13
Una Excursión Campestre
-¿C
ómo está tu madre? —preguntó Henson cuando por fin pudo relajarse porque el tráfico era más fluido.
Acababan de cruzar las afueras de Ámsterdam y se dirigían por la autopista A2 hacia Utrecht. Más adelante tendría que estar pendiente de la salida hacia Ede-Wageningen por la A12, pero todavía faltaba mucho para eso.
—Sigue más o menos igual. Me aseguraron varias veces que físicamente su salud era buena. No quiero que muera sola, aunque no sea consciente de mi presencia.
—Te comprendo.
Esther estuvo a punto de decir: «¿Ah, sí?» pero se acordó de que él era viudo y consideró que tal vez lo comprendiese incluso mejor que ella.
—Quizá no tenga importancia —dijo ella.
—Tienes que aceptarte a ti misma.
—Lograrlo no siempre es fácil —dijo ella, mirando por la ventanilla—. También hablé con Yossi Lev. Me presiona muchísimo para que trabaje contigo.
—Bien.
—No me gusta que me presionen.
—A mí tampoco —dijo Henson—, pero no dejes que eso te impida actuar de modo razonable.
Dio un golpe de volante y adelantó a un camión cargado de barriles de cerveza, luego le echó una ojeada al horizonte.
—Es un país realmente hermoso —dijo.
—Demasiado verde. Demasiado húmedo.
—¿Ah sí?
—Como el paraíso. A propósito, ¿cómo te fue en el Barrio Rojo?
—Cené en un restaurante indonesio, De Kantijl, en de Tijger. Me atiborré. Lo siento, pero estaba lejos del Barrio Rojo. A las diez ya estaba en la habitación del hotel. Vi las noticias de la noche de la NBC.
Esther le dio una palmada en el muslo.
—Qué historia tan buena te has montado, ¿eh? —le dijo—, y la piensas mantener, ¿verdad? Con tantos detalles, resulta un poco forzada, parece inventada.
—¿Acaso parezco un tipo que se ha pasado toda la noche de juerga? —preguntó Henson.
—No, pero es gracias a los genes tan estupendos que tenéis los de Kansas —dijo ella.
Beekberg era una pequeña ciudad con casas pintorescas y calles estrechas. Henson y Esther se dirigieron al ayuntamiento y se presentaron al único concejal que estaba en su despacho esa tarde. Cuando lo pusieron al corriente de lo que buscaban, los llevó a un archivo que había en la segunda planta, donde una mujer rolliza supervisaba la reorganización de los muebles archivadores. El museo De Groot estaba ubicado en un colegio católico femenino. Era lo único que sabía aquella mujer. Su abuela había estudiado allí. Gran parte de la ciudad había sido blanco de bombardeos durante la guerra y nunca fue reconstruida. Señaló una fotografía de 1945. Apenas se podía reconocer el ayuntamiento. Los edificios de alrededor habían quedado reducidos a escombros.
—Mi padre decía que antes muchos habitantes de la ciudad eran judíos. Por eso hubo tanto bombardeo cuando se acercaban los británicos.
Henson asintió con la cabeza.
—Si la comunidad judía era tan extensa, puede que haya archivos en el museo Yad Vashem —dijo Esther.
—Señora —le preguntó Henson a la holandesa— ¿queda vivo alguien que pueda recordar algo más sobre el museo De Groot?
La mujer entornó los ojos en un esfuerzo por recordar.
—¿Antón? —dijo, y se encogió de hombros.
—¿Antón qué?
—Houdelijk, un librero.
La librería estaba a unos metros del lugar donde habían aparcado el coche de alquiler. No había letrero alguno y estaba en uno de esos edificios de hormigón construidos en la posguerra para aliviar la escasez de viviendas. El escaparate, sin embargo, era bastante anticuado. La ventana consistía en un bastidor de cuadrados y cada uno de ellos llevaba su cristal. Hubo un tintineo cuando Henson abrió la puerta. Había una campanilla que pendía de un muelle. Esther entró con cuidado. Había revistas viejas y libros apilados caóticamente por el suelo y en los estantes combados, como si el propietario se acabase de mudar, pero las gruesas capas de polvo y el olor a moho ponían de manifiesto que llevaban años almacenados.
Un anciano que vestía una camiseta amarillenta y unas zapatillas apergaminadas entró por una puerta baja que había al fondo. En su nudosa mano derecha llevaba una pipa negra, pero no parecía encendida. Dio la impresión que no le quedaba muy claro si había alguien en la tienda o no.
—Dag —dijo el anciano.
—¿Habla inglés? —preguntó Henson.
—Ja —dijo él—. Era la lengua de mi madre.
—Me llamo Martin Henson y ella es Esther Goren, mi colega.
—Ja?
—¿Es usted Antón Houdelijk?
—Sí, soy yo.
—Me pregunto si podría ayudarnos. Queremos saber todo lo que esté relacionado con el museo De Groot.
—El autorretrato, ¿no? —asintió el hombre—. El Van Gogh.
—Pues sí, eso es lo que nos interesa.
—¿Son ustedes de los que lo reclaman?
—No —dijo Henson—. Tenemos la intención de devolvérselo a su legítimo propietario.
La agria expresión de Houdelijk se retorció hasta convertirse en una sonrisa. Le faltaba un diente.
—Tal vez debiera ser yo.
—Créame, si usted demuestra que es el legítimo propietario, nos aseguraríamos de que se lo entregasen.
La expresión agria volvió a su rostro.
—Estoy de broma, joven. ¿Qué iba a hacer yo con una casa repleta de florines? ¿Comprarme un ataúd de oro? A un joven como usted no le daría tiempo a gastárselos en toda su vida. ¿Pero a mí? Ja!
El anciano caminó con paso suave hasta un escritorio abarrotado de libros y al sentarse, la silla crujió.
—¿Se acuerda usted del museo De Groot? —preguntó Esther.
—Claro que sí, claro que sí. No era nada del otro mundo. Había un jarrón griego que me gustaba bastante. Tenía un grabado de Aquiles y Héctor.
—¿El Van Gogh? ¿Lo recuerda?
—Oh, sí, una chapuza. El tipo ese era un loco en Holanda, luego se va a Francia, donde la locura es religión y ya es un arrrtista. Desde Rembrandt no ha habido ningún gran pintor. Fue el fin de la pintura. Hizo que todos creyesen que tenían que ser originales, ser arrrtistas. Y eso es el final del arte.
—Puede que tenga bastante razón —dijo Henson.
—Estoy en lo cierto —dijo Houdelijk—. Después de que lo saquearan los alemanes, el museo no tenía nada que exhibir, así que no volvió a abrirse. El colegio nunca había ido bien, los granjeros se fueron de esta tierra, y no quedaron suficientes estudiantes. Cerró en 1949, y las monjas se fueron a la India.
Esther se acercó más al escritorio:
—Tenemos muy poca información sobre aquellos días. ¿Hay algo que usted recuerde del museo y, en especial, del Van Gogh?
Houdelijk se puso a pensar un momento mientras mascaba la boquilla de la pipa apagada.
—Había un vestíbulo con un guardia, luego la sala principal, con diversos objetos que habían coleccionado Mijnheer y Mevrouw De Groot y sus hijos; cosas como aquel jarrón. Algunos objetos de una sinagoga que los españoles quemaron durante las guerras de Flandes. Luego había un pasillo, con cuadros de paisajes colgados en la pared. Casi todos eran de artistas locales de finales del siglo XIX. Cuadros que ya no le interesan a nadie, pienso yo. De vacas, rebaños de vacas, ordeñadoras entre la bruma, cosas de esas. Algunos eran buenos.
—Cuadros de motel —dijo Henson.
Houdelijk se quedó algo confuso por el comentario, pero prosiguió:
—El pasillo conducía hasta la antigua capilla de la familia De Groot. Era redonda con ventanas altas. Sobre el antiguo altar estaba apoyado el autorretrato del lunático ese. Lo tenían todo colocado como si su arte fuese la apoteosis de todo el arte. ¡Sobre el antiguo altar! —el anciano movió la cabeza de un lado a otro para mostrar su disconformidad—. Pero de ese modo era más fácil de proteger. Sólo había una forma de entrar y salir. Piet Duik estaba sentado justo a la entrada de la capilla para vigilar. Bromeábamos con que nunca salía de allí.
—¿Qué pasó con Duik?
—Bergen-Belsen.
—¿Era judío? —preguntó Esther.
—No, era católico. Pero escondió a una judía en el desván. Creo que estaba enamorado. Eso fue lo que me contó mi padre. Tampoco nos gustaba mucho el director del museo pero murió de la misma manera.
—¿Entonces Gerrit Willem Toorn no era el director?
—Después lo fue. Hoogen era entonces el director. Su nuera era comunista.
—O sea, ¿que los nazis lo detuvieron y Toorn pasó a ser el director del museo?
—Sí, aunque era muy joven, no había nadie más. El era el secretario de Hoogen. Se decía que le escribía las cartas porque a Hoogen eso no se le daba bien. Hoogen quería regalar parte de los objetos artísticos.
Esther y Martin se miraron.
—¿Regalar? —preguntó Martin.
—Dicen que le envió unas cuantas cosas al mariscal de campo Göering, y fue por eso que los alemanes empezaron a interesarse por la colección. Fue así como se enteraron. Después de todo, Beekberg no es Rotterdam.
—Intentaba comprar su seguridad, ¿no es así?
—La de su nuera. Quizá quisiese ocupar un cargo más importante —dijo Houdelijk—. También podía ser eso. No le salió bien. A ella la mataron a tiros en la calle, y Hoogen y su hijo desaparecieron en Bergen-Belsen.
—Usted tuvo la suerte de sobrevivir.
—Bueno, yo no era judío —dijo Houdelijk—. Mi aspecto era muy ario, y ellos no conocían mis verdaderos sentimientos —se quedó mirando fijamente como si escrutase en el pasado—. Me animaron a que me hiciese miembro de los nacionalsocialistas holandeses. Mi padre me convenció. Él tenía una radio y yo oía cosas aquí y allá. Luego él se las transmitía a los ingleses por radio. La reina Guillermina le concedió una medalla. La reina en persona —señaló hacia un expositor polvoriento—. Éramos unos espías excelentes.
En la penumbra, apenas lograron ver la condecoración de su padre.
—Fueron muy valientes.
—No soy ningún héroe, me resultaba difícil saber qué hacer. A menudo dudaba si lo que hacía era lo justo —según decía aquello, fue como si le leyese el pensamiento a Esther—. Eso suena muy mal hoy en día, lo sé, pero entonces corrían otros tiempos.
—¿Ha dicho que Toorn redactaba las cartas que Hoogen le escribía a Göering?
Henson tomó nota porque podía ser una pista. Seguro que muchas de las cartas a Göering no habían sido destruidas durante la guerra.
—Oh, sí. Gerrit era miembro del partido, y de los más entusiastas.
—¿Del partido nazi?
—Ja, ja. Por eso continuó en el puesto de director.
—¿Por qué dice que era de los más entusiastas?
—Porque se pavoneaba —Houdelijk sonrió—. Se ponía el uniforme y sacaba la barbilla como Mussolini.
—¿Participaba en las agresiones que sufrían los judíos? —preguntó Esther.
—Un poco.
—¿Qué quiere decir con «un poco»? —inquirió ella.
—Incitaba a los matones, hacía discursos. A veces le daba una patada a alguna víctima que ya estaba en el suelo, pero todo eso era teatro, en realidad era un blandengue.
—¿Y nunca tuvo que dar explicaciones por todo eso? —preguntó Henson.
—Mis jóvenes amigos, ustedes son guapos y fuertes, o así lo creen. No tienen ni idea de cómo eran las cosas entonces, unos flaqueaban un poco, otros mucho más... El gobierno no podía castigar a todos los que habían sido débiles. No podíamos fusilar a la mitad de los holandeses que habían sobrevivido. Fusilamos a suficientes como escarmiento. Ya teníamos demasiadas matanzas.
—¿Así que su amigo Toorn se libró de todo?
—Señorita, no tengo por qué hablar con usted, ¿sabe? Soy un viejo —se echó hacia atrás en la silla.
Henson le dio un toque en el codo a Esther y ella se retiró un poco, con la vista puesta en el suelo.
—Cualquier cosa que nos diga será de gran utilidad para nosotros —dijo Henson.
—En primer lugar —dijo Houdelijk—, Gerrit no era amigo mío. Testifiqué en contra de él.
—¿Entonces, fue juzgado?
—Sí, pero lo absolvieron. Dijo que sólo había fingido. Que después de lo que les había pasado a Hoogen y a Duik no le quedaba más remedio. Además alegaba que había hecho algunas falsificaciones y se las había vendido a los alemanes a un precio muy alto.
—¿Falsificaciones? —Esther levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Henson.
—Sí, mostró recibos que supuestamente habían sido extendidos en Berlín, correspondientes a unos cuadros y un objeto de bronce, que todavía estaban en la colección.
—¿Quién hizo las falsificaciones? —dijo Henson— ¿Él mismo?
—Antes de ser el secretario de Hoogen, estudió arte en Rotterdam. También fue profesor de arte en el colegio —el anciano entornó los ojos—. Sí, así fue, dijo que los había hecho él mismo y que había escondido los originales.
—Supongo que eso fue considerado un acto de patriotismo por la reina Guillermina —dijo Esther.
—Toorn les dijo a los jueces que era una prueba de la estupidez de los alemanes y que con eso les restaba recursos económicos.
—Que iban directamente a sus propios bolsillos —dijo Henson.
Houdelijk frunció los labios, como si hubiese probado algo amargo.
—Oh, devolvió el dinero. Por eso lo absolvieron, en realidad, con eso se compró la libertad. Nunca quedó claro por qué el Reich pagó por algo que podía robar.
—Espero que le costase una fortuna —dijo Esther.
—Ach —exclamó Houdelijk en holandés, haciendo un gesto con la mano —era el dinero de la viuda. Durante la ocupación, Toorn se ponía el uniforme y cortejaba a la viuda De Groot. No sé por qué se casó con él...—concluyó, y se encogió de hombros.
—Tal vez tuviese miedo de los nazis.
—Eso es verdad —dijo Houdelijk—. Cualquier persona decente les tenía miedo.
Henson miró a Esther:
—Mijnheer Houdelijk, ¿recuerda usted a alguien que se llamase Stéphane Meyerbeer?
—¿Un poeta francés?
—No —dijo Esther—, alguien de aquella época, de los días de guerra.
Houdelijk negó con la cabeza.
—Tal vez viniese al norte a finales de la guerra desde la Francia de Vichy.
—Todo era un caos, el ataque sobre la ciudad de Arnhem y todo eso. Había refugiados por todas las carreteras. No recuerdo a nadie que se llamase Meyerbeer.
Henson metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una ampliación del permiso de conducir de Samuel Meyer.
—Sería más joven en aquella época —dijo él.
Houdelijk forzó la vista y luego negó con la cabeza.
—¿Y a este hombre, lo reconoce? —le mostró el retrato robot de «Manfred Stock». Houdelijk se rascó el cuello, pero tampoco lo reconoció.
—Ah, sí, un dibujo —dijo—. Me ha traído algo a la memoria. Jovencita, mire en esa estantería, en el segundo estante de arriba. El libro del lomo rojo.
La encuadernación del libro estaba tan descolorida que Esther lo señaló con el dedo:
—¿Este?
—El de al lado.
Se estiró para llegar hasta el libro y luego extrajo poco a poco con las uñas el volumen polvoriento. Houdelijk parecía disfrutar de su figura estilizada mientras se empinaba para alcanzar el libro. Estaba en muy malas condiciones. El encuadernado apenas lo mantenía unido mientras Esther lo bajaba. Un par de hojas salieron volando.
—Es una edición conmemorativa. Canta las excelencias del colegio y del museo.
Esther recogió las hojas que se habían desprendido. En una de ellas había una fotografía de un grupo de veinte o treinta alumnas, flanqueadas por monjas robustas. En la segunda había un dibujo de línea, minucioso, de un fusil antiguo, una especie de arcabuz o mosquete de mecha. Esther se la pasó a Henson con delicadeza. Las hojas estaban tan quebradizas que muchas tenían rajas, y las esquinas se habían desprendido.
—¿Cuándo se editó este libro? —dijo Henson.
—No lo sé, antes de la guerra.
Esther examinaba con atención otra fotografía de grupo.
—Los profesores —dijo—. Toorn es el tercero de la izquierda. El que tiene cara de bebé.
—La fotografía no es muy nítida. Parece más joven que las estudiantes.
Con mucho cuidado pasaron varias páginas de texto.
Después del primer tercio, el libro estaba dedicado al museo. Había unos grabados de diversos edificios de la finca De Groot y bocetos de los objetos del museo.
—Esto podría sernos de gran utilidad —dijo Henson—. Es una relación más o menos completa de la colección.
—¿Por qué no hicieron fotografías? —dijo Esther.
—Ah, señorita, en aquella época hubiera supuesto un gasto enorme. Había que hacer placas y fotocromos. El papel habría tenido que ser de mejor calidad. La familia De Groot era generosa, pero un tanto austera.
Al final del libro figuraba el Van Gogh, reproducido a lápiz. La copia era de muy mala calidad. Los amarillos de la chaqueta, el azul de los remolinos de aire que había alrededor de los cabellos pelirrojos del artista habían sido copiados con líneas precisas pero torpes. Carecía de la fluidez que caracteriza al consumado artista de bocetos. La mano de Vincent en la parte inferior del dibujo, entre los dos botones de la chaqueta, parecía más una garra que una mano.
—Este es —dijo Henson.
—Y el boceto es de Toorn —dijo Esther, señalando la firma que había debajo del dibujo.
—A mí no me parece que tenga mucho talento —dijo Henson.
—No creo que engañase al mariscal Göering —dijo ella.
—Exacto.
—Nunca le creímos —dijo el anciano, levantando la pipa apagada —pero los jueces estaban ya cansados de todo. Todos estábamos cansados.
—Pues yo no estoy nada cansada —dijo Esther.
—Ya se cansará —dijo Houdelijk—. El mundo no da tregua, nos agota a todos. Sí, a todos.