–Ahora vamos a vestirte. Nos espera un gran día.
—¿Un gran día? ¿Es que no vamos a quedarnos aquí retozando todo el día? —No me imagino desprendiéndome de mi albornoz durante unas cuantas horas, así que no le tomo en serio.
—¡Ya estás con otra pregunta! —exclama.
No empecemos otra vez con el tema de las preguntas, pienso. Su tono me inquieta. No entiendo de qué va. ¿Qué es lo que quiere? ¿Una amante muda? Pues claro que tengo preguntas, ¿qué mujer sobre la faz de la tierra no las tendría incluso en circunstancias normales y, no digamos ya, en una situación como esta? Ojalá se relajara y no se obsesionara tanto con todo ese asunto.
Pero en vez de decirle todas esas cosas en voz alta, me felicito para mis adentros por la lección de ayer noche, o lo que fuera, y pruebo otra estrategia.
—Y bien, ¿entonces qué voy a ponerme? —pregunto tontamente con voz demasiado chillona.
—Realmente no sabes parar, ¿verdad?
—¿Parar qué?
—¡De hacer preguntas! —Suena completamente exasperado.
—No lo he hecho —replico indignada—. ¿O sí? —Entonces repaso mis últimas palabras—. Supongo que soy un poco lenta de entendederas.
Trato de minimizar mi error y extiendo una mano para localizarlo y darle un rápido abrazo de perdón, pero el espacio a mi alrededor está completamente vacío.
—Ya aprenderás, Alex —oigo desde alguna parte de la habitación—. Aunque no estoy seguro de que vayas a apreciar la lección.
—¿Qué es lo que...?
Escucho las palabras salir de mi boca antes de que pueda impedirlo y me detengo de golpe. No entiendo su crítico comentario pero, por si acaso, no pienso hacer ninguna otra pregunta.
—Muy bien, vamos a vestirnos —digo con el tono más alegre y despreocupado que puedo.
—Eso está mejor —replica suavemente y me besa en los labios, de nuevo contento. Mejor que mejor.
Sin embargo... No puedo evitar pensar que estoy siendo entrenada para algo, como un buen cachorro.
—Las chicas llegarán en cualquier momento para ayudarte a vestir.
Justo cuando pronuncia las inesperadas palabras suena una llamada en la puerta que me sobresalta aún más.
—Chicas, ¿qué chicas? —digo con voz anormalmente aguda—. Lo siento, lo siento —añado automáticamente antes de que empiece con la cantinela de «otra pregunta». Una vez más me noto totalmente crispada.
—Tú solamente relájate. Voy a abrir.
No tengo mucho donde elegir. Escucho unas voces femeninas presentándose a Jeremy en la puerta, alguien llamado Cindy... o Candy... ¡No puede ser verdad!
—Hola, me alegro de que hayáis podido venir. Pasad, está ahí dentro.
La cabeza me da vueltas cuando trato de encontrar el borde de la cama y, accidentalmente, caigo rodando hasta el suelo. Jeremy aparece corriendo y me pregunta si estoy bien. Me siento como una completa idiota. Estoy tan avergonzada que desearía hacerme un ovillo y que el suelo me tragara. ¿Cómo se atreve? El corazón me late tan deprisa que ya no sé qué pensar, hacer o decir. Él siempre ha tenido esta fantasía sobre dos chicas... ¡No pretenderá, no lo hará! Entonces me ayuda a levantarme.
—¿Seguro que estás bien? Te has puesto pálida.
Lo que estoy es negra, totalmente furiosa, así que no puedo imaginar cómo será mi aspecto. No consigo encontrar las palabras.
—Las chicas han venido a ayudarte a vestir para nuestra gran aventura —exclama con una voz que deja entrever su excitación.
—No quiero ni necesito más aventuras, Jeremy. Ya he tenido suficientes para toda una vida —contesto con un áspero susurro porque no sé a qué distancia de nosotros están las chicas.
Me ayuda a ponerme en pie y me lleva hasta el cuarto de baño. Ay, Dios mío, ¿estará chiflado?
—No te preocupes, no es lo que piensas. Han venido para ayudar, te lo prometo.
Se suelta de mis manos y me acerca a ellas. Me echo a temblar. Deja cada una de mis manos sobre las de ellas. Intento retenerlo pero no consigo encontrarlo.
—No, por favor, no me dejes. No necesito su ayuda. Me las arreglaré sola. ¿Jeremy?
Escucho cómo se cierra la puerta del baño y me quedo sola, invadida por el pánico, con dos mujeres extrañas con nombres de prostitutas de lujo, que para mí no tienen rostro, aunque yo sí lo tenga para ellas. Siento unos dedos de largas uñas despojarme suavemente del albornoz. Instintivamente me aferro a él, apretando fuertemente el cordón a la cintura. Las uñas insisten al tiempo que otras manos deshacen el nudo del cinturón. Trato de distraer a las manos con mi charla.
—De verdad que estoy bien, puedo arreglármelas. Estoy bien, en serio.
Ellas continúan con su labor. Me quedo atónita cuando retiran mi antifaz. Ahora estoy totalmente desnuda. Me sientan en el retrete. Me cubro con los brazos. La ducha está abierta y me guían hasta ella. El agua se desliza por mi piel de gallina. Me lavan el pelo, aplicándome suavizante y masajeándome el cuero cabelludo tan delicada y cuidadosamente que noto cómo me voy relajando más rápido de lo que pudiera imaginar. Las uñas se convierten en aliadas cuando un toque experto me enjabona la piel de arriba abajo. ¿Qué harías si cuatro manos estuvieran trabajando hábilmente sobre tu cuerpo? ¿Lo impedirías o dejarías que completaran su trabajo? Me rindo a esta última opción.
Los productos que utilizan huelen maravillosamente, y siento su riqueza y suntuosidad sobre mi piel dejándome un tacto de terciopelo antes de ser aclarados con el agua humeante que cae sobre mí. No cruzamos palabra mientras me sacan de la ducha y unas gruesas y mullidas toallas secan cada centímetro de mi cuerpo. A continuación, unas manos suaves y sedosas, impregnadas de crema hidratante, se deslizan por mis piernas, brazos y torso. Me levantan un pie y luego el otro, masajeando entre los huecos de mis dedos y desatando resonancias en otras partes más ocultas de mi cuerpo. Vaya, no tenía ni idea de que un masaje en los dedos pudiera causar ese efecto. Cuando terminan la tarea, me visten con cuidado y dejo escapar un suspiro de alivio al ver que no van más allá. Me siento tan suave, tan apetecible, tan colmada y tan perfumada que parece como si me hubieran sumergido en un exótico frasco de perfume Coco de Chanel. Si estuviera sola me abrazaría. Me secan el pelo con secador y lo recogen en una trenza francesa. Trato de abrir los ojos pero mis párpados siguen tan pesados que me duele hasta intentarlo, así que mi oscura neblina continúa, con o sin antifaz, a la espera de lo desconocido.
Cuando me conducen fuera del baño hasta el vestidor creo escuchar un sonido apagado y susurrante. Entonces me enfundan en un traje de cuero de una pieza, con cremalleras y hebillas que cierran y abrochan diestramente, combinado con unas botas altas hasta la rodilla, y guantes que se ajustan a mis manos a la perfección. ¡Sorpresa, sorpresa! Cada centímetro de mi cuerpo envuelto en el aroma y la sensación del cuero. Unas grandes gafas de sol completan el atuendo, haciéndome perder cualquier sensación de luz cuando las colocan en mis ojos. El viejo Jeremy no ha dejado nada al azar.
En el fondo agradezco no poder ver lo ridícula que debo de estar. No tengo ni idea de para qué me han vestido así, a menos que Jeremy quiera hacer realidad alguna fantasía sadomaso en cuero, de la que no soy consciente. Cuando me muevo, puedo oír el tintineo de las numerosas cremalleras y corchetes que sirven para amoldar perfectamente el traje, ciñéndolo a mi cuerpo. Supongo que mi aspecto será muy punki, toda de cuero negro, aunque no estoy segura. Ahora que lo pienso, creo que soy capaz de freír a Jeremy como sea de otro color; ¡y no quiero ni imaginar lo que sería si tuviera un horrible tono rosa fuerte! Aunque de cuello para abajo me siento imponente y elástica, de barbilla para arriba soy totalmente vulnerable. No tengo ni idea de qué estoy haciendo con este grueso atuendo y ciertamente no me había planteado la perspectiva de salir del hotel. Pero supongo que dado que no estoy acertando con ninguna de mis previsiones, no debería extrañarme demasiado.
—Guau, tienes un aspecto muy fiero, Alexa, como una curtida motera. Si no te conociera estaría muerto de miedo.
—Y si yo no te conociera, Jeremy, para empezar no iría así vestida —replico, con las manos firmemente plantadas en las caderas.
—Discrepo totalmente —dice soltando una carcajada—. Totalmente.
En el fondo me gusta la idea de parecer una dura motera y me divierte jugar ese papel, aunque esté tan ciega como un murciélago.
—Salgamos a montar en moto, nena. No hay un momento que perder. —Posa su mano sobre una de mis nalgas envueltas en cuero y me empuja fuera de la suite hasta el ascensor. ¿No será todo esto una charada? En cualquier caso, no puedo evitar que la situación me divierta, así que le agarro a mi vez por el trasero y noto que también viste de cuero.
—Bueno, bueno..., debemos de ser toda una aparición.
—Ni que lo digas —asiente mientras el ascensor baja.
* * *
A juzgar por el tiempo que hemos pasado en el ascensor, imagino que debemos de estar en el vestíbulo o en el aparcamiento subterráneo del hotel. Me pego temerosa a él, sabiendo que nos adentramos en el «mundo real», mientras mis inseguridades vuelven a asaltarme sin perder un instante. Me coge por los codos y me deja apoyada contra una pared.
—No te muevas de aquí, cariño. Quédate donde estás y yo te la traeré.
—¿La? —En menos de una fracción de segundo mi inseguridad se torna en miedo. Me pego contra la pared mientras me deja esperando. El rugido de un motor al ponerse en marcha me hace dar un respingo de miedo, al tiempo que el olor a gasolina inunda mis fosas nasales. El sonido y el olor están tan cerca que casi podría palparlos, cuando de pronto Jeremy me coge de la mano y tira de mí hacia el infernal ruido.
—¿Has montado en moto alguna vez? —grita mientras pasa mi pierna indecisa por encima de la estruendosa bestia.
—Solo en una moto de trial durante una excursión a una granja cuando era pequeña —respondo nerviosa.
—Bueno, pues agárrate fuerte, nena, porque ahora vas a saber lo que es subirse a una de ellas.
Suena como un quinceañero que condujese su coche por primera vez.
—¡Pero no puedo ver! —grito mientras me desliza un casco por la cabeza y se asegura de que mis gafas están en la posición adecuada.
—No necesitas ver, yo lo haré por ti —grita por encima del ruido.
El motor parece volver a la vida por debajo de mí. Jeremy entrelaza mis dedos alrededor de su cintura.
—Solo tienes que sujetarte fuerte.
—¿Tienes carné para conducir esta cosa? —grito en su dirección.
—No hace falta que chilles. Puedo oírte perfectamente ahora que llevas el casco puesto.
Escucho cómo su voz penetra en el interior de mi casco, directamente en mi oído. Ignora mi pregunta. Ay, ay, advierto que he vuelto a hacerlo, y rezo para que no se haya dado cuenta.
—Sujétate, cariño, y trata de calmar tu respiración un poco.
Está claro que puede escuchar mi ansiedad a través del micrófono del casco.
—Es más fácil decirlo que hacerlo.
Cuando la bestia se lanza hacia delante, por poco no salgo propulsada hacia atrás. No me queda más remedio que agarrarme a él con todas mis fuerzas mientras viramos bruscamente hacia la derecha. El paseo salvaje de este fin de semana va a estar marcado por un ritmo a todo gas.
Da unos cuantos frenazos para después volver a rodar y necesito un buen rato para adaptarme a las inesperadas maniobras. Jeremy no habla, así que imagino que estará concentrado en el tráfico de la ciudad, lo que al menos resulta tranquilizador. Montada en la moto ya no me siento tan llamativa con mi atuendo. Y además no tengo que llevar puesto el antifaz. A medida que ganamos velocidad el paseo comienza a hacerse más fluido y mucho más confortable que los tirones anteriores, cuando tenía que agarrarme como fuera en previsión del próximo movimiento.
—¿Cómo vas ahí atrás?
Cuando noto que Jeremy se reacomoda en el asiento, me doy cuenta de que le estoy apretando con tanta fuerza que debe de costarle respirar.
—¿AB?
Mi abrazo es tan fuerte que no me atrevo a aflojarlo no sea que me caiga. Mis piernas me anclan a la moto mientras los brazos rodean su cintura. La parte superior de mi cuerpo está tan pegada contra su espalda que apenas hay un milímetro de separación entre nosotros. Justo cuando me decido a aflojar mis brazos y hacerle saber que estoy bien, la moto vira rápidamente hacia la derecha y de vuelta a la izquierda. Genial, ahora está adelantando a alguien.
—Alexa, ¿puedes oírme? —Su voz resuena de nuevo en mi casco.
—Sí, sí. Te escucho. Solo estoy concentrada en, bueno, seguir sujetándome —tartamudeo mientras aceleramos aún más. «Mantenerme con vida» habría sido la expresión apropiada, musito para mí.
—¿Tienes miedo? —Su pregunta se filtra a través del espacio de mi cabeza.
—¿Tú qué crees? No sabía que supieras conducir motos.
—Llevo años haciéndolo. Es genial poder sacarte por fin a dar una vuelta.
—No sé qué decir, yo casi preferiría experimentar el paseo pudiendo ver. —Y, sin poder evitarlo, digo—: Por favor, ten cuidado, Jeremy. Necesito salir de aquí con vida. Estoy en tus manos.
—Desde luego que sí, Alexa. Por fin empiezas a entenderlo. Tú acomódate y disfruta del paseo; ya estamos en la carretera.
—Y supongo que no querrás decirme de qué carretera se trata, ¿verdad?
—Sabes que eso estropearía la diversión.
Y entonces mete el acelerador a fondo y deja que la moto devore a toda velocidad la carretera, cortándome la respiración.
¿Quién me iba a decir que estaría montando en una ruidosa bestia como esta en semejantes condiciones de oscuridad? Desde luego yo no, ni en un millón de años. Una vez que consigo relajarme un poco, aunque no demasiado, debo admitir que es una sensación increíble. Afortunadamente, la posición de Jeremy delante suaviza mi exposición a la fuerza del viento, lo que me permite apreciar la excitación y libertad que da la moto. ¡Ojalá los niños pudieran verme ahora! No me reconocerían. Jordan apenas podría creerlo, pero pensaría que soy la madre más guay del mundo. Querría sacarme una foto para enseñársela a sus amigos y a su profesora en su exposición oral del colegio, aunque sin duda se sentiría mucho más impresionado si fuera yo la que condujera. Elizabeth, en cambio, probablemente estaría más preocupada por mi seguridad y me preguntaría si había sentido miedo. No puedo evitar pensar en por qué los roles masculinos y femeninos son tan predecibles desde el nacimiento, cuando se trata de considerar los riesgos. Nunca he sido capaz de resolver ese dilema de naturaleza versus educación, aunque desde luego da pie a interesantes debates. Me pregunto qué tal les estará yendo ahí fuera, en el desierto, y confío en que lo estén pasando bien.
No sé a dónde nos dirigimos o cuál es el propósito de este paseo. Pero no tengo ninguna duda de que Jeremy lo tiene todo planeado para nuestras cuarenta y ocho horas juntos. Desde luego ha sido fiel a su palabra cuando dijo que no pensaba malgastar ni un minuto de tiempo. Así que me tranquilizo, me arrimo a su espalda y apoyo la cabeza contra su hombro. El ritmo del motor entre mis piernas proporciona una persistente y placentera vibración en mis partes bajas. Mis otros sentidos están completamente absortos y concentrados en la experiencia. Resulta fantástica y, sinceramente, estoy disfrutando del paseo. Le abrazo brevemente desde mi posición trasera.
—Jeremy, esto es realmente increíble. Nunca hubiera soñado con hacer algo así y me encanta.
Su mano me da un suave golpecito en la mía como confirmando mis palabras. Me quedo súbitamente paralizada.
—Por favor, por favor, mantén las dos manos en el manillar. No quiero alucinar más de lo que ya lo estoy haciendo.
Se ríe mientras vuelve a colocar su mano en el manillar.
—Está bien, te haré caso.
—Gracias. No puedo evitar sonreír al igual que tampoco puedo negar que estoy disfrutando del paseo. El viento, la velocidad, el motor, la proximidad son... impresionantes... Hasta mis tinieblas resultan excitantes de una forma extraña y surrealista. Me permito sumirme en la emoción del viaje, sin saber a dónde me llevará.
Finalmente, después de un buen rato, tal vez una hora o más, nos detenemos. No estoy segura y tampoco pienso preguntarlo. Jeremy me ayuda a bajar de la moto y me quita el opresivo casco de la cabeza. Da gusto poder estirar las piernas, que están un poco entumecidas después de haber estado tanto tiempo en la misma posición. Soy plenamente consciente de mi estado y me ajusto las gafas de sol, nerviosa.
—No te preocupes, nadie nos está mirando.
Está claro que puede leer mi incomodidad.
—¿Estás seguro? —Las palabras afloran a mis labios antes de que pueda impedirlo.
—Sí, estoy seguro. Porque puedo ver y tú no.
—Sí, en eso tienes razón.
Mi nariz olfatea ansiosa el aire cuando los gases de la moto desaparecen. El ambiente es realmente fresco. El olor, combinado con la suave brisa y el trino de los pájaros, me trae entrañables recuerdos de mi infancia con mis primos durante las vacaciones de verano.
Permanezco inmóvil hasta que alarga el brazo, me coge la mano y empezamos a andar.
—No puedo creer que nunca me contaras que tenías el carné de moto. —Trato de parecer indignada.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí, Alex. Afortunadamente confío en que eso cambie durante los próximos años.
¿Años? Me digo a mí misma que siempre que trato de ser alegre y entablar conversación, él consigue introducir un matiz subrepticio que me deja descolocada. Nos detenemos y le oigo pedir dos cafés con leche desnatada, sin azúcar, para llevar, por favor. Una vez más, ha decidido sin consultarme, lo que resulta inadmisible. Déjalo estar... Me relajo.
—Café, qué bien —digo, pensando que me ha dado una pista sobre la hora, así que deben de ser las diez o las once de la mañana del sábado. O puede que Jeremy haya pedido los cafés para hacerme creer que es la hora del té mañanero. Deja de pensar en la hora, me reprendo. No puedes controlarlo, así que olvídate.
—Pensé que así te resultaría más fácil que sujetar una taza con su correspondiente plato. Pero ten cuidado, está caliente.
Me recuerda a mí cuando les digo a los niños que tengan cuidado cada vez que saco algo caliente del microondas. Me pone el vaso de cartón en las manos, me lleva hacia una mesa al aire libre y me ayuda a tomar asiento.
Levanto lentamente el vaso hasta mi boca, anticipando feliz el aroma y el sabor, aunque ciertamente no necesito la cafeína para despejarme ya que mis nervios están bien despiertos. No me hace falta una ayuda extra para que la adrenalina siga bombeando con fuerza por mis venas.
—Un café magnífico —comento, dando un largo y cuidadoso sorbo.
Hasta ahora no había sido consciente de cómo una gran parte de la conversación humana depende de preguntas o indicadores visuales. La carencia de ambos hace que mi charla suene entrecortada y superficial. Casi parece como si nos encontráramos en una primera cita que no estuviera yendo muy bien. La fluidez de mi conversación deja mucho que desear, y me pregunto si Jeremy también está experimentando con ese factor o me está dejando deliberadamente en el limbo. Tal vez mi forma de conversar se basa exclusivamente en hacer preguntas, lo que, dada mi deformación profesional, supongo que tendría sentido. ¿O es que a corto plazo me cuesta desarrollar otro tipo de estrategias cuando estoy inmersa en circunstancias imprevistas? Qué raro que nunca me haya dado cuenta hasta este momento: aquí, sentada junto a Jeremy, tomando un café toda vestida de cuero y privada de la vista.
Finalmente Jeremy rompe el silencio entre los dos y me devuelve al presente.
—¿Un penique por tus pensamientos?
—Es curioso que lo preguntes. Estaba reflexionando sobre la idea de cómo una gran parte de la conversación entre los seres humanos está basada en preguntas, ya sean directas o indirectas. Y en hasta qué punto soy capaz de mantener una verdadera conversación sin necesidad de formular preguntas.
Ahora que lo he dicho en voz alta, me horroriza la idea de que sea cierto. Puede que solo sea un pensamiento, pero cuanto más considero la teoría, más relevancia parece tener para mí.
Cuando termino con mi especulación se produce un largo e insoportable silencio.
—¿Jeremy?
¿Me habrá dejado? ¿Se habrá ido al baño?
—¿Sigues ahí? —pregunto. Mierda, estoy hablando sola como una lunática y él ni siquiera está aquí. Vuelvo a maldecir por mi ceguera.
—Sí, aún estoy aquí —responde tranquilamente, cogiéndome la mano a través de la mesa—. Estoy muy contento de que estés empezando a ser consciente de tus hábitos. ¿Crees que es justo que tú hagas las preguntas y los demás ni siquiera podamos saber nada de ti? ¿De lo que piensas o lo que sientes? Estás tan atrapada por tu faceta profesional que has permitido que invada el ámbito de tus relaciones personales. Vives tan pendiente de averiguar cómo son los demás que a veces creo que te olvidas de ti misma. De quién eres. De lo que representas.
Uf, me quedo un tanto desconcertada, o mejor dicho, absolutamente desconcertada.
—¿Realmente piensas que soy así?
—Sí, lo pienso. Siempre has tenido esa tendencia, pero ahora se ha vuelto más acusada debido a tu profesión. Por eso te está resultando tan difícil no hacer preguntas este fin de semana y dejarte llevar, como sabía que pasaría.
Súbitamente me siento mucho más joven que Jeremy y, al mismo tiempo, psicológicamente más pequeña. Atrapada en alguna parte entre la relación padre/hijo y la de médico/paciente. Este paradigma me resulta excepcionalmente molesto. Soy incapaz de decir lo que supone para él, aunque podría hacer una estimación aproximada.
—Por cierto, ¿cómo te sientes al no poder contar con el estímulo visual? —Su curiosidad revela un tono levemente analítico.
—¡Ni que no hubiera sido estimulada de otras formas...! —contesto, intentando poner una nota de humor.
—No, en serio, Alex, quiero que me lo expliques.
En vista de que acaba de acusarme de no ser abierta, decido contestar sinceramente.
—Es muy, muy difícil, como estoy segura de que ya sabes, doctor Quinn. De alguna forma es más duro de lo que imaginaba... Hay momentos en los que siento ganas de gritar de absoluta y total frustración; en cambio, otras veces, cuando me pilla totalmente desprevenida, es, bueno..., es... —Puedo sentir mis mejillas ardiendo.
—Continúa. —Me acaricia la mejilla, alentándome para que siga hablando.
—Es tan extraño no poder anticipar..., bueno, cualquier cosa en realidad. Sin acción, sin palabras, nunca sé por dónde van a venir los recodos del camino, o si estamos llegando a una parada definitiva. En cierto sentido, creo que las conversaciones se parecen un poco a un paseo en moto, figurativamente hablando, claro.
—¿Y las otras veces?
Advierto que me estoy revolviendo y retorciendo en el asiento. Estoy acostumbrada a ser yo la que haga las preguntas y no a contestarlas.
—Otras veces me descubro nerviosa y excitada ante la idea de no saber lo que me espera, como cuando se trata de un roce tuyo, una caricia o incluso un azote. —Me sonrojo, recordando el cachete que me dio en el trasero, y que me pilló totalmente por sorpresa, antes de la cena de ayer—. No sé a dónde llevará todo esto, pero me siento realmente tentada, bueno, ya sabes, a renunciar al control..., aunque me resulta muy duro.
—Esperaba que reaccionaras así y, sin embargo, has ido mucho más allá de mis expectativas. Si tan solo confiaras un poco más en mí y me permitieras acceder a ti... Quiero que te rindas a mí este fin de semana, como nunca en tu vida. Quiero poner al descubierto a la verdadera Alexa, a la mujer que se ha estado escondiendo detrás de esa fachada perfectamente controlada durante demasiado tiempo. Ambos nos conocemos de arriba abajo, por dentro y por fuera, mejor que nadie en este planeta. No tenemos nada que perder y sí todo que ganar. Y francamente, además de descubrir una cura para la depresión, lo que si Dios quiere espero lograr en el próximo año o el siguiente, tú eres mi única misión en la vida.
¿Cómo y cuándo me he convertido en su misión en la vida? Sus palabras desatan el pánico en mí porque conozco la clase de hombre que es y sé que no dice esas cosas a la ligera jamás. Aunque no es agradable escuchar sus comentarios en voz alta, de alguna forma percibo la verdad en ellos, me guste o no. Jeremy siempre ha podido leer fácilmente en mí, sentir lo que estoy sintiendo o deseando mucho antes de que pudiera traducirlo a palabras. Una cualidad que le ha permitido ir siempre un paso por delante de mis procesos mentales. Al parecer este fin de semana estamos jugando de la misma forma. Nunca hemos sido capaces de dejarnos llevar completamente.
—Si eso es lo que crees, entonces ¿por qué siempre me siento al borde del precipicio contigo? Me ha pasado desde el principio y no puedo creer que aún me suceda después de todos estos años. —Un matiz de frustración asoma a mi voz cuando continúo—: Mírame ahora, completamente dependiente de ti. Sabes lo mucho que valoro mi independencia, lo duro que he trabajado por conseguirla, y eso es exactamente lo que me has quitado. Y ahora me pides que te deje acceder a mí, pero ¿acaso puedo llegar más lejos? ¿Cuánto más necesitas? ¿Realmente se trata de mí, Jeremy, o acaso se trata también de ti?
—Interesante punto de vista, doctora Blake, para el que solo tengo una única y sincera respuesta. Ya sabes que cuando estás conmigo siempre has de esperar lo inesperado. Eso es lo que yo te doy, lo que no puede ser controlado. Miedo, excitación, anticipación, placer, lo desconocido, confianza, rendición, todo en uno. En alguna parte de tu psique esa combinación ha demostrado ser un cóctel excitante. ¿Que por qué lo hago? Porque sé, muy en el fondo, que te gusta y, en última instancia, porque te liberará de las restricciones y barreras que tan minuciosamente has construido a tu alrededor. Piensa en ello, Alex. Piensa que si yo no estuviera en tu vida, lo que de verdad perderías sería la liberación. Aunque te enfades o te sientas frustrada por mi culpa, eso no durará mucho, así que estoy dispuesto a asumir el riesgo a cambio de la extraordinaria recompensa. —Hace un alto mientras sus palabras me golpean como duros ladrillos—. Entre nosotros existe una absoluta tensión sexual y, honestamente, por mucho que hayamos tratado de ignorarla durante años, no es posible extinguirla tan fácilmente.
—Uf, es demasiada información para que pueda absorberla una mujer ciega.
El poder de sus palabras ha creado profundos senderos que se ramifican en mi mente y me atraviesan el corazón mientras trato de asimilar tantos pensamientos y emociones a la vez.
¿Será verdad? ¿En serio me gusta lo desconocido? ¿Lo inesperado?
¿Qué querrá decir con liberación? No deja de utilizar esa palabra...
¿Acaso piensa sinceramente que estamos destinados a vivir de esta forma?
Durante todo este fin de semana he sentido que puede leer en mi interior como en un libro abierto: coherente, sesudo y sagaz, a la velocidad que se le antoja.
—Y no temas, mi querida Alexa, que la promesa sigue en pie desde ayer por la noche y todavía estoy contando.
—¿Cómo dices? —pregunto, distraída por el súbito cambio de tema, y aún absorta en la conversación anterior. Repite su afirmación.
—Estoy seguro de que recuerdas perfectamente lo bien que se me da la estadística. —Su tono está cargado de insinuaciones.
—Sí, por supuesto, Jeremy, ¡cómo podría olvidarlo! —Mi respuesta está igualmente cargada. Lo recuerdo demasiado bien. Solo de pensarlo doy un respingo en mi asiento: son recuerdos inicialmente incómodos pero absolutamente sorprendentes.
—Qué noche aquella. Una de mis victorias más dulces y también uno de nuestros mayores descubrimientos sobre tu increíble cuerpo... —La voz de Jeremy se desvanece mientras nuestras mentes retroceden a ese momento de nuestras vidas.
Durante los años de universidad, Jeremy y yo mantuvimos una tensa rivalidad sobre quién era mejor en qué materias, y por eso solíamos hacer apuestas entre nosotros. Habíamos escogido un curso optativo de Métodos Cuantitativos, apostando que aquel de los dos que sobresaliera en la clase podría elegir una cosa que el otro debería cumplir sin rechistar durante una noche. Mi mente se frotaba satisfecha las manos imaginando a Jeremy desnudo limpiando mi apartamento, preparando la cena, dándome un masaje y, básicamente, poniéndose a mi disposición. Sí, me digo, es una idea excelente para una apuesta, especialmente cuando he destacado en la clase durante todos nuestros trabajos. En ningún momento se me pasó por la cabeza que podría perder; después de todo, no era su área de especialización.
Cuando finalmente se anuncian las notas descubro que Jeremy ha sacado medio punto más que yo al haber proporcionado una explicación más completa a la última pregunta. Me dirijo directamente al despacho del profesor Jarlsberg para repasar con él mi examen, pregunta a pregunta. Para mi fastidio Jeremy me acompaña, sin poder disimular una sonrisa que resulta demasiado amplia y grande para su cara. No hay argumento que consiga convencer al profesor para que o bien suba medio punto mi calificación o bien baje la de Jeremy, Dios sabe por qué. La sonrisa de Jeremy parece doblar su tamaño, si es que eso es posible.
—No quiero oír una palabra —digo áspera, agitando mi dedo hacia él antes de marcharme furiosa. Jeremy no dice nada, pero su cara lo proclama a voz en grito.
Le evito deliberadamente durante el resto del día, o bien ladinamente me deja tranquila. Un poco más tarde, esa misma noche, nos encontramos en un elegante bar de la calle Oxford, en la ciudad, tomando una copa mientras celebramos el cumpleaños de un amigo. Estoy más calmada y no tan desolada por mi nota. Pasada una hora más o menos, cuando todos estamos hablando en grupo, me susurra al oído:
—Creo que voy a reclamar mis ganancias ahora.
—Perdona, ¿cómo dices?
Repite sus palabras.
—¿En este momento, aquí? —pregunto.
Estoy un poco avergonzada por mi conducta anterior ya que no suelo ser tan mala perdedora, aunque también es cierto que no pierdo muy a menudo.
—Pues claro, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Invitarte a una copa?
Me incorporo sobre la barra para llamar la atención del camarero. Entonces me pasa rápidamente el brazo por la cintura y me hace girar en otra dirección.
—Por aquí. Sígueme. —Me detengo, confusa, sin saber bien a dónde vamos. Sería grosero marcharnos ahora sin despedirnos y, por otro lado, tampoco llevo aquí demasiado tiempo y lo estaba pasando muy bien con mis amigos. Él advierte mi vacilación—. Ahora. —Su brazo me aferra con fuerza mientras tira de mí hacia las escaleras.
—¿Qué estás...?
Posa sus dedos en mis labios, silenciándome, y continuamos bajando. Ni siquiera sabía que existiera esta zona del bar. Abre una de las enormes puertas de los lavabos unisex, me hace pasar delante de él y cierra la puerta con pestillo a nuestra espalda. Es como si estuviéramos en un sótano. En una de las paredes hay un espejo enmarcado que llega de suelo a techo pero, por lo demás, todo el lugar está enmoquetado: suelo, paredes y techo. Su aspecto da una sensación bastante lujosa, especialmente si se tiene en cuenta su rudimentario propósito.
—Ayuda a amortiguar el ruido —dice a modo de explicación cuando mis ojos recorren la habitación.
—¿De fuera o de dentro?
Arquea una ceja y me muestra una sonrisa extraña.
—Hmm..., buena pregunta.
Ay, Dios mío, ¿qué tendrá en mente?
—¿Necesitas pasar?
Doy un respingo sorprendida y entonces veo que está señalando el retrete.
—Oh..., no, gracias. Y menos aún contigo aquí —replico con voz indignada.
Se lava las manos con agua caliente y se las seca con cuidado.
—Por amor de Dios, Jeremy, ¿de qué va todo esto?
—De mí ganando y de ti perd... —Se detiene en seco—. Digamos mejor que tú no has ganado.
Lanzo un suspiro de exasperación y pongo los ojos en blanco. Sus ojos se oscurecen cuando se acerca a mí.
—Recuérdame cuál era la condición de la apuesta que hicimos, Alexa.
Oh, ya estamos otra vez...
—Sin rechistar, Jeremy.
—Bien, me alegro de que lo recuerdes. Date la vuelta y coloca las manos sobre el espejo por encima de tu cabeza.
—¿Cómo?
Me da la vuelta de modo que me quedo de cara al espejo, con él plantado justo detrás de mí. Incluso con mis matadores tacones él sigue siendo más alto que yo.
—¡Ya!
Me agarra impaciente por las manos.
—Está bien, está bien. —Presiento que esta va a ser una larga noche.
Hago como me pide y meneo mi trasero hacia donde está plantado con intención de mejorar su humor. Puedo sentir su erección creciendo a mi espalda. Ah, Jeremy parece animarse con ello. Ambos dejamos escapar una pequeña y divertida carcajada al ver nuestro reflejo en los ojos del otro. Sus ojos arden de excitación y deseo.
Me levanta la falda a la altura de las caderas y me baja las bragas hasta los tobillos, esperando a que me las quite. Suelto un suspiro resignado y levanto mi pie izquierdo, mientras él se asegura de que mis piernas estén bien separadas.
—Gracias —dice educadamente, como si me estuviera ofreciendo una silla para sentarme.
¿Qué estará tramando?
Me besa en el cuello y enrosca un brazo alrededor de mi talle, sin detenerse ni un instante antes de empezar su recorrido hacia abajo y posarse en mi sexo.
—Esto va a ser divertido. No apartes tus palmas del espejo, Alex. Lo digo en serio.
Se saca algo del bolsillo y lo deja sobre la pequeña repisa que está cerca de él, fuera de mi vista.
Entonces empieza a jugar. Una mano en la parte alta de mi espalda, por debajo de mi falda enroscada —aunque en cualquier caso es bastante corta—, la otra sobre mi pubis donde sus mágicos dedos empiezan su hechizante indagación. Mis fluidos internos le proporcionan un acceso fácil y directo. Mis ojos empiezan a empañarse cuando el masaje gana en efectividad y precisión. Advierto que me observa atentamente. Empiezo a gemir cuando la tensión del día se desvanece y es reemplazada por una nueva y creciente excitación sexual. Mis palmas se deslizan de su posición dejando un húmedo rastro a su paso.
—No muevas las manos.
Procuro apoyar los dedos con más firmeza, confiando en que no resbalen. Oh, Dios... Continúa su asalto implacable y sé que ya estoy cerca, anhelando la liberación que llegará de un momento a otro. ¿Por qué tiene que sucederme tan rápido con él? El pulgar y los restantes dedos trabajan perfectamente acompasados y siento que llego a la cúspide..., a la misma cúspide..., adentrándome en la inmensidad..., perdiendo completamente la consciencia... y estallando en la belleza y maravilla de lo que consigue hacer a mi cuerpo. Mi cabeza se apoya contra el espejo a la vez que mis manos y codos, y todo mi cuerpo se convulsiona al ritmo que ha creado. De pronto noto una presencia inesperada: un desconcertante, cálido, rotundo y deslizante intruso en mi ano. Mi esfínter se tensa automáticamente alrededor de él.
—¿Qué demonios es eso? —jadeo y trato de recobrar el equilibrio, o al menos lo intento.
—Un tapón anal. Unos colegas acaban de diseñarlo. Quieren emplear sus conocimientos en finanzas y ciencias para desarrollar un negocio de juguetes eróticos, así que me ofrecí a probar este diseño por ellos.
¿Cómo es posible que pueda hacerme las cosas más atroces y, al momento siguiente, volver a una conversación normal? ¿Sobre juguetes eróticos? Incluso ha conseguido distraerme de mi actual estado.
—¿Y qué está haciendo en mi culo, Jeremy?
—Tienes un culo precioso, Alex, y quiero explorarlo más detenidamente. Dado que he ganado nuestra apuesta, esta noche puedo hacerlo. Y lo mejor de todo es que sé que no escucharé una sola queja de ti.
Cuando su cara estalla en una pícara sonrisa, me doy cuenta de que no me he atrevido a moverme un solo centímetro desde que insertó al intruso. Cuanto más tensa me pongo, más lo noto. Trato de expulsarlo haciendo fuerza pero no se mueve. Ni siquiera me atrevo a llevar mi mano hasta él. Me quedo horrorizada, ahí de pie mirándole a través del espejo.
—El tema de nuestra noche es Marco Polo —declara orgulloso mientras mantengo mi posición de maniquí.
No puede decirlo en serio.
—Al igual que él descubrió territorios desconocidos del mundo, yo voy a explorar y descubrir los territorios inexplorados de tu cuerpo.
Oh, Dios, lo dice en serio y parece estar muy orgulloso de sí mismo.
—Respira, Alex, y por cierto, puedes moverte. Estarás bien, solo te resultará un poco extraño al principio, hasta que tu cuerpo se acostumbre a las sensaciones que produce.
—¿Desde cuándo te has vuelto un experto en estas cosas, Jeremy? —le increpo.
—Digamos simplemente que estoy bien informado.
Se inclina para levantarme un pie. Mi cuerpo se tensa en respuesta al forzado movimiento mientras vuelve a ponerme las bragas en su sitio. Sus dedos rozan suavemente el tapón, dándole un pequeño empujón que me hace jadear, y luego me baja de nuevo la falda a una altura respetable.
—Perfecto. Muchas gracias por llevar una minifalda esta noche, ha sido muy conveniente. ¿Estás lista para volver con los demás? Llevamos aquí dentro un buen rato.
Le miro horrorizada. No esperaba que me pidiera continuar con mis relaciones sociales. Me guiña un ojo al ver la expresión de pánico de mi rostro.
—¿O acaso prefieres ir sin bragas?
—Oh, no. —Me quedo paralizada de miedo solo de pensarlo. Sus labios se curvan por las comisuras—. Hay que ver lo tonto del culo que puedes llegar a ser, Jeremy.
—Oh, cariño, ya lo sé, me lo tengo bien ganado. Pero, pensándolo bien, la noche no ha hecho más que empezar.
Me miro en el espejo y me quedo sorprendida al ver mis mejillas sonrojadas y un favorecedor resplandor postorgasmo en mi rostro, en lugar de la palidez que esperaba tener a causa del tapón invasor.
—Te aseguro que tu aspecto ahora es mucho más radiante que cuando entramos y no tengo ninguna duda de que continuará mejorando a medida que la noche progrese. —Le miro frunciendo una ceja y esperando alguna explicación más—. Me propongo retirar el tapón de la misma forma que fue insertado, pero tus orgasmos resultarán mucho más dramáticos fuera de los confines de un lavabo unisex, eso puedo prometértelo.
Sus palabras hacen que me sonroje hasta ponerme incandescente y que mi vulva se contraiga en cálidos espasmos que se extienden hasta el tapón anal. Cuando doy un primer paso con cuidado para salir del baño, advierto que la invasora sensación ha quedado mitigada para ser reemplazada por una extraña y tentadora punzada sexual. Vaya sorpresa.
—Cada vez que lo sientas dentro de ti, piensa en mí tocándote y en lo que te espera. Mientras tanto, tomemos unas copas para que te relajes y no des la impresión de alguien con una cosa taponándole el culo.
Me da un ligero azote en el trasero y me tenso, provocando que el intruso se acomode aún más dentro de mí y que mis pezones se endurezcan instantáneamente ante la sensación. ¡Maldita sea! Jeremy se da cuenta al momento.
—Guau, cómo me gusta tu cuerpo, AB. Es como si me hablara directamente.
Durante la siguiente media hora me relajo, orgullosa de haber conseguido retomar la conversación con mis compañeros de laboratorio, Josh y Sally, con razonable éxito, sin hacer caso de los guiños y sonrisitas de Jeremy desde el grupo que está junto a nosotros. Poco a poco me resigno al hecho de que el intruso estará ahí dentro hasta que Jeremy lo retire, sobre todo porque no quiero tocarlo. Además, su sensación no es tan mala, ni mucho menos, aunque por supuesto nunca lo admitiría delante de él. Estamos en mitad de una animada discusión cuando de pronto el maldito tapón empieza a vibrar en mi interior. Doy un respingo y suelto mi bebida en el aire, que aterriza sobre el pobre Josh. La sensación no se parece a ninguna que haya experimentado antes y es muy intensa. Trato de disculparme con Josh, pero lo único que puedo hacer es agarrarme a la barra y apoyar mi cabeza entre las manos mientras rompo a sudar entre jadeos. ¡Maldito Jeremy, más vale que apague este jodido y vibrante monstruo! La sensación es tan fuerte que ni siquiera puedo levantar mi cabeza para lanzarle una mirada letal.
—Alex... Santo Dios... ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien? Ven, siéntate aquí...
¿Sentarme? Ni loca. Pero ¿cómo puedo decírselo a mis amigos más queridos y cercanos?
Afortunadamente la vibración para.
—En serio..., estoy bien. Enseguida estaré bien —jadeo incapaz de respirar.
Jeremy se acerca a toda prisa hasta mí haciendo grandes aspavientos para mostrar lo preocupado que está por mi salud.
—Alex, no tienes buen aspecto. ¿Quieres que te lleve a casa?
—Sí, creo que es buena idea. —Le miro furiosa por lo que acaba de hacerme pero, por una vez, estoy completamente de acuerdo con él. Otro latigazo como este en público me pondría totalmente al borde del abismo y me horrorizaría demostrar que estoy tan desesperadamente necesitada de su prometido orgasmo—. ¡Vámonos ya!
Cuando siente la urgencia en mi voz, recoge rápidamente todas nuestras cosas. Nos despedimos precipitadamente y salimos.
Ya en casa, desflora cuidadosa, considerada, tierna y cariñosamente mi ano. No es tan doloroso como creía. De hecho, cuanto más me relajo, más abierta me siento, y eso le permite a Jeremy moverse con comodidad dentro de mí. Resulta más tenso y extrañamente más íntimo que el sexo vaginal, como si él me reclamara, apropiándose por completo de mí. Las sensaciones son totalmente diferentes, más concentradas en la parte baja de mi espalda y en los muslos, mientras mi clítoris y el pasaje delantero son masajeados y acariciados por los dedos expertos de Jeremy. Qué más puedo decir, salvo que eso que tanto temía al final no me ha causado ninguna ansiedad. Jeremy me asegura que el éxito hay que atribuirlo a la apropiada preparación y planificación. Yacemos desnudos en la cama, nuestros cuerpos aún sorprendidos por lo que acabamos de experimentar juntos. Por mi parte estoy absolutamente alucinada. Tal vez no debería haberme enfrentado con él por este tema... Bueno, en cualquier caso, ha valido la espera.
—¿Sabes qué? Por fin he decidido sobre qué voy a hacer la tesis —declaro orgullosa mientras nos acariciamos el uno al otro con lánguidas pasadas.
—¡Ya era hora! Cuéntame.
—Me voy a basar en los escritos de Sabina Spielrein, centrándome más concretamente en la conexión entre el masoquismo y el ego con relación a la forma femenina.
—Guau, AB. Esos son temas muy fuertes. ¿Te han dado la aprobación?
—Sí, esta misma mañana. Estoy realmente emocionada.
—¿Alguna razón por la que hayas escogido ese tema en particular?
Jeremy me mira directamente a los ojos, anticipando ansioso mi respuesta.
Sintiéndome súbitamente apurada por la mirada de sus ojos y el tono de su pregunta, trato de esquivarle rodando boca abajo y enterrando mi cara en la almohada.
—¿Alexa? No estarás tratando de ocultarte de mí, ¿verdad? —inquiere mientras trata de darme suavemente la vuelta—. Oh, Alex, no creerás que voy a dejarte en paz tan fácilmente...
Mierda, ¿qué es lo que he provocado? ¿Por qué demonios no le he contestado en tono académico como lo hice con el profesor Webster esta mañana?
Cuando finalmente consigue ponerme boca arriba, se monta a horcajadas sobre mi vientre y empieza implacable a hacerme cosquillas y, por supuesto, chillo en respuesta.
—No, para, por favor, lo odio —balbuceo mientras me retuerzo.
—De ningún modo, no hasta que prometas que me lo dirás.
Estoy atrapada debajo de su cuerpo, mientras sus torturadores dedos continúan su asalto.
—Está bien, está bien, no puedo soportarlo, para, por favor.
Espera pacientemente a que recupere el aliento, sujetando mis manos a cada lado de mi cabeza para tener una vista completa de mi cara. Decido soltarlo lo más rápido y resumido posible.
—Siempre tuve la fantasía de estar atada y con los ojos vendados, mientras me azotaban y daban placer, y me gustaría entender su origen porque me siento profundamente avergonzada por tenerla. Eso es todo, fin de la discusión.
Me mira intrigado, con una sonrisa en la cara y los ojos como platos. Le suplico en silencio que lo deje estar.
—Interesante.
Me observa meditabundo, el silencio expandiéndose entre nosotros.
—¿Lo has pasado bien esta noche, Alex?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—¿Lo esperabas?
—No, para nada.
—Me haría muy feliz poder involucrarme directamente en la investigación de cualquier parte de tu tesis.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
—Gracias por compartirlo.
Y casi no puedo creer que me haya dejado en paz.
—En cualquier caso, me alegro de que finalmente hayas encontrado el sendero del autodescubrimiento. Eso significa que mi plan está funcionando exactamente como había previsto.
—Oh, Dios mío, no hay nada más perturbador que tú y tus planes, Jeremy.
—No seas tan cínica, cariño. Mira lo lejos que has llegado hasta ahora, y lo lejos que aún tenemos que llegar.
Estoy segura de que solo pretende burlarse de mí, aunque su respuesta resulta demasiado entusiasta como para infundir demasiada confianza a mi suposición.
—Solo por curiosidad, ¿alguna vez has comprobado de primera mano la psicología de tu hipótesis, tal y como la discutimos?
—No, Jeremy, no lo he hecho y, además, creo que lo habrías sabido de haber sido así.
—Oh, ¿por qué lo dices?
—¿Realmente necesitas preguntármelo? Como si pudiera hacer esas cosas con alguien que no fueras tú.
—No puedo decirte lo mucho que eso me complace, Alexa, en más formas de lo que imaginas.
No estoy muy segura de lo que significa su comentario, pero sí sé al cien por cien que quiero dejar atrás esta conversación cuanto antes.
—Está bien, nada más lejos de mi intención que chafar este viaje que tan cuidadosamente has planeado para mí.
Me termino el café y dejo el vaso de cartón vacío encima de la mesa.
* * *
El café me ha dado unas ganas tremendas de ir al baño. Esto va a resultar muy complicado. No puedo creer que tenga que pedírselo; ¡es tan embarazoso! Es en momentos así cuando ser dependiente resulta realmente incómodo. Pero ¿qué opción me queda?
—Vamos, no pasa nada, es por aquí.
Me conduce a través de una puerta. Su mano se cuela por mis piernas y baja una cremallera a la altura de mi trasero, pasando entre mis piernas hasta el vientre. No puedo creer lo que acaba de hacer.
—El retrete está detrás de ti. Ah, y no te preocupes por tus bragas. Son de estilo francés, para tener un mejor acceso. —Puedo sentir la risa en su voz—. Te dejaré sola, mientras espero fuera.
¿Habrá algún mínimo detalle que no haya considerado para este fin de semana? ¿Algo que no haya previsto? Seguramente no, siempre ha sido un planificador meticuloso y está claro que su habilidad ha ido puliéndose con los años. Cremalleras y braguitas francesas. ¡Qué demonios! Me pregunto si las ha elegido por comodidad o si tenía alguna otra cosa en mente. La idea me hace estremecer y decido concentrarme en lo que tengo que hacer.
—¿Ya está? —pregunta.
Asiento.
—Estupendo, ven conmigo. Vamos a ponerte un arnés.
Oh, mierda, es todo lo que se me ocurre.
Mis pies permanecen anclados al suelo mientras mi estómago se embarca en una vertiginosa montaña rusa, en un nuevo viaje lleno de anticipación, miedo, calma, miedo, calma, miedo, miedo...
—Arnés... —repito dubitativa—. Y es una afirmación, no una pregunta —añado rápidamente para que quede claro.
Me guía silencioso hacia delante.
—No te preocupes, te va a encantar.
—¿Encantar? ¿El qué? —pregunto con voz suspicaz, y trato de pensar en algo que me guste y que implique arneses. Me quedo en blanco.
Me pasa unas correas por los hombros y puedo escuchar un clic al engancharse. Noto unas manos rudas haciendo lo mismo entre mis piernas y luego alrededor de mi cintura: clic, clic. Es lo único que oigo a medida que aumenta mi ansiedad.
—¿Jeremy?
No parecen sus manos. Puedo percibir el olor a cigarrillos.
—¿Cómo te sientes, preciosa?
Es una voz de hombre extraña. Me doy cuenta de que está hablando conmigo cuando tira con fuerza de una de las correas y la ajusta. Me aprieta, tira de mí, me engancha y, finalmente, escucho un último chasquido.
—Eso está mejor —añade la voz—. Parece que ambos están ya listos. No te preocupes, preciosa, estarás bien una vez que te acostumbres al balanceo. Solo acojona un poco al principio.
Se ríe y me da unas palmaditas en el hombro para tranquilizarme. La voz desaparece de mi garganta, incapaz de protestar y gritar que no puedo ver a través de mis gafas de sol, en el mismo momento en que mis piernas empiezan a reblandecerse. ¿El balanceo? ¿Solo acojona al principio? Aunque mi boca intenta dar forma a las palabras, no consigo que salga ningún sonido de ella. Trato desesperadamente de encontrar un sentido a lo que está pasando sin guiarme del estímulo visual. Llevo ropa puesta; de modo que tiene que estar bien, ¿no? Pero las cremalleras, el acceso entre mis piernas, las correas, los cierres resultan muy, muy preocupantes. Mi cabeza se llena de imágenes de salvajes juegos sexuales y orgías. ¿Cómo se atreve? ¿Por qué lo hace? Esto está yendo demasiado lejos. No puedo hacerlo, nunca haré algo así... No está en mi naturaleza. Respiro entrecortadamente cuando mi mente se deja llevar por el pánico.
Oigo la voz de alguien.
—¿Alex? —Suena distante, en alguna parte. Mis rodillas se doblan, la cabeza me da vueltas, trato de coger aire. Cuando siento que voy a desplomarme alguien me atrapa antes de golpear el suelo.
—Por Dios, AB, ¿estás bien?
—No, no estoy nada bien. —No estoy segura de si ha sido mi mente o mi boca la que ha pronunciado las palabras.
—Tómate tu tiempo, respira hondo.
Unos brazos fuertes me ayudan a caminar, mis piernas aún están demasiado débiles para sostenerme.
—Está bien, te tengo sujeta, así, un paso cada vez.
Sí, un paso cada vez, eso es, deja de sentir, deja de dar vueltas. Buen consejo, confirma mi mente, cuando continuamos avanzando algunos pasos más lejos.
—Aquí, siéntate, ¿quieres un poco de agua?
Me baja hasta un duro asiento acolchado.
Sí, agua, buena idea.
—Alexa, ¿un poco de agua?
Ya he dicho que sí, entonces comprendo que es mi mente la que ha hablado y que puede que no me haya oído. Hago un gesto de asentimiento con la cabeza. Noto el agua contra mis labios y doy un trago, y luego otro más. Necesito prolongar este instante para recuperar el control sobre mi cabeza y mi estómago, y poder decirle a Jeremy que detenga lo que sea que vamos a hacer.
Respira hondo... Mi estómago aún está revuelto pero la sensación de mareo parece haber disminuido gracias al oxígeno.
—Sigue respirando. Bien, eso está mejor —dice la voz, aunque no estoy segura de si se trata de la del hombre o la de Jeremy.
Inhalar, exhalar, coger aire, soltarlo, me digo concentrándome en el esfuerzo.
—Alex, por favor, contéstame, ¿estás bien? ¿Puedes oírme? No comprendo lo que te ha pasado.
—Estoy un poco... —Escucho cómo se cierra una puerta cerca. El sonido parece amortiguado.
—No te preocupes, estoy aquí, a tu lado, cariño. En serio, no te dejaré. —Algo en su tono me resulta ligeramente reconfortante.
—No puedo, yo... —Las palabras se resisten a encontrar el camino desde mi cerebro a los labios. Doy otro sorbo de agua. Escucho un nuevo clic alrededor de mi cintura y mi miedo se dispara—. No pienso permitir que me dejes colgando en el aire en alguna pervertida máquina sexual, Jeremy.
Mi voz es ronca, frenética.
—Esto tiene que acabar. ¿Cómo has podido? Con un hombre que apesta a tabaco. No puedo creer que hayas querido ponerme en esta situación. No puedes y no lo permitiré.
Siento las lágrimas surgir dentro de mí y trago con fuerza para mantenerlas a raya.
—Es demasiado, me has presionado demasiado.
—Alex. —Jeremy pasa un brazo alrededor de mis hombros—. ¿Es eso lo que estás pensando? ¿Lo que crees que quiero hacer contigo?
Las lágrimas brotan y mis hombros se estremecen.
—No puedo, Jeremy, no quiero. No soy así —protesto entre sollozos.
—Cariño, no te pido que lo hagas. Esto está pensado para que te diviertas, no para disgustarte.
—¿Y cómo vas a conseguirlo, Jeremy? Mírame, estoy hecha un desastre.
Escucho unos motores ponerse en marcha, ruido de hélices, movimiento.
—¿Qué? ¿Estamos en un avión? —pregunto incrédula mientras el ruido lento de los rotores se detiene y súbitamente aceleramos hacia delante. La fuerza propulsa mi cuerpo hacia atrás, pegándome contra el asiento, y, súbitamente, despegamos del suelo y la atmósfera acuna el aparato a medida que va tomando altura. Mis lágrimas se paran en seco. Aparto bruscamente el brazo de Jeremy de mi hombro y lanzo el puño con toda la fuerza posible hacia donde supongo que debe de estar su pecho.
—¡Maldito bastardo! —chillo. Me coge el puño antes de que impacte—. ¡Bastardo asqueroso! —Lo atrapa con su mano y me pasa de nuevo el brazo por encima del hombro, anclándome a mi sitio sabiendo que estoy desesperada por abalanzarme contra él. Puedo sentir las convulsiones de su cuerpo preso de reprimidas carcajadas. Siento ganas de estallar mientras lucho contra él. Sus brazos me aprietan cada vez con más fuerza.
—Vamos, AB, yo no tengo la culpa de que tengas una mente tan calenturienta. Pensé que podríamos dar una vuelta en avioneta y aquí estás, imaginando cosas sobre una pervertida máquina sexual. Deberías compartir conmigo lo que tenías en mente...
—Oh, cállate, Jeremy, solo cállate.
Está totalmente histérico, sin poder parar de reír. Aparto mis brazos de él y los cruzo sobre el pecho a la defensiva.
No le respondo. Estoy furiosa, decepcionada, profundamente avergonzada.
No puedo responderle, ya que realmente no estoy segura de tener una respuesta. ¿De dónde ha salido esa idea en primer lugar? ¿Por qué mi mente ha llegado directamente a esa conclusión? Resulta bastante inquietante.
Mientras Jeremy continúa con su ataque de risa, aprovecho la oportunidad para soltarle un fuerte codazo en las costillas, haciendo que deje de reír. Eso me hace sentir un poco mejor porque sospecho que estoy a punto de explotar de rabia. Decido que ya está bien de llevar las gafas, de soportar esas barreras que cubren mis ojos, y confío con desesperación en que la eficacia de las gotas haya desaparecido. Cuando me llevo precipitadamente las manos a las gafas para quitármelas, siento que me aparta las manos con igual velocidad. ¿Es que no deja de mirarme nunca?
—No te atrevas, Alex. Ya pasamos por esto anoche y sabes perfectamente lo que te pasará.
Me sujeta las dos muñecas con una mano, como si no le importara hacer el resto del trayecto así. Sin remordimientos. Sin excusas. Furibunda, me quedo en silencio durante lo que parecen ser años.
Su tono parece volver a animarse cuando hunde su cara en mi cuello y su voz trasluce otra vez buen humor.
—Aunque debes admitir que es bastante divertido.
No puedo creerlo.
—No hay nada divertido en ello —respondo desafiante.
—Pero ¿de verdad pensabas..., de verdad creías...? —y vuelve a reírse. La expresión de mi cara parece convencerle de que se detenga y se comporte—. Está claro que pensabas que era algo realmente malo. Nunca te he visto reaccionar de esa forma..., estabas temblando. —Hace una pausa suavizando su tono—. Es muy importante entender cómo y por qué estás sintiendo esas emociones. Todo es parte del proceso. Vas a aprender mucho de ti misma —dice, con tono serio.
Cerdo condescendiente es el único pensamiento que penetra en mi mente al oír sus palabras, ignorando cualquier posible verdad en ellas.
—¿Realmente te asustaba tanto? ¿Has pasado mucho miedo?
—No quiero seguir con esto, Jeremy. Por favor, no me obligues. No puedo soportarlo, va a darme un infarto.
—Entonces tienes suerte de que sea médico y te salve. Además, estás perfectamente sana.
—Estar perfectamente sana no garantiza nada en estas condiciones, y además, ¿cómo demonios puedes saberlo?
En ese instante siento una súbita ráfaga de viento y un poderoso rugido que me deja prácticamente sorda.
¿Y ahora qué?
De nuevo vuelvo a ser atada, ajustada, abrochada e inspeccionada.
—¿Aún no lo has adivinado? —Jeremy me grita al oído por encima del atronador rugido del viento y del motor—. Vamos a saltar en caída libre, igual que hicimos por tu veinticinco cumpleaños. ¿Recuerdas que también quisiste negarte pero que luego te encantó?
A juzgar por el ruido de los motores y la fuerza del aire que me rodea, deduzco que no está mintiendo. El alivio, el miedo y la excitación recorren mis venas a toda velocidad. Sacudo la cabeza incrédula.
—¡Necesito asegurarme de que tienes suficiente adrenalina corriendo por tus venas y de que te sobra energía para más tarde —grita. Percibo el descaro y la sinceridad en sus palabras.
—Bueno, creo que esto va a conseguir sobradamente ese propósito —declaro nerviosa—. Pero ¿a ciegas...?
—Todo es parte del proceso.
Me agarro desesperadamente a Jeremy, me pego a él y trato de prepararme mentalmente para el salto mientras grito hacia su voz.
—Solo porque haya hecho caída libre antes —que además me encantó, me digo para mis adentros—, no significa que quiera volver a hacerlo ahora. ¡No así!
La presión de su cuerpo se intensifica, me empuja hacia delante, y siento que el momento de saltar se acerca.
—Está bien, Alexa. Tres, dos, uno...
Estoy flotando en el aire. Caemos, caemos, caemos mientras el aire penetra por cada orificio de mi rostro, arrancando el aire de mis pulmones y haciendo que mi estómago dé volteretas. Súbitamente, la presión me obliga a extender los brazos y las piernas hacia fuera. El ruido del viento se impone rápidamente sobre el cada vez más distante ruido de los motores. Cualquier sonido de máquinas hechas por el hombre se desvanece mientras volamos libres.
No hay nada parecido a la experiencia de saltar de un avión, embargada por la expectación y totalmente atada a la persona que tira de las cuerdas. El poder del oxígeno bombeando en mi cabeza arrasa todo mi cuerpo. El estómago se me sube a la garganta mientras caigo en picado y pierdo toda sensación de estabilidad. Pero en lugar de durar uno o dos segundos continúa prolongándose, mientras espero ansiosa el tirón del paracaídas al abrirse. Sin embargo, no lo hace y continúo en caída libre. El descenso parece eternizarse y mi estómago continúa dando vueltas al tiempo que mi cuerpo se precipita a toda velocidad a través de la vacuidad de la atmósfera. ¿Cómo puede no ser nada cuando está obligando a cada músculo, a cada centímetro de mi cuerpo, a cada célula a contraerse? Y sin embargo continúo cayendo. El ruido es ensordecedor y creo que mis oídos van a estallar. Por primera vez doy gracias por que mis ojos estén sellados y cubiertos ante la intensidad de la presión. De pronto siento que me rodea la humedad y un escalofrío me recorre de arriba abajo cuando atravesamos lo que parece ser una nube. Aún seguimos cayendo, cayendo. Finalmente mi estómago se adapta, de modo que dejo que la emoción y la velocidad me invadan y me apacigüen. Es incluso mejor que la primera vez. Un subidón de adrenalina embriagador y absorbente. Como un chute de éxtasis, heroína, speed o lo que sea... Al pensarlo una imagen vuelve a mi memoria. Recuerdo con claridad a un cliente que me dijo que había probado la heroína una vez y que no volvería a hacerlo nunca. Le pregunté si había sido tan terrible y contestó: «Al contrario, fue tan bueno, tan increíblemente maravilloso que si lo repitiera una segunda vez ya no podría dejarlo». Solo Jeremy podía saber que mi rabia y mi enfado se disiparían rápidamente con esta excitante carga de adrenalina en estado puro. Entonces la idea de lo fácil que sería volverme adicta a Jeremy atraviesa mi mente.
En ese momento, deseo que la caída cese. De repente ya no quiero que me siga gustando esa sensación. ¿No debería haberse ralentizado ya nuestra caída con la apertura del paracaídas? Ahora ya no me siento tan satisfecha por mi falta de visión. Necesito comprobar a qué distancia estamos del suelo. Llevamos cayendo tanto tiempo que mis pulmones apenas pueden absorber el oxígeno que está entrando en ellos. Mi corazón late más aprisa que mis pensamientos, mi miedo se acelera. Si esta es la adrenalina que Jeremy quería para mí, ya lo ha conseguido. Bombeo, bombeo y bombeo, cada vez más fuerte y más rápido. Siento como si todo lo que se refiere a mí estuviera en caída libre durante estos interminables segundos de mi vida, como si estuviera arriesgándolo todo, como si todo estuviera a punto de ser destruido y yo no pudiera impedirlo, detenerlo o controlarlo. No es la primera vez que sueño con cosas parecidas, con estar cayendo, cayendo, deseando desesperadamente dejar de caer, despertarme, estar fuera de peligro, cualquier cosa con tal de no chocar contra el suelo. Cada vez que he tenido esos sueños me he preguntado cómo había llegado a esa situación y qué había provocado la caída libre.
¿Habrán colisionado por fin mi consciente y mi inconsciente? ¿Será esta la consecuencia, la conclusión? ¿Acaso eran sueños proféticos o es que he dejado pasar alguna advertencia? ¡Dónde está Carl Jung cuando le necesito!
Por favor, rezo para mí misma, para cualquiera, que nada falle, por favor, déjame vivir para ver de nuevo a mis hijos, por favor, por favor, por favor, sácame de esta de una sola pieza. No quiero morir; no estoy preparada para morir... ¿Cómo podemos estar cayendo todavía? ¿A qué altitud estábamos? ¿Tres mil metros? ¿Cinco mil? ¿Acaso hemos estado volando a tanta altura? Ahora comprendo que estaba demasiado estresada y distraída como para fijarme en nada más, incluyendo, en primer lugar, el descubrimiento de estar en una avioneta. Sin duda deberíamos...
De pronto nos frenamos.
Silencio.
El arnés entre mis piernas da un fuerte tirón y siento como si hubiéramos parado en seco. Me quedo sorda por el silencio después de las palpitantes vibraciones de solo unos segundos antes. Empezamos a flotar... suave, lentamente. Gracias, pronuncio en silencio, gracias. Un arrollador alivio inunda mi cuerpo.
Soy muy consciente de mi corazón bombeando sangre a través de mis venas, pero el ruido se ha calmado, la presión ha disminuido y mis extremidades ya no son propulsadas hacia fuera. Cuelgan inertes mientras la tensión se evapora. Estamos flotando serena, hermosa, armoniosa y libremente en el aire. Es tan apacible... Mi estómago vuelve a asentarse en alguna parte próxima a mi ombligo, aunque no puedo asegurar que haya recuperado su antigua posición. Pero casi. Sonrío, aliviada y fascinada con la experiencia. Me siento feliz, libre, entusiasmada, abrumada por estar viva. Unas cálidas lágrimas inundan mis ojos liberando la emoción que fluye en mi interior.
Noto un golpe seco y mis rodillas se doblan cuando el suelo choca contra mi cuerpo con una sacudida y a continuación... nada.
Dudando de mi consciencia, me encuentro envuelta en un abrazo con los pies apenas tocando el suelo. Unos brazos que me estrechan con firmeza. Un abrazo. Un verdadero abrazo. Noto cómo me libera de los cierres y me gira para mirarme a la cara. Entierro la cabeza en el pecho inconfundible de Jeremy y dejo que la excitación de la adrenalina y el alivio se apoderen de mí. Me estremezco. Entierro la cabeza aún más hondo. Sus brazos me aprietan contra él. Sollozo. Y gimoteo. No puedo parar. Estoy sobrepasada. Temblorosa. Convulsa. Prolongados y potentes sollozos contraen todo mi cuerpo durante largo rato.
No decimos nada.
Nuestros brazos que no se sueltan, que se entrelazan con fuerza. Que no quieren aflojarse. Sobran las palabras. Estos brazos que no quieren dejarme.
Inspiro hondo varias veces y, finalmente, consigo normalizar mi respiración.
Después de mucho tiempo, un dedo alza mi barbilla y unos labios rozan suavemente los míos deteniéndose un instante. El brazo que me tiene fuertemente atrapada me saca de allí, medio caminando, medio en volandas.
No hacen falta las palabras. Nuestros cuerpos se mueven al unísono. Entonces siento que algo se está preparando silenciosamente a mi alrededor, al tiempo que Jeremy me acomoda sobre una manta. El sol es cálido, la brisa suave. Aún estoy ciega. Sé que seguiré así hasta que finalicen las cuarenta y ocho horas. Pero ya me he hecho a la idea. Ya no quiero ni deseo luchar contra ello. Lo acepto, serena.
El ruido de preparativos ha cesado. Me quedo quieta.
Sin ruido. Sin palabras. Solo el viento, los pájaros, el olor a sal en el aire, las olas del mar rompiendo y retrocediendo suavemente a su propio ritmo universal. Me inclinan los hombros hasta el suelo. Siento un suave roce en mi mejilla y un cuerpo junto al mío. Trato de buscar un rostro. Lo consigo. Lo acerco al mío e inhalo su olor. Lo llevo hasta mis labios, a mi lengua. Necesito este rostro. Necesito besarlo profundamente, penetrar en su boca. Necesito transmitir la profunda emoción que siento. Transferir el deseo, la urgencia, la intensa fuerza que surge desde lo más profundo de mi ser y que ha permanecido aletargada durante tantos años. Porque este rostro conoce lo que ha provocado en mí en el pasado, lo que está provocándome en el presente, por lo que estoy pasando ahora.
Mi cuerpo se retuerce y palpita bajo el suyo. Hay demasiadas barreras entre nosotros, barreras físicas. No estoy lo suficientemente cerca. Es perturbador y frustrante. Lucho por encontrar alguna forma de acceder, por encontrar el modo de eliminar las barreras. Necesito la cercanía. La deseo. No puedo. Me frustro. Mis manos no lo consiguen, perdidas, impedidas. Entonces siento sus besos. El latido se prolonga en lo más hondo de mí. Mis manos están aprisionadas, atrapadas bajo el peso de su cuerpo. Al igual que los sollozos anteriores, los latidos van atenuándose progresivamente. Recupero la respiración, el ritmo de mi corazón se hace más lento. Al igual que el suyo.
—Eres arrolladora, inconmensurable, inagotable —susurra muy despacio en mi oído.
Sus palabras acrecientan la intensa punzada de mi entrepierna mientras espero a que el sordo dolor se desvanezca. Siempre ha sabido pulsar esa sensación preorgasmo con una sola mirada, una caricia, un comentario. Pero en vez de haberse diluido con los años ahora ha adquirido una intensidad que nunca creí posible.
—¿Sientes tú lo mismo?
Asiento, demasiado abrumada para hablar, sin atreverme a reconocer la verdad que subyace en sus palabras.
—¿Qué me has hecho? —Es todo lo que consigo susurrar.
—Sabes que te quiero, Alexa. —Su tono es serio, su voz rebosa emoción.
—Sí, lo sé. Y tú sabes que yo también te quiero.
—Es curioso, ¿verdad?, un amor como el nuestro que no se basa en el amor tradicional en sí.
—Siempre ha sido... raro entre nosotros..., intenso..., juguetón..., embriagador...
—Nuestro irreconciliable e inexplicable amor...
—Al menos nos dimos cuenta de ello cuando éramos jóvenes. —¿Lo hicimos?, me pregunto en silencio.
El humor de Jeremy parece haber cambiado. Estoy acostumbrada a verle pasar de juguetón a desafiante, de decidido a reflexivo, pero esto es ligeramente diferente. Por un lado, parece estar hablando conmigo y, por otro, está perdido en sus pensamientos. La oscura corriente aún subyace en sus palabras. No sé si quiero o soy capaz de explorar más allá. El no poder hacer preguntas no ayuda demasiado, sobre todo cuando solo consigo meterme en líos cuando las formulo. ¡Y ahora va y me dice que me quiere! Mi montaña rusa de tinieblas se está volviendo casi tan emocional como física.
Me siento agotada, entumecida.
Viva.
Serena.
Intensa.
Luminosa.
Energética.
Sobrepasada.
Asustada.
Lasciva.
Especial.
* * *
Estoy tumbada de espaldas y me incorporo levemente apoyándome en los codos. Jeremy me ofrece un poco de agua. Las necesidades básicas se vuelven una prioridad absoluta cuando comprendo lo sedienta que estoy. Derramo el agua por mi garganta y trago una y otra vez.
—Gracias.
—¿Tienes hambre?
—No estoy segura. —Me pasa un sándwich y le doy un mordisco—. Hmm, tal vez sí.
Comemos sin parar de charlar. Hablamos, comiendo y bebiendo, mientras el muro que tan cuidadosamente he construido para protegerme de mis sentimientos hacia él a lo largo de la última década se desmorona completamente.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice la voz a mi lado.
Durante una fracción de segundo siento que un escalofrío de ansiedad me atraviesa y trato de ignorarlo.
—Claro. ¿Qué quieres saber?
—¿Has vuelto a hacerlo alguna vez por detrás? —Debo de parecer tan confusa como me siento porque sus manos se deslizan por mi entrepierna y continúan hasta mi trasero—. Ya sabes, por ahí detrás.
—¡Con todo lo que podías preguntar! No, no lo he hecho. No después de ti —explico, sin creerme aún el cambio de tema.
Oh, oh, mi ano debe de acordarse de las sensaciones de la primera vez porque siento que empieza a reaccionar por efecto de la conversación.
—¿Por qué no?
—¿Y por qué debería?
—Alex —dice inexpresivo.
—¡Esta pregunta es ridícula!
Él insiste en el tema.
—Pero si te encantaba.
—A ti te encantaba y por eso lo hiciste. Estabas obsesionado con ello, desde la noche del tapón anal y, por lo que parece, todavía sigues igual —añado.
—Pero a tu cuerpo le encantaba.
—No estoy tan segura...
—Pues claro que sí. A tu cuerpo le gustaba mucho.
Me hace rodar hasta ponerme boca abajo y, tranquilamente, cubre mi trasero forrado de cuero con sus manos. Inmediatamente un hormigueo me recorre todo el cuerpo como para corroborarlo.
—Bueno, es posible que me gustara en aquel momento, pero ya no es así —admito rápidamente para zanjar el tema. ¿Por qué está hablándome de esto?
—¿Acaso no es lo mismo?
—Obviamente no —contesto.
—¿En serio? ¿Así que admites que tu mente y tu cuerpo tal vez estén pensando y sintiendo cosas diferentes?
Vaya, ya estamos, nuestra vieja discusión de siempre...
—¿Por qué intentas confundirme con tus palabras, Jeremy? Sinceramente, llevas todo el fin de semana haciéndome dudar de cada una de las decisiones que he tomado en mi vida. Es realmente descorazonador.
—Ah, la cosa está mejorando por momentos —dice, riéndose con seguridad.
—Yo no lo encuentro ni remotamente divertido. —No digo nada más, esperando que cambie de una vez de conversación.
—Solo lo pregunto porque estoy involucrado en una investigación que trata exactamente de este tema.
—¿Sobre qué?, ¿sobre los anos? ¿Cómo acceder por la puerta trasera?
Ahora es mi turno de reírme cuando pienso en lo que esta clase de investigación podría haber supuesto en los tiempos de la universidad. Sin lugar a dudas Jeremy se habría ofrecido voluntario gustosamente.
—No, no de culos, Alex —declara con tono serio, y luego se ríe—. Bueno, al menos todavía no, pero estaré encantado de experimentar con el tuyo siempre que estés dispuesta. —Me acaricia estratégicamente el trasero forrado de cuero—. Ya retomaremos esto más tarde. Ahora mismo, tenemos que ponernos en marcha.
—Oh, ¿es necesario? Se está tan bien al sol que sería estupendo podernos quedar aquí un rato más y echarnos la siesta, ¿no crees? —Me coloco de lado dispuesta a dormir.
—Es posible, pero eso no va a suceder. No pienso desperdiciar las horas que tengo para estar contigo dejando que te duermas cuando disponemos de tan poco tiempo. Quiero aprovechar al máximo cada minuto.
—¿Qué más podemos hacer, Jeremy? Alcohol, baños, cena, baile, canto, sexo, orgasmos, desayuno, paseo en moto, café, caída libre —pronuncio con énfasis— y ahora picnic. ¿No te parece que eso ya sería suficiente para una semana, y no digamos un día? Ya lo hemos hecho todo. Quedémonos a descansar un rato, solo media hora o así. Aún hay tiempo de sobra. —Digo las palabras sin saber exactamente cuánto tiempo queda o dónde estamos. Estiro mi mano tratando de tocarle y tirar de él hacia mí, pero se ha movido.
—No has cambiado, ¿verdad? Hay un montón de cosas que experimentar, que despertar dentro de ti y muy poco tiempo.
—¿Es que la caída libre no era la última experiencia? Me siento muy bien y totalmente despierta, eso puedo asegurártelo, Jeremy, probablemente mucho más de lo que he estado en décadas. —Mi mente regresa a esta mañana y una vibrante punzada se enciende nuevamente en mi entrepierna ante el recuerdo.
—Te aseguro, cariño, que apenas ha comenzado.
Me acaricia las mejillas y posa un leve beso en mis labios. ¡Mierda! ¿Apenas comenzado? ¿Qué más puede quedar? Mi corazón empieza a acelerarse de nuevo.
—Hay una asombrosa inocencia en ti, Alexa, incluso después de todos estos años.
No sé si sentirme ofendida o no.
—Tenemos que ponernos en marcha para que podamos rectificar esa inocencia. No hay tiempo que perder.
—No. No pienso moverme. ¿Qué inocencia? ¿De qué estás hablando? —Yo jamás utilizaría esa palabra para definirme. Permanezco obstinadamente sentada.
No me hace ni caso.
—Si no piensas moverte, tendré que hacerlo yo por ti. Está visto que hoy en día el trabajo del hombre no se acaba nunca.
Me levanta de la manta, su mano agarrando firmemente mi trasero en el proceso, como si reafirmara lo dicho en la conversación. Después de dar algunos pasos, me deposita en un cálido asiento. Me abrocha un cinturón de seguridad y me ajusta mis gafas de sol para asegurarse de que están en la posición correcta, comprobando, una vez más, que continúo en la más absoluta oscuridad.
—¿Estamos en un coche?
Escucho el ruido del motor al encenderse al tiempo que una música rítmica y tribal surge de los altavoces y nos ponemos en marcha. Debemos de estar en un descapotable a juzgar por el viento que, una vez más, azota mis orejas cuando alcanzamos la carretera. Al menos esto resulta un poco más confortable para el trayecto de vuelta al hotel. Aunque, pensándolo mejor, después de un largo paseo en moto, un vuelo en avioneta, el salto en paracaídas y ahora el viaje en coche, no tengo ni la más remota idea de dónde estamos ni a dónde nos dirigimos. Por lo que a mí respecta podríamos haber cruzado varios estados. Siento que me pica la curiosidad por saber cuál es nuestro paradero, y no dudo que esa era la intención de Jeremy. Aun así no me atrevo a formular la pregunta y decido permanecer en silencio, disfrutando del espacio de libertad que la música ofrece a mi mente.