CUATRO
El teatro del que vengo hablando fue construido a finales del siglo XIX con el nombre de Teatro Circo de Albacete. Su pista y su graderío circular en torno al escenario fue toda una novedad. En aquella época proliferaba el hierro forjado como elemento estructural, junto a un estilo exótico y orientalista llamado neomudéjar, precursor del modernismo, a base de mosaicos al estilo bizantino, arabescos imitando la Alhambra de Granada, vitrales emplomados y decoraciones policromadas.
El Teatro Circo tenía orientada su fachada principal hacia un descampado todavía sin urbanizar, que años más tarde sería la calle Isaac Peral. Por aquella época todavía no existía el palacio de la Diputación y el edificio figuraba en medio de un suburbio rodeado de solares. La silueta del teatro destacaba por su grandiosa cúpula semiesférica, que le otorgaba el aspecto de un templo musulmán. Por dentro era un derroche de lujo, materiales nobles, butacas de nogal revestidas de terciopelo y esculturas alegóricas.
Durante años funcionó como escenario de las mejores compañías nacionales y de casi toda Europa, pero al llegar Guerra Civil se convertiría en espacio para pronunciamientos políticos y actuaciones de inferior categoría para entretener a los brigadistas, la tropa de voluntarios internacionales que tenía su acuartelamiento en Albacete. Fue tras la guerra cuando el edificio comenzó su decadencia y en 1942 demolieron la fachada para construir encima un bloque de pisos. En los bajos abrió un oscuro pasaje comercial, por cuyo angosto interior comunicaba con la platea.
El fabuloso coliseo albaceteño continuó funcionando, aunque cada vez más despojado de su glorioso pasado, hasta que la oferta de otros aforos teatrales construidos en la ciudad terminó por hacerlo cerrar a mediados de los años ochenta. Desde aquel entonces caería en el olvido, rodeado por bloques de viviendas, absorbido por la creciente urbanización de la zona y envuelto en un halo de leyendas. Todo eso es lo que nos había explicado Irene la última vez que fui a merendar con su hija.
Tal como había predicho Raquel, de madrugada las calles de Albacete aparecían desiertas y mojadas por la humedad del ambiente. Cuando ella entraba en la Plaza del Altozano yo acababa de llegar, amodorrado y resoplando de frío. Comenzamos a caminar hacia el teatro. La luz amarilla de la iluminación urbana parecía un vapor atmosférico, ahogada por un cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia. Recorrimos el corto trecho que nos quedaba y la conduje hacia la parte trasera del inmueble, donde había encontrado abierta una puerta de servicio. Empujé y nos asomamos al interior.
--¿Te has acordado de la linterna?
Raquel se descolgó la mochila que traía colgada de los hombros y extrajo una linterna de tamaño mediano. La luz se abrió paso en la oscuridad, desvelando ante nosotros un escenario de pesadilla. Por todas partes había cascotes, cristales, basura, escombros, matojos y muros derrumbados. Al fondo aparecía un espacio circular lleno de butacas desvencijadas y cubierto por una cúpula enorme, sostenida con un esqueleto de hierro, por donde asomaba el cielo encapotado de la noche. Los palcos parecían bocas gritando en silencio y el escenario era una caverna llena de oscuridad.
--¡Guau –exclamó Raquel--, esto es impresionante!
Continuamos el avance hacia el interior esquivando montones de tejas, ladrillos y cornisas desprendidos de la techumbre. Olía intenso a tierra húmeda y excrementos. De pronto sonó un aleteo repentino elevándose hacia las alturas y Raquel sufrió un sobresalto.
--Palomas –la tranquilicé--, penetran por los agujeros de la cúpula.
El patio de butacas era una escombrera de vigas derrumbadas, pedazos de cornisa, cortinajes raídos y suciedad en abundancia. Noté que me caían gotas en la cara, levanté la vista y Raquel enfocó el haz luminoso hacia lo alto.
--Está lloviendo –el agua caía desde los boquetes en el techo.
Cruzamos la platea y nos dirigimos al interior, atravesando una pequeña puerta lateral. Había un pasillo angosto pero de techo muy alto, semejante a un túnel, flanqueado de puertas iguales como celdas de un monasterio.
--Deben ser los accesos a los palcos –dije.
--Esto está que da pena –suspiró Raquel--, alguien debería restaurarlo.
--Me temo que hoy ya no queda gente dispuesta, como mi abuelo, a gastar su dinero en algo así.
El teatro, lo que restaba de su pasada grandeza, parecía un palacio en ruinas, oculto en las entrañas de la ciudad. Llegamos a la parte trasera del escenario. Una escalera de madera comunicaba con el proscenio. Subimos, dispuestos a continuar la exploración, y desembocamos en el entarimado de madera. La superficie carcomida crujía peligrosamente, amenazando con quebrarse y sepultarnos en los abismos del edificio. Miré hacia lo alto. La torre del escenario se perdía en un oscuro pozo de cordajes, pasarelas tendidas y contrapesos para los decorados. Caminamos hacia el centro del escenario cogidos de la mano, como si hubiésemos acabado la representación y escuchásemos los aplausos del público. Yo me sentía el autor y protagonista de mi propia obra, porque desde hace tiempo albergaba la ilusión de ser escritor, aunque no lo hubiese comentado nunca.
--¿No has oído eso? –preguntó Raquel, sacándome de mi ensueño.
--¿El qué?
--Me ha parecido escuchar un ruido por allí –señaló hacia el otro extremo de la platea, donde los palcos parecían bocas de horno crematorio. Raquel dirigió en esa dirección el haz de la linterna, pero la luz no alcanzaba tan lejos.
--Habrán sido las palomas –dije.
Pero de pronto, un soplo gélido cruzo el espacio surgiendo por algún lado y voló hacia las alturas de la cúpula como un espectro invisible.
--¿Lo has notado? –preguntó ella, con la linterna temblando en la mano.
--Tranquila, sólo es el viento que penetra desde la calle.
--No creo, hemos cerrado la puerta.
--Entrará por otro sitio, ya ves que hay muchos agujeros en el techo.
--Es una corriente de aire. Parece como si hubiesen abierto una puerta en otro lado del edificio.
--Venga ya, Raquel, aquí no hay nadie.
--¿No lo notas? –preguntó, enfocando a su alrededor.
--¿Notar qué?
--Huele como a podrido.
--Normal, este lugar está lleno de basura y excrementos.
--No –negó ella, cada vez más inquieta--, es un olor distinto. A muerto.
--Vaya, ¿y tú cómo sabes a qué huelen los muertos? –bromeé.
Entonces Raquel soltó la linterna y lanzó un grito desgarrador. La luz rebotó contra las tablas del escenario y se apagó, dejándonos a oscuras. Debajo de la inmensa cúpula tejida por una maraña de hierros retorcidos, suspendido en el aire sobre aquel mar de butacas dislocadas, podía distinguir un extraño fulgor azulado. El corazón comenzó a palpitarme tan fuerte que me hacía daño. Me acerqué a Raquel y la noté fría, temblando de miedo. Se agarró a mí con fuerza. Sentía su cuerpo tembloroso y el perfume de su cabello.
--Dios mío, ¿qué es eso?
El fulgor parecía cobrar forma por momentos. Flotaba suspendido en la oscuridad, parpadeando como la luz de un tubo fluorescente al encenderse. Poco a poco iba configurando la imagen de una silueta humana.
--No puede ser –dije, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza--, debo estar soñando –pero cuando los abrí de nuevo, la silueta era ya una figura nítida, la de una mujer cubierta por un sudario blanco, que señalaba con su brazo extendido en dirección hacia la base del escenario.
--¡Es el fantasma! –clamó Raquel.
Yo tenía tanto miedo que no podía mover piernas. Me agaché como pude y comencé a tantear por el suelo en busca de la linterna. Por fin la encontré y oprimí el interruptor, pero no funcionó. Pulsaba una y otra vez, con la piel erizada de pánico, mientras oía gemir a Raquel a punto de perder el conocimiento. Entonces di un golpe con la linterna sobre la tarima de madera y la bombilla reaccionó de nuevo. Tomé a Raquel de la mano y corrimos hacia la salida. Yo rezaba para que aquella cosa no se le ocurriera perseguirnos. Por fin alcanzamos la puerta de la calle y salimos disparados al exterior.
Al día siguiente, cuando me dirigía caminando hacia colegio, pensativo y arrastrando la mochila escolar, muerto de sueño por haber pasado parte de la noche dentro del teatro abandonado, Ricardo y su grupo me salió al paso en la esquina de la calle San José de Calasanz.
--Te advertí de que no te acercases más a Raquel –amenazó.
Fui a contestar algo, pero no me dio tiempo. Ricardo levantó el puño y me golpeó en plena cara, reventándome la nariz. Me llevé las manos al rostro para protegerme y él aprovechó para dirigirme otro puñetazo en el estómago. Caí al suelo sin aliento, goteando sangre por la nariz y atravesado de dolor. Antes de marcharse pisotearon el material escolar de la mochila, que se había desparramado por el asfalto. Cuando se fueron intenté incorporarme, porque no quería que nadie me viera en aquella humillante situación. Me dolía el estómago, tenía la cara sucia de sangre y los ojos bañados en lágrimas.
--Deberías hacerles frente o nunca te dejarán en paz –oí que decían a mi lado. Levanté la vista y vi a un hombre mayor, mirándome a través de unas gafas marrones y anticuadas, con las manos en los bolsillos de su abrigo negro y un sombrero del mismo color en la cabeza.
--Así no puedes ir al colegio –se agachó junto a mí, ayudándome a meterlo todo en la mochila--, tienes la cara sucia y te has manchado la ropa.
--¿Quién es usted? –pregunté, todavía sin aliento.
--Me llamo Miguel Gamazo –sacó del bolsillo un pañuelo blanco, bien planchado, y me lo tendió--: anda, límpiate un poco la nariz y ven conmigo.
--¿Adónde?
--A mi despacho, está cerca de aquí. Por algún lado debo tener un botiquín y algo para limpiar esa ropa.
--Gracias, pero se me hace tarde para el colegio.
--Creo que con esa pinta no deberías acercarte por clase.
Me colgué la mochila en el hombro.
--Tiene razón –admití.
--Lo siento –dijo mientras cruzábamos la Plaza Gabriel Lodares--, he visto cómo te zurraban pero no he podido hacer nada. Ya no camino todo lo rápido que quisiera. El maldito reuma…
--Gracias de todas formas.
--Dime, ¿por qué motivo era la pelea?
--Por una chica.
--Espero que valga la pena, porque te han dejado hecho una calamidad.
--Me gusta mucho –confesé--, no quiero perderla
Enfilamos la calle Tesifonte Gallego, poblada de oficinistas apresurados y madres llevando a sus hijos al colegio.
--Deberías denunciarlos a la policía –opinó él--, si quieres yo puedo acompañarte, soy notario y me harán caso.
--Gracias –repetí--, pero no es necesario, sé arreglármelas yo solo.
El hombre levantó una ceja y me miró de reojo.
--Yo no diría lo mismo –murmuró con ironía.
--No es nada, ya se me pasará.
--Las heridas del cuerpo cicatrizan antes o después, pero las del espíritu pueden permanecer toda una existencia –sentenció--, no es bueno afrontar sin ayuda las pruebas que nos impone la vida.
--¿Qué significa todo eso? –pregunté.
--Que necesitas amigos --hizo una pausa para que meditara en ello y luego añadió--. Por cierto, tú no eres de Albacete, ¿verdad?
--No, llegué hace poco de París.
--Lo suponía, se te ve diferente a los chicos de por aquí. ¿Tus padres viven en Francia? –indagó, mirándome de reojo.
--No tengo padres.
--¿Eres huérfano?
Levanté los hombros con desgana:
--No sé, nunca les conocí.
Cambiábamos de acera y nos dirigíamos a uno de aquellos edificios monumentales que flanqueaban la calle Tesifonte Gallego, uno en cuya cima campaba una colosal escultura de la Justicia con los ojos vendados y una gran espada de hierro en las manos, herrumbrosa por la intemperie. Don Miguel Gamazo iba mucho mejor vestido que la mayoría de ancianos, con traje oscuro y abrigo de lana, todo de buena calidad.
--Hemos llegado –anunció sacando unas llaves del bolsillo y abriendo la pesada puerta metálica que daba paso al zaguán del edificio.
--¿Vive usted aquí? –pregunté impresionado.
--No, aquí tengo mi despacho notarial. Estoy jubilado, pero aún así vengo todos los días. La fuerza de la costumbre, supongo.
Subimos en un ascensor de aspecto decimonónico hasta el último piso.
--Pasa, zagal –dijo abriendo una regia puerta de madera bien barnizada--, por algún lado tengo el botiquín. Echaremos un vistazo esa nariz.
El despacho era grande y amueblado con estilo pretencioso. A la vista estaba que don Miguel Gamazo era un pensionista bien acomodado. Mientras me curaba le pregunté por el Teatro Circo, ya que a pesar del dolor y la humillación que sentía no lograba quitarme de la cabeza lo que Raquel y yo habíamos visto aquella misma noche dentro del edificio en ruinas. La pregunta pareció sorprender mucho al notario jubilado:
--¿Puedo preguntar a qué viene tu interés?
Y entonces yo le resumí todo lo que sabía de aquel asunto.
--Vaya, zagal –exclamó admirado--, así que tu abuelo era el conde de Loredán. Menuda sorpresa, no sabía que don Fernando hubiese tenido nietos.
--¿Le conoció usted?
--Claro, aquí todo el mundo le conocía, de eso ya se ocupaba él.
--¿Qué quiere decir?
--Don Fernando Albric era un hombre bastante soberbio y prepotente, como se dice ahora. Bueno, esto ya está –dijo, dando por terminada la cura.
Por suerte no se me notaba nada. Lo último que yo quería era llegar a casa y que Pedro Carreño me acribillase a preguntas. Me daba vergüenza no tener el coraje suficiente para defenderme.
--¿Podría contarme algo más de mi abuelo? –indagué.
--¿No llegaste a conocerlo?
--No, sólo he visto una foto que tiene su chófer en casa.
--Está bien, acompáñame a desayunar y te lo cuento. Por una mañana que faltes a clase no pasará nada. Luego, si quieres, podemos denunciar tu agresión –insistió--; el acoso escolar es un delito.
--Bueno, ya veremos –eludí.
Don Miguel era un hombre de costumbres fijas. Desayunaba cada día en la cafetería del Casino Primitivo, del cual era socio, junto a los ventanales, ocupando uno de aquellos veladores de mármol y patas de hierro fundido. Pidió churros y café, yo un vaso de leche con colacao. Mientras desayunábamos me contó la relación que tenía mi abuelo con aquel edificio abandonado.
--La idea de construir un coliseo en Albacete partió de un grupo de aficionados al circo y al teatro, que deseaban fusionar ambos espectáculos en un solo escenario. Pero no encontraban al profesional capaz de diseñar algo así. Entonces llegó tu abuelo, que regresaba del exilio convertido en conde. Al oír hablar de aquel proyecto, don Fernando Albric ofreció a los promotores el arquitecto que venía con él desde Venecia para edificar su mansión dentro de la finca que había comprado a las afueras de la ciudad.
--¿Se trajo su propio arquitecto personal? –pregunté alucinado.
--En efecto, se llamaba Fabrizio Necrafiore y era un tipo muy extraño. Dicen que había trabajado para la masonería, o que incluso él mismo era masón. El caso es que Necrafiore presentó un proyecto asombroso, lo nunca visto hasta entonces: el Teatro Circo tendría un escenario clásico, más una pista redonda rodeada por un graderío cubierto, decorado con arcadas y pilastras al estilo árabe, un fabuloso coliseo con capacidad para 1.300 personas. Por fuera diseñó una fachada sobria y elegante, pero por dentro derrochó una gran imaginación. Parecería un templo de Las Mil y una Noches.
--¿Es cierto que todo lo pagó mi abuelo de su bolsillo?
--El proyecto costaba 200.000 pesetas de la época, una verdadera fortuna que nadie tenía en Albacete. Los patrocinadores hicieron gestiones para financiarlo y reunieron lo suficiente para comenzar las obras, pero pronto quedaron interrumpidas por falta de presupuesto. Entonces llegó don Fernando Albric y dijo que aportaba lo que hiciese falta. Eso sí, a cambio de que le otorgasen el mejor palco para toda la vida.
--Lo que no entiendo es por qué luego lo dejaron caer en la ruina.
--El Teatro Circo disfrutó sus años de gloria, pero a partir de la Guerra Civil entró en decadencia. En 1942 demolieron la fachada, robándole parte de su grandiosidad. Durante la posguerra tuvo que competir con otros locales que fueron abriéndose poco a poco en Albacete. Los nuevos tiempos trajeron consigo nuevas costumbres. El gusto por el circo fue dejando paso a otros entretenimientos. Finalmente, y para poder mantenerse abierto, los apoderados tuvieron que recurrir al cinematógrafo. Mientras tanto, tu abuelo, encerrado en su palacete campestre, había dejado de interesarse por el edificio y fue cayendo en el olvido. Hasta que un día, el 31 de enero de 1985, el Teatro Circo cerró definitivamente. Había permanecido vigente durante un siglo.
--¿Proyectaban películas? –pregunté, interesado en ese detalle.
--Sí, pero la sala era poco adecuada para el cine, causaba ecos y había corrientes de aire. Para calentar todo aquello en invierno el gerente se gastaba un dineral en calefacción. Al final acabó cerrando.
--¿Y quién es ahora el dueño?
--Pertenece a un consorcio cultural de propietarios públicos y particulares, entre los que figuran el Ayuntamiento y la Diputación Provincial.
--Bueno –me levanté al ver la hora que se había hecho--, debo marcharme. Gracias por la información.