La madre de Costa

Un hombre casado se debe a su mujer; pero un soltero sin familia, a su dueña de casa.

Abalcázar Costa —en provincias hay siempre nombres raros— vino de la suya con excelentes notas en bachillerato y escaso dinero. Púsose a buscar una casa de huéspedes donde se comiese bien —porque los muchachos que vienen tienen gran apetito— y hubiera tranquilidad.

Hallola en la calle Cevallos, una vieja casa de dos patios, que quedara enclavada entre altísimos muros. Por cierto, no había sol. En verano, y durante dos meses, alcanzaba a insinuarse hasta el marco superior de las puertas, nada más. En invierno, los frisos tenían una línea verde de humedad y en la casa oscura reinaba un vaho de sótano.

Con todo, había tranquilidad, y Costa propúsose aprovecharla, lo que era innegable, y pensó vivir allí mucho tiempo, lo que no lo fue tanto.

Se hospedaban en aquélla ocho o diez inquilinos, y regía su destino la dueña de casa, persona repleta de promesas y que vestía siempre de negro, como conviene a una patrona seria y madre de sus hijos.

Costa encantose de ella, pues es cierto que en los primeros tiempos la dueña de casa tuvo con él gracias extraordinarias. No se sabe cómo pudo Costa obtener un mes entero la comida a la hora que él deseaba. Para los demás —y entre ellos, yo— el problema era irresoluble. Acaso, acaso en un tiempo remoto, cuando nos instalamos, nos cupo a nosotros igual dicha; pero la subsecuente mala suerte nos había hecho olvidar de la buena. Lo cierto es que durante un mes, Costa fue servido antes de media hora de sentarse a la mesa, halló siempre azúcar en la azucarera y agua en las jarras, y demás circunstancias felices, propias de una persona afortunada.

Nosotros llamábamos a nuestra solícita madre doña Josefa; Costa decía misia Josefa, y la trataba con deferencia. El muchacho era muy culto en sus expresiones.

Mas, andando el tiempo, Costa llegó a su vez a conocer la cantidad de pan que se puede comer antes de que llegue la sopa, y comenzó a dudar de que «Enseguidita, señor» supusiera precisamente ser servido acto continuo. No dejaba jamás de oír a sus circunspectas observaciones: «¡Pero será posible!… Sí, señor; tiene razón… tiene razón… ¡Enseguidita!».

Un mes más tarde su persona pudiera haber entrado en la norma de la nuestra, lo que vale decir que a fuerza de haber perdido la paciencia hubiérale sido posible adquirirla en modo prodigioso. Pero Costa tenía un concepto perjudicial, del que nosotros nos librábamos bien, y era el de la justicia. Costa pagaba religiosamente el 31 de cada mes; no incomodaba nunca a la cocina, pues comía a horas fijas; no se olvidaba de la llave de calle; no tenía jamás ocurrencias de cambiar la posición de sus cuadros a las once de la noche y a rotundo martillo. Todo esto, que constituía las garantías de su excelente condición de huésped, no le era devuelto en idéntico grado. La dueña de casa no era «justa» sirviéndole así, y esta consideración, que en nosotros no levantaba ya ni siquiera la presunción de que doña Josefa pudiera haberlo sido o serlo en los siglos venideros, disgustaba mucho a Costa, pues no impunemente se es bueno, provinciano y serio estudiante de Derecho.

Así Costa llegó a ver seca en él la última radícula de su buena fe cuando doña Josefa le respondía: «¡Ay, pobrecito señor Costa!… ¡Enseguidita, enseguidita, señor!»… Con lo cual habría llegado mansamente a ser como nosotros, «hijos» de ella, si su concepto de justicia no lo hubiese arrastrado mucho más lejos de lo que él jamás soñó.

Una noche de crudo frío, a las ocho, estaba yo en el cuarto de uno de nuestros compañeros, vecino —tras puerta amurada— de Costa. Oímos que éste entraba y comenzaba a desvestirse, sin los previos gorgoreos habituales, pues se limpiaba siempre los dientes antes de acostarse.

—Costa no se dedica hoy al estudio —dijo mi amigo. Efectivamente, no era esa recogida temprano un hábito de su instrucción.

Luego sonó su voz en la puerta:

—¡Doña Josefa!

Pasó un rato en silencio. Y otra vez su voz, ya impacientada:

—¡Doña Josefa!

Nosotros nos miramos. La casa era honda y su dueña tenía el cariñoso oído un poco débil para la voz de sus hijos. Al fin llegó, caminando apresurada:

—¡Pero me estaba llamando, pobrecito señor Costa! ¿Qué quiere? ¿Qué quiere?

Costa pidió algo y sentimos que se acostaba. Corrió una hora, acaso mucho más. Lo cierto es que volvimos a oír a doña Josefa abría la puerta de Costa.

—Aquí está la leche. ¿No será nada eso que tiene, no? Pobrecito señor Costa…

Seguramente Costa había probado la leche, porque nos llegó su voz, esta vez bastante alta:

—¡Llévese al diablo su leche! ¡Después de dos horas, y sabiendo que estoy enfermo, me la trae fría!

—¡Pero, señor Costa, acabo de sacar del fuego su lechecita!…

—¡Llévela, llévela! —y aquí una expresión, no fuerte en nosotras, pero extraordinaria en él.

—¡Bueno, señor, bueno! —respondió doña Josefa. Y salió.

—¡Pobre Costa! —murmuró mi compañero—. No sabe lo que es nuestra madre.

Dos días después, al anochecer, disponíame a salir, cuando sentí que llamaban a mi puerta. Abrí, y un muchacho joven y rubio, a quien había visto en el cuarto de Costa algunas veces, me dijo, profundamente alterado:

—Costa se está muriendo.

Fuimos a su pieza. Lo que primero sentí fue la atmósfera pesada, con un olor ácido a vómito. En la cama, completamente cambiado, el pelo pegado a la frente y la boca abierta, Costa se iba a razón de doscientas inspiraciones por minuto.

—¿Hace rato que usted lo vio? —pregunté a mi amigo.

—¡Recién! —me respondió angustiado, en voz baja—. No sabía nada… Abrí la puerta y lo vi… ¿Qué tiene?

—No sé. Mejor es que vaya corriendo a buscar un médico.

Diez minutos después llegaba con éste. El hombre lo miró de cerca, le bajó el párpado, lo pulsó, lo auscultó.

—Este muchacho se muere —nos dijo—. Tiene un edema pulmonar. ¿Quién lo ha cuidado?

El muchacho rubio me miró.

—No sé… creo que nadie…

El médico a su vez nos miró a los dos.

—Cómo, creo que nadie…

Entonces le dije lo que sabía: la entrada de Costa, dos noches antes, la historia de la leche, y nada más. El médico echó una ojeada a sus pies y alrededor, y se encogió de hombros:

—¡Estamos frescos! Aquí no ha entrado nadie desde hace dos días.

Una hora más tarde Costa estaba muerto. Comentábamos el caso en la pieza vecina, cuando entró doña Josefa, llorando a lágrima viva.

—El pobrecito señor Costa… Haberse muerto así, solito… Yo que lo quería como a un hijo…

La cosa era demasiado fuerte y le rogamos que fuera a su cuarto a llorar a todos los demás hijos que seguramente había matado.

Se hizo telegrama a la familia de Costa. De noche doña Josefa volvió a jurarnos llorando que había ido varias veces a preguntar al pobrecito señor Costa si quería algo, pero que no había respondido… Que tal vez, tal vez no había ido, lo confesaba, pero que nos compadeciéramos de ella…

Al fin arranconos la promesa de no decir nada. Pero dos días después tres inquilinos del primer patio abandonaban a su buena madre sin decir por qué, y los demás nos quedábamos por pereza de buscar nueva casa.

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