Notas

[1] Para aquellos a los que les faltan los dos segundos obligatorios de historia dominicana: Trujillo, uno de los dictadores más infames del siglo XX, gobernó la República Dominicana entre 1930 y 1961 con una brutalidad despiadada e implacable. Mulato con ojos de cerdo, sádico, corpulento: se blanqueaba la piel, llevaba zapatos de plataforma, y le encantaban los sombreros al estilo de Napoleón. Trujillo (conocido también como El Jefe, El Cuatrero Fracasado y Fuckface) llegó a controlar casi todos los aspectos de la política, la vida cultural, social, y económica de la RD mediante una mezcla potente (y muy conocida) de violencia, intimidación, masacre, violación, asimilación, y terror; así llegó a disponer del país como si fuera una colonia y él su amo. A primera vista, parecía el prototipo del caudillo latinoamericano, pero sus poderes eran tan letales que pocos historiadores o escritores los han percibido, y me atrevo a decir que ni siquiera han imaginado. Era nuestro Sauron, nuestro Arawn, nuestro propio Darkseid, nuestro dictador para siempre, un personaje tan extraño, tan estrafalario, tan perverso, tan terrible que ni siquiera un escritor de ciencia ficción habría podido inventarlo. Famoso por haber cambiado TODOS LOS NOMBRES A TODOS LOS SITIOS HISTÓRICOS de la República Dominicana para honrarse a sí mismo (el Pico Duarte se convirtió en Pico Trujillo, y Santo Domingo de Guzmán, la primera y más antigua ciudad del Nuevo Mundo, se convirtió en Ciudad Trujillo); por monopolizar con descaro todo el patrimonio nacional (convirtiéndose de repente en uno de los hombres más ricos del planeta); por armar uno de los mayores ejércitos del hemisferio (por amor de Dios, el tipo tenía bombarderos); por echarse a cada mujer atractiva que le diera la gana, incluso las esposas de sus subalternos, millares y millares y millares de mujeres; por tener la expectativa —¡no, por insistir!— en la veneración absoluta de su pueblo (significativamente, la consigna nacional era «Dios y Trujillo»); por dirigir el país como si fuera un campo de entrenamiento de la Marina norteamericana; por quitar a amigos y aliados de sus puestos y arrebatarles las propiedades sin razón alguna; y por sus capacidades casi sobrenaturales.

Entre sus logros excepcionales se cuentan: el genocidio en 1937 de los haitianos y la comunidad haitiano-dominicana; mantener una de las dictaduras más largas y dañinas del Hemisferio Occidental con el apoyo de Estados Unidos (y si hay algo en que los latinos somos expertos es en tolerar dictadores respaldados por Estados Unidos, así que no hay duda que esta fue una victoria ganada con el sudor de la frente, y de la que los chilenos y los argentinos todavía se quejan); la creación de la primera cleptocracia moderna (Trujillo fue Mobutu antes de que Mobutu fuera Mobutu); el soborno sistemático de senadores estadounidenses; y, por último, la unión de los dominicanos en una nación moderna (hizo lo que no pudieron hacer los entrenadores de las fuerzas militares americanas durante la ocupación). <<

[2] Esta noticia es para los paranoicos: la noche que John Kennedy, Jr., Carolyn Bessette y su hermana, Lauren, desaparecieron en el Piper Saratoga (fukú), la criada favorita de su padre, una dominicana llamada Providencia Parédes, estaba en Martha’s Vineyard cocinándole a John-John su plato preferido: chicharrón de pollo. Pero el fukú siempre come primero, y come solo. <<

[3] «Soy el rey más Antiguo: Melkor, el primero y el más poderoso de todo Valar, que estaba antes del mundo y quien lo hizo. La sombra de mi propósito está sobre Arda, y Todo lo que está en él se doblega lenta y seguramente a mi voluntad. Pero sobre todo lo que ames mi pensamiento pesará como una nube de la Condena, y lo llevará hacia la oscuridad y la desesperación. Dondequiera que vayan, el mal se levantará. Siempre que hablen, sus palabras traerán mal consejo. Todo lo que hagan les irá contra ellos. Morirán sin esperanza, maldiciendo la vida y la muerte». <<

[4] En los años cuarenta y cincuenta, Porfirio Rubirosa —o Rubi, como le decían en los diarios— era el tercer dominicano más famoso del mundo (primero estaba El Cuatrero Fallido, y luego la mismísima mujer cobra, María Montez). Hombre buen mozo, alto y elegante cuyo «enorme falo causó estragos en Europa y Norteamérica», Rubirosa era un picaflor del jet-set, que competía en carreras automovilísticas, estaba obsesionado con el polo y era la cara «feliz» del trujillato (porque, efectivamente, era uno de los subalternos más conocidos de Trujillo). Un guapísimo hombre del mundo que también había sido modelo alcanzó notoriedad cuando se casó con la hija de Trujillo, Flor de Oro, en 1932, y aunque se divorciaron cinco años después, en el Año del Genocidio Haitiano, logró estar a bien con El Jefe durante todo el largo tiempo que se mantuvo el régimen. A diferencia de su cuñado Ramfis (con quien lo asociaban con frecuencia), Rubirosa parecía incapaz de matar a nadie; en 1935 viajó a Nueva York para ejecutar la sentencia de muerte que El Jefe había dictaminado contra el líder del exilio, Angel Morales, pero huyó antes de que la chapucería del intento pudiera llevarse a cabo. Rubi era el macho dominicano clásico, rapaba con toda clase de mujer —Barbara Hutton, Doris Duke (que resultó ser la mujer más rica del mundo), la actriz francesa Daniela Darrieux, y Zsa Zsa Gabor— por nombrar solo a algunas. Como su socio Ramfis, Porfirio también murió en un accidente automovilístico en 1965, cuando su Ferrari de doce cilindros patinó y se salió de la carretera en el Bois de Boulogne (es difícil exagerar el rol que desempeñan los carros en nuestra narrativa). <<

[5] Pariguayo es un neologismo peyorativo a partir del inglés, party watcher: «el que mira las fiestas». La palabra comenzó a utilizarse comúnmente durante la primera ocupación norteamericana de la RD, que fue de 1916 a 1924 (¿no sabían que nos ocuparon dos veces en el siglo XX? No se preocupen, cuando tengan hijos ellos tampoco sabrán que Estados Unidos invadió a Irak). Durante la primera ocupación se dijo que los miembros de las fuerzas de ocupación norteamericanas a menudo iban a fiestas dominicanas pero, en lugar de participar, simplemente se paraban y miraban. Lo que, por supuesto, debía de parecer una locura. ¿Quién diablos va a una fiesta a mirar? Después de eso, los marines fueron para siempre pariguayos, palabra que en uso cotidiano quiere decir el tipo que se queda afuera, que solo mira mientras los otros levantan a las muchachas; en otras palabras, cualquiera que es un inútil, un apocao. El pariguayo es que el que no sabe bailar, el que no tiene con qué, el que deja que se burlen de él: ese precisamente es el pariguayo.

Si se buscara en el Gran Diccionario Dominicano, la definición del pariguayo incluiría una talla de madera de Óscar. Lo llamarían así el resto de la vida y eso lo aproximaría al otro Vigilante, al superhéroe del universo Marvel que está del Lado Azul de la Luna y mira y mira, pero jamás interviene. <<

[6] De dónde salió este amor descomunal por la literatura de género nadie lo sabe. Puede que haya sido consecuencia de ser antillano (¿quién tiene más de ciencia ficción que nosotros?) o de haber vivido sus primeros dos años en la RD y después precipitadamente, angustiosamente, haber sido desplazado a Nueva Jersey —esa tarjeta de residencia oficial en Estados Unidos no solo le cambió el mundo (de Tercero a Primero) sino también de siglo (de casi nada de TV o electricidad a un montón de ambas). Después de una transición semejante me imagino que únicamente las situaciones más extremas lo habrían podido satisfacer. ¿Quizá fue que en la RD había visto demasiados episodios de El Hombre Araña, o lo habían llevado a ver demasiadas películas de kung fu de Run Run Shaw, o había escuchado demasiadas historias fantasmagóricas de su abuela sobre el Cuco y la Ciguapa? ¿O quizá fue el primer bibliotecario en Estados Unidos quien lo enganchó en la lectura con la chispa que sintió cuando tocó por primera vez un libro de Danny Dunn? ¿O quizá apenas fue el espíritu de la época (¿no fue el principio de los años setenta el amanecer de la Edad del Nerd?), o que se había pasado la mayor parte de su niñez sin un solo amigo? ¿O era algo más profundo, algo ancestral?

¿Quién lo puede decir?

Lo que sí está claro es que ser lector y fanático de la literatura de género (a falta de un término mejor) lo ayudó a sostenerse durante esos días difíciles de la juventud, pero también hizo que pareciera un bicho aún más raro en esas calles crueles de Paterson. Fue víctima de los demás muchachos —que lo golpeaban y empujaban y le hacían todo tipo de horrores y le rompían los espejuelos y le partían en dos ante sus mismos ojos los libros nuevecitos de paquete que compraba de Scholastic a cincuenta centavos cada uno. ¿Te gustan los libros? ¡Ahora tienes dos! ¡Ja, ja! No hay nadie más opresor que el que ha sido oprimido. Hasta su propia madre encontraba sospechosas sus preocupaciones. ¡Sal a jugar!, le ordenaba por lo menos una vez al día. Pórtate como un muchacho normal.

(Solamente su hermana, lectora también, lo apoyaba. Le traía libros de su propia escuela, que tenía una mejor biblioteca.)

¿Quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos. Mamma mia! Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho.

¡Pa fuera!, su mamá ordenaba. Y él salía, como un condenado, para pasar algunas horas atormentado por los otros muchachos. Por favor, quiero quedarme en casa, le rogaba a la madre, pero ella lo botaba de todos modos. Tú no eres mujer para quedarte en la casa. Y aguantaba una, dos horas hasta que por fin se podía colar de nuevo en la casa. Entonces se escondía en el closet de arriba, donde leía con el rayo de luz que entraba por las rendijas de la puerta. Al pasar las horas, su mamá lo encontraba y lo sacaba de nuevo. ¿Qué carajo te pasa?

(Y ya, en los desechos de papel, en sus libros de composición, en el dorso de sus manos, comenzaba a garabatear, nada serio por el momento, apenas borradores de sus historias preferidas, sin imaginar que esos pastiches chapuceros definirían su Destino.) <<

[7] Las hermanas Mirabal fueron las Grandes Mártires de la época: Patria Mercedes, Maria Argentina Minerva y Antonia María Teresa, tres bellas hermanas de Salcedo que opusieron resistencia a Trujillo y fueron asesinadas. (Esta es una de las razones principales de que las mujeres de Salcedo tengan la reputación de ser tan feroces y no aguantarle nada a nadie, ni siquiera a Trujillo.) Para muchos sus asesinatos y la subsiguiente protesta pública señalaron el principio oficial del fin del trujillato, el punto de giro, cuando la gente al fin decidió que hasta ahí llegaba. <<

[8] María Montez, célebre actriz dominicana, fue a Estados Unidos y actuó en más de veinticinco películas de 1940 a 1951, entre otras Las mil y una noches, Alí Baba y los cuarenta ladrones, Cobra Woman y, mi favorita, La Atlántida. Los fanáticos e historiadores la llamaban «la Reina del Tecnicolor». Cuando nació el 12 de junio de 1912 en Barahona, le pusieron María África Gracia Vidal, pero su nombre escénico se inspiró en la famosa cortesana del siglo XIX, Lola Montez (Alejandro Dumas, parte haitiano, estuvo entre sus conquistas más notables). María Montez fue la primera Jennifer Lo (o la caribeña del momento que más les guste), la primera verdadera estrella internacional nacida en la RD. Terminó casada con un francés (mala suerte, Anacaona) y mudándose a París después de la Segunda Guerra Mundial. Se ahogó sólita en la bañera a los treinta y nueve años. No hubo huellas de lucha ni indicios de juego sucio. De vez en cuando se dejaba sacar fotos que el trujillato utilizaba después, pero nunca nada serio. Debe aclararse que en Francia, María resultó ser tremenda nerd. Escribió tres libros, dos de los cuales fueron publicados. El tercer manuscrito se perdió después de su muerte. <<

[9] Aunque no sea esencial para nuestro relato en sí, Balaguer es esencial en la historia dominicana, por lo que debemos mencionarlo, aunque preferiría cagarme en él. Los viejos sabios dicen: Todo lo que se menciona por primera vez llama a un demonio, y cuando los dominicanos del siglo XX pronunciaron en masa por primera vez la palabra libertad, el demonio que conjuraron fue Balaguer. (También es conocido como El Ladrón de las Elecciones —véanse las de 1966 en la RD— y El Homúnculo.) En los días del trujillato, Balaguer era nada menos que uno de los subalternos más eficientes de El Jefe. Mucho se decía de su inteligencia (sin duda impresionó a El Cuatrero Fallido) y de su ascetismo (cuando violaba a las niñas, se lo guardaba). Después de la muerte de Trujillo, asumiría el control del Proyecto Domo y gobernaría el país de 1960 a 1962, de nuevo de 1966 a 1978, y otra vez de 1986 a 1996 (para esa época ya estaba ciego como un murciélago, una verdadera momia viviente). Durante su segundo mandato, conocido entre los locales como los Doce Años, desencadenó una oleada de violencia contra la izquierda dominicana, enviando a escuadrones de la muerte a eliminar a cientos de personas y alentando a millares a irse del país. Fue él quien supervisó/inició lo que llamamos la Diáspora. Considerado nuestro «genio nacional», Joaquín Balaguer era un negrófobo, un apologista del genocidio, un ladrón electoral y un asesino de la gente que escribía mejor que él; es notorio que ordenó la muerte del periodista Orlando Martínez. Con posterioridad, cuando escribió sus memorias, dijo que sabía quién había cometido el criminal hecho (por supuesto, no él) y dejó una página en blanco en el texto para a su muerte completarla con la verdad. (¿Cabe decir impunidad?) Balaguer murió en 2002. La página sigue en blanco. Apareció como un personaje comprensivo en La fiesta del Chivo de Vargas Llosa. Como la mayoría de los homúnculos, no se casó ni dejó descendencia. <<

[10] Aparte de querer mandar un saludo a Jack Kirby, como tercermundista es difícil no sentir cierta afinidad con su personaje, Uatu El Vigilante, quien reside en el Área Azul oculta de la Luna mientras nosotros DarkZoners vivimos (citando a Glissant) en «la face cachée de la Terre» (la cara oculta de la Tierra). <<

[11] Siempre en las noticias en aquellos días, Jesús de Galíndez era un supernerd vasco, estudiante graduado de la Universidad de Columbia, que había escrito una tesis doctoral algo inquietante. ¿El tema? Lamentablemente, desafortunadamente, tristemente: la era de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Galíndez, republicano en la guerra civil española, tenía conocimiento de primera mano del régimen: se había refugiado en Santo Domingo en 1939, había ocupado altos puestos allí, y para cuando se fue en 1946, había desarrollado una alergia mortal a El Cuatrero Fallido. No concebía un deber más noble que exponer el cáncer que era su régimen. Crassweller describe a Galíndez como un «hombre de estudios, un arquetipo que suele encontrarse con frecuencia entre los activistas políticos en América Latina… el ganador de un premio de poesía», lo que quienes nos encontramos en los Planos Más Altos llamamos Nerd Clase 2. Pero el tipo era un izquierdista feroz y, a pesar de los peligros, trabajaba valerosamente en su disertación sobre Trujillo.

Y qué demonios pasa entre los dictadores y los escritores, ¿eh? Desde antes de la guerra de infausta memoria entre César y Ovidio siempre han tenido problemas. Como los Fantastic Four y Galactus, como los X-Men y la Fraternidad de Mutantes Malvados, como los Teen Titans y Deathstroke, Foreman y Ali, Morrison y Crouch, Sammy y Sergio, parecían destinados a estar ligados eternamente en los Anales de las Guerras. Rushdie dice que tiranos y escritorzuelos son antagonistas naturales, pero pienso que eso es demasiado sencillo: se lo pone fácil a los escritores. Los dictadores, en mi opinión, conocen la competencia cuando la ven. Igual que los escritores. Al fin y al cabo, se reconocen los de la misma calaña.

Para abreviar la historia: Cuando El Jefe se enteró de la tesis, primero intentó comprarla pero, cuando eso falló, envió a su Nazgul principal (el sepulcral Félix Bernardino) a Nueva York y, en cuestión de días, Galíndez se vio amordazado, empaquetado y arrastrado a La Capital. Cuenta la leyenda que, cuando despertó de su siesta de cloroformo, se encontró desnudo, colgando de los pies sobre una caldera de aceite hirviente, El Jefe parado al lado con un ejemplar de la tesis ofensiva. (¡Y ustedes pensaban que la defensa de su tesis estuvo difícil!) ¿A quién coñazo se le hubiera ocurrido algo tan fokin horroroso? Supongo que El Jefe quería celebrar una pequeña tertulia con ese pobre condenado nerd. ¡Y qué tertulia esa, Dios mío! En fin, la desaparición de Galíndez provocó un alboroto en Estados Unidos, con todos los dedos señalando a Trujillo, pero por supuesto él juró su inocencia, y a eso era exactamente a lo que se refería Mauricio. Pero hay por qué tener fe: por cada falange de nerds que cae, siempre hay un puñadito que sobrevive. Poco después de esa muerte tan terrible, un fracatán de nerds revolucionarios desembarcó en una barra de arena en la costa sureste de Cuba. Sí, Fidel y el Team Revolucionario de regreso, buscando revancha con Batista. De los 82 revolucionarios que llegaron a la playa, solo 22 celebraron el Año Nuevo, entre ellos un argentino amante de los libros. Fue un baño de sangre: las fuerzas de Batista mataron hasta a los que se rindieron. Pero esos 22, como la historia se encargaría de demostrar, bastaron. <<

[12] Eso me recuerda el triste caso de Rafael Yépez: Yépez era un hombre que, en los años treinta, dirigía una escuelita preparatoria en la capital, cerca de donde me críe, adonde iban los rateritos del trujillato. Un maldito día, se le ocurrió a Yépez pedirles a los estudiantes que escribieran un ensayo sobre el tema que quisieran —era un tipo abierto, estilo Betances— y, para sorpresa de nadie, un chico decidió alabar a Trujillo y a su señora, Doña María. Y entonces Yépez metió la pata al sugerirle a la clase que otras dominicanas merecían tantas alabanzas como Doña María y que, en el futuro, jóvenes como ellos mismos serían los líderes máximos como Trujillo. A mí me parece que Yépez confundió el Santo Domingo donde él vivía con otro Santo Domingo. Esa misma noche, el pobre maestro, su señora, su hija y todos los estudiantes fueron levantados a la fuerza de sus camas por la policía militar y llevados en camiones cerrados a la Fortaleza Ozama, donde fueron interrogados. Al poco tiempo, soltaron a los estudiantes pero al pobre maestro, su señora y su hija nadie jamás los volvió a ver. <<

[13] Por Ramfis Trujillo por supuesto me refiero a Rafael Leónidas Trujillo Martínez, el primer hijo de El Jefe, nacido cuando su madre todavía estaba casada con otro hombre, un cubano. Fue solo cuando el cubano se negó a aceptar al muchacho como suyo que Trujillo reconoció a Ramfis. (¡Gracias, Papi!) Fue el «famoso» hijo que El Jefe hizo coronel a los cuatro años y general de brigada a los nueve (lo conocían cariñosamente como Lil’Fuckface). De adulto, Ramfis tenía fama de jugador de polo, de acostarse con actrices americanas (Kim Novak, ¿cómo pudiste?), de estar en batalla constante con el padre y de ser un demonio sin corazón y cero de humanidad. Fue él quien dirigió personalmente la indiscriminada tortura y los asesinatos de 1959 y 1961 (después de que asesinaran a su padre, Ramfis se ocupó él mismo de la horrible tortura de los conspiradores). (En un informe secreto del cónsul de Estados Unidos, actualmente disponible en la Biblioteca Presidencial de JFK, Ramfis aparece descrito como «desequilibrado», un hombre que durante su niñez tuvo como diversión soplarles las cabezas a las gallinas con un revólver .44.) Ramfis huyó del país después de la muerte de Trujillo, llevó una vida disoluta con el producto del robo de su padre y murió en un accidente automovilístico que él mismo provocó en 1969; el otro carro llevaba a la duquesa de Albuquerque, Teresa Beltrán de Lis, quien murió al instante; el muy cabrón se la pasó asesinando hasta el último segundo. <<

[14] Johnny Abbes García era uno de los queridos Señores Morgul de Trujillo. Jefe de la temida y todopoderosa Policía Secreta (SIM), a Abbes se le consideraba el mayor torturador del pueblo dominicano en toda la historia. Entusiasta de las técnicas chinas de tortura, se decía que tenía en su empleo a un enano que machacaba los testículos de los presos con los dientes. Trazaba planes infinitos contra los enemigos de Trujillo y fue el asesino de muchos revolucionarios jóvenes y estudiantes (entre ellos las Hermanas Mirabal). ¡Por orden de Trujillo, organizó el asesinato del presidente elegido democráticamente en Venezuela: Rómulo Betancourt! (Betancourt y Trujillo eran viejos enemigos, desde los años cuarenta, cuando los SIMianos de Trujillo intentaron inyectar a Betancourt veneno en las calles de La Habana.) El segundo intento no salió mejor que el primero. La bomba, escondida en un Oldsmobile verde, lanzó el Cadillac presidencial fuera de Caracas, mató al chofer y a un transeúnte, ¡pero no pudo matar a Betancourt! ¡Eso sí que es un verdadero gángster! (Venezolanos: que no se les ocurra decir jamás que no compartimos una historia. No solo compartimos telenovelas y el hecho de que tantos de nosotros inundaran sus orillas en busca de trabajo en los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta. ¡Nuestro dictador intentó matar a su presidente!) Después de la muerte de Trujillo, Abbes fue nombrado cónsul en Japón (solo para sacarlo del país) y terminó trabajando para esa otra pesadilla caribeña, el dictador haitiano Francois «Papá Doc» Duvalier. No fue tan leal a Papá Doc como a Trujillo: cuando Abbes intentó traicionarlo, Papá Doc lo mató a él y a su familia y luego voló su fokin casa. (Creo que Papá D sabía exactamente con qué clase de criatura trataba.) No existe un dominicano que crea que Abbes murió en la explosión. Se dice que todavía anda por el mundo, esperando la próxima llegada de El Jefe, cuando él también emergerá de la Sombra. <<

[15] Unos de los lugares favoritos de Trujillo, mi mamá me contó cuando el manuscrito estaba casi completo. <<

[16] Félix Wenceslao Bernardino, criado en La Romana, era uno de los agentes más siniestros de Trujillo, el Rey Brujo de Angmar. Era cónsul en Cuba cuando el sindicalista exiliado Mauricio Báez fue asesinado misteriosamente en las calles de La Habana. Se decía también que Félix había tenido parte en el fallido intento contra el líder del exilio dominicano Ángel Morales (los asesinos irrumpieron de sopetón, confundieron a su secretario, que se estaba afeitando, con él y lo hicieron trizas). Además, Félix y su hermana, Minerva Bernardino (la primera mujer del mundo nombrada embajadora ante las Naciones Unidas), estaban ambos en Nueva York cuando Jesús de Galíndez desapareció misteriosamente camino a su casa desde la estación de metro de Columbus Circle. Háblese luego de Con arma viajar. Dicen que la fuerza de Trujillo nunca lo abandonó; el fokin hijoeputa murió de viejo en Santo Domingo, trujillista hasta el final, ahogando a sus trabajadores haitianos para no pagarles. <<

[17] En mi primer borrador Samaná era realmente Jarabacoa, pero mi socia Leonie, experta residente en todas las cosas domo, precisó que en Jarabacoa no hay playas. Ríos hermosos sí, pero playas no. Leonie es también la persona que me informó que el perrito (véanse los primeros párrafos del primer capítulo, «El nerd del gueto en el fin del mundo») no se popularizó hasta finales de los ochenta, principios de los noventa, pero ese es un detalle que me sería imposible cambiar; me gusta demasiado la imagen. ¡Perdónenme, historiadores del baile popular, perdónenme! <<

[18] La Mangosta, una de las grandes partículas inestables del Universo y también una de las grandes viajeras, acompañó a la humanidad cuando salió de África, y después de un largo tiempo en la India, saltó a una nave para llegar a la otra India, es decir, el Caribe. Desde su primera aparición escrita —675 a.C. en la carta de un escribano anónimo a Esarhaddon (un rey de Asiria que gobernó de 681 a 669 a. C.), el padre de Asurbanipal (el gran rey de Asiria, famoso por ser uno de los pocos reyes de la Antigüedad que podían leer y escribir, fundador de una de las primeras y más extensas bibliotecas de aquellos tiempos)— la Mangosta se ha demostrado enemiga de carros, de cadenas y de jerarquías. Como se supone aliada del ser humano, Muchos Vigilantes sospechan que la Mangosta llegó a nuestro mundo de otro, pero hasta la fecha no se ha desenterrado prueba alguna de tal migración. <<

[19] Dicen que iba rumbo a un culo aquella noche. ¿A alguien le sorprende? Un culócrata consumado hasta el final. Quizá en su última noche, El Jefe, arrellanado en el asiento trasero de su Bel Air, pensaba solo en el toto rutinario que lo esperaba en la Estancia Fundación. Quizá no pensaba en nada. ¿Quién sabe? En cualquier caso: un Chevrolet negro se aproxima con rapidez, como la misma Muerte, repleto de asesinos de las clases más altas pagados por Estados Unidos, y ahora los dos carros se acercan a los límites de la ciudad, donde terminan los faroles (porque, que conste, la modernidad tiene sus límites en Santo Domingo), y en la distancia oscura se cierne la feria ganadera donde diecisiete meses antes otro joven había intentando asesinarlo. El Jefe le pide a su chofer, Zacarías, que ponga el radio, pero —qué apropiado— hay una lectura de poesía y entonces lo apaga. Puede que la poesía le recuerde a Galíndez.

Puede que no.

El Chevy negro hace, inofensivamente, una señal con sus luces, pidiendo pasar, y Zacarías, pensando que es la Policía Secreta, cumple y baja la velocidad, y cuando los carros están uno al lado del otro, la escopeta en mano de Antonio de la Maza (cuyo hermano —qué sorpresa— fue asesinado cuando se encubrió lo de Galíndez… lo que demuestra que siempre hay que tener cuidado al matar nerds porque nunca se sabe quién vendrá atrás de ti) hace ¡buya! Y ahora (según la leyenda) El Jefe grita, ¡Coño, me hirieron! La segunda ráfaga de la escopeta le da a Zacarías en el hombro y casi detiene el carro, por el dolor y choque y sorpresa. Aquí ahora viene el intercambio famoso: Coge las armas, dice El Jefe. Vamos a pelear. Y Zacarías dice: No, Jefe, son muchos, y El Jefe repite: Vamos a pelear. Podía haberle ordenado a Zacarías que le diera vuelta al carro y regresara a la seguridad de su capital pero, por el contrario, decidió terminar como Tony Montana. Tambaleándose, Trujillo sale del Bel Air acribillado a balazos, con un .38 en la mano. El resto es, por supuesto, historia, y si esto fuera una película se tendría que filmar en cámara lenta al estilo de John Woo. Le dispararon veintisiete veces —qué número tan dominicano— y se dice que a pesar de sufrir cuatrocientos puntos de impactos, Rafael Leónidas Trujillo Molina, herido mortalmente, dio dos pasos hacia el lugar donde nació, San Cristóbal, porque, como sabemos, todos los niños, buenos y malos, al fin encuentran su camino a casa; pero, pensándolo mejor, se volvió a La Capital, su ciudad querida, y cayó por última vez. Zacarías, a quien una ronda de .357 le había arrugado la región centroparietal, cayó en la hierba junto a la carretera; milagro de milagros, sobreviviría para hacer el cuento del ajusticiamiento. De la Maza, quizá pensando en su pobre hermano difunto a quien le habían tendido la trampa, le quitó el .38 de la mano muerta a Trujillo y le disparó a la cara, pronunciando las palabras ahora tan famosas: Este guaraguao ya no comerá más pollito. Y entonces los asesinos escondieron el cadáver de El Jefe… ¿dónde? En el maletero, por supuesto.

Y así murió el viejo Fuckface. Y entonces pasó la Era de Trujillo (maomeo).

He ido muchas, muchas veces al tramo de la carretera donde lo mataron. No hay nada que reportar, salvo que la guagua de Haina por poco me arrolla cada vez que crucé la carretera. Durante algún tiempo oí que esa parte del camino era refugio de la gente que más preocupaba a El Jefe: los maricones. <<

[20] «Y cuando los Capitanes miraron hacia el sur a La Tierra de Mordor, les parecía a ellos que, negro contra el paño mortuorio de la nube, se levantaba la forma gigantesca de una sombra, impenetrable, coronada por un relámpago, y cubría todo el cielo. Enorme, se alzó sobre el mundo y estiró hacia ellos una mano que amenazaba, terrible pero impotente; porque aun mientras se inclinaba sobre ellos, un gran viento lo tomó y lo sopló lejos, y así pasó; entonces cayó un silencio.» <<

[21] ¿Y dónde fueron asesinadas las Hermanas Mirabal? En un cañaveral, por supuesto. ¡Y luego metieron sus cuerpos en un carro y simularon un accidente! Vaya, ¡un dos por uno! <<

[22] Hay otros comienzos, sin duda, seguro que mejores —si me hubieran preguntado a mí, habría empezado cuando los españoles «descubrieron» el Nuevo Mundo— o cuando Estados Unidos invadió Santo Domingo en 1916, pero si este es el principio que los de León eligieron para sí, pues, ¿quién soy yo para dudar de su historiografía? <<

[23] Hatuey, en caso que lo hayan olvidado, era el Ho Chi Minh taíno. Cuando los españoles cometían el Primer Genocidio en la República Dominicana, Hatuey dejó la isla y fue en canoa a Cuba en busca de refuerzos, un viaje precursor al de Máximo Gómez casi trescientos años más tarde. A la Casa Hatuey se le dio ese nombre porque, en Tiempos Idos, supuestamente había sido propiedad de un descendiente del sacerdote que intentó bautizar a Hatuey antes de que los españoles lo quemaran en la hoguera. (Lo que Hatuey dijo en esa pira es una leyenda en sí: ¿Hay blancos en el Cielo? Entonces prefiero ir al Infierno.) Sin embargo, la Historia no ha tratado bien a Hatuey. A menos que algo cambie CUANTO ANTES, seguirá como su camarada, Caballo Loco, atado a una cerveza, en un país que no es el suyo. <<

[24] Pero lo aún más irónico era que Abelard tenía la reputación de poder bajar la cabeza durante las peores locuras del régimen… de no ver, por decirlo así. Por ejemplo, en 1937, mientras los Amigos de la República Dominicana estaban perejiliando hasta la muerte a los haitianos y a los haitiano-dominicanos y a los dominicanos que parecían haitianos, mientras se gestaba, de hecho, el genocidio, Abelard mantuvo la cabeza, los ojos y la nariz bien metidos en los libros (dejó que su esposa se ocupara de esconder a sus criados y no le preguntó nada sobre el asunto), y cuando los sobrevivientes llegaban tambaleándose a su clínica con atroces machetazos, los trataba como mejor podía sin hacer ningún comentario sobre lo espantoso de las heridas. Actuaba como si se tratara de un día cualquiera. <<

[25] Él habría deseado que así también hubiera sido su contacto con Balaguer. En aquellos días el Demonio Balaguer todavía no se había convertido en el Ladrón de las Elecciones; era solo el ministro de Educación de Trujillo —pueden ver sus logros en ese campo— y aprovechaba toda oportunidad que se le presentaba para arrinconar a Abelard. Deseaba hablar con Abelard sobre sus teorías —que eran cuatro partes Gobineau, cuatro partes Goddard y dos partes eugenesia racial alemana. Las teorías alemanas, le aseguraba a Abelard, estaban muy de moda en el continente. Abelard asentía. Ya veo. (Y, bueno, ustedes se preguntarán, ¿quién era el más inteligente? No había comparación alguna. En un encuentro de tablas y escaleras, Abelard, El Cerebro del Cibao, hubiera acabado con el «Genio del Genocidio» en un dos por tres.) <<

[26] Después que Trujillo inauguró el genocidio de los haitianos y los haitiano-dominicanos en 1937, en la RD no se vio trabajando a mucha gente que pareciera haitiana por lo menos hasta finales de los años cincuenta. Esteban era la excepción porque a) tenía un aspecto cabronamente dominicano y b) durante el genocidio, Socorro lo había ocultado dentro de la casa de muñecas de su hija Astrid. Estuvo cuatro días allí, apretujado como una Alicia mulata. <<

[27] Puede que Anthony haya aislado a Peaksville con el poder de su mente, ¡pero Trujillo hacía lo mismo con el poder de su oficina! Casi desde el momento en que asumió la presidencia, El Cuatrero Fracasado selló al país del resto de mundo —un aislamiento forzado que llamaremos la Cortina de Plátano. Y en cuanto a la frontera con Haití, que había sido fluida durante toda la historia —y siempre había sido más baká que frontera—, El Cuatrero Fracasado se convirtió en una especie de Dr. Gull de From Hell; adoptó el credo de los arquitectos dionisios, aspiraba a ser un arquitecto de la historia y, mediante un espantoso ritual de silencio y sangre, machete y perejil, oscuridad y negación, impuso una verdadera frontera entre los dos países, una frontera que existe más allá de los mapas, que está grabada en la historia y la imaginación del pueblo. Para mediados de la segunda década del «período presidencial» de Trujillo la Cortina de Plátano se había hecho tan eficaz que, cuando los Aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de la gente ni se enteró de lo ocurrido. Y aquellos que lo sabían, creían la propaganda que Trujillo había tenido un papel importante en la derrota de los japoneses y los alemanes. El Tipo no podía haber tenido un reino más privado si hubiera tirado un force-field alrededor a la isla. (En fin, ¿para qué generadores futurísticos si se tiene el poder del machete?) La mayoría de la gente asegura que El Jefe quería mantener al mundo alejado; sin embargo, otros señalan que parecía por lo menos tan dedicado a guardar algo adentro. <<

[28] Su pueblo le tenía tanta devoción, como escribe Galíndez en La era de Trujillo, que de hecho, durante unos exámenes finales, a un estudiante graduado se le pidió que hablara sobre las culturas precolombinas de las Américas, y él contestó sin pausa que la cultura precolombina más importante de las Américas era «la República Dominicana durante la era de Trujillo». Ay mi madre… Pero lo que es aún más absurdo es que los examinadores se negaron a ponchar al estudiante por el hecho de que «había mencionado a El Jefe» <<

[29] Anacaona, conocida como la Flor de Oro. Una de las Madres Fundadoras del Nuevo Mundo y la India más bella del Mundo. (Puede que los mexicanos tengan a su Malinche, pero nosotros los dominicanos tenemos a nuestra Anacaona.) Anacaona era la esposa de Caonabo, uno de los cinco caciques que gobernaban nuestra Isla en el momento del «descubrimiento». En sus crónicas, Bartolomé de las Casas la describió como «una mujer de gran prudencia y autoridad, muy cortés y elegante en su manera de hablar y en sus gestos». Otros testigos hablan de modo más sucinto: la jeva estaba buenísima y resulta que también era guerrera valiente. Cuando los euros empezaron a comportarse como Hannibal Lecter con los taínos, mataron al marido de Anacaona (lo que es otra historia). Y como toda buena mujer guerrera, trató de reunir a su gente, de oponerse, pero los europeos eran el fukú original y no había manera de pararlos. Matanza tras matanza tras matanza. Cuando la capturaron, Anacaona intentó parlamentar, diciendo: «La violencia no es honorable, y tampoco la violencia repara nuestro honor. Construyamos un puente de amor que nuestros enemigos puedan cruzar, dejando sus huellas a la vista de todos». Pero los españoles no estaban tratando de construir ningún puente. Después de un simulacro de juicio, ahorcaron a la valiente Anacaona. En Santo Domingo, a la sombra de una de nuestras primeras iglesias. Fin.

Una historia corriente de Anacaona que se oye en la RD es que, en vísperas de su ejecución, le ofrecieron la oportunidad de salvarse: todo lo que tenía que hacer era casarse con un español que estaba obsesionado con ella. (¿Ven el patrón? Trujillo deseaba a las Hermanas Mirabal, y el español deseaba a Anacaona.) Ofrézcanle la misma opción a una muchacha contemporánea de la Isla y ya verán lo rápido que llena la solicitud de pasaporte. Sin embargo, se dice que Anacaona, trágicamente old school, contestó: Oye, blanquito, ¡me le puedes dar un beso a este culo de huracán! Y ese fue el fin de Anacaona. La Flor de Oro. Una de las Madres Fundadoras del Nuevo Mundo y la India más Bella del Mundo. <<

[30] Nigua y El Pozo de Nagua eran campos de exterminio —Ultamos— considerados las peores cárceles del Nuevo Mundo. La mayoría de quienes estuvieron en Nigua durante el trujillato no salió viva y los que sí probablemente hubieran deseado no hacerlo. El padre de un amigo mío pasó ocho años en Nigua por no haber demostrado deferencia adecuada hacia el padre de El Jefe y nos contó una vez de un compañero que cometió el error de quejarse con sus carceleros de un dolor de muelas. Los guachimanes le metieron un arma en la boca y le pusieron los sesos en órbita. Seguro que no te duele ahora, dijeron a carcajadas. (Después de eso, al que cometió el asesinato se le conoció como El Dentista.) Nigua tenía muchos «graduados» famosos, entre ellos el escritor Juan Bosch, que pasaría a ser el Antitrujillista Exiliado Número Uno y después presidente de la República Dominicana. Como dijo Juan Isidro Jiménez Grullón en su libro Una Gestapo en América: «Es mejor tener cien niguas en un pie que un pie en Nigua». <<

[31] Yo solo viví en Santo Domingo hasta los nueve años y aun así conocí criadas. Dos vivían en el callejón detrás de la casa. Estas muchachas eran las personas más destruidas, más maltratadas que yo había conocido en mi vida. Una de ellas, Sobeida, cocinaba, limpiaba, traía el agua y cuidaba a dos bebés de una familia de ocho personas, ¡y solo tenía siete años! Nunca fue a la escuela y si la primera novia de mi hermano no se hubiera molestado en enseñarle el alfabeto (en horas robadas, escondidas de esa gente), no hubiera sabido nada. Cada año cuando yo iba de visita desde Estados Unidos, era lo mismo: Sobeida, calladita y trabajadora, pasaba por la casa un segundo a saludar a mi abuelo y a mi mamá (y también a ver unos minutos de la novela) antes de salir corriendo a terminar su siguiente tarea. (Mi mamá siempre le regalaba dinero en efectivo; la única vez que le trajo un vestido, se lo vio puesto a «su gente» al día siguiente.) Por supuesto, yo trataba de hablar con ella —El Gran Activista Comunitario—, pero ella me esquivaba y evitaba mis preguntas estúpidas. ¿De qué van a hablar tú y ella?, mi mamá me preguntaba. La pobrecita ni sabe escribir su propio nombre. Y entonces, cuando cumplió los quince, uno de los idiotas del callejón la embarazó, y mi mamá me dice que ahora tienen al chiquillo trabajando también, trayéndole el agua a la madre. <<

[32] Los de ustedes que conocen la Isla (o están familiarizados con la obra de Kinito Méndez) saben exactamente de qué paisaje estoy hablando. No son los campos de los que hablan nuestros padres. No son los campos de guanábana de nuestros sueños. Las Afueras de Azua es una de las zonas más pobres de la RD; es un páramo, nuestro propio sertão, como esas tierras irradiadas de los escenarios de fin del mundo que a Óscar tanto le gustaban: las Afueras de Azua eran Atmósfera Cero, Los Badlands, La Tierra Maldita, La Zona Prohibida, Los Grandes Desechos, El Desierto de Cristal, La Tierra en Llamas, El Doben-al, Salusa Secundus. Era Ceti Alfa Seis: era Tatooine. Incluso los residentes habrían podido pasar por sobrevivientes de algún holocausto no tan distante. Los pobres —y fue con estos infelices que había vivido Beli— andaban en harapos, descalzos, y vivían en chozas que parecían construidas con el detrito de un mundo anterior. De haberse lanzado al Astronauta Taylor entre esta gente, hubiera caído al suelo y gritado: ¡Por fin lo hiciste! (No, Charlton, no es el fin del mundo, son solo las Afueras de Azua.) Las únicas formas de vida que no eran espinas, que no eran insectos, que no eran lagartos y que prosperaban en estas latitudes eran las operaciones mineras Alcoa y las famosas cabras de la región (las que brincan el Himalaya y cagan en la bandera de España).

Las Afueras de Azua, dique, eran un calamitoso páramo. Mi mamá, contemporánea de Belicia, estuvo quince años, tiempo récord, en las Afueras de Azua. Y aunque su niñez fue mucho más agradable que la de Beli, dice que a principios de los años cincuenta, estos centros se caracterizaban por el humo, la endogamia, los lombrices intestinales, las novias de doce años y unas palizas asombrosas. Las familias eran tan grandes como las de los guetos de Glasgow porque, dice ella, no había nada que hacer después que anochecía y porque la tasa de mortalidad infantil era tan extrema y las calamidades tan extensas, que quien pretendiera continuar la línea familiar necesitaba un suministro importante de refuerzos. Se sospechaba de cualquier niño que no hubiera estado al borde de la muerte. (Mi mamá sobrevivió a una fiebre reumática que mató a su primo favorito; para cuando su propia fiebre se debilitó y ella recuperó el sentido, mis abuelos ya habían comprado el ataúd en que pensaban enterrarla.) <<

[33] «No importa cuánto viajes… a qué extremo del universo sin fin… nunca estarás… ¡SOLO!» (The Watcher, Fantastic Four # 13 de mayo de 1963). <<