La ausencia de Mercedes

Hipólito Mercedes, del Ministerio de Hacienda, tenía veintisiete años cuando le aconteció su extraordinaria aventura. Era un muchacho grueso, muy rubio, de ojos irritados y parpadeantes, que usaba lentes porque era miope. Era bastante tímido, sus muslos rechonchos se rozaban hasta la rodilla, como los de las mujeres. Tenía la inteligencia circunscrita, a semejanza de las personas adictas a filosofar, y para colmo se llamaba Mercedes, como una hermana mía.

Era extremadamente pulcro. De modo que no pudo ser más grande la estupefacción de sus compañeros la tarde en que le vieron levantarse de la mesa con un tintero en la mano, vaciarlo en el piso y arrodillarse, frotando concienzudamente las rodillas sobre la tinta. Después volvió a escribir plácidamente. Los oficinistas, sin saber qué pensar, dispusiéronse a gozar el resultado. Indudablemente el pobre Mercedes no se había dado cuenta de lo que había hecho, porque salió en paz, como si en realidad no llevara dos grandes manchas en las rodillas. Al día siguiente hubo quejas, protestas, que agitaron la oficina hasta las dos. Mercedes llegó a proferir palabras bastante groseras, a las que sus compañeros replicaron que cuando se sufre distracciones más bien estúpidas, es inútil acusar a nadie y mucho menos levantar la voz.

Mercedes quedó muy preocupado de sí mismo. Esa tarde salió solo. Al tomar la vereda de Victoria, leyó distraído en los vidrios: Miguel Mihanovich-Líneas a Bahía Blanca… Siguió adelante, deletreando mentalmente: Mi-ha-no-vich… y al llegar a la última sílaba se acordó, de un modo tan nítido como inesperado, de un par de botines con puntera de bronce que había tenido en Chivilcoy cuando era chico, y que le habían durado siete meses. Entró en un bar, por café, llevó la taza a los labios, y al dejarla en el plato se encontró en Callao y Santa Fe. Posiblemente caminaba; pero su sorpresa fue tan grande que quedó parado. Su segunda sorpresa fue que, al evocar el bar del que acababa de salir, tuvo la impresión de un recuerdo vago, difícil, lejano, de esos que obligan a cerrar los ojos contrayendo el ceño. Era tal su estupefacción que no sabía cómo comenzar a dilucidar eso. Se dirigió a su casa, completamente aturdido. De pronto, con un escalofrío, vio el sol en los balcones: era «más temprano» que cuando había tomado el café. Y con un nuevo chucho, esta vez de frío y espantada confusión, notó que era invierno.

Ahora bien: para un hombre que lleva una taza de café en sus labios en la Plaza de Mayo, en verano, y al dejarla se halla en Santa Fe y Callao, en invierno y con sobretodo, la aventura es abrumadora.

«¡Estoy loco, loco!», se dijo Mercedes, muerto de angustia. «Mamá me dirá lo que ha pasado, si no he hecho alguna locura.» Como una persona mojada y enferma, deseaba ardientemente verse de una vez en su casa. Vivía en Soler entre Díaz y Bulnes. En la esquina de Díaz, al levantar la vista, se detuvo de golpe y quedó un momento inmóvil. Apresuró el paso.

—Esa casa no estaba antes. ¡Antes!… ¿Cuándo?…

Llegó por fin. Atravesó ligero el patio, entró en el comedor, y una mujer, con una criatura de pecho en los brazos, le preguntó sorprendida, mirando el péndulo:

—¡Oh!, ¿por qué vienes a esta hora? ¡Son apenas las cuatro media!

Mercedes ahogó una exclamación y dio torpemente un paso atrás, cogiendo de nuevo el picaporte.

—Perdón… me he equivocado… ¿No vive aquí mamá… la señora de Mercedes? —se corrigió en seguida.

La joven bromeó.

—No, señor; está ahora en Chivilcoy, en casa del señor Juan Mercedes, hermano del señor Hipólito Mercedes, padre del señor Polito Mercedes servidor de usted —y extendió la criatura hacia Mercedes.

El aturdimiento de éste era mucho mayor que su quebranto. La expresión de su rostro no debía ser normal, porque la joven se acercó a él, mirándolo extrañada:

—¿Qué tienes? Algo te pasa —y le apoyó el revés de la mano en la frente—. Estás helado… ¡Pobre! —agregó pasándole el brazo por la cintura y apretándose a él—. Dale un beso a tu hijo… Pero ¿qué tienes? ¿por qué me miras así?

—N… nada… —murmuró Mercedes, desesperado por no saber qué partido tomar. A pesar de todo, le quedaba suficiente serenidad para no promover una escena ridícula.

—¿Te duele algo?

—N… no.

—¿Y entonces?

—No sé lo que tengo…

Pero la cabeza se le iba, y se empeñaba humildemente en creerse loco ante esos horribles fenómenos, no obstante habérsele ocurrido que, si su mujer lo recibía así, no debería estarlo. Para mayor encanto, un chico de dos años entró corriendo a echarse contra su pierna, llamándolo papá. Así es que cuando a los pocos momentos la joven lo dejó solo, huyó desesperado en busca de su médico. A sus angustias se agregó una decisiva: en el vestíbulo había un almanaque de pared, y hacía media hora que leía como un estúpido: «1906, 14 de junio de 1906», ¡Y él acababa de tomar café el 2 de marzo de 1902!

Contó todo, extraordinariamente abatido. ¿Cómo era eso? ¿Cómo cuatro años?… ¿Su mujer y sus hijos?…

El otro, tras el cúmulo de sus preguntas insidiosas de médico, hablole al fin en términos precisos —no para Mercedes, por cierto— de epilepsia, ausencias de epilepsia. Parece ser que en el momento en que Mercedes iba a dejar la taza de café, adquirió de golpe una como especie de otra personalidad, que se casó, tuvo dos hijos y continuó haciendo en un todo lo que hacía siempre Mercedes. Hasta que un buen día, en Callao y Santa Fe, volvió bruscamente a ser el primer individuo, reanudando su vida y sus recuerdos donde los había dejado, y sin acordarse en lo más mínimo de lo que había hecho en esos cuatro años. A instancias del pobre Mercedes, tan desalentado que daba lástima, el médico, buen muchacho en suma, lo acompañó a su casa, explicando a la señora de Mercedes que su esposo había sufrido una leve congestión cerebral que habíale hecho olvidar de muchas cosas y confundir las otras, etcétera.

Un momento antes, Mercedes no había dejado de darle a entender, con gran susto de célibe, un posible divorcio si… y se detuvo hipócritamente, recordando con discreto pregusto, como le convenía, el bello rostro de su pasada y futura mujer.

Pero las cosas no deberían haber ido precisamente mal, porque diez días después, cuando su médico le pidió nuevas de su fresco estado, Mercedes lo miró extremadamente satisfecho, tanto que a una indiscreta sonrisa del otro, concluyó por ponerse colorado.

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