XIV
Por supuesto que te recibiré si vienes, y puedes fijar el día y la hora que desees. Habría estado encantada de verte en cualquier momento durante estos últimos años. ¿Por qué no podemos ser amigos como solíamos? Tal vez todavía podamos serlo. Digo sólo «tal vez», a propósito, porque tu nota es bastante vaga acerca de tu estado de ánimo. No vengas con ninguna idea de ponerme nerviosa o incomodarme. No soy nerviosa por naturaleza, gracias a Dios, y no me incomodaré en absoluto (¿oyes, querido capitán Benyon?). Lo he estado (y me sirvió de lección) durante años; pero ahora soy muy feliz. Permanecer así es la más clara intención de la siempre tuya,
GEORGINA ROY
Ésta fue la respuesta que Benyon recibió a una breve carta que había enviado a Mrs. Roy tras su regreso a América. Dejó que transcurrieran algunas semanas antes de escribirle, pues había estado ocupado con varios asuntos, como cuidar de su barco y presentarse en Washington, además de pasar quince días con su madre en Portsmouth, N.H., y de visitar a Kate Theory en Boston. Esta última estaba también de paso, y se alojaba en casa de varios parientes y amigos. Tenía más color que antes —un color delicadamente rosado— a pesar de ir vestida de negro, y Benyon consideraba que los ojos de la joven ganaban en belleza cuando recaían sobre él. Aunque Mildred ya no estuviera, a Kate no le faltaban obligaciones, y Benyon se percató con facilidad de que la vida iba a presionarla duramente a menos que alguien interviniera. Todo el mundo la consideraba como la persona idónea para llevar a cabo ciertas cosas; se pensaba que ella podía encargarse de todo porque no tenía nada más que hacer. Solía leer a los ciegos y, más onerosamente, a los sordos, y cuidaba de los niños de los demás mientras sus padres asistían a convenciones contra la esclavitud.
Más adelante, la muchacha viajaría a Nueva York para pasar una semana en casa de su hermano, pero aparte de esto no tenía planes. A Benyon le resultaba incómodo el no poder hablarle del asunto justo entonces, algo que tuvo mucho que ver con que se ocupara finalmente de la cuestión, pues se acusaba a sí mismo de haberse demorado. Ocuparse del asunto significaba escribir una nota a Mrs. Roy (como debía llamarla), preguntándole si le recibiría en caso en que fuera a visitarla. La misiva fue breve; además de lo que he apuntado, contenía poco más que el comentario de que tenía algo importante que decirle. Su respuesta, que acabamos de leer, fue inmediata. Benyon fijó una hora, y llamó a la campanilla de la enorme y moderna casa de Georgina, cuyas ventanas relucientes parecían brillar desafiantes ante él.
Mientras permanecía en las escaleras, mirando en una y otra dirección en el recto panorama de la Quinta Avenida, Benyon percibió que temblaba ligeramente; tal vez Georgina no se encontrara nerviosa, pero él sí lo estaba. Sintió vergüenza de su agitación y se recompuso vigorosamente. Después comprendió que lo que le intranquilizaba no era el hecho de albergar alguna duda sobre la bondad de su causa, sino el volver a sentir (conforme se aproximaba) la dureza de su esposa y su capacidad para la insolencia. Podía sencillamente rebelarse ante todo ello, pero la idea le hacía sentir impotente. Georgina le tuvo esperando durante un largo rato después de que hubiese entrado; y mientras se paseaba arriba y abajo por el salón —una inmensa, florida y cara habitación, cubierta de satén azul, dorados, espejos y frescos de mala calidad—, tuvo la certeza de que su retraso estaba calculado. Georgina deseaba hacerle sentir molesto y cansado; era tan poco generosa como deshonesta. Nunca se le ocurrió que, a pesar de las valientes palabras de su nota, ella también pudiera estar temblando, y si cualquiera que supiera de su secreto hubiera sugerido que temía verle, él se habría reído de la idea. Aquello era un mal presagio para el éxito de su gestión, pues el que conservara la superstición de las viejas promesas demostraba que reconocía el terreno de su arrogancia. Para cuando Georgina apareció, Benyon estaba rojo de ira. Ella cerró la puerta tras de sí, y permaneció allí mirándole, con la amplitud de la habitación entre ellos.
La primera emoción que Benyon sintió ante su presencia fue un súbito sentimiento de extrañeza ante el hecho de que, después de todos esos años de soledad, una persona tan esplendorosa resultase ser su esposa. En efecto, con su cabeza erguida, su tez radiante, su espeso cabello castaño rojizo y una cierta plenitud en su mirada, Georgina se mostraba realmente magnífica en la madurez de su belleza. Benyon advirtió rápidamente que ella deseaba parecerle hermosa, y que había intentado por todos los medios vestirse para conseguir el mejor efecto. Tal vez, después de todo, era sólo por esto por lo que se había retrasado; quería aplicarse todos los retoques posibles. Durante unos instantes permanecieron en silencio; no se habían visto cara a cara desde hacía casi diez años, y se encontraban ahora como adversarios. Era imposible que otras dos personas mostraran más interés que ellos por medirse mutuamente. No era propio de Georgina adoptar un aire de timidez, así que después de un instante, convencida aparentemente de que no iba a recibir una invectiva, sonrió avanzando lentamente mientras se frotaba sus enjoyadas manos. Benyon se preguntó por qué sonreía, y qué pensamientos pasaban por su cabeza. Sus impresiones se sucedieron con extraordinaria rapidez de pulso, y entonces comprendió, además de lo que ya había percibido, que ella estaba a la espera de hacer su entrada; no había adoptado ningún papel concreto ni había nada definido en ella, excepto su valentía. El resto dependería de él. El coraje de la joven parecía expresarse en el perfume que acompañaba sus pasos, y daba la impresión de que brillaba en su belleza, que aumentaba conforme la muchacha se acercaba a Benyon, con la mirada fija en él y una inamovible sonrisa. Para entonces él tenía otra sensación, que era la más extraña de todas. Georgina era capaz de cualquier cosa; deseaba sorprenderle con su hermosura y recordarle que, después de todo y en resumidas cuentas, le pertenecía. Estaba dispuesta a sobornarle en el caso de que fuera necesario; si había urdido una intriga antes de tener veinte años, sería mucho más fácil para ella ahora que tenía treinta. Todo esto y más se reflejaba en sus fríos y vivos ojos cuando, en el prolongado silencio, se encontraron con los de Benyon. Pero por razones ajenas a este extraordinario hecho, no debo alargarme en ello. Georgina era una criatura verdaderamente sorprendente.
—¡Raymond! —dijo en un susurro, con una voz que podía representar tanto un vago saludo como una apelación.
Él ignoró la exclamación, pero preguntó por qué le había tenido esperando deliberadamente, como si ya no se hubiese burlado de él lo suficiente. Ella podía suponer que no era por placer por lo que había ido a la casa.
Georgina dudó un momento, todavía sonriendo.
—Debo decirte que tengo un hijo, un niño de lo más encantador. Su niñera estaba ocupada en estos momentos, y tenía que vigilarle. Estoy más dedicada a él de lo que puedas imaginar.
Benyon se separó de ella unos cuantos pasos.
—Me pregunto si estás loca —murmuró.
—¿Por aludir a mi hijo? ¿Por qué me haces esas preguntas entonces? Te digo la simple verdad. A este lo cuido muchísimo. Tengo más años y soy más madura. El otro fue un tremendo error; no tenía derecho a existir.
—¿Por qué no lo mataste entonces con tus propias manos, en lugar de aquella tortura?
—¿Por qué no me suicidé? Esa pregunta sería más adecuada. Tienes un aspecto maravilloso —exclamó, en otro tono—; ¿no sería mejor que nos sentáramos?
—No he venido aquí para disfrutar de la conversación —respondió Benyon. Se disponía a continuar, pero ella le interrumpió.
—Es muy probable que hayas venido para decir algo horrible; aunque esperaba que vieras que era mejor no hacerlo. Pero antes de que empieces, dime sólo una cosa, ¿tienes éxito, eres feliz? Ha sido tan fastidioso no saber más de ti.
Hubo algo en la actitud en la que ella dijo esto que provocó que Benyon estallara en ruidosa carcajada, a la que Georgina añadió:
—Tu risa es igual de lo que solía ser. ¡Cómo me viene a la mente! Has mejorado en tu aspecto —continuó.
Georgina tomó asiento y se reclinó en una silla baja y profunda, observando a Benyon con los brazos cruzados. Éste permanecía de pie cerca de la joven y la miraba por encima, como si dijéramos, dejando caer sus desconcertados ojos sobre ella, mientras su mano descansaba en la esquina de la repisa de la chimenea.
—¿Nunca se te ha ocurrido que yo pudiera considerarme a mí mismo libre de la promesa que te hice antes de casarnos?
—Muy a menudo, por supuesto. Pero inmediatamente desechaba la idea. ¿Cómo puedes declararte «libre»? Uno, promete, o no promete. No le doy importancia a eso, ni tú tampoco —y bajó la mirada hacia la falda de su vestido.
Benyon escuchaba, pero continuó como si no la hubiera oído.
—Lo que he venido a decirte es esto: me gustaría tu consentimiento para iniciar los trámites de divorcio.
—¿Los trámites de divorcio? Nunca había pensado en ello.
—Para que pueda casarme con otra mujer. Puedo obtener fácilmente un divorcio argumentando tu deserción. Simplificará nuestra situación.
Ella se le quedó mirando unos instantes. Entonces su sonrisa se endureció, por así decirlo, y su expresión se tomó seria; pero Benyon sabía que su seriedad, acompañada de unas cejas arqueadas, era sólo parcial.
—¡Ah, quieres casarte con otra mujer! —exclamó lenta y pensativamente.
Él no dijo nada, pero ella continuó:
—¿Por qué no haces lo que he hecho yo?
—Porque no quiero que mis hijos sean…
Antes de que pronunciara las palabras ella se precipitó, deteniéndole con un grito.
—¡No lo digas; no es necesario! Claro que sé lo que quieres decir; pero no lo serán si nadie lo sabe.
—Me molestaría saberlo yo mismo; es suficiente para mí el saberlo del tuyo.
—Estaba preparada para que dijeras eso.
—¡Eso espero! —exclamó Benyon—. Puedes ser bígama si te place, pero a mí la idea no me atrae. Deseo casarme… —y, dudando un momento, con su ligero tartamudeo, repitió—: Deseo casarme…
—¡Cásate, entonces, y acaba con esto de una vez! —exclamó Mrs. Roy.
Benyon comprendía ya que no sería capaz de obtener su consentimiento; se sintió angustiado.
—Me parece extraordinario que no tengas miedo a ser descubierta —dijo, tras un momento de reflexión—. Depende de dos o tres posibilidades.
—¿Cómo sabes cuánto miedo tengo? He pensado en cada posibilidad durante noches terribles. ¿Cómo sabes lo que es mi vida, o lo que ha sido todos estos años horrorosos? Pero todo ha pasado.
—Ciertamente tienes muy mal aspecto.
—¡Ah, no me hagas cumplidos! —exclamó Georgina—. Si no te hubiera conocido nunca… si no hubiera pasado por todo esto… creo que habría sido hermosa. ¿Cuándo supiste lo de mi matrimonio? ¿Dónde estabas por entonces?
—En Nápoles, hace más de seis meses, por pura casualidad.
—¡Qué extraño que te enterases tan tarde! ¿La dama es napolitana? Allí nadie se preocupa por lo que hacen.
—No tengo información que darte más allá de lo que acabo de decir —repuso Benyon—. Mi vida no te concierne en absoluto.
—Ah, pero me interesa desde el momento en que me niego a dejar que te divorcies de mí.
—¿Te niegas? —dijo Benyon en voz baja.
—¡No me mires de esa forma! No has progresado tan rápido como solía pensar que lo harías ni has destacado tanto —prosiguió de forma superficial.
—Me ascenderán a comodoro uno de estos días —respondió Benyon—. No sabes mucho de ello porque mis progresos han sido extraordinariamente rápidos.
Se sonrojó tan pronto como las palabras salieron de sus labios. Georgina se rió ligeramente al verlo. Benyon recogió su sombrero y añadió:
—Piensa un día o dos en lo que te he propuesto. Es un procedimiento perfectamente posible. Considera la disposición en la que te lo pido.
—¿Disposición? —dijo, mirándolo fijamente—. ¿De qué disposición hablas?
Benyon permanecía en silencio, alisando su sombrero con un guante. Georgina continuó:
—Hace muchos años tenías pleno derecho, no lo niego, y en tus cartas te arrepentías del contenido de tu corazón. Ésa es la razón por la que no deseaba verte; no quería que me lo echaras en cara. Pero eso ahora ya pasó; el tiempo lo cura todo. Estás más tranquilo y tú mismo has reconocido que has encontrado consuelo. ¿Por qué me hablas de disposición? ¿Qué te he hecho sino dejarte en paz?
—¿Cómo llamas a todo esto? —preguntó Benyon, dando una mirada a la habitación.
—Ah, disculpa, eso no te afecta; es asunto mío. Yo te dejo tu libertad y puedo vivir como quiera. Es posible que sea extraño hacerlo de esta manera (admito que lo es, tremendamente), pero no tienes nada que decir al respecto. Si estoy dispuesta a correr el riesgo, tú también puedes estarlo, y si llevo a cabo este malvado truco con un confiado caballero (lo diré tan duramente como podrías decirlo tú), ¡no sé que tienes que decir excepto que estás muy complacido de que una mujer así no sea conocida como tu esposa!
Georgina se había mantenido fría y pausada hasta ese momento, pero estas palabras hicieron estallar su latente agitación.
—¿Piensas que he sido feliz? ¿Piensas que he disfrutado de la vida? ¿Me ves convertida en una severa solterona?
—Me sorprende que aguantaras tanto —dijo Benyon.
—¡A mí también me sorprende! Fueron años malos.
—¡No dudo de que lo fueran!
—Tú podías hacer cuanto querías —continuó Georgina—. Recorrías el mundo en barco, establecías interesantes amistades. Estoy encantada de oírlo de tus propios labios. ¡Piensa en mi regreso a la casa de mi padre… a aquel panteón familiar… y mi vida allí, año tras año, como Miss Gressie! Si recuerdas a mis padres… siguen viviendo en la calle Doce, como siempre… ¡debes admitir que pagué por mi locura!
—Nunca te he entendido, ni te entiendo ahora —dijo Benyon.
Ella le miró un momento.
—Te adoraba.
—¡Podría condenarte con una palabra! —exclamó él.