CAPÍTULO 4

Fue inevitable que durante esa vuelta a Durrington, después de todos los años pasados, la amargura, la tragedia, mis pensamientos, estuvieran dispersos, como pantallazos aquí y allá, en el tiempo. Aunque por un momento mis recuerdos pudieran ser del lugar mismo tf de todo lo que había ocurrido allí, el próximo instante fruía qué ver con el asesinato de Paul King, el desenlace, las investigaciones de la policía y cómo, durante mi última interrogación, no traté desesperadamente de acordar dónde había cometido un error, en el período de Durrington.

De este modo, el retorno a Durrington evocó recuerdos que se parecieron a las capas de una cebolla. Recordaba esa etapa y estaba recordando también, cómo había tratado de recordar cuando me habían interrogado. Yo había dicho que no me sentía culpable en ese entonces. Y no lo sentía realmente. Los restos de odio y celos, sí, y amargura, también, pero no me sentía culpable.

Porque la culpa puede entrarle a uno lenta y secretamente, a veces durante la noche, lo que es comprensible, y otras veces, inesperadamente, en el tranquilo campo, cuando uno se pregunta si tiene derecho a disfrutar del sol y el canto de los pájaros.

Por eso, durante mi retorno a Durrington, tuve que resistirme al deseo de rechazar las preguntas siempre indagadoras, las investigaciones, la secreta inquietud, la punzante preocupación de que la propia decepción y las falsas excusas, ricas, maduras y bien acolchadas, habían ocultado una simple lujuria animal y celos profesionales, y habían promovido una línea de acción que llevó a la muerte de Paul King.

Indagué todo lo honestamente posible por fin, esperando que aquello que temía, no estuviera allí, aunque con temor de que estuviera.

Desde el Theatre Royal caminé hasta el Registro Civil, donde había tenido lugar él informal casamiento de Shirley y Paul King y entonces, inevitablemente, hacia la depresiva calle donde Paul King y yo nos habíamos alojado.

 

Se fueron después del espectáculo del sábado, el mismo día del casamiento, y no volvieron hasta el lunes a la noche. Creo que pasaron un par de días en algún lugar en Dales.

Personalmente me proveí de algo de whisky y gin, y pasé la mayor parte de esos dos días embotado en mi dormitorio. Todo muy sentimental, y le dije a la señora Daly que tenía una gripe. No me creyó porque su marido bebía como un pescado, y ella conocía los síntomas.

El lunes me sentí horriblemente. Fue una gran cosa que tuviera un papel tan poco exigente en la obra. Eso fue en parte porque era una de esas semanas de dulzura y claridad de Geoffrey, y estaba haciendo French Without Tears. Yo odiaba la obra, y tenía el papel del anticuado padre francés, con boina y saco de terciopelo. No aprendí el papel. Tampoco pude hablar con acento. Paul me llamó la atención de esto. Bondadoso de su parte, especialmente cuando yo acababa de desprenderme de dos libras para un regalo de casamiento.

Todo el fin de semana me lo pasé temiéndole al lunes a la noche.

Paul y Shirley habían tomado las dos habitaciones de arriba, en la casa de la señora de Daly y mi cuarto estaba debajo del de ellos. Habían convertido el antiguo cuarto de Paul en una especie de cuarto de estar, y se compraron una cama doble para el otro.

El lunes a la noche, no pude dormir por un largo rato. No soy afecto al erotismo generalmente, y tampoco soy un voyeur, pero cada simple crujido de las tablas del piso, era una agonía. Es fácil decir que debía haberme mudado antes de que se casaran, pero ellos mantuvieron sus planes en secreto hasta el último momento. Es el tipo de cosas tontas que hace la gente.

Dos días más tarde me mudé porque no podía soportarlo más.

“Rep” (compañía de repertorio) suena a informal y muy a menudo lo es, pero en Durrington dábamos una obra por lo menos dos o tres semanas, y eso significaba ensayar la nueva obra mientras estábamos actuando en la vieja. No era tan malo, por lo menos uno tenía tiempo de “construir” un poco su actuación, mientras que en los “Rep” de una semana, sólo había tiempo para aprender las líneas.

No era la sensación de la “noche de los cuchillos largos” que uno tiene cuando una empresa comercial lime una ganancia de diez mil dólares. Es un poco frenético en esos casos. El dinero es un tema serio, muy serio. Pero en el “Rep” algunos eran jóvenes y la oportunidad parecía estar a la vuelta de la esquina, y todo lo que puedo decir es que es una gran cosa que no podamos ver a la vuelta de la esquina.

Fue por esa época, ignorante de cualquier otra arma que pudiera o no haber utilizado, que comencé a concebir mi plan a largo plazo, para demoler el matrimonio, y tomar a Shirley en mis amantes brazos, ruando cayera, de entre los escombros.

Extraordinario como era el plan, me dio una sensación de esperanza. Más todavía, me dio la sensación de poder, y sobre todo, una salida al odio que tenía por Paul King. Sentía que aunque parecía ser el ganador, yo estaba, en realidad, manejándolo.

Como muchas operaciones, durante una guerra, cuando algunos planes tienen éxito y otros fallan, el plan estaba basado en muchas esperanzadas posibilidades, y unos pocos hechos básicos.

Primero estaba mi diagnóstico de los sentimientos de Shirley. Éstos se asentaban, no sólo en la buena apariencia física de Paul, sino en el aire de pequeño niño perdido, el que podía cambiar a gusto, y en su indudable necesidad de sustento moral para su carrera. Esto, “necesitado de cuidado y atención”, como lo llama la policía, era algo que ninguna mujer, con los Instintos maternales de Shirley, podía soportar por mucho tiempo.

En segundo término estaba mi diagnóstico del carácter de Paul, ayudado por el hecho de que compartíamos un cuarto, un cuarto lo suficientemente sórdido, donde todavía teníamos palanganas de latón con patas, para lavarse.

Sabía el rol que él había elegido para mí. Charles su Amigo. El bueno de Charlie, que había tomado de buena manera la pérdida de su chica. El querido viejo Charlie, que nunca lo abandonaría a uno. Teníamos algunas amables sesiones en ese cuarto, mientras lo observaba en el espejo, simulando no verlo. Tenía la costumbre de mirarse, muy seriamente, examinando su cara, asegurándose de los mejores ángulos. Era una gran experiencia, escucharlo, medirlo, comprender la profundamente enraizada propia absorción que existía en el centro de su carácter, y el desprecio por la demás gente. La mayor parte de la gente tiene grietas. Saber dónde está la grieta, ayuda cuando uno quiere golpear.

No estoy simulando que no fuera duro escuchar las cosas que hablaba, y lo que decía sobre Shirley y la ayuda que era para él, cómo ella era natural cuando se trataba de la entonación, y cómo le escuchaba sus líneas cada día. Y oír todo lo que decía de la confianza que le daba, y cómo un actor necesitaba de alguien que creyera en él, si es que alguna vez quería hacer algo de valor.

Las únicas veces que los actores se ponían frenéticos era cuando uno de los empresarios de Londres estaba “adelante”, en busca de talentos. Geoffrey no estaba en contra de esto. Le gustaba que los actores mostraran sus pasos, y no siempre es el mejor talento el que llega a las tablas en Londres. Yo sabía que Geoffrey pensaba que Paul necesitaba otros dos o tres años antes de triunfar en Londres. Pero Paul estaba impaciente porque se le diera una oportunidad. Yo también lo quería para él.

Repetiré esto en voz alta y claramente: quería que Paul tuviera una oportunidad y no simplemente una oportunidad, quería que tuviera esa oportunidad con ambas manos y, con todo el egoísmo y engreimiento del que era capaz, que era ilimitado, quería que trepara la inexorable escalera de la fama y la fortuna.

El final, cuando él cae en su propia sangre, no era parte del plan original.

En esos primeros días en Durrington, cuando yo alimentaba mi odio y celos, tenía sólo un objetivo a la vista. El camino sería tortuoso y doloroso, pero tenía pocas dudas en cuanto al resultado.

Quería que Paul fuera una estrella.

Había un elemento de riesgo. No era que me eclipsara a mí en el teatro, eso era inevitable, era qué pasaría si el globo de su engreimiento y su ambición se pinchaba.

Si él fallaba, Shirley se quedaría junto a él bajo cualquier condición. Pero si tenía éxito, si llegaba a ser estrella, ¿qué pasaría entonces? Ella se regocijaría, pero, ¿qué pasaría con Paul? ¿Se quedaría junto a Shirley? Allí estaba el juego, y yo creía que las posibilidades estaban de mi lado.

No sería suficiente con que tuviera un moderado éxito, y que ganara una razonable suma, y que estuviera siempre seguro de su trabajo. Tenía que llegar a ser una .estrella. No le recriminaría su bienestar económico. Mejor para él.

Todo lo que yo quería era su mujer.

Aunque sonaba extraño y forzado, el plan me parecía ser eminentemente lógico.

Un hombre apunta al estrellato y con él, feliz y excitada, creyendo que la virtud y el mérito por fin son recompensados, está la mujer con la que se casó, cuando todavía estaban luchando por sobrevivir, al nivel del piso. Tal vez ella sea una chica simple sin talento, sin demasiado cerebro, o de agudeza, o gracias sociales, o equilibrio, o aun, fíjense en esto, de buena apariencia. Aun así, Flossy es lo suficientemente buena como para cocinar, reconfortar, dar ánimo y todo lo demás. Como éste es un mundo justo, Flossy es recompensada. Bueno, ¿no es así? Debe serlo, ¿no?

No me hagan reír.

A Flossy se le paga lo que se le debe, se la abandona, feliz de que le den el cheque. Para nuestro héroe la sofisticación ha llegado con el éxito. Nadie podía llamar a Flossy sofisticada, ni siquiera decir que tuviera ya aspecto tan joven, ni que fuera ninguna maravilla.

Adiós, Flossy y nada de resentimientos.

Esto lo he visto suceder continuamente, una y otra vez. La primera pérdida en el ascenso de este oficio, era la mujer. Primero combustible para arrancar, luego el desprendimiento, como el impulsador de un cohete.

De todos modos, si Shirley hubiera mostrado signos de estar radiantemente feliz durante las primeras semanas de matrimonio, no creo que yo hubiera actuado como lo hice. Pero no los mostró.

Algunos días, uno en diez, tenía el aspecto del gato que ha bebido crema. La mayor parte del tiempo se la veía un poco como neutral. De tanto en tanto, directamente miserable. Vic lo notaba, por supuesto. Un día después de un almuerzo de queso y cerveza, dijo:

—El muchacho amante parece ser una bendición mezclada para Shirley.

—El matrimonio está cortando los dientes de las preocupaciones —dije.

Vic tomó un trago de cerveza.

—Yo no tuve nada de esas cosas. Simplemente corté los dientes más tarde. Ella se fue con un sargento de la Fuerza Aérea.

Lo miré fijo, sorprendido, sin saber que había estado casado.

—Lo siento —dije. Se rió.

—Yo no. Le mandé un telegrama de saludo que decía, “vuelve, nada se perdona”.

Si alguna otra persona del grupo notó alguna cosa, no me dijeron nada. Especulé con lo que eran los problemas que empezaban a aparecer, pensando que eran causados por los diferentes caracteres que tenían, el de ella suave y amoroso, el de él egoísta y absorbente. Yo tenía sólo razón en parte. Sin embargo la información estaba allí, aunque no precisamente para hacer preguntas. Un día, en que estuvimos solos unos momentos al costado del escenario, tuve la temeridad de preguntarle a ella, “¿Anda todo bien con Paul? Fue buscarse problemas.

—¿Qué quieres decir? —dijo ella en forma cortante. Era la primera vez que la había visto irritable.

—Lo que dije— musité débilmente—. Es sólo una pregunta, eso es todo. Una pregunta de cortesía, eso es todo.

—¿Por qué no habrían de andar bien las cosas?

—No hay razón, ninguna razón.

—¡Entonces!

—Mira —dije miserablemente—. Me gustas. ¿Lo sabes?

—¿Y qué?

Fue una pregunta desafiante, ruda, hasta dura.

No la hubiera dicho si hubiera sido feliz. Me dijo todo lo que yo quería saber.

—Nada —dije y me di vuelta para irme. Pero ella me tomó del brazo y me detuvo.

—Ustedes, ustedes no lo entienden a Paul.

—¿Quiénes?

—El grupo, y tú —murmuró tristemente—. Lo ven como un egoísta, un ególatra, es porque no lo entienden, no saben lo que es estar ardiendo por dentro con una llama fuerte, como la de una piedra preciosa.

La miré fijo, sorprendidísimo.

—¿Arder con qué?

—Una llama fuerte, como la de una piedra preciosa —repitió ella seriamente, y repentinamente me di cuenta de que como era tan joven no podía apreciar la enormidad del cliché que había usado.

—Supongo que no —dije—. Supongo que es eso, supongo que está consumido por una fuerte llama, como la de una piedra preciosa.

—¡Lo está!

—¡Ah!

No supe si reírme o llorar.

Por momentos la frustración del trabajo de Repertorio en Durrington, lo sobrepasa. Y entonces...

Se detuvo, pero habiéndola hecho llegar tan lejos, no la iba a dejar escaparse, del gancho.

Y entonces... ¿qué?

—Oh, dice una cantidad de cosas sin mala intención, Cosas dolorosas. Como todos los verdaderos artistas, es un temperamental, no las dice con mala intención.

—Estoy seguro de que no las dice con mala intención...

—Sé que no —dijo ella con seguridad—. Lo sé con certeza, porque cuando ve que me ha lastimado, repentinamente se convierte en todo ternura. Amoroso y maravilloso —agregó soñadoramente.

Yo apenas si la escuchaba, porque recordaba a Geoffrey Glover deteniendo el ensayo ese día y diciendo:

—Usted tiene que dar la impresión de que ella es Joven y estúpida. La tiene que humillar.

También recordaba la curiosa mirada especulativa que había en los ojos de Paul, la misma que había visto cuando la miraba hacia abajo durante la recepción que le habíamos dado al nuevo alcalde.

Pensé que comprendía por qué no se había sentido particularmente atraído por las otras chicas del grupo, o, si les había dedicado algún pensamiento pasajero, por qué las había dejado de lado por Shirley. Ella era la más suave. Era la más fácil de herir. Era la más vulnerable.

Esto hace que uno se ponga a pensar realmente. Él se fijó en ella porque parecía vulnerable, y lo era: y ella se fijó en él porque tenía ésa mirada de niño pequeño perdido, y parecía vulnerable, y no lo era.

¿Y yo? Nadie se fijaba en mí en Durrington. No tenía aspecto vulnerable. Nunca lo tuve. Nunca lo había tenido. Siempre había sido perspicaz para defenderme. De una u otra manera.

Sospeché entonces lo que sé ahora. Paul King tenía que lastimar a la chica con la que quería hacer el amor. No necesariamente lastimarla físicamente. Bastaría con la humillación, la degradación. Cualquier cosa que la hiciera sollozar. Los psicólogos les darán a ustedes la respuesta. Tal vez debería decir que los psicólogos les darán la respuesta que les satisfaga a ellos. Yo tengo mi propio crudo remedio para gente como Paul King, y otros, también que han llegado a eso. No todos casos psicológicos, fíjese bien, pero una buena cantidad. Es un remedio barato también, consistente en una dosis de sales y una patada en el trasero. Tal vez nunca estuve hecho para hacer los papeles sensibles en el teatro.

Entonces me pareció, como me parece ahora, habiendo pesado las pruebas, que estuve justificado al seguir adelante con mis planes. Una noche en el cuarto de estar, Paul King me dijo:

—Estoy harto de este maldito pueblo.

Yo lo estaba mirando en el espejo, observando su expresión. Él no observaba la mía. Mejor. Fue la apertura que yo estaba esperando.

—¿Por qué no mandas algunos de tus recortes de diarios a Reg Taylor? —le pregunté. Como por casualidad, como si fuera un pensamiento del momento.

Su mano se detuvo en el acto de limpiarse el maquillaje. Lo vi pensando sobre la idea, pesando los riesgos.

—A Geoffrey no le gustaría eso —dijo.

—¿Por qué habría de enterarse? Conozco un muchacho en la oficina de Reg, en Londres. Yo los podría mandar en tu nombre.

Me miró sorprendido. No es corriente que la gente se apresure a hacerle a uno un bien, como yo lo estaba haciendo.

—Reg siempre está a la búsqueda de gente —dije suavemente.

Yo sabía por qué, también. No tenía que pagar tanto dinero por los “descubrimientos”. Ahora está un poco en decadencia, desde el advenimiento del avant garde, pero algunos años atrás era en realidad muy poderoso.

Pude ver mi propia cara en el espejo, honesta y alegre, con aspecto complacido porque un amigo pudiera conseguir una oportunidad para salir adelante. Por un momento pareció tener sospechas.

—¿Por qué habrías de ayudarme? ¿Por qué no escribes por ti mismo?

Me encogí de hombros.

—¿Mandando qué recortes? —El tono de mi voz transmitió algo como mala suerte para mí, buena para ti, compañero. Después de todo, yo era actor. De alguna manera.

—Él te puede dar trabajo. Nunca se sabe —dije.

—Eso es esperar demasiado.

Estaba haciendo el papel de muchacho modesto, que hacía a veces con Geoffrey.

—Sabes que eres bueno —dije seriamente.

Lo sabía, también. De modo que escribí la carta. Muy decente de mi parte, haberlo hecho.

Dos meses más tarde entré al camarín. Yo no actuaba hasta el segundo acto, y había estado estudiando mi papel durante la semana. Por una vez tuve algo razonable que hacer. Paul estaba sentado frente al espejo. Tenía el papel de John Gielgud en Musical Chairs. Es una vieja obra, pero a Geoffrey le gustaba, y Paul sabía tocar el piano. Creo que Geoffrey la eligió para darle a Paul la oportunidad de ganarse la audiencia. No hay como el papel de ese perdido pianista para hacer que estén a los sollozos en los pasillos.

—Está Reg Taylor en el teatro —musitó Paul.

Me lo dijo Sarah.

Nos reímos. Tal vez ninguno de los dos había pensado seriamente que podía salir algo de mi carta. El cebo, tal como se presentaba, estaba inmaduro, no estaba preparado, y no estaba relleno de jugo, pero probablemente era más prometedor que algunos otros. Reg decidió que valdría la pena buscar tentativamente dentro de sus jeans. Tomó el cebo. Por una razón la luirte de la ejecución del piano fue cuidada y, por una vez, la iluminación fue buena. Enfocada directamente sobre el pelo rubio de Paul.

Después del espectáculo, Paul y yo caminamos por «d callejón empedrado hacia el Grand Hotel. Él iba a lomar unos tragos con Reg.

Dejamos el teatro juntos pero después de un rato yo me quedé discretamente atrás, dejándolo que siguiera solo por la callejuela. La llamábamos el Pasaje Triunfal, porque siempre era transitada por aquellos que eran invitados por algún empresario londinense para conversar. Pero era un nombre con doble sentido, nacido de una ironía escolar. No sólo había victoriosos en el Triunfo Romano. Estaban los prisioneros, las víctimas, aquellos destinados, a su debido tiempo, a ser sacrificados. Probablemente el apodo tuviera origen en los celos y en el rencor latentes.

¿Yo? Estaba lleno de celos y relleno de rencor. Pero le deseaba el éxito. Si alguna vez alguien caminó por el Pasaje Triunfal con una sensación de bendición en el corazón, ese fue Paul King. Dos bendiciones, porque Shirley estaba parada en la sombra, observándolo irse. Lo miraba como si fuera una visión del cielo. Me tomó del brazo.

—Tiene que darle, tiene que darle a Paul una oportunidad.

—Espero que se la dé —dije fervientemente, ¡Por Dios, espero que lo haga!

—¿Qué piensas?

—Siento que se la va a dar.

—¿Realmente lo piensas?

Se la veía preciosa, los ojos brillantes, los labios entreabiertos, pálida, y la mano que se pasó por el pelo le tembló de excitación. Dije abruptamente:

—Vamos a comer a Dino’s.

—No te puedes dar ese lujo.

—No, pero puede ser un gran día.

Mirando hacia atrás, Dino’s era un lugar bastante andrajoso, pero en una noche gris, en un pueblo nórdico industrial, parecía bastante Continental. Se podía comer Spaghetti Bolognese por cinco dólares, para dos personas, y tomamos una botella de vino tinto.

Admito que había ocasiones en que la situación se hacía insostenible, y una de ellas fue esa comida. Me agradaría decir que pensaba en el pasado con tibieza, con emoción sentimental, recordando cómo Shirley, con su mera presencia, hacía que la asquerosa sopa marrón, fuera casi paladeable, y cómo el resplandor de su personalidad le daban un sabor agregado a los spaghettis de Dino’s de los que, esa noche, hubiera jurado que hasta los perros de Bologna hubieran escapado de desagrado.

No fue así. Hubo momentos en que me invadían oleadas de náuseas, que no eran ocasionadas por la comida. Correré el velo sólo lo suficiente como para decir que había larguísimos, aparentemente interminables pasajes dedicados al talento de Paul, evidente, latente, pasado, presente y potencial. Otros dedicados a las oportunidades que debía haber tenido, no tuvo, podía tener en ese momento, y debía tener en el futuro. Otras nuevamente estaban dedicadas a su brillante dicción, su figura, y su rostro, cabeza y pelo, vistos de frente, perfil y hasta de atrás.

Debo admitir francamente que esa noche, y en realidad en menor o mayor grado, durante ese período de su vida, la querida, suave Shirley era más bien una compañía sentimentaloide. Había un matiz de vaca lechera en ella. En mí, el rasgo despertaba protección, en Paul, otras cosas. No era un rasgo que estuviera destinado a durar. Bajo las circunstancias, no podía durar.

La única parte de la comida que disfruté fue hacia el final: Ella empezó nueva, tediosa, repetitiva y vehementemente:

—¡Paul no puede seguir y seguir en el Rep! ¡Tiene que dársele una oportunidad pronto! —Luego agregó: —¿No fue una suerte maravillosa que Reg Taylor viniera así, de sorpresa?

Si hubiera llegado al comienzo de la comida, lo hubiera podido superar, Llegando al final de una noche con toda esa adulación sentimental, era más de lo que la carne y la sangre pueden soportar.

No, no fue suerte —dije crispado.

¿Qué diablos quieres decir?

Mo la vio herida y sobrecogida de asombro, como un ni/al que ha sido maltratado por algún maldito de paso.

¿Qué diablos quieres decir? —repitió.

Quiero decir que yo escribí a la oficina de Reg y les mandé algunos de los recortes de Paul.

¿Eso hiciste por Paul?

Lo hice por los dos —repliqué y eché una mirada «le modestia hacia el plato—. No se lo digas a Paul. Deja que piense que los rumores sobre su talento llegaron a Londres. —Estaba bien seguro de que Paul mismo no se lo diría—. Es mejor para su propia confianza. De todos modos, fue la actuación de Paul de esta noche lo que contó —agregué pensando en la elección de la obra, el piano, la iluminación, que era la justa. Ella lo tomó al vuelo seriamente.

Oh, sí, eso lo sé, por supuesto.

Aun en su estado de estupefacción, debió haber sentido que se necesitaba algo más. Se inclinó por sobre la mesa y me tomó la mano, sin decir nada, indicando que nunca, nunca olvidaría mi noble acción. Era una actriz., después de todo.

—Él es mi amigo —murmuré simplemente—. Y tú sabes lo que siento por ti.

—¡Querido Charlie!

Yo sonreí triste, valiente y torturado, indicando que lo que había hecho, era una cosa mucho, mucho mejor de lo que había podido hacer nunca antes. La acompañé a su casa, Paul nos estaba esperando, y nos dio una cálida bienvenida.

—¿Dónde diablos se habían metido?

Los ojos de Shirley se llenaron de lágrimas.

—Charlie me llevó a cenar afuera. —Lo miró nerviosamente, casi con angustia, y agregó tristemente:

— ¿Conseguiste el trabajo?

Paul se encogió de hombros, enojado.

—No lo sé, y no estoy acostumbrado a tomar tanto gin, no a costa mía, y me siento embotado, no he comido nada.

Paul siempre ponía a la vista las cosas esenciales. No estaba preocupado porque yo la había llevado a cenar a Shirley, sólo porque no le había hecho la comida a él. Yo me fui. Me di cuenta de que no era momento de decir nada, y me volví a mi cuarto. Estaba frío, también, y mi nueva propietaria se había arreglado para que un chelín de gas sólo durara tres cuartos de hora, no lo suficiente ni para quitarle la humedad a las paredes.

Me puse otro suéter y me acosté.

Por la mañana generalmente iba a buscar a Shirley y a Paul y caminábamos juntos hasta el teatro. No vi a Paul a la mañana siguiente. Shirley estaba en la cocina haciéndose unos huevos con panceta. Creo que sentía que los huevos con panceta le levantarían el ánimo. De la misma manera que yo había pensado que una botella de whisky me levantaría el ánimo, la noche del casamiento. Nunca es así, pero es un pensamiento agradable.

No había necesidad de preguntarle a Shirley qué pasaba. Pude darme cuenta de que Paul había hecho su papel de Hamlet, la mayor parte de la noche. No era que yo pensara que pudiera hacer Hamlet. Pero estoy seguro de que sacó todo el partido posible de su papel, cuando estuvo en la cama con Shirley. Debe ser difícil hacer el papel de Hamlet en la cama, pero estoy seguro de que Paul se las arregló. Algunas personas actúan mejor fuera del escenario que en él.

Para alivio de todos los interesados, incluyéndome, Reg Taylor le ofreció a Paul un trabajo en una obra que salía de gira y luego, por supuesto, “derecho al Oeste”. Siempre es así.

—¿Qué piensas?

Paul me estaba mirando por el espejo, después de que llegó la oferta, pidiéndome un consejo sincero.

—Ésta es una gran oportunidad, pero supongamos que fracase, y no tenga éxito en Londres —dijo.

Estaba pesando los pro y los contra. Sesenta dólares por semana, por una gira de un mes, era un buen sueldo, pero, ¿qué pasaba si uno se encontraba sin nada después de eso? Londres era un lugar frío para los actores sin trabajo.

—Geoffrey piensa que no debería hacerlo.

Me volvió a mirar. Por una vez se sentía inseguro. Quería el juicio de un buen amigo, sobre el problema.

Sentí una oleada de alarma. Justo cuando el cohete estaba a punto de despegar, parecía que hubiera aparecido una dificultad de último momento. No serviría para nada. Pero tenía que tener sangre fría. Nada de las sonoras palmadas en la espalda ni de turbulentas palabras tranquilizadoras sin sentido, que a uno se le pudieran ocurrir.

Geoffrey naturalmente tenía que pensar eso —dije  lentamente—. Después de todo él tiene un partido tomado. Tú eres un atractivo para la audiencia local.

Paúl se estaba maquillando. Me volvió a mirar por el espejo. Pude ver esa leve bajada de párpados que hacía cuando estaba pensando algo.

Creo que tienes razón —dijo, alisándose el maquillaje.

Se lo veía mejor, marrón. Un poco de N° 9, o un toque de pancake, dan en el escenario ese aspecto de salud del aire libre, que generalmente no tienen los actores fuera de él. Fuera del escenario, generalmente tienen aspecto de pastel crudo.

—Tienes razón —dijo mirándose seriamente—. Soy realmente un atractivo.

No serás fácil de reemplazar.

Lo consideró también y estuvo de acuerdo conmigo. La semana siguiente, cuando fue la selección para Otelo, Geoffrey me dijo que yo no estaría bien como Pago, el falso amigo.

 

La noche antes de que Paul y Shirley dejaran Durrington, tuvimos la clásica despedida en el Builder’s Arms. Todo falsa bonhomía y los ‘‘motones de suerte, queridos”, y el aire que estallaba de celos disfrazados.

Sabía de una persona que, sin embargo, estaba encantada, y esa era Sarah Barnes. Estaba haciendo una buena representación de la persona que lamenta la pérdida de su partenaire, pero yo la conozco lo suficiente, como para separar la representación de la verdad.

—No va a ser lo mismo sin Paul —le dijo a Shirley, y eso también era verdad.

Estaba sentada en el banquillo del bar con sus largas piernas plegadas hacia atrás. Me gustaba Sarah. Me gustaba su profesionalismo, y sabía que era buena porque nunca se engañaba a sí misma, y no necesitaba un impulsador del ego como Paul. Luchaba contra sus propias fallas y decepciones. Sería una gran actriz algún día.

Lo extrañaremos a nuestro Paul, ¿no es así Charlie? —me dijo Sarah.

Hubo una insinuación de divertida malicia en sus negros ojos.

—Los voy a extrañar a todos —dijo Shirley, pero me miraba a mí. Yo no le iba a decir que yo también estaba por terminar con Durrington, y que los seguirla a Londres. No me pareció que fuera el momento justo Aparte del hecho de que ya había tenido bastante del “Rep”, y que éste había tenido suficiente de mí, no iba a perder de vista a mi tesoro.

A la mañana siguiente besé a Shirley en los labios, en la estación de Durrington, justo antes de que saliera el tren. Tenía los labios tan suaves como los recordaba.

—Por un lado, lamento irme. Tal vez nos encontremos pronto nuevamente —dijo, casi tristemente.

Estaba sentada del lado de la ventana del vagón. Paul estaba sentado del lado opuesto, con los pies sobre el asiento. Me hizo un saludo de compromiso. Ya estaba en Londres. No era de los que dejan que los últimos eslabones se rompan lentamente.

—Tal vez —dije—. Nunca se sabe.

Yo ya tenía mi boleto para Londres en el bolsillo. Era válido por tres meses. El tenerlo me había dado coraje para afrontar la partida de Shirley.