CAPÍTULO 5

Naturalmente no recordé todo esto, entre las preguntas, m el interrogatorio de la Scotland Yard. Me quedé sentado, con la cara ardiendo y transpirando de tanto en tanto, en otros momentos pálido y con la frente húmeda, sabiendo que no creían que tuviera fiebre, y sabiendo también cómo los dos interpretaban los síntomas.

Es una cosa aterradora saber que accidentales síntomas físicos, sobre los que uno no tiene ningún control, lo están llevando al desastre. No conozco una cosa peor, porque cuanto más se lucha contra ellos, con tanta más fuerza surgen sobre uno. Como el rubor cuando uno es chico.

Observé que el inspector daba vuelta unas páginas escritas a máquina, que tenía en su carpeta. El sargento de cara de gato me seguía observando, de alguna manera interesado, dando golpecitos en la mesa con su lápiz. Como para llenar un hueco en el interrogatorio dijo:

—¿Está seguro de que no tiene nada que agregar o corregir en la declaración?

—Ya le dije, nada de nada —dije monótonamente.

—Bueno, eso está bien entonces, ¿no es así?

Asentí con un cabeceo, aunque sabía que no estaba bien, sabía también que algo saldría a la superficie. El inspector suspiró como si las fragilidades del ser humano fueran a veces demasiado para poderlo soportar. Dijo:

—Hemos hablado algo, aquí y allá, con colegas de Durrington de Mr. Paul King. Parece que no era muy popular, señor.

—Tenía talento —mentí—. El talento hace que la gente tenga celos.

El inspector asintió con un cabeceo y le sonrió al sargento, que dijo:

—Mr. Maither es un caballero muy inusual, sargento.

—Se podría decir que excepcional, señor, excepcional.

Se sonrieron uno al otro como entendiéndose.

—¿Qué quieren decir? —pregunté en forma cortante, y sentí que me ardía, nuevamente, la cara de fiebre. Ese es el problema, cuando se tiene fiebre, la menor cosa produce una reacción. —¿Qué quieren decir? ¿Adónde quieren llegar? Sigan, ¿adónde quieren llegar?

El sargento puso una falsa mirada de sorpresa, con los ojos muy abiertos e inocentes, se reclinó contra el respaldo de su sillón y dijo con un tono de reproche:

—No se ponga irritable, señor. No lo juzgue mal al inspector. Le estaba haciendo un cumplido, él dijo que usted era inusual.

—Cristiano. Quise decir que usted era un caballero muy cristiano —explicó el inspector, y por su voz, cualquier persona que tuviera menos de dos años, hubiera pensado que se sentía profundamente herido.

—Quiero decir que usted está perdonando —agregó—. No tiene ningún rencor.

—Ni siquiera cuando alguien le roba su chica —explicó el sargento—. Esta Shirley Baker era su chica, ¿no?, señor, hasta que llegó Mr. King y se casó con ella, ¿no es así?

Vacilé, viendo el sendero que estaban abriendo por delante, aunque incapaz de evitarlo. Todo el mundo en Durrington sabía lo que yo sentía por ella.

—Yo tenía una gran simpatía por Miss Baker, en una época —dije por fin, con una especie de horrenda solemnidad, que no hubiera engañado a nadie, menos a un par de policías.

—¿Estaba enamorado de ella? —preguntó el sargento—. ¿Se quería casar con ella?

—Sí —dije de mala gana, y me sequé la frente nuevamente, porque la fiebre surgía ya normalmente—. Sí, me hubiera casado con ella.

—Usted no mencionó eso en su declaración, señor.

—Ustedes tampoco me lo preguntaron —dije irritado—. Si me lo hubieran preguntado, les hubiera evitado el andar husmeando entre antiguos miembros del grupo teatral. Hubiera ahorrado mucho tiempo y mucha plata a los que pagan los taxis, ¿no? Bueno, ¿no?

El inspector no había fumado para nada, pero entonces sacó una pipa corta y ancha y una vieja bolsa de goma, de tabaco. Hubo un momento de silencio mientras comenzaba a llenarla. Luego dijo, fríamente:

—No hubo ocasión de seguir esa línea de interrogatorio hasta que recibimos cierta información sobre el tema. La estoy siguiendo ahora, y tengo la intención de seguir con ella más lejos.

Hasta ese momento el interrogatorio había sido informal, un crudo “toma y daca”. En ese momento sus precisas, metálicas observaciones, aumentaron mis miedos. ¿Cuál era la fuente de información que tenía? una vez más tuve la imagen mental de Maynard, el psiquiatra, el refugiado que había hecho bien, al ser interrogado por la policía. Una vez más cometí una injusticia con él.

Observé cómo el inspector sacaba de su carpeta una hoja escrita a máquina, poniéndose al mismo tiempo los anteojos para leerla. Yo había pensado de él que «tu un autómata, de cara gris, que sólo pensaba en su pensión, que se aseguraba sus necesidades materiales, mientras que el sargento era el cazador. Me di cuenta de que estaba equivocado. Los dos eran cazadores, sólo tenían diferentes métodos. Me miró y dijo:

Repetiré una declaración firmada, de un antiguo miembro del Durrington Repertory Company. “Mr. charles Maither era un actor que nunca debió haber entrado en la profesión. Aparte de una razonable dicción, no tenía otras cualidades. En mi opinión, tenía una espina clavada, y la mostraba con su cínica actitud hacia la profesión de actor. No le faltaba agudeza, pero ésta era de una naturaleza barata, maliciosa, destructiva, debida a su falta de éxito. No tengo duda de que estaba profesionalmente celoso de Mr. Paul King. Se sabía bien en la compañía que estaba enamorado de Miss Shirley Baker, y que su casamiento con Mr. King fue un golpe serio para él. No creo que estuviera de ninguna manera amistosamente dispuesto hacia Mr. King. Mi relación con Mr. Maither siempre fue amistosa”.

Volvió a colocar la declaración en la carpeta. No le pregunté quién lo había firmado, porque no necesité hacerlo, porque sólo Geoffrey Glover podía haber tenido el discernimiento como para hacer un análisis de ese tipo.

Mirando ahora hacia atrás, mientras recuerdo mi visita por segunda vez a Durrington, recuerdo también cómo recordaba yo entonces a Durrington, y también cómo traté de recordarlo durante el interrogatorio. Recuerdos como capas de cebolla, capa sobre capa. Y en todas, hasta la última, no había sentimiento de culpabilidad con respecto al verdadero asesinato de Paul King.

Pero también recuerdo, con una sensación de tristeza, un poco disminuida por el tiempo, la puñalada a fondo de la declaración de Geoffrey. El hecho de que yo mismo hubiera llegado a la misma conclusión, de que no estaba hecho para el escenario, no hace ninguna diferencia.

Estaba encendiendo el tercer cigarrillo mientras el inspector leía otra declaración. Oí su voz, sin emoción y carente de tono, que continuaba zumbando despiadadamente:

—“Se sabía bien en el grupo que Mr. Maither y Paul King no simpatizaban. La mayoría de nosotros pensaba que Shirley Baker era la amante de Maither, antes de que Paul King apareciera en escena”.

—Es una mentira —dije en voz alta—. Nunca fue mi amante.

El inspector echó la declaración dentro de la carpeta nuevamente y dijo:

—¿Está sugiriendo que ésta es una declaración falsa?

—Ciertamente. Ella nunca fue mi amante.

Lo miró al sargento, sacudiendo la cabeza y dijo:

—Es curioso cómo se toman mal las cosas, ¿no?

—Una especie de vuelo fuera de control —dijo el sargento—. Aún sin estar nerviosos.

—Es una mentira —dije otra vez, acaloradamente—. ¡Ella nunca fue mi amante!

—Mire, señor —dijo el inspector pacientemente, como si estuviera hablando con un niño infradotado— la declaración no decía que Miss Baker fuera su amante, dice que era la impresión general en el grupo, ¿se da cuenta?

—Lo que la gente “pensaba” —explicó el sargento—. Eso es diferente, ¿no? ¿Está usted en condiciones de decir lo que la gente pensaba?

Como yo no dije nada, volvió a preguntar:

—¿Está usted en condiciones de decir lo que la gente pensaba?

—¡Olvídelo! —dije irritado. El Inspector se rió y dijo:

—¡Olvídelo, realmente! Es un asunto serio decir que alguien ha firmado un falso testimonio. No puede usted simplemente sacárselo de encima y decir, “olvídelo”, señor.

—Muy bien, lo dije apresuradamente —dije con amargura.

—Desea retractarse de su observación y admitir que no es una declaración falsa, ¿correcto?

—Si quiere —musité y oí que el sargento suspiraba. Dijo:

—Al inspector no le importa que sea una cosa u otra, ¿se da cuenta? Sólo quiere saber si usted se retracta o no.

Me retracto —dije de mal humor.

K1 inspector se levantó, fue hacia la ventana, y miró hacia afuera, el cielo gris, las manos en los bolsillos. El sargento había empezado a dibujar garabatos en una página de su anotador. El inspector dijo sin darse vuelta:

¿Por qué la dama que hizo esta declaración dijo que era sabido en el grupo que usted y Paul King no se tenían simpatía?

—¿Cómo habría de saber yo por qué lo dijo? Estaba equivocada.

—¿Y todas las demás personas que pensaron lo mismo estaban equivocadas?

No podía estar seguro, pero sospeché que “ella” la que había hecho la declaración era la torpe Sarah Barnes. El inspector dijo:

—¿Y todos los demás que pensaron lo mismo, estaban equivocados?

Asentí con un cabeceo y dije:

—Él no era popular. La persona que haya hecho esa declaración me metió junto con el resto. Hubo antipatía entre Paul King y todos los miembros del grupo.

—Excepto su mujer Shirley, supongo, ¿no? —dijo el sargento, todavía haciendo garabatos, sin levantar la vista—. Y usted. Le quitó la novia y se casó con ella, pero siguió siendo su íntimo amigo. Muy condescendiente, muy cristiano, señor. Es una lástima que no haya más personas como usted.

—Muy condescendiente de su parte, una genuina actitud cristiana —estuvo de acuerdo el inspector, se dio vuelta, volvió a la mesa y se sentó pesadamente.

—Yo le conseguí el trabajo con Reg Taylor, el empresario londinense —dije repentinamente, triunfante—. Le conseguí su primera verdadera oportunidad.

—¿Porque era su amigo?

—Y un buen actor —dije, aunque las palabras casi se me atragantaron en la garganta—. Se merecía una oportunidad, Paul se la merecía.

El inspector colocó las manos sobre la mesa con las palmas hacia abajo, el mentón echado hacia adelante, las negras cejas juntas. Estaba empezando a conocer esa actitud y me aseguré.

—¿Por qué? —preguntó en forma abrupta—. ¿Porque era su amigo íntimo? Si el resto del grupo le tenía aversión, ¿por qué este hombre que le había robado su novia, era su amigo íntimo? ¿Por qué le consiguió su primera oportunidad? Vamos, díganos por qué.

—Ya se los dije —repliqué inquieto—, era un buen actor. Y creo que se lo culpaba más que al pecado.

—El vínculo de la amistad de ustedes, ¿no sería la mujer de él? ¿Manteniéndose cerca de Paul King, para estar también cerca de su mujer? ¿Conquistándose el favor de ella, al conseguirle un trabajo con ese Mr. Taylor, yendo a Londres., enseguida después que Paul King llegara allí? Hay quienes pueden pensar que usted estaba todavía enamorado de ella.

—Codiciándola —dijo el sargento—. Merodeando, esperando su oportunidad, eso es lo que pueden pensar algunas personas.

—Los actores son maliciosos —dije, tratando de sonar desdeñoso—. Hay que tomar lo que dicen con cierto recaudo.

—Nosotros lo hacemos —dijo el inspector de todo corazón.

—Lo hacemos, realmente —dijo el sargento, y me miró fijo con esa mirada de gato cazador.

—Pero hemos encontrado dificultades —dijo el inspector—. Como con las personas que no son actores.

—Como con las declaraciones de personas que no son actores —dijo el sargento, y lo miró al inspector y se sonrió con satisfacción.

El inspector volvió a los recaudos. Así también el sargento. Empecé a querer no haber mencionado nunca los recaudos. El inspector dijo:

—Ciertamente tomamos lo que dicen los actores con cierto recaudo.

—¿Se da cuenta? —dijo el sargento seriamente—. Hasta hemos tomado con cierto recaudo lo que dicen los “ex actores”. Curioso, ¿no?

—¿Se refieren a mí? —pregunté desafiantemente.

—Nadie lo mencionó a usted, señor —dijo el inspector, en un tono falso de voz de asombro. Lo miró al sargento, recostándose contra el respaldo de su sillón, las negras cejas levantadas. Le dijo al sargento:

—Yo nunca mencioné los recaudos en conexión con Mr. Maither, ¿no es así sargento?

—No que yo haya escuchado, señor —dijo el sargento—. Mr. Maither los mencionó, señor, no usted.

Otra vez se me estaban juntando gotas de transpiración sobre la frente, y sentí que la sangre me subía a las mejillas por la fiebre, no me molesté en sacar el pañuelo. Simplemente me sequé la frente con el dorso de la mano y dije:

—¡Oh, por Dios, olvídense de los recaudos!

El sargento levantó la mirada hacia el inspector, se sonrió levemente, miró otra vez su anotador y murmuró:

—En un momento dado esta gente tiene astucia con los recaudos, y en el momento siguiente no, señor. En un momento están hablando de tomar las cosas con cierto recaudo, y en el siguiente le dicen a uno que se olvide de los recaudos. Esa es la naturaleza humana, supongo.

El inspector lo ignoró. Me estaba mirando fijo, pensativamente, y pensé que estaba maniobrando hacia una nueva línea de largada. Pero no. Volvió a encarrilarse en los no-actores. Normalmente, hablaba en un tono de voz calmo, en ese momento dijo repentina y ásperamente:

—Yo tomaré lo que dicen los actores con esos recaudos que usted mencionó; pero ¿qué pana con la gente que está entrenada para registrar cosas? ¿Qué pasa con un no-actor que ha firmado una declaración, diciendo que durante la época que usted estuvo en Durrington, dijo que la muerte de Mr. Paul King sería una buena cosa?

—Feo, no es una cosa buena decir eso de un amigo íntimo— dijo el sargento, suavemente.

—Yo nunca dije nada de eso —dije indignado.

El inspector le echó una mirada a la declaración escrita a máquina, luego levantó la mirada.

—Este testigo declara que usted tenía un proyecto de largo alcance, el de romper el matrimonio, promoviendo la carrera de Mr. King. Es un hombre acostumbrado a registrar y recordar cosas con exactitud.

Lo miré intrigado y desorientado, sin llegar a comprender su línea de pensamiento

—¿Registrar cosas?

—Informar cosas —dijo el sargento—. Informar cosas con exactitud.

—Como los periodistas —explicó el inspector.

—Periodistas de diarios —dijo el sargento pacientemente.

Ahora me di cuenta de mi desliz en Durrington.

Se habían ido, Paul y Shirley, y con ellos se habían ido temporariamente la tensión y los nervios, el peso de simular ser amigo de Paul King, cuando por dentro lo odiaba y le deseaba una enfermedad. Por un tiempito la carga fue aliviada. Todavía tuve que soportarla en presencia del grupo, durante las semanas que me quedé en Durrington. Pero por una media hora más o menos, después de que el tren de Paul y Shirley salió de la estación, me regocijé de mi libertad.

Por unos segundos había bajado la guardia.

En ese momento, mirando por sobre los hombros del inspector, las nubes grises que pasaban, me di cuenta de que estaba frente a las consecuencias de unos segundos de incauta emoción. El rubor de la fiebre volvió a subir a mis mejillas.

—¿Se siente nervioso? —preguntó el sargento.

—Tengo fiebre —musité y me volví a secar la frente.