10
La Bolsa de Deportes de Vincent
H
éctor Arce-Bartol trabajaba en la sección de equipajes desde 1985. No le habían ido mal las cosas, pues tras superar que fuesen a la bancarrota dos compañías aéreas para las que trabajaba, se hizo supervisor de grupo en la empresa Northwest, que se ocupaba de los vuelos de KLM en Chicago. La noche anterior comenzó como cualquier otra. Él se había quedado dormido durante la retransmisión de un partido de béisbol poco emocionante: Kansas City 11, Chicago 6, y después lo despertó su esposa, Miranda, para que subiese a darles un beso de buenas noches a sus cuatro hijas. Pensó que Serena, de ocho años, tal vez tuviese algo de fiebre, pero las gemelas, de tres años, se quedaron dormidas enseguida, y Teresa, de seis, protestó como de costumbre por tener que acostarse antes de las diez.
Después, la noche era suya. De Héctor y de Miranda. Algunas veces veían un vídeo y se tomaban una cerveza, otras veces veían una de las telenovelas de Univisión, que Miranda seguía, y otras se daban una ducha juntos y luego hacían el amor relajadamente. Esa noche iban a compartir un pastelillo de hojaldre con nata. Héctor y Miranda habían convertido ese acto en una tradición que compartían en secreto. En su primera cita, exactamente once años atrás, habían compartido un pastelillo de hojaldre con nata, y ella se rió cuando un pegote de nata se desprendió y le quedó colgando del mentón como si fuese la perilla de un viejo.
Estaban lamiéndose los dedos mutuamente cuando César, el perro, aulló. Los dos estuvieron atentos un instante pero no oyeron nada más. Muchas veces a César lo picaba algún insecto o lo arañaba el gato del vecino, aunque no oyeron el chillido habitual del gato. Miranda alargó la mano y cogió el último trozo de hojaldre para metérselo a Héctor en la boca. Pero de repente se quedó helada, con el hojaldre en el aire. Al principio Héctor creyó que era algún tipo de juego nuevo, pero el rostro de su mujer le indicaba que no estaba de broma.
Volvió la cabeza y vio a un hombre rubio, corpulento, que los apuntaba con una pistola negra.
—No griten —dijo el hombre—. No querría hacerles daño a las niñas.
—No —dijo Héctor, tragando saliva—. Llévese lo que quiera. El estéreo es nuevo.
—Nadie sufrirá ningún daño —dijo el hombre—, a menos que me obliguen. Y supongo que no querrán obligarme.
El hombre señaló las ventanas de la fachada con una bolsa de deportes en la mano izquierda. Héctor se fijó en que la bolsa llevaba el logotipo de KLM.
—Cierre las cortinas. Vamos a estudiar las alternativas. Apaguen las luces, como si se hubiesen ido a la cama.
—Si le hace daño a Miranda... —dijo Héctor.
—Entonces no me obligue. Entren aquí.
Entraron en la cocina. Les ordenó que se sentasen en el lado opuesto de la mesa de comer. Puso la bolsa de deportes delante de él.
—Bien, ahora mantengan las manos sobre la mesa y no hagan tonterías. Yo les diré lo que tienen que hacer.
Miranda se dio cuenta de que los guantes que llevaba brillaban con manchas de sangre que empezaban a secarse. Se acordó del aullido del perro y tuvo que morderse los nudillos para estarse callada.
Héctor lloraba y respiraba por entre los dedos, tapándose la boca con la mano. El detective Thomas se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro. Nadie habló hasta que Héctor recobró la compostura.
—Me dijo que tenía que ir al trabajo como siempre —contó Héctor—. Yo tenía que meter la bolsa de deportes en el avión que salía para Ámsterdam. Una hora después de que el avión despegase, dejaría en libertad a Miranda y a mis hijas.
Thomas le echó una mirada fulminante a Esther. ¡Dios mío! Pensó ella.
—Miranda dijo que no, que no debía meter aquella bolsa en el avión, que iban a morir cientos de personas. Entonces el hombre dijo que si no lo hacía, cuando volviese a casa no tendría una familia esperándome. Aun así, Miranda no paraba de decir que no debía hacerlo, que Dios nos protegería. El hombre se sorprendió por eso, pero tenía la mirada fría como la de una serpiente y va y dice... —Héctor respiró entrecortadamente y se limpió el sudor del rostro.
—Siga —dijo el agente especial Marsden.
—Me dice que nos da tres minutos para elegir cuál de las niñas va a morir. Tenía que demostrar que iba en serio. Tal vez una de las gemelas, nos dice. Tenéis una de sobra. No la echaréis de menos.
Una corriente de aire frío atravesó como un fantasma la habitación acordonada.
—No matarás a ninguna niña, le digo yo. Escucha tu corazón. Pero él sólo mira el reloj de la cocina. Le supliqué. Pasa un minuto y Miranda se pone de rodillas y le suplica y se agarra a las piernas del hombre y no para de decir que sí, que hará lo que sea, que haremos lo que sea, y yo pienso que me muero si lo veo hacer daño a Miranda o a mis niñas. Pienso que tengo que saltar sobre él como un tigre y tirar de él hasta que me mate porque no puedo ver morir a mis hijas.
Héctor perdió el control y se puso a llorar otra vez.
—No te preocupes —dijo el detective Thomas—. Te comprendemos.
—Entonces el hombre va y dice: muy bien, que él no quiere matar a nadie, que sólo quiere que ponga la bolsa de deportes en el avión que sale para Ámsterdam —Héctor extendía los dedos en señal de desesperación—. Le dije que eso era casi imposible hoy en día, que había cámaras de vigilancia, perros, seguimiento de equipajes. Entonces me dijo que sabía que yo podía descubrir cómo meterla. Que yo habría pensado en eso por lo menos cien veces. La verdad es que si trabajas allí, piensas en ello, más que nada porque no quieres que otra persona lo haga. Pero eso no implica que tú puedas ponerla. Y entonces pienso que sólo son drogas. Que él no quiere hacer daño a nadie, sólo quiere pasar drogas. Pero pienso que eso no puede ser. Si pone en libertad a Miranda y a las niñas una hora después de que despegue el avión, todavía puedo llamar y contarlo, y la policía estaría esperando al avión. Entonces me doy cuenta de lo que tiene que ser, quiere que ponga una bomba en el avión.
»Le explico que no es fácil meter una bolsa extra en la zona de equipajes, ni mucho menos. Que me van a pillar. Le explico que me es más difícil todavía meterla en el avión. Ya no es como antes. Entonces me dice que soy supervisor. Que está seguro de que descubriré el modo de meterla. Yo le digo que no sé. Y me dice que se me ocurrirá una manera, que tengo que idear una manera.
—Entonces —dijo el agente del FBI que tomaba notas—, él conocía los pormenores de tu trabajo.
—¡Vino a mi casa! —dijo Héctor— ¡Mató a mi perro!
Marsden se metió por medio.
—¿Hizo algún comentario sobre el motivo que tenía para volar el avión? ¿Dijo algo sobre política o religión?
Héctor se quedó pensativo y luego negó con la cabeza:
—No, de eso no dijo nada.
—¿Estás seguro?
Héctor reflexionó y luego se encogió de hombros.
—Simplemente dinos lo que sucedió —dijo Thomas.
—Estuvimos horas sentados en la cocina, luego nos llevó al salón y nos dijo que descansásemos en los sofás hasta el amanecer. Yo cerré los ojos, no para dormir, que me resultaba imposible, sino para rogar que desapareciese porque todo era una pesadilla y no podía ser real. Cada vez que los abría, allí estaba sentado, erguido, en la silla de la cocina, recto como un soldado de hojalata, mirándonos, sonriendo con los dientes apretados, como un niño tonto. Nunca está cansado. Pienso que matará a Miranda y a todas mis hijas, haga yo lo que haga. Entonces mira al reloj y dice: Ya es la hora, y me da la bolsa. Miro a Miranda según salgo por la puerta y la veo llorar. Me dice: «te perdono. Te perdono todo».
—¿A qué se refería con esas palabras? —preguntó Thomas.
Héctor casi saltó de la silla.
—¡Que ya no la vería viva nunca más!
Thomas asintió con la cabeza.
—Y entonces pienso que ella quiere decir que no lo haga, pero yo pienso que sí tengo que hacerlo. ¡Mis hijas! La única oportunidad que tienen es si lo hago, y luego pienso que nadie debe descubrir nunca quién lo hizo porque mis niñas tendrán que vivir sabiendo que sus vidas se han comprado con doscientas o trescientas vidas. Y para mí valen todo eso. Lo siento, pero es así. Pero cuando llego al aeropuerto y veo a los pasajeros en coches y en taxis y los veo dándose besos de despedida y pienso que tienen hijos también, y madres y hermanos y padres, de todas maneras me digo que voy a hacerlo porque no tengo la fuerza suficiente para dejar morir a Miranda y a mis hijas.
—Nadie puede echarte ninguna culpa —dijo Thomas—. Yo tengo hijos y por ellos iría al infierno.
Héctor habló sin pestañear:
—Yo estaba en el infierno. ¡Estaba allí! O mataba a mi propia familia o mataba a muchas familias. ¿Cómo tomar una decisión?
Henson miró a Esther a los ojos. Ella se sentía como si se hubiese tragado una bola de plomo fundido hasta el fondo del estómago. De repente comprendió que, por la razón que fuese, el tal Manfred Stock estaba dispuesto a volar un 747 entero con tal de matarla.
Thomas puso otra vez la mano en el hombro de Héctor:
—No podías hacer nada. El hombre sabía que no tenías elección. Sólo el que creyeras que tenías alguna elección demuestra que eres más hombre que la mayoría de nosotros.
Héctor levantó la vista como si le tratasen con benevolencia.
—¿Así que nunca metiste la bolsa de deportes en la zona de equipajes? —preguntó el agente especial Marsden.
—No, la dejé en el maletero del coche. Entré para ver si era realmente posible. Era como él había dicho. Soy supervisor. Yo conocía al que estaba de servicio en la puerta. Pensé que podría distraerle cuando otros entrasen.
—Si conoce algún resquicio en el sistema, tiene que comunicárselo a seguridad —dijo el segundo agente del FBI.
—Pensé que tal vez pudiese meter la bolsa de deportes dentro de alguna maleta, para que no hubiese un bulto de más al contarlos. Pero tenía que hacerlo después de que hubiesen pasado por el chequeo aleatorio, y entonces me empezó a preocupar el hecho de que, si lo hacía demasiado pronto, los perros podían pasar por allí.
—¿Y detectar el olor a plástico?
—¿El qué?
—El explosivo.
—Sí, el explosivo.
Esther pensó que era una trampa innoble. La pregunta estaba formulada con la intención de averiguar si sabía de qué estaba compuesta la bomba.
—Tenía que encontrar la manera de hacer lugar en una maleta. La mayoría de las maletas que van a Europa van tan llenas que no iba a poder meter la bolsa de deportes en ninguna sin sacar ropa y zapatos, o algo así. Iba a parecer que estaba robando cosas del equipaje.
—¿Así que dejaste la bolsa de deportes en el coche hasta que hubieras tomado una decisión?
—Sí, en el maletero. Se me pasó por la cabeza hundirla en el váter, pero, ¿y mis hijas, qué? —Héctor tomó un sorbo de agua.
—Hemos aislado el coche —dijo Marsden—. Dentro de unas horas extraerán la bolsa.
—Me quedé esperando, sin saber qué iba a hacer. Pensé que iba a tener que hacerlo, coger una bolsa del carro, y que los demás pensasen que tenía algún motivo.
—Pero no lo hiciste.
—Para mí era un auténtico infierno —Héctor se santiguó—, pero el Señor me salvó —Héctor señaló hacia arriba—. De pronto me dicen que tengo una llamada telefónica. Creí que era el hombre que me llamaba para controlar que todo iba bien, pero oigo a Miranda y no me puedo creer lo que dice —otra vez le saltaron las lágrimas.
—El hombre se había marchado —declaró Marsden.
—Usó su teléfono móvil para llamar a alguien. Luego metió a Miranda y a mis niñas en el cuarto de baño y se marchó. Mi mujer no tardó mucho en salir de allí.
—Estamos registrando el avión por si hubiese más de un artefacto —le dijo Marsden a Henson.
—Tenemos que sacar el lienzo del avión —dijo Henson—. Podría ser la clave.
—No podemos actuar precipitadamente —dijo Marsden y miró a Esther.
—Ya lo sé —dijo Henson—. Pero haz que sean conscientes de su importancia.
Un policía uniformado abrió la puerta de la abarrotada habitación.
—Ya están aquí —fue lo único que dijo.
Una mujer entró corriendo en la habitación y se abrazó a Héctor, colgándose de su cuello. Dos niñas pequeñas se escurrieron por entre las piernas del policía y, en cuestión de segundos, los cuatro Arce-Bartol se besaban y lloraban y se susurraban cosas entre lágrimas. Entonces el policía se hizo a un lado y todos vieron un cochecito doble. Poco después los seis estaban fundidos en un abrazo.
—¡No puedes echarle la culpa a ella! —dijo Henson—. Te precipitas a sacar conclusiones. Puede que este Manfred Stock vaya a por mí.
El detective Thomas levantó el puño y lo estampó con ganas sobre el escritorio metálico. Sonó como una explosión lejana. El agente especial Marsden y él habían llevado a Henson y a Esther a una habitación adyacente y después Thomas los había reprendido con dureza.
—Calma —dijo Marsden.
—Vale, de acuerdo —dijo Thomas—. Se produce un incidente con rehenes y luego se me notifica de que el tal Stock está involucrado. Y cuando llego aquí, ¿quién resulta ser el objetivo? ¡Nuestra amiguita de Israel!
—Yo no soy su amiga —dijo Esther, sin convicción.
Henson se inclinó adelante hasta encararse con Thomas.
—Se suponía que iba a tomar el vuelo de El-Al, señor, no el de KLM. ¿Cómo podía el hombre saber que ella iba en el vuelo de Ámsterdam? La convencí de que me acompañase esta misma tarde. Stock mantenía a los familiares de Héctor como rehenes desde quince horas antes.
—Pero compraste el maldito billete ayer —dijo Thomas—. A nombre de Esther Goren.
Esther miró a Henson.
—Era un billete reembolsable —dijo Henson.
—Eso no tiene nada que ver —dijo Marsden.
—No podía estar seguro en cual de los vuelos embarcaría —dijo Esther—. El de KLM o el de El-Al.
—Ahora bien, si yo fuese un maldito asesino —dijo Thomas—, apostaría por el billete más reciente. ¿Vosotros no?
—¿Te apostarías un 747 entero? —preguntó Henson.
—Depende de las ganas que tuviese de matar a Esther Goren —dijo Thomas—. Tal vez considerase que un avión colmado de personas era un precio bastante razonable.
Esther sintió de nuevo el peso de la bola de plomo en el fondo del estómago. Pensó en el malhumorado hombre del periódico, que estaba sentado a su lado en el avión, pensó en la cola de niños, de ancianas y de parejas que esperaban con ansia el despegue hacia Ámsterdam.
—Podría tratarse de un acto terrorista —dijo Marsden.
—No lo llevó a cabo —dijo Henson—. Habló por teléfono y luego abandonó a las rehenes. ¿Por qué?
—La bomba ya estaba en camino —dijo Marsden.
—Pero él tenía claro que la señora Arce-Bartol llamaría a su marido. ¿Podría interpretarse como una advertencia? ¿Tal vez no tenía intención de hacer estallar el avión?
Marsden casi gruñó:
—No era una bomba grande, según me dice mi gente. Sin embargo lo más probable es que derribase el 747. En llamas. Haría un agujero en el fuselaje, arrancaría de cuajo el sistema hidráulico. Eso bastaría. La bomba consistía en un núcleo de explosivo plástico sujeto a un dispositivo fulminante de polvo de magnesio.
—¿Magnesio? —Henson se acordó de la casa de Samuel Meyer.
—Arde a una temperatura increíblemente alta, como recordareis por las clases de química del colegio. No deja de ser irónico que también se emplee en aleaciones para reforzar el aluminio del fuselaje de los aviones.
—¡Qué aleccionador resulta todo eso! —gruñó Thomas, y se volvió hacia Esther— ¿No le parece que ya es hora de que nos explique quién es Manfred Stock?
—Es el hombre que mató a Samuel Meyer —dijo Esther y se encogió de hombros—. Es lo único que sé.
—Parece que no siente la menor curiosidad por ese hijo de perra —dijo Thomas.
—El hombre que mató a su padre —la acosó Marsden.
—¡Qué sabrá usted de mi padre! —dijo Esther— ¡Para mí no era un padre! ¡Se fue cuando yo era un bebé!
Esther se dio cuenta de que una sofocación le recorría el cuello hasta las orejas.
—Fue su madre quien lo abandonó —la corrigió Marsden, con una sonrisita de suficiencia que pedía a gritos una bofetada.
Se le tensaron los músculos de los antebrazos, pero se agarró a los brazos de la silla para aguantar las ganas que tenía de lanzarse al rostro de Marsden, como se había lanzado antes contra Henson.
—Habrá tenido un motivo. ¡El que fuese! ¡Mi padre nunca formó parte de mi vida! ¡A mí qué me importa él!
Henson alargó el brazo para calmarla con una caricia, pero ella lo rechazó dándole una palmada en la mano.
—Recorrió miles de kilómetros para ver a su padre —dijo Thomas—. Y por casualidad él tiene un Van Gogh en el desván, y por casualidad también Manfred Stock en esos momentos está a punto de asesinarlo. Luego, Stock recurre a los métodos más extraordinarios para volar el avión en el que viaja usted. ¿Sabe lo que le digo? Por casualidad sucede que soy policía, por si no se había dado cuenta. Los policías no creemos en las casualidades. Las coincidencias no forman parte de nuestro mundo.
Esther se retrepó en el asiento, le hervía la sangre. Hubo un prolongado silencio.
Henson se levantó deprisa y se situó entre Esther y sus interrogadores.
—Mirad, siento estropear esta fiesta tan divertida, pero creo que ya os ha quedado claro que este es un asunto que está más allá de vuestras jurisdicciones.
—No me vengas con esas —dijo Thomas—. Tengo un asesinato, un incidente con rehenes y un perro muerto, todos pendientes de resolver.
—Un acto terrorista es un caso más apremiante que descubrir quién ha robado una pintura —dijo Marsden.
—Robada de los hogares de seis millones de judíos muertos —dijo Esther.
Estaban en un callejón sin salida.
—Mira —dijo Henson—, si se soluciona un caso se solucionan todos. Cuéntame quién es Manfred Stock, todo lo que sepas de él. ¿Dónde averiguaste su nombre? —se dirigía a Marsden, aunque Thomas era el que había usado el nombre completo de Stock. Lo más probable sería que ese tipo de información procediese del FBI, y no del Departamento de Policía de Chicago. Además, Henson tenía más influencia sobre los federales.
Cuando Marsden apretó los dientes y se le quedó mirando desafiante y en silencio, Henson añadió:
—Hablaré con el fiscal general del Estado por ese teléfono y te convertirás en un hazmerreír.
Marsden lo miró con ojos asesinos, pero contestó:
—Manfred Stock es de nacionalidad chilena. Su nombre está relacionado con varias empresas de allí. Uniformes para el régimen de Pinochet. Ganaderías. Minería. Según los informes que nos dieron, tiene más de ochenta años.
—Nuestro hombre es de mediana edad —protestó Esther—. Cincuenta y cinco, diría yo. ¿No escuchó al hombre de los equipajes?
Henson levantó las manos con desesperación:
—¡Miranda Arce-Bartol no fue retenida como rehén por un hombre de ochenta y dos años!
—No, pero el chileno que tomó el vuelo al aeropuerto de Los Ángeles dos días antes del asesinato de Samuel Meyer se llamaba Manfred Stock. Se ajustaba a la descripción del hombre que pasó por el control de pasaportes.
—¿Y en su pasaporte ponía que tenía más de ochenta años?
—No, esa es la respuesta que nos enviaron de Chile cuando les preguntamos por Manfred Stock.
—¡O sea que hay dos Manfred Stock! —exclamó Esther.
—No —dijo Marsden—. El hombre debió falsificar un pasaporte con el nombre de Stock. O quizás el gobierno de Chile nos dio los datos de un Manfred Stock equivocado. Muchos emigrantes alemanes llegaron a Chile durante el siglo XIX. Los apellidos alemanes son corrientes allí. Sabemos que nuestro hombre alquiló un Buick ayer en el aeropuerto de Midway.
—Le encontraremos si está en esta zona —dijo Thomas.
—¿Dijeron los chilenos si el auténtico Manfred Stock era coronel? —inquirió Esther.
—De sus fuerzas armadas, no. Ni honorífico, ni nada parecido —dijo Marsden.
—Meyer lo llamaba SS-Standartenführer Stock —dijo Esther—. Estoy segura. Entonces el asesino dijo que él no era el coronel. ¿Podría Meyer haber confundido a este Manfred Stock de cincuenta y cinco años con un Manfred Stock de más edad que conociese años atrás?
—El padre o el tío del asesino, tal vez —dijo Henson—. O quizás el asesino no fuese ninguno de los dos, y Meyer se dejó llevar por algún recuerdo de la guerra.
—Te olvidas de que alguien entró en Estados Unidos bajo el nombre de Manfred Stock —dijo Esther—. Pensar que eso y el fallo de memoria de Meyer son una coincidencia es estirar demasiado el hilo.
—No creo en las coincidencias —repitió Thomas.
Marsden se cruzó de brazos:
—Quiero saber qué tiene que ver todo esto con el Mossad —dijo, con firmeza.
—Nada —dijo Esther—. Yo no sé nada del Mossad.
—Perfecto. Nos encontramos con dos, perdón, con tres atentados contra la vida de una agente del Mossad, ¿y el Mossad no tiene nada que ver? Disculpe mi hebreo, señora, pero eso no es kosher. Es una falsificación.
Sonó el teléfono. Marsden dejó que sonara tres veces más, a la espera de la respuesta de Esther, que lo miraba como si estuviera haciendo una radiografía de su cerebro.
—¿Nadie cogerá el teléfono? —dijo Henson.
Marsden levantó el auricular, se volvió de espaldas y hablaba en voz baja.
Thomas jugueteaba con un lapicero:
—No tiene ningún derecho a traer la guerra de su gente aquí, a mi Chicago —dijo él.
—No tiene nada que ver con el Mossad —repitió ella.
Marsden colgó el auricular de un golpe:
—Un avión militar de la OTAN los llevara a los tres a Ámsterdam.
—¿Un avión militar? —dijo Esther.
—¿A los tres? —dijo Henson.
—Gentileza del gobierno holandés —dijo Marsden—. Tú, Esther Goren y el Van Gogh.
Marsden miró a Thomas:
—Así que esto es todo lo que nos va a contar.
—¿Estás de broma?
—Ordenes directas del Departamento del Tesoro y del fiscal general.
Thomas movió la cabeza de lado a lado, luego se inclinó hacia delante y extendió las manos:
—Vamos, por favor, extraoficialmente. Meyer está muerto. Un camarero está muerto. El pasaje entero de un avión ha estado en peligro sólo porque usted iba en él. ¿Se va a quedar ahí sentada, diciéndome que no hay ninguna relación con el Mossad?
—Aunque fuese cierto que la señorita Goren trabajara para el Mossad, no implicaría necesariamente que haya relación alguna —dijo Henson—. Y además, ella sólo es una agente de viajes.
—Venga ya —suplicó Thomas—. Todos estamos detrás de lo mismo, ¿o no?
—Es una coincidencia —dijo Esther.
Thomas protestó:
—Ya sabe lo que pienso de las coincidencias, ¿no? Pero, ¿quién diablos soy yo? ¡Ni siquiera puedo retenerla en Chicago!