Esto sucedió en enero. Lola y yo vivíamos en los Heights, en apartamentos diferentes… esto fue antes de la invasión de los blanquitos, cuando se podía caminar a todo lo largo de Upper Manhattan sin ver una sola esterilla de yoga. A Lola y a mí no nos iba nada bien. Hay cuentos que contar, pero ninguno viene al caso. Todo lo que necesitan saber es que si hablábamos una vez por semana era mucho, aunque se suponía que éramos novios. Culpa mía, por supuesto. No podía mantener el rabo en los pantalones, aunque ella era la muchacha más hermosa del fokin mundo.

De todas formas, yo estaba en casa esa semana, la agencia de trabajo temporal no me había llamado, cuando Óscar tocó el timbre de la calle. Hacía semanas que no lo veía, desde los primeros días de su regreso. Coño, Óscar, dije. Sube, sube. Lo esperé en el pasillo y, cuando salió del elevador, lo agarré y lo abracé. ¿Cómo estás, bro? Estoy copacético, dijo. Nos sentamos y prendí un fino mientras me contaba. Pronto voy a regresar a Don Bosco. ¿Sí?, pregunté. Palabra, dijo. Tenía la cara jodía todavía, el lado izquierdo un poco caído.

¿Quieres darte un toque?

Puede que sí. Pero solo un poco. No quisiera nublar mis facultades.

Ese último día en el sofá parecía un hombre en paz consigo mismo. Un poco distraído, pero en paz. Le diría a Lola esa misma noche que era porque al fin había decidido vivir, pero la verdad resultó ser un poco más complicada. Debieran haberlo visto. Estaba flaquísimo, había perdido todo el peso y se le veía mansito, manzana.

¿Qué había estado haciendo? Escribiendo, por supuesto, y leyendo. También preparándose para mudarse de Paterson. Queriendo dejar atrás el pasado, comenzar una nueva vida. Estaba tratando de decidir lo que se quería llevar. Se iba a permitir solo diez de sus libros, el meollo de su canon (palabras suyas), estaba tratando de reducirlo todo a lo esencial. Solo lo que pueda llevar conmigo. Parecía una rareza más de Óscar, hasta que después nos dimos cuenta que no lo era.

Y entonces, tras un hit, dijo: Perdóname por favor, Yunior, pero me trae aquí un motivo ulterior. Quisiera saber si pudieras hacerme un favor.

Cualquier cosa, bro. Dale, pídelo.

Necesitaba dinero para un depósito de seguridad, tenía una posibilidad de un apartamento en Brooklyn. Debí haberme dado cuenta —Óscar nunca le pedía dinero a nadie—, pero no lo hice, y me desviví por dárselo. Mi conciencia culpable.

Fumamos y hablamos de mis problemas con Lola. Nunca debías haber tenido relaciones carnales con esa paraguaya, precisó. Lo sé, dije, lo sé.

Ella te quiere.

Lo sé.

Entonces, ¿por qué la engañas?

Si lo supiera, no sería un problema.

Quizá debieras intentar descubrirlo.

Se puso en pie.

¿No vas a esperar a Lola?

Debo ir a Paterson. Tengo una cita.

¡No me jodas!

Sacudió la cabeza, el muy cabrón.

Pregunté: ¿Es linda?

Sonrió. Sí, lo es.

El sábado ya había desaparecido.