Capítulo 4

La torre de Saint-Jacques

La llegada a Nueva Alejandría fue muy diferente de lo que los chicos habían imaginado. Después de pasar la noche en el compartimiento trasero de la nave, se habían despertado con la sensación de haber dormido poco y mal; Aedh había improvisado un desayuno a base de cereales y leche en polvo que tomaron sin mucho entusiasmo antes de regresar a la cabina delantera, donde Deimos ocupaba el mismo puesto que la tarde anterior. Al verlo concentrado sobre los paneles de control del aparato, Martín se preguntó si habría permanecido allí toda la noche, ya que por su aspecto pálido y ojeroso parecía que llevaba muchas horas sin dormir. Estaba a punto de hacerle una pregunta al respecto, cuando Deimos se volvió y los miró a todos con expresión seria.

—Estamos a punto de llegar a la salida, y es preciso tener mucho cuidado —les advirtió—. Aedh y yo hemos restaurado un viejo túnel de servicio que comunica con el túnel principal para esconder la nave; tendremos que subir a pie hasta la superficie. Es incómodo, pero seguro. Todo lo que tenéis que hacer es manteneros en silencio y seguir todas nuestras indicaciones sin hacer preguntas.

Apenas media hora después, Deimos aminoró la velocidad de su vehículo y, al llegar a cierto punto, viró bruscamente hacia la izquierda y detuvo completamente los motores. Los imanes habían sido recogidos y los dispositivos electrónicos de la nave fueron extinguiendo sus luces uno a uno mientras los chicos saltaban desde el remolque trasero a un suelo blando y húmedo.

—Por aquí —susurró Aedh, que era el único provisto de una linterna—. En fila de a uno, y con cuidado de no resbalar…

Martín fue el primero en aventurarse por el estrecho pasillo detrás de los dos hermanos. En seguida tuvo que agachar la cabeza para no golpearse contra el techo. En aquel agujero reinaba un olor nauseabundo, y al golpeteo del agua que rezumaba de las paredes y caía al suelo se unía, de cuando en cuando, el lúgubre chillido de una rata. Hacía un frío insoportable, un frío húmedo que atravesaba la ropa y se introducía en los huesos como la punta de un cuchillo. Pero aquella tortura no fue larga, ya que apenas transcurrieron diez minutos hasta que alcanzaron la escalera de metal que conducía al exterior.

Al llegar arriba, se encontraron con aquel cielo gris y desapacible que, después de tantos meses en el clima tropical del Jardín del Edén, prácticamente habían llegado a olvidar. Sin embargo, ese era el clima habitual en Nueva Alejandría. Antes de que los chicos tuviesen tiempo de hacer ningún comentario, Deimos señaló una vieja furgoneta que parecía abandonada.

—Subid ahí —murmuró—. Pronto estaremos en casa…

Encaramándose al asiento del conductor, Aedh manipuló una desgastada llave digital y, después de un par de intentos infructuosos, logró poner en marcha el viejo motor de hidrógeno. Con una brusca sacudida, la furgoneta se introdujo en la calzada vacía y comenzó a rodar a buen ritmo por ella.

—Con cuidado, Aedh —le aconsejó su hermano—; sobre todo, procura no llamar la atención. Hay que evitar tener que dar explicaciones a la policía…

Pero la advertencia resultó innecesaria. En aquel rincón de la ciudad, cerca de un pequeño intercambiador ferroviario, circulaban muchas viejas furgonetas como aquella, y sus ocupantes, casi todos trabajadores del ferrocarril, parecían demasiado cansados y deprimidos como para prestar atención a los que viajaban en otros vehículos.

—Nunca entenderé esta época —dijo Aedh despectivamente—. ¿Por qué trabaja tanto la gente? Existen robots que pueden hacerlo por ellos, y todo el mundo sería más feliz…

—La mano de obra humana es más barata que los robots —explicó Martín.

—¡Pero eso es imposible! —se escandalizó Aedh—. Un hombre tiene necesidades que no tiene una máquina, y esas necesidades salen caras…

—No, si no se tienen en cuenta —dijo Alejandra con suavidad—. Además, incluso si a las empresas les saliese más barato utilizar robots, el Gobierno no lo permitiría. Quieren que la gente esté ocupada, que tenga algo que hacer…

—¡Como si no hubiese suficientes cosas que hacer sin necesidad de perder el tiempo en trabajos mecánicos!

—Supongo que no quieren que la gente tenga tiempo para pensar, para aprender cosas nuevas —dijo Martín pensativo—. Eso provoca protestas, rebeliones… Al menos, así lo explica mi madre. Y así explica también el éxito de los grandes deportes de masas, sobre todo los de roí.

—Este mundo me produce escalofríos —murmuró Deimos estremeciéndose—. Suerte que ya estamos llegando.

La furgoneta se adentró en un pequeño callejón flanqueado de viejos barracones con persianas metálicas en lugar de puertas. A juzgar por el estado de la pintura de las paredes, todos ellos estaban bastante descuidados, excepto el tercero de la derecha, donde el encalado no presentaba ningún desconchón y la entrada aparecía pintada de verde brillante. Fue precisamente allí donde los dos hermanos detuvieron el vehículo.

—Ya veréis cómo el sitio no está tan mal —dijo Aedh después de accionar el mando a distancia para subir la persiana metálica—. En realidad, casi hemos logrado convertirlo en un verdadero hogar.

Lo cierto era que el interior del edificio no tenía nada que ver con la tosca fachada. Al cruzar el umbral, los chicos se encontraron de pronto en un gran invernadero cuya delicada estructura de cristal, sustentada sobre gráciles nervaduras de titanio que describían las más artísticas curvas, parecía extraída de un tratado de arquitectura vanguardista.

El invernadero albergaba dos pisos comunicados entre sí por una amplia escalera de madera antigua. En la planta de abajo, los escasos muebles habían sido certeramente distribuidos entre viejos frutales plantados en macetas. Todos los árboles presentaban un tamaño mediano, pero lo sorprendente era que se encontraban en diferentes fases estacionales: había melocotoneros en flor y otros cuajados de grandes frutos aterciopelados, cerezos que apenas comenzaban a brotar y otros cuyas cerezas ya maduras comenzaban a desprenderse de las ramas, naranjos cubiertos de aromáticas flores junto a otros que ya ofrecían sus soleadas naranjas en apetitosos racimos. Ni siquiera en el Jardín del Edén habían asistido los chicos a semejante prodigio de la naturaleza.

Al examinar más detenidamente el lugar, Martín pudo comprobar que muchas de las especies vegetales que crecían en aquella extraña casa eran desconocidas para él. Había, por ejemplo, tupidas enredaderas que trepaban por los muros de vidrio exhibiendo las flores más extravagantes y aromáticas, flores que presentaban una mezcla de todos los colores del arco iris, y también unas gráciles campanillas cuyas corolas plateadas oscilaban en la brisa con un sonido cristalino. Muchas de aquellas inusuales plantas eran de pequeño tamaño, como si aún no hubiesen tenido tiempo de crecer; entre ellas, llamaba la atención un arbusto con unas llamativas inflorescencias en forma de hélice que pendían hacia abajo como muelles de cobre cubiertos de nieve.

—¿De dónde habéis sacado estas plantas tan raras? —preguntó Alejandra, que en el Jardín del Edén se había aficionado a la Botánica—. En mi vida las había visto…

—Trajimos semillas de nuestra época —explicó Deimos sonriendo—. Sabíamos que nos resultaría difícil adaptarnos a este modo de vida, y, para que no fuese tan duro, decidimos traernos en los bolsillos un trocito de nuestro mundo.

—En nuestro tiempo, las casas están llenas de plantas —intervino Aedh—. Muchas de ellas se construyen sobre árboles gigantes. Nosotros no podemos vivir sin flores y frutos a nuestro alrededor. Los necesitamos como el aire.

—Pero estas especies tan curiosas no han podido surgir por evolución natural —razonó Jacob—. En mil años no da tiempo a que eso ocurra.

—Se trata de especies transgénicas que, para nosotros, ya son antiguas. Antes de la Revolución Nestoriana, la Humanidad se dedicó a producir plantas y animales transgénicos sin control alguno. Esas especies artificiales invadieron los ecosistemas terrestres y produjeron daños terribles… Muchas especies naturales se perdieron para siempre. En nuestra época, resulta difícil distinguir si una especie es de origen natural o artificial, pues todas crecen silvestres y mezcladas entre sí. Hay estudios para reconstruir los ecosistemas primitivos, pero nadie está seguro de que esas reconstrucciones reproduzcan, en realidad, la situación anterior a los transgénicos. Por eso, en estos cinco meses Aedh y yo hemos estado reuniendo semillas de especies naturales que en nuestro mundo ya no existen y hemos recopilado datos acerca de los ecosistemas en los que se encuentran. Así, a nuestro regreso, podremos rendir un valioso servicio a la Ciencia…

—¿Y no tenéis miedo de que esas especies tan raras que habéis traído contaminen los ecosistemas actuales? —preguntó Alejandra con el ceño fruncido.

—Supongo que, antes de irnos, deberíamos destruirlas para que eso no ocurra —repuso Aedh con un suspiro—. Aunque no sé si seremos capaces. Para nosotros, las plantas son sagradas, y destruirlas constituye un grave delito. En todo caso, todavía falta mucho para eso.

La profusión de plantas no era la única característica curiosa en la vivienda de los dos hermanos. En los días que pasaron allí, los chicos tuvieron ocasión de descubrir algunos otros objetos extraños que Deimos y Aedh habían traído consigo en su viaje a través del tiempo. El más sorprendente, sin duda, era un álbum de fotos tridimensionales acoplado a una gran pantalla flexible que los gemelos habían colgado en el exterior del invernadero. Cuando el álbum se conectaba, la pantalla desplegaba tras las paredes de vidrio de la casa un entorno virtual increíblemente realista. De ese modo, la vivienda aparecía, de pronto, situada al pie de una gran montaña nevada o en el lindero de un frondoso bosque bajo un cielo de tormenta. Incluso era posible simular la caída de la lluvia y su golpeteo sobre los cristales… Así, al despertarse por las mañanas, los chicos nunca sabían qué paisaje iban a encontrarse a su alrededor: un día era una playa de arenas blancas y altas palmeras mecidas por la brisa; otro día, una amplia llanura salpicada de árboles y atravesada, de cuando en cuando, por grandes manadas de animales salvajes… Aquella asombrosa capacidad de simular cualquier entorno explicaba la indiferencia de los dos jóvenes a la hora de elegir un lugar donde vivir. ¿Qué importaba la fealdad de los edificios que los rodeaban, si ellos podían sustituirlos por los más hermosos paisajes de la Tierra?

Otra de las curiosidades de aquella casa la constituía el bosque en miniatura que Deimos y Aedh habían instalado sobre la repisa de la chimenea principal. Lo peculiar de aquel bosque era que estaba formado por verdaderos árboles, aunque sus dimensiones no llegaban a superar, en el mejor de los casos, los diez centímetros. Por lo demás, se trataba de árboles de aspecto antiguo y venerable, con gruesos y retorcidos troncos y copas frondosas y verdes. Y lo más curioso de todo era que estaban vivos y que se trataba, en efecto, de ejemplares muy antiguos, que habían pertenecido a la familia de los gemelos a lo largo de varias generaciones. Deimos y Aedh los veneraban como si se tratase de auténticas reliquias y no se habrían desprendido de ellos por nada del mundo.

Entre toda aquella variedad de plantas extraordinarias, llamaba la atención la presencia de un único ejemplar animal que los gemelos se habían traído consigo de su mundo. Se trataba de una esbelta lagartija de escamas doradas que, según les explicó Aedh, pertenecía a una especie que proliferaba sobre los tejados y cúpulas de oro de la ciudad sagrada de Arete. Al parecer, era una especie transgénica que se había adaptado a vivir sobre superficies brillantes, donde su vistoso cuerpo podía pasar desapercibido. En el invernadero, sin embargo, el pequeño reptil destacaba dondequiera que se situase como una joya deslumbrante, y los chicos no tardaron en habituarse a su silenciosa presencia. Aedh salía de vez en cuando a cazar insectos para su extraña mascota, que no aceptaba otra clase de alimento. Cada dos días la bañaba en el estanque de los nenúfares, y la hacía dormir en un cajón de madera junto a su propia cama.

El mobiliario de la casa era de estilo rústico y antiguo; los gemelos lo habían adquirido a bajo precio, poco después de su llegada, en una subasta de bienes públicos. Varias lámparas de pie de acero inoxidable completaban la curiosa decoración, completamente despojada de adornos. Únicamente un par de objetos destacaban por su delicada perfección en aquel despojado ambiente: una diminuta caja de marfil tallado y un dije de plata.

La caja de marfil despertó desde el primer momento la curiosidad de los chicos.

—¿Cómo la habéis conseguido? —preguntó Selene nada más verla—. El marfil ya no se comercializa, está prohibido.

—En nuestro tiempo, el marfil no proviene de los colmillos de los elefantes, sino de plantas bioindustriales. Es un material bastante corriente en todas las casas, a pesar de que su calidad y su perfección superan, con mucho, las del marfil actual.

—De todas formas, será mejor que no andéis enseñándolo por ahí —aconsejó Jacob—. No creo que la policía se creyese vuestras explicaciones.

—¿Hay algo dentro? —preguntó Casandra con interés.

En respuesta a su pregunta, Deimos abrió la cajita y vertió su contenido en la mano de la muchacha. Se trataba de media docena de píldoras de color verde brillante.

—¿De modo que vosotros también tomáis medicamentos? —preguntó ella, sorprendida—. ¿Para que sirven?

—No son medicamentos, sino nano-laboratorios internos. Contienen una batería de instrumentos de tamaño molecular capaces de analizar el estado interno de nuestros órganos. Cuando queremos saber si algo anda mal en nuestro interior, nos tragamos una de esas píldoras y esperamos a que sus componentes transmitan la información que han captado a nuestros cerebros. Es un sistema muy rápido, y mucho más eficaz que cualquiera de los métodos de diagnóstico actuales.

En cuanto al dije de plata, resultó ser un recuerdo sentimental de la madre de los dos gemelos, sin ninguna utilidad práctica. Sin embargo, su belleza dejó fascinados a los adolescentes.

—Es un recuerdo del Mar de Atenas, en cuyas costas habita el pueblo al que pertenece mi madre —explicó Deimos con melancolía—. Al abrirlo, se ve un mar en miniatura, pero un mar auténtico, con sus olas, sus reflejos y sus cambios de color a lo largo del día. Y su rumor es el rumor de las olas, ¿lo oís? Es una grabación audiovisual en miniatura, pero de la más alta calidad, e indestructible como una piedra preciosa…

Lo cierto era que aquel mar diminuto parecía tan real como un océano de verdad, y sus azules transparencias en movimiento resultaban infinitamente más bellas que la estática claridad de un diamante o un zafiro.

—Daría lo que fuera por tener algo así —murmuró Casandra después de contemplarlo varios minutos como si estuviese hechizada.

—¿De veras? Pues es tuyo —dijo Deimos—. Espera, le pondré la cadena para que puedas llevarlo al cuello, si quieres.

Con manos temblorosas, el joven cerró el engarce bajo la nuca de la sorprendida Casandra.

—Pero no puedo aceptarlo —balbuceó ella, conmovida—. Es muy valioso, y, además, pertenecía a tu madre…

A Aedh no pareció gustarle en absoluto el gesto de su hermano.

—¿Te has vuelto loco? ¿Por qué se lo has dado? No tenías ningún derecho —le oyó protestar Martín aquella misma noche.

—Tenía todo el derecho del mundo, porque el dije era mío, no lo olvides —le replicó su hermano con voz serena.

—En cualquier caso, no deberías habérselo dado —insistió Aedh—. Esa chica no puede apreciarlo, no tiene ni idea de su valor.

—Llegará a apreciarlo tanto como yo, y mucho más que tú —repuso Deimos con firmeza—. Sé que he hecho lo correcto; y tú no tienes derecho a protestar, después del modo en que te despediste de nuestra madre.

—Es ella la que no quiere comprender —se obstinó Aedh.

—No es que no quiera, es que no puede —murmuró Deimos con suavidad—. Deberías haberte mostrado más comprensivo con ella. Al fin y al cabo, le debemos todo lo que somos.

Aquella misteriosa conversación entre los dos hermanos, escuchada por pura casualidad, dejó muy intrigado a Martín. Al día siguiente, trató de obtener más datos preguntando a Deimos por el resto de su familia, pero este, después de las explicaciones que les había facilitado durante el viaje, parecía decidido a no contar nada más. Durante las semanas que permanecieron en el invernadero, esperando el momento de la cita en la torre de Saint-Jacques, no hubo forma de sacarle ni la más pequeña información.

—Tened paciencia —respondía cada vez que los chicos le hacían una pregunta—; dentro de unos días sabréis mucho más…

Sin embargo, cuanto más se aproximaba la fecha señalada por la llave del tiempo, más difícil se le hacía a Martín disimular su ansiedad. Si Deimos y Aedh sabían algo acerca de lo que les esperaba en ese encuentro, ¿por qué se lo callaban? Al fin y al cabo, se suponía que todos estaban del mismo lado… ¿Querían, tal vez, ocultarles el peligro al que probablemente habrían de enfrentarse, o tenían otros motivos para negarse a compartir con ellos la información que poseían? En todo caso, Martín no podía dejar de interrogar a los dos hermanos cada vez que tenía ocasión, y se mostró tan insistente que, un par de días antes de la cita en la torre de Saint-Jacques, Aedh perdió definitivamente la paciencia.

—En lugar de preguntar cien veces lo mismo, podrías plantearte otras cuestiones importantes —observó con sequedad—. Por ejemplo: ¿has pensado cómo os las vais a arreglar para burlar los controles de acceso al viejo París?

Martín lo miró sin comprender.

—¿A qué te refieres? —preguntó con un hilo de voz.

—¿Es que no sabes que para entrar en el casco histórico de la Ciudad Vieja hay que presentar permisos especiales, y que sin ellos resulta casi imposible burlar los controles? Todo el perímetro del casco antiguo está vigilado con cámaras infrarrojas, y patrullas robóticas recorren día y noche las calles. ¿Habéis pensado en eso?

Martín se había puesto terriblemente pálido.

—Pues… no… —reconoció bajando la vista—. ¿Y qué vamos a hacer?

Aedh lo miró con severidad, mientras los demás, atraídos por la conversación, se acercaban a escuchar lo que decían.

—No tenéis ni idea, ¿verdad? —preguntó el joven con ironía—. Pasado mañana por la noche debéis estar en la torre de Saint-Jacques y no tenéis ni idea de cómo llegar hasta allí. Supongo que habéis pensado que mi hermano y yo os lo solucionaríamos.

—Vamos, Aedh, no atormentes al chico —intervino Deimos en tono conciliador—. Eso no conduce a ninguna parte.

—Solo quiero que, por una vez, sean conscientes de lo que estamos haciendo por ellos —insistió Aedh con enfado—. No hacen más que perseguirnos con sus ridículas preguntas, cuando sin nosotros no serían capaces de llegar ni a la vuelta de la esquina.

—¿Es que no puedes ponerte en su lugar por un momento? —preguntó Deimos alzando involuntariamente la voz—. Tú también sentirías curiosidad si estuvieras en su situación, estarías ansioso por saber más. ¿Cómo es posible que no lo entiendas?

—Lo que no entiendo es por qué te pones siempre de su parte —repuso Aedh furioso—. Parece que tus hermanos fuesen ellos, y no yo.

Sin esperar a oír la contestación de Deimos, Aedh salió de la casa dando un portazo mientras su gemelo se quedaba mirando la puerta con preocupación.

—Bueno, no importa —dijo finalmente encogiéndose de hombros—. Ya volverá. No debéis tenerle en cuenta estos arrebatos; el problema de Aedh es que es muy perfeccionista y no tolera los errores de los demás.

—Supongo que, después de todo, es él quien tiene razón —murmuró Martín—; no tenemos ni idea de cómo llegar a la torre de Saint-Jacques; ni siquiera nos lo habíamos planteado.

—Por eso no tenéis que preocuparos —le tranquilizó Deimos—. Todo está listo, aunque no ha resultado nada fácil; me imagino que eso es lo que ha puesto nervioso a mi hermano. Hemos tenido que trabajar duro para obtener los pases falsos, pero finalmente lo hemos conseguido. De todas formas, ésa solo es una parte del problema. Los pases nos permitirán entrar en el casco histórico, pero, una vez que estemos dentro, habrá que evitar a las patrullas robóticas; la presencia de siete personas de nuestra edad puede resultarles sospechosa, y podríamos vernos envueltos en un interrogatorio; es preferible no arriesgarse.

—¿Hay muchas patrullas? —preguntó Selene.

—Muchas, pero nosotros iremos bien equipados. Llevaremos detectores portátiles que nos alertarán cuando se aproximen. La ciudad está llena de rincones oscuros, callejones estrechos y escaleras mal iluminadas, así que no resulta difícil esconderse si se sabe dónde está el enemigo. No tengáis miedo, todo saldrá bien.

A pesar de la seguridad que había mostrado Deimos, Martín tenía un nudo en la garganta cuando, dos noches después, subieron a la vieja furgoneta con el objetivo de aproximarse lo más posible al recinto vigilado del Viejo París. Partieron poco después de las siete de la tarde y tardaron más de cuatro horas en llegar al puesto de control para acceder al casco histórico. Por el camino, la guardia urbana les obligó a detenerse en dos ocasiones, pues las salidas nocturnas en vehículos particulares requerían permisos especiales; sin embargo, todos los papeles de los dos hermanos estaban en regla, y los agentes, a pesar de sus suspicaces miradas al interior de la furgoneta, no tuvieron más remedio que dejarles pasar.

—Menos mal que no se han empeñado en hacernos salir del coche —observó Aedh de mal humor—. Si os hubiesen visto de cerca, alguno podría haberos relacionado con Dédalo. Después de todo, vuestra descripción anda ya colgada en algunas páginas de conexión especial de internet… Dicen que os habéis fugado de un experimento farmacéutico y que sois un peligro para la salud pública; por supuesto, ofrecen una recompensa a quien pueda facilitar alguna información.

—Sí, lo hemos visto —dijo Casandra con tristeza—. Selene consiguió entrar el otro día en la web restringida de la Policía Interestatal… Lo que más me preocupa es que nuestras familias lleguen a enterarse; deben de estar muy preocupadas por nosotros.

—¿No existe ninguna forma de contactar con ellas sin que Dédalo lo detecte? —preguntó Martín, esperanzado—. A lo mejor, vosotros podríais lograrlo.

—Ni lo sueñes —repuso Deimos desde el asiento del copiloto—. No hay comunicaciones más vigiladas, en este momento, que las de vuestras familias. Sería un suicidio intentarlo. Más adelante, cuando las cosas se calmen un poco, tal vez se nos ocurra una manera de tranquilizarlos. Pero, por el momento, es mejor que no penséis en eso.

—Silencio ahora —le interrumpió Aedh—. Ese es el puesto de control. Vosotros no digáis ni una sola palabra —añadió, dirigiéndose a los chicos—. Dejad que seamos Deimos y yo quienes hablemos.

Una doble alambrada electrificada delimitaba los contornos del viejo casco histórico de París. Era tan alta que costaba trabajo distinguir dónde terminaba, y estaba iluminada con focos rojos colgados a muchos metros del suelo. Ante la pequeña garita que había señalado Aedh, un par de agentes de policía se quedaron observándolos con cara de pocos amigos mientras descendían de la furgoneta.

—¡No iréis a decirme que tenéis un pase, con esa pinta! —exclamó uno de ellos al verlos aproximarse—. Ahora, hasta los vagabundos reciben pases turísticos. ¡Y para colmo, de los nocturnos! Es de locos…

—Limítese a comprobar si todo está en regla, agente —exigió Aedh en tono frío y distante—. Quienes nos han dado el pase no se alegrarán de saber que la policía se toma tantas libertades con sus invitados.

—¡Vaya, vaya, encima con humos! —gruñó el policía mirándolo de arriba abajo—. No es que no estemos habituados a ver gente rara, pero, por lo menos, digo yo que tendremos derecho a protestar. ¿Y estos cinco críos? —añadió con desconfianza—. Me suenan de algo.

—¡Son los de la recompensa! —exclamó muy excitado su compañero—. Esta vez sí que hemos tenido suerte, camarada. ¡Pensar que nos han caído prácticamente en las manos!

—Se está usted precipitando —dijo Deimos sin alterarse—. Puesto que ha reconocido a los críos, debería mostrarse más discreto… ¿Usted cree que los traeríamos aquí si no nos lo hubiesen ordenado? ¿Se ha fijado en el sello de nuestros pases?

—¡Es de Dédalo! —exclamó el agente más viejo con decepción—. Bueno, parece que se nos han adelantado. ¿Dónde los han cogido?

—No creo que el señor Hiden desee compartir esa información con ustedes —repuso Aedh desdeñosamente—. Comprenderá que, si ha decidido que se utilice esta vía para su entrega, es porque desea la máxima discreción. Si todavía esperan sacar algo de este asunto, no hagan estupideces. Dédalo es una empresa muy generosa con la gente lista, pero no con los estúpidos.

—De nosotros no van a tener ninguna queja —aseguró el viejo agente con vehemencia—. No es la primera vez que participo en uno de estos asuntos, sé lo que hay que hacer.

—Tanto mejor para usted, entonces —le atajó Aedh con indiferencia—. Y ahora, si nos disculpan… No podemos perder toda la noche charlando con ustedes.

Ante la mirada curiosa de los agentes, los siete jóvenes se alejaron por la calle empedrada cuyo acceso acababan de facilitarles. Solo cuando estuvieron lo suficientemente lejos como para que no pudieran oírles desde el puesto de control, Martín se decidió a hablar.

—¿No avisarán a Dédalo? —preguntó, dirigiéndose a Deimos, que caminaba delante de él a toda prisa—. Está claro que saben quiénes somos.

—Los pases eran de Dédalo, así que no tienen ningún motivo para avisarles de algo que, supuestamente, ellos ya saben. Además, apenas tendremos que caminar una hora para llegar a la torre de Saint-Jacques, y, en ese tiempo, no creo que reaccionen. Después, una vez que hayamos llegado a nuestro destino, ya no tendremos que preocuparnos.

Algo más tranquilos gracias a las explicaciones de Deimos, los chicos pudieron dedicarse a contemplar, a medida que avanzaban por el laberinto de calles adoquinadas, los edificios más emblemáticos del viejo París. Hasta entonces, ninguno de ellos había pisado jamás el casco histórico de una de las antiguas ciudades, y los cinco se sentían como si hubiesen penetrado de repente en otro mundo, un mundo mucho más apacible y humano que el de las modernas megalópolis que ellos conocían.

—¡Mirad, es la catedral de Notre Dame! —exclamó Alejandra entusiasmada al descubrir, recortadas sobre el cielo nocturno, las dos torres simétricas del célebre monumento—. Nunca creí que llegaría a verla «en directo». ¡Qué grande parece! ¿No podríamos cruzar ese puente para verla más de cerca?

—No creo que sea prudente —repuso Deimos—; cuanto más tiempo permanezcamos en las calles, más riesgo correremos. Ya tendréis ocasión de verla en otro momento.

Los chicos se apartaron con tristeza de la orilla del Sena, aunque no podían dejar de volver de cuando en cuando la cabeza para comprobar si aún se veían las torres de la maravillosa catedral. Las calles por las que caminaban ahora, anchas y bien iluminadas, mostraban por todas partes indicios de su pasado esplendor. Eran tantas las fachadas interesantes que Martín no sabía adonde mirar, y, sin darse cuenta, se detenía a cada momento para observar las particularidades de uno u otro edificio. Solo cuando Deimos o Aedh le llamaban recordaba el peligro que corrían y se apresuraba a reemprender la marcha.

—Así no llegaremos nunca —refunfuñaba Aedh con fastidio—. Parece que hubiésemos venido a hacer turismo…

—No exageres, Aedh —dijo su hermano de pronto—. En realidad, ya hemos llegado. Mirad, chicos: aquella de allí es la torre de Saint-Jacques.

Con el corazón encogido, Martín alzó la vista hacia la torre, cuya silueta brillantemente iluminada destacaba como una antorcha en medio de la oscuridad de los edificios circundantes. Todavía se encontraba a cierta distancia, pero, aun así, su majestuosa altura resultaba impresionante.

—¿Ahí es donde se supone que nos esperan? —preguntó Jacob, asombrado—. ¡Si es una iglesia!

—Lo que queda de una iglesia —le corrigió Selene—. En todo caso, ahora pertenece a la corporación Prometeo… Me pregunto qué habrán hecho con ella.

—Por lo visto, hace unos cincuenta años estuvo a punto de derrumbarse, a raíz de lo cual fue totalmente restaurada por dentro —explicó Aedh—. Como veis, me he estado informando. Pero no tengo ni idea de lo que han hecho con ella desde que está en manos de una compañía privada. En todo caso, pronto lo sabremos.

En silencio, continuaron avanzando con los ojos fijos en la iluminada torre y un creciente nerviosismo a medida que se iban acercando a ella. Se encontraban apenas a dos manzanas de su objetivo cuando, de pronto, Aedh, que iba delante de los demás, se detuvo en seco y les hizo un gesto para que retrocedieran. Sin saber dónde meterse, los chicos se agazaparon en el pórtico de un edificio señorial, seguidos, un instante después, por los dos hermanos. Habían reaccionado justo a tiempo, pues en seguida apareció, en el confín de la calle, una patrulla de vigilancia robotizada que barrió la calzada con sus focos rojos y azules antes de seguir adelante.

—Suerte que no nos han descubierto —suspiró Alejandra cuando el peligro se hubo alejado—. ¿Cómo sabías que iban a aparecer? —añadió mirando a Aedh.

—El detector captó el ruido de las máquinas —repuso este en voz baja—. Son muy silenciosas, pero, cuando se desplazan, estos dispositivos especiales pueden llegar a percibir el roce de sus ruedas sobre la calzada. De todas formas, hemos tenido suerte.

Mirando a derecha e izquierda por si aparecían nuevas patrullas, Deimos y Aedh atravesaron a la carrera la pequeña explanada que los separaba de la torre. Cuando estuvieron justo debajo, hicieron una seña a sus compañeros para indicarles que podían cruzar sin peligro.

—Y ahora, ¿qué hacemos? —susurró Martín cuando todos estuvieron reunidos al pie del viejo edificio.

—La puerta principal está cerrada, pero hay un timbre acoplado a un interfono —indicó Deimos—; creo que lo más sencillo sería llamar.

—¡Un interfono en una torre gótica! —murmuró Alejandra con repugnancia.

—¿Y no será peligroso llamar? —preguntó Martín—. Puede haber policías de Prometeo, y, si se parecen a los de Dédalo, no creo que esperen a oír nuestras explicaciones.

—Dejadme hablar a mí —dijo Deimos apretando el timbre—. Vosotros no digáis nada.

Después de esperar un par de minutos, vieron aparecer en la pantalla del interfono la imagen de un robot doméstico.

—Quiénes sois y qué queréis a estas horas de la noche —preguntó la máquina con voz inexpresiva.

—Queremos hablar con George Herbert por un asunto privado de gran importancia —repuso Deimos con voz serena.

—George Herbert duerme, no se le puede molestar —indicó la máquina en el mismo tono neutro de antes.

—¡Tienes que despertarlo o no te lo perdonará nunca! —insistió Deimos.

El robot desapareció del interfono y los chicos esperaron con el alma en vilo a que se reanudase la comunicación. Transcurrió tanto tiempo que ya empezaban a pensar que la máquina había hecho caso omiso de su mensaje, y Deimos se disponía a pulsar de nuevo el timbre cuando de pronto, en la pantalla, vieron surgir el rostro ojeroso y fatigado de un anciano que Martín y Alejandra reconocieron al momento.

—Espero que tengáis un buen motivo para haberme despertado —gruñó el hombre—. ¿Se puede saber qué os trae por aquí?

—La llave del tiempo —respondió Deimos tranquilamente.

Una intensa palidez cubrió las facciones de George Herbert mientras, con dedos temblorosos, pulsaba el botón de apertura de la puerta. Sus labios vocalizaron una sola palabra, aunque la voz no llegó a brotar de su garganta:

—Subid…