17
Dificultades en la Carretera
-E
ste parece un excelente lugar para almacenar cosas —dijo Henson, jovial.
—¿Cómo han entrado? —preguntó el ama de llaves.
— La llave estaba en la cerradura.
—Eso no me lo creo. Tendrán que marcharse ahora.
—No deseamos crearle ningún problema —dijo Henson—. Creo que ya hemos visto cuanto necesitábamos.
Henson comenzó a subir.
—Excelentes escaleras —dijo.
—¿Ha visto usted las esvásticas? —preguntó Esther a la mujer, como si acabara de descubrirlas.
—Las construyó el Schutzstaffel —dijo el ama de llaves— durante la guerra.
—Lástima lo de las cruces gamadas —dijo Henson—, parándose directamente delante de ella.
—Quitaron las celdas, pero la escalera es fuerte. ¿Por qué quitarla?
—Desde luego —dijo Henson.
Se quedó analizando el espacio del sótano como un futuro comprador que se imagina el mobiliario ya colocado, y entonces, por unos instantes, Henson y el ama de llaves quedaron frente a frente.
—Perdone —dijo él.
Con cara de nada, la mujer se echó a un lado. Esther y él caminaron a buen paso hasta el Citroën. El ama de llaves los siguió y se quedó mirándolos desde la puerta principal. Esther bajó la ventanilla.
—Nos pondremos en contacto con el doctor Toorn en cuanto podamos —gritó—. Gracias.
La mujer no dejó de mirarlos hasta que el coche cruzó el puente.
—Frau Blucher —dijo Henson, mirando por el espejo retrovisor.
—¿Quién?
—Frau Blucher —repitió—. Ya sabes —y relinchó como un caballo.
Esther no respondió.
—Tienes que ir más al cine. Da igual. ¿Qué te parece? ¿Otro callejón sin salida?
—Toorn y su esposa no son exactamente la pareja perfecta —dijo Esther.
—¿Algo que nos dé una pista sobre dónde puede estar?
—Había bastantes tarjetas de embarque. Debe de viajar mucho. Tal vez esté en el infierno con el doctor Mengele.
—Si todavía no está allí, llegará pronto.
Henson cambió de marcha y dio la vuelta en la carretera secundaria en dirección otra vez a la autopista.
—Muy bien —dijo—. ¿Qué hemos visto? Mientras lo tenemos fresco en la memoria, ¿qué hemos visto?
Esther miró a Martin, que estaba muy concentrado en la carretera. Aquella era una técnica que solían usar en el Mossad: recorrer relajadamente un edificio y luego repetir cada detalle observado tan pronto como fuera posible. Un agente que ella conocía era capaz de bocetar una habitación al detalle. Otro tenía un afinado sentido de las medidas, rara vez fallaba en más de diez centímetros al calcular las dimensiones de las cosas. La mayoría de la gente, como en su caso, podía desarrollar un poco esas habilidades con la práctica, pero algunas personas especiales eran espectaculares.
Cerró los ojos para visualizar su recorrido por la casa. Recordó el contenido de los cajones, los objetos que estaban sobre las mesas. Poco a poco iba notando que había algo extraño. Tenía alguna relación con la silla que parecía española. ¿Por qué? No tenía nada destacable.
—¿Estás sorprendida por algo que había en la casa? —le preguntó Henson.
—¡El apartamento! —dijo Esther—. No es lo que había, sino lo que no había.
—A mí me ha parecido que había muchos trastos en esta casa. El apartamento estaba bastante despejado.
—Es eso exactamente —dijo Esther—. En el apartamento de Ámsterdam había varios objetos caros. La silla Eames, el armario chino. El cuadro moderno.
—Tal vez pase más tiempo en el apartamento y deje a su esposa pudriéndose en la casa.
—Pero, piénsalo un momento —insistió Esther—. Es historiador de arte, uno de los grandes expertos en Van Gogh. ¿Qué signo de eso hay en su casa?
—Los libros. Pero tienes razón. ¿Cómo es posible que una persona de su sensibilidad no tenga ni un solo objeto de arte significativo en su casa?
—A menos que tuviera algún valor el cuadro ese antiguo de escena pastoral que había en la chimenea.
—A mí me pareció un cuadro de motel.
—A mí también.
Henson tamborileó sobre el volante.
—Tal vez le preocupen los robos. Puede que tenga objetos guardados en una cámara acorazada.
—A lo mejor está arruinado. Proveer para los cuidados de su mujer y ocuparse de los gastos de esa propiedad y de su apartamento en Ámsterdam equivale a una fortuna.
—¡De eso, nada! —dijo Henson, de repente—. Está huido. Se ha ido, eso es lo que ha hecho. A lo mejor tenía unos cuantos objetos valiosos y se los ha llevado.
—A Chile, quizá. ¿No era de Chile el pasaporte de Manfred Stock?
—Ya tenemos un sitio por donde empezar. —Henson señaló a un ensanchamiento del arcén junto a la carretera—. Voy a llamar a Interpol. A ver si podemos localizarlo en alguno de los vuelos hacia Sudamérica desde que desapareció.
—¿Hay algún modo de averiguar si depositó objetos en la caja de seguridad de algún banco?
—La policía holandesa sabrá cómo hacerlo —dijo Henson.
Tras descender por una pronunciada bajada, el coche se detuvo. Henson comenzó a marcar números en su teléfono móvil. Esther se quedó con la mirada perdida sobre los verdes campos.
Su padre seguía siendo la clave, pensó. Meyer tenía que ser Meyerbeer. Saqueó obras de arte para los Nazis en Vichy. Toorn fue su colaborador. Tal vez entraran en contacto durante la ocupación, pero tampoco era imprescindible. De alguna manera, Meyerbeer se apoderó del Van Gogh de Minsky y huyó con él a Estados Unidos, donde se convirtió en Samuel Meyer. Tal vez Toorn tenía miedo de que Meyer pudiera identificarlo y por eso mandó a Stock a que lo silenciara para siempre. Tal vez el lienzo que estaba en la casa de Meyer fuera una falsificación de Toorn; los expertos no habían llegado aún a considerarlo un auténtico Van Gogh, aunque parecían proclives a ello. Pero entonces, ¿por qué había dicho Toorn que era auténtico? Si Stock trabajaba para Toorn, había ido a Chicago a conseguir el autorretrato, sin embargo Esther estaba segura de que Toorn se había quedado realmente atónito al ver la pintura que encontraron en el desván de su padre. Esther se tocó las sienes. Todo aquello daba vértigo.
—Sí... —decía Henson al teléfono—. Tiene que haber viajado en primera, no cabría en un asiento de clase turista... Bueno, sí, supongo que podría haber sacado dos billetes... Sí, y si con eso no sirve, pruebe con las compañías de vuelos chárter. Cualquier parte de Latinoamérica y en especial, Chile. De acuerdo.
Esther advirtió un camión que venía hacia ellos, a toda velocidad, por la estrecha carretera. Era un camión de mudanzas, con el símbolo de Mercedes grande y reluciente sobre el radiador. Henson levantó la vista cuando pasó rugiendo e hizo temblar al Citroën.
Esther giró bruscamente la cabeza y gritó:
—¡Rápido! ¡Deja el teléfono! ¡Ahora mismo!
Se oyó el chirrido de las ruedas en la grava cuando el camión se detuvo de repente.
—¡Es Stock! —dijo Esther, gritando.
Henson miró hacia atrás por encima del hombro al oír el engranaje del camión cuando le metían el cambio mientras empezaba a sonar el piloto de alarma de la marcha atrás.
—¡Vamos a necesitar ayuda! ¡Refuerzos! ¡Es Stock!
Henson buscó a tientas las llaves para arrancar el Citroën.
—¡Rápido!
El camión ganaba velocidad, balanceándose en la estrecha carretera. No tenían armas, Esther lo sabía, pero Stock siempre iba cargado.
El Citroën reaccionó y Henson metió rápidamente la marcha, pero ya tenían encima al camión. Las ruedas levantaron gravilla y el coche subió a la carretera, pero un borde del camión chocó contra el lateral trasero y empujó al Citroën, que quedó atravesado en el camino. La enorme puerta trasera del camión les bloqueaba la visibilidad, y parecía una porra gigante de aluminio que fuera a aplastarlos.
Henson giró el volante a la derecha todo lo que pudo y aceleró. El humo de las ruedas de los dos vehículos los rodeaba, pero ni las del camión ni las del coche lograban agarrarse a la grava y a la tierra. El camión cambió de marcha y salió hacia adelante. Esther buscaba en vano el pasador de la puerta, sin saber muy bien dónde estaba ni si sería capaz de abrirla a tiempo. Henson alternaba entre la marcha adelante y la marcha atrás, provocando que el coche se tambaleara, aunque permanecía estancado en la misma posición, atravesado en la carretera. Entonces el camión metió otra vez la marcha atrás y empezó a acelerar hacia ellos.
Cuando ya estaba muy cerca, las ruedas traseras del coche dejaron de patinar y el Citroën avanzó unos cuantos metros. Era un giro muy cerrado para lograrlo en un solo intento, y la rueda delantera izquierda patinó y se salió de la carretera. El coche colgaba con la rueda girando en el aire sobre la acequia, cuando el camión los embistió por detrás. El metal chilló y el coche, con el motor todavía encendido, se sacudió y se deslizó hacia abajo por el terraplén. Justo antes de que se ladeara y se hundiera en las aguas bajas, Esther abrió su puerta y se tiró rodando sobre la grava.
Pero la parte trasera del camión descollaba, amenazante, y para cuando se había incorporado sobre las rodillas ensangrentadas, tuvo que echarse cuerpo a tierra para que el chasis no le aplastara la cabeza.
El camión se detuvo tambaleándose. Más allá del diferencial, Esther vio un par de zapatos negros relucientes que se plantaban en el suelo: el conductor abandonaba la cabina. Dio primero unos cuantos pasos hacia el morro del camión, vaciló un instante, y fue luego hacia la parte de atrás. Esther pensó que el conductor no estaba seguro de si estaban armados o no. Oyó el inconfundible clic de una pistola semiautomática. Entonces se deslizó por debajo del camión como una serpiente, notando sobre la espalda el calor del tubo de escape.
—Schnell! —oyó que alguien gritaba—. Haast!
El hombre ya había llegado a la parte trasera del camión. Quien hubiera gritado esas palabras no se bajó. Esther rodó, alejándose de la acequia, y se arrastró con el cuerpo adherido al suelo. Cuando había dejado atrás la rueda trasera, vio la espalda del hombre. ¡Stock!
Miraba alrededor para cerciorarse de que no venía nadie en ninguna de las dos direcciones de la carretera, apuntó la pistola y se dirigió hacia la acequia.
Esther se levantó con sigilo y vio que el coche había dado una vuelta de campana y descansaba sobre el techo. Aunque la acequia llevaba apenas unos centímetros de agua, si Martin estaba inconsciente, podía ahogarse.
Se acordó entonces de que Yossi Lev le había dicho a Martin que desarmada era tan peligrosa como cualquier hombre armado. La vanidad puede llevarte a la tumba, pensó, pero no tenía nada más que grava y hierba a su alcance.
—¡Sal! —gritó Stock— ¡Sal o disparo!
Ninguna reacción desde el coche volcado. Stock hizo un movimiento como si fuera a meterse la pistola en la cintura del pantalón. Ese era el momento apropiado, pensó Esther. Pero en lugar de guardarse el arma, la cambió de mano y disparó a la parte trasera del coche.
Trataba de prender fuego al depósito de gasolina.
Un paso, dos pasos sobre la grava, y Esther se abalanzó sobre él por detrás, para golpearle la espalda con los pies. Al oír el ruido, el hombre se dio media vuelta. La patada lo alcanzó de lleno en la axila y lo empujó contra el coche, al que le dio un trastazo, perdió el equilibrio y cayó al agua. Tardó unos segundos en volver a moverse. Aturdido, intentaba recobrar fuerzas, pero había perdido el arma y luchaba por no perder también la conciencia, mientras el agua grasienta, cubierta por una capa de gasolina, se le arremolinaba alrededor.
—¡Martin! —gritó ella— ¡Martin!
Esther notó el olor a gasolina y se lanzó ladera abajo. Henson, cubierto por los brillantes fragmentos del cristal de la luneta, trataba de salir por el estrecho espacio que quedaba entre el techo y la ventanilla.
El camión comenzó a rugir en la carretera, y Esther oyó el cambio de marcha.
—¡Deprisa! —dijo, tirando del codo de Henson— ¡Son dos!
El coche se movió y pareció que iba a salir rodando sobre Henson y a partirlo por la mitad. Esther se plantó en la zanja pegajosa y empujó con fuerza hasta mantenerlo en su sitio. Por la ventanilla salieron primero las caderas de Henson, luego las piernas y por fin los pies descalzos.
—¡Rápido! —exclamó ella— ¡Rápido!
Frenética, Esther miró al camión y, para su sorpresa, vio que se alejaba por la carretera en dirección a la propiedad De Groot. Una vez que Henson estuvo fuera, Esther dejó de ejercer presión contra el coche, que cayó varios centímetros más antes de estabilizarse. Esther arrastró a Henson y lo llevó hacia la zona de hierbajos mientras él musitaba algo incoherente.
—¡Ajá! —dijo Stock, que estaba de pie en equilibrio lábil, con el cuerpo cubierto de barro y grasa, del otro lado del Citroën, mientras los apuntaba con la pistola.
—No voy a cometer el mismo error por tercera vez —dijo, riéndose—. ¡Perra judía!
A Henson se le fue aclarando la vista a medida que tomaba conciencia de dónde estaba y de lo desesperado de la situación. Esther buscaba ansiosa con la mirada algo que le sirviera de arma mientras ayudaba a Martin a ponerse en pie. Al apretarle el pecho para equilibrarlo, sintió la pluma estilográfica en el bolsillo de la camisa. Habría deseado que se tratara de la funda de una pistola de gran calibre. El campo que los rodeaba estaba meticulosamente despejado. Las únicas piedras eran las utilizadas para construir la berma y eran demasiado grandes. No había ramas ni troncos. Un trozo del parabrisas, algunas bandas decorativas del coche, el espejo retrovisor... Si Stock se les acercaba lo suficiente, tal vez pudiera lanzarle un puñado de barro a los ojos. Pero no tenía que acercarse tanto para dispararles.
—Todo el mundo lo está buscando —le gritó Martin—. No puede huir de todo el mundo.
—Tengo más amigos de los que usted se imagina, señor Henson. Muchos policías.
—Lo mejor que el dinero pueda comprar, supongo —contestó Henson.
—En las más altas esferas —dijo Stock—, uno o dos están conmigo.
—Pero a mi gente no la puede comprar —le dijo Esther—. Llevan más de medio siglo capturando a cabrones como usted y cuando lo encuentren, lo matarán. Eso se lo prometo.
—Es posible, pero no lo creo. Ya basta de charla. ¿Dónde está la lista?
—¿La lista?
—La de Samuel Meyer.
—¿Mi padre tenía una lista? —ese era el asunto, pensó Esther.
—Vamos, vamos. Me obligáis a caer en tópicos. Podéis morir después de una larga agonía o de forma rápida —les dijo Stock, sonriente, disfrutando de su superioridad, gozando de su papel de asesino—. Vosotros elegís.
—No sabemos nada de ninguna lista —dijo Henson—. ¿Qué lista?
—Meyer se lo contó a ella, por eso estaba allí.
—Fui a ver a mi padre —dijo Esther—. Se estaba muriendo.
—Y tú vas a morir pronto. Después de tu amigo.
—Muy bien —dijo Henson, dirigiéndose a Esther—. Si dispara, se le volará la mano. Vámonos de aquí.
Tomó entonces a Esther por el codo y la hizo dar la vuelta despacio, como si la guiara para empezar a subir por la carretera.
Stock abrió bien los ojos mientras apuntaba.
—¿Creéis que por un poco de agua se me va a encasquillar? —les dijo, con sorna.
Arqueando cómicamente una ceja, Henson señaló a Stock.
—El cañón está lleno de barro.
Stock pestañeó y, lentamente, se acercó la pistola a la cara para echarle un vistazo sin dejar de controlar a sus prisioneros, y cerciorarse si Martin lo estaba engañando. En ese fugaz instante de confusión, Henson se agachó, agarró un trozo de parabrisas y se lo lanzó como si fuera un enorme naipe. Esther y Henson se tiraron al agua cada uno en direcciones opuestas. Stock esquivó el cristal, que se estrelló contra el parachoques trasero y lo cubrió de mil trozos brillantes. En respuesta, Stock disparó en dirección a Henson, pero en la fracción de segundo que tardó en apuntar a Esther, explotó el depósito de gasolina que tenía delante.
Expulsado hacia atrás por la onda expansiva, Stock cayó al agua, por cuya superficie se extendió rápidamente una llama anaranjada. Del otro lado del coche, Esther se agitaba en el barro para alejarse del fuego. Cuando se detuvo, vio la columna de humo negro que subía en espirales hacia el cielo. El hedor de los neumáticos quemados y las ráfagas de calor la mareaban y le hacían lagrimear, pero no dejaba de mirar para localizar a Henson entre las malezas.
—¡Martin! ¡Martin!
Cuando subió a la calzada para tener una visión más amplia, no vio el camión por ninguna parte. Pero el humo seguía cegándola mientras intentaba encontrar a Henson. Se ponía cada vez más frenética e iba y venía por la carretera, hasta que decidió tirarse a la acequia por el lado opuesto, corrió haciendo un rodeo del coche en llamas y se asomó para mirar. El humo todavía la perseguía y la visión era aún más dificultosa, hasta que un cambio de dirección de la brisa dejó al descubierto a Stock, como una mano que descorriera un velo negro.
Estaba de pie, cubierto de barro, con el pelo, la chaqueta y los hombros chamuscados, y caminaba en dirección opuesta a la de Esther, tambaleándose como el monstruo de Frankestein. Mantenía la pistola levantada.
A gatas, Martin trataba de zafarse de la errática puntería de Stock.
—¡Martin! —gritó Esther, al tiempo que cogía un puñado de grava y se la lanzaba a su enemigo con toda la fuerza de que era capaz.
Sólo unos cuantos guijarros golpearon la espalda de Stock, pero atrajeron su atención.
Se dio la vuelta, y Esther vio que tenía la cara quemada y ennegrecida, con un ojo cerrado del hinchazón. Stock se sonrió al verla. Tenía sangre en los dientes. Esther se echó al suelo cuando la pistola restalló y, corriendo en zigzag, trató de refugiarse tras la berma, pero un segundo disparo la obligó a echarse cuerpo a tierra, sin dejarla mover con la rapidez necesaria.
Oyó entonces un horripilante grito ahogado —¿sería Martin?— y volvió a salir a la carretera. Oyó el forcejeo de una pelea cuerpo a cuerpo, levantó la cabeza y vio a Henson encaramado a la espalda de Stock. El asesino se sacudía y revolvía, intentando quitárselo de encima. Disparó a la cabeza de Henson, que se mantuvo a horcajadas sobre sus espaldas, levantó la mano como un jinete de rodeo y la dejó caer con fuerza en el cuello de su enemigo. Cuando la retiró, un chorro de sangre salía de la carótida de Stock. Henson lo golpeaba con la mano una y otra vez, pero seguía oponiendo resistencia. Esther corrió hada ellos y saltó a la zanja. Stock, revolviéndose aún para quitarse a Henson de encima, se tambaleó, se estremeció unos instantes y cayó hacia atrás, aplastándolo.
Esther se tiró de rodillas sobre su brazo para bloqueárselo y le quitó la pistola, pero Stock ya no oponía resistencia, tenía la pluma estilográfica de Henson enterrada hasta la mitad en el cuello sanguinolento.
Con los ojos en blanco, Henson emitió un gemido. Esther se metió la pistola en la cinturilla del pantalón, y tiró del hombro de Stock con las dos manos. Cuando logró liberar a Henson del corpachón, Stock expiró, y una burbuja de sangre le salió por la boca y por los agujeros del cuello.
Henson se incorporó hasta sentarse, miró alrededor, aturdido, y advirtió la presencia de Esther. Le sujetaba la cara entre las manos y le observaba las pupilas, que aumentaban y disminuían de tamaño según la conciencia se recuperaba, estabilizada.
—¿Te encuentras bien? Dime, Henson, ¿te encuentras bien? ¡Nos has salvado la vida!
Él trató de ver qué había detrás de Esther.
—Stock está muerto —le dijo ella—. Tengo la pistola.
—Gracias por el consejo.
—¿Qué consejo?
—Tocaste la pluma. En mi bolsillo.
—Lo has hecho todo tú solo, tonto. Nos has salvado la vida.
Él pestañeó.
—Con un gran ayuda, señora.
Volvió a gemir mientras Esther le ayudaba a ponerse de pie.
—¿Y tú? —preguntó él— ¿te encuentras bien?
—Bueno, con arañazos, golpes, y algo chamuscada —contestó ella—. El otro que iba en el camión era Toorn.
—Ya lo sé —dijo Henson, al tiempo que limpiaba de barro el zapato que acababa de recuperar del agua—. ¿Dónde están los móviles? —preguntó, mientras se ponía el zapato con gesto de dolor—. Tendríamos que avisar a la policía holandesa.
—Pues estarán dentro del coche, en el agua, ¿quién sabe? A mí no me importaría atrapar sola a ese cabrón.
Henson no contestó. Se había quedado con la mirada baja sobre el cuello de Stock.
—Mi Montblanc.
—Encuentras otra igual en cualquier sitio. Te compraré todas las que quieras si pillamos a Toorn.
—Era un regalo de mi mujer —dijo él.
—Ah —dijo Esther—. Entonces... si quieres le damos la vuel...
—No, da igual. No importa —dijo Henson, que empezaba a salir de su estupor—. ¿Cuántas balas quedan en el cargador?