NUEVE
Don Carlos de Borbón y Austria-Este, pretendiente al Trono español por la dinastía conservadora del Carlismo, causaba gran admiración con su regio uniforme y su poblada barba, pues era muy presumido y varonil. En 1893 falleció su primera esposa, doña Margarita de Parma, y él no tardó ni un año en casarse de nuevo. Eligió para ello a una joven de origen francés y germánico, Bertha de Rohan Waldstein-Wartenberg, duquesa de Guéménée, que no tenía el mínimo interés hacia la causa política de su esposo.
Cuando don Carlos de Borbón murió en 1909, a los 61 años, Bertha quedó viuda y aislada en aquel palacio veneciano de Loredán, lleno de recuerdos bélicos y rodeada por viejos generales que la miraban con recelo. La duquesa los echó a todos y se quedó sola. No necesitaba nada ni a nadie, pues era rica y los Rohan pertenecían a la más alta nobleza de Francia.
Los carlistas proclamaron como nuevo rey al hijo varón de don Carlos y doña Margarita, Jaime de Borbón Parma. Pero Jaime fallecería en octubre de 1931 sin haber dejado descendencia. Eligieron entonces a don Alfonso Carlos, hermano de don Carlos, aunque su regencia fue más corta todavía, pues el anciano pretendiente fallecería cinco años después, también de modo tan repentino como inesperado. Con aquella muerte, la monarquía Carlista quedaba oficialmente descabezada, ya no quedaban herederos.
Pero lo que nadie podía sospechar es que Bertha de Rohan se había quedado embarazada poco antes de fallecer su marido. Al darse cuenta, la duquesa de Guéménée ocultó su estado de buena esperanza para que no llegase a oídos de los carlistas. Dio a luz en secreto a una niña que fue bautizada sin más presencia que la un sacerdote y un médico de su confianza. La criatura recibió ante los dos testigos presenciales el nombre de María Teresa de Borbón, pues era hija póstuma de don Carlos, la primogénita de su segundo matrimonio. Cuando la infanta real cumplió los dieciséis años, Bertha cerró el palacio de Loredán y se trasladó a París, olvidándose de todo.
La Historia oficial nunca tuvo constancia de aquel embarazo, ningún cronista estuvo presente para conocer lo que ocurría en el palacio veneciano. De haberlo sabido, hubiesen comprobado que las fechas del alumbramiento no coincidían con la gestación. Pues lo cierto es que María Teresa no era hija de don Carlos de Borbón y Austria-Este, sino de su más querido general, don Fernando Albric, nombrado conde por su gran lealtad a la causa. Don Fernando era un hombre maduro pero muy apuesto, mientras que Bertha, viuda joven, fogosa y amante de la buena vida, no tardó en hacerle hueco en su cama. Y el general cumplió sin problemas el cometido de satisfacer a su reina.
Dieciséis años después, cuando don Fernando Albric ya residía en España y Bertha en Francia, ella le mandó a María Teresa, convertida en una hermosa jovencita, pero sin revelarle que aquella chica era hija suya. El general siempre creyó que María Teresa Borbón y Rohan era una infanta real, hija póstuma de su amado rey,la última princesa del Carlismo. Así que ordenó construir un palacio a las afueras de Albacete para poder acogerla con la debida dignidad y dedicó todo su empeño en educarla, ejerciendo como un preceptor real, para que fuese proclamada pretendiente al Trono español cuando encontrase a un príncipe con el cual contraer matrimonio.
El conde de Loredán, encargó al mismo arquitecto que se había traído de Italia para construir su palacio campestre de La Veneciana un formidable coliseo en Albacete, más parecido a un templo que a un teatro, construyó una cámara en lo más profundo del edificio y ocultó el tesoro del Carlismo, sellándola mediante una recia trampilla metálica que sólo podía franquearse conociendo la clave de su mecanismo.
La llave que abría la puerta metálica era un formidable broche con forma de águila bicéfala, una pieza de oro macizo y esmaltes que había pertenecido al ajuar del emperador de Austria-Hungría, el fabuloso imperio europeo que apoyaba la pretensión dinástica española del Carlismo. El conde ordenó a un joyero que le soldase al broche por detrás una Cruz de Borgoña, cuya silueta en relieve, invertida, cinceló luego en el mecanismo secreto que abría la sólida trampilla metálica, cerrando la cámara subterránea del tesoro.
Transcurrió el tiempo, hasta que un día, María Teresa, cuyo carácter enamoradizo y romántico era muy similar al de su madre la duquesa, cayó prendada por los versos que le remitía en secreto un joven poeta, pobre y sin oficio, llamado Benjamín Gálvez, que comenzó a cortejarla sin permiso del anciano general. Benjamín y ella se citaban en un piso del Pasaje Lodares, uno de los mejores inmuebles de la ciudad. El piso, profundo y oscuro, amueblado con la severidad de la época, sirvió como nido de amor para la desigual pareja.
Nueve meses después, María Teresa, llorando a lágrima viva, le confesó a don Fernando Albric su accidental embarazo. El conde de Loredán reaccionó como militar y caballero para defender el honor de la infanta ultrajada. Buscó al pobre poeta y lo mató con su propio revolver. Entonces don Fernando encerró a la muchacha en sus aposentos, de donde no la dejaba salir nada más que al jardín amurallado de La Veneciana para tomar un poco de sol.
Cuando le llegó la hora de dar a luz, el conde llamó a un médico de confianza para que auxiliase a la chica. La infanta murió en el parto, aunque su hijo sobrevivió. Sin embargo, como era el vástago de un simple poeta, don Fernando sepultó el cadáver de María Teresa en la cripta del teatro, junto al tesoro, y envió al recién nacido con destino a París, junto a una carta donde contaba lo sucedido, para que decidiera y se hiciese cargo Bertha de Rohan como reina viuda del Carlismo. “Lo siento, majestad, os he fachado en mi último cometido”, terminaba la carta el desolado general.
Pero la duquesa ya no residía en Francia, sino en Austria, y no quiso saber nada de aquella criatura. El niño fue adoptado entonces por los familiares paternos de Bertha en París. Cuando ella falleció en Viena, en 1945, el chico, al que habían otorgado el nombre de Raoul de Rohan, pasó a ostentar el título de barón, tal como le correspondía por ser nieto de una duquesa.
Una noche, mientras el joven barón presenciaba una representación de la conocida obra El lago de los cisnes en el suntuoso palacio de la Ópera de París, cayó enamorado de la protagonista, una hermosa bailarina del teatro llamada Christine Galays. Comenzó a cortejarla y ella cedió pronto ante aquel apuesto muchacho. Como no podían hacer público su amor debido a la diferencia de clase social, pues nadie habría permitido las relaciones entre un barón y una bailarina, la pareja mantuvo en secreto su romance.
Hasta que la chica sintió en su vientre la semilla de su amor. Entonces, Raoul de Rohan renunció al título nobiliario de barón y se marchó a residir con Christine, demostrando a la presuntuosa familia de Rohan que al menos él tenía corazón. Cuando Christine dio a luz, la felicidad inundó el modesto inmueble donde residía la joven pareja cerca del templo del Sacre Coeur, en el barrio más alto de París. Pero aquella felicidad no duraría más que dos años.
Cierto día, mientras Raoul y Christine viajaban con su automóvil recién adquirido por el norte de Francia, el coche derrapó en una mancha de aceite vertida en la curva más peligrosa de la carretera y se precipitó al mar desde los altos acantilados. El hijo de ambos, que se había quedado en París al cuidado de una joven criada, fue acogido a regañadientes por los familiares de la duquesa fallecida, que nunca le revelaron su identidad ni sus orígenes para que así no aspirase a los títulos ni a la herencia.
Puesto bajo la custodia de una severa y amargada institutriz, fue considerado siempre como un pobre huérfano acogido generosamente por la poderosa familia Rohan. El chico creció sin haber conocido a sus padres ni poder siquiera imaginar el importante árbol genealógico del que formaba parte.
Mientras tanto, el anciano general carlista envejecía en La Veneciana envenenado por el remordimiento. Abatido al final por las consecuencias de su carácter impetuoso, don Fernando Albric y Andrade, que jamás había perdido ninguna batalla frente el enemigo, cayó derrotado, abandonó por completo la vida social y se recluyó en su palacete campestre como un elefante moribundo. Poco antes de fallecer, pegándose un tiro en la cabeza con el mismo revólver que había segado la vida de Benjamín Gálvez, envió a la familia Rohan de París el broche de oro con el águila bicéfala, para que se lo entregasen al último infante carlista cuando cumpliese la mayoría de edad.
***
Yo me quedé tan asombrado al acabar de oír el fabuloso relato de mis orígenes familiares que durante unos instantes no pude ni parpadear. El aire rancio en el interior de la cripta era irrespirable. Raquel temblaba de frío, cogida de mi brazo. La oscura sombra del intruso aparecía recortada por detrás del contraluz emitido desde su potente linterna. Como no se identificaba, pregunté:
--¿Quién es usted?
Entonces fue cuando bajó la linterna y pudimos verle la cara. Era un individuo de avanzada edad, cubierto por un sombrero negro y una capa del mismo color. Tenía el rostro endurecido, la mirada insensible y los ojos impávidos. En su mano izquierda empuñaba la potente linterna con la que nos cegaba y en la derecha una pistola de gran calibre, dotada con silenciador.
--Soy el peón que ha llegado para eliminarte –contestó.
--¿A mí –tragué saliva--, por qué?
--Porque tú eres el único de la estirpe carlista que sigue con vida.
--Claro, ahora lo entiendo –comprendí de pronto--, fue usted quien mató a todos los pretendientes carlistas. Y seguro que también a mis padres.
--A todos no –corrigió--, sólo a los tres últimos. Los otros fallecieron de muerte natural. Pero tienes razón, fui yo quién derramó el aceite sobre aquella curva de la carretera para que resbalara el automóvil donde viajaban Raoul de Rohan y Christine Galays. Creí que tú también ibas en el coche y que acabaría de un solo golpe con los tres. Pero te habías quedado en casa porque aún eras demasiado pequeño para viajar. Y ahora he venido a completar el trabajo. Hemos llegado al fin de la partida –sonrió apuntando la pistola--, jaque mate.
--¡Quieto! –retumbó el eco de una voz.
El tipo de la capa negra se giró como una cobra, enfocando hacia la puerta de la cripta. Gracias a su potente foco reconocí al recién llegado.
--¡Pedro!
En efecto, era Pedro Carreño, que llegaba en compañía de Dux, con el bastón de mi abuelo aferrado entre las manos.
--Tira el arma o te fulmino –amenazó Pedro.
--¿Piensa que puede golpearme antes de que yo le dispare?
--Adelante, inténtalo si te atreves.
El intruso apartó la pistola de nuestra dirección y apuntó hacia Pedro. Raquel temblaba de miedo, aferrada contra mi cuerpo; tanto que hasta podía sentir los latidos de su corazón. O puede que fuera el mío.
--De acuerdo –rechinó el intruso, lleno de odio--, matar es mi oficio.
Entonces vi un destello de aviso en los ojos de Carreño, me abracé a Raquel y nos arrojamos al suelo. Pedro apretó el resorte alojado en la empuñadura del bastón y un estampido atronó el interior de la cripta. El asesino de los carlistas cayó con el pecho reventado por un cartucho de perdigones alojado en la recámara. Cuando Raquel y yo nos levantamos del suelo, Dux corrió hacia nuestro lado ladrando de alegría.
--Pues parece que aún funciona –sonrió Carreño, con el arma de mi abuelo todavía humeando entre las manos.
--Estás loco –protesté--, has podido alcanzarnos a nosotros.
--¿Así es como me das las gracias por haberte salvado la vida?
--¿Cómo nos has encontrado? –pregunté.
--No he sido yo, ha sido gracias al perro. Me despertó anoche gimiendo inquieto, vi que no estabas en la cama, cogí el bastón de tu abuelo, salí a la calle y le dije a Dux que te buscase. Cuando vi que caminaba directo al teatro en ruinas, no me resultó extraño. Eres tan obstinado como el señor conde.
--Ahora que lo mencionas, ya sé por qué don Fernando era mi abuelo.
A continuación, se lo resumí en pocas palabras.
--¿Cómo sabes todo eso?
--Me lo ha contado ese tipo –señalé hacia el hombre de la capa negra, que yacía en el suelo, encima del tesoro carlista, reventado de un disparo.
--¿Quién era?
--Un asesino a sueldo. Cumplía órdenes de una conspiración política creada desde hace años para eliminar a toda la estirpe del Carlismo.
De madrugada, mientras el alba despuntaba en el horizonte gélido de la llanura, Pedro Carreño acercó el Mercedes al oscuro callejón trasero del Teatro Circo. Sacamos el tesoro, envolvimos en una manta el cadáver de María Teresa de Borbón y lo trasladamos con cuidado al maletero. Luego cerramos la trampilla metálica, dejando en el interior de la cripta el cuerpo sin vida del asesino a sueldo, envuelto en su capa negra. Nadie lo reclamaría.
Como Irene formaba parte del equipo, en cuanto amaneció quise ir a contarle lo sucedido. Su marido el arquitecto también estaba presente, lo había llamado Raquel. Entonces, ante la presencia de todos lo decidí: yo me haría cargo de rehabilitar el teatro. Había de sobra con el tesoro carlista para pagar los millones que costaba restaurarlo. Nadie puso ninguna objeción, ahora yo era el heredero legítimo de don Fernando Albric.
--Por cierto –anuncié--, también quiero recuperar su título de conde.
--Ji, ji, ji –rió Pedro dirigiéndose a Dux--, lo que yo te digo: si al final tendremos que hacerle reverencias por donde pase.
Irene me dio un abrazo tan fuerte que se me llenaron los ojos de lágrimas. A media mañana, y aprovechando la fiesta de Todos los Santos, Pedro, Raquel y yo, en compañía de Dux, partimos hacia Cuenca con el cadáver de María Teresa en el maletero. Fue un viaje lleno de recuerdos, emociones y nostalgia. Raquel y yo pasamos el trayecto cogidos de la mano.
Cuando llegamos a la pequeña localidad de Palomera, diez kilómetros al Este de Cuenca, un hombre anciano aguardaba frente a la verja del soberbio panteón perteneciente los Marqueses de Cubas. Era el encargado del mausoleo funerario. Pedro Carreño, ante la mirada lastimera de Dux, abrió la sepultura de piedra donde yacían los restos de don Fernando Albric y depositamos dentro el cadáver consumido de su hija María Teresa.