EL QUIOSCO

El parque en invierno quedaba oculto por las nieblas y el frío pero en verano era un parque con avenidas de tilos, parterres, dos estanques para la charla nocturna de las ranas, macizos de flores y bosquecillos de abedules, sauces y viejos olmos. En lo más profundo de este parque había un quiosco de descanso con paredes de entramado de mimbres y enredaderas y allí la dueña iba todos los días del verano y permanecía horas y horas escuchando el grito de algún pájaro o el zumbido de los insectos o el silencio que soplaba en la enramada, y sobre el amplio diván dejaba un libro abierto o un abanico.

Pasaban los días y un jardinero joven la vio de lejos, le pareció tan triste y abandonada que entró en el cenador, se arrodilló ante ella, le cogió las manos y las besó y sus labios rozaron las azules venas de las muñecas. La señora le despidió con una sonrisa.

Al día siguiente volvió el hombre, repitió sus besos que subieron por los brazos, y otra mañana se atrevió a llegar al cuello, a la palpitante garganta, y allí buscó sus puntos más sensibles y la señora le dejó hacer y se reía suavemente.

También se rió al otro día cuando él le acarició los brazos y el corpiño de ligera indiana. Por la tarde entró en el quiosco una doncella del servicio que llevaba en las manos una corona de rosas, trenzada como hacen en las aldeas. Sin decir palabra, con cuidado, se la sujetó en la cabeza a la señora y luego le presentó un espejo y, mientras se contemplaba, la doncella le pasaba levemente los dedos por la nuca, por las orejas, bajaban al escote y allí posaba las manos y ágilmente le soltó los lazos del vestido y profundizó por el pecho sus caricias hasta que los ojos de la señora se exaltaron.

Lejos se oyeron voces y entonces los lazos fueron enseguida anudados y la sirvienta desapareció.

Al otro día, el jardinero llegó y repitió cada una de las caricias de la doncella, pero él abrió la camisa de la señora y besó respetuosamente los suaves pechos y cuando se hizo fuerte la respiración de ella, se retiró sin hacer ruido. Tras unos minutos apareció la doncella que Inició un juego similar y ambas se rieron y por primera vez la señora tendió los brazos y estrechó a la muchacha y tocó su cuerpo bajo la fina blusa veraniega.

En la tarde del siguiente día se presentaron en el cenador ambos sirvientes. La doncella llevaba nuevas flores, se las dio a la señora y luego se acercó al jardinero para besarle y entregarse al amor ante la mirada atenta de su ama, sentada en el diván. Largo rato pasó así; de los dos cuerpos medio desnudos llegaban leves suspiros de placer y sus movimientos revelaban un dulce acuerdo. Y sólo cuando la señora se puso de pie, ellos se alzaron y la ayudaron a desceñirse la ropa y también recibió enseñanzas y se rió, se sintió morir y renacer y en las mejillas arreboladas reapareció la alegría de ser joven.

Los días veraniegos iban pasando y la señora recorría siempre las avenidas del parque, miraba un pájaro entre la espesura, cortaba flores, leía a la sombra de un álamo y, luego, descansaba en el cenador y día tras día recibía a sus mudos y discretos visitantes que le traían nuevos e inesperados descubrimientos.

Así terminaba el caluroso agosto. Una tarde se oyeron pasos precipitados en la grava del paseo y surgió en la puerta del cenador el esposo. La señora se abanicaba, sentada en el diván, con las piernas recogidas, desnuda, sólo con un collar cercando la garganta. Él hizo una mueca de la mayor sorpresa, gritó que sabía todo, la depravación a que estaba entregada, sus pecados que habían convertido el quiosco en un antro de vergüenzas… Alzaba los brazos al cielo, vociferaba amenazas y sacando del bolsillo cerillas, prendió fuego a los mimbres de las ligeras paredes y rápidamente de ellas se alzaron lenguas doradas.

Al ver esto la esposa se levantó y salió del cenador apresurada, sólo llevando un chal e iba a cubrirse con él cuando oyó que el marido con voz enfurecida, le ordenaba marcharse y no mirar atrás. Pero el crepitar del fuego le hizo volver la cabeza. Pensó que no podía marcharse y deseó permanecer en aquel lugar de hermosas experiencias, junto a lo que fatalmente pronto sería un recuerdo. Y fue tan intenso este deseo de permanecer allí para siempre que súbitamente palidecieron sus colores naturales, la rigidez avanzó por sus miembros, y con la cabeza vuelta, la mano izquierda sosteniendo el chal, su carne de ternura y suavidades, las proporciones admirables de la belleza, se transformaron en una materia dura y pulimentada. Así, una estatua de resistente piedra proclamaría en aquel parque la irreducible persistencia del amor.