El león

Había una vez una ciudad levantada en pleno desierto, donde todo el mundo era feliz. La ciencia, la industria y las artes habían culminado al servicio de aquella ciudad maravillosa que realizaba el ideal de los hombres. Gozábase allí de todos los refinamientos del progreso humano, pues aquélla encarnaba la civilización misma.

Pero sus habitantes no eran del todo felices, aunque lo hayamos dicho, porque en su vecindad vivían los leones.

Por el desierto lindante corrían, saltaban, mataban y se caían los leones salvajes. Las melenas al viento, la nariz husmeante y los ojos entrecerrados, los leones pasaban a la vista de los hombres con su largo paso desdeñoso. Detenidos al sesgo, con la cabeza vuelta, tendían inmóviles el hocico a las puertas de la ciudad, y luego trotaban de costado, rugiendo.

El desierto les pertenecía. En balde y desde tiempo inmemorial, los habitantes de la ciudad habían tratado de reducir a los leones. Entre la capital de la civilización y las demás ciudades que pugnaban por alcanzar ésta, se interponía el desierto y su bárbara libertad. Idéntico ardor animaba a ambos enemigos en la lucha; la misma pasión que ponían los hombres en crear aquella gozosa vida sin esfuerzos alimentaba en los leones su salvaje violencia. No había fuerza, ni trampa, ni engaño que no hubieran ensayado los hombres para sojuzgados; los leones resistían, y continuaban cruzando el horizonte a saltos.

Tales eran los seres que desde tiempo inmemorial obstaculizaban el avance de la civilización.

Pero un día los habitantes decidieron concluir con aquel estado de cosas, y la ciudad entera se reunió a deliberar. Pasaron los días en vano. Hasta que por fin un hombre habló así:

—No hemos hecho nunca lo que debíamos. Hay que conquistar a los leones con otros medios. Nada conseguiremos con la violencia, ni con los burdos engaños. Yo propongo que demos un león por esposo a la más bella de entre nuestras hijas. Ya saben a cuál me refiero: a ese joven e indomable león, que desde que ha nacido, parece ejercer una extraña influencia sobre sus compañeros. Conquistándolo a él, nos desharemos fácilmente de las demás fieras. Elijamos a la más bella de nuestras hijas, y démosla por esposa a ese león.

Esto dijo el hombre; y la idea fue considerada sutil y realizable; porque esto pasaba en una época en que las mujeres eran semidiosas y no se comportaban en la vida como simples mortales.

La más bella, pues, de las jóvenes vírgenes fue encerrada sola en una torre que se levantó en el desierto a la vista de la ciudad. Y al atardecer la hermosa se asomaba a la ventana, donde lloraba con el pañuelo en los ojos.

Los leones pasaban y rugían trotando, temerosos siempre de una asechanza.

Sólo el joven león se atrevía a acercarse. Inmóvil al pie de la torre, alzaba horas enteras sus salvajes y azules ojos a la bellísima hija de los hombres, que lloraba para ablandar su indómito corazón.

En breves días, pudo apreciarse la sutileza del consejo: el león, que había resistido a la violencia y los engaños groseros, cayó en las redes. Y siguiendo, hipnotizado de amor, a la hermosa joven que le sonreía bajo un extremo del pañuelo, franqueó las puertas de la ciudad.

No vaya a creerse, sin embargo, que los hombres procedían de mala fe al ofrecerle la bellísima esposa. Las bodas se realizaron en corto plazo con un fausto inaudito, en honor de aquel monarca del desierto que se dignaba honrar a los hombres con su alianza.

Cuanto hay de lujo, de halago sutil en la civilización de los hombres, fue tendido a los pies —las garras— del joven león salvaje.

Se lo inició paso a paso en los goces del refinamiento, en los deleites de la inercia. Se lo peinó, se lo acarició, se lo untó de las mil exquisitas dulzuras que constituyen la alta civilización. Y el bárbaro intruso, deslumbrado y blando de amor, lamió, probó y gustó de cuanto le ofrecían.

Se lo convenció de que debía dejarse limar los dientes y cortar las garras —vergonzoso estigma de su vida anterior—, y así se hizo. Aprendió a amar los muelles cojines, a sentarse a la mesa con la servilleta sobre los muslos, a quejarse de calor en días apenas tibios, y a disimularse en el fondo del palco para dejar sitio a las señoras en el antepecho. Aprendió a perder en los brazos de su esposa los últimos impulsos de rebelión, y aprendió por último a decir discursos en las grandes ceremonias rememorativas, con la mesura y el buen tono de los hombres. Llegó finalmente con el tiempo a ser un amable, tolerante y grueso león de garras y colmillos limados, que se horripilaba ante toda idea de violencia, y que no tenía sino dos aspiraciones: gozar de su vida actual y prolongarla hasta su vejez.

Tal era. Pero la vejez llegó y con ella, como es norma en los animales salvajes, la naturaleza primitiva asomó tras el alma maquillada de la vieja fiera.

Miró hacia el pasado y, echado sobre el vientre con la barbilla sobre las zarpas, contempló la ruta recorrida, y vio entonces por vez primera, en jalonada perspectiva, la obra sutil, perseverante y fatal de los hombres.

Estaba vencido. Se sentía completamente sin fuerzas; no ya para romper el hechizo, sino para desearlo, siquiera. No concebía ya más la vida sin el baño tibio, el vientre repleto y la amistad de las gentes del mundo. Allá, en el desierto, hacía mucho tiempo que sus hermanos no rugían más. Y a él se lo había acariciado, comprado, cebado, aniquilado…

Pasaba así el tiempo, cuando tuvo la honda sorpresa de saber que iba a ser padre. Oyó por días enteros el clamor de la ciudad que vitoreaba de antemano la descendencia de la joven princesa, pues nos hemos olvidado de decir que la joven era una princesa. De él, el león consorte, nadie se preocupaba ya.

El viejo padre sintió que sus melenas se encrespaban un instante: ¡hijos suyos! Y meditó largo rato. Pero pronto su amargura fue mayor. ¿Qué descendencia podría ser aquélla, de un león que anteponía a todo la seguridad de su comida, y llevaba los bolsillos del smoking repletos de menúes? La madre de sus hijos era una hija de los hombres… Sus descendientes serían lamentables monstruos, ya atrofiados y vencidos antes de nacer…

Apreció así una vez más la obra de los hombres, que al ofrecerle una esposa de su casta quebraban para siempre, en la herencia misma, la salvaje libertad de los leones. Domado él, domada su raza… Y con la mirada perdida en el más amargo desierto de las desesperanzas, el ex león vio llegar el angustioso momento.

Pero cuando la princesa dio por fin a luz, los ojos del lamentable padre saltaron de delirante gozo: ¡Eran leones! A pesar de su ignominia, sus hijos eran leoncillos puros, libres de toda mancha.

¡Sí, amigos! ¡Eran leoncillos desde el tierno hociquito hasta la punta de la cola! Y con dientes agudísimos de seres salvajes.

Antes que el clamor levantado por el terrible acontecimiento se hubiera desvanecido, el viejo león arrebataba su cría y huía con ella, mientras en palacio se desvanecía poco a poco el tumulto. En realidad, los asistentes habían visto algo monstruoso; pero se supuso que una mano caritativa había aniquilado al nacer aquella letal descendencia.

Pero el viejo león no cabía en sí de felicidad; ¡leoncillos puros! ¡Sin una uña ni un diente limados! El destino de las razas venideras era, pues, superior a su flaqueza de gordo león repleto que había trocado sus garras por un mantel, cuando la libertad le concedía aún dos cachorrillos libres de toda mancilla. Y los criaba en el más completo misterio, viviendo con ellos cuanto le era posible.

El padre puso en la educación de sus hijos todo su amor y rencor exasperados, que refluían sobre la nativa violencia de los leoncillos. Y cuando los sintió, por fin y para siempre, infatigables al hambre y la sed, el viejo león los llevó una noche de lluvia a las puertas de la ciudad, enseñándoles el desierto. Violos desaparecer a saltos, empapados y lacios de agua, tendiéndose cada vez más en sus botes.

El padre quedó largas horas en silencio, mirando hacia lo lejos… lo que ya no podía ver. Volviose luego, pues sentía hambre; apetito de platos bien aderezados, en un restaurante de la civilización. Tal era, y no podía ser más otra cosa.

Pero no importa. Allá iban sus hijos liberados, las salvajes fieras de garras y colmillos agudísimos, ya prevenidos desde el nacer; los cachorros redentores, suprema esperanza de los leones vencidos.

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