XV
En el momento en que Benyon había hablado, Georgina le tomó del brazo y levantó su otra mano, como si estuviera escuchando un sonido de fuera de la habitación. Acababa de ocurrírsele algo, que llevó a cabo al instante. Se dirigió hacia la puerta, la abrió completamente y pasó al recibidor, de donde su voz llegó hasta Benyon, que oyó cómo la joven se dirigía a una persona que, al parecer, era su marido. Ella le había oído entrar en casa a la hora a la que habitualmente lo hacía tras su larga mañana de trabajo; y el ruido del cierre de la puerta del vestíbulo había llamado su atención. El salón estaba al mismo nivel que el recibidor, y Georgina saludó a su esposo con toda naturalidad. Le pidió que entrara para presentarle al capitán Benyon, y él respondió con la debida solemnidad. La joven regresó al salón en primer lugar, con sus desafiantes y encendidos ojos fijos en Benyon. Su entero rostro le decía vívidamente: «Aquí está tu oportunidad; te la doy con mis propias manos. ¡Rompe tu promesa y traicióname si te atreves! Dices que puedes condenarme con una palabra; ¡dila y comprobaremos lo que pasa!».
El corazón de Benyon palpitaba más rápido al sentir que esa era, efectivamente, una oportunidad; pero la mitad de su emoción venía del espectáculo, magnífico a su manera, de la incomparable insolencia de la joven. La conciencia de todo aquello de lo que había escapado al no tener que vivir con ella pasó por encima de él como una ola, mientras miraba con extrañeza a Mr. Roy, a quien se había concedido este privilegio. Comprendió enseguida que su sucesor tenía una constitución que le permitía soportarlo. Mr. Roy sugería perfeccionismo y solidez; era un hombre voluminoso, tranquilo y educado, con una superficie en la que las malas hierbas de la irritación no encontrarían fácilmente un punto de apoyo. Tenía un rostro ancho e inexpresivo, una boca grande y unos ojos pequeños y claros, en los que, cuando entró, estaba concentrado ajustando unas gafas de doble montura de oro. Se acercó a Benyon con una actitud prudente, educada y diligente, como si estuviera acostumbrado a encontrarse con muchos caballeros por motivos de trabajo; y aunque, naturalmente, esta ocasión era diferente, no se trataba de un hombre que perdiera el tiempo en preliminares. Benyon tuvo inmediatamente la impresión de haberle visto, a él o a su equivalente, cientos de veces antes. Era de mediana edad, con bigote y su aspecto era saludable, próspero e indefinido. Georgina les presentó mutuamente y habló de Benyon como de un viejo amigo, alguien con quien había trabado amistad mucho antes de conocer a Mr. Roy, y que había sido muy amable con ella hacía años, cuando era una muchacha.
—Está en la Marina. Acaba de regresar de una larga travesía.
Mr. Roy le tendió la mano —Benyon le ofreció la suya antes de que pudiera darse cuenta—, dijo que estaba encantado, sonrió, y observó a Benyon de la cabeza a los pies. Seguidamente miró a Georgina, y después a la habitación, volviendo por último de nuevo a Benyon, que permanecía de pie allí, sin hacer ruido ni movimiento alguno, con los ojos dilatados y el pulso acelerado basta tal punto que Mr. Roy ni podía sospechar. Georgina sugirió que se sentaran, pero William Roy contestó que no tenía tiempo para ello, y se excusó ante el capitán Benyon. Tenía que ir directamente a la biblioteca y escribir una nota que debía enviar a su oficina, donde, como acababa de recordar, había olvidado dar una orden importante al abandonar el lugar.
—Seguro que puedes esperar un momento —dijo Georgina—. El capitán Benyon tiene mucho interés en verte.
—Oh, claro, querida. Puedo esperar un minuto, y puedo regresar.
Así pues, Benyon comprendió que tanto Mr. Roy como Georgina estaban a la expectativa. Cada uno de ellos aguardaba a que él dijera algo, aunque esperaban cosas diferentes. Sorprendido evidentemente ante la vacuidad del visitante de su esposa, Mr. Roy colocó sus manos tras él y, balanceándose sobre sus pies, dijo que confiaba en que el capitán Benyon hubiera disfrutado con su travesía —aunque a él personalmente no le interesara mucho la Marina. Benyon fue consciente de que el otro hombre hablaba, pues realizó dos o tres observaciones más, tras las cuales se detuvo. Pero nuestro héroe no tenía presente el significado de sus palabras. Este personaje sólo pensaba en una cosa: en su propio poder momentáneo y en todo lo que pendía de sus labios. Todo el resto daba vueltas ante él; sus oídos y sus ojos no percibían nada más. Mr. Roy se detuvo, como digo, y se produjo una pausa, que a Benyon le pareció eterna. Mientras duró, el joven fue consciente de su oportunidad, que sopesó hipotéticamente en la palma de su mano. Sabía que Georgina también era consciente de todo ello y que afrontaba y despreciaba el peligro, o más bien disfrutaba de él. Benyon se preguntó a sí mismo si sería capaz de hablar si lo intentara, pero entonces supo que no lo haría y que las palabras permanecerían en su garganta; de hablar, sólo produciría sonidos deshonrosos para su causa. No hubo por tanto una elección ni decisión real por parte de Benyon. Su silencio fue, después de todo, el mismo viejo silencio, el fruto de otras horas y lugares, la quietud con la que Georgina escuchaba mientras él sentía cómo sus ansiosos ojos devoraban su rostro y le quemaban las mejillas con su contacto. Los minutos transcurrían sucesivamente ante él; cada uno era inconfundible.
—Bueno —dijo Mr. Roy—, tal vez interrumpo; me iré a escribir rápidamente mi nota.
Benyon fue consciente de cómo el desconcertado caballero se disculpaba y abandonaba la habitación; se dio cuenta entonces de que Georgina era la única que se encontraba de nuevo ante él.
—¡Eres exactamente el hombre que pensaba que eras! —exclamó, tan alegremente como si hubiera ganado una apuesta.
—Y tú la mujer más horrible que pueda imaginarme. Dios mío, ¡si tuviera que vivir contigo! —eso es lo que Benyon le dijo por respuesta.
Sin estremecerse siquiera ante estas palabras, ella continuó sonriendo triunfal.
—Él me adora… ¿pero qué te importa a ti eso? Tú tienes todo el futuro por delante —continuó—, ¡pero te conozco como si fuera tu madre!
Benyon reflexionó por un momento.
—Si él te adora, estás a salvo. En caso de que nuestro divorcio se pronuncie tú serás libre, y entonces él puede casarse contigo adecuadamente, lo cual le complacería muchísimo más.
—Es muy conmovedor oírte razonar sobre ello. Imagíname a mí contando una historia tan horrible… sobre mí misma… ¡a mí! —y se llevó sus blancos dedos a su pecho.
Benyon le dirigió una mirada que estaba cargada con todo el malestar de su desvalida rabia.
—¡Tú… tú! —repitió, mientras se alejaba de ella y pasaba por la puerta que Mr. Roy había dejado abierta.
Georgina le siguió de cerca hasta el recibidor; Benyon iba delante mientras ella se apresuraba tras él.
—Hubo una razón más —dijo ella—. Fue mi horrible orgullo lo que me impidió convertirme en una proscrita, y lo que me lo impide ahora.
—No me importa lo que sea —respondió Benyon, cansadamente, con su mano en el pomo de la puerta.
Ella puso la suya sobre el hombro de Benyon, que permaneció allí un momento, sintiéndola, deseando que su odioso contacto le diera el derecho de arrojarla sobre el suelo y golpearla para que nunca más volviera a levantarse.
—Sigues siendo tan listo e inteligente como solías ser al sentir perfectamente y saber tan bien, sin más escenas, que es inútil… ¡que nunca lo consentiré! Si comparto contigo la vergüenza de haberte hecho prometer, ¡déjame al menos tener el beneficio!
Él le daba la espalda, pero al oír esto se dio la vuelta.
—¡Oírte hablar de vergüenza…!
—No sabes por lo que he pasado; pero no te pido que te apiades de mí. Sólo quiero decirte algo amable antes de que nos despidamos. ¡Te admiro tanto! ¿Quién se lo dirá a ella, si tú no lo haces? ¿Cómo podrá saberlo, entonces? Estará tan segura como yo. Tú sabes lo que es eso —dijo Georgina, sonriendo.
Benyon había abierto la puerta por completo mientras la joven hablaba, sin hacerle caso en apariencia, pensando sólo en alejarse de ella para siempre. En realidad, escuchaba cada palabra que decía, y sentía hasta la médula el tono bajo y sugerente en que le hizo esta última recomendación. Fuera, en las escaleras —Georgina permanecía allí, en el umbral— Benyon la miró por última vez.
—Sólo espero que mueras. ¡Rezaré por ello!
Y descendió hasta la calle, por donde se alejó.
Fue tras esto cuando le sobrevino la verdadera tentación: no la de devolver traición por traición —aquello pasó en unos cuantos días, pues sabía simplemente que no podía romper su promesa que se imponía sobre él tan tozudamente como el color de sus ojos o el tartamudeo de sus labios; una promesa que había aventurado en el mundo cobrando vida, y estaba fuera de su alcance o de su autoridad—, sino la de aparentar ser un matrimonio con Kate Theory dejándole suponer que él era tan libre como ella y que sus hijos, si tuvieran alguno, tendrían derecho de existir ante la ley. Esta atractiva idea le rondó firmemente durante semanas y fue la causa de que pasara unos días y noches en los que no pudo conciliar el sueño. Era perfectamente posible que ella nunca conociera su secreto y que, como nadie podía ni sospecharlo ni tener interés en sacarlo a la luz, pudieran vivir y morir en seguridad y honor. Esta visión le fascinaba; era, digo, una verdadera tentación. Pensó en otras soluciones, como decirle que estaba casado (sin especificarle con quién), e inducirla a no tener en cuenta tal accidente, convenciéndola de que se contentara con una ceremonia en la que el mundo no vería ningún defecto. Pero tras todas las tortuosidades de sus pensamientos tenía tan claro como antes que el deshonor estaba en todo salvo en la renuncia. Así que, finalmente, renunció y tomó dos medidas que avalaban este acto ante él: dirigió una solicitud urgente al Ministerio de la Marina comunicando que estaba disponible de forma inmediata para ser destinado a otro largo viaje, y regresó a Boston para decirle a Kate Theory que debían esperar. Tenía tan pocas explicaciones que dar a la muchacha que, dijera lo que dijese, era consciente de que no podía hacer que su conducta pareciera natural, y advirtió que la joven confiaba plenamente en él, aunque nunca le entendió. Ella confiaba sin comprender, y estuvo de acuerdo en esperar. Cuando el escritor de estas páginas tuvo noticias de la pareja por última vez, todavía estaban esperando.