–Es excitante, ¿no crees? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una oportunidad como esta de estar juntos, jugar, explorar y hablar hasta el amanecer? Será muy divertido. Lo tengo todo planeado.
La energía que desprende sentado a mi lado en el sofá es casi contagiosa y, sin embargo, trato de mantener una actitud indiferente con él.
—No estoy segura de si eso me hace sentir mejor o peor. —Aunque hago el comentario con ligereza, hay una gran verdad tras mis palabras.
Se da cuenta de que mis dedos han vuelto a temblar y de que la copa oscila precariamente en mi mano. Me la quita, supuestamente como medida de precaución.
—Créeme, Alex, todo irá bien. Entiendo que esta es una gran decisión para ti, pero sabes que nunca haría nada que pudiera perjudicarte y que, en el fondo, ambos esperábamos que esto sucediera desde hace años. Simplemente no habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. Aferrémonos al momento en el que estamos ahora, como diría Eckhart Tolle.[1] —Hace una pausa mientras su sonrisa le obliga a abrir un poco los labios—. Por cierto, muchas gracias por los libros, hay mucha verdad en ellos.
Pongo los ojos en blanco como muestra de incredulidad, pero no puedo evitar que una sonrisa curve las comisuras de mi boca.
Unos años atrás le regalé por Navidad los libros El poder del ahora y Una nueva tierra, ambos de Eckhart Tolle. Recuerdo haber hablado con él por teléfono, alabando exageradamente los libros y sus mensajes para transformar la vida. Supongo que me está bien empleado; tal vez sea el karma que vuelve directamente a por mí, desafiándome. Y aquí estoy, gracias a Jeremy, viviendo total y absolutamente el «ahora» durante las próximas cuarenta y ocho horas.
—Está bien. Tú ganas —concedo—. Tomemos otra copa para que pueda digerir más fácilmente mi decisión.
—Tus deseos son órdenes.
—Hmm, no estoy muy segura de eso —digo, aceptando que vuelva a rellenar mi copa. Definitivamente el champán está bajando por mi garganta con demasiada rapidez.
—Ven; deja que te enseñe el resto del ático para que te sientas más cómoda.
Acepto su mano tendida que me levanta del sofá.
El ático es realmente impresionante. Parece como si hubiera sido remodelado recientemente en una especie de vibrante estilo retro de los ochenta, nada que ver con mi gusto, aunque ciertamente funciona bien en este ambiente. La suite principal, decorada en un estilo ultramoderno, es toda una obra maestra en sí misma. La cama, de tamaño gigante, está revestida de acero, con un cabecero increíblemente masculino, si bien sus intrincados detalles dan la sensación de un delicado tejido femenino, casi como un grueso encaje metálico. No estoy segura de si me siento aliviada o decepcionada al descubrir la existencia de un segundo dormitorio de parecida decoración. Pero ya me preocuparé por eso más tarde. Todo el conjunto parece tener una superficie mayor que la de una casa de tipo medio. Después del recorrido, nos relajamos volviendo a nuestras bromas de costumbre sobre los viejos tiempos y compartimos unas cuantas risas. Este era el encuentro que había soñado tener, de modo que finalmente mi mente se libera de las preocupaciones derivadas de mi decisión de quedarme.
Jeremy me habla de su investigación y del trabajo que ha estado haciendo con algunos foros responsables de movimientos globales e innovadores, algo que realmente parece inspirarle. Me cuenta que ha tenido la oportunidad de conocer a gente maravillosa aunque los hay que solo persiguen la gloria, la fama o el dinero y algunas veces las tres cosas. Se le ve un tanto consternado al admitir ese hecho.
—Pero es la vida que he elegido y no dejaré que nada se interponga en el camino de lo que estoy intentando conseguir. Es demasiado importante. —La determinación de su voz resulta casi aterradora. Presiento que hay algo más detrás, pero la tensión de su rostro me previene de seguir indagando y rápidamente deriva la conversación hacia mí.
Me pregunta sobre mi trabajo y mis estudios y parece especialmente interesado en el tema de las conferencias que estoy dando. Trato de no aburrirle con los detalles, pero se le ve genuinamente fascinado por el hecho de que nuestras percepciones estén directamente influenciadas por cada uno de nuestros sentidos. Quiere analizar con más profundidad el impacto de los sentidos visual, auditivo, olfativo, cenestésico y del gusto sobre nuestras percepciones y experiencias. Aporta diversas teorías médicas a nuestra discusión, lo cual valoro enormemente. Había olvidado lo buen conversador que puede ser, cómo hace que la gente se sienta cómoda, alentándola a abrirse y a no sentirse en ningún momento inferior, a pesar de que sus conocimientos son amplísimos. Es la clase de discusión que solo puedes mantener con determinadas personas en la vida, aquellos que te conocen lo suficiente como para cuestionarte y desafiarte y que tienen la madurez intelectual y emocional para ser verdaderamente auténticos.
Con un oyente tan activo como Jeremy, sumado a mi pasión por la materia en cuestión, nuestro diálogo se prolonga durante un buen rato. Imagino que he superado con creces mi cuota de hablar de mí misma, así que hago una pausa para darle la oportunidad de cambiar de tema. Entonces vuelvo a advertir ese brillo travieso en sus ojos y los labios tratando de ocultar una sonrisa.
—¿Qué pasa? Lo siento, creo que llevo demasiado tiempo hablando. Tendrías que haberme parado.
—En absoluto, ya sabes que me encanta verte así. Oírte hablar de forma tan apasionada sobre tu trabajo es fantástico. No todo el mundo lo vive de esa forma, de modo que cuando sucede es algo especial. —Me muestra una gran sonrisa—. Aunque debo confesarte algo que todavía no te he dicho.
—Oh, ¿de qué se trata?
—Hoy he estado allí.
—¿Dónde? —pregunto, sin terminar de entender.
—En tu conferencia, esta tarde.
Le miro boquiabierta con los ojos como platos.
—¿Has estado allí, en mi conferencia? —Me quedo completamente estupefacta.
—Sí, sí y sí. Sé que debería habértelo contado antes, pero quería verte en tu mundo. —Se vuelve lentamente hacia mí—. Has estado fabulosa, Alexandra, realmente conseguiste atrapar a la audiencia, estimulando un debate inteligente. Tanto los estudiantes como los profesores parecían estar hechizados contigo y con tu trabajo. Lo mismo que yo. —Su voz destila erotismo.
Esta vez me he quedado realmente enmudecida. El gran Jeremy Quinn siguiendo mi conferencia. ¡Increíble! Tomo inconscientemente mi copa y doy un trago terminándome el resto del champán. Jeremy inclina su copa hacia mí, haciendo un silencioso brindis, y me imita. Súbitamente siento de lleno el efecto del champán en mi cabeza, lo que resulta bastante agradable, y acto seguido su efecto en mi vejiga, lo que ya no lo es tanto. Me disculpo y me dirijo al cuarto de baño. Una vez que he conseguido desahogarme con cierta urgencia, observo que el baño es más grande que el dormitorio de mi casa, con baldosas de mármol gris, blanco y azul formando un atractivo diseño. Está surtido con todos los lujos que cabe esperar de una suite en el ático de un hotel de cinco estrellas: pequeños botes de crema corporal, champú, suavizante, gel de ducha, así como jabón, juego de peine y cepillo y gorro de baño, todo presentado en pequeñas cajas color pastel que tienen un aspecto tan fabuloso que casi da pena abrirlas. Mientras contemplo añorante la reluciente bañera con forma oval, escucho a Jeremy llamar a la puerta sugiriendo que va a preparar un baño para mí.
—¿Acaso también te has vuelto adivino en tu tiempo libre? ¿Hay algo más que debiera saber?
Se ríe.
—Sé que has tenido un día muy largo y, si no recuerdo mal, uno de tus pasatiempos favoritos era darte un buen baño. Además tengo gran interés en hacer que te sientas lo más relajada posible, así que estaré encantado de preparar uno para ti. Igual que en los viejos tiempos. —Es curioso que sus palabras suenen tan familiares dado el mucho tiempo transcurrido desde la última vez que eso pasó.
—Suena delicioso. ¿Estás seguro? Puedo hacerlo yo misma encantada.
—Alex, te lo suplico, hazme el favor y déjate llevar por la corriente este fin de semana.
Entra en el cuarto de baño.
—No quiero ninguna resistencia. Pretendo aprovechar al máximo cada hora que pase contigo. Ahora, será un placer prepararte un baño, así que ¿por qué no vas a sacar tus cosas de la maleta y te pones cómoda?
Una vez más, le miro completamente atónita. ¿Estaré soñando? ¿Está sucediendo realmente todo esto? Salgo del baño y me dirijo hacia un armario excepcionalmente grande donde ha dejado mi maleta de ruedas. Oigo su voz por encima del agua que cae mientras me tomo un momento para absorber la elegante opulencia de la suite principal.
—Por favor, deshaz tus maletas. Necesito saber que no vas a salir huyendo de mí este fin de semana.
Mientras hago exactamente como me ha pedido, me pregunto si siempre ha sido tan autoritario. Supongo que sí. Aunque no de una manera negativa, solo de un modo que hace que te sientas incómoda si le desobedeces. Con sorprendente sumisión, coloco mi ropa, los zapatos y la bolsa de aseo, y dejo las carpetas de trabajo en mi maletín.
Estoy a punto de salir de la habitación cuando advierto el teléfono sobre la mesilla de noche. Aprovecho el ruido del grifo abierto para abalanzarme sobre el teléfono y descolgar el auricular. No estaría mal dejar un rápido mensaje a Robert y a los niños, en el caso de que no estén totalmente fuera de cobertura.
Una voz femenina me contesta.
—Buenas noches, doctor Quinn. ¿En qué puedo ayudarle?
—¡Oh! —exclamo al teléfono, sorprendida por la voz al otro lado de la línea.
No me esperaba una telefonista y obviamente no soy el doctor Quinn. En ese preciso instante Jeremy aparece detrás de mí, rodea mi cintura con su brazo y me quita el auricular de la mano.
—Siento molestarla, señorita, pero no necesitamos ningún servicio por el momento y, por favor, no pase ninguna llamada desde la suite del ático salvo que yo se lo pida personalmente.
Escucho cómo la mujer contesta:
—Sí, por supuesto, doctor Quinn. Que pase una buena noche.
—Gracias. Eso pretendo. —Y cuelga el teléfono suavemente.
Me siento como un niño travieso que ha sido pillado por un adulto dentro de un armario tomándose los caramelos de otro, y noto cómo de repente mi cara pasa del rojo al púrpura. Nunca he sido capaz de esconder mi azoramiento o vergüenza a los demás, y menos aún a Jeremy. No puedo creer que me sienta tan culpable por haber intentado hacer una llamada. No digo una palabra.
Enlaza con ambos brazos mi cintura haciendo que me sienta atrapada en su fuerte abrazo, y entonces arrima su cara a mi cuello e inhala profundamente antes de declarar en voz baja y queda:
—Si vuelves a intentar algo así, ese bonito trasero tuyo se va a poner del mismo color que tu rostro ahora.
Mi corazón se acelera al oír sus palabras y la sangre palpita por todo mi cuerpo, y para mi sorpresa y horror, hasta mis pezones no pueden ignorar el efecto de sus palabras a través de mi blusa. ¿Cómo consigue causarme ese efecto? Me besa ligeramente el cuello y después me guía silencioso fuera del dormitorio.
Al volver de nuevo al salón, advierto que ha puesto una suave música y que hay una bandeja de voluptuosas fresas cubiertas de chocolate negro sobre la mesa redonda. Decido que lo más sensato es no hacer caso a su anterior comentario.
—¿Puedo? —pregunto, señalando las fresas.
—Por supuesto —asiente—, están para comerlas. —¿Cómo hará para que sus palabras suenen tan seductoras?
—Parecen deliciosas. —Entonces recuerdo que solo he tomado champán desde la hora de comer. Las fresas tienen un sabor a tono con su aspecto y el recubrimiento de chocolate negro resulta exquisito. Cierro los ojos y disfruto de la sensación. Jeremy acerca una servilleta hasta la comisura de mis labios, limpiando suavemente un poco de jugo de fresa que se ha escapado. Ese sencillo movimiento es tan seductor que hace que mis piernas se estremezcan al tiempo que mis propios jugos empiezan a formarse entre mis muslos, por más que mi cabeza niegue vehementemente su existencia. Una provocativa sonrisa asoma a su cara cuando me ofrece la bandeja, como si fuera plenamente consciente de las intenciones de mi cuerpo.
Es como si me hubiera trasladado a la gran pantalla y estuviera interpretando a la protagonista de una sofisticada comedia romántica de Hollywood. Dejo escapar una risa nerviosa ante lo improbable de la situación. No todos los días suceden cosas como esta mientras estás haciendo la colada, planchando o recogiendo a los niños del colegio. Me mira con gesto interrogante como si fuera incapaz de descifrar mis pensamientos.
—No te preocupes, solo estaba reflexionando sobre la vida durante unos instantes.
Me siento aliviada por que no haya mencionado la llamada de teléfono ya que no quiero echar a perder su buen humor.
—Bueno, a menos que quieras más fresas, tu baño está esperando.
Cuando abre la puerta, la escena que me rodea es aún más propia de Hollywood. ¿Acaso es esta mi propia versión de Pretty woman? ¿Sería justo detenerse ahora debido a la persistente culpa que siento como una losa en el fondo de mi corazón? Prácticamente tengo que pellizcarme al entrar en el cuarto de baño.
—Vaya, esto es... totalmente... perfecto..., increíble. —Me siento tan atrapada por la romántica visión que se despliega ante mis ojos, que apenas puedo balbucear unas palabras—. Asombroso, Jeremy, realmente asombroso.
Mi vista recorre el cuarto de baño que ahora ha sido transformado en un lugar de ensueño gracias a un montón de pequeñas velitas encendidas. El olor resulta embriagador, pero no insoportable, con aromas a lavanda y jazmín, y tal vez con un toque de freesia, mis flores favoritas. ¿Cómo puede recordar esos detalles tan íntimos después de tanto tiempo? Me siento deliciosamente etérea en medio de esa atmósfera que ha creado para mí.
—Disfrútalo, hoy ha sido tu gran día. Ahora ha llegado el momento de que te relajes.
Lleva suavemente mis manos hasta sus labios y posa un ligero beso en cada una antes de salir del baño, dejándome maravillada ante lo que me rodea. Me desnudo con cuidado, desprendiéndome de mis altos tacones, la falda y las medias, y finalmente desabrochando mi blusa. Me suelto lentamente el sujetador, liberando mis senos, y dejo que mi braguita caiga al suelo. No quiero perturbar la escena con ningún movimiento apresurado. Estoy deseando sumergir mi cuerpo en ese glorioso, humeante y aromático baño. A medida que me introduzco en el agua la tensión empieza automáticamente a desvanecerse. Nada me gusta más que un baño al final de un largo día, y este ha estado lleno de sorpresas inesperadas. Mientras me hundo más profundamente en la lechosa agua, tomo conciencia de que no solo mi cuerpo está cansado, sino que he estado la mayor parte del día sumida en un verdadero torbellino emocional. Me siento agradecida por poder pasar un rato a solas para relajarme y tratar de serenar mi mente. Suelto un largo suspiro. Cuando mi cuerpo se estira en las profundidades del baño, siento que la tranquilidad me rodea. Justo lo que necesito. Cierro los ojos y dejo que todos los pensamientos se disipen de mi mente... Pura maravilla...
No sé bien si me he dejado vencer por el sueño, porque apenas advierto un suave movimiento del agua, que no consigue sacarme de mi estado de relajación, y continúo con los ojos cerrados hasta que siento que una mano alza mi pie desde el fondo de la bañera para comenzar un lento y pausado masaje. Abro los ojos de golpe, sorprendida por la increíble audacia de la visión que tengo ante mí.
—¿Cómo has...? ¿Cuándo has...? —tartamudeo.
—Chist, relájate. Parecías tan tranquila... No quiero molestarte, solo añadir algo más a la experiencia, sin quitarle nada —dice Jeremy suave y quedamente.
—Pero, pero... ¡Estás dentro del baño! —exclamo estupefacta.
¿O no tanto? ¿Acaso me sorprende que Jeremy se haya deslizado dentro del baño conmigo? Hace muchos años era una práctica muy habitual entre nosotros y no me hubiera chocado en absoluto. Pero, a decir verdad, ¿qué esperaba que sucediera este fin de semana? Los recuerdos que fluyen por mi cabeza son totalmente diferentes de la realidad que ahora experimento. El presente tiene unas repercusiones mucho más profundas que el pasado que una vez compartimos. Me siento completamente confusa.
Mi sorpresa deriva en una especie de ensueño ante el aroma que se filtra por mis fosas nasales hasta el cerebro, un vapor místico que entrelaza nuestros cuerpos. El masaje de pies de Jeremy sigue siendo de muerte y su efectividad no ha disminuido después de estos años. Más bien al contrario. Sus dedos mágicos frotan con fuerza las plantas de mis pies al otro lado de la bañera. Vuelvo a reposar la cabeza en el borde y dejo escapar un largo suspiro, sucumbiendo a la experiencia. ¿A quién pretendo engañar?
—Eso está mejor, cariño, déjate llevar... Deja de luchar tan obstinadamente. Yo me haré cargo de todo.
Aunque Jeremy tiene una enorme presencia física, aún queda suficiente espacio en la bañera para los dos. Incluso para tres o cuatro personas más, pero no quiero pensar en eso. Mientras mi otro pie se derrite con igual intensidad, aflojando todos los puntos de tensión bajo su meticulosa presión, apenas soy consciente de deslizarme instintivamente hacia él. Entonces me gira hasta ponerme de espaldas y me quedo acunándome entre sus piernas en este exótico baño en el que el agua entre nosotros está ahora a la temperatura perfecta para dos.
Me sumo en un absoluto letargo debido a la fuerte combinación del champán, el calor del baño, las velas, las fragancias y el masaje de pies. Apenas puedo alzar la voz para protestar y, menos aún, ninguno de mis miembros.
Jeremy pasa suavemente una pequeña manopla de terciopelo a lo largo de mis brazos, y luego lava mi pecho, despacio y con mimo. Advierto que estamos respirando al unísono, y el nivel del agua sube y baja lentamente a medida que inhalamos y exhalamos juntos. Y así seguimos hasta que su mano empieza a acariciar mi pecho. Mi cuerpo se tensa de golpe cuando sus dedos rozan suavemente mis pezones, haciéndolos revivir y reaccionar al instante. Una vez alcanzado el resultado deseado, continúa friccionando mis pechos con ambas manos. Mi respiración se acorta y mi pulso se acelera. No puedo seguir negando el impacto que su roce desata en mi cuerpo. Escucho un gran suspiro, antes de comprender que ha sido mío; es una sensación extraña que parece escapar de mi cuerpo, sin anuncio ni previa advertencia. ¿Acaso estoy ya tan fuera de control?
—Así está mejor —le escucho decir—. Después de todo, no era tan aterrador, ¿verdad?
—¿Es así como quieres hacerme sentir? —respondo jadeante, mientras sus manos continúan su recorrido.
—¿Cómo te sientes?
De haber estado en una situación mental más estable, habría debido imaginar que me haría esa pregunta. Sé que espera una respuesta.
Reflexiono un momento y le contesto con sinceridad.
—Al límite, intensa, relajada, incoherente, complacida..., todas esas palabras vienen a mi mente..., y mi cuerpo parece estar liberando a mi mente de sus obligaciones.
—Hmm, así es más o menos como quería que te sintieras. ¿Te gusta esa sensación?
—Creo que sí, pero tal vez tenga que hacerte la pregunta a ti.
Sus labios acarician la base de mi cuello mientras sus dedos se desplazan y continúan bajando por mi cuerpo, pasando por mi vientre y posándose entre mis muslos. El sordo tirón entre mis piernas parece estar ahora inflándose en anticipación de algo más.
La habitación se vuelve borrosa mientras me derrito con sus caricias. Su cuerpo, aún firme y suave, cubierto por una leve capa de vello, está pegado contra el mío, que responde con fervor a cada caricia. Justo cuando está a punto de llegar al destino deseado, sus dedos se detienen.
—Doctora Blake, ¿puedo preguntarte algo? Me encantaría escuchar tu opinión profesional.
—Pues claro —contesto tan serena como mi agitada respiración me lo permite. No puedo creer que haya elegido este preciso momento para tener una conversación «profesional». Mi corazón palpita al unísono con el sordo latido entre mis piernas.
—Genial, gracias.
Parece muy complacido consigo mismo.
—Verás, tengo a una hermosa mujer que va a quedarse conmigo durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Suelto un gemido de incredulidad mientras continúa.
—Estamos alojados en la suite del ático del mejor hotel de Sidney. Ella es increíblemente sexy, y no quiero malgastar un solo segundo del tiempo que tenemos para estar juntos.
—Estoy segura de que no malgastarás ni un segundo, Jeremy. ¿Cuál es exactamente el problema? —Pongo los ojos en blanco y trato de que mi voz suene lo más firme posible, lo que es esencialmente imposible debido a los precisos y orquestados movimientos de sus dedos. Procuro responder como si estuviera siguiéndole el juego, aunque confío en que termine rápidamente con esta conversación.
—Bueno, verás, a ella le cuesta mucho desconectar. No creo que sea capaz de sumergirse totalmente en la experiencia que quiero que tenga este fin de semana. Una experiencia, toma nota, única en la vida.
Trato de apartarme de él para poner un poco de espacio entre los dos y así poder ver su cara. Sin embargo, me tiene atrapada de tal forma que estoy firmemente anclada entre sus piernas. Uno de sus brazos está rodeando mi pecho y el otro por debajo de mis nalgas, entre mis piernas, mientras sus dedos continúan jugando, explorando, acariciando... ¡Dios, había olvidado lo bien que se le da todo esto! Al percibir mi movimiento, sus brazos me estrechan con fuerza.
—Ella dice que lo hará —continúa rítmicamente—, pero ya ves, la conozco muy bien. Sé que lo que le propongo va en contra de su naturaleza, incluso de sus principios, y por eso le cuesta tanto dejarse llevar, a pesar de que estoy seguro de que desea con todas sus fuerzas la experiencia que quiero ofrecerle.
Mientras continúa con su controlado y uniforme monólogo, su dedo intensifica sus movimientos más abajo.
La fuerza de su abrazo continúa implacable.
Su olor, sus caricias, sus palabras me hacen delirar.
Debo de estar soñando; esto no puede estar pasando en la vida real, ¿verdad?
—Y además he asistido a una conferencia dada por una experta psicóloga, la doctora no sé cuántos, con la esperanza de que ella pudiera darme algunas ideas, ya sabes, para ayudarme a resolver mi problema. Por cierto, deberías conocerla, creo que te gustaría —añade despreocupadamente.
¡Oh, cómo está disfrutando! No tengo más remedio que seguirle el juego.
—¿Y te ayudó? —digo prácticamente con un chillido mientras gimo para mis adentros, dudando si el sonido ha surgido por la frustración o el placer. En cualquier caso, estoy totalmente perdida entre sus manos, en sus palabras.
—Sí, de hecho lo hizo, así que voy a seguir su consejo.
Algunos dedos más se unen al de abajo mientras, con la otra mano, pellizca y tira de mis pezones como si exigiera a mi cuerpo toda la atención sin tener en cuenta mi mente. Su roce se intensifica al tiempo que mis pezones y mis muslos palpitan al unísono. La cadencia de su movimiento me hace sentir ligera, pegada contra él en la bañera. A medida que el agua se enfría, siento que empiezo a hervir por dentro como una humeante tetera puesta al fuego.
—Así que he decidido que debo prescindir de uno de sus sentidos este fin de semana. La investigación empírica de la doctora asegura que de esa forma conseguiré dos cosas. Primero, aumentar significativamente la percepción del resto de sus sentidos, lo que solo puede ser positivo en vista de lo que estoy hablando, ¿no crees?
Se detiene.
No puedo responder. Soy incapaz de concentrar mi mente en sus palabras por más tiempo.
—Y segundo, que de esa forma su experiencia se incrementará exponencialmente más allá de todos los límites y percepciones preconcebidos. No podía creer que todos mis problemas se hubieran resuelto gracias a esta increíble y perspicaz mujer.
Trago, jadeo, incluso creo que me asfixio con sus palabras. Me pellizca y tira de mis pezones como si quisiera comprobar su elasticidad, haciendo que mi espalda se arquee en sincronía.
Y prosigue, prácticamente absorto en su discurso.
—He estado meditando sobre los cinco sentidos y finalmente me he decidido por aquel en el que está basada su investigación y que, definitivamente, causará mayor impacto. —Con su otra mano explora las profundidades del pasaje de mi vagina, masajeando suave y cuidadosamente y evitando a propósito la zona que más ansía su contacto. Sus dedos son instrumentos de alta precisión.
He sobrepasado la sensación de ser un cervatillo atrapado ante los faros de un coche; ahora estoy cargada y atada al techo del vehículo. ¡Maldito sea por hacerme esto! ¡Maldito sea mi cuerpo por responder! Mi respiración se vuelve incontrolable, mientras continúo atrapada por el embriagador hechizo de su pericia y experiencia.
—Ya ves, es una persona de gran percepción visual y creo sinceramente que si pierde ese sentido...
He dejado de oír sus palabras. Respiro agitada y entrecortadamente mientras trato desesperadamente de llevar más oxígeno a mis pulmones, a mi cerebro. Sus dedos se han quedado quietos.
Creo que voy a hiperventilar.
—Dios, Alex, te has vuelto aún más sensible al contacto físico, si es que eso era posible. Noto cómo tu cuerpo se convulsiona. Así es imposible no distraerse y que consiga llegar a la conclusión.
¿Que yo le estoy distrayendo? ¡Qué disparate!
La pausa dura lo suficiente como para permitirme recuperar el aliento. Aunque no tanto como para prevenirme de sus palabras o de sus intenciones.
—Por lo tanto, todo lo que tiene que hacer es prometer dos cosas: renunciar a su visión durante el fin de semana y no hacer ninguna pregunta durante las próximas cuarenta y ocho horas. Un fin de semana que superará cualquier expectativa; que romperá sus preconcebidas barreras. Una experiencia increíblemente sensual que no tengo la menor duda de que adorará... Es tan obvia cuando piensas en ella que me siento decepcionado de que no se me haya ocurrido a mí...
Su voz se desvanece y siento su aliento en mi oreja cuando su lengua me hace cosquillas y sus dientes mordisquean mi lóbulo. Sus dedos continúan implacables en su misión, penetrando, pero impidiendo que alcance la liberación que tan urgentemente deseo. Mi cuerpo está a punto de estallar cuando escucho su voz con profunda claridad.
—Alexandra, prométemelo ahora mismo. —Sus palabras decididas, deliberadas. Mi cuerpo se estremece en anticipación—. Es sencillo. Sin vista. Sin preguntas. Durante cuarenta y ocho horas.
Me siento invadida por demasiadas emociones para entender completamente lo que eso significa. Mi cerebro, mi cuerpo y mi corazón están totalmente centrados en una única cosa, en solo una cosa: liberarme. No estoy segura de si me gusta o aborrezco lo que él hace conmigo, lo que siempre ha conseguido hacer como ningún otro. Siempre me he sentido tan indefensa, tan dependiente de su siguiente movimiento... Es como si mi cuerpo volviera inservible a mi mente.
—Prométemelo. —Su voz profunda penetra en la neblina de mi estupor.
¡Oh, Dios mío!, mi palpitante deseo se vuelve casi agónico cuando la habitación empieza a dar vueltas. Siento demasiado calor para que lo pueda controlar, el fuego surge desde mi interior, el vapor ascendiendo en oleadas a mi alrededor. Trato de echar las caderas hacia delante para conseguir la fricción en la parte donde la necesidad de liberarme de esa intensidad, que tan magistralmente ha sabido despertar en mí, me consume. Pero sus piernas me constriñen, imposibilitándomelo. Mi contoneo endurece su resolución, su cuerpo apresándome aún con más fuerza.
—Prométemelo, ahora. —Su potente vozarrón lanza una última orden.
—Lo que sea. Te lo pro... —No consigo completar las palabras, que se atropellan unas con otras—. Ohhh, Dios —suspiro. Es despiadado.
—MÁS ALTO. —Su voz retumba en mi oído como un tambor tribal acelerando su palpitante redoble...
—Lo prometo —jadeo—. Te lo prometo —gimo—. Haré todo lo que quieras... este fin de semana. Lo que sea, solo...
Al oír mis palabras sus dedos se hunden aún más profundamente en mi vagina provocándome el orgasmo que mi cuerpo ansiaba tan frenética y desesperadamente. Un grito primitivo brota de mí...
—Gracias, cariño, problema resuelto. —Escucho su seductor y distante susurro en mi oído.
Entonces encuentra el punto sensible de mi clítoris y consigue encender una nueva serie de convulsiones que extraen todos mis jugos hasta la última gota, paralizándome en incesantes espasmos de liberación. Sin considerar por un segundo la implicación o las consecuencias de las palabras que acabo de pronunciar, me permito atravesar con avidez las puertas del placer que tan cuidadosamente ha construido, custodiado y finalmente desencadenado.
* * *
Cuando vuelvo a la realidad, no sé muy bien cuánto tiempo he pasado abstraída en mi mundo. Observo que mi piel está empezando a arrugarse como una ciruela pasa, así que ya debe de hacer un buen rato. Lentamente recupero la consciencia.
—¿Te encuentras bien? Has estado increíble. —Puedo sentir la sorpresa en su voz. Ah, sí, en los brazos de Jeremy en el baño. Ahí es donde estoy, ahora caigo. Me siento blanda, colmada y voluptuosa, flotando en una especie de decadente bruma de delirio.
—Mmm... Me siento genial. ¿Cómo estás tú?
—Tenemos que salir del baño antes de que cojas un resfriado. —Me levanta con firmeza, me saca del baño y me envuelve los hombros con una toalla. Es gruesa y suave y abrazo agradecida su calidez.
Mientras permanece detrás de mí rodeándome con sus brazos, nos miramos el uno al otro en el reflejo del espejo. Al contemplarnos así, nuestra diferencia de estatura parece exacerbarse y, por alguna razón, desearía llevar puestos unos altos tacones para compensar la disparidad entre nosotros. Soy plenamente consciente de su desnudez detrás de mí, lo que hace literalmente flaquear mis rodillas.
Retira lentamente la toalla mientras nuestros ojos continúan clavados en el espejo y la deja caer al suelo con deliberada lentitud. Me quedo mirando nuestros cuerpos desnudos en el espejo. Sus ojos me miran extasiados. No pronunciamos palabra y nos observamos el uno al otro con una intensa lujuria que con los años parece haberse vuelto más asombrosa y compleja de lo que jamás pude imaginar.
—Eres aún más arrebatadora de lo que recordaba —declara Jeremy rompiendo finalmente el silencio.
—Y tú siempre has sido y aún continúas siendo demasiado hermoso, Jeremy —digo, no queriendo pensar en su comentario.
—Alex, abre los ojos y mírate de verdad.
Ha notado que estoy tratando de mirar a cualquier parte menos a mi propio reflejo. Hace que nos aproximemos al espejo de cuerpo entero de modo que no me queda más opción que enfrentarme cara a cara conmigo misma. Algunas veces resulta maravilloso que otros te vean de forma diferente a como tú te ves. Curiosamente me descubro buscando algún signo de mis embarazos. Es extraño que nunca haya pensado en ello hasta este momento. Gracias a Dios, la luz me favorece. Mientras estos pensamientos inundan mi mente, Jeremy junta mis manos y las levanta por encima de mi cabeza, elevándome ligeramente sobre mis talones. Luego dobla mis brazos hacia atrás para que los codos sean el punto más alto del espejo y nada obstaculice mi rostro mientras mi cuerpo descansa contra el suyo. Jeremy está absolutamente irresistible tan erguido, tan viril. La visión de los dos de pie, desnudos ante el espejo, abrazados por la luz de las velas, resulta más sensual y turbadora que nada que hubiera podido imaginar.
La electricidad entre nosotros es palpable. Esa proximidad, esa intimidad me fascina y me quedo contemplando la imagen ante mis ojos. Qué maravilloso ejercicio, mirarse el uno al otro así, pienso, considerándolo desde una perspectiva profesional. En lugar de ser algo a evitar a toda costa, la naturaleza altamente erótica de nuestros tibios cuerpos ante el espejo emana una tremenda energía sexual, a pesar de que aún estoy tambaleante por el delicioso orgasmo.
—Quiero que conserves este momento en tu memoria. Que te tomes un instante para entender y absorber cuánta belleza hay dentro de ti. Tus mejillas resplandecientes. Tus pechos turgentes y henchidos. Tus muslos relucientes. Tus ojos salvajes llenos de lujuria y deseo. Recuerda que así es como eres, una criatura infinitamente sexual y sensual. Nunca he deseado a nadie tanto como a ti.
Puedo sentir la intensidad de la verdad de sus palabras con la misma certeza que siento hincharse su miembro detrás de mí.
Apenas reconozco mi reflejo en el espejo.
¿Quién soy?
El tiempo parece haberse detenido.
El momento es altamente embriagador. Me corta el aliento.
Soy incapaz de decir cuánto tiempo transcurre entre este momento y aquel en el que finalmente me suelta para envolver mis hombros con la toalla.
—Necesito organizar un par de cosas, así que lo mejor es que te deje a solas. Tómate tu tiempo; como podrás comprobar, los armarios están muy bien surtidos. Tengo una sorpresa esperándote ahí fuera, para cuando estés preparada. —Besa la parte interna de mi muñeca y cierra la puerta del cuarto de baño tras él. Una vez más, mi estómago hace acto de presencia, al igual que el ardor entre mis piernas y mis hinchados pechos. ¿Cómo consigue hacerme esto?
Trato de tranquilizarme apoyando ambas manos en el frío mármol de la encimera del lavabo. Me observo fijamente en el espejo, mirando directamente mi rostro y dentro de mis ojos. Siento mi cuerpo enérgico, eufórico. No puedo recordar ningún momento en que lo haya percibido con tanta intensidad y tan vivo. Mi mente trata desesperadamente de mantener el equilibrio y la perspectiva. ¿Qué estoy haciendo? Lamentablemente, mi cuerpo parece haber tomado las riendas, de modo que dejo escapar un suspiro de rendición y abrazo la plenitud del momento.
Jeremy tenía razón respecto a que el cuarto de baño estaba bien surtido; una vez más su memoria para los detalles resulta asombrosa. Pequeñas notas manuscritas están diseminadas aquí y allá. El perfume Jo Malone —un gran frasco de elegante diseño que contiene la mezcla de mis fragancias favoritas— deja suficiente espacio a una serie de frascos más pequeños por si necesito añadir algún toque final. Mi piel absorbe al instante la crema corporal, e indulgentemente me permito usarla una segunda vez. Abro un estuche de maquillaje de Ives Saint Laurent con bases, correctores de ojeras, lápiz de ojos, barras de labios y rímel, todo ello en tonos que se complementan a la perfección con el de mi piel. Cualquier cosa que pudiera necesitar para el fin de semana e incluso más. ¡Increíble! Decido hacer alguna locura y disfrutar de todo ello, pensando en lo divertido que resulta, casi como estar en el paraíso de una maravillosa perfumería probando todos los productos, desde los del cuidado de la piel a toda la gama de cosméticos. Voy soltando pequeños grititos de entusiasmo mientras abro las cajas, experimentando y probando una colección de fantásticos productos de esos que aparecen regularmente en las páginas de las revistas de papel cuché, pero que nunca tienes en la balda de tu propio cuarto de baño.
Debo de haber perdido la noción del tiempo inmersa en mi propio paraíso cosmético cuando, de repente, oigo que llaman a la puerta.
—Alex, ¿aún sigues viva ahí dentro? —La suave voz de Jeremy penetra en mi atmósfera hedonista.
—Oh, sí, lo siento, aún estoy fascinada por todo esto. ¿De dónde has sacado el tiempo para comprarlo? ¿Cómo lo sabías? Quiero decir, bueno, ha pasado mucho tiempo... Esto es absolutamente increíble, me siento como un niño abriendo sus regalos favoritos... —Mis palabras se atropellan unas con otras.
—Preguntas, preguntas —dice con una carcajada, aunque me parece detectar un matiz de amenaza en su voz, que me hace parar en seco.
Mis pensamientos regresan inmediatamente a sus palabras en el baño, la promesa que hice en un momento de debilidad y lascivo deseo. Automáticamente siento que se me eriza el vello; mi postura se tensa como un gato que se arquea al sentir un peligro inminente. ¿De qué estaba hablando exactamente en el baño? No lo decía en serio, ¿verdad? ¿Pretende cubrir mi vista durante todo el fin de semana y algo sobre no hacer preguntas? Sin duda somos demasiado mayores para esa clase de juegos estúpidos. ¿No es así? Mi intuición no me ayuda demasiado a aplacar mis temores, al tiempo que mi mente evoca los recuerdos de la primera y única vez que intenté librarme de una promesa hecha a Jeremy allá por los días de universidad. Extrañamente, y mirándolo en retrospectiva, los detalles de la promesa están un tanto confusos, mientras que las consecuencias permanecen vergonzosamente nítidas.
—¿Así que estás absolutamente segura de querer renegar de nuestro acuerdo? —pregunta incrédulo Jeremy mientras se cierne sobre mí. Estamos en el patio de la universidad, justo delante del vestíbulo principal. Asiento. Al segundo siguiente, me carga sobre su hombro, me agarra por los tobillos y me desliza por su espalda. Me quedo balanceándome boca abajo, mirando a todos los que tengo detrás.
—¡Bájame, maldito bastardo! —grito, agitándome y tratando de soltarme—. ¡No puedes hacer esto, eres un bestia! ¡Bájame! —grito más fuerte.
—Puedo y lo haré, hasta que cumplas tu promesa.
La gente me mira y se ríe. Todo el mundo sabe que somos buenos amigos y que solo estamos bromeando. La camiseta se me ha bajado hasta los hombros gracias a la gravedad y trato de colocármela para no ofrecer un espectáculo gratuito de mi sujetador. Intento golpearle con una mano mientras sujeto la camiseta con la otra. Menos mal que llevo puestos los vaqueros. Jeremy empieza a caminar.
—¿Qué estás haciendo? ¡Esto es una locura!
Me cuesta proyectar mi voz tan fuerte como hubiera querido dado que estoy balanceándome a la altura de sus piernas, boca abajo. Estoy furiosa. Habla como si tal cosa con otros compañeros mientras recorremos el pasillo como si no hubiera nada raro en tenerme colgando de su cuerpo. Sus amigos sueltan unas breves carcajadas cuando les informa de que simplemente me está dando un paseo hasta mi próxima clase. Si pudiera, me encantaría pegarle hasta hacerle daño. Con cada segundo que pasa la sangre me baja más rápido a la cabeza, haciéndome parecer un tomate maduro.
Al llegar al aula me deposita con cuidado en un asiento en la primera fila. Hace un gesto saludando al profesor detrás de su atril, como si todo estuviera en perfecto orden. Entonces se agacha hasta mi altura, sujetando mis manos y diciendo con una sonrisa:
—Te recogeré después de la clase.
—No puedes decirlo en serio —respondo escupiendo prácticamente las palabras.
—Oh, desde luego que sí, señorita Alexandra.
Le lanzo mi mejor mirada letal mientras el profesor dice:
—Está bien, empecemos, tenemos un montón de temas que ver.
Tras eso Jeremy planta un beso en mi mejilla, me suelta las manos y se despide. Me siento tan avergonzada que me hundo todo lo que puedo en mi asiento, evitando mirar a nadie a los ojos. Cuando desplazo mis pies, noto que mi bolso está bajo el mismo asiento en el que me ha depositado. Nada como planear con anticipación.
No consigo concentrarme ni un ápice en la clase. En su lugar cavilo preocupada centrándome, en primer lugar, en cómo evitar a Jeremy y en segundo en cómo vengarme. ¿Cómo se ha atrevido a hacerme esto? Garabateo una nota a una amiga preguntándole si puede pasarme sus apuntes del resto de la clase. Decido que lo más seguro es escabullirme antes de que acabe, por si decía en serio lo de «recogerme» después de clase. Quince minutos antes del final, me deslizo de mi asiento lo más discretamente posible y me dirijo silenciosamente hasta la puerta trasera, que creo que es mi mejor opción. Cuando salgo y echo un vistazo alrededor del pasillo vacío, me congratulo secretamente por haber esquivado a Jeremy. Echo a andar con paso decidido, todavía furiosa y echando humo. Justo cuando empiezo a ganar velocidad y alargo la zancada, mis piernas súbitamente se desploman bajo mi cuerpo con tanta rapidez que me quedo atónita.
—¡Qué demo...! —exclamo.
—Oye, preciosa, no creerías que podrías engañarme, ¿verdad?
Jeremy vuelve a cargarme exactamente en la misma posición que antes. ¿De dónde demonios ha salido? Me cuelga por los tobillos, por encima de sus hombros, todo el camino hasta la cafetería. Los tíos aplauden vitoreando a mi paso, felicitándole por ser un auténtico macho. Estoy que echo chispas, por decirlo suavemente. Me deposita en una silla y me sujeta con firmeza por los hombros y las muñecas. Sabe de sobra que intentaré salir corriendo en cuanto me suelte. Observo mordazmente a sus colegas situados alrededor de la mesa, todos con sonrisas burlonas en sus caras aunque sus ojos fingen mirar a otra parte de la habitación. Patrick y Neil aparecen dejando una bandeja delante de mí: mi almuerzo que supuestamente ha sido encargado con anterioridad para que Jeremy no tenga que soltar sus manos de mí. Sus sonrisas me dejan muy claro que piensan que la situación es increíblemente divertida. Aunque obviamente Jeremy sabe que estoy esperando la primera oportunidad.
—No lo intentes, AB, solo harás que tu situación empeore drásticamente.
—¿Y exactamente cuánto tiempo piensas mantenerme así, Jeremy? —Mi voz es gélida.
—Exactamente el mismo tiempo que tardes en cumplir tu palabra, amiga mía —replica. Y maldita sea, piensa cumplir con lo que dice.
La situación continúa durante el resto de la jornada. Finalmente, la idea de ser acarreada como un saco de patatas y depositada en mi última clase del día, en mi asignatura favorita: «La psicología de las sensaciones y la percepción», me sobrepasa, teniendo en cuenta que se trata de una clase pequeña de solo doce personas.
—De acuerdo, ya vale, Jeremy. Basta. He aprendido la lección. Tú ganas. —Me coloca suavemente en el suelo, de pie.
—Me alegra que hayas entrado en razón, AB. Estoy seguro de que no te gustaría experimentar lo que había planeado hacer contigo esta noche.
—Dios, eres una fuerza incombustible.
—Una con la que no hay que jugar, en eso estoy de acuerdo, si bien preferiría definirla como «persistente cuando se requiere».
—Lo que sea, ahora necesito llegar a clase. —Trato de darle largas.
—¿Estás segura de que no necesitas que te lleve? Mis piernas van más rápido que las tuyas. —La sonrisa de su rostro es tan descarada que no me queda más remedio que reírme ante su presunción, pese a que intento con todas mis fuerzas parecer disgustada.
—Muy gracioso. Adiós.
El recuerdo es tan nítido, tan intenso, que parece como si hubiera sucedido ayer. ¿De dónde habrá surgido? No había vuelto a pensar en ello durante años, décadas incluso. Sacudo la cabeza en un intento por espantar el pasado de mis pensamientos y rechazar cualquier significado que pueda tener.
* * *
—¿Crees que en algún momento estarás preparada?
—Sí, desde luego.
El alivio me recorre de arriba abajo. No ha mencionado nada sobre mi promesa, gracias a Dios. Amontono rápidamente todas las cajitas y las meto en una de las bolsas, volviendo a tapar los botes con cuidado. Pongo especial esmero con el perfume ya que su fragancia es realmente maravillosa y me encantaría llevármelo a casa.
—Solo tengo que secarme el pelo y estaré lista en un minuto. —Localizo el secador, levanto el cabello sobre mi cabeza y dirijo rápidamente el chorro de aire caliente a las partes húmedas. Está más ondulado de lo habitual, pero decido dejarlo suelto, justo por debajo de mis hombros. Mi rostro y mi cuerpo resplandecen y no puedo evitar sonreír a la persona que me mira radiante en el espejo. Nada como un hotel de cinco estrellas, champán francés, un orgasmo llovido del cielo y un lujoso baño con todos los productos de belleza del mundo, para hacer que una mujer se sienta increíblemente mimada, al menos durante un rato. Cojo un grueso y enorme albornoz (nunca parecen estar hechos para el tamaño de una mujer de estatura normal), y me envuelvo en él antes de salir de mi confinada euforia del cuarto de baño a la sofisticada elegancia de la suite del hotel y a los brazos de Jeremy.
—Se te ve muy excitada —dice mientras me estrecha con fuerza.
—Me siento tan culpable como el pecado, aunque de una forma maravillosamente decadente. —Le devuelvo su abrazo y la pasión de sus ojos me deja momentáneamente sin aliento.
—Ven aquí, es hora de que te sientas un poco más decadente. Quiero mostrarte algo.
Su brazo rodea mis hombros mientras me conduce rápidamente a través de la suite principal hasta el vestidor. Somos como dos jóvenes cachorros que acaban de toparse con una cesta de juguetes nuevos con los que jugar. Suelto un grito ahogado cuando nos detenemos súbitamente. Su cara muestra una enorme sonrisa.
—Siempre he querido hacer esto, Alex, pero en la universidad no era lo suficientemente valiente. ¿Querrás llevar este traje para mí esta noche?
Observo un vestido exquisito, simple, elegante, sofisticado y de un color maravilloso: rojo profundo, con visos de rojo azulado. Está cortado en diagonal a partir del hombro, dejando el otro al aire.
—Jeremy, es simplemente maravilloso, me has dejado... sin palabras. ¿Por qué haces todo esto? Siento como si me estuviera perdiendo algo. No lo entiendo.
—No hay nada que entender. Quiero hacerlo, he querido hacerlo durante mucho tiempo y ahora puedo permitírmelo. Aquí deberías encontrar todo lo necesario para vestirte. No puedo esperar a vértelo puesto. Me encanta que te guste. Trata de no tardar tanto como en el cuarto de baño, o tendré que ayudarte a acelerar el proceso —dice con una sonrisa. Me quedo inmóvil, mirándole fijamente y luego al vestido. Me da un suave cachete en el trasero para reforzar sus palabras.
—Está bien, está bien —contesto mientras me pongo en marcha.
Me acerco al vestido y paso mis dedos por el satén; su tacto es terso y suave. Rápidamente me despojo del albornoz y deslizo el vestido por mi cabeza. La tela resbala suavemente por mi cuerpo y me alegra comprobar que lleva incorporado un sujetador que parece encajar perfectamente con mi busto. Lo deslizo por mi cintura, con el lado izquierdo cayendo exquisitamente en cascada a lo largo de mis piernas antes de detenerse; justo lo suficiente para acariciar mi tobillo. Descubro una caja que lo acompaña con unos asombrosos zapatos de tacón de aguja que casi no me atrevo a calzar. No he llevado nada tan alto desde los veinte años y silenciosamente me pregunto si seré capaz de mantener el equilibrio y, a la vez, caminar con elegancia con ellos puestos.
Nunca he vestido un color tan atrevido y me miro en el espejo asombrada. La prenda es provocativa. La persona que me mira desde el espejo es sexy, segura, seductora. Advierto un intrincado broche de aspecto antiguo sobre el banco y decido recogerme el cabello en un moño suelto en el mismo lado que mi hombro desnudo, sujetándolo con el broche. Ahora el reflejo en el espejo ha añadido una nueva dimensión de inesperada sofisticación. Ya no hay duda al respecto, realmente estoy viviendo de lleno mi propia versión de Pretty woman, y hasta el momento, al menos para mí, está resultando mejor que el original.
No puedo recordar la última vez que estuve tan arreglada; podría perfectamente recorrer la alfombra roja de los Oscar, tal vez solo con un poco más de maquillaje y un peinado más profesional. Después de permitirme un último vistazo a mi reflejo, tan glamuroso que apenas me reconozco, respiro hondo para serenarme y hacer mi entrada triunfal en el salón.
Jeremy se para en seco y se vuelve hacia mí. Su boca se abre cuando entro en la habitación. Intento desesperadamente parecer la sofisticada y segura mujer del espejo, por encima de la informal y desgarbada estudiante universitaria que una vez conoció, mientras sus ojos escrutan mi aspecto de arriba abajo. La intensidad con que ha inhalado y la franca admiración de sus ojos me dicen que le gusta lo que ve.
—¡Oh, Dios..., oh! —exclama lentamente—. Oh, Alexandra, ahora soy yo el que se ha quedado sin habla, estás... absolutamente arrebatadora.
—El vestido es precioso, Jeremy. Yo tampoco sé qué decir.
—No, cariño. Tú eres preciosa. El vestido simplemente complementa tus mejores cualidades. —Me río un tanto recelosa ante sus palabras cuando sus ojos se posan con complacencia en mis senos.
—Hace mucho más que eso, Jeremy, esconde todos los defectos... Ah, por cierto, solo se te ha olvidado una cosa.
—¿En serio? —pregunta un tanto sorprendido—. ¿Y qué es?
—Bragas.
Permanece inexpresivo.
—Ropa interior —insisto.
No hay respuesta.
—Pantis, si prefieres decirlo así. He buscado por todos los rincones del vestidor, pero parecen haber desaparecido misteriosamente.
—Bueno, está bien. —Finalmente parece comprender—. No, no lo he olvidado, llevas exactamente lo que necesitas.
Vuelve la cabeza, su mirada penetrando en mis ojos.
—Ya sabes que me gusta tener libre acceso, Alexa, en todo momento. Solo pensarlo me pone a mil.
Me guiña un ojo y me ruborizo con tanta intensidad que el vestido y yo nos volvemos indistinguibles.
En ese momento descubro varias docenas de rosas en un jarrón sobre la mesa. Nunca he visto tanta cantidad a la vez. Aún están cerradas y tienen un profundo tono rojo sangre, exactamente del mismo color que el vestido que llevo. Son magníficas, todas y cada una de ellas perfectas. Me acerco para estudiarlas con más detalle e inhalo su fuerte fragancia. Siento cómo Jeremy se aproxima hasta ponerse detrás de mí, su leve aliento contra mi cuello. Subida en mis altos tacones estoy un poco más alta, de modo que, convenientemente, no tiene que agacharse tanto.
—Cada una de estas rosas representa las experiencias que quiero ofrecerte este fin de semana. Imagina qué aspecto tendrán cuando hayan florecido plenamente, con todos sus pétalos abiertos. Ahora mismo son preciosas, igual que tú, Alexandra, pero imagínate cómo llegarán a ser cuando, una a una, hayan estallado en todo su esplendor.
Sus labios acarician ligeramente la parte expuesta de mi nuca mientras me habla. Oh, Dios mío, esos labios y sus palabras hacen que mis rodillas estén a punto de doblarse.
Mi voz es lenta, jadeante.
—Lo estás haciendo muy bien a tu manera... Sinceramente puedo decir que nunca he experimentado nada parecido a esto antes, Jeremy, nunca.
—Pues todavía no has visto nada, tía
Instantáneamente ha hecho surgir el humor con un giro típicamente americano.
—Necesitamos otro brindis —declara ceremoniosamente mientras empieza a maniobrar con algo que ya está dispuesto en el bufet en unos intrincados vasos con mucho hielo.
—Oh, no, ¿chupitos de vodka?
—No exactamente, pero te felicito por tu buena memoria. Esta vez se trata de algo diferente, ya verás.
Su tono sugerente y la mirada de sus ojos me devuelven directamente a uno de los encuentros sexuales más juguetones, sorprendentes e incitantes en los que alguna vez participé y probablemente participaré en toda mi vida...
Jeremy y yo hemos terminado nuestros exámenes de mitad del semestre y no podemos esperar a que llegue la noche para celebrarlo; tenemos la sensación de no haber despegado los ojos de los libros durante los últimos meses. Justo cuando nos dirigimos al bar, a unas pocas manzanas, para encontrarnos con algunos amigos y tomar unas cervezas, se desencadena una estrepitosa tormenta eléctrica, que deriva en un atronador aguacero. Jeremy y yo echamos un vistazo fuera antes de decidir quedarnos en casa y tomar tranquilamente una copa viendo una película. Un plan muy apetecible ya que ambos estamos totalmente reventados de quemarnos las pestañas de tanto estudiar. Aunque nos sentimos aliviados por haber dejado atrás el estrés de los exámenes, todavía no hemos conseguido recuperar las suficientes horas de sueño como para tener ganas de fiesta. Cuando nos sentamos en el salón con un par de sidras y unas palomitas, el amigo de Jeremy y compañero en la Facultad de Medicina, Patrick, irrumpe por la puerta, calado hasta los huesos.
—Hola, colega, menuda tormenta la de ahí fuera. —Grita las palabras por encima del chasquido de un trueno que prácticamente sacude las paredes—. Ah, hola, Lexi, no te había visto. ¿Cómo estás?
Siempre he pensado que Patrick es una monada. Tiene un encanto infantil, mide alrededor de metro noventa y posee una constitución musculosa lograda por jugar en el equipo de rugby de la universidad. Además me llama Lexi.
—Hola, Pat. Estoy bien, gracias.
—Entra, colega. Parece como si te hubiera pillado de lleno la tormenta, estás empapado.
—Gracias. Iba de camino al bar para reunirme con todo el mundo cuando me sorprendió. Espero que no os importe.
—En absoluto. Habíamos pensado ver una película, no hay quien se asome ahí fuera, así que nos íbamos a quedar aquí.
Después de poner su ropa en la secadora, se sienta en el sofá con nosotros, con una toalla de baño blanca firmemente atada alrededor de sus caderas. Su bronceado cuerpo tiene un aspecto magnífico, prieto por las numerosas flexiones y abdominales y lo que quiera que hagan los jugadores como entrenamiento. Oh, sí, puedes llamarme Lexi, me digo... Se abre una cerveza y nos preparamos para ver la película.
Estoy sentada en un extremo del sofá con mis piernas sobre el regazo de Jeremy y Patrick sentado en el otro. Después de la segunda ronda de bebidas, Pat se lía un porro. Y cuando se levanta para fumárselo fuera Jeremy le detiene.
—No te preocupes, tío, aún está jarreando ahí fuera. Fúmatelo aquí y así no tendremos que parar la película.
Después de dar una larga calada, se lo pasa a Jeremy, que no pierde el tiempo en inspirar su esencia directamente a sus pulmones. Deja que el efecto se asiente, da una pequeña calada más y me lo ofrece. Cuando vacilo, Jeremy me anima.
—Vamos, ya hemos terminado los exámenes, relájate, no vamos a ir a ninguna parte esta noche y tenemos toda la semana que viene de descanso.
Es cierto, de modo que le quito el porro y me concentro en aspirarlo correctamente. Es tan embarazoso cuando no lo haces bien...; da la sensación de que todo el mundo está deseando ofrecerte sus expertos consejos sobre el método correcto de fumar un canuto. Exhalo todo el aire y, muy despacio, inhalo el humo profundamente hasta mis pulmones, reprimiendo las ganas de toser y expulsarlo todo. La sensación sube rápidamente a mi cerebro mientras continúo hablando para mis adentros sobre el proceso: aguanta, aguanta, aguanta y expira suavemente. Jeremy me quita el porro de los dedos justo antes de que caiga, cuando mi cuerpo se queda momentáneamente aturdido y se hunde aún más en el rincón del sofá, sintiéndose confortablemente entumecido.
Una calada más será suficiente para mí. Durante un buen rato me sumerjo feliz en mi pequeño espacio y no tengo ni idea de cuánto fuman los chicos o qué han estado haciendo. Mi consciencia regresa hacia el final de la película para ver a los chicos riéndose como locos de algo. No sé muy bien de qué, pero apenas tardo un minuto en unirme a ellos riendo como una histérica. Cuando la película termina, hay unos vídeos musicales y Pat empieza a bailar alrededor de la habitación envuelto en la toalla seguido por Jeremy. Es muy divertido verlos bajo la intermitente luz de la televisión, con el sonido de la lluvia cayendo de fondo. Al menos nadie podrá quejarse del volumen. Jeremy intenta levantarme del sofá para que baile con ellos, pero me parapeto entre los cojines.
—No, vosotros dos solos tenéis un aspecto perfecto, dejad que disfrute como voyeur.
Eso les incita a una nueva serie de danzas aún más complicadas que parecen completamente ridículas dado el estado en el que están. Finalmente desaparecen por la cocina para regresar con una bandeja llena de chupitos de vodka. Sacudo la cabeza.
—Oh, no, no después de un canuto.
—Sí, definitivamente después de un canuto, Lexi, es la única forma. Después de todo, esta es una fiesta de aguacero postexámenes —declara Pat entre risas y Jeremy se une a sus sentimientos con su propia histeria. Intentan chocar esos cinco pero fallan. La cosa se pone cada vez más divertida de observar y noto agujetas en el estómago de tanto reír.
—Está bien, Alex, bébete dos chupitos de un trago y te dejaremos quedarte en el sofá detrás de tu barricada —sugiere Jeremy.
—Por supuesto. Puedes quedarte ahí sentada como la maravillosa princesa que eres, en tu cómodo castillo —añade Patrick.
Perfecto, qué maravillosa solución. Lo único que quiero en este momento es el suave confort del sofá y de los cojines que he recolectado en el transcurso de la noche.
—¿Uno? —No debería haber hecho la pregunta.
—Dos. Uno por Pat y otro por mí, y luego te quedarás a salvo en el sofá, al menos durante un rato.
—¡Hecho! —acepto, como si su lógica tuviera algún sentido.
—Salud.
—Por las nuevas experiencias —añade Jeremy, mientras todos entrechocamos nuestros vasos sosteniéndonos la mirada, como era la costumbre entre nosotros.
Un chupito dentro. Dos chupitos dentro.
—¡Santo Dios, qué fuerte es el vodka cuando tomas dos vasos así seguidos!
Patrick me pasa un poco de limonada para quitarme la sensación de quemazón.
—Muy considerado por tu parte. Gracias, Pat.
—Estamos aquí para servir a la señora —dice con una pícara y descarada sonrisa mientras intenta hacer una reverencia.
—Y eso me complace infinitamente —asiento con un guiño.
Agradezco que me dejen regodearme en mi suave y brumosa neblina de vodka mientras ellos continúan bailando y desfilando por toda la habitación.
Cuando vuelvo a mirar alrededor, advierto que Jeremy, al igual que Patrick, solo lleva una toalla envolviendo su cintura y, además, bastante caída.
—¿Acaso creéis que pertenecéis a un harén masculino? Echaos un vistazo. Estáis muy graciosos.
Sin duda están ridículos, pero mientras los observo soy consciente de cómo mis ojos no pueden evitar fijarse en el movimiento de sus músculos y en lo firmes que son sus cuerpos. Me sonrojo ante la idea de tenerlos en mi propio harén.
Entonces, súbitamente, los dos aparecen por ambos lados del sofá y me roban todos mis cojines.
—¿Qué estáis haciendo? —les grito—. Devolvédmelos, son míos, no podéis, no es justo.
La broma les parece de lo más divertida mientras me despojan de los cojines y yo trato de recuperarlos.
—Vamos, AB, llevas años ahí apoltronada. Los cojines no pueden ser más importantes para ti que nosotros, ¿no es cierto? Suéltalos...
Entonces Jeremy planta un beso en mis labios, su lengua penetrando en mi boca.
Me quedo un poco sorprendida por que haya hecho una cosa así delante de Patrick. Miro hacia este último y advierto la misma lujuria en sus ojos que la que hay en los de Jeremy.
Me doy cuenta demasiado tarde del gesto de asentimiento que cruzan entre ellos, y antes de que reaccione, Patrick me tiene cogida por las piernas y Jeremy por el torso y me están llevando hacia la cama de Jeremy.
—¡Chicos! —Me río y me retuerzo mientras la fuerte lluvia continúa cayendo—. ¿Qué estáis haciendo?
—Lo justo es que tú también lleves una toalla. Solo queremos jugar un poco. —Me arrojan suavemente sobre la cama. Jeremy desabrocha mis pantalones y me baja la cremallera—. Levántala un poco, Pat.
Arquea mi espalda para que Jeremy pueda quitarme los vaqueros.
—Eso es, ahora siéntala. —Jeremy me saca la blusa por los hombros y los brazos.
Le miro directamente a los ojos, interrogándole, sin saber bien qué hacer o qué sentir. O, ya puestos, que está pasando exactamente. Entonces se detiene y me pregunta tranquilamente:
—¿Quieres que paremos?
—No. —Muevo lentamente la cabeza de un lado a otro. No quiero que paren. ¿Quién que estuviera en sus cabales no querría ser complacida por dos entusiastas y viriles hombres en una oscura y tormentosa noche? ¡Desde luego yo no! El calor de mi vientre se extiende inmediatamente a otras zonas más erógenas.
Jeremy despliega una enorme sonrisa.
—Está bien, CC. Sé que quieres jugar tanto como nosotros. Te prometemos concederte toda nuestra atención. Tú relájate y disfruta del viaje.
—¿CC? Esto es nuevo.
—Chica Cañón, por supuesto.
Genial, mi lista de apodos está creciendo exponencialmente esta noche.
Entonces se vuelve hacia Patrick.
—Tú le desabrochas el sujetador y le quitas las bragas mientras yo la sostengo.
No puedo creer que esto esté sucediendo. Me siento totalmente hechizada por la poderosa y desnuda virilidad que me rodea, completamente seducida por la idea de lo que pueda suceder a partir de ahora. ¿Realmente me está sucediendo esto? Aparentemente sí, debe de ser mi noche de suerte. Así que dejo que me tumben en la cama, totalmente desnuda, anticipando ansiosa su próximo movimiento y permitiendo que jueguen conmigo, acaricien mis pechos, mordisqueen los lóbulos de mis orejas, besen mi estómago, me compartan, me laman, me sondeen. Cierro los ojos y cuando los abro veo a Jeremy succionando mis pezones. Vuelvo a cerrarlos con un gemido y al abrirlos de nuevo veo a Patrick trazando lánguidamente con su lengua una línea a lo largo del interior de mi muslo. Juntos exploran las partes de mi cuerpo, luego por separado y nuevamente juntos, cada uno encontrando su propia forma de llevarme hasta las más increíbles cotas.
Durante muchas horas.
Y es embriagador.
Mi cabeza descansa en el regazo de Patrick, aún envuelto en la toalla mientras se sumen en una especie de conversación sobre anatomía que no me molesto en seguir. Él me acaricia el pelo, abanicando con él sus piernas cruzadas, mientras Jeremy yace de lado junto a nosotros. Patrick me pone un porro en los labios e inhalo ligeramente, levantando la vista hacia él. Totalmente relajada por estar tumbada, y feliz de tener un respiro tras la intensa atención que sus manos y bocas han estado dispensándome, siento que tanto mi cuerpo como mi mente están flotando.
Pat me toca la frente.
—Lexi, estás ardiendo. ¿Te encuentras bien?
—Sí, genial, me parece, aunque esto está un poco cerrado y hace calor.
—No me sorprende. —Se ríen.
—Déjame que traiga el termómetro —se ofrece Jeremy.
—No es necesario, J —digo, riendo con ellos.
Los dedos de Patrick continúan acariciando mi cabello, proporcionándome una gran placidez. Respiro hondo y me dejo flotar en una brumosa nube. Vuelvo bruscamente a la realidad cuando Jeremy pasa mis piernas sobre sus hombros, separa mis nalgas e introduce el termómetro en mi ano, presumiblemente lubricado puesto que se sumerge sin problemas. Trato de incorporarme pero solo consigo que me empuje contra el regazo de Patrick mientras inmoviliza mis hombros contra la cama.
—¡Jeremy! —exclamo—. ¿Qué estás haciendo?
—Tomándote la temperatura, AB. No queremos que te ocurra nada serio cuando podemos tomar las precauciones oportunas. Los dos somos prácticamente doctores, ya sabes.
—Me encuentro perfectamente. Sácame esa jodida cosa del culo.
—Solo aguanta un minuto o dos. No estaría bien dejar que el mercurio se escurriera hasta tus partes sensibles, ¿verdad?
Sus palabras, creíbles o no, consiguen que no mueva un músculo hasta que retira el objeto invasor.
—Oh, sí, estimado colega, tenías razón. Treinta y ocho grados con cinco décimas. Bien diagnosticado. Menos mal que tengo el remedio adecuado.
—No tengo fiebre, Jeremy, idiota. —Y comienzo a revolverme.
—Por favor, calme a la paciente, doctor McCluskey.
Patrick rápidamente me tapa la boca con sus gruesos dedos. Jeremy levanta mis brazos por encima de los hombros, mientras Patrick los inmoviliza en la cama con sus sólidas piernas de jugador de rugby. Suelto un gruñido sin demasiado éxito de conseguir un verdadero ruido.
¿Y ahora qué?, pienso. Tienen que estar exhaustos. Yo, desde luego, lo estoy.
Pero aparentemente no.
Jeremy deja a la vista un recipiente lleno hasta rebosar de cubitos de hielo y lo coloca sobre la cama. Entonces extrae uno y lentamente lo desplaza sobre la piel del interior de mis brazos, rodeándome una y otra vez la axila, hasta atravesar mi pecho, para luego repetir la secuencia en el otro lado. Mi piel empieza a reaccionar a la sensación del frío hielo deslizándose y goteando sobre mi sobrecalentado cuerpo. Cuando llega a mi pecho, traza un círculo tras otro, utilizando nuevos cubitos de hielo según van desintegrándose en gotas a lo largo de mi ardiente piel. Al mismo tiempo que Jeremy atormenta mis pezones, Patrick pasa lentamente un cubito por mis labios, metiéndomelo en la boca y jugando con mi lengua. Mis brazos empiezan a entumecerse bajo el peso de sus piernas, convertidos en inútiles armas de protesta. Tengo sed del hielo en mi boca, de modo que dejo que me atormente hasta que introduce otro cubito en mi garganta. Estoy tan concentrada que apenas advierto cuando Jeremy termina con mis pezones y continúa su misión hacia el sur, dejando un goteo de cubitos alrededor de mi ombligo. Patrick no permite que mis pezones queden desatendidos por un segundo y continúa donde Jeremy lo dejó. Estoy literalmente sumergida en una embriagadora estimulación de los sentidos. Jeremy comienza a enfriar mi vulva, provocándome escalofríos por todo el cuerpo, hasta que finalmente desliza un cubito dentro de mi vagina. Mi espalda se arquea instantáneamente ante la sensación.
—Por favor... —digo sin aliento, a alguien, cualquiera.
Jeremy desliza otro cubito en mi interior. La sensación del hielo frío siendo empujado por el ardiente túnel transmite escalofríos por todo mi cuerpo, que intenta rechazar al duro invasor que contrae mi carne hipersensible. Antes de que tenga la oportunidad, introduce suavemente otro cubito por el mismo pasaje, sus ojos completamente absortos en el impacto que sus acciones producen en mi cuerpo.
Cuando ya no puedo soportar más el fuego y el hielo debatiéndose dentro de mi cuerpo, Jeremy junta mis piernas, las rodea por fuera con las suyas y devora mi boca con su boca. A su vez, Patrick me sujeta la cabeza en su regazo, y puedo sentir su palpitante erección contra mi cráneo. Luego se recoloca ligeramente para, una vez más, deslizar el hielo por mis sensibles axilas antes de sacar mis brazos de debajo de su cuerpo y fijarlos contra mis costados, desplazando el hielo hasta esa posición. Jeremy se ha asegurado de que mi boca y mi pasaje inferior estén inundados de hielo mientras su cuerpo restringe y limita todos mis movimientos. Me siento como un iglú dado la vuelta. La sensación de demasiado calor en el exterior y de estar congelada en el interior no se parece a nada que haya experimentado con anterioridad. Todo mi ser se sacude con incontrolables convulsiones mientras el calor de mi cuerpo devora con avidez el hielo de mi cavidad oral y vaginal. Los gélidos intrusos compiten con el hábitat natural que están invadiendo, al tiempo que mi cerebro se queda paralizado por la sobrecarga sensorial que mi cuerpo está experimentando.
No puedo gritar. Y no lo hago.
Los chicos no me sueltan hasta que consigo derretirme.
Cuando lo hago, Jeremy se agacha para exhumar dramáticamente los diluidos fluidos que ha desatado de forma total y absoluta. Aunque estoy consumida por el frío, me siento húmeda de pasión y deseo y estallo como un volcán.
—¿Lo ves, Alex?, ya te he dicho mil veces que solo salen buenas cosas después de unos sinceros brindis con vodka. Ha sido toda una experiencia, ¿no crees?
Estoy demasiado exhausta para comentar nada.
Lo más extraño de todo es que nunca descubrí si lo habían planeado de esa forma o toda la experiencia había ido surgiendo espontáneamente a lo largo de la noche...
Trato de apartar el libidinoso recuerdo de mi mente y centrarme en lo que Jeremy está haciendo.
—Eso parece muy técnico. ¿Qué demonios estás preparando ahí?
—No es tan técnico como parece, pero creo que conseguiremos que valga la pena. Después de todo, no nos vemos demasiado a menudo. Espero que no te importe, he optado por la versión Hemingway, dado que es viernes por la noche. Es un poco más complicada que la versión francesa, mientras que la bohemia estoy seguro de que dispararía todas las alarmas antiincendio.
Su explicación no ayuda demasiado a aclarar mi confusión.
Saca con gran ceremonia dos copas de cristal heladas con un líquido de un tono lechoso opalescente y me tiende una.
Me acerco la copa a la nariz para olfatear su contenido mientras alzo las cejas, suspicaz. Tiene un olor dulce muy fuerte mezclado con un toque de anís o regaliz.
—Era la bebida de Vincent van Gogh, Oscar Wilde y Ernest Hemingway. —Si lo dice con intención de iluminarme, se ha equivocado totalmente. Antes de tener la oportunidad de preguntarle algo más, hace un brindis—. Por ti, Alexandra, por explorar y descubrir la versión más liberal de ti misma. Y por supuesto, por la eclosión de tus rosas —añade con un pícaro y cómplice guiño.
Tal vez lleve puesto el vestido más maravilloso que jamás he lucido y puede que me sienta más glamurosa de lo que jamás me he sentido, pero, de repente, es como si hubiéramos vuelto a la universidad y estuviéramos a punto de embarcar juntos en alguna traviesa aventura que traspasara los límites de nuevo. Me siento igual de excitada y revolucionada que un niño pequeño que va a acudir por primera vez a un parque temático. Dejo que la seducción y el misterio de lo desconocido del fin de semana me arrastren sabiendo que Jeremy nunca me haría daño.
Y, por muchas razones, le conozco demasiado bien como para declinar su oferta llegados a este punto.
—Skol.
—Slainte —respondo, siguiendo nuestra costumbre de brindar en la lengua de los diferentes países que hemos visitado juntos. Le miro directamente a los ojos, antes de dejar que el gélido líquido se deslice suavemente por mi garganta, notando cómo su efecto actúa con alarmante rapidez, calentando mi sangre al instante.
—Ese es el espíritu, sabía que no me decepcionarías. Eso es lo que será este fin de semana.
—¿Qué demonios era este brebaje, Jeremy?
—Absenta, cariño, el Diablo Verde.
Jeremy posa su vaso en la mesa y camina lenta y decididamente hacia mí. No soy capaz de identificar la mirada de sus ojos.
—Bueno, Alexandra, ¿estás dispuesta a despedirte desde ya? —Le miro con socarronería.
—Pero si apenas acabamos de decirnos hola. Pensé que querías estar cuarenta y ocho horas completas. —El efecto de la absenta penetra en mi cerebro mientras me pregunto qué quiere decir.
—Quiero decir que ha llegado la hora de cumplir tu promesa. —Me coge la mano dándome unos suaves golpecitos en la palma, sus dedos apenas tocando la piel. Respiro hondo e intento estar lo más calmada y serena posible.
—¿Te refieres a quedarme el fin de semana? Jeremy, ya sabes que te lo he prometido, estoy de acuerdo. Me quedaré. —Mis palabras suenan poco convincentes y no consiguen el propósito de parecer casuales. Jeremy puede sentir cómo mi pulso se ha acelerado con sus palabras, ya que sus dedos están astutamente colocados sobre el interior de mi muñeca. ¿En qué estaba pensando? ¡Tratar de engañar a un médico! ¡Tratar de engañar a Jeremy!
—Estás jugando conmigo, Alex. Sabes perfectamente lo que has prometido. —Continúa tomando mi pulso y trato de mirar a cualquier parte menos a él.
—Ah, ¿te refieres a cuando estábamos en la bañera? ¿Estás hablando de eso?
Sacude la cabeza con condescendencia, pero aún tiene una sonrisa en su cara.
—Sí, CC, es exactamente de lo que estoy hablando. No creerías que me había olvidado, ¿verdad?
Sus palabras cargadas de insinuaciones sobre nuestro antiguo pasado parecen fundirse perfectamente con el momento presente. Me aparto de él, tratando de poner entre nosotros un poco de distancia, tanto física como emocional.
—¿Puedes repetírmelo? No estaba precisamente centrada en nuestra conversación en ese momento. Era algo sobre la conferencia..., los sentidos, ¿es eso? —digo bromeando y tratando de aligerar la tensión, aunque una parte de mí desearía no haberlo preguntado en vista de su ceño fruncido.
Su silencio aumentan la tensión del momento.
—No lo decías en serio, ¿verdad, Jeremy? No puede ser. Pensé que solo estabas bromeando, ya sabes, que solo querías acrecentar la experiencia...
Me interrumpe.
—Te pedí que me prometieras dos cosas. Que accedieras a no tener visión y a no hacer preguntas. —Hace una pausa para causar mayor efecto—. Durante cuarenta y ocho horas. Así de sencillo. Nada que una mujer lista e inteligente como tú no pueda entender, estoy seguro. —Mis palmas se humedecen al oír sus palabras. Prosigue en un tono serio y firme—. Alexandra, tú mejor que nadie sabes que nunca, nunca jamás bromeo ni juego con las promesas. —Me mira fijamente pero me permite mantenerme a distancia. Oh, Dios, lo decía en serio, pretende realmente llevarlo a cabo. Típico, justo cuando estoy empezando a relajarme y a divertirme un poco. Es muy propio de Jeremy llevar las cosas a otro nivel y situarme una y otra vez al límite. Sé de sobra que tiene razón. Que se toma las promesas con más seriedad que ninguna otra persona que conozco. ¿En qué estaría yo pensando? Haciendo estúpidas e insensatas promesas, y todo por la satisfacción de un orgasmo alucinante. Ah, pero qué orgasmo..., no había tenido uno así desde hace tanto tiempo... Y la promesa de alguno más resulta casi insoportable. ¡Céntrate!, me censuro.
—Bueno, Jeremy —digo con voz seria, tratando de reforzar mi resolución de mantenerme firme—. Ciertamente me hiciste prometerlo bajo coacción y sabes tan bien como yo que eso no vale. —Solo puedo confiar en estar adoptando su lenguaje y contundencia como último recurso para salir del lío.
—Ah. Así que te acuerdas. Ya vamos progresando. ¿En serio llamas a eso coacción, cariño? A mí me pareció que lo estabas pasando más que bien. —Sus palabras son tan irónicas como su sonrisa.
—Aun así, eso no significa que no hubiera coacción. Sabes que estaba en un momento de debilidad y simplemente decidí seguir el juego. —Intento parecer convincente.
—¿Estás dispuesta? —pregunta con firmeza, dando claramente por zanjada la discusión.
—¿En serio quieres seguir adelante con ese estúpido asunto de la promesa? Es tan absurdo..., una verdadera tontería. No necesitamos que nuestro tiempo juntos sea así, Jeremy. Sería mucho más agradable pasarlo juntos sin..., bueno, sin... que hubiera esta tensión entre nosotros, sin tener que jugar a nada. Ya somos personas adultas, no hay necesidad de ello. Es una chiquillada —digo, mi creciente alarma dando paso a una leve exasperación.
Entorna sus ojos y los clava en los míos mientras da un paso hacia mí. Retrocedo instintivamente; no puedo evitarlo, como si me inclinara del lado de la precaución, tratando de evitar la envolvente sensación de peligro, por muy tentadora que sea. Él continúa aproximándose, pero cuando doy otro paso atrás noto que he alcanzado el borde de la mesa. Y ahora, ¿qué puedo hacer, correr? Me parece ridículo salir corriendo de mi mejor amigo y ex amante. Eso no es lo que quiero y ahí es donde reside el problema. Tengo que razonar con él.
—Por favor, Jeremy, por favor, ¿tienes que hacer esto? —digo con urgencia, casi suplicando por un poco más de tiempo y espacio. Coloca sus brazos a cada lado de mi cuerpo, inmovilizándome firmemente contra la mesa. Su cuerpo presiona contra el mío, mi espacio personal desaparece y no tengo otro sitio donde ir más que mantenerme firme o tenderme de espaldas sobre la mesa. Siento que sus ojos me penetran, buscando mi alma con la mirada, y comprendo que debo evitar a toda costa su examen, sabiendo que, si no lo hago, me atravesará directamente y penetrará en mi santuario interior. Ya no le hace falta tomarme el pulso; puede sentirlo por todo mi cuerpo. Al igual que un piloto de Fórmula Uno, mi pulso solo tiene una velocidad: la directa.
—Alex. —Está pegado a mí, firme, dominante. Presiento que su paciencia está disminuyendo por momentos—. Lo prometiste; y sabes lo que eso significa entre nosotros. Sabes que nunca prometemos nada que no podamos cumplir, ni a nosotros mismos ni el uno al otro. Ha sido así desde que nos conocimos. Nuestra palabra es nuestro vínculo.
Por un instante la intensidad de sus palabras y la fuerza de su respuesta me bloquean. No había previsto la cálida emoción que se desprendería de ellas. Un profundo estremecimiento me recorre la espina dorsal. Una vez más mi mente repasa el recuerdo de la promesa como si fuera una señal, evocando las mismas imágenes que antes. Recuerdo que sus palabras tenían un tono y una finalidad similar.
—Sabes que lo digo en serio, Alexandra, no pienso dejarlo pasar.
Pero ¿me dejarás marchar? ¿Me quiero marchar? Las silenciosas preguntas inundan mi mente.
Si me ha llamado por mi nombre completo está claro que no va a alterar su decisión.
El aire entre nosotros está cargado de energía contenida, emoción y anticipación. Hay un montón de cosas que me gustaría decir, tantas que no consigo que salgan por mi boca. ¿Dónde se han metido mis palabras? ¿Dónde está mi protesta? ¿Dónde está mi vía de escape? ¿Por qué sigo todavía aquí, aceptando esto? Tiene que haber algo que pueda hacer. Mi mente está en blanco. ¿Es posible que realmente quiera esto? ¿Lo deseo? ¿Acaso ha tocado algún resorte que he estado negándome a mí misma durante años?... Oh, no, mi propia mente le acaba de abrir la brecha que estaba buscando.
Continúo indagando en sus ojos en un intento por encontrar alguna explicación de por qué esto es tan importante para él. ¿Por qué insiste tanto? Sé que está en su naturaleza; siempre ha sido una persona decidida, un ganador, pero ¿por qué ahora?, ¿qué es lo que gana? ¿Y qué puedo perder yo? No lo entiendo. Debe de haber notado que mi mente analítica está moviendo sus engranajes porque su voz interrumpe el hilo de mis pensamientos.
—¡Ya basta! Es el momento —proclama con voz atronadora—. Toma tu decisión.
—¿Es que tengo elección, Jeremy? —Mi voz tiembla de emoción.
—Siempre hay elección, Alex, no lo olvides nunca. No tenías por qué prometerlo y no te estoy forzando a quedarte. Solo estoy subrayando las condiciones, por si lo haces.
Oh, Jeremy, el genio supremo.
Toma mis manos y me guía suavemente hasta el segundo dormitorio. Puedo sentir el latido de mi corazón acelerándose por momentos, pero soy incapaz de distinguir si es debido a la absenta, a la adrenalina o a la emoción. Trato de retorcerme ligeramente para soltarme de su mano, sin ningún éxito. Oh, Dios, pienso, ¿en dónde me he metido? Mientras mis ojos escrutan la habitación, advierto un elegante antifaz de seda, como los que se usan para dormir, asomando lánguidamente por el borde de una pequeña caja con aspecto muy lujoso. Es del mismo color que mi vestido y está entretejido con delicado encaje negro. Al lado hay una manopla de terciopelo, un pequeño frasco de ungüento y algunos colirios sobre la mesilla de noche. Mi corazón late desbocado mientras mis pies se clavan firmemente al suelo.
Oigo una voz en mi cerebro gritando: ¡Sal de aquí ahora mismo, ya! Mueve los pies y corre. Le estás dando el control absoluto. Es un error, no quieres esto. Eres madre, esposa. Corre, sal de aquí. No formes parte de esto. Pero otra voz proclama con tres simples palabras: ¡Adelante con ello! Me echo a temblar. Jeremy me abraza posesivamente. Como un enorme oso pardo paradójicamente enamorado de su presa. Mis brazos cuelgan inertes en los costados.
—¿Por qué te cuesta tanto, Alex? Todo está pensado para resultar excitante, embriagador, no para hacerte temblar como una solitaria hoja en un árbol defendiéndose de vientos huracanados.
Su voz es queda, afectuosa, acariciadora. Sus palabras expresan mis sentimientos con más elocuencia de lo que yo misma sabría explicarme.
—¿Por qué es tan importante que cumpla, Jeremy?
—Porque hiciste una promesa.
—Siento que es mucho más que eso, así que dímelo, por favor, dime qué está pasando. ¿Por qué es tan importante para ti?
—Déjame disfrutar de este momento contigo, no durará para siempre. Te cuidaré, te lo prometo. ¿Cuándo no lo he hecho?
Dejo escapar otro enorme suspiro sabiendo que esta última afirmación es cierta. Aunque hemos tenido algunos momentos salvajes juntos, él siempre ha cuidado de mí. Me siento tan confusa como cualquier persona en la tierra. Jeremy me dice que tengo elección, pero yo no siento que sea así: si quiero quedarme, esto es lo que hay. ¿Es una percepción real o simplemente mi imaginación? Sinceramente no lo sé. Siento que me ahogo en mis pensamientos y emociones cuando descubro un cuenco lleno de redondas y perfectas manzanas rojas en el centro de la mesa redonda. Me extraña no haberme fijado en ellas antes, su simbolismo es evidente. Durante un fugaz instante comprendo cómo se debió de sentir Eva al ser tentada por la serpiente para que probara la manzana. Sabiendo quizá que aquello era precisamente lo que no tenía que hacer, pero comprendiendo instintivamente que el destino le estaba señalando el camino a seguir al margen de sus propias acciones. ¿Acaso estaba destinada a jugar su papel en la historia bíblica porque su tentación estaba predeterminada, más allá de su control? ¿O bien lo eligió voluntariamente porque quería probar la manzana y ver qué sucedía? Este nuevo debate interno no me está ayudando con mi dilema inmediato.
—No sé muy bien qué hacer, Jeremy, de verdad. Sencillamente no lo sé.
Pero, muy en el fondo, sí sé que esas no son las palabras que quiere escuchar el hombre que está frente a mí. Sin embargo su respuesta me coge totalmente desprevenida.
—Reconozco que te estoy pidiendo mucho, pero recuerda, me he inspirado en tu conferencia de esta tarde. De modo que, como poco, será una experiencia enriquecedora para ti y sé que nunca has vuelto la espalda a cualquier oportunidad de continuar con tu educación. Conozco lo importante que es para ti. Piensa en lo que les pides que hagan a tus clientes y alumnos para alcanzar la madurez personal. ¿Es esto muy diferente? Solo estoy pidiéndote que pases por ello, en lugar de hacerlo al revés. Te estoy ofreciendo la oportunidad de entender de primera mano el impacto de la falta de estimulación visual, de explorar la privación sensorial por ti misma, el verdadero núcleo de tu investigación. Puede que incluso te incite a iniciar una nueva tesis, una importante investigación basada en la experiencia personal que, de otra forma, nunca habrías considerado.
Hace una pausa, calculando mi respuesta a su línea argumental que, cuando menos, da bastante que pensar. Admito a regañadientes que su propuesta me intriga, aunque no estoy segura de ser lo suficientemente valiente ni de tener la fuerza necesaria para explorarla a un nivel tan personal.
—Lo último que deseo es que te marches. Quiero estar contigo, tocarte, conectar contigo. Estás divina, y sé que lo sabes, puedo verlo en tus ojos. Te quiero, Alex, y durante las próximas cuarenta y ocho horas quiero llevarte hasta donde nunca te has dejado llevar. Quiero romper todas tus barreras, quiero llegar hasta la esencia de tu ser, presentarte nuevamente a ti misma. Sé de corazón que esta es la forma de conseguirlo. Por favor, confía en mí. Deja que te lleve en este viaje de redescubrimiento. Entrégate a mí. —La voz de Jeremy es hipnótica, mi cerebro y mi corazón absorben sus palabras como una esponja absorbe el agua. Su carisma y su imponente presencia resultan a la vez seductores y embriagadores.
Una vez más me siento perdida en sus palabras, al igual que estuve perdida por su tacto cuando estuvimos juntos en la bañera. Me lleva hasta el borde de la cama y me empuja suavemente hasta sentarme. Todo parece desarrollarse como en un trance, pausadamente. Me siento llena de energía y, sin embargo, calmada.
—Sabes que siempre te he amado, Alexa, que nunca te haría daño —susurra muy bajito con voz acariciadora para que mi cuerpo se relaje, para que mi mente ceda. Asiento ligeramente, como queriendo decir: Lo sé, lo entiendo, pero las palabras permanecen en mi interior sin ser pronunciadas—. Lo sabes desde el momento en que nos presentaron, nunca he conocido a nadie como tú y nunca lo conoceré.
Sus dedos acarician mi frente, sus palmas apoyadas en mis sienes.
—Túmbate y no te muevas, Chica Cañón, deja que te cuide.
El miedo que me había estado atenazando ha abandonado misteriosamente mi cuerpo para ser reemplazado por una apacible calma. Mi cuerpo se sume en un placentero estado de serenidad mientras mi mente está pendiente de cada palabra de Jeremy. No creo que pueda levantarme de la cama, ni siquiera aunque lo intentara ahora mismo.
—¿Me dejarás hacerlo ahora?
Noto que mi cabeza asiente ligeramente.
—¿No lucharás contra mí?
Muevo la cabeza de un lado a otro. Sus manos presionan con firmeza y, a la vez, con suavidad mis hombros mientras baja lentamente mi espalda hasta la cama.
—Mírame, Alexandra.
Sostengo su mirada.
—¿Estás lista para despedirte de tu visión durante cuarenta y ocho horas?
—Sí —respondo bajito. Cuando mis palabras atraviesan el aire, una lágrima resbala lentamente de mi ojo hasta la cama, quizá debida a la emoción contenida ante la decisión que he tomado. Besa intencionadamente el rastro de la lágrima sobre mi mejilla como si comprendiera el poder que le estoy ofreciendo sobre mí. Sus dedos alzan mi barbilla, echando mi cabeza de nuevo hacia atrás.
—Gracias.
Retira suavemente un mechón de pelo que ha caído sobre mi cara, poniéndolo detrás de la oreja, y me aplica hábilmente dos gotas de colirio en cada uno de mis ojos. Parpadeo varias veces mientras la habitación rápidamente se vuelve oscura y borrosa.
—Cierra tus ojos para mí. —Respiro hondo mientras los cierro muy despacio. Siento un levísimo roce cuando sus dedos extienden el ungüento sobre mis párpados, que se vuelven extraordinariamente pesados. En pocos segundos el mundo desaparece completamente de mi vista y me rodea la oscuridad.
¿Qué he hecho?