CAPÍTULO 13

Pensé llevar a Stella Fenton a la apertura de la temporada de Stratford. Era una buena idea que la vieran por allí. Como se dieron las cosas, ninguno de los dos pudo ir, y pasó un mes más a menos, antes de poder arreglarme para ir. Así es en publicidad, las cosas aparecen de golpe, películas, estrenos, y hay que estar. Es como estar en el negocio de globos, en un momento dado todo es muy grande y al siguiente no se tiene nada más que un pequeño pedazo de goma arrugada. Pero mientras los globos están grandes y todavía flotan en el aire, hay que estar por allí. Era comienzos de mayo, cuando finalmente fui. Stratford-on-Avon es agradable en esa época del año. Hasta los cisnes parecen estar relajados, antes de sus demostraciones de la culminación del verano. Uno se siente bien, sentado en los bancos afuera del bar Dirty Duck, observando el río, y los jóvenes aspirantes repitiendo sus papeles en los bancos de madera, fuera del bar. Cuánto más cortos sus papeles, más largo el pelo, más altas las botas y más gordos los suéteres.

Shirley me había pedido que fuera a almorzar, y como no quería llegar demasiado temprano, me quedé sentado junto al río, descansando, entretenido con los jóvenes. Algunos de ellos hasta llevaban pequeños volúmenes de la obra en ese momento en ensayo. Nada como dar un aire de color local al comercio ambulante en carro. Los miré y recordé a Paul y que hacían sólo un par de años desde que él, también pudo haber tenido el mismo aspecto. Le habían salido muy fáciles las cosas. A mediodía fui al “departamento de casado” de Paul, fuera de la ciudad. Y cuando digo “departamento de casado”, quiero decir exactamente eso, porque es como estar en la frontera noroeste, bajo el imperialismo, en Stratford; estrellas con rango de oficiales, actores N.C.O. (oficiales no comisionados), y los aspirantes, otros rangos.

El departamento de Paul era parte de una casa de campo. Caminé a través del establo, trepé una empinada escalera, y me encontré en una especie de departamento de un chofer. Agradable cuando se llegaba a él. Encantador verla a Shirley, por supuesto, aunque sirvió un cherry barato. Paul no gastaba dinero en gin. Pude ver el río y la aguja gris de la iglesia de Stratford.

—¿Cómo anda todo? —dije, instalándome en el sofá y sonriendo con la sonrisa del bueno de Charlie.

—Todos están tan difíciles —dijo Shirley, preocupada y ansiosa. Admito que hice un quejido hacia adentro.

Ahí era donde entraba yo, una semana atrás, un mes atrás, un año atrás o dos. Siempre que yo entraba, era, el pobre, maldecido Paul, que se tenía autoconmiseración. Estas mujeres de un solo hombre pueden estar bien si uno es ese hombre. Si es así, todo está muy bien. Si no, entonces, querido Dios, hay que estar preparado para transpirar por cualquier causa que se tenga a la vista. Y cuando digo transpirar, no quiero decir sólo una pequeña humedad.

Si alguien se estaba haciendo el difícil, ése era Paul. Los tambores habían estado sonando y yo había oído algunas habladurías. No siempre lo creo, pero tomo nota de ello. En mi profesión hay que hacerlo.

Paul dice que Stratford es como una pecera de peces dorados —dijo en tono monótono Shirley—. Pero cuando se es tan talentoso como Paul, hay muchos celos alrededor de uno.

—¿Seguro que Paul estuvo contento con las notas por el Orlando?

—Oh, sí. Pero todos esos celos son muy trastornadores.

Me podía imaginar a algunos actores de bocadillos, que habían estado poniendo su misma alma en “Qué hay, allí dentro” o “Lo hizo, milord”, sintiéndose molestos cuando Paul, que nunca ha llevado una lanza en su vida, había sido traído por la fuerza de unas pocas notas del West End y se le habían dado tres papeles considerablemente buenos.

—No estoy diciendo que Paul no sea temperamental, lo es.

Me miró, y me pude dar cuenta de que las cosas no estaban yendo tan dulcemente como el Avon. ¿Era éste el principio del fin? Sentí un repentino salto de placer.

—Cuando se tiene un gran talento —siguió—, la gente debería esperar esto. Así lo debo esperar yo —dijo firmemente.

Tuvo muy buenas notas sobre el Orlando —insistí, manteniendo todo el asunto en un nivel de alegría.

Paul es un actor dedicado, muy dedicado a lo suyo. —Volvía Shirley a lo mismo. Yo suspiré—. ¿Crees que Tony es comercial?

Apenas podía creer lo que oían mis oídos. Cuando i.im empresarios no sean comerciales, será un día muy especial.

De todos modos, como dice Paul, Tony nunca fue mi gran actor. No entiende las cosas como las entiende Puní —dijo Shirley.

Yo lo dudaba. Recordé la expresión de Tony: “Paul estará muy bien como Orlando y Mercutio”. Ninguna mención a Hamlet. Los ex actores no se engañan tan fácilmente.

Observé como Shirley iba al dormitorio, la vi inclinada sobre la cuna, para despertar a Jane. Una simple acción, llena de ternura, algo que Shirley misma no recibía.

Después del almuerzo, me fui. No me iba a quedar pura ver llegar a Paul a su casa a la posesión de Shirley, para observar su dedicada actuación de artista, ver su insatisfecha expresión. No tenía, sentimientos como para revolver cuchillos en las heridas. Hasta una pequeña agudeza superficial, puede ser dolorosa.

 

Estaba caminando hacia el hotel Shakespeare, donde paraba, cuando vi a Vic Jones, paseando solo.

Hola, hola —grité—. ¡Qué estás haciendo aquí!

Un poco demasiado de corazón, un poco demasiado sorprendido de verlo, pero no siempre se puede hacer una improvisación correcta:

—Conseguí algunas entradas mudas, el aspirante más viejo de la obra. Creo que Sarah lo combinó.

Ven a tomar algo.

Señalé hacia el hotel. Se lo vio un poco turbado. I.ns Otros Rangos no se mezclan en los bares de la Clase •Ir Oficiales. No es que los oficiales no les tengan simpatía a los hombres. No se podría encontrar un grupo mejor de muchachos en ninguna parte, cualquiera «pío se ha abierto camino con ellos a través de Henry V. les dirá que son buena gente. Los mejores del mundo. Pero la disciplina es la disciplina.

Vic vaciló por un segundo y después me siguió al luir del hotel. Nos sentamos y pedimos unos tragos. Fue una de esas charlas. Inquietas. Charlas sobre los viejos tiempos. Charla sobre Sarah Barnes. Charla sobre Paul. Charla sobre el padre de Vic, que estaba muy enfermo en Newcastle, y cómo Vic pensaba que tal vez debería salir de Stratford e irse para el norte. Luego nuevamente a Paul King.

—¿No ha cambiado, no? —dijo Vic—. Tiene una pesada carga de genio para arrastrar por la vida. Ha tenido una suerte bárbara. —No amargado, sólo una? declaración de hechos—. Casi el chico de oro. ¿Oíste lo de Hamlet?

Tomó su bebida.

—Sé que Ferrini la dirige.

—Va a ser una especie de orgía de los Borgia. Está como en cruz, entre San Marcos, Venecia, y la Capilla Sixtina, Roma. De todos modos Paul tiene buenas piernas para las calzas.

Su expresión no fue de malicia, sólo se mostró divertida. Pudo darse cuenta de que yo no iba a sentirme atraído por lo de Paul, y cambió de tema para hablar de mí:

—¿Estás contento de haber dejado el trabajo?

—No me lamento. Hay compensaciones.

—Asunto complicado el de la publicidad. Es como estar en la corte de Luis xv, en la escalera. Nunca se sabe si estás entrando o saliendo.

Cambié de tema.

—¿Haces algo en Hamlet?

—Estoy de reemplazante del sepulturero, papel que hace George Blane.

—Esperemos lo mejor, entonces.

Sabíamos lo que significaba eso. Los dos sabíamos que a George le gustaba la bebida. Las cosas se dan así, un par de cervezas después de poca audiencia en el teatro, se convierte en media botella de una bebida fuerte cuando el éxito sonríe. El Royal Shakespeare es el Royal Shakespeare, y Hamlet es Hamlet, y el papel de sepulturero es un papel que está muy bien, teniendo en cuenta que no cava su propia sepultura

—Buen actor, George —dijo Vic. Fue un hombre que nunca pudo entender a lago, el falso amigo.

Seguimos charlando y luego lo vi salir del hotel, era el tipo de hombre que no se encuentra a menudo, alguien que le hace sentir a uno que no todos son uno desgraciados.

Subí y mi teléfono llamaba. Paul estaba en la línea Si por favor podía darme una vuelta después del espectáculo, sin falta. Una especie de lord del siglo XVIII, que manda llamar a su abogado. Me di uní» vuelta por allí. Todavía se estaba maquillando, con su sastre que zumbaba alrededor.

Me ha decepcionado no verte antes por aquí para verme como Orlando —dijo abruptamente.

Superficialmente tenía un punto. Era inútil decirle que uno no necesita saborear la tapioca para publicitar É producto.

—Terriblemente decepcionado yo mismo, Paul. Estuve ocupado con un montón de pequeñas cosas. Poco importantes, pero necesarias cuando uno está luchando.

Me encogí de hombros desesperanzado. Pobre desgraciado campesino tratando de sacar para comer, del recalcitrante suelo. Se calmó un poco.

—¿Te das cuenta de que la primera noche de Romeo es la misma semana del estreno de la película? —dijo de mal humor—. Siento que no has hecho un esfuerzo suficiente últimamente.

Puse la mirada del bueno de Charlie, pero un poco de capa caída. Muy fácil para un actor.

—Yo estaba reteniendo mi fuego hasta que se estrenaran la obra y la película.

—Te he traído algunas de las tomas de la película para que me des el OK. —Tarea de persona inferior.

—Joe me pasó la película esta semana —agregué animadamente.

—¿Qué te pareció?

—¡Maravillosa! Me hizo sentir terriblemente orgulloso. Siento que estoy ayudando a crear algo que vale la pena —agregué con simpleza. Es divertido uno caen con esta adulonería. Mientras yo comentaba a hacer una reseña de mi campaña publicitaria, fotografías, reportajes, contactos que había hecho, observé que el globo de su ego comenzaba a llenarse hermosamente.

Me hizo un cabeceo, despidiéndome cortésmente. La audiencia había terminado. Salí al pasillo y caminé hacia la parte de atrás del escenario y me quedé allí parado en la oscuridad, mirando el vacío auditorio. ¿Fue Chejov quien dijo, “Todo lo que sé es que detrás del escenario, las bailarinas huelen como caballos”?

Me di vuelta y me encaminé hacia la puerta del escenario. Lástima, no había olor a caballo. Atrás del escenario, Stratford no tenía el olor de otros teatros. Todavía tenía un limpio olor a hospital. Casi demasiado limpio para un teatro, desde mi punto de vista, pero yo soy muy anticuado.

La noche estaba fría, y caminé junto al río, olvidándome de las humillantes palabras de Paul delante de su sastre, saboreando las palabras de Shirley con respecto a la tensión en el matrimonio. Algo estaba empezando a funcionar, por fin.

Stella me acompañó al estreno, estaba muy elegante. Traje de dos piezas de seda italiana, y un poco de visón para repartir por alrededor. Ese pelo rojizo lucía espléndido. Estaba muy buena conmigo, porque la mayoría de la gente era buena conmigo en el camino ascendente, y Stella era una chica que tenía el ojo puesto en el escalón más alto.

—¿No es divertido? —dijo, sonriéndome a mí y a un fotógrafo que pasaba por delante.

Habló demasiado pronto. Pesqué con la mirada un cigarrillo colgando y Edith se alzó a la vista, tosiendo como de costumbre. No tenía nada malo en los pulmones. Paul me lo había dicho. Era una de esas tosederas de la naturaleza. Un poco de catarro, eso era todo.

—Hola —graznó— Me las ingenié para que me trajeran.

Edith hizo ese sonido como un reproche. Nadie debía irse sin estar seguros de que Edith tenía transporte.

—Paul no está nada bien —me sibiló en el oído—. No me sorprendería que tuviera un resfrío.

Me miró fijo amenazadoramente.

—Es esa criatura, siempre pescándose algo y transmitiéndolo. Espero que el espectáculo ande bien esta noche.

Dirigió una siniestra mirada hacia el auditorio y se fue tambaleante para buscar su asiento.

—¿Quién es esa mujer extraordinaria? —dijo Stella, mientras la figura cenicienta de Edith desaparecía.

—La madre de Paul.

—No lo puedo creer. Se parece más a la tía de Drácula.

Los ojos de Stella lanzaban miradas de uno a otro lado. Claramente brillantes. Una chica que no se perdía nada.

—¿Ves quién es ése? —me di media vuelta—. Es Gregori Konsakis, el director de cine.

Volví a mirar. Era él. Muy reluciente, como un alegre tiburón bien alimentado, que había usado una buena marca de pasta dentífrica.

Se suponía que Konsakis era griego. Una nacionalidad elegante, llena de sol y mar, y de alegría de vivir, pero Konsakis tenía aspecto de haberse limado los dientes. Su verdadero nombre era Knopmuss y había empezado con Joe Gross, como chico de la claque, en Elstree.

Me pregunto por qué está aquí Konsakis —dijo mella, reflexivamente, moviendo su pelo rojizo, porque nunca se sabe, ¿no? Los directores de cine a veces descubren chicas en las noches de estreno.

Tal vez esté loco por el bardo. No tendrá que pagar los derechos de la película —dije amargamente.

Nadie tuvo que haberse preocupado por el Mercutio «Ir Paul. Yo me sorprendí. Debo admitir de mala gana «pie le confirió al personaje un tono y un perfil llamativos.

Hubo una reunión después del espectáculo. La gente se movía por todos lados, viendo si había alguien de utilidad alrededor. Justo el tipo de cosa para Stella. Se zambulló adentro, encaminándose hacia Konsakis tortuosamente, era una chica que no había necesidad de entrenar.

Yo me había hecho el tonto con Stella. Tenía una idea muy definida de por qué Konsakis estaba nadando m esas aguas. Había salido en el diario que estaba haciendo una película sobre Rupert Brooke. Sería una «osa fácil, con ambientes exuberantes de antes de 1914, el fin de las fiestas de jardín dentro del material desechado de la guerra. Quien fuera que hiciera el papel de Rupert Brooke, lo tenía ganado. Paul parecía estar bien para el papel. Era un joven Apolo, de pelo dorado.

Pobre Joe Gross, los pescadores de mar adentro estaban detrás de su pesca de orilla. Y el cebo era bueno. Un héroe histórico nacional, un trasfondo de cultura, un director sensible (así decía la prensa) un gran presupuesto y la oportunidad de fama mundial. Miré por el salón, Stella, Konsakis y Paul estaban parados juntos. Me preguntaba si estarían cantando la misma canción. No necesité habérmelo preguntado.

Tony vino a verme dos días después.

—He estado hablando con Joe —dijo, sin preámbulos. Había estado dándole de almorzar a Joe sobre la base de “los viejos compañeros”.

Ya cocinaba, lo que su historia resumía era, que él ir había señalado a Joe Gross, que seguramente no pensaría arruinar una carrera promisoria como la de Paul, y exponer el futuro de la mujer dé Paul y de mi criatura. Joe señaló que él también tenía un futuro, y lo que era más, se aferraba a él.

Hasta allí, diez libras desperdiciadas en almuerzo, Joe y Tony llevaron sus contratos a los agentes.

Paul estaba en ese momento ensayando Hamlet, y demasiado ocupado para discutir sobre dinero, aunque encontró el momento para llamarlo a Tony y decirle que pidiera cien mil libras.

Tony vino a verme. ¿Qué tal un poco de publicidad sobre el tema? ¿Por qué no? Yo estaba totalmente de acuerdo. El globo se levantaba hermosamente.

Al día siguiente llenos los diarios con fotos de Paul, y titulares que decían, “¿Actor de Stratford para actuar de Poeta?”. Los muchachos que colocaron la pregunta no eran ningunos tontos.

Mientras tanto en el Avon, como en Londres, se leían pequeños artículos. Pero, ¿acaso no había tres años de contrato? No pasó nada. Ni siquiera se movió la pluma de un cisne. Después de todo, había otros actores, y Stratford era, como decía Paul, un escenario mundial. Y si quería dejarlo por el Odeon, era cuestión suya. Con o sin contrato. Dejen que se vaya, decían, dejen que se vaya.

Joe era un tipo de pescado distinto. Era un luchador. No se iba a dar por vencido y, de todos modos, él no era un escenario mundial.

Una gran cantidad de dinero es como una carga de dinamita. Saca a relucir el verdadero aspecto de la personalidad. Me divertía observar el cambio en la relación entre Paul y Tony. Se convirtió en el fantasma de Paul, trotando de atrás para adelante con ofertas, y pescando anticipadamente una participación del total así como también un derecho de Konsakis. Lamiéndose los labios.

Con la oferta metida en el bolsillo, Tony le dio a Joe otra comida (cena en el Savoy Grill, esta vez. Tony se jugó el resto por él), caviar, sopa de tortugas con cherry, algún desgraciado pájaro volado del extranjero, champagne, brandy y cigarros.

Joe un refugiado judío de segunda generación, siempre lo había visto a Tony como el caballero inglés, papel que tantas veces había hecho. Yo le podía haber dicho algo, cuanto mayores son las sumas de dinero, tanto menos reciben los caballeros, y la peor clase de convenios es la de los caballeros. Presuponen la existencia de éstos en el siglo xx.

Joe no pudo igualar la oferta.

Cuando se volvieron a consultar los contratos, el caso de Joe no pareció tan duro. Lo que es más, los abogados dijeron que sería costoso de demandar, y cuando un abogado dice costoso, está diciendo realmente eso.

Joe se dio por vencido. Tony me llamó por teléfono para darme las noticias, justo a tiempo para que mitraran en los diarios de la mañana.

“Paul King actuará de Poeta”, “Cien mil libras por un papel, para un ex actor de la compañía teatral”. Toda esa vieja rutina. Yo nunca creí en las letras de molde. Cuando llegó el momento, sólo el judío se había comportado como un caballero.

—Era absurdo de parte de Joe —dijo Tony—, creer que podía seguir ligado a Paul. Paul es un nombre importante. —El maravilloso perfume de verdadera plata, estaba suspendido en el aire—. Joe es poca cosa. Le tengo simpatía, pero es poca cosa.

Y se estaba haciendo más poca cosa, día a día.

—Ahora con Konsakis, Paul está sobre terreno seguro, es un espléndido director.

—Artístico, también —dije, pero Tony no se sonrió.

—Exactamente.

—No es —dije sinceramente— como si Paul se hubiera vendido al comercio.

—Todos nosotros tenemos que hacer todo lo posible por la carrera de Paul, eso es lo importante.

Repetí un trozo que tuve que aprender en el colegio, poniendo todo el asunto a nivel “artístico”: “Pasamos por delante de la isla de Rupert a la caída del sol... todos los colores se habían ido al cielo y al mar... pareció que la isla tenía que brillar para siempre con su gloria, la que enterramos allí”. Yo tengo mis momentos culturales.

—Me pregunto si habrán visto ese trozo para el guion —dijo Tony.

—Tendría que salir bien en colores, si hay buen tiempo.

Tony me miró, pero yo tenía puesta la cara del bueno de Charlie. No se me puede pescar en falta cuando estoy en forma.

—¿Y qué hay de tus convenios publicitarios con Joe?

—Yo he estado haciendo la publicidad sólo para esta última película. Konsakis tendrá sus propios muchachos. —No me estaba despidiendo a mí mismo—. Pero, por supuesto, si puedo hacer algo extra por Paul, lo haré. —Como lo dijo él, todos teníamos que hacer lo más posible por Paul.

—Yo he estado hablando con Paul sobre eso. Él siente que tú lo conoces. Tienes una idea perfecta del tipo de material justo para él, y quiere que sigas adelante. Paul siente que necesita alguien que entienda su imagen.

Al buen perro Spot se le estaba tirando un hueso.

Además, el buen perro Spot podía ser llevado al dinero.

—Yo podría manejar las cosas desde una base más personal —estuve de acuerdo modestamente.

No volvimos a mencionar a Joe. No esparcimos ninguna flor.

Al día siguiente fui a ver a los muchachos de Konsakís y comencé a ponerme en marcha. Había bastante que hacer con el material anticipado para el film, y trozos de material personal para Paul. Actor de la compañía teatral camino a la fortuna, forma una buena historia, es como ganar todas las apuestas.

Estaba ya todo preparado para hacer aparecer la corona de Hamlet, príncipe de Dinamarca, sobre sus dorados rulos.

Vic Jones había dicho que Ferrini veía a Hamlet como un príncipe renacentista. Pero el tipo de decorados que habían imaginado me parecían más los arreglos para una conferencia en la época de Julio César. Los ancestros de Ferrini debieron haber trabajado en los juegos romanos, y aun entonces el Coliseo debió haber sido empujado, para tener más lugar.

Cuando el fantasma mismo observó. “¡Oh, horrible, lo más horrible!”, pronunció el epitafio de la obra por adelantado.

Yo estaba sentado en las plateas altas y no vi a nadie conocido, ni siquiera a Shirley. No me importaba Paul, pero me importaba la humillación de ella. Hamlet es como Becher’s Brook, en el Grand National, o se sigue navegando, los cascos lejos del agua, o se entra directamente. Pude decir desde la primera escena que Paul estaba entrando, la cabeza primero.

Mientras que Stratford tiene formas de escenografía volante, y las mueve de costado mecánicamente, y echa nubes en cicloramas, generalmente se supone que no tienen que hacerse todas juntas y al mismo tiempo. Ferrini aparentemente pensaba que sí. Una de las críticas describía la obra como Los últimos Días de Elsinore.

Pilares de mármol tambalearon. Los actores tuvieron que abrirse camino a través de renacentistas trampas mortales. Si el desastre, como la justicia, se tuvieran que ver realizados, éstos fueron vistos esa noche, muy bien. Por lo menos cuando se tiene el humo de la batalla en las obras históricas se borran un poco los efectos. La clara luz del día renacentista fue un error.

Mientras lo veía a Paul forcejeando para salir adelante, fue como una doble visión. Me importaba porque su éxito era mi arma, la que lo separaría de Shirley. Mi fracaso la llevaría más cerca de él que nunca, y Mn embargo tenía una maligna sensación de placer unte la idea de que pudiera fracasar, y fracasar tan tristemente.

Su fracaso no involucró a Sarah Barnes. Ella no hacía de Ofelia. Eso fue algo, y al principio pensé que ninguno de los que me gustaban estaba envuelto en el naufragio.

Me equivoqué en cuanto a eso, porque George Blane por una vez había juzgado mal su capacidad alcohólica y Vic estaba haciendo el papel de sepulturero, su gran oportunidad. Eso fue un chiste, no estaba representando el papel, lo decía. Era aburrido, monótono y sentencioso. Ése no era el sepulturero de Shakespeare, sólo un funebrero salido de Dickens. Por una vez estuve contento de oír las palabras: “Llévense los cadáveres”, y ver que se bajan los cortinados.

El cadáver de la obra había estado bajo tierra durante toda la noche.

Unos pocos rezagados se estaban abriendo camino hacia la puerta del escenario cuando yo entraba. Mientras me dirigía hacia la escalera, me topé con Pony. No se lo veía tan resplandeciente como de costumbre, no es necesario decirlo.

—¿Cómo está él?

—No fue culpa de él, todo se debió a las discusiones de los contratos. —Si ésta era su historia para Konsakis, era mejor que la corrigiera rápidamente—. ¿Y qué te parece esa idiota escenografía? —dijo—. Yo no Iría a verlo ahora —agregó Tony amenazadoramente.

Muy bien. ¿Doy las noticias mañana? Podría volver a Londres esta noche.

Yo sabía que los diarios no tomaban las críticas para las ediciones tempranas.

—Yo no me molestaría —dijo Tony tristemente.

Seguí por el corredor.

—¿Adonde vas?

—Puede ser que le diga unas palabras a Vic Jones.

—Él no ayudó nada.

Me encogí de hombros. Cuando el desastre golpea, todos tienen la culpa. Empujé la puerta del camarín. Vic estaba tendido con la cabeza en los brazos. Estaba rolo. Las crudas luces de las mesas para maquillarse Iluminaban su nuca. Sobre el espejo colgaban los telegramas de buenos augurios.

¿Qué se puede hacer con respecto a la total humillación? Nada que decir, nada de nada. Salí despacio, y volví a mi hotel.

El día siguiente fue soleado. Yo estaba en la duda si llamarla a Shirley. Podía ser molesto. Especialmente si Paul estaba allí. Probablemente no estuviera de buen humor.

Estaba caminando despacio hacia el río, cuando me topé directamente con él. Subía esa colina que lleva a lo largo de los lados de los jardines de New Palace, y tenía mucho más aspecto de Hamlet esa mañana, de lo que lo había representado la noche anterior.

—Malditos tropiezos, anoche —dijo indignado—. Absolutamente malditos, llameantes tropiezos, eso es lo que fue.

—Oh, no lo sé —dije—. Tuvieron un poco de problemas con las escenografías, pero ya se va a arreglar.

—Mis críticas no.

—¿Las has leído?

—No, y no tengo intención de hacerlo. No van a hacer ni un poquito de diferencia. Cada maldita cosa estuvo mal, incluyendo a tu viejo amigo Vic, haciendo un apestoso mono de la escena de la excavación de la fosa. George estaba borracho como un lagarto. ¡Fantástico actuar con Vic, ese pedazo de viejo actor de segunda mano, de la Compañía Teatral! ¡Te pregunto a ti! Hubiera pensado que conseguirían mejores reemplazantes que éste. Después le pregunté qué diablos se pensaba que estaba haciendo, y todo lo que dijo, parado al costado del escenario como un maldito tonto, fue “mi padre está muerto”, y rompió en llanto. Debió haber llorado por su actuación. Eso hubiera sido más justo.

Ahora me daba cuenta de lo que había pasado. Lo vi claramente, con los ojos de su mente, Vic había estado abriendo la sepultura de su propio padre. Los sepultureros están descriptos como payasos en mi Shakespeare. Ríe, payaso, ríe. Pobre payaso, no había tenido mucho de qué reír.

No era mi día. Caminando calle arriba me encontré con Edith. Salía del Arden, dejando caer cenizas sobre las rosas.

—¿Vuelves a Londres?

Me miró a través de su pantalla de humo. Era uno de esos momentos en que la cabeza de uno está demasiado llena de otras cosas como para pensar en una excusa.

Cedí, y me di cuenta de que me llevaría un par de horas de tenebrosidad humeante. Enseguida se largó a su acostumbrado discurso. Cómo la carrera de Paul había sido puesta en peligro por Shirley y Jane. Cómo ella misma no era capaz de trabajar más, y yo podía ver bien, que con el olor de grandes sumas de dinero en el horizonte, su salud naturalmente no iba a durar.

Cómo ella pensaba que Shirley posiblemente no podría darle a Paul ningún respaldo cuando él lo necesitara romo importante estrella de cine. Yo quería preguntar: ¿Quién dice que las estrellas de cine sean importantes?”, pero mantuve la escotilla cerrada, porque sé de qué lado se untan mis recortes de prensa.

Edith había pensado en un punto de vista enteramente nuevo sobre el desastre de Hamlet. Resultó ser la culpa de Shirley, por alentar a Paul a que fuera ii Stratford, en primer lugar. Buena chica, esa Edith, rila tenía todos los puntos de vista, aunque fíjense, n1 le hablaba a Paul de Shirley en esa vena, me hacía un poco de bien. Es como decirles a los campesinos (jue están oprimidos: se levantarán y quemarán la granja. Andar con Edith en auto por la Oxford Road, era como hacer un largo crucero con Jeremías. Un constante lamento. No se podía llamar a su vestido arpillera, pero el piso del auto estaba cubierto de cenizas, y del cenicero colgaban colillas de cigarrillos destrozadas. Llegamos a Cromwell Road, y doblamos hacia Earls Court.

—Me he mudado. Estoy viviendo en Maide Vale —dijo, contenta por primera vez, porque estaba en la dirección opuesta. Con tono de reproche también, implicando (pie yo debía haberme dado cuenta. Yo me perdí y terminé cerca del Zoológico.

—Éste no es el camino por donde pasa el ómnibus señaló.

No contesté. Encontré la casa de ella y la descargué. He bajó, llevando un gran ramo de flores, dos lechugas, y algunas cebollas de verano, del jardín de Shirley. No tiene sentido ir al campo si no se recogen impensadas bagatelas.

 

Konsakis era un sagaz operario en el campo de la publicidad. Después de la tragedia de Hamlet suavemente lo hicieron pedalear a Paul. Como un director cíe orquesta, le daba a Paul un par de barras de descanso. El público tiene una memoria corta. Además sabía que la publicidad, como la crema en el café Irlandés, puede ser exagerada. Demasiada, y harta el paladar.

Me mandó llamar. Tenía un gran escritorio, y suficiente alfombrado como para que los sirvientes caminaran antes de llegar a su presencia.

Su compañía de films tenía una gran casa en Mayfair. Ni siquiera una chapa de bronce en la puerta. Cosa de duques. Les da a los inversores confianza, si sienten que el fondo es saludable. No levantó la mirada cuando entré en su oficina. Simplemente siguió leyendo un importante papel y luego habló con alguien por el intercomunicador. No hay nada como colocar a los campesinos en su lugar. Cuando hubo terminado de hacer su representación, se volvió a mí y puso un leve atisbo de interés.

—Ah, Mr. Maithers, ¿ha visto usted a mis muchachos de publicidad? —Tenía una de esas voces de Atlántico medio, adquiridas en su ascenso—. Usted ha hecho hasta ahora un buen trabajo con Paul.

Me mostré agradecido y tranquilizado.

—Un buen trabajo —repitió. La voz estaba un poco más cerca de Nueva York.

—Esta película va a ser grande, y no queremos tener ningún tropiezo. Yo lo voy a contratar a usted para que maneje el ángulo personal. Quiero que actúe junto con mis muchachos, que se introduzca en el trabajo de ellos, y no quiero problemas. No quiero nada de ese material de bajo nivel, no quiero nada de esas fotos baratas de Paul usando la nueva línea de camisas. —Pude escuchar que tenía la misma agencia de recortes que tenía yo—. Usted puede hacer las cosas mejor que eso. Y últimamente, lo está haciendo realmente mejor. —Me miró, resplandeciente y agudamente, como un cuchillo de carne con borde aserrado. Pero los términos que ofrecía eran buenos.

—Lo contrataré sobre una base mensual. ¿De acuerdo? —A la gente le gusta utilizar la palabra “contratar”. Coloca las manos en su lugar.

—Muy bien —dije humildemente.

—No queremos nada de esa material doméstico, nada de fotografías de la mujer y el niño, suavemente los estamos haciendo pedalear. Nada amable. ¿Comprende? He pagado un montón de dinero por Paul. Esta va a ser una película trágica. Se trata de un poeta perdido.

Afortunadamente no insistió en contarme la historia.

—No quiero que Paul ande sonriendo, arruina la imagen.

Dejó que sus perlas se hundieran.

—He dado el okey al manuscrito, y comenzaremos a disparar, tan pronto como Paul se libere de Stratford. 138

El bardo estaba en el canasto de la ropa. El camión «lo la banda estaba listo para ponerse en movimiento. Yo pensé en ese poema “El dorado camino a Samarcanda, y aquella línea en que dice, “Nuestros camellos olisquean la noche y están contentos, contentos de estar ni su camino”. El camello principal Konsakis había olisqueado la noche y estaba contento de estar en camino. El camello principal gruñó y refunfuñó nuevamente:

—No quiero que esté usted en el lugar de la filmación, tendré a uno de mis propios muchachos para que maneje el material local y para que mantenga las cosas en orden allí. Quiero que usted pase por el cedazo el material nacional. No queremos que se escurra ningún alegre noticiero fílmico juguetón. Lo estoy manteniendo a Paul a cubierto hasta que sea la premiére de la película. Pronunció premeer. Nadie hubiera pensado que había nacido en Acton, Inglaterra. Se volvió a su intercomunicador. La audiencia llegaba a su fin. Yo me escabullí.

Una cosa que supe por los muchachos de publicidad, vn una oficina del fondo fue que Paul iba a estar ausente unos meses y que Stella se había conseguido una pequeña parte en la película. Iba a ir al lugar de la filmación como una benévola enfermera junto al lecho de muerte del poeta. Una enfermera de la Cruz Roja. Eso le iba a molestar, con uno de esos velos en la cabeza, porque nadie vería su pelo rojizo, pero el camino hacia arriba es duro.

Esta noticia me agradó, considerando la mirada que Paul le había dirigido en la reunión. Nunca se sabe, pensé.

En el Avon la temporada llegó a su fin. Hamlet nunca despegó realmente del suelo. Paul no era popular en la compañía. El naufragio total tenía que ser culpa de alguien, y él era la roca más prominente a la vista. Las historias de los diarios sobre las dádivas derramadas sobre su cabeza, no ayudaron. La gente no simpatiza con las grandes sumas de dinero, a menos que lleguen a ser dueños de ellas. El film épico Young Apollo llevó cuatro meses para terminarse. Shirley estaba sola, y todo lo que vio de Paul eran uno o dos cortos publicitarios seleccionados, elegidos por mí, buen mozo con su peluca de poeta, y el uniforme de la primera guerra mundial, contra el paisaje de fondo, de las islas griegas. Todas las noticias que recibía de él eran tarjetas postales y, ocasionalmente, llamados telefónicos desde larga distancia.

Me dijo antes de irse, “Cuídala a Shirley. Ella quiere una casa en el campo. Mantenía ocupada, acompáñala a buscar casa. Ella sabe lo importante que es esto para mí, y que no la puedo arrastrar conmigo a todas partes”.

El cohete estaba comenzando a pensar que su impulsador era un peso muerto. Yo siempre pensé que sería así.

De modo que Shirley y yo salimos a buscar casa, y al final encontramos la casa perfecta, en las fronteras de Hampshire y Sussex. Paul dio su consentimiento por telegrama, sin hacer preguntas ni comentarios.

—Parecería que no le importara dónde va a vivir —dijo Shirley. Daba la impresión de estar intrigada y desilusionada.

—Creo que a los hombres no les importa tanto de sus cuevas como a las mujeres —dije—. Todo lo que importa es que Paul quiere que seas feliz, y tú quieres que su película tenga todas las oportunidades posibles, ¿no es así?

Estuvo de acuerdo ardientemente, y yo no me doy palmaditas tan a menudo en la espalda, pero nunca actué mejor como “Charles, su amigo”, que en esos meses.

—Cuando pienso lo lejos que ha llegado —dijo ella—, es como un maravilloso, hermoso sueño.

 

Las demandas eran espléndidas, y Paul y Tony estaban disfrutando al calor del sol de los contratos y ofertas que llegaban con cada corriente. Nuestra publicidad también andaba bien. Un material muy prestigioso. Nada común. Todo de muy alto nivel. Comentarios semanales en el “Daily Telegraph”, una doble página en un suplemento a todo color. Muy el poeta trágico, con una buena tajada de isla griega como fondo. Habían tomado una buena fotografía de una puesta de sol, también. La isla de Rupert había “salido bien, pero bien”, como decía Konsakis.

Entonces un día Konsakis me mandó llamar. Yo me pregunté cuál sería el desastre. Pero adiviné mal.

—Grandes noticias —dijo, y sonrió, y yo pensé que si no hubiera tenido puesto un saco de vestir, de piel de tiburón, debería habérselo puesto.

—¡Apollo ha sido elegida para la Roy al Film Performance! Va a venir la Reina en persona.

Y eso realmente estaba a un largo trecho de Acton, Londres W. 11.

Discutimos sobre alguna publicidad digna y luego fui a ver al rey Paul. Había alquilado un departamento amueblado en Arlington House. A mano del Caprice. Parecía el dormitorio de una prostituta, en un decorado «la cine, todo acolchado.

Lo escuché, hablando alegremente de su publicidad, lomando notas en lápiz de sus puntos de vista con respecto a su propia imagen, garabateando en mi pequeño anotador, levantando la vista de tanto en tanto alegremente, con mi buena mirada de perro vagabundo. Pensando qué gran farsante que era.

Todavía estaba tomando por escrito sus perlas de aran valor, cuando lo oí decir:

—Lo que me gusta de ti, Charlie, lo que toda la vida me gustó de ti, es que siempre sé lo que estás pensando. Trabajamos bien juntos. ¿Por qué no almuerzas conmigo? Konsakis ha cancelado nuestra cita, te llevaré al Caprice.

Lindo hueso para el buen perro vagabundo. Mostrarle la gran vida.

Más tarde, tuvimos una reunión en Wardour Street, donde todos hablan de hileras de números, de los cuales esperan que algunos se encaminen hacia ellos. Fue una reunión sobre el premeer de Apollo en Nueva York. Todos hablábamos así ya, acercándonos más a Manhattan, minuto a minuto, en nuestro hablar. La mayoría de los hombres que estaban allí, excepto un par de muchachos de alto nivel, eran ingleses, pero por la forma en que hablaban, se hubiera pensado que todos habían nacido en cualquier punto entre Albuquerque, Nueva Méjico, y el Bronx. Todos hablábamos de viajar en avión hacia la costa, también. Todo era de muy alto nivel. Asunto de grandes ejecutivos.

Cuando la reunión se desarmó en pequeños grupos, yo salí. Se había hecho una moción para que yo fuera Junto con Paul a Nueva York. Una especie de cruza entre hombre de confianza y nodriza, por lo que pude ver. Lo que realmente querían era un amortiguador entre los periodistas y Paul. Manteniendo el prestigio en alto.

No me sentí ansioso por ello, No podía dejar simplemente así mi trabajo, tenía otros proyectos. Los muchachos que estaban al frente pensaron que mi falta de ánimo se debía al hecho de que yo quería pedirles un honorario extra. Eso no les importaba. Lo esperaban, era en realidad lo que hubieran hecho ellos mismos.

Después, mientras caminaba por Wardour Street, vi que sobresalía por encima de mí el trágico poeta de Paul, y muy lindo, también. Me dio satisfacción verlo posando allí, como si yo hubiera sido una especie de mago que lo hubiera transformado, de un hombre, en una imagen de papel.

El mundo del cine es un mundo pequeño y al minuto siguiente me topé con Joe Gross. Estaba parado en la esquina, mirando el afiche de Paul.

Le hice señas con las manos, saludándolo. No me había enemistado con Joe, hay que mantenerse en buenos términos con todos. Todavía estaba mirando el afiche con ojos tristes.

—¿En la gran vida ahora? —preguntó.

—Yo no. Yo soy sólo escoria de costado.

—Eso se aplica a muchos de nosotros.

—Sentí mucho que perdiera el asunto —dije—, pero no pude hacer nada.

—Lo sé. Esto es negocio cinematográfico para usted.

Me dirigió uno de sus burlones gestos judíos, y una amarga pequeña sonrisa.

—Cuando trato con atorrantes, me gusta un buen atorrante honesto. Uno sabe dónde está plantado, y tiene bien abrochado el bolsillo de la billetera. Lo que realmente me molesta es eso del alto nivel moral. “Nadie tiene derecho a apartar a un actor del cumplimiento de su destino”. Odio la charlatanería presuntamente artística. He oído que les ha ido realmente bien a los muchachos.

Asentí con un cabeceo.

—Siempre lo supe. Me he enterado por los muchachos, que Paul piensa que soy un tipo sagaz, al convencerlo de que firmara semejante anticuado contrato, en primer lugar. ¿Has oído eso?

—Hay varias versiones rondando.

—A la gente le gusta concederse a sí misma un .buen carácter. La hace sentir mejor. De tanto en tanto se podrían hacer un favor y mirarse bien a sí mismos.

Se encogió de hombros, y nos despedimos con un apretón de manos, “hasta pronto”.

Íbamos en direcciones opuestas, de todos modos, lo observé mientras se iba calle abajo. Una pequeña figura, que se hacía todavía más pequeña, en la atropelladora multitud.

No tenía intención de ir a la Royal Premiére; para entonces ya había visto la película tres veces, y aunque soy un glotón para el castigo, hay límites, hasta para mi resistencia. Sin mencionar los impresos o las fotos que había producido y los almuerzos y cenas íntimos, para conversar sobre los propósitos. Aunque hubieran hecho presión sobre el “negocio” de la vieja cuenta de gastos, un almuerzo de diez libras compensa, si uno consigue una doble página. Además, estoy bien metido en Fleet Street y nunca saco la misma historia dos veces.

Comencé a hacer un poco más de trabajo sobre Stella. Pensé que ya era el momento. Sólo un poco aquí y allá, acentuando lo de la actriz que prometía. Y era fotogénica realmente. Ex estudiante de Rada camino al estrellato, y me las había ingeniado para conseguir esa foto a color de ella inclinada sobre el agonizante poeta. No estoy seguro si había alguna enfermera junto al lecho mortal del poeta, pero en la película entuba. Hacían una buena página en una de las brillantes. Stella estaba encantada. Vino a verme a la oficina. Para agradecerme. Todavía estaba en la etapa agradecida.

Se sentó al borde de la silla, lucía muy bonita, si a uno le gustan las mujeres tipo gatitas, y dijo:

Estaba pensando si usted podría combinar algo para mí en la premiére.

Es un poco difícil.

Yo sabía lo que quería. Una buena cobertura publicitaria, en honor de la Reina.

Está fuera de mi alcance —dije—, Konsakis elegirá la línea de recepción.

Él piensa que tengo futuro.

Me miró, los ojos bien abiertos, el pelo rojizo echado huela atrás contra un vestido amarillo. A Stella le gustaba la ropa simple. Nada demasiado fuera de línea. Ponía de relieve su perfil clásico.

—Está pensando en mí para su próximo film. ¿No en maravilloso? —Muy anhelante y modesta.

En ese caso hablaré con él —dije enseguida.

-Qué amor de su parte, todos han sido tan buenos. Tengo una suerte terrible.

Viéndola allí sentada, pensé que era un buen alimento. Gomo algo envuelto en polietileno, en Fortnums.

—Paul ha sido terriblemente bueno, también, me ayudó tanto en mi gran escena con él. No hubiera sido capaz de hacer nada sin él. Nada de nada.

El Paul la estaba ayudando, yo me preguntaba qué li quería sacar a la gatita. La miré atentamente, pero mus bigotes de gato no me transmitieron nada. Se fue, no quedó nada en mi oficina, sino un fuerte olor picante. No era de sorprender, realmente, que ellos hagan los perfumes con las entrañas de un gato.

Vi la premiére por televisión. Ella estaba realmente en la línea, con otras dos damas de la película. Luciendo prominentemente linda, también, gracias a grandes cantidades de pieles blancas y unos llamativos aros.

Tuvimos una reunión de caridad en el River Room, en el Savoy, después del espectáculo. Es uno de esos lugares parecidos a la terraza del Carlton Tower, utilizado para cualquier cosa, desde lujosos casamientos hasta presentaciones de un nuevo producto para limpiar pisos, o una cama. Adaptable. Cuando llegué el salón estaba casi vacío, excepto un grupo de debutantes del comité. Damas loros que se gritaban “mi querida” una a la otra. Pero pronto se llenó.

Se disparaban flashes y el champagne circulaba, yo circulaba, asegurándome que ninguna persona importante se quedara afuera, en el frío.

—Bastante buena organización, tan sólo espero que dure —dijo una voz monótona.

Me di vuelta, me encontré con una cortina de humo, y vi a Edith vestida de gris, lo que hacía juego con su cara.

No se necesita una calavera en una reunión si se la tiene a la vieja Edith. Tosió con una tos de cementerio y se cayeron varias chispas del final de su cigarrillo. Ya tenía dos quemaduras en el vestido.

—¿Le gustó la película? —No era que me importara. Ella hizo un cabeceo de asentimiento a regañadientes.

—Lo que cuenta es la próxima —dijo sombríamente—. ¿Y qué le parece esa vistosa casa que compró Shirley en el campo? Requiere mucho mantenimiento. Idea de ella, por supuesto. Ella siempre será una carga pesada para él, tenga en cuenta mis palabras. Él debía haberse casado con alguien como Stella Fenton. Se lo he dicho.

—Shirley es una chica muy buena, ¿por qué no le tiene simpatía?

Hice la protesta formal en favor de Shirley, pero no puse ningún sentimiento en las palabras. ¿Por qué había de hacerlo? Si Edith lo estaba alimentando a Paul con la propaganda pro-Stella, me venía muy bien.

Edith me miró, los ojos se le cerraban, defendiéndose de la gruesa pantalla de humo que la rodeaba.

—¿Por qué no le tengo simpatía? No le hace ningún bien a un actor estar casado con una mujer tontamente sentimental.

Pude haberla golpeado, porque tenía razón.

—¿Qué pasará cuando sus películas decaigan? —preguntó, de vuelta a la vieja línea de pensamiento feliz.

No creo que tenga que preocuparse por eso.

Hoy se está aquí y mañana no, como yo digo siempre.

Edith pudo haber dicho esto con respecto a su marido.

Una fiesta de bombitas de flashes me hizo ver que había llegado Paul King. Estaba en el otro extremo del salón, rodeado de escritores charlatanes y formadores de opinión. A su lado sonreía Konsakis. IM rigiendo las operaciones, defendiéndose de las estrenuas principiantes, se movía en la multitud, acompañado por su hombre de confianza, de relaciones públicas, Peter Masón, como Al Capone debió moverse ron su guardaespaldas.

Peter Masón, Perry para los muchachos, era un hombre alto, viejo alumno de Eton, con maneras suaves, y graduado en Arte, y con una buena nariz para oí ratear el fracaso. Podía oler a podrido mucho antes de que el olor se instalara, y le ahorraba dinero a la firma.

Perry era bueno en su trabajo. Su manera blanda engañaba a la gente, que creía que era un tonto de la más alta clase, su graduación en Arte le daba brillo pura las demostraciones, y lo proveía a Konsakis de una cultura que no tenía. No era que Konsakis le pagara cinco mil libras al año por la cultura. La cultura no valía esa cantidad de dinero. Lo que le daba a Perry mii constante poder era su nariz para lo podrido, y un sexto sentido para saber quién estaba patinando.

No pude ver a Shirley, pero la pude ver a Stella, iluminada por las luces de los flashes, de tanto en tanto.

Edith todavía seguía hablando con voz monótona, pero en mi trabajo es fácil simular que uno está escuchando, y estar pensando en algo muy diferente. El hombre de publicidad de cuatro oídos debía estar junto al perezoso de dos dedos, del zoológico. Repentinamente lo vi a Perry que se abría paso hacia mí, lanzando una afligida señal. Se colocó de costado y ron una rápida sonrisa me despegó de la pantalla de humo de Edith.

—¿La puedes llevar a Shirley a su casa?

—¿Por qué?

—Está ebria. Completamente ebria.

 

Estuvo soñolienta en el taxi, hundida en una especie de sopor. Nadie había notado que nos habíamos Ido. La reunión se estaba poniendo animada, y no extrañaron su presencia. Raramente se extraña a las esposas, ya que generalmente no son parte del circo.

Estaba recostada cerca de mí, como un animal que se acerca a otro para protegerse contra los peligros, y yo la rodeé con el brazo. Era extraño que la primera vez que estábamos sentados de esa forma, tuviera que ser debido a que estaba embriagada. No me disgustó. Me sentía protector y necesario.

Cuando llegamos al departamento, saqué la llave de su cartera, y ella se quedó allí parada, apoyada contra el marco de la puerta. Ni siquiera parecía estar ebria, tenía el aspecto de alguien al que se le ha dado una inyección contra el dolor. Algunas penas no se curan con inyecciones.

La llevé adentro, la acosté en el diván, y fui a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volví, estaba tendida sobre la cara. Sus sollozos eran desagradables de escuchar. Me senté a su lado. El cuerpo le temblaba sin control, como si estuviera por darle un ataque. Repentinamente se levantó. Las lágrimas le corrían por las mejillas pero sus ojos se veían sombríos y parecían más allá del sentimiento. Le tomé la mano y esperé.

—¿Qué nos está pasando a Paul y a mí? —preguntó con voz empañada.

La gente cae en los clichés cuando está profundamente conmovida. La infelicidad no es inspiradora. Yo sabía bastante bien lo que estaba pasando.

—¿Quieres hablar de ello? —dije. Estoy seguro de que era una línea de alguna obra, pero servía al propósito.

—Tuvimos una pelea, una terrible pelea. —Hay algunos antibióticos que lo hacen sentir a uno mal antes de mejorarlo. Yo había planeado los antibióticos y ahora estaba observando el efecto, y no me gustaba. Pero sería mejor para ella, a la larga. Mejor para mí, pero esto no entraba en el asunto. Como un médico firme pero benevolente, endurecí mi corazón.

—Toma tu café —dije.

La observé. Estaba dejando de sollozar, y estaba allí sentada con su vestido blanco, sorbiendo su café, deseable y abandonada. Me recordó una línea de una vieja obra de Coward, “Todo era tan encantador al principio...” pude oír la voz de Gertrude Lawrence diciendo esas palabras. Shadow Play, creo que se llamaba la obra, y una obra en sombras había sido el casamiento de Shirley. El amor del principio había estado todo en su cabeza. Nunca había estado en la de Paul. Ahora se estaba descargando el lastre.

Empezó a hablar, una espuma de palabras se volcó sobre mí. Ésta no había sido la primera pelea, ya hacía un buen tiempo que había empezado. No le importaba más de ella, sólo le importaba su carrera. Nunca iba a la casa. Ella era simplemente un aburrimiento para él. Esa noche, en el departamento de Arlington House, repentinamente ella le había dicho que era un desgraciado egoísta. Se había encerrado en el cuarto vacío y se negó a ir a la premiére. No le Interesaba más un rábano de él o de su ardiente carrera. Debía estar casado con un agente de publicidad, eso era todo lo que quería.

Toda la historia de la noche salió a relucir, trozo por trozo. Ella se había quedado en el departamento, bebiendo, y luego había tratado de componerse y había tomado un taxi para la recepción. Tal vez era la segunda o tercera copa de champagne que la había hecho sentirse tan rara. No estaba acostumbrada a tomar champagne después de haber tomado whisky.

Estaba tan triste, todas esas cosas terribles que le había dicho a Paul esa noche. Otra vez comenzó a •sollozar.

—Sé que no sirve de nada. —Me miró—. Pero, Charlie, todavía lo deseo.

Los hilos carnales estaban todavía allí, atándola a él. Las palabras de ella, dichas en Durrington, volvieron como susurros fantasmales: “Me dice cosas hirientes y luego, repentinamente, cuando se da cuenta de que me ha apenado, se pone todo ternura, amoroso y maravilloso”.

Él diría cosas hirientes esa noche, claro está. ¿Y luego? La ola de celos debe de haberse mostrado en mi cara. Algo fue. Ella pensó que me había afectado la bebida.

—Charlie querido, ¿estás bien? ¡Toma un poco más de café!

—Estoy bastante bien, gracias —dije fríamente. Situación absurda.

Nos quedamos charlando. Después de un rato, ella se tranquilizó. Eventualmente se fue a la cama. Me agradeció y me dio un beso suavemente en los labios. El tipo de beso que podía haberle dado a su criatura.

La oí que se desvestía en el dormitorio. Era como en Durrington nuevamente. Pude imaginar su cuerpo, pero esta vez, no cerca de él, sino solo, necesitando consuelo. Me serví un whisky y me quedé parado mirando hacia la puerta de su dormitorio. El sonido de una llave me hizo dar vuelta, y entró Paul. Me miró, medio despreciativo, medio esperanzado, tal vez.

—¿Dónde está? ¿La acostaste?

—Ella sola se acostó. —El bueno del viejo amigo Charlie no iba a meter el pie .en esa trampa—. Es una lástima que justo hoy se haya puesto tan nerviosa.

Sacudió enojadamente la cabeza y se alisó el pelo con la mano. Distraído. Muchacho que está en el límite de su resistencia y todo eso. Un papel fácil.

—¡Tú no sabes lo que ha sido! ¡Yo necesito un poco de cooperación! Llego a casa y es, “¿Dónde has estado? ¿Has estado trabajando? ¿A quién viste?”. La posesividad que lo come realmente a uno.

—¿No estará temerosa de perderte?

Se mostró complaciente. Pensándose una gran pérdida. El bueno de sí mismo. Premio extraordinario en el juego.

Se acercó a la mesa y se sirvió una agua tónica. Esta era otra cosa que me molestaba de él, raramente bebía. En el Bricklayers Arms había sido, “nunca más de una cerveza, no antes del ensayo”. Y nada después porque tiene que descansar. Ahora era el pequeño vaso de cherry, y un vaso de vino. Por supuesto que uno tiene ventaja, si es el único que no bebe, especialmente cuando se llega a los contratos, porque nunca se tiene esa sensación de queridos viejos compañeros, que alguna gente tiene después de un par de wkiskies dobles. No todo el mundo es amigo, y cuando uno se mantiene bien sobrio, se puede tener el asunto en la cabeza. Furibundamente, con el vaso de agua tónica en la mano, se dio vuelta hacia mí.

—¡Pensarías que justamente esta noche ella se pudo haber comportado bien, la noche más importante de mi carrera! —Estaba pensando hacia atrás en la noche. El rey Paul colocándose la corona sobre su pelo dorado, inclinado hacia la reina, casi iguales, realeza a realeza, luego en la recepción del Savoy.

—Yo no la llevo a Nueva York, y es mejor que lo sepa desde el principio. Pero quiero que vengas tú Charlie.

Su tono de voz decía, “Tú vienes o si no”. La voz era como un látigo hecho de pesadas notas. Esto me divirtió. El dinero puede hablar, pero no era el dinero el qué me hablaba a mí. Nunca lo había hecho, nunca lo hizo. En vista de acontecimientos ulteriores, quiero dejar esto en claro.

—Sí, ya veo —dije, lentamente.

He modo que hice una escena que una vez había representado en el escenario. El trozo en que un muchacho camina de arriba a abajo, arrinconado, mirando pesadamente su whisky y soda, luchando por rl tiempo. Lo hice bastante bien, mejor de lo que lo había hecho en el escenario.

Es un poco difícil, Paul —dije finalmente—. Quiero decir, que tengo que considerar mi trabajo, no se puede dejar todo así no más.

Sí puedes. Se lo puedes dejar a Jessie.

Volví a encogerme pesadamente de hombros y volví a caminar de arriba a abajo. Un poco humillado ahora, poro sin querer demostrarlo. Toda esa falsa situación.

—Por supuesto —continuó—, si no quieres el trabajo con Konsakis...

Hasta para él esto era vulgar. De todos modos, me divertía ver cómo se ponía de obvio y cómo el poder y el dinero separan a los atorrantes del resto.

—Muy bien, Paul —dije finalmente. El papel del vencido ahora, los hombros un poco hundidos, el tipo de cosa que los políticos corruptos hacían en las viejas películas. Capitulación total.

—Partimos la semana que viene —dijo, enérgicamente. Otra audiencia llegaba a su fin.

 

No estaba tan ocupado con los pensamientos de Tony Banks, y lo que le pasó, cuando dejé el Builder’s Arms, en mi vuelta a Durrington.

Eso llegó después,

Estaba pensando en Paul, en la mañana después de su éxito de West End, los diarios a su alrededor, iodos alabándolo, y sin embargo él, por alguna razón, inexplicablemente introspectivo, vacilante, dudando si ver o no a un psiquiatra. ¿Cuáles eran sus preocupaciones?

¿Eran sus preocupaciones de una persona normal, indebidamente magnificadas por su egoísmo? ¿Eran preocupaciones de un hombre que sabía que su padre borracho había muerto en un manicomio?

¿Era por esto que raramente bebía él mismo? ¿Se preguntaba si su padre se había enfermado mentalmente porque bebía, o, más siniestramente, si bebía porque tenía la locura en la sangre, y si era esto último que pasaría con él mismo, Paul King?

¿De qué se había atemorizado repentinamente, esa mañana de su éxito en el teatro, qué sombra nublaba su mente, si había alguna? ¿Qué sombría escena estaba conjurando? ¿Era una escena del pasado de Accringham, una escena que involucraba a la pobre pequeña Beryl Wilson, que lo quería demasiado, o era alguna posible escena del futuro? ¿Era algo que había hecho, o era algo que podía llegar a hacer, o ambas cosas?