–¿Cómo te sientes?

—Un poco desorientada. —Me incorporo en la cama con cuidado. Definitivamente es una sensación extraña, como si estuviera en un sueño oscuro. No puedo abrir los párpados; son como dos pesos muertos sobre mi cara. No dejo de girar la cabeza buscando la luz, pero, por supuesto, no hay ninguna.

—Bueno, no ha sido tan difícil, ¿no crees? —bromea Jeremy.

—Pero tampoco fácil, eso puedo asegurártelo. Y no creo recordar que te hayas ofrecido voluntario en mi lugar.

—Este fin de semana es sobre ti, cariño, y no sobre mí. —No quiero volver a entrar en eso.

—¿Qué era? ¿Qué me has puesto en los ojos?

—Quédate tranquila, nada que no haya sido aprobado por los parámetros farmacéuticos más estrictos. Nunca te pondría en ningún peligro. Soy médico, ¿recuerdas?, y me tomo mi juramento muy en serio.

Genial, invoca sus principios morales mientras tiene acceso a cualquier droga que desee.

—Eso es muy reconfortante, doctor Quinn, dada mi actual situación.

Se ríe.

—En serio, ¿estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?

—No dudo que necesitaré ayuda para todo ahora que me has dejado totalmente ciega. ¿Estás seguro de que esto no es permanente?

—Las gotas duran veinticuatro horas más o menos. Tendré que volvértelas a echar mañana. Házmelo saber cuando su efecto empiece a desaparecer.

—No te preocupes. Me aseguraré de informarte en cuanto vea un resquicio de luz. —Mi voz está teñida de sarcasmo. Levanto la mano intentando palpar el estado de mis ojos por mí misma. Parecen tan pesados..., es tan extraño...

—Oh, no, no lo hagas. —Me aparta la mano—. No debes tocártelos. Por eso debes llevar también este antifaz, como recordatorio de que tienes que dejar los ojos en paz.

—De ninguna manera. Eso no es necesario. No puedo ver nada.

—Lo es y lo harás. —Me lo coloca por la cabeza. Se adapta a la perfección a mis ojos, su tacto es como de suave seda.

—Bueno, bueno, otra cosa que encaja perfectamente. ¿Es que lo has hecho a medida? —digo bromeando.

No hay respuesta.

—¿Jeremy? —Hay una larga pausa.

—Sí, Alex, de hecho ha sido así.

* * *

—Ven conmigo.

Jeremy me sujeta por ambas manos y me ayuda a levantarme de la cama. He olvidado que llevo tacones altos y me tambaleo ligeramente antes de recuperar el equilibrio.

—Vaya, esto es realmente extraño.

Pasa su brazo alrededor de mi cintura y me lleva fuera del segundo dormitorio con mucho cuidado. Me siento como una inválida. Aún estoy conmocionada por que esto haya sucedido, y por que ahora esté ciega y totalmente dependiente de Jeremy durante el fin de semana. La situación me hace estar nerviosa y tensa pero, de alguna forma, también excitada, al no saber qué esperar. Mi estado de ensoñación se ha evaporado, de modo que solo puedo confiar en no estar adentrándome en una oscura pesadilla.

—Ven, sentémonos en el sofá. —Me guía muy despacio, mientras me acomoda en los suaves cojines de terciopelo. Trato de localizar el reposabrazos pero no hay ninguno. Me pregunto cómo consiguen los invidentes hacer estas cosas cada día de sus vidas. Sin saber cómo ni cuándo sucederán las cosas. Una vocecilla optimista dentro de mí se siente serenamente agradecida por haber pasado previamente algún tiempo en la suite del hotel. Al menos he podido familiarizarme un poco con el entorno.

La llamada en la puerta me hace dar un respingo.

—Quédate aquí, ahora mismo vuelvo.

Sus manos sueltan las mías antes de que pueda reaccionar. Jeremy saluda brevemente a quien quiera que esté en la puerta, mientras permanezco sentada en silencio en el sofá, profundamente avergonzada y sintiéndome una completa idiota por llevar un antifaz puesto.

Escucho ruido de platos que son eficientemente preparados y dispuestos y el crujido de una botella al hundirse en el hielo, ¿tal vez para enfriar el champán? Un ligero aroma a comida invade la habitación. No hay diálogo entre Jeremy y las personas de la puerta, que continúan haciendo su trabajo y se retiran a la misma velocidad con la que han llegado. Oigo a Jeremy darles las gracias y cerrar con llave la habitación tras ellos.

Unos segundos después se sienta a mi lado en el sofá y me coloca una copa de champán en la mano.

—Gracias, Alexa, esto significa mucho para mí.

Resulta tan extraño no poder ver nada que, incapaz de encontrar las palabras, opto por no decir nada. Oigo nuestras copas entrechocar y siento la urgente necesidad de verter todas las burbujas por mi garganta. Mi ansiedad por beber me lleva a tragar todo el champán de golpe. Súbitamente me siento completamente fuera de control, la realidad me golpea como un ladrillo en la cabeza. Me descubro deseando otro trago de absenta para que me aturda frente a todo esto. ¿Qué he hecho? Puede suceder cualquier cosa... Me he entregado literalmente a él en bandeja. En fin, ¿qué podría pasar si tomo otra copa de champán? Al menos si pierdo el conocimiento no tendré que asumir lo bicho raro que soy. La voz sensata de mi cabeza cuestiona rápidamente la cordura de ese razonamiento. Continúo inclinando la copa sobre mi boca pero debe de estar vacía puesto que ya no cae ningún líquido.

—Uf, Alex. Tú nunca bebes tan rápido.

—No. No lo hago, Jeremy. —Finalmente he recuperado mi voz—. Pero las situaciones extremas como esta pueden derivar en conductas extremas. —Tiendo mi copa hacia delante—. ¿Te importaría rellenármela, por favor? Este champán está delicioso.

—¿Estás segura? —pregunta dubitativo.

—Oh, sí. Estoy segura de que me gustaría tomar otra copa de champán. Con gusto me la serviría yo misma, si fueras tan amable de acercarme a la botella, aunque odiaría derramar alguna gota en esta lujosa moqueta cinco estrellas —declaro intencionadamente.

—¿Estás enfadada conmigo?

¡El sublime y sensible científico!, me burlo sarcástica para mis adentros; tal vez su Coeficiente de Inteligencia Emocional no esté tan desarrollado como pensaba. ¿O tal vez sí? Sin embargo, mi enfado no es tanto con él como conmigo misma por haber permitido que se produjera esta ridícula situación. La realidad de estar ciega me ha pillado completamente desprevenida. Una cosa es sentirse atraída por el concepto, por la sensualidad de la idea, y otra muy distinta saber que tendré que vivir así durante las próximas cuarenta y ocho horas. Mis emociones amenazan con arrollarme a medida que el significado de lo que acabo de hacer se asienta en mis huesos.

Como no puedo verle ni leer sus emociones, sigo sosteniendo en alto mi copa vacía, esperando a que la rellene y ansiando que el alcohol supla ese vacío.

—Alexandra, ¿seguro que no estás enfadada conmigo? ¿Honestamente?

Otro momento Alexandra. Espero con mi copa tendida hacia su voz. La coge, la rellena y la devuelve a mi mano. Gracias a Dios. Aliviada, alzo el líquido espumoso hasta mis labios. Decido ignorar su pregunta, creyendo que así, al menos, conservo algún control.

—Estupendo champán, Jeremy. ¿Qué es? No estoy segura de haberlo tomado antes.

Puedo percibir su confusión al ver que he evitado su pregunta. Lo malo es que me conoce demasiado bien como para saber que cuanto más formal soy, mayor es la emoción que escondo. Básicamente, me conoce casi tan bien como yo misma, o posiblemente mejor. Razón por la cual estoy aquí sentada en su suite del ático con un traje de fiesta y un antifaz cubriendo mis ojos. Atrapada e incapacitada durante todo el fin de semana. Algo que resulta terriblemente frustrante.

—Es Krug. Lo tomamos el día que nos graduamos. Entonces también te gustó mucho, y digamos que te puso de muy buen ánimo y...

—Ah, sí, ya recuerdo —le interrumpo, no queriendo escuchar ahora mismo su versión de los recuerdos del pasado.

Mis emociones están disparadas, toda la hipnótica serenidad anterior parece haberse esfumado.

—Pues razón de más para beberlo ahora —digo mientras doy otro sorbo. Por lo menos no me lo he tragado de golpe. Oigo cómo suspira con exasperación.

—Al menos, toma algunos canapés para acompañar el champán, ¿no?

Debo admitir que un poco de comida no me vendría mal. A pesar de que mi mente es un torbellino y mis emociones están campando a sus anchas, estoy segura de que la parte racional de mi cerebro no me permitiría continuar bebiendo alcohol sin tener nada sólido en el estómago.

—Eso sería estupendo, gracias —respondo muy educada y formalmente. Casi puedo imaginarlo poniendo los ojos en blanco ante mi conducta.

—Abre la boca, por favor. —Está cerca de mí.

—Ponlo en mi mano si no te importa, gracias.

Es agradable reafirmarme.

—Alex, esto es ridículo. —Doy otro sorbo de champán desafiándolo. Tal vez estar ciega no signifique una absoluta dependencia. No puedo evitar que un atisbo de sonrisa asome a mi cara. Rápidamente me retira la copa de la mano.

Mi sonrisa se desvanece en el acto.

—Abre la boca y te devolveré la copa.

Estoy a punto de contestar cuando noto que algo pequeño y delicioso aterriza en mi lengua. Sorprendida y con la boca llena de comida cosquilleando mis papilas gustativas, decido cerrar la boca y paladearlo. Después de todo sería una pena desperdiciar tan tentadora comida. Otro bocado me llega poco después. Blinis: absolutamente deliciosos. Puedo notar el fuerte sabor de la trucha ahumada en contraste con la suave tortita de harina y sentir las huevas de salmón deslizarse por mi boca. El ligero matiz a hinojo me confirma que son iguales a los que probamos en Rusia muchos años atrás, ¡sorprendente! No obstante, me alegro de que estemos bebiendo champán en vez de vodka como hicimos entonces. Mi estómago agradece la ingestión de comida.

—¿Más? —le oigo preguntar. Asiento y me vuelvo hacia él, sin concederle la satisfacción de mis palabras. Algo caliente y suave me llega, en este caso con aroma a ajo y hierbas.

—Mmm. —Esta vez no puedo evitar soltar un gemido de delicioso placer—. Fantástico. ¿Vieira?

—Exactamente. —Me limpia la comisura de la boca con una servilleta de hilo—. ¿Otra?

—Sí, por favor —me escucho responder. Después de haberla tragado, me devuelve mi copa de Krug. Noto que está contento por que se me haya pasado la frustración gracias a la comida y el champán. Hay algo infalible en la buena comida y el vino que siempre consigue levantar el ánimo, me digo.

—¿Te importaría compartir tus pensamientos?

Finalmente llego a la conclusión de que mi enfado es resultado de la ansiedad por perder el control, especialmente estando, como estoy, tan acostumbrada a controlarlo todo. Dejo que la irritación me abandone porque no tiene sentido. Dado mi actual trance solo conseguiría hacer insoportables para los dos las próximas cuarenta y ocho horas, de modo que me ablando y comparto mis pensamientos con él. Aunque aún me siento al límite, con mi ceguera y la dependencia ante todo lo que me rodea, se hace más llevadero estar a buenas con Jeremy y permitir que la conversación fluya entre nosotros.

Después de algunos minutos de bromas, Jeremy se desliza contra mí.

—Entonces cuéntame, sinceramente, ¿cómo te sientes? ¿Te estás divirtiendo? —Me levanta lentamente del sofá poniéndome en pie.

—Eh, quiero que me aclares algo. ¿Tú puedes hacer tantas preguntas como quieras pero yo no puedo hacer ninguna?, ¿así es como funciona esto?

Acaricia mi cuello y la clavícula con sus labios, oh, tan lentamente..., su aliento es como una pluma contra mi piel.

—Sí, así es como funciona, al menos durante este fin de semana. Ya habrá tiempo de sobra para tus preguntas más tarde. Así que dime, ¿te excita esto? —inquiere, sus labios rozando la parte alta de mis senos, y advierto que empiezo a aturdirme cuando mi respiración se descontrola por enésima vez en esta noche. Sus caricias se extienden por el resto de mi cuerpo y noto cómo mi vulva palpita y se humedece en anticipación. No puedo contener un suspiro ahogado ante la sensación—. Oh, así que la respuesta es sí —susurra en mi oído mientras sus dientes mordisquean el lóbulo de mi oreja.

—Sí —respondo sin aliento—, me excita un poco. —No quiero que me prive de las palabras como ha hecho con mi vista. Sus besos me rozan y acarician provocativamente los labios.

—A mí también, y mucho —dice mientras baja mi mano para que note el bulto bajo la tela de sus pantalones. Debo recurrir a toda mi concentración para no ponerme de rodillas y devorarle allí mismo. El poder de su cruda sexualidad prácticamente me paraliza. Me pregunto si de verdad me conozco...

Justo en ese instante el teléfono suena sacándome de mi fantasía y devolviéndome a la realidad. Aún sigue sosteniendo mi mano, así que le sigo ciegamente mientras contesta, avanzando con pasos cuidadosos para no perder el equilibrio sobre mis tacones.

—Estupendo, muchas gracias. Estamos en camino. —Cuelga—. Alex, tienes cara de pánico, ¿qué sucede?

—Oh, nada, nada en absoluto, ¿por qué lo preguntas? —respondo nerviosa, retorciendo las manos. ¿Cómo es posible que incluso con un antifaz cubriendo mis ojos aún pueda seguir leyendo la expresión de mi rostro?

—Bien, ¿estás lista para acompañarme a cenar? —Al oír sus palabras, el pánico se filtra por mis huesos. No puede decirlo en serio, ¿verdad?

—No es posible que vayamos a salir a cenar, Jeremy... No puedo salir así. Por favor, por favor, dime que estás bromeando.

—Pues claro que vamos a salir. ¿Por qué iba a echar a perder tu exquisito aspecto y mantenerte confinada en una habitación de hotel? Eso sería absurdo.

Siento que me vuelve a faltar el aire. Mantén la calma, respira, me digo, pero a pesar de todo oigo cómo mis palabras brotan atropelladamente de mi garganta.

—¿Cuántas veces vas a hacer que me sienta abrumada esta noche, Jeremy? No puedo soportarlo, es demasiado. Cada vez que trato de concentrar mi mente en algo que me has pedido e intento dejarme llevar, ¡zas!, aparece otra cosa nueva y luego otra.

Trato de coger aire momentáneamente antes de continuar con mi verborrea.

—No sé lo que pienso o siento y, menos aún, lo que debería decirte. Esta situación es demasiado extraña para mí, irreal, surrealista.

Escucho mi voz hablar de forma errática, acelerada, y busco las palabras que describan la emoción que amenaza con sobrepasarme de lleno.

—No tengo filtros, Jeremy. Me los has quitado, o tal vez he permitido que te los llevaras. No lo sé. En cualquier caso, esto no puede ser bueno. Durante años me he preparado para ofrecer respuestas coherentes, meditadas, y ahora aquí estoy. No sé qué es lo que pienso o siento ni mucho menos lo que hago. ¿Por qué me estás haciendo pasar por esto?

Jeremy no responde, pero puedo percibir su cercanía y sé instintivamente que me está mirando fijamente. Me tomo un momento para recuperar el aliento y tratar de algún modo de recobrar la serenidad. Me siento como una niña perdida en el desierto, sin saber bien en quién confiar o a dónde dirigirse.

Pasa un brazo alrededor de mi espalda, mientras me sujeta por la muñeca y tira de mí hacia lo que supongo que será la puerta de la suite. Escucho cómo se abre.

—Oh, no, por favor, Jeremy, quedémonos aquí. Además, ¿qué hora es? ¿No es demasiado tarde para cenar? No tengo hambre, ya hemos tomado los canapés. En serio, sería un desperdicio...

Continúo hablando, mientras clavo mis tacones con fuerza en la moqueta y trato de inventar cualquier excusa a su implacable decisión.

—No podemos ser vistos en público, ¿no lo entiendes? —Elijo cautelosa las palabras mientras me arrastra cerca de la puerta—. ¿Cómo se te ocurre siquiera pensar en sacarme estando así? ¡Llevo los ojos tapados, por amor de Dios, y voy sin ropa interior!

Mis tacones ondean la bandera blanca cuando dejan de hacer fuerza contra el suelo y me catapulto en sus brazos, presumiblemente fuera de la suite. Intento recuperar el equilibrio lo mejor que puedo mientras me sostiene firmemente en sus brazos.

—Por cierto, ¿a dónde vamos? —pregunto, desesperada por recibir cualquier clase de respuesta verbal. Su silencio es exasperante. Súbitamente me empuja contra la pared, su cara pegada a la mía, su cuerpo presionando tentadoramente contra la seda de mi vestido.

—Sé que tienes muchas preguntas, Alexa, siempre las tienes. Pero como te he dicho antes, este fin de semana no trata sobre tus preguntas. He estado contando cuántas has formulado hasta ahora y te recomiendo firmemente que lo dejes o habrá consecuencias para cada una de ellas. ¡Ahora compórtate! —añade severo—. Voy a llevarte a cenar; estás preciosa y no tienes nada de lo que avergonzarte. Ah, y una cosa más... Como este fin de semana estamos jugando en mi tiempo, no quiero que vuelvas a preguntarme por la hora. ¿Me entiendes?

Está tan cerca que me siento mareada por sus preguntas y demandas. Me quedo enmudecida ante la aspereza de sus palabras mientras su excitante presencia y aroma invaden cada rincón de mi espacio.

—¿Me he expresado con suficiente claridad? —pregunta enfatizando cada palabra intencionadamente.

Desconcertada ante este repentino cambio de humor y el oscuro matiz de su voz, decido no arriesgarme a soltar un comentario displicente o frívolo en respuesta. Todo es demasiado extraño. Puedo palpar la tensión entre nosotros, de modo que hago lo que me pide y mantengo un silencio desafiante, creyendo que es la estrategia más segura, a pesar de que su erección continúa apretando con fuerza contra mi vientre. Me agarra por los hombros y me da la vuelta, empujándome deliberadamente contra la pared y propinando un azote tan enérgico sobre mi trasero que me deja con una punzante sensación que ni remotamente consigo identificar. Esto es lo último que me esperaba de él. Estoy horrorizada. ¡Acaba de zurrarme! ¡A mí, que estoy con los ojos tapados, en el pasillo del hotel! Me da la vuelta con la misma rapidez, y parece inspeccionar mi cara de sorpresa como resultado de su trabajo manual.

—Te he hecho una pregunta, Alexandra. ¿Ha quedado claro? —dice, con voz severa y metálica.

Apenas consigo balbucear un «Perfectamente», mientras siento cómo mi trasero sin ropa interior intenta calmar su ardor aplastándose contra la pared. Esto es algo nuevo; ha hecho muchas cosas conmigo a lo largo de los años, pero nunca nada como esto.

—Bien. Pues en marcha.

Me agarra por el codo y me conduce con firmeza a través del pasillo, mis tacones resonando contra el duro suelo para poder seguir su zancada. No estoy familiarizada con la sensación de ser azotada. No puedo recordar la última vez que me pegaron, ni siquiera durante mi infancia. Robert, desde luego, nunca ha hecho nada parecido. Siempre ha sido muy formal en el dormitorio: muy mecánico y en absoluto juguetón. En ese momento comprendo que Jeremy es lo opuesto a Robert: travieso, sorprendente, imprevisible... ¡Oh, cuánto he echado de menos esta imprevisibilidad en mi vida! Incluso ahora, humillada en el pasillo de un hotel y sintiéndome totalmente fuera de control, puedo notar la adrenalina corriendo por mis venas como no la había sentido en años. Estoy realmente viva.

Oigo el sonido de una campanilla, las puertas del ascensor se abren y me guía al interior. Respiro hondo, una silenciosa súplica en mi mente. Por favor, no dejes que nos encontremos con nadie que conozca. ¡Por favor, por favor, por favor! Las puertas se cierran y, casi de inmediato, siento las manos de Jeremy acariciando mis muslos, despertando la excitación de mi entrepierna, que se humedece aún más, y haciendo que se vuelva todavía más ansiosa, algo que comenzó en el mismo instante en que su mano golpeó mi trasero. Qué inesperada percepción... ¿Cómo puedo estar conmocionada y, al mismo tiempo, tan tremendamente excitada y ardiente? Jeremy conoce todos y cada uno de mis puntos sensibles, al igual que cualquier doctor conoce la anatomía humana, y no piensa perder una sola oportunidad de utilizar mi cuerpo como su radar personal, probando y prestando atención a las respuestas, para sacar el máximo partido de ellas.

Es una sensación muy extraña no ser capaz de anticipar la excitación; obviamente la estimulación visual juega un papel muy importante en ello. Pero más extraño aún es no poder predecir lo que va a venir después. Sentirse tan frustrada como para tener ganas de gritar, y de pronto, ¡zas!, un ligero y suave azote y tu cuerpo se pone en movimiento respaldando activamente el aguijonazo y la caricia, y suplicando para que se repita. ¿Cómo funcionará ese mecanismo? El problema es que no estoy segura de si mi cuerpo me está traicionando deliberadamente o si es que conoce a mi mente mucho mejor de lo que podía imaginar.

—Por favor, para, Jeremy. Ya es lo suficientemente duro centrarse en lo que está pasando, como para tener tus manos distrayéndome a cada oportunidad.

—La idea principal de este fin de semana es que no te centres en nada, Alex.

—Bueno, pues no es posible —replico exasperada.

Las puertas del ascensor se abren y salimos al tiempo que una ráfaga de aire me echa el cabello hacia atrás. Oigo que alguien saluda a Jeremy. Siento que la sangre asciende hasta mi rostro que, sin duda, debe de estar como la grana.

—Doctor J, qué alegría que haya podido unirse a nosotros esta noche, ha pasado demasiado tiempo.

Mis piernas flaquean bajo mi cuerpo mientras Jeremy me sostiene erguida.

—Encantado de verte de nuevo, Leo.

—Deje que le muestre su mesa.

Soy conducida hasta un sillón en el que Jeremy me deposita con cuidado. Rápidamente cruzo las piernas, dada mi falta de ropa interior, y maldigo a Jeremy para mis adentros por hacerme sentir más incómoda de lo que jamás he estado en toda mi vida.

¿Quién será el tal Leo y por qué el murmullo de voces a mi alrededor se oye tan apagado? Noto cómo mi frente se va llenando de pequeñas gotas de sudor, mientras mi ansiedad ante lo desconocido se acrecienta. Aun así, ¿por qué estoy tan al límite? Relájate, disfruta, me digo. Imposible, oigo la respuesta.

—¿Qué tomará el señor esta noche?

—Tomaremos dos martinis muy secos, mezclados pero sin agitar, con un toque de lima.

La respuesta de Jeremy me sorprende. Acaba de encargar mi martini ideal, a pesar de que no he probado ninguno desde hace diez años. Increíble.

Procuro mantenerme en calma al menos hasta descifrar el entorno y me felicito a mí misma por conservar unos pocos instantes de autocontrol. Noto que la alfombra es gruesa y lujosa y las voces se oyen distantes; una música indescriptible suena por la habitación. Entonces mi mente me recuerda que no estamos solos y siento que mi aprensión va cobrando cada vez más fuerza hasta que la voz de Jeremy interrumpe su predeterminado destino.

—He supuesto que te gustaría tomar un martini. Así es como siempre los tomabas en Europa.

—Un martini es el menor de mis problemas. —Intento que mi voz suene lo más calmada posible—. ¿Cómo me has traído aquí habiendo tanta gente alrededor? ¿Qué pasa si alguien nos reconoce? No puedo creer que me estés comprometiendo de esta forma. Nos estás haciendo correr a ambos un riesgo enorme, no solo personal sino profesional. ¿Cómo se te ocurre? Es totalmente inadmisible. —Mi tensión va en aumento como un tsunami precipitándose a través de mi torrente sanguíneo. El corazón me late a tal velocidad que apenas puedo controlarlo, ni siquiera el sudor consigue enfriar mi temperatura corporal con la debida eficacia. Ha ido demasiado lejos, esto no está bien. Retuerzo las manos, mis palmas resbalan de sudor sobre mi regazo. Respiro de forma entrecortada. No es difícil diagnosticar mi estado como la fase previa a un inminente ataque de ansiedad. Jeremy junta mis manos.

—Cálmate, todo va bien. Estás exagerando.

¿Exagerando? Mi voz interior no puede creerlo.

—¡Nada va bien! —exclamo, con un último resto de autocontrol.

Trato de dominarme lo mejor que puedo puesto que no tengo ni idea de quién está en la habitación, ni quién es esa gente. ¿Acaso importa? Sí, importa, maldita sea, respondo. Y no tengo ninguna duda de que Jeremy lo sabe; y cuenta con que estando en público trataré de controlar mis emociones.

—¿Cómo has podido ponerme en esta situación, Jeremy? ¿Cómo te atreves? ¿Quién es esta gente?

Me siento vulnerable, sola y completamente fuera de control. Mi cuerpo se estremece a medida que experimenta la explosiva mezcla de emociones que me asaltan. Esto no es tan sencillo como pensé que sería, me siento un poco decepcionada conmigo misma por no saber manejarlo de forma más profesional. Pero ¿qué hay de profesional en estar en una cena con un maldito antifaz puesto? Solo Dios sabe lo que estarán pensando al ver a una mujer con los ojos vendados discutiendo con uno de los más renombrados investigadores médicos del país e incluso del mundo entero. O puede que simplemente se trate del Viernes del Antifaz en el Hotel Intercontinental, ojalá sea así.

De pronto, siento que me invade un momento de absoluta lucidez y confianza. Me digo a mí misma que estoy al control. Aún tengo piernas para caminar, manos que pueden retirar el antifaz que me sofoca, que tal vez puedan devolverme la visión aunque sea de forma borrosa y tenue; una voz para decir: ¡no! La única cosa que nunca jamás he sido capaz de decir a Jeremy. Si la suerte está de mi lado, tal vez sea capaz de reclutar a algún espectador inocente para que me ayude a escapar de esta ultrajante situación. Mientras dejo que estos pensamientos tomen forma rápidamente en mi mente, me siento súbitamente con fuerza para actuar.

—No puedo hacer esto, Jeremy. Sé que confiabas en que pudiera, y lo he intentado, pero no puedo. Siento habértelo prometido, pero ha sido un estúpido error. La situación me está resultando imposible de manejar. —Al decir estas palabras, me levanto y alzo los brazos para quitarme el antifaz y liberarme de la vergüenza y el oprobio que me provoca. Justo cuando las yemas de mis dedos rozan la tela de seda, Jeremy se abalanza sobre mí haciendo que me vuelva a sentar de golpe. Me agarra de las manos y las sujeta con brusquedad por detrás de mi espalda. Con sus piernas ahora montadas a horcajadas sobre las mías, me quedo anclada al asiento, sin aliento ante lo repentino de su asalto. La tensión entre nosotros es sofocante. Mantiene bien prietas mis muñecas y se asegura de que, literalmente, no pueda moverme bajo el peso de su cuerpo.

—Tendrás que hacerlo, me lo prometiste, me diste tu consentimiento, pero ni siquiera te has dado la oportunidad de adaptarte. No necesitas manejar ni controlar nada. Ese es tu problema y hasta que no dejes de intentarlo te sentirás como hasta ahora. Deja que sea muy claro: recurriré a cualquier extremo para asegurarme de que mantienes tu promesa. Te deseo como estás ahora, Alex, y no dejaré que nada ni nadie se interponga en mi camino, incluidas tus inseguridades —declara en voz baja, exigente, implacable. Puedo sentir sus músculos rodeando mis piernas o, más exactamente, mis muslos; puedo sentir su excitación hinchándose contra mí. ¡Dios mío! ¡Y lo peor de todo es que ahora empiezo a notar la mía en respuesta! ¿Cómo consigue hacerme esto? Me desea, ¿cuánto tiempo hacía que no oía algo así? Desde siempre, al parecer. Y yo también le deseo, pero ¿de este modo? ¿Y qué pasa con mis inseguridades?

Enmudecida, me retuerzo inútilmente bajo su peso.

—Tendrás la oportunidad de quitarte el antifaz cuando hayamos pasado juntos cuarenta y ocho horas. No vas a tocarlo, ni vas a ir a ninguna parte. —La determinación irrevocable de su voz suena inflexible y, de algún modo, irresistiblemente pornográfica. Dios mío, ¿qué ha pasado con la fuerza que me invadió hace unos momentos? Sin ojos para ver, sin piernas para andar, sin manos que mover. Realmente me está despojando de cada resto de control y su respuesta física me dice claramente que le gusta. Y, aparentemente, a mí también.

—Bueno, desde luego estás utilizando todas las medidas para asegurarte de que no lo haga. —Constato para su alivio que apenas puedo moverme. Y mientras me pregunto por qué me siento secretamente ilusionada por que esté llegando a esos extremos, mi excitación parece dispararse con cada segundo.

—Confía en mí, Alex, la diversión aún no ha empezado y sé que te encantará si te das la oportunidad de abrazarla.

¿Acaso ahora es mi psicólogo? Decido que luchar es inútil, pues solo sirve para afirmar su resolución no solo figurativa sino también físicamente; me aprieta con más fuerza las muñecas y los muslos. La tormenta de ideas de mi mente se pone en marcha sopesando posibles opciones. Y como si percibiera mis pensamientos, se calma y dice:

—No trates de luchar conmigo, AB, perderías.

Cuando me dispongo a replicar, la boca de Jeremy se pega bruscamente contra la mía con su lengua forzando el paso a través de mis labios, probando mi lengua, invadiendo mi garganta, con rudeza y rapidez, mientras continúo atrapada bajo su cuerpo. Me cubre la cara, dejándome literalmente sin aliento. Su poder es una irresistible fuerza carnal que mi cuerpo no tiene prisa por rechazar.

—Eres mía durante el fin de semana. Deja de oponer resistencia, estás malgastando una preciosa energía que podrías utilizar en cosas más efectivas. —Su voz está cargada de sugerentes matices—. Dios, estás absolutamente irresistible. Es una pena que tengamos compañía o te juro que te tomaría aquí mismo, aprovechándome del libre acceso bajo el vestido.

Me deja derritiéndome debajo de él; el ardiente y palpitante latido de mi vientre recordándome que estoy sin aliento y lasciva.

—Tan hermosa, pero tan combativa que... —reflexiona y durante un largo instante sus palmas cubren mi barbilla y mis mejillas mientras continúa a horcajadas sobre mi cuerpo. Siento endurecerse su erección contra mi muslo. Entonces suelto un largo suspiro, esperando ansiosa su próximo movimiento—. No me has dejado elección. Leo, por favor, espósala.

—Por supuesto, señor, ahora mismo.

Jeremy tira de mis hombros hacia su cuerpo y desliza sus brazos por los míos hasta llegar a los codos, comprobando que no estén doblados y que continúan anclados detrás de mí. Leo, quienquiera que sea, me ciñe rápidamente alrededor de las muñecas algo con tacto parecido al de unas esposas acolchadas y las cierra en un tiempo récord.

Me quedo jadeando, sin habla, atada y ciega mientras Jeremy asegura el antifaz en su posición. ¿Qué demonios está pasando aquí? No se trata de una travesura estudiantil de la que podamos reírnos juntos. Jeremy ha dicho que llegará hasta cualquier extremo para hacer que esto suceda. ¿Por qué? Mi cerebro palpita desbocado al compás de mi corazón, tratando de descifrar lo que acaba de sucederme. Puedo sentir la intensa energía de la habitación como si estuviera bombeándose a través del aire. ¿Qué es lo que le lleva a ser tan dominante? ¿Qué es lo que me estoy perdiendo?

—Había olvidado lo cabezota que eres. Resulta realmente asombroso.

El viejo Jeremy ha vuelto, manteniendo una conversación normal conmigo. Increíble.

—Cabezota —chillo, la emoción aún arrollando mis músculos, mi voz—. Cómo puedes...

—Por favor, mantén la voz baja. No podré darte de comer con una mordaza en la boca —declara tranquilamente.

—No te atreverías...

Me interrumpe de golpe.

—He llegado hasta aquí, mi amor. Sabes que lo haría. Cuanto antes te rindas a mí, más libertad podrás experimentar —me susurra como si fuéramos conspiradores. ¿Qué ha querido decir con eso?

Me revuelvo en el asiento mientras trato de absorber la realidad de mis muñecas esposadas a mi espalda. Aunque ciertamente hemos compartido un pasado de exploración sexual, Jeremy nunca antes había llevado las cosas tan lejos. Nunca había existido esta urgencia, ese tono subyacente tan innegociable. Debo admitir que tal vez estoy total y absolutamente sobrepasada. Pero simplemente no entiendo a dónde va a parar esta situación y por qué...

Tan pronto me siento cerca de él, en todos los sentidos, como, al momento siguiente, estoy preguntándome si alguna vez he llegado a conocerle. Soy madre, por amor de Dios; ¿cómo demonios me he dejado arrastrar a esta situación? ¿Y qué pasa si realmente no puedo salir de ella ahora que estoy aquí? ¿Está bromeando, jugando? ¿Me está probando? ¿Empujándome hasta el límite? Si es así, está funcionando. Ha conseguido que me sienta aterrorizada, confusa, frustrada y jodidamente excitada, todo a la vez.

* * *

—Ahora, no desperdiciemos estos martinis.

Jeremy levanta mi barbilla y vierte con cuidado el frío líquido en mi boca. He decidido no hablarle; sinceramente no sé qué decir. Apenas puedo moverme. Me siento petrificada, temerosa de actuar contra sus deseos después de lo que acaba de suceder, cosa que sin duda pretendía, así que permanezco sentada en silencio, como un maniquí. Es como si cada célula de mi cuerpo estuviese electrificada, en alerta total, aguardando su próximo movimiento. Algo que resulta extrañamente vigorizante. Puedo sentir cómo su mirada intenta penetrar en mis pensamientos. Trato de acompasar mi respiración, mis emociones, mis pensamientos... Y fracaso. Un nuevo sorbo de sedoso líquido encuentra mi boca y se desliza por mi garganta. No le animo a que lo haga. Ni tampoco se lo impido. Estoy paralizada por una especie de temor a lo desconocido que no puedo definir; es excitante y tentador, a pesar de que me siento extremadamente vulnerable, y solo tengo a Jeremy para apoyarme. ¿Qué otra solución me queda sino aceptar momentáneamente esta extraña secuencia de acontecimientos sin protestar ni quejarme? Sin embargo, al aceptar mi destino también debo reconocer que nunca en toda mi vida me he sentido tan especial ni tan atendida por nadie.

Imagino que hemos debido de terminar nuestros martinis porque ha tirado de mí para levantarme. Me pasa un brazo alrededor de la cintura, deslizándolo entre mis brazos esposados. Nos marchamos sin decir palabra. De pronto, siento que mis pies dejan de tocar el suelo. Con sorprendente facilidad, Jeremy me levanta para subir unos pocos escalones. Que pueda alzar mi cuerpo sin esfuerzo me hace sentir muy pequeña, aún más frágil y dependiente. No tengo barreras físicas para oponerme a él y las emociones están siendo, una tras otra, sistemáticamente franqueadas. Nunca he dependido tan completamente de nadie. Por lo general soy autosuficiente, de modo que sus gestos de absoluta propiedad hacen que, literalmente, se me doblen las rodillas.

Oigo el crujido de una puerta al abrirse y siento que una ráfaga de aire fresco me rodea. Entonces me deposita directamente en una silla. Percibo el ruido de la ciudad más abajo, y un húmedo y cálido aire sobre mi piel. Supongo que la noche es tan hermosa como lo ha sido previamente el día. Es agradable estar fuera de la tensa energía de la otra habitación. Todo mi cuerpo se estremece aliviado ante este nuevo entorno y la sensación de amplitud que me rodea.

—¿Tienes frío? —Obviamente está observándome tan intensamente como suponía que haría. Casi sin darme cuenta, sacudo la cabeza, contestando a su pregunta. Me habría gustado ignorarla. Sigo sentada lo más inmóvil y tiesa posible, convencida de que intenta descifrar mi humor en cada reacción—. ¿Te gustaría escuchar un poco de música o prefieres quedarte en silencio?

Siempre tuvo un don para arrancar una respuesta más allá del sí o el no. Suspiro para mis adentros pero no le respondo. Este es su juego, sus reglas, así que imagino que él decidirá.

—Música entonces.

En cuanto deja de hablar, una suave y agradable melodía de jazz comienza a sonar. Me quedo atónita —la música suena en vivo—. Ladeo la cabeza en dirección al sonido. Es dulce y melódica, vagamente familiar, aunque en este momento no consigo ubicarla. Un ligero aroma inunda mi sentido olfativo y me detengo para considerar su identidad. Detecto el maravilloso olor del cilantro fresco, guindilla, una pizca de jengibre, tal vez aceite de sésamo. Me doy cuenta de que Jeremy me está permitiendo olfatear y absorber el olor de uno de mis platos tailandeses favoritos. Lo levanta con cuidado hasta mis labios, tentándome ligeramente. Le dejo que siga con sus estúpidos juegos.

—¡Dios, estás tan fabulosa ahí sentada, tan hermosa, tan vulnerable, tan testaruda! La noche es espectacular, déjame que te la describa. Una resplandeciente luna llena está surgiendo desde el este hacia un cielo limpio y sin nubes. Las luces de neón de la ciudad brillan por todas partes donde mires. Estamos en la azotea del hotel, y somos sus únicos ocupantes, así que no tienes que preocuparte por que alguien nos reconozca. La mesa ha sido dispuesta de forma sencilla pero sofisticada, como tú. He encargado tus platos favoritos, tu vino favorito, tu música favorita. Por fin podemos compartir estas cosas sin reparar en gastos. Alexa, llevo mucho tiempo esperando este momento contigo, pero todavía resulta más perfecto en la realidad. Te tengo toda para mí. Que estés ahí sentada, tan quieta, atada y ciega, siendo tan valiente, me está derritiendo el corazón. Me gustaría soltarte las muñecas, pero verte así sentada delante de mí me está excitando de tal forma que, egoístamente, no puedo evitar saborear un poco más el momento.

Sus palabras me dejan sin habla y mi cuerpo reacciona como si fuera una caricia. Escucho la música flotando alrededor de mis oídos.

—¿Me concedes este baile?

Debe de ser una pregunta retórica puesto que me ha puesto en pie. Libera mis muñecas de detrás de la espalda y las vuelve a colocar, ahora alrededor de su cuello. Parece como si estuviéramos bailando despreocupadamente. ¿Acaso piensa que voy a salir corriendo de una altísima azotea estando ciega? La idea atraviesa fugazmente mi mente... Mi cerebro por fin reconoce la melodía que ha estado sonando desde que llegamos. Sus caderas empiezan a moverse y trato de seguirle torpemente, no me queda más remedio. Me sostiene pegada a su cuerpo hasta que logramos una cierta sincronía. Entonces posa mi cabeza en su hombro y puedo sentir el suave tejido de su camisa y, por debajo de este, el calor de su pecho. Me siento intrigada por que haya elegido esta canción en concreto. Incapaz de resistir el ritmo de su cuerpo, inhalo. Exhalo. La sugestiva letra flota sobre la música que sabe que tanto me gusta.

El saxo, la guitarra, la batería y la percusión alejan la ansiedad que me había estado oprimiendo hasta ahora, y me dejo llevar sin esfuerzo en sus brazos mientras me conduce decidido por la pista de baile. Jeremy disuelve cuidadosa y hábilmente mi tensión hasta que, literalmente, estoy derritiéndome en sus brazos. Su roce es exquisito, ni excesivo, ni escaso. La química sexual que se desprende de nuestros cuerpos es, una vez más, imposible de ignorar.

Bailamos, comemos, bebemos, hablamos, nos besamos, nos reímos.

Estoy ciega pero he dejado de estar atada.

Me permito arrinconar cualquier miedo que experimentara anteriormente en un rincón distante y recóndito de mi mente. Tal vez esta noche signifique tanto para él como para mí, tal vez trate de nosotros dos, no lo sé. Siento que por fin la balanza se inclina a mi favor y me atrevo a confesar que estoy aquí más por propia voluntad que por la fuerza. Tras darme a probar el postre, una extravagancia de sabores de suave y sedoso chocolate, con un leve toque de algo —tal vez naranja u otro cítrico— en crujiente masa de mantequilla, acompañado por un vino dulzón que me deja la lengua espesa, tengo la sensación de estar flotando en el aire.

—Alex, ¿podrías cantar para mí mientras aún tenemos la banda para nosotros?

Sonrío ante su petición.

—Hace años que no canto nada.

—Por favor, solo estamos nosotros. Cualquier canción que elijas. He hecho traer una guitarra para ti.

A Jeremy le encantaba escucharnos a mi amiga Amy y a mí tocar juntas las tardes lluviosas de domingo. Al principio me daba mucha vergüenza, pero terminamos por acostumbrarnos a su presencia en esas ocasiones. A pesar de la gran cantidad de alcohol que he consumido desde mi llegada, resulta sorprendente que solo esté un poco achispada, pero en absoluto ebria. Tal vez hayan transcurrido más horas de las que he sido consciente o puede que la intensa emoción y nerviosa energía que recorre mi cuerpo haya quemado todo el alcohol. La idea de hacer algo que no he hecho en años me parece, súbitamente, de lo más atractiva.

—¿Por qué no? Pero solo una canción.

Parece sorprendido y excitado por que haya accedido tan rápidamente. Quiero mantener su humor tal y como está antes que volver al anterior antagonismo. Pienso en la letra de las canciones que acabamos de bailar y me pregunto en qué consiste realmente nuestra relación, ¿qué significa para él? Me viene a la memoria una canción que solíamos cantar y que a él le gustaba acompañar con una improvisada percusión con tapas de cacerolas. Trata de unos íntimos amigos y siempre fue muy especial para nosotros. Jeremy me acerca la guitarra y le pido que me lleve con la banda.

—Te esperaré en la mesa. ¡Diviértete! —Me alienta y me besa en la mejilla. Me lleva un buen rato hacerme con la guitarra y encontrar la afinación correcta. Las yemas de mis dedos se han ablandado después de tantos años sin tocar; puedo sentir la dura aspereza de las cuerdas contra ellas mientras me acostumbro a la sensación y deslizo mi mano por el mástil de la guitarra. Dado que no puedo ver, tengo que confiar en el tacto, pero gracias a Dios conozco la letra y los acordes de memoria. Comienzo...

Una lágrima resbala por mi ojo izquierdo cuando acabo la canción y recibo el sonoro aplauso de la banda. Es una sensación increíble volver a cantar, a tocar y hacer algo que había creído olvidado. ¡Me encanta! Me siento eufórica. Doy gracias a ciegas a la banda por la oportunidad, mientras me ayudan a dejar la guitarra. No puedo evitar pensar que nunca me habría atrevido a hacerlo de haber podido ver... Cuando me levanto, Jeremy llega precipitadamente para darme un afectuoso abrazo.

—Ha sido fantástico. ¡Eres increíble! —Hace una pausa—. ¿Es emoción lo que detecto en tus mejillas, doctora Blake?

—Creo que he vuelto a encontrar mi voz. —Me pregunto por qué habré utilizado esas palabras.

Nuevas lágrimas de emoción se abren paso desde mi ojo a mi mejilla. No puedo entender por qué me siento así, pero de alguna forma cantar y tocar ha debido de activar algún resorte en mí, uno que ha estado inaccesible durante muchos años. Recuerdo haber leído en alguna parte que era importante comprender de dónde venían tus lágrimas, pues tienen una conexión directa con tu corazón.

¿Qué me está haciendo? Otra nueva capa levantada.

Jeremy inclina sus labios sobre los míos y, antes de que pueda decir nada, me besa tan exquisita y delicadamente que el efecto resulta celestial, la sensación y su recuerdo grabados para siempre en mi psique.

* * *

Nuestra velada en la azotea llega a su fin cuando escucho a los componentes de la banda recoger sus instrumentos y despedirse. Me siento como si hubiera estado subida en una montaña rusa desde el momento en que llegué al vestíbulo del hotel. Nunca había experimentado semejante cúmulo de emociones tan intensas en tan corto espacio de tiempo. Me sumerjo en la cálida sensación que me provoca la suave brisa, y me relajo en los brazos de Jeremy. Para ser sincera, estoy agotada de luchar contra él y, a la vez, entusiasmada por estar tan cerca de él. Quizá debería dejarme llevar, como me pide. ¿Qué sería lo peor que podría pasar? Nunca ha puesto nuestra reputación profesional en juego, significa demasiado para él. Y, por otro lado, quiero estar con Jeremy. Madre, mujer, esposa, académica, todas esas partes de mí quieren estar con Jeremy, siempre lo han querido —si debo ser totalmente franca conmigo misma—, y sin duda mi cuerpo no necesita ningún tipo de justificación. Deseo desesperadamente prolongar la perfección de este momento que estamos compartiendo.

Me siento mucho más calmada. La atmósfera con la música, la canción, el baile, la cena, los besos y puede que incluso la oscuridad —aunque nunca me atreveré a admitirlo— es totalmente embriagadora, como si flotara en el aire. Una cálida y luminosa energía interior me inunda, un destello de mi esencia que no creo haber experimentado nunca y que me resulta bastante antinatural, aunque acojo encantada su presencia.

—¿En qué estás pensando ahora? —pregunta Jeremy mientras juega con mis manos y posa ligeramente su pulgar en mi labio inferior. Intuyo que está de un humor juguetón.

Le contesto directamente.

—Estoy pensando que te deseo, ahora mismo.

—¿En serio? —Se ríe—. ¿Y acaso crees que puedes tenerme?

—Mmm, sí, creo que sí, ahora que he recuperado mis manos.

Encuentro su cinturón y lo desabrocho; bajo rápidamente la cremallera y deslizo los pantalones por sus firmes y redondas nalgas.

—¿Necesitas alguna ayuda?

—Tal vez no pueda ver, Jeremy, pero sé lo que estoy buscando.

Siento su sonrisa cuando toco la considerable protuberancia que se yergue bajo sus calzoncillos. Juego un poco antes de retirar el obstáculo que la aprisiona. Mis palmas acarician anhelantes la carne de su pene, mis dedos arden, ansiosos por masajear sus testículos. Él suelta un gemido cuando lo toco.

—Después de todos estos años, ¿aún te gusta de esta forma? —pregunto.

—Algunas cosas nunca cambian.

Me pongo de rodillas, y continúo acariciando sus testículos mientras afirmo mi mano sobre la base de su pene y con suavidad empiezo a pasar mi lengua a un lado y a otro de la punta, provocando una marea de fluidos salados que asoma por el borde. Entonces me detengo. Hasta ese momento sus manos han estado acariciando mi pelo; ahora me sujeta firmemente la cabeza: ¿para equilibrarse? ¿Por necesidad? Me estabilizo con mis palmas agarrando su terso y musculoso trasero y continúo pellizcando, adentrándome cada vez más profundamente con mi boca, caricia a caricia. Mi lengua pierde su concentración, hambrienta por poseerlo. Mi boca lo rodea por completo y cuando su punta toca el fondo de mi garganta lo recibo calurosamente. Su suave y erecto miembro colma mi boca a medida que la hundo cada vez más profundamente.

Me encanta hacerle esto y no puedo negar la ardiente chispa que consigue encender entre mis muslos mientras continúo chupando, ahora de forma más prolongada, profunda y fuerte. Jeremy gime sonoramente y sé que está cerca, casi a punto. Me retiro un poco, jugando, gozando de su manifiesta necesidad de mí, antes de introducir su pene hasta el fondo de la garganta y apretar mis labios alrededor de su base. Lo siento palpitar hasta que prácticamente estalla en mi boca. En el último segundo, me aparto, sin dejar de agarrar sus testículos. Se convulsiona al llegar al clímax, el líquido aterrizando en alguna parte de mi hombro. Permanezco arrodillada hasta que se recupera y vuelve a la realidad. Beso suavemente la punta antes de levantarme, lamiendo los restos. Su respiración es pesada y entrecortada.

—¿Por qué siempre te apartas en el último minuto? Me gustaría que te lo tragaras.

—Ya sabes que no me gusta.

—¿Lo has intentado alguna vez?

—No exactamente, y no tengo intención de hacerlo.

—Así que no soy yo.

—No, no eres solo tú, Jeremy. Sencillamente no es algo que haga.

—Pero resulta tan increíble cuando haces todo lo demás... Sería una maravilla si te lo tragaras. —Ah, aquí hay una oportunidad; me pregunto si está dispuesto a negociar.

—¿Me devolverás la visión si me lo trago? —bromeo.

—Ah, por tentador que pueda ser..., bueno, digamos que me gustas ciega.

—En fin, veo que hemos llegado a un impasse —concluyo.

Me besa en la boca larga y profundamente mientras sus manos se deslizan bajo mi vestido, encontrando y acariciando mis labios inferiores. Sus dedos comienzan a explorar, a probar. Suelto un suspiro, asegurándome de que mis manos rodean su cuello y tratando de resistirme a la tentación de unirme a él.

Sus dedos continúan obrando su magia y mis piernas se aflojan perdiendo la estabilidad sobre el suelo de la azotea.

—Algún día me tomarás total y absolutamente de esa forma —declara con seguridad.

—Eso habrá que verlo —replico mientras gimo e intento mantenerme de pie.

—Desde luego que lo veremos. —Se ríe retirando los dedos de su misión y, una vez más, me coge en brazos y me lleva de vuelta a la habitación.

Casi sin que me dé cuenta me quita el vestido. Sus dedos retoman su conquista con mayor intensidad que cuando estábamos en la azotea. La habilidad y precisión de Jeremy es aún más certera de lo que recordaba. Cada gramo de concentración abandona mi mente y mis gemidos resuenan en el silencio del dormitorio. Agotada mentalmente de tanto intentar comprender la realidad de lo ocurrido durante las últimas horas, mi cuerpo abraza avaricioso la experiencia física que se le ofrece. Finalmente, me quedo dormida, cálidamente acurrucada entre los brazos de Jeremy. Y caigo en un sueño profundo, sereno y extrañamente gratificante.

* * *

De pronto una extraña sensación asalta mis pies. Trato de apartarla, de expulsarla, pero es como una comezón de la que no puedo desembarazarme. ¿Qué será? ¿Alguien? ¿Algo? Me doy la vuelta tratando de ignorar lo que quiera que sea, pero el persistente cosquilleo de mis pies continúa implacable.

Maldita sea, aún sigue ahí... ¿Será un dedo?

No, demasiado duro.

¿Un cepillo? No.

¿Una pluma quizá? Posiblemente.

Los absurdos pensamientos me sacan de mi sopor. Aún es de noche, de modo que no hace falta despertarse. Doy una patada para espantarlo. ¡Ah, funciona! Vuelvo a sumirme en la gloriosa suavidad de la cama, las sábanas frescas y la almohada de plumas. Nada que ver con las de mi casa. La idea me hace plantearme dónde estoy. No, me digo, cuando unos extraños recuerdos afloran a mi mente. Debe de haber sido un sueño realmente extraño... Extiendo la mano, no sabiendo si descubriré una presencia a mi lado, en la cama. Nada. Nadie. Desconozco cuánto tiempo llevo durmiendo cuando, de pronto, caigo en la cuenta de dónde estoy y con quién.

La realidad me golpea bruscamente. Trato de abrir los ojos, olvidando momentáneamente mi actual situación, y titubeo antes de tocar el antifaz, el recuerdo de cuando hice lo mismo la noche pasada y las repercusiones que siguieron me impiden intentarlo. No se trataba de un sueño y por lo que puedo apreciar, al menos para mí, el mundo seguirá estando oscuro tanto de noche como de día.

El persistente picor de mis pies regresa, abriéndose paso hasta mis tobillos a lo largo de la pierna y subiendo en dirección a la rodilla. Una zona muy sensible para mí, que nunca he podido soportar las cosquillas en las corvas. Me incorporo, con los sentidos en alerta.

—Hola de nuevo. —Es la voz de Jeremy. Definitivamente no es un sueño.

Me río nerviosa.

—Hola. ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

—¡Acabas de despertar y ya estás haciendo preguntas! Pórtate como una buena chica, Alex. Sin preguntas. Por favor, échate y quédate quieta.

Obedezco. No quiero discutir. Siento cómo aparta la sábana de la cama, mientras permanezco tumbada, expuesta, desnuda. Las plumas continúan su travesía, haciendo que me retuerza cuando prosiguen su paseo por encima de mi ombligo hasta mis pezones. No necesito verlos para saber cómo responden instantáneamente al cosquilleo.

—Mi cuerpo me traiciona tan fácilmente... —susurro casi para mí misma.

—Siempre ha sido así; ¿cuándo empezarás a escucharlo?

Me quedo pensativa.

—Por favor, levanta los brazos sobre tu cabeza y déjalos ahí.

Hago como me pide, sus instrucciones directas resultan por alguna razón más fáciles de seguir, mientras mi mente divaga por otros derroteros. Las plumas rozan mis brazos, mi rostro, mi cuello. Estar cegada, desnuda, con las plumas acariciándome el cuerpo suave y minuciosamente, sin poder anticipar dónde van a aterrizar, no se parece a nada que haya experimentado con anterioridad. Su ligereza recuerda a una bandada de mariposas aleteando en una suave brisa, apenas rozando mi piel. La agradable sensación que proporciona su contacto desata escalofríos en mi cuerpo y me pone la piel de gallina.

—Por favor, separa las piernas —ordena educadamente Jeremy. No sé si se debe a los muchos años que he mantenido una conducta sexual defensiva o protectora, pero el caso es que en cuanto escucho esas palabras, mis piernas inmediatamente se cierran y bajo las manos para cubrirme el pubis—. Interesante... —murmura Jeremy. Las plumas suspenden su cruzada y no me dice nada más. Puedo sentir cómo aguarda mi próxima reacción. Mis brazos regresan lentamente a su posición original sobre la cabeza.

El silencio continúa. Mi vulva palpita con tanta expectación que me da miedo separar las piernas y que su latido sea tan evidente para él como yo lo siento. Como si no fuera así, me reprimo a mí misma.

—Te lo pediré solo una vez: por favor, abre las piernas.

Suspiro, avergonzada pero enormemente excitada. Lentamente separo los muslos.

—Más, por favor. —Su voz es inflexible. Dios, por qué siempre tiene que hacérmelo todo más difícil. Doblo las rodillas mientras me abro aún más para él, las punzadas dentro de mí incrementándose en anticipación. Trato de permanecer quieta cuando el cosquilleo comienza de nuevo, pero es inútil. Empiezo a moverme y retorcerme, intentando predecir cuál será la siguiente parte de mi cuerpo que rozará. Una tarea imposible, aunque consigo mantener mi posición lo mejor que puedo. El cosquilleo es insistente, guasón y a la vez muy leve, casi una caricia, aunque no del todo. Mi cuerpo ansía más, ansía el contacto de Jeremy. En todo este tiempo su piel nunca ha tocado mi cuerpo, ni una sola vez. Literalmente lo ansío. Jadeo con la respiración entrecortada. ¿Cuánto tiempo más podré continuar con esto? Ya no puedo soportarlo. Necesito más presión, más algo, cualquier cosa. No puede evitar bajar mis manos a mis senos cuando mi espalda se arquea por la persistente sensación. Estoy hambrienta por tenerlo dentro de mí, desesperada por su contacto físico. Su paciencia está más allá de lo que mi cuerpo puede soportar y lo sabe. Siempre le gustó poner a prueba mis límites, empujando mis barreras más allá de lo que nunca creí posible.

—Jeremy. —Pronuncio su nombre mientras tiendo mis brazos en su busca.

—Paciencia, cariño, paciencia. Hasta que permanezcas totalmente inmóvil y hagas exactamente lo que te pido, esto seguirá y no podrás liberarte. Cuanto más disciplinada seas, mayor será la recompensa.

—Oh, Dios —gimo, sabiendo demasiado bien que lo dice totalmente en serio. Su habilidad para pellizcarme, hacerme cosquillas y atormentar cada centímetro de mi cuerpo ha sido ensayada y probada en demasiadas ocasiones a lo largo de nuestra historia. Suspiro totalmente frustrada. Estoy demasiado excitada para decir no y sabe demasiado bien que solo ansío liberarme. Reúno todo mi zen interior para permanecer inmóvil, en la posición que él desea, y me someto al implacable tormento sin mayor protesta ni queja. Trato de contar hacia atrás desde cien y pierdo la cuenta al llegar rápidamente a ochenta y nueve, incapaz de concentrar mi mente.

Me estremezco.

Se para.

Me quedo quieta.

Empieza otra vez su asedio, casi marcial, con la pluma. Desesperada por recibir sus caricias, trato de mantener la posición para él.

Es implacable, disciplinado y paciente.

Yo no.

Cuando estoy saturada de frustración y deseo, su cuerpo se abalanza rápidamente sobre mí, hundiendo su palpitante miembro en mi vagina tan profundamente que no puedo contener el grito que escapa de mis pulmones. Mis piernas están totalmente abiertas cuando penetra en lo más hondo, sin apenas gastar fuerza mientras sujeta mis brazos por encima de mi cabeza. Embiste una y otra vez, duro y veloz, exactamente lo que necesito. Mi espalda se arquea ante su fuerza y echo la cabeza hacia atrás. Siento que sin ese horrible dolor sería incapaz de respirar. Mi lubricada vagina absorbe hambrienta sus acometidas mientras él estalla dentro de mí.

Al parecer su paciencia ha llegado ya al límite. ¡Gracias a Dios!

Se desploma sobre mí, su peso aplastándome contra el colchón. Nos quedamos mudos, ambos jadeando para tratar de absorber más oxígeno. El hormigueo en la parte inferior de mi cuerpo regresa, fuertemente arraigado a la base de mi vientre. Una sensación que empezó a partir de la escena del baño y que no tengo ninguna duda de que permanecerá durante algún tiempo. Él se acurruca contra mi cuello.

—Ha sido increíble. Nunca me había despertado así en mi vida.

—Lo mismo digo —asiente, besando y casi mordisqueando mi cuello.

—Por favor, no me hagas esperar tanto la próxima vez. Me he sentido al borde del abismo.

Continúa devorando ansiosamente mi cuello con los labios y la lengua antes de contestar directamente.

—Ciertamente no tengo la intención de prometerte nada de eso, cariño.

Suelto un leve gemido.

—Debes de estar hambrienta. ¡Venga, a comer!

Puedo afirmar con total sinceridad que mi cuerpo nunca se ha sentido así de vivo. No recuerdo estar tan excitada sexualmente desde que tenía veinte años, pero esto es mucho más intenso de lo que sentí entonces. Cómo es posible que esa llama dentro de nosotros aún siga viva, es algo que no entiendo. Mis labios superiores quieren sonreír, mientras los inferiores parecen ronronear de ansiedad y anticipación. Puedo notar la tensión sexual latiendo por mis venas, en mi sangre. Es una sensación de lo más extraña, saciada y, sin embargo, hambrienta de más. ¿Qué me está pasando? ¿Será la falta del estímulo visual lo que me está permitiendo tener muchas más sensaciones de lo normal, o es producto de la montaña rusa emocional que Jeremy ha ido construyendo minuciosamente desde mi llegada? Es como si estuviera despertando anhelos sexuales que hubieran estado latentes dentro de mí durante años, esperando a ser encendidos. Solo puedo concluir que debe de ser la combinación de todo ello, ya que ahora mismo mi habilidad para analizar las cosas en profundidad parece estar, sin ninguna duda, difunta. No puedo evitar rumiar para mis adentros sobre la ironía que supone que todos mis intentos por conectar con mi mente analítica con fines investigadores estén siendo invariablemente aniquilados por una oleada tras otra de sensaciones desatadas por Jeremy.

Llama al servicio de habitaciones y pide todo cuanto se le ocurre del menú. Charlamos, reímos, nos acariciamos, y apenas si extraño tener los ojos tapados. Su voz es tan tranquilizadora y familiar que hace que me sienta muy cómoda. Cuando finalmente la comida llega, nos lanzamos a por ella. Estoy hambrienta.

—¿Aún tienes hambre? —me pregunta mientras pone otra fresa en mi boca.

—Sinceramente nunca me cansaría de ellas, son adictivas. No sé qué tienen las fresas frescas y los hoteles de cinco estrellas que parece como si estuvieran hechos los unos para las otras intencionadamente, de un modo perfecto...

—Bueno, ya solo queda una. Toma, aquí tienes. —La coloca en mi boca y súbitamente la retira—. Pensándolo bien, tú ya has tenido tu cupo. Esta me la voy a quedar para mí.

Me desata el albornoz y siento que la fresa me recorre los pezones, paseando por encima de mi ombligo antes de tocar mi abertura. Siento la jugosa fruta provocando mi vulva.

—Creo que esta última quiere jugar al escondite.

Suelto un gemido cuando su lengua comienza la busca.