IV
Mrs. Portico, como sabemos, siempre hablaba de viajar a Europa; pero todavía no había escogido a una joven cicerone —quiero decir, un año después del incidente que acabo de relatar—. Debía tratarse, por supuesto, de una muchacha; era necesario que su acompañante fuera del sexo que se hunde de forma natural en bancos, galerías y catedrales, y que se detiene con frecuencia en las escaleras que llevan hacia famosas vistas. Mrs. Portico era una viuda con una buena fortuna y varios hijos varones. Todos trabajaban en Wall Street, y ninguno de ellos era capaz del paso tranquilo en el que ella esperaba llevar a cabo su periplo extranjero; estaban continuamente en tensión y no se relajaban un solo momento. Ella era una mujer de baja estatura, ancha y sonrosada, con una voz enérgica y abundante pelo negro, recogido de una forma que le era característica, con tantas peinetas y cintas que parecía un peinado nacional. En el Nueva York de 1845 se pensaba que el estilo era danés; alguien dijo haberlo visto en Schleswig-Holstein. Mrs. Portico tenía una apariencia atrevida, divertida y ligeramente extravagante. La gente que la veía por primera vez recibía la impresión de que su marido ya fallecido se había casado con la hija de un tabernero o con la propietaria de una colección de animales salvajes. Su elevada voz, ronca y bondadosa, parecía conectarla de algún modo con la vida pública, pero no era lo suficientemente hermosa como para sugerir que podía haber sido actriz. Estas ideas, sin embargo, se desvanecían con rapidez incluso si uno no estaba lo suficientemente informado como para saber —como todos los Gressie, por ejemplo, sabían tan bien— que su origen, tan lejos de estar envuelto en misterio, era algo de lo que casi podría haber presumido. Ella, sin embargo, y a pesar del alto nivel de su apariencia, no presumía de nada; era una persona brillante, dócil, cómica e irreverente, de gran generosidad y con una disposición democrática y fraternal. Despreciaba muchos principios mundanos, que no expresaba en absoluto en axiomas generales (pues tenía un terror mortal a la filosofía), sino en violentas exclamaciones en ocasiones determinadas. No tenía ni un ápice de timidez moral, y se enfrentaba a un delicado problema social con la misma energía con la que habría prohibido el paso a un caballero con quien se hubiera encontrado en el vestíbulo portando algo insólito. Lo único que le impedía ser una pesada en círculos ortodoxos era su incapacidad para el debate. Nunca perdía los nervios, pero sí su vocabulario, y terminaba rápidamente pidiendo al cielo que le diera una oportunidad para poner en práctica lo que creía. Era una vieja amiga de Mr. y Mrs. Gressie, a la que apreciaban por la antigüedad de su linaje y la frecuencia de sus contribuciones, y a quienes, como gente demasiado segura de su propia posición como para alarmarse, hacía sentir liberales. Mrs. Portico era su extravagancia, su distracción, su punto de contacto con los herejes peligrosos; mientras continuaran viéndola nadie podría acusarles de ser estrechos de miras —un asunto respecto al cual eran quizás vagamente conscientes de que debían tomar sus precauciones. Mrs. Portico nunca se preguntó a sí misma si le gustaban los Gressie; no tenía inclinación para el análisis morboso. Aceptaba las relaciones que le venían dadas y, de algún modo, pensaba que su relación con esta gente la ayudaba a desahogarse. Siempre daba el espectáculo en el salón de sus amigos con escenas medio exasperantes, medio jocosas, como todas sus manifestaciones, a las que debe confesarse, sus anfitriones se adaptaban magníficamente. Los Gressie nunca se «enfrentaban» con ella en el lenguaje de la controversia; siempre se reunían para verla ofreciéndole sonrisas y conocidos tópicos, como si envidiaran su superior riqueza de temperamento. Mrs. Portico consideraba a Georgina diferente del resto y mostraba por ella un interés especial, que manifestaba mediante comentarios sobre su alto y audaz sentido del deber y sobre la improbabilidad de que la joven se casara de forma tan aburrida como sus hermanas. Éstas se habían casado por conveniencia, aunque Mrs. Portico habría preferido cortarse una de sus grandes y regordetas manos antes que comportarse de esa manera. En su condición de madre que no había tenido hijas, se había formado un cierto ideal de muchacha, hermosa y romántica, de ojos nostálgicos y ligeramente perseguida, a quien ella, Mrs. Portico, pudiera rescatar de sus problemas. Hasta un cierto punto consideraba a Georgina como alguien que encarnaba esta visión, si bien en realidad nunca había entendido a la muchacha en absoluto. Mrs. Portico debería haber sido astuta, pero como carecía de esta distinción nunca comprendió nada hasta después de muchas desilusiones y contrariedades. Era difícil asustarla, pero se alarmó sobremanera por una noticia que esta joven dama le anunció una hermosa mañana de primavera. Con su rubicunda apariencia y su mente especuladora, era probablemente la mujer más inocente de Nueva York.
Georgina llegó muy temprano, más pronto incluso de lo que era habitual cuando se hacían visitas en Nueva York hace treinta años, e inmediatamente, sin ningún preámbulo, mirándola directamente a la cara, le dijo a Mrs. Portico que tenía un gran problema y que debía recurrir a ella en busca de ayuda. El aspecto de Georgina no dejaba entrever aflicción alguna; se presentaba tan fresca y hermosa como el mismo día de abril. Sostenía la cabeza en alto y sonreía con una especie de desafío familiar, dando la impresión de ser una mujer joven que, de forma natural, se encontraba en buenas relaciones con la fortuna. En un tono que no era en absoluto el que emplearía una persona que hace una confesión o que relata una desgracia, dijo:
—Sé que le sorprenderá… pero deber saber, para empezar, que estoy casada.
—¡Casada, Georgina Gressie! —repitió Mrs. Portico, con la más sonora de sus voces.
Georgina se levantó, cruzó de forma majestuosa la habitación, y cerró la puerta. Entonces permaneció de pie allí, con la espalda apoyada en los paneles de caoba, indicando sólo por la distancia que había interpuesto entre ella misma y su anfitriona la conciencia de una situación irregular.
—No soy Georgina Gressie… soy Georgina Benyon; y se ha hecho evidente que en poco tiempo tendrá lugar la consecuencia natural.
Mrs. Portico estaba completamente desconcertada.
—¿La consecuencia natural? —exclamó, con la vista fija en Georgina.
—De que una se case, quiero decir; supongo que sabe a lo que me refiero. Nadie debe saber nada al respecto. Quiero que usted me lleve a Europa.
Mrs. Portico se levantó entonces lentamente del asiento y, acercándose a su invitada, la miró de la cabeza a los pies como para medir la verdad de su sorprendente noticia. Puso sus manos brevemente sobre los hombros de Georgina y, contemplando su rostro radiante, la atrajo hacia sí y la besó. De esta forma, la muchacha fue conducida de nuevo hacia el sofá, donde, en una conversación de extrema intimidad, abrió los ojos de Mrs. Portico más de lo que estos habían estado nunca. Georgina era la esposa de Raymond Benyon; llevaban casados un año, pero nadie sabía nada acerca del asunto. Lo había ocultado a todo el mundo, y pretendía seguir haciéndolo. La ceremonia había tenido lugar en una pequeña iglesia episcopaliana en Haarlem un domingo por la tarde, después del servicio. No había nadie que los conociera en aquel polvoriento barrio. El clérigo, irritado por tener que quedarse y deseoso de llegar a casa para tomar el té, no había puesto inconveniente y aseguró el lazo antes de que pudieran darse la vuelta. Resultaba ridículo lo fácil que había sido. Raymond, en confianza, había informado al pastor de que todo debía quedar en secreto, pues la familia de la joven no aprobaba lo que estaba haciendo. Ella tenía no obstante la edad legal para casarse y era perfectamente libre; podía verlo por sí mismo. El clérigo lanzó un gruñido poco elogioso cuando la miró por encima de sus anteojos; parecía decir que en verdad Georgina ya no era ninguna jovencita. Naturalmente, su apariencia no era la de una niña y, desde luego, ya no lo era ahora. Raymond había certificado su propia identidad como oficial de la Marina de los Estados Unidos (tenía papeles, además de su uniforme, que llevaba puesto), y presentó al clérigo un amigo que había traído consigo y que también era marino, un respetado responsable de las nóminas. Fue él quien entregó a Georgina en matrimonio, como si dijéramos; era un anciano encantador, un auténtico patriarca y absolutamente de confianza. Él mismo se había casado tres veces, la primera de ellas de esta misma forma. Tras la ceremonia, Georgina regresó a casa de su padre, pero se citó con Mr. Benyon al día siguiente. Después le vio —durante un tiempo— bastante a menudo. Él siempre le pedía que se fuera con él de una vez por todas; era algo que le debía. Pero ella no lo haría —no entonces—, quizás no lo hiciese nunca. Tenía sus motivos, que a ella le parecían excelentes, pero que eran difíciles de explicar, y se los expondría a Mrs. Portico a su debido tiempo. Pero la cuestión en aquel momento no era si sus motivos eran buenos o malos; lo que importaba era que se quería marchar del país durante varios meses, lejos de cualquiera que la hubiera conocido. Le gustaría ir a algún pueblecito de España o de Italia, donde permanecería fuera del mundo hasta que todo hubiera pasado.
El corazón de Mrs. Portico dio un vuelco cuando esta serena, hermosa y sencilla muchacha, que se sentaba allí con una mano entre las suyas y le hacía partícipe de su extraordinaria historia, dijo que todo había acabado. Había una brillante frialdad en ello, una ligereza artificial, que sugería… la pobre Mrs. Portico apenas sabía el qué. Si Georgina iba a convertirse en madre, se suponía que lo sería para siempre. La joven le dijo que había un bello lugar en Italia —Génova— del que Raymond le había hablado a menudo, y donde él había estado en más de una ocasión de tanto que lo admiraba; ¿no podían ir allí y estar tranquilas durante un corto periodo de tiempo? Era consciente de que estaba pidiendo un gran favor; pero si Mrs. Portico no la acompañaba encontraría a alguien que lo hiciera. Habían hablado de este viaje con mucha frecuencia; y, ciertamente, si Mrs. Portico había estado dispuesta antes, debía estarlo mucho más ahora. La muchacha declaró que haría algo, que iría a algún sitio, y que de una forma u otra mantendría oculta su situación; era inútil hablarle de que la revelase, prefería morir a que se supiese. Parecía extraño, sin duda, pero sabía lo que hacía. Nadie había averiguado nada todavía —había logrado hacer lo que deseaba a la perfección— y su padre y su madre creían —como Mrs. Portico había creído, ¿no era así?— que, en algún momento del pasado año, Raymond Benyon había dejado de ser para ella lo que había sido antes. Así se suponía, y así era. Se había ido y estaba lejos —Dios sabía dónde— en algún lugar del Pacífico; ella estaba sola, y de esa forma permanecería entonces. La familia pensaba que, junto con otras cosas, todo había acabado con el regreso del joven a su barco y tenían razón, pues la relación entre ellos se había terminado, o se terminaría pronto.