UNO

 

 

La primera vez que oí hablar del fantasma supuse que sería la típica fábula que los padres cuentan a los niños para que coman o se vayan a dormir. Yo acababa de llegar de París y el contraste con Albacete me pareció un abismo. Llegaba con 16 años y la idea de componer el puzle de mi pasado. Por mucho que había preguntado durante la infancia, nadie quiso revelarme nunca la identidad o el paradero de mis padres. Aquel era un asunto del que no se hablaba jamás en la mansión palaciega donde residía, bajo la tutela de una severa institutriz, una mujer mandona, huesuda, cejijunta y siempre uniformada con su largo vestido negro. Yo lo tenía todo menos el afecto de una familia.

Días después de cumplir los 16 años llegaron cuatro señores de aspecto muy distinguido y delante de la institutriz, que aguardaba de pie, seria y con las manos recogidas en el regazo, me dijeron que a partir de ahora ya no residiría en aquella majestuosa casa.

--Nos hemos ocupado de ti desde niño y has recibido la educación propia de un caballero –dijo solemne uno de aquellos hombres, posando su mano derecha en mi hombro--, pero nuestro cometido de tutores ha terminado. Te consideramos con la suficiente preparación para orientarte por ti mismo en la vida. Conoces los principales idiomas del mundo, inglés, francés y español; has recibido la instrucción social, académica y cultural más elevada. No podemos (ni debemos) retenerte por más tiempo.

Yo escuchaba muy atento aquellas importantes palabras.

--Y ahora escúchame bien –emplazó el caballero mirándome a los ojos--: hoy mismo partirás en busca de tu propio futuro y de las respuestas a las preguntas que has estado formulando durante todos estos años.

Me quedé un poco perplejo ante aquel extraño planteamiento. Era como si al echarme de la lujosa residencia que había sido mi hogar durante tantos años eliminasen todas las huellas que me vinculaban a ese mundo aristocrático y privilegiado. Entonces, el caballero me tendió un paquete de tamaño similar al una caja de zapatos, atado con bramante.

--No debes abrirlo hasta que tu tren cruce los Pirineos. No lo pierdas de vista durante todo el viaje, ahí radica la clave de tus orígenes.

El chófer uniformado de la mansión me acercó en un flamante Peugeot negro a la estación ferroviaria de Gare du Nord. Descendimos del automóvil y el conductor trasladó a los andenes las dos maletas de tamaño mediano que portaba. El tren partía inmediatamente. Subí, busqué mi compartimento y me senté. Allí comenzaba la nueva etapa de mi vida.

 

 

 

Horas después, el ferrocarril se detuvo en una localidad fronteriza (no recuerdo el nombre), los viajeros descendimos para luego abordar un convoy español, bastante más modesto y anticuado. Un mozo se brindó a trasladar ambas maletas y le di una generosa propina. Yo estaba entusiasmado por la experiencia, pues nunca, que recuerde, había salido de París.

El tren y la estación, construida con grandes bloques de piedra gris, parecían elementos de una maqueta, rodeados por el inmenso paisaje montañoso de los Pirineos. La máquina soltó un largo silbido, que se perdió en la profundidad de los valles, y comenzó a moverse.

Aprovechando que yo era el único pasajero que ocupaba el compartimento abrí el paquete. Dentro había cierta cantidad dinero en francos y en pesetas, lo suficiente para el viaje. Debajo encontré los documentos de identificación pertinentes, junto a un billete de tren desde Barcelona con destino final en Albacete, localidad que hasta entonces no había oído nombrar nunca.

Encontré también un estuche forrado en terciopelo azul oscuro, del tamaño que tiene una tarrina de natillas. Lo abrí con cuidado. Dentro del estuche, acolchado con seda de color turquesa pálido, figuraba un escudo de oro macizo y esmaltes policromados, representando a un águila con dos cabezas adornadas por una gran corona imperial. En su garra derecha empuñaba un cetro y una espada, en la izquierda sostenía un globo terráqueo.

Me quedé absorto preguntándome por qué mis tutores me regalaban una joya semejante. Pero entonces me pareció ver por el tragaluz de la puerta que cerraba el compartimento una silueta humana entre la penumbra que reinaba en el pasillo del vagón, devolví el escudo a su estuche y me lo metí en un bolsillo del abrigo, temeroso de que alguien pudiera quitármelo.

 

 

 

Tras un largo y fatigoso trayecto en ferrocarril llegué una fresca mañana de septiembre a la estación ferroviaria de Albacete, procedente de Valencia y tras habernos detenido primero en Barcelona. Mientras el convoy lanzaba los últimos resoplidos, posado como un mastodonte metálico frente a la pequeña estación, yo me preguntaba quién vendría para bajar el equipaje y llevarme a mi nueva residencia. Pero como el tren se iba desalojando y no llegaba nadie, no tuve más remedio que cargar yo mismo con las dos maletas.

Molesto por tener que acarrear con semejante peso, me dispuse a quejarme lo antes posible por el deficiente servicio doméstico a mis nuevos tutores. Fuera de la estación aguardaba un hombre mayor, vestido con prendas muy rústicas, la cara tostada por el sol y una boina negra cubriéndole la cabeza. En cuanto me vio bajar cargado con las dos maletas en la mano vino hacia mí esbozando una sonrisa mellada.

--Menos mal –dije--, usted debe ser el chófer, ¿no?

--Eso mismo –amplió su sonrisa--, ¿cómo te ha ido el viaje?

--Pues el viaje muy bien –dije ofendido--, pero el recibimiento no tanto. Vamos, hágase cargo de mi equipaje y lléveme ante mis tutores.

El hombre de la boina se quedó boquiabierto, cogió ambas maletas, una en cada mano, y enfiló hacia el aparcamiento.

--Sígueme –dijo--, tengo el coche aquí mismo.

--¿Por qué no viste de uniforme? –le pregunté.

--¿Uniforme?

--Si es chófer, debería usted vestir de uniforme.

--Bueno, nunca lo he tenido.

Qué raro, pensé, vaya una familia en cuya residencia voy a tener que alojarme a partir de ahora que consiente al chófer salir de servicio sin uniforme y tutear al pasajero. Pero entonces, mientras nos deteníamos junto a un anticuado Mercedes color crema, el hombre de la boina me sacó de dudas:

--No sé de qué tutores me hablas. De momento te alojarás conmigo. Soy viudo y vivo solo, la casa donde resido es vieja pero grande, hay un jardín y tiene patio trasero. Espero que todo eso te parezca bien.

--Un momento –le interrumpí--, ¿se puede saber por qué motivo he de vivir con usted? Yo nunca he habitado junto al personal de servicio.

--Bueno, chaval, residirás conmigo porque sólo eres un crío, y aquí los niños hacen lo que les ordenan las personas mayores.

--¿Cómo que un crío? –repliqué airado--, ya soy mayor de edad. Por si usted no lo sabe, acabo de cumplir los dieciséis.

--En España eres menor mientras no cumplas los dieciocho. Hasta entonces vivirás conmigo, según los deseos de tu abuelo. Y no se hable más.

Me quedé tan desconcertado ante la revelación que no puede reaccionar. Mientras él introducía el equipaje dentro del maletero yo me subí en el asiento de atrás y enfilamos hacia el centro de la ciudad. Todo cuanto veía o escuchaba me resultaba sorprendente y exótico. Había sido educado en la discreción y me molestaba que la gente se tomase conmigo lo que consideraba demasiadas familiaridades. Conocía bien el español, aunque lo hablase con acento francés; me parecía una lengua tajante y esquinada, ideal para la bronca y la jarana. Intrigado por el comentario anterior, indagué:

--Ha nombrado usted a mi abuelo. ¿Acaso le conoció?

--Claro, yo era su conductor y ayudante particular.

 

--¿Por qué habla usted en pasado?

--Tu abuelo murió hace algunos años –me miró a través del espejo retrovisor--; perdona, pensé que ya lo sabías.

Yo ni siquiera sabía que tuviese abuelo, pero no dije nada.

--Por cierto –sonrió con su boca mellada de dientes amarillos--, me llamo Pedro Carreño.

--Bien, pero si es usted chófer debería usar uniforme.

--Tu abuelo nunca me lo exigió y ahora estoy jubilado.

--De acuerdo –concedí--, en ese caso lo consentiré.

--¿Y tú cómo te llamas?

--¿Acaso no se lo dijo mi abuelo?

El hombre titubeó:

--Pues ahora que lo mencionas, no.

Entonces pronuncié mi nombre y mi apellido.

--Don Fernando nunca me habló de que tuviese nietos, y menos en Francia. Bueno –dudó--, algo me insinuó al final de su vida. Por lo visto quería mantener en secreto su descendencia.

--Hábleme de mi abuelo –pedí, cada vez más intrigado.

--Supongo que ya lo sabrás: don Fernando Albric era el conde de Loredán, un héroe de las guerras carlistas.

Aquello me dejó perplejo, yo no sabía que tuviese un abuelo conde y mucho menos en Albacete, una ciudad que, de momento, me parecía más bien poco aristocrática.

Entonces Pedro Carreño aparcó delante de una casa con los tejados puntiagudos y aspecto abandonado. Era una villa de tamaño mediano, empotrada entre dos altos bloques de pisos. Tenía las marquesinas pintadas de verde y el tiempo había contagiado de musgo la fachada. En las terrazas figuraban gárgolas de hierro en forma de dragón. El jardín delantero aparecía cerrado con una verja metálica tejida por una tupida enredadera. El conductor abrió la cancela y atravesamos con el Mercedes el arco de ojiva que comunicaba con un pequeño recibidor. La puerta principal, antaño pintada de blanco, aparecía con la superficie resquebrajada por la intemperie.

--Pasa –ofreció Carreño--, Dux estará encantado de tener compañía.

--¿Quién?

--El perro de tu abuelo –dijo el chófer sacando mi equipaje del maletero--, cuando don Fernando murió, yo me hice cargo del animal. Está el pobre bastante viejo, pero es un buen perro. Hace mucha compañía.

Nada más abrir la puerta, un perrazo despeluchado y casi tan alto como yo me saltó encima lamiéndome y gimiendo de gozo.

--Es un dogo alemán –aclaró Pedro--, la raza más grande de su especie.

Yo no había tenido demasiado contacto con los animales, nunca me habían permitido disfrutar de mascota en París.

--Los animales de compañía debilitan el carácter –afirmaba convencida madame Loutremer, que así se apellidaba la severa institutriz.

--Ya lo ves –rió Pedro Carreño, divertido--, Dux es muy amable. Nada más verte, ya te ha cogido cariño. Creo que os vais a llevar muy bien.

--Si usted lo dice... –recelé, intentando esquivar la euforia del animal. Se parecía mucho a Scooby-Doo, el perro cobardica protagonista de la serie de dibujos animados que algunas veces contemplaba en el pequeño televisor que las criadas de la mansión tenían en sus aposentos.

--Una cosa –puntualizó Carreño--: ¿podrías no usar conmigo tanto el usted? Es que yo no soy nadie, y menos en calzoncillos, ji, ji, ji –al reír de aquel modo expelía el aire por la nariz, recordándome mucho a una hiena.

Le miré boquiabierto, sin comprender lo de los calzoncillos.

--No es nada, hombre –dio un manotazo en el aire, restándole importancia--, sólo una expresión popular.

--No estoy seguro de captar el sentido exacto de la frase –admití.

--Uf –resopló dirigiéndose al perro--, me parece que vamos a tener mucho trabajo para convertir a este chico en una persona normal.

 

 

 

Me acomodé lo mejor que pude, dispuesto a emprender una nueva vida en aquella remota ciudad de provincias. La villa por dentro parecía desmantelada y era muy humilde, amueblada con sencillez, nada que ver con la mansión palaciega donde yo había residido hasta entonces en París.

--No he querido venderla –justificaba Carreño--, y eso que me han ofrecido millones para derribarla y construir viviendas. Pero aquí estoy, resistiendo hasta el final. Yo no podría vivir en un piso colmena.

Pedro Carreño era un hombre modesto, con escasa cultura y pocas pretensiones, que se conformaba con que la paga de la pensión le alcanzase para tomar algún vaso de vino, echando una partidita de dominó con los amigos jubilados. Para completar sus ingresos ejercía de taxista clandestino con aquel anticuado Mercedes, llevando y trayendo gente por los pequeños pueblos rurales de los alrededores. Aquella era una forma de vida tan alejada de la que yo había llevado hasta entonces que no salía de mi asombro.