CAPÍTULO 16

Usted vuelva y de vueltas por Darrington, años después de que todo ha pasado, buscando la verdad y si, si fuera así, cómo uno tenía que ser culpado.

Uno decide, una y otra vez, que no siente ninguna culpa por el real asesinato de Paul King.

No estaba en la agenda.

Un ítem que no está en la agenda no debería ser considerado. Sin embargo, durante todo el tiempo uno lo está considerando.

La mente se vuelve a los momentos de crisis. Uno está contento ahora, como lo estuvo entonces, de que no haya más pena de muerte en Inglaterra, porque existía un interés personal.

Mientras uno da vueltas, recuerda que en algún lugar, en algún momento, alguien dijo que inmediatamente antes de su ejecución, un hombre se instalaría ansiosamente para un confinamiento solitario, de por vida, en la punta de una torre, aislado para siempre del contacto humano.

Se vuelve a ver el Theatre Royal, las otras señales, se recuerda al inspector y al sargento,, y cómo fueron las cosas. Y está de acuerdo. I

Uno se inclinaría por la punta de la torre.

 

Un agente de policía uniformado abrió abruptamente la puerta, entró a medias al cuarto, vio que estaba ocupado y se retiró apresuradamente, con un murmullo de disculpa. Ni el inspector principal ni el sargento se dieron cuenta. Los dos me estaban mirando fijo, el inspector alerta, pero sin emoción.

El sargento estaba representando su hostil papel de alerta cauteloso gato de albañal. Casi se podía ver cómo las orejas se le estiraban hacia adelante, los ojos en brasas. Hasta la cabeza fue bajada, listo para dar un salto.

—Continúe— dije agresivamente, porque tenía miedo—. Pregúnteme lo que quiera, no me importa. No tengo nada que esconder.

El sargento largó una carcajada. El inspector se reclinó en su sillón y suspiró, como la persona que ya no se sorprende más por las acciones y mentiras de los hombres.

—¿No va a tener una rabieta, no? —dijo el sargento.

El inspector sacó dos hojas de papel de la carpeta que tenía delante. Me puse tenso, sabiendo que no podía venir nada bueno para mí de esa carpeta.

—Tengo el propósito de leerle un extracto de una declaración firmada por Mrs. King. En su declaración dice: “El día antes de que muriera mi marido, fui visitada por Mr. Charles Maither. La conversación versó principalmente sobre la ruptura de mi matrimonio. Mr. Maither se expresó muy interesado sobre los arreglos financieros que mi marido me había propuesto. Estaba muy indignado. Yo le dije que para mí era un asunto indiferente, pero él siguió muy indignado. Admito que por un tiempo, creo, ha estado enamorado de mí.

El inspector tiró la declaración nuevamente a la carpeta y adelantó su silla. Por unos momentos no dijo nada.

El sargento levantó su barato lápiz de madera. La punta de mi cigarrillo estaba afilada y colorada, porque yo tiraba la ceniza, innecesariamente, después de cada pitada. El inspector dijo:

—¿Usted está enterado de que Mr. King dejó un testamento, hecho hace dos o tres años?

—¿Sí?

El inspector empujó su sillón hacia atrás repentinamente, caminó hacia la ventana, y se quedó parado mirando por ella. El sargento observaba atentamente. Sin darse vuelta, el inspector dijo:

—¿Sí? ¿Usted dijo, sí? Usted debería saberlo, señor, usted fue testigo de él.

Entonces lo recordé. Fue una noche después de que la obra West End hubiera empezado a tener éxito. Era un testamento simple, del tipo que se puede comprar en una librería.

—Tiene razón, ahora lo recuerdo —dije.

—¿Lo recuerda ahora? Ya es algo.

—Eso es algo que recuerda —musitó el sargento.

—¿Conocía los términos? —preguntó el inspector.

—Por supuesto que no, excepto allí que no había nada para mí —dije rápidamente—, de otro modo no podía haber sido legalmente testigo.

El inspector dijo, todavía dándome la espalda:

—Como todos los testamentos son eventualmente válidos para el público, le informaré ahora que dejó un cuarto de sus bienes a su madre, por vida, y el resto a su mujer. ¿Pienso que usted sabía que sería algo así, no? Sospecho que Mrs. King lo sabía, y que recientemente se ha dado cuenta de que sería una mujer muy rica en el caso de la muerte de él, teniendo en cuenta que todavía estaba casada con él en ese momento?

Lo vi que se volvía de la ventana y caminaba nuevamente hacia el sillón, y no dijo nada, porque el miedo es una cosa extraña. O lo hace hablar a uno demasiado ligero, o lo hace callar, en forma tal que no se puede decir una palabra, excepto mirar fijo. Ahora, repentinamente, sacó de su carpeta un pedazo de grueso papel blanco, para escribir. Lo sostuvo sobre la mesa para que yo pudiera ver la letra.

—¿Reconoce esto?

Asentí con un cabeceo. Era una carta que Shirley me había escrito después de la muerte de Paul. No sabía cómo el inspector la había encontrado. Una desesperada carta. Para mí, que la conocía, eran los últimos forcejeos de una leal abeja obrera, atrapada en la miel. No sé por qué la guardé. Sólo porque era de Shirley, supongo. Me la tiró por encima de la mesa, la recogí, aunque conocía su contenido. Decía:

 

Querido Charlie:

He hecho todo lo que he podido, pero no resulta. No reacciona para nada. Podía haberme ahorrado los esfuerzos, mejor. Depende de ti ahora, Charlie, si es que lo puedes hacer.

Todo mi amor, Shirley.

 

La dejé cuidadosamente sobre la mesa, entre nosotros, y escuché al inspector, decir:

—Una carta bastante afectuosa, de una u otra forma.

—Oh, por amor a Dios —dije impacientemente—. “Querido”, en el mundo del teatro no significa nada!

—¿Cómo se suponía que debía reaccionar su marido, y no lo hizo? —preguntó el sargento y miró fijo en su acostumbrada forma rapaz. Si no hubiera tenido las manos ocupadas con el lápiz y el anotador, éstas hubieran estado sobando la mesa, las garras hundiéndose sobre la superficie. Y en ese momento se produjo también una transformación en el inspector. Se puso más duro, y, en cierta forma, más crudo, como si ya hubiera estado jugueteando demasiado, y se lanzara al asalto principal. Repitió parte de la pregunta del sargento:

—¿Cómo se suponía que este infortunado Mr. Paul King, debía reaccionar? ¿Cayéndose muerto?

—¿Cayéndose muerto? —repitió el sargento, y no hablaba a la ligera—. ¿A qué no reaccionó? ¿Cómo se suponía que reaccionaría?

—¿Por qué pedía ella ayuda, vamos cuéntenos eso —dijo el inspector. Había dejado, todo eso de “señor”, ya. Golpeé la mesa para que pararan de hacer el acto de uno-dos. El sargento gato dijo:

—Deje de golpear la mesa.

—¡Dejen de injuriarme! —grité. El sargento puso una mirada sorprendida de ofensa.

—¿Quién lo está injuriando? Yo no lo estoy injuriando, el inspector no lo está injuriando, nadie lo está injuriando.

—Es bastante simple —comencé, pero no me dejó terminar.

—Será la única cosa que es simple. Siga, entonces.

—Mrs. King había estado tratando de consolar a Paul King por las malas críticas sobre Shelley, y no había tenido ningún éxito. Me pedía que hiciera yo lo que pudiera. No quería que siguiera trastornado. Pensó que si podía llegar a hacerlo más feliz, tal vez él...

Mi voz se fue perdiendo. Para mí estaba bien claro lo que quería decir, pero no pude encontrar las palabras.

—Cartas como ésta pueden causar un montón de problemas —dijo el inspector tranquilamente, y yo sabía que estaba observando la transpiración que una vez más se me estaba juntando en la frente.

—En ciertas circunstancias, lo hacen —agregó el sargento—. Tales como cuando una esposa y su amante saben que hay una cantidad de dinero en vista para la mujer, si el marido muere.

—Teniendo en cuenta que muera antes de que haya un divorcio —dijo el inspector como por casualidad, sin mirarme, mirándose la uña del pulgar derecho—. Es una pena que se lleguen a escribir cartas así.

—Tendría que existir una ley contra eso —dijo el sargento, e hizo una sonrisa de autosatisfacción, mirando hacia el Inspector.

Yo miré el mundo de afuera, por sobre el hombro del inspector. El cielo estaba gris y amenazante. Todavía no se estaba poniendo oscuro, pero el corazón del día se estaba muriendo. Tuve un repentino destello de memoria, hacia atrás en los años, yendo directamente a mi infancia, a la trágica muerte de Edith Thompson, que había sido colgada, por complicidad en el asesinato del marido, cometido por su juvenil amante. Había sido la estúpida carta sobre su imaginario fracaso al querer matarlo con vidrio molido, lo que la había llevado al patíbulo. No había dinero involucrado, sólo pasión, pero el final hubiera sido el mismo, el final había sido el lazo.

Una paloma se contoneaba de aquí para allá por el antepecho de la ventana. Yo pensé, en la ciudad de Londres, intentan de todo para que no se acerquen ni las palomas ni los estorninos a los antepechos de las ventanas. La última idea había sido una jalea. La inseguridad de aterrizar en la jalea, se suponía que desalentaba a los pájaros. Pero los desalentados pájaros dejan que caigan gotas sobre la jalea y se estaba nuevamente en el cuadrado número uno. Pero yo no era una paloma. Mis aterrizajes se hacían cada vez más inseguros. Envidiaba a las palomas y los estorninos.

La transpiración de la frente se me enfrió. La sequé, y casi al mismo tiempo tuve un ataque de escalofríos. Me miraron, ni lastimera ni deleitosamente, sólo con frialdad. El inspector dijo:

—¿Usted no conocía el contenido del testamento de Mr. King, ni cuando fue testigo de él, ni después?

—Ciertamente que no.

—¿Y usted sugiere que la mujer, Shirley King, no lo conocía tampoco, cuando usted fue testigo, ni más tarde?

Ese era un toque policial, “la mujer, Shirley King”, los podía imaginar discutiendo el caso, siempre refiriéndose a Shirley como “la mujer, Shirley King” diciendo “la mujer, Shirley King, sabía lo que había en el testamento”, “la mujer, Shirley King lo convenció de ello”. La mujer, Shirley King, sabía que perdería la mayor parte del dinero si llegaba a haber un divorcio antes de que él muriera. Dije, repentinamente enojado otra vez, enojado por la descortesía de la frase, enojado por la trampa que me habían puesto:

—Yo nunca sugerí que “la mujer, Shirley King”, como la llaman, no supiera lo que había en el testamento.

—¿Pero usted insiste que usted lo dejó a su marido, Paul King, en términos cordiales?

—Sí —dije desoladamente.

—¿Usted se presentará como testigo y dará pruebas a tal efecto?

—Sí —dije nuevamente, porque tenía que hacerlo.

El inspector le dirigió una mirada al sargento, el que hizo un suave cabeceo. Algo había estado mal, en algún punto. Algo que yo había dicho, había confirmado algo que sospechaban. Sentí que me subía la fiebre a las mejillas otra vez, de modo que mi cara resplandeció culpablemente una vez más. El inspector lo miró al sargento y dijo:

—No está siendo franco ni abierto, sargento.

—Se defiende, señor —estuvo de acuerdo el sargento.

—Lleno de vueltas —dijo el inspector, ignorándome.

—Usted les da una oportunidad, sargento, hace lo mejor por ellos, les demuestra cómo hacer lo mejor, les indica el mejor camino de salida, pero siguen dando vueltas.

—Se defiende —dijo nuevamente el sargento.

Uno no piensa con claridad cuando tiene fiebre. Arrinconado, uno patalea, porque no le importa mucho, se siente cansado, quiere ir a la cama, a cualquier cama.

—Esa carta es propiedad mía —dije repentinamente—. ¿Cómo se apoderó de ella? Legalmente, esa carta es mía.

El inspector empujó la carta por la mesa.

—Guárdela —dijo—. Tengo una fotocopia y una declaración escrita jurada, que la certifican como copia auténtica. Guarde el original, si le sirve de algo.

Sacudí la cabeza dejando la carta de Shirley sobre la mesa.

—¿Cómo la consiguió? —pregunté cansadamente, pero casi enseguida supe la respuesta. Trate conscientemente de recordar algo, y a menudo no lo conseguirá. Deje que la mente divague, libre de cadenas, como cuando está cansado, y la respuesta llega. Yo estaba cansado. La respuesta llegó. Y me impactó.

Me di cuenta, con una curiosa sensación de indignación, que yo había sido sospechoso, en realidad que había estado bajo una directa, aunque discreta vigilancia, casi desde el día de la muerte de Paul King.

—Es deber de los tintoreros, como en realidad de todos los ciudadanos, asistir a la policía —dijo el inspector formalmente—. En el curso de las indagatorias de rutina, se descubrió que usted había dejado un traje para limpiar, en su tintorería de siempre, unos días después de la muerte de Mr. King, y esta carta se encontró en un bolsillo interior del saco.

La precisa, formal fraseología sonaba como si hubiera sido aprendida de memoria, de un libro de instrucciones sobre cómo hablar a los sospechosos. En contraste con el interrogatorio anterior, las frases demasiado formales debían haber sido una advertencia para mí, pero no lo fueron, y simplemente asentí con un cabeceo.

—Es tal vez mi deber informarle, que un examen de rutina de su traje, reveló algunas huellas de sangre del grupo conocido como grupo AB. Debo informarle que éste es un grupo muy raro. ¿Tiene algo que quiera decir sobre este hecho?

En ese momento, la formalidad del tono de voz, tanto como la esterilidad de sus palabras, me llegaron. Supe que era el final del camino. Llega un momento, tarde o temprano, más tarde si uno está en forma, antes si uno está mal, en que uno tiene que largarse al vacío. Aligerar el avión, saltar en la oscuridad desconocida, esperar lo mejor, hacer lo que se puede de lo que llega. Inspiré profundamente, apagué el cigarrillo y dije:

—Muy bien, yo lo golpeé.

Los vi que intercambiaban miradas, sabiendo el significado de ellas, sabiendo que cada uno le decía al otro, “Ahora está resquebrajándose, ya lo tenemos, ahora tenemos que presionarlo, y no dejarlo levantarse”.

—¿Usted lo golpeó? —dijo el inspector.

Asentí, mirándolo desafiantemente.

—¿Se separaron en términos cordiales, pero usted lo golpeó?

—No nos separamos en términos cordiales, yo lo golpeé —musité—. Pero no le disparé ningún tiro.

—Recién acaba de decir que se presentaría como testigo y juraría que se habían separado en términos cordiales.

—Ahora estoy diciendo la verdad —dije fríamente.

—¿Lo mismo que dijo antes, todavía quiere presentarse como testigo?

—¿Y jurar lo contrario esta vez? —remarcó el sargento—. ¿Es eso? ¿Cuántas veces lo golpeó?

—Traté de golpearlo tres veces, pero sólo dos golpes le dieron de lleno.

—¿Adonde?

Sacudí la cabeza y dije, irritado:

—¿Importa, importa realmente?

—Todo importa, todo importa ahora —interrumpió el sargento—. De modo que, ¿adonde?

—Una vez con el puño izquierdo, debajo de la pelvis. Lo hizo tambalear. La cabeza fue hacia adelante y lo golpeé con la mano derecha, esta vez en el costado izquierdo de la cara, donde la nariz se une con la boca. Eso es todo.

—Usted dijo tres veces.

—Traté de golpearlo una tercera vez, con la mano izquierda, pero se estaba cayendo hacia atrás.

—¿Quiso golpearlo una tercera vez?

Sentí que me estaba enojando. Había claudicado. No veía el sentido de la pregunta, y dije sarcásticamente:

—Mire, si traté de golpearlo, pueden tomarlo como que “quise” hacerlo, ¿no?

El inspector se incorporó en su sillón y dijo cortantemente:

—¿Qué pasó después de que usted lo golpeó?

Me encogí de hombros. No tenía interés. Me sentí demasiado cansado, queriendo dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Durante el resto del tiempo que estuve con ellos no transpiré más, no tuve escalofríos, ni sentí que la fiebre me ruborizaba las mejillas. Sospeché que se me haría el cargo de asesinato, y estando resignado a ello, no sentí ninguna emoción. Nada parecía importar ahora. Ni siquiera Shirley. Estaba desgastado, emocional y físicamente.

—Cayó, golpeó con el costado de la mesa, quedó tendido en el piso por unos segundos —dije—. Lo ayudé a levantarse porque pensé que se podía haber golpeado la cabeza. Pero no. Estaba lo más bien, excepto que le sangraba la nariz. Entonces lo dejé.

—¿Y se fue sin que pasara nada después?

Asentí, y encendí otro cigarrillo La llama ya no temblaba. El sargento dijo:

—¿Simplemente le dio la mano, supongo, y le deseó la mejor de las suertes británicas?

Lo miré y no dije nada. Probablemente vio el disgusto en mis ojos. Presionó sobre ese punto:

—¿Usted no dijo nada, simplemente lo ayudó a levantarse, y se fue? ¿Correcto?

—Si quiere saberlo, dije “Que te aproveche”, y salí.

Sentí que la tensión del cuarto se aminoraba. El inspector dijo casi gentilmente.

—Es mejor que haga otra declaración firmada, ahora mismo, si quiere, por supuesto. ¿Le sugiero los puntos que tiene que cubrir? Nada de persuasión, sólo unas pocas sugerencias útiles, ¿se da cuenta?

—Para ahorrar tiempo —dijo el sargento—. Evitar preguntas subsecuentes, todo eso.

Asentí. Oí que el inspector decía desde una distancia:

—Podría empezar diciendo: “Yo, Charles Maither, ahora quiero rectificar mi declaración previa”. La puede escribir a mano, o el sargento aquí la puede tomar, y usted la firma. ¿Qué prefiere?

—La escribiré a mano —musité.

Abrió un cajón y sacó algunas hojas de papel de oficio y dijo:

—Los puntos que usted quiere cubrir son éstos. Usted uno era realmente amigo de él, pero, puede querer agregar, como estaba muerto, no quiso decir nada contra él, ¿correcto? Admite que durante la última conversación que tuvo con él, usted hizo un poco de presión, ¿correcto?

—No hay necesidad de mencionar el chantaje —dijo el sargento abruptamente—. Es una palabra fea. A los jueces no les gusta.

—¿Los jueces? —dije rápidamente. Pero supongo que no debía haberme sorprendido.

—No importa eso —dijo el inspector—. No le haga caso al sargento. Es impetuoso.

Pensó por un momento, luego dijo:

—Usted querrá agregar que Mr. Paul King lo insultó, implicando erróneamente que su único interés en el rápido dinero en efectivo para la esposa de él, era porque usted planeaba casarse con ella después del divorcio, ¿correcto?

—De modo que lo golpeó —agregó el sargento—. Puede decir que no lo mencionó en su primera declaración porque tuvo miedo, en vista de lo que después le sucedió a Mr. King. Podría decir esto.

—Si lo desea —dijo el inspector, vaciló y agregó:

—Evade una primera declaración mentirosa. —Los miré, pasando la mirada de uno al otro, asombrado y confundido. Ninguno de los dos tenía ya la mirada cazadora. Curiosamente, habiendo ganado, así como habiendo resuelto el caso, estando seguros ahora de que, no sólo lo había golpeado a Paul King, sino que después le había disparado un tiro, estando seguros de que un jurado llegaría a la misma conclusión, aunque no se hubiera encontrado ninguna arma en mi posesión, estaban casi compadecidos, queriendo ayudarme a hacer lo mejor, de una defensa sin esperanzas. Ya hecho el trabajo oficial, se podían permitir que brillara una chispa de humanidad, brevemente, antes de llevar las pruebas a la Corte.

Sonó el teléfono. El sargento contestó y le pasó el tubo al inspector. Le oí decir: —Sí señor —una o dos veces, y—, Estamos hablando con él en este momento, señor —y luego—, muy bien señor. —Volvió a dejar el tubo en su lugar y miró al sargento, diciendo:

—Era el ayudante del comisario preguntando por la salud de Mr. Maither.

—¿Tiernamente, señor?

Repentinamente, abruptamente, dije:

—Creo que me va a culpar por el asesinato de Paul King. Si es así, adelante con ello. Estoy harto.

El inspector se levantó, fue hacia la puerta, llamó a alguien y susurró unas palabras a quien sea que fuera. El hombre, un policía uniformado, entró al cuarto. El inspector me dijo:

—El sargento y yo lo dejaremos para que escriba su declaración rectificada. Naturalmente está en libertad de agregar lo que desee. El agente se quedará con usted.

—Por si necesitara algo —dijo el sargento sarcásticamente, y se sonrió.

Salieron del cuarto. Escribí una breve declaración, mayormente en los términos sugeridos. Luego me recliné y esperé. El agente era joven. Parecía incómodo y trató de hablar del tiempo, pero la charla se fue terminando. Me quedé sentado escuchando si volvían los otros, temiendo su retorno, sin embargo queriendo que todo pasara y terminara.

Cuando llegaron, no pude leer nada en sus rostros. Pero no se sentaron. Yo me puse de pie, listo para irme con ellos. El inspector tomó mi nueva declaración. Luego dijo, fríamente:

—No necesito seguir interrogándolo por hoy, pero le agradecería que me informara si desea dejar Londres en los próximos siete días.

Él y el sargento se pusieron a un lado para dejarme salir del cuarto.

Yo no sé qué dije cuando dejé el cuarto. Creo que fue algo tonto como, “Buenas tardes, estaré a mano por si me necesitan”. Sé que no dijeron nada en respuesta. Simplemente asintieron con un cabeceo, brevemente. Un agente de policía fue conmigo hasta la puerta de entrada. En Victoria Street pensé en llamar un taxi, pero no lo hice. Estaba oscureciendo y lloviznaba, y sentí un escalofrío. Sin embargo el inesperado aire fresco, el olor a libertad, fue bueno para la nariz. Decidí caminar a través de St. James Park, y tomar un taxi un Pall Mall, me senté en un banco, sintiéndome repentinamente débil.

Encendí otro cigarrillo y miré alrededor. A una cierta distancia vi dos figuras instaladas en otro banco. Para mí había alguna razón para sentarme en un banco en el parque en la oscuridad, bajo la lluvia. ¿Qué otra persona elegiría hacerlo?

Me levanté después de unos minutos, volví sobre mis pasos hasta Victoria Street, y tomé un taxi hasta mi departamento. Entré, encendí la estufa eléctrica, y me preparé un whisky con soda. Después de un rato, me levanté y corrí las cortinas. Antes de hacerlo, dirigí la vista hacia las caballerizas. Unos veinte metros más allá, en la entrada de un garaje, noté el resplandor de la punta de un cigarrillo.

Supongo que pensaron, habiéndome visto entrar a casa para pasar la noche, que podían estar tranquilos y encender un cigarrillo y relajarse. El inspector no había perdido interés. Suspiré, fui al hall y tomé el diario de la tarde del buzón, esperando encontrar la página de adelante llena de noticias de guerras y rumores de guerras, y las Naciones Unidas, y golpes y crisis económicas. Pero me equivoqué. Los titulares de la primera página me gritaron un nombre familiar, v aunque las noticias conectadas con el nombre me impactaron, no sentí ninguna emoción distinta del impacto. Los titulares decían:

 

KONSAKIS MUERTO A TIROS

DIRECTOR DE CINE ENCONTRADO MUERTO EN DEPARTAMENTO DE BRIGHTON

 

Los reales hechos eran breves.

Parecía que había sido encontrado muerto por una secretaria, que volvía a su trabajo, después del almuerzo. La gente de los departamentos vecinos no había oído nada. La policía lo estaba tratando como un caso de asesinato. Eso era todo. El resto de la historia consistía en un relato de su carrera, junto, inevitablemente, con una referencia al asesinato de Paul King, unos meses antes, y la parte que había tenido Konsakis en convertir a Paul en una estrella.

Por un largo rato, me quedé sentado frente a la estufa, tomando whisky, sintiendo que los escalofríos y la tensión empezaban a declinar. Pensando en Durrington y mi gran plan, y todo lo que había pasado desde entonces. Sobre la mesa, a mi lado había una carta manuscrita de Shirley, que había encontrado a mi vuelta. Me demoré un rato en abrirla, saboreando de antemano el placer de leer una carta de ella. Luego, después de prepararme otro whisky, la abrí. La carta escrita con su desprolija letra, no era muy larga. Decía:

 

Querido Charlie:

Sabía, subconscientemente, durante meses y meses, aun antes de que Paul me dijera que me dejaba, que necesitaba de alguien que mirara por mí, de modo que aunque Paul no hace tanto que murió, no decido esto de rebote, como podría ser.

El hecho es, que a su debido momento, Vic Jones y yo nos casaremos. Querido Charlie, creo que sé lo que sientes por mí, pero soy una criatura bastante tonta, realmente, y tú eres inteligente y cínico y mundano, y sé que al final te pondría nervioso. Necesitas una mujer más inteligente que yo. Querido Charlie, perdóname si te estoy hiriendo Sé que lo pensarás y algún día verás que tengo razón. Te saludo

Tu amiga que te quiere, Shirley.

 

Al principio, por supuesto, no pude creer lo que leía. Para cuando ya lo había leído tres veces, supe que era verdad.

No sé cuánto tiempo me quedé sentado sin moverme. Tal vez una hora, tal vez más. No tenía ganas de llorar, o de reírme amargamente, o en realidad de nada. Me sentí aterido, excepto el dolor que tenía en el estómago. Algunas veces, aun ahora, siento un poco del dolor, pero muy poco.

Tal fue el final de todo el complotar, la traición, la profunda pena y la violencia.

Casi tan irónica como la decisión de ella, fue la llamada telefónica de Vic, más tarde esa noche. Reconocí su voz, llena de inocente felicidad, al anunciarme las noticias, y al decirme que quería que fuera su padrino de bodas.

¿Cono me podía negar al querido viejo amigo Vic Jones?

Miré fijo la estufa, pensando que por segunda vez tenía que estar presente cuando se casara Shirley.

Pero entretanto había ocurrido otra cosa más.

Hubo un timbre en la puerta de entrada. Fui a abrir. Joe Gross estaba parado afuera bajo la lluvia. Se lo veía sucio, mojado y pálido, y entró sin que lo invitara a hacerlo y se quedó parado en el hall de entrada. Le pedí que se sacara el sobretodo y que entrara al living. Pero se negó.

En cambio, sacó un revólver del tipo del Ejército, del bolsillo del sobretodo. Vi que tenía silenciador.

Tal vez se me veía asustado. Lo estaba. Pero me dijo que no me preocupara. Durante unos meses había estado, pensaba, bastante enfermo. Se había estado observando a sí mismo hacer cosas que realmente no había estado haciendo antes.

Por ejemplo, había estado observando que se ponía cada vez más amargado por Paul King y Konsakis, porque se habían complotado para arruinarlo, y en realidad, habían tenido éxito en ello. Tony Banks había estado también en el complot, pero Tony había tenido su castigo, encontrado en otra forma. Pero no los otros dos.

Esto es lo que dijo Joe Gross, parado en el hall de entrada, sosteniendo el revólver con el silenciador.

Insistió en que él en persona no había matado a Paul King y a Konsakis, simplemente había observado a su otro yo matarlos, porque eran malos, hombres perversos. ¿Lo entendía yo claramente?

Asentí con un cabeceo. Realmente yo lo había entendido claramente. Mucho más claramente de lo que él se lo imaginaba. Yo, también, me había observado haciendo una cosa extraña, una tarde en lo alto del gran edificio en Nueva York, junto a una pared de seguridad que tenía abertura, y tablones cruzados sobre ésta, y Paul allí parado, mareado a causa de la altura.

Dijo que se había observado a sí mismo matarlos, pero que él en persona no los había matado. Se había observado, como un ciudadano norteamericano y con derecho a portar armas, conseguir un silenciador que había utilizado en una película, una vez, y hacer muy inteligentes planes para matar a Paul King y a Konsakis.

Sin embargo, había sido un testigo del crimen, y tenía algún cargo de conciencia por no haberse presentado a la policía. Ahora quería ir a la policía.

—Entonces ve a verlos, Joe, ve a verlos —dije suavemente.

Sus oscuros grandes ojos, que habían estado un poco nublados, repentinamente brillaron, claros e inteligentes. Estaba parado muy quieto, una pequeña figura cetrina, el revólver que se le caía de la mano.

—Ven conmigo, Charlie —rogó—. Tengo miedo de ir solo a la policía. Hasta podría no llegar allí.

Tomé mi sobretodo. Salimos. A lo largo de las caballerizas, dos hombres todavía estaban parados en el umbral de una puerta.

—No tenemos necesidad de ir al Departamento de Policía, Joe, muchacho —dije suavemente—. Estos caballeros te ayudarán.

A los detectives les dije:

—Este es Mr. Joe Gross. Mr. Gross desea darles un revólver e ir con ustedes y ayudar a la policía con respecto a los casos de Mr. Paul King y de Mr. Konsakis. ¿De acuerdo?

Los vi vacilar, pero Joe sacó el revólver del bolsillo nuevamente, y se lo dio a uno de ellos. El otro dijo, torpemente:

—Muy bien, Mr. Gross, lo acompañaremos al Departamento de Policía, ¿de acuerdo?

Rápidamente se colocaron a cada lado, las manos sujetando levemente sobre los codos de él.

Al darse vuelta para irse, Joe me sonrió y dijo:

—Gracias, Charlie.

El bueno del viejo Charlie, el amigo de todos.

Lo observé mientras se iba, entre los dos oficiales de policía. Una pequeña figura y, como de costumbre, que se hacía cada vez más pequeña.