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Apenas los mamelucos de Ashraf y Rayhan detuvieron su galope, comenzó a llegarles una algarabía interior. No resultaba la propia de una batalla generalizada, pero sí de diversas disputas violentas, resoluciones de última hora, tozudas resistencias o ejecuciones sumarias.
Ciertas sospechas ante movimientos y atropellos en la vigilancia de Bab as Silsila hicieron que Ashraf diera de pronto la orden de ir hacia Bab al Mudarraj, por donde en seguida los reconocieron y vitorearon. Se les abrieron al instante las puertas y fueron informados de los acontecimientos en la ciudadela.
Los traidores habían sido desenmascarados y derrotados. Shaaban vivía, estaba a salvo y deseando recibirlos. Umm al Fidai, Kuz al Asal y más de cien partidarios habían sido pasados por las armas. También había habido muertos, aunque pocos, en los cuarteles de la policía y entre los hombres de la guardia real. Algunos más de ambos bandos en Qasr al Ablaq, aunque todos sus efectivos ya podían considerarse controlados.
De las más graves pérdidas eran las del emir Jaafar Husayn y el hombre de confianza del sultán, Sayf Mabruk. Habían caído con unos cuantos de sus fieles circasianos por defender el palacio contra los sublevados de Qasr al Ablaq.
Aún no sabían el número total de bajas, pero entre ellas había que contar por desgracia añadida la de Abla bint Husayn, una de las primeras mujeres de Shaaban, así como las muertes de algunos eunucos y jóvenes concubinas del harén, que al parecer habían pretendido refugiarse con Umm al Fidai.
Cuando Zahir oyó esta noticia, picó espuelas y se acercó al emir Ashraf. Le pidió permiso para ir al palacio y al harén a evaluar los daños e informar al sultán de su entrada en la ciudadela. El emir le lanzó una mirada de comprensión y aceptó enviarlo oficialmente como mensajero, pero hizo que fueran con él diez mamelucos más. Le dijo que comunicara al sultán su presencia en el fuerte, su ocupación momentánea en establecer posiciones y en preparar la defensa contra el ejército que no tardaría en llegar. En cuanto pudiera él se presentaría personalmente ante Shaaban, pero en aquellos instantes era prioritario asegurarse de las guarniciones de todas las puertas, cambiarlas donde fuera necesario, supervisar armas y posibles trampas, ver con qué fuerzas contaba contra Ibn Muzaffar. Añadió que regresara lo antes posible a Bab as Silsila y envió otros dos grupos en similares misiones de reconocimiento.
Sin más explicaciones, galopó hacia la entrada principal, dándose cuenta rápidamente de los enfrentamientos que allí debían de haberse producido. Muertos y heridos aparecían por doquier, miradas temerosas o esperanzadas, disimuladas huidas y desbandadas, palmarias traiciones en muchos de los hombres que aún se batían.
Arrasó los vestigios de las refriegas y el caos. Mandó despejar el campo, eliminar a todos los centinelas que aún pululaban entre las tres torres inmediatas y liquidar de una vez las tibiezas aparentes. Puso guardias de los suyos en las almenas del lienzo occidental y desmontó para subir al adarve a observar qué ocurría en la explanada exterior. Aún no había rastro del ejército de at Tair, por lo que reconsideró el plan que antes se le había ocurrido. Miró en derredor y vio la gran ciudad de El Cairo iluminada como por un milagro. El sol aparecía en el horizonte mientras la luna se ocultaba simétrica. Decaía cual cómplice avergonzada de la sangre, como si no quisiera seguir viéndola escapar de tanta vida y aún temiera la tragedia de su aumento, la crecida inminente por aquella tierra.
Ashraf descendió las escaleras de piedra y desde los últimos peldaños saltó al caballo. Ordenó decapitar una fila entera de hombres que se postraban ante él y marchó con la mitad de los soldados hacia los edificios de Qasr al Ablaq, mientras Ismail y los suyos iban con similares encargos inflexibles hacia los edificios y torreones que daban a Jabal Muqattam.
Regresó muy pronto Ashraf sin contratiempos, habiéndose arrogado la jefatura de Qasr al Ablaq y la dirección de toda la defensa. Dio nuevas órdenes a los hombres a quienes había confiado Bab as Silsila y éstos se apresuraron algo confusos a abrir de par en par las puertas. Llegó entonces Zahir de palacio con un rostro encendido por una refrenada alegría. El emir lo escuchó apenas y se puso a hacer gestos perentorios con ambos brazos y manos. Salieron galopando unos doscientos mamelucos entre quipchacos y circasianos y ya desde las altas jambas se separaron en dos formaciones que divergieron para ocultarse donde pudieran. Unos lo harían en los barrios cercanos a la colina y otros por el Norte, en la necrópolis de Aqsunqur.
Sin embargo, a pesar de que todos los pasos de la defensa previamente ideados se iban dando, la estrategia de Ashraf de dividir a los asaltantes a las puertas de la ciudadela no llegó en puridad a aplicarse. Según supieron más tarde, el seguimiento de at Tair por los hombres reunidos de Abu Hatim y al Khalili no se había hecho con la distancia y la discreción necesarias. Los emires habían sido descubiertos por la retaguardia de los alejandrinos. Éstos habían seguido adelante como si no se hubiesen apercibido de nada y se habían dispersado por las primeras casas de la ciudad, retrocediendo luego para reagruparse en una operación rápida. Los de al Khalili habían acelerado la marcha por delante de Abu Hatim al no ver ante ellos a los otros y habían adelgazado sus líneas en una peligrosa persecución del vacío. Habían sido atacados desde la mitad de la formación hacia atrás, infligiéndose un gran daño a los imprudentes en los primeros choques.
Los habrían exterminado junto con los retrasados de Abu Hatim de no ser porque al final tuvieron que recurrir a los mamelucos de al Qadimi a través de las huestes de Farid al Bas, antes desviadas por afortunada intuición a un terreno intermedio. La división de fuerzas se había producido entonces en sentido contrario, por lo que Ashraf, Zahir y los demás de la fortaleza estuvieron largo tiempo desorientados por la demora del ataque, por el giro imprevisto de los acontecimientos. Tampoco supieron muy bien qué hacer cuando, ya el sol alto, recibieron la información de las escaramuzas extendidas hasta Heliópolis por todos los barrios del Norte y el Oeste de la ciudad.
Los mensajeros llevaron a pesar de todo alguna noticia favorable, que obraría como restauradora de no pocos desánimos en la moral de la ciudadela: Las gentes particulares de El Cairo habían abandonado sus casas, pero no para huir como en otras ocasiones, sino para enfrentarse a los alejandrinos con rústicas lanzas y armas de caza, con cadenas, palos y hasta cuchillos de cocina. Interponían a los caballos de Ibn Muzaffar at Tair enseres y animales, fardos incendiados y sogas atadas de ventana a ventana. La resistencia civil era, por lo tanto, un hecho, un hecho espantoso y horrible, pero que no podía ser inútil cuando ellos, ni más ni menos que los mamelucos, habían cometido aquel error después de haber sido tan favorecidos por el azar de una simple paloma mensajera, por el arrojo y la suerte de un joven circasiano de diecisiete años de nombre Zahir Muhammad al Muqaddim.
Ashraf decidió esperar y mantener las posiciones dentro y fuera de los muros. No podían permitirse dejar desguarnecida la fortaleza frente a una tropa que en cualquier caso llegaría, pues era imposible detener a siete mil hombres armados minuciosamente durante mucho tiempo, alimentados con ardua paciencia en el odio y el resentimiento, a lo peor convencidos en aquellas horas de éxito de que además el sultán Shaaban habría muerto y todo o casi todo los estaría esperando en Qasr al Ablaq y en el palacio.
Había que tener en cuenta, no obstante, que ese ejército de siete mil hombres ya no contaba con tantos. A pesar de sus estragos iniciales, la dispersión por la ciudad lo estaba perjudicando y habría de tener dificultades para reagruparse. Era cierto que habían causado muchas bajas entre los defensores, pero también muchos de sus jefes habían sido abatidos, habían muerto bajo la saña popular y la reacción mameluca. Así, el avance en rastrillo demasiado amplio hacia la ciudadela amenazaba con producir un desastre incalculable en la población, un encarnizamiento que en el mejor de los casos podría resumirse en una gran derrota para unos y otros.
Farid al Bas y al Qadimi se dieron cuenta de que los verdes soldados del águila y el tarro de miel, a cuyo jefe supremo hacía mucho que no veían, estaban desapareciendo en exceso. Se percataron de su descenso oblicuo hacia Levante y trataron de adelantarse a lo que suponían. Habían destacado una avanzada no pequeña que tendría el objetivo de tomar el fuerte, a la vez que otra masa distribuida de soldados continuaba destrozando los barrios y destrozándose a la recíproca.
Al fin pudieron parlamentar con Yaharks y Abu Hatim. Éste había sido herido en una pierna y cabalgaba con dificultad, por lo que tendría que ser evacuado. Como se imponía replegar una parte importante de tropas para el fuerte, él y al Qadimi serían los responsables de la operación, mientras dejaban a Farid y al Khalili tratando de paliar en lo posible la masacre en las calles de la ciudad.
Hubo un tiempo largo de rabia y desconcierto. Una gran amargura en los mamelucos al verse burlados. Oían invocaciones piadosas de los alejandrinos, voces elevadas en nombre de Dios que los superaban como la moral y las plegarias egipcias. Farid al Bas dio un grito feroz para acallar esas voces y se alucinó al ser arrastrado por los sollozos y el llanto más que por el caballo. No sabía muy bien adónde iba, qué batalla (que en el futuro se llamaría del Ramadán) estaba librando. Pensó con una anómala sensación de huida en el día primero de shawwal, que era en el que ya estaban, en el pugnaz sol de otoño que también acometía como un enemigo. Se sintió sacudido por un brazo, al Khalili cabalgaba a su lado intentando detenerlo. Indagaba con la mirada muy hosca qué estaba haciendo, hacia dónde se dirigía, qué suponía que ocurría.
El emir vio pasar por el cielo los minaretes deformados de la mezquita de al Hakim, cerca de Bab al Futuh, y acusó un golpe de lucidez. Tornó a la realidad de reconocer el lugar donde se hallaba. Se sacudió la vergüenza de su soledad, del arrebato que lo había tomado como el arte de un genio. Vio una polvareda y jinetes perdidos en ella. Salió a la llanura fuera de las casas y describió por fin un semicírculo para restituirse al barrio de al Jamaliyya. Sólo entonces lo siguieron sus hombres y al Qadimi reunió a los suyos con los de Abu Hatim. Aunque el emir herido se retrasara con un grupo de cobertura, no dejarían de procurar la huella de los otros intentando alcanzar a los de at Tair.
Lo lograron pasada Bab Zuwayla por Darb al Ahmar, entre las mezquitas de al Mihmandar y del príncipe Altinbuga al Maridani. El alcance fue brutal. Los mamelucos dispararon un enjambre de flechas sobre las espaldas de los alejandrinos y en seguida cayeron con espadas y mazas sobre los penúltimos hombres que protegían el avance de at Tair. Era obvio que su prioridad ya no era luchar en las calles, sino llegar lo antes posible a la ciudadela. Abu Hatim peleaba como el que más. Se había olvidado del dolor de su herida y estaba tan desesperado como los que marchaban tras Ibn Muzaffar.
La noticia de la proeza de Zahir infiltrándose por la noche en el harén y salvando la vida de Shaaban corría de boca en boca entre los soldados y los hombres y mujeres de la ciudad. No consiguió frenar a los invasores, que o bien no la creyeron, o no tuvieron la prudencia de volver atrás. Ciertamente eran muchos, habían asestado un primer golpe demoledor a los de Shaaban y no tenía por qué hacérseles difícil la toma de la fortaleza, tanto si el sultán estaba muerto como si estaba vivo. En cuanto a las muertes de Umm al Fidai y Kuz al Asal, tampoco podía imaginarse qué pensaba el pretendiente de su probabilidad, ni qué le importaban en el fondo su madre y su bastardo hermano. ¿No podían operar, si creía en ellas, más bien como un acicate? ¿No pensaría que mejor eliminar cuanto antes compromisos, pactos o diplomacias y arrasar cualquier colaboración o ayuda?
Los soldados de al Qadimi tropezaron en los muertos que ellos habían causado. Tuvieron que evitar sus caballos espantados, los obstáculos puestos por los ciudadanos de El Cairo contra los alejandrinos. Asimismo hubieron de aceptar impotentes la mayor velocidad de marcha de los que iban a la cabeza, un cuerpo de ejército muy compacto que no tardaría en alcanzar las puertas de la ciudadela. Tuvieron que proteger a Abu Hatim cuando cayó exhausto de su montura, cuando un grupo mestizo de mogoles y griegos, que también iban con at Tair, se empeñó a toda costa en acabar con él.
Mientras a duras penas lo rescataban los numerosos rezagados y aún aumentaba la combatividad y resistencia de los testigos, los más de dos mil facinerosos que iban por delante con at Tair todavía tuvieron tiempo de incendiar a su paso la desalojada madrasa de Shaaban, antes de aparecer a vista de las murallas. Los de la fortaleza entretanto habían dominado la situación, hecho acopio de armamento para resistir el asedio de Ibn Muzaffar y hasta, posiblemente, contraatacar extramuros. El sultán había salido de palacio vistiendo ropas fúnebres bajo su mejor armadura y galopaba de puesto en puesto arengando a los hombres. Lo apoyaban los de Ismail Rayhan, que montaba a su famoso Sarir, los de Yusuf al Mawali, az Zahir Barquq y otros emires leales. Habían establecido contacto con los grupos de Ashraf y Zahir, aún apostados cerca de la ciudadela, y habían afianzado la estrategia de las acciones previsibles que tendrían que combinar.
Al observar los hombres del príncipe Yaharks y los de al Qadimi que los del falso Abdallah Ahmad se desviaban de pronto en dirección Este como para reunir las divisiones desperdigadas y reorganizarse, hicieron algo parecido y una pequeña parte de la fuerza se quedó en las calles donde había sido más dura la refriega. El trabajo de sofocar incendios, socorrer a gentes atrapadas entre ruinas y retirar a los heridos hacia Jamaliyya y Heliópolis se hizo en estrecha colaboración de los mamelucos turcos y circasianos con los hombres y mujeres de El Cairo. Así los barrios más próximos a la ciudadela quedaron abandonados, ya que la oleada hacia el Norte produjo otras semejantes para el río y Jiza y hasta los páramos al Sureste del Muqattam.
Bastantes hombres jóvenes quisieron sin embargo unirse a los mamelucos, lo que no dejaba de ser insólito, pero en su mayoría fueron rechazados por la imposibilidad de armarlos y por su impericia militar.
Hubo de todos modos un corto respiro en las fuerzas defensivas, que pudieron comprobar de paso la nula desmoralización a causa de las bajas y la buena forma todavía de los caballos y los hombres. Aún serían unos dos mil quinientos jinetes fuera de las murallas (sin contar las centurias especiales de Ashraf y Zahir) y calculaban que dentro podría haber otros tantos soldados o tal vez algunos más en el partido de Shaaban.
Estaban cambiando impresiones sobre lo que muchos daban por un equilibrio gradual en los dos bandos gracias a las mayores pérdidas en el de at Tair, cuando, desde la semiderruida mezquita de Khushqadam al Ahmadi, vieron aparecer un frente de artillería que nadie había detectado y con el que, por supuesto, ya nadie contaba. ¿Dónde habían estado camufladas hasta entonces las torres alejandrinas? ¿Dónde las grandes catapultas y los cañones de bronce, que muchos veían, y desde luego con escepticismo, por primera vez? ¿De dónde salían los fornidos negros africanos, los verdes papagayos turcomogoles, los georgianos que tiraban de los carros como mulas, los esbirros conductores de bueyes arrastrando las pesadas máquinas?
Los hombres de Yaharks y al Qadimi, así como los parapetados en las almenas de la fortaleza, vieron y oyeron a ese nuevo ejército de bastardos mercenarios y comprobaron cómo unos cuantos mensajeros de at Tair cruzaban a gran velocidad la explanada de ar Rumayla para ir a su encuentro. Escucharon los timbales y añafiles de un grupo de traidores sirios, hasta entonces en retaguardia, y no supieron si espantarse o echarse a reír ante la chocante confabulación. Todos habían tenido tiempo de uniformarse con los colores de Muzaffar, todos habían hecho gran acopio de estandartes heráldicos, de flácidos emblemas con el águila rampante, la espada tendida y el tarro de miel. Y todos parecían dispuestos a emplearse en una decisiva empresa, en una histórica batalla que los haría dueños de la ciudadela de El Cairo, del destino triunfal de la vieja dinastía en la ciudad, o simplemente de su propio destino mortal.
Se entrecruzaron cantos de almuédanos y tambores. Los mamelucos también tocaron los suyos y entraron en un trance sistemático y paciente. Vieron cómo se abría Bab as Silsila con solemnidad y cómo iban apareciendo los rojos y amarillos jinetes de Barquq en una fila interminable. Algunos contaron rápidamente hasta quinientos, pues a esa altura llegaron los primeros jinetes a las broncas filas mestizas y a su espalda tornaron las puertas a su cerrazón inicial. Fue como una letanía demencial, una soflama de puros números.
Los observadores continuaron parados y atentos a los frentes. Tuvieron que esforzarse en refrenar a los animales, en obedecer las tajantes órdenes de los emires y en sublimar sus afanes de exterminio, de celebración iracunda y homicida. Muchos habían perdido a sus amigos, otros despreciaban desde siempre al sultán y ahora ni siquiera pensaban en él, muchos eran presas de una vanidad de hierro, de una pasión suicida o una abyecta perdición. Soñaban con raudas cacerías, con horrores diabólicos que sólo conjurarían cabalgando tras la muerte. No deseaban nada, si acaso galopar en círculos infernales hasta desaparecer, convertirse en una gota de sangre en la punta de una flecha, un eco de horror al fondo de un abismo.
Siguieron el ataque de los de Barquq contra los mercenarios artilleros. Observaron cómo se aplicaban a desmantelar las máquinas, a derribarlas con sogas y hachas, a ensartar hombres y bueyes en las largas lanzas y atravesar las gargantas y las cabezas con flechas y saetas a boca de jarro.
Desde los bordes del Muqattam, Ashraf al Muakhkhir pudo ver junto a su centuria quipchaca el ataque de Barquq a los artilleros de at Tair. Dejó que el gran emir se batiera de momento con su única división, que era de las mejor preparadas, y esperó que se sumara a los mestizos el resto de la tropa alejandrina. Estuvo seguro de que Ibn Muzaffar concentraría todos sus esfuerzos en aniquilar a Barquq, ya que no podía permitir que éste diezmara a sus artilleros e inutilizara sus máquinas. Sin duda conocía al gran emir circasiano y pensaría por otro lado que si lo vencía fuera de la ciudadela, no quedaría dentro ninguna resistencia comparable, at Tair no podía creer todavía que en el fuerte las cosas hubieran ido a su favor, aunque tal vez aún trataba de hacérselo creer a sus hombres. Y tampoco podía saber qué había ocurrido con el príncipe al Muakhkhir, dónde se encontraba y cuántos soldados le seguían.
Ashraf calculó estos pensamientos del jefe enemigo y al tiempo trató de hacerse cargo del número de fuerzas conjuntas. Observando, en efecto, cómo los artilleros empezaban a recibir por el Norte el apoyo de cientos de jinetes, hizo una amplia apreciación de ejércitos y llegó a una conclusión bastante aproximada y ventajosa. Las fuerzas invasoras de Ibn Muzaffar debían de haber quedado reducidas a unos tres mil quinientos hombres, incluyendo a los artilleros, mientras que los disponibles del sultán pasarían de cinco mil. En detalle, podrían distribuirse entonces de modo que sumaran dentro del fuerte cerca de dos mil mamelucos (no contaba a los otros mil infantes egipcios ni a los demás ciudadanos corrientes), mientras que Yaharks, al Qadimi, al Bas y Abu Hatim no dejarían de reunir entre todos menos de dos mil cuatrocientos o dos mil quinientos jinetes. A ésos había que añadir, por supuesto, los otros quinientos de Barquq, y al final casi cuatrocientos de Zahir y suyos. No se equivocaba mucho, pero no sabía que Abu Hatim había tenido que retirarse malherido, ni que además de los mamelucos muertos o fuera de combate que descontaba, los habitantes de El Cairo habían sido sacrificados en bastante mayor cantidad.
No pensó más y dio una orden al centinela que estaba pendiente de él en lo alto de la torre. Era la batalla definitiva. Zahir debía salir de su parapeto y él haría otro tanto. Las puertas de la ciudadela no deberían abrirse más que si en último extremo lo mandaba el sultán, aunque éste sería invitado a abstenerse. Un mensajero le rogaría que atendiera al régimen interno del fuerte y que sobre todo no descuidara los refuerzos en todos los torreones y puertas. Era recomendable que Ismail Rayhan convenciera con tacto al sultán de su real capacidad intramuros. De la importancia de su entereza en todo momento y de no hacer ningún gesto innecesariamente peligroso. Trazó él uno muy leve con la mano y soltó las riendas de su caballo blanco Alaykum, que descendió a tumba abierta por la falda de la colina, lanzándose al punto álgido de la lucha.
Barquq había rodeado a la imponente, pero torpe, artillería en un anillo oblongo que giraba sobre animales, hombres y máquinas. Era tan impresionante ver el galope envolvente de los quinientos circasianos que los recién llegados empezaron a dejarse influir. Se oyeron voces airadas contra aquella vorágine en la que no podían competir con Barquq, hasta que los alejandrinos de la elipse exterior cambiaron de táctica. Trataron de romper el ritmo de los zahiríes, interrumpir la lluvia de flechas que casi nunca erraban, aquel trasiego de muerte hacia dentro y hacia fuera, hacia atrás y adelante alternativamente.
Rayaba en lo irrisorio que los de Ibn Muzaffar no hicieran apenas bajas, que fueran derribados con tanta facilidad por los mamelucos. Éstos ejecutaban sin cesar proezas de rapidez y puntería, iban como soldados a sus caballos, a los que por un pacto animal hubieran embrujado, les hubieran transmitido su inteligencia y sus reflejos. Ellos solos estaban anulando la maniobrabilidad de las máquinas de guerra. No habían dejado montar ninguna catapulta, que se aproximara a los muros una sola torre alejandrina.
Los artilleros no habían conseguido más que herir levemente a unos pocos de sus enemigos, habían disparado sin acierto los largos cañones portátiles que algunos llevaban al hombro y unos tubos lanzallamas allí inoperantes, unas granadas que no eran más que incendiarias cuando en aquel suelo no había nada que prender.
Sólo cabía atropellar a aquellos demonios de Barquq, oponer a su galope el superior volumen de los de Muzaffar, esperar que se agotaran los caballos y las flechas de los zahiríes, la suerte que les debía de regalar algún arcángel. Y de pronto sucedió. Una lanza se clavó por encima del pecho del caballo de Barquq y sus patas delanteras se doblaron de súbito. El jinete balbuceó un grito de maldición y salió despedido por encima de las orejas del animal. Fue coreado por una exclamación entre feliz y deportiva, como si cientos de hombres a la vez lamentaran un error indebido, el fallo idiota de alguna jugada perfecta.
Fue de nuevo la ocasión de Zahir, al que siguieron de inmediato Ashraf y doscientos jinetes como uno solo. El joven combatiente fue un rayo sobre las líneas enemigas. Pasó inclinado junto al caído, ofreciéndole su brazo derecho, y Barquq vio una bárbara admiración en los ojos del otro. Aún tuvo ánimos para cambiar su ira por una sanguinaria sonrisa. Dio media vuelta y se alzó como un relámpago invertido. Le sobró impulso para apenas apoyarse en el brazo de Zahir y se encontró montado a la grupa de su caballo. Continuó adelante todavía más rápido, los dos hombres tendidos sobre el lomo sudoroso, cubiertos por la irrupción de los de Ashraf.
Trataron de abrirse camino con las espadas y las mazas entre los tairíes, pero éstos se habían apelotonado en torno y el flujo de la elipse mortífera se había cegado. Pronto Barquq montaba uno de los caballos sueltos y empuñaba otras armas. Había salvado la vida, pero a un precio muy alto de heridos y muertos entre los suyos y entre los de Zahir y Ashraf. También se había ofuscado la táctica mameluca. Los caballos habían empezado a acusar el esfuerzo y respiraban enardecidos un viento de sangre y humo. Su valor no excluía el pánico en sus ojos, el trastabillar de sus patas y el adensamiento de sus horizontes.
La barahúnda y el mayor número de alejandrinos en aquel punto permitió reaccionar a los artilleros supervivientes, desgajarse del enzarzamiento general y avanzar hacia el fuerte con algunos cañones y catapultas a medio armar. Pretenderían abrir alguna brecha en los muros o derribar las puertas. Se encontraron con la llegada de los grupos de Farid al Bas y Mehmed al Qadimi, que tampoco les dieron tregua. Para colmo, las tropas de Yaharks al Khalili corrieron a auxiliar a los aprisionados de Barquq y Ashraf, y ya estuvieron todos los combatientes, menos los del interior del fuerte, en el mismo campo de batalla.
Todavía hubo mamelucos que se replegaron hacia Bab as Silsila, pero fue sólo para recuperar su método de lucha y para considerar su inminente victoria, la eliminación casi total del enemigo. Cuando volvieron a cargar, con el sol ya en declive, fue para rematar un exterminio sin tregua y sin piedad. Los campos entre el hipódromo y ar Rumayla quedaron cubiertos de hombres y caballos muertos, de máquinas desmanteladas y diseminados pertrechos, inútiles hogueras de fuego griego donde se quemaban las razones de los asaltantes, las banderas del águila de at Tair.
Por los espacios entre la explanada de Salah ad Din y la mezquita del Sultán Hasan cundía igualmente la catástrofe y la muerte. Los heridos eran rematados por los habitantes de El Cairo, que iban llegando en un gran abanico vengativo ante la ciudadela, por los aledaños de la imposible huida, junto a las puertas del palacio del emir Taz, de la casa que sería de al Muakhkhir y el monasterio del príncipe Shaykhu.
Desde las almenas del fuerte, donde daba el sol de la tarde, que caía por el Nilo, llegaban hasta los derrotados las burlas e injurias de los partidarios, más o menos sinceros, del sultán. Los adarves abarrotados eran vistos por los del campo con una connivencia triunfante que, sin embargo, degeneró en una torcida repugnancia. Aquellas caras de muñecos crueles avergonzaron por igual a vencedores y vencidos al extremo de interrumpir la masacre. Cesaron las persecuciones y el escarnio de los últimos hombres de Ibn Muzaffar. Después de los pocos que habían huido en las últimas horas o desertado a lo largo del día, no quedarían ni quinientos hombres del ejército verde, sin moral ni fuerza física siquiera para defenderse. El ataque había partido sin embargo de ellos y quizá por eso merecieran un ejemplar escarmiento.
Bastantes habían sido ejecutados ya inermes, y entre ellos estaban los jefes más cercanos a Ibn Muzaffar, que continuaba vivo. Lo habían hecho prisionero tras recibir varias heridas y aún se mantenía en pie, aunque muy abatido y titubeante. La multitud creciente lo reclamaba para hacer justicia por su mano, así como pedía que se le entregaran algunos cabecillas reconocidos por su saña anterior. En eso abrieron Bab as Silsila y el sultán en persona salió de la ciudadela cabalgando al trote, seguido por una nutrida escolta de soldados turcomanos. Por lo visto, había dejado al mando de la fortaleza a Ismail Rayhan y ahora llegaba para refrendar la victoria mameluca y decidir qué hacer con el jefe enemigo y la facción apresada.
La aparición de al Ashraf Shaaban produjo un gran silencio en la gente de El Cairo que cercaba a los desahuciados y en los propios maltrechos mamelucos, muchos de ellos también heridos o hastiados de sangre. En seguida se vio que el sultán iba dispuesto a rematar la tarde con violencia, a poner una firma siniestra sobre la lucha del fin del ramadán. Se acercó a at Tair y lo miró con desprecio a los pardos ojos de mono, que huyeron hacia abajo humillados. Recorrió el rostro macilento de acusados pómulos, la bien tallada nariz con un lunar al lado, el bigote de puntas brillantes y escurridas. Se retiró de nuevo hacia su caballo y, sin pronunciar palabra, descolgó el arco de la silla y puso en él una flecha, apuntando al jefe de los conjurados. Éste se irguió frente al sultán adoptando una pose algo rara, sin altivez ni jactancia, como con remordimiento y sin miedo, o para facilitarle la puntería.
Hubo un silencio cargado de aprensiones y Shaaban disparó el arco a poco más de diez codos de at Tair. La flecha partió con un bordoneo de la cuerda y fue a dar en medio del pecho del que esperaba. Rebotó increíblemente, haciendo que el hombre diera un traspiés hacia atrás, empujado por el impacto. Cuando se repuso del dolor, exhibió su perplejidad abriéndose las desgarradas ropas y mostrando la piel del pecho desnuda, en la que sólo se había marcado un punto rojo oscuro.
Shaaban gritó el nombre de Dios como si aullara un insulto y arrojó el arco y la aljaba. Montó otra vez a caballo de un salto atribuible a un cuerpo medio ingrávido, a un maniquí hueco. Desciñó su espada y dejó que el caballo fuera entre caracoleando y al paso hasta el hombre, que había evolucionado a una actitud de súplica. El sultán empuñó la espada con ambas manos y fue a descargar por la derecha un golpe contra Ibn Muzaffar. Levantó el arma y la hizo descender en una trayectoria muy distante del caballo. La hoja dio de lleno en el cuello semiofrecido y se hundió escasamente en la carne. Brotó un chorro de sangre y el hombre cayó al suelo de rodillas. Empezó a llorar ahogándose, aplicando ambas manos a la prolongada e insuficiente herida.
Fue entonces cuando entre Ashraf al Muakhkhir y Zahir al Muqaddim se tendió una mirada de disgusto, un insufrible desconsuelo que el circasiano jamás olvidaría. En fracciones de segundo Farid al Bas picó espuelas y fue detenido por un gesto fulminante de al Qadimi. Galopó el emir hacia Ibn Muzaffar y sobre la marcha desenvainó el alfanje. Se inclinó casi hasta la horizontal por la derecha de la silla y fue un trecho rozando el suelo con la punta del arma. La levantó oblicua y cercenó de un tajo desde el otro lado de la herida la infortunada cabeza de at Tair. Volaría el pensamiento del traidor por el aire y sería señal para que los mamelucos disparasen sus lanzas y flechas contra los restos del ejército acorralado.
Shaaban gritó un «¡basta!» que nadie en ese momento hubiera esperado e inmediatamente impuso calma con un ampuloso ademán y la orden de escuchar. Invocó de otro modo muy distinto el nombre de Dios y habló para los todavía numerosos mamelucos, para los hombres, mujeres y niños de El Cairo, y para las pocas decenas restantes de alejandrinos aterrorizados:
—Escuchadme bien todos —dijo—: Pido inspiración al cielo con el máximo fervor, pero no creo que haya palabras para expresar lo que siento, lo que hoy ha sucedido entre nosotros. Hemos vencido a los conspiradores, y yo, vuestro sultán, he salvado la vida. Hoy ha quedado demostrada vuestra lealtad y vuestro valor. Doy las gracias a mis emires y soldados, a todas las valerosas gentes de El Cairo. Sufro en mi corazón vuestros males y os prometo que haré lo que esté en mi mano para que en lo posible sean compensados. Pido perdón públicamente por haber confiado en personas indignas, personas que por fortuna ya han sido borradas de la faz de este reino, en el que no merecían vivir. Doy gracias muy especiales a mis emires Ashraf al Muakhkhir, Ismail Rayhan, Mehmed al Qadimi, Yaharks al Khalili, Farid al Bas, az Zahir Barquq, Sayf ad Din Sargatmish... y a todos los demás heroicos oficiales. Gracias a los ministros, cadíes y ulemas de El Cairo, al joven circasiano Zahir al Muqaddim, sin cuya temeraria entrada en mi cámara para avisarme de la traición no estaría ahora con vosotros. A todos alcanzará mi mejor recompensa, mis votos de larga vida y felicidad. Lloro en mi alma a los muertos, a los cientos de soldados y ciudadanos, hombres libres, mujeres, niños y esclavos, a cuyos espíritus les deseo la paz y la gloria de Dios, el paraíso eterno. Según mis noticias, por desgracia muy incompletas en este momento, sé que han caído en la lucha mis queridos Hasday at Tahri, Jaafar Husayn, Sayf Mabruk y at Timsah, aparte del joven emir Ibn Qulzum en Qasr al Ablaq y del viejo Abu Hatim en Heliópolis...
Zahir y Ashraf volvieron a mirarse conteniendo la emoción. Desearon que fuese errónea la información del sultán, pero ambos sabían que la lista de nombres lamentables y desgracias no se detendría en lo escuchado hasta entonces, ni en los datos que ellos tenían. Shaaban continuó hablando en su excelente árabe con leves brusquedades turcas. Dijo algo de los más de seis mil muertos en el ejército destruido de Abdallah ibn Muzaffar y en seguida conectó con el panegírico de los amigos muertos:
—No voy a decir —prosiguió— que sus vidas han sido un tributo por nada, porque nada debían. No diré que el sacrificio de nuestros familiares y amigos, de nuestros hijos y esposas —elevó la voz para evitar que se quebrara— no habrá sido en vano, porque me avergonzaría la aplicación póstuma de la vida de uno solo de ellos, de cualquiera de vosotros. Así me enseñó a pensar nuestro gran Ibn Tayfur, y así también seguramente a muchos de vosotros. Por eso, a pesar de nuestro dolor por tantas pérdidas irreparables, a pesar de la lucha ilegítima de estos miserables —señaló a los apiñados alejandrinos—, hoy debemos también honrar la memoria de ese hombre. Debemos hacer después de la victoria un gesto grande y noble como él hubiera querido, algo en favor de la vida y de nuestra magnanimidad.
Se volvió a los emires y preguntó:
—¿Cuántos prisioneros de entre los traidores de at Tair quedan con vida?
—Señor —se adelantó un mameluco muy joven—, yo los he contado ya dos veces y me salen doscientos noventa y nueve.
—Muy bien. Que cuente una tercera vez un cadí de El Cairo, y veamos si coincide.
La muchedumbre se apartó y dejó paso a un hombre anciano, que aún montaba con gran prestancia a caballo. Era el cadí Abdallah ibn Bakr al Habib, al que escoltaban dos de sus innumerables hijos. Habló con ellos cuatro palabras por lo bajo y los tres saludaron al sultán tocándose con arcaica ceremonia el pecho, la boca y la frente. Se pusieron a contar en silencio y por separado, hasta que pronto se reunieron asintiendo.
—La cuenta está bien hecha, Shaaban —dijo con voz estentórea el cadí—. Son doscientos noventa y nueve hombres. Ni uno más, ni uno menos.
—Si es así, conmigo serán trescientos...
La mayoría no comprendió qué quería decir el sultán con aquella frase. Ashraf suspiró contenido y torció la boca en un esbozo negligente. Shaaban ladeó las riendas y se paseó ante los prisioneros con el rostro muy concentrado y trémulo. La voz reverberó como en una caverna...
—¡Escuchadme, gentes de El Cairo! ¡Unos y otros acataréis mis órdenes! ¡Traidores de at Tair! Vosotros nos habríais torturado, si hubierais podido. De buena gana nos cortaríais la cabeza. Contáis con que os daremos la muerte, y es natural que así sea. En realidad ya estáis muertos. ¡Pero ahora vais a resucitar! No me importa lo que penséis. No se os ocurra dar las gracias. El sultán y el pueblo de El Cairo os dan una vida nueva. Hasta ahora mismo sois unos criminales y unos canallas. Cuando se ponga el sol (ya veis que falta poco), seréis lo que queráis. Presentes o ausentes, unidos o dispersos, seréis llamados «Los trescientos de Shaaban». ¡Sois libres! Podéis volver a Alejandría, embarcaros para Anatolia y uniros a nuestros enemigos de Adrianópolis o a los mongoles de Timur. Podéis arrojaros al mar o perderos en el desierto. Podéis quedaros en Siria o en cualquier lugar de Egipto. Y por último: también podéis quedaros a vivir en El Cairo, hacer los oficios que sepáis, y hasta entrar en el ejército del sultán. Pero tenéis que decidirlo ahora, antes de que se ponga el sol. Después...
Shaaban trazó un gesto dudoso con su mano izquierda y miró el horizonte de cúpulas en dirección al río. Uno de los alejandrinos adelantó dos o tres pasos y abrió la boca para donde el sultán se había vuelto. Tendría unos cuarenta años y mostraba en el rostro un tajo medio coagulado. Por fin habló con una serenidad que resultó zafia y escandalosa, difícil de soportar.
—Señor, ¿podemos hablar? —dijo.
—¡Debéis hablar! —respondió alterado al Ashraf Shaaban.
—Señor, fuimos obligados...
—¡Nada de justificaciones! —Se encabritó girando el caballo del sultán—. ¿Queréis que os arrastremos a todos como alimañas? ¡Queréis que os saquemos los ojos y os quememos vivos! ¡Es otra cosa lo que tenéis que decir!
—Pero señor —insistió el otro: seguramente no le importaba morir, no creería ya en la vida—, si nos quedamos en El Cairo, quién nos garantiza que no seremos perseguidos y asesinados...
—¿Aún queréis garantías? Nadie las tendrá. Quién me garantizaba a mí vivir, según vuestros planes. Quién ha garantizado la vida de los que habéis matado en vuestra inicua invasión de la ciudad. No agotéis nuestra paciencia. —El sol estaba a punto de alcanzar la tangente del horizonte—. Os toca decidir, demostrar si sois capaces de comprender nuestro gesto de nobleza e inventar la que no habéis tenido hasta ahora. Si os quedáis en El Cairo y os matan, será justo. No podríais quejaros. Pero si a los que os odian como merecéis les sabéis imponer que os respeten, y, nada más unos pocos, o uno solo, llegáis a vivir, habréis ganado mucho. No solamente la vida, ni solamente vosotros. ¡Y basta de palabras! Que cada cual entienda lo que pueda. ¡Y tomad el camino que os parezca!
Hubo un tiempo líquido de miradas y silencios, en el que Zahir observó con la mayor atención al sultán. Acusó la ofensiva contradicción humana, la necesidad de admirar el valor, la inteligencia, el encanto; la constatación de la pequeñez y la falsedad, la ceguera, la cobardía, el envanecimiento. Le conmovió la digna ternura de aquel hombre cuya frente se orientaba al crepúsculo, en cuyos ojos lucía la esperanza de que el sol no se ocultara.
Le decepcionó recordar la escena de la ejecución de at Tair, haber tenido que sentir piedad y, por qué no, afecto por el chapuceramente ajusticiado. Experimentó una devoción menesterosa en su alma, el desgajamiento del hombre Shaaban de sus propias palabras, la memoria insegura de Ibn Tayfur, la nostalgia de su desconocida patria. Sonrió sorprendido por pensamientos en los que una huérfana gratuidad le decía que el sultán no hablaba por sí mismo, que su discurso lo superaba aunque sólo él pudiera pronunciarlo. También se sorprendió deseando solidariamente que el día se detuviera. Contándose que unos ojos contemplaban el campo desde la ciudadela y lo eternizaban. Hasta que el milagro en cierto modo sucedió. Una suerte de celaje secante atravesó un canto del sol y fue como si lo suspendiera de una ilusión épica. Los que lo contemplaban parpadearon, interrogándose unos a otros. El hombre que había osado contestar a Shaaban dio un paso más al frente y dijo:
—Yo tomo este camino: Comprendo tus palabras, y me quedo. Espero que todos —se refirió a los suyos— hagáis lo mismo y seamos «Los trescientos de Shaaban» en su ejército. Los que estén de acuerdo, que den un paso al frente. Los que no, que desaparezcan de aquí y escapen adonde quieran...
Todos los prisioneros dieron ese paso y se quedaron clavados en el mito que de repente se había creado. Cruzaría por sus mentes el mismo celaje que detuvo el sol, la idea de que así podrían preservar la vida mejor que en cualquier otro destino. Que tal vez serían invulnerables a las armas vengativas de El Cairo, que el sultán al Ashraf Shaaban sería para ellos un espíritu protector, un águila que planearía más alto que la del emblema de at Tair.
Se retiraron las gentes con murmullos anochecidos. Tenían por delante muchas horas de trabajos fúnebres, de reparaciones y recuentos. Búsquedas entre ruinas y curas imposibles, oraciones y huidas por estrechos refugios. También se retiraron del sitio los mamelucos del sultán y desmontaron junto a las puertas de la ciudadela. Se dividirían por turnos en brigadas de reconocimiento que patrullarían toda la noche. Asimismo deberían concederse algún descanso y reflexionar sobre los hechos ocurridos. Aún tendrían que sofocar diversos incendios, lamentar daños inadvertidos, perseguir abusos causados por la revuelta.
Shaaban se encaminó a la fortaleza tras haber decretado tres meses de luto oficial, tres meses que habrían de poner a prueba la entereza de los ciudadanos de El Cairo, en los que deberían emplearse con el mayor denuedo en borrar las huellas del oprobio, encomendar las almas de los caídos, limpiar el aire de la traición. Citó a los emires, al diwan de los consejeros y a los cadíes para las noches siguientes y dijo que las puertas de la ciudadela estarían abiertas para todos. El mes de shawwal se reservaría para plegarias y trabajos obligatorios intensivos en mezquitas y madrasas, para restituir el orgullo de los hombres en la fe de Dios, en la fuerza de sus valerosos corazones.
Los trescientos de Shaaban serían los primeros en emplearse en una de las más importantes misiones de limpieza. En una fosa común, fuera de la ciudad, tendrían que enterrar a los seis mil compañeros derrotados, a los tairíes muertos en el aborrecimiento de una lucha ilegítima contra el sultanato. Luego se incorporarían como soldados rasos a Qasr al Ablaq y observarían una rigurosa disciplina hasta hacerse merecedores de confianza. Nadie con allegados muertos en la guerra sería castigado si mataba a un tairí y probaba sus motivos. Nadie podría sin embargo tomarse la venganza por su mano si algún culpable alejandrino era sorprendido en actitud de religiosa penitencia, en manifiesto arrepentimiento por sus crímenes.
Shaaban juzgó en principio suficientes estas providencias, más o menos concretas, que tendrían que irse desarrollando y corrigiendo con el paso del tiempo y la naturaleza de los acontecimientos futuros. Antes de entrar en palacio, pasó por la mezquita de an Nasir y estuvo rezando en público por los cientos de mamelucos y por los miles de habitantes de El Cairo que habían concluido el ramadán con tan indebida muerte.
Ashraf y Zahir llegaron cuando ya el sultán había comenzado su invocación personal. Le oyeron enlazarla con varias aleyas sobre la resurrección, que a ambos les sonaban, pero que no sabían de memoria. El recitado decía una vez más y repetiría luego en las voces de los almuédanos: En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. No hay nadie en los cielos ni en la tierra que no llegue a Él sino como siervo. Dios ha enumerado a todos los seres y los ha contado bien. Todos vendrán a Él uno a uno el día de la Resurrección. A quienes hayan creído y obrado bien, el Compasivo le dará amor. En verdad se ha hecho El Corán para anunciar la buena nueva a los que temen a Dios y para advertir con él a la gente pendenciera. ¡A cuántas generaciones hemos hecho perecer! ¿Veis a alguno de ellos o les escucháis el más leve susurro? Pero a los creyentes y a los que obraron bien, Dios los introducirá en jardines por cuyos bajos fluyen arroyos. Allí se les ataviará con brazaletes de oro y con perlas, allí vestirán de seda...
Zahir recordaría más tarde haberse dormido escuchando semejantes palabras. Confundió las voces de Shaaban y las salmodiadas esparcidas desde los minaretes. Se vio ante el sultán, que lo felicitaba por su valor. Le regalaba un caballo y estampaba su firma en un documento que luego le entregaba. Supo que estaba soñando y no despertó. Se encontró peleando contra un ejército de muertos entre los que estaban Sirhan Mahmud y Tijin Babr. Sonriendo, le daban las gracias por haberlos matado. Se vio hundiendo la espada en cuerpos blandos de los que no brotaba la sangre. Recordó que le tocaba el turno de patrullar por la ciudad y no venía nadie a despertarlo. La ciudadela estaba vacía y sólo vagaban por ella unos perros ciegos, unas lechuzas con rostros humanos.
Una de ellas se posó en la balaustrada del sabil kuttab y se quedó mirándolo en la sombra. Él tenía sujeto el rabel, pero no había forma de tensar las cuerdas. Al pasar el arco por ellas se tornaban elásticas. La lechuza no era un ave, era una mujer joven de una belleza nunca vista. Reposaba en el lecho del sultán y Zahir no podía llamarla porque no recordaba su nombre. Una serpiente aparecía deslizándose entre ropas amontonadas. La lechuza no echaría a volar a tiempo, ya que era posible que también estuviese muerta.
Había sangre en la balaustrada, o humo, suspiros agonizantes mezclados con chorros de agua. Los soldados, y él entre ellos, se estaban lavando ritualmente en la mezquita. Era después de una batalla de la que sospechaban que no había sido victoriosa. Tampoco era fácil hacer desaparecer la sangre de las heridas. Se confundía con la del enemigo, que les había manchado las espadas y las manos.
Zahir empezó a sentirse no en la extensión gaseosa del sueño, sino en el mundo de la conciencia sin imágenes. Pensó en los hombres que ya ni él ni nadie podrían volver a matar. En Mahmud y Tijin Babr, en los que habían sido blanco de su lanza y sus flechas. Recibió un áspero remordimiento y a la vez la ligereza del caballo, una inercia embriagadora en la que deseaba seguir atravesando cuerpos, ver cómo salían despedidos de las monturas y caían al suelo en una nube de polvo. Notó cómo se fraguaba el entusiasmo y la unión contra los infortunados, cómo no importaba matar a unos o a otros. Los contempló como si no fueran hombres. Sólo muñecos o pretextos para ejercicios militares. Obstáculos ardientes en una fiesta de confirmación. Señuelos de paja que por algún ingenio mecánico llegaran a moverse, a cobrar un remedo de vida, unos graciosos movimientos que los incitaban.
El durmiente tuvo la impresión de no encontrarse en su alojamiento de los cuarteles de Qasr al Ablaq. Iba a despertar y reincidía en el sueño. Tenía hambre y le dolía todo el cuerpo, pero ninguna de las dos cosas resultaba desagradable. Pensaba y soñaba a un tiempo. No podía recordar qué había hecho después de la batalla y su entrada en la ciudadela. Le golpeaban con insistencia las palabras de la oración del muecín. No sabía a qué resurrección se referían, si a la de otra vida edénica o a la de un regreso a la vida del mundo real, a la vida del cuerpo resucitado.
Le llegaron evocaciones olfativas del campo de batalla mezcladas con efluvios de cocina. Estuvo a punto de sollozar por no poder participar en aquella supuesta cena, colación de amanecida, o lo que fuera, que en alguna parte se preparaba.
Recreó la explanada de ar Rumayla y en ella una multitud que escuchaba los ecos sombríos de un discurso risible, un discurso repetido y repetido por el sultán, y acallado por un rumor de lamentos, de transidas alabanzas de mujeres a sus hijos y maridos muertos, de plañideras desgarradas e inconsolables.
Los hombres recogían destrozos y cadáveres. Había camellos, bueyes y caballos arrastrando carros y plataformas de madera, espuertas y varales que sujetaban redes atestadas de despojos sangrientos. Velos y crespones al aire, banderas y estandartes pisoteados, palmeras de las que surgían pavos reales ardiendo.
De pronto Zahir se dio cuenta de que estaba despierto y una luz tenue iluminaba una habitación desconocida. Se encontraba desnudo en un gran lecho cubierto de lujosos cortinajes. También era lujoso el resto de la cámara. ¿Estaba en la mansión de alguno de los príncipes mamelucos que ya se consideraban sus amigos? Todavía no lo supo, cuando tocó los cuerpos también desnudos de dos mujeres que dormían a ambos lados. Tuvo que reprimir un sobresalto. Reconoció que llevaba un tiempo soliviantado, asociando cercanas caricias a la memoria de Aruz, que naturalmente no podía ser ninguna de aquellas jóvenes esclavas. Comprobó los sopores del vino, la pesadez de su cuerpo sepultado entre plumas. Buscó por su pecho el talismán de obsidiana, mientras en su interior unos agolpados embates le hicieron reconstruir con rapidez los acontecimientos de los últimos días, la locura que había vivido y la presencia permanente de los ojos de Aruz en todas las cosas.
Reflexionó con seriedad sobre lo que le ocurría. No le importaban aquellas mujeres, ni el palacio del emir que fuera, el agasajo ni los parabienes pasados o venideros por sus arrestos o fortunas de armas. Le importaba Aruz. Haber caído plenamente en tal afán, en aquella luminosa pasión que lo redimía de su vida remota, de sus actos militares y hasta de su ser. Le resultaba desconcertante que el amor le hubiera hecho trámite de semejante excepción, que su carne y sus huesos hubieran sido traspasados así, elegidos por un azar tan prodigioso.
Oyó fuera de la enorme sala risas y pinzamientos de cuerdas, voces apagadas pero por la alegría de un mundo recién estrenado. Se levantó con cuidado y se acercó a una celosía que cubría un ajimez con columna de mármol. Entreabrió al alba que llegaba de pronto, al día claro de El Cairo en el que tantos éxitos, aunque en sentidos muy dispares, le aguardaban. Abajo descubrió un jardín de acacias y álamos, limoneros e higueras entre arriates de rosas y mirtos. Un estanque con ninfeas azules y lotos. Un poco más lejos, unas ruinas antiguas cubiertas por jazmines y yedra y varias clases de palmeras con caprichosas inclinaciones.
Oyó que por otra ventana más alta salía una voz de timbre muy agradable que entonaba una canción con acordes de laúd: «Camellero, detente junto a Bab al Mudarraj. / ¿Quién podría ayudar a un muchacho que sufre, / esclavo de unos ojos de tan clara hermosura? / Las manos del amor han tocado su alma. / ¿Qué pecado comete en lo que busca?»
Sonrió beatíficamente a pesar de que se sentía más fuerte que nunca. Más aún porque todavía no era lo suficientemente afortunado. Apenas le extrañaron los vericuetos del sueño que le habían conducido hasta allí desde la muerte, como si la amable amenaza hubiera de haber sido revelada sólo de aquel modo. Miró más lejos y vio las cúpulas y los minaretes de la ciudad. Al fondo distinguió a contraluz la silueta de Qasr al Ablaq en lo alto de la fortaleza. A su izquierda la mezquita de an Nasir ocultaba un recinto más recóndito, el lugar donde latía la voz mágica del autillo, el corazón bajo la media luna de un dirham de plata.