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Los Expertos se Reúnen

 

P

or la tarde, Esther y Martin, un poco aturdidos aún por el desfase horario, tomaron un taxi al Rijksmuseum Vincent van Gogh. El guardia de la puerta del auditorio, que estaba en el sótano, hablaba inglés casi sin acento:

—Perdone, señor, pero esta es la entrada de la prensa.

Henson mostró sus credenciales y se acercó a él para que los demás no lo oyesen.

—La otra puerta está mucho menos abarrotada —dijo el guardia.

Henson se limitó a darle las gracias, tomó a Esther del codo y se zambulló en un mar de periodistas que se empujaban los unos a los otros. Fotógrafos de varias agencias internacionales de noticias se hacían sitio a codazos, mientras los cámaras lanzaban un torrente de insultos a los que no les dejaban ver el polémico autorretrato. En la pared del fondo se encendieron dos focos brillantes casi al mismo tiempo cuando un corresponsal japonés y otro de la CNN se dispusieron a informar a sus cadenas. Henson y Esther llegaron a una barrera de guardias del museo que les impedían cruzar, hasta que Antoine Joliette se bajó del estrado para indicar con el brazo que los dejasen pasar.

Joliette alargó la mano:

—Encantado de volver a verla, señorita Goren.

—Esperaré atrás —dijo ella.

—Tengo asientos reservados en la segunda fila. Insisto.

—Gracias —dijo Henson.

—Creo que habrá polémica —dijo Joliette, frotándose las manos con placer.

—¿De verdad? —dijo Henson.

Joliette les sonrió con complicidad.

—Donde hay dos expertos en arte, hay siete opiniones. C’est toujours comme ça!

—En Israel decimos: «Dos judíos, tres partidos políticos» —dijo Esther.

—¡Créame, querida, los expertos en arte son peores!

—¿Y cuando los expertos en arte son judíos?

—¡Ajá! —Joliette chasqueó los dedos ante aquella ocurrencia y reconoció a un hombre que entraba por una puerta lateral, con aspecto de catedrático, de pelo canoso revuelto y pajarita al cuello.

—Perdón, pero ese es Lord Hazelton.

Joliette se dirigió hacia él apresuradamente.

—Lo único que faltaría es que no se pusiesen de acuerdo en cuanto a su autenticidad —dijo Henson—. Entonces, nunca sabríamos su procedencia.

—Me voy a la parte de atrás —dijo Esther.

—Las cámaras no te enfocan a ti y, de todos modos, eres una agente de viajes, ¿recuerdas?

Lo miró, sorprendida por la seca dureza de su voz. Era fácil confundirse y menospreciarlo, como si fuese un norteamericano aniñado, siempre optimista.

Henson se ablandó y sonrió, tímido.

—Hoy eres mi chica —susurró—. Eso mejorará mi reputación. Considéralo como un acto de caridad por tu parte.

—Trato de ser caritativa —dijo ella.

—En cualquier caso, llamarás más la atención en la parte de atrás.

Ocuparon sus asientos mientras los expertos de la comisión se reunían en el estrado y se daban la mano. Dos de ellos se abrazaron como si llevasen mucho tiempo sin verse, mientras otro parecía esquivar a propósito todo contacto con sus colegas, examinando minuciosamente el orden del día con unas diminutas gafas de lectura. Entre el público, Esther distinguió al abogado de Jacob Minsky, que hablaba con otro hombre bien vestido, con nariz de halcón, que sería seguramente un abogado europeo. Esther contó hasta seis agentes de seguridad, vestidos de paisano, distribuidos por la difusa zona de separación entre el público y el estrado. Servían de refuerzo a los guardias uniformados que flanqueaban las puertas y protegían el entarimado.

—La seguridad es digna de un jefe de Estado —dijo, dirigiéndose a Henson.

—Se trata de un Van Gogh —dijo Henson—. Es más importante que un jefe de Estado. Tal y como dice la canción: «todavía tratamos de comprender lo que Vincent nos decía».

—¿Hay una canción?

—¿No conoces la canción «Starry Starry Night»? ¿Ni a Don McLean?

Por la forma en que se lo decía, Esther sintió que tenía que conocerla. Tal vez fuera por el jet lag, pero no conseguía recordarla.

—Espero que sea suficiente seguridad para que Stock no se acerque.

—Todos están avisados —dijo Henson—. La RCMP, la Interpol. Nadie lo ha localizado —hizo un gesto para abarcar la habitación y añadió—, y aquí no hay nadie que se le parezca.

—Mis enemigos me preocupan más cuando no los veo —dijo Esther.

—¿Es un viejo proverbio?

Se produjo un breve pero sonoro aplauso entre las autoridades y los eruditos. Gerrit Willem van Toorn se tambaleaba lentamente por el estrado hacia la mesa de los expertos. Uno de ellos se apresuró a asistirlo, pero Toorn desestimó su ayuda con un gesto. El experto que había estudiado el orden del día, miró por encima de las gafas de lectura, con curiosidad pero sin respeto. Toorn se sentó en la silla que estaba al final de la larga mesa, un tanto apartado. Se dejó caer en ella y apoyó las manos sobre el bastón, que colocó delante. Frunció la boca y echó hacia atrás la cabeza. Esther pensaba que ese ademán era, o bien de desprecio hacia los emocionados espectadores, o bien una pose de desdén, un intento de dar la imagen que se espera del «mayor experto del mundo». No sabía por qué, pero le daba la impresión de que la adoptaba con toda intención. Cuando fueron al hotel Palm House a enseñarle el autorretrato, se comportó con arrogancia y desprecio. Por otra parte, era viejo. Quizá le diera miedo de que lo sustituyeran por los expertos más jóvenes y las técnicas más modernas, a pesar de que estaba seguro de estar en lo cierto. Si ese era el motivo que le hacía actuar con arrogancia, Esther sentía algo de pena por él. La sensación de vulnerabilidad, o la certeza de que no controlas tu propio destino, puede ser más terrorífica aún que la vulnerabilidad real, debida a la edad.

Antoine Joliette se dirigió a un moderno atril de cristal, situado a la derecha de la comisión. Dio unos toquecitos al micrófono con una estilográfica de plata.

—Señoras y señores, mesdames et messieurs, dames en heren, permitan que me presente. Soy Antoine Joliette, del Instituto de Bellas Artes de Chicago, y es para mí un placer ser el encargado de presentarles, en esta rueda de prensa, a la comisión de extraordinarios expertos que se han reunido para dilucidar la autenticidad del autorretrato de Vincent van Gogh hallado recientemente. Hemos decidido que la conferencia de prensa se lleve a cabo en inglés, ya que todos los miembros de la comisión se defienden con comodidad...

Un hombre de pelo canoso en cuya tarjeta de identificación figuraba el nombre de «Baleara» le interrumpió:

—¡Con relativa comodidad!

Hubo muchas risas entre el público y entre los expertos, aunque Toorn no se rió.

—...ya que los miembros de la comisión por lo menos se sienten relativamente cómodos en esta lengua, la usaremos como nuestra lingua franca —concluyó Joliette—. Si alguien no se desenvuelve bien en ella, el comunicado de prensa estará disponible en francés, alemán y holandés, creo yo, y entre los eruditos, tal como se explicó antes, hay cierto número de personas dispuestas a traducirlo a otros idiomas, entre los que figuran el ruso, el japonés y el árabe.

—El mundo está en ascuas —susurró Henson a Esther. Joliette se volvió hacia los guardias uniformados que custodiaban las puertas traseras, a su izquierda:

—Y ahora creo que ha llegado el momento de que les presente a nuestro invitado de honor.

Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y los guardias abrieron las puertas. Otros dos guardias entraron con un caballete, cubierto con un paño de raso blanco. Entre el público se produjo cierta agitación. Los miembros de la prensa se empujaban para hacerse sitio, como caballos en una carrera al salir de los cajones. Parte del público se puso de pie con expectación. Los guardias colocaron el caballete en el centro del haz de luz de un foco encendido y se situaron cada uno a un lado.

—Pueden retirar el paño —dijo Joliette.

—Recemos para que todavía esté ahí —susurró Henson, con ironía.

Esther recorrió con la vista al público mientras los guardias levantaban el paño con delicadeza y lo echaban hacia atrás. Hubo gritos ahogados, aplausos y destellos de luz de las cámaras. Una de las eruditas se había tapado la boca y lloraba.

Toorn se retorcía en su silla y levantó el brazo mientras asentía con la cabeza:

—¡Veis! —gruñó— ¡El retrato del De Groot! ¡De todos sus autorretratos, el mejor!

Vincent, desde tres cuartos de perfil, miraba con ojos nublados y la mandíbula apretada. Un universo de azul pálido, aguamarina y blanco se arremolinaba alrededor de sus rojos cabellos alborotados.

Los fotógrafos estaban emocionados pero también se mostraban respetuosos, como si se hallasen en presencia de una estrella legendaria de la pantalla: Marilyn Monroe, Katharine Hepburn, John Wayne. Muchos espectadores se habían quedado paralizados ante el autorretrato, con un sentimiento de veneración.

Joliette aguardó unos minutos a que el público absorbiese toda la fuerza que emitía la obra al ser expuesta. Luego fue de nuevo hasta el atril:

—Se trata de una obra increíble, n’est-ce pas?

—Pero, ¿es auténtica? —gritó uno de los periodistas británicos.

—¡Claro que es auténtica! —dijo Toorn destemplado, mientras daba golpes en el suelo con la punta del bastón.

—Para determinarlo estamos aquí —dijo el profesor Baleara.

—Para verificarlo —dijo Toorn—. Esta es la pintura que colgaba en el museo De Groot. Si prueban que es una falsificación, entonces siempre habrá sido falsa —levantó el bastón—. ¡Desde que Van Gogh la pintó!

El público se echó a reír.

—Parece evidente que el doctor Toorn ya se ha decidido —dijo Joliette—. Permítanme que lo presente a todos ustedes. A continuación cada uno de los miembros de la comisión, por turno, explicará qué métodos piensa utilizar para verificar o impugnar la autenticidad de la obra.

Joliette, al enumerar las credenciales de Toorn, dijo primero que el suyo era un nombre harto conocido por la comisión y por cualquier otra persona bien informada en Historia del arte, formaban parte de su currículo diecisiete libros, innumerables artículos y catálogos de exposiciones, junto con el asesoramiento que había brindado a casi todos los museos más importantes. Toorn se puso de pie ante los aplausos y, aunque Joliette le instaba a que hablase desde su asiento, caminó con lentitud hasta el atril, como un enorme rinoceronte que disfrutase de captar todas las miradas. Puso las manos a ambos lados del atril, se aclaró la garganta y comenzó:

—Les puedo asegurar, señores —dijo, con su característica pronunciación sibilante—, que toda esta investigación del retrato es una mera formalidad, por lo que a mí respecta. La ciencia no es la única fuente de verdad —alargó un brazo y lo movió en arco hasta señalar el cuadro—. Esto es exactamente lo que parece. Es el autorretrato de Vincent que figuraba en 1943, expuesto al público, en la colección De Groot. Entonces, yo era un jovenzuelo, pero este cuadro era mi amigo. Me pasaba horas sentado con él, en comunión con él, escuchando lo que decía. Se convirtió en mi hermano.

Se quedó mirándolo fijamente, con la respiración agitada. Los pulmones le silbaban en cada exhalación.

—Entonces llegaron los alemanes. Se apoderaron de mi hermano. Cuando los aliados se acercaban, el coronel de las SS de la zona y los trabajadores forzados a sus órdenes cargaron a mi hermano y al resto de las obras de arte en un camión Opel Blitz, y el coronel, un soldado y un trabajador forzado partieron en él. El camión se veía todavía desde el museo cuando pasó por encima de una mina. Yo siempre he sostenido que los de la Resistencia, los comunistas, son los principales responsables de esa mina, fuesen las que fuesen sus intenciones, ya que sólo ellos podían haberla colocado. Comparada con esta obra de arte, la política de cualquier período carece de importancia. La gente va y viene: ustedes, yo, los coroneles de las SS. Pero ¿y el arte con mayúsculas? Cuando vi la columna de humo y el camión ardiendo, en el fondo de mi ser sentí que había perdido a un hermano, y quizá por eso luego me especialicé tanto en el pintor más grande que ha tenido Holanda.

Respiró con dificultad y cerró los ojos:

—Sé que estoy entre los pocos que seguimos vivos que hayan visto ese cuadro colgado en las paredes del museo De Groot. A mí no me engaña el trabajo chapucero de los falsificadores. Esta es la pintura que estaba colgada en el De Groot. Estos compañeros míos demostrarán lo evidente. Mijn Broer is Thuis! ¡Mi hermano ha vuelto a casa!

El rinoceronte se tambaleó hacia el retrato y luego se quedó mirándolo y secándose los ojos. El público lo aclamó con un aplauso, e incluso había algunos que también lloraban. Las cámaras enfocaron, por lo menos, a dos de ellos para grabar sus emociones.

—Esto es todo un espectáculo —dijo Esther.

—Representa mucho —dijo Henson—. Esto es lo que te digo que hagamos juntos, restituir objetos robados a los países que son sus legítimos propietarios.

—Mis simpatías están con Minsky —dijo ella.

Joliette había vuelto al atril.

—Ahora, me gustaría presentarles a los otros seis expertos que han sido tan amables de venir rápidamente a Ámsterdam para formar parte de nuestra comisión, y les pediría a cada uno que explicase en concreto el papel que va a desempeñar. En primer lugar, nuestro amable anfitrión, el doctor Erik Luits, del Rijksmuseum Van Gogh. Se encargará de examinar los registros archivados tanto aquí como en la finca de la familia De Groot y en cualquier otro lugar, con el objeto de recopilar toda información que pudiese servir para aclarar su procedencia y establecer la autenticidad de la obra. ¿Doctor Luits?

Luits se inclinó hacia el micrófono, y dijo:

—Lo que dice Antoine es cierto. Sucede con frecuencia que no encontramos ningún documento imparcial sobre la creación o la existencia de un cuadro que date de la época en la que vivió el pintor. Desde luego hay un artículo interesante que quiero localizar, la carta dirigida a Theo van Gogh, aducida por el señor Minsky, Jacob Minsky de Estados Unidos, para confirmar la teoría de que el autorretrato fue un regalo hecho a su tío. Es probable que esto no demuestre nada, o que demuestre mucho, pero hay otras muchas vías de investigación para analizar la cuestión: testimonios de vecinos, documentos de venta, etcétera.

Luits hizo un gesto con la mano como si a él mismo le aburriese su trabajo: ser el especialista imparcial por excelencia.

El siguiente experto era Paolo Crespi, de la Universidad de Bolonia.

—Mi especialidad —dijo Crespi— es la química de barnices y pinturas. Se han empleado diferentes pinturas en épocas distintas, por supuesto. Durante el Renacimiento los artistas tenían la dificultad añadida de crear sus pigmentos o comprar los escasos materiales colorantes a marineros y a otros viajeros. En la época de Van Gogh, desde luego, ya se podían comprar las pinturas como se hace hoy en día. Tenemos bastante documentación sobre los tipos de pintura que se fabricaban, cuándo, quién lo hacía y si estaban disponibles para determinado artista, como Van Gogh.

Se levantó de la silla y se acercó al retrato.

—En el caso de Van Gogh, hay algo que puede sernos de gran ayuda. Como casi todos sabrán, sobre todo en los cuadros de girasoles, Van Gogh empleaba profusamente el amarillo de cromo. Aquí, en la chaqueta que lleva puesta el artista, ustedes ven que hay reflejos amarillos, en especial aquí, en los botones. También puede que se mezclase el amarillo de cromo u otro amarillo para conseguir este efecto azul-verdoso en los remolinos que hay alrededor de la cabeza. De todos modos, tengo la intención de centrar mi trabajo en los amarillos, para empezar. Lo interesante del amarillo de cromo, verán ustedes, es que experimenta un ligero cambio de coloración con el paso del tiempo. Sí, empieza siendo amarillo y sigue siendo amarillo, pero adquiere, ¿cómo se dice? una tonalidad diferente, debida a una alteración química. Si este cuadro se pintó entre 1880 y 1890, y el pigmento es amarillo de cromo, habrá sufrido una alteración mayor que si se hubiese pintado hace menos tiempo. Si fue pintado hace menos, el falsificador se habrá visto obligado a sustituirlo por otro pigmento o a alterarlo de algún modo, para hacer que se parezca al amarillo de cromo de Van Gogh. Aunque ahora mismo no pueda decir mucho, si se le aplicasen a la obra determinados barnices, sacaría muchas conclusiones.

—Seguro que sí —ladró Toorn— ¡No permitiremos que se dañe el retrato con todas esas pruebas químicas!

—Por supuesto que no —dijo Crespi—. Usted sabe que no. ¡No soy ningún monstruo! Ahora disponemos de instrumental tan sensible que puede analizar muestras del tamaño de la punta de un alfiler.

—¡Resulta inaceptable que el autorretrato sufra el menor daño! —dijo Toorn.

—Claro que no lo sufrirá —dijo Joliette—. Yo doy fe de la calidad de los trabajos realizados por el profesor Crespi.

—No se producirá ningún daño —dijo Crespi, y se volvió a sentar, cruzándose de brazos.

Henson se inclinó hacia Esther y le susurró al oído:

—Ping-pong académico.

—Supongo que todos los expertos de la policía están siempre de acuerdo —dijo ella.

—Touché —dijo Henson, con una sonrisa—, pero no suelen ser tan histriónicos.

Joliette había presentado ya a Juan Fernández Baleara, que analizaba los cuadros con rayos X y con luces ultravioletas e infrarrojas. Baleara se conservaba bien. Sus cabellos blancos le realzaban los ojos oscuros, y el acento le daba un aire de maduro atractivo. Joliette también comentó que Baleara había hecho grandes progresos en análisis mediante resonancia magnética.

Baleara comenzó excusándose por la calidad de su inglés, aunque de hecho era mejor de lo que él consideraba. Explicó que ciertas longitudes de onda de la luz, invisibles para el ojo humano en circunstancias normales, nos dan una imagen completamente diferente de un cuadro. Los rayos X permitían, por ejemplo, ver cualquier pintura cubierta por las capas visibles. Se podía conseguir información mediante la aplicación de esa tecnología. Había artistas que empleaban cuadros más antiguos para pintar sobre ellos sus obras y ahorrar así algo de dinero. A menudo los pintores no se sienten satisfechos con lo que pintan al principio y lo cubren después. Esa técnica resultaba útil para determinar lo que el artista quería expresar en un principio. A veces, un artista posterior había modificado un cuadro para satisfacer los deseos del propietario, añadiendo objetos importantes, como medallas u otros galardones sobre una mesa, por ejemplo. Baleara mencionó una pintura española de principios del siglo XIX en la que habían recubierto la imagen de un infante fallecido de la nobleza, tal vez porque a la madre le produjera malestar. Además, determinados espectros de luz servían para revelar la técnica de los artistas con el pincel.

—La pincelada —dijo Baleara, para concluir— es tan personal en algunos artistas como sus huellas dactilares.

Esther se fijó en la atención con la que Martin Henson escuchaba, y en que sacaba la pluma para garabatear apuntes en un bloc. Ella seguía un poco aturdida por el jet lag y ansiaba una cama agradable con sábanas frescas y suaves.

Había dos expertos más. La profesora Laura Iarrera de la Universidad Mediterránea de Reggio Calabria, que emplearía un microscopio electrónico para examinar esporas, polen y otros materiales biológicos diminutos que pudiesen haber quedado adheridos al lienzo o que se hubiesen metido en las minúsculas grietas de la pintura. A escala microscópica esas grietas serían vastos cañones, y las motas acumuladas en su interior podrían revelar los itinerarios recorridos por el autorretrato, a través de las especies de polen y de esporas. También analizaría cualquier suciedad anormal que hubiese en el cuadro. Explicó que los falsificadores a menudo calentaban el lienzo para crear una red de grietas finas, o craquelure, que suele aparecer en las pinturas antiguas, y así dar apariencia de antigüedad a una obra falsificada. Ahora bien, las grietas no debían parecer recientes, así que los falsificadores solían restregar negro de humo por la superficie y por las grietas del cuarteado, con el fin de que el cuadro pareciese haber estado años expuesto al polvo y al humo de chimeneas, velas y lámparas. Para desgracia de los falsificadores, el negro de humo, al haberse aplicado de una sola vez, tiene mayor consistencia en la textura y en el tamaño de las partículas que si la pintura hubiese estado expuesta durante muchos años a la suciedad, el polvo y el humo.

El último era Joost Bergen, que fue presentado como uno de los mayores expertos del mundo en tejidos. Su trabajo consistiría en analizar el lienzo. En las diversas épocas se han empleado distintos procesos en la fabricación de tejidos, y a veces se hacían evidentes gracias al examen microscópico. Muchas veces Bergen podía prever la antigüedad de un tejido o el país donde había sido fabricado por las características de la trama o por la composición de los hilos. Si el lienzo se había tejido después de la muerte de Van Gogh, resultaba evidente que él no podía haberlo pintado. Si el lienzo era de los que se confeccionaban en esa época, pero por su origen no estaba disponible en el sur de Francia a finales de la década de 1880 a 1890, la autenticidad de la pintura sería cuestionada.

—¿Y por qué no hacen directamente una prueba de carbono 14? —preguntó un periodista de la prensa británica.

—Me temo que esa prueba no sería útil —contestó Joliette, que se volvió después hacia la comisión— ¿Me equivoco? ¿Deberíamos tener en cuenta esa prueba?

—Este cuadro no es el Sudario de Turín —dijo Baleara—, no es un objeto muy antiguo. El carbono radiactivo nos indica una franja comprendida entre dos fechas —hizo un gesto con la mano, moviéndola de un lado al otro—. Por ejemplo, en un muestreo actual, antes de realizar pruebas nucleares hay una desviación típica. También se calcula un multiplicador de error de laboratorio. Un margen de más o menos cinco años puede ser bastante problemático en el caso de un artista cuya vida profesional sólo duró una década, o menos en realidad.

—Sí —dijo Joost Bergen—. A mi entender, es así. La franja no nos sería de gran ayuda, comprenderán ustedes. Veinte años más, o veinte menos, nos serviría de poco, aunque supongo que podría ser importante en algún sentido.

—Por supuesto que esto no es el Sudario de Turín —gruñó Toorn—. El Sudario es un fraude de la Edad Media.

Entre el público hubo algunas exclamaciones de asombro, un silbido y unas risitas. Los miembros de la comisión parecían todos un poco incómodos.

—Bueno —dijo Joliette—, afortunadamente no nos hemos reunido para resolver esa cuestión.

—Ya quedó resuelta —resopló Toorn.

—¿Hay más preguntas? —dijo Joliette, de buen humor.

Una mujer de la televisión francesa se puso de pie y, sin tener en cuenta el acuerdo general que establecía el inglés como la lengua de la conferencia de prensa, le lanzó una pregunta larga a Joliette en francés.

Ah, oui —dijo él—. Peut-être, madame.

—Creo —dijo Baleara, en respuesta a la pregunta— que podremos llegar a ciertas conclusiones preliminares en unos pocos días.

Baleara miró a sus colegas de la comisión para ver si estaban de acuerdo. Crespi hizo un movimiento de vaivén con la mano derecha. Bergen se encogió de hombros.

—Si se trata de una falsificación, no se suele tardar mucho en descubrirlo —dijo Luits.

—Y como es auténtico —dijo Toorn— ¿piensan ustedes tardar mucho?

—Mi investigación lleva bastante tiempo, al tratarse de la revisión de archivos —dijo Luits—, pero puede que la ciencia aporte resultados contradictorios de inmediato.

—Claro que la ausencia de contradicciones —dijo Baleara— no prueba su autenticidad.

—Si me llevan la contraria, se equivocarán —dijo Toorn—. No existe la menor duda: es el autorretrato del De Groot.

El periodista británico se puso en pie de un salto:

—Si asumimos que el doctor Toorn está en lo cierto y que esta pintura es un auténtico Van Gogh, ¿qué precio alcanzaría en subasta?

Los miembros de la comisión se miraron con expresión socarrona.

—Una bonita suma —dijo por fin Bergen, y todos menos Toorn se rieron.

—Pero, ¿cuánto? —insistió el periodista— ¿Un millón de euros? ¿Diez millones de euros? ¿Veinte?

—Debe comprender —dijo Joliette— que no somos expertos en el mercado. Si es auténtico, queda aún por determinar quién es el propietario. Le corresponderá a esa persona o institución decidir si lo vende o no. Eso no tiene nada que ver con nuestras actividades.

—Pero no me diga que no se les ha pasado por la cabeza. Hay algunas personas que están muy interesadas en el resultado de su investigación —el periodista señaló a los abogados de Minsky—. Ustedes podrían hacer rico a alguien.

—El cuadro Los girasoles, de Van Gogh, se adjudicó en 1987 por una cantidad superior a los 39 millones de dólares —dijo Joliette—. De paso, se ha suscitado una controversia sobre la autenticidad de ese cuadro. Ese mismo año, un poco después, una de las pinturas de lirios de Van Gogh se vendió por casi 54 millones de dólares y luego, en 1990, un retrato del doctor Gachet se vendió por 82 millones y medio.

Toorn se levantó de un salto.

—¡El arte no es un negocio! —dijo, con un bufido— ¡El arte es más importante que el dinero! ¡Es una idiotez pretender ponerle precio! ¿Qué motivo tengo para demostrar lo que ya conozco? ¡Lo conozco como la palma de la mano! ¡Este es el retrato De Groot! ¡No tiene precio!

La intensidad de sus palabras y los movimientos que hacía con el bastón a modo de sable, provocaron un derroche de flashes de las cámaras. La prensa había conseguido lo que buscaba, pensó Esther.

Henson puso los ojos en blanco mientras Toorn se giraba para marcharse, pero el público, puesto en pie, lo ovacionó por su arrebato. La sesión se levantó poco después.

 

 

Henson y Esther cruzaron la Paulus Potterstraat y siguieron por la Van der Veldestraat hacia el hotel internacional Acca.

—Bueno —dijo fríamente Henson—, supongo que tenemos un par de días para hacer turismo.

—¿Alguna vez has visto a un experto llegar a una conclusión en dos días?

Henson movió la cabeza hacia un lado como para quitarse una contractura del cuello.

—A Toorn —dijo.

—Puede que se deje llevar por su ego, lo que resultaría poco fiable —dijo ella.

—Desde luego sería la madre de todos los egos. Pero también es posible que se deje llevar por la certeza. El ego no implica que se equivoque. Creo que deberíamos seguir pensando que está en lo cierto. Conocimientos, desde luego, no le faltan.

Henson se apartó de Esther para esquivar a un obeso y sudoroso turista, que llevaba un chaleco de safari.

—Deberíamos seguirle el rastro al autorretrato hasta donde podamos. Si los de la comisión llegan a la conclusión de que es falso, no les llevará mucho tiempo según dicen. O sea, que tampoco nosotros vamos a hacer demasiados esfuerzos en vano.

—Quizá lo mejor sería que te dediques a hacer visitas turísticas por cuenta del gobierno.

—Odio perder el tiempo. ¿Habías estado antes en Ámsterdam?

—No te olvides de que soy una agente de viajes.

—El conserje me informó de que el distrito comercial está justo al otro lado del canal.

—Tengo todo lo que me hace falta.

—¿Ah, sí? —exclamó él, entre risas—. Pues entonces, no vamos de compras, de acuerdo. ¿Por qué no cenamos y decidimos la estrategia a seguir? El conserje también me dijo que la vida nocturna estaba cerca de aquí.

—Le doy vueltas a la idea de irme a casa.

—¿Por tu madre?

Esther se paró junto a la fuente que estaba delante del hotel. Había una colilla de puro que se deshacía en las quietas aguas verdosas.

—¿Y si oye algo sobre Samuel Meyer? En la residencia tienen televisores. No parece tener contacto alguno con el mundo, pero puede que la impresión... Creo que debería volver a casa.

Henson se quedó callado, de pie, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en el toldo azul que resguardaba la puerta del hotel, y a sus oídos llegaban los ruidos de las bocinas de los coches que circulaban por las calles cercanas.

—Entonces te quedarías sin saber la respuesta —dijo por fin, y miró a Esther a la cara para ver si había ido demasiado lejos.

Se cruzó de brazos. Era eso, entonces. Tenía miedo de que su padre fuese uno de ellos, uno de los hombres que tomaron parte en la «Solución Final».

—Pensaba que mañana podríamos ir en coche a Beekberg, donde estaba el museo De Groot.

—No sé.

—Hay un pequeño bar en el hotel. ¿Por qué no nos tomamos una copa? No bebo a menudo, pero, vaya, esto es Europa y, bueno, ¿por qué no? ¿Un vino? ¿Una cerveza? ¿Algo así? Estamos en una de las capitales mundiales de la cerveza.

Esther lo observó mientras hablaba, y pensó que aquel hombre se ruborizaba al hablar, y no precisamente por el vino. Sin duda alguna era un pobre Boy Scout.

—Escucha —dijo ella— voy a pasear por el Vondelpark, y luego subiré a mi habitación, me daré un baño bien largo, haré unas cuantas llamadas y después dormiré a pierna suelta toda la noche.

—Son sólo las cuatro de la tarde —dijo Henson.

—Y mañana iré contigo a Beekberg. No te prometo nada después.

—Bien —dijo él—, bien.

—Así que no te quedes demasiado tiempo por ahí, en el Wallen.

—¿En el qué?

—El Barrio Rojo.

—Dios santo, no —dijo él.

—Es una zona antigua. Tiene una arquitectura muy interesante.

—Pero si yo compro Playboy sólo por los chistes.

—¿Compras Playboy?

—La verdad es que no, era una forma de hablar.

—¡Estás hecho un Boy Scout! —exclamó ella, entre risas, y se puso a caminar en dirección al parque.

—¡Eh! —la llamó.

Esther no se volvió. Henson quería protestar, pero no sabía bien por qué.