LA ESPOSA

La ciudad era desconocida; nadie sabía nada de sus calles o de su cielo, nadie parecía haber llegado a su estación un día, ningún amigo la había visitado. Aún más remota por el idioma que en ella se hablaba; aún más ignorada por su sombría historia de invasiones. Vastas plazas barridas por vientos otoñales, o casitas de un piso con jardines y tejados de zinc, unas veces bruñidos por las lluvias, otras veces recubiertos del cojín de las nieves. Solitarias barriadas, parques tranquilos, fugaces transeúntes y, a lo lejos, una azulada cadena de montañas; yo tenía esta imagen de antiguas fotografías desvaídas que anunciaban su aspecto desolado.

Yo iba allí y nadie me esperaba; quizá dos o tres conocidos y nadie más, y así podía pensarla libremente, tanto la ciudad que hubiera podido vivir cuando fui joven, tan llena de esperanzas, como, por lo contrario, ciudad funesta que al entrar en ella encamina por una larga calle fosforescente y húmeda hacia el final previsto fatalmente.

Sin embargo, me atraía. De forma inexplicable, cierta curiosidad se transformó en añoranza de algo que nunca supe qué era…, salvo un concreto interés literario.

A una sola persona esperaba encontrar. A un escritor: me interesaba conocerle, ser su amigo, hacerle preguntas calculadas y medir sus respuestas, pero habían pasado años y yo temía que los dientes acerados de los meses quizá hubieran destruido a aquel hombre, que el tiempo le hubiera devorado, a él y a sus personajes.

Hacía mucho que lo inesperado de las casualidades puso en mis manos ejemplares de una revista en la que aparecían sus relatos, No sabía más de él pero en aquellas páginas era evidente un talento creador, una observación original de los más sutiles y recónditos sentimientos.

En especial, del temperamento femenino. Había concebido tipos de mujer con sus matices más variados, con su riqueza de audacia, ternura y espontaneidad, pero a la par de ser personajes sensibles, estaban imbuidos de libertad y responsabilidad en sus decisiones.

Sí, yo tenía que encontrar a aquel autor de relatos en los que tan claramente se rompía el cerco destructor de los prejuicios y se proponía la belleza del albedrío.

Y una tarde llegué, al fin, ante su puerta —fue fácil dar con él—, ante la casa que habría sido sin duda el taller donde se forjaron las historias que tan bellas me parecieron; por aquella frágil puerta con cristales y un simple picaporte habría él entrado y salido con sus personajes, a los que yo conocía por la lectura, creados o reflejados, pero todos con una personalidad sorprendente en sus anhelos y determinaciones, Y como otro trémulo personaje, llamé al timbre de la casa y un hombre ya maduro, envejecido, me abrió y me contempló extrañado cuando yo me presenté, justificando mi visita de extranjero.

Pronto comprendí que no sería fácil romper su desconfianza y aunque me hizo pasar a la habitación y sentarme a la mesa, donde había papeles y periódicos, él no pronunció palabra alguna y escuchó las explicaciones que le fui dando de mi rara aparición ante él. Para demostrarle la sinceridad de ésta, le hablé detalladamente de sus relatos, en concreto de uno en el cual predominaba la ternura de la tolerancia.

—¿Qué cuento sería ése? —e hizo un gesto de duda.

—Trataba de un oficinista casado con una mujer sumisa y cariñosa. Él, todos los días, repetía la misma tarea, sin cambio, pero una tarde regresa a casa y la mujer no está; la espera impaciente, pasa la noche y ella no vuelve y no la puede encontrar tras buscarla por sitios conocidos. Al atardecer del segundo día ella aparece en la puerta, callada, abatida, le mira con temor pero él se esfuerza en comprender lo ocurrido: le coge las manos, se las besa y ella le dice: «Ha muerto, yo quería estar con él, me quería». Y ambos, como otra tarde cualquiera, reanudan su monótona existencia en la placidez de la rutina.

Llevó sus ojos hacia la ventana a su izquierda y por el gesto comprendí que el alma huía lejos de su cuerpo y del relato.

—¿Por qué hablar de ese cuento? —y fue tanta la desolación que maltrató su cara con un ensombrecimiento momentáneo que me apresuré a decirle que, en general, me habían interesado todos los suyos y que por ello deseaba conocerle personalmente pues entre tantos escritores leídos, él era el único en descubrir las soterradas voces del corazón y hacerlas arte.

—Bah, son cuentos escritos hace tiempo, pura imaginación, nada era verdadero, todo lo inventé aquí, en esta mesa, ante esta ventana —y al dirigir hacia ella su mirada se levantó, se acercó a los cristales y los rozó, mirando hacia el jardincito donde arbustos aún verdes y un tilo joven alzaban sus ramas sobre la valla de la calle—. Todos los escribí hace mucho tiempo —aún repitió y permaneció de pie, casi dándome la espalda.

Entonces me levanté, le tendí la mano para despedirme y me miró con ojos inexpresivos y no me retuvo; en silencio salí y él cerró la puerta apresuradamente.

Tuve la sensación del Inútil esfuerzo, pero luego vagué por muchas calles con el placer de estar en ellas. Recorrí lugares y perspectivas aunque sentí que atravesaba una ciudad nueva, que no era la que yo, en muchos años, había deseado; encontraba anchas avenidas con el fluir constante de los coches, altos edificios, actividad, público callejero… algo allí era distinto a la Imagen soñadora de un lugar propicio a la aventura de los afectos, al lento transcurrir del tiempo: acaso se habría roto definitivamente la sutil calidad de una fantasía novelesca.

Al día siguiente no pude contener el deseo de visitar nuevamente al escritor y de forzarle a hablar, que se viera obligado a contarme cómo preparaba sus escritos, cómo se formó su vocación de novelista e incluso qué trozos de vida, de gente, tenía al servicio de su escritura y cómo los fundió con la materia ardiente de la imaginación.

Volví a llamar a su puerta y me abrió con Idéntico ademán de indiferencia y otra vez, sentados ante la mesa, yo repetí los comentarios a su estilo conciso y armonioso y le conté en qué circunstancias le había leído. Él siguió mudo pero yo no cesé y me pareció que en su rostro se veía una larga experiencia de decepción, de pasiones y amargos sufrimientos, rebeldías e inevitables fracasos, Me propuse romper su mutismo pero no llegué a hacerle preguntas concretas esperando que despertara en él la necesidad de hablarme.

Al tercer día apareció una mujer junto a nosotros. Desde la puerta que siempre estuvo entornada, una mujer avanzó, mirándome; alta y erguida, con gran cabellera negra, ya no era joven. Quedó de pie un rato, al lado de la mesa y yo no interrumpí lo que estaba diciendo pero la contemplé atraído por su extraño vestido de abalorios, de moda anticuada y un largo chal cubriendo los hombros que le daba un aire especial de elegancia.

Él fingió no verla y, como distraído, unas veces pasaba la vista por mi cara, con mínima atención, y otras, seguía el movimiento de las ramas del jardín tan agitadas por el viento de la tarde.

Un día tras otro yo ful a visitarle, sin desistir aunque su gesto hosco no era hospitalario y acentuaba su reserva. Me dije que para acercarme a él debía compartir su concepción de la literatura y le hablé de mis predilecciones, de mí mismo, de todo lo que yo había sido, y de las enseñanzas que obtuve de la lectura, pero él mantenía su silencio.

Y la mujer siguió a nuestro lado y me escuchaba, al parecer atentamente, pues a veces observé que en sus labios vibraba una ligera emoción, acusando lo que yo contaba. La calma de la casa, el escaso ruido de la calle, la penumbra del atardecer predisponían a la conversación sosegada y cuanto yo decía iba realmente dirigido a ella con la esperanza de que en cualquier momento revelase, apenas en una exclamación, lo que pensaba. Oscurecía más y sólo el rostro y las manos blanqueaban en la habitación, y quizá adormecida por mi Insistente voz —como ese personaje del cuento de hadas al que petrifica el manar de una fuente—, permanecía inmóvil.

Una tarde, al salir y cruzar el jardincito, me encontré con la mujer al lado, Vi que me tendía las manos sin una palabra pero con un gesto espontáneo y bello. Las estreché sonriendo y ella volvió a la casa. Luego, creí comprender que con aquel ademán la mujer me compensaba de la desatención del escritor, pero a la vez era la entrega de un símbolo de su cuerpo quizá aún preservado del desgaste del tiempo, quién sabe si necesitado de amor. Se me antojó ver reunidos en ella rasgos de otras mujeres que yo había deseado, rastros que ahora reencarnaban en un cuerpo apenas entrevisto.

No renuncié a mis visitas pero llegó el último día y hube de despedirme del que no había querido aceptar mi amistad; nos dimos la mano y salí a la calle y eché a andar por la acera. De pronto la encontré junto a mí, con el chal azul por los hombros Igual que todas las tardes. Me miró con fijeza y sin decir nada se apoyó en mi brazo; la tuve tan cerca que vi su frente, sus pestañas, sus ojos —que parecían prometer o suplicar—, las mejillas, la boca contraída, y sentí el deseo de aproximarme más, de rozarla con los labios, Me cogió las manos y estuvimos quietos igual a dos enamorados, mudos, reteniendo aquel Instante raro, incomprensible, triste. Percibí con fuerza su proximidad turbadora, la crispación de la pasión contenida, y una trágica alma vacilante.

Enseguida soltó las manos y retrocedió sin dejar de mirarme y entró en la casa.

Yo también di unos pasos. Supe que todo había terminado, no la volvería a ver y no podría romper la fatalidad de tan fugaz conocimiento; me iba de aquel país y no tendría otra ocasión de regresar a la casa y encontrarla a ella: pronto, la Inexorable sucesión de los meses iría difuminando poco a poco en mi memoria su imagen y la extraña sensación que yo había experimentado, y sin tardar mucho tan luminosa posibilidad de amistad o de amor sería mero recuerdo desvaído, como las fotografías antiguas que tantas veces contemplé.

A uno de mis conocidos le conté las visitas al escritor y le pregunté quién era la mujer que vivía con él y que yo había visto. Hizo un gesto negativo y me dijo que el escritor no tenía mujer, hacía muchos años ésta había muerto y él quedó solo, Ella fue el personaje único de sus relatos. Pero yo repetí que en la casa vi a una mujer. Mi amigo lo negó y pasó a hablarme de mi próximo viaje.

Súbitamente pensé que acaso era ella a quien yo fui a buscar a aquel país, como ilusión presentida que aguarda en las nieblas de la imaginación, como una llamada que a través de la literatura me hubiese arrastrado allí y que impregnó de intenso aliento femenino toda la ciudad que, sin explicación lógica, anhelé visitar.

No había nada real tras aquel presentimiento: tan sólo una hermosa figura fantasmal a la que, sin embargo, yo había mirado con amor.