suelo y la parte de arriba de la cama con sus mil patas mojadas. El hombre suspiró y una sonrisa iluminó su cara en la sombra. «Bueno, amigo mío, no te preocupes…», murmuró. Por un momento tuvo intención de bajar y lavarse, pero se había vuelto a tumbar y se durmió antes de llevar a cabo tal deseo.

En alguna parte cerca de él, o lejos de él, a su lado o encima de él, en alguna parte de la nada, las voces de la sombra reanudaron su incomprensible diálogo.

—Esta vez era más neto. ¿Se puede considerar ese sueño como una información válida para el historiador?

—Desde luego, Primero. Por otra parte las imágenes surgidas del inconsciente siempre tienen una base real, incluso cuando sufren la inevitable deformación subjetiva. El historiador sabrá clasificar en las estéreo-grabaciones las reproducciones fantásticas y las seudo-memorizaciones.

—Ya lo sé. Pero…

—Perdóneme que lo interrumpa, Primero, pero la neoforma 2 ha llegado al punto óptimo de estabilidad. Está acorde con el entorno y sólo espera la activación.

—Muy bien, Tercero. Creo que entramos en la fase decisiva de la operación Acna-3… ¿Dónde vamos a integrar a la neoforma 2?

—En una habitación del hotel de la alcaldía. Su primer contacto con el entorno simulatrónico será parecido al de la primera neoforma. Menos lo que ha sido evacuado de la programación primaria, evidentemente: los cuerpos, los esqueletos…

—¿Dónde tendrá lugar el contacto?

—En la terraza del café-restaurante a la diez de la mañana; es el lugar y la hora que presentan las condiciones sicológicas más favorables…

—Diez de la mañana, terraza del café-restaurante… ¡Entonces hay que activar inmediatamente!

—Como quiera, Primero. Conceptor… ¿preparado?

—¡Preparado!

—¡Contacto!…

—Integración binaria… ¿preparada?

—¡Preparada!

—¡Contacto!

—Bien. Trivisión en plano medio sobre la neoforma 2… Ya está… Gracias.

Las voces se callaron y quizá ni siquiera habían hablado nunca.

Pero a las diez, en la terraza del café-restaurante, el último hombre encontró a la última mujer.