VIII

—¿Por qué motivo vendría si no le gustas? No está obligado a hacerlo y tiene que cuidar de su barco. ¿Por qué si no se muestra tan amable y se queda siempre durante una hora?

—¿Piensas que es muy agradable? —preguntó Kate Theory, apartando su mirada de la de su hermana. Era importante que Mildred no viera qué poca expresión de aquel semblante encantador se correspondía con la pregunta.

Esta precaución, sin embargo, fue inútil pues Mildred, desde el sillón delicadamente cubierto sobre el que descansaba frente a la ventana abierta, respondió rápidamente:

—Kate Theory, no seas afectada.

—Quizás es por ti por quien viene. No veo por qué no debería; eres mucho más atractiva que yo, y tienes mucho más que decir. ¿Cómo no va a ver que tú eres la más inteligente? Puedes hablar con él de todo: de las fechas de las diferentes erupciones y de las estatuas y bronces en el museo, que nunca has visto, poverina, pero de las que sabes más que él, y más que nadie. ¿Sobre qué comenzasteis a hablar la última vez? Ah sí, te despachaste a gusto sobre la Magna Grecia. Y entonces… y entonces…

Pero aquí Kate Theory se detuvo; sintió que no serviría de nada decir las palabras que habían acudido a sus labios. Había estado a punto de decir que su hermana era tan hermosa como una santa y tan delicada y refinada como un ángel, o algo por el estilo. Pero la belleza y delicadeza de Mildred reflejaban el contrapunto de una enfermedad mortal, y alabarla por su refinamiento era justamente recordarle que tenía la delicadeza de una tísica. De este modo, tras haberse contenido, la muchacha más joven —lo era sólo en un año o dos— besó sencillamente a la otra con ternura y ajustó el nudo del pañuelo de encaje que esta llevaba sobre la cabeza. Mildred sabía qué era lo que su hermana había estado a punto de decir, y conocía el motivo por el que se había detenido. Mildred lo sabía todo sin tan siquiera abandonar nunca su habitación, o sin abandonar al menos su pequeño salon en la pensión, que tanto había embellecido yaciendo simplemente allí, cerca de la ventana que miraba hacia la bahía y el Vesubio, e indicando a Kate cómo disponer los muebles y reordenarlo todo. Dado que comenzaba a ser evidente que Mildred debía pasar los pocos años de vida que le quedaban en climas cálidos, las dos hermanas frecuentaban las desangeladas pensiones del sur de Europa. Su pequeño salón era sin duda alguna muy poco agraciado, y Mildred no fue feliz hasta que lo remodelaron. Su hermana se puso manos a la obra automáticamente el primer día cambiando de lugar todas las mesas, solas y sillas hasta que hubo probado cada combinación y la inválida consideró por fin que se producía un pequeño efecto.

Kate Theory tenía un gusto propio y sus ideas no coincidían siempre con las de su hermana. Aun así, hacía todo lo que agradara a Mildred, y si la pobre muchacha le hubiera dicho que pusiera la alfombrilla de la puerta sobre la mesa o el reloj bajo el sofá, habría obedecido sin rechistar. Había doblado y guardado sus propias ideas y gustos personales en cajones y baúles, con alcanfor y lavanda, como si fueran prendas de otras temporadas, pues no resultaban adecuados, por lo general, para un clima meridional por indispensables que fueran en el clima de Nueva Inglaterra, donde la pobre Mildred había perdido su salud. Desde este suceso, Kate Theory había vivido para su compañera, y pensar que le era atractiva al capitán Benyon resultaba casi un inconveniente para ella. Era como si hubiese cerrado su hogar y no se encontrara en situación de recibir a las visitas. Mientras Mildred viviera, su propia vida estaría en suspenso; si había más tiempo después tal vez la retomara, pero por el momento, en respuesta a cualquier llamada a su puerta sólo podía decir que no estaba en casa desde una de sus polvorientas ventanas. ¿Era realmente en estos términos en los que tendría que desestimar al capitán Benyon? Si Mildred decía que era por ella por quien venía quizás debiera asumir tal deber; pues, como hemos visto, Mildred lo sabía todo y por tanto, debía de tener razón. Ella entendía sobre las estatuas del museo, sobre las excavaciones de Pompeya y el viejo esplendor de la Magna Grecia. Encima de la mesa, al lado del sofá, guardaba siempre algún instructivo volumen y contaba con energía suficiente como para sujetar el libro durante media hora cada vez. Ésa era aproximadamente la fuerza de la que disponía ahora. El invierno napolitano había sido especialmente suave, pero tras el primer o segundo mes la joven se había visto obligada a abandonar sus pequeños paseos por el jardín, que permanecía bajo su ventana como un único y enorme ramo, de tan exuberantes que resultaban las flores aquel año en pleno mes de mayo. Ninguna de ellas, sin embargo, tenía un color tan intenso como el espléndido azul de la bahía, que completaba el resto de la vista, y que habría parecido pintado si no se hubiera podido percibir el pequeño movimiento de las olas, que Mildred Theory contemplaba con frecuencia. La muchacha observaba asimismo la cima jadeante del volcán al otro lado de Nápoles y la gran visión marina de Capri en el horizonte, que cambiaba de color mientras sus ojos reposaban en ella, al tiempo que se preguntaba qué sería de su hermana una vez ella hubiera muerto. La situación de la pobre Kate sería mucho más grave ahora que Percival estaba casado y que había alguien que cuidaría de él —era su único hermano, y uno de aquellos días viajaría a Nápoles para presentarles a su esposa, todavía una completa extraña a la que conocían únicamente por las pocas cartas que les había escrito durante su luna de miel. Mildred creía que sólo después de conocer a su cuñada sería capaz de juzgar mejor hasta qué punto podía esperar Kate el encontrar un hogar con la pareja; pero incluso si Agnes resultase más satisfactoria que sus cartas, el vivir a modo de mero apéndice de gente más feliz resultaba una desgraciada perspectiva para su hermana. Las tías solteras son maravillosas, pero ser una tía soltera era sólo un último recurso, y los primeros recursos de Kate no se habían intentado siquiera.

Mientras tanto, esta última joven dama se preguntaba también en qué libro había leído Mildred que el capitán Benyon estaba enamorado de ella. Kate creía admirarle, pero él no parecía ser un hombre que se enamorase fácilmente. La muchacha podía percibir que Benyon estaba en guardia y que no iba a abrirse a ella. El joven pensaba demasiado en sí mismo, o en cualquier caso, andaba con mucho cuidado, al estilo de un hombre a quien le ha ocurrido algo que le ha enseñado una lección. Probablemente, lo que sucedía era que su corazón estaba enterrado en alguna otra parte, en la tumba de una mujer: Benyon habría amado a alguna bella muchacha —Kate, que se consideraba a sí misma flaca y sombría estaba segura de que había sido una mujer mucho más hermosa que ella— y al morir esta, su capacidad de amar se había ido con ella. Él amaba su recuerdo, y eso era lo único que le importaba entonces.

El capitán era un hombre tranquilo, amable e inteligente. Tenía sentido del humor y era muy generoso en su forma de ser; pero si cualquiera excepto Mildred le hubiera dicho a Kate que la razón por la que este acudía tres veces a la semana a Posillipo no era otra que la de pasar el tiempo (les había informado de que no conocía a ninguna otra dama en Nápoles), habría imaginado que ese era el tipo de comentario —normalmente tan estúpido— que la gente siempre consideraba necesario pronunciar. Visitarlas le era muy fácil; disponía del bote de su barco y carecía de obligaciones. Y, ¿qué podía resultar más delicioso que ser llevado a remo por la bahía bajo un brillante toldo por cuatro bronceados marineros con la palabra Louisiana bordada en letras azules sobre sus inmaculadas camisas blancas y en letras doradas en las ondeantes cintas de sus sombreros? La barca llegaba hasta los escalones del jardín de la pensión, donde colgaban las ramas de los naranjos, reflejando en el agua difusas pelotas amarillas. Kate Theory sabía de todo esto, pues el capitán Benyon la había persuadido para hacer un pequeño paseo en su bote, y de haber habido otra dama que les acompañara, podía haberla llevado hasta el barco y enseñárselo. Aquel parecía hermoso en la corta distancia, con la bandera americana ondeando ligera en el aire italiano. Cuando llegara Agnes tendrían otra dama; entonces Percival haría compañía a Mildred mientras ellas hacían la excursión. Esta última se había quedado sola el día en que Kate se aproximó a la barca; la muchacha había insistido en el asunto, y fue ella en verdad quien convenció a su hermana, aunque esta última también era consciente de que el capitán Benyon había expresado ampliamente, a su manera tranquila y reposada —solía permanecer expectante mucho después de que uno pensara que se había olvidado de ello— el placer que esta visita sería para él. Era evidente que cualquier cosa complacería a un hombre que estaba tan aburrido. El capitán Benyon mantenía el Louisiana en Nápoles semana tras semana sólo porque eran las órdenes del comodoro. No tenía ninguna misión allí y disponía de todo su tiempo, pero debía obedecer a su superior —que había ido a Constantinopla con los otros dos barcos—, por muy misteriosos que fueran sus motivos; era indiferente que se tratara de un viejo y gruñón comodoro, excelente, pero arbitrario. Sólo un tiempo después se le ocurrió a Kate Theory que, para ser un hombre reservado y correcto, el capitán Benyon le había dado una prueba considerable de confianza al hablarle en esos términos de su oficial superior. Si parecía de algún modo acalorado cuando llegaba a la pensión, ella le ofrecía un vaso de naranjada fría. Mildred pensaba que esta era una bebida poco apetecible —decía que era turbia; pero a Kate le agradaba sobremanera y el capitán Benyon siempre la aceptaba.