Echo un último vistazo, convencida de haber dejado todo bien organizado para mi familia antes de salir de casa.
Las bolsas de viaje de los niños hechas.
La comida extra preparada.
El equipo de acampada organizado.
Jordan y Elizabeth se marchan a su primera excursión durante una semana, acompañados por todos los padres, que serán los encargados de echar una mano dada la naturaleza de las actividades al aire libre que pretenden realizar. Una gran idea desde el punto de vista materno aunque, en el fondo de nuestros corazones, todas sabemos que les echaremos de menos desde la primera noche que estén fuera. Los niños se quedaron desolados cuando la excursión estuvo a punto de suspenderse debido a la falta de fondos y apoyo de la Fundación para la Conservación de Tasmania. Afortunadamente, un patrocinador de última hora del programa Padres con Niños permitió, finalmente, que la excursión pudiera organizarse. Los niños están terriblemente excitados. De hecho, ahora que lo pienso, Robert, mi marido, parece más animado y comprometido con esta aventura de lo que le he visto en años con cualquier otra cosa. Debe de tener algo que ver con los hombres y sus tendencias exploradoras —y el misterio del furtivo tigre de Tasmania proporciona el pretexto perfecto—, o tal vez, simplemente, esté feliz por estar lejos de mí. Sea como sea, él también parece estar muy excitado y tampoco ha sido capaz de dormir ante la expectativa de la gran aventura de atravesar el borde oeste de la jungla de Tasmania en busca del esquivo tigre.
Por ese motivo, decidí aprovechar al máximo la ausencia de mis hijos y realizar una serie de conferencias que había estado posponiendo durante los últimos meses hasta encontrar «el momento apropiado» y, ahora, me estoy preparando para volar a Sidney, Brisbane, Perth y Melbourne y compartir mis últimos descubrimientos con estudiantes de postgrado, académicos y otros expertos en sus distintos campos profesionales.
Por fin ha llegado el momento de centrarme en organizar mi primera conferencia de esta tarde en Sidney. Repaso mentalmente mi lista: llevo mis notas, diapositivas, temas de discusión, casos prácticos, ordenador portátil y móvil, todo preparado. Aún sigo fascinada por la investigación que he estado llevando a cabo sobre la estimulación visual y su impacto en el desarrollo de la percepción e, incluso ahora, puedo sentir cómo mi mente divaga y se pierde en el trabajo, considerando una nueva posibilidad para alguno de los provocativos retos que he preparado para las conferencias...
De pronto, soy plenamente consciente de la presencia de mariposas en mi estómago, hasta tal punto que me tengo que apoyar en el banco de la cocina para tranquilizarme. ¡Qué extraño!; normalmente no me suelo poner nerviosa antes de dar una conferencia, más bien al contrario, disfruto realmente con ello. El desafío de atraer a nuevas mentes, de observar otros intelectos debatiendo unos con otros para lograr una búsqueda más profunda, un conocimiento más amplio, resulta fantástico. Pero ¿de dónde demonios han salido estas mariposas?
Me detengo un instante para analizar esos sentimientos y trato de buscar su origen, algo que tal vez pueda resultar extraño, pero que a mí siempre me ha intrigado. Creo percibir que son más intensos de lo habitual y, desde luego, no es la conferencia lo que me hace estar así. Tal vez sea por el viaje lejos de mi familia. Pero no, no es la primera vez que me separo de ellos, especialmente por motivos de trabajo. Al hacer un examen más minucioso, en el que incluyo el resto del fin de semana, me detengo súbitamente porque mi estómago da un nuevo vuelco. Me sorprendo a mí misma al advertir cómo cojo aire instintivamente ante la idea de mi cita de las cinco de la tarde con Jeremy en el Hotel Intercontinental.
El doctor Jeremy Quinn. Mi compañero de universidad, mi mejor amigo, el hombre que abrió mis ojos y mi cuerpo al mundo de formas que nunca creí posible. La persona que mejor me conocía por dentro y por fuera cuando éramos más jóvenes y compartimos un montón de experiencias increíbles durante el tiempo que pasamos juntos. Es difícil creer que después de todas nuestras tonterías juveniles durante los años de universidad, Jeremy sea ahora uno de los más respetados y eminentes investigadores médicos de Australasia —me cuesta decir «del mundo» porque, después de todo, es Jeremy—, recién llegado de presentar una investigación revolucionaria en la Universidad de Harvard con el profesor emérito E. Applegate.
Jeremy siempre tuvo un don para traspasar los límites convencionales y los conocimientos, buscando constantemente lo desconocido, lo inesperado o la solución menos previsible para algunos de los problemas médicos más insuperables. Incluso recuerdo haber leído recientemente un artículo en el que se contaba que se había reunido en Nueva York nada menos que con Melinda y Bill Gates, en relación con sus investigaciones y las del profesor Applegate. Parece como si ciertamente estuviera combinándolas con los foros responsables de los movimientos globales e innovadores. Pensándolo bien, creo que siempre tuvo la determinación y el potencial de conseguir la excelencia en el campo elegido. Es sorprendente lo que ha conseguido en menos de cuarenta años de vida. Es un ser humano excepcionalmente dotado, tanto intelectual como emocionalmente, y la gente adora su compañía. No es de extrañar que todos esos rasgos, sumados al duro trabajo, le hayan alzado al éxito del que ahora disfruta.
Mientras que, por el contrario, mi carrera ha tenido que acoplarse a mi vida familiar, bueno, a los niños en realidad; la carrera de Jeremy es, en gran medida, su vida. Él siempre ha sido muy constante en su búsqueda de nuevas fuentes de curación médica y ha estado involucrado en descubrimientos que actualmente el mundo occidental da por sentados. Con esa clase de motivación personal, no me sorprende que no haya tenido tiempo para establecerse, ni encontrar a la persona adecuada con la que compartir su vida. Al menos, hasta donde yo sé, no hay ninguna. Ciertamente siempre atrajo el interés del sexo opuesto, como un George Clooney del mundo de la medicina; y en ese aspecto no creo que pueda quejarse de falta de atención.
En cualquier caso, eso era lo que estaba haciendo que mi estómago se encogiera, lo que resulta bastante ridículo a mi edad. Me permito una pequeña sonrisa divertida al descubrir que aún soy capaz de sentir ese revoloteo adolescente. Estoy excitada y un poco nerviosa ante la perspectiva de encontrarme con él después de tanto tiempo. Los recuerdos de los días de universidad aún inundan mi mente y me acosan siempre que estoy sola y con ese estado de ánimo oscuro y sensual que me suele embargar en las horas tempranas del día...
¿Qué me está pasando? ¡Voy a perder el avión si no me pongo en marcha!
—¿Todo bien, niños? ¿Dónde estáis? Necesito besos y abrazos antes de marcharme. ¡No voy a veros durante diez días!
Recibo grandes abrazos de la familia. Les digo que les quiero más que a mi vida y les deseo una fabulosa aventura en el salvaje oeste en su empresa de rastrear a ese esquivo tigre —aparentemente de leyenda— del que, últimamente, se comenta que se han producido algunos avistamientos. ¡Aunque dudo mucho que un campamento de escolares sea lo que necesitan para ser descubiertos de nuevo! En cualquier caso la excitación y el optimismo de los niños son casi contagiosos.
—Y tened cuidado —digo, prometiéndoles que no puedo esperar a escuchar cada detalle de su experiencia a mi regreso.
Oigo el sonido del claxon indicando la llegada de mi taxi y hago una última comprobación para asegurarme de que llevo todo cuanto necesito. Doy gracias porque las mariposas de mi estómago parecen haber remitido. Mis labios apenas rozan la mejilla de mi marido mientras le repito que cuide bien de los niños y se asegure de que no hagan tonterías. Una idea fugaz atraviesa mi cerebro y me pregunto desde cuándo nuestra relación se ha vuelto tan fría, tan platónica... Pero tengo demasiadas cosas en la cabeza para prestar mayor atención y, rápidamente, les deseo una maravillosa aventura mientras Robert mete cortésmente mi maleta en el taxi y me despido con la mano, lanzándoles besos a los niños desde la ventanilla al tiempo que el coche se aleja, en dirección al aeropuerto.
* * *
¡Céntrate, céntrate, céntrate! No dejo de repetírmelo aunque sea inútil. Hoy mi mente está totalmente distraída, lo que es bastante inusual en mí. Escucho al comandante hablar a los pasajeros: buen tiempo, buena travesía, no se espera ningún retraso. Las azafatas me recuerdan, tal y como hacen en cada vuelo, que me abroche el cinturón y pliegue la mesa para despegar. ¡Ni que no lo supiera, por amor de Dios!, me digo, y mi irritación me sorprende. No obstante obedezco diligente porque no quiero montar ninguna escena. Aparto mis notas de mala gana y cierro momentáneamente los ojos mientras el avión maniobra lentamente hacia la pista. Siento cómo mi pecho sube y baja ligeramente con cada respiración. El rostro de Jeremy surge fugaz en mi mente, su magnífica y descarada sonrisa, sus ojos de un verde humo que parecen no tener fondo..., sus labios besando suavemente mi cuello..., sus dedos acariciando ligeramente mis pezones..., haciendo que cobren vida...
¿Qué estoy haciendo? Obligo a mi mente a parar en seco. Esto es absurdo. Me fuerzo a volver al presente y súbitamente advierto que estamos en el aire y que la señal de abrocharse los cinturones se ha apagado. Suelto un suspiro de alivio. Ahora, ya puedo volver a mi conferencia. Trato de convencerme de que soy lo bastante disciplinada como para impedir que mi mente divague durante un segundo más.
Se me da bien la disciplina, me digo. Llevo una casa organizada, una carrera y una vida. Quiero a mi familia y mi trabajo y he estudiado duro durante mucho tiempo para conseguir lo que tengo. La doctora Alexandra Blake. Trabajo a medio camino entre el mundo empresarial y el académico, dado que mis estudios tienen un componente tanto comercial como psicológico. Esta combinación me ha funcionado bien desde un punto de vista financiero y me siento eternamente agradecida por ser una de esas personas afortunadas a las que les gusta su trabajo y sienten pasión por lo que hacen. Pero ya vale de tanto autobombo y reafirmación... Necesito concentrarme en la presentación de hoy.
Una vez más, doy vueltas al tema de la conferencia que ofreceré para aproximadamente quinientas personas en solo unas horas. Y finalmente este hecho capta toda mi atención. Medito sobre utilizar algunas preguntas adicionales y retos para abrir la discusión y suscitar el debate. Me gusta la idea, así que anoto los siguientes puntos en mi cuaderno para utilizarlos al final de la sesión.
- ¿Qué importancia tiene la percepción visual en nuestra mentalidad?
- ¿Hasta qué punto dependes de la estimulación visual para interpretar tu mundo?
- ¿Qué sentido crees que puede compensar una falta de percepción visual? ¿Por qué? ¿Cómo?
Dado que las investigaciones muestran que el lenguaje corporal —que se aprecia a través de la visión— es responsable de más del noventa por ciento de la comunicación entre la gente, el significado de esta clase de preguntas resulta exponencial.
Empiezo a sentirme más tranquila ahora que he vuelto a abstraerme en mi trabajo. El resto del vuelo transcurre sin novedad y llego a la Universidad de Sidney a la hora prevista.
* * *
—Buenos días, doctora Blake, me alegra tenerte de vuelta.
Levanto la vista y sonrío a mi director de tesis, el doctor Samuel Webster.
—Buenos días, profesor, es genial volver a estar por aquí.
—Ya sabes que siempre eres bienvenida, Alexandra. Ha pasado demasiado tiempo. Resulta muy difícil sacarte de tu isla en el sur.
—Hmm, ahora que lo pienso, hace un montón. Supongo que el tiempo vuela cuando te diviertes.
—Me alegra oírlo. Ciertamente has estado muy ocupada en lo que se refiere al campo de la investigación. Estamos ansiosos por escuchar tu conferencia de esta tarde.
—Y como siempre, yo estoy deseando escuchar tus puntos de vista y consejos. Muchas gracias por tu apoyo para organizar este encuentro.
—Es un placer, querida, un placer. ¿Tienes tiempo para un rápido almuerzo con algunos colegas antes de subirte al estrado?
—Para ti siempre, Samuel. —Le sonrío de nuevo con calidez mientras me guía a través de la segada pradera por detrás de los bonitos edificios históricos. Es agradable estar de vuelta.
Durante mi almuerzo con Samuel, pienso en el honor que ha supuesto tenerle supervisando mi tesis. Como especialista en los comportamientos defensivos (pasivos y agresivos) de los trabajadores ha sido decisivo en el desarrollo de mi estudio. Sus extensas conexiones tanto en el mundo empresarial como en el académico no son nada desdeñables y sus conocimientos son inmensos. Recientemente ha estado colaborando mano a mano con el Instituto para Investigación del Cerebro y de la Mente, lo que le ha permitido analizar muchas de sus revolucionarias hipótesis sobre comportamiento y sexualidad en el campo de la neurociencia. Encuentro su trabajo verdaderamente fascinante y estar hoy con él me permite comprender lo apasionado y embelesado que está por esa rama de su investigación.
Me descubro pensando hasta qué punto Samuel ha tenido un impacto en mi carrera. Su apoyo y sus sabios consejos, cuando las cosas se pusieron difíciles, me incitaron a seguir allí tanto por él como por las futuras recompensas. Dirige a sus alumnos de doctorado con mano firme y no le gusta dejar ninguna piedra sin remover. Sonrío para mis adentros ante esos años de locura y frustración, contenta de haberlos completado y aliviada por que hayan quedado atrás.
Fue Samuel quien me ofreció un puesto de profesora titular en la Universidad de Sidney, aunque se quedó muy decepcionado cuando lo rechacé para aceptar otro similar en la Universidad de Tasmania. Me había enseñado tanto que, en cierta forma, me sentía en deuda con él, pero supo comprender mis razones y que estaba eligiendo un estilo de vida, especialmente con una joven familia a remolque. Me prometió mantenerse en contacto y ayudarme tanto profesional como personalmente y sin duda ha cumplido su palabra. Samuel ha sido fundamental para que mi investigación sobre la percepción visual despegara y, más recientemente, se ha convertido en mi patrocinador académico, razón por la cual estoy hoy aquí presentando esta serie de conferencias.
Me siento halagada por que se haya tomado el tiempo de presentarme a su equipo, según sus propias palabras, de «investigadores de elite», que al parecer están pendientes de cada una de sus palabras. Supongo que yo tenía el mismo aspecto cuando estaba recién salida de la universidad. Brad, Max, Denise y Elijah están llevando a cabo una fascinante labor en el mundo de la psicología y la neurociencia. Su conversación me hace sentir viva, ofreciéndome la oportunidad de interactuar de nuevo con gente afín. Aunque desde luego no es la clase de charla que uno espera en un almuerzo. Los detalles de sus investigaciones empiezan a aflorar y sería ingrato por mi parte no reconocer que me siento algo más que impresionada por el camino que está siguiendo cada uno. Dado el nivel de la gente implicada en la apasionada discusión, los comentarios vuelan por la mesa con tanta rapidez que apenas me da tiempo a asimilarlos.
—Incluso el origen del orgasmo femenino está aún sin determinar científicamente, al contrario que el orgasmo masculino, que ha sido extensamente fundamentado, investigado científicamente y consensuado médicamente.
—En líneas generales, la ciencia médica continúa sin reconocer la realidad física de la eyaculación de la mujer, que lamentablemente no se considera una prioridad. La falta de fondos ha influido en la capacidad para proporcionar una educación coherente al estudio del comportamiento sexual de la mujer. Confiamos en poder cambiar esa situación.
—Incluso hoy en día, existe una notable desconexión entre la medicina y la ciencia con relación al orgasmo femenino, hasta el punto de que la creencia básica sobre la eyaculación de la mujer es que se trata de un estado de incontinencia urinaria.
—¿Sabe que nadie ha sido capaz de coincidir médicamente en el origen del orgasmo, y si este es uterino, clitoriano o vaginal, vulval o una mezcla de cualquiera de estas combinaciones? ¿A pesar de que este concepto del orgasmo femenino ha sido documentado en toda la historia de la literatura?
—El problema principal es la carencia absoluta de participantes capaces de generar fluido orgásmico en una clínica.
—Nadie se pone de acuerdo sobre la forma más efectiva de generar el orgasmo femenino, lo que, en efecto, hace que su origen resulte extremadamente difícil de determinar.
—Los estados físico, emocional y hormonal, sumados al entorno de la mujer, parecen jugar un papel fundamental, pero a estas alturas es imposible determinar cuál de ellos resulta más importante que el otro. Se barajan muchas y variadas hipótesis, por lo que ahora estamos conduciendo la investigación hacia las conexiones neuronales confiando en que nos ayuden a desarrollar nuestras teorías.
En este punto mi mente imagina filas de mujeres vestidas con batas blancas alineadas en las camas de un hospital con las piernas abiertas intentando generar un orgasmo que pueda recogerse en un tubo de ensayo. Sacudo la cabeza para impedir que esa inquietante imagen penetre en mi cerebro. Entonces descubro que apenas he tocado mi comida, absorta como estaba por el desarrollo de la conversación.
Finalmente Samuel concluye:
—Como puedes ver, mi querida Alexandra, aún queda mucho por entender y descubrir respecto a la complejidad del orgasmo femenino, incluyendo el impacto de sus componentes intelectuales y emocionales. La investigación aún es altamente subjetiva, personal y muy dependiente de cómo percibe cada mujer el orgasmo. Solo podemos aspirar a desarrollar un acercamiento más consistente respecto a nuestra investigación y conclusiones.
No puedo evitar sentirme cautivada con la historia y el misterio que parecen rodear a esta materia. No tenía ni idea de que el tema aún siguiera sin respuesta médica y que, en algunas áreas, su investigación estuviera considerada, por así decirlo, como tabú, a falta de una palabra mejor. Que el orgasmo femenino esté tan poco estudiado cuando el masculino se considera científica y psicológicamente un hecho consumado es algo que me resulta casi escandaloso, por decirlo suavemente. Apenas puedo creer lo que me están contando, si no fuera porque acabo de oírlo de la boca de la gente que está sentada alrededor de esta mesa. Me las apaño para dar un par de bocados a mi comida a toda prisa, antes de que Samuel y su equipo me deseen buena suerte, nos levantemos y nos pongamos en camino hacia el Salón de Actos.
—¿Te apetece unirte a nosotros para tomar una copa por los viejos tiempos esta noche? Estoy seguro de que al equipo le encantaría compartir algunos de los aspectos de tu investigación. —Samuel me guiña el ojo y siento que mis mejillas se ruborizan.
—Ya sabes que sí, pero lamentablemente tengo otros planes para después de la conferencia.
—Por supuesto, querida, solo preguntaba.
Por alguna razón dejo escapar una risa nerviosa, como si me hubieran pillado en falta.
—De hecho voy a reunirme con un viejo amigo de mis días de universidad; tal vez lo recuerdes. ¿Jeremy Quinn? —Intento con todas mis fuerzas mantener un tono neutral, cosa difícil cuando la sola mención de su nombre hace que mi corazón se acelere.
—Sí, claro que sí. Tengo entendido que el doctor Quinn está arrasando el mundo de la medicina, causando una auténtica revolución en los Estados Unidos debido a su investigación sobre la depresión. Está trabajando con el profesor Applegate, ¿no?
Debía haber sabido que Samuel estaría más al corriente que yo sobre lo que se cuece en los foros académicos mundiales.
—Eso creo, según he leído en un artículo, no porque me lo haya contado personalmente.
—Dale recuerdos de mi parte. Un hombre con mucho talento, el doctor Quinn. No me extraña que haya tantas compañías farmacéuticas pendientes de sus investigaciones. Sin duda no tendrá ninguno de los problemas de fondos que nos constriñen a nosotros. Un tipo afortunado.
Me quedo pensando perpleja qué relación puede tener una cosa con otra, hasta que mi mente vuelve a concentrarse en la conferencia, para la que solo quedan unos minutos.
—Lo haré y gracias por todo, Samuel. Ha sido estupendo volver a ponerme al día con todos. Os deseo lo mejor a tu equipo y a ti. Hazme saber si puedo ayudaros en algo.
De pronto, dada la discusión de la comida, no estoy muy segura de si es un comentario acertado.
—Lo haré, querida. Buena suerte y conquístalos. —Nos damos un abrazo de despedida y corro a la conferencia para mi inminente presentación.
* * *
Qué hermosa tarde de viernes en Sidney, todo el mundo disfrutando del maravilloso sol. Esta ciudad sabe cómo acoger a la gente. La bahía resplandece con los yates y ferris que navegan balanceándose alegremente, los colores son vivos y crudos y la ciudad está llena de bullicio. Los empleados de las oficinas se preparan para un fin de semana con un comienzo tan vibrante, mientras se dirigen a tomar una copa en el paseo frente a la playa. Observo a gente guapa entrar en los bares de cócteles, riendo y charlando con aire despreocupado y presumido. Parecen recién salidos de la revista Vogue. Aún recuerdo cuando yo era una de esas chicas, centrada en mi carrera pero libre como el viento, con el lujo de tener toda la vida por delante y apenas un susurro de lo que el futuro podría depararme acariciando cada interacción. La principal prioridad que ocupaba nuestras mentes por entonces era preguntarnos qué nos traería el fin de semana desde el anochecer en adelante y qué cóctel elegiríamos primero.
Fue en una de esas noches cuando mi relación con Jeremy pasó de ser la de los mejores amigos que bromeaban constantemente entre sí a una completamente sexual, de alto voltaje. Mientras el taxi pasa por delante de las zonas más típicas de la ciudad, que empiezan a cobrar vida, no puedo evitar recordar el deseo carnal y la intensidad que compartimos; el impacto de esos recuerdos me hace revolverme en mi asiento.
Por aquel entonces, yo acababa de empezar un trabajo de vacaciones en uno de los cuatro mayores bancos de la ciudad. El trabajo no era demasiado excitante, pero la gente era divertida y aquello me procuraba un dinero que me venía muy bien durante las vacaciones de verano. Era genial no tener que estudiar durante algunos meses y estaba secretamente encantada de poder llevar un traje de chaqueta, altos tacones, y un estupendo bolso nuevo que me había comprado mi madre y que aún conservo...
—Hola, Jeremy, estoy a punto de salir a mi primera reunión de trabajo oficial...
—Sí, me siento muy emocionada. Estaré en el Wentworth y me reuniré con las chicas hacia las nueve para ir a tomar algo y echar algún baile.
—Pues claro, tráetelos y vente. Nos encontraremos allí.
—No te preocupes. Perfecto. Entonces te veo luego.
Cuelgo el teléfono.
Parece muy decidido a quedar con nosotras. Hmm, pienso secretamente si le gustará Eloise como a la mayoría de los hombres..., tal vez debiera advertírselo..., las chicas creen que está pasando por una fase de explorar su otro lado, es decir, las mujeres, pero no hemos podido confirmar ni negar el rumor... En cualquier caso, estoy segura de que nos lo contará cuando esté preparada. No, me digo a mí misma, quítatelo de la cabeza, lo que tenga que ser, será...
Las reuniones de empresa son geniales porque tienes bufet libre de comida y bebida. Nos quedamos un rato, y luego decidimos que ha llegado el momento de que comience nuestra verdadera noche del viernes. Recogemos nuestras cosas y nos dirigimos al club, donde vamos directamente al cuarto de baño para despojarnos de chaquetas y pantis, desabrocharnos algunos botones, acentuar nuestro escote, ahuecarnos el pelo, repasar el maquillaje, el lápiz de ojos y el carmín de los labios. Volvemos a aparecer audaces y renovadas, dispuestas a abrazar la noche.
La música es machacona y dado que ya hemos consumido algunas copas de vino espumoso, nos lanzamos directamente a la pista, como solo un grupo de chicas sabe hacer. Estoy perdida en la música, bailando con los ojos cerrados, cuando unas manos fuertes me agarran por las caderas acercándome hacia su cuerpo. Instintivamente siento que Jeremy ha llegado y me acoplo feliz a sus cimbreantes caderas al ritmo de la música. Por alguna razón, estamos totalmente sincronizados en la pista de baile, nuestros cuerpos moviéndose al unísono. Es difícil no dejarse llevar por esa sensación de su cuerpo contra el mío, la palpitante música creando una embriagadora atmósfera a nuestro alrededor. Me resulta de lo más caliente con C mayúscula. Casi puedo sentir como si estuviera atraída magnéticamente hacia él; alguna extraña y reprimida energía entre nosotros hace que no quiera soltarlo... Algo cambia entre los dos cuando me giro y miro sus ojos oscuros, totalmente hechizada por la intensidad de su ser. ¿Qué me pasa esta noche? Mis hormonas parecen estar disparadas por la lujuria.
La música está demasiado alta para escuchar sus palabras, así que me coge de la mano y me lleva con paso decidido lejos de la pista, hasta uno de los rincones oscuros de la sala donde la música suena un poco más amortiguada. Me empuja suavemente contra la pared y coloca sus manos a cada lado de mis hombros, su imponente presencia inmovilizándome contra la pared. Con su ajustada camisa negra, su cuerpo parece terso y cálido y su rostro brilla, cerca del mío, debido a nuestros movimientos en la pista de baile. Tardo unos momentos en recuperar el aliento mientras me permito perderme en su seductora apariencia. Es como si mis ojos se hubieran abierto por primera vez a su magnetismo sexual, que ahora me abruma y me arrastra. Abro ligeramente la boca para asegurarme de que mi cerebro recibe el suficiente oxígeno.
—No creo que pueda seguir manteniendo mis manos lejos de ti, AB.
Da la sensación de que, de verdad, está intentando apoyar sus manos contra el muro para mantenerlas lejos de mí.
—Entonces no lo hagas.
Envalentonada por ese arrebato de lujuria y deseo, estoy segura de estar produciendo atrayentes feromonas sexuales.
Aparto su mano derecha de la pared, la llevo a mis labios, poso un beso suave en su índice y lo deslizo lentamente por mi pecho. Sus ojos se agrandan mientras continúo el viaje hacia abajo hasta alcanzar el pasadizo secreto bajo mi falda. Separo las piernas levemente, sin mirarle a los ojos en ningún momento, y deslizo el dedo por debajo de mis braguitas guiándolo directamente hasta mi punto más vulnerable.
—Jesús, Alex, estás tan húmeda...
—Hmm, lo estoy. ¿Tienes alguna solución a mi problema?
El asombro en el rostro de Jeremy es realmente impagable y debo admitir que nunca pensé que mi boca sería capaz de decir esas palabras, pero ahora ya están dichas. Ambos nos quedamos un poco sorprendidos mientras continuamos interrogándonos silenciosamente el uno al otro para determinar el verdadero alcance de esta nueva realidad.
Sintiéndose obligado a actuar, Jeremy inmediatamente aparta su mano dejando un rastro de fuego por el camino, me agarra por la muñeca y se dirige a tal velocidad de vuelta hacia nuestros amigos que estoy a punto de tropezar detrás de él. Espero no haberle ofendido..., quizá no debería haber dicho eso...
Se para de golpe y me choco contra su cuerpo. ¡Ups!
Coge mi bolso, se acerca directamente a la pista de baile y le dice algo al oído a mi amiga, que me saluda y sonríe. Alzo las cejas hacia ella y me encojo de hombros, despidiéndome con un gesto de la mano antes de ser súbitamente sacada de allí para salir por la puerta principal del club.
—¿Qué estamos haciendo?
No hay respuesta. Jeremy está en modo de acción.
Sujeta con fuerza mi muñeca para agarrarme mejor y nos alejamos a toda prisa calle abajo. Los oídos aún me zumban por el estruendo de la discoteca.
—¿Es que no piensas hablarme? —Tal vez esté furioso. ¡Oh, Dios mío! ¿En qué estaría yo pensando? Puede que haya arruinado del todo nuestra amistad.
Estamos subiendo una cuesta y no dejo de jadear para poder seguir sus pasos. Parece como si nos dirigiéramos hacia el jardín botánico. Cuando llegamos al césped, aminora el paso, me carga sobre su hombro y camina silencioso bajo la luz de la luna antes de depositarme de pie bajo un árbol especialmente grande. Tira mi bolso al suelo, cubre inmediatamente mi rostro con sus manos y devora mi boca con tal ferocidad que me tengo que apoyar contra el tronco. Su cuerpo me ancla en esa posición y siento que me invade una pasión salvaje. Saca un condón de su bolsillo, se desabrocha sus vaqueros en tiempo récord, se lo pone... ¡Oh, es la primera vez que veo el pene de Jeremy e incluso en medio de esa oscuridad, resulta toda una visión! Sus ojos han regresado a su estado carnal cuando consulta mi mirada con una pícara sonrisa.
—¿Lista?
Asiento con lasciva ansiedad.
Me levanta la falda hasta la cintura, me baja las bragas hasta los pies, doblando mis rodillas para sacarlas por encima de los zapatos, y se las guarda en su bolsillo... Interesante, pienso sin poder evitarlo, un poco pervertido pero interesante.
Me alza las piernas hasta envolver su cintura y le echo los brazos al cuello apoyando la espalda contra el tronco del enorme árbol. Es un poco áspero y la corteza se clava en mi blusa de satén. Pienso vagamente en que ojalá no desgarre el tejido, pero en ese momento comprendo que me da igual. Hace una pausa antes de que yo asienta de nuevo, confirmando que estoy más que preparada para aquello, mucho más. Como si hubiéramos estado tonteando, provocándonos y jugando el uno con el otro platónicamente durante demasiado tiempo. La electricidad sexual entre nosotros necesita estallar para poder comenzar, confirmando que ambos necesitamos esto y que lo necesitamos YA.
Entra en mí.
¡Y es maravilloso!
Lo repite de nuevo...
Y es aún más maravilloso...
¡Y de nuevo!
¡Y de nuevo!
Me empala.
Y me enloquece.
Alzo la vista a la luna y suelto un aullido en honor a su magnificencia, a nuestra magnificencia. Entonces estalla dentro de mí cuando nuestro deseo carnal obtiene finalmente su recompensa física.
¿Puede vernos alguien? ¿Nos habrá visto alguien? Francamente, me da igual...
Yacemos en el césped durante horas, interrogándonos el uno al otro, hablando, jugando, riendo y bromeando. Hasta que la noche se aclara y empieza a amanecer. Es como si hubiéramos estado perdidos en el tiempo. Nos metemos juntos en un taxi; me quedo dormida sobre su hombro y me despierto acurrucada en mi cama unas horas más tarde. Mi primera vez con Jeremy se ha hecho realidad, y no es ningún sueño a juzgar por las briznas en mi pelo y las manchas de hierba de mi blusa. Aparentemente mis braguitas nunca volvieron a casa...
Dejo escapar un suspiro. ¡Uf! Debo de estar totalmente sonrojada y sé que me estoy revolviendo en mi asiento. Me alegro de que el conductor no lo haya notado. Sonrío para mis adentros ante el delicioso y lejano recuerdo. No me había sentido así en años, bueno, probablemente desde la última vez que vi a Jeremy a solas. Aquellos días de diversión y la libertad de esas apasionadas noches, sin responsabilidades —aunque en aquel momento creíamos tenerlas—, sin niños, sin casa, ni hipoteca... Sinceramente, ¿me gustaría tener una vida distinta a la que tengo ahora? Definitivamente no, quizá un poco más de diversión y libertad de vez en cuando no estaría de más, pero en general soy razonablemente feliz con mi vida tal y como es ahora. No mi vida sexual, eso debo admitirlo, que ha estado muy por debajo de la media desde que Jordan nació o, más bien, por decirlo crudamente, ha sido prácticamente inexistente. Ese pensamiento me sobrecoge. ¿Cómo es que me he perdido esto? ¿Acaso he estado tan ocupada con mi vida para no advertir que este elemento fundamental había desaparecido? ¿Y no es aún más preocupante el que ni siquiera haya pensado en ello? No me extraña que esté sentada en el asiento trasero de un taxi en este estado de latente y lascivo deseo. La imagen de la bella durmiente aguardando su despertar sexual después de décadas de letargo viene a mi mente, lo que resulta muy agradable hasta que comprendo que su rostro es el mío y que el príncipe es Jeremy. Pero... ¿y los niños?, recuerda a los niños... ¿Vale la pena correr ese riesgo? Decido bloquear mi mente a ese tipo de pensamientos inútiles.
Estoy muy orgullosa de haber dejado atrás con éxito mi primera conferencia. La reacción y las preguntas me han proporcionado un nuevo material sobre el que meditar de cara a posteriores investigaciones académicas. Pienso en el fin de semana que me espera por delante. En la reunión con mis viejos amigos de universidad en torno a una copa de vino, charlando de sus carreras, su vida social y las novedades de sus familias. Quién sigue todavía con quién, quién se ha trasladado a otra ciudad... Estoy segura de que hay unos cuantos niños más que me he perdido desde que me fui a vivir a Tasmania. Y luego el encuentro con mis hermanos, sobrinos y demás familia para una barbacoa el domingo. Es una pena que Jordan y Elizabeth no puedan asistir, porque sé lo mucho que les gusta reunirse con sus primos. Tal vez la próxima vez.
Absorta en mi recorrido por los vericuetos de la memoria y los planes del fin de semana que me esperan, me quedo un tanto sorprendida cuando advierto que hemos llegado a mi destino. Rápidamente compruebo el carmín de mis labios y mi pelo y decido que necesito retocarme un poco en el cuarto de baño del hotel. Pago al conductor del taxi y, al apearme del coche, las mariposas que hasta entonces habían estado dormidas en mi estómago anuncian su tumultuosa llegada y las palmas de mis manos se humedecen mientras cojo mis maletas.
Ese recuerdo ciertamente me ha desestabilizado más de lo que habría deseado. Mantente tranquila y serena, eres una profesional, una mujer casada, madre de dos... ¡Basta de cháchara!
Atravieso directamente el vestíbulo del hotel de cinco estrellas hasta el aseo de señoras en un intento por calmar mi estómago. Pero ¿qué demonios me pasa hoy? Sacudo la cabeza y trato de rehacerme. El hormigueo de cintura para abajo ciertamente no ayuda a aplacar mis nervios ni mi capacidad para controlar mi mente, lo que resulta bastante frustrante. ¿Cómo puede ser que me sintiera tan a gusto dando una conferencia para cientos de personas hace tan solo unas horas y que ahora, sin embargo, mis dedos estén temblando tanto que apenas puedo repasar el carmín de mis labios?
Me miro al espejo mientras me aferro al lavabo con ambas manos. Observo las leves arrugas alrededor de mis ojos. ¿Estaban ahí la última vez que vi a Jeremy? Tal vez debería haber seguido el consejo de una amiga y haber probado a ponerme Botox antes de que sea demasiado tarde, según sus palabras. Un escalofrío me recorre la espalda con solo pensarlo. No puedo soportar nada alrededor de mis ojos y, menos aún, la idea de una inyección atravesando esa zona de piel tan sensible. Bueno, me digo para mí, tendré que conformarme con lo que veo en el espejo hasta que descubran algo un poco menos invasivo.
Distraída y confusa, soy incapaz de decidir si dejarme el pelo recogido o soltarlo. Doy gracias por que mi cabello aún siga siendo oscuro y por que aún no haya sido capaz de encontrar una sola cana en él, aunque estoy segura de que ese día no tardará mucho en llegar. Decido mantener mi aspecto más profesional y dejarlo como está; después de todo, aún llevo el traje de chaqueta de trabajo. Vale, ya estoy preparada para salir, o al menos tan preparada como puedo estar. No está demasiado mal para una chica de treinta y seis años. Echo un último vistazo al espejo y me digo que podría ser peor, mientras trato desesperadamente de buscar algo positivo. En el fondo estoy deseando ver a Jeremy. Así que dejo que la emoción me recorra al tiempo que me permito un nuevo viaje por los vericuetos de la memoria...
Jeremy y yo estábamos juntos en la universidad, aunque él iba dos cursos por delante. Mi primo nos presentó durante mi primer año, ya que ambos estaban en el mismo equipo de waterpolo. No recuerdo muy bien cómo evolucionó nuestra amistad, pero sí que él era muy divertido y que empezamos a pasar cada vez más y más tiempo juntos, hasta que finalmente nos hicimos íntimos, casi por defecto. Con el paso del tiempo exploramos el alcohol, las drogas y el sexo, al igual que hacían muchos universitarios por aquel entonces. Tuvimos otras parejas a lo largo de los años de estudio, pero siempre estábamos allí el uno para el otro, ante todo y sobre todo. La gente no conseguía describir, y mucho menos determinar, cuál era la relación que había entre nosotros, especialmente porque no lo sabíamos ni nosotros mismos. Después de un tiempo, nuestros amigos dejaron de intentar etiquetarnos y acabaron por aceptar que Jeremy y yo seríamos amigos para siempre, fuera lo que fuera lo que nos encontráramos por el camino. Curiosamente, con el paso del tiempo, nosotros también acabamos por aceptarlo...
La vida nos llevó por distintos caminos tras acabar la universidad. Jeremy continuó sus estudios antes de sacarse la licencia de piloto y unirse al servicio médico de aviación para una auténtica experiencia por la despoblada Australia, que disfrutó horrores y de la que siempre me sentí un poco celosa (al menos de su licencia de piloto). Entonces acepté un trabajo en Londres y me centré en conseguir una sólida base financiera antes de lanzarme a explorar la psicología como profesión.
Volvimos a encontrarnos en distintos lugares del globo durante la siguiente década, especialmente en Europa, donde su investigación médica le llevaba con regularidad a Londres. Tuvimos breves y numerosas aventuras que constituyen un preciado recuerdo, antes de embarcarnos en las serias responsabilidades de la vida. Aunque sabíamos que nuestra relación era importante para nuestras vidas, entendíamos que no duraría eternamente o, al menos, yo sabía que, contrariamente a mí, Jeremy no estaba preparado para formalizar una relación. Era algo de lo que nunca habíamos hablado entre nosotros, aunque, en el fondo, ambos sabíamos que era una incontestable realidad.
Su carrera era de vital importancia para él y yo deseaba desesperadamente formar una familia, de modo que nuestros destinos se separaron. Jeremy recibió una lucrativa beca de investigación en Harvard para continuar con sus estudios y se mudó a América. Por mi parte, conocí a mi marido inglés, Robert, en Londres y juntos regresamos a Australia. Sabía que debía dejar atrás mi explícito pasado sexual con Jeremy y asentarme para poder empezar una familia y dedicarme a mi carrera. Que fue exactamente lo que hice.
Aunque volvimos a vernos en alguna ocasión para cenar aquí y allá, durante la siguiente década, vivíamos prácticamente en lados opuestos del planeta. Y nuestras vidas continuaron por separado...
Hago que mi mente regrese al presente y me digo que acampar en el lavabo de señoras es perder un precioso tiempo que podríamos pasar juntos. ¡Ya es hora de moverse! Respiro hondo para calmar mis nervios, cuadro los hombros, levanto la cabeza y salgo decidida por la puerta hacia el hombre que es mi mejor amigo y ex amante.
Cuando mis ojos recorren el bar del vestíbulo, mi confianza se evapora con la misma rapidez con la que la he conjurado. Jeremy no aparece por ninguna parte. La decepción me invade con tanta ferocidad que tengo que apoyar mi mano en la pared para mantenerme en pie. Típico, me digo a mí misma; he empezado el día con mariposas y pensamientos ridículos, como una quinceañera expectante por ver a su ídolo pop favorito por primera vez, y he acabado hablando conmigo misma en el lavabo de señoras de un hotel de lujo.
Conozco perfectamente lo caótica que es la vida de Jeremy y cómo su agenda está siempre sometida a cambios de última hora. Por supuesto sería altamente improbable para él poder quedar conmigo solo porque ambos coincidiéramos en Sidney este fin de semana. Me siento desilusionada por haber desperdiciado tanta energía para nada, aunque una parte de mí se alegra de que aún sea capaz de tener esas sensaciones que creía que habían desaparecido hacía mucho tiempo. Me está bien empleado; debería haberme quedado a tomar una copa con Samuel y sus colegas. Pero me faltó tiempo para rechazarla sabiendo que iba a encontrarme con Jeremy y no quería llegar tarde.
El secretario de Jeremy me había comunicado que estaría ocupado con distintas reuniones casi toda la tarde. Justo cuando estoy a punto de comprobar mi móvil y mirar si tengo algún mensaje, un hombre de uniforme con la placa de botones se acerca a mí.
—Disculpe. ¿La doctora Alexandra Blake?
—Oh. Sí.
—Un caballero me ha pedido que le entregara este mensaje y que le transmitiera sus más sinceras disculpas por no poder reunirse con usted aquí.
Mi corazón se desploma al confirmarse mis peores temores; no ha conseguido llegar a tiempo. Una vez más la decepción me recorre el cuerpo de arriba abajo.
Me entrega un sobre.
—Muchas gracias, doctora Blake. Si puedo hacer algo por usted, por favor, no dude en pedirlo.
Sonrío tanto para mí misma como para el botones. Jeremy siempre insistió en llamarme «doctora», una vez que obtuve el doctorado, a pesar de que él es el verdadero médico y yo solo en sentido filosófico. Sabe que no se me dan bien las emergencias médicas y que he heredado un miedo inherente a los hospitales, algo sobre lo que siempre bromeábamos.
Me siento en el sillón de terciopelo, abro el sobre y saco del interior la nota escrita a máquina.
A mi mejor amiga, la doctora A. Blake:
Mis más sinceras disculpas por dejarte plantada en el vestíbulo del hotel este viernes por la noche. Unos asuntos insoslayables de última hora me han retrasado. Ahora todo parece estar en orden y me encantaría que te reunieras conmigo arriba para tomar una copa. ¡Ha pasado tanto tiempo!
Por favor, coge la llave electrónica del ático que hay en el sobre.
Estaré aguardando ansioso tu llegada.
Con amor,
J. xo
El estómago me da un vuelco, contorsionándose como un gimnasta que compite para la medalla de oro olímpica. Una vez más, me siento instantáneamente transformada en una quinceañera: ¡al final está aquí! Pero ¿qué está haciendo en el ático? El Jeremy que conocí siempre evitaba el lado más glamuroso de la vida, prefiriendo mantener una vida pública más austera. Sin embargo, en ocasiones, si mal no recuerdo, cuando estaba rodeado de personas que le conocían, podía relajarse y convertirse en un travieso rebelde, disfrutando de las cosas más exquisitas que la vida podía ofrecer. Tal vez los comentarios de Samuel no iban tan desencaminados cuando mencionó los incontables fondos de las compañías farmacéuticas. Solo puedo preguntarme si aún quedará algo del Jeremy de antaño en este nuevo Jeremy.
* * *
Mientras trato de rehacerme tanto mental como físicamente, observo que el botones aún continúa rondando detrás de mí: ¿es que no tiene nada mejor que hacer?
—¿Está todo en orden, doctora Blake? ¿Puedo ayudarla en algo?
Me pregunto qué expresión tendrá mi rostro cuando me vuelvo para mirarle. Advierto una débil sonrisa en la comisura de su boca y una mirada maliciosa en sus ojos.
Sacudo la cabeza, estupefacta.
—No gracias, estoy bien.
¿Lo estoy? Empiezo a dudarlo.
Continúa demorándose detrás de mí. Cambio de idea y me vuelvo hacia él.
—De hecho, sí. ¿Podría mostrarme el camino al ascensor que lleva al ático?
—Por supuesto, doctora Blake, será un placer. Es por aquí. ¿Me permite que coja su equipaje?
Lo dice de tal forma que me hace pensar que sabe algo que no alcanzo a comprender y siento que me invade una extraña sensación. Tal vez no esté al día de la calidad del servicio en un hotel de cinco estrellas. Sabiendo que en este momento no me siento muy normal, aparto la idea de mi cabeza y me digo que mi mente debe de estar jugándome extrañas pasadas.
—Gracias, eso sería perfecto —respondo educadamente, y le sigo mientras me conduce hasta el ascensor llevando mis maletas.
Segundos más tarde el ascensor asciende rápidamente hacia las alturas de la última planta. Respiro hondo varias veces en un intento por calmar mis nervios. Qué maravillosa idea tomar una copa mientras contemplamos la ciudad a la luz del crepúsculo, la vista debe de ser espectacular con el tiempo que hace hoy. No estoy segura de si Jeremy se aloja en el hotel, pero si tiene acceso al salón de ejecutivos tal vez podamos conseguir algo de picar y bebida extra. Es curioso cómo la idea de la bebida gratis está tan arraigada en mí, debo de haberla conservado de mis días de universidad... Dejo escapar una risa apenas sofocada. El botones debe de creer que estoy chalada.
Cuando la puerta se abre, me doy cuenta de que estoy terriblemente excitada por volver a ver a Jeremy; es un hombre increíble y un verdadero y sincero amigo. La decepción de pensar que no podía reunirse conmigo me ha golpeado más fuerte de lo que creía posible. Ahora me siento feliz, excitada y deseando tener una estupenda cita como solo dos buenos amigos pueden tener.
Cuando salgo del ascensor y me adentro en la enmoquetada habitación con ventanales de suelo a techo, me quedo sobrecogida por la magnífica vista que se abre ante mí: había olvidado lo realmente cautivadora que resulta la bahía de Sidney vista desde estas espectaculares alturas. Me tomo un momento para absorber el festín visual que se despliega ante mis ojos. Un centelleante tono aguamarina con pequeñas motas blancas. Los ferris y yates dejando su estela en la sedosa agua y los edificios, teñidos de un brillo rosado, reflejando la luz del sol poniente. Al echar un vistazo a mi alrededor para orientarme, me sorprende no ver ninguna barra de bar en esta planta.
—Por aquí por favor, doctora. —Casi he olvidado que el botones está esperando detrás de mí con el equipaje. Compruebo la llave electrónica y me doy cuenta de que el símbolo que tiene es el mismo que el de la pared. Sigo las flechas con la vista mientras caminamos en silencio. Finalmente me encuentro frente a unas enormes puertas dobles. Vacilo. Antes de que ninguno de los dos podamos apretar el timbre, la puerta se abre ante nosotros. Y detrás de ella aparece Jeremy. Más guapo y sofisticado de lo que me hubiera atrevido a recordar.
—Hola, AB, ya estás aquí. Bienvenida.
—Hola —respondo, con voz queda, casi tímida—. Ha pasado mucho tiempo.
—Ya veo que Roger te ha encontrado en el vestíbulo. Gracias por cuidar de ella en mi nombre. A partir de ahora ya me ocupo yo. —Le coge mi equipaje al botones y me conduce al interior, cerrando la puerta tras él—. Tienes razón; ha pasado mucho tiempo, demasiado en mi opinión.
Me estrecha emocionado, levantándome prácticamente del suelo en un abrazo acaparador, sus ojos centelleando todo el tiempo.
—Deja que te mire.
Me separa el largo de su brazo y sus ojos absorben mi cara, mi pelo, mi cuerpo, mis piernas, llegando hasta la punta de mis pies. Había olvidado lo penetrante que puede ser su mirada y me pilla desprevenida, dejándome súbitamente demasiado consciente de mí misma. Rápidamente aparto la vista para evitar tener que seguir su análisis.
—Estás fabulosa, Alex, sigues siendo mi joven Catherine Zeta-Jones de ojos verdes —declara con ardor, esta vez abrazándome más suavemente y dándome un ligero beso en la frente, como si me estampara su sello de aprobación.
—Tampoco tú tienes mal aspecto teniendo en cuenta que casi tienes cuarenta años, doctor Quinn —contesto alegremente. Necesito aligerar la situación, no solo por sus posesivas palabras sino también por la intensidad de las emociones que atraviesan mi cuerpo.
Aunque desconfío de mi objetividad a la hora de analizar su aspecto, a primera vista no parece que haya cambiado demasiado con los años, excepto tal vez por alguna que otra cana asomando en su oscuro cabello. Igual de seguro de sí mismo, bronceado, travieso... Le encuentro estupendo. Para ser totalmente sincera está fabuloso; fuerte, de hombros cuadrados, de un metro ochenta y cinco, recién afeitado. Y huele de maravilla. Han pasado muchos años desde que no aspiraba tan de cerca su especiada fragancia y una nube de excitación emerge penetrando hasta lo más hondo de mi ser. Su prieto y redondo culo resulta de lo más seductor en esos pantalones informales. Dios mío, estoy totalmente revolucionada y solo acabo de llegar... ¡Detente! Mira hacia otro lado, grito para mis adentros mientras fuerzo a mis ojos a apartarse de su cuerpo hacia un entorno más amplio.
—Este lugar es increíble. ¿Te alojas aquí?
—Sí, aquí estoy. Me quedo toda la semana.
—Bueno, realmente has ascendido en el mundo, amigo mío.
Se encoge de hombros y sonríe pudoroso. Me gusta esa sonrisa. Me gustan esos labios. Me gustan esos labios sobre mis pechos. ¡Dios! ¡Para de una vez, ya!
—Adelante. Relájate, por favor, siéntete como en tu propia casa.
Jeremy me lleva hasta el salón, claramente consciente de que disto mucho de estar relajada. Más bien diría que estoy llegando a un estado de total ebullición.
—Pensé que me habías citado en el bar del ático para tomar una copa. No imaginé que sería en tu suite.
Intento mantener un tono despreocupado, mientras aplaco mi creciente nivel de ansiedad.
—¿Es que acaso te incomoda? —me pregunta directamente.
—Ah, oh, no —balbuceo—. En absoluto. —¿Debería?, pienso para mis adentros.
—Bien.
El estallido del corcho de una botella me sobresalta levemente, y Jeremy me sirve una copa de champán. Está deliciosamente frío, las burbujas de la copa me regalan una representación visual de cómo se ha estado sintiendo mi estómago durante todo el día.
—Salud, doctora Blake. Te he echado de menos, querida amiga, mi confidente.
Mi corazón se salta un par de latidos al oír esas palabras, mi mente percibe la carga emocional que se encierra en ellas.
—A tu salud, doctor Quinn.
Entrechocamos nuestras copas mientras nuestros ojos se clavan en los del otro por primera vez en mucho tiempo.
—¿Cómo estás, Jeremy? ¿Qué tal va tu vida? ¿Has conocido a alguien? ¿Te gusta vivir en Estados Unidos? ¿Y qué hay del trabajo? Pareces estar muy ocupado con todo... —¡Dios, no puedo dejar de parlotear! Se ríe mientras alza una mano para interrumpir mi interrogatorio.
—Nunca te has quedado sin preguntas, ¿no es cierto, Alexa? —Alza una ceja y hace un alto—. Supongo que algunas cosas nunca cambian.
Es un comentario burlón cargado de insinuaciones.
Su mirada es directa y, a la vez, un tanto pícara. Me revuelvo incómoda bajo la intensidad de sus ojos y el significado que imagino que hay detrás de sus palabras. Desearía poder leer las expresiones de su rostro con más claridad, pero dado que hace mucho tiempo que no nos vemos, parecen estar demasiado enmascaradas para que me sea posible descifrarlas.
—Es solo que hay tantas cosas sobre las que ponerse al día y tan poco tiempo... No quiero perderme nada, no quiero desperdiciar nuestra conversación —replico a la defensiva.
—No lo haremos, te lo prometo. Ahora bebe.
Advierto que aún no he probado el champán. Ambos damos un sorbo lleno de burbujas doradas a la vez. Sabe delicioso, en un primer momento seco pero con un regusto dulce y siento que las burbujas estallan en mi lengua. No puedo evitar dar otro sorbo.
—Ahora, antes de que intente contestar a tu avalancha de preguntas, cuéntame, ¿cuáles son tus planes para este fin de semana? ¿Quién tiene el placer de tu compañía?
Contenta de retomar la conversación, describo tranquilamente los detalles de mi fin de semana, sobre todo porque conoce a la mayoría de la gente a la que voy a ver. Le cuento que Robert y los niños están fuera, disfrutando de su gran aventura, que me he encontrado con Samuel en la universidad, le hablo de mi próxima reunión con la familia y con mis viejos compañeros de estudios. Me escucha atentamente, sin interrumpirme, y apenas soy consciente de que rellena mi copa una vez más. No sabría decir si son mis nervios o la excitación lo que me hace seguir hablando mientras el champán vuela.
—Ya basta de hablar de mí. —He observado que Jeremy lleva tiempo sin decir nada y tenemos muchas más cosas que contarnos aparte de mis planes para el fin de semana. Hago un alto para mirarle atentamente y advierto su tensa expresión—. Estás muy callado, Jeremy. ¿Pasa algo malo?
Se levanta y se dirige directamente hacia donde estoy sentada en el sofá. Silenciosamente, se arrodilla en el suelo asegurándose de mirarme directamente a los ojos y posa su mano sobre mi rodilla cubierta por la media. Una suave corriente eléctrica me atraviesa la pierna y doy un respingo ante la sensación. Un atisbo de sonrisa asoma a su rostro ante mi reacción, como si estuviera satisfecho de provocar aún ese impacto sobre mí, antes de desaparecer rápidamente y volver a concentrar su mirada, retomando el control del momento. Me sonrojo sin poderlo evitar, fundiéndome a la perfección con el tono rosa del cojín a mi espalda. No hay forma de disimular que prácticamente me derrito en cuanto me toca. Totalmente avergonzada, cambio incómoda el peso de mi cuerpo, mientras él continúa en posición de estatua. Mi creciente ansiedad me previene de intentar emitir algún sonido.
—Alexandra, quiero pedirte algo, aunque no estoy seguro de lo que vas a decir o de cómo vas a reaccionar.
Será algo serio si me llama por mi nombre completo.
Hace una pausa, sondeando implacable dentro de mis ojos.
—Lo que no es muy propio de mí... —susurra.
Afianza ambas manos sobre mis rodillas, como si quisiera anclar mis pies al suelo en caso de que eche a volar como un globo de helio.
—De modo que iré al grano.
No me muevo ni un milímetro.
No hago nada salvo sostener su mirada.
Concentrada en regular mi respiración.
Y espero a que continúe.
—Me gustaría que te quedaras a pasar el fin de semana conmigo y cancelaras tus otros planes.
Se detiene, mirándome desde debajo de sus largas y espesas pestañas. Mi corazón da literalmente un salto mortal.
O dos. O tal vez tres.
Su mirada se intensifica, y me pierdo en sus ojos.
Antiguos recuerdos compartidos regresan a mi mente: destellos de nuestros días de universidad, de nuestras ridículas bromas, de momentos de lujuria desenfrenada, amor, orgasmos, sexo, amistad, lágrimas de risa, lágrimas de dolor, experiencias, instantes robados. Fue divertido, crispante, hilarante y excitante, y daba la impresión de que las cosas con Jeremy siempre serían así.
En apenas unos segundos la mirada de sus ojos concita todos esos recuerdos y algo más dentro de mí. Nunca estuve segura de qué era lo que podía esperar de Jeremy en cada momento y aquí estoy, después de todos estos años, en la misma situación. Aunque en circunstancias muy diferentes. Nuestro silencioso diálogo continúa bailando entre nosotros. Desafiándonos, una vez más, a dar un paso que nunca daríamos con ningún otro, solo entre nosotros.
Mi mente se acelera a la misma velocidad que mi corazón. ¿Qué pasaría si me quedo? ¿Sería lo peor que podría hacer? La gente siempre habla de vivir la vida plenamente, esperando lo inesperado... ¿Acaso un fin de semana con Jeremy me hará sentir más viva de lo que he estado en años? A juzgar por el efecto de su roce en mi rodilla, solo puedo imaginar cómo voy a responder..., ejem, ante su roce en otras partes de mi cuerpo...
Finalmente, mi instinto maternal parece anclarme de nuevo a la tierra frente a esos pensamientos abstractos y diletantes y devolverme la cordura. Mis niños. Mi vida ya no trata solamente de mí; mis actos tienen consecuencias. La culpa..., la traición... Robert... Siento un nudo en el estómago. ¿Cómo es posible que sienta tanta expectación y, a la vez, tanto remordimiento? No tiene ningún sentido. Mi mente clínica se activa y toma nota de explorar la psicología alrededor de tan intensas emociones y los cambios resultantes en mi psique. La inmediatez de la situación hace que mi experiencia clínica resulte superflua. Dios, ¿qué estoy haciendo, pensando, sintiendo? Jeremy aún tiene las manos sobre mis rodillas y sus ojos parecen penetrar hasta el fondo de mi alma. Después de unos instantes, como si leyera en mis pensamientos, reduce la intensidad de su mirada y afloja sus manos, poniéndose en pie y girándose para contemplar la vista panorámica.
Un instante después recupero la respiración como si me hubiera liberado de un hechizo. Debo de haber estado conteniendo el aliento durante un buen rato.
Aún está mirando fijamente hacia la bahía, cuando declara con voz confusa:
—Déjame que lo adivine. Estás tratando de analizar cada ángulo de la situación. —Se vuelve para mirarme una vez más a los ojos antes de volver la vista al exterior y asiente, como para confirmarse que ha dado en el clavo, antes de continuar—. Estás sopesando los pros y los contras de aceptar mi oferta. Una parte de ti está excitada, casi tentada, por las posibilidades de la experiencia; la otra está tan profundamente aferrada a las responsabilidades de tu vida actual, especulando sobre las innumerables preguntas y los posibles escenarios, que eso solo puede significar que necesitas más tiempo para considerarlo y reflexionar. Sinceramente, Alex, haría falta la experiencia de muchas vidas para responder a tus preguntas, e incluso entonces nunca llegarías a una conclusión satisfactoria. ¿Estoy en lo cierto? —Una vez más, se gira hacia mí buscando la confirmación.
Lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza. Se diría que lee en mí como en un libro abierto. De hecho, para ser totalmente sincera, parece entenderme mejor que yo misma, lo que me perturba enormemente. La exactitud de sus palabras me coge desprevenida, su síntesis es, a la vez, ponderada y precisa. ¿Acaso soy tan previsible o es que me conoce demasiado bien? Pensaba que después de tantos años se habría olvidado..., pero, si yo no lo he hecho, ¿por qué debería ser tan ingenua de creer que él sí? Esa es una afirmación realmente aterradora, en vista del aprieto en el que me encuentro.
Continúa enunciando el aluvión de mis supuestas preocupaciones.
—¿Y qué me dices de tu familia? ¿Realmente quieres esto? ¿Qué significará si te quedas? ¿Qué pensarán tus amigos? ¿Cómo podrás justificar tu decisión? ¿Podrás vivir con ello? O, yendo un poco más lejos, ¿qué pasaría si realmente te dejaras llevar, aunque solo fuera durante un fin de semana?
Me quedo sentada delante de él, avergonzada ante la verdad que se esconde detrás de sus supuestos interrogantes, ante el profundo conocimiento que ha demostrado de mi proceso mental. Sin embargo soy consciente de que no está jugando limpio y de que intenta presionar deliberadamente mis límites personales.
Su última pregunta ha sido el resumen de muchas de las conversaciones a lo largo de nuestros años de relación. Sabe que siempre antepongo a los demás y él siempre me recriminó por ello, especialmente si elegía caminos que presentía que acabarían mal para mí. Fue él quien me hizo reconsiderar la pregunta del «¿qué pasaría si?». ¿Qué pasaría si, por una vez, no intentara controlar ni orquestar mi vida y la de los demás, resultaría seguro? ¿Qué pasaría si fuera algo bueno no saber lo próximo que te va a suceder o cómo se va a sentir determinada persona al respecto? ¿Valdría la pena arriesgarse?
Lamentablemente, mis preocupaciones inmediatas eran demasiado fáciles de resumir dado el dilema moral al que me enfrentaba. El verdadero problema para mí es en realidad muy simple: ¿seré capaz de decirle no a Jeremy?
Está jugando conmigo. Lo sé y él también lo sabe. Y por mucho que intente borrar cualquier rastro de emoción, puede leer en mi rostro intuitivamente, ver a través de cualquier máscara que me ponga. Su sonrisa autocomplaciente me causa más ansiedad que la miríada de sentimientos que trato de filtrar a través de mi cerebro.
Mi voz surge queda pero decidida.
—Eso no es justo, Jeremy. ¿Es necesario que tengamos esta conversación ahora? ¿No podemos simplemente ponernos al día de nuestras vidas y ver a dónde nos lleva todo? —Mi voz se quiebra al decir las palabras. Sabe que estoy tratando de ampliar mis opciones y puede leer fácilmente en mi cara de póquer, lo que no me deja en una posición fácil frente a él. Inconscientemente me preparo para nuestra guerra de cerebros, sabiendo que el mío es un ring de boxeo en el que el lóbulo derecho pelea con el izquierdo, ambos defendiendo diestramente su posición sin comprender que pertenecen al mismo equipo, lo que no es de mucha ayuda.
Se aparta lenta y deliberadamente de mí, separándose del ventanal, se dirige al cubo donde está el champán, extrae cuidadosamente la botella y se acerca de nuevo a mí. Observa silencioso el temblor de mis manos mientras desliza su mano por mis dedos y retira la copa que sostengo, la rellena y la posa cuidadosamente en la mesa lateral que está junto al sofá. Luego se arrodilla frente a mí, cogiendo mis manos entre las suyas y dejando escapar un suspiro. La energía y determinación que emanan de él constituyen un claro contraste con la aparente postura de sumisión en el suelo. Apenas puedo respirar. El aire entre nosotros se ha cargado de tensión. Me he quedado petrificada.
—Ahora, Alex, escúchame, y por favor escucha con atención. —Su voz es lenta, firme y autoritaria—. Tú y yo hemos recorrido un largo camino hasta aquí y quiero pasar las próximas cuarenta y ocho horas contigo. No pienso conformarme con tomar unas copas y que luego desaparezcas de nuevo en el universo.
»Sé que ha habido mucha tensión entre nosotros desde que llegaste y eso es porque estamos constreñidos por el tiempo. Si supiéramos que tenemos dos días completos por delante, entonces podríamos volver a conocernos. Hagamos que esto sea solo nuestro, de nadie más, solo por esta vez. Para mí es importante, Alex, no te lo pediría si no fuera así. No quiero discutir contigo, ni tampoco pretendo asustarte, solo necesito saber que vamos a pasar este tiempo juntos; un tiempo del que no hemos dispuesto durante muchos años.
Los oídos me zumban por la confusión, al igual que el corazón. La corriente eléctrica que corre desde su mano a la mía aterriza directamente entre mis piernas, hasta tal punto, que casi creo que él puede sentirla.
Desliza sus dedos alrededor de mis muñecas, sus ojos suplicando en los míos.
—Por favor. Alex, te lo ruego... ¿Cuarenta y ocho horas? Dime que te quedarás.
Mi mente se ha quedado en blanco. Apenas puedo respirar, y mucho menos hablar. ¿Qué me está haciendo? Nunca le he oído hablar de esa manera, tan necesitado, tan añorante. Me digo a mí misma que tal vez esté inmerso en algún problema, alguna pena, y necesite hablar de ello. Todo mi ser clama enardecido: Sí, acepta, es tu mejor amigo y te necesita. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¿Por qué si no sonaría tan desesperado? Seguramente no tiene demasiados amigos íntimos con los que hablar como puede hacerlo conmigo, especialmente dada la presión y responsabilidad de sus compromisos de trabajo e investigación. Obviamente necesita desahogarse, o de lo contrario no me pondría en esta situación. Y aquí estoy, planteándome no estar ahí para un amigo, mi mejor amigo, justo cuando me necesita.
Es inútil decir que pierdo la batalla cuando mi voz converge con la lógica de mi corazón. Y me escucho responder en voz baja:
—Está bien... Supongo que podría... —Apenas consigo susurrar las palabras a causa del nudo que atenaza mi garganta.
Pero dado que Jeremy está muy cerca, las escucha. Y con la ansiedad escrita en su rostro me pregunta:
—¿Has dicho lo que creo que has dicho?
¿Es que pretende que lo diga otra vez? Ya ha sido bastante duro la primera vez.
—Necesito saber que te has comprometido. No sabes lo importante que esto es para mí.
Respiro hondo.
—Sí, me quedaré durante el fin de semana —confirmo, esta vez con más firmeza.
Al momento una sonrisa inunda su rostro. Suelta mis muñecas, me levanta del sofá y me abraza con fuerza mientras me arrastra dando vueltas alrededor de la habitación. No puedo evitar reírme cuando la tensión desaparece entre nosotros.
—Gracias, Alexandra. No te arrepentirás, te lo prometo.
Muy excitado, estira el brazo para coger las copas de champán que nos aguardan.
—Hagamos un brindis. Por las próximas cuarenta y ocho horas.
A lo que no puedo evitar pensar: Oh, Dios mío, pero acabo brindando y permitiendo que las burbujas doradas se unan a las mariposas de mi estómago.
Antes de que pueda tomar conciencia de la realidad de mi acuerdo, pregunta rápido como un rayo:
—Muy bien, AB, ¿dónde está tu teléfono?
Por supuesto tengo que notificar a los demás mi súbito cambio de planes, lo que me hace caer en las subsiguientes consecuencias respecto a mi familia y mis amigos.
—¿Qué voy a decir? ¿Qué van a pensar? —digo en voz alta mientras rebusco en mi atiborrado bolso y localizo el móvil. Las dudas vuelven a colarse en mis pensamientos. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Ha sido un momento de debilidad o deseo lo que me ha hecho decir sí? ¡Indiscutiblemente ambos!—. Jeremy, tal vez no debería... esto no está bien...
—¡Sin peros ni arrepentimientos, AB!
Jeremy se apresura a sentarse junto a mí en el sofá, como si pudiera sentir mi aprensión y mis crecientes dudas. Me arranca el teléfono de la mano y corre al otro lado de la habitación. El excitado cachorro se ha convertido en una pantera de aterradora agilidad y gracia.
—Deja que yo me ocupe —sugiere con una enorme sonrisa en la cara.
Ha regresado de nuevo a su juventud. ¿Dónde está el distinguido y mundialmente conocido doctor, ganador de numerosos premios de investigación médica? Aparentemente estoy de vuelta en la universidad con mi engreído compañero, que aún sigue burlándose de mí y atormentándome.
—Por favor, devuélvemelo.
—No en esta vida, cariño, eres mía durante todo el fin de semana. Tú misma acabas de decirlo. No te preocupes, enviaré un mensaje de tu parte.
No logro discernir si lo está diciendo en serio o no.
—Soy perfectamente capaz de enviar un mensaje desde mi propio móvil. —Me acerco hasta donde está, con la mano extendida, esperando—. Dámelo ya —exijo con voz firme. Pero me hace un quiebro y me esquiva, apartándose lejos de mí como un completo idiota—. Necesito llamar a casa. ¡Jeremy! —grito mientras continúa con su juego infantil dando vueltas por la habitación.
—No, no necesitas llamar a casa. Acabas de contarme que están en el desierto, sin cobertura telefónica durante la próxima semana. No hay ninguna razón por la que debas llamarlos ni preocuparte.
Así que eso explica el enorme interés con el que había estado escuchando mis planes. Debí haber imaginado que tenía algún motivo oculto.
—Jeremy, deja ya de dar vueltas.
El pánico empieza a traslucirse en mi voz mientras sale corriendo hacia el dormitorio y cierra la puerta tras de sí.
—No tiene gracia. Dame el maldito teléfono, bastardo.
Aporreo furiosamente la puerta sobre la que está apoyado para impedirme entrar.
—Ah, ya salió la Alex pendenciera que conozco. Aquí está la chispa que estaba esperando... Ahora, ¿a quién debemos informar de tu intrigante cambio de planes? A tu hermano. Y a Trish para que pueda avisar a los demás... Oh, y a Sally. Eso debería servir, ¿no es así?
—Jeremy, ¡no te atrevas! —le increpo furiosa.
Y de pronto surge de detrás de la puerta, asegurándose de que estoy bien lejos mientras lee el mensaje. Y antes de que pueda responder, pulsa el botón de Enviar.
—¡No lo habrás hecho! —jadeo.
—Ya está, eres oficialmente mía durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Tiene el mismo aspecto que el gato que se tragó al canario.
Entonces apaga mi móvil sin más contemplaciones y se aproxima al armario. Abre la puerta y, mientras me bloquea la vista, pulsa el código de la caja fuerte, deja el teléfono dentro y cierra rápidamente la caja.
Cuando se da la vuelta, mi expresión es de absoluta incredulidad.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —estallo llena de ira—. Necesito llevar el teléfono conmigo. Podría suceder cualquier cosa.
Siento como si me hubiera desconectado temporalmente de mi vida. Entonces comprendo que eso es exactamente lo que pretende. Noto una muy extraña y rara sensación por estar completamente ilocalizable.
—Explícamelo, AB. ¿Me estás diciendo que el mundo no va a poder sobrevivir si tienes apagado el teléfono durante un par de días o que tú no podrás?
El tono de su voz y la mirada de sus ojos me dicen claramente que cualquier discusión al respecto sería completamente inútil.
—¿Por qué haces esto?
—Muy sencillo. Por puro egoísmo. Sé que siempre estás disponible para tu familia y tus amigos y no tengo la menor intención de compartirte con nadie este fin de semana. Eso significa que no habrá ninguna interrupción.
Le miro desconcertada.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan mandón y manipulador?
—Tuve una buena profesora en la universidad, y he estado practicando durante los últimos años —replica, guiñándome un ojo.
Cuando trato de acercarme al armario, sus brazos de pulpo me agarran por la cintura y me alzan en el aire antes de depositarme firmemente sobre el sofá.
—No es buena idea. —Ahora está sonriendo.
—Ya no estamos en la universidad, Jeremy. Soy una mujer adulta, ¡por amor de Dios!
Sueno como una auténtica profesora. Se queda de pie ante mí, anticipando ansiosamente mi próximo movimiento.
—Está bien —digo, cruzando los brazos sobre mi pecho, obviamente descontenta—. Ahora tendrás que meter ahí dentro tu móvil: es lo justo.
Se ríe.
—Siempre tienes que tener la última palabra, ¿no es así, Alexandra?
Apaga su móvil y, con un exagerado ademán, abre la caja fuerte y lo deja junto al mío, tras lo cual vuelve a cerrarla rápidamente.
—Hecho.