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Esa mano me lleva en una pesadilla nocturna a un amanecer en que todavía estaba unida al brazo. Olvido el viaje por el Egeo y las felices vísperas. Ni sé de qué lugar de la costa líbica, ya no de Alejandría, me embarco para Creta huyendo de Tumbuga. Dejamos atrás la plaga de langosta, el aire irrespirable a lo largo del Nilo, la saña vengativa del encubierto príncipe. Estoy a punto de caer en su órbita, de ser absorbido por el círculo estéril, el suplicio o la muerte, cuando un solo grito femenino me pone sobre aviso y a salvo.
Muertos quedan sin embargo por cuchillos del clan los dos hijos pequeños de an Nasir Hasan, y exterminados muchos eunucos, familiares, mujeres y animales del visir Abu Shaykhu, Ali al Qadi y hasta el imán Yusuf Sunqur en su mezquita, junto con todos los derviches que lo defendían.
Aún me persiguen sus voces, los cantos que de nada les valieron, hasta otro sueño al fin conciliado tras muchos días de fatigas. Me abandono a su reparación inaplazable, sabiendo además que somos custodiados por dos barcos de mi amigo Lucca Portinari, que han variado su ruta desde Tubruk para salir a nuestro encuentro y guiarnos a Creta.
La travesía resulta más larga de lo previsible, debido a un viento escaso y a rachas contrario que casi nos hace retroceder. Sin embargo arribamos sin mayores contratiempos a Khaniá, desde donde algunos de los nuestros serán conducidos a Kissamos para acogerse provisionalmente a la protección de incondicionales de Portinari.
A mí, el mismo Micer Antonio viene a recibirme al puerto para darme asilo en su casa con mi esclava Irshad y la reducida servidumbre, antes de que pensemos el modo de vivir desterrados el tiempo que haya de ser y la forma de cumplir desde aquí con las disposiciones del sultán. Él ha querido en principio mantenernos fuera de Egipto y Aram, pero próximos a responder a su posible llamada. No duda de nuestra fidelidad, pero nos prefiere ahora en una favorable reserva, carta oculta que en su momento pudiera aumentar su valor y jugarse con mejor oportunidad y más fuerza. Sé que, de un modo u otro, volveremos a El Cairo, que las aguas tornarán al río, donde repararemos la desgracia.
Los mamelucos del Nilo sabemos ponernos a su nivel igual que si nos guiara el medidor de Rawda. Aceptamos la pobreza y la humildad casi lo mismo que el esplendor y el dominio. En el fondo aceptamos que no tenemos nada que esté fuera de nosotros, que hasta la tierra que se nos adjudica en realidad nos posee y nos olvida. Tampoco hemos pretendido el poder. Bien sabe Dios que éste nos ha tocado fatalmente por un mínimo orgullo, que es lo único que hemos cuidado, una mínima dignidad.
Por eso, cuando el sultán me llame iré como lo haría cualquier bahrí y no me importarán las pérdidas dejadas ni los expolios recuperados. También son muchas cosas las que ahora he recibido, al haber tenido que partir. El cumplimiento de un deseo largo tiempo aplazado y la confirmación de una generosa amistad. Y no es que no haya sentido abandonar Egipto, pues no creo que nadie lo haga indiferente, pero siempre he sabido que no somos de ninguna parte y que nos ha sobrevenido un mundo de creencias y palabras como pudieran haber sido otros infinitos.
Sé igualmente que la voluntad de elegir o la virtud de toda destreza se deben a idénticas circunstancias azarosas, no por eso inferiores a cualquier aspiración ni a la vez menos volátiles, y que ser humano, en definitiva, es comprometido y difícil. Allí donde los animales son indiferentes, nosotros somos injustos y crueles. Donde ellos actúan con la altiva dureza del instinto o la simple violencia, nosotros imaginamos causas legítimas y paraísos, iniquidades y merecimientos en que la conciencia sube monstruosa o se abate hasta la angustia. Nuestras propias concepciones han crecido sobre nuestras cabezas, por encima de obeliscos y alminares, que señalan reconocidas miserias, y al lado de la desesperación y la soberbia. Qué pensar de los fanáticos y santurrones, de los que viven con un ojo desorbitado en el más allá y otro perdido en oscuridades de prostíbulo. No entienden que la fe o la exigencia deben ser prudentes, que el valor tiene que ser pensado y la acción tenaz y directa. He hablado mucho de estas cosas con mi maestro Ali Bushnak. Él diría que ahí, en esa prudencia valerosa, en la invocación constante a las soluciones de la inteligencia, radica el espíritu mameluco, la razón que nos erigió de supuestos esclavos en los sultanes más libres que nunca hubo, mucho más que los descendientes de Ayyub y de la misma Fátima.
Ahora también puedo hablar de estas cosas, al margen tentaciones y desvíos, con micer Antonio Lucca, un hombre discreto como no conoceré otro. Él dice que hay que viajar por fuera, pero sin dejar de hacerlo por dentro. Escalar las montañas más altas y luego descender bajo el nivel del mar de nosotros mismos. Un hombre tiene que conocer las más raras pasiones, probar lo más ajeno a su gusto, lo más alejado de lo que ya conoce, para ser capaz de descubrir un mundo interior en continuo cambio, en permanente desvelamiento de hallazgos.
Portinari suele añadir una deformación profesional a sus argumentos, al asegurar que todo viene a ser como una serie de transacciones comerciales. Unas son entre productos y dinero, otras entre ocultamientos y delicadeza. Unos pagan por ciertas cosas simplemente porque no las tienen o no han acertado a fabricarlas. Y otros miman lo que venden aunque de verdad no lo valoren, aunque ni siquiera lleguen a pensar si lo aprecian o no. ¿Cuántos de quienes lo producen pagarían en serio por el ámbar o por el azafrán? ¿Cuántos se matarían, no por el precio en el mercado, por el valor del cáñamo que pisan en sus plantaciones, o apostarían por la belleza de sus mujeres, de las vecinas de su aldea?
De ese modo uno siempre puede hacer un viaje por dentro de sus propias mentiras, aprendiendo del comercio a extraer de ellas la única verdad posible, la invención humana del arte y la riqueza, lo relativo de los valores y las necesidades. Dice Portinari que el hecho de llegar a este convencimiento no implica descreer de la grandeza humana y da, por el contrario, un impulso más creativo a cualquier actividad. Cabalgar en un águila es imagen aciaga, como nos enseñaron los griegos, y nos está vedado navegar por las venas del infierno. Lo más afín a nosotros no es ni el aire ni la tierra, sino el agua que se adapta a cualquier continente y en cuyo seno sí podemos hundirnos de maravilla en maravilla, así como también podemos recorrer su superficie y asistir a la transmutación de nuestras mercancías en oro. Por eso él vive en una isla, que, según afirma, es su auténtico elemento, la forma de estar en todo el mundo y en ninguna parte, rodeado por el mar y a similar distancia de la costa y el cielo. Nuestro mundo es en realidad una isla que flota en provisional equilibrio ante la violencia.
No puedo aceptar todo lo que va ligando micer Antonio, la rápida asociación de pensamientos que no siempre llego a entender. Sin embargo una sosegada entidad emana de las palabras y los gestos de mi amigo, una luz que de lejos apunta a la que en nuestras danzas a caballo y al principio de alguna batalla he sentido filtrarse en mi interior. Pero Portinari adivina lo que pasa por mi cabeza apenas mis palabras empiezan a formularlo. No me decido a concluir una opinión y él prosigue negando que sólo haya que perseguir esa iluminación íntima. Añade que también somos una cadena de sombras, una superposición de capas fungibles que dan a otras cada vez más amplias, más bellas cuanto más arrojo necesitamos para atravesarlas.
Quien accede a tal experiencia, y no se empeña en borrarla por elecciones de la costumbre, ya no puede extraviarse en perfidias ni mezquindades. Aprende a concebir un orgullo independiente de la humillación de los otros, una forma de conocimiento que erradica el odio aun en el justo acto de matar un enemigo. Cualquier triunfo es sobre una mala pasión y cualquier derrota llega de la debilidad o la torpeza. Mientras haya conciencia, descender hacia la escondida nada es una vía excelente a la felicidad, el viaje al que llevan los demás, la fusión de las fuerzas y las dimensiones contrarias, el esclarecimiento de todas las músicas, de todos los colores y silencios.
Sin embargo, más que las abstracciones comerciales o las rutas eufóricas de Portinari, en Creta es el cuerpo de Irshad y finalmente sus ojos los que mejor me sitúan a las puertas de este olvido. La contemplo hasta que su belleza me absorbe. Entonces, con tan abrumada percepción, monto a caballo ayudado por dos servidores, que me van dejando sobre la montura con grandes cuidados. Pero ya hay poco riesgo de sobresaltos y me abandono al galope circular de la energía indestructible. Giro en el aire alrededor de la isla, por esa mirada envolvente que es el horizonte, bajo la impregnación apenas salitrosa del mar, en el centro de un torbellino de flautas de caña y laúdes.