10. El botiquín intelectual

CON SUS MOVIMIENTOS:

Ejercicio ocular

El ciudadano ambiguo

¿Es usted feliz?

¡Aguanta, señor del paraguas!

Informe sobre el estado de ánimo

El viajero atropella al faisán, pero prosigue su camino

Ejercicio ocular

Escribiré mientras viva. Escribir es algo tan cotidiano como lavarme por las mañanas. No poseo ninguna certidumbre que ofrecer a los demás. A lo sumo propongo el siguiente ejercicio ocular: mirar hacia el interior de nuestro cráneo. Reconozco que escribir constituye mi debilidad. Si escribir calmara mi ansiedad, no seguiría haciéndolo. No intentaría mantener mi nombre. Aquello que deja su impronta no es lo único que existe. ¿Describirnos a nosotros, a los demás, las cosas tal y como realmente han sucedido? Nada sucede realmente. Las cosas sólo tienen realidad por la difusión intelectual del texto. No resulta fácil describir los hechos por su terrible amplitud. Sé de mis coetáneos a través de mí mismo. Sus vidas subterráneas se vinculan mediante túneles ocultos con mi vida subterránea. ¿Quién sabría distinguir verdad y mentira entre las historias de una novela? Ello no es más que una disección en vivo, una puesta al desnudo, un conjunto, una oración, el silencio.

Durante mucho tiempo consideré mi vida algo demasiado cotidiano. Sin embargo, todo es cotidiano. La revolución mundial y la vuelta al mundo también lo son. Lo que es mío tampoco es mío; lo que no es mío también es mío. Las pocas cosas que entiendo no están para contarlas enseguida. Seguiré pudoroso hasta caer en manos del limpiacadáveres. Hacer o no hacer, recordar o no recordar son formas de elegir. El pasado citado: discurso metafórico. El recuerdo: mera poesía. No existe un testigo imparcial de mi existencia. ¿Ha habido algún testigo? ¿Existió mi abuelo? ¿Qué quedó de él? Unas cuantas fotografías, unas cuantas historias. Mi madre a veces lo menciona; el viejo tenía ochenta y cinco años cuando murió. Mi madre también ha superado ya los ochenta.

¿Qué es mi realidad? Si el sentimiento es real, también lo será la fantasía. No puedo analizar mis pasiones observándolas a fondo y con calma: me recorren, me utilizan, soy su intermediario. Tal vez, mi futuro ya ha ocurrido; sin embargo, sólo sé de lo que ha sucedido hasta ahora. Voy y vengo como una mosca sobre la delgada corteza de una gran esfera; arrogante, imagino que de la esfera sólo existe la superficie que recorro. Busco entre los viejos apuntes de mi diario; hace treinta años ya sabía lo mismo que ahora, pero he ido olvidándolo. Por mi eterna confusión con el tiempo sólo entiendo a posteriori un poco de aquello que he hecho atenazado por mi constitución y mis circunstancias. Mi mente siempre lleva retraso respecto a las cosas que me ocurren. La realidad sólo puede verse mirando atrás, pero la mirada retrospectiva es un cuento. El tiempo pasado ya sólo puede existir en el papel; es decir, como literatura.

La novela no transcurre en el jardín, ni en la plaza, ni en el hotel, sino aquí en el papel. Escribir la novela me sirve para elaborar mi vida. La novela es la forma total y todo el saber cabe en ella. Lo épico es sólo uno de sus segmentos. Me interesa determinar mis fronteras. Más que lineal, el discurso es oscilante. La trama, una secuencia de frases y de párrafos. El resultado: una urbe novelesca. Un sistema abierto que dura hasta el final de mis días. Los personajes y los círculos de la vida se entrelazan de una frase a la otra, los protagonistas envejecen cuarenta años y luego rejuvenecen con el movimiento del columpio.

Una novela familiar como ésta, una nómina de miserias como ésta es inacabable. Recorro el ancho mundo contemplando a la familia Kobra. La rama colateral extendió sus tentáculos hacia las más variadas actividades y locuras. La mitad de mis compañeros de clase y gran parte de mis amigos emigraron; nos esparcimos por todas partes y a cada continente le ha tocado algo de nosotros. Amores van y vienen entretejiendo la enorme y casi podría decirse incestuosa familia. Adondequiera que lo lleve el destino, K. se instalará en alguna rama de su árbol genealógico mientras el tronco se mantiene, robusto y fuertemente arraigado, en Budapest.

El mapa físico de las pasiones dibuja una estructura elástica y moldeable. Es una novela autobiográfica sobre nuestra forma de orientarnos. Un hombre busca su camino: bifurcaciones, decisiones que se toman tanteando el terreno y que se entrelazan. A nadie le resulta fácil vivir correctamente. La oposición del medio es fuerte y las consecuencias de nuestros actos son graves. Prácticas de conducción angustiosas en una pista atestada de vehículos y sin reglas.

El hombre desea una obra voluminosa y duradera. Desea instalarse durante toda la vida en el taller de la conciencia, producir obras que se entrelacen, crear un mundo que incluya a todos y en el que podamos adoptar la voz de cada persona en la cual nos colamos furtivamente todas las mañanas como si fuéramos a nuestro lugar de trabajo. Uno de los deseos característicos de nuestra profesión es el de liberarse de la inquietud y de la incertidumbre que siguen a la conclusión de una novela. Pasamos un buen rato paralizados, empezamos luego a anunciar alguna verdad, nos presentamos desempeñando algún papel en la vida pública, intervenimos en la educación de nuestros hijos y nos metemos irreflexivamente en alguna historia amorosa. Con todos estos actos precipitados sólo tapamos nuestro estado de mutilación, es decir, el hecho de que no nos espere la sólida novela en el escritorio, de encontrarnos de pronto sin empleo. Todo es desgracia hasta que no siento las voces de la nueva novela. Cuando llegan, empero, me invade un secreto éxtasis amoroso y rejuvenezco. Me alegro cuando alguien viene a verme y me alegro cuando se va porque me permite volver a mi escritorio. Entonces puede arder la casa de enfrente y uno confía en la pronta llegada de los bomberos. El autor contempla cómo apagan el fuego. El hombre vive en una envoltura invisible. Cada día posee su propia esencia, producto de una lenta destilación. Se precisa de un ejercicio continuo para que la musculatura de la lengua se refuerce. El verdadero texto emerge del montón de palabras como escritura de Braille. Las palabras tienen cuerpo. La obra escrita carece de carácter sin la densidad erótica del estilo. Esta ciudad se ha convertido en mi lugar de destino por la fascinación que ejerce sobre mí la tonalidad de sus palabras.

Enciendo mi narguile, mi mirada se nubla y mi mente se llena de zumbidos. Una extraña sustancialidad anida en mi sonrisa, como cuando alguien estalla en una sonrisa solitaria en un lóbrego tranvía. Recorro esta ciudad mediocre caminando y mascullando con gesto sombrío, veo cómo han desaparecido sus formas más íntimas y elogio las cosas que se han mantenido. Los días se hacen más cortos. El hombre empieza a padecer estrecheces cuando ve su destino. Ya no quedan muchas bifurcaciones y se vislumbra el final del camino.

No me queda nada, salvo un poco de tiempo. Voy reduciendo mis necesidades para no tener que ocuparme de satisfacerlas. No deseo muchas cosas que veo en la calle. Sólo quiero ocho o nueve horas de paz diarias. Regina gobierna los movimientos de la casa, a veces como una sombra, a veces de forma más tormentosa. Que se ocupe de los niños, que coja el teléfono, que lea, que tome apuntes, que mire sus flores y que escriba en el diario sus maliciosos deseos. Procuro presionar lo menos posible a mis compañeros de vivienda. Procuro encogerme y no ocupar los espacios vacíos. Y pido a los afectados que toleren mis lentas maniobras.

Sentado junto a la estufa de azulejos, contemplo la plaza otoñal. Considero tan perfecta su planta hexagonal con forma alargada que no creo necesario cambio alguno. Examino cada una de sus piedras, con agoramaníaca obsesión. Bebo algo y pongo el televisor. ¡Vaya actividad! Cuando no disparan o se pelean, conducen, cabalgan o como mínimo encienden un cigarrillo. Andan mucho bajo la lluvia. A menudo se persiguen, enamorados, entre los árboles. Dedos en torno a un cuello, dedos sobre unos labios. Después de mirar mucho rato la televisión mi cerebro presenta las huellas de un bombardeo. Procuro hacer lo menos posible, además de trabajar, conversar, pasear y realizar las tareas domésticas. Contemplo al gato estirarse en la piedra caliente. Me separo de mi personaje participativo, sufriente, pendenciero; abandono esa máscara. Leo el texto de mis actos. ¿Quién es el que actuó dentro de mí? Escribir no significa decir algo acabado, sino tratar de agarrarse a las paredes desde la profundidad del pozo. Para mí, la literatura constituye una liberación de la excesiva y confusa presión del mundo, del peso de todo cuanto piensan los demás. Escribiendo aprendo a respirar aliviado. Ante el cúmulo de juicios de la época, la literatura es la disciplina de la clarividencia. Sólo puedes decir la verdad narrando. Intercambia signos silenciosos con tus semejantes. Diferénciate en la soledad. No hay nada. ¡Ojalá este día no fuera el último! Cada abrazo sería una fiesta de primavera. Escalamos las rocas en nuestros largos y silenciosos paseos por la hojarasca del bosque y vemos corzos y liebres.

Todo libro nace en una determinada situación. Sería de esperar que por lo menos no fuera aburrida. Al tomar en serio el arte de la novela en Budapest pongo mi cabeza al servicio de una profesión llena de posibles aventuras. No he escrito sobre política por ambición de ser político, sino porque me rodea, porque no puedo evitarla y porque tengo motivos para temer la labor de los políticos. Ponen en peligro mi seguridad, restringen mis libertades y amenazan con medidas de castigo a los ciudadanos decididos a expresar la verdad.

En todas partes el poder pertenece a los mediocres, porque así lo determina el orden de las cosas. No me gusta mirar sus caras satisfechas y sus ojos carentes de brillo en la pantalla de televisión. Poco intercambio de ideas y mucha parcialidad. Nuestros intereses difieren y pertenecemos a distintas especies. El escritor convertido en político: un soldado que lucha con las palabras, un personaje profesionalmente ceremonioso y poco sincero. Le interesa más el poder que la verdad. Trata de convencerse a sí mismo de que las dos cosas se combinan de maravilla. Cuando habla, sabe de antemano dónde desembocará, lo sabe porque está obligado a desembocar allí. Yo no quiero saber de antemano adónde voy a desembocar, adónde voy a llegar, porque me gusta errar el camino y mi mente se guía por el olfato. Incluso disfruta estando de luto. Nadie, ni un dios ni un hombre, puede quitarme esta fiesta, este lujurioso encanto.

La historia de la intelectualidad es la historia milenaria de su lucha por la autonomía espiritual. Las grandes obras se han escrito bajo el signo del miedo a los políticos y a los militares, a los poderosos y a los revolucionarios. No sólo el zar puede intimidar, también la opinión pública con su buena fe y su confianza moral. Afortunado quien no se ve perjudicado por sus escritos. Y más afortunado aún si consigue mantener la familia con su trabajo. La cárcel, el alcohol, la enfermedad, la miseria… son tantas las cosas que pueden arruinarnos. No existe el poder capaz de ayudarme a que este párrafo me salga bien. El texto literario no precisa de la aprobación de movimientos ni de Estados, ni de iglesias ni de academias.

La herramienta del derecho es la coacción; la del arte, la seducción. Cada frase ha de invitar al lector a leer la siguiente. La lógica individual de una obra es irrepetible. No hay por qué demostrar nuestras afirmaciones. El lector puede no creerlas. La frase literaria sólo afirma que las cosas pueden mirarse desde tal perspectiva. Es un texto que ni el propio autor entiende del todo. En el momento de la lectura, nuestras mentes caminan juntas. Aquí no existe ni la obligación ni el respeto: soy el cómplice de tu anarquismo ardoroso y escondido.

Puede ocurrir que tenga que dejar esta mesa de piedra. Una guerra mundial, un infarto, la cárcel, la locura, un accidente… son tantas las cosas que pueden suceder. Temo la ruptura. No hay nada que aborrezca tanto como vivir apresuradamente. Todos mis males provienen de las prisas, no de las demoras. El sentido de la propiedad de los burgueses: que nada se pierda, que todo tenga su sitio. Así suelo escribir: hago que mi mente tome impulso. Venga, deja tus huellas ingeniosas sobre el papel. Mañana ya veremos el resultado de tu parloteo. Mente imaginativa y fácil de entusiasmar, dejo reposar lo escrito durante la noche y al día siguiente lo examino con desconfianza. Mido el mínimo avance generado por el brioso impulso.

Una madrugada de invierno volviendo a casa después de un paseo particularmente errático, me perdí casi cuando llegaba. El ascensor subió al quinto piso con enorme lentitud. Eché un vistazo a mis hijos que dormían. Mi esposa se hallaba en el extranjero. Me senté al escritorio y puse un folio en la máquina de escribir. Tenía la sensación de entenderlo todo. Escribiré esas pocas páginas que lo contienen todo, pensé. Me recliné en la silla de brazos, las letras saltaban enloquecidas bajo mis dedos, cada palabra estaba rodeada de una aureola. Por la mañana fui a pasear con los niños a la orilla del Danubio. Dorka y Miklós se portaron muy bien. Luego los acompañé a casa de mi madre y regresé a la mía a leer lo que había escrito durante la noche. Sólo había una hoja junto a la máquina de escribir. Y la hoja sólo ponía: «Aquí está». Quizás estaba allí, pero lo cierto es que no se había dejado apresar.

El ciudadano ambiguo

Llevo cuarenta años residiendo en Budapest. Aquí vivimos mi esposa y yo con nuestros dos hijos, aquí vive mi madre ya mayor, aquí vienen mis hijos adultos desde París, aquí viven gran parte de mis amigos, aquí vienen algunos de mis amigos emigrantes y aquí está enterrada la mayoría de mis muertos. La ciudad es hermosa; nuestro piso, agradable. Trabajo durante el día y por la noche recibo visitas. Por mi acento, nadie diría que no he nacido aquí. Las tardes lluviosas son a mi juicio lo más natural de esta ciudad.

Muchos creen que vivo en el extranjero, que emigré hace tiempo. Un viejo conocido en la calle:

—¿Cuánto tiempo te quedarás por aquí?

—Hombre, si vivo aquí —contesto y me despido.

Mis colegas consideran más o menos lógico que publicar sin autorización conlleve un castigo.

—Sólo sacarás un libro en este país si respetas las reglas del juego —dice una voz lúgubre—. Aguanta medio año sin abrir la boca y verás, tú cederás y ellos también cederán. Escribe sólo novelas; ensayos, no. Firma única y exclusivamente tus manuscritos; un mandarín disciplinado no firma manifiestos.

La conversación se vuelve a veces tensa hasta con los viejos amigos. Hablamos una misma lengua, pero nuestras situaciones difieren. ¡Me hablan como si visitaran a un enfermo! Así las cosas, mi ancha sonrisa es o bien una forma de disimular, o bien una forma de descaro.

Existencia bien enmarcada, ejercicios espirituales estoicos. Procuro no confiarme, no irritarme, no desesperarme. A más renuncia, más tranquilidad.

He recibido varios avisos oficiales comunicándome la destrucción de mis escritos confiscados. Me he acostumbrado a mi situación de personaje transparente, legible, espiable, desnudo. En los años setenta, tres registros domiciliarios se llevaron de mi armario lleno de manuscritos todo aquello que no había podido ocultar. Presa de un ataque de nervios, quemé mis antiguos apuntes del diario en la estufa de azulejos. La casa estaba rodeaba y no quería que cualquiera pudiera leer esos textos impulsivos y descuidados.

Los ancianos pretenden seguir siendo niños hasta la muerte y se enojan con quienes les recuerdan las posibilidades de la vejez. Existe un límite más allá del cual una existencia llena de prohibiciones embrutece. ¿Cómo es que gente adulta sólo es capaz de hablar de las vejaciones sufridas? ¿De cómo conviven con sus temores? ¿De cómo los tratan sus temores? Las calles están atestadas de gente que sólo discute de lo prohibido y lo permitido. Mirándolo bien, una postura rigurosamente apolítica es muy política: sabe perfectamente lo que no quiere. Uno puede contemporizar, pero no vale la pena. Dinero, premios, cargos, favores, privilegios… El cuerpo se dispersa y el alma se atrofia. El oportunista se vuelve cada vez más insaciable e infeliz. Tiene una cantidad increíble de heridas. Se acostumbra al discurso hipócrita, mientras se queja de sus jefes en el círculo íntimo y se enorgullece de su habilidad para engañarlos.

El de dentro y el de fuera se perturban mutuamente. Tanto uno como el otro se justifican. ¿Y cómo van a hacerlo si no es poniendo en duda la moral del otro? En opinión de muchos, quienes se excluyen de la verdad estatal también se excluyen de la verdad en sí. Es la retahíla de noes que el ser humano recibe desde la cuna. Pero, claro, ¡el hombre se hace apto para la supervivencia gracias a las prohibiciones que lleva consigo! Ha de aprender un número ingente de miedos para que no lo atropellen, no lo metan en la cárcel, no lo odie todo el mundo, para tener salud y que le dure. Quien ha olvidado un poco sus temores tiende a olvidar al mismo tiempo la enorme sabiduría acumulada por la gente normal, la que siente la angustia necesaria para adaptarse. Conocerme a mí mismo equivale a conocer mis censuras, el límite impreciso entre el libre albedrío y la realidad. La frontera incluye el intento de traspasarla. Los más emprendedores dan un paso y esperan a ver qué pasa. En el momento oportuno dan otro paso. Este movimiento depende de su capacidad. Budapest resulta más agradable que algunas de las grandes ciudades del entorno, entre otras cosas porque hay menos control. La ciudad ha logrado amansar un poco al Estado.

Nuestra misión consiste en calcular los riesgos que podemos asumir sin olvidar que hemos de mantener una familia. Además, debemos hacerlo con la solidez con la que actuaron nuestros padres y abuelos. Trabajo mucho por mi independencia material, base de la independencia intelectual. No tengo jefes ni he de afrontar los problemas del mundo de los despachos, porque no tengo nada que ver con ellos. Cuando me levanto de mi escritorio, bajo al parquecito cercano con mi hijo. Ya ha aprendido a caminar, pero todavía no sabe hablar. Lo sigo en sus viajes de descubrimiento a la fuente, al tranvía de madera, al carro tirado por bueyes. Va delante, no me da la mano y a veces mira hacia atrás para comprobar mi presencia. Me encuentro con un conocido.

—¿Cómo va eso?

—Bien, gracias.

—¿Todo bien, de verdad?

—Todo bien.

Cosa ciertamente sospechosa en este país, donde la infelicidad por el mal estado de la cosa pública es, por así decirlo, cuestión de honor.

Hasta en las ciudades más libres del planeta la gente sabe de qué cuidarse y cómo obrar si no quiere convertirse en perdedora. Sabe asimismo qué ha de hacer para seguir en la palestra. No me entusiasman los gestos competitivos, por demasiado previsibles. También en Occidente observo la censura de la trivialidad que se extiende por vía televisiva. El interior del ser humano se compone fundamentalmente de lo que le echan dentro. El tópico de la mayoría se encarga de escardar las desviaciones. Las desviaciones más vitales tal vez necesiten tales pruebas: si las superan, tendrán alguna posibilidad. Las nuevas ideas han de someterse a tortura para ser resistentes.

Los ciudadanos de las democracias burguesas han conseguido no criminalizar el hecho de escribir. No hay que supervalorar este logro. La imprenta: una simple actividad privada, una empresa. A la multiplicidad de las ideas se responde con múltiples facilidades para publicar. Nada más natural. Visto desde esta perspectiva, el monopolio estatal de la prensa parece una institución sumamente extraña. El otro miembro de tan extraña pareja es la publicación clandestina y la conspiración.

Quieran o no, manda el aburguesamiento. El burgués se impone año tras año. La elite intelectual torcía el hocico ante el burgués y se dejaba fascinar por el orden aristocrático. Soñaba con caballeros, si no de sangre pura, al menos de ideas puras. ¿Hasta cuándo consigue un inspectorzuelo creerse caballero? El pueblo astuto aprovecha cuanto necesita del socialismo. Mientras, odia en silencio cuanto le es inútil. No le interesa mucho la política e intenta acomodarse al gobierno del momento. Si es de izquierdas, pues con el de izquierdas; si es de derechas, pues con el de derechas. Como soy un simple ciudadano de a pie, nadie me pregunta nada. No los molesto, que no me molesten, dice un vecino, uno que sabe de gestiones y desprecia un poco a los menos espabilados. Siempre ha habido algún régimen al que los habitantes de este viejo edificio han debido adaptarse.

La intectualidad y la burguesía están de enhorabuena. La burguesía tiene buenos motivos para respetar a los intelectuales porque se ha demostrado que pueden provocar grandes convulsiones y terribles represiones cuando los obsesiona la idea de transformar el mundo. Los escribientes proclives a las palabras afiladas, por su parte, también tienen buenos motivos para respetar a la burguesía porque han aprendido que los funcionarios, empeñados en remitirse a teorías y no a beneficios, no siempre obran como musas y mecenas. La palabra «burgués» sólo ha empezado a sonar bien en Budapest hace pocos años. En mi juventud era un insulto. Los intelectuales radicales, fueran de la derecha o de la izquierda, odiaban a los burgueses. Hitler dijo que sería más listo que los comunistas, porque él no nacionalizaría las fábricas sino a los fabricantes. En sus horas bajas, los intelectuales se ofuscaron con las nuevas religiones de la patria-Estado, con los rabiosos exclusivismos. Pensaban en imágenes jerárquicas y en espacios cerrados. La arrogancia y la moral derrotista se llevan de maravilla.

En nuestra ciudad, los amigos —es decir la opinión pública patriótica y progresista— se observan y se miden cada día mutuamente los gestos. Un archivero invisible se encarga día a día del expediente de cada uno. Existe un ego ampliado que llena y da cuerpo al Estado. Las instituciones no sólo se tocan por arriba, sino también por los costados, a todos los niveles. A menudo da la impresión de que Estado y sociedad no son dos cosas, sino anverso y reverso de lo mismo; de que estamos viviendo en una sociedad estatal que últimamente se insulta a sí misma con apasionadas blasfemias. Y hasta las profecías de catástrofes anida una primera persona plural.

Me tumbo en el viejo sofá. De esta habitación sólo saldé en una caja. Me ha sangrado la nariz terriblemente en la piscina; el encargado del vestuario me preguntó si tenía muy alta la presión. Mis coetáneos también se han vuelto pesados, temen el cáncer y el infarto. Amables e indecisos, frecuentan el cementerio y han aprendido muchas picardías. Después del baño me voy a pie a mi madriguera, a hibernar. Este pequeño ancien régime nuestro no resulta tan deprimente como lo pintan. Se parece a una cama bien calentita, con edredón; te liberas de las necesidades del zigzagueante progreso occidental. No anhelas la febril movida intelectual que además te necesita tanto como el director de circo a la foca cantante.

Cuando estoy en Occidente, la política local me parece una comedia porque no se dedica a obstaculizar mis actividades normales. Compruebo con placer que mis manuscritos no interesan en absoluto a policías y aduaneros. Soy como los demás escritores. A nadie se le ocurre considerarme peligroso o prohibido. Soy como mis libros, que pueden comprarse en las librerías. Quizás hayan aburrido a algunos, pero no han hecho daño a nadie. No me he enterado de nadie que haya cometido un crimen influido por alguna de mis obras.

A veces me harto del exilio interno. No le veo motivo alguno. En esos momentos tengo la sensación de haber sido durante mucho tiempo un resignado habitante de las cavernas, de haberme retirado demasiado tiempo al pueblo, de haber adoptado una actitud excesivamente cautelosa. Entonces el emprendedor intelectual me parece más interesante que el hombre que está a la defensiva. Deseo más impulso lúdico y menos hosquedad ceremoniosa y desabrida. Acepte usted, pobre amigo mío, la oferta de trabajar durante un año como profesor invitado a los pies de las Montañas Rocosas, a dos mil metros de altura, y mantenga con holgura a sus cuatro hijos. El próximo enero tendremos que estar en Colorado Springs. Impartiré un curso sobre la novela clásica europea. Ya se han inscrito suficientes alumnos al curso. En verano volveré para discutir sobre la cuadratura del círculo. Se nota el progreso, hay cada vez más libertad de expresión, también se producirán cambios personales, es toda una sensación de éxito. Me preguntarán: ¿por cuánto tiempo te quedas? Y contestaré, lamentándolo mucho: sólo durante las vacaciones de verano. Si volviera para Navidad, los cambios serían mínimos, y regresaría a lo mismo que he dejado.

El trino de los pájaros al amanecer. Me despierto en Balaton-Ófalu junto a Regina. Me levanto sin hacer ruido, me ducho y me encamino por un pasillo de magnolias a la casita situada al fondo del jardín, donde esperan mis herramientas de trabajo. Ya puede empezar la delincuencia intelectual. Si bien la radio ha prometido calor, la casita se mantiene agradablemente fresca durante la mañana. Los otros actúan con discreción y me dejan solo. Caen las peras amarillas y las ciruelas de un profundo color azul. Entre las dos hileras de magnolias espero la aparición de la primera frase. Aquí dentro a veces luce el sol y a veces llueve. Siempre estamos en este espacio de iluminaciones e interrogantes, que hemos traído a nuestra casita ajardinada. El minuto de la utopía es el minuto presente, claro está, siempre susceptible de fracaso. Me quito de encima lo aprendido, me libero de mi papel como de mis pantalones. Me disecciono a conciencia en la mesa de la autopsia. Procuro mirarme desde arriba como si pudiera salir de mi cuerpo. La luz es muy intensa allí fuera. Observo la habitación oscura a través de la ventana. La luz es muy intensa allí dentro. Observo la noche oscura por la ventana. Este vaivén entre la mirada hacia dentro y la mirada hacia fuera es la literatura. Zigzagueo entre sujeto y objeto, entre abstracción y sentimiento. Reflexión e inventario de la herencia. Mucho toqueteo lujurioso y mucha cosa inasible.

Voy en bicicleta a comprar el desayuno en la tienda. Lo traigo en una gran bolsa a toda la basca. El gesto tranquiliza la conciencia social; un hombre cumple con su deber cotidiano dando de comer a los otros. El desayuno se alarga: huevos fritos, queso, miel, pan de centeno, tomate, pimiento, té y café. Amodorrados, dejamos que la luz nos ilumine las caras y los dedos de los pies juegan con los guijarros. Saludamos a Ignác, el gato vecino: alcanza todos los picaportes, abre todas las puertas, va y viene a su antojo. Sabe perfectamente lo que hay en la casa del vecino, controla los acontecimientos familiares y escucha a todos como un gélido psicoanalista, es decir, guardándose su opinión.

No falta mucho para llegar a Colorado Springs. Daré clases, la familia necesita el dinero, ya he firmado el contrato. Mi palabra me vincula. Temo un poco este traslado. Vivo inmerso en la familiaridad del socialismo de Estado, en su familiaridad ajena y biedermeier. Con secretas reticencias, llevo a los Estados Unidos esta mente centroeuropea plagada de ganchos que acostumbra quedarse enganchada aquí y allá. Pero me reprimiré, esbozaré una amplia sonrisa y diré:

—¡Fantástico, genial!

Pero será como decir: al oso le gustan las fresas y la miel, luego no es carnívoro.

Volví hace unas semanas de un recital en una ciudad alemana. No era muy lejos, hora y media en avión. La habitación de un hotel, algunas llamadas telefónicas a última hora, la firma de unos poderes, la taza de café medio llena, medio vacía, la lucha con la cremallera de la maleta que está a rebosar, algunos papeles descartados en una esquina de la mesa. Dejo el contrato con una editorial a un amigo para que no me pillen con el cuerpo del delito, aunque me puedan acusar de todas maneras según la legislación vigente. Vuelvo a casa con ese dilema entre valentía y cobardía que, desde luego, no es la dimensión más excepcional del espíritu. Llevo retraso como siempre. Llamo un taxi. Sólo doy la dirección; no me preguntan el nombre, el coche llegará en unos minutos. Deseo ver a mi familia; diez días de ausencia ya han sido suficientes. Dejo los diarios en la mesa: la opinión pública occidental desea estabilidad y moderadas reformas en la mitad oriental de Europa y acepta el status quo. Miro por la ventanilla del taxi a modo de despedida. Una ciudad tranquila, limpia, lisa, carente de arrugas. Todo funciona. La gente lleva lo que veo en los escaparates. Como si los maniquíes hubieran salido a la calle. Cambian sus objetos con celeridad. Si viviera aquí, probablemente también procuraría acicalarme a conciencia. Procuraría que mis zapatos, mi corbata y mi maleta, así como la bufanda artísticamente puesta alrededor del cuello, configuraran un conjunto tan armonioso como caro. Utilizaría la palabra «pagar» con frecuencia, sobre todo para decir: «Hay que pagar por todo». Las preocupaciones de un alma glacial me tendrían atado. Hablaría delante de las cámaras con más soltura y experiencia. Debería llamar más la atención del público sobre mi persona para sobrevivir. El mercado de la comunicación estaría más cerca y me costaría eludir sus llamadas, lo cual alimentaría mi vanidad, pero tal vez sería menos bueno para mi credibilidad. En Budapest me engaño diciéndome que sólo escribo por placer, no como medio de vida, e intento no preocuparme por el dinero. He sido más pobre que ahora y tampoco me molestaba. No me importaba tener sólo lo que tenía. Ponía celo en mis trabajos remunerados y con eso tenía lo imprescindible para vivir.

Torre de control giratoria, escalerillas montadas en vehículos motorizados, camiones cisterna de color amarillo, la hermosa forma de las pistas de despegue con la hilera de luces a los bordes. Una gran bandada de pájaros en el aeropuerto, casas marrones con cubiertas de pizarra más allá de la hilera de árboles. Paisaje ordenado. El avión se detiene, se sacude y tiembla ligeramente. El zumbido se intensifica y se convierte en estruendo. Avanzamos a enorme velocidad por la pista, un ruido terrible, la tierra se desprende de nosotros. Caminos, cauces de ríos, granjas aisladas, caseríos, pequeños barbechos, el color pardo de los campos arados, los diversos matices del verdor. Los puntos blancos de los veleros en un lago. Hace buen tiempo.

Un burgués se torna realmente cívico cuando carece de propiedades y de herencias. Los bienes de mi padre fueron nacionalizados. Para mi pobre padre fue una experiencia terrible, desde luego, pero esta sublimación de mi pasado burgués no me molesta. Así me he despojado de muchos clichés y ceremonias racionales. El que una gran mano mezclara tanto la baraja ha dado en el fondo resultados interesantes. Muchos han subido, otros muchos han bajado. Ascensos jerárquicos y decadencias intelectuales. O al revés. Para el burgués, lo interior vale relativamente poco y lo exterior, relativamente mucho. Guarda la herencia intelectual y familiar para adaptarla a los tiempos. No cree improbable que todo se pierda algún día. Pero no está preparado para soportar los bajones. Por eso, problemas intrascendentes lo desequilibran. Una de mis paradojas: busco el ser burgués porque sin él no existe la libertad ciudadana, pero no puedo olvidar que la mente burguesa va emparejada con una correcta estupidez. El burgués se adapta ingenuamente a las circunstancias y concede demasiada importancia a lo exterior, a las manifestaciones del éxito, a las formalidades, a las cosas, a los objetos del recuerdo. Mi experiencia, por ejemplo, enseña que se puede soportar la nacionalización de la casa paterna. Conocí a un barón cuyo castillo fue desmontado ladrillo por ladrillo y puedo afirmar que la elegancia espiritual del barón se hizo más profunda. La pérdida de nuestros bienes y de nuestro hogar, el desempleo, la privación de los derechos no son tan terribles si nuestra conciencia se mantiene intacta. Libres de cachivaches y de obligaciones, nos movemos con mayor ligereza. Uno soporta quedarse de golpe sin nada.

Nubes en la lejanía dibujan una cordillera. Luego aparecen las rocas y las crestas humeantes de los Alpes. La azafata, de cabello plateado cortado à la garçon, trae la merienda. Los peñascos están rodeados de cirros deshilachados y puedo ver las manchas de nieve. Un gran campo nevado se extiende bajo nosotros: un paisaje polar. Espero el muñeco de nieve. Las nubes se abren cuando toca el café: aparece un paisaje totalmente llano abajo, grandes y monótonos barbechos, agricultura socialista, es decir, Hungría. Bebo una copa de vino tinto, Château le Monge, en Budapest hace 19 grados centígrados, the sky is almost clear, dice el capitán; el ala del avión reluce y el sol brilla.

Volvemos a estar en Budapest. Un ciruelo se dobla bajo el peso de los frutos azules. El olor de la hierba segada el día anterior. Las castañas silvestres caídas. El rosal y el saúco entrelazados detrás de la verja. Las sámaras puntiagudas del fresno a nuestros pies. Casas señoriales con las cresterías desgastadas. Una anciana de pelo blanco espía desde el último piso. Una persona inválida sentada en una silla de ruedas observa a los jugadores de tenis. Un viejo jadeante se apoya en una estatua de bronce, que es un desnudo sentado que se seca con una toalla. En el banco contiguo, una señora antaño hermosa, con el rostro surcado por venitas liláceas, conversa con un señor mayor, calvo y delgado, vestido de excursionista. Las medias le llegan hasta las rodillas y le cubren unas piernas que parecen palillos. Calva bronceada, gafas verdes, bolso y cazadora impermeable. Sale a pasear cada día por las colinas de Buda.

El señor de las gafas verdes dice:

—Me gusta aquello que odio. No le hago daño a nadie, señor, y siento un asco secreto. Mientras los otros fornican, yo odio. La ciudad ofrece un amplio campo de acción para mi oscuro placer. Muchos pregonan la religión del amor, mientras contemplan la exhibición de la fealdad humana. En cuanto a mí —dice el hombre de cazadora impermeable—, veo la muerte. Amar es esforzarse. Quien ama se mete en todo. ¿Le parece simpático? Frecuento los cafés, empujo en los autobuses, un campo de acción ideal. Señor, mi conciencia es capaz de convertirlo todo en asqueroso. Tú me odias, yo te odio. Reciprocidad correcta. Todo esfuerzo es inútil, todo carece de valor. Sólo existe esto, la cosa. Sólo este clavo en la punta de mi bastón.

La señora mayor del banco contiguo lamenta la muerte de su hijo. El tonto del hijo declaró que la fábrica era suya. Se pasaba el día entero allí dentro. Luego de pronto se sintió mal. Mandó un recado a su madre: lo siento, mamá, pero esta noche no iré a cenar. Lo llevaron al hospital. Cuando su madre llegó allí, ya había muerto.

—¿Qué podría haber hecho? Grité. Mi nuera también murió. Ya sólo me quedan los nietos. Viven lejos, en la otra punta de la ciudad. El año pasado me vinieron a ver en dos ocasiones, este año sólo en una. A veces me llaman por teléfono. Mi hija vive en Canadá. No quiero depender de ella ni serle una carga. Quiero morir aquí, en mi vieja alcoba. Aquí están enterrados mis seres queridos.

La anciana calla y mira por encima de mi cabeza.

La compra corre fundamentalmente a mi cargo. Los quesos y las frutas son sabrosos y el carnicero vende carne de buena calidad. El mundo de los jardines y de los objetos resulta familiar. A veces llevo puestos el mismo pantalón y los mismos zapatos durante meses enteros. Tengo dos buenos trajes en el armario, pero no los uso. No he de ver a mucha gente para sobrevivir ni me siento obligado a mostrarme cortés con nadie. Algunas desventajas debe haber, porque son demasiadas las cosas positivas. Camino por los ámbitos de la felicidad y no siento vergüenza.

Me alegra que mis dos hijos grandes estudien en París. Lamento que nuestras vidas transcurran alejadas unas de otras. Por lo menos no he tenido la posibilidad de dominarlos. En las vacaciones los espera el piso grande y desgastado de Víziváros, y en el piso mi madre; yo, antes, en la estación. Nos reclinamos en las sillas de respaldo alto y de brazos con forma de león y le damos a la sinhueso. Dorka va temprano a la piscina, ha superado bien los exámenes, ha organizado una huelga, será médica. Miklós estudia historia y húngaro en la Sorbona; le gustaría traducir del húngaro al francés y destaca como batería. En Hungría duerme hasta el mediodía y sólo se mete en la bañera a regañadientes.

Hay un balcón frente a la ventana. Mis plantas, la silla de mimbre, las adelfas, la malva. Escucho el susurro de los álamos. Me ocupo de mis placeres. Contemplo el cielo a través del follaje. La menta y el romero se ponen en el té y en la ensalada. Café y biblioteca, calle y paseo, lengua y recuerdo, todo al alcance de mi mano; puedo estirarla para asir mis metáforas. Camino por sus senderos boscosos, paso junto al aeródromo de planeadores, cruzo la colina de Hármashatár y bajo hasta Óbuda, donde los compinches gordos, con caras de pillos y piernas adoloridas, me esperan en el jardín del viejo restaurante Sipos. Nos burlamos unos de otros: comer, eso sí, comer se puede, y mucho. Conversamos sobre los viejos tiempos y ya no sé a ciencia cierta si no me falla la memoria. Cada uno cuenta lo mismo a su manera. Cada uno cuenta la historia que le conviene. Todas las afirmaciones caducan. Si nuestras descripciones son literatura, nosotros también lo somos quizá. Las fronteras entre el tú y el yo se borran.

Nos dirigimos a Colorado, lagos y picos nevados. El europeísmo aún no existe; el americanismo, en cambio, sí. Las banderitas de las barras y estrellas adornan todas las tumbas en el cementerio de una pequeña ciudad. Patriotismo de cuerpo y alma, proclive a considerar cualquier crítica una manifestación de antiamericanismo. Muchos académicos y pocos intelectuales independientes. Cuando permanecí allí hace unos años, los profesores universitarios conservadores proclamaban la inutilidad de la disidencia en las democracias liberales; sólo hacen falta disidentes en el comunismo. Este país tiene una religión cuyos creyentes prefirieron ser vistos a existir. Lo que no se ve, no existe. El perdedor no existe. Muéstrate satisfecho contigo mismo, sé juvenil, plástico y elástico. Futuro, moral, optimismo, salida, vitamina, sueño de una vida eterna. No te queda tiempo para la historia ni para el recuerdo. ¡Date prisa! Deberías estar donde no estás. ¡Espabila si no quieres quedar fuera de juego! Peregrina de reunión en reunión e intenta hacer tuyo el punto de vista más dinámico de la mayoría. ¡No te rindas! ¡Véndete al precio más alto posible! Cuanto más caro seas, más idéntico serás a ti mismo.

Esta autoestima colectiva se parece a la torta de chocolate con mucha nata: colorida, dulce y brillante. ¡Hasta podría hacer sonar unas campanillas! Demasiado autobombo, demasiado colesterol. Tal vez hagan falta los espantapájaros, puntos de orientación en un paisaje incierto. Los eternos minoritarios no pueden decir lo que los otros querrían escuchar. No pueden, pero no por aguafiestas, sino porque los espantapájaros saben que la mentira existencial es una enfermedad que puede conducir a la muerte. Quisiera para mi país, y también para los Estados Unidos, cada vez más ciudadanos que se sientan padres fundadores y que actúen con la serenidad que confiere la audacia.

Pese a lo manido de la palabra, no veo motivos para no emplear el término de humanismo en el sentido de protección del ser humano. Entiendo bajo ese concepto una visión del mundo desde la perspectiva de la humanidad, cuyo fundamento sería la idea de que toda vida humana representa un valor absoluto. No existe la comunidad (sea religiosa, nacional o política) que pueda prescindir del concepto de humanismo. Su código legal sería la literatura universal; y dentro de este código, las obras escritas en nuestra lengua materna serían las más próximas a nuestro corazón. Rechazo cualquier definición más rigurosa de la ley.

¿Es usted feliz?

Un anciano se pasea con un libro en la mano bajo la hilera de castaños a orillas del Danubio. Se sienta en un banco, lee unas cuantas páginas y prosigue su camino. Va por el laberinto de calles hacia donde le llevan sus pasos. Cada esquina propone tres opciones. Se necesita inspiración para elegir. Por la noche sale a mezclarse entre la gente en la plaza principal, en el escenario de la fiesta de despedida. Mañana tal vez se vaya de viaje; por eso, todo le agrada un poquito más, la casa, la plaza, la ciudad ya están bien como están. A veces le invade la melancolía, aunque si uno le preguntara durante el paseo: ¿es usted feliz?, probablemente respondería: sí, lo soy. Y si uno insistiera: ¿tiene algún motivo especial para serlo? Se encogería de hombros: no.

¿De qué diablos puede uno ser artista, sino de su propia vida? ¡Alegrarnos de todo cuanto nos viene! Pusieron a Kobra de patitas en la calle a los cuarenta años por sus ideas erróneas. Por tanto, se ve obligado a pasar las mejores horas del día sentado a su escritorio, renunciando a la posibilidad de que sus jefes y colegas entren en su cuarto cuando les de la gana. Kobra acaba su trabajo por la tarde y sólo se encuentra con las personas que realmente quiere ver. Le gustan el té, el vino y las hierbas medicinales. Está sentado en el porche: bajo la luz plateada de septiembre, los sauces y los plátanos parecen de otro mundo. Siente que ha dejado atrás todos los deberes escolares.

El sinvergüenza se tumba en una hamaca entre los ciruelos de Ófalu, se sienta a la orilla del lago con una copa de vino en la mano, se va en bicicleta a Bagódomb, donde los cáñamos son más altos que él mismo. Sabe andar alegremente en bici cuando los otros se desesperan y desfallecen. El oso explora solo el bosque y olfatea los huecos llenos de miel en los árboles.

A Dávid Kobra le ofrecieron como privilegio el cetro que autoriza a organizar la fiesta. Hoy hace de dueño de casa y de director del circo. Puede elegir lo que pondrá en la plaza y a las personas que invitará. La fiesta de despedida significa primero expansión, complejidad, construcción y luego merma y soledad.

El árbol de los cuentos del lugar hace salir a la familia de las galerías del tiempo. Ojo, que tus antepasados enterrados en el cementerio sacarán las manos de la tierra y te agarrarán del tobillo. Que el padre de familia, dictan, cumpla su tarea y no rehúya sus responsabilidades. Los ancianos de la tribu ocupan un lugar en el consejo.

Acabo cada día mis tareas y no abandono el juego. Conozco el espíritu de la derrota, ya he visto terribles sumisiones. Todos los males son soportables; a lo sumo te matan.

¿Qué ocurre cuando se cumplen los sueños, cuando invitamos a la parentela que ha pasado a mejor vida a la fiesta de la plaza de la Resurrección…? ¡Y viene! ¿Qué ocurre cuando encontramos a nuestros seres queridos? ¡Vienen!, Dios mío, ¿cómo es que aparecen por aquí? Se agolpan todos nuestros parientes. ¡Todas esas tías besuconas y bigotudas! ¡Señoras y señores sumergidos en el olvido de los milenios! Kobra ya conoce a bastante gente, o sea que en ningún momento ha pretendido ampliar el círculo de sus conocidos. De paso se plantea la siguiente pregunta: ¿cómo nos vamos a orientar en el más allá, en medio de todo ese gentío? Kobra pronuncia un discurso ante los reunidos. Queridos espectros, aclaremos la situación física y metafísica. Sois mis quimeras, ¿verdad? O, para expresarlo de otra manera, contratiempos de mi profesión. Me doy ánimos diciendo que podré liberarme de vosotros en cualquier momento. Desde luego, quien ha muerto una vez no tiene por qué andar jorobando por aquí.

Tú, por ejemplo, querido tío Arnold… es evidente que no existes, puesto que no existe el más allá. Ahora bien, si existiera, tendrías prohibido dar un paseo y venir al Café Korona. Lo tendrías prohibido a pesar de haber sido antes su propietario. Hasta tal punto lo fuiste que el vulgo sigue llamando Hotel Kobra al Hotel Korona. La evidencia de tu realidad física incita, querido Arnold, a darte un buen soplamocos. Lo intento, pero he de retirar la mano como si me hubiera dado la corriente. No me rindo y acerco mis dedos índice y pulgar a la oreja de tío Arnold para pellizcarle el lóbulo. ¿Y qué ocurre? Que emerge de la oreja una culebrita del tamaño de un palmo y me muerde el índice. No es broma.

—¿Sientes extenderse el veneno? —pregunta Arnold.

—¿Es letal? —pregunta Dávid Kobra dócilmente, pero no recibe respuesta.

El veneno le llega a la punta del pie. Como si el cráneo le creciera. La carne del rostro se le pone tensa.

—¿Te laten ya los ojos? —pregunta Arnold.

—Me arden —informa Dávid.

Me parece alentador encontrar junto a mi tío Arnold Kobra a su hija, a mi prima, es decir, a Klára Kobra, mi primer gran amor.

Klára sonríe para animarlo.

—Tienes bastante buena pinta —constata—. Has rejuvenecido y ganado unos diez años. Tu cara ya se veía un poquito mofletuda. Sabes, cariño, vamos a cerrar la discusión con una prueba palpable de la realidad de tus visitantes. Pondré la mano sobre tu boca. Podrás besarla. Tú no nos has invitado. Nosotros te hemos citado aquí. Ya es tarde para pensar en aplazar esta fiesta en la plaza de la Resurrección o de la Liberación, en el recinto del Hotel Kobra u Hotel Korona. Por lo visto, tú no eres quien organiza ni controla la situación. Podemos citar a cualquiera a nuestro escenario, pues esta noche del equinoccio de otoño nos pertenece. Ya no te extraña —¿no es cierto, cariño?— ver sentados en este café a personas que ya creías hace tiempo en los anales de la historia. No habéis sido capaces de enterrarnos. ¡Tus ridículas preocupaciones! ¡Claro que habrá más tráfico allá, pero también serás más inteligente! En las grandes urbes, por ejemplo, hay más tráfico que en tu mugriento villorrio natal y, sin embargo, lo has aguantado.

Kobra inclina la cabeza (la postura del insolente soñador) y señala:

—Resulta extraño pensar, queridos míos, que no puedo enviaros de vuelta a la nada. ¿Al menos os iréis al alba, a la hora del gallo, no? ¡Ojalá pueda oír todavía su cacareo!

Arnold frunce el ceño, como diciendo: ¿Quién sabe?

—A lo mejor te vienes con nosotros —dice en tono seco.

—¿Ves, Arnold? No tengo ni la más mínima gana. No siento tanta nostalgia por vosotros como para dejar mi vulgar residencia en la tierra donde el sótano, el empedrado, el parqué, la alfombra me separan del frío suelo y donde puedo dirigirme en tranvía al cementerio para poner flores en vuestras tumbas. Me quedaré con vosotros a más tardar hasta el alba. Vuestra permanencia provocaría graves complicaciones. Ya tengo bastante sin vosotros.

Regina me acusa de querer el mal. ¿Qué puedo contestarle? De hecho, sólo siento apego por él. El funcionamiento psíquico del suicida posee más pasión y humor que el del egoísta juicioso. Soy heredero del desaparecido imperio centroeuropeo, marcado por la muerte, que sólo sobrevive en el pensamiento. Continúo la oscura lucidez de mis precursores.

El sujeto quiere existir. En eso radica su pecado original. Con su presencia quiere llenar el espacio vacío. Tu autonomía se hincha hasta hacer desaparecer los demás objetos y sólo queda don ego, es decir, el tío Patas, el de los cuernos y la cola. El demonio del yo, a quien sólo la muerte le pone coto. El alma arrogante hasta jubilaría al mismísimo Dios y lo sentaría en el balancín. ¿Un poco de café con leche, papaíto? Hasta que el alma cae de bruces. Se pone a rezar a cuatro patas. Sólo quería divertirte, Señor, porque debías de estar harto de tanta lisonja. Te dedicaré mi agonía y mis restos mortales. ¿Qué recomienda el padre al hijo? Sano juicio y paternidad. Ya has superado la edad de huir continuamente, hijo mío. Cumple con tu legado. La tarea consiste en ser lo que eres.

A medida que envejece, Dávid Kobra va perdiendo el hambre de contacto humano. Cuando habla mucho, deja de estar consigo mismo. Cuando alguien concierta una cita con él y no asiste, K. no le guarda rencor. Antes tenía miedo de perderse algo; ahora, en cambio, tiene la sensación de no perderse nada. Por la noche se preocupa de que los invitados se lleven bien entre ellos. Que puedan decir cuanto les plazca. Primero se quejan y después se vanaglorian. Todo el mundo quiere más, más poder y comodidad.

La atención relajada tantea los objetos con delicadeza y pericia. Las nubes se pasean, las golondrinas bailotean en el cielo. La hormiga escolta al grillo, habla largo y tendido y aburre. El grillo ya se ha acostumbrado a ser aleccionado por los serios. La atención de Kobra empieza a divagar. Se ha sumergido en tales honduras que cualquier tontería le provoca placer.

Cuando no puede volver a su casa y ha de quedarse a dormir en la de su anfitrión, Kobra prefiere no ir de visita. Usa mucho el teléfono y escribe pocas cartas. En el tren se dedica a conversar intensamente con sus compañeros de viaje. Casi todo le resulta interesante, de modo que dondequiera que esté siempre lo rodean personas interesantes. La comprensión empieza donde no se admiten las exclusiones.

Una vez, un hombre, cazador empedernido, se vanaglorió en el tren de haber disparado contra varias personas con su rifle con teleobjetivo durante la Segunda Guerra Mundial. Dijo:

—Es más interesante cuando la presa también va armada, así puede devolver los disparos. Ocultarse bien, esperar con paciencia y disparar con precisión. Es todo cuanto hay que saber en la vida, caballero —dijo el excepcional compañero de viaje a modo de despedida.

Le devolvió la sonrisa y murmuró:

—El verdadero asesino espera el momento oportuno.

Da igual quien lo aborde, Kobra siempre descubre un parecido entre el otro y él. La iniciativa de los encuentros no suele ser suya. Desde su punto de vista lo adecuado es ocultarse. Teme menos a los demás que en su juventud. Lo que digan de él no le incumbe. Por mí, que me ahorquen en mi ausencia.

Cuando enferma de las abstracciones urbanas, Kobra se cura respirando aire pueblerino. Le gustaría festejar su centenario. Si no se lo lleva un infarto, escribirá una novela larga que permitirá reír y llorar. En este jardín de Ófalu, Kobra puede observar los polos del mundo como extremos de su propia mente. Convierte lo existente en irreal y confiere realidad a lo inexistente.

Centro de paradojas, Budapest… es aquí donde deben reconciliarse los opuestos. Los hombres del centro son diferentes de los occidentales. Observamos a los occidentales, asentimos con la cabeza, luego nos miramos y nos echamos a reír. Cierta gravitación nos atrae de vuelta hacia nuestro humor macabro, nuestros arrebatos morales, nuestra irreflexión, nuestra hosquedad y la maravilla del sacrificio. Pondera tus actos. Lo más sabio es no hacer nada. Bebe. Despotrica. Después duerme la mona. Si nada es del todo bueno, ¿qué no es malo? La experiencia le ha enseñado a K. que, esté donde esté, siempre encontrará algún trabajo. Lleva cuarenta años viviendo en Budapest. Siempre ha trabajado.

Rodeado de prudentes neurosis, de plantas decorativas, de pecados inconfesables, de rituales maniáticos. El alma vengativa se resarce. Pobre cuerpo, ¡cuánto peso ha de cargar! Grandes juergas y grandes borracheras, sin preocuparse por el cuerpo. Intentamos alcanzar por un atajo aquello que hemos perdido por el camino principal. De joven, K. se mostraba insaciable. Ahora prefiere el silencio de las mañanas. Prefiere desprenderse de asuntos y obligaciones a meterse en ellos. El taoísmo discreto y placentero de los alrededores de Budapest.

Siempre ha pertenecido a quien lo vencía, a quien tenía poder sobre él. A quien lo necesitaba. Sus mujeres han sido profesoras de literatura hermosas, inteligentes y también generosas. Entendían las pasiones de K. Divertidas y juguetonas, sabían cómo llenar su tiempo. No se casó con todas sus mujeres. K. era un calavera y ellas tampoco le iban a la zaga… Separaciones, cambios de pareja, los mejores años se han ido rodando.

Hay quienes afirman que es más fácil ser fiel a partir de los cincuenta. Regina, en cambio, afirma que Kobra mira a todas las mujeres más o menos buenas, de manera quizá inconsciente, pero minuciosa. ¡Cosa extraña! K. no suele examinar tanto a las mujeres en las ciudades extranjeras. Observa mucho a Regina: se queda rezagado a propósito para poder mirarla por atrás. La dama se contonea con garbo y suavidad. Los ojos de Kobra se clavan en una rosa de color violáceo en el escaparate de una floristería. Regina aprueba su elección.

El hombre sueña con convoyes de trenes. En la madrugada, constata entre sueño y sueño que el departamento de censura respira a su lado bajo la manta. Apoya la palma de la mano en su culo. Yo soy tu gendarme y tú el mío. Por la mañana, cuando el espíritu de Kobra sólo ha empezado a alborear, se apodera de él una prisa nerviosa. Siente el impulso de ausentarse, de romper. Enseguida coge el abrigo y da la espalda a la mujer, a la habitación, a la ciudad y se marcha de viaje a los confines del mundo. Palpa su pasaporte en el bolsillo interior de la chaqueta; sí, el pasaporte contiene los visados imprescindibles para entrar y salir. En la plaza de la Resurrección, las maletas hechas esperan en el vestíbulo de su piso del centro urbano. Sólo hay que girar la llave de la cerradura de seguridad. Abajo, en la esquina, se encuentra la parada de taxis. En uno o dos minutos aparecerá uno.

Antes de partir tendrá que arreglarse el pelo. Se sienta en la peluquería. Le gustan las peluqueras pechugonas y perfumadas que, después de lavarle el pelo, le frotan la cabeza con alcohol como si fuera un objeto de placer. Kobra dormita confiado en sus manos. También le gustan las de aspecto masculino, delgadas, nerviosas y fumadoras que casi le arrancan los sesos con sus largas uñas. Caras morenas y perfiladas, dentadura fuerte y uñas que centellean en el aire.

Ha recorrido diversos continentes persiguiendo a mujeres, ha estado con ellas y luego ha sentido de golpe que había de largarse. Curioso, volvió a juntarse a nuevos cuerpos y saboreó el vagabundeo, sin voluntad de fijar su campamento en ningún sitio. En su madurez sigue contemplando el desnudo de las mujeres con el mismo interés que en la juventud.

A Kobra le gustan toda clase de iglesias, pero no necesita ninguna. Tiene el menor número de objetivos posible. Considera bastante hermosa la vida de los hombres (cuando no se dedican a matarse mutuamente). La acepta tal como es. Suele disfrutar del cálido cinismo de Budapest. Ni se le ocurre medir numéricamente el bien y el mal. La cantidad no significa necesariamente calidad.

¿Desde qué lugar ha de mirar aquello que es poco más que nada? Lo más digno es mirar desde la muerte. Desde el punto de vista de la nada. No es perfecto, desde luego, pero es algo más que nada, piensa Kobra de casi todas las cosas. Además, nadie sabe en qué consiste la perfección. ¿Cómo es la comida perfecta, la novela perfecta, la ciudad perfecta? Es perfecto lo que amo. Estas figuras extrañas son perfectas. Kobra no cambiaría nada en ellas. Una le gusta por su osuna rigidez, la otra por sus movimientos viperinos.

El juicio continuo: cáncer intelectual. Kobra tomó conciencia de que, enjuiciando, observaba todo desde tal altura que perdía la realidad de la mayoría de las cosas. La claridad abstracta del juicio acaba cegando. Bajo esa luz, Kobra tiene una opinión desoladora de todas las ovejas. ¿Por qué no será pantera la pobre oveja?

Kobra hilaba sueños de paz y entonces de repente se llevaron a su papá y después se lo llevaron a él, de modo que el Kobra que hilaba sueños de paz quedó un tanto en ridículo. No se trata de un delirio, sino de la cruda realidad: la puerta puede abrirse en cualquier momento. La pueden echar abajo. A veces ocurre que el destino entra en el dormitorio sobre orugas. ¿Qué isla nos ofrece protección contra la muerte violenta? Kobra asumió riesgos moderados: viviendo como se debe, aumenta ligeramente la posibilidad de acabar muerto por otros, no por el infarto. Desde el punto de vista del resultado final, la diferencia no reviste dramatismo.

Queda abierta la cuestión de los hechos históricos. No sé qué pasó exactamente, pero al menos guardo alguna anécdota de lo ocurrido. La historia no es el universo de los acontecimientos, sino lo que se ha escrito sobre ellos. No es el delito, sino la prueba. Se ha perdido la ingente multitud del pasado. Los autores extraen algún que otro fragmento de la gola oscura.

Probablemente es en la edad boba cuando los escritores parecen menos bobos. No despertamos en los gobernantes la sospecha de que queremos gobernar en su lugar. No lo queremos, la verdad sea dicha. Sabemos que todo cuanto excita los ánimos en el interior del cuartel general pierde bastante importancia una vez que franquea la puerta o la frontera. Me mantengo más libre del poder cuando otros lo ejercen sobre mí que cuando yo lo ejerzo sobre otros. Puedo provocar muertes obrando. Sin obrar también.

La mayoría de mis seres queridos ha muerto o ha emigrado. Entre mis prójimos, el embajador del Señor es aquel que se sienta conmigo a la mesa. No confundo a Dios con un profesor de religión y ética. No debo ni temor ni obediencia a Dios. Señor, estás en todas partes y en ninguna. Una simple letra soy de tu terrorífica novela. No puedo encontrarte ni puedo romper contigo.

¡Aguanta, señor del paraguas!

Sopla un viento tormentoso en el exterior y se oyen ruidos de persianas y las crepitaciones de la estufa de gas. Se acerca el invierno. Tengo un mal presentimiento y me he recluido en el pozo de la regresión. No quiero nada, sólo que me dejen en paz, murmuro gruñón. Hace frío, ¿de qué vamos a hablar? Los conocidos de mi edad suelen sentirse turbados cuando nos encontramos. O bien muestran una amabilidad exagerada, o bien dan media vuelta y se marchan en un gesto evidente de descortesía. No me resulta fácil sentir que aún me quedan cosas por hacer. Como si acabara de decir algún disparate… Mi vecino de mesa pone cara de piedra. Cambiamos de tema. Y eso que mis pensamientos sólo se han desbordado. Intentaba recordar los hechos con el mayor rigor posible, liberados del peso de la opinión. No nos llamamos mucho por teléfono los viejos amigos y yo; y los que llaman son conscientes a pesar de todo de que los otros lo saben. De vuelta a casa después de una reunión me lavo la cara a conciencia para quitarme la máscara de la prudencia y de la amabilidad. Tuve cuidado de no hacer ningún comentario mordaz. Estaba entre gente de mi edad. Fue como ir a visitar a mis tíos. Esto no les funciona, aquello no les funciona. Pero no padecen de grandes males. Lo mejor quizá sea no querer nada. Todo llega tarde… Niños viejos, sentimos asomar las lágrimas ante el caballito mecedor puesto debajo del árbol de Navidad. Reina un ambiente de jardín de infancia… El gorjeo de unos tipos cuya edad oscila entre los cincuenta y setenta años.

Hay que saber tener miedo. No hay que exagerar, pero sí conocer las dimensiones apropiadas del temor. Conocer la relación entre los cambios de tiempo y el miedo. ¿Sopla un viento helado desde el patio? Encógete. ¿Se derriten los carámbanos? Puedes estirarte. Evita los choques y dedícate a quejarte en vez de pensar. Todo el mundo tiene su lamento y lo canta cuando llega la hora de la poesía. Quien se halla más arriba se halla también más adentro. ¿No te entran ganas de meterte en ese gran cuerpo? Tendrás el perdón, pero no el olvido.

El calabozo constituye el lugar esencial. Allí no hay sitio para esconderse. Al menos resulta sumamente difícil. Aquí fuera no existe un límite preciso para definir lo viable y lo inviable. Intentamos alcanzar por un atajo lo que nos niegan por el camino recto. Cuando uno consigue algo, se cree un privilegiado; cuando no lo hace, es porque se ha equivocado, porque no ha recorrido con esmero suficiente las diversas estaciones del suplicante. Muchos se cansan en el trayecto y no importunan a las autoridades con sus frívolas solicitudes. Es imprescindible rechazar con cierta lógica las solicitudes para que su aceptación parezca luego un regalo. ¿Qué es la libertad? No estar en la cárcel, me dijo una vez un viejo del pueblo que ya había estado en ella. El corazón es un combatiente de la libertad, pero la mente amarga susurra: todo sigue. Todo sigue casi igual que antes. Una mente ilustrada y moderada y cierto malestar nervioso. La constitución individual crea al hombre que le corresponde y que la mantiene. A veces oigo el murmullo a través de las paredes y siento cierta inquietud en los momentos de cambio de tiempo: un anhelo efervescente de algo distinto. Quizá sólo sienta lo que quiero sentir. Los autóctonos envidian. ¿A quién? Se envidian los unos a los otros. Reprimirse, empezar a marcar un número y dejarlo, volver a casa estando a medio camino. ¡Al final tenía que sucedernos algo! ¡Si no les ha ocurrido nada a los protagonistas de la historia! ¡Cuente su biografía! He pasado miedo toda la vida. Comparado con la ausencia de hechos, ¡cuán rico parece el temor que los aborta! Renuncias a esto y renuncias a aquello. Lo que comes te pertenece… nadie te lo puede quitar. Nos volvemos más lerdos y más pesados y ganduleamos en el patio de la institución. Caras que ya no se ponen tensas imaginando una idea, arrugas descuidadas y caóticas. Los asuntos del gran mundo no preocupan a los habitantes de la institución; sólo les interesan sus propios y míseros cotilleos. ¿Europa? Pero ¡qué dices! Oye, ¿por qué recibió el otro colega una prima más alta?

Me acerco a la ventana y miro abajo. Un hombre puede enamorarse de una plaza como de una mujer. La plaza de la Resurrección no es menos hermosa que la cara de un anciano capaz de sonreír a pesar de la pérdida de sus doce hijos, porque el decimotercero aún sigue con vida. El Estado es provisional y abstracto, la ciudad, duradera y palpable. La ciudad es más fuerte que el Estado. El café de la esquina estaba lleno de cadáveres en enero de 1945. Con nueve rosas amarillas en la mano espero en esta plaza a mi amor, que esta vez también se retrasa un poquito. El protagonista de la historia se sienta frente a los acontecimientos y no quiere ir a ningún sitio. Ni siquiera se mueve cuando oye el traqueteo del tren expreso frente a él. Lo que viene por sus propios medios ya le basta. Para los desafíos no se precisa mucho movimiento, sino más bien quedarse en un lugar tranquilo. Escucha las señales del destino y los susurros del demonio. ¡Música de Chopin en el tocadiscos! Vuelos intercontinentales y sentimentales.

En mi calidad de observador, contemplo la plaza ligeramente inclinada desde detrás de la ventana. Las cabezas avanzan poco a poco hacia la catedral. Soy el espía de la plaza. Una hilera de sótanos repletos bajo las casas desgastadas y criaderos de segundas intenciones tras las caras, también desgastadas. La riqueza de matices del silencio. En este café me rodea gente ajena al furor romántico siempre dispuesto a entregarse del todo. Yo tampoco me entrego del todo. Si viniera del lejano Oeste, me sorprendería la expresión apasionada de las personas de aquí. Haría unos cuantos comentarios mordaces acerca de esta gente malcriada que quiere ora esto, ora lo otro. El aire se ha vuelto irrespirable a mi alrededor debido al ron, al humo de la pipa, a las cortinas de terciopelo llenas de polvo.

Nací el año en que el nacionalsocialismo accedió al poder. Me acostumbré a la escasa credibilidad de las autoridades y a los temores de la ciudadanía. Desde mi infancia, los Estados en los que he vivido me han cuestionado, me han discriminado y me han rechazado por judío, por burgués y por mis ideas. Carezco de libertad desde que tengo memoria. Es algo como la descalcificación de los huesos y de la dentadura.

Hace mucho mucho tiempo, siendo todavía un niñito burgués, protegido y modosito, comprendí que todo podía venirse abajo. Doy las gracias al año 1944, en el que me convertí en un ilegal, en el que me quitaron a mis padres, en el que fui de piso en piso en un estado de rigurosísima provisionalidad. No existe nada más aleccionador que el que quieran matarte. Y forma parte de la lección el que todo parezca totalmente cotidiano, tan cotidiano como los cagajones y el ruido de los carros en la carretera enguijarrada.

No me siento seguro desde 1944. Sé que la ley no es de fiar y que me pueden despojar de lo más importante. Me hice adulto a los once años. Desde entonces siento una silenciosa y continua aversión hacia los responsables directos e indirectos de la muerte por asfixia —causada por gas letal— de mis compañeros de escuela. Nunca he deseado el encarcelamiento ni la ejecución de nadie. Ni venganza, ni perdón. No creas que la pena de muerte pueda liberarte de tus actos. Lo ocurrido no puede borrarse por medio del castigo, ni por medio de las buenas acciones. Quien ha hecho algo, lo ha hecho. Quien ha cometido el crimen cargará con el peso del castigo. Uno no puede librarse del recuerdo del crimen y de la traición, como tampoco del recuerdo del amor. Quien ha asesinado se ha condenado a sí mismo a ser un asesino. El abominable crimen vino a su encuentro y él no pudo esquivarlo.

Al final de la guerra fui testigo de cómo quienes infringían las leyes sobrevivían mejor que quienes las respetaban. Sabían que sus vidas eran una apuesta, pero al menos jugaban. Este medio siglo que me ha sido dado arroja, en resumen, un balance positivo. Me ha bastado con pasear un poco para sentirme feliz. No tengo ningún problema grave, me encuentro bien de salud y hace mucho que pienso que es inútil enfermar. He escrito libros oscuros porque la honradez me pedía mostrar mi cara oscura desde la perspectiva de un súbdito. No obstante, a estas alturas ya no creo ser un súbdito. Hablo con el mismo respeto con un funcionario del gobierno, con un empleado de banco o con un bibliotecario. Ni más ni menos de lo necesario y conveniente. Hay quienes se sienten en casa donde están sus utensilios para escribir. Hay quienes se sienten en casa con la familia. Hay quienes se sienten en casa donde ganan el dinero imprescindible para mantener a la familia.

En las malas épocas se revalorizan las actitudes reservadas, cautelosas, taciturnas y rutinarias y los eternos defensores del pensamiento correcto condenan cualquier reflexión independiente. ¿Inclinarme como la hierba bajo las ruedas de hierro para después enderezarme de nuevo? No soy hierba. Intentamos cruzar la frontera en una y otra dirección. Esquiva con frialdad y ocultamiento los accesos de cólera de la autoridad. Dosifica tus desafíos. Llegar intacto a la vejez ya supone una obra magna. Deseo todo cuanto desea un hombre normal y, además, defiendo mi honradez con astucia animal. Hay que ganar esta partida. Ya ha habido por aquí bastantes perdedores, rezagados y personajes obligados a justificarse. Las posibilidades frustradas acompañan el camino de nuestra historia como los mojones. Aquí, la posibilidad más romántica es el éxito.

A mi esperanza de un aumento de las libertades se suma también mi interés por dicho aumento. ¡¿Cuándo se darán la mano las buenas intenciones y el éxito en este país?! Ya sería hora de reírnos de esta absurda y torpe historia nuestra. Las cosas a veces se aceleran, una generación se pone en movimiento y asume el coste de la excepcionalidad; se derrite el hielo de los corazones, una nación emerge de la masa, hasta los más temerosos opinan y se ríen y la gente parece más bella. Así transcurren los compases de la obertura. El final ya lo conocemos. Una vez más, la espada corta el nudo. Los campeones de la libertad no podrán quedarse junto a sus amores mucho tiempo. Ahuyento la idea de que la mala fortuna se cebe una vez más en nuestra región. Estoy sentado en el tren que, según dicen, descarrilará siguiendo un horario secreto (según las susurrantes palabras de los iniciados). Se ha quedado sin freno de emergencia, añaden. Miro por la ventana y me maravillo del paisaje. La conciencia nómada monta a caballo y atraviesa los pueblos a galope tendido. Le gusta volverse para mirar a las mujeres. Siempre se encuentra de viaje, aun sin moverse de sitio. El viajero no deja de serlo ni siquiera en la cama. El afán desmedido de una vida prolongada y feliz es uno de los móviles del suicidio. Quien se entrega a la bebida, a la comida y a la carrera, morirá por los efectos de la bebida, la comida y la carrera. Al audaz lo mata la audacia; al prudente, la prudencia.

Después de que me mantuvieran detenido una semana a causa de un ensayo, respondí con la metáfora del silencio en una novela de cuatrocientas páginas. El protagonista de mi novela realiza una huelga de taciturnidad y se instala precisamente en el lugar del que todo el mundo prefiere huir. Le interesan más las vicisitudes de la oposición que la prudencia y la contemporización. Ahora bien, si el héroe de la novela vuelve a la institución, cerrada pese a estar la puerta abierta, ¿por qué no va a volver el propio autor? He vuelto para poder reflexionar en calma y profundidad sobre mis pensamientos. Claro que también me fui por el mismo motivo. El hombre quiere aclarar cosas hasta su muerte. Me tumbo en la cama boca arriba, enciendo la radio, y diversas incomprensiones inundan la habitación. La apago y ventilo el cuarto. Se oye una voz preocupada en el teléfono. En otros tiempos se imponía oficialmente la felicidad, ahora se impone la preocupación.

Tenso el rostro y simulo una amabilidad seria; veo en el espejo a un caballero rígido y aburrido. El tren se atrasa, el correo se atrasa, la depresión llega con puntualidad inglesa. Vine a esta ciudad, me instalé en un piso en cuya puerta de entrada pude leer mi propio nombre en la placa y me entregué al trabajo. Me olvidé aquí. Analicé en mi interior y a mi alrededor al hombre estatal, un tipo fundamental de la civilización como lo son el noble y el burgués. Llevo tiempo aporreando la máquina de escribir en esta mesa. Cuando ejercía de inspector en el departamento de protección de menores, escribía informes para las autoridades tutelares sobre la sórdida y triste vida de algunas familias. Cuando ejercía de sociólogo en un instituto de urbanismo, escribí una investigación para el Ministerio de Obras Públicas sobre la relación intrínseca entre sociedad y sistema urbanístico-arquitectónico. Mis textos actuales no conducen a decisiones en temas de juventud. Tampoco pueden usarse para planes de reforma de la vivienda. No incitan a ninguna autoridad a tomar decisiones. No presento ni críticas ni propuestas a los organismos superiores. Mis escritos me han llevado a una marginación que confiere tranquilidad. Mis viejos libros me mantienen y tengo tiempo para la imaginación. Me las arreglo en este estado de pereza hiperactiva. Tampoco me distingo mucho de mi entorno. Estas casas cubiertas de vid silvestre me parecen más bonitas así, agrietadas y desgastadas, que recién pintadas. Contemplo fascinado las pequeñas maravillas de la jardinería en los patios de los edificios, creadas por la magia de las ancianas que viven en los pisos de la planta baja que no son más que una habitación y una cocina. Los seres humanos se dejan ver brevemente. Por unos instantes sus rostros reciben la luz; luego se retiran y se esconden tras sus preocupaciones de corto aliento. No somos águilas y lo sabemos.

La sombra de una mano grande y dura se otea en el horizonte. Detrás de tu espalda puede cerrarse una puerta de hierro gris. Entonces te espera una forma de vida rigurosa y disciplinada. Aquí los males llegan como la trombosis. Los riesgos de los pasos más pequeños son ridículamente grandes. Hemos debido experimentar varios encierros y exclusiones para comprobar nuestra inocencia. No resulta tan difícil imaginar los cambios de trabajo que tuvieron como consecuencia los enérgicos timbrazos que me despertaron de madrugada. No tengo miedo a que me hagan daño. Me interesa más no hacer daño yo mismo. No sé en qué consiste lo verdaderamente correcto; a lo sumo lo intuyo a veces. Las cosas pueden verse de tan diferentes maneras que los juicios éticos resultan siempre dudosos. No obstante, existen los hombres honestos y existen los cerdos. Poesía y mentira: un concepto excluye al otro.

La lucha supone una estrechez anímica como la cólera. No conozco ninguna meta colectiva por la que pudiera matar. ¿Matar para que no me invadan? Ya estoy invadido. ¿Para poder decir cuanto quiero decir? Por supuesto, y lo digo, pero ¿qué digo en realidad? La censura ya lleva dos siglos siendo un anacronismo. Discutir con ella: una tautología de mero interés etnológico. A veces se dedica toda una vida a machacar verdades ya comprobadas. Un hombre juicioso parece lúcido en un círculo de conocidos… en público resulta incomprensible. Pero ¿para qué ser comprensible? ¿Qué es la literatura sino el hábil ocultamiento de la opinión particular en el discurso público? ¿Por qué no compartir la responsabilidad mediante el uso de la primera persona del plural, ya que nuestras vidas son un tanto estúpidas? La verdad es que como estudiante de artes aplicadas suspendí varias veces la asignatura del hábil ocultamiento.

La sensación de extrañeza y la de familiaridad irrumpen en mí a oleadas. Soy de aquí por mi cadáver. Por el cadáver, sí, pero ¿también por mis reflexiones? Busco la intimidad y luego me cuesta respirar en ella. Montas en cólera y no ocurre nada. Tu muerte provoca tanto bienestar como malestar a los otros. Eres recordado con simpatía, no fastidias a nadie y dejas un espacio vacío. Gran parte de mis amigos se han dispersado por el ancho mundo, pero la historia budapestina común nos mantiene unidos. Todos somos sustituibles, pero aquí lo eres menos porque aquí tus tentáculos abarcan más. Las trabas propias del lugar a veces embrutecen y a veces incitan a una intensa actividad cerebral. Los conocidos se pasean por la plaza; sus biografías se entrelazan. Me estimulan más que nadie y no me resultan indiferentes. Intento liberarme de mí mismo como de mis preocupaciones. La vida en el extranjero me obliga a explicarme. Cuando aquí bajo al café de la esquina, mi pronunciación no me delata; nadie pregunta por mi origen. Saben que vengo del otro lado de la plaza.

Mi lugar de residencia habitual es un enorme jardín de infancia donde el personal docente me señala lo que puedo decir. Aunque mi cabeza sea adulta, me basta con decir alguna cosa no permitida para parecer otra vez un golfillo. Como reformista podría reivindicar que el jardín de infancia se transformara en escuela primaria. Es suficiente escribir lo que pienso para convertirme en un aventurero. La edad de oro de los escritores: pueden pasar por valientes como los aficionados al parapente, los acróbatas y los escaladores, pero sin moverse del sillón. Soy un aventurero porque no he podido ser un simple ciudadano burgués, aunque por temperamento debería serlo. Esto significa en gran parte lo siguiente: que entre los funcionarios sólo los pertenecientes a la agencia tributaria puedan tener acceso a mis contratos de edición. Mientras los funcionarios del Ministerio de Educación, del Ministerio del Interior o de cualquier partido político se inmiscuyan en mi actividad profesional no podré vivir como ciudadano en Budapest.

En este ambiente histórico-político el bullicio del mercado es a veces sustituido por un desfile de uniformes. Las mismas cornejas ocupan los árboles de la plaza; algunos ya tienen más de cien años. Señor del paraguas que estás bajo la nevada, ¡aguanta! Con el tiempo uno olvida hasta el miedo. Aquí se me proporciona todo cuanto necesito. Nadie puede quitarme nada en esta mesa de café. Aquí soy el estratega del centro de gravedad. Aún habrá riesgos, aún habrá reuniones y habrá también una fiesta en el jardín. Budapest es una ciudad agradable. La más agradable de toda Centroeuropa. ¡Si por lo menos no la cubriera esta nube de humo!

Informe sobre el estado de ánimo

Como disidente profesional no he cesado de proteger mi mente del embrutecimiento de la moda imperante. ¿Qué es aquello que no conviene o sobre lo que no se puede escribir en un determinado momento? Pues hay que escribir precisamente sobre eso. ¿Mi concepción del mundo? Anarco-liberal. Personalismo planetario. Tengo ojeriza a todas las manifestaciones de la santurronería fundamentalista. Quiero pensar a mi manera y deseo lo mismo a los otros. Considero peor la servidumbre que la explotación. Tengo mi opinión respecto a todas las variedades del estatalismo. Las cabezotas del ego colectivo son muy susceptibles. Se ha apoderado de mí un rechazo obsesivo a las instituciones que me coloca, tanto en el Este como en el Oeste, en una posición de contemplativa marginalidad. A todo ello se suman luego el judaísmo, el cristianismo, la dialéctica taoísta, el individualismo pagano. La tensión apasionada y elástica entre la fe y la incredulidad. Soy libre de creer o de no creer en Dios. Mi libertad más divina es la de negar la existencia de Dios. No necesito la idea de un Dios separado del universo profano. Considero el mundo su imagen en perpetuo movimiento. El Eterno se encuentra siempre presente. Participo de la conspiración mundial de los rebeldes. Ni la autoridad ni la antiautoridad: prefiero el papel de tentador. No existen las escrituras sagradas. Procuro evitar las ideologías, las ciencias y las místicas redentoras. Vivo en Budapest como judío húngaro patriota y cosmopolita. Es decir, como un espectro. He visto dos grandes locuras del derecho y del revés. Ahora, ya embarcado en mi tercer matrimonio, hago cabalgar sobre mis rodillas a dos pequeñas personalidades de ojos brillantes. Me dediqué profesionalmente a la protección de menores; algo me ha quedado. Veo como niños hasta a los adultos, hasta a los malvados y petulantes. Me he condenado a ejercer profesionalmente de hombre comprensivo. No quiero ser ni sacerdote ni psicoanalista y mucho menos juez. Ya hay bastante gente dispuesta a la lucha y la venganza, así como al juicio y el exorcismo.

La mayoría de mis amigos han muerto; los han asesinado, se han suicidado, han fallecido de muerte natural. ¿Qué muerte es natural?, cabría preguntar. ¿Por qué es más natural un infarto que una puñalada? Todas mis intuiciones respecto a mi descomposición definitiva son mera literatura. Las palabras del ser humano pueden resultar interesantes o aburridas, pero estarán siempre marcadas por la incertidumbre. De mi futuro sólo conozco cuanto me susurran el deseo y los temores. No existe la futurología metafísica, sino sólo una literatura religiosa. Ahora bien, la verdadera literatura, la que no necesita calificativo alguno, se diferencia de la religiosa en que no empequeñece a la muerte, sino que atribuye una belleza llena de dolor al tiempo pasado y memorable. Es más poderosa la sonrisa que acepta la muerte. No sólo ves la curva ascendente, sino también la descendente, la ves en todos los presagios, en todos los síntomas de debilidad y de decadencia. La muerte puede mirarte desde los ojos de quien más quieres. Haces el peregrinaje del egoísmo desde la contemplación hasta el sacrificio. Mírate sin vergüenza como a un cadáver y luego vuelve corriendo al baile de máscaras. Me pongo en pie después de cada convulsión, defunción, vejación y quebranto. La increíble tenacidad de los profesionales de la supervivencia.

Nuestra capacidad de renacimiento diario forma parte del despertar. La melancolía me invade con frecuencia por las tardes; cuando llega la noche ya no tengo ganas de vivir; después de las nueve, sin embargo, una llamarada me reanima brevemente. Por la mañana tengo la cabeza despejada y ganas de trabajar; cada día quito y agrego algo. Estudio los escombros de la memoria en mi exhaustiva exploración. Procuro vincular la experiencia personal a la fantasía intelectual. Intento verme en la paradójica unidad de la memoria histórica y de la estrategia ética. Cualquiera puede apreciarse a sí mismo como una empresa orgullosa de su nombre y de su historial.

El castigo y la recompensa están incrustados en mi fuero interno. Mis condenas se deducen de mi modo de vivir. Quien sabe divertirse, no se enfada. Escribo para mí y no pienso si mis escritos convienen a otros. El centro de mi conciencia se parece al tuyo. Reúno mis argumentos en contra de la agonía y aún en la cama repaso las razones para empezar el día. Desde niño nunca me he quedado en cama por la mañana debido a la enfermedad. El capricornio empieza el día y a última hora de la tarde la conciencia de escorpión se muerde la cola.

Aquí estamos, mi duque, en la isla de la felicidad. ¿No es espléndida? Preservar la isla: en esto consiste nuestra aventura. Sabemos que la isla se hunde paulatinamente. ¿Qué más podemos revelar? Todo ha sido revelado. Sucediera lo que sucediera con nosotros, a pesar de nuestras mutuas exclusiones y encierros, seguíamos siendo amigos. ¿O es que ya no queda ni eso? Guardamos la memoria escrita de los vínculos de sangre y de religión. Treinta apretones de manos en el entierro. Hasta los traidores nos pertenecen. Dime, mi duque, ¿hasta cuándo van a tolerar las sombrías potencias mundiales tus jueguecitos? La isla puede mantenerse o no, a nosotros sólo nos queda aferrarnos los unos a los otros. Ponemos la mesa para los amigos y volvemos a leer a los clásicos.

Desde mi época de estudiante de secundaria el sueño se apodera de mí cada vez que alguien no para de hablar. Existen trabajos muy importantes que nadie debería realizar. Los presuntuosos no aguantan quietos y se apresuran a inventar tareas para los otros. Los maniáticos de la acción ya han provocado grandes catástrofes. ¿Quién ganará el campeonato del aburrimiento? El hombre con uniforme de camuflaje puede encontrarse en todos los puntos del mapa: su cara consiste única y exclusivamente en carne, en materia. No creas que por dentro es diferente; lo que el hombre camuflado no dice, tampoco lo piensa. Es la medida y el modelo a seguir. No te rías de las cosas importantes; encójete y limita tus movimientos. Oculta y enmascara y no te metas en nada. El hombre camuflado es bastante voraz; trepa jadeando y ensucia la tierra, el agua y el aire sin escrúpulos. No infringe las reglas del juego, pero se permite algunas cosillas atrevidas sin que lo vean. No le gusta la política; más bien le asquea y a veces hasta le enferma. Construye su casa, mastica y su mente se ralentiza. Trajina un poco, charla un poco… ¡ay, cómo ha pasado otro día! Al hombre no le queda mucho tiempo para pensar.

Vivimos en un país de relaciones confusas y pesadas. La filosofía reinante induce al hombre camuflado a considerarse una víctima. Se permite muchas frustraciones y culpa a las circunstancias de todos sus males; abandona su salud física y psíquica, su dentadura y su libertad. Se deprime y pierde la curiosidad; lo fundamental es no enterarse de cosas que puedan resultarle incómodas. Fastidiado, trajina con el espíritu conformista del fracaso. Vocecitas apagadas, hablar pausado, temas concretos. No es malo aburrirse un poco. Enredado en sus preocupaciones contrarias a la libertad, el viejo camuflado contempla con sorna cómo se atascan sus jóvenes rivales. Como un casco, lleva la campana estatal en la cabeza. El pensamiento y el comportamiento se reflejan mutuamente. Cuando retrocede uno, le sigue el otro. También se nota en el estilo: se difumina. No es una ciudad excesivamente honrada. El rigor se relaja, los viejos personajes aparecen tras la cara colectiva del hombre estatal: el caballero seudoaristocrático, el judío seudoburgués, los campesinos emprendedores llegados a la ciudad. Aquí no es recomendable decir tal cosa, allí se aconseja no decir tal otra. Las iniciativas originales pueden crear problemas. Rápido agotamiento, enfermedades imposibles de diagnosticar, el humor forzado de historias descabelladas. Carácter colectivo regresivo… Personas que no han obtenido permiso para ser adultos y han renunciado a serlo. Llaman autocontrol a la continua ampliación de sus fortificaciones. Se rinden, se vuelven afónicos e inválidos. Eterno y grotesco muestrario de ruinas, biografías tan truncadas como solemnes. Eres un habitante de las cavernas y tu cabeza también es cavernaria y también es cavernario el paseo bajo la hilera de castaños. La solución más inteligente en esta ciudad es el estoicismo. Coses en silencio tu propia camisa de fuerza. Y dejas madurar el texto como un aguardiente.

A veces, sin embargo, tienes la sensación de que la gran familia se ha unido y que disponemos de buenas historias. Te consideras afortunado por pertenecer a este club casi exclusivo; es tu herencia, la fuente de tu responsabilidad y de tu talento. Ambiente cálido, flexible y generoso. Sonrisas amables, trato relajado, largas reuniones. Tenemos tiempo para el otro. Curiosidad permisiva, el destello de la envidia en los ojos, la crueldad de los sentimientos y la continua maravilla de la humillación. Hasta los más simpáticos no paran de emitir juicios morales. Mujeres jóvenes y agradables expresan opiniones llenas de resentimiento. Actuamos unos para otros: centelleos despiadados en el escenario de la gran familia. La juventud se mostraba a pecho descubierto y desenfundaba el sable. Aquí las revoluciones sólo suelen ocurrir una vez por siglo. En el siglo XIX lo hicimos mejor; en este siglo XX la actuación fue más desgraciada. El estilo del director es caótico, las máscaras tampoco son muy bonitas que digamos; ya sólo nos queda una última oportunidad, el final del siglo XX. Puede suceder que estemos viviendo una edad de oro: cuando lo miremos retrospectivamente desde el siglo XXI.

No tengo coche, pero los medios de transporte públicos no están mal. Aquí se vive bien cuando se vive sin prisas. La calma amarga de Oblomov. Aquí, las tardes no corren y la conversación murmura como el río. El odio no es frío ni tenaz, sino más bien afectivo e inaguantable. Aún no hemos decidido qué aspecto queremos tener. En ocasiones somos vulgares, en ocasiones lunáticos y a veces también amables. Como no quiero perder esta ciudad, la amo. No me quedé en Occidente; la emigración no es lo mío. El pasado no me rodea ni me acoge en el extranjero y hasta los viejos amigos se hunden en las cenizas del olvido. Hay que alimentar las brasas de la memoria. La emigración a Occidente habría ascendido mi interés personal hasta el nivel de una filosofía de vida. Si tuviera que fijar mi residencia allí, estaría tentado de decirles lo que quieren oír. Tampoco me gustaría sermonear a mis conciudadanos desde el exterior. Detrás del yo se oculta un nosotros que no sólo incluye a los amigos, sino también al transeúnte desconocido. Estamos entrelazados. Sabemos muchas cosas unos de otros. Intuyo la presencia de la gran familia a mi alrededor y la intuyo con una confianza permanente, a veces matizada por la preocupación. Podemos desear una ciudad extraña como deseamos a una mujer extraña, pero hasta a los solteros en edad de ser padres les conviene cumplir con sus responsabilidades familiares. Antes de las fiestas de Navidad empezamos a acomodarnos en la cueva. Ya saldremos de ella en primavera.

¿Qué puedo ser, sino humanista, aunque el concepto de hombre no me conmueva en absoluto? La especie humana, descendiente del mono, es capaz de cualquier infamia. La ciudad, integrada por instituciones expertas en el terror, en la tortura física y psíquica, en las excomuniones y en diversas formas de provocar sufrimiento, lleva el nombre de infierno. En el infierno, los otros son feos y repelentes y nos fastidian a propósito. Los tememos. En la utopía parecen guapos, amables, no hacen daño y hasta puede que ayuden. No los tememos. La utopía radical: el infierno disimulado. El rechazo total de lo existente y la promesa de un futuro mejor nos hacen retroceder por la fuerza del presente al pasado. De lo complejo a lo simple, de lo refinado a lo primitivo. Por eso no soy revolucionario.

Apuntes al margen y ejercicios de concentración; expiación que fluye hasta la punta de la pluma. La contemplación queda en manos del escritor en un mundo marcado por la trabajomanía y por la moral del rendimiento. Investigo cómo vivir a través de la literatura. La cuestión no radica en lo que miro, sino en lo que veo. ¡Cuán extraños eran mis compañeros de clase! El mundo de nuestros recuerdos no requiere estilización: el propio tiempo se encarga de ello. Los muertos alcanzan un plano novelesco por la forma en que han vivido. Se me antoja que la parte tiene más cuerpo que el todo. Que el macrocosmos no es más próvido que el microcosmos. Que un chino es más rico en detalles que la China.

Se necesita calma para construir la ciudad novelística. La mañana ha de pertenecerme del todo. El timbrazo que rompe el arco de la intensidad provoca dolor físico. Si nos esmeramos, nuestro trabajo verá la luz del día tarde o temprano. El cronista no escribe para sus contemporáneos, sino para quienes lo sobrevivirán. Escribiendo se apuesta por la posteridad. He optado por la literatura pese a la oposición de todo y de todos. El pintor local, el fotógrafo de los alrededores se pasa al medio objetivo. Ha decidido en qué consiste su tarea: ver sus impulsos y superarlos. Si la conciencia se desprende de mí con suavidad, dará menos guerra.

La situación fundamental de esta novela es el hecho mismo de escribirla. No soy un náufrago, ni estoy encarcelado ni a punto de morir de sed en el desierto. Me son ajenos los acontecimientos excepcionales, depurados de todo elemento accesorio, siempre vinculados a algún dilema ético. Hemos encontrado la lección en el propio torbellino de los actos y no en las demostraciones experimentales, pero para eso hemos introducido una pausa en la acción, un momento de reflexión, a fin de que nuestro protagonista pudiera meditar sobre lo visto y vivido a través de una escritura impecable. Buscaba, en resumen, una figura inactiva después de tantos personajes activos. Me divierte que, escribiendo calladamente a máquina, uno pueda causar tanto revuelo a su alrededor. Trabajamos la obscena materia prima y la sacamos del ambiente de la época. Transcribimos viejos textos en un estado de inspiración de segundo grado. Soy artesano: mi calzada real es el trabajo cotidiano en el taller. ¿Por qué voy a esconder la literatura en la literatura?

Es un oficio que más que nada parece un culto. Miro las estaciones de mi vida y me despido de ellas. Durante el trayecto el hombre no es consciente de la necesidad de despedirse. Mediante un destello percibo a veces lo que percibes, sé lo que sabes. Amanuense tuyo, te escucho y me expando mirando en tu interior. Ahora, sentado delante de mí, ejerces de embajador de la humanidad.

Sería bueno que no me presionaras con cuestiones prácticas o cotidianas. Con el tiempo tu deseo de comunicarte supera tu curiosidad. Siempre has tenido razón; los otros nunca. En las conferencias nunca dejabas de tocar lo esencial. Dabas consejos a gobernantes. Trabajaste por la solución europea en aras de tu patria. Al volver a casa observabas en tus ojos la mirada febril de un gurú global. No tienes igual en cuanto a lucidez, a generosidad y a humor. ¡Cómo les cantaste las cuarenta! ¡Qué brillo en tus ojos! Te defiendes, luego atacas. El amplio elenco de tus autojustificaciones te da la razón y se la quita a quienes no te quieren. Pretendes convertirte en indiscutible porque eres un personaje discutido hasta la médula de tu existencia. Sólo conseguirás la absolución a la hora de tu muerte. La piedad, sin embargo, es el presentimiento de esa aceptación tardía.

Aguanto bastante bien la soledad y por eso no soy un solitario. Si comparamos la acción con una persecución automovilística, mi vida no habrá sido más rica en acontecimientos que la de otros. Sólo la repetición en la imaginación la hace rica. El objeto resulta tanto más misterioso cuando más intensa es la atención. Siempre he desconfiado de los juicios y no he considerado malos a quienes la gente juzgaba como tales. Dios no juzga; sólo los seres humanos lo hacen, decía un viejo a quien he respetado mucho. Me interesan las cosas improbables y no soy capaz de aferrarme a lo concreto. Me siento mal después de pronunciar una conferencia. No me influyen el sueño ni la droga de los intelectuales budapestinos, es decir, la reforma, la pequeña empresa, el heroico comercio, todo eso que ha llenado tantas cabezas durante la década de los ochenta. Hombres de mente ligera y atropellada saltan de un tópico a otro. No saben revivir ninguno de sus actos; enseguida pasan la página. Discutidores, intervienen sin cesar y refutan los puntos de vista del otro antes incluso de escucharlos. Estas mentes competitivas y avispadas quieren tener siempre la razón, de tal modo que casi nunca la tienen. Esta rectificación continua y cargada de sabihondez constituye una de las formas de autoritarismo más feroces en las relaciones sociales.

Escribiendo, el ser humano se desfoga y por eso se permite callar pacíficamente en presencia de otros. Animo a todo el mundo a llevar un diario. En un diario nadie tiene que adaptar su visión particular a una concepción del mundo general ni tiene por qué ver el mundo correctamente, sino sólo a su modo y manera. No soy un erudito ni pretendo enseñar. Me desperezo con la meditación. Mis respuestas de ayer son mis preguntas de hoy. La ciencia y la filosofía renuncian a la contemplación; en cambio, ésta fascina a la literatura. Y para la literatura el mundo es de una belleza terrible, una máscara risueña en la cabeza de la muerte. Un texto denso no es un hilo conductor, sino un narcótico. Déjame, señor, destilar opio para el pueblo. Los chinos, más maduros, se permiten inhalar un poco del noble humo a través del narguile.

En los importantes momentos de elección, he decidido torturado por dudas y vacilaciones, pero implicando todo mi destino. Siento vergüenza cuando no sé adónde voy. Pinto los hechos grandes y pequeños de una vida particular. El estudio de un caso: ¿cómo se las arregla un habitante de Budapest que vive de la literatura en sus dos círculos, el más amplio y el más íntimo? Lo que he hecho me caracteriza tanto como lo que he querido hacer. No estoy determinado por nada, soy responsable de mis decisiones y no existe ciencia alguna capaz de mitigar los escalofríos de la responsabilidad. Reconozco que las malas decisiones son aquellas que acarrean precipitación y humillación. No es obligatorio confundir mi destino con mi origen. No hay que ser fiel a la barraca. Mis propios juicios me encierran en una situación. Vivo en un estado de duermevela; juego a ciegas y puedo perder o ganar. Admiro la coherencia interna de los seres humanos aunque pierdan, admiro que sus actos y sus pensamientos se ajusten entre sí como las frases en un buen texto. La buena frase no repite la anterior, sino que la continúa.

K. se pone en movimiento para encontrar el sentido manifiesto y oculto de su vida. No es fácil vivir correctamente. He de decidir en cuestión de minutos. Me guían los principios y las sensaciones: la intuición como ángel de la guarda. La escritura adiestra mi libre albedrío. Analizamos la libertad de K. en las especiales circunstancias en que ha vivido. Nuestro personaje no se siente obligado por ninguna tradición del pensamiento o de la acción. Procura iniciar únicamente trabajos que pueda realizar solo. Duda entre la acción y la contemplación, entre emprender y resignarse. ¿Tomo la iniciativa o me retiro a mi casa del pueblo? También tiene en cuenta que luego se quedará mucho tiempo solo bajo la tierra.

La columna vertebral de la acción es la peregrinación por las estaciones de su vida. K. deambula precisamente por el distrito séptimo de Budapest, el que los viejos habitantes del lugar llaman Erzsébetváros, donde en otros tiempos conocía varios miles de casas. Gran caminata, caprichosa curiosidad, sus ojos pretenden recordar cada portal. Ha acompañado a su hijo a la estación del Este. Tal vez tarde un año en volver a verlo. Cuando el tren sale de la estación, K. se siente libre y vacío. Camina durante horas, olvida sus planes, analiza su sensación de familiaridad con el terreno. ¿Tiene alguna importancia saber en qué se distinguen estos mercados y estas fondas de los mercados y fondas del resto del mundo? Aquí estaban el Instituto de Enseñanza Secundaria y el burdel, en este bar se encontró con su viejo maestro, aquí se hallaban la redacción, el barrio judío y la fosa común.

Siempre he concedido mucho valor a la cuestión del lugar, Mi concepción del mundo es la de Tolomeo. Necesito que mi imaginación tenga un centro en torno al cual gira toda la construcción. Siempre existe un palco de calma desde donde el protagonista observa su propio teatro: el escritorio de la autoridad tutelar, el banco en el psiquiátrico, la mesa con la lápida por tablero. La historia siempre transcurre a través de la evocación. Estás sentado en algún sitio y la historia corre a tu encuentro. De niño también quería tener un escondite bajo un montón de madera, en el cobertizo, en el maizal, en el pajar, en el cañaveral, en el cementerio, en la ribera del río. Asimismo anhelaba convivir con inocentes animales en un claro iluminado por el sol. En mi edad adulta también me retiraba a veces del mundo femenino a un refugio seguro porque vivir con una mujer equivale a experimentar un sentimiento de culpabilidad permanente. Cuando no estás donde está ella, no puedes vigilarla. Cuando te ocupas demasiado de ella, la pones nerviosa; cuando no lo haces, echa de menos tus atenciones. Desde los veinte años siempre he convivido con alguien. Me imaginaba como un monstruo solitario para sentirme en paz desayunando con mi pareja todas las mañanas.

El comienzo de la historia es la infancia; el niño lleva en su interior al anciano. Estudiamos en su ambiente a un hombre que nos resulta harto conocido. Sabemos a qué oficina acudía y dónde tenía sus citas secretas. No hemos callado los violentos cambios que sufrió su infancia burguesa para demostrar cómo un Estado puede turbar, con total falta de delicadeza, la paz de la vida civil. La edad adulta de nuestro protagonista empezó en enero de 1945, el día en que, por fin libre, pudo salir de la casa. El fantasma del crimen volaba muy bajo en el cielo y desde entonces ha descendido más de una vez. Pesados cuervos se posan en las ramas heladas de los árboles. Aquí, en esta habitación de Buda, la estupidez del mundo no se entromete. Un hombre de mediana edad tiende a considerar suya la historia de sus compañeros de generación. ¿Qué ocurre con el hombre que se entera por una fuente fiable de que le conviene concentrarse porque la víspera de su viaje puede ser también su última noche? Sentado al fondo del jardín, ve aparecer señales especiales, ve emerger espectros entre las hileras del viñedo y a otros navegar con oscuros abrigos en un velero plateado.

Nuestro protagonista se estremece: ¿por qué precisamente ahora? Si no he tenido ni una gripe durante cuarenta años. Residir medio siglo en Europa del Este: da igual cómo lo empujen, da igual cómo lo lancen al vacío, siempre caerá de pie. A veces sólo teme recibir el perdón póstumo de sus coetáneos. ¿En qué se distingue esta noche de otras? Antes de desaparecer tendrás un día libre. Puedes decidir quedarte en el jardín, sin hacer nada. Pero también puedes decidir caminar el día entero. La estructura de la ciudad sólo se descubre recorriéndola a pie. El momento de la acción es un día interminable. Chispea. Adornos neoclásicos, gotas plateadas en un escenario al aire libre. El arco iris ilumina el cielo. Los comisarios del silencio y los agonizantes sonríen a la cámara con una expresión de saber celestial.

Con un pie en el yo y con el otro fuera. El otro siempre ha sido el blando marasmo. El barrio pobre plagado de maldiciones que se multiplican, la ciudad en la que interviene el planificador. Jurista en el departamento de protección de menores, urbanista, revolucionario, en mis libros he contrapuesto un yo activo, poseedor de cierto grado de poder, a los más pobres, a los incapacitados, a los urbícolas, a los ciudadanos. Lo grotesco es que nunca he detentado poder alguno. He observado y descrito; nunca he sido sujeto del poder, y si lo he sido, sólo mínimamente. Hay un refrán húngaro según el cual el fuerte no es quien reparte, sino quien aguanta; en eso se me ha ido mi energía.

La última vez que hice de protagonista de una novela, iba de loco. Se acabaron las máscaras. Ahora no sé qué hacer en lugar de escribir, que es una forma no del todo limpia, pero siempre perdonable de la reflexión. La única rebelión duradera: la contemplación que se libera de la acción. El ser humano pocas veces se siente en el buen camino y normalmente suele perder sus años en ridículas preocupaciones. No hay instrucciones de uso. No existe nada para aprender ni para enseñar. Por un lado, aferrarse al terruño como buen burgués; por otro, el libre vagabundeo del cuerpo y del alma. El hombre inmóvil recibió permiso para tirar por la Vármegye utca y doblar hacia Broadway.

Adaptamos el concepto de literatura a nosotros. El concepto de literatura se vuelve problemático cuando gran parte del saber personal no tiene cabida en ella. Si los hábitos de la novela han envejecido, habrá que renovarlos. Cocinamos ante las mismas narices del lector. El pensamiento es la historia de su gestación. Una novela no es la solución de un problema de técnica narrativa ni la solución de un enigma. Demos a los temas cuanto les corresponde y dediquémosles entre una y dos secuencias. Sólo divierte aquello que está hecho a conciencia, afirma un maestro alemán digno de todo respeto. Mi problema siempre ha radicado en no tener cabida en el manuscrito que crecía en mi escritorio. La independencia de las partes es una regla importante de este libro. Cada párrafo, cada capítulo es una unidad que puede leerse por separado. Como si, atraídas por un imán, muchas bolitas se unieran para formar una gran bola, pero de tal manera que cada bolita también pudiera palparse por separado. Es decir, las partes del conjunto son también conjuntos independientes y ordenados. Es una novela-ciudad, nadie puede tenerla entera en la mente. El plano de la ciudad también se desarrolla día a día. El orden de las secuencias es más espacial que lineal.

La novela que siento próxima se plantea preguntas sobre la realidad que previamente ha puesto en entredicho. Las manifestaciones del autor sobre la relación entre sujeto y objeto. Las manifestaciones se expresan a través de su forma de selección, es decir, en el estilo. ¿Qué destacas? ¿Qué callas? Todos mis libros giran en torno al crimen. La acción se ha acercado demasiado al crimen. Nuestro protagonista se siente más atraído por la idea de la no-acción. Los hechos elegidos con cierto patetismo viven un proceso de decadencia y pasan de la iconografía al mercado de pulgas. Los bustos de los héroes caen uno tras otro. La crítica penetró hasta los huesos y los quemó. La voluntad de poder se convirtió en ceniza humana.

La sospecha como método también se apoderó de mí. Fue mi escuela. El ladrillo ocupó el lugar de la cara. ¿Qué queda después de las máscaras podridas? ¿Qué existe de verdad si nada es seguro, si todo puede destruirse? He aprendido la lección centroeuropea: el fenómeno es la caricatura de la esencia y viceversa. ¿Quedará algún enigma en el hombre si devora tanto tópico? Si la demolición se realiza a conciencia, la sustancia humana ya sólo será un objeto, como el desecho o el cadáver. Hay que ver la unidad codificable en la esencia singular. El viento penetra por el resquicio de la ventana. Ya tengo número; soy un futuro presidiario, un despojo archivado, listo para tramitar. Las barcazas están numeradas en el campo de clasificación. ¿Sabiduría humana? No hay nada real, salvo la literatura. No me conformo con la literatura de la renuncia. Deconstrucción y reconstrucción. La era la reconquista. Amueblamos la vivienda saqueada. Hay que pintar de nuevo la cara. Magia del tiempo que pasa, presente. No me queda más remedio que maravillarme. Llámame si se te ocurre algo mejor.

El viajero atropella al faisán, pero prosigue su camino

Paseo otoñal por la ribera del Danubio. Aire cortante, franjas de luz en el agua, anochecer. Casas iluminadas; en lo alto el cielo parece de tinta y muestra un color rojo de ladrillo cerca del horizonte. Kobra alza la vista. Ve una araña de cristal a través de una ventana, así como una peluca blanca. Camina por la calle, todo es feo y maravilloso. Fascinado, palpa la pared putrefacta. Esta pared le pertenece. Fue aquí donde casi lo mataron a tiros. Es bueno que la perspectiva metafísica cuente con un punto concreto en la geografía. Su estado de ánimo se expande en grandes oleadas por la mañana; por la tarde, sin embargo, se apodera de él un aciago ensimismamiento. En esos momentos se marcharía como quien abandona una casa demasiado desordenada e imposible de arreglar. Camina por la calle y siente muy cercano todo cuanto es viejo, gastado, improvisado. Sus sentimientos se revisten de cosas que apenas ocultan su fracaso, de objetos melancólicos marcados por la preocupación y la resignación. No le gusta lo viejo por una cuestión de modas, sino porque lo viejo lo cubre. No soy novio de lo nuevo. No tengo tiempo para serlo, pues me esperan mis placeres.

Una hilera de personas sube en silencio por la escalera mecánica desde las profundidades. El alma se retira de la superficie de la cara hacia el vacío. Si existe la conejera, la cueva del conejo, ¿por qué no puede existir la cueva del alma? ¿Cuándo te pareces a ti mismo, cuando brillas o cuando tiemblas? Kobra se ha amodorrado entre compañeros amodorrados. Vive como los osos. Vienen las cartas, los requerimientos de la biblioteca; él no contesta. Van a hacerle un juicio. Largos meses de invierno. Hace calor en la habitación; en el exterior reinan el gris y la humedad. Kobra se ha ralentizado, le ha entrado el sueño; se mueve en una atmósfera de renuncia entre hombres serios y sufrientes.

Hace treinta años la ciudad estaba más agitada. La universidad estaba enfrente. Los carros de combate traqueteaban abajo. Estábamos en las ventanas apuntando con las ametralladoras. Ellos no disparaban y nosotros tampoco. Antes de 1956 me excluyeron tres veces de la universidad: por pertenecer a una familia ajena a la clase obrera, por defender posturas revisionistas, por comportamiento tachado de aristocrático y faltar mucho a clase. Desde entonces se mantiene la incompatibilidad entre el pensamiento y las circunstancias reinantes. El intolerable poderío de las fuerzas externas y nuestra ridícula serie de fracasos. Son treinta años; ya nos hemos comido gran parte de nuestro pan. Dos hombres fuman sentados en un coche delante de la puerta. K. observa el Danubio apoyado en el pretil. ¿Cómo lucha lo nuevo contra lo viejo? Lo denuncia. Cuando adoctrinan a Kobra, él escucha con oscura animosidad. Se aferra a sus intuiciones. La calculadora de nuestra personalidad, con su memoria que se pierde en las tinieblas, actúa religiosamente.

K. se encuentra en su sitio. Sentado a la mesa, aporrea la máquina de escribir. Los golpes no revelan las letras. El dispositivo de escucha no sabe qué hacer con estos ruidos. No existe actividad más simbólica que aporrear la máquina bajo el angustiado dispositivo de escucha instalado en el techo. Aquí estás, encima de mí, coautor. Percibes muy cerca mi respiración. Te siento siempre a mi alrededor. Te veo en nuestras posturas corporales, en nuestras miradas y arrugas, en el mobiliario de las calles y de las cabezas.

K. vive en afectuoso y duradero matrimonio con una novela que es una trilogía y hasta suele rezar por su feliz conclusión. Se ha acostumbrado al orden y suele guardar sendos manuscritos en un archivo y en casa de amigos. Maneja una máquina como cualquier obrero, elabora un producto que se puede vender en el mercado mundial a precio asequible y en pequeñas dosis. Mientras, un yo en el que pululan las figuras de la imaginación busca su punto de identidad.

K. no puede vivir exclusivamente como escritor en Budapest porque no sólo lo atan al lugar sus pensamientos, sino también las trabas que le ponen. Sin querer, por necesidad, violó leyes y fronteras. A raíz de esto, en vez de escribir la deseada novela de largo aliento prefirió escribir ensayos políticos casi por un sentido del deber. Morbus politicus. Variaciones sobre un tópico: la reivindicación de las libertades civiles. Tiene que haberlas, claro que sí. Y después ¿qué? ¿Qué ocurre donde las hay? Basta un billete de avión para dirigirse al paraíso terrenal, a la irresistible, amable y bien alimentada indiferencia. Las verdaderas preguntas se plantean cuando las libertades civiles están al alcance de la mano. Por la noche, todos estos pensamientos patéticos y locales taponan el cerebro de K. Por la mañana, con espíritu diligente se pone a arreglar el mundo descuajaringado. Según sus ideas, la policía ha de desempeñar un papel similar al de los bomberos. Los bomberos vienen cuando arde la casa. Si no arde, no vienen. K., sin embargo, siempre cuenta con la posibilidad de que la policía venga aun cuando no la llamen. K. no está de acuerdo con ello. Mientras K. no dispare, no prenda fuego a nada ni haga estallar nada, la actividad literaria no ha de interesar a los respetables encargados de mantener el orden público. La cosa pública funciona correctamente cuando una persona honesta se tranquiliza al ver a la policía y no se le ocurre huir ante ella. Mientras un funcionario de aduanas pueda requisar los manuscritos encontrados en la maleta del viajero en las fronteras de la República Popular o tan sólo sopese esta posibilidad llamando por teléfono a sus superiores, K. seguirá siendo un contrabandista de manuscritos. Este término, contrabandista de manuscritos, posee el tufillo inconfundible de los países del Este.

Durante un registro domiciliario el encargado de las pesquisas se sentó a la mesa de Kobra y le bastó una mirada a los apuntes del escritor para saber a qué novela correspondían. El policía literario sabía perfectamente de qué iba Kobra. Nos complementamos, decía K. Ellos hurgan en el desván y yo sigo con el dedo el camino del cable que conduce al aparato de escucha. Ni el juego de ellos ni el mío es de adultos. ¿Hasta qué edad jugaré a esto? Pueden castigarme; es decir, soy menor de edad pese a mis años. Vivo noche y día bajo la cúpula estatal. Crees poder con el miedo; pero el miedo puede contigo y te devora. El disidente también es un hombre estatal, porque vive aquí y porque en otros sitios sólo se ve como un huésped. Quien vive aquí ha de atenerse a las reglas; si las infringe, lo pasará mal. Caras apagadas por la excesiva contemporización. Con muchos rodeos, acaban diciendo que ahora no es el momento ni resulta recomendable… Que hay tiempo, que de todos modos no podrás llevarlo a cabo, que no te afanes. Esta humedad ha calado a Kobra hasta los huesos. Encogimiento regresivo. Consideraciones superficiales, vuelo bajo de las ideas, cotilleo que cencerrea en los rincones. Obesidad prematura, problemas de circulación, síncopes cardíacos, adulterios depresivos, descenso de la presión atmosférica. Las golondrinas vuelan bajo. Una pared. No puedes salvarla. La tanteas. Quieres comprobar si arriba hay alambre de espino.

La división de Europa, y todo lo que ello conlleva, se mantendrá, te guste o no. Nuestra ciudad vivirá el paso al nuevo milenio en la mitad oriental de un continente dividido. Los pueblos no derrotan a los imperios, sólo los sobreviven. Los individuos, en cambio, pocas veces consiguen sobrevivir a los imperios.

La confiscación y destrucción de libros tal vez pase de moda. K. nunca olvidará cómo requisaron, confiscaron y destruyeron sus escritos. A veces guarda el manuscrito en algún lugar secreto; no quiere que lo lean mientras el texto no haya madurado. Hasta los salvajes se vuelven prudentes después de recibir los primeros disparos. A juicio de Kobra, una autoridad civilizada se abstiene de violar domicilios particulares y de leer borradores sin la preceptiva autorización. Una autoridad civilizada no realiza escuchas ni espía a los autores. K. contempla con tristeza y preocupación los juicios emitidos sobre todo tipo de textos desde la religión del Estado, es decir, con el Código Penal en la mano. Kobra considera posible que los periódicos locales informen algún día sobre sus meditaciones, las cuales sólo podrán interesar a los funcionarios públicos como lectura para antes de dormir. No obstante, tampoco excluye la posibilidad de que los cazadores de letras vuelvan a asaltar su cuarto de trabajo. K. recomienda a los actores de la historia, así como a los petreles de la revolución, los movimientos del yoga, realizados con lentitud, pero con los músculos tensos. La lucha lenta, pero continua por las libertades civiles. La revolución de la serenidad. ¿Está usted chiflado? ¿Serenidad aquí en Budapest, a finales del siglo XX?

Regresión, mitología cavernaria, repugnancia doméstica. Entramos en la ratonera, no necesitamos a nadie, ni nadie nos necesita a nosotros. No nos metemos en los asuntos de los demás; cada uno se ocupa de lo suyo, pero sin excesos. Inmovilidad moral, estética neobiedermeier de la intimidad, discurso parroquial, discreta escrupulosidad. Nada de forzar las cosas. El secreto de nuestro carácter reside en la filosofía del «no te metas», del «no me crees problemas», a veces interrumpida por convulsivos y expresivos «porque me da la gana». Nada de autoridades externas, nada de modelos de poder, sino tú y sólo tú. No tienes por qué imaginar sedes sombrías con sombríos funcionarios. No, estamos hablando de tus meditaciones matutinas. Estés donde estés, hagas lo que hagas, serás una persona aceptada y tolerada. Uno puede acostumbrarse hasta al hospital, que también tiene su calidez, su ambiente de complicidad, hasta su ética. Soñadores y dolientes, nos acurrucamos juntos buscando el calor. La tristeza se ha alojado en la expresión de nuestros ojos, que al menos no están vacíos. Sentimos aversión a la ingenuidad empeñada en encontrar la esencia, aversión a las fantasías de largo alcance. Nuestras conversaciones nunca carecen de segundas intenciones. Cinismo mezclado con malicia, moral envidiosa, metodología del secretismo y reumático humor macabro expresado de manera mecánica y compulsiva. Todo esto puede adquirirse en nuestro país. El hombre del lugar rezonga, se enfurece, sospecha, se ofende, bebe y fuma en cantidad, toma somníferos y tranquilizantes, se conforma con lo antinatural, deja que sus ámbitos de interés se vuelvan cada vez más estrechos y para colmo se enorgullece de ello. Inactividad maliciosa, apatía mordaz, conciencia amarga del fracaso, mobiliario espiritual desgastado, lenguaje ampuloso. Nos hacemos amigos del infortunio y probamos su dulzura; quienes ya han sido desgarrados por él hace tiempo, saborean su melancolía, su humor y su engaño.

Nos escondemos juntos en el bosquecillo y nos horroriza la idea de implicarnos en el teatro de marionetas del destino. Somos solidarios como los pacientes de un hospital que riñen mucho y a veces se delatan a los de bata blanca. En ocasiones, sin embargo, se exaltan, forman asociaciones clandestinas y procuran engañar a la dirección. Damos la impresión de desear multiplicarnos con ahínco pero quizá sólo queramos divertirnos y charlar un poco. Soltar alguna indirecta, esquivar algún golpe, dar algunos simpáticos ejemplos, defendernos sin mucha convicción. Es la era del agonizante, no del voluntarioso. Elige lo que debe elegir por obligación, pero también va a lo suyo, en parte abierta, en parte clandestinamente. Lo que se ha perdido, se ha perdido de forma irremediable; pero al menos intentamos apreciar lo que ha quedado. No queremos jugar el torpe papel de simples ayudantes de mago y aplazamos sine die la aparición del espíritu. Podría ocurrir que destapáramos la botella… y nada: el espíritu se ha quedado dentro. Se ha jubilado. ¡Oh, algún día viviremos la gran liberación! Si no es este año, será el siglo que viene. Si ahora estallara aquello que no estalla, no podría escribir tranquilamente, acosado por infinitud de llamadas telefónicas. El movimiento lo es todo; el objetivo final, nada. Insignificantes ilegalidades: apuntarse en la lista de asistencia y largarse, estar fuera de la casa, concertar citas en horas de trabajo, ir luego a la sauna, montar un numerito en el bar y confesar con el corazón roto nuestra superioridad. Entregarse en apariencia y después recuperar secretamente esa entrega. Aprovecha, que yo también aprovecho. Haremos un chanchullo, que te lo agradeceré. No tiene nada de malo, ¿no? Así te salen las cuentas y a mí también. Los dos tenemos la cabeza en su sitio, claro que sí, hombre. Nos daremos palmadas en los muslos en la fiesta de la matanza del cerdo. Cuando bebemos más de la cuenta nos gusta sentirnos ofendidos en nuestro honor, independientente de si somos honrados o no.

En este campo de fuerza, mi conciencia se prepara para su descomposición. Individuo rebelde y subterráneo, papel novelesco y mutilado. Has quedado retratado, aunque se trate de un simple esbozo, y la riqueza está en los detalles. A veces consigo verme como producto y artífice, invadido y ocupado por dentro y por fuera, de una civilización continental que se encierra en sí misma. Y el artífice se ha quedado en este desastre por la insensata virtud de la fidelidad. Los románticos tienden a valorar más la libertad interna que la externa. Su conflicto con las prohibiciones hasta puede convertirse en tema literario. En momentos libres de hostigamiento muchos anhelan ponerse a prueba en el peligro. Un juego así resulta sin duda tentador: en él, uno tiende a sobrevalorarse, a la solemne presunción. En mis estancias en Occidente me he acostumbrado a hacer trece copias de mis textos en la fotocopiadora. Es un producto legal del mercado. Los textos quedan listos para imprimir. Aquí sería una ilegalidad dulce y virtuosa; las máquinas de imprenta se entierran. Ya contaremos nuestras pequeñas angustias a nuestros nietos.

Enfrente se encuentra la iglesia, un edificio de ochocientos años, varias veces destruido y otras tantas reconstruido. Este templo se mantendrá en pie mientras aquí viva gente. Espera histórica, inagotable paciencia, servicio que supera las oleadas de las generaciones. Un adulto no piensa en términos de todo o nada. Sólo existen relaciones siempre móviles y cambiantes, así como lastimosas y ridículas paradojas. Hay que buscar con tenacidad las escasas palabras que pueden llegar al otro. Los romanticismos negligentes y ruinosos debilitan. No eres aquello que no funciona, sino aquello que funciona. No eres aquello de lo que te tachan, sino aquello que queda. Los cortes calculados pueden aprovecharse como prueba lingüística, como una de las categorías de la condensación. ¿Es mejor el libro escrito bajo presión? Básicamente me he dedicado a escribir. El mundo sólo ha sido el medio que recorría mi grafomanía. El enigma avanza por un desvío; a posteriori se descubre que era el camino más corto. Si la obra literaria pretende existir, deberá realizarse, deberá transformarse de alguna manera en libro. La literatura no es el chorro de agua que sale del grifo, sino más bien una fuente, un surtidor, la escultura acuática en lucha contra la fuerza de la gravedad.

No soy el tenaz opositor típico y tópico. Intento comprender las circunstancias en vez de transformarlas. Me atraen tanto la filosofía radical como la conservadora y me gustaría poder plasmar en una novela el dilema de la acción y de la contemplación. La política es acción; la novelística, contemplación. No pueden mezclarse. Me basta con que los otros actúen, yo procuro dominarme. El fastidio me aboca a la política; no hay por qué leer tanto periódico. ¿Es tan imprescindible enterarse de cosas por los diarios mientras no estalle la tercera guerra mundial? ¿De las palabras y viajes de unos señores ya entrados en años y carentes de toda brillantez, por ejemplo? Me interesan mucho más las palabras y los viajes de mis allegados. Mientras no disparen en la esquina, la política no es más que la sección de deportes.

Las palabras abstractas tienden una trampa; cuando empleo una, ya se ofrece la siguiente. La lengua me lleva a las salas de conferencias y las normas se adueñan de mi discurso; las imágenes del «ser» son expulsadas por los borrosos conceptos del «deber». Mantente indefinible y no te identifiques con ningún bando. El dualismo metafísico del bien y del mal que caracteriza a la política reina por doquier. Uno de los bandos es malo por esencia; el otro, en cambio, bueno por naturaleza. No es fácil quedarse al margen. Hasta el día de hoy, hacer historia ha equivalido en gran medida a disparar. Los filósofos no quieren cambiar el mundo; ya está bien que lo entiendan. Atravesar las fronteras entre Oriente y Occidente en un viaje imaginario: esta tarea también merece atención. ¿Agitación planetaria contra el Estado? ¿Quiere su señoría irritar a todos en el Este y en Occidente? ¿Está su señoría hasta las narices? Estas preguntas se las planteó un amigo, un señor ya mayor, a Kobra. No aporree la pared, querido sobrino, que es más dura que su puño. ¿Y si no lo es? Caerá encima de usted.

K. no desea el derrumbe catastrófico del imperio, considera todavía insuficiente el aburguesamiento y no pretende emplear sus textos como armas. No cree que este pueblo pueda hacer más de lo que hace. Se trata de un pueblo bastante inteligente que quiere ser pequeño, pero fuerte. Somos pequeños, un país de listillos, un país de manitas y de espabilados, un país de hombrecitos. Un país de pequeña industria, de pequeñas ciudades, de pequeñas empresas, de pequeñas fortunas, de pequeños propietarios, de pequeñas viviendas, de pequeños coches, de pequeños bares. Pasos pequeños, deseos pequeños, posibilidades pequeñas, pequeñas represiones, pequeñas disidencias. Lo pequeño funciona. Lo grande no. A veces presumimos de grandes, pero enseguida nos damos cuenta de que medramos en lo pequeño. Nos defendemos de las convulsiones y nos escondemos con pueblerina sensatez cuando las tropas desfilan por la carretera. Nuestras anécdotas (sobre personas tan desafortunadas como listas) contienen una concepción del mundo más cercana al cinismo que al romanticismo. La apasionada autodestrucción no es más que un complemento de las Navidades en familia.

Viene el mundo de las mujeres. Quizá sea lo más importante. Las mujeres tienen razón. Lo que ellas quieren es viable; la estrategia femenina funciona; gran parte de lo bueno proviene de allí. Grandiosos banquetes en casas ajardinadas, muchas fiestas familiares, mucha materia, mucha preocupación por lo terrenal. Poca abstracción, poco radicalismo, pocos altos vuelos. Matriarcado. La inteligencia y la fuerza de las mujeres celosas de sus maridos y de sus hijos. El hombre tiene éxito cuando escucha a su mujer. Por ella sabes cuándo has de quedarte quieto y por ella sabes también cuándo has de emprender algo. Torpemente, das vueltas a su alrededor en la cocina; y detrás de sus sólidas caderas contemplas la caída de las hojas. Luego haces algo que la asombra y que la asombrará siempre.

Existen motivos para el temor y para la esperanza. Como si nuestros sueños y nuestras pesadillas se entrelazaran en una conjura afectiva. Como si estuviéramos embarazados de un otro yo secreto, al que intentamos extraer con cuidado de lo desconocido. Desconfiados y luchadores, obedientes e indisciplinados, no somos verdaderamente amables pero somos muy importantes los unos para los otros. Percibo una expectación en el aire, pequeñas complicidades, intercambio de autoironías propias de la madurez. Quienes ya han pensado en el suicidio, prolongan el apretón de manos más de la cuenta. Muchos de los que me rodean querrían pintar de nuevo su autorretrato; queremos ser diferentes de nuestro estado más natural. Somos seres desequilibrados, seres marcados por oscuras depresiones. Nuestras oscilaciones entre la desesperación y la confianza son intensas. Nuestras relaciones a veces se parecen mucho a los vínculos entre padres e hijos, son demasiado jerárquicas y violentas.

Escribo las conclusiones de mi investigación sobre mi estado. Mi lento trabajo de independencia es el objeto de la demostración. Un no-yo fuerte y un yo igualmente fuerte: son partidas muy duras. Estudio las partidas de los maestros que me precedieron. El hijo debe continuar la tarea del padre, el alumno la del profesor, los supervivientes la de los muertos. Libertad: autocontrol. Me encojo como buen burgués y procuro expandirme sobre el papel. A veces me he tirado al suelo y lo he golpeado repetidas veces con la frente: ¡esto no funciona! ¡Nada funciona! El hombre tiende al histrionismo incluso a solas. El gran obstáculo radica en mi propia limitación. Las cuestiones decisivas son las mismas en cualquier punto del globo terráqueo. Somos diferentes por nuestras costumbres, no por nuestra naturaleza, decía Confucio.

Cuando salgo por la puerta, veo un edificio de ladrillos marrones de aspecto poco acogedor. Las veces que veo luz en una de las ventanas deseo sereno silencio a mi desconocido prójimo. Me desvinculo por momentos de lo que rodea al misterio del amor. Conviene vivir cada año una muerte y una resurrección espirituales. Salida vespertina de la literatura necrológica. Quien ha experimentado el vértigo del nomadismo difícilmente se acostumbra al sedentarismo. Ningún cambio biográfico puede alterar mi ejercicio de tallar frases húngaras. Claro que uno no siempre consigue una pluma o papel. Y a veces hasta ocurre que se ha quedado sin manos.

Sé luchar cuando hace falta, pero a posteriori casi siempre suelo llegar a la conclusión de que ha sido en vano. No luches, ¡exprésate! Los hombres se pelean de pequeños y politiquean de grandes. No pueden estarse sin discutir en voz alta y sin formar bandos, ni siquiera cuando han entrado en la vejez. Yo procuro sobre todo no ser engañado. No quiero ser bueno ni malo, sino seguir mi camino. Los otros me juzgan de todos modos. No soy domesticable, ni soy venal. No soy manejable, ni convencible, ni organizable. No soy racional ni comunitario y jamás he sido redimido.

Dando vueltas por el mundo comprendí que mi centro de gravedad se encontraba aquí. Sólo leyendo en mi pasado puedo deducir que he amado; desde luego, todos mis actos han sido positivos para mí. Me marcho y vuelvo al jardín. Pueden espiarme si quieren. Camino con pasos suaves sobre el césped y alguien aparece en la esquina de la casa. Es lícito sonreír; no está prohibido. No hay por qué competir siempre en la misma especialidad deportiva. Donde esté blando, sigue adelante; donde esté duro, espera. Cuando llegue el momento de actuar, harás lo que se debe. Aún no ha llegado. Eres un paciente jugador de Go. Quizá no abandones la partida porque consigues dormir bien por las noches. Con cierta tenacidad, el hombre logra multiplicar sus fuerzas. Es preferible una partida dura a la lenta resignación.

Todo el mundo hace lo que puede. Por lo visto, nuestro papel consistía en ser excéntricos personajes de la ciudad. Procurábamos evitar los malolientes síntomas de la degradación intelectual, es decir, el autobombo y el parloteo repetitivo del anciano. Eludimos precisamente la aspiración de los otros: ser cuanto antes maestro de escuela. El techo no es muy alto; gritamos a más no poder. No podemos quitarnos el sombrero estatal y hasta lo llevamos en la cocina. Mis momentos más felices son minúsculos fragmentos de un mundo que, pensándolo bien, me rodea como una pesadilla. Trato de caminar al ritmo de la respiración y mantengo los ojos abiertos. Cada esquina ofrece tres opciones; el hombre se halla en la encrucijada; puedo elegir. Pocos saben pasear, mirar alrededor, detenerse. No dejar huellas… K. imagina los estados más avanzados de esta consigna. El viajero atropella al faisán, pero prosigue su camino. Esto dijo a Kobra un oráculo chino.

En K. hay otro: uno que tiende a despertar al héroe adormilado en sus conciudadanos. ¿Que en la siguiente esquina los atrapan? Puede ser… Este otro no quiere encogerse; le va la expansión. Su vida es una composición de experiencias muy diferentes unas de otras. Se defiende de los peligros que lo amenazan y procura no perder el equilibrio. Los escándalos le resultan refrescantes. Kobra envejece en vano porque el otro no sigue sus pasos. Tendrá cien años y seguirá siendo un pillo. En uno de sus sueños roba un vehículo de transporte de prisioneros y se dirige a toda máquina hacia la frontera. Un tirador experto dispara contra él.

—¿Por qué te ríes? —pregunta Regina a Kobra, inclinándose sobre él en la cama.

Correcto amigo de Occidente, ¿sacarás a relucir, sonriendo, la cara de granuja oriental? ¡Venga, a bailar, judío húngaro, cristiano judío, pagano cristiano! Tras los párpados cerrados, unos jinetes avanzan a galope tendido, ululando, y lanzan antorchas sobre los techos de paja de las chozas. Luego nos reúnen en la plaza, nos atraviesan los lóbulos de las orejas con un alambre y así nos arrastran hasta el borde de la fosa.

Una parte considerable de cuanto he hecho no ha sido malo, sino inútil. No pude eludir lo innecesario. No me concentré bastante en lo presente. Tardé mucho en comprender que no podía disponer de mí mismo infinitamente: que el camino del vientre de mi madre al vientre de la tierra, del silencio al silencio dependía de mí. En un sueño me comunicaron que mi solicitud de perdón había sido rechazada. No saldré corriendo; no defenderé mi verdad; sé que todo transcurrirá como ellos dicen. No lo harán como con el conejo, en plena carrera. El cazador te dará un poco de tiempo para prepararte.

Si tuviera que irme ahora, si tuviera que acabar ahora, sólo quedaría lo que he hecho hasta el momento. Todo cuanto he realizado se convertiría en definitivo en un abrir y cerrar de ojos, como si le vertieran encima un líquido fijador. No pienso en un final ruidoso, sino en el que llega en el momento justo y esperado; entonces recibiré mi último día como un ama de casa esmerada al invitado poco asiduo, cuya visita es precedida por el lavado, la limpieza de los cuartos y la preparación de la cena. Pensamientos sin madurar, relaciones descuidadas, nada es seguro, nada es definitivo. Todas las esperas, omisiones y obligaciones desaparecerán ante la sonrisa de la perfección que es la muerte. Todo se arreglará por sí solo y nadie deberá guardar rencor. Seré un individuo tranquilizador, como quien ha concluido su labor. Sólo seré el que he sido. La tierra de los proyectos: tierra de nadie. Mis conocidos también son olvidadizos y mortales; la imagen que tenemos unos de otros en la memoria no es más duradera que la huella de nuestros pasos sobre la nieve. Siempre tienen razón quienes nos sobreviven, siempre tienen razón los presentes. Pueden decir de nosotros cuanto quieran; nosotros no podemos decir nada de ellos. Me levanto de la mesa, me acerco a la estufa de azulejos verdes y constato cuán indecente es la relación entre un ser humano y las cosas que deja. ¡Cuántas veces habré utilizado esta palabreja: yo! Merezco no poder pronunciarla nunca más. Que el infinito que soy ahora se reduzca a nada es al menos tan ridículo como escandaloso.