16
Mevroum Toorn
E
sther y Henson se pasaron por el pied-à-terre de Toorn, por si hubiera vuelto por allí. No daba la impresión de que hubiera entrado nadie en el apartamento de Ámsterdam desde la primera vez que Esther había visto el cuadro, pero había pruebas suficientes de que Toorn era consciente de que identificaba erróneamente el Van Gogh de Chicago como el Van Gogh del De Groot, así que decidieron descolgar el autorretrato de Toorn de la pared de su dormitorio y lo pusieron a buen recaudo en el maletero. Demasiadas bombas incendiarias y desapariciones en el último mes. Salieron después hacia la casa de campo de Toorn, la antigua propiedad De Groot, cerca de Beekberg. Esther conducía mientras Henson hablaba por el móvil con la policía holandesa y con Interpol.
El hombre conocido como Manfred Stock o Gerhart Brewer no había sido localizado pese a la orden de captura internacional. Hasta donde sabían las autoridades, no había salido de la Unión Europea con ninguno de esos dos nombres, pero ¿quién podía saber cuántos nombres más tenía, con sus respectivos pasaportes? En cualquier parte del mundo se puede conseguir un bote de tinte para pelo. La policía local había pasado el día anterior por la casa de campo de Toorn, pero según habían informado después, el ama de llaves que vive allí decía que no tenía ni la menor idea de dónde podía estar el señor Toorn. Henson le pidió a su contacto en Interpol que examinara en los archivos en busca de documentos sobre el juicio por colaboración relacionado con Toorn, que tuvo lugar en 1947, y que hiciera copias. Cuando acabó de hablar por teléfono, pensó en que tal vez el viejo Antón Houdelijk o alguna otra persona podría identificar a Stock o arrojar algo de luz en la discrepancia de los botones.
Mientras conducía, Esther pensaba en su madre. La ponía enferma considerar la posibilidad de que Samuel Meyer pudiera ser Stéphane Meyerbeer, pero el choque habría sido diez veces peor para una mujer que había estado internada en campos de concentración, había sido torturada por sus carceleros y violada después por las supuestas tropas salvadoras. Quizá el Alzheimer fuera el resultado de todo el mal que había padecido. Se le había quedado atrapado en la memoria y actuaba como un veneno que la debilitaba, hasta el punto de que el olvido se convertía en el único antídoto. Esther se había dicho a sí misma que continuaba aquella investigación por su madre, pero sabía que su madre jamás se iba a enterar de la mayor o menor verdad que lograra extraer de todo aquello, ni podría apreciarla. No. No le quedaba más remedio que admitir que lo hacía por ella misma, pero era muy probable que tuviera que seguir viviendo sin haber encontrado una respuesta. Su madre podría haberle dado esa respuesta, pero ya nunca volvería a hablar. El autorretrato de Van Gogh podía darle la respuesta, pero, ni siquiera con todos aquellos expertos, parecía sencillo que llegara a expresarse. Al final, tenía que admitir que quizá terminará con más preguntas que al comienzo.
Después de informarse sobre la dirección en el Ayuntamiento, ella y Henson se encontraron recorriendo una estrecha carretera rural, flanqueada por profundas zanjas. Era tan estrecha que dos Fiat en direcciones opuestas tendrían dificultades en pasar a la vez. Justo cuando dejaban atrás un montecillo, el camino giraba a la izquierda, y Esther dijo:
—¡Ahí está!
El terreno descendía hasta un arroyo que pasaba bajo un puente de piedra. En lo alto de la loma se erguía una sólida mansión de piedra, de tres plantas. Era tan firme y compacta como los edificios de correos o las bibliotecas del siglo XIX. El terreno estaba cubierto de hierba bastante agreste, salvo en la pequeña zona que bordeaba la casa. Esther detuvo el coche a cierta distancia para que pudieran estudiar el lugar.
—¿Qué te parece? —dijo Henson.
Bajó la ventanilla. El fecundo olor a hierba mojada invadió el interior del vehículo.
—La Casa Usher —respondió Esther—. Sí que lo parece. Tiene los mismos arcos sobre las ventanas que las que tenía el convento escuela de la fotografía conmemorativa.
—La escuela está algo más abajo en el mismo camino —dijo Henson—. No oigo ningún perro. ¿Tú has visto alguno?
—Es peor, hay gansos —dijo, señalando a la bandada, dispersa por el prado en busca de algo comestible entre la hierba.
—¡Malditos sean! —dijo Henson.
Los gansos eran mucho más difíciles de tratar que los perros. Zafarse de un perro guardián solía ser más fácil que de una bandada de gansos. El barullo de graznidos que iniciaron podía despertar a un mamut congelado.
—Acaba de pasar alguien por la ventana del primer piso, por allí.
—Lo he visto.
—El ama de llaves que mencionaba el informe de la policía. ¿Vive aquí con la señora Toorn?
—Supongo que sí por lo que dijeron. La señora Toorn es muy mayor.
—Aun así puedo manejarlo. Sólo que no podré examinar la casa tan a fondo como me habría gustado.
—No —dijo Henson—. Ya hemos quebrantado suficientes leyes holandesas. Todo lo que necesito...
—Creí que era por esto que querías que forme parte de tu equipo. Confía en mí, me colaré en la casa, y soy capaz de quitarle a esa anciana el audífono del oído, si es que lleva uno, sin que se dé cuenta hasta mañana por la mañana.
—A veces es mejor ir a las claras.
—¡Qué inocente! —exclamó ella.
—Conduce hasta la puerta de delante.
—¡Qué naïve!
El se sonrió.
—Tú sígueme el juego, señorita Goren.
Tan pronto como el coche atravesó el puente, vinieron corriendo los gansos entre graznidos. Una mujer mayor se asomó a la ventana del primer piso y luego abrió la puerta delantera. Llevaba puesto un delantal manchado de algo naranja. Los gansos graznaban y observaban sospechosamente, estirando los picos y olfateando el aire, como si esperaran que alguien les tirara pan. Henson se quedó sorprendido del tamaño que tenían, los más grandes podían picarle el nudo de la corbata.
—Buenos días, señora —dijo—. Soy Martin Henson, y ella es Esther... Disculpe, ¿habla inglés?
—Sí —contestó la mujer.
—Tenemos una cita con el señor y la señora Toorn.
—El profesor Toorn no está —dijo la mujer, cortante.
Henson miró a Esther haciéndose el sorprendido.
—Pero..., no entiendo. Se suponía que nos íbamos a reunir aquí, con la señora Toorn.
—Mevrouw Toorn no recibe visitas.
—¡Venimos de tan lejos! No sé cuál habrá sido el malentendido. ¿Podríamos hablar con la señora Toorn?
El ama de llaves repitió, enfatizando cada sílaba:
—Mevrouw Toorn no recibe visitas.
—¿Y hay algún modo de hablar con el doctor Toorn?
La mujer empezó a mover la cabeza en señal negativa, pero Henson siguió presionando:
—Verá, yo soy el señor Henson de Estados Unidos, y mantuvimos una conversación con el doctor Toorn sobre la posibilidad de que nuestra fundación alquilara el edificio y los terrenos para establecer aquí el campus europeo de la Universidad de Bellas Artes. El doctor Toorn nos iba a enseñar la propiedad antes de que tuviéramos que volver al aeropuerto y...
—No sé nada de eso —dijo el ama de llaves.
—Pero seguro que alguien puede ponerse en contacto con el doctor Toorn. Imagínese que se pone enferma su esposa.
—Ya está enferma —dijo el ama de llaves—. Es muy mayor.
—Exactamente.
—Lo siento —dijo el ama de llaves—. No puedo ayudarles.
Esther se adelantó unos pasos antes de que la mujer cerrara la puerta.
—¿Sería mucha molestia si echáramos un vistazo? Si el edificio no se adapta a nuestras necesidades, no tendremos que hacerle perder más tiempo al doctor Toorn, y nosotros tenemos que volver ahora a Estados Unidos.
—Estoy seguro de que el doctor le estaría muy agradecido —dijo Henson—. Desde luego, nosotros le estaríamos muy agradecidos.
El ama de llaves los miró de hito en hito.
—Cuando Mevrouw Toorn estaba sana, a veces abría los jardines a los turistas. Ella les pedía... —titubeó y se mordió los labios—, ¿cinco euros?
Henson le dio un billete de veinte.
—¿Servirá con esto?
La mujer miró alrededor y cogió el dinero.
—No hay nada que robar —les dijo, según se alejaba—. Véanlo ustedes mismos, pero no molesten a Mevrouw Toorn.
Se adentraron en un enorme recibidor abierto a un entresuelo, tenuemente iluminado por apliques de falsas velas. La carpintería era oscura, y el mobiliario daba la impresión de que ya era viejo cuando se construyó la casa. El ambiente húmedo y opresivo que se respiraba en aquel edificio demostraba una mayor ignorancia del aire fresco que la del resto de las casa holandesas.
—Gracias —dijo Esther, pero la mujer ya se había marchado.
—Muy bien —susurró Henson, señalando hacia una escalera—, yo miro arriba y tú, abajo. Busca cualquier cosa que nos pueda indicar dónde está Toorn.
—Date prisa —dijo Esther.
Henson subió por las escaleras, mientras Esther bajaba a un saloncito que apestaba a humo estancado. La silla que estaba junto a la chimenea era española y muy antigua, y probablemente tuviera algún valor, pero por lo demás la habitación era bastante espartana. Había decantadores en un armario enrejado. Una librería de volúmenes encuadernados en cuero. El cuadro que había sobre la chimenea parecía un Rembrandt: oscuro por estar en la repisa y por la falta de limpieza. La alegre escena diurna había envejecido hasta convertirse en una vespertina: dos hacendados caminaban por un sendero, hablando y gesticulando con sus largas pipas de arcilla. A lo lejos, un jornalero los observaba.
Esther miró un espejo empañado para cerciorarse de que el ama de llaves no la seguía, después abrió unos cuantos cajones. Un poco de todo. Unos cuantos clips, tarjetas de embarque de diez o doce vuelos, la mayoría de un año atrás. Había también un recibo de una caja de botellas de Sauternes y un bloc de notas con una caligrafía descuidada. ¿Sería la de Toorn? Había fechas y horas. Esther creyó haber leído el nombre de «Samuel Meyer», pero cuando inclinó el bloc para verlo con mejor luz, comprobó que ponía «Schiphol», el nombre del aeropuerto de Ámsterdam. En la página siguiente había varios números de teléfono, pero no significaban nada para ella.
Pasó a la siguiente habitación, que era más grande, como si hubiese sido un salón de baile, pero que llevaba años sin uso. Las sillas apoyadas contra las paredes estaban cubiertas con sábanas: una verdadera reunión de fantasmas. En el extremo del fondo había unas puertas afrancesadas de cristal. No daban la impresión de pertenecer a la misma casa, pero los cristales estaban limpísimos. Al acercarse, mientras sonaba el chasquido de sus tacones contra el suelo de mosaico, Esther vio que afuera había rosas, una mesa de hierro con filigranas y una mujer con turbante sentada en una silla de ruedas.
Con el mayor sigilo posible, Esther salió al jardín.
El turbante de la mujer era de seda, y los rayos de sol jugueteaban por los pliegues mientras ella permanecía con la cabeza ligeramente inclinada como si le rozara la cara una brisa invisible. Sus manos, delgadas y huesudas, se movían entre los dibujos de hierro de la mesa que tenía delante, perfilando las intrincadas espirales.
—¿Gretchen? —dijo la anciana, con una voz atiplada.
Cuando giró la cabeza, tenía los ojos húmedos, perplejos y blancuzcos.
—¿Gretchen?
—¿Mevrouw Toorn? —dijo Esther.
—Oui —contestó ella—. Qui est là?
Por un momento Esther pensó en preguntarle si hablaba inglés, pero decidió continuar en francés. Se sentía aliviada de que la mujer no hubiera respondido en holandés.
—Perdone —le dijo entonces—, no era mi intención molestarla. He visto su adorable jardín y no he podido resistirme.
La mujer escuchó a Esther y no respondió nada.
Esther pensó en su madre, aunque, pese a la ceguera, había más vida en los ojos de aquella mujer que en los de su madre.
—Conozco al doctor Toorn —le dijo.
La anciana dejó caer ligeramente la barbilla e hizo un ruido similar a: «¡Puaj!».
—Le Professeur Docteur Gerrit Willem van Toorn! Ha!
—Sí —dijo Esther.
—¡Aires de grandeza! ¡Muchos aires!
—¿El doctor Toorn?
—No tiene de doctor más méritos que de arriero.
—¿No?
—Se casó conmigo por dinero. Ni él era un amante ni yo una tonta. No había muchos hombres capaces de mantener alejados a los alemanes.
—¿Su esposo podía mantener alejados a los alemanes?
—Yo sabía lo que querían. Era imposible negarse. Tomaron esta casa, la casa de papá.
—¿El doctor Toorn fue un nazi importante? —preguntó Esther.
—Aún se oyen los gritos de noche. No hay modo de limpiar la sangre.
—¿Está usted diciendo que el doctor Toorn participó en torturas?
La cabeza de la mujer se quedó como congelada.
—¿Torturas? ¿Doctor? ¿Quién es usted? Los engañamos. Hasta al cerdo cebado de Göering.
Esther se mordió el labio y se sentó junto a la mujer, esforzándose por mantenerse atenta, ya que la invadían los recuerdos de su madre. Tragó saliva y preguntó, con voz quebrada:
—Gerrit, su marido, ¿vendía cuadros a los alemanes?
—Las rosas —dijo la mujer—, ¿huelen a muerto? —la anciana inhaló el aire—. Todos volvemos a la tierra. La muerte se levanta a través de las raíces y los tallos y emerge en el aroma de los capullos.
—Eso es muy poético, Mevrouw Toorn. ¿Recuerda usted el Van Gogh del De Groot? —preguntó Esther, con paciencia.
La señora Toorn permaneció sentada en silencio, con la cabeza ligeramente ladeada.
—El Van Gogh que estaba en el museo de Beekberg.
Se oyó el ruido de la gravilla del sendero que llegaba hasta la casa. El ama de llaves se dirigía enfurecida hacia ella, pero Esther le pidió silencio poniéndose el índice sobre los labios.
—Se ha quedado dormida —musitó Esther.
El ama de llaves miró a la señora Toorn y después a Esther:
—No debería haberla molestado.
—Sólo he salido para ver el jardín. He felicitado a la señora por lo hermoso que es.
—Creo que usted y su marido deberían marcharse —dijo el ama de llaves—. ¿Y si ella se lo cuenta al doctor Toorn?
—Estoy segura de que él presta gran atención a lo que ella le cuenta.
Esther dejó atrás al ama de llaves, cruzó las puertas de cristal y entró de nuevo en el salón de baile.
Miró unas cuantas habitaciones más en la parte de atrás de la casa, sin encontrar nada de interés, salvo un estudio de pintura en el que tanto los pinceles como los tubos estaban secos. En un rincón había rollos de viejos lienzos en una caja de madera donde los ratones habían hecho un agujero. El único lienzo extendido que había en la habitación estaba sobre un caballete polvoriento. Había estado en el proceso de imprimación cuando la habitación fue abandonada a las arañas y a los ratones. Hacía años que no limpiaban las enormes ventanas góticas. Por el contrario, en la anticuada cocina todas las superficies lustrosas resplandecían; y las cacerolas, los cuchillos y los botes de cerámica estaban perfectamente ordenados.
—Aquí se podría operar —dijo una voz.
Esther se dio la vuelta bruscamente y se encontró con la cara de Martin.
—No te me aparezcas así de repente y por detrás —dijo ella, con firmeza.
—Perdona —dijo él.
—Podría... Podría tener una reacción excesiva.
—Y eso sería nocivo —dijo Henson—, para mí.
—He hablado con la señora Toorn —susurró Esther.
Henson miró alrededor para ver si el ama de llaves estaba por allí cerca.
—¿Has visto el estudio del Gran Toorn?
—No he subido al piso de arriba.
—Está debajo de la escalera.
—¿Debajo?
—Ven.
Henson la cogió del codo y la llevó hasta el recibidor. Al fondo, bajo el rellano de la escalera, había una puerta pesada con un pomo ornamental. Entró rápidamente tironeando de Esther y cerró la puerta tras ellos. En una mesa grande, inclinada como la de un arquitecto, había varios libros de gran tamaño.
—¿Cómo se me ha podido pasar esta puerta? —dijo Esther— ¿Hay algo aquí que nos pueda servir?
Se acercó a la librería que cubría la pared del suelo al techo. Estaba llena de volúmenes altos de un metro y más. Varios estaban encuadernados en cuero. Algunos tenían inscripciones en cirílico o en griego.
—¡Menuda colección! —dijo ella.
—Hay un libro de las cartas de Van Gogh junto a una serie de anotaciones —dijo Henson—. Como si Toorn estuviera escribiendo otro libro. Pero no era eso lo que quería enseñarte.
Bordeó la mesa hasta otra puerta, alzó la mano hasta el dintel de madera trabajada y sacó una llave maestra.
—La bodega.
—Pues no me vendría mal una copa —dijo ella.
—No se trata de eso.
Henson abrió la puerta que daba paso a una escalera de hierro. El aire era frío pero olía a limpio, no como en las cargadas habitaciones que Esther había explorado. Estaba sorprendida de ver la profundidad de la bodega; en Holanda uno esperaría que hubiera problemas con las inundaciones, aunque la casa estaba construida en una loma y tierra adentro. La habitación en sí era pequeña y estaba dominada por una cuba de dos metros y medio de altura por dos brazos de ancho. En comparación, el botellero parecía diminuto. Había entre cien y ciento cincuenta botellas.
—Esta cuba han tenido que construirla aquí dentro —dijo Henson—. Habría sido imposible entrarla —añadió, y golpeó una de las duelas.
—Suena a vacío.
—Se lo tomaría todo Toorn durante un almuerzo.
—Es lo bastante grande como para que tomara un baño dentro —dijo Esther, que atravesó la habitación hacia los vinos. Algunos eran muy antiguos, pero había varios de las décadas de 1970, 1980 y 1990.
—Esto es lo que quería que vieras —dijo Henson, señalando un balaustre de hierro. En su recorrido desde el pasamanos hasta la escalera, había un ensanchamiento y en su centro, un círculo con una esvástica. Todos los balaustres tenían la misma decoración.
—Los alemanes debieron de poner esto cuando decomisaron la mansión —dijo Henson—. ¿Qué tipo de almacenamiento necesitaban? Municiones. Esto era un centro regional de la policía.
—Interrogatorios —dijo Esther, mirando al techo y pensando en el eco que tendrían los gritos en aquel espacio alto y estrecho—. El vino debió de agriarse. Esto es una cámara de torturas.
La bodega se oscureció repentinamente cuando la figura del ama de llaves tapó la puerta que estaba en lo alto de las escaleras. Era la única salida.